domingo, 21 de abril de 2024

Cerca de las Smoky Mountains

14.

Había caído el manto de la oscuridad sobre las cimas de las montañas, los osos negros olisqueaban sus presas relamiéndose como adelanto al festín. La temperatura cada vez más baja convertía la humedad expulsada por los árboles en una lluvia muy fina, salpicando de gotas los tonos tierra y el verde de la vegetación. Pese a llevar bastante tiempo abandonada encontraron en la cabaña todo lo necesario para pasar la noche, aunque desde luego no era el lugar más seguro para hacerlo. Afuera, además de ruidos y crujidos, desconocidos y terroríficos, encontraron trozos de madera y otros materiales como combustible para arder en la chimenea y así caldear la choza. Poco a poco adquirió una temperatura mucho más confortable, y la sensación de que el mundo, ajeno a ellas y a su particular historia, se había detenido. La mujer conocía muy bien el terreno y el espacio interior, por eso se movía con total exactitud y cuidado de no cambiar las cosas de sitio. Opal Nelson, que tantas peleas había mantenido a lo largo de la vida con la familia por su rechazo a la tenencia de armas, dadas las circunstancias, agradeció que su madre llevase siempre el rifle en la camioneta, por tanto, lo cogió y se lo metió dentro quedándose más tranquila. Hasta entonces no se percató de cuánto había envejecido su progenitora, del aire contrariado como de enfado, de la expresión de amargura congénita, de la falta de equilibrio desafiando al borde del precipicio, al vacío, al abismo. Sin embargo, se recompuso una vez más, apartó un mechón de pelo de la frente y retomó la conversación.
          –De repente llegó una carta para la abuela Tillie, remitida por un tal Gunter –dijo la madre de Opal Nelson mostrando un viejo sobre desgastado–. Como ella no estaba en ese momento y tampoco sabía leer, la abrí, dentro incluía una breve nota: “debo hablar con usted, tengo algo importante que contar, se trata de su madre”, además de un pequeño mapa muy detallado para llegar hasta aquí y la fotografía de un indio Cherokee. No supe reaccionar, los nervios bloquearon todo tipo de reacción para salir de aquel hoyo, me temblaban las piernas y el temor a que me arrancasen la cabellera ha vivido dentro de mí desde siempre. Acababa de casarme con tu padre y no soportaba la idea al rechazo, figúrate cómo se quedaría habiendo emparentado con una piel roja, de sólo pensarlo me produjo nauseas, así que, busqué en el dormitorio un escondite donde guardarla. A los pocos meses encontré en el buzón otra exactamente igual, hasta completar un total de nueve a lo largo de los años, hasta que dejaron de enviarlas. Desde la primera tuve problemas para conciliar el sueño y me asaltaban infinitas dudas porque yo ya tenía un abuelo muerto, una tumba donde llevar flores y mi apellido de soltera no era Gunter. Sin embargo, lo dejé pasar, empezasteis a nacer y aquello pasó a un segundo plano, pero el subconsciente no descansaba, y aprovechando que papá estaba de viaje en Memphis viendo a su padrino muy enfermo, y vosotros apenas me necesitabais, quise salir de dudas y vine a visitarle.
          –Podías habérselo contado a la abuela Tillie y traído contigo.
          –Pues no lo hice, y no me lo reproches más, por favor.
          –Bueno, vale. Sigue. Oye, lo que no entiendo es cómo la pudo localizar –preguntó con vehemencia.
          –Mira esto –desdobla una de las hojas de periódico–. ¿Sabes quiénes son?
          –Sí, lo habéis dicho muchas veces, es tu tío, de cuando le nombraron Gobernador
          –¿Y quiénes aparecen ahí?
          –La abuela Tillie y su madre.
          –Exacto, y de fondo, nuestra casa, y a pie de foto, la dirección.
          –Vamos, que se lo pusieron en bandeja de plata –soltó en tono sarcástico–. Sigue, por Dios.
          –Había transcurrido tanto que ya no quedaba nadie, lo cual fue, sinceramente, un alivio. Golpeé la puerta con los nudillos, aguardé algunos segundos y empujé con fuerza, al abrirse y penetrar la luz de fuera levantó una nube de polvo. Tomé conciencia pensando en la tontería de haber venido, pero justo antes de desandar los pasos, apoyada en ésta lámpara de aceite –la señaló– y sujeta con una piedra, vi otra carta –contuvo el ahogo en la garganta, cerró los ojos y por un instante temió perder el conocimiento, sin embargo, se recompuso.
          –¿Decía lo mismo?
          –Explicaba los motivos que le empujaron a abandonarla.
          –¿Y cuáles fueron?
          –Emprendió un largo viaje para reencontrarse con los ancianos de su tribu y conseguir que la aceptasen como su esposa, los Cherokee estaban en plena migración y una vez unido a la caravana ya no le dejaron marchar. Mi abuela esperó hasta agotar casi todos los víveres, la historia se repetía como con su primer marido: abandonada, sola y esta vez embarazada de un nativo, no tenía adónde ir. Caminó hasta el límite de sus fuerzas, seleccionó las plantas que podrían aportarle líquido, según él la enseñó, y colocó algunas trampas donde cayeron animales comestibles, llegó exhausta a Lenoir City donde el reverendo de entonces, de la Iglesia Baptista en nuestro vecindario, le consiguió alojamiento con una de las mejores familias de la comarca, donde también encontró a un nuevo marido que reconoció como suya a la niña, pero lo bueno siempre dura poco y el hombre murió al poco de nacer el segundo hijo. Otra vez sola, con una niña de corta edad y un crio de meses. Mi abuela cayó en una profunda depresión que jamás superó y Tillie tuvo que hacerse cargo del hermano pequeño –le costaba continuar
          –Será mejor que descanses algo, mañana en cuanto amanezca nos vamos –anunció.
          –No tengas tanta prisa, llegaré hasta el final.
          –Como quieras, pero si no volvemos pronto papá se preocupará. –El frío era muy intenso y Opal Nelson buscó más cosas para calentar la cabaña, cuando entró, la madre se había quedado traspuesta–. ¿Estás bien? –preguntó.
          –Mejor que nunca –zanjó la otra…
          Donna Hanks preparó la mochila con gafas protectoras, botellas de agua, bocadillos y termo de café, lo cargó en la camioneta donde ya tenía el paraguas, un amplio chubasquero de color amarillo y la silla plegable para ver el eclipse solar cuya trayectoria empezará en el norte de México, cruzará Estados Unidos de sureste a noroeste y finalizará en el este de Canadá. Aunque rezaba para que la lluvia y las nubes no fastidiasen el espectáculo, de nada sirvieron las oraciones porque no paró de chispear en todo el día. Desde Manhattan Ave, en Oak Ridge, donde reside, hasta la Universidad de Tennessee, en la ciudad de Knoxville, preparada para acoger a visitantes de la comarca, hay unas 25 millas aproximadamente. Madrugó más de lo habitual, confiaba en no tropezar con demasiado tráfico y coger un buen sitio en el césped antes de que llegase la gente. Se equivocó, la interestatal 40E soportaba ya una larga caravana de automóviles. Donna se prometió no impacientarse, tenía la absoluta seguridad de que estaría en el recinto antes de las 3 p.m., hora en la que la Luna se interpondría entre la Tierra y el Sol. Desde primera hora los informativos repetían constantemente la noticia de que la NASA iba a lanzar tres cohetes de sondeo para estudiar cómo afecta todo eso a la temperatura del Planeta, las consecuencias atmosféricas y muchos más términos que ella desconocía. Con el fin de hacer el camino más llevadero, recordó haber conocido de adolescente a un profesor que daba la asignatura de ciencias a alumnas y alumnos más mayores, un tipo apasionado de estos fenómenos astronómicos que impartía charlas al respecto a todo aquel interesado en aprender. La mayoría de las veces llevaba consigo grandes pantallas solares para telescopios y cámaras, hacía fotografías espectaculares, algunas publicadas en National Geographic y la mayoría para su archivo personal. Una vez les contó la experiencia maravillosa de presenciar un eclipse desde un avión. Los chicos y las chicas le preguntaron si no sintió miedo puesto que la aeronave podría haber desaparecido, él contestó emocionado con un no rotundo. Donna Hanks llegó a Knoxville y decidió no bajar del coche, llovía con más intensidad y su rodilla se resentía, comió algo y aguardó a que se hiciese de noche por unos segundos…
          Aretha O’Neal vomitaba todo cuanto llegaba a su estómago masticado con desgana. Su aspecto enfermizo y delgadez extrema la habían convertido en el centro de atención de unos padres que, además de estar pasando el duelo por la muerte del gemelo, ahora temían por la vida de la chica y por el comportamiento también extraño de los hijos mayores. La comunidad negra de Orlinda, en el condado de Robertson, volvieron a acogerlos con los brazos abiertos, brindándoles todo tipo de ayuda para sobrellevar el difícil trance por el que atravesaban. Entre ellos estaba un prestigioso doctor descendiente de la Dra. Rebecca Lee Crumpler, que por 1864 atendió a esclavos. Un día, a la salida de la Iglesia, se fijó en las pupilas extremadamente dilatadas de la chica y diagnosticó a simple vista: consumo de sustancias químicas. El médico se mezcló entre el grupo de personas donde hablaba la madre quien con palabras entrecortadas, se preguntaba por qué les pasaban tantas desgracias.
          –Ten fe y paciencia hija, Jesucristo la tuvo –dijo alguien del grupo elevando los brazos.
          –De eso ya no nos queda –respondió el marido.
          –Y por si no teníamos bastante, está lo de la niña –obvio el comentario del esposo y se dirigió a las feligresas–, fijaos en ella, ya no sé qué hacer, pierde peso por momentos.
          –A mi nieta le pasó también y resultó ser un cambio hormonal –contó una de las mujeres del coro.
          –Dejad que os presente al Dr. Crumpler –interrumpió el reverendo–, es toda una eminencia.
          –Bueno, bueno, no exagere, sólo soy un simple profesional que ama su trabajo al servicio de los demás.
          –Ahí donde le veis, además de dirigir a uno de los mejores equipos especializados en cirugía vascular, es miembro destacado del Colegio Americano de Cardiología y una de las personas más generosas que conozco.
          –Por favor, al final consigue ruborizarme.
          –No le habíamos visto antes, ¿qué le trae por aquí?
          –Cuando las obligaciones me lo permiten, visito a los amigos, por esa razón estoy aquí, porque este viejo predicador lo es desde hace muchos años –le pasa el brazo por encima de los hombros. En realidad fue el reverendo quien le contó lo preocupado que estaba por Aretha O’Neal, su incapacidad para prestarles ayuda, la preocupación de unos padres tocados por la tragedia y la falta de recursos para llevarla a un especialista. Al médico le bastaron unos minutos para despertar su interés prometiéndole que iría lo antes posible, como favor personal. Sin embargo, no imaginó toparse con un problema de drogadicción, en cuyo caso reclutaría la intervención de otro colega suyo, un psiquiatra, buen conocedor de dichos síntomas.
          –Esta es la familia O’Neal. Oye –dice como acabándosele de ocurrir–, igual puedes mirar a su hija y decirles qué le ocurre.
          –No se moleste, por Dios, somos muy humildes y no tenemos seguro médico, ya se le pasará –dice la madre en desacuerdo con la mirada fulminante del padre.
          –No se preocupen, no les voy a cobrar nada
          –Los jóvenes de ahora no son como los de antes –sentencia la abuela que comento lo de la nieta–, sin ir más lejos el otro día mi –la corta el reverendo.
          –Bueno mujer, pero a lo mejor llegáis a un entendimiento.
          –Por mi parte no hay inconveniente, estaré encantado de hacerlo. Veamos –saca la agenda de piel marrón del interior de un maletín idéntico–, me marcho dos semanas a un simposio a Atlanta, pero después puedo darles cita. ¿Miércoles o viernes?
          –Miércoles –responde la mujer.
          –A las 10:00 a.m.
          –¿Adónde sería?
          –¡Ay!, qué cabeza la mía, trabajo en Memphis, pero estas excepciones suelo hacerlas en un piso en Nashville, donde junto a otros compañeros pasamos consulta –les dio la dirección.
          –Para nosotros es muy importante, ya hemos perdido a un hijo y no soportaríamos otra desgracia más.
          –Díganme una cosa –él tomaba notas–: ¿desde cuándo está así y qué le notan?
          –Todo empezó al venirnos a Orlinda a enterrar al pequeño y quedarnos a vivir.
          –¡Cómo que a enterrar al pequeño! ¿Qué pasó? –cuentan lo sucedido desde que arrancaron los problemas en el despacho de abogados en Knoxville, donde defendieron a un cliente gay y su esposo pagó las consecuencias, las amenazas supremacistas y el trágico final del gemelo, ya que ahora están convencidos de la relación entre los hechos.
          –Nuestra situación económica era y es complicada –habló el padre–. Los dos varones, haciéndose cargo de nuestra angustia, decidieron pedir empleo a unos forasteros recién llegados que iban a montar un negocio, Aretha fue también con sus hermanos. Semanas después trajeron algunos dólares a casa, hecho que empezó a repetirse a menudo.
          –Pero id al grano, hijos –medió el reverendo–, no os vayáis por las ramas.
          –Hagamos una cosa –dijo el médico–, ahora tengo bastante prisa, pero cuando vayan a la consulta, lo explican todo con detalle.
          –Gracias, señor, que Dios se lo pague –se expresaron ambos. Por primera vez en mucho tiempo, los O’Neal vislumbraron algo de luz en la franja del horizonte, una tabla salvavidas donde agarrarse, un motivo real para seguir luchando y no darse por vencidos, sin embargo, todo se vino abajo cuando tuvieron que hacerle hueco al concepto de la palabra “sobredosis”, algo para lo que no estaban preparados…
 

domingo, 7 de abril de 2024

Cerca de las Smoky Mountains

13.

Donna Hanks se despertó temprano y sin dolor de rodilla. Era el supermartes y se celebraban primarias en la mayoría de los estados para elegir al próximo inquilino que ocupará La Casa Blanca durante los siguientes cuatro años. Segura de la victoria aplastante del Partido Republicano, con Donald Trump tiñendo de rojo casi todo el mapa y de que en Tennessee arrasarían sin lugar a dudas, se relajó saboreando un café, acodada en el mostrador de la cocina. Había vivido otras elecciones muy disputadas entre ambos partidos con candidatos fuertes batallando hasta el final: Thomas Dewey contra Harry Truman en 1945, Nixon frente a John F. Kennedy en 1960 o George W. Bush que en 2000 tras un reñidísimo recuento le arrebató la presidencia a Al Gore y, en la mayoría, sobre todo en las más recientes, La Florida tuvo la llave de la gobernanza. A mitad de mañana llegó a la escuela donde le tocaba votar, la misma donde estudió y después los suyos. Una vez cumplimentada la boleta la introdujo en uno de los recibidores electrónicos, bajo la supervisión de quienes controlan que no haya ninguna incorrección o intento de sabotaje. Después dio un largo paseo por el bosque llenando los pulmones con aire puro, recogió flores silvestres para adornar los jarrones y semillas de iris que más tarde plantaría en el jardín. Se sentó un instante a la sombra sobre una piedra picuda, puesta ahí a propósito, para hacer un alto y contemplar el paisaje. Pensó en el tercero de sus hijos, monitor en una estación de esquí, en Wisconsin, votante del partido demócrata y en su enfado con ella por no haber elegido a Joe Biden, nunca se entendieron, tampoco lo intentaron, pero aprendieron a respetar sus distintas opiniones. Sin embargo, eso era más difícil con Opal Nelson, cuya última discusión bebiendo limonada en porche fue monumental y aún no habían hablado para aclarar las cosas.
          –¿Entonces apruebas que el Tribunal Supremo del estado de Alabama haya dicho que todos los embriones congelados son personas y, en consecuencia, un buen número de clínicas de fertilización in vitro se hayan echado atrás en el procedimiento dejando frustradas a quienes sólo pueden concebir a través de dicho método? –la interpeló Opal Nelson.
          –En algún sitio he oído el comentario de Joseph Meaney, presidente del Centro Nacional de Bioética Católica de Estados Unidos, recordando que el primer presidente de la Academia Pontificia para la Vida, el médico pediatra Jerôme Lejeune, calificó los tubos de ensayo donde se guardan los embriones y estos a su vez en tanques criogénicos, como ”latas de concentración”, haciendo un símil con los campos donde se hacinan a los seres humanos.
          –Pues la comparación me parece sinceramente una barbaridad.
          –Nosotros, la Iglesia, consideramos un desorden moral esa fertilización.
          –¿En cambio sí os lo parece que figuren en los testamentos como herederos con igualdad de derechos? ¿Imagináis el absurdo, determinando qué les toca de la hacienda?
          –Nunca nos pondremos de acuerdo en temas así, tú tienes tus principios y yo los míos. –Opal Nelson se fue de allí profundamente triste. Nada más poner en marcha el motor de la autocaravana, conectó la radio donde decían que la policía local de Oak Ridge había identificado al hombre de 54 años, de Knoxville, muerto en accidente ocurrido sobre 6:13 p.m. al chocar su motocicleta contra un vehículo cuando circulaban por South Avenue cerca del puente elevado de Bethel Valley Road.
          Enterraron a Alvin Evan junto a su esposa e hijo en Woodlawn Cementery, en Lenoir City, donde asistieron personas cuya estrecha relación con él era tan sólo comercial. Es decir: le compraban pollos, verduras o conejos; también había granjeros de la comarca y el sheriff del condado. Jordan Brady, con el escuadrón de muchachos pegados a su trasero, y visiblemente afectado por la pérdida o eso aparentaba, se ocupó de todo. El reverendo destacó lo generoso que había sido con la comunidad cediéndoles la granja para el beneficio de los fieles, noticia muy chocante para el resto de asistente esperando que todo fuese a parar a la causa. De igual modo hicieron referencia a la fragilidad del estado de ánimo, llevándole hasta el pozo sin fondo del suicidio con el que cerraban el atroz atropello del pequeño de los O’Neal.
          –Paraliza la investigación del atropello, no tiene sentido manchar el nombre de quien ya no se puede defender –dijo el viejo Jordan al jefe de policial.
          –Tranquilo, nadie va a escarbar en la herida, además no se encontró nada concluyente –respondió la autoridad.
          –¿No os parece raro lo de dejárselo todo a la Iglesia Baptista bajo la administración del reverendo? –preguntó uno de los chicos.
          –Los propietarios eran la familia de su mujer y ella murió sin haber hecho testamento, corría el rumor de que el último superviviente, también sin descendencia, así lo dejó escrito, por eso no tenía derecho a nada…
          –Convocad a vuestros chicos, tenemos asamblea –dijo otro de los Brady.
          –¿Asunto a tratar? –preguntó alguien.
          –Los negritos de Orlinda… –Susurraron. Semanas después se olvidaron de Alvin Evans y jamás nadie llevó flores a su tumba.
          Medio techo de la cabaña estaba caído y por la otra mitad tímidos rayos de sol se colaban a través de los agujeros que el paso del tiempo fue dejando en el tejado. La madre de Opal Nelson, más circunspecta que nunca, pasó los dedos por encima de la antigua mesa rememorando episodios, ocurridos quizá sobre esa misma madera, formando parte de la parcela íntima y particular, reservada dentro de cada uno e imposible de verbalizar. A la izquierda, debajo de estanterías vacías hallaron la cama con las sábanas arrugadas, una jarra de porcelana blanca con el borde descascarillado, dos platos con idénticos desperfectos y unas hojas de periódico fechadas setenta años atrás. Brotándole la emoción por las mejillas, tomó asiento, recorrió con la mirada cada rincón, deteniéndose en puntos invisibles que sólo ella conocía, sujetó la mano temblorosa entre las piernas, sacó del bolso una cajita de plástico y de ésta una pastilla muy pequeña que colocó debajo de la lengua. Pasados algunos minutos y consciente de que había llegado el momento de la verdad, se repuso, normalizó la respiración, alisó la tela del abrigo, lio un cigarrillo, lo encendió, retiró de la lengua alguna hebra de tabaco adherida a la saliva –fumaba siempre a escondidas– y empezó a hablar.
          –Enséñame otra vez la fotografía, hija –Opal Nelson se la dio.
          –Creía que habías dejado el tabaco.
          –A veces lo necesito –dijo con sonrisa forzada.
          –¿Qué hacemos aquí? ¿Acaso era el refugio de la abuela Tillie? Nunca me habló de este lugar.
          –No, se lo oculté, fue mejor así.
          –¿Por qué? –preguntó exaltada.
          –¿Cuántas cosas más te ha contado esa mujer? –tenía los ojos enrojecidos.
          –Se llama Topanga Sizemore, y no, nada más. Eres tú, madre, quién ha de hacerlo, ¿no crees? En casa encontré una copia del Tratado de Nueva Echota, y ella también lo tiene, ¿lo puedes explicar o se trata de otro secreto?
          –Mi abuela era una guapa campesina de Alabama, recién casada con un hombre veinte años mayor, borracho, agresivo, mujeriego y dictador. Acorralado por las deudas recibía brutales palizas de los acreedores que después sufría ella en propia carne al volver a casa, además de violarla salvajemente dejando restos de sangre con semen en las sábanas y pariendo cada nueve meses bebé muerto. Un día, harto de esa vida y de la persecución in extremis, pisándole los talones desapareció sin más –Opal prestó muchísima atención a la que oía, pero no se resistió y la interrumpió.
          –¿Adónde quieres llegar, madre? –pero la mujer obvió la pregunta y continuó hablando.
          –Todos los atardeceres, con un vaso de vino y un mendrugo de pan, lo único que tenía, le esperó con el corazón en un puño, preparada para los golpes y posteriores hematomas, concienciada del destino gris y turbio que la había tocado en desgracia, junto a la frustración y desamparo rodeando toda su existencia. Sin embargo, pasaron las horas, las semanas, los meses y el hombre nunca regresó.
          –¿Y su familia? –la chica estaba fascinada con la historia.
          –Nunca supe –Opal Nelson sirvió dos buenas tazas de café del termo que guardó en la mochila.
          –Sigue, por favor. Estoy intrigada.
          –El lugar donde residía era inhóspito, permanecer allí una persona sola se complicaba bastante ya que los duros inviernos venían acompañados de animales salvajes. A lo lejos, los primeros inicios de la primavera asomaron con la posición cambiante del Sol. Cargó a la espalda una bolsa de piel de buey cosida por ella con agua para el viaje, algo de comida y una Biblia desgastada. Echó un vistazo al espacio donde se había sentido tan infeliz y, sin mirar atrás, inició una travesía hacia Oklahoma, adonde jamás llegaría. Si dormir al raso resultó duro, también lo fue esconderse de forajidos a plena luz del día. La migración de los Cherokee estaba en pleno auge, así que, se cruzaron sus caminos –mantuvo silencio un par de minutos.
          –¿Reconocerás, de una vez por todas, nuestros rasgos y a nuestra tribu? ¿Qué no habría dado Tillie por oírtelo decir? ¿El cargo de conciencia podrá reparar el dolor causado a la pobre vieja, tachada de loca y llena de pájaros en la cabeza, según vosotros? –pero la madre, como ausente, retomó la narración.
          –Pero mi abuela en Alabama tuvo sentimientos contrapuestos: por un lado, fue desdichada y por otro, encontró al amor de su vida, aunque le duró muy poco.
          –¿Quieres decir al padrastro del padre de Topanga Sizemore?
          –Supongo.
          –¿Estuvo pues en Stevenson, de donde acabo de venir?
          –Sí –dijo temblándole el labio inferior.
          –¿Entonces qué demonios hacemos en esta cabaña ruinosa?
          –Avanzadas 200 millas se unió a la caravana de indios migrantes rumbo al medio oeste, una de las familias le ofreció asiento en la carreta donde iban niñas, niños, ancianos y ancianas, pero lo rechazó y siguió caminando. El hombre apuesto que iba en la parte de atrás se fijó en ella, y ella en él, fue una atracción física incontrolable, una pasión desmedida prendiendo fuego en las venas. Se amaron en silencio, se cuidaron a distancia, se protegieron de enfermedades sin estar juntos, hasta que, no pudieron más y, cuando a todos les venció el cansancio, huyeron. Lo siguiente puedes imaginarlo.
          –¿Y vinieron aquí? –cada vez entendía menos tanto misterio.
          –No.
          –La abuela Tillie desconocía lo que cuentas, ¿verdad?
          –Sí.
          –¿Y por qué tú sí…?
          El rubio, como se conocía a uno de los forasteros primo de los Brady y hooligans del Nashville Soccer Club, era un joven apuesto, negacionista, un patriota cuyo claro objetivo se fundamentaba en preservar la raza blanca, siguiendo la doctrina del Klan. De perfil xenófobo, fiel a Dios, al país, a la bandera confederada, a su rifle y a la pena de muerte, se identificaba con los compañeros más radicales tanto en actos como en pensamientos. Sin embargo, todo lo solapaba dentro del papel que mejor sabía interpretar: el de seductor, por eso lo eligieron para la delicada misión llevada a cabo en Orlinda. Aretha perdió la inocencia el mismo día que empezó a consumir nitazenos en pastillas azules. La desesperación, la hambruna, la falta de creencias religiosas, ateas o circunstanciales, la especie humana en ruinas y la certeza de que lo daban todo por perdido, empujó a los jóvenes O’Neal a agarrarse a un clavo ardiendo. Sin observar que hacía tiempo estaban siendo vigilados, una mañana, cuando los gallos todavía no habían cantado, los dos hermanos mayores y ella emprendieron rumbo al solar donde se suponía necesitaban mano de obra. Aunque el rubio se hizo el despistado, por el rabillo del ojo, los vio acercarse mientras daba patadas a los cascotes amontonados en mitad de la explanada.
          –¿Es verdad que contratáis obreros? –preguntó Aretha.
          –Sí, pero vosotros todavía sois unos críos –responde el forastero con tono desinteresado.
          –Estamos dispuestos a realizar cualquier tipo de trabajo por duro que sea. Mire, toque, toque –presumen de bíceps.
          –Vosotros dos, de momento, id con ellos –señala al grupo que disimulaba utilizando algunas herramientas– y descargad aquellos sacos –giró sobre los talones para alejarse, pero la chica le interpela.
          –Señor, ¿Y yo?, también soy fuerte y nada me asusta –dijo temiendo el rechazo.
          –No sé… Esas tierras de ahí son de cultivo –pasea el tentador anzuelo invisible y lo lanza–, vamos a labrarlas, y en aquella parte –señala el establo– construiremos habitaciones con zonas comunes para el personal que no tengan dónde vivir, quizá podrías encargarte de la limpieza cuando empiecen a funcionar.
          –Sí, claro –aceptó algo decepcionada.
          –Oye, ¿Y la escuela? Tendríais que estar en ella, ¿no? ¿Algún problema?
          –Es una larga historia –pero él se la sabía, habían picado y sólo faltaba encontrar la manera de engancharlos al consumo de la droga sin levantar sospechas. Pasó el tiempo y, a pesar de que todo estaba igual y la faena en el terreno no avanzaban, a la semana justa de estar yendo a diario con aquellos muchachos tan divertidos, los tres hermanos O’Neal llevaron un puñado de dólares a casa. Entraron de puntillas, el pequeño jugueteaba con el camión de su hermano gemelo, la madre organizaba el temario para las clases particulares que empezaría a dar. Aretha carraspeó y la miraron.
          –Madre –dijo emocionada–, ya podemos comprar cosas ricas para la cena.
          –¿De dónde habéis sacado ese dinero? –preguntó el padre…
          En la Reserva India, encerrada dentro de la barrera Qualla, cuando aún no había turistas ni curiosos, la vida transcurría pegada al lado espiritual del ser humano, con otro ritmo. Tayen McDaniel, trueno veloz, bajaba dos veces al mes con un ungüento medicinal preparado por él mismo, en envase de barro, para el dueño de una tienda de souvenirs aquejado de problemas respiratorios y que sólo encontraba alivio aplicando con suave masaje esa pomada en el pecho. También le llevaba carne de ardilla, alimento muy saludable por su escaso contenido en grasa y buena para fortalecer el diafragma. En agradecimiento le vendía, a bajo precio, tabaco de pipa y whisky. Un raro vertido químico en el río Oconaluftee enturbió las aguas quedando prohibida de momento la pesca de truchas, sustento fundamental en la dieta de los Cherokee, razón por la que quienes habitaban esa zona se alimentaran de gallinas, conejos, maíz, calabazas o frijoles, pero arriba en el monte todo era más complicado y rara vez caían ciervos en las trampas, sin embargo, trueno veloz se las ingeniaba elaborando sabrosos guisos. Con la pluma de águila, símbolo de equilibrio, y desde la cúspide más alta desde donde realizadas las oraciones al Gran Espíritu, recordó a Opal Nelson, la tenesiana que buscaba respuestas a su existencia entre aquellas montañas humeantes.