lunes, 22 de febrero de 2016

Nada es igual cuando te toca

‘Seré sincero contigo, ya que así lo deseas: contando con que la cirugía que realicemos funcione, que los ciclos de quimioterapia y radioterapia también lo hagan, que tus hábitos de vida cambien a mejor, que la suerte nos mire un poco de frente y que la metástasis a distancia no aparezca pronto, podríamos ganar algunos meses de normalidad. Pero, como sabes muy bien, este tipo de cáncer, poco común, tiene un desarrollo bastante virulento y, a partir del diagnóstico, la expectativa de vida no va más allá de los dos años. Como te comenté en su momento, existe también la posibilidad de un trasplante… Se te realizarían las pruebas de compatibilidad imprescindibles e iniciado el protocolo entrarías en lista de espera… Todo esto contando con que no se infiltre rápidamente el epicardio y provoque un derrame pericárdico, desencadenando el taponamiento cardiaco. El tiempo no cuenta a nuestro favor, tienes que tomar ya una decisión, Borja’ −dije. Se quedó pensativo unos segundos, e inmediatamente, con ese tonillo irónico que tanto me sacaba de mis casillas, preguntó−: ‘¿Quieres decir, doctor, que, antes de acabar conmigo, el cáncer de las pelotas me dejará hecho unos zorros, con los sueños a medio camino y la dignidad a prisión incondicional y sin fianza? −La respuesta era obvia, había sido muy claro con él−. Te propongo algo −continuó−. Hagamos un viaje, los dos solos. Tómate unos días libres y vayámonos lejos, como hicimos de jóvenes, cuando cogimos el dinero que mamá estaba ahorrando en un bote para arreglar el baño y la cocina, y nos largamos dos semanas a Oporto. ¿Te acuerdas?’ −Me acordaba. Y me dolía tanto porque, aunque estaba acostumbrado a ver la enfermedad de cerca, esta vez era diferente. Era algo muy mío quien sufría la invasión de células con comportamiento rebelde. Volví de mis pensamientos y le respondí−: ‘¡Vaya si lo recuerdo, cabronazo! Sobre todo porque, al ser tú el pequeño, me tocó reponerlo con mis primeros sueldos. −Reímos a carcajadas−. Tampoco se me olvida, no te vayas a creer −proseguí−, la cara que puso papá cuando, muy serio una noche cenando, se te ocurrió decir que empezábamos a trabajar de aparcacoches en el Hotel Ritz. Ahí hundiste mi reputación de chico serio y responsable delante de la abuela… −Dejé un breve espacio de silencio y seguí−. Pero ahora es diferente. Tengo obligaciones y algunos pacientes muy graves. No sería ético por mi parte desaparecer y dejarles así. Tampoco sabemos cómo evolucionará lo tuyo y, además, están Carmen y las niñas… Bueno, ya no lo son tanto. Han ingresado en el mundo universitario por la puerta grande… ¡Es que hace muchísimo que no vienes por casa…! La mayor hace Virología. Le gusta esa rama de la Microbiología. Itziar, que cada vez se parece más a ti, en todos los sentidos, va para Veterinaria… Pero supongo que todo eso lo sabes por ellas’.
          Diez madrugadas después del día que hablamos, y tres horas antes de tocar el despertador para ir a trabajar, nos sobresaltó el sonido del teléfono. Era un compañero del hospital. Mi hermano había entrado en estado crítico por urgencias, desde donde fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos. Mientras me vestía con lo primero que encontré en el armario y Carmen hacía un Nespresso, pensaba en mis padres y cómo habrían sufrido viendo al hijo fortachón y vitalista tener ese final tan lamentable. En el seno del fregadero dejé la taza casi llena. De no haber tenido tanta prisa la habría aclarado y metido al lavavajillas, como hacía siempre. Entré a la UCI con guantes de látex, bandana grande cubriendo todo el pelo de la cabeza, mascarilla quirúrgica y bata desechable sobre pijama sanitario. Le encontré adormilado pero consciente, cogí su mano y busqué el pulso. Era ya muy débil. ‘¿Cómo estás, viejo?’ −Dijo con voz ronca.
          Desde que la novia con quien se iba a casar murió en accidente de coche, cuando regresaba a la ciudad después de pasar unas cortas vacaciones en la sierra, Borja llevó una vida bohemia durante cinco años. Quedó destrozado. Nunca llegó a superarlo del todo. Un buen día, muy tranquilo, acabada la sobremesa, antes de retirarnos para descansar un poco, dijo que se marchaba un año a Argentina, a recorrer el país en bicicleta. Mi padre, de pura impotencia, con el puño cerrado y una subida de sangre en el blanco de los ojos como si de fuegos artificiales se tratara, dio un golpe en la puerta y dijo que, mientras estuviéramos bajo su mismo techo, ahí se hacía lo que a él le salía de los cojones. Mi madre sollozaba silenciosamente. Ninguno de los dos fueron los mismos, la pena les fue consumiendo lentamente. Al cabo de un tiempo contactó conmigo, confesando que no había llegado más allá de Burgos, pero que ese distanciamiento le había servido para ver las cosas claras y priorizar. No tuve valor para echarle en cara lo que pensaba, o sí, tal vez, ya que no se lo puse nada fácil. Regresó a la casa familiar simulando absoluta normalidad, tanto en sus finanzas −que no lo eran−, como en su relación sentimental −que no existía−… A mis padres aquello les cogió mayores y cansados. Casi no pudieron disfrutar entre los tres de la compañía. A regañadientes, por no disgustar a nadie, accedí a hablar con el cuñado de Carmen, que tenía una herboristería y buscaba a alguien de confianza que, de momento, se quedara por las tardes al frente de la tienda. Poco a poco, encontrando el sentido que necesitaba dar a su vida, Borja se introdujo en el mundo de las plantas, haciéndose buen experto en infusiones y tratamientos contra la obesidad.
          Todo marchaba con normalidad. Le apasionaba el trabajo que desempeñaba, formaba parte de un grupo de amigos muy consolidados y, aunque nosotros apenas le veíamos, sabíamos de él porque llamaba todas las noches para hablar con las niñas, acabando la conversación con la misma promesa de siempre: ‘A ver si voy a recogeros y comemos juntos’. Uno de los fines de semana que salía de una guardia de veinticuatro horas, me esperaba en el aparcamiento del hospital. Le vi mala cara. Me dijo que no se sentía bien. Observé que, aunque había perdido bastante peso, el abdomen y los tobillos estaban hinchados. Le pregunté qué síntomas notaba. Dijo que a veces fiebre y sudor de noche. La jefa de urgencias era muy amiga mía. Hablamos con ella y nos facilitó las cosas para que le hicieran algunas pruebas. El resultado de la ecocardiografía empezó a levantar mis alarmas, pero, como quería estar muy seguro, pedí una tomografía computarizada, que vino a corroborar el diagnóstico que temía: mi hermano desarrollaba un angiosarcoma cardiaco, lo que para entendernos viene a ser: cáncer de corazón.
          Como médico sabía que el tumor, tal y como mostraban las imágenes, por lo violento que había irrumpido ya en otros órganos, era irresecable. Pero como pariente necesitaba agarrarme a las tablas de la esperanza, esas mismas que en un porcentaje infausto también naufragaban. La guerra declarada del juramento hipocrático contra la promesa hecha a Borja de no alargar inútilmente su agonía ponía dentro de mí un dilema de difícil solución. Sin lugar a dudas, los siete días que llevábamos así, se estaban convirtiendo en los más largos y dolorosos de toda mi existencia. Siempre que algún compañero o Carmen se quedaban con él, aprovechaba para salir un rato de la UCI, darme una ducha y visitar a los pacientes que tenía en planta. La dirección estaba siendo muy benevolente conmigo, dándome absoluta libertad a la hora de atender mis responsabilidades. Ahora, más que nunca, comprendía la angustia en los rostros de los familiares a los que a veces −no todo el personal sanitario es así− contamos que las posibilidades de recuperación son ínfimas, y nos damos la vuelta para coger una gráfica distinta que nos conduce a otro número de cama…
          Ignoro por completo si, en la recta final de su vida, Borja se resistía a separarse de nosotros, pero yo sí lo hacía para no quedarme sin él. Una vez más, el amor de hermano solapaba la sensatez que debía mantener como cirujano. Caía la noche, calurosa, igual que las pasadas. Subí hasta la azotea a fumar un cigarrillo −el primero después de quince años− y tomar una lata de cerveza. Llevaba el pijama empapado en sudor, me senté en el suelo y lloré, lloré desgarradamente, abrazado a las piernas y con la sensación de que una bolsa de agua acabara de romperse en mi estómago. ‘Respira despacio’ −me oí. Lo hice y me puse a ordenar recuerdos en la memoria, porque no quería dejar escapar ni uno solo. Cuando estuve más calmado, volví y le dije a Carmen que se marchara. Besó la frente de Borja y acarició mi mejilla −siempre intuí que se atraían−. ‘Intenta dormir algo’ −dijo, antes de irse−. ‘Lo intentaré…’. Sus constantes vitales eran ya muy débiles. Decidimos sedarle para que no sufriera, y así me quedé, cogido de su mano, hasta la mañana siguiente que despuntó el día amenazado de tormenta…

Nota: Agradecimiento a la doctora Marta Fuentes, por su ayuda en los conceptos médicos y documentación al respecto.

lunes, 8 de febrero de 2016

Ocurrió en Malasaña

El centro de Madrid estaba colapsado. Los trabajadores de las empresas concesionarias encargadas de realizar la limpieza municipal habían convocado manifestaciones reivindicando mejoras salariales, así como la paralización de los despidos inmediatos que se rumoreaban, y que de ser ciertos pondría el futuro de muchas familias en peligro. Ese día tenía una cita importante, y me encontraba retenida en la Glorieta de Bilbao, entre las calles de Sagasta y Fuencarral. Conecté la radio para que se me hiciera más corta la espera. Por el retrovisor vi que mis labios necesitaban una mano de carmín, pero los nervios agarrados al estómago no me dejaban perfilarlos con perfección.
          Faltaban tres semanas para que diera comienzo la entrega de premios ‘El Teclado’. Una gala sencilla, de bajo presupuesto y organizada por la agrupación de autores −escritores y periodistas− freelance. Entre los galardonados de las diferentes categorías estaba una vieja gloria de la televisión extranjera. Era la primera vez que celebrábamos algo así; la excusa perfecta para destinar los fondos que recaudáramos a personas que, habiendo estado vinculadas profesionalmente con el mundo de las artes, ahora, por diversos avatares de la vida, se encontraban por debajo del umbral de la pobreza. Mi trabajo consistía en entrevistarme con los candidatos para adelantarles lo fundamental de la ceremonia, las razones que nos movían, la butaca que se les asignaba y el orden en el que subirían al escenario.
          Carlos Pueblo −ya retirado− había sido un famoso presentador de las noticias en la BBC. Nacido en Las Grajeras, a 11 kilómetros de Alcalá la Real, provincia de Jaén, acabó sus estudios en Granada y Madrid. Después, por mediación de uno de nuestros más influyentes comunicadores, trasladó su residencia a Londres, donde estuvo hasta que regresó con 76 años −de eso hace cinco−, entre otras cosas para recuperar la nacionalidad que perdió al adquirir la británica. Me citó en el café de Ruiz, en el barrio de Malasaña. Pedí lo mismo que tomaba él: un té granizado de canela, especialidad de la casa. Aunque pronto se llenaría de clientes, fieles a las buenísimas cervezas artesanales que servían, la mesa que eligió para la ocasión, redonda y arrinconada, parecía ensamblada, con nosotros también, como atrezzo de un reservado. Carlos Pueblo tenía un aspecto bastante común. Conservaba casi todo el pelo, ahora cano, que llevaba muy rapado. Estatura normal: ni alto ni bajo. Brazos cortos, manos con manchas en la piel y venas muy marcadas, uñas cuidadas, sin padrastros, dentadura blanca y perfecta −propia o implantada, no sé muy bien− y una barriga desproporcionada al resto de su conjunto, que le obligaba a llevar los pantalones con tirantes elásticos. Traje en tono canela, corbata y pañuelo verde musgo y zapatos de ante, en crema oscuro, le daban un aspecto anticuado, acorde con su persona.
          Al principio de la conversión, con esa facilidad tan suya de saberse superior al resto, me hizo sentir como si yo fuera una escritora del tres al cuarto con tintes de periodista trepa, lo cual traté de desmontar destacando la dignidad y el respeto por el trabajo que realizo y por las personas que lo ejercen. Por eso, haciendo oídos sordos a sus salidas de tono, empecé a explicarle en qué consistía nuestro proyecto y los motivos que nos embarcaban en semejante singladura… Repentinamente levantó las manos, haciendo que yo me callara de golpe. Al instante sacó una chequera de piel y una estilográfica de las que nunca había visto tan cerca y, mirándome por encima de la gafa, me preguntó cuánto queríamos por dejarle en paz. ‘Habrá de perdonarme, señor Pueblo, pero nosotros no funcionamos así −dije−. Somos un grupo de gente que, a través de este evento, y contando con la generosidad de personas que se prestan a colaborar gratuitamente, como espero haga usted, ayudan para que la recaudación de taquilla vaya a parar a compañeras y compañeros del mundo de la cultura cuya situación actual, por reveses de la vida, se encuentra por debajo del umbral de la pobreza’. ‘Oiga, eso es muy bonito y muy idílico, pero a mí no me incumbe, ni es mi problema. ¡Bastante que usan mi nombre como gancho…!’. ‘Y no sabe cuánto se lo agradecemos −continué−…’. Me miró incrédulo, sorprendido y desafiante, y llamó al camarero. Pidió dos cócteles, cuyo sabor trajo a mi memoria un viaje recorriendo México en una caravana donde me hinché a tomar margaritas.
          Habló del hándicap del idioma que tuvo que superar los primeros meses de estancia en Inglaterra. Como también educar su estómago −acostumbrado al puchero casero− al cornish pasty −empanada con relleno de carne y vegetales−, a mucho beicon y al custard −parecido a las natillas−, y a desacostumbrar su organismo a la tradición tan nuestra de la siesta. Las copas vacías se amontonaban sobre la mesa; las suyas, claro, porque la mía seguía siendo una. Extendimos la conversación por los vericuetos de su carrera, hasta que, como la cosa más natural del mundo, dijo: ‘Yo facilité los datos y detalles para realizar uno de los secuestros más largos que hubo en este país. Nunca salió a la luz. La familia lo mantuvo en secreto por miedo a que tomaran represalias contra el cautivo, y porque las órdenes a seguir eran esas’. Aquello cayó sobre mí como jarro de agua fría. Se me puso mal cuerpo, la cara muy pálida y un dolor tremendo en el costado izquierdo, como cuando estoy de muy mala leche. Me repugnaba tener al lado a aquel témpano de hielo, al que más tarde califiqué como alguien que sufre alexitimia. Mas no me quedó otro remedio que realizar el esfuerzo de separar mis opiniones personales, por lo que realmente nos interesaba: que acudiera a la gala. ‘¿No preguntas quién fue, chica? −prosiguió− ¿Ni siquiera te alcanza la curiosidad de conseguir un off the record con el que después puedas presumir con tus amantes en la cama? −Se carcajeaba− De joven, en tu lugar, habría sobornado para conseguirlo’. ‘Seguro que sí, señor Pueblo, pero da la casualidad de que no somos iguales, no nos mueven los mismos intereses y, afortunadamente, contamos con instintos contrarios’. ‘Te equivocas, querida. En estos momentos también corrompes tus principios éticos con silencio, el mismo que frena tus ganas de mandarme a tomar por culo, pero no puedes hacerlo porque te intereso, soy vuestro diamante en bruto, la herramienta que dará publicidad a eso que estáis preparando. No es tanta la bajeza que nos separa como la que nos une…’.
          La Plaza Tirso de Molina estaba acordonada por los antidisturbios. Acababan de hacer una redada por la zona, y se complicaba bastante acceder al teatro Nuevo Apolo, donde nosotros hacíamos el espectáculo. Después de varias explicaciones pude hacerlo gracias a que iba acreditada como prensa. En la puerta esperaban otros compañeros y buena parte del público. Fuimos entrando ordenadamente. Me notaba nerviosa. La butaca de Carlos Pueblo permanecía vacía, y la duda de si vendría volaba por encima de mi paciencia. Faltaban diez minutos para comenzar cuando por fin le vi, diminuto en el asiento y con la tripa entre las piernas. Cuando apagaron las luces, abrieron el telón en cortina y el cañón de seguimiento, con su potente luz, fue hasta uno de los extremos del escenario para buscar a la primera persona que intervendría, respiré hondo…
          Horas antes había declinado el ofrecimiento para presentar a Carlos Pueblo, y hacerle entrega del premio de honor a toda una vida. No soportaba tenerle delante, y no reunir los arrestos suficientes para romper el mito, desenmascararle en público, acabar con mis remordimientos y decirle a la cara que ni su nombre, su posición y su dinero eran suficientes para callarme. Pero se me fue la lengua a un desierto seco y callado que me convertía directamente en cómplice de un delito que, aunque prescrito, no resuelto nunca, ni aparecido el cuerpo del empresario navarro, vivo o muerto, era un clarísimo atentado contra la humanidad. Y yo viviría con ello el resto de mis días, sin haberlo buscado; una mancha que enturbiaría mi calidad como persona.
          Meses después, el director de un periódico digital, amigo mío, me hizo llegar una carta. Carlos Pueblo se dirigía a mí en tono correcto. Me autorizaba a publicar su historia, porque le quedaba muy poco de vida. Saqué seis reportajes que calaron muy bien en la opinión pública. Recibí muchas muestras de agradecimiento y de apoyo, tanto de la profesión como de los lectores. Entré a formar parte de la plantilla donde publiqué, lo cual garantizaba que empezaría a pasar menos calamidades, pero nada de eso era suficiente para desempañar la gasa de tristeza que enturbiaba mi mirada y que solo desaparecería conmigo…

Nota: Agradecimiento al abogado -y amigo- Pedro Bermejo Moya por el asesoramiento jurídico.

lunes, 25 de enero de 2016

Una vida contada

En verano, acabado el colegio, el hermano de mi padre y su mujer, nos llevaban de vacaciones a su casa hasta que se reanudaban las clases en septiembre −decían que así, nuestra madre, aprovechaba para hacer arreglos de ropas y dar a las paredes una mano de pintura, pero la realidad era que con el sueldo de porteros no podían alimentar tantas bocas. Con el tiempo supe que aquello no era más que un chantaje emocional que mis tíos, adinerados, les hacían a mis padres si querían que siguieran pagándonos el comedor en la escuela. No tenían hijos, y mis hermanos y yo, temporalmente, aportábamos bullicio a su alrededor, y rodales de orines en aquellas sábanas ásperas que tan de mala gana cambiaba la asistenta. Después crecimos y nos volvimos despegados e independientes. Otros invitados en la finca de nuestros tíos eran Manuel de Falla y Johann Sebastian Bach; mejor dicho, su música, entre la de otros. Ernestina Granados, delicada como solo ella sabía ser, fue profesora de ballet clásico. Amaba el arte en general y la música en particular. Ponía el sonido a todo volumen y, gracias a ella, descubrí que El retablo de maese Pedro correspondía a un episodio del Quijote cuyo libreto musical escribiera Falla para títeres. Me enamoré, por supuesto, de la Suite para violín y clave de Bach, de los Conciertos de Brandeburgo, así como de Op. 103 Brahms canciones gitanas de Johannes Brahms. Mi tía, que era una apasionada del espectáculo y no se perdía las obras de temporada por nada del mundo, me inició en la poesía. Así me enteré de la conexión que hubo entre Manuel de Falla y Federico García Lorca, compartiendo el amor por el cante jondo. Federico formaba parte de la tertulia literaria que tenía lugar en el Rinconcillo, centro de reunión de los artistas granadinos y a la que en 1924 se uniría el compositor gaditano. Me viene esto a la memoria, quizá con nostalgia, porque la figura de Ernestina y la del hombre misterioso, salvando todas las distancias y diferencias de ambos, parecen almas gemelas acodadas en la barra de la noche donde sirven chatos de vino y fingen besos con lengua.
          Los domingos impares, sea cual sea la estación del año, y en la franja horaria que va de ocho a nueve de la mañana, mientras espero dentro de la cafetería Océano Occidental a que me preparen el desayuno que le subo a la señora Aurelia, mi vecina del cuarto D –que se rompió una pierna el lustro pasado y desde entonces no ha vuelto a pisar la calle–, observo al hombre misterioso, quieto delante del portal que tengo enfrente, con una carpeta bajo el brazo e intención de retroceder antes de haber entrado. Por su porte discreto y elegante se nota que es alguien con mucho recorrido. Viste sombrero con caída a lo Humphrey Bogart, abrigo gris de espiguilla estrecha, zapatos relucientes, fular negro de doble vuelta, pantalón tejano y un perfume a sándalo, abedul, cedro y pino, que tímidamente lo impregna todo a su paso. Atento a sus movimientos, por el gusanillo de saber qué hace, no vuelvo a la realidad de mis recados hasta que cierra la puerta tras de sí.
          Después de llevar desde los dieciséis años trabajando en la imprenta Ortega y Cosme. S.L., me pusieron de patitas en la calle con una mano delante y otra detrás. De eso hace ya un tiempo. Desde entonces, cuando comprobé, al ir a arreglar los papeles del desempleo, que los muy canallas habían cotizado por mí una miseria, hago chapuzas de todo tipo −menos de electricidad, que me acojona−, para complementar los ingresos ridículos que percibo, primero del desempleo y ahora de la pensión. El encargado del ciber que hay en el barrio me diseñó a ordenador unas tarjetas, en las que me ofrezco a arreglar grifos, colgar estanterías, o subir la compra del centro comercial, entre otras tareas, que fui repartiendo por tiendas, farmacias y bares. Fue así que, pasada la primera quincena, un domingo frío de febrero sonara mi teléfono a las diez de la mañana. Dígame. Disculpe, pregunto por Isidro, ¿podría ponerse, por favor? Sí, soy yo. ¿Qué desea? Verá, es que tengo un problema con el agua, y la semana pasada me facilitaron su número en la mercería. Claro, sin problema. Dígame la dirección y la hora que mejor le venga para acercarme. Acordamos la visita para ese mismo día, a las 12.45h. Faltaban quince minutos. Cogí la herramienta, un caramelo de anís sin azúcar −que me gusta echarme a la boca mientras trabajo− y el chaquetón, porque, aunque era cerca, el día había refrescado mucho.
          Examiné minuciosamente el sifón del inodoro, las piezas de cola y desagüe del plato de ducha, así como las abrazaderas en las tuberías visibles del fregadero. Tenía más que localizada la avería, pero hice toda esa exploración para estar más tiempo; hasta que, frotándome la barbilla, me dirigí hacia el grifo del lavabo, saqué la manilla, solté el vástago con la llave inglesa y extraje la goma dañada que cambié por otra nueva. Mientras lo hacía, le dije al caballero que, no tardando mucho, tendría que llamar a un fontanero −yo no estoy acreditado− para que sustituyera la válvula de cuña por las actuales que hay de bola. Es decir, la llave de paso. Esperé a que me pagara en el comedor, que mantenía a media luz con las persianas medio subidas. Sobre una de las sillas, colocado, creo yo, con suma delicadeza, reconocí el abrigo y el sombrero del hombre misterioso. En la mesa, llena de documentos que parecían oficiales, había además un cuaderno de cuadrícula, de hojas amarillas escritas a mano, y algunos pósit cuya cinta adhesiva solapaba otras notas. A punto de soltar las riendas de la curiosidad y descifrar parte de la diminuta caligrafía, su voz me sobresaltó. Aquí tiene su dinero. De acuerdo, muchas gracias. Trabajando en domingo ¿eh? −dije, señalando a los papeles −: la vida no para ¿verdad? Pues no, no para. ¿Cuánto hace que vive usted en el barrio, Isidro? Rascándome la cabeza le conté que llevaba aquí desde chico, que mis padres se instalaron cuando yo tenía tres años y que nunca me había movido del universo de nuestras calles, por diversos motivos, pero ante todo por la familiaridad entre vecinos, nada habitual en los barrios dormitorio que pueblan la periferia de la cuidad. Entonces, conocería a la dueña de este piso, ¿me equivoco? ¿A la señora Felicia? ¡Pues claro que sí! Una gran persona, solitaria y como escondida casi siempre tras una cortina tupida con tristeza, pero muy buena gente. Me ofreció tomar asiento. De fondo sonaba la voz inconfundible de Carmen McRae, cantante de jazz con la que siempre que la escucho, y sin saber el porqué de esta asociación, pienso que, de un momento a otro, aparecerá Rita Hayworth, sacándose el guante sensual, al tiempo que agita la melena pelirroja−. Desconocía sus motivos para saber de la mujer, pero me rogó que le hablara de ella. Hombre, mucho, lo que se dice mucho, no le puedo contar, salvo las cuatro palabras que se cruzan si coincides en la tienda, o lo enternecedora que parecía, siempre en silencio, en la reunión de la Asociación de Vecinos. Me parecía frágil, y a la vez fuerte, pero jamás profundicé con ella. Murió hará unos cinco o seis años, lo recuerdo perfectamente porque era el día de mi cumpleaños. Volvía de tomar unas copas con unos amigos y encontré a media vecindad en la calle. Por lo visto, la señora Felicia abrió la puerta sin preguntar, confiada que sería la vecina. Trataron de robarle el poco dinero que tenía la mujer y dijeron que, del mismo susto, le dio un infarto delante de los atacantes, quienes huyeron sin otro botín más que el de su cargo de conciencia. Desde entonces, este piso ha permanecido cerrado hasta la llegada de usted.
          Miré el reloj. Se había hecho muy tarde, estaba hambriento y quería irme a casa, pero Félix, cuyos rasgos, así de cerca, no me eran desconocidos, insistió en compartir un guisado de albóndigas que estaba para chuparse los dedos. Felicia era mi madre biológica −dijo, de sopetón−, nunca supe de su existencia, hasta hace unos meses que recibí la citación para la lectura de un testamento, donde me nombraban heredero universal de quien aseguraba que me había parido. Dicha noticia, como supondrá, demolió la construcción de toda una vida sobre unos débiles cimientos que hoy se tambalean. Mis padres adoptivos me lo dieron todo: cariño, estudios, seguridad, educación, templanza, valores −sus palabras de agradecimiento no podían ser más claras−, sin embargo, obviaron contarme la verdad de mis orígenes −por miedo a perderle, pensé. O sencillamente porque a veces las personas preferimos no remover las cosas y dejarlas como están−. Me crié lejos de aquí, en otro país, con otras costumbres, otro idioma y otra cultura. Puedo asegurar que fui un niño feliz, con una infancia tranquila y sin notar lagunas en lo afectivo. Supongo que mis padres adoptivos y mi madre biológica mantuvieron contacto −más aún al cabo de los años que volvimos aquí− ya que, Felicia, dejó instrucciones muy claras de cómo localizarme. Es tremendo lo que me cuenta, señor Félix. Si le soy sincero, nunca imaginé cuando le observaba con curiosidad, cada domingo, desde la cafetería Océano Continental, indeciso de entrar o no al portal, que fuera usted el hijo de Felicia, y por eso ahora comprendo la tristeza de ella, la languidez con la que hablaba y esa mirada de envidia sana a los críos que jugaban en el parque.
          Se levantó, desapareció y regresó antes de darme la ocasión para pensar que me sentía incómodo, cansado, con ganas de estirar las piernas y prepararme, lata de cerveza a mano y cuenco con aceitunas, para ver el partido de fútbol, un derbi de los clásicos. En una bandeja, Félix traía varias bolsas de manzanilla, una jarra de medio litro con agua hirviendo y dos tazas de las grandes. Como anfitrión dirá que dejo mucho que desear al no ofrecerle algo caliente tras la comida. Perdóneme, es que... No se apure, en realidad ya me iba, es tarde y no tengo costumbre de tomar café o infusiones a estas horas. Claro, lo entiendo, soy un egoísta por haberle entretenido, me pongo a hablar de mis cosas y pierdo la noción del tiempo. Si le parece, le espero el próximo domingo que coincida impar. A lo mejor arreglo el piso y me traslado, ya no me queda nadie y la verdad es que entre estas cuatro paredes encuentro mucho sosiego. Si decido hacerlo y le interesa, parte de la obra que esté a su alcance, es suya. Perfecto, llámeme cuando sea y lo vemos. Apenas bajé cinco escalones del primer tramo de escaleras cuando reconocí la música de Verdi. Entonces pensé en Ernestina, en los poemas que aprendí de pequeño y no he olvidado, en la delicadeza que sentí en la piel cuando, aprobado el Bachillerato, la tía me ofreció ir con ella a Nueva York y visitamos el MoMA.
          Creo que en las palabras de Félix no había rencor, tan solo la necesidad de encontrar una explicación, ya no a sus orígenes, sino a las razones que empujaron a Felicia para tomar la decisión de poner a su hijo en manos de unos desconocidos y perderse la oportunidad de verle crecer a su lado. Sus padres adoptivos, cuando supieron de la existencia de la carta, se negaron en rotundo a hablar del tema, hasta el extremo de darle este ultimátum: Si remueves la mierda, y algo nos dice que lo vas a hacer −dijeron−, prepárate a rebozarte tú solito en el fango, porque de seguir adelante con el despropósito de lo que para nosotros es una traición y viajar a Madrid, olvídate de lo que has significado en nuestras vidas. Ten, léelo atentamente y después, valoras y decides. Dijeron unos padres −el hombre más que la mujer− despechados. Junto con la partida de nacimiento, le dieron un documento oficial donde se especificaba que, en caso de reclamo por parte de la madre biológica o elección del hijo a buscarla, quedaba desheredado de todos los bienes que tuvieran las personas que le habían criado. Ahí descubrió que su identidad era falsa, que no se llamaba Casto de la Vera, sino Félix López; que no nació en una clínica privada sino en la Maternidad del Hospital Universitario La Paz, recién inaugurado en 1964 −tenía cuatro años más de los que pensaba−; que Felicia y el cuñado de su abuelo −adoptivo− fueron amantes, y que toda su vida era como un espejo al revés. La mujer que le había criado como suyo confesó, ante los ojos atónitos del marido, que había sido ella quien mantuvo contacto con la madre del chico a la que informaba puntualmente de todo.
Desde que vive aquí la vida de ambos es menos solitaria: paseamos, intercambiamos lecturas, compramos en el supermercado, arreglamos grifos y asistimos a conciertos. Pasado el invierno, con los colores de la primavera matizados, un domingo impar a finales de abril, saboreando el riquísimo café con crema del Océano Continental, aguardaba a que viniera Félix. Esa tarde teníamos entradas para ver a un tipo que decía que canta como John Lennon. Cuando la noche se echó encima −no me atreví a llamar por teléfono ni a su puerta− y supuse que Félix, por la razón que fuera, no vendría, cogí un par de cervezas, abrí una bolsa de patatas fritas y conecté el televisor. A la mañana siguiente comentaban en el barrio que vieron de madrugada salir al hijo de la señora Felicia con maletas. Regresé a mi casa cabizbajo. En el buzón encontré una hoja de cuaderno amarilla. Reconocí la letra de Félix. En ella me decía que regresaba a su vida de ficción, a su antiguo nombre, su entorno y al abrigo de la única familia que conocía. También que me ha dejado un vinilo de Bessie Smith −cantante de blues que fue muy popular en los años 20 y 30− y que imaginara que caminábamos juntos por Broadway, enfundados en un abrigo gris de espiguilla estrecha y un sombrero con caída a lo Humphrey Bogart.