domingo, 22 de febrero de 2026

En peligro de extinción

10.

Habían transcurrido más de tres años y medio desde la última visita de Ashley Burris a los Erickson, en Big Timber, condado de Sweet Grass, un pueblo tranquilo, arropado entre montañas y custodiado por el río Yellowstone. El cielo, de azul intenso, con nubes rotas, era la antesala de un espléndido día donde podía oírse el vuelo de las aves de vuelta a los nidos. A ambos lados de la U.S. Route 191, algodones de nieve alfombraban el arcén de la carretera. Apenas un manojo de automóviles, los postes de alta tensión y el desnudo de los árboles, a consecuencia del duro invierno, eran los únicos acompañantes en el viaje que pronosticó muy gratificante para su amigo. Enseguida vio a ambos lados de la avenida principal el espacio reservado a American Bank y justo enfrente Family Dollar, sin embargo, se ubicó pasando delante de la Cooperativa de Crédito Federal, un edificio de ladrillo visto, en una sola altura, junto a un The Firehouse Gym, moderna fachada, en tonos fresa y marcos de puerta y ventanales blancos. Sintió un repelús recorrerle por la espalda al dejar atrás la Empresa de Fabricación de Fusiles Shiloh, ya que ninguna Administración, en lugar de limitar el uso y venta de armas, lo potencian cada vez más. El cambio de paisaje se dio adentrándose hacia el interior de las calles, peculiares vecindarios metidos dentro de sus burbujas individualistas, ondeando banderas en los espejos retrovisores de las camionetas y a la entrada en los porches donde también hay juguetes amontonados de aquella infancia que ya creció. Aunque solo estuvo en un par de ocasiones, agarrada al volante y luchando contra su despiste congénito, pronto reconoció la vieja clínica veterinaria donde residía su colega. Aparcó y, a pesar de que en Helena daba una temperatura más baja que allí, la sensación térmica de menos 19º se le clavó en los huesos. Bajó del coche y lamentó haber pisado una mancha de aceite similar a las que había en el césped al principio de los caminos de cada propiedad; aparentemente la casa estaba cerrada, silenciosa, deshabitada y pese a que todo permanecía oscuro, se acercó a mirar por una de las ventanas sin cortinas, pegó la nariz al cristal con escarcha y, con ambas manos, haciendo pared en los ojos, enfocó para visualizar mejor lo que parecía un bulto en el suelo. Se azaró bastante buscando una llave escondida dentro de los tiestos, debajo del felpudo, detrás de adornos, de periódicos atrasados y revistas científicas. ¡Y nada! Impotente, bloqueada, a punto de chillar y darse por vencida, se le ocurrió palpar el dintel de la puerta. ¡Ahí estaba! La cogió, abrió con dedos temblorosos y prendió las luces.
          –¡Larry! ¡Larry! ¡Larry, contesta! –se puso de rodillas y le sacudió por los hombros–. ¡Venga, compañero! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Vamos! –Al notar un pequeño hilo en la respiración acercó el oído para sentirle mejor, colocó las yemas de los dedos índice y medio en el cuello, al lado de la tráquea y le tomó el pulso, estaba débil, pero había latido. Le examinó las pupilas con la linterna del móvil para observar si se contraían, y sí lo hicieron, así que, el adormilamiento se debería a algún fármaco. Consiguió despertarle un poco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó tocándose la nuca.
          –Te he encontrado caído en el suelo –respondió ayudándole a incorporarse.
          –¿Dónde estoy? –palpó alrededor buscando la gafa hasta encontrarla.
          –En tu casa, venga hombre, déjate de bromas –quiso restar importancia.
          –¿Quién eres? –dijo antes de reconocerla.
          –Soy Ashley, y, ¡basta ya! Mira que este jueguecito no me gusta nada, ¡eh! –expresó semienfadada.
          –Perdona, estoy aturdido, debo llevar horas así –consiguió ponerse en pie.
          –Estás helado –le frotó las manos.
          –¿Cómo has entrado? –preguntó todavía desperezándose. Se lo contó.
          –¿Has tomado algo para dormir? –dijo mientras cogía carpetas caídas.
          –No, solo la pequeña pastilla que pongo debajo de la lengua cuando me siento mal. Ven, subamos a la parte de arriba. –La madera de los escalones crujía según soportaba el peso de los cuerpos. A lo largo del tramo de escaleras una galería de fotografías en blanco y negro adornaban la pared, era gente anónima huyendo del hambre y de las guerras, de las detenciones ilegales, campesinos deslomados, mineros vestidos de silicosis, pescadores con la marca en la piel del compañero perdido, mujeres con el rostro tapado y otras no, niños y niñas con los churretes del llanto surcándoles las mejillas. En definitiva, reportajes de vida que captan aquello que no puede explicarse con palabras.
          –¿Diane no está? –Larry iba a hacer café, pero lo preparó ella.
          –Se fue a Gaza con un grupo de activistas, están desaparecidos, o al menos eso es lo que nos dicen en la embajada.
          –Si quieres le digo a mi amiga Bridget Witte, del FBI, que si puede averigüe algo, ¿eh?
          –Sí, por favor. Estoy muy angustiado y aun no le he dicho nada a las niñas, solo que su madre está sin cobertura.
          –No te preocupes, lo intentamos. Te preguntarás qué hago aquí, ¿no?
          –¿Visitar a un viejo amigo, quizá? –parecía recuperar el sentido del humor.
          –Además de eso, por supuesto. Hace un par de días vino a verme un estudiante del último curso de veterinaria y me contó que en un restaurante donde va a menudo, emergencias se llevó a algunos comensales por ingerir carne en mal estado. Al parecer el padre de un amigo suyo tiene una empresa de transporte, fueron ellos quienes distribuyeron la carne de vacuno desde el rancho Maxwell, así que la conexión la tienes servida. El chaval, antes de hablar conmigo, analizó un trozo de bistec y dio cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, también pesticida.
          –Ya, pero no tengo pruebas –lamentó con el pensamiento en otro lado.
          –¡Cómo que no! ¡Yo las traigo! –puso sobre la mesa cuanto el muchacho la dio–. Y, ahora va lo mejor: ¿Sabes qué empresa contrató a los transportistas?
          –Dímelo tú –de reojo vigilaba el correo en la computadora por si llegaban noticias.
          –WSR 255. Con todo eso supongo que Susan tiene argumentos suficientes para empezar a hacerlo público. Están envenenando al ganado y, en consecuencia, a los consumidores y consumidoras.
          –Es muy grave eso que dices. Ella lo que pretende es reducir la cría y, por supuesto, acabar con el engorde fraudulento de las reses, así como también utilizar productos nocivos para la salud. Ahora se ha mudado al rancho para ganarse la confianza del padre y así ejecutar desde dentro –ambos giraron la cabeza hacía la pantalla de televisión que estaba encendida sin que ninguno de los dos se hubiese percatado de ello.
          –Sube el volumen, Larry, por favor –pidió Ashley con el corazón sobrecogido al ver la foto que está dando la vuelta al mundo de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano, de cinco años de edad, en el distrito escolar de Columbia Heights, en el norte de Minneapolis, que ha sido detenido por el ICE. Al pequeño lo llevaban sujeto por la mochila de Spiderman como si fuese un delincuente muy peligroso, aunque en realidad lo que muestra dicha imagen es su carita de terror, mientras es conducido hacia un centro de inmigración y control de aduanas en Texas. A raíz de esto, algunos abogados que tienen a su cargo la defensa de los migrantes denuncian el estado deplorable de estos centros de detención, recintos donde el agua potable no es siempre y donde la comida viene, a veces, con insectos o escombros.
          –¿Hasta dónde será capaz de llegar el Presidente? –dijo Larry compungido.
          –La pregunta es: ¿cuánto aguantará nuestro país la desintegración? –contrapreguntó Ashley.
          –Está pitando la cafetera, por aquí tiene que haber unos dulces, espera, ya los vi –recordó a las hijas porque esas galletas eran sus preferidas.
          La conversación siguió con momentos de mucha angustia por todo lo que estaba pasando, tanto a nivel individual como colectivo. Ashley recibió un e-mail de Bridget Witte en tono poco amigable, alegando que su departamento no podía hacer ninguna diligencia ya que Diane Erickson fue a Gaza por voluntad propia, sabiendo a lo que se arriesgaba yendo a zona de conflicto, además el presidente Trump y el primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu se entendían bastante bien y no había que enfadar al jefe –continuó desagradable–. Ya sabes cómo son los periodistas –exclamó–, meten las narices donde no les importa y después pasa lo que pasa. De modo que, quédate tranquila porque seguramente estará metida en los suburbios haciendo reportajes. Evidentemente, Ashley, no lo leyó en voz alta, solo dijo que estaba fuera de su competencia.
          –No desesperes, hay que seguir intentándolo. Tengo colegas trabajando allí en hospitales de campaña, les preguntaré.
          –Gracias, de corazón. Mira, ya que estás aquí, ¿qué opinas de esto? –le enseñó un historial médico–. El caballo de unos labradores que mantienen una granja modesta ha caído enfermo, tengo anotado el diagnóstico, pero prefiero cotejarlo contigo.
          –Yo diría Virus del Herpes Equino-1 –dijo tajante.
          –Eso es, suele propagarse en eventos ecuestres y ellos estuvieron en uno, así que lo tuve claro sin necesidad de hacerle la prueba del hisopo.
          –Le habrás aislado para que no contagie a los otros, ¿no?
          –Sí, claro. ¿Quieres venir conmigo a hacer la ronda y te presento a mis pacientes? –necesitaba compañía, sentir una presencia cálida junto a él mientras esperaba noticias de su compañera de vida.
          –Vamos.
          Sobre la mesa del despacho del señor Maxwell había una caja de madera donde se guardaban los sobres con la paga de los muchachos, que Paul, el capataz, entregaba uno a uno. Según iban saliendo rugían los motores de las camionetas listas para bajarse al pueblo y gastarlo en cerveza, hamburguesas, whisky de contrabando y los había también que no salían de los burdeles de carretera. The Timber Bar Cowboy City era un local a las afueras del pueblo donde la mayoría de los jornaleros de la comarca socializaban al caer la tarde, una vez por semana. Ubicado frente a las montañas de Crazy Mountains, su estructura de madera, tanto por fuera como por dentro, aportaban un ambiente rústico recreando imágenes del wéstern americano, incluyendo un palenque a lo largo de toda la fachada donde amarrar a los caballos mientras saciaban la sed en los abrevaderos. Al fondo del local, bajo la potente luz artificial que la hacía resplandecer, si cabe, aún más, la gran mesa de billar acogía el juego silencioso y calculado de algunos lugareños compitiendo con forasteros que solo iban de paso. Cuando el viejo vaquero y Susan llegaron muchos estaban dándose ya un homenaje de pepinillos, alitas de pollo fritas y aros de cebolla, se sentaron lo más apartados posible y ella fue a encargar las comandas.
          –¿Quieres lo de siempre: carne de búfalo con salsa de mostaza y miel o lo prefieres con salsa barbacoa?
          –Sí, mejor barbacoa –respondió él.
          –Vale. Entonces para mí trucha degollada, pan de elaboración casero, queso cheddar, lechuga, tomate y mahonesa, estoy saciada de tanta proteína y grasa. Dejaste la nota con las coordenadas de la ciudad de Garnet sobre la cama, ¿por qué? ¿Hay algo que no me has contado? –fue muy directa.
          –Porque es donde encontrarás respuesta a todas las preguntas que vas haciendo a diestro y siniestro. Samuel W. Roberts tiene ahí su cuartel general, un laboratorio portátil donde mezcla componentes varios que después tu padre aplica al ganado y si da resultado, fantástico, que no, pues también fantástico, siguen adelante sin importarles la salud del ganado ni de las personas.
          –¿Paul está al corriente? –temió llevarse una decepción.
          –No, es una persona íntegra, de alguna manera se habría opuesto.
          –¿Y tú? –la camarera interrumpió la conversación trayéndoles el servicio.
          –Me consideran viejo, tonto y sordo, les sigo el juego y dejo que hablen despreocupados captando así hasta el más mínimo detalle. Hace meses llegaron unos bidones a nombre de la sociedad Robwell Animal food products S.A., el rancho estaba patas arriba con los preparativos de la boda de tu hermana, de modo que yo recibí y custodié el pedido en el cobertizo que tú registraste.
          –El día de la ceremonia también entré con Larry Erickson, el veterinario.
          –Lo sé, vigilé de cerca para que no os descubrieran.
          –Perdona, continúa –pidió interesadísima.
          –Al cabo de tres o cuatro semanas se presentaron los hombres de confianza de Roberts y los cargaron en la parte trasera de los vehículos, fue entonces cuando tu padre les dijo que lo llevasen a la ciudad de Garnet indicándoles que cogiesen el camino de tierra semi oculto entre árboles, al fondo verían una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Antes de eso abrí uno de los barriles y el olor que despedía a pesticida no me gustó nada.
          –¿Qué hacen después lo mezclan allí con el pienso? –de ser así se avergonzaba de llevar el apellido Maxwell.
          –Realmente no lo sé. Ya sabes que a tu padre le gusta tener la silla de montar en perfectas condiciones y solo permite, además de él, que la prepare yo. Acababa de venir de montar y me pidió que limpiase el cuero con jabón de glicerina, entonces uno de los muchachos le informó del mal estado de algunas vacas tras haber comido de los últimos forrajes que trajeron. Me miró de reojo y no moví ni un solo músculo de la cara, señal de que no escuchaba, eso le dio pie a ordenar el inmediato sacrificio de las reses, incinerarlas y, como medida de precaución, destruir también el pasto. Alargué la faena hasta que llamaron a Paul para encargarse de hacer el trabajo sucio que acató de mala gana, al pobre siempre le tocan los entierros y la eliminación de pruebas.
          –Por tanto, está al corriente de las actividades comerciales ilícitas que mantiene mi padre –refiriéndose siempre al capataz.
          –Desde que Charly murió no tiene el mismo comportamiento de lealtad con el amo –al acabar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –¿Acaso el caballo fue víctima incluso del cruel envenenamiento? –preguntó dolida.
          –No tengo respuesta. –La cantina empezó a llenarse todavía más, alguien se puso detrás de Susan y la tapó los ojos, era Paul.
          –¿Estás conspirando para presentarte a Gobernadora? –dijo a la vez que se sentó con ellos–, seguro que los muchachos te votarían.
          –¡Qué va! ¿Te apetece venir conmigo a Garnet? He de hacer algo y me vendría muy bien un poco de compañía –tanteó.
          –Concretamente, ¿qué? –aunque lo intuía, preguntó–. Y tú no le calientes la cabeza, ¡eh! –dirigiéndose al anciano.
          –Perdone, ¿podría subir el volumen, por favor? –pidió una granjera desde la otra punta. El dueño del restaurante lo hizo. Savannah Guthrie, periodista de NBC y copresentadora del programa matinal de máxima audiencia The Today Show, aparecía en pantalla, en foto fija, y en cuyo pie anunciaban que desde el 1 de febrero su madre Nancy, de 84 años, había desaparecido. Pocos eran los detalles que las autoridades habían podido recabar, aunque desde el principio apuntaron al secuestro y no a la desaparición voluntaria. La mujer cenó en casa de otra hija y después un Uber la llevó a su domicilio. Horas más tarde desconectaron la cámara situada en la puerta principal. La familia está muy preocupada porque la aplicación que controla el marcapasos que lleva se desconectó de su teléfono. La presentadora ha agradecido públicamente las oraciones que la gente dedica a su madre. En el lugar de los hechos hallaron sangre perteneciente a Nancy. Se teme lo peor… Un silencio abrumador se instaló en el local que poco a poco se fue llenando con más gente, la mayoría conocidos de otros ranchos, de las ferias del ganado o de rodeos celebrados en casi todo el estado de Montana. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo comentario respecto a la peligrosidad que manaba por todos los rincones del país. Susan, Paul y el viejo vaquero, bebieron cerveza y evitaron tocar temas espinosos, así harían mucho mejor el camino de vuelta.
          Cuando le retiraron la venda de los ojos, bajó la capucha y la molestia de la rozadura hecha por la bota en uno de los pies, hacía que cojease un poco. Entonces, entendió que correr en tales circunstancias era imposible, por eso, horrorizada e impotente se quedó quieta delante de las ruinas de la ciudad de Gaza. Los pocos edificios que se mantenían en pie, agujereados y atravesados por las ojivas de los misiles daban sombra a aquellos supervivientes, en su mayoría ancianos, negados a dejar el barrio que los vio crecer, convertido ahora en la morgue sobre escombros donde yacen familiares, vecinos y vecinas, compatriotas que antaño construyeron la vida en el barrio de Zahra, con sus casas grandes y zonas al aire libre donde niños y niñas jugaban a la sombra de almendros e higos. Diane se unió a ellos en el momento en que los militares que la retuvieron en el aeropuerto la abandonaron a su suerte. Deambuló por las calles vacías, ocupadas solamente por coches destrozados cuyos asientos todavía conservaban la marca de quienes viajaron en ellos; tiendas, víctimas de sabotajes esparcían por el suelo envases con pizcas de alimentos podridos a los que el hambre no hace ascos y diminutos charcos de agua donde acudían a refrescar la lengua algunos perros callejeros. Una mujer con grietas en las manos, secuelas de haber realizado duros trabajos domésticos y el esposo postrado en cama, la acogieron a cambio de salir a buscar comida para ellos. Diane aceptó, eso le facilitaría moverse por lugares donde contactar con colegas y llamar a casa, sin embargo, dos semanas después de proponérselo, frustrada y sin haber encontrado a ningún periodista que la pudiera ayudar, jugándose la vida y escondiéndose para cruzar al otro extremo de la ciudad, volvió con algo de arroz y un Khubz, una de las variedades de los panes árabes, que la pareja de nonagenarios devoró ansiosos.
          –¡Teléfono! ¡Necesito telefonear, por favor! ¿Entienden lo que digo? –suplicaba desesperada.
          ¡No problem! ¡No problem! –aterrado, exclamaba él en inglés temiendo que les hiciese algo. Ella, se puso detrás de una cortina, se quitó el pantalón y sacó los dólares que llevaba enrollados por dentro de la cinturilla y que no descubrieron en el registro. Les dejó un par de billetes y el resto se lo quedó para comunicar con los suyos.
          El coche del sheriff apareció por el rancho Maxwell levantando una gran polvareda. Paul y los muchachos pararon la faena observando la cara contrariada del amo.
          –Lo siento, Maxwell, tienes que acompañarme…

domingo, 8 de febrero de 2026

En peligro de extinción

9.

3 de enero, 2,45 a.m., punto de encuentro: Chicago, desde donde la expedición de freelance, médicos del mundo, activistas y gente en general comprometida en la lucha contra las injusticias en todos los ámbitos sociales, partía hacia Palestina en un vuelo trasatlántico que aterrizaría en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, a unos quince kilómetros al sureste de Tel Aviv, para continuar en transporte terrestre hasta Gaza, atravesando el peligrosísimo cruce fronterizo de Erez, al suroeste de Israel, puesto que ahí les esperaría el chófer e intérprete que estaría con ellos durante toda la estancia. Doce horas después, mientras aguardaban en tierra tras haber tenido algunos episodios de fuertes turbulencias, las noticias llegaban confusas ya que el tratado de paz había fracasado y la muerte de civiles seguía sucediendo sin que los poderes internacionales mediaran para conseguir un definitivo alto el fuego y poner fin a dicho genocidio. El grupo permanecía apiñado, unos leyendo la Biblia, otros caminando nerviosos y alertas. Los enviados especiales de medios independientes luchaban por conectar a la wifi y comunicar, a las familias y sus redacciones, que habían llegado bien, pero la señal era muy débil y continuamente se caía. Sin embargo, Diane consiguió algo de cobertura al saltarle una noticia vergonzosa cuyo titular decía lo siguiente: “Con camisas de fuerza, dopados y metidos en aviones militares, en Estados Unidos hacían desaparecer a decenas de africanos deportados con violencia a Ghana, empujados hacia el precipicio de un futuro incierto, como por ejemplo, la historia de un joven oriundo de Sudán del Sur que llegó a Lousiana con apenas 17 años, paseador de perros, viviendo debajo de un ferrocarril elevado, como tantos otros sin techo ni papeles, y al que amordazaron mientras dormía embarcándolo rumbo a Ruanda, donde depredadores de seres humanos le arrebatarían la vida”. Entonces, cuando preparaba una crónica para enviarla a la agencia de prensa con la que a veces trabajaba, se armó mucho revuelo en la sala, los pasajeros corrían, refugiándose detrás de cualquier elemento, sujetando con fuerza a los niños y niñas por temor a que fuesen arrastrados por una muchedumbre descontrolada, cuyo único objetivo era salvar el pellejo. Diane notó cómo, por las axilas, dos hombres muy fuertes la levantaron en volandas y la subieron a un jeep, junto a más personas, emprendiendo un destino hacia lo desconocido.
          –¿Dónde nos llevan? –gritaba una mujer poseída por la histeria.
          –Cometen un gravísimo error, Europa no se quedará quieta –aseguro un ciudadano francés.
          –Vamos a perder el siguiente vuelo, solo hacíamos escala. Solo hacíamos escala –repetía una anciana entre lágrimas.
          –¡Quiero hablar con mis hijos! ¡Quiero hablar con mis hijos! –exclamaba una pareja en lengua rara. Entonces, el vehículo giró bruscamente dejando la carretera principal y adentrándose por un camino lleno de obstáculos hasta avistar lo que parecía ser el desierto de Néguev. Unas millas más allá, a lo lejos, identificaron el campamento adonde se dirigían. Bajaron rápidamente uno a uno y los distribuyeron. Diane se quedó sola en una tienda de campaña bajo la vigilancia de un tipo con cara de pocos amigos, del resto nunca más supo.
          –¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi esposo no respira, se lo suplico! ¡Que alguien me ayude, en el nombre de Allah! ¡Ayuda! –voceaba una mujer en árabe.
          –¡Agua! ¡Agua! ¡Denme agua! –exclamaba un soldado tendido en el suelo con la pierna destrozada colgando por la camilla.
          Lo primero que a Diane la obligaron a hacer fue despojarse de los objetos personales que llevaba encima: celular, cámara de fotos, reloj inteligente, documentación, dinero, computadora y cordones de los zapatos, todo menos la alianza de la mano izquierda. A continuación, sufrió un grosero registro machista. De repente oyó ataques de histeria, rezos a Dios y el silbido de patadas y puñetazos dados en el vacío, ruidos que pronto enmudecieron solapados por sollozos. Durante horas se quedó sentada en el piso de arena, hecha un cuatro, sumergida en el silencio atroz cuyos fantasmas del miedo corrían tras su sombra persiguiéndola. Cerró los párpados, visualizó a Larry y a las hijas despidiéndola en el aeropuerto; pensó en el difícil camino que había hecho desde Boston hasta afincarse en Big Timber y en las dificultades que tuvieron que superar en sus profesiones, se emocionó estimando la empatía siempre incondicional de Susan con ellos y la complicidad de ambas consolidando una bonita amistad. Recordó a sus padres ya fallecidos, y el sacrificio que hicieron para que fuese lo que hoy es: una persona íntegra, con sólidos valores y magnífica profesional; calculó los reportajes que aún estaban a medias y supuso que le faltaría tiempo para acabarlos. Tenía la boca pastosa y la garganta seca, le temblaba todo el cuerpo, se palpó la calentura que le crecía en el labio inferior. Se orinaba y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.
          –Necesito ir al baño, por favor, me estoy poniendo indispuesta –le suplicaba al hombre armado y con pasamontañas que la custodiaba.
          –Cállate –dijo en un inglés casi ininteligible.
          –Soy ciudadana norteamericana, ha de haber un error conmigo –expresó sollozando. Él permaneció callado–. No pueden retenerme así, es ilegal.
          –Aquí las normas las dictamos nosotros –entró otra persona que hablaba mejor el idioma.
          –Ayúdeme, se lo ruego, que venga alguien de la embajada. Necesito comunicar con mi esposo –pero no la hicieron el más mínimo caso.
          –Así que, periodista, ¡eh! Aquí no sois bien recibidos, nunca contáis la verdad, solo aquello que os interesa –se acercó tanto que pudo olerle el aliento corrompido.
          –Traemos ayuda humanitaria, a eso hemos venido, nada más. ¿Dónde están mis compañeros? –el miedo se apoderaba de ella.
          –Dando un paseo –dijeron a carcajadas.
          –¿Qué les habéis hecho? –se puso en pie.
          –Nada.
          –¿Por qué no fui con ellos?
          –Porque no queremos que te pongas mala, gatita.
          –¿Dónde están? ¿Dónde están? –la desesperación era máxima.
          –Lejos, muy lejos. Viajando a sus lugares de destino –se burlaban de ella.
          –Déjenme hablar con mi esposo, él lo hará con el Gobierno de mi país, están cometiendo un grave error. ¡Por favor, necesito ir al lavabo!
          –¡Irás cuando se te diga! –exclamó enfurecido.
          –Agua, tengo sed. Agua –la sacaron casi a empujones.
          –Ponte esto –la dieron un abrigo largo hasta los pies, con capucha y le vendaron los ojos. Sintió la frialdad de la calle y el rugido del automóvil diferente al que la trajo. Tragó saliva y se le quedó la lengua pegada al paladar, luchó por hacerse la fuerte y supo que lo conseguiría reteniendo en la memoria la imagen de Larry y las hijas…
          Susan Maxwell se mordía las uñas y la lengua en la larga mesa donde toda la familia al completo, además de disfrutar de un suculento desayuno americano, celebraban la captura de Nicolás Maduro sin lamentar el bombardeo sobre Caracas, con un balance aproximado de cien muertos. Pletórico, como si no hubiera un mañana, el padre repartió bendiciones, abrazándolos uno a uno, mientras conjugaba frases sacadas del ala más radical, conservador y supremacista del partido republicano, proclamando que Donald Trump era el enviado de Dios para salvar al mundo. Ella tragó bilis y, para no levantar sospechas, se unió a la fiesta, aunque la realidad era muy diferente. Las cadenas de televisión conectaban con diferentes sitios donde la gente tomaba las calles eufóricos de alegría, sin ser conscientes de que en este episodio poco o nada le importaba al Presidente estadounidense la parte humana que sufría las consecuencias de la dictadura, y sí los minerales, tierras raras y, por supuestísimo, el petróleo, máxime teniendo en cuenta que Estados Unidos necesita a diario 20 millones de barriles y se ve obligado a importar para consumo propio, ese era el único motivo de la intervención: apropiarse del crudo. Observaba las caras de los manifestantes, ingenuos venezolanos que huyeron de la patria con la esperanza de que algún día ellos, o sus descendientes, o los descendientes de sus descendientes verían avanzar la democracia por la Avenida de la Universidad hacia el Capitolio. Esos primeros momentos de entusiasmo les cegaron sintiendo que por fin se libraban del tirano, que eran libres y prosperarían, sin embargo, no vieron venir el tsunami político que se avecinaba: inestabilidad, detenciones, secuestros, violencia callejera y un gobierno atado de pies y manos a la espera de acontecimientos. La industria petrolera florecerá, pero los beneficios no se quedarán en el país, ya que los planes de la Administración Trump no eran esos, sino dejar que Venezuela continúe siendo una nación dependiente y vulnerable. Una semana después, la liberación de presos políticos se hacía con cuentagotas. La pregunta es: Ahora que han pasado los primeros sofocos y las brasas apenas quedan encendidas, ¿qué piensan los venezolanos y las venezolanas respecto de un futuro inmediato? ¿Empiezan a ver la luz en el horizonte? En esas estaba Susan, inmersa en los pensamientos, cuando apareció de repente Samuel W. Roberts.
          –¡Ven con nosotros al despacho! –el señor Maxwell la ordenó–. Mi hija llevará el control administrativo de todas las empresas el tipo asintió y la miró desafiante.
          –¿Estás seguro? –preguntó el socio–. Tratémoslo a nuestra manera, como hemos hecho hasta ahora –entonó sarcástico.
          –No. Además, tú no me traicionarás, ¿verdad, cariño? –la apretó el brazo.
          –Solo pondré a vuestro servicio mis conocimientos de informática, os será mucho más fácil todo.
          –¡Allá tú! Tengo preparado el cargamento de esteroides anabolizantes para sacar un mayor rendimiento a los machos que están a punto de llegar, se lo proporcionaremos a las 3000 cabezas que venderá WSR 255 por el doble de su precio. Aquí tienes los detalles –le entregó una hoja con membrete–. Dáselo a ella.
          –¿Qué significa exactamente WSR 255? Lo digo porque si tengo que registrarlo he de saber a qué corresponde –soltó muy deprisa.
          –De momento guárdalo muy bien –sugirió el padre.
          –Perfecto. He creado una página web con todo detalle para que ambos tengáis acceso. Ahí están las entradas y las salidas, el registro de nacimientos y fallecimientos, las reses compradas y las que están por venir, con quienes trabajamos y quien reparte nuestro género. En esta otra pestaña –giró su computadora para que lo vieran–, aparecerá un control exhaustivo de los cargamentos de pienso que compremos, su origen, la distribuidora, los componentes, etcétera, de manera que si hay algún problema de elaboración o de caducidad sepamos de dónde viene y resolvamos –la miraban embobados–. Puede darse el caso que, sin vosotros saberlo, claro, algún intermediario os haya vendido forrajes adulterados, ahí no tendríamos mucho quehacer respecto a denuncias e indemnizaciones, por lo que es fundamental que todo sea legal –quería cogerles por sorpresa, pero ninguno de los dos se inmutó.
           –No hay problema –ganada la confianza de ambos todo sería fácil–. Pues ala, ponte a trabajar. Cuando se aseguró que no la oían llamó a Larry.
          –Hola. ¿Ha llamado Diane?
          –No, y a sus colegas tampoco, ni se ha puesto en contacto con la agencia adonde siempre manda los reportajes cuando sale fuera. Estoy muy preocupado.
          –Te escucho bastante mal, se entrecorta la voz.
          –Estoy atravesando un desfiladero en las montañas y la cobertura es mala, voy al rancho, Paul llamó, al parecer hay terneros enfermos y antes de sacrificarlos quiere que los vea y diagnostique.
          –No sabía nada y llevo aquí unos días, pasaré una temporada. Entonces, ahora nos vemos.
          –¿Cómo que una temporada? ¡Estás loca! –exclamó alto.
          –Es mejor ser un topo consentido que una espía. Me he ganado la confianza del amo y la de su socio, administro los negocios, lo he digitalizado todo en una página web donde incluyo el tema de la alimentación, te daré la clave para que accedas tú también. ¿Sabes lo que se esconde bajo las siglas WSR 255?
          –Ni idea –contestó lacónico.
          –Pues nada más y nada menos que la empresa donde manipulan el pienso que después distribuyen a granjas y ranchos. 255 son los clientes que tienen, supongo que unos consienten y otros no lo saben. ¿En alguno de los estudios patológicos encontrasteis anabolizantes en las reses muertas o sus cachorros?
          –Que yo sepa, no, pero le preguntaré a Ashley Burris, igual a mí se me ha pasado o no lo recuerdo. ¿Sabe Paul realmente porqué estás ahí?
          –Supongo que se lo huele, y el viejo vaquero que siempre me ha cubierto las espaldas, también –rescató de la memoria la conversación que mantuvieron.
          –Siento mucho no estar en mi mejor momento y ayudarte más, pero no saber la suerte que estará corriendo Diane me tiene muy asustado.
          –No, perdona tú mi falta de tacto, amigo –se emocionó con sus propias palabras.
          –Un poco antes de navidad ya manifestó su deseo de viajar a Palestina, pero que no lo haría hasta que las niñas se incorporasen de nuevo a la universidad, así que, le dije, que se fuese e hiciese lo que le dictase el corazón y que yo siempre la iba a apoyar. Me arrepiento enormemente porque es como si yo la hubiese empujado al precipicio. Así es cómo me siento, hecho una mierda.
          –Eso no lo pienses. Almorzamos juntas y confesó la obligación de todo periodista de contar las cosas in situ, ya que una de las máximas de los reporteros es convertirse en los ojos del mundo. Larry, hablamos en otro momento, viene alguien.
          –Sí, mejor. Estoy llegando a Big Timber, paso por la consulta y voy para allá.
          Un estudiante de veterinaria en el último curso de prácticas en el Animal Center Veterinary Hospital, halló sustancias extrañas en la carne elaborada en un restaurante al que habitualmente iba a cenar con amigos. Tras notar un color y sabor raro, y que uno de los comensales se puso indispuesto teniendo que llamar a emergencias 911, trasladándolo en ambulancia, así como también a otros clientes de diversas mesas, envolvió en una servilleta los restos del bistec dejado en el plato y, asegurándose de que no le miraban, con mucho disimulo, lo guardó en el bolsillo del abrigo para analizarlo en el laboratorio. Semanas después repitió la misma operación en otros locales donde sucedieron casos similares, una vez contextualizado todo y realizado el informe técnico lo más completo posible, fue al despacho de la jefa del área de veterinaria, la forense Ashley Burris, quien en ese momento daba una clase audiovisual en la sala de conferencias sobre la necesidad de reducir el consumo de carne de vacuno por el bien de la humanidad y del medioambiente. Esperó diez o doce minutos, pero en vista de que no venía, fue él a su encuentro. El aforo estaba completo, incluso había personas sentadas en los pasillos, profesores y personal sanitario. El joven aspirante a dirigir el modesto hospital rural comunitario de Columbus, en el condado de Colorado, Texas, se apoyó sobre una columna y tomó notas, pero había llegado demasiado tarde. Se abrió paso como pudo entre los asistentes que se agolpaban para realizarle preguntas directas a la ponente, hasta colocarse en primera fila, a pocos centímetros de ella.
          –Doctora Burris –le dijo casi al oído.
          –Sí –respondió girándose rápidamente.
          –¿Podemos hablar en algún sitio más tranquilo? –propuso el muchacho.
          –Ahora es complicado, he de atender a todas estas personas –señaló a quienes tenía delante.
          –Entonces esperaré, estoy seguro de que le va a interesar lo que voy a decirle.
          –Muy bien, como prefiera, pero no sé lo que tardaré.
          –Sin problema –no pensaba perder la oportunidad de conseguir puntos para el examen final, pero también intuía que tenía entre manos una bomba de relojería, además de la obligación de hacerlo público como ciudadano de bien.
          –¿Y bien? Tú dirás. –Hora y cuarto después iniciaron una conversación muy fructífera. Narró los hechos explayándose en todo lujo de detalles, creando un ambiente de misterio alrededor suyo que mantenía a Ashley atenta sin apenas parpadear, hasta romper de pronto su silencio–. ¿Cómo has relacionado una cosa con otra? –preguntó intrigada.
          –Un amigo mío y su padre tienen una empresa de transportes. Hace cosa de año y medio –según me contó–, les contrató un tipo llamado Samuel W. Roberts y el dueño del rancho Maxwell, tenía que llevar un cargamento de reses distribuidas por diferentes restaurantes del condado y fuera de él. Dicha operación la han repetido en innumerables ocasiones dándose el caso de que siempre, por una u otra razón, ha surgido algún contratiempo alimenticio.
          –Pero eso es muy grave, sin pruebas tú no puedes probar nada.
          –Las tengo, aquí están –sacó un montón de papeles–. Verá, el otro día al ocurrir lo que he contado y comentándolo con mi amigo, supimos que la carne procedía del rancho Maxwell, ellos la habían entregado días antes. El trozo de bistec analizado por mí da un alto porcentaje de cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, así como también un tipo de pesticida, entiendo que procedente de algún pasto. He tenido acceso a las facturas de los demás restaurantes y resulta que también fueron abastecidos por el mismo ganadero. Hay un par de denuncias hechas por clientes, en las ciudades de Helena y Hamilton, ahí tiene una copia.
          –¿Sabes si la empresa que contrató a tu amigo y su padre es WSR 255?
          –No, pero se lo pregunto ahora. Un momento. –Le llamó por teléfono y mirando a la forense veterinaria asintió con la cabeza.
          Una vez sola en el despacho, asimilando y ordenando la información dada por el chico, recogió algunas cosas de la mesa, fue a casa, metió lo más imprescindible en la mochila y algo de comida junto al termo de café. Arrancó el motor del automóvil, paró a echar gasolina y puso rumbo a Big Timber, donde esperaba darle una sorpresa a Larry Erickson. Lo que nunca imaginó es que le encontraría tendido en el suelo dentro de la consulta…

domingo, 25 de enero de 2026

En peligro de extinción

8.

Lo primero sería localizar adónde habían llevado el cargamento de sacos y bidones, y para eso lo primero era ganarse la confianza de su padre. Después, averiguar si el tipo que recogió el maletín lleno de billetes de 100 dólares era Samuel W. Roberts o alguno de sus secuaces. Susan se retiró cabalgando antes de ser descubierta. Hollow Coves es un dúo australiano de folk indie cuya melodía invita a la reflexión contemplando los espacios que la Naturaleza te regala allá en el lugar que habitas. Por los auriculares inalámbricos del celular sonaban las canciones Blessing y The Open Riad, cerró un instante los ojos y sintió el frescor de la cascada cayendo por la parte delantera de las rocas. Paseó la vista por las maravillosas montañas con las cimas recortando el horizonte y las placas de hielo sirviéndole de espejo al sol, con esa luz tan deslumbrante, peculiar del invierno, y pensó en lo mal que lo estarían pasando en el centro y el noreste de Estados Unidos donde se preparaban para la llegada de una tormenta, llamada bomba ciclónica, fenómeno producido a consecuencia de una caída de presión de 24 milibares en 24 horas, que traería nieve en abundancia. En esos momentos la actividad en el rancho era frenética, los jinetes se hallaban en pleno proceso de la doma de caballos, tarea nada fácil, máxime siendo ejemplares salvajes como casi todos los adquiridos por la marca Maxwell. Igual que de niña, se subió a un poste de la cerca, apoyó los brazos en el último de arriba y disfrutó de la puesta en escena del protocolo entre hombre y mamífero por domesticar. La paciencia y la constancia juegan un papel muy importante, también la delicadeza, las caricias sinceras, el diálogo en susurro, no tener prisa en alcanzar el objetivo y nunca emplear métodos de castigo, sino premiar lo conseguido, ya que, en definitiva, es un aprendizaje por ambas partes.
          –¿Quieres probar? Tenemos un bellísimo ejemplar que acaba de adquirir tu padre y necesita que lo dome alguien sensible como tú –Susan dio un respingo por la potente voz del vaquero más veterano.
          –Estoy desentrenada, haría el ridículo delante de los muchachos –contestó besándole en la mejilla.
          –Esas cosas no se olvidan, querida –aseguró el otro.
          –Todavía recuerdo tus primeros consejos: colocar la montura evitando que el caballo se asuste, tensar la cuerda y hacer que cruce las patas traseras como ejercicio básico, subirme despacio, aprender a entender cuándo está atarantado y cuándo se muestra cansado, premiarle para que entienda que lo ha hecho muy bien, estableciendo un vínculo de comunicación entre ambos.
          –¡Bravo! Y ahora, dime: las raíces llaman, ¡eh!
          –Pasaré solo una corta temporada –evitó mirarle.
          –Ya, eso espero, pero corren comentarios que pueden complicarte un poco.
          –¿A estas alturas de la vida das credibilidad a los chismorreos? –hubo minutos de silencio.
          –Por supuesto que no, pero lleva cuidado. Yo siempre estaré de tu lado –el hombre que montaba a caballo fue derribado, se golpeó la cabeza y, por unos segundos, todos contuvieron la respiración, sin embargo, apoyó un brazo en el suelo, tomó impulso con el otro y se levantó como si tal cosa.
          –Cuentan que te duele mucho la espalda? ¿Quieres ir al médico?, conozco uno muy bueno –cambió de tema.
          –¡Bah! Habladurías, la mejor medicina es la disciplina de trabajo.
          –Completamente de acuerdo contigo, pero es fundamental sentirse bien, de lo contrario no rindes, ¿Y tú por qué crees que se mueren tantas reses sin estar enfermas? –Susan dejó caer la pregunta.
          –Por la misma razón por la que hemos sobrepasado los límites. Dicen por ahí que vas haciendo preguntas delicadas y en algunos casos bastante molestas, no te fíes de nadie, niña. Hablaremos, pero no aquí a la vista de todos, será mejor que te vayas entrenando y cabalguemos juntos.
          –Con mucho gusto –frente a ellos se colocó el señor Maxwell recién llegado de atender algunos de sus negocios. Entonces, el hombre, cuyas manos temblaban en el vacío, manifestó un gesto como de escalofrío y se marchó. Susan dedujo que la presencia del amo le intimidó. Siguió el espectáculo y lo disfrutó jaleando al jinete.
          Larry Erickson acababa de regresar de Helena donde Ashley Burris le entregó la información que Bridget Witte, agente del FBI, consiguió del químico sin titulación Samuel W. Roberts, en ella se le relacionaba con determinadas alteraciones peligrosas en la composición de diversos cargamentos de piensos distribuidos a algunos rancheros cuya consecuencia, poco después, fue cuando el ganado enfermó, teniendo que sacrificar muchas reses. También se le relacionaba con varios negocios a medias con el señor Maxwell, todos de oscura procedencia, pero enrocados en sociedades de muy difícil identificación, lo cual complicaba realmente destapar su implicación en los hechos, de manera directa. Antes de abrir consulta, para vacunar a un par de perros contra la rabia, repasó los papeles que el anciano le entregó, cuando visitaron la mina de cobre a cielo abierto, en Butte, y en los que figuraba, entre paréntesis e interrogaciones, el nombre de Samuel W. Roberts y una marca subrayada: Robwell Animal food products S.A. Buscó referencias en Internet, pero las páginas web a las que le redirigían eran bastante confusas, aunque, bien es verdad, que todas estaban relacionadas con la alimentación animal. Decidió comentárselo a Diane.
          –Tengo que contarte una cosa, Larry –dijo la esposa interrumpiendo sus pensamientos.
          –Y yo necesito que me ayudes, sabes que soy muy torpe con la informática, pero ahora tengo pacientes esperando y luego he de visitar algunas granjas, mejor lo hacemos a la noche.
          –De acuerdo. ¡Por cierto!, cámbiate de camisa que llevas el cuello rozado y un salpicón de manchas –él asintió. Pasó consulta y pospuso la salida porque no eran cosas graves y podían esperar al día siguiente. Revolvió todos los escondites del despacho hasta hallar el vino que reservaba para ocasiones muy especiales. Diane colocaba en cuencos de bambú, ovalados, un surtido de vegetales y moras negras, previo a eso preparó una trucha degollada, típica de la región, usando su receta favorita con mantequilla, sal, pimienta, eneldo o perejil, además de una mezcla de miel, limón, estragón seco y ajo molido, que untó sobre los filetes con una brocha antes de hornear. Cuando Larry entró con el caldo y dos copas, olía muy sabroso, descorchó la botella y brindaron por las hijas y por la suerte de permanecer vivos.
          –Tengo un problema informático, soy incapaz de tirar de algún hilo que me lleva hasta Robwell Animal food products S.A. sospecho que detrás de eso se esconde algo muy gordo.
          –¿De dónde lo has sacado? –pensó Diane que quizá no era buen momento para hablar de su viaje a Oriente.
          –De los papeles que me dio el anciano de Butte –la notó preocupada.
          –¿Viste alguna información en el buscador? –quiso saber.
          –No, nada.
          –Espera que vaya a por la computadora –dijo soltando las manoplas de horno con la bandera de Estados Unidos regalo de las hijas.
          –Yo la traigo.
          –Lo primero que hemos de averiguar es la procedencia del nombre y para eso usaré un programa que nosotros manejamos cuando queremos destapar grupos terroristas o tramas contra alguien importante, así como bulos que impliquen a gobiernos y periodistas. A ver, dices que se llama Robwell Animal food products S.A. Descartemos lo de productos de alimentos para animales.
          –Entonces solo queda Robwell, ¿cierto? –intervino Larry.
          –Correcto. Veamos que hay –dejaron pasar los minutos, brindaron y tomaron asiento en torno a la mesa, la pantalla quedó en blanco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó Larry.
          –No lo sé, quizá el sistema estará haciendo alguna actualización –respondió Diane.
          –Entonces, volviendo a lo anterior –Larry recondujo la conversación.
          –A ver, hagamos un juego de palabras –cogió papel y bolígrafo–. Esto puede pertenecer a un nombre ficticio, a un apodo y tal vez a algo sin sentido.
          –Sí, ha de haber varias posibilidades –cada uno hizo anotaciones con las letras, pero nada. Ella levantó la vista y dijo:
          –Piensa un poco, Samuel se apellida Roberts.
          –Y el padre de Susan Maxwell –apuntó él.
          Robwell es un acrónimo de ambos apellidos –concluyó Diane.
          –Claro, ¡qué torpe!, cómo no he caído, son ellos dos los que fabrican y distribuyen el pienso –se levantó y la besó en los labios, acariciándola el cabello con la punta de los dedos–. ¡Qué inteligente eres, cariño!
          –¿Qué vas a hacer? –preguntó presintiendo el lío en el que su esposo iba a meterse.
          –Comunicárselo a Susan y que ella decida. ¿Y ahora dime qué cosa te mantiene sin dormir todas las noches? –mantuvo silencio, pero era absurdo ocultarlo.
          –Hay un grupo numeroso de gente que parte hacia Palestina, me voy con ellos –Larry apenas parpadeaba–, tenemos pasaje para primeros de año, una vez que las niñas terminen las vacaciones de Navidad. Necesito hacerlo, sabes que, como periodista, me siento impotente y como ser humano desolada, debemos dar visibilidad al genocidio que cometen con la población civil, sin hogar y despojada de todas sus pertenencias. ¿No dices nada?
          –Te admiro y me das mucha envidia. Como siempre, apoyo tus decisiones. Eres muy valiente, sé que lo harás, pero cuídate al máximo, la zona es muy peligrosa y probablemente no seáis bien recibidos.
          –No temas, sabré cuidarme.
          –Lo sé, perdona un momento, he de ir al baño –cerró la puerta, respiró hondo, mojó la toalla con agua fría para refrescarse la nuca y puso la pequeña pastilla que tenía prescrita debajo de la lengua cuando sentía el pinchazo en el pecho. Al poco rato estaba normal–. ¿Qué tal si le hincamos el diente a esa trucha degollada que tiene un aspecto exquisito? –trató de sonar normal y tranquilo, aunque por dentro estaba hecho un amasijo de nervios por la aventura que iba a emprender Diane. Recogió en la memoria instantáneas de la velada inmortalizando cada postura, cada sorbo de vino, la sonrisa de ella con su dentadura blanca, perfecta, sus labios, la esponjosidad de su cabello y ese tic tan gracioso en el ojo izquierdo. Quiso parar el mundo y quedarse así, solos, eternos, infinitos, pero sonó el teléfono avisando de una urgencia y tuvo que marcharse.
          Desde que Charly murió, Paul no era el mismo, discrepaba del amo en cuanto a la organización del trabajo y a la hora de seleccionar al nuevo personal para la temporada de recogida de leguminosas. A todo le ponía pegas y siempre estaba al borde de la discusión, al punto de que el señor Maxwell empezaba a no contar con él para las cosas importantes. Una mañana, Susan despertó antes del amanecer, quería darse una vuelta por los establos y alrededor del cobertizo por si algo hubiese cambiado. Al salir de la ducha, encontró una nota encima de la cama con una dirección, conocía esa letra de trazo escolar: Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, a cuatro horas y media más o menos de Big Timber. Buscar un camino de tierra semi oculto entre árboles y al fondo una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Era lunes y tenía la semana prácticamente organizada, así que buscaría el momento de sondear a Paul y decidir si ir o no.
          –¿Controlando? –interrogó a su padre con amabilidad.
          –No, ya sabes que lo detesto –se rieron a carcajadas–, va a llegar una camada de yeguas, potrillos y caballos directos de Canadá y quiero que todo este perfecto, me gusta a mí hacer el recuento.
          –¿Te ayudo? –Susan se ofreció, el señor Maxwell asintió gustoso y volvió a confiar en la hija.
          –Todavía no vienen. Mira, en teoría hemos adquirido 5.000 cabezas, pero para los efectos serán 2.000, ya que 3.000 las venderemos por el doble de su precio en el mercado negro, dinero con el que financiaremos todos los gastos que ocasione el traslado, los jornales y –pareció recular, pero continuó–. Bueno, de la alimentación nos ocupamos mi socio y yo.
          –¿Quieres que lleve un registro de cuentas y de mercancías en la computadora creando una clave que solo conozcamos tú y yo? –tal vez se había precipitado.
          –Vas muy deprisa, ¿no crees?, sin embargo, me gusta la idea, aunque tengo que consultarlo –ganarse al padre como fuese, incluso yendo en contra de sus propios principios, pensó, era fundamental. No obstante, en esas estaba cuando recibió un e-mail de Larry, donde contaba las novedades, además de su preocupación por la partida de Diane.
          –¿Damos un paseo? –Susan le propuso.
          –Sí, necesito estirar las piernas. Espera que coja el rifle, nunca se sabe quién o qué puede andar por ahí suelto –a ella la idea de que fuese armado no le gustó nada, pero asintió con la cabeza. Mientras aguardaba envió respuesta al veterinario diciéndole que comunicarían más tarde.
          –¿Llegamos hasta el último acre Maxwell y visualizamos toda la hacienda, como cuando me llevabas contigo delante en la silla? –propuso con la idea de acercarse lo más posible adonde descargaron los camiones.
          –No, mejor vayamos a pasear por el río Boulder. ¿Conduces tú o yo? –la lanzó las llaves que cogió al vuelo del viejo GMC Sierra–. Estarás contenta, ¿no?
          –¿Por qué? –temió que se estropease la buena armonía.
          –Ha ganado uno de los tuyos –expresó con segundas.
          –¿De los míos? No comprendo, papá –realmente estaba descolocada.
          –Sí, el candidato demócrata del ala socialista Zohran Mamdani –dijo él.
          –La política ya no me interesa –mentía muy mal–, ahora estoy aquí, y eso es lo que cuenta.
          –No te creo. ¿Es la primera persona musulmana que va a ocupar la alcaldía de Nueva York y dices que no te interesa? ¡Venga ya, niña, que soy tu padre y nos conocemos muy bien!
          –No, de verdad, he comprendido que en todos los lados hay cosas buenas y malas, solo hay que reconocerlas –sin embargo, para sus adentros, se sentía feliz por Mamdani y también porque Abigaíl Sparberger como Gobernadora de Virginia y Mikie Sherrill por Nueva Jersey, ambas iban a aportar oxígeno de cambio frente a la administración Republicana, sin olvidar la importancia del sí de los californianos a la Propuesta 50, cuyo objetivo consiste en redibujar los distritos de votación del gobernador demócrata Gavin Newsom. Estos giros son fundamentales para las elecciones de medio mandato donde Trump ve tambalear el trono, ojalá que se tenga que apear de él en las siguientes a la presidencia de Estados unidos–. Así que tienes un socio, ¿eh? ¿Y no es Paul, claro?
          –Los tiempos cambian y se necesitan inversores –dijo de mala gana–, gira a la
derecha.
          –¿Es Samuel W. Roberts, el químico? –dio un volantazo brusco mirando de reojo al padre.
          –¿Y tú dónde has oído que sea químico? –preguntó.
          –Por un artículo de prensa en el que se le relaciona con ciertas irregularidades en los compuestos del pienso y unos números raros que no entiendo –dejó pasar un breve silencio y ver su reacción–: cd48, Ar33 y 74,92u. –tendida la trampa clave y, a falta de despejar la incógnita de WSR 255, le ocultó que todo lo había encontrado anotado en una servilleta de papel, cuando registró el despacho.
          –Ni idea –pero sabía muy bien que se trataba de cadmio, arsénico y uranio–, solo es empresario. Anda, ve atenta a la carretera y disfruta del paisaje. –Cuando llegaron al rancho, una de las criadas lloraba frente al televisor la muerte de Bob Reiner, el cineasta de “Cuando Harry encontró a Sally”, y su esposa la fotógrafa Michele, asesinados a cuchilladas, presuntamente, por Nick, el hijo de ambos, con problemas de adicciones y de salud mental.
          Diane Erickson tenía colocado sobre las camas los jerséis feos, típico en Navidad, que cada uno había de ponerse y también los regalos bajo el árbol y colgando de la chimenea los cuatro calcetines donde Santa Claus metería obsequios elegidos con todo cariño. Larry y las chicas fueron a comprar galletas de jengibre, ponche de huevo y mermelada de arándanos silvestres, para acompañar al tradicional jamón glaseado con puré de patatas y salsa gravy, además de una carne de ciervo fileteado de altísima calidad, panecillos esponjosos y la sorpresa para su esposo de una botella de Pinot Noir, del valle Willamette de Oregón. En el salón sonaba The Christmas Song, por The King Cole Trío. Afuera, el frío y la nieve añadieron al paisaje sus toques de belleza. Una camada de águilas calvas sobrevoló los tejados y también hicieron su aparición algunos bisontes, negros y pardos. Pero sobre todo, una familia de renos, con sus astas impresionantes camparon a sus anchas por las inmediaciones del pueblo. Durante esas dos horas y media de soledad, Diane escribió correos a colegas que anteriormente estuvieron en Jerusalén, bien como enviados especiales o por propia cuenta, cubriendo el conflicto israelí-palestino en busca de consejos y sugerencias para correr el menor peligro; revisó la mochila en la que guardó lo justo para resistir tres meses, tiempo estimado que estaría allí, así como la acreditación de prensa, pasaporte válido con al menos seis meses de vigencia, Autorización Electrónica de Viaje, seguro médico y el itinerario de vuelo detallado, así como dólares en billetes pequeños, guardados en fundas adheridas a la cinturilla del pantalón, solo para emergencias, su agenda, donde lo anota todo y algo de lectura. Después comprobó que no faltase ningún detalle en la mesa, miró por la ventana y esperó el regreso de los suyos.
          –Papá está melancólico –dijo la hija.
          –¿Estáis ocultándonos algo? –preguntó la otra, pero la madre se reservó para dar explicaciones más tarde.
          –Colocad las copas, llevaos esas fuentes y cambiaos de ropa, enseguida comemos. Larry, han llamado del rancho Maxwell, una vaca está a punto de parir, aunque según Paul puede que sea dentro de dos días –le contó sin mirarle a los ojos, no tenía fuerzas para cruzar con él la mirada sin echarse a llorar. ¿Estaba en el fondo arrepentida de la decisión tomada?
          –Gracias. ¿Te ayudo? –contuvo el nudo de la garganta.
          –No, ya está todo listo. Si prefieres pescado lo caliento.
          –Hoy tomaré un poco de carne de venado en honor a las niñas. –La comida transcurrió distendida, con las chicas contando anécdotas de la universidad y de lo repipis que eran sus compañeras de cuarto. Diane no pudo más y, entre lágrimas, dio la noticia. Las hijas, desencajadas, muy serias, se abrazaron a la madre y supieron que de repente habían madurado.
          –¿Cuidaréis de vuestro padre?
          –¿Te cuidarás tú…?