domingo, 25 de febrero de 2024

Cerca de las Smoky Mountains

11.

En la sala de espera los asientos fueron quedándose poco a poco vacíos, tan sólo la respiración de los O’Neal, rotos de cansancio, se escuchaba rebotar contra las paredes a falta de pintura. Los chicos, rendidos de sueño, improvisaron un camastro sobre tres sillas. La luz intermitente de las ambulancias entrando en el muelle con la velocidad que apremia la gravedad de cada paciente, les deslumbró trayéndoles a la realidad de la particular pesadilla que estaban viviendo, fue cuando el esposo y la esposa se miraron apurando las últimas gotas de esperanza. Treinta y siete horas después de haber sido operado el corazón del pequeño dejó de latir, en ese mismo instante, el otro gemelo, recostado en las piernas de la madre, se despertó sobresaltado. Un médico del equipo del cirujano les dio la noticia y les dijo que si querían donar los órganos del niño habría que iniciar el protocolo cuanto antes. De pronto, un alud de dudas se apoderó de aquella familia a la que un desalmado les amputó la felicidad y el futuro. Entonces, las placas tectónicas de la tristeza y la impotencia, la desesperación y la derrota, chocaron entre sí haciendo que temblase el suelo bajo sus pies.
          –¡Nos lo han matado, nos lo han matado! –dijo el hombre enloquecido y haciendo caso omiso a las palabras del facultativo.
          –¡No puede ser! ¡No puede ser! –exclamaba la mujer tirándose del pelo–. ¡No puede ser…!
          –¿Dónde está mi pequeño? ¡Quiero verle! ¿Dónde está mi pequeño? –clamaba arrodillado el padre.
          –¡Justicia! ¡Por amor de Dios! ¡Justicia! –Se fundieron en un abrazo.
          –¡Asesino! –gritó mr. O’Neal, el pasante que quiso prosperar en el despacho de abogados blancos, y sin embargo, cuando les contrató un cliente gay y ganaron, los republicanos conservadores del condado le castigaron a él arrebatándole la vida a su pequeño.
          El papeleo burocrático es una tela de araña que se enreda en las extremidades del cerebro y te impide pensar. Las dos opiniones encontradas del padre y de la madre debatiendo si aceptaban o no donar los órganos del hijo les condujo a revocar una serie de principios amenazados por derrumbe. Por un lado, la empatía de poder salvar otras vidas humanas daba un matiz distinto a la tragedia que posiblemente jamás superarían; por otro, el dolor de sentir que aquel cuerpo diminuto y travieso iba a ser diseccionado configuró dentro de ellos el sentimiento de culpa. Sin embargo, optaron por hacerlo. Antes de partir hacia Orlinda donde se quedarían a vivir y enterrarían al gemelo junto a la tumba de otros parientes, y quizá de donde nunca deberían de haber salido, Aretha O’Neal, la hermana mayor que en múltiples ocasiones ejerció de madre, no supo gestionar la pérdida del ser querido, así que, sin pensárselo dos veces, fue en busca del reverendo del vecindario y descargó rabia e impotencia contra él y contra Dios, a quién culpó de su desgracia y de haberse llevado tan pronto a alguien tan indefenso e inocente. Esa fue la última vez que puso de manifiesto distancia entre ella y Cristo.
          Donna Hanks apuraba los últimos días con su hijo mayor prácticamente recuperado del virus que contrajo en Nueva Delhi. Ese tiempo juntos, compartiendo lo cotidiano, conociéndose en el día a día, descubriendo manías y costumbres, cuidándose entre sí y velando en la oscuridad el quejido doloroso del otro, suavizó la fría y superficial relación que tenían antes, pero llegó el momento de retomar la intimidad: él de vuelta a Chicago, a la Iglesia Evangélica Luterana, en Riverdale, barrio conflictivo de Chicago donde desempeñaba la labor de reverendo; ella a tejer bufandas, pasear por el bosque rehabilitando la rodilla, cocinar para una sola ración y pinchar los vinilos de Dolly Parton.
          –Sube el volumen de la radio, por favor –dice retorciendo la punta a un paño de cocina.
          –Enseguida.
          –¿Han dicho que impiden el paso a Río Bravo? ¿No tiene que cruzarlo a diario tu hermano? –pregunta con un nudo en el estómago.
          –Sí, pero no te inquietes, seguramente serán controles rutinarios que realiza la Guardia Nacional de Texas para bloquear el acceso a la Patrulla Fronteriza, ten en cuenta que está en el límite sur con México y por ahí pasan muchos migrantes ilegales, ya no hay capacidad y las instalaciones están masificadas, no podemos recibir a más gente, da mucha pena ver a los niños y niñas, ancianos y ancianas, hombres y mujeres que mueren intentando alcanzar el sueño americano.
          –Ya, si eso está muy bien, pero he oído Eagle Pass y ellos viven en Quemado, veinte millas más allá de esa ciudad.
          –Si quieres le llamamos.
          –No sé, igual no le gusta, es tan especial –dice Donna–. ¿Piensas que soy una insensible y que no estoy al tanto de las cosas que pasan?, pues sí que lo estoy y se me parte el alma cuando veo la alambrada convertida en el cementerio de prendas de vestir, juguetes, muñecas mutiladas, tesoros que partieron con sus propietarios en la valija de la ilusión y se quedaron ahí, sin dueño, sin proyecto, en tierra de nadie –le da la espalda y rompe a llorar.
          –No soy quién para juzgar a nadie y mucho menos a ti, mamá. ¡Que Dios se apiade de ellos y les proteja! –Tres días después de esa conversación le dejó en el aeropuerto de Knoxville, iba cojeando, torcido hacía la izquierda y las fuerzas justas para llegar erguido a la puerta de embarque. Se abrazaron, prometieron verse pronto e hicieron una despedida muy original: “Abrígate bien la garganta que luego te quedas afónico, hijo; y tú no le pongas tanta sal a los guisos, mamá”. Una vez sentado en ventanilla abrió la Biblia al azar y pidió oraciones para todos sus compatriotas. Donna Hanks se dejó caer en la mecedora del porche y le aguantó la mirada al sol, después la fue bajando lentamente hasta percatarse de que tenía los tobillos hinchados…
          Después de la dura nevada que afectó de lleno a Tennessee dejando a la población encerrada en sus casas, con carreteras sepultadas bajo una capa de hielo, el sistema eléctrico caído y una temperatura de dos dígitos por debajo de cero, tras varias semanas sufriendo esas condiciones algunos granjeros de la comarca tuvieron que luchar contra los lobos que, noche tras noche, atacaban a gallinas, perros y conejos destrozando los establos en busca de comida. Era sábado y Alvin Evans disfrutó de una apasionante carrera de coches, de su cena favorita a base hamburguesa gigante de carne de buey, pepinillos y aros de cebolla, de los temas musicales de Randy Owen, solista de la banda country-rock “Alabama” y de un rato de conversación con lugareños afines, como él, a defender la patria empleando el uso de las armas. En el otro extremo de la barra visualizó a los primos de Jordan Brady, la pareja que llevaba en la camioneta el día del accidente. Se saludaron con la mano y rezó para que no fuesen adonde estaba, pero lo hicieron llevando consigo las jarras de cerveza espumosa, la cajetilla de tabaco, el sombrero de cowboy, un macuto de piel lleno de munición para la escopeta y ese olor tan insoportable a mierda de caballo que les delata.
          –¿Cómo sigue el viejo Brady? –preguntó Alvin–, la última vez tenía la espalda dolorida.
          –Bueno, ahí va, ya sabes, con sus achaques, pero con el mismo mal humor de siempre, los chicos están amargados.
          –Ya imagino. ¿Os quedaréis mucho en Oak Ridge?
          –Pues una larga temporada, nos han ofrecieron trabajo en Nashville, pero dónde vamos a estar mejor que con la familia. Por cierto –dice la joven bajando el tono de voz–, el atropello ese del que todos hablan es…
          –Callaos, por favor, y tened cuidado no se os caliente la lengua –interrumpe la frase un Alvin Evans acobardado.
          –No se preocupe hombre, nosotros pensamos que usted hizo lo correcto. Además, hemos venido a buscarle porque el primo Brady ha convocado al grupo dentro de hora y media en su granja. –Los muchachos fueron llegando escalonados, bajaron de las camionetas echándose mano a la zona lumbar, unos todavía traían la ropa manchada de haber estado evaluando los daños de la nevada, otros con colonia barata en el pelo y los menos directos de haber estado en alguna fiesta particular en Nashville. El viejo Jordan apareció con muletas y bastante desmejorado.
          –Papá tiene algo que deciros –intervino el menor de los Brady.
          –Gracias a todos por venir, os pido paciencia y veréis cómo habrá merecido la pena esperar ya que está a punto de visitarnos un miembro muy importante de nuestra organización. –El ronquido de un automóvil que paró en seco, les instó a estar pendientes de la puerta del granero que se abriría de un momento a otro, y por la que aparecería un tipo elegante, con traje de raya diplomática, zapatos impolutos, camisa blanca y corbata de nudo ancho. Una vez que todos se presentaron cambiaron opiniones.
          –¿Hay novedades respecto a la investigación del accidente? –preguntaron.
          –Por suerte ninguna, pudimos sabotear las cámaras de seguridad, pero hay que ir con mucho cuidado sobre todo porque el caso de los O’Neal no está terminado.
          –Jamás dijimos de llegar tan lejos, tan sólo asustar a la hija mayor –intervino Alvin un tanto compungido.
          –Ya –tomó la palabra el forastero–, pero los de arriba quieren resultados más contundentes. ¿Qué sabéis de la familia?
          –Digo yo que seguirán encerrados en su casa –Jordan Brady tosía sin parar.
          –Negativo, han puesto rumbo a Orlinda, de donde son oriundos, así que, ¿voluntarios para rematar el trabajo? –Alvin y tres hombres más levantaron la mano.
          –Usted no, señor Evans, ellos sí, hay que evitar toda sospecha.
          –¿Cuáles son las órdenes? –preguntaron.
          –Sabemos que la chica está muy desarrollada, así que tenéis vía libre, pero procurad no hacer mucho destrozo, solamente un buen escarmiento, hay que darles una lección a estos negros que se creen los dueños de América…
          Serían muchas las cualidades a destacar de Topanga Sizemore, esa mujer delgada, de baja estatura, rasgos nativos, hospitalaria, con heridas sentimentales aún sin cicatrizar y un don especial para armar las bases de la vida desde el lado sencillo. Acostumbrada a la lentitud de los espacios abiertos y solitarios, al lenguaje de la naturaleza, a las señales del cielo anunciando cambios, dejaba espacio entre palabra y palabra como si el tiempo bajase por un caño de agua con poca presión.
          –¿Usted cree que el padrastro de mi padre y su abuela se querían?
          –Ya no estoy segura de nada, pero las fechas no encajan, hay muchos años de diferencia entre ellos y tengo la sensación de que algo importante se nos está escapando, creo que deberíamos de repasarlo todo desde el principio, anotemos las dudas y las certezas, las fechas y los parentescos, las ciudades y los Estados, y luego cotejemos lo suyo con lo mío pera poder llegar a lo nuestro.
          –Voy a cocinar mazorcas a la plancha y carne de vacuno acompañada de col rizada y alubias de careta. ¿Le apetece cenar conmigo? –prolongaron la velada hasta altas horas intercambiando emociones y acortando cada vez más el camino que tejía el vínculo de sus antepasados.
          –Desde que recuerdo, en casa, siempre fueron temas tabú todo lo concerniente a los Cherokee, mi madre ejerce animadversión hacia ellos, supongo que se avergüenza de su pasado, de su procedencia, de su sangre y, en ese aspecto, trató mal a la abuela Tillie.
          –Papá me inculcó la cultura de su pueblo, las costumbres, los principios, el respeto a los ancianos del poblado, nunca hemos vivido negando nuestro origen, sino todo lo contrario, soy tan piel roja como lo fue él y, quizá, como lo sea usted.
          –¿Le importa si miro otra vez el álbum de fotos? –tenía una corazonada.
          –No, claro que no. Cógelo.
          –¿Ve ese rostro de ahí, el que está semioculto? –indica Opal.
          –Pues, ahora que lo dice, no me había fijado –dice Topanga.
          –¿Tiene una lupa?
          –Había una por aquí, en algún sitio, veré si la encuentro.
          Cuando amplió la foto con la lente el rostro que aparecía entre dos personas, semioculto, se parecía mucho a ella con cuatro o cinco años: las mismas trenzas de ramales apretados cuyo cabello liso, brillante y oscuro cambiaba según le daba la luz, en los mofletes resaltaba una media luna roja igual a la que lucían todas las mujeres de su familia y la manía de pisarse un pie con otro. Se levantó deprisa, descendió por el estrecho camino hasta donde tenía aparcada la autocaravana y trajo una caja de hojalata con recuerdos muy antiguos, revolvió dentro y, de repente, se puso pálida. Topanga Sizemore la miró, también a la fotografía del álbum y a un retrato que sostenía en las manos. Entonces…
          –¿Sabe quién es?
          –Pues casi seguro la abuela Tillie –respondió Opal Nelson toda nerviosa.
          –Eso significa que… –no terminó la frase.
          –Que el padrastro de su padre tuvo a la abuela Tillie con una mujer que no era la suya.
          –¿Y no lo ha sabido hasta ahora? Bueno, tengamos en cuenta que en aquellos tiempos nacer nacido fuera del matrimonio era una deshonra. Yo tampoco tenía idea.
          –Demasiado misterio, aunque creo que hay alguien con más información.
          –¿Quién? –dice emocionada.
          –Ya se lo diré…
          Topanga Sizemore escuchó con absoluta atención la narración de Opal, los encuentros entre abuela y nieta, lo alterados que se ponían en su casa al oír la palabra Cherokee, la voluntad de Tillie pasándola el testigo de su verdadera identidad, el hermetismo siempre extremo a la hora de hablar de parentescos y la acritud de su madre negándolo siempre todo. Regresó a Oak Ridge, llamó por teléfono a su casa desde una cabina pública anunciando que a la mañana siguiente iría a verlos. Pensó en Tayen McDaniel y en lo poco que quedaba para abrir juntos la bolsita de cuero que la dio y ver en qué se habían convertido la pluma de águila y las semillas que él guardó dentro…

domingo, 11 de febrero de 2024

Cerca de las Smoky Mountains

10.

La sala de espera del Methodist Medical Center era un espacio donde la pérdida y la esperanza batallaban a partes iguales. Apenas una veintena de personas, familiares de otros pacientes, cada uno con su carga emocional a flor de piel, se consumían entre lamentos e irritación mientras caminaban como sonámbulos dando sorbos muy cortos a la botella de agua adquirida en la máquina expendedora. Los O’Neal tenían dibujada la derrota en el rostro y el agotamiento en cada músculo, en cada hueso, en cada frunce de la frente, aunque por otro lado se aferraban a la esperanza tan fina como un papel de liar tabaco. El cirujano ya les había informado sobre la gravedad de las lesiones con las que ingresó el pequeño, no obstante, dijo que harían todo cuánto estuviese en sus manos para disolver el coágulo de sangre alojado en la zona al cerebro de acceso más difícil. El tiempo transcurría tan despacio que las quince horas que llevaban operándole apenas avanzaban en las agujas del reloj, además de las mordidas desesperantes en la boca del estómago, al no salir nadie a darles noticias. Tan sólo les sacó del apocamiento las fuertes pisadas de los agentes de la oficina del Sheriff del condado, cuando fueron a decirles que las cámaras de seguridad sufrieron un apagón en ese momento y había registro de ningún automóvil que se hubiese dado a la fuga, ni constancia de frenada en la carretera, por lo cual, certificaron que dicho accidente, no intencionado, habría sido la consecuencia del despiste de algún forastero que no conocía bien el terreno. Aretha estaba sentada en el suelo con las piernas flexionadas, la mirada perdida, un leve temblor de hombros y las rodillas rodeadas con ambos brazos. El otro gemelo, desconcertado, se recostaba en el pecho de la madre vencido por el sueño, buscando consuelo, protección y apoyo ante la posibilidad de quedarse solo. Hasta ese momento se comportó raro, introvertido, apocado, quizá intuyendo que su otra mitad, sobre la frialdad de la mesa de quirófano, el cráneo semihundido, las constantes vitales en montaña rusa, lleno de cables, de tubos y la sonda por la que ya ni siquiera caía el orín, luchaba agarrado a la vida que se alejaba de él. Había caído la primera nevada de la temporada y cuajado en los bordes de la acera a la salida de urgencias. Más allá, un muñeco de nieve se desmoronaba al ponerle alguien una bufanda en el cuello. El padre de Aretha O’Neal fumaba un cigarrillo y rezaba cuando el hijo mayor fue a buscarlo.
          –Papá, han dicho que la operación ha terminado, van a hablar con nosotros.
          –Enseguida voy. ¡Alabado sea Dios! –Un equipo de cinco médicos fueron hacia ellos.
          –Hemos hecho todo cuanto ha estado en nuestras manos, ahora toca esperar, ver cómo reacciona –decía el cirujano nada optimista– y cómo serán las posibles secuelas que le queden. Es pronto para aventurarnos, pero no les quiero engañar, el cerebro estaba muy dañado y nos ha sido complicadísimo acceder hasta el coagulo de sangre y no estamos seguros de haberlo absorbido completamente, vayan haciéndose a la idea de que, si el niño sale adelante, no será el mismo que fue. Las próximas setenta y dos horas son críticas, está en la Unidad de Cuidados Intensivos, monitorizado, de modo que cualquier empeoramiento o mejoría lo afrontaremos con máxima brevedad.
          –¿Podemos verle? –interrumpió la madre entre sollozos.
          –No, esperemos a mañana. Aquí no hacen nada, márchense a descansar que si hubiese cambios nosotros les llamaríamos.
          –Gracias doctor –intervino el padre–, pero mientras que nuestro pequeño esté ahí, no nos moveremos.
          –Después saldrán a completar algunos datos que nos faltan para el historial –dio la sensación de que añadiría algo más, pero desapareció muy cabizbajo.
          –Puede que tenga razón –dijo el hombre–, los niños deberían estar en casa.
          –No pienso dejar solo a ninguno de mis hijos –respondió la mujer–, permanezcamos juntos, cuando despierte le gustará vernos a  todos.
          –Sí, tienes razón.
          El país vivía acontecimientos encontrados, por un lado la baja popularidad de Joe Biden tras su posicionamiento respecto a la guerra de Israel, y por otro el respaldo sin precedentes a Donald Trump pese a las causas abiertas que mantiene con la justicia. No obstante, los más optimistas no lo daban todo por perdido y confiaban en que los votantes independientes castigasen al candidato republicano, convirtiéndose así en balón de oxígeno para la reelección del actual presidente. En definitiva, dos corrientes cuya resaca empujaba a los estadounidenses hacia un mar de náufragos aunque se esfuercen por remar en sentido opuesto. Las calles de las principales ciudades de Alabama se habían llenado de manifestantes y activistas en contra de la pena de muerte, con pancartas donde se leía claramente la palabra “inhumana” respecto a la ejecución por Hipoxia de nitrógeno que realizarían al reo Kenneth Eugene Smith, condenado en 1989 por participar en el asesinato de Elizabeth Sennett, encargado por su propio esposo, un predicador que optó por algo tan macabro para cobrar el seguro y saldar así sus deudas. Sin embargo, la ciudad de Stevenson quedó al margen. Opal Nelson circulaba por la principal avenida cuando vio de frente una cafetería donde por cinco dólares daban suculentos desayunos. Con la segunda taza de café entonándole el cuerpo y bien digeridos los huevos con tocino crujiente, pepinillos y maíz, se atrevió a preguntar por el anciano más longevo del lugar.
          –¿Sabe dónde puedo encontrar a este hombre? –aclarándose la voz dijo el nombre de la persona que buscaba–, he estado en el cruce de la 3rd St con Kansas Ave, pero no he visto a nadie.
          –Deje que piense –el camarero, que en realidad era el dueño, ganó tiempo o se hizo el interesante.
          –Es muy importante para mí, vengo desde Tennessee y no pienso irme sin verlo.
          –¡Oh, Memphis!, Elvis –movió las caderas de tal forma que casi pierde el equilibrio.
          –Bueno, no exactamente, soy de Lenoir City, pero ahora vivo en Oak Ridge –omitió el dato de que su hogar era ambulante, ubicado dentro de una autocaravana–. ¿Entonces me dirá dónde localizarlo?
          –Será difícil –contestó sujetando el mondadientes entre los labios.
          –¿Y eso?
          –¡Porque lleva en la tumba hace años! ¿Más café?
          –No, gracias –se quedó pensativa y cabizbaja.
          –Pero moriría muy viejo, ¿no? Me han dicho que…
          –Va, no haga caso. Habladurías, leyendas que circulan por ahí, alguna sin fundamento, otras algo más próximas a la realidad, pero ni caso. No obstante, era muy mayor, sí. Espere un momento, ahora que caigo, su única hija vive en McMahan Cove Rd, cerca del cementerio –Opal se levantó del taburete y puso los cinco pavos sobre la barra–. ¡Eh!, espero, no se vaya sin probar nuestra especialidad: alitas de pollo.
          –Ya no tengo más apetito, otra vez será –se apresuró, quería dejar zanjado el asunto lo antes posible.
          –Está bien. ¡Cuánta prisa, mujer! –Opal ya no le oyó.
          McMahan Cove Rd se hallaba en un espacio tranquilo, con amplias zonas verdes donde las casas, de construcción sencilla, aparecían esparcidas entre caminos de tierra. Dentro de ese bello escenario, el silencio, majestuoso y protagonista, era un actor más del paisaje cuyas tonalidades se manifestaban a través de una hiedra por donde trepaban mezclados el otoño y la primavera. Lo primero que vio al bajar de la autocaravana en el porche techado con tiras de madera y una bandera de los Estados Unidos como presentación de que allí vivía gente de bien, fueron dos mecedoras blancas conjuntando perfectamente con los poyetes impolutos de las ventanas, herramientas de labor apoyadas en la pared y una mesita auxiliar con vasos de cristal y jarra de limonada. La mujer se hallaba en la parte de atrás tendiendo la ropa. Llevaba puesto un chaleco, camisa y pantalón de abrigo, el pelo canoso recogido en dos trenzas, no muy largas, que descansaban encima de los hombros, a la vez que se movían de un lado a otro cuando sus manos de piel rojiza sacaban del barreño las prendas sujetándolas en la cuerda con pinzas. Concentrada en la tarea de estirar los cuellos de las camisetas para que no se deformasen, apenas se percató de la presencia de Opal hasta que al verla dio un respingo.
          –Lamento haberla asustado –dijo casi más aterrada que la otra.
          –No recibo muchas visitas y me he sobresaltado.
          –Lo entiendo, y de nuevo le pido disculpas.
          –¿En qué puedo ayudarla? –se limpió un hilillo de saliva que le caía por la comisura de los labios.
          –Pues… –En pocas palabras resumió toda su andadura hasta llegar allí y dar con el hombre más longevo de la comarca: las conversaciones con la abuela Tillie, el descubrimiento de los gráficos en la roca con Tayen McDaniel donde leyeron los nombres de los antepasados de Opal Nelson, el nerviosismo de su madre cuando sacaba el tema y realizaba preguntas incómodas, así como también el encuentro con el viejo indio que vivía en las montañas de la Reserva Cherokee –no confundir con el pueblo–, territorio encerrado en el límite Qualla. En definitiva, todo un abanico de inquietudes y dudas que la robaban el sueño cada noche.
          –¡Y yo qué puedo hacer! –intentó disimular, pero se le notó a la legua la incomodidad.
          –¿Su padre descendía de los Cherokee? –sacó de la mochila un sobre con varias fotografías antiguas.
          –Bueno…, murió hace mucho… En realidad… Oiga, ¿adónde quiere ir a parar? A los muertos hay que dejarlos en paz.
          –No es mi intención ofenderla.
        ¿Pero dígame qué puedo hacer por usted? –lo entonó con ganas de quitársela de en medio lo antes posible.
          –¿Por casualidad pronunció en algún momento el nombre de Salali? –a la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas y de su rostro desapareció completamente la desconfianza dando paso a la hospitalidad entre desconocidas.
          –Sentémonos aquí, todavía queda un rato de sol. ¿Le sirvo un poco? –señalando a la limonada.
          –No, muchas gracias.
          –Ahora vuelvo. Por cierto, me llamo Topanga Sizemore –la tenesiana también se presentó.
          –¿Podría ir al lavabo?
          –Claro, venga por aquí. –La primera pieza de la casa era el salón junto con la cocina, había pocos trastos por medio, sólo lo necesario para una o dos personas. Al fondo, a la izquierda, tres puertas de grandes dimensiones abrochaban la oscuridad del pasillo y pensó que todo en sí resultaba muy rudimentario. Cuando regresó, la mujer sostenía sobre las rodillas un álbum de fotos.
          –¿Quiénes son? –Opal Nelson manifestó total curiosidad.
          –Nuestros antepasados. Mi padre lo guardaba con sumo cariño, decía que ahí quedó inmortalizado el dolor y la lucha de nuestro pueblo, el éxito y el fracaso de tantos hombres y mujeres que pelearon a cuerpo descubierto. Sabía los nombres y la historia de cada uno de ellos, las características de sus familias y adónde fueron desplazados. La mayoría procedía de Tennessee, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Georgia y Alabama. Estando ya muy enfermo, apenas sin aliento, repetía que aquello fue la mayor limpieza étnica realizada en los Estados Unidos de América y que en algún momento de la Historia tendrían que rendir cuentas –de repente paró, se le quebró la voz y quedó pensativa.
          –Ahora sí tomaría ese vaso de limonada –lo bebió casi de un trago, callada, con el corazón acelerado y asimilando la narración de Topanga Sizemore.
          –¿De dónde ha sacado el nombre de Salali? –preguntó intrigada.
          –Fui con un amigo a la reserva india y allí me entrevisté con un anciano al que consideran jefe, él lo descifró de unos gráficos que llevé.
          –¡Qué casualidad!
          –¿Por qué lo dice? –Opal estaba cada vez más intrigada.
          –De niña lo oí mucho. ¿Reconoce a alguien? –refiriéndose a las fotografías del álbum que la forastera miraba con la misma atención de un estudiante ejemplar.
          –Así, a simple vista, diría que no, pero igual si profundizo podría decir que sí –Opal jugó con las palabras.
          –Imagino que esto sea una copia –Topanga agitó el documento que Opal llevó del Tratado de Nueva Echota– porque tengo uno igual.
          –Supongo. El apellido Gunter era el de soltera de la abuela Tillie ¿Le suena?
          –Pues no, lo siento. Aunque, espere un momento –volvió con una postal sellada en Tennessee ochenta años antes.
          –Esta letra es de mamá –Opal se llevó las manos a la cara–, debía de ser una niña cuando la escribió.
          –Lo cual confirma que su abuela y el padrastro de mi padre se conocían y que un hilo muy fino teje las casualidades que a usted y a mí nos unen…
          Alvin Evans fue a Knoxville a comprar sacos de trigo, avena, cebada y maíz con los que después elaboraría el pienso para alimentar a las aves de corral. En la zona de estacionamiento, mientras colocaba todo dentro de la camioneta, escuchó el comentario del atropello ocurrido hacían algunos días donde el conductor se había dado a la fuga dejando a una criatura malherida, pero ni siquiera lo relacionó con el percance que protagonizó días atrás cuando llevaba a la pareja de jóvenes granjeros hasta la propiedad de Jordan Brady, primo de ellos.
          –¿Se sabe algo de la investigación para dar con el presunto culpable? –preguntó una mujer que pasaba cerca con su carro de la compra lleno de papel higiénico.
          –Nada –responde un chico joven con pinta de vaquero–. También es mala suerte que precisamente en ese momento el sistema sufriera un apagón y las cámaras de seguridad no hayan grabado al menos la matrícula.
          –¿No le remorderá la conciencia? –dijo otra de las mujeres.
          –Según dicen iban varios en el vehículo –comentó otra persona.
          –¿Pues si tan claro lo tienen que vayan a por ellos? –soltó alguien desde la caseta.
          –Ya recibirán el castigo que merecen,
          –Pues esperemos que sea pronto ya que la criatura se debate entre la vida y la muerte en el Methodist Medical Center,
          –¿Dónde dice que ha sido, caballero? –Alvin empezó a preocuparse. Las coordenadas que dijeron coincidían con su ubicación. De pronto todas las piezas encajaban: el golpe que tenía en el faro delantero de la derecha, el bulto que vio por el espejo retrovisor saltar por los aires, los restos de sangre y materia blanquecina y pegajosa que quitó de la rueda con una manguera y ese vacío en la boca del estómago que se le puso las veces siguientes que pasó por allí. Todo encajaba, todo menos su conciencia…