domingo, 22 de marzo de 2026

En peligro de extinción

12.

El viaje de vuelta, padre e hija lo realizaron muy tensos. Habían tenido una fuerte discusión respecto a qué hacer con los bidones de agua tóxica encontrados en la cabaña, en el pueblo de Garnet, producto de la perforación de los pozos petroleros y de gas, cuyo destino era inyectarla otra vez bajo tierra, en un espacio neutral y nada sospechoso de estar vinculado con la industria petrolera, dentro del rancho Maxwell, que apenas nadie conocía.
          Meses atrás, Susan leyó un artículo en DeSmog, organización internacional de periodismo sobre cambio climático, donde alertaban del alto riesgo que se corría utilizando dicho método de inyección que, en consecuencia, contaminaría el agua potable por la filtración. Ello representaría un altísimo riesgo para la salud de los habitantes de la región y causaría mortalidad repentina en los animales al impregnarse los pastos donde comen. De manera que la chica puso el grito en el cielo.
          –¿Desde cuándo a nuestra familia le interesa el crudo? Pensé que solo éramos ganaderos y agricultores –dijo muy enfadada.
          –No tengo por qué contestar la pregunta, limítate a conducir con prudencia y ayudarme a borrar mi nombre de las empresas de Samuel W. Roberts, nada más. –Ella miró por el retrovisor y vio una ambulancia acercarse a toda velocidad y desviarse por un camino rural.
          –Papá, a ver si entiendes, en los contratos que hemos encontrado en la cabaña, el único nombre que figura es el tuyo, mucho me temo que tu socio no jugaba limpio –en el fondo, por primera vez, sintió lástima de aquel hombre vulnerable, traicionado, empequeñecido–. Dejemos los bidones de agua contaminada allí y que las autoridades los relacionen con él.
          –Imposible, la cabaña es mía, yo la compré, tenemos que deshacernos de ellos como te he dicho.
          –Conmigo no cuentes, no pienso ser partícipe de algo así. ¿Te has parado a pensar cuántas personas van a enfermar?
          –Lo hemos hecho en otros sitios sin problemas –siguieron en silencio, desconfiando el uno del otro, rescatando la irritación del pasado que tanto les separó y sintiendo que el muro entre ellos empezaba a levantarse otra vez. El padre se apeó de la camioneta y fue hacia los establos en busca de Paul, el capataz. Ella se marchó sin más.
          Larry Erickson, viajó a Helena a comprar medicinas para la diabetes, difíciles de conseguir en Big Timber. Aprovechó el viaje y visitó a la forense del Animal Center Veterinary Hospital, Ashley Burris, con quien intercambió revistas científicas, opiniones sobre controvertidos diagnósticos y conocer la adaptación de nuevas tecnologías, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda, líderes en telemedicina, algo de momento inalcanzable de poner en práctica en la rudimentaria clínica de Larry. Además, cuando anunció su llegada por teléfono, la forense dijo tener noticia de Diane, a través de un colega que tenía contactos con la Media Luna Roja Palestina. Facilitaron la descripción de la mujer y creyeron haberla visto vagar por las calles de Gaza. Sin embargo, advirtieron que es complicadísimo localizar allí a una persona que seguramente se mueva en la oscuridad de la noche y se refugie entre estructuras bombardeadas, en todo caso lo tendrían en cuenta. A pesar de las palabras de ánimo que recibió de la forense, el veterinario regresó al pueblo mucho más descorazonado y pesimista. Aunque no era día de paga, terminada la jornada, en The Timber Bar Cowboy City, algunos muchachos tomaban tragos de cerveza antes de la caída del sol. Larry, abriéndose paso entre ellos, encontró al granjero que le encargó las pastillas para su esposa, saldaron cuentas e intentó salir apresurado de aquel espeso ambiente de tabaco y halitosis, pero Susan Maxwell, desde un rincón de la barra, le llamó con la boca llena de ensalada.
          –¿Qué te trae por aquí? –preguntó la chica. Él se explicó.
          –¿Y tú, acostumbrándote al olor de carne a la brasa para tener contento a papá? –rieron, a pesar de que ambos estaban sin ánimo.
          –¡No seas malvado! Vayamos a una mesa, tengo algo que contarte –Cogió su comanda y echó a andar. El hombre asintió, pero la única que quedaba libre estaba junto a la mesa de billar donde el ruido de personas alrededor de los jugadores era infernal, así que, decidieron irse a casa del veterinario.
          –Siéntate ahí, voy a encender la chimenea –dijo Larry, mientras llevaba dos vasos y una botella de whisky en la mano. El crujido de la madera en el fuego los acompañó durante toda la jornada además del recuerdo de Diane, intensificado a través del aroma de las flores diminutas que traía de la montaña.
          –¿Tienes noticias? –preguntó Susan mientras tomaba asiento.
          –¡Qué va, ninguna! Este compás de espera es desconcertante –suspiró.
          –¿Has contactado con Reporteros sin Fronteras?
          –No, y debería de haberlo hecho, como también hablar con las niñas, sin embargo, no he tenido valor suficiente. –reprodujo lo que horas antes, en la ciudad de Helena, Ashley Burris le había contado.
          –Pues no debes demorarlo más, tienen derecho a saber lo que está pasando con su madre.
          –Sí, mañana iré a verlas a la universidad, ya lo tengo decidido. Y, ahora, dime qué ibas a contarme.
          –Estuve con mi padre en Garnet donde tiene una cabaña con su socio que, por cierto, ha muerto. Quería eliminar papeles que le comprometieran y mira por dónde encontró una sorpresita: bidones llenos de agua.
          –¿De agua? –preguntó extrañado.
          –Sí, resulta que han comprado muchos pozos en Texas y han extraído petróleo y gas bajo la técnica de fracking, que consiste en inyectar a gran presión cantidades de agua, arena y químicos para romper la roca y liberar hidrocarburos, pero luego, el agua que se revierte hasta que brota el crudo, hay que llevarla a otro lugar y bombearla a miles de metros de profundidad, se supone que por debajo de los acuíferos de agua potable.
          –Pero eso es altamente peligroso, porque con el tiempo se filtra –intervino Larry.
          –Verás, cogí una poca en este bote, a lo mejor sacas algo en claro, lo curioso es que ni huele ni está turbia.
          –Yo no tengo medios para hacer un análisis de laboratorio especializado y, si lo hiciéramos, encontraríamos radio, por eso su apariencia es cristalina, como recién salida del grifo. Ahora que recuerdo, hace varios meses, Diane escribió un artículo para una revista ambientalista –conectó la computadora y buscó la edición en Internet–. ¡Aquí está! Era la historia de unas mujeres que lucharon por sus vidas, conocidas como las “Chicas del Radio”. Estallada la Primera Guerra Mundial por todo Estados Unidos abrieron fábricas cuyas trabajadoras pintaban esferas de relojes con pintura brillante. Chupaban los pinceles para afilarlos, se decoraban los vestidos que después lucirían en los bailes, se perfilaban los dientes haciendo que su sonrisa fuese más atractiva y luminosa, todo sin saber que aquel producto era radiactivo. Inmediatamente fueron enfermando, sufrieron cáncer y necrosis ósea, se les caían los dientes y los huesos de la mandíbula se deshacían entre los dedos del dentista que no hallaba explicación alguna a aquello tan horroroso. Tuvieron una muerte dolorosísima y la lucha de las familias y denuncias de ellas ante la opinión pública, las llevaron hasta Harrison Martland, especialista en patología que 1925, demostró, gracias a una prueba, que el radio las había envenenado destruyendo sus cuerpos desde dentro. Intentaron desacreditar sus conclusiones, pero las propias chicas siguieron en la batalla para ayudar a las compañeras que aún trabajaban en ello. Dos años después, Raymond Berry, abogado, aceptó defenderlas y llevar el caso a los tribunales. Sin embargo, seguían muriendo, hasta que en 1938, una trabajadora moribunda demandó a la empresa, resolviéndose por completo.
          –Mira lo que dice ahí –intervino Susan–, que Marie Curie, descubridora del radio junto a su esposo, murió también por una anemia aplásica, enfermedad de la médula ósea, debido a la continua exposición a la radiación. Diane lo tiene todo bien documentado.
          –¿Ha entrado en contacto tu piel con el agua al extraer la muestra que traes? –preguntó preocupado.
          –Supongo que algo, sí. Claro, no obstante, lo hice muy rápido –quiso tranquilizarse así a sí misma.
          –Pero no podrás impedir el enterramiento de los bidones, no es ilegal.
          –Lo sé, aunque dentro del rancho no lo voy a permitir, aunque me cueste romper con la familia. –Dijo apenada.
          La conversación fluyó con momentos de mucho silencio, a la vez que el whisky de la botella acababa convirtiéndose en acidez de estómago. Las pequeñas llamas del fuego dibujaban sombras deformes en la chimenea. Afuera aullaban los lobos hambrientos de venganza y, poco a poco, el manto de la noche caía sobre el pueblo solitario, mientras que, a lo lejos, la música irlandesa de algún baile comarcal amenizaba la soledad de los jornaleros. Susan se quedó a dormir en su antigua habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, donde preguntó por Sammy Britt, aquel motero observador de la biodiversidad, de los cambios bruscos de la tierra, de la alteración de los colores, las cosechas, la salud de los ríos, el clima, las lluvias torrenciales, en definitiva: un activista por la Naturaleza. El recepcionista le dijo que hacía bastantes meses que no pasaba por allí. En el dormitorio pasó los dedos por encima de sus objetos personales esos que tanto apreciaba. Encendió el transistor y sintonizó la emisora local donde la voz inconfundible de Cindy Blair, locutora que conducía un programa nocturno, cuyo estudio apestaba a tabaco y alcohol barato, daba paso a las llamadas de los oyentes que compartían historias inverosímiles y otras muy sencillas, por ejemplo, desde cómo hacer la mejor hamburguesa de carne de buey, hasta lavar las sábanas con jabones ecológicos. Tras un breve descanso dieron paso a otra llamada.
          –Hola. Buena noche —dijo sorbiendo un poco de café.
          –Hola Cindy –respondió la mujer.
          –¿Cómo te llamas? –preguntó casi atragantándose al beber.
          –Lupita Castro –contestó risueña.
          –¿De dónde eres? –imaginó que sudamericana por las continuas expresiones en spanglish y muy joven.
          –Soy hondureña –entonó orgullosa.
          –¿Desde dónde nos llamas? –poco a poco fue creando un ambiente de confianza.
          –Estoy en San Benito –dijo apenada.
          –¿En el centro de acogida a migrantes menores no acompañadas? –intuyó la deriva que tomaría la conversación.
          –Sí –se aclaró la garganta.
          –¿Quieres que hagamos un descanso y bebes agua?
          –¡No! –exclamó.
          –¿Cuántos años tienes? –parecía bastante joven.
          –Quince, pero en breve cumplo dieciséis –dijo sintiéndose ya mayor.
          –¿Y por qué estás en el centro? –debía conducirla hacia el desahogo.
          –Mi mamá me animó a cruzar la frontera donde una de sus hermanas me acogería hasta tener al bebé y encontrar un empleo. 
          –¿Y qué pasó?
          –Aparecieron los hombres malos y me detuvieron –comenzó a sollozar.
          –Tranquila, cariño, estamos aquí para escucharte. Cálmate, sabemos que estás muy nerviosa –encendió otro cigarrillo con la colilla del consumido en el cenicero.
          –Es que no quiero que nazca aquí mi bebé –a Cindy Blair se le partía el corazón.
          –¿Y el papá de la criatura? –la respiración de la chica se aceleró permaneciendo unos segundos callada.
          –No sé, en Honduras, supongo –transmitía miedo.
          –¿Por qué no vino contigo? –basada en la experiencia de tantos años en antena, el pensamiento de la locutora iba muy lejos.
          –No sé –esquivaba responder.
          –¿Nos lo quieres contar? –Lupita respiraba muy cerca del auricular del teléfono.
          –Mi abuelito –dijo hiposa.
          –¿Qué le ocurre, está malito? –puso los codos sobre la mesa.
          –No.
          –¿Entonces? –la chica rompió a llorar fuertemente.
          –Me da vergüenza –pudo decir.
          –Venga, cuéntamelo solo a mí, piensa que estamos solas tú y yo –hicieron una pausa para meter una cuña publicitaria y siguieron.
          –Pues que cuando todos dormían, se tumbaba conmigo en la cama –Cindy se revolvió en el asiento.
          –Continúa. –En ese momento supieron que un terremoto de magnitud 6 sacudía el este de Cuba.
          –Me tocaba “ahí”, diciendo que era mejor estrenarme la familia que no un extraño. Nunca entendí a qué se refería –estaba clara su inocencia.
          –¿Tu mamá lo supo? –la locutora tenía un nudo en la garganta.
          –No sé –esquivó la pregunta–. Una noche se subió encima y me hizo mucho daño. Al poco tiempo empezó a crecer mi barriga.
          –¿Está intentando tu tía sacarte del centro? –Cindy tenía ganas de chillar y sentía mucha indignación.
          –Tengo que colgar, otras chicas necesitan usar el teléfono. Gracias por escucharme. Buenas noches.
          –Espera Lupita, ¿nos llamas mañana?
          –No sé si podré. –Ese día Cindy Blair no concilió el sueño y se ausentó del programa setenta y dos horas, donde fue sustituida por otra compañera. Nadie supo qué hizo durante ese tiempo…
          Susan necesitaba agarrarse a algo muy sólido para impedir que su padre inyectase otra vez bajo tierra el agua del fracking. Navegando por Internet dio con una noticia muy interesante: A Sandra Steingraber, nacida en Illinois, siendo estudiante, la diagnosticaron cáncer de vejiga, como también padeció su tía, sin embargo, al ser adoptada, era del todo imposible que fuese hereditario. Eso la llevó a doctorarse en biología e investigar las posibles causas de tal coincidencia, llegando a la conclusión de que habían compartido un mismo espacio y bebido del mismo pozo contaminado. En el artículo hablaban de que la Alianza Mexicana contra el “fracturamiento hidráulico”, organizaban un foro en México donde asistirían personas muy preparadas en cuanto al activismo medioambiental y defensores de la tierra y la conservación de las rocas. Susan anotó en un papel que era más fácil explicar los daños que va a ocasionar en la salud el fracking, en lugares donde la industria aun no estaba en marcha, como era el caso de Big Timber, que en aquellos otros donde la economía giraba ya en torno al gas y el petróleo.
          –Paul, necesito que me ayudes –Susan le cogió por sorpresa.
          –Tú dirás –limpiaba la silla de montar con rabia, de un tiempo a esta parte, parecía eternamente enfadado.
          –Estamos en emergencia climática y papá quiere inyectar o enterrar agua contaminada en pozos muertos que hay cerca de aquí. Es peligrosísimo para la salud, ya que está demostrado que se filtra y contamina los acuíferos –le contó lo de los barriles ocultos en la cabaña en Garnet.
          –¡Y qué puedo hacer yo! –exclamó el capataz.
          –Voy a alquilar un remolque para llevarlos a otro lugar donde no haya población en muchas millas a la redonda y no podré hacerlo sola.
          –Pero…
          –Deja que termine, por favor. Ambos sabemos que, a papá, si una cosa le aporta beneficios, se salta todas las normas de seguridad sin importarle lo más mínimo que se queden en el camino: muertos o enfermos; da igual, seres humanos o animales, no respeta nada.
          –Mira, no estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho mandadas por el amo y tampoco me opuse, no sé por qué ahora he de traicionarle.
          –¿Quieres ver a los jornaleros, sus familias, a niños y niñas, ancianos y ancianas desarrollar un cáncer por culpa del líquido que sale por los grifos y tomamos a diario? –el capataz se quedó pensativo.
          –No, por supuesto que no. ¡Cuenta conmigo! ¿Cómo lo hacemos?
          –Dentro de unos días, te digo, mientras tanto estaremos atentos a cualquier movimiento que haga –En eso quedaron. Susan Maxwell intentaría asistir al foro en México donde quizá viera a Sandra Steingraber o alguien de su equipo y pedir asesoramiento.
          Diane Erickson llevaba semanas sin sentir el relajo de una buena ducha. Tenía el pelo pegado, las uñas renegridas y la suciedad de la ropa interior adherida a la ingle. Dormía poco, buscando rincones apartado por miedo a sufrir el robo de su único patrimonio: las botas. Los gusanos del hambre trepaban por las paredes del estómago comiéndola los jugos y la sed era tan insoportable que estaba tentaba a beberse sus propios orines, como leyó una vez que hacían los homeless. A determinadas horas, cuando los coches del ejército vigilaban las calles, simulaba revolver entre los escombros, como hacían los gazatíes, buscando sus pertenencias. Calculaba cada paso, cada recodo por donde se introducía, sin embargo, fue capturada por un grupo de mercenarios, violada, torturada y estrangulada. El cuerpo sin vida fue hallado por un equipo médico que se desplazaba a zona de combate.
          A las 3:38 a.m. sonó el teléfono fijo. Larry dio un salto de la cama y chocó con la cómoda, lastimándose el dedo gordo del pie derecho. No entendía bien a la persona que hablaba, pero sí que era de la oficina del sheriff del condado de Sweet Grass, para comunicarle que debía acudir lo antes posible, ya que la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén, adonde él había enviado tantas cartas denunciando la desaparición  de su esposa, se habían puesto en contacto con el Gobernador en Montana, al hallar un cuerpo que, por la descripción, podría ser el Diane Erickson.

domingo, 8 de marzo de 2026

En peligro de extinción

11.

Huellas profundas de osos grises sobre la nieve que cubría toda la ladera de las montañas, alertó a los habitantes de Big Timber obligándoles a montar guardia en cada punto vulnerable por donde se podrían colar. Paul capitaneó al primer grupo de hombres que, rifle en mano, velaron por la seguridad del rancho Maxwell; organizó también a las mujeres que debían estar atentas a cualquier movimiento extraño cerca de las cabañas donde dormían los hijos y las hijas, así como los más ancianos y ancianas de la finca. La nuera de uno de los vaqueros empeñada en ayudar como fuera, se dedicó a llenar termos de café y otros solo con leche. Su cabaña era una de las más alejadas, con lo mínimo que necesitan dos familias para vivir apretadas. De origen mexicano, concretamente de Baja California, emigraron a Montana buscando prosperidad y libertad para los suyos, en cambio encontraron una sociedad hermética, fría, aislada, conservadora y bastante reacia a abrirle las puertas a quienes vienen a quedarse, pero el buen trabajo y la fidelidad al amo, les proporcionó un empleo seguro, aunque remunerado muy por debajo del salario oficial. Las ráfagas de viento traían voces y gritos como del más allá y las ramas de los árboles que sacudían contra los postes de luz, creaban un ambiente de terror, exaltando también a los perros guardianes. Ella se echó una bolsa al hombro y salió a repartir a los muchachos, cuando regresaba, el potente foco de una linterna la deslumbró, a la vez que perdía el conocimiento con un pañuelo empapado en cloroformo, tapándola nariz y boca. Despuntando el amanecer, todo volvió a la normalidad, las primeras horas fueron de recuento de los posibles daños materiales y reses destrozadas con las tripas fuera, así que, nadie se percató de su llegada. El suegro, casi ciego, pero con un sexto sentido muy afilado, intuyó por la forma de caminar de la nuera y el olor a sangre, que traía las ropas rasgadas y el secreto bien guardado, por miedo a ser repudiada por el esposo, de haberla violado. Se cambió rápidamente y reanudó la faena cotidiana.
          –¿Abuelo qué hace levantado tan temprano? –dijo simplemente.
          –Cuidar la honra de esta casa.
          –Bébase esta taza de leche y échese un rato, yo le despierto para el almuerzo –las lágrimas, solapando el sudor, la ensuciaron la cara.
          Susan acompañó a su padre hasta la oficina del sheriff donde fue preguntado por su relación con Samuel W. Roberts. Algunos agentes, mascando chicle y aburridos del trabajo rutinario de oficina, tomaban declaración a cuatro jóvenes en estado de embriaguez que, habiéndose saltado el máximo de velocidad permitido, atropellaron a un lobo, lo cual hizo efecto llamada paseándose por el pueblo una camada de mamíferos carnívoros buscando venganza. En el despacho principal se desarrollaba una fortísima discusión, los gritos y blasfemias resonaban por todo el recinto como si se estuviese librando una siniestra batalla campal. Una mujer que también esperaba a alguien o ser atendida, fumaba un pitillo tras otro y tranquilizaba con caricias al hombre que se mordía las uñas. Acompañados por dos guardias los cuatro chavales emprendieron camino hacia los calabozos, y no por el siniestro del lobo, sino por la denuncia contra ellos por haber violado presuntamente a una adolescente seis días atrás. Al señor Maxwell se le acabó la paciencia y tocó en la puerta.
          –Un momento, por favor –dijo el jefe.
          –Bueno, ya está bien, que llevo aquí mucho rato y estoy muy ocupado.
          –No te impacientes, todos lo estamos y mira, en vez de estar con la familia, leyendo la Biblia, me tenéis resolviendo entuertos absurdos. ¡Siéntate! –señaló la silla– ¿Sabes para qué te hemos hecho venir? –preguntó sarcástico.
          –No, dímelo tú –contestó en el mismo tono. Parece mentira que se hablasen de ese modo cuando habían sido grandes amigos.
          –Han asesinado a Samuel W. Roberts, al que tú conocías bastante bien –dejó pasar unos minutos de silencio para observar la reacción del ranchero–. ¿Te contó que viajaba a Canadá?
          –No, no compartimos cosas personales, el único vínculo que teníamos eran algunos negocios, pero ninguno en el país vecino.
          –¿Sabías que tenía una hija? –preguntó el sheriff.
          –No, ni idea –era verdad.
          –¿Tampoco que lleva semanas en Tumbler Ridge donde estudia la chica? –querían pillarle en un renuncio.
          –Si no sabía que tenía una hija, cómo demonios iba a saber que estudiaba ahí –respondió irónico.
          –¿Estaba casado? –el objetivo era ponerle nervioso y que cometiese un fallo.
          –¡Qué sé yo! –Susan notó el nerviosismo de su padre ya que no hacía más que mirar el reloj.
          –¿Quién es su pareja? –el sheriff y sus chicos estaban disfrutando.
          –No lo sé –encendió la pipa que se había apagado.
          –¿Dónde vive? –el interrogatorio era asfixiante.
          –A ver si lo entiendes, coño: que no tenemos relación más allá de algunos tratos comerciales, nada más, yo le proporciono clientes y él me hace descuentos en los materiales que necesito. ¡Ya!
          –¿Cómo le conociste? –obviaban sus respuestas.
          –En The Timber Bar Cowboy City, adonde vamos todos normalmente –mintió, se conocieron en una fiesta ganadera.
          –¿Qué tipo de negocios tenéis? –sonó el teléfono y el ayudante salió a hablar desde otro sitio.
          –Oiga, está atosigando a mi padre, ya le ha dicho que la única relación es profesional. ¿Le acusan de algo? Porque de ser así, no diremos nada si no es en presencia de nuestro abogado –Susan se puso muy seria y el padre respiró.
          –No le acusamos de nada, solo queremos saber. ¿Se han enterado del tiroteo que ha habido en una escuela secundaria de Columbia Británica, al oeste de Canadá?
          –No –el señor Maxwell prestaba mucha atención.
          –Pues entre los heridos muy graves se encuentra la hija de Roberts. Él, al enterarse corrió al lugar de los hechos y, pistola en mano, disparó al presunto asesino, pero este se había suicidado segundos antes. Tras la confusión de quién habría sido el autor de la matanza, se escapó una bala impactando en la cabeza de Samuel, que murió en el acto. La Real Policía Montada de Canadá ha contactado con el Gobernador y su oficina con nosotros y, ya que no localizamos a ningún pariente que vaya a identificar el cadáver, he pensado que quizá tú podrías hacerlo.
          –¿Te has vuelto loco? ¡Ni hablar! –elevó el tono de indignación.
          –Bueno, eres la mejor opción –descolgó el auricular del teléfono, pero el señor Maxwell no estaba dispuesto a asumir tal responsabilidad.
          –Si hay una criatura, habrá una madre, ¿no? –preguntó Susan.
          –Evidente –contestó el ayudante del sheriff que había regresado.
          –Y, si la niña está gravemente herida, es lógico que la madre esté con ella en el hospital, ¿verdad?
          –Muy probable –continuó el agente.
          –Pues ahí tienen la clave: búsquenla –cogió los abrigos de la silla donde los habían dejado y sacó al padre casi a empujones y sin darles oportunidad a impedírselo–, ¡ah! Otra cosa, la próxima vez no vendremos si no es con orden judicial.
          El zumbido de los drones puso en alerta a Diane mientras deambula por las calles de Gaza, donde se mezclaban con ella, sin rumbo fijo, perros esqueléticos que como último alimento lamían las heridas de los amos convertidos en cuerpos mutilados, abandonados a la intemperie y cohabitando con ratas e infecciones mortales, escombros y cascotes cayendo en cuanto la más mínima ráfaga de viento agitaba las estructuras desnudas. Desorientada, esquivando a maleantes vestidos de militar sin serlo, se adentró en el barrio de Tel al-Hawa, al suroeste de la ciudad, cuya población, a consecuencia de los bombardeos, sufre una gran crisis y confinamiento, como también, la dolorosa pérdida de cientos de compatriotas inocentes que hallaron la muerte yendo a por pan para los suyos, ciudadanos y ciudadanas asesinados salvajemente, padeciendo vejaciones que avergüenzan a la humanidad. Absorta en sus pensamientos, transitaba con pies de plomo sobre ese escenario, cuando alzó la vista y descubrió que entre los tejados asomaba el mástil de una antena. Se acercó y, pegando la espalda a la pared desconchada, por miedo a caer por el hueco al vacío, subió los tramos de escalera muy despacio; arriba, sujeto con chinchetas se sostenía el logo: Zaman FM, la radio que después de dos años silenciada, volvía a abrir los micrófonos. Diane saludó al chico en árabe junto con algunas palabras sueltas mal aprendidas, él se separó los auriculares y respondió. Apenas la mesa de mezclas, una silla destartalada, papeles medio quemados y restos de lo que pudo haber sido una redacción, era todo el mobiliario a la vista.
          –Soy periodista estadounidense –consiguieron entenderse en inglés–, vinimos muchas personas con ayuda humanitaria, también para contar in situ lo que se vive desde aquí, cómo está la población y si se respetan los acuerdos puntuales como la entrada de productos básicos o farmacéuticos para sobrevivir, pero nos secuestraron y separaron en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en Tel Aviv. Tras mucho calvario y sin comprender por qué lo había hecho, me abandonaron a mi suerte –narró su experiencia con la pareja de ancianos a los que dejó unos dólares.
          –No hay futuro, no nos queda nada, nos lo han quitado todo, hasta las ganas de seguir adelante, sin embargo, somos conscientes de que esta humilde emisora es una de las pocas esperanzas que surgen día a día para sentirse acompañado.
          –He visto que los hospitales están prácticamente destruidos y en la puerta hay pacientes con el goteo a la intemperie.
          –Exacto, apenas queda material quirúrgico.
          –Nosotros traíamos, pero lo confiscaron todo.
          –Las mujeres paren solas, sin matronas y cuando se presenta una cesárea u otra cirugía más complicada, se las ven y se las desean para conseguir anestesia. Nos morimos de hambre, de enfermedades contagiosas, de abandono, de miseria y afuera han normalizado nuestra situación.
          –Probablemente no os llega el eco, pero existe un movimiento activista bastante importante de apoyo al pueblo palestino, manifestándose en las calles de muchas ciudades, aun a riesgo de detener y encarcelar a los asistentes por denunciar el genocidio frente a las sedes de partidos políticos, de los parlamentos, Naciones Unidas, de la OTAN y demás administraciones; han capturado barcos de varias ONG cargados de comida, ropa, medicinas, material escolar, juguetes y artículos de aseo y limpieza, algunos fueron amenazados con dispararles misiles si traspasaban aguas internacionales. Actos muy desagradables e inhumanos de mucha impotencia. No obstante, se sigue intentando.
          –Entonces entenderá cómo nos sentimos y el grado de nuestro sufrimiento –pidió silencio y, orientado hacia la Meca, abrió el micrófono e inició la oración del atardecer. Finalizado el Salah, purificado el cuerpo, la mente y el alma, le sustituyó otro locutor y ellos retomaron la conversación–. Bueno, pero usted ha venido a algo más, ¿me equivoco?
          –Necesito comunicar con mi familia y que ellos desde Estados Unidos hagan los trámites necesarios para que el gobierno de mi país interceda por mí. Han vulnerado todos mis derechos, no tengo pasaporte, celular, computadora, carnet de prensa, tampoco dinero –ocultó que la quedaba algo–, ni el pasaje de vuelta.
          –Nosotros no tenemos cobertura con el exterior, como ve solamente emitimos mensajes de servicio público, por ejemplo, no acercarse a determinada zona con peligro de derrumbe.
          –¿Ese fax funciona? –se fijó en una especie de centralita.
          –Está prohibido usarlo.
          –¿Y la centralita?
          –Igual.
          –No me va a ayudar, ¿verdad?
          –No puedo, lo siento –se le notaba molesto con la presencia de Diane.
          –Somos colegas, los periodistas nos ayudamos unos a otros, forma parte de nuestro código deontológico. Quizá podríamos comunicar con la NBC, se lo ruego.
          –No es posible, lo lamento –Diane comprendió el resentimiento de aquel hombre que se mostraba vencido en todos los aspectos de la vida. Resignada y cariacontecida, con sumo cuidado para no tropezarse, bajó la escalera calculando muy bien dónde ponía cada pie y se lanzó a la hostilidad del barrio de Tel al-Hawa, sin saber que se metía en la boca del lobo.
          Días después de haber estado en la oficina del sheriff y habiéndose realizado la identificación del cadáver de Samuel W. Roberts por la madre de su hija, cuando todavía no había amanecido, el señor Maxwell entró en el dormitorio de Susan a despertarla, abrió el armario y la ordenó vestirse mientras trasteaba por encima de los papeles que tenía junto a la computadora. Aparentemente mostraba mucha tranquilidad, aunque los nervios o la impaciencia le apremiaban a borrar todo rastro comprometido que le uniera al socio que nunca debió ser. Sin embargo, antes de emprender viaje de cuatro horas y media a Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, la chica tenía algo pendiente que hacer, ensillar y montar a una bellísima yegua que aún nadie lo había conseguido. Por tanto, se ajustó los bluyín, se ciñó el chaleco de cuero, encajó el sombrero cowboy y salió al exterior donde observó a varios jinetes calentando a los caballos para que los reconozcan a través de sus voces y del olor personal de cada cual. Paul, el capataz, les daba instrucciones, pero al verla llegar se hizo el silencio, algo que sorprendió muchísimo al señor Maxwell, quien se acercó también a la cerca para disfrutar del espectáculo. Sabía que su hija no les iba a defraudar. Con paso firme, aunque despacio, y mirando de frente a la yegua, la cepilló el lomo, colocó el sudadero, comprobó que el cincho, los estribos y la pechera reposasen sobre la silla de montar, y una vez que todo estuvo listo y ella segura, puso un pie en el estribo, se montó y empezó a cabalgar, el viejo vaquero sintió tremendo orgullo de su alumna más aventajada. Una vez terminada la exhibición, padre e hija se fueron en la camioneta.
          –Ayer llegaron por equivocación unos bidones de Robwell Animal food products S.A. –comentó el señor Maxwell.
          –Sí, lo vi, pero supuse que los habías pedido tú –dijo haciéndose la inocente.
          –Pues no, los tenían que haber llevado a uno de los almacenes de Samuel.
          –¿Es que tiene más de uno? –de sobra lo sabía.
          –Más o menos. Anda, conduce atenta a la carretera no nos vayamos a estrellar.
          –¿Ahora que él no está, qué va a pasar con nosotros? –vio de reojo al hombre perderse en el infinito.
          –Nada de particular, seguiremos adelante con el rancho, la cría de reses, la agricultura y continuaremos siendo la familia más respetada de nuestra iglesia y de toda la comarca. ¿Hay algo que te preocupe especialmente? –a veces no se fiaba de ella.
          –¿Y a ti? –contrapreguntó.
          –Gira a la derecha y a dos millas y media, semioculta entre árboles legendarios, hay una cabaña de madera cuya chimenea de piedra arropada por hojas firmes trepa erecta hasta ser visible, ahí hemos de parar.
          –De acuerdo –prefirió no indagar más. Fueron callados la recta final del camino, hasta que ella volvió a romper el hielo–. ¿Esa cabaña es de nuestra propiedad o suya?
          –Avanza un poco más –no respondió–. Mira, ya se ve la chimenea, ve más despacio, puede que haya gente no deseable.
          –¿A qué te refieres? No me asustes, ¡eh!
          –A los hombres de confianza de Roberts. Veremos. –Susan paró el motor y bajaron de la camioneta. Aparentemente por allí, dado el estado de maleza crecida delante de la entrada, hacía mucho que no iba nadie. El señor Maxwell introdujo la llave en la cerradura y, al abrirse la puerta, un pájaro de inmensas dimensiones chocó contra él tambaleándolo, aunque sin perder el equilibrio. Una vez dentro, el espacio visible era pequeño, pero con trampa, tiró de la aldaba fijada en un extremo del suelo y levantó la trampilla, se asomó y aparecieron los barriles, subieron dos cuya marca roja indicaba que ahí estarían los papeles de la empresa constituyente. Con la punta de un cuchillo los destaparon, sin embargo, no había nada–. ¡No puede ser! Juraría que lo puse aquí.
          –Si me dices qué estamos buscando podré ayudarte.
          –Los contratos que firmé con Robwell Animal Food Products S.A., no quiero que su mierda me salpique.
          –Quizá te has equivocado de bidón, destapemos uno por uno –antes de negarse el padre, así lo hizo–, no lo entiendo, aquí solo hay agua –al ranchero le cambió la cara de color…
          La mañana despuntó complicada en lo meteorológico, y compleja en lo profesional para Larry Erickson, ya que asistió en diferentes granjas a cinco partos, cuyos recién nacidos venían bajo el “síndrome del ternero débil”, enfermedad que presenta mucha fragilidad para ponerse en pie y succionar, lo cual aseguraba casi al cien por cien la mortalidad en la primera semana de vida. Sin noticias de Diane, y con la esperanza cada vez más frustrada de que estuviese bien, trataba de mantenerse firme por las hijas a las que todavía no había comunicado la desaparición de la madre. Las noticias de una nueva guerra en Oriente Medio hacían temblar las placas tectónicas de la paz en el mundo. Estados Unidos e Israel, fieles aliados, han realizado un ataque masivo contra Irán, cuyo objetivo era forzar un cambio de régimen matando al ayatolá Ali Jameneí. En dicho ataque han muerto centenares de personas y muchas otras han resultado heridas. Destapando el polvorín del conflicto bélico, el Presidente que tanto prometió en campaña no involucrar al país en guerras extranjeras, lo ha incumplido. Congresistas demócratas y algún republicano han mostrado su malestar y condena por no haber llevado al Capitolio la votación del ataque. Corren malos tiempos para hablar de seguridad mundial, de consideración hacia acuerdos internacionales que datan del siglo pasado y están absolutamente más vigentes que nunca. El veterinario regresó de sus pensamientos a la realidad, con un mal presentimiento en el corazón respecto al paradero de su esposa. Estaba solo en el establo de un granjero agrícola que vivía en las montañas, gran productor de huevos y leche, quien detectó en varias ocasiones enfermedades no diagnosticadas en sus vacas a las que sanó con métodos ancestrales, sin embargo, alarmado esa vez por la coloración azulada de las lenguas, llamó al profesional, a pesar de no gustarle las batas blancas para los animales. Mientras que Larry Erickson reconocía el estado general de la vaca y determinaba el lugar exacto donde habitaba el mosquito transmisor del virus, el sonido ensordecedor de un avión que volaba bajo, volvió a poner delante de él la frescura de la sonrisa de Diane deseoso de verla muy pronto…

domingo, 22 de febrero de 2026

En peligro de extinción

10.

Habían transcurrido más de tres años y medio desde la última visita de Ashley Burris a los Erickson, en Big Timber, condado de Sweet Grass, un pueblo tranquilo, arropado entre montañas y custodiado por el río Yellowstone. El cielo, de azul intenso, con nubes rotas, era la antesala de un espléndido día donde podía oírse el vuelo de las aves de vuelta a los nidos. A ambos lados de la U.S. Route 191, algodones de nieve alfombraban el arcén de la carretera. Apenas un manojo de automóviles, los postes de alta tensión y el desnudo de los árboles, a consecuencia del duro invierno, eran los únicos acompañantes en el viaje que pronosticó muy gratificante para su amigo. Enseguida vio a ambos lados de la avenida principal el espacio reservado a American Bank y justo enfrente Family Dollar, sin embargo, se ubicó pasando delante de la Cooperativa de Crédito Federal, un edificio de ladrillo visto, en una sola altura, junto a un The Firehouse Gym, moderna fachada, en tonos fresa y marcos de puerta y ventanales blancos. Sintió un repelús recorrerle por la espalda al dejar atrás la Empresa de Fabricación de Fusiles Shiloh, ya que todas las Administraciones, en lugar de limitar el uso y venta de armas, lo potencian cada vez más. El cambio de paisaje se dio adentrándose hacia el interior de las calles, peculiares vecindarios metidos dentro de sus burbujas individualistas, ondeando banderas en los espejos retrovisores de las camionetas y a la entrada en los porches donde también hay juguetes amontonados de aquella infancia que ya creció. Aunque solo estuvo en un par de ocasiones, agarrada al volante y luchando contra su despiste congénito, pronto reconoció la vieja clínica veterinaria donde residía su colega. Aparcó y, a pesar de que en Helena daba una temperatura más baja que allí, la sensación térmica de menos 19º se le clavó en los huesos. Bajó del coche y lamentó haber pisado una mancha de aceite similar a las que había en el césped al principio de los caminos de cada propiedad; aparentemente la casa estaba cerrada, silenciosa, deshabitada y pese a que todo permanecía oscuro, se acercó a mirar por una de las ventanas sin cortinas, pegó la nariz al cristal con escarcha y, con ambas manos, haciendo pared en los ojos, enfocó para visualizar mejor lo que parecía un bulto en el suelo. Se azaró bastante buscando una llave escondida dentro de los tiestos, debajo del felpudo, detrás de adornos, de periódicos atrasados y revistas científicas. ¡Y nada! Impotente, bloqueada, a punto de chillar y darse por vencida, se le ocurrió palpar el dintel de la puerta. ¡Ahí estaba! La cogió, abrió con dedos temblorosos y prendió las luces.
          –¡Larry! ¡Larry! ¡Larry, contesta! –se puso de rodillas y le sacudió por los hombros–. ¡Venga, compañero! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Vamos! –Al notar un pequeño hilo en la respiración acercó el oído para sentirle mejor, colocó las yemas de los dedos índice y medio en el cuello, al lado de la tráquea y le tomó el pulso, estaba débil, pero había latido. Le examinó las pupilas con la linterna del móvil para observar si se contraían, y sí lo hicieron, así que, el adormilamiento se debería a algún fármaco. Consiguió despertarle un poco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó tocándose la nuca.
          –Te he encontrado caído en el suelo –respondió ayudándole a incorporarse.
          –¿Dónde estoy? –palpó alrededor buscando la gafa hasta encontrarla.
          –En tu casa, venga hombre, déjate de bromas –quiso restar importancia.
          –¿Quién eres? –dijo antes de reconocerla.
          –Soy Ashley, y, ¡basta ya! Mira que este jueguecito no me gusta nada, ¡eh! –expresó semienfadada.
          –Perdona, estoy aturdido, debo llevar horas así –consiguió ponerse en pie.
          –Estás helado –le frotó las manos.
          –¿Cómo has entrado? –preguntó todavía desperezándose. Se lo contó.
          –¿Has tomado algo para dormir? –dijo mientras cogía carpetas caídas.
          –No, solo la pequeña pastilla que pongo debajo de la lengua cuando me siento mal. Ven, subamos a la parte de arriba. –La madera de los escalones crujía según soportaba el peso de los cuerpos. A lo largo del tramo de escaleras una galería de fotografías en blanco y negro adornaban la pared, era gente anónima huyendo del hambre y de las guerras, de las detenciones ilegales, campesinos deslomados, mineros vestidos de silicosis, pescadores con la marca en la piel del compañero perdido, mujeres con el rostro tapado y otras no, niños y niñas con los churretes del llanto surcándoles las mejillas. En definitiva, reportajes de vida que captan aquello que no puede explicarse con palabras.
          –¿Diane no está? –Larry iba a hacer café, pero lo preparó ella.
          –Se fue a Gaza con un grupo de activistas, están desaparecidos, o al menos eso es lo que nos dicen en la embajada.
          –Si quieres le digo a mi amiga Bridget Witte, del FBI, que si puede averigüe algo, ¿eh?
          –Sí, por favor. Estoy muy angustiado y aun no le he dicho nada a las niñas, solo que su madre está sin cobertura.
          –No te preocupes, lo intentamos. Te preguntarás qué hago aquí, ¿no?
          –¿Visitar a un viejo amigo, quizá? –parecía recuperar el sentido del humor.
          –Además de eso, por supuesto. Hace un par de días vino a verme un estudiante del último curso de veterinaria y me contó que en un restaurante donde va a menudo, emergencias se llevó a algunos comensales por ingerir carne en mal estado. Al parecer el padre de un amigo suyo tiene una empresa de transporte, fueron ellos quienes distribuyeron la carne de vacuno desde el rancho Maxwell, así que la conexión la tienes servida. El chaval, antes de hablar conmigo, analizó un trozo de bistec y dio cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, también pesticida.
          –Ya, pero no tengo pruebas –lamentó con el pensamiento en otro lado.
          –¡Cómo que no! ¡Yo las traigo! –puso sobre la mesa cuanto el muchacho la dio–. Y, ahora va lo mejor: ¿Sabes qué empresa contrató a los transportistas?
          –Dímelo tú –de reojo vigilaba el correo en la computadora por si llegaban noticias.
          –WSR 255. Con todo eso supongo que Susan tiene argumentos suficientes para empezar a hacerlo público. Están envenenando al ganado y, en consecuencia, a los consumidores y consumidoras.
          –Es muy grave eso que dices. Ella lo que pretende es reducir la cría y, por supuesto, acabar con el engorde fraudulento de las reses, así como también utilizar productos nocivos para la salud. Ahora se ha mudado al rancho para ganarse la confianza del padre y así ejecutar desde dentro –ambos giraron la cabeza hacía la pantalla de televisión que estaba encendida sin que ninguno de los dos se hubiese percatado de ello.
          –Sube el volumen, Larry, por favor –pidió Ashley con el corazón sobrecogido al ver la foto que está dando la vuelta al mundo de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano, de cinco años de edad, en el distrito escolar de Columbia Heights, en el norte de Minneapolis, que ha sido detenido por el ICE. Al pequeño lo llevaban sujeto por la mochila de Spiderman como si fuese un delincuente muy peligroso, aunque en realidad lo que muestra dicha imagen es su carita de terror, mientras es conducido hacia un centro de inmigración y control de aduanas en Texas. A raíz de esto, algunos abogados que tienen a su cargo la defensa de los migrantes denuncian el estado deplorable de estos centros de detención, recintos donde el agua potable no es siempre y donde la comida viene, a veces, con insectos o escombros.
          –¿Hasta dónde será capaz de llegar el Presidente? –dijo Larry compungido.
          –La pregunta es: ¿cuánto aguantará nuestro país la desintegración? –contrapreguntó Ashley.
          –Está pitando la cafetera, por aquí tiene que haber unos dulces, espera, ya los vi –recordó a las hijas porque esas galletas eran sus preferidas.
          La conversación siguió con momentos de mucha angustia por todo lo que estaba pasando, tanto a nivel individual como colectivo. Ashley recibió un e-mail de Bridget Witte en tono poco amigable, alegando que su departamento no podía hacer ninguna diligencia ya que Diane Erickson fue a Gaza por voluntad propia, sabiendo a lo que se arriesgaba yendo a zona de conflicto, además el presidente Trump y el primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu se entendían bastante bien y no había que enfadar al jefe –continuó desagradable–. Ya sabes cómo son los periodistas –exclamó–, meten las narices donde no les importa y después pasa lo que pasa. De modo que, quédate tranquila porque seguramente estará metida en los suburbios haciendo reportajes. Evidentemente, Ashley, no lo leyó en voz alta, solo dijo que estaba fuera de su competencia.
          –No desesperes, hay que seguir intentándolo. Tengo colegas trabajando allí en hospitales de campaña, les preguntaré.
          –Gracias, de corazón. Mira, ya que estás aquí, ¿qué opinas de esto? –le enseñó un historial médico–. El caballo de unos labradores que mantienen una granja modesta ha caído enfermo, tengo anotado el diagnóstico, pero prefiero cotejarlo contigo.
          –Yo diría Virus del Herpes Equino-1 –dijo tajante.
          –Eso es, suele propagarse en eventos ecuestres y ellos estuvieron en uno, así que lo tuve claro sin necesidad de hacerle la prueba del hisopo.
          –Le habrás aislado para que no contagie a los otros, ¿no?
          –Sí, claro. ¿Quieres venir conmigo a hacer la ronda y te presento a mis pacientes? –necesitaba compañía, sentir una presencia cálida junto a él mientras esperaba noticias de su compañera de vida.
          –Vamos.
          Sobre la mesa del despacho del señor Maxwell había una caja de madera donde se guardaban los sobres con la paga de los muchachos, que Paul, el capataz, entregaba uno a uno. Según iban saliendo rugían los motores de las camionetas listas para bajarse al pueblo y gastarlo en cerveza, hamburguesas, whisky de contrabando y los había también que no salían de los burdeles de carretera. The Timber Bar Cowboy City era un local a las afueras del pueblo donde la mayoría de los jornaleros de la comarca socializaban al caer la tarde, una vez por semana. Ubicado frente a las montañas de Crazy Mountains, su estructura de madera, tanto por fuera como por dentro, aportaban un ambiente rústico recreando imágenes del wéstern americano, incluyendo un palenque a lo largo de toda la fachada donde amarrar a los caballos mientras saciaban la sed en los abrevaderos. Al fondo del local, bajo la potente luz artificial que la hacía resplandecer, si cabe, aún más, la gran mesa de billar acogía el juego silencioso y calculado de algunos lugareños compitiendo con forasteros que solo iban de paso. Cuando el viejo vaquero y Susan llegaron muchos estaban dándose ya un homenaje de pepinillos, alitas de pollo fritas y aros de cebolla, se sentaron lo más apartados posible y ella fue a encargar las comandas.
          –¿Quieres lo de siempre: carne de búfalo con salsa de mostaza y miel o lo prefieres con salsa barbacoa?
          –Sí, mejor barbacoa –respondió él.
          –Vale. Entonces para mí trucha degollada, pan de elaboración casero, queso cheddar, lechuga, tomate y mahonesa, estoy saciada de tanta proteína y grasa. Dejaste la nota con las coordenadas de la ciudad de Garnet sobre la cama, ¿por qué? ¿Hay algo que no me has contado? –fue muy directa.
          –Porque es donde encontrarás respuesta a todas las preguntas que vas haciendo a diestro y siniestro. Samuel W. Roberts tiene ahí su cuartel general, un laboratorio portátil donde mezcla componentes varios que después tu padre aplica al ganado y si da resultado, fantástico, que no, pues también fantástico, siguen adelante sin importarles la salud del ganado ni de las personas.
          –¿Paul está al corriente? –temió llevarse una decepción.
          –No, es una persona íntegra, de alguna manera se habría opuesto.
          –¿Y tú? –la camarera interrumpió la conversación trayéndoles el servicio.
          –Me consideran viejo, tonto y sordo, les sigo el juego y dejo que hablen despreocupados captando así hasta el más mínimo detalle. Hace meses llegaron unos bidones a nombre de la sociedad Robwell Animal food products S.A., el rancho estaba patas arriba con los preparativos de la boda de tu hermana, de modo que yo recibí y custodié el pedido en el cobertizo que tú registraste.
          –El día de la ceremonia también entré con Larry Erickson, el veterinario.
          –Lo sé, vigilé de cerca para que no os descubrieran.
          –Perdona, continúa –pidió interesadísima.
          –Al cabo de tres o cuatro semanas se presentaron los hombres de confianza de Roberts y los cargaron en la parte trasera de los vehículos, fue entonces cuando tu padre les dijo que lo llevasen a la ciudad de Garnet indicándoles que cogiesen el camino de tierra semi oculto entre árboles, al fondo verían una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Antes de eso abrí uno de los barriles y el olor que despedía a pesticida no me gustó nada.
          –¿Qué hacen después lo mezclan allí con el pienso? –de ser así se avergonzaba de llevar el apellido Maxwell.
          –Realmente no lo sé. Ya sabes que a tu padre le gusta tener la silla de montar en perfectas condiciones y solo permite, además de él, que la prepare yo. Acababa de venir de montar y me pidió que limpiase el cuero con jabón de glicerina, entonces uno de los muchachos le informó del mal estado de algunas vacas tras haber comido de los últimos forrajes que trajeron. Me miró de reojo y no moví ni un solo músculo de la cara, señal de que no escuchaba, eso le dio pie a ordenar el inmediato sacrificio de las reses, incinerarlas y, como medida de precaución, destruir también el pasto. Alargué la faena hasta que llamaron a Paul para encargarse de hacer el trabajo sucio que acató de mala gana, al pobre siempre le tocan los entierros y la eliminación de pruebas.
          –Por tanto, está al corriente de las actividades comerciales ilícitas que mantiene mi padre –refiriéndose siempre al capataz.
          –Desde que Charly murió no tiene el mismo comportamiento de lealtad con el amo –al acabar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –¿Acaso el caballo fue víctima incluso del cruel envenenamiento? –preguntó dolida.
          –No tengo respuesta. –La cantina empezó a llenarse todavía más, alguien se puso detrás de Susan y la tapó los ojos, era Paul.
          –¿Estás conspirando para presentarte a Gobernadora? –dijo a la vez que se sentó con ellos–, seguro que los muchachos te votarían.
          –¡Qué va! ¿Te apetece venir conmigo a Garnet? He de hacer algo y me vendría muy bien un poco de compañía –tanteó.
          –Concretamente, ¿qué? –aunque lo intuía, preguntó–. Y tú no le calientes la cabeza, ¡eh! –dirigiéndose al anciano.
          –Perdone, ¿podría subir el volumen, por favor? –pidió una granjera desde la otra punta. El dueño del restaurante lo hizo. Savannah Guthrie, periodista de NBC y copresentadora del programa matinal de máxima audiencia The Today Show, aparecía en pantalla, en foto fija, y en cuyo pie anunciaban que desde el 1 de febrero su madre Nancy, de 84 años, había desaparecido. Pocos eran los detalles que las autoridades habían podido recabar, aunque desde el principio apuntaron al secuestro y no a la desaparición voluntaria. La mujer cenó en casa de otra hija y después un Uber la llevó a su domicilio. Horas más tarde desconectaron la cámara situada en la puerta principal. La familia está muy preocupada porque la aplicación que controla el marcapasos que lleva se desconectó de su teléfono. La presentadora ha agradecido públicamente las oraciones que la gente dedica a su madre. En el lugar de los hechos hallaron sangre perteneciente a Nancy. Se teme lo peor… Un silencio abrumador se instaló en el local que poco a poco se fue llenando con más gente, la mayoría conocidos de otros ranchos, de las ferias del ganado o de rodeos celebrados en casi todo el estado de Montana. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo comentario respecto a la peligrosidad que manaba por todos los rincones del país. Susan, Paul y el viejo vaquero, bebieron cerveza y evitaron tocar temas espinosos, así harían mucho mejor el camino de vuelta.
          Cuando le retiraron la venda de los ojos, bajó la capucha y la molestia de la rozadura hecha por la bota en uno de los pies, hacía que cojease un poco. Entonces, entendió que correr en tales circunstancias era imposible, por eso, horrorizada e impotente se quedó quieta delante de las ruinas de la ciudad de Gaza. Los pocos edificios que se mantenían en pie, agujereados y atravesados por las ojivas de los misiles daban sombra a aquellos supervivientes, en su mayoría ancianos, negados a dejar el barrio que los vio crecer, convertido ahora en la morgue sobre escombros donde yacen familiares, vecinos y vecinas, compatriotas que antaño construyeron la vida en el barrio de Zahra, con sus casas grandes y zonas al aire libre donde niños y niñas jugaban a la sombra de almendros e higos. Diane se unió a ellos en el momento en que los militares que la retuvieron en el aeropuerto la abandonaron a su suerte. Deambuló por las calles vacías, ocupadas solamente por coches destrozados cuyos asientos todavía conservaban la marca de quienes viajaron en ellos; tiendas, víctimas de sabotajes esparcían por el suelo envases con pizcas de alimentos podridos a los que el hambre no hace ascos y diminutos charcos de agua donde acudían a refrescar la lengua algunos perros callejeros. Una mujer con grietas en las manos, secuelas de haber realizado duros trabajos domésticos y el esposo postrado en cama, la acogieron a cambio de salir a buscar comida para ellos. Diane aceptó, eso le facilitaría moverse por lugares donde contactar con colegas y llamar a casa, sin embargo, dos semanas después de proponérselo, frustrada y sin haber encontrado a ningún periodista que la pudiera ayudar, jugándose la vida y escondiéndose para cruzar al otro extremo de la ciudad, volvió con algo de arroz y un Khubz, una de las variedades de los panes árabes, que la pareja de nonagenarios devoró ansiosos.
          –¡Teléfono! ¡Necesito telefonear, por favor! ¿Entienden lo que digo? –suplicaba desesperada.
          ¡No problem! ¡No problem! –aterrado, exclamaba él en inglés temiendo que les hiciese algo. Ella, se puso detrás de una cortina, se quitó el pantalón y sacó los dólares que llevaba enrollados por dentro de la cinturilla y que no descubrieron en el registro. Les dejó un par de billetes y el resto se lo quedó para comunicar con los suyos.
          El coche del sheriff apareció por el rancho Maxwell levantando una gran polvareda. Paul y los muchachos pararon la faena observando la cara contrariada del amo.
          –Lo siento, Maxwell, tienes que acompañarme…