10.
Habían transcurrido más de tres
años y medio desde la última visita de Ashley Burris a los Erickson, en Big
Timber, condado de Sweet Grass, un pueblo tranquilo, arropado entre montañas y
custodiado por el río Yellowstone. El cielo, de azul intenso, con nubes rotas,
era la antesala de un espléndido día donde podía oírse el vuelo de las aves de
vuelta a los nidos. A ambos lados de la U.S. Route 191, algodones de nieve
alfombraban el arcén de la carretera. Apenas un manojo de automóviles, los
postes de alta tensión y el desnudo de los árboles, a consecuencia del duro
invierno, eran los únicos acompañantes en el viaje que pronosticó muy
gratificante para su amigo. Enseguida vio a ambos lados de la avenida principal
el espacio reservado a American Bank y justo enfrente Family Dollar,
sin embargo, se ubicó pasando delante de la Cooperativa de Crédito Federal,
un edificio de ladrillo visto, en una sola altura, junto a un The Firehouse Gym,
moderna fachada, en tonos fresa y marcos de puerta y ventanales blancos. Sintió
un repelús recorrerle por la espalda al dejar atrás la Empresa de
Fabricación de Fusiles Shiloh, ya que ninguna Administración, en lugar de
limitar el uso y venta de armas, lo potencian cada vez más. El cambio de
paisaje se dio adentrándose hacia el interior de las calles, peculiares
vecindarios metidos dentro de sus burbujas individualistas, ondeando banderas
en los espejos retrovisores de las camionetas y a la entrada en los porches
donde también hay juguetes amontonados de aquella infancia que ya creció.
Aunque solo estuvo en un par de ocasiones, agarrada al volante y luchando
contra su despiste congénito, pronto reconoció la vieja clínica veterinaria
donde residía su colega. Aparcó y, a pesar de que en Helena daba una
temperatura más baja que allí, la sensación térmica de menos 19º se le clavó en
los huesos. Bajó del coche y lamentó haber pisado una mancha de aceite similar
a las que había en el césped al principio de los caminos de cada propiedad; aparentemente
la casa estaba cerrada, silenciosa, deshabitada y pese a que todo permanecía
oscuro, se acercó a mirar por una de las ventanas sin cortinas, pegó la nariz
al cristal con escarcha y, con ambas manos, haciendo pared en los ojos, enfocó
para visualizar mejor lo que parecía un bulto en el suelo. Se azaró bastante buscando
una llave escondida dentro de los tiestos, debajo del felpudo, detrás de
adornos, de periódicos atrasados y revistas científicas. ¡Y nada! Impotente,
bloqueada, a punto de chillar y darse por vencida, se le ocurrió palpar el
dintel de la puerta. ¡Ahí estaba! La cogió, abrió con dedos temblorosos y
prendió las luces.
–¡Larry!
¡Larry! ¡Larry, contesta! –se puso de rodillas y le sacudió por los hombros–.
¡Venga, compañero! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Vamos! –Al notar un pequeño
hilo en la respiración acercó el oído para sentirle mejor, colocó las yemas de
los dedos índice y medio en el cuello, al lado de la tráquea y le tomó el
pulso, estaba débil, pero había latido. Le examinó las pupilas con la linterna
del móvil para observar si se contraían, y sí lo hicieron, así que, el
adormilamiento se debería a algún fármaco. Consiguió despertarle un poco.
–¿Qué
ha pasado? –preguntó tocándose la nuca.
–Te
he encontrado caído en el suelo –respondió ayudándole a incorporarse.
–¿Dónde
estoy? –palpó alrededor buscando la gafa hasta encontrarla.
–En
tu casa, venga hombre, déjate de bromas –quiso restar importancia.
–¿Quién
eres? –dijo antes de reconocerla.
–Soy
Ashley, y, ¡basta ya! Mira que este jueguecito no me gusta nada, ¡eh! –expresó
semienfadada.
–Perdona,
estoy aturdido, debo llevar horas así –consiguió ponerse en pie.
–Estás
helado –le frotó las manos.
–¿Cómo
has entrado? –preguntó todavía desperezándose. Se lo contó.
–¿Has
tomado algo para dormir? –dijo mientras cogía carpetas caídas.
–No,
solo la pequeña pastilla que pongo debajo de la lengua cuando me siento mal.
Ven, subamos a la parte de arriba. –La madera de los escalones crujía según
soportaba el peso de los cuerpos. A lo largo del tramo de escaleras una galería
de fotografías en blanco y negro adornaban la pared, era gente anónima huyendo
del hambre y de las guerras, de las detenciones ilegales, campesinos
deslomados, mineros vestidos de silicosis, pescadores con la marca en la piel
del compañero perdido, mujeres con el rostro tapado y otras no, niños y niñas
con los churretes del llanto surcándoles las mejillas. En definitiva, reportajes
de vida que captan aquello que no puede explicarse con palabras.
–¿Diane
no está? –Larry iba a hacer café, pero lo preparó ella.
–Se
fue a Gaza con un grupo de activistas, están desaparecidos, o al menos eso es
lo que nos dicen en la embajada.
–Si
quieres le digo a mi amiga Bridget Witte, del FBI, que si puede averigüe algo,
¿eh?
–Sí,
por favor. Estoy muy angustiado y aun no le he dicho nada a las niñas, solo que
su madre está sin cobertura.
–No
te preocupes, lo intentamos. Te preguntarás qué hago aquí, ¿no?
–¿Visitar
a un viejo amigo, quizá? –parecía recuperar el sentido del humor.
–Además
de eso, por supuesto. Hace un par de días vino a verme un estudiante del último
curso de veterinaria y me contó que en un restaurante donde va a menudo,
emergencias se llevó a algunos comensales por ingerir carne en mal estado. Al
parecer el padre de un amigo suyo tiene una empresa de transporte, fueron ellos
quienes distribuyeron la carne de vacuno desde el rancho Maxwell, así que la
conexión la tienes servida. El chaval, antes de hablar conmigo, analizó un
trozo de bistec y dio cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, también
pesticida.
–Ya,
pero no tengo pruebas –lamentó con el pensamiento en otro lado.
–¡Cómo
que no! ¡Yo las traigo! –puso sobre la mesa cuanto el muchacho la dio–. Y,
ahora va lo mejor: ¿Sabes qué empresa contrató a los transportistas?
–Dímelo
tú –de reojo vigilaba el correo en la computadora por si llegaban noticias.
–WSR
255. Con todo eso supongo que Susan tiene argumentos suficientes para empezar a
hacerlo público. Están envenenando al ganado y, en consecuencia, a los
consumidores y consumidoras.
–Es
muy grave eso que dices. Ella lo que pretende es reducir la cría y, por
supuesto, acabar con el engorde fraudulento de las reses, así como también
utilizar productos nocivos para la salud. Ahora se ha mudado al rancho para
ganarse la confianza del padre y así ejecutar desde dentro –ambos giraron la
cabeza hacía la pantalla de televisión que estaba encendida sin que ninguno de
los dos se hubiese percatado de ello.
–Sube
el volumen, Larry, por favor –pidió Ashley con el corazón sobrecogido al ver la
foto que está dando la vuelta al mundo de Liam Conejo Ramos, un niño
ecuatoriano, de cinco años de edad, en el distrito escolar de Columbia Heights,
en el norte de Minneapolis, que ha sido detenido por el ICE. Al pequeño lo
llevaban sujeto por la mochila de Spiderman como si fuese un delincuente
muy peligroso, aunque en realidad lo que muestra dicha imagen es su carita de
terror, mientras es conducido hacia un centro de inmigración y control de
aduanas en Texas. A raíz de esto, algunos abogados que tienen a su cargo la
defensa de los migrantes denuncian el estado deplorable de estos centros de
detención, recintos donde el agua potable no es siempre y donde la comida
viene, a veces, con insectos o escombros.
–¿Hasta
dónde será capaz de llegar el Presidente? –dijo Larry compungido.
–La
pregunta es: ¿cuánto aguantará nuestro país la desintegración? –contrapreguntó
Ashley.
–Está
pitando la cafetera, por aquí tiene que haber unos dulces, espera, ya los vi –recordó
a las hijas porque esas galletas eran sus preferidas.
La
conversación siguió con momentos de mucha angustia por todo lo que estaba
pasando, tanto a nivel individual como colectivo. Ashley recibió un e-mail
de Bridget Witte en tono poco amigable, alegando que su departamento no podía
hacer ninguna diligencia ya que Diane Erickson fue a Gaza por voluntad propia,
sabiendo a lo que se arriesgaba yendo a zona de conflicto, además el presidente
Trump y el primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu se entendían bastante
bien y no había que enfadar al jefe –continuó desagradable–. Ya sabes cómo son
los periodistas –exclamó–, meten las narices donde no les importa y después
pasa lo que pasa. De modo que, quédate tranquila porque seguramente estará
metida en los suburbios haciendo reportajes. Evidentemente, Ashley, no lo leyó
en voz alta, solo dijo que estaba fuera de su competencia.
–No
desesperes, hay que seguir intentándolo. Tengo colegas trabajando allí en
hospitales de campaña, les preguntaré.
–Gracias,
de corazón. Mira, ya que estás aquí, ¿qué opinas de esto? –le enseñó un
historial médico–. El caballo de unos labradores que mantienen una granja
modesta ha caído enfermo, tengo anotado el diagnóstico, pero prefiero cotejarlo
contigo.
–Yo
diría Virus del Herpes Equino-1 –dijo tajante.
–Eso
es, suele propagarse en eventos ecuestres y ellos estuvieron en uno, así que lo
tuve claro sin necesidad de hacerle la prueba del hisopo.
–Le
habrás aislado para que no contagie a los otros, ¿no?
–Sí,
claro. ¿Quieres venir conmigo a hacer la ronda y te presento a mis pacientes? –necesitaba
compañía, sentir una presencia cálida junto a él mientras esperaba noticias de
su compañera de vida.
–Vamos.
Sobre
la mesa del despacho del señor Maxwell había una caja de madera donde se
guardaban los sobres con la paga de los muchachos, que Paul, el capataz,
entregaba uno a uno. Según iban saliendo rugían los motores de las camionetas
listas para bajarse al pueblo y gastarlo en cerveza, hamburguesas, whisky de
contrabando y los había también que no salían de los burdeles de carretera. The
Timber Bar Cowboy City era un local a las afueras del pueblo donde la
mayoría de los jornaleros de la comarca socializaban al caer la tarde, una vez
por semana. Ubicado frente a las montañas de Crazy Mountains, su
estructura de madera, tanto por fuera como por dentro, aportaban un ambiente
rústico recreando imágenes del wéstern americano, incluyendo un palenque a lo
largo de toda la fachada donde amarrar a los caballos mientras saciaban la sed
en los abrevaderos. Al fondo del local, bajo la potente luz artificial que la
hacía resplandecer, si cabe, aún más, la gran mesa de billar acogía el juego
silencioso y calculado de algunos lugareños compitiendo con forasteros que solo
iban de paso. Cuando el viejo vaquero y Susan llegaron muchos estaban dándose
ya un homenaje de pepinillos, alitas de pollo fritas y aros de cebolla, se
sentaron lo más apartados posible y ella fue a encargar las comandas.
–¿Quieres
lo de siempre: carne de búfalo con salsa de mostaza y miel o lo prefieres con
salsa barbacoa?
–Sí,
mejor barbacoa –respondió él.
–Vale.
Entonces para mí trucha degollada, pan de elaboración casero, queso cheddar,
lechuga, tomate y mahonesa, estoy saciada de tanta proteína y grasa. Dejaste la
nota con las coordenadas de la ciudad de Garnet sobre la cama, ¿por qué? ¿Hay
algo que no me has contado? –fue muy directa.
–Porque
es donde encontrarás respuesta a todas las preguntas que vas haciendo a diestro
y siniestro. Samuel W. Roberts tiene ahí su cuartel general, un laboratorio
portátil donde mezcla componentes varios que después tu padre aplica al ganado
y si da resultado, fantástico, que no, pues también fantástico, siguen adelante
sin importarles la salud del ganado ni de las personas.
–¿Paul
está al corriente? –temió llevarse una decepción.
–No,
es una persona íntegra, de alguna manera se habría opuesto.
–¿Y
tú? –la camarera interrumpió la conversación trayéndoles el servicio.
–Me
consideran viejo, tonto y sordo, les sigo el juego y dejo que hablen
despreocupados captando así hasta el más mínimo detalle. Hace meses llegaron
unos bidones a nombre de la sociedad Robwell Animal food products S.A.,
el rancho estaba patas arriba con los preparativos de la boda de tu hermana, de
modo que yo recibí y custodié el pedido en el cobertizo que tú registraste.
–El
día de la ceremonia también entré con Larry Erickson, el veterinario.
–Lo
sé, vigilé de cerca para que no os descubrieran.
–Perdona,
continúa –pidió interesadísima.
–Al
cabo de tres o cuatro semanas se presentaron los hombres de confianza de
Roberts y los cargaron en la parte trasera de los vehículos, fue entonces
cuando tu padre les dijo que lo llevasen a la ciudad de Garnet indicándoles que
cogiesen el camino de tierra semi oculto entre árboles, al fondo verían una
cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta.
Antes de eso abrí uno de los barriles y el olor que despedía a pesticida no me
gustó nada.
–¿Qué
hacen después lo mezclan allí con el pienso? –de ser así se avergonzaba de
llevar el apellido Maxwell.
–Realmente
no lo sé. Ya sabes que a tu padre le gusta tener la silla de montar en
perfectas condiciones y solo permite, además de él, que la prepare yo. Acababa
de venir de montar y me pidió que limpiase el cuero con jabón de glicerina,
entonces uno de los muchachos le informó del mal estado de algunas vacas tras
haber comido de los últimos forrajes que trajeron. Me miró de reojo y no moví
ni un solo músculo de la cara, señal de que no escuchaba, eso le dio pie a
ordenar el inmediato sacrificio de las reses, incinerarlas y, como medida de
precaución, destruir también el pasto. Alargué la faena hasta que llamaron a
Paul para encargarse de hacer el trabajo sucio que acató de mala gana, al pobre
siempre le tocan los entierros y la eliminación de pruebas.
–Por
tanto, está al corriente de las actividades comerciales ilícitas que mantiene
mi padre –refiriéndose siempre al capataz.
–Desde
que Charly murió no tiene el mismo comportamiento de lealtad con el amo –al
acabar la frase se arrepintió de haberla dicho.
–¿Acaso
el caballo fue víctima incluso del cruel envenenamiento? –preguntó dolida.
–No
tengo respuesta. –La cantina empezó a llenarse todavía más, alguien se puso
detrás de Susan y la tapó los ojos, era Paul.
–¿Estás
conspirando para presentarte a Gobernadora? –dijo a la vez que se sentó con
ellos–, seguro que los muchachos te votarían.
–¡Qué
va! ¿Te apetece venir conmigo a Garnet? He de hacer algo y me vendría muy bien
un poco de compañía –tanteó.
–Concretamente,
¿qué? –aunque lo intuía, preguntó–. Y tú no le calientes la cabeza, ¡eh! –dirigiéndose
al anciano.
–Perdone,
¿podría subir el volumen, por favor? –pidió una granjera desde la otra punta.
El dueño del restaurante lo hizo. Savannah Guthrie, periodista de NBC y
copresentadora del programa matinal de máxima audiencia The Today Show,
aparecía en pantalla, en foto fija, y en cuyo pie anunciaban que desde el 1 de
febrero su madre Nancy, de 84 años, había desaparecido. Pocos eran los detalles
que las autoridades habían podido recabar, aunque desde el principio apuntaron
al secuestro y no a la desaparición voluntaria. La mujer cenó en casa de otra
hija y después un Uber la llevó a su domicilio. Horas más tarde
desconectaron la cámara situada en la puerta principal. La familia está muy
preocupada porque la aplicación que controla el marcapasos que lleva se
desconectó de su teléfono. La presentadora ha agradecido públicamente las
oraciones que la gente dedica a su madre. En el lugar de los hechos hallaron
sangre perteneciente a Nancy. Se teme lo peor… Un silencio abrumador se instaló
en el local que poco a poco se fue llenando con más gente, la mayoría conocidos
de otros ranchos, de las ferias del ganado o de rodeos celebrados en casi todo
el estado de Montana. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo comentario
respecto a la peligrosidad que manaba por todos los rincones del país. Susan,
Paul y el viejo vaquero, bebieron cerveza y evitaron tocar temas espinosos, así
harían mucho mejor el camino de vuelta.
Cuando
le retiraron la venda de los ojos, bajó la capucha y la molestia de la rozadura
hecha por la bota en uno de los pies, hacía que cojease un poco. Entonces,
entendió que correr en tales circunstancias era imposible, por eso, horrorizada
e impotente se quedó quieta delante de las ruinas de la ciudad de Gaza. Los
pocos edificios que se mantenían en pie, agujereados y atravesados por las
ojivas de los misiles daban sombra a aquellos supervivientes, en su mayoría
ancianos, negados a dejar el barrio que los vio crecer, convertido ahora en la
morgue sobre escombros donde yacen familiares, vecinos y vecinas, compatriotas
que antaño construyeron la vida en el barrio de Zahra, con sus casas grandes y
zonas al aire libre donde niños y niñas jugaban a la sombra de almendros e
higos. Diane se unió a ellos en el momento en que los militares que la
retuvieron en el aeropuerto la abandonaron a su suerte. Deambuló por las calles
vacías, ocupadas solamente por coches destrozados cuyos asientos todavía
conservaban la marca de quienes viajaron en ellos; tiendas, víctimas de
sabotajes esparcían por el suelo envases con pizcas de alimentos podridos a los
que el hambre no hace ascos y diminutos charcos de agua donde acudían a
refrescar la lengua algunos perros callejeros. Una mujer con grietas en las
manos, secuelas de haber realizado duros trabajos domésticos y el esposo
postrado en cama, la acogieron a cambio de salir a buscar comida para ellos.
Diane aceptó, eso le facilitaría moverse por lugares donde contactar con
colegas y llamar a casa, sin embargo, dos semanas después de proponérselo,
frustrada y sin haber encontrado a ningún periodista que la pudiera ayudar,
jugándose la vida y escondiéndose para cruzar al otro extremo de la ciudad,
volvió con algo de arroz y un Khubz, una de las variedades de los panes
árabes, que la pareja de nonagenarios devoró ansiosos.
–¡Teléfono!
¡Necesito telefonear, por favor! ¿Entienden lo que digo? –suplicaba
desesperada.
–¡No
problem! ¡No problem! –aterrado, exclamaba él en inglés temiendo que les
hiciese algo. Ella, se puso detrás de una cortina, se quitó el pantalón y sacó
los dólares que llevaba enrollados por dentro de la cinturilla y que no
descubrieron en el registro. Les dejó un par de billetes y el resto se lo quedó
para comunicar con los suyos.
El
coche del sheriff apareció por el rancho Maxwell levantando una gran
polvareda. Paul y los muchachos pararon la faena observando la cara contrariada
del amo.
–Lo
siento, Maxwell, tienes que acompañarme…