9.
3 de enero, 2,45 a.m., punto de
encuentro: Chicago, desde donde la expedición de freelance, médicos del
mundo, activistas y gente en general comprometida en la lucha contra las
injusticias en todos los ámbitos sociales, partía hacia Palestina en un vuelo
trasatlántico que aterrizaría en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión,
a unos quince kilómetros al sureste de Tel Aviv, para continuar en transporte
terrestre hasta Gaza, atravesando el peligrosísimo cruce fronterizo de Erez, al
suroeste de Israel, puesto que ahí les esperaría el chófer e intérprete que
estaría con ellos durante toda la estancia. Doce horas después, mientras
aguardaban en tierra tras haber tenido algunos episodios de fuertes
turbulencias, las noticias llegaban confusas ya que el tratado de paz había
fracasado y la muerte de civiles seguía sucediendo sin que los poderes
internacionales mediaran para conseguir un definitivo alto el fuego y poner fin
a dicho genocidio. El grupo permanecía apiñado, unos leyendo la Biblia, otros
caminando nerviosos y alertas. Los enviados especiales de medios independientes
luchaban por conectar a la wifi y comunicar, a las familias y sus redacciones,
que habían llegado bien, pero la señal era muy débil y continuamente se caía.
Sin embargo, Diane consiguió algo de cobertura al saltarle una noticia
vergonzosa cuyo titular decía lo siguiente: “Con camisas de fuerza, dopados y
metidos en aviones militares, en Estados Unidos hacían desaparecer a decenas de
africanos deportados con violencia a Ghana, empujados hacia el precipicio de un
futuro incierto, como por ejemplo, la historia de un joven oriundo de Sudán del
Sur que llegó a Lousiana con apenas 17 años, paseador de perros, viviendo
debajo de un ferrocarril elevado, como tantos otros sin techo ni papeles, y al
que amordazaron mientras dormía embarcándolo rumbo a Ruanda, donde depredadores
de seres humanos le arrebatarían la vida”. Entonces, cuando preparaba una
crónica para enviarla a la agencia de prensa con la que a veces trabajaba, se
armó mucho revuelo en la sala, los pasajeros corrían, refugiándose detrás de
cualquier elemento, sujetando con fuerza a los niños y niñas por temor a que
fuesen arrastrados por una muchedumbre descontrolada, cuyo único objetivo era
salvar el pellejo. Diane notó cómo, por las axilas, dos hombres muy fuertes la
levantaron en volandas y la subieron a un jeep, junto a más personas,
emprendiendo un destino hacia lo desconocido.
–¿Dónde
nos llevan? –gritaba una mujer poseída por la histeria.
–Cometen
un gravísimo error, Europa no se quedará quieta –aseguro un ciudadano francés.
–Vamos
a perder el siguiente vuelo, solo hacíamos escala. Solo hacíamos escala –repetía
una anciana entre lágrimas.
–¡Quiero
hablar con mis hijos! ¡Quiero hablar con mis hijos! –exclamaba una pareja en
lengua rara. Entonces, el vehículo giró bruscamente dejando la carretera
principal y adentrándose por un camino lleno de obstáculos hasta avistar lo que
parecía ser el desierto de Néguev. Unas millas más allá, a lo lejos, identificaron
el campamento adonde se dirigían. Bajaron rápidamente uno a uno y los
distribuyeron. Diane se quedó sola en una tienda de campaña bajo la vigilancia
de un tipo con cara de pocos amigos, del resto nunca más supo.
–¡Ayuda!
¡Que alguien me ayude! ¡Mi esposo no respira, se lo suplico! ¡Que alguien me
ayude, en el nombre de Allah! ¡Ayuda! –voceaba una mujer en árabe.
–¡Agua!
¡Agua! ¡Denme agua! –exclamaba un soldado tendido en el suelo con la pierna destrozada
colgando por la camilla.
Lo
primero que a Diane la obligaron a hacer fue despojarse de los objetos
personales que llevaba encima: celular, cámara de fotos, reloj inteligente,
documentación, dinero, computadora y cordones de los zapatos, todo menos la
alianza de la mano izquierda. A continuación, sufrió un grosero registro
machista. De repente oyó ataques de histeria, rezos a Dios y el silbido de patadas
y puñetazos dados en el vacío, ruidos que pronto enmudecieron solapados por
sollozos. Durante horas se quedó sentada en el piso de arena, hecha un cuatro,
sumergida en el silencio atroz cuyos fantasmas del miedo corrían tras su sombra
persiguiéndola. Cerró los párpados, visualizó a Larry y a las hijas
despidiéndola en el aeropuerto; pensó en el difícil camino que había hecho
desde Boston hasta afincarse en Big Timber y en las dificultades que tuvieron
que superar en sus profesiones, se emocionó estimando la empatía siempre
incondicional de Susan con ellos y la complicidad de ambas consolidando una
bonita amistad. Recordó a sus padres ya fallecidos, y el sacrificio que
hicieron para que fuese lo que hoy es: una persona íntegra, con sólidos valores
y magnífica profesional; calculó los reportajes que aún estaban a medias y
supuso que le faltaría tiempo para acabarlos. Tenía la boca pastosa y la
garganta seca, le temblaba todo el cuerpo, se palpó la calentura que le crecía
en el labio inferior. Se orinaba y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.
–Necesito
ir al baño, por favor, me estoy poniendo indispuesta –le suplicaba al hombre
armado y con pasamontañas que la custodiaba.
–Cállate
–dijo en un inglés casi ininteligible.
–Soy
ciudadana norteamericana, ha de haber un error conmigo –expresó sollozando. Él
permaneció callado–. No pueden retenerme así, es ilegal.
–Aquí
las normas las dictamos nosotros –entró otra persona que hablaba mejor el
idioma.
–Ayúdeme,
se lo ruego, que venga alguien de la embajada. Necesito comunicar con mi esposo
–pero no la hicieron el más mínimo caso.
–Así
que, periodista, ¡eh! Aquí no sois bien recibidos, nunca contáis la verdad,
solo aquello que os interesa –se acercó tanto que pudo olerle el aliento
corrompido.
–Traemos
ayuda humanitaria, a eso hemos venido, nada más. ¿Dónde están mis compañeros? –el
miedo se apoderaba de ella.
–Dando
un paseo –dijeron a carcajadas.
–¿Qué
les habéis hecho? –se puso en pie.
–Nada.
–¿Por
qué no fui con ellos?
–Porque
no queremos que te pongas mala, gatita.
–¿Dónde
están? ¿Dónde están? –la desesperación era máxima.
–Lejos,
muy lejos. Viajando a sus lugares de destino –se burlaban de ella.
–Déjenme
hablar con mi esposo, él lo hará con el Gobierno de mi país, están cometiendo
un grave error. ¡Por favor, necesito ir al lavabo!
–¡Irás
cuando se te diga! –exclamó enfurecido.
–Agua,
tengo sed. Agua –la sacaron casi a empujones.
–Ponte
esto –la dieron un abrigo largo hasta los pies, con capucha y le vendaron los
ojos. Sintió la frialdad de la calle y el rugido del automóvil diferente al que
la trajo. Tragó saliva y se le quedó la lengua pegada al paladar, luchó por
hacerse la fuerte y supo que lo conseguiría reteniendo en la memoria la imagen
de Larry y las hijas…
Susan Maxwell se mordía las uñas y la
lengua en la larga mesa donde toda la familia al completo, además de disfrutar
de un suculento desayuno americano, celebraban la captura de Nicolás Maduro sin
lamentar el bombardeo sobre Caracas, con un balance aproximado de cien muertos.
Pletórico, como si no hubiera un mañana, el padre repartió bendiciones,
abrazándolos uno a uno, mientras conjugaba frases sacadas del ala más radical,
conservador y supremacista del partido republicano, proclamando que Donald
Trump era el enviado de Dios para salvar al mundo. Ella tragó bilis y, para no
levantar sospechas, se unió a la fiesta, aunque la realidad era muy diferente.
Las cadenas de televisión conectaban con diferentes sitios donde la gente
tomaba las calles eufóricos de alegría, sin ser conscientes de que en este
episodio poco o nada le importaba al Presidente estadounidense la parte humana
que sufría las consecuencias de la dictadura, y sí los minerales, tierras raras
y, por supuestísimo, el petróleo, máxime teniendo en cuenta que Estados Unidos
necesita a diario 20 millones de barriles y se ve obligado a importar para
consumo propio, ese era el único motivo de la intervención: apropiarse del
crudo. Observaba las caras de los manifestantes, ingenuos venezolanos que
huyeron de la patria con la esperanza de que algún día ellos, o sus
descendientes, o los descendientes de sus descendientes verían avanzar la
democracia por la Avenida de la Universidad hacia el Capitolio. Esos primeros
momentos de entusiasmo les cegaron sintiendo que por fin se libraban del
tirano, que eran libres y prosperarían, sin embargo, no vieron venir el tsunami
político que se avecinaba: inestabilidad, detenciones, secuestros, violencia
callejera y un gobierno atado de pies y manos a la espera de acontecimientos.
La industria petrolera florecerá, pero los beneficios no se quedarán en el
país, ya que los planes de la Administración Trump no eran esos, sino dejar que
Venezuela continúe siendo una nación dependiente y vulnerable. Una semana
después, la liberación de presos políticos se hacía con cuentagotas. La
pregunta es: Ahora que han pasado los primeros sofocos y las brasas apenas
quedan encendidas, ¿qué piensan los venezolanos y las venezolanas respecto de
un futuro inmediato? ¿Empiezan a ver la luz en el horizonte? En esas estaba
Susan, inmersa en los pensamientos, cuando apareció de repente Samuel W.
Roberts.
–¡Ven con nosotros
al despacho! –el señor Maxwell la ordenó–. Mi hija llevará el control
administrativo de todas las empresas –el tipo
asintió y la miró desafiante.
–¿Estás seguro? –preguntó
el socio–. Tratémoslo a nuestra manera, como hemos hecho hasta ahora –entonó
sarcástico.
–No. Además, tú no
me traicionarás, ¿verdad, cariño? –la apretó el brazo.
–Solo pondré a
vuestro servicio mis conocimientos de informática, os será mucho más fácil
todo.
–¡Allá tú! Tengo
preparado el cargamento de esteroides anabolizantes para sacar un mayor
rendimiento a los machos que están a punto de llegar, se lo proporcionaremos a
las 3000 cabezas que venderá WSR 255 por el doble de su precio. Aquí tienes los
detalles –le entregó una hoja con membrete–. Dáselo a ella.
–¿Qué significa
exactamente WSR 255? Lo digo porque si tengo que registrarlo he de saber a qué
corresponde –soltó muy deprisa.
–De momento
guárdalo muy bien –sugirió el padre.
–Perfecto. He
creado una página web con todo detalle para que ambos tengáis acceso. Ahí están
las entradas y las salidas, el registro de nacimientos y fallecimientos, las
reses compradas y las que están por venir, con quienes trabajamos y quien
reparte nuestro género. En esta otra pestaña –giró su computadora para que lo
vieran–, aparecerá un control exhaustivo de los cargamentos de pienso que
compremos, su origen, la distribuidora, los componentes, etcétera, de manera
que si hay algún problema de elaboración o de caducidad sepamos de dónde viene
y resolvamos –la miraban embobados–. Puede darse el caso que, sin vosotros
saberlo, claro, algún intermediario os haya vendido forrajes adulterados, ahí
no tendríamos mucho quehacer respecto a denuncias e indemnizaciones, por lo que
es fundamental que todo sea legal –quería cogerles por sorpresa, pero ninguno
de los dos se inmutó.
–No hay problema –ganada la confianza de ambos
todo sería fácil–. Pues ala, ponte a trabajar. Cuando se aseguró que no la oían
llamó a Larry.
–Hola. ¿Ha llamado
Diane?
–No, y a sus
colegas tampoco, ni se ha puesto en contacto con la agencia adonde siempre
manda los reportajes cuando sale fuera. Estoy muy preocupado.
–Te escucho
bastante mal, se entrecorta la voz.
–Estoy atravesando
un desfiladero en las montañas y la cobertura es mala, voy al rancho, Paul
llamó, al parecer hay terneros enfermos y antes de sacrificarlos quiere que los
vea y diagnostique.
–No sabía nada y
llevo aquí unos días, pasaré una temporada. Entonces, ahora nos vemos.
–¿Cómo que una
temporada? ¡Estás loca! –exclamó alto.
–Es mejor ser un
topo consentido que una espía. Me he ganado la confianza del amo y la de su
socio, administro los negocios, lo he digitalizado todo en una página web donde
incluyo el tema de la alimentación, te daré la clave para que accedas tú
también. ¿Sabes lo que se esconde bajo las siglas WSR 255?
–Ni idea –contestó
lacónico.
–Pues nada más y
nada menos que la empresa donde manipulan el pienso que después distribuyen a
granjas y ranchos. 255 son los clientes que tienen, supongo que unos consienten
y otros no lo saben. ¿En alguno de los estudios patológicos encontrasteis
anabolizantes en las reses muertas o sus cachorros?
–Que yo sepa, no,
pero le preguntaré a Ashley Burris, igual a mí se me ha pasado o no lo
recuerdo. ¿Sabe Paul realmente porqué estás ahí?
–Supongo que se lo
huele, y el viejo vaquero que siempre me ha cubierto las espaldas, también –rescató
de la memoria la conversación que mantuvieron.
–Siento mucho no
estar en mi mejor momento y ayudarte más, pero no saber la suerte que estará
corriendo Diane me tiene muy asustado.
–No, perdona tú mi
falta de tacto, amigo –se emocionó con sus propias palabras.
–Un poco antes de
navidad ya manifestó su deseo de viajar a Palestina, pero que no lo haría hasta
que las niñas se incorporasen de nuevo a la universidad, así que, le dije, que
se fuese e hiciese lo que le dictase el corazón y que yo siempre la iba a
apoyar. Me arrepiento enormemente porque es como si yo la hubiese empujado al
precipicio. Así es cómo me siento, hecho una mierda.
–Eso no lo pienses.
Almorzamos juntas y confesó la obligación de todo periodista de contar las
cosas in situ, ya que una de las máximas de los reporteros es
convertirse en los ojos del mundo. Larry, hablamos en otro momento, viene
alguien.
–Sí, mejor. Estoy
llegando a Big Timber, paso por la consulta y voy para allá.
Un
estudiante de veterinaria en el último curso de prácticas en el Animal
Center Veterinary Hospital, halló sustancias extrañas en la carne elaborada
en un restaurante al que habitualmente iba a cenar con amigos. Tras notar un
color y sabor raro, y que uno de los comensales se puso indispuesto teniendo
que llamar a emergencias 911, trasladándolo en ambulancia, así como también a
otros clientes de diversas mesas, envolvió en una servilleta los restos del
bistec dejado en el plato y, asegurándose de que no le miraban, con mucho
disimulo, lo guardó en el bolsillo del abrigo para analizarlo en el
laboratorio. Semanas después repitió la misma operación en otros locales donde
sucedieron casos similares, una vez contextualizado todo y realizado el informe
técnico lo más completo posible, fue al despacho de la jefa del área de veterinaria,
la forense Ashley Burris, quien en ese momento daba una clase audiovisual en la
sala de conferencias sobre la necesidad de reducir el consumo de carne de
vacuno por el bien de la humanidad y del medioambiente. Esperó diez o doce
minutos, pero en vista de que no venía, fue él a su encuentro. El aforo estaba
completo, incluso había personas sentadas en los pasillos, profesores y
personal sanitario. El joven aspirante a dirigir el modesto hospital rural
comunitario de Columbus, en el condado de Colorado, Texas, se apoyó sobre una
columna y tomó notas, pero había llegado demasiado tarde. Se abrió paso como
pudo entre los asistentes que se agolpaban para realizarle preguntas directas a
la ponente, hasta colocarse en primera fila, a pocos centímetros de ella.
–Doctora
Burris –le dijo casi al oído.
–Sí
–respondió girándose rápidamente.
–¿Podemos
hablar en algún sitio más tranquilo? –propuso el muchacho.
–Ahora
es complicado, he de atender a todas estas personas –señaló a quienes tenía
delante.
–Entonces
esperaré, estoy seguro de que le va a interesar lo que voy a decirle.
–Muy
bien, como prefiera, pero no sé lo que tardaré.
–Sin
problema –no pensaba perder la oportunidad de conseguir puntos para el examen
final, pero también intuía que tenía entre manos una bomba de relojería, además
de la obligación de hacerlo público como ciudadano de bien.
–¿Y
bien? Tú dirás. –Hora y cuarto después iniciaron una conversación muy
fructífera. Narró los hechos explayándose en todo lujo de detalles, creando un
ambiente de misterio alrededor suyo que mantenía a Ashley atenta sin apenas
parpadear, hasta romper de pronto su silencio–. ¿Cómo has relacionado una cosa
con otra? –preguntó intrigada.
–Un
amigo mío y su padre tienen una empresa de transportes. Hace cosa de año y
medio –según me contó–, les contrató un tipo llamado Samuel W. Roberts y el
dueño del rancho Maxwell, tenía que llevar un cargamento de reses distribuidas
por diferentes restaurantes del condado y fuera de él. Dicha operación la han
repetido en innumerables ocasiones dándose el caso de que siempre, por una u
otra razón, ha surgido algún contratiempo alimenticio.
–Pero
eso es muy grave, sin pruebas tú no puedes probar nada.
–Las
tengo, aquí están –sacó un montón de papeles–. Verá, el otro día al ocurrir lo
que he contado y comentándolo con mi amigo, supimos que la carne procedía del
rancho Maxwell, ellos la habían entregado días antes. El trozo de bistec
analizado por mí da un alto porcentaje de cadmio, arsénico y en menor cantidad
cobre, así como también un tipo de pesticida, entiendo que procedente de algún
pasto. He tenido acceso a las facturas de los demás restaurantes y resulta que
también fueron abastecidos por el mismo ganadero. Hay un par de denuncias
hechas por clientes, en las ciudades de Helena y Hamilton, ahí tiene una copia.
–¿Sabes
si la empresa que contrató a tu amigo y su padre es WSR 255?
–No,
pero se lo pregunto ahora. Un momento. –Le llamó por teléfono y mirando a la
forense veterinaria asintió con la cabeza.
Una
vez sola en el despacho, asimilando y ordenando la información dada por el
chico, recogió algunas cosas de la mesa, fue a casa, metió lo más
imprescindible en la mochila y algo de comida junto al termo de café. Arrancó
el motor del automóvil, paró a echar gasolina y puso rumbo a Big Timber, donde
esperaba darle una sorpresa a Larry Erickson. Lo que nunca imaginó es que le
encontraría tendido en el suelo dentro de la consulta…