domingo, 8 de febrero de 2026

En peligro de extinción

9.

3 de enero, 2,45 a.m., punto de encuentro: Chicago, desde donde la expedición de freelance, médicos del mundo, activistas y gente en general comprometida en la lucha contra las injusticias en todos los ámbitos sociales, partía hacia Palestina en un vuelo trasatlántico que aterrizaría en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, a unos quince kilómetros al sureste de Tel Aviv, para continuar en transporte terrestre hasta Gaza, atravesando el peligrosísimo cruce fronterizo de Erez, al suroeste de Israel, puesto que ahí les esperaría el chófer e intérprete que estaría con ellos durante toda la estancia. Doce horas después, mientras aguardaban en tierra tras haber tenido algunos episodios de fuertes turbulencias, las noticias llegaban confusas ya que el tratado de paz había fracasado y la muerte de civiles seguía sucediendo sin que los poderes internacionales mediaran para conseguir un definitivo alto el fuego y poner fin a dicho genocidio. El grupo permanecía apiñado, unos leyendo la Biblia, otros caminando nerviosos y alertas. Los enviados especiales de medios independientes luchaban por conectar a la wifi y comunicar, a las familias y sus redacciones, que habían llegado bien, pero la señal era muy débil y continuamente se caía. Sin embargo, Diane consiguió algo de cobertura al saltarle una noticia vergonzosa cuyo titular decía lo siguiente: “Con camisas de fuerza, dopados y metidos en aviones militares, en Estados Unidos hacían desaparecer a decenas de africanos deportados con violencia a Ghana, empujados hacia el precipicio de un futuro incierto, como por ejemplo, la historia de un joven oriundo de Sudán del Sur que llegó a Lousiana con apenas 17 años, paseador de perros, viviendo debajo de un ferrocarril elevado, como tantos otros sin techo ni papeles, y al que amordazaron mientras dormía embarcándolo rumbo a Ruanda, donde depredadores de seres humanos le arrebatarían la vida”. Entonces, cuando preparaba una crónica para enviarla a la agencia de prensa con la que a veces trabajaba, se armó mucho revuelo en la sala, los pasajeros corrían, refugiándose detrás de cualquier elemento, sujetando con fuerza a los niños y niñas por temor a que fuesen arrastrados por una muchedumbre descontrolada, cuyo único objetivo era salvar el pellejo. Diane notó cómo, por las axilas, dos hombres muy fuertes la levantaron en volandas y la subieron a un jeep, junto a más personas, emprendiendo un destino hacia lo desconocido.
          –¿Dónde nos llevan? –gritaba una mujer poseída por la histeria.
          –Cometen un gravísimo error, Europa no se quedará quieta –aseguro un ciudadano francés.
          –Vamos a perder el siguiente vuelo, solo hacíamos escala. Solo hacíamos escala –repetía una anciana entre lágrimas.
          –¡Quiero hablar con mis hijos! ¡Quiero hablar con mis hijos! –exclamaba una pareja en lengua rara. Entonces, el vehículo giró bruscamente dejando la carretera principal y adentrándose por un camino lleno de obstáculos hasta avistar lo que parecía ser el desierto de Néguev. Unas millas más allá, a lo lejos, identificaron el campamento adonde se dirigían. Bajaron rápidamente uno a uno y los distribuyeron. Diane se quedó sola en una tienda de campaña bajo la vigilancia de un tipo con cara de pocos amigos, del resto nunca más supo.
          –¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi esposo no respira, se lo suplico! ¡Que alguien me ayude, en el nombre de Allah! ¡Ayuda! –voceaba una mujer en árabe.
          –¡Agua! ¡Agua! ¡Denme agua! –exclamaba un soldado tendido en el suelo con la pierna destrozada colgando por la camilla.
          Lo primero que a Diane la obligaron a hacer fue despojarse de los objetos personales que llevaba encima: celular, cámara de fotos, reloj inteligente, documentación, dinero, computadora y cordones de los zapatos, todo menos la alianza de la mano izquierda. A continuación, sufrió un grosero registro machista. De repente oyó ataques de histeria, rezos a Dios y el silbido de patadas y puñetazos dados en el vacío, ruidos que pronto enmudecieron solapados por sollozos. Durante horas se quedó sentada en el piso de arena, hecha un cuatro, sumergida en el silencio atroz cuyos fantasmas del miedo corrían tras su sombra persiguiéndola. Cerró los párpados, visualizó a Larry y a las hijas despidiéndola en el aeropuerto; pensó en el difícil camino que había hecho desde Boston hasta afincarse en Big Timber y en las dificultades que tuvieron que superar en sus profesiones, se emocionó estimando la empatía siempre incondicional de Susan con ellos y la complicidad de ambas consolidando una bonita amistad. Recordó a sus padres ya fallecidos, y el sacrificio que hicieron para que fuese lo que hoy es: una persona íntegra, con sólidos valores y magnífica profesional; calculó los reportajes que aún estaban a medias y supuso que le faltaría tiempo para acabarlos. Tenía la boca pastosa y la garganta seca, le temblaba todo el cuerpo, se palpó la calentura que le crecía en el labio inferior. Se orinaba y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.
          –Necesito ir al baño, por favor, me estoy poniendo indispuesta –le suplicaba al hombre armado y con pasamontañas que la custodiaba.
          –Cállate –dijo en un inglés casi ininteligible.
          –Soy ciudadana norteamericana, ha de haber un error conmigo –expresó sollozando. Él permaneció callado–. No pueden retenerme así, es ilegal.
          –Aquí las normas las dictamos nosotros –entró otra persona que hablaba mejor el idioma.
          –Ayúdeme, se lo ruego, que venga alguien de la embajada. Necesito comunicar con mi esposo –pero no la hicieron el más mínimo caso.
          –Así que, periodista, ¡eh! Aquí no sois bien recibidos, nunca contáis la verdad, solo aquello que os interesa –se acercó tanto que pudo olerle el aliento corrompido.
          –Traemos ayuda humanitaria, a eso hemos venido, nada más. ¿Dónde están mis compañeros? –el miedo se apoderaba de ella.
          –Dando un paseo –dijeron a carcajadas.
          –¿Qué les habéis hecho? –se puso en pie.
          –Nada.
          –¿Por qué no fui con ellos?
          –Porque no queremos que te pongas mala, gatita.
          –¿Dónde están? ¿Dónde están? –la desesperación era máxima.
          –Lejos, muy lejos. Viajando a sus lugares de destino –se burlaban de ella.
          –Déjenme hablar con mi esposo, él lo hará con el Gobierno de mi país, están cometiendo un grave error. ¡Por favor, necesito ir al lavabo!
          –¡Irás cuando se te diga! –exclamó enfurecido.
          –Agua, tengo sed. Agua –la sacaron casi a empujones.
          –Ponte esto –la dieron un abrigo largo hasta los pies, con capucha y le vendaron los ojos. Sintió la frialdad de la calle y el rugido del automóvil diferente al que la trajo. Tragó saliva y se le quedó la lengua pegada al paladar, luchó por hacerse la fuerte y supo que lo conseguiría reteniendo en la memoria la imagen de Larry y las hijas…
          Susan Maxwell se mordía las uñas y la lengua en la larga mesa donde toda la familia al completo, además de disfrutar de un suculento desayuno americano, celebraban la captura de Nicolás Maduro sin lamentar el bombardeo sobre Caracas, con un balance aproximado de cien muertos. Pletórico, como si no hubiera un mañana, el padre repartió bendiciones, abrazándolos uno a uno, mientras conjugaba frases sacadas del ala más radical, conservador y supremacista del partido republicano, proclamando que Donald Trump era el enviado de Dios para salvar al mundo. Ella tragó bilis y, para no levantar sospechas, se unió a la fiesta, aunque la realidad era muy diferente. Las cadenas de televisión conectaban con diferentes sitios donde la gente tomaba las calles eufóricos de alegría, sin ser conscientes de que en este episodio poco o nada le importaba al Presidente estadounidense la parte humana que sufría las consecuencias de la dictadura, y sí los minerales, tierras raras y, por supuestísimo, el petróleo, máxime teniendo en cuenta que Estados Unidos necesita a diario 20 millones de barriles y se ve obligado a importar para consumo propio, ese era el único motivo de la intervención: apropiarse del crudo. Observaba las caras de los manifestantes, ingenuos venezolanos que huyeron de la patria con la esperanza de que algún día ellos, o sus descendientes, o los descendientes de sus descendientes verían avanzar la democracia por la Avenida de la Universidad hacia el Capitolio. Esos primeros momentos de entusiasmo les cegaron sintiendo que por fin se libraban del tirano, que eran libres y prosperarían, sin embargo, no vieron venir el tsunami político que se avecinaba: inestabilidad, detenciones, secuestros, violencia callejera y un gobierno atado de pies y manos a la espera de acontecimientos. La industria petrolera florecerá, pero los beneficios no se quedarán en el país, ya que los planes de la Administración Trump no eran esos, sino dejar que Venezuela continúe siendo una nación dependiente y vulnerable. Una semana después, la liberación de presos políticos se hacía con cuentagotas. La pregunta es: Ahora que han pasado los primeros sofocos y las brasas apenas quedan encendidas, ¿qué piensan los venezolanos y las venezolanas respecto de un futuro inmediato? ¿Empiezan a ver la luz en el horizonte? En esas estaba Susan, inmersa en los pensamientos, cuando apareció de repente Samuel W. Roberts.
          –¡Ven con nosotros al despacho! –el señor Maxwell la ordenó–. Mi hija llevará el control administrativo de todas las empresas el tipo asintió y la miró desafiante.
          –¿Estás seguro? –preguntó el socio–. Tratémoslo a nuestra manera, como hemos hecho hasta ahora –entonó sarcástico.
          –No. Además, tú no me traicionarás, ¿verdad, cariño? –la apretó el brazo.
          –Solo pondré a vuestro servicio mis conocimientos de informática, os será mucho más fácil todo.
          –¡Allá tú! Tengo preparado el cargamento de esteroides anabolizantes para sacar un mayor rendimiento a los machos que están a punto de llegar, se lo proporcionaremos a las 3000 cabezas que venderá WSR 255 por el doble de su precio. Aquí tienes los detalles –le entregó una hoja con membrete–. Dáselo a ella.
          –¿Qué significa exactamente WSR 255? Lo digo porque si tengo que registrarlo he de saber a qué corresponde –soltó muy deprisa.
          –De momento guárdalo muy bien –sugirió el padre.
          –Perfecto. He creado una página web con todo detalle para que ambos tengáis acceso. Ahí están las entradas y las salidas, el registro de nacimientos y fallecimientos, las reses compradas y las que están por venir, con quienes trabajamos y quien reparte nuestro género. En esta otra pestaña –giró su computadora para que lo vieran–, aparecerá un control exhaustivo de los cargamentos de pienso que compremos, su origen, la distribuidora, los componentes, etcétera, de manera que si hay algún problema de elaboración o de caducidad sepamos de dónde viene y resolvamos –la miraban embobados–. Puede darse el caso que, sin vosotros saberlo, claro, algún intermediario os haya vendido forrajes adulterados, ahí no tendríamos mucho quehacer respecto a denuncias e indemnizaciones, por lo que es fundamental que todo sea legal –quería cogerles por sorpresa, pero ninguno de los dos se inmutó.
           –No hay problema –ganada la confianza de ambos todo sería fácil–. Pues ala, ponte a trabajar. Cuando se aseguró que no la oían llamó a Larry.
          –Hola. ¿Ha llamado Diane?
          –No, y a sus colegas tampoco, ni se ha puesto en contacto con la agencia adonde siempre manda los reportajes cuando sale fuera. Estoy muy preocupado.
          –Te escucho bastante mal, se entrecorta la voz.
          –Estoy atravesando un desfiladero en las montañas y la cobertura es mala, voy al rancho, Paul llamó, al parecer hay terneros enfermos y antes de sacrificarlos quiere que los vea y diagnostique.
          –No sabía nada y llevo aquí unos días, pasaré una temporada. Entonces, ahora nos vemos.
          –¿Cómo que una temporada? ¡Estás loca! –exclamó alto.
          –Es mejor ser un topo consentido que una espía. Me he ganado la confianza del amo y la de su socio, administro los negocios, lo he digitalizado todo en una página web donde incluyo el tema de la alimentación, te daré la clave para que accedas tú también. ¿Sabes lo que se esconde bajo las siglas WSR 255?
          –Ni idea –contestó lacónico.
          –Pues nada más y nada menos que la empresa donde manipulan el pienso que después distribuyen a granjas y ranchos. 255 son los clientes que tienen, supongo que unos consienten y otros no lo saben. ¿En alguno de los estudios patológicos encontrasteis anabolizantes en las reses muertas o sus cachorros?
          –Que yo sepa, no, pero le preguntaré a Ashley Burris, igual a mí se me ha pasado o no lo recuerdo. ¿Sabe Paul realmente porqué estás ahí?
          –Supongo que se lo huele, y el viejo vaquero que siempre me ha cubierto las espaldas, también –rescató de la memoria la conversación que mantuvieron.
          –Siento mucho no estar en mi mejor momento y ayudarte más, pero no saber la suerte que estará corriendo Diane me tiene muy asustado.
          –No, perdona tú mi falta de tacto, amigo –se emocionó con sus propias palabras.
          –Un poco antes de navidad ya manifestó su deseo de viajar a Palestina, pero que no lo haría hasta que las niñas se incorporasen de nuevo a la universidad, así que, le dije, que se fuese e hiciese lo que le dictase el corazón y que yo siempre la iba a apoyar. Me arrepiento enormemente porque es como si yo la hubiese empujado al precipicio. Así es cómo me siento, hecho una mierda.
          –Eso no lo pienses. Almorzamos juntas y confesó la obligación de todo periodista de contar las cosas in situ, ya que una de las máximas de los reporteros es convertirse en los ojos del mundo. Larry, hablamos en otro momento, viene alguien.
          –Sí, mejor. Estoy llegando a Big Timber, paso por la consulta y voy para allá.
          Un estudiante de veterinaria en el último curso de prácticas en el Animal Center Veterinary Hospital, halló sustancias extrañas en la carne elaborada en un restaurante al que habitualmente iba a cenar con amigos. Tras notar un color y sabor raro, y que uno de los comensales se puso indispuesto teniendo que llamar a emergencias 911, trasladándolo en ambulancia, así como también a otros clientes de diversas mesas, envolvió en una servilleta los restos del bistec dejado en el plato y, asegurándose de que no le miraban, con mucho disimulo, lo guardó en el bolsillo del abrigo para analizarlo en el laboratorio. Semanas después repitió la misma operación en otros locales donde sucedieron casos similares, una vez contextualizado todo y realizado el informe técnico lo más completo posible, fue al despacho de la jefa del área de veterinaria, la forense Ashley Burris, quien en ese momento daba una clase audiovisual en la sala de conferencias sobre la necesidad de reducir el consumo de carne de vacuno por el bien de la humanidad y del medioambiente. Esperó diez o doce minutos, pero en vista de que no venía, fue él a su encuentro. El aforo estaba completo, incluso había personas sentadas en los pasillos, profesores y personal sanitario. El joven aspirante a dirigir el modesto hospital rural comunitario de Columbus, en el condado de Colorado, Texas, se apoyó sobre una columna y tomó notas, pero había llegado demasiado tarde. Se abrió paso como pudo entre los asistentes que se agolpaban para realizarle preguntas directas a la ponente, hasta colocarse en primera fila, a pocos centímetros de ella.
          –Doctora Burris –le dijo casi al oído.
          –Sí –respondió girándose rápidamente.
          –¿Podemos hablar en algún sitio más tranquilo? –propuso el muchacho.
          –Ahora es complicado, he de atender a todas estas personas –señaló a quienes tenía delante.
          –Entonces esperaré, estoy seguro de que le va a interesar lo que voy a decirle.
          –Muy bien, como prefiera, pero no sé lo que tardaré.
          –Sin problema –no pensaba perder la oportunidad de conseguir puntos para el examen final, pero también intuía que tenía entre manos una bomba de relojería, además de la obligación de hacerlo público como ciudadano de bien.
          –¿Y bien? Tú dirás. –Hora y cuarto después iniciaron una conversación muy fructífera. Narró los hechos explayándose en todo lujo de detalles, creando un ambiente de misterio alrededor suyo que mantenía a Ashley atenta sin apenas parpadear, hasta romper de pronto su silencio–. ¿Cómo has relacionado una cosa con otra? –preguntó intrigada.
          –Un amigo mío y su padre tienen una empresa de transportes. Hace cosa de año y medio –según me contó–, les contrató un tipo llamado Samuel W. Roberts y el dueño del rancho Maxwell, tenía que llevar un cargamento de reses distribuidas por diferentes restaurantes del condado y fuera de él. Dicha operación la han repetido en innumerables ocasiones dándose el caso de que siempre, por una u otra razón, ha surgido algún contratiempo alimenticio.
          –Pero eso es muy grave, sin pruebas tú no puedes probar nada.
          –Las tengo, aquí están –sacó un montón de papeles–. Verá, el otro día al ocurrir lo que he contado y comentándolo con mi amigo, supimos que la carne procedía del rancho Maxwell, ellos la habían entregado días antes. El trozo de bistec analizado por mí da un alto porcentaje de cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, así como también un tipo de pesticida, entiendo que procedente de algún pasto. He tenido acceso a las facturas de los demás restaurantes y resulta que también fueron abastecidos por el mismo ganadero. Hay un par de denuncias hechas por clientes, en las ciudades de Helena y Hamilton, ahí tiene una copia.
          –¿Sabes si la empresa que contrató a tu amigo y su padre es WSR 255?
          –No, pero se lo pregunto ahora. Un momento. –Le llamó por teléfono y mirando a la forense veterinaria asintió con la cabeza.
          Una vez sola en el despacho, asimilando y ordenando la información dada por el chico, recogió algunas cosas de la mesa, fue a casa, metió lo más imprescindible en la mochila y algo de comida junto al termo de café. Arrancó el motor del automóvil, paró a echar gasolina y puso rumbo a Big Timber, donde esperaba darle una sorpresa a Larry Erickson. Lo que nunca imaginó es que le encontraría tendido en el suelo dentro de la consulta…

domingo, 25 de enero de 2026

En peligro de extinción

8.

Lo primero sería localizar adónde habían llevado el cargamento de sacos y bidones, y para eso lo primero era ganarse la confianza de su padre. Después, averiguar si el tipo que recogió el maletín lleno de billetes de 100 dólares era Samuel W. Roberts o alguno de sus secuaces. Susan se retiró cabalgando antes de ser descubierta. Hollow Coves es un dúo australiano de folk indie cuya melodía invita a la reflexión contemplando los espacios que la Naturaleza te regala allá en el lugar que habitas. Por los auriculares inalámbricos del celular sonaban las canciones Blessing y The Open Riad, cerró un instante los ojos y sintió el frescor de la cascada cayendo por la parte delantera de las rocas. Paseó la vista por las maravillosas montañas con las cimas recortando el horizonte y las placas de hielo sirviéndole de espejo al sol, con esa luz tan deslumbrante, peculiar del invierno, y pensó en lo mal que lo estarían pasando en el centro y el noreste de Estados Unidos donde se preparaban para la llegada de una tormenta, llamada bomba ciclónica, fenómeno producido a consecuencia de una caída de presión de 24 milibares en 24 horas, que traería nieve en abundancia. En esos momentos la actividad en el rancho era frenética, los jinetes se hallaban en pleno proceso de la doma de caballos, tarea nada fácil, máxime siendo ejemplares salvajes como casi todos los adquiridos por la marca Maxwell. Igual que de niña, se subió a un poste de la cerca, apoyó los brazos en el último de arriba y disfrutó de la puesta en escena del protocolo entre hombre y mamífero por domesticar. La paciencia y la constancia juegan un papel muy importante, también la delicadeza, las caricias sinceras, el diálogo en susurro, no tener prisa en alcanzar el objetivo y nunca emplear métodos de castigo, sino premiar lo conseguido, ya que, en definitiva, es un aprendizaje por ambas partes.
          –¿Quieres probar? Tenemos un bellísimo ejemplar que acaba de adquirir tu padre y necesita que lo dome alguien sensible como tú –Susan dio un respingo por la potente voz del vaquero más veterano.
          –Estoy desentrenada, haría el ridículo delante de los muchachos –contestó besándole en la mejilla.
          –Esas cosas no se olvidan, querida –aseguró el otro.
          –Todavía recuerdo tus primeros consejos: colocar la montura evitando que el caballo se asuste, tensar la cuerda y hacer que cruce las patas traseras como ejercicio básico, subirme despacio, aprender a entender cuándo está atarantado y cuándo se muestra cansado, premiarle para que entienda que lo ha hecho muy bien, estableciendo un vínculo de comunicación entre ambos.
          –¡Bravo! Y ahora, dime: las raíces llaman, ¡eh!
          –Pasaré solo una corta temporada –evitó mirarle.
          –Ya, eso espero, pero corren comentarios que pueden complicarte un poco.
          –¿A estas alturas de la vida das credibilidad a los chismorreos? –hubo minutos de silencio.
          –Por supuesto que no, pero lleva cuidado. Yo siempre estaré de tu lado –el hombre que montaba a caballo fue derribado, se golpeó la cabeza y, por unos segundos, todos contuvieron la respiración, sin embargo, apoyó un brazo en el suelo, tomó impulso con el otro y se levantó como si tal cosa.
          –Cuentan que te duele mucho la espalda? ¿Quieres ir al médico?, conozco uno muy bueno –cambió de tema.
          –¡Bah! Habladurías, la mejor medicina es la disciplina de trabajo.
          –Completamente de acuerdo contigo, pero es fundamental sentirse bien, de lo contrario no rindes, ¿Y tú por qué crees que se mueren tantas reses sin estar enfermas? –Susan dejó caer la pregunta.
          –Por la misma razón por la que hemos sobrepasado los límites. Dicen por ahí que vas haciendo preguntas delicadas y en algunos casos bastante molestas, no te fíes de nadie, niña. Hablaremos, pero no aquí a la vista de todos, será mejor que te vayas entrenando y cabalguemos juntos.
          –Con mucho gusto –frente a ellos se colocó el señor Maxwell recién llegado de atender algunos de sus negocios. Entonces, el hombre, cuyas manos temblaban en el vacío, manifestó un gesto como de escalofrío y se marchó. Susan dedujo que la presencia del amo le intimidó. Siguió el espectáculo y lo disfrutó jaleando al jinete.
          Larry Erickson acababa de regresar de Helena donde Ashley Burris le entregó la información que Bridget Witte, agente del FBI, consiguió del químico sin titulación Samuel W. Roberts, en ella se le relacionaba con determinadas alteraciones peligrosas en la composición de diversos cargamentos de piensos distribuidos a algunos rancheros cuya consecuencia, poco después, fue cuando el ganado enfermó, teniendo que sacrificar muchas reses. También se le relacionaba con varios negocios a medias con el señor Maxwell, todos de oscura procedencia, pero enrocados en sociedades de muy difícil identificación, lo cual complicaba realmente destapar su implicación en los hechos, de manera directa. Antes de abrir consulta, para vacunar a un par de perros contra la rabia, repasó los papeles que el anciano le entregó, cuando visitaron la mina de cobre a cielo abierto, en Butte, y en los que figuraba, entre paréntesis e interrogaciones, el nombre de Samuel W. Roberts y una marca subrayada: Robwell Animal food products S.A. Buscó referencias en Internet, pero las páginas web a las que le redirigían eran bastante confusas, aunque, bien es verdad, que todas estaban relacionadas con la alimentación animal. Decidió comentárselo a Diane.
          –Tengo que contarte una cosa, Larry –dijo la esposa interrumpiendo sus pensamientos.
          –Y yo necesito que me ayudes, sabes que soy muy torpe con la informática, pero ahora tengo pacientes esperando y luego he de visitar algunas granjas, mejor lo hacemos a la noche.
          –De acuerdo. ¡Por cierto!, cámbiate de camisa que llevas el cuello rozado y un salpicón de manchas –él asintió. Pasó consulta y pospuso la salida porque no eran cosas graves y podían esperar al día siguiente. Revolvió todos los escondites del despacho hasta hallar el vino que reservaba para ocasiones muy especiales. Diane colocaba en cuencos de bambú, ovalados, un surtido de vegetales y moras negras, previo a eso preparó una trucha degollada, típica de la región, usando su receta favorita con mantequilla, sal, pimienta, eneldo o perejil, además de una mezcla de miel, limón, estragón seco y ajo molido, que untó sobre los filetes con una brocha antes de hornear. Cuando Larry entró con el caldo y dos copas, olía muy sabroso, descorchó la botella y brindaron por las hijas y por la suerte de permanecer vivos.
          –Tengo un problema informático, soy incapaz de tirar de algún hilo que me lleva hasta Robwell Animal food products S.A. sospecho que detrás de eso se esconde algo muy gordo.
          –¿De dónde lo has sacado? –pensó Diane que quizá no era buen momento para hablar de su viaje a Oriente.
          –De los papeles que me dio el anciano de Butte –la notó preocupada.
          –¿Viste alguna información en el buscador? –quiso saber.
          –No, nada.
          –Espera que vaya a por la computadora –dijo soltando las manoplas de horno con la bandera de Estados Unidos regalo de las hijas.
          –Yo la traigo.
          –Lo primero que hemos de averiguar es la procedencia del nombre y para eso usaré un programa que nosotros manejamos cuando queremos destapar grupos terroristas o tramas contra alguien importante, así como bulos que impliquen a gobiernos y periodistas. A ver, dices que se llama Robwell Animal food products S.A. Descartemos lo de productos de alimentos para animales.
          –Entonces solo queda Robwell, ¿cierto? –intervino Larry.
          –Correcto. Veamos que hay –dejaron pasar los minutos, brindaron y tomaron asiento en torno a la mesa, la pantalla quedó en blanco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó Larry.
          –No lo sé, quizá el sistema estará haciendo alguna actualización –respondió Diane.
          –Entonces, volviendo a lo anterior –Larry recondujo la conversación.
          –A ver, hagamos un juego de palabras –cogió papel y bolígrafo–. Esto puede pertenecer a un nombre ficticio, a un apodo y tal vez a algo sin sentido.
          –Sí, ha de haber varias posibilidades –cada uno hizo anotaciones con las letras, pero nada. Ella levantó la vista y dijo:
          –Piensa un poco, Samuel se apellida Roberts.
          –Y el padre de Susan Maxwell –apuntó él.
          Robwell es un acrónimo de ambos apellidos –concluyó Diane.
          –Claro, ¡qué torpe!, cómo no he caído, son ellos dos los que fabrican y distribuyen el pienso –se levantó y la besó en los labios, acariciándola el cabello con la punta de los dedos–. ¡Qué inteligente eres, cariño!
          –¿Qué vas a hacer? –preguntó presintiendo el lío en el que su esposo iba a meterse.
          –Comunicárselo a Susan y que ella decida. ¿Y ahora dime qué cosa te mantiene sin dormir todas las noches? –mantuvo silencio, pero era absurdo ocultarlo.
          –Hay un grupo numeroso de gente que parte hacia Palestina, me voy con ellos –Larry apenas parpadeaba–, tenemos pasaje para primeros de año, una vez que las niñas terminen las vacaciones de Navidad. Necesito hacerlo, sabes que, como periodista, me siento impotente y como ser humano desolada, debemos dar visibilidad al genocidio que cometen con la población civil, sin hogar y despojada de todas sus pertenencias. ¿No dices nada?
          –Te admiro y me das mucha envidia. Como siempre, apoyo tus decisiones. Eres muy valiente, sé que lo harás, pero cuídate al máximo, la zona es muy peligrosa y probablemente no seáis bien recibidos.
          –No temas, sabré cuidarme.
          –Lo sé, perdona un momento, he de ir al baño –cerró la puerta, respiró hondo, mojó la toalla con agua fría para refrescarse la nuca y puso la pequeña pastilla que tenía prescrita debajo de la lengua cuando sentía el pinchazo en el pecho. Al poco rato estaba normal–. ¿Qué tal si le hincamos el diente a esa trucha degollada que tiene un aspecto exquisito? –trató de sonar normal y tranquilo, aunque por dentro estaba hecho un amasijo de nervios por la aventura que iba a emprender Diane. Recogió en la memoria instantáneas de la velada inmortalizando cada postura, cada sorbo de vino, la sonrisa de ella con su dentadura blanca, perfecta, sus labios, la esponjosidad de su cabello y ese tic tan gracioso en el ojo izquierdo. Quiso parar el mundo y quedarse así, solos, eternos, infinitos, pero sonó el teléfono avisando de una urgencia y tuvo que marcharse.
          Desde que Charly murió, Paul no era el mismo, discrepaba del amo en cuanto a la organización del trabajo y a la hora de seleccionar al nuevo personal para la temporada de recogida de leguminosas. A todo le ponía pegas y siempre estaba al borde de la discusión, al punto de que el señor Maxwell empezaba a no contar con él para las cosas importantes. Una mañana, Susan despertó antes del amanecer, quería darse una vuelta por los establos y alrededor del cobertizo por si algo hubiese cambiado. Al salir de la ducha, encontró una nota encima de la cama con una dirección, conocía esa letra de trazo escolar: Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, a cuatro horas y media más o menos de Big Timber. Buscar un camino de tierra semi oculto entre árboles y al fondo una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Era lunes y tenía la semana prácticamente organizada, así que buscaría el momento de sondear a Paul y decidir si ir o no.
          –¿Controlando? –interrogó a su padre con amabilidad.
          –No, ya sabes que lo detesto –se rieron a carcajadas–, va a llegar una camada de yeguas, potrillos y caballos directos de Canadá y quiero que todo este perfecto, me gusta a mí hacer el recuento.
          –¿Te ayudo? –Susan se ofreció, el señor Maxwell asintió gustoso y volvió a confiar en la hija.
          –Todavía no vienen. Mira, en teoría hemos adquirido 5.000 cabezas, pero para los efectos serán 2.000, ya que 3.000 las venderemos por el doble de su precio en el mercado negro, dinero con el que financiaremos todos los gastos que ocasione el traslado, los jornales y –pareció recular, pero continuó–. Bueno, de la alimentación nos ocupamos mi socio y yo.
          –¿Quieres que lleve un registro de cuentas y de mercancías en la computadora creando una clave que solo conozcamos tú y yo? –tal vez se había precipitado.
          –Vas muy deprisa, ¿no crees?, sin embargo, me gusta la idea, aunque tengo que consultarlo –ganarse al padre como fuese, incluso yendo en contra de sus propios principios, pensó, era fundamental. No obstante, en esas estaba cuando recibió un e-mail de Larry, donde contaba las novedades, además de su preocupación por la partida de Diane.
          –¿Damos un paseo? –Susan le propuso.
          –Sí, necesito estirar las piernas. Espera que coja el rifle, nunca se sabe quién o qué puede andar por ahí suelto –a ella la idea de que fuese armado no le gustó nada, pero asintió con la cabeza. Mientras aguardaba envió respuesta al veterinario diciéndole que comunicarían más tarde.
          –¿Llegamos hasta el último acre Maxwell y visualizamos toda la hacienda, como cuando me llevabas contigo delante en la silla? –propuso con la idea de acercarse lo más posible adonde descargaron los camiones.
          –No, mejor vayamos a pasear por el río Boulder. ¿Conduces tú o yo? –la lanzó las llaves que cogió al vuelo del viejo GMC Sierra–. Estarás contenta, ¿no?
          –¿Por qué? –temió que se estropease la buena armonía.
          –Ha ganado uno de los tuyos –expresó con segundas.
          –¿De los míos? No comprendo, papá –realmente estaba descolocada.
          –Sí, el candidato demócrata del ala socialista Zohran Mamdani –dijo él.
          –La política ya no me interesa –mentía muy mal–, ahora estoy aquí, y eso es lo que cuenta.
          –No te creo. ¿Es la primera persona musulmana que va a ocupar la alcaldía de Nueva York y dices que no te interesa? ¡Venga ya, niña, que soy tu padre y nos conocemos muy bien!
          –No, de verdad, he comprendido que en todos los lados hay cosas buenas y malas, solo hay que reconocerlas –sin embargo, para sus adentros, se sentía feliz por Mamdani y también porque Abigaíl Sparberger como Gobernadora de Virginia y Mikie Sherrill por Nueva Jersey, ambas iban a aportar oxígeno de cambio frente a la administración Republicana, sin olvidar la importancia del sí de los californianos a la Propuesta 50, cuyo objetivo consiste en redibujar los distritos de votación del gobernador demócrata Gavin Newsom. Estos giros son fundamentales para las elecciones de medio mandato donde Trump ve tambalear el trono, ojalá que se tenga que apear de él en las siguientes a la presidencia de Estados unidos–. Así que tienes un socio, ¿eh? ¿Y no es Paul, claro?
          –Los tiempos cambian y se necesitan inversores –dijo de mala gana–, gira a la
derecha.
          –¿Es Samuel W. Roberts, el químico? –dio un volantazo brusco mirando de reojo al padre.
          –¿Y tú dónde has oído que sea químico? –preguntó.
          –Por un artículo de prensa en el que se le relaciona con ciertas irregularidades en los compuestos del pienso y unos números raros que no entiendo –dejó pasar un breve silencio y ver su reacción–: cd48, Ar33 y 74,92u. –tendida la trampa clave y, a falta de despejar la incógnita de WSR 255, le ocultó que todo lo había encontrado anotado en una servilleta de papel, cuando registró el despacho.
          –Ni idea –pero sabía muy bien que se trataba de cadmio, arsénico y uranio–, solo es empresario. Anda, ve atenta a la carretera y disfruta del paisaje. –Cuando llegaron al rancho, una de las criadas lloraba frente al televisor la muerte de Bob Reiner, el cineasta de “Cuando Harry encontró a Sally”, y su esposa la fotógrafa Michele, asesinados a cuchilladas, presuntamente, por Nick, el hijo de ambos, con problemas de adicciones y de salud mental.
          Diane Erickson tenía colocado sobre las camas los jerséis feos, típico en Navidad, que cada uno había de ponerse y también los regalos bajo el árbol y colgando de la chimenea los cuatro calcetines donde Santa Claus metería obsequios elegidos con todo cariño. Larry y las chicas fueron a comprar galletas de jengibre, ponche de huevo y mermelada de arándanos silvestres, para acompañar al tradicional jamón glaseado con puré de patatas y salsa gravy, además de una carne de ciervo fileteado de altísima calidad, panecillos esponjosos y la sorpresa para su esposo de una botella de Pinot Noir, del valle Willamette de Oregón. En el salón sonaba The Christmas Song, por The King Cole Trío. Afuera, el frío y la nieve añadieron al paisaje sus toques de belleza. Una camada de águilas calvas sobrevoló los tejados y también hicieron su aparición algunos bisontes, negros y pardos. Pero sobre todo, una familia de renos, con sus astas impresionantes camparon a sus anchas por las inmediaciones del pueblo. Durante esas dos horas y media de soledad, Diane escribió correos a colegas que anteriormente estuvieron en Jerusalén, bien como enviados especiales o por propia cuenta, cubriendo el conflicto israelí-palestino en busca de consejos y sugerencias para correr el menor peligro; revisó la mochila en la que guardó lo justo para resistir tres meses, tiempo estimado que estaría allí, así como la acreditación de prensa, pasaporte válido con al menos seis meses de vigencia, Autorización Electrónica de Viaje, seguro médico y el itinerario de vuelo detallado, así como dólares en billetes pequeños, guardados en fundas adheridas a la cinturilla del pantalón, solo para emergencias, su agenda, donde lo anota todo y algo de lectura. Después comprobó que no faltase ningún detalle en la mesa, miró por la ventana y esperó el regreso de los suyos.
          –Papá está melancólico –dijo la hija.
          –¿Estáis ocultándonos algo? –preguntó la otra, pero la madre se reservó para dar explicaciones más tarde.
          –Colocad las copas, llevaos esas fuentes y cambiaos de ropa, enseguida comemos. Larry, han llamado del rancho Maxwell, una vaca está a punto de parir, aunque según Paul puede que sea dentro de dos días –le contó sin mirarle a los ojos, no tenía fuerzas para cruzar con él la mirada sin echarse a llorar. ¿Estaba en el fondo arrepentida de la decisión tomada?
          –Gracias. ¿Te ayudo? –contuvo el nudo de la garganta.
          –No, ya está todo listo. Si prefieres pescado lo caliento.
          –Hoy tomaré un poco de carne de venado en honor a las niñas. –La comida transcurrió distendida, con las chicas contando anécdotas de la universidad y de lo repipis que eran sus compañeras de cuarto. Diane no pudo más y, entre lágrimas, dio la noticia. Las hijas, desencajadas, muy serias, se abrazaron a la madre y supieron que de repente habían madurado.
          –¿Cuidaréis de vuestro padre?
          –¿Te cuidarás tú…?

domingo, 11 de enero de 2026

En peligro de extinción

7.

A los estadounidenses las noticias de que el Departamento de Seguridad Nacional inicia la Operación River Wall para controlar cualquier acción delictiva en la frontera sur del país, les llegaba con cuentagotas, pero en realidad se trataba de un alargamiento del muro para impedir la entrada de migrantes a los que, generalizando, se les califica como narcotraficantes. A lo largo de las 140,389 millas náuticas que separan Texas de México, Río Grande parece el escenario de cualquier película bélica con lanchas, guardias armados portando chalecos antibalas y visores nocturnos, un intento más de la Administración Trump de esparcir la metástasis de un poder peligroso para el mundo. Sin embargo, no solo queda ahí el mal, sino que amenaza con sanciones y tarifas desorbitadas a todos aquellos que traten de entrar al país sin autorización, aunque sea por razones humanitarias. Quizá el día del juicio final su dios le juzgue por todo el mal que ha esparcido dentro y fuera del país, dándole su merecido, suponiendo que ese ser exista de verdad.
          Hacía mucho tiempo que Ashley Burris no se arreglaba para salir a cenar a un lugar elegante, pero esa vez la ocasión lo merecía. Madge Campbell, la alumna que encontró en Nueva York, directora del Departamento de Patología Molecular en búfalos, disfrutaba de cinco días de vacaciones y fue a visitarla a Helena, así que eligió un espacio público, aunque discreto. Supo que iba a contarle los descubrimientos respecto a los análisis de las muestras de la vaca y el ternero del rancho Maxwell. Ashley la recogió en Barrister Suites, una antigua mansión victoriana convertida en hotel, y se dirigió a On Broadway, un bonito restaurante cuyo paisaje, al fondo, son las bellas montañas. Ocuparon una mesa redonda, discreta, junto al gran ventanal. El hecho de no haber tenido un recorrido de amistad interponía entre ellas muchos momentos de silencio que llenaban llevándose la copa de vino a los labios, mojándolos con timidez y sonriendo por nada, propio de toda situación violenta que despierta nerviosismo.
          –Cualquiera de los platos son exquisitos –dijo Ashley.
          –Pediré Dip de alcachofas –que consistía en espinacas frescas, corazones de alcachofas, cebolla morada y pimiento rojo en mayonesa de ajo cubierta con parmesano y asada al horno–, tiene una pinta espectacular.
          –Pues yo Pasteles de langosta y cangrejo criollos –cangrejo real de Alaska y langostino, pimiento rojo cortado en cubitos, apio, papa y especias cajún. Servido con fumé de cangrejo. De postre les recomendaron tarta de queso con remolino de ron de arándanos.
          –Estar aquí te traerá muchos recuerdos, ¿no? –la forense rompió el hielo definitivamente–, aunque ya estás muy afincada allí.
          –Claro, además apenas ha cambiado nada, pasé en taxi por delante del Animal Center Veterinary Hospital y me dio nostalgia –perdió la mirada, daba la impresión de estar atrapada en un laberinto.
          –¿Por qué no entraste a verme? Te habría enseñado el nuevo laboratorio y al equipo que me acompaña, son muy buenos.
          –Necesitaba descansar. Estoy pasando una mala racha en lo personal y quiero regresar con la cabeza despejada, a ver si soy capaz de aclarar las ideas –daba pequeños sorbos a la copa de vino.
          –Si te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo –Ashley era sincera.
          –Gracias. Solo preciso un poco de tiempo, nada más –dijo Madge.
          –A veces decir en voz alta las preocupaciones compartiéndolas con alguien ajeno al problema suele ser bastante beneficioso, te lo digo por propia experiencia. Una vez recibí muchas amenazas del dueño de una mascota, darle visibilidad a aquello que me atormentaba y hacerlo con los compañeros dentro de un ambiente donde me sentía segura, sirvió para que me tranquilizara,
          –Salgo de una relación amorosa de varios años y duele, duele mucho –estaba al borde de las lágrimas.
          –Me hago cargo, todas las rupturas son traumáticas, pero se superan, créeme, se superan –recordaba lo desagradable que fue su divorcio, como la mayoría de ellos, claro.
          –Rompí con la familia porque no aceptaron que me hubiese enamorado de una mujer –al confesarlo le tembló el labio inferior.
          –Eso hay que normalizarlo, muchos de los alumnos que tenemos son del movimiento LGTBI, al principio cuesta tratarlo con naturalidad, no se está acostumbrado pero, en cuanto profundizas en las personas, descubres que no hay motivo de qué asustarse y te enfrentas con aquellos que levantan bulos, como que esto es una enfermedad, o más macabro aún, una maldición de Dios.
          –Mi familia es creyente, por tanto, me expulsaron de la comunidad e imagino que apenas se acordarán de mí, no importa, fui fiel a los sentimientos y no me dejé manipular.
          –No obstante, siempre que quieras sabes que aquí tienes una amiga para desahogarte.
          –Gracias, lo tendré en cuenta. Veo que ambas evitamos la carne –observó Madge cambiando de tema.
          –A consecuencia de las jornadas de trabajo que llevo tan disparatadas, lo confieso, soy un desastre y nada disciplinada respecto a la alimentación –Ashley se sonrojó–. Me mantengo a base de bocadillos fríos, hamburguesas y sopas preparadas, pero también me gustan las cosas ricas, así que cuando salgo lo disfruto.
          –Mi pareja era vegetariana y me acostumbré a llevar una dieta saludable, aunque también me empujó a ello ser responsable con el Planeta. Realmente no somos conscientes del impacto medioambiental que supone la cría de ganado vacuno por la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, el consumo de agua, el uso de la tierra, la deforestación que conlleva crear pastos y cultivos para piensos, y un largo etcétera muy arduo de explicar.
          –Es cierto, un técnico de laboratorio que trabaja con nosotros habla de las cualidades de la bebida de soja, de la importancia nutricional de las legumbres. Siempre trae alguna bien guisada del día anterior, es un verdadero artesano aprovechando restos de la cena. ¿Más vino?
          –Bueno, pero poco –se produjo otro momento de silencio–. Te preguntarás a qué he venido, ¿verdad?
          –¿A compartir un rato de conversación distendido con una vieja conocida? –expresó sonriente.
          –¡Por supuesto! Y también porque ya tengo una conclusión respecto a las muestras que me enviaste –Madge adoptó un gesto serio–, y creo que no te va a gustar nada.
          –A ver –Ashley intuyó malas noticias para su amigo Larry.
          –El pienso ingerido por la vaca estaba envenenado.
          –¿Con glifosato? –preguntó alarmada–. Recuerda que en 2019 un jurado de San Francisco determinó que este agente era el causante de la aparición de un cáncer en un hombre de 70 años.
          –No sé, es posible que sea el mismo, pero adulterado, no figura en ninguna de nuestras bases de datos, aparece como desconocido, pero el veneno era muy potente. La teoría a la que llegamos uno de mis colaboradores y yo, es que el herbicida se encontraba en el pienso que ingirió la vaca y traspasó al ternero durante el embarazo, por lo visto hace dos o tres años hubo un escándalo parecido en Kansas, de repente morían los terneros recién nacidos y, por consiguiente, las vacas a continuación. Pruebas de laboratorio descubrieron sustancias químicas sintéticas, PFAS, y a alguien muy escurridizo detrás de dicha trama.
          –Una amiga del FBI ha investigado a un tipo llamado Samuel W. Roberts, por lo visto en el garaje de su casa tiene montado un laboratorio clandestino, maneja todo tipo de productos químicos que después proporciona a clientes para matar hongos y plagas en sus fincas. A veces actúa con nombre falso para registrar algún pesticida escapándose así del control sanitario y más ahora con la Administración Trump donde todo vale. Por lo visto, hace años, estuvo en prisión por traficar con fentanilo entre adolescentes vulnerables, y también se le relacionó con un escándalo de caballos de competición dopados para perder en carreras amañadas. Como digo: todo un personaje que no me gustaría tener de enemigo. La hija del ranchero, dueño de la vaca y el ternero de las muestras que te pasé a examinar, le vio hablando con el padre y, si se puede demostrar la implicación o participación de ese hombre, habremos dado un paso de gigantes.
          –¿Crees que hay una mafia detrás? –preguntó Madge.
          –Más bien un negocio que mueve muchísimo dinero alrededor y a través del cual está lucrándose quién sea, seguramente unos cuantos –Ashley sacó del bolso el celular y buscó la noticia publicada en un periódico local de Texas sobre el análisis clínico realizado a unas tierras de pasto. El titular era espantoso: una veintena de personas hospitalizadas, sin relación entre sí, entraron en coma muriendo al poco y, al realizarles la autopsia descubrieron que el causante era la ingesta de hortalizas; semanas antes, en Iowa, sacrificaron a más de cien cabezas de ganado con síntomas de colapso, temblores musculares severos, salivación excesiva… Es decir, ambos casos apuntaban a un posible envenenamiento.
          –¿Qué quieres decir? –Madge dejó el cubierto sobre el plato. Clientes habituales, acodados en la barra, sin levantar la vista de la comida, introvertidos, con sus camisas de leñadores, y barro en los tejanos, asomando por detrás de la gorra pequeños manojos de cabellos blancos, realizaban movimientos mecánicos mientras que el camarero les ponía lo siguiente de la comanda.
          –No lo sé, pero empiezo a sentir un poco de pánico. –La velada continuó dentro del automóvil de Ashley, frente a Barrister Suites, donde Madge se hospedaba, intercambiaron opiniones respecto a nuevas técnicas empleadas en autopsias y, aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, supieron que tardarían mucho en volverse a ver. Se despidieron y cada una, en soledad, se dejó llevar por los propios pensamientos.
          El viejo Charly se convirtió en el guardián del establo, apenas salía de su box, había perdido completamente la visión de un ojo y la úlcera necrosada de la rodilla, así como un tumor maligno diagnosticado en el cuello, empeoraban el estado de salud que presentaba. Se acercaba el final y el caballo lo intuía, casi no le quedaban fuerzas para relinchar, la elegancia y bravura que tanto le embelleció se habían esfumado. Así que, vulnerable, se tendió sobre el suelo mullido de paja, agonizaba silencioso con Susan y Paul arrodillados junto a él, acariciándole los lomos, susurrándole al oído palabras tranquilizadoras. Pasaban las horas demasiado lentas, llenándolas con recuerdos que saltaban impacientes por el balcón de la memoria. Amanecía, tenía la respiración cada vez más acelerada, Larry les hizo una señal, era inhumano dejarle sufrir por más tiempo. Le palpó e introdujo la aguja deslizando lentamente el émbolo de la jeringa, hasta que, despacio, vació el cilindro entrando todo el barbitúrico. Minutos después el silencio tocaba techo, Susan se levantó de un salto y salió disparada, arrancó la camioneta y condujo hacia el sur por la US-191, giró a la izquierda hacia la carretera MT-78 y continuó hasta la US-212, la Beartouth Highway, bellísima ruta con vistas montañosas espectaculares, lagos alpinos y un paso de montaña de 10.947 pies de altitud. Llegando al Parque Nacional de Yellowstone el frío, que descendía por las paredes de las montañas, se coló a través de las ventanillas, hasta calarle los huesos, el paisaje adquirió esa pintura de tonos marrones y rojizos propios del invierno. Aparcó y comenzó a caminar entre los árboles legendarios, de repente apareció, en mitad de una llanura, con toda la Naturaleza frente a ella y un tapiz de cordilleras abriéndose paso. Apenas una decena de automóviles la esquivaban haciendo sombra sobre el asfalto, agitando incluso las ramas más altas con el rugido de los motores. Fue ahí, en ese preciso momento, con el inmenso dolor por la pérdida de Charly, por las sospechas respecto a los negocios sucios de su padre, por el compromiso con las causas justas, por el bienestar de los semejantes y por el cuidado del Planeta, que tomó quizá la decisión más difícil de su vida aun sabiendo el riesgo que correría. Cuando regresó, Paul ya había enterrado a Charly lejos del rancho.
          Diane invitó a Susan a almorzar en su casa para animarla y contarle lo que su colega freelance la hizo llegar sobre Samuel W. Roberts, que era más o menos lo mismo que averiguó la agente del FBI. Preparó un combinado de judías verdes redondas, zanahorias en rodajas, un exquisito salmón Kokanee, de agua dulce, bañado todo con vino blanco de la región, muy suave. La presentación de la mesa tenía cuidado cada detalle con exquisitez. Cortó rebanadas de pan blanco y las colocó en una pequeña fuente ovalada y profunda, junto a un plato con dos o tres porciones de mantequilla para untar, además de un puré de garbanzos y guisantes, asó truchas y, de postre, puso pastel de moras silvestres. Lloraron juntas, rieron por cosas insignificantes y se confiaron sus preocupaciones. Diane confesó que todavía no lo había hablado con Larry, pero que se iba a Palestina; Susan comentó que se trasladaba al rancho para desenmascarar lo que pasaba con el ganado. Y, tanto una como otra, llamaron a la prudencia.
          Caía el manto de la tarde y por el horizonte despuntaba ya la oscuridad de la noche formando en el cielo figuras asimétricas. Dejó estacionada la camioneta pegada a la de Paul, el padre fumaba pipa sentado en una de las mecedoras del porche y la madre sostenía, con dedos delicados, la habitual copita de ponche que bajo ningún concepto perdonaba. Las hermanas leían la Biblia en el interior de la casa, y el hermano mayor se recuperaba encamado de un serio accidente de tráfico que tuvo bajo los efectos del alcohol. Susan, sin perder la compostura, ni el equilibrio, subió los escalones de entrada sujetando con fuerza la bolsa donde llevaba algo de ropa, el celular y lo imprescindible para el aseo, además de una carpeta con documentos, lamentó que estuviesen ahí, esperando la llegada de algo que ni imaginaban, al acecho de entrometidos que alterasen su manera de vivir tan separados entre sí. Hacía años que sus padres no dormían juntos y apenas cruzaban palabras salvo para cosas de las hijas y los hijos, pero públicamente guardaban las apariencias, aunque era un secreto a voces.
          –¡Te dije que, tarde o temprano, volvería con las orejas agachadas! – exclamó el señor a la señora Maxwell.
          –No te confundas, padre, tan solo vengo por unos días.
          –¡Ah!, ¿entonces no te has quedado sin plata o te han echado del hotel?
          –¡Qué va, si quieres puedo prestarte unos dólares! –dijo sarcástica.
          –Amo, hice lo que me dijo, ya están preparados los comederos, pero el agua sigue estando…
          –¡Váyase, impertinente! —el jornalero contuvo la ira a raya, Susan prestó atención y no pudo callarse.
          –¿Qué le pasa al agua? —interrogó.
          –Nada importante —contestó cortante.
          –Dejad de discutir, tu cuarto está preparado. ¡Ah!, y no te metas con las niñas –soltó la mujer sin dejar de mirar el cristal de la copa donde sus ojos se reflejaban.
          Cuando Paul volvió de hacer la ronda comprobando que el ganado estaba bien y la vio, supo que con ella llegaron los problemas, así que se limitó a saludarla llevándose un dedo al ala del sombrero. Susan giró y se metió dentro, entró en su antiguo dormitorio sin nostalgia, todo estaba tal cual lo dejó, ni siquiera se preocuparon de limpiar el polvo de los muebles. Retiró la cortina y observó el ir y venir de los trabajadores rendidos de cansancio por las largas jornadas. El Mountain Cur, perro que detestaba la madre, vigilaba en modo circuito cerrado todo el terreno al acecho de intrusos dispuestos a alterar el sueño. De apariencia fuerte y robusta era muy cariñoso con aquellos que le trataba bien y, en más de una ocasión, tras la aparición de mapaches y zorros salvajes salvó la vida a más de uno. Retiró la colcha de la cama y se tendió vestida repasando, punto por punto, la estrategia que pensaba seguir, pero para conseguirlo necesitaba ganarse la confianza del padre. Tocaron en la puerta y dijo adelante.
          –Niña, bébete este vaso de leche caliente con galletas –era la anciana cocinera que ya caminaba con dificultad–. ¡Qué delgada estás!
          –Gracias, déjalo sobre la mesita –señaló con el dedo sin mirarla. A pesar de haberla criado prácticamente tenía sentimientos encontrados hacia ella.
          –Urge buscarte un marido para que sientes la cabeza de una vez por todas –refunfuñó.
          –Siempre puedo ejercer de querida como tú –sin terminar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –Que descanses, pequeña –con el corazón dolorido y ayudándose del bastón cerró la puerta despacio.
          –Buenas noches. –Eleanor Stuart ya era cocinera en el rancho antes de nacer ellos y la segunda cama de desahogo del padre, fue él quien la trajo años atrás, después de haberla obligado a abortar, presentándola como un familiar lejano y necesitada de trabajo y alojamiento, aunque fuese temporal, pero transcurrió el tiempo y nacieron las niñas y los niños, multiplicándose las tareas, de modo que aceptó quedarse con todas las consecuencias y el papel de amante a escondidas. A la mañana siguiente, en ayunas, ensilló un caballo del establo, lo montó y se dispuso a galopar hasta el límite de la propiedad Maxwell, pero Paul la entretuvo.
          –Esta yegua tiene bastante genio, Trátala con delicadeza o estarás en el suelo más de una vez –dijo mientras colocaba las sillas de montar que estaban mal puestas.
          –Yo también me alegro de verte! Joder, Paul, últimamente pareces un extraño conmigo, ya ni siquiera me invitas a cerveza.
          –¿Tú crees? Ve con cuidado, no quiero recogerte a pedacitos, sé muy bien a lo que has venido –ella no respondió. Dio media vuelta y cabalgó en silencio con la vista clavada en el horizonte, sujetándose como una auténtica cowboy. A lo lejos, metido en un camino muerto por el que nadie transitaba, reconoció la camioneta de su padre y a los hombres de confianza que siempre le acompañaban. Gesticulaban mucho con las manos, intimidando a otros individuos que descendieron de un camión cisterna de vacío, de los que se utilizan para transportar líquidos, seguidos de varios más de carga. A falta de prismáticos utilizó la cámara del celular para acercar la imagen, hacer foto y después tratar de identificarlos. Entonces acortó algo la distancia y, camuflada detrás de unos arbustos, presenció el hecho que quizá esperaba: la mano derecha del señor Maxwell entregó al que ejercía de jefe de los camioneros un maletín lleno de billetes a cambio del cargamento de sacos y bidones sacados de los remolques…