domingo, 26 de abril de 2026

En peligro de extinción

14.

Ashley Burris permaneció una semana y media en Big Timber disfrutando de la compañía de los amigos, de las costumbres del campo, el aire sano, la tranquilidad de quien no tiene prisa, el frío intenso que contrae los músculos y cala los huesos, la comida saludable, los amaneceres espectaculares, el ocaso contemplado al calor de la chimenea, la conversación a la hora de la cena resumiendo lo acontecido a lo largo de la jornada, la somnolencia del whisky, lo apetitoso del pan recién horneado y el manjar de la nata de la leche bien cuajada, el olor a lecha recién cortada y, por encima de todo, el entrañable recuerdo a Diane, presente en cada rincón de la casa, del pueblo y las lecciones que dejó en todos, son su particular forma de actuar ante la vida. Durante las mañanas, desde su habitación en The Grand Hotel, Ashley trabajaba online con los chicos del laboratorio, coordinado por el científico que cubría su puesto cuando ella no estaba. Después del almuerzo, cuando Larry cerraba la clínica, seleccionando los historiales médicos de los pacientes que iban a visitar por todo el condado de Sweet Grass, con especial atención en aquellos más delicados, memorizaban las decisiones tomadas y pendientes. Habían monitorizado dos perros con collares para controlar la frecuencia cardiaca, la respiración y las calorías quemadas e iniciaban otro proceso similar con una yegua de carácter complicado. Fuera de los límites territoriales del pueblo, aunque esa pradera era también propiedad de los Maxwell, varias cabezas de ganado pastaban salivando en exceso, señal de que podría haber alguna enfermedad infecciosa grave. Otras caían agonizando. La forense y el veterinario se arrodillaron y extrajeron de la boca de las vacas cuajarones de sangre que introdujeron en tres pequeños tubos de plástico que enviarían más tarde a analizar. Asimismo, se fijaron también en la aparición de ampollas entre las pezuñas, concluyendo que sufrían Fiebre Aftosa, por lo cual, concluyeron que la certificación de muerte sería por miocarditis.
          –¿Qué opinas? –preguntó Larry.
          –¿Dónde inyectó el padre de Susan el agua extraída tras haber utilizado la técnica de fracking para liberar de la roca hidrocarburos? ¿Lo comentó? –quiso saber Ashley
          –Pues… Deja que recuerde… ¡Hummm! ¡Sí, eso es! No lejos de aquí.
          –Por tanto, cabe la posibilidad de que se haya filtrado y esté poniendo en peligro al ganado y, por ende, a todos nosotros. ¿Sabes exactamente dónde pueden estar enterrados los bidones que no encontró? –preguntó la forense.
          –No, pero la llamo y que nos diga. –Hora y cuarto más tarde, Susan los llevó hasta un lugar bastante retirado del pueblo Greycliff, a unas veinticinco millas del rancho Maxwell. Siguiendo la línea del ferrocarril, justo donde los postes de luz aparecen con los cables rotos, el terreno se vuelve hostil, enfermizo, empedrado, sobrepuesto, tapando las bocas abiertas en la tierra por las que se escapa, a la atmósfera algún tipo de radiación. Susan llegó lo antes que pudo.
          –¿Esperamos a alguien más? –preguntó Larry mientras sacaba del maletero una pala, cual western americano, para cavar un hoyo donde enterrarían al forajido.
          –Sí, ahora lo veréis. Voy a terminar con esto de una vez por todas. –Unos automóviles a toda velocidad se acercaban por la carretera secundaria. En la barra metálica situada por fuera de los vehículos, en el techo, destellos de luces rojas y azules indicaban emergencia, frenaron en seco junto a ellos, levantando una gran polvareda.
          –Oye, no tendremos problemas, ¿verdad? –dijo Ashley preocupada.
          –Confiad en mí –respondió ella.
          –¡Jefe! –exclamó Larry sorprendido–. ¿Qué le trae por aquí! Nosotros no hemos hecho nada, ¡eh! –entonó en broma.
          –Pues veamos qué se le ha ocurrido ahora a tu amiga –dijo el sheriff malhumorado–. No me hagas perder el tiempo, Maxwell.
          –Quiero que emita una orden de arresto por contaminación ambiental contra mi padre y otra para cavar estos terrenos y verificar si ahí hay bidones con agua infectada que se esté filtrando –dijo Susan contundente.
          –Estás rematadamente loca, chica. ¿A cuento de qué voy a cometer semejante disparate contra uno de los ciudadanos más ilustres de la región? –expresó bastante enfadado.
          –Pero lo que hay ahí abajo va en perjuicio de cada hombre y mujer que vivimos en este paraje tan encantador –intervino Larry–, pone en riesgo la salud de todos nosotros. Usted tiene ancianos y ancianas a su cargo, hijos y nietas, ganado, flora de la comarca. ¡Todo! ¡Absolutamente todo está amenazado!
          –Que yo sepa es legal la práctica de fracking y posteriormente inyectar esa agua en la tierra –explicó el sheriff.
          –¿De qué, jefe? –preguntó uno de los agentes.
          –Ya os lo diré, que queréis saberlo todo.
          –Sin embargo, aquí no hay yacimientos petrolíferos a la vista, quedan a muchísimas millas, al este de Montana y van hasta Dakota del Norte y Canadá, por lo tanto, un individuo sin sentimientos ni corazón, que utiliza su influencia haciendo lo que le place, ha decidido, de manera gratuita, regar nuestra existencia con la basura de sus negocios.
          –¿No te avergüenza hablar así del hombre que te ha dado la vida? –la autoridad empezaba a perder los nervios.
          –Si peligra la de mis compatriotas, no, Le denunciaré donde sea necesario y llevaré el caso hasta la Corte Suprema. –Uno a uno fueron montándose en los automóviles, antes de desaparecer por donde vinieron, el sheriff dijo su última palabra:
          –¡Como vuelva y vea tan solo un poco del terreno levantado, los tres vais directos al calabozo! ¿Entendido? –preguntó desafiante. De nuevo solos y aplacado el susto, Susan pidió disculpas a los amigos.
          –Comprendo que esto es un monstruo enorme y yo una simple mujer que no tolera las cosas injustas, pero no pienso quedarme callada ni de brazos cruzados.
          –¡Cuánta razón tienes! Si todos permanecemos callados, ¿de qué sirve luchar por un mundo mejor? –La cortó Ashley.
          –Marchaos, no me perdonaría involucraros en algo tan personal y que sufráis las consecuencias –dijo cogiendo una de las palas.
          –No digas tonterías. Dividamos el espacio en tres –propuso Larry.
          –¡Como en los viejos tiempos de estudiantes! –exclamó Ashley–. Dibujemos un triángulo y pongámonos cada uno en una esquina, de manera que vayamos a la vez hacia el centro. –Así lo hicieron. Exhaustos, volvieron a tapar los hoyos abiertos, ya que, desengañados, comprendieron que, para llegar hasta el fondo de donde estuviesen los bidones, necesitarían maquinaria pesada. No obstante, Susan hizo fotos y percibieron un fortísimo olor a podrido, así que, se guardó una piedra en el bolsillo y algo de tierra. El siguiente paso sería contactar en la ciudad de Billings con el grupo de granjeros y rancheros del condado de Sweet Grass, formados en la organización Northern Plains Resource Council, protectores de todos los recursos naturales y contarles el caso. Esa misma noche, las dos mujeres, amigas en común de Larry, se despidieron en The Timber Bar Cowboy City, con una cena al típico estilo del oeste americano: Cerveza en tarros fríos, costillas de ternera en salsa barbacoa, ensalada de col y pastel de manzana, acomodando el cansancio de la jornada sobre vasitos de ron sin hielo.
          –No te haces idea cómo te envidio –confesó Ashley Burris.
          –¿Por qué? Mírate, te gusta tu oficio, lo haces bien, disfrutas investigando, pagas tus facturas y cuidas del mundo animal –dijo Susan en ese punto donde el alcohol extiende capas empalagosas entre la lengua y el paladar.
          –No digo que no sea importante y necesaria mi profesión, pero no es comparable con lo tuyo. Tienes las ideas muy claras y luchas por ellas. Te vas a enfrentar a tu padre, puede que lo pierdas todo, que rompas el vínculo con el resto de la familia, que te repudien, te señalen con el dedo por la calle, que no seas bien recibida en determinados locales y que te cueste incluso la cárcel y, aun así, posees el arrojo suficiente para seguir adelante. Eso, querida, es envidiable y merece todo el respeto de quienes no tenemos ese mismo valor –consultó el reloj y calculó cuánto tiempo podría dormir.
          –Cada uno de nosotros tenemos un compromiso con la humanidad, un respeto a la tierra que nos da sus frutos para vivir, al agua que repone el líquido perdido en el sudor y filtra las tuberías de los riñones, al ganado que limpia de maleza el suelo regenerándolo y nos aporta las proteínas que requiere el organismo para funcionar correctamente. Al clima que aporta distintos escenarios avisando del peligro de hipotermia o golpe de calor, al horizonte muchas veces gris o apagado hasta que de repente aparece el sol y la mayoría de los retos parecen posibles. En definitiva, empatizar nos hace seres más nobles, más libres y menos retorcidos. La clave quizá está en encontrar el camino y avanzar por él sin miedo, obviando a los agitadores del ruido y del engaño que casi siempre hacen que perdamos los papeles y dañemos a quien menos culpa tiene de nuestras frustraciones o falta de valor. –Apenas quedaban seis o siete clientes acodados en la barra. En la máquina tocadiscos un viejo vaquero seleccionó la canción Burn On, un tema de Randy Newman, del año 1982, donde hablaba de la contaminación del río Cuyahoga, en Ohio. El último trago lo tomaron con pereza, queriendo alargar los minutos que adelantaban la despedida.
          –¡Lo ves! ¡Lo has vuelto a hacer! ¡Te admiro y te envidio! Has hecho un discurso espléndido, deberías dedicarte a la política.
          –¡Uf, lo que me faltaba! –rieron a placer. Antes de regresar a Helena, Ashley Burris se aseguró de que Larry manejase bien la aplicación instalada en la computadora, a través de la cual compartirían una carpeta de trabajo.
          Los casos de cáncer se multiplicaron en la comarca y los nacimientos de reses con malformaciones, también. Un grupo de activistas de Northern Plains Resource Council, recorrían cada hacienda aconsejando el consumo de agua embotellada en lugar de la del grifo y cambiar al ganado a otro campo de pastoreo limpio. La mayoría de los rancheros hicieron caso omiso a las recomendaciones, diciendo que la enfermedad formaba parte de la vida, siendo un componente más. Uno de los granjeros más jóvenes de la comunidad, Oliver Brown Jr., había enviudado recientemente, quedando a su cargo dos niños pequeños frágiles de salud. Cuando fueron a visitarlo, los hijos de cinco y seis años presentaban una delgadez extrema, además de sabañones entre los nudillos a consecuencia del frío y chapas de fiebre profunda en las mejillas. El hombre, que de repente se había quedado solo, sin la persona que manejaba a la perfección las riendas de la casa, estaba desbordado y perdido. Susan cogió en brazos al crío de menos edad y tuvo miedo de lastimarle los huesos. El mayor, si cabe mucho más vulnerable y con dificultad respiratoria, descansaba la cabeza en las piernas del padre.
          –¿De qué murió su esposa? –titubearon bastante antes de realizar la pregunta.
          –Empezó a sentirse muy mal y fuimos al hospital donde realizaron algunas pruebas. Nos dijeron que tenía una úlcera, sin importancia, en el colon y determinaron mandarla a casa. Nuestro seguro médico no cubría el tratamiento prescrito y la granja ya la teníamos hipotecada para sacar adelante la cosecha. Durante varios meses presentó una notable mejoría: buen apetito, aguante desde el amanecer peleando con el ganado, las tareas de la casa y los hijos. Una noche me desperté sobresaltado al no verla en la cama, salí aquí y la encontré retorcida de dolor en el suelo. Apenas llevé en brazos hasta el dormitorio cuarenta kilos de hueso y piel, no me había dado cuenta de la pérdida de peso. La ausencia de tratamiento provocó cáncer de colon. Me contó que ahora encontraba melenas de sangre negra mezclada en las heces. Volvimos al hospital y ese mismo día murió a las pocas horas. Sus hermanos me aconsejaron pedir que le realizasen la autopsia.
          –¿Lo hicieron? –a pesar de estar consternados por la narración del señor Brown, quisieron saber si existía dicho informe.
          –Sí, gracias a la influencia del reverendo.
          –¿Qué les pasa a los niños? –Susan sospechaba las causas.
          –Que echan de menos a su mamá –contestó afligido.
          –¿Beben agua del grifo? –querían ir encajando las piezas.
          –Sí, claro –contestó rotundo.
          –¿Y por qué no embotellada? –dejaron caer el comentario.
          –Porque no la puedo pagar –entonces les sirvió limonada que ninguno probaron.
          –¿Podríamos ver el informe de la autopsia? –Susan le dijo de forma muy sencilla por qué estaba allí y cuál era su lucha.
          –Desde luego, voy a buscarlo. –Tras finalizar su lectura, el grupo de activistas le explicaron que las sustancias químicas encontradas en el organismo de su mujer, las ingirió a través del agua potable, alimentos contaminados, etcétera.
          –¿Estaría dispuesto a demostrar conmigo en un juicio que su mujer fue envenenada…?
          Puede que el proceso más doloroso y difícil que realizó Larry Erickson respecto al duelo por su esposa, fuera el momento en el que entró en el despacho de ella y revisó sus cosas. Respiró profundo y comenzó destapando la caja de cartón que había detrás de la puerta con números atrasados de National Geographic, sobres llenos de recortes de prensa, billetes de avión ya usados, facturas de restaurantes, ticket de librerías, entradas de teatro y programas de las obras en cuestión, tarjetas digitales, otras de prepago para llamar desde el celular sin ser geolocalizada. Su primera cámara instantánea, un magnetófono de bolsillo y la brújula que la acompañó durante tantos años. Guardaba también manuscritos de sus padres, partidas de nacimiento, la copia de un testamento que ellos cambiaron y, en una funda de plástico duro, la ruta que hicieron después de la boda. Sobre el escritorio, dentro del estuche de hojalata en cuya tapa, a relieve, se leía la palabra PAZ, su colección de lapiceros de dibujo. Con el pie retiró la pila de carpetas del suelo que impedía abrir el último cajón de la mesa. Cruzó las piernas, se sentó en el suelo y fue sacando, uno a uno, los souvenir de todos los lugares del mundo adonde había ido: una taza del viaje que hicieron al Gran Cañón del Colorado, antes de nacer las niñas, postales e imanes de cuando estuvo de safari con colegas de profesión en el Parque Nacional Yellowstone, pins de rayas climáticas, representando el calentamiento global, la gorra y camiseta del último concierto de Bruce Springsteen al que asistió, reportajes de las cinco países europeos visitadas tras la pandemia, España, Italia, Alemania, Grecia y Rumanía, y los veinte días en los que, por su cuenta, recorrió parte de la costa de Marruecos. Larry sostuvo entre las manos una panorámica de Boston, adonde siempre quisieron regresar. Envuelto en la bandera de los Estados Unidos, halló un paquete de cartas atadas con un lazo azul y la inscripción del Partido Demócrata, eran las que su hermano mayor escribió a la familia desde Vietnam, antes de que lo mataran en la guerra. Acarició con ternura la montura de pasta de su gafa de cerca y una botella de vidrio llena de arena de Hawái. Se miró la pechera de la camisa y advirtió que estaba empapada en lágrimas. Fue a la cocina, bebió agua, regó las plantas del alféizar de la ventana, miró el reloj y arrancó el Dodge Ram para recoger a las hijas, era viernes por la tarde y venían a pasar el fin de semana.
          –¿Tía Susan –así la llamaban las niñas–, ¿qué está pasando en Río Grande? –preguntó una de ellas.
          –¿Te refieres a la Operación River Wall? –sabía que esas chicas el activismo lo llevaban en los genes.
          –Sí. Es que la prima de una compañera de universidad vive en Zapata, al sur de Texas, tienen allí varios acres y dice que quieren invisibilizar su jardín.
          –Eso no es todo, cariño –intervino Larry–, van a esparcir boyas a lo largo de 152 millas, además de poner en peligro el suministro de agua potable para millones de personas.
          –Uno de los profesores nos ha dicho que hay ranchos construidos tan cerca del río que si sigue creciendo, como hace, arrasará con todo –matizó la otra.
          –De todas formas, para sacar el proyecto adelante, la administración Trump ha tenido que suspender algunas leyes, por ejemplo, la Ley Nacional de Política Ambiental, la de las Especies en Peligro, Ley Federal de Control de Contaminación del Agua Potable Segura –explicó Susan que cocinaba unas verduras al vapor–. Es decir, destrucción total a cambio de fines políticos.
          –¿Cómo habría reaccionado mamá? –pensó una de ellas en voz alta.
          –Pues yendo al sitio –respondió la otra–. Mirad, aquí hay un vídeo tremendo –los dos adultos se acercaron.
          –Tiene mucho sentido lo que dice –intervino Susan–. Fijaos, en condiciones normales, cuando el río se desborda, cae por las llanuras, pero el muro lo va a impedir aumentando la altura y la velocidad, por eso, cuando ocurre, se lleva por delante cuanto encuentra a su paso.
          –Otro dato muy interesante –Larry estaba animado, le recordaba a las conversaciones con Diane y Susan cualquier viernes cenando–, es que, a consecuencia del sol y otros agentes, las boyas se deteriorarán lo que supondrá una liberación de microplásticos, tan dañinos para los seres vivos. Además, siendo la zona agrícola y exportadora fuera de Estados Unidos, el mal cruzará la frontera.
          –La prima de la compañera que os decimos, está convencida de que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Unos molestan, afean la sociedad y no mantienen la boca cerrada; otros llenan los bolsillos de los políticos que les otorgan contratos multimillonarios para construir ese tipo de cosas, convirtiéndose en los mimados, los elegidos, los preferidos de un sistema caduco, me opongo a maquillar la realidad para que no se vean los verdaderos problemas y lo que nos están ocultando –la chica hizo una pausa.
          –Me dejáis impresionado, vuestra madre estaría muy orgullosa de vosotras –Larry comprendió que no podría pararlas, que ya opinaban, pensaban y actuaban como adultas y lo mejor era cuánto se parecían a Diane en el carácter.
          –¿Nosotros en que grupo estamos, papá?
          –En el de la gente sencilla que posee el don de pensar.
          –¿Queréis más ensalada? –preguntó Susan con una amplia sonrisa.

domingo, 12 de abril de 2026

En peligro de extinción

13.

A las 4:45 p.m., el avión del Ejército de los Estados Unidos aterrizaba en el Aeropuerto Internacional de Great Falls, procedente de Palestina, con los restos mortales de Diane Erickson, acompañada por su esposo. En tierra, aguardaban las dos hijas del matrimonio y, junto a ellas, Susan Maxwell y Ashley Burris, grandes amigas de Larry, quien abrazó a las niñas destrozado, arropados los tres por ambas mujeres. Días atrás, en el momento en que sonó el teléfono de madrugada en casa del veterinario y, al levantarse para contestar, se lastimó el dedo gordo del pie derecho, supo que la espada de Damocles, afilada por acontecimientos emocionales y burocráticos, pendía sobre su cabeza a punto de partirla en dos. Habían matado a su mujer y sospechaba que el Gobierno estadounidense no levantaría el culo del asiento para investigar los hechos, ni colaborar en la captura de los presuntos asesinos. Se limitaron a llevarle hasta Jerusalén para reconocer el cuerpo. A partir de ahí, quedó en manos de reporteros de guerra, freelance, periodistas gráficos y cámaras de televisión que se juegan la vida mostrando al mundo la barbarie que conlleva todo conflicto armado, reivindicar, denunciar y luchar para que no quede en el olvido la memoria de los compañeros fallecidos en combate.
          –¿Larry, por qué no os venís conmigo una temporada a Helena? La casa es grande y yo apenas paro en ella, estaría casi toda vuestra disposición –ofreció la forense.
          –Gracias, pero nuestro sitio está aquí, debemos aprender a vivir sin Diane entre sus cosas, recoger su forma de vida saludable, sencilla y pensar siempre en el colectivo y jamás hacia adentro –vocalizaba cada palabra desde el cariño, sin dejar de acariciar los cabellos de las chicas, cuya cara escondían bajo el hombro del padre.
          –En la nevera os he dejado comida para varios días –indicó Susan–. Solo hay que calentarla –ambas mujeres entendieron que debían apartarse para que la familia pasase el duelo en solitario. Sin embargo, antes había que hacer la ceremonia de despedida.
          –He de organizar el entierro ecológico, en el Mountain View Cemetery, tal y como ella quería, en un ataúd biodegradable y buscar piedras nativas para marcar la tumba –dijo, sin dejar de consolar a las hijas.
          –Nosotras nos encargaremos de recibir a la gente que vaya al velatorio y de distribuir un poco el buffet con los platos que traiga cada uno –Ashley habló por las dos.
          –La más indicada para dirigir la ceremonia laica, eres tú, Susan. Sin duda os unía la pasión por la Naturaleza y el respeto al Planeta, la lucha por el medioambiente y por todas aquellas cosas que, apasionadamente, llenaban la sobremesa hasta las tantas de la madrugada –la generosidad del veterinario era tan inmensa como la de ellas.
          –Eso me honra, aunque no sé si seré capaz de estar a la altura. –Una vez que las chicas y Ashley estuvieron acopladas en la camioneta conducida por Susan, aguardaron a Larry.
          –Esperadme, enseguida vuelvo. –Fue hacia el corrillo donde estaba el comandante encargado de la misión de traslado, al que agradeció, en todo momento, el apoyo psicológico y humanitario que le ofreció, despidiéndose ambos hombres con saludo militar y apretón de manos. Después, se ocupó también de que el cadáver de Diane estuviese en conservación hasta poder cumplir todos los deseos que su esposa manifestó siempre que hablaban de la muerte.
          –Vámonos –el padre y las hijas iban en el asiento trasero, las dos mujeres delante. Las 177 millas que separaban el Aeropuerto Internacional de Great Falls, de Big Timber, las hicieron en silencio, como transitando en una nube.
          Ashley Burris se hospedó en una preciosa habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, frente a la de Susan Maxwell y con vistas a la zona de aparcamiento, donde un homeless ubicado en la otra esquina saluda con la mano a todo el que pasa, mientras rebusca en las basuras el menú de cada día. En un principio no tenía planeado quedarse más de dos días, justo lo que durase el evento social, pero al ver bajar a Larry del avión y lo mal que estaban las niñas, decidió prolongar la estancia algo más. Tras darse un baño relajante, ponerse ropa cómoda, responder a la videollamada del colega encargado del laboratorio en su ausencia y mirar las noticias por encima, bajó al comedor y, en una mesa, esperó a la anfitriona. Pasaron juntas la velada, recordando historias vividas con Diane, ayudándose de una botella de Brandy que vaciaban sin darse cuenta, hasta que, vencidas por el alcohol y el sueño, las sorprendió el amanecer todavía conversando.
          –Hay una plaza en Animal Center Veterinary Hospital, sería muy buena oportunidad para Larry, crecería muchísimo profesionalmente y las hijas, en la ciudad, tendrían mayores oportunidades de futuro. Además, si te soy sincera, le necesito para completar la plantilla de mi equipo –brindaron por ello, aunque suponían que no iba a aceptar.
          –Quizá ahora sería buen momento para alejarse, pero le costó mucho que el pueblo le acogiese como veterinario. Además, encaja muy bien con lo rural. No obstante, por intentarlo no pierdes nada –opinó Susan.
          –Me preocupa cómo afrontará la soledad el día que las hijas regresen a la universidad y lo vea todo muy vacío –con preocupación comentó Ashley.
          –Te aseguro que, conociéndole, ampliará las visitas a granjas y ranchos más alejados a los que apenas ha ido por falta de tiempo –dijo Susan.
          –Bueno, en eso quizá le ayude algo que traje conmigo. Y, en el supuesto caso de que no venga, colaboraremos en distintos proyectos online. Tú que los has tratado en la distancia corta, se llevaban bien, ¿verdad?
          –Eran una pareja muy libre. A veces, Diane se tiraba varios meses haciendo un reportaje en la otra punta del mundo y eso nunca afectó a la consolidada relación que existía entre ellos, en el reencuentro se mostraban igual de enamorados que el primer día –se emocionó Susan contándolo.
          –Espero que tenga la fuerza suficiente de salir adelante, él y las hijas –expresó Ashley con los ojos enrojecidos y medio entornados.
          –Seguro que sí. –A lo lejos, el rugido de un tren de mercancías chirriando las ruedas en las vías, la mezcla de varias bocinas y el sonido de la campana anunciando que quedaba poco para la próxima estación, irrumpió de lleno en el vecindario.
          –Cambiando de tema: ¿puedo hacerte una pregunta? –antes de decirlo, vaciló.
          –Claro, las que quieras –desvió la vista hacia la ventana.
          –¿Habéis hecho algo respecto a la contaminación que sufre el ganado? –Observó el gesto torcido de Susan escuchándola y eligiendo una respuesta convincente.
          –¿Hasta dónde sabes? –Ashley Burris temió haber sido indiscreta. No obstante, contó lo que sabía–. Veo que, más allá de los datos técnicos y médicos, conste que me alegra mucho, tienes conocimiento de la difícil situación en la que me hallo. ¿Es mi padre un mafioso delincuente que está poniendo en peligro la vida de nuestro pueblo, Big Timber, de todo el condado y probablemente del Estado en general? ¿Tengo sentimientos encontrados destrozándome por dentro? Podría responder, pero tengo miedo de mí misma. Esta pelea la inicié para destapar la trama y el negocio del consumo masivo de carne, del maltrato al medioambiente, de la especulación de la tierra y pienso llegar hasta el final, caiga quien caiga. –Se le entristeció la mirada. Ambas mujeres apuraron la última copa y, con la promesa de tenderse la mano en la medida de lo posible, la una a la otra, se fueron despejadas a sus dormitorios. Ashley redactó la propuesta de trabajo que le traía a Larry, y, en su defecto, la colaboración online. Susan anotó en un papel algunas anécdotas con Diane, mientras encontraba la manera de volver a la cabaña del pueblo de Garnet, donde estaban escondidos los bidones.
          Todavía faltaban algunas horas para el entierro de Diane Erickson, así que, Susan encendió la computadora y buscó en la bandeja de entrada, del correo electrónico, respuestas a los muchos e-mails enviados pidiendo consejo para saber qué hacer con el agua tóxica que tenían almacenada. Tras indagar en Google, seleccionó a Northern Plains Resource Council, organización que trabaja con granjeros y rancheros para proteger todos los recursos naturales contra el especulador, con sede en Billings, y cuyo objetivo principal es formar grupos sólidos en pequeñas comunidades, con uno o varios líderes que regulen el hacer de cada hacienda, unificando trabajo e ideas, conservando la calidad del aire y de la vida rural. En el extremo derecho, al final de la página web, había un número de teléfono, llamó y descubrió que, en el condado de Sweet Grass, adonde pertenece Big Timber, había gente asociada a ese movimiento. Sin embargo, lo urgente era encontrar la manera de vaciar la cabaña y para eso necesitaría la ayuda de Paul, el capataz. Llamaron a la puerta, era Ashley Burris para irse juntas.
          Tras un cambio a última hora, siéndole fiel a la voluntad de su esposa, Larry convocó a los asistentes a la ceremonia en el Parque nacional de Los Glaciares, adonde Diane iba a menudo. Accediendo por un camino empedrado, con las Montañas Rocosas como telón de fondo, los picos nevados, un desfiladero alfombrado de verde y el sol invernal dando de pleno en la pequeña esplanada elegida, Susan invitó a la gente a sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas. Era un entorno donde la Naturaleza crecía en libertad, salvaje, sin ningún orden establecido más que el de la propia sabiduría. Poco a poco fueron relajándose, adoptando un rictus sereno. Entonces pronunció unas bellas palabras de bienvenida, destacando lo contenta que estaría Diane de ver mezclada a tanta gente diversa hablando de la vida, de los miedos, de la falta de solidaridad, de lo que se puede y no se hace, de la pasividad a comprometerse con todas aquellas cosas que son justas por el bien común. Comentó también la educación y valores de principios transmitidos a las hijas; de la sensibilidad que ponía en cada trato con lo ajeno, de su empatía con el diferente, de la defensa a ultranza de la raza negra, maltratada, perseguida y asesinada por supremacistas actuales. Diane gestionaba todo con criterio, apoyada en la peculiar manera que tenía de reflexionar, argumentando posturas y, fundamentalmente, escuchando siempre a los demás. Uno a uno, surgiendo la sonrisa, los asistentes, contaron alguna anécdota vivida con ella. Colegas de profesión recordaron situaciones extremas vividas desde la trinchera, jugándose el pellejo con tal de sacar adelante crónicas e instantáneas que corroborasen el horror padecido por civiles inocentes. Llegado el turno de intervenir Larry, tragó saliva, rodeó con los brazos a las hijas, respiró hondo y agradeció a su compañera de vida haber tenido la oportunidad de transitar a su lado, aprendiendo lo maravilloso de despertar cada mañana llenando lo cotidiano de momentos especiales y entrañables que jamás olvidará. El acto lo cerraron activistas del cambio climático que viajaron expresamente desde distintos puntos del país, para darle el último adiós. Entonces, sobre la mesa improvisada en un banco de piedra, disfrutaron de la rica comida aportada por amigos y vecinos. Aún tardaría varias horas en entrar el crepúsculo vespertino, solo quedaba la camioneta de Susan y el Dodge Ram de Larry en la zona de aparcamiento. ¡Todos se habían ido!
          –Nosotros nos quedamos, queremos subir más arriba –les dijo el hombre a Susan y Ashley.
          –Claro, ya nos veremos –respondieron casi a la vez.
          –¿Regresas pronto a Helena? –quiso saber el veterinario.
          –Todavía estaré por aquí unos días –respondió la forense.
          –Me alegro –comentó el hombre todo compungido–, estos primeros días no quiero equivocar diagnósticos ni tratamientos, por lo que celebro que puedas acompañarme.
          –¡Cuenta con ello, amigo! Además, te traje un pequeño aparatito muy útil.
          –Estupendo. ¿El qué?
          –Un Wearables.
          –¿El dispositivo electrónico portátil? –por un segundo se le iluminó el rostro.
          –¡El mismo! –se alegró de haberlo comentado.
          –Pero aquí no tengo medios.
          –Tú por eso no te preocupes que lo tengo todo pensado. Además, es el de última generación. Ya lo verás, ahorrarás muchos quebraderos de cabeza, ya que, tanto los collares, arneses o sensores colocados en animales, son imprescindibles para monitorizar su salud.
          –Muchas gracias, Ashley –dijo emocionado.
          –¿Venís a cenar mañana a casa? –interrumpieron las niñas.
          –Sí, cariño –contestó Susan.
          –¿Hacemos el pastel de arándanos silvestres con la receta de mamá? –propusieron.
          –Perfecto.
          Cindy Blair, locutora del programa de radio nocturno adonde los oyentes compartían alegrías o temores, se ausentó del puesto de trabajo durante setenta y dos horas alegando motivos personales. Gracias a compañeros experimentados en localizar a gente, apenas les costó encontrar a la tía de la hondureña Lupita Castro, la menor que llamó de San Benito, Texas, adonde se ubica el centro de acogida a migrantes no acompañados. La tía de la joven, asesorada en todo momento por un abogado, amigo de la periodista, que se ofreció a tramitar la parte legal sin coste alguno, estaba emocionada, ya que, finalmente, podría hacerse cargo de la sobrina, como prometió a su hermana. Cindy corrió con todos los gastos, previo contrato firmado cuya única cláusula era el compromiso, por ambas partes, de mantener su nombre en el anonimato. Con gafa oscura, peluca, sin maquillar y ropa muy holgada, esperaba en el segundo automóvil la salida de su protegida.
          –¿Ha habido algún problema? –preguntó al letrado.
          –No, pero han tardado bastante hasta comprobar la autorización que me hiciste, el primer apellido no coincide.
          –Cierto, no me di cuenta. Uso el de soltera, es el mismo que aparece en el permiso de conducir, pasaporte y demás documentación, aunque Blair es el de casada, siempre mantuve el mío –aclaró Cindy–. Lo importante es que el bebé nacerá fuera de esta institución como quería la familia.
          –Bueno, no tan deprisa, ahora hay que hacer un seguimiento y cerciorarse de que la tía puede mantenerlos. He de realizar visitas mensuales e informar en cuanto surja cualquier anomalía, puesto que entonces volverán aquí, con o sin criatura –informó.
          –Haz lo que tengas que hacer, tú solo pásame la minuta y no te preocupes por más –arrancaron los automóviles y Lupita Castro nunca supo que su hada madrina, apareció la noche en que se decidió a contar la historia de su vida en antena.
          Susan Maxwell no pudo evitar que su padre y los herederos del negocio de Samuel W. Roberts, que antes fueron sus hombres de confianza, inyectasen el agua contaminada en pozos abandonados en los límites del rancho, pero lo suficiente cerca como para filtrarse en los acuíferos poniendo en peligro la vida de todos los habitantes. Cuando Paul, el capataz, duro de convencer para acompañarla, por mera lealtad al amo, abrió la puerta de la cabaña, en Garnet, no quedaba ni un solo bidón, se los habían llevado y limpiado toda huella. Llena de remordimientos, cólera interior, rabia, impotencia, mal humor y mucho disgusto, asumió haber perdido, sin embargo, la batalla acababa de empezar. Al recoger las cosas del rancho Maxwell, se cruzó con la mirada penetrante de su madre advirtiéndola de que no debería ir en contra de la familia, sino apoyarla en todo. Sin responderla, dio media vuelta y se alejó con la promesa de no volver jamás.
          La misión Artemis II llegaba a su fin. La NASA, había compartido con el mundo entero las espectaculares fotografías tomadas por los astronautas, donde mostraban lo nunca visto antes por el hombre desde la cara oculta de la Luna, apreciando el Mare Orientale, cuenca que conserva uno de los mayores cráteres de impacto lunar. Susan estaba embobada viéndolo en internet, cuando el camarero The Grand Hotel, la interrumpió.
          –¿Llegaremos a ver a nuestros compatriotas realizando vacaciones espaciales a otro planeta?
          –¡A saber! –respondió con desgana.
          –¿Se hablará allí en un futuro de cambio climático? –Susan no le escuchó, cogió el vaso de cerveza y salió a la calle, necesitaba respirar, desconectar y replegarse. Alzó los ojos al cielo y descansó las pupilas en la franja del infinito, se orientó hacia la costa oeste, calculando las coordenadas de San Diego, California, muy cerca de la frontera con México, adonde la nave espacial Orión, a las 8:07 p.m., hora local, amerizará en aguas del Pacífico, con los cuatro tripulantes de la misión: Reid Wiseman comandante, Christina Koch primera mujer que verá de cerca la Luna, Jeremy Hansen canadiense y el piloto Víctor Glover como la única persona negra, de momento, en viajar fuera de la Tierra. A partir de entonces las televisiones, la fama, los psicoterapeutas, la Inteligencia Artificial y los cazafortunas, los catapultarán hacia la historia de los ídolos, mientras que aquí, el presidente Trump, seguirá poniendo en peligro de extinción a la humanidad. La música country que llegaba del otro lado de la acera, del Timber Bar & Grill, un local fantástico para cenar con gente desenfadada, la devolvió al presente, donde la vida sigue deprisa, alborotada y el espacio transita sumido en el silencio de su hábitat.

domingo, 22 de marzo de 2026

En peligro de extinción

12.

El viaje de vuelta, padre e hija lo realizaron muy tensos. Habían tenido una fuerte discusión respecto a qué hacer con los bidones de agua tóxica encontrados en la cabaña, en el pueblo de Garnet, producto de la perforación de los pozos petroleros y de gas, cuyo destino era inyectarla otra vez bajo tierra, en un espacio neutral y nada sospechoso de estar vinculado con la industria petrolera, dentro del rancho Maxwell, que apenas nadie conocía.
          Meses atrás, Susan leyó un artículo en DeSmog, organización internacional de periodismo sobre cambio climático, donde alertaban del alto riesgo que se corría utilizando dicho método de inyección que, en consecuencia, contaminaría el agua potable por la filtración. Ello representaría un altísimo riesgo para la salud de los habitantes de la región y causaría mortalidad repentina en los animales al impregnarse los pastos donde comen. De manera que la chica puso el grito en el cielo.
          –¿Desde cuándo a nuestra familia le interesa el crudo? Pensé que solo éramos ganaderos y agricultores –dijo muy enfadada.
          –No tengo por qué contestar la pregunta, limítate a conducir con prudencia y ayudarme a borrar mi nombre de las empresas de Samuel W. Roberts, nada más. –Ella miró por el retrovisor y vio una ambulancia acercarse a toda velocidad y desviarse por un camino rural.
          –Papá, a ver si entiendes, en los contratos que hemos encontrado en la cabaña, el único nombre que figura es el tuyo, mucho me temo que tu socio no jugaba limpio –en el fondo, por primera vez, sintió lástima de aquel hombre vulnerable, traicionado, empequeñecido–. Dejemos los bidones de agua contaminada allí y que las autoridades los relacionen con él.
          –Imposible, la cabaña es mía, yo la compré, tenemos que deshacernos de ellos como te he dicho.
          –Conmigo no cuentes, no pienso ser partícipe de algo así. ¿Te has parado a pensar cuántas personas van a enfermar?
          –Lo hemos hecho en otros sitios sin problemas –siguieron en silencio, desconfiando el uno del otro, rescatando la irritación del pasado que tanto les separó y sintiendo que el muro entre ellos empezaba a levantarse otra vez. El padre se apeó de la camioneta y fue hacia los establos en busca de Paul, el capataz. Ella se marchó sin más.
          Larry Erickson, viajó a Helena a comprar medicinas para la diabetes, difíciles de conseguir en Big Timber. Aprovechó el viaje y visitó a la forense del Animal Center Veterinary Hospital, Ashley Burris, con quien intercambió revistas científicas, opiniones sobre controvertidos diagnósticos y conocer la adaptación de nuevas tecnologías, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda, líderes en telemedicina, algo de momento inalcanzable de poner en práctica en la rudimentaria clínica de Larry. Además, cuando anunció su llegada por teléfono, la forense dijo tener noticia de Diane, a través de un colega que tenía contactos con la Media Luna Roja Palestina. Facilitaron la descripción de la mujer y creyeron haberla visto vagar por las calles de Gaza. Sin embargo, advirtieron que es complicadísimo localizar allí a una persona que seguramente se mueva en la oscuridad de la noche y se refugie entre estructuras bombardeadas, en todo caso lo tendrían en cuenta. A pesar de las palabras de ánimo que recibió de la forense, el veterinario regresó al pueblo mucho más descorazonado y pesimista. Aunque no era día de paga, terminada la jornada, en The Timber Bar Cowboy City, algunos muchachos tomaban tragos de cerveza antes de la caída del sol. Larry, abriéndose paso entre ellos, encontró al granjero que le encargó las pastillas para su esposa, saldaron cuentas e intentó salir apresurado de aquel espeso ambiente de tabaco y halitosis, pero Susan Maxwell, desde un rincón de la barra, le llamó con la boca llena de ensalada.
          –¿Qué te trae por aquí? –preguntó la chica. Él se explicó.
          –¿Y tú, acostumbrándote al olor de carne a la brasa para tener contento a papá? –rieron, a pesar de que ambos estaban sin ánimo.
          –¡No seas malvado! Vayamos a una mesa, tengo algo que contarte –Cogió su comanda y echó a andar. El hombre asintió, pero la única que quedaba libre estaba junto a la mesa de billar donde el ruido de personas alrededor de los jugadores era infernal, así que, decidieron irse a casa del veterinario.
          –Siéntate ahí, voy a encender la chimenea –dijo Larry, mientras llevaba dos vasos y una botella de whisky en la mano. El crujido de la madera en el fuego los acompañó durante toda la jornada además del recuerdo de Diane, intensificado a través del aroma de las flores diminutas que traía de la montaña.
          –¿Tienes noticias? –preguntó Susan mientras tomaba asiento.
          –¡Qué va, ninguna! Este compás de espera es desconcertante –suspiró.
          –¿Has contactado con Reporteros sin Fronteras?
          –No, y debería de haberlo hecho, como también hablar con las niñas, sin embargo, no he tenido valor suficiente. –reprodujo lo que horas antes, en la ciudad de Helena, Ashley Burris le había contado.
          –Pues no debes demorarlo más, tienen derecho a saber lo que está pasando con su madre.
          –Sí, mañana iré a verlas a la universidad, ya lo tengo decidido. Y, ahora, dime qué ibas a contarme.
          –Estuve con mi padre en Garnet donde tiene una cabaña con su socio que, por cierto, ha muerto. Quería eliminar papeles que le comprometieran y mira por dónde encontró una sorpresita: bidones llenos de agua.
          –¿De agua? –preguntó extrañado.
          –Sí, resulta que han comprado muchos pozos en Texas y han extraído petróleo y gas bajo la técnica de fracking, que consiste en inyectar a gran presión cantidades de agua, arena y químicos para romper la roca y liberar hidrocarburos, pero luego, el agua que se revierte hasta que brota el crudo, hay que llevarla a otro lugar y bombearla a miles de metros de profundidad, se supone que por debajo de los acuíferos de agua potable.
          –Pero eso es altamente peligroso, porque con el tiempo se filtra –intervino Larry.
          –Verás, cogí una poca en este bote, a lo mejor sacas algo en claro, lo curioso es que ni huele ni está turbia.
          –Yo no tengo medios para hacer un análisis de laboratorio especializado y, si lo hiciéramos, encontraríamos radio, por eso su apariencia es cristalina, como recién salida del grifo. Ahora que recuerdo, hace varios meses, Diane escribió un artículo para una revista ambientalista –conectó la computadora y buscó la edición en Internet–. ¡Aquí está! Era la historia de unas mujeres que lucharon por sus vidas, conocidas como las “Chicas del Radio”. Estallada la Primera Guerra Mundial por todo Estados Unidos abrieron fábricas cuyas trabajadoras pintaban esferas de relojes con pintura brillante. Chupaban los pinceles para afilarlos, se decoraban los vestidos que después lucirían en los bailes, se perfilaban los dientes haciendo que su sonrisa fuese más atractiva y luminosa, todo sin saber que aquel producto era radiactivo. Inmediatamente fueron enfermando, sufrieron cáncer y necrosis ósea, se les caían los dientes y los huesos de la mandíbula se deshacían entre los dedos del dentista que no hallaba explicación alguna a aquello tan horroroso. Tuvieron una muerte dolorosísima y la lucha de las familias y denuncias de ellas ante la opinión pública, las llevaron hasta Harrison Martland, especialista en patología que 1925, demostró, gracias a una prueba, que el radio las había envenenado destruyendo sus cuerpos desde dentro. Intentaron desacreditar sus conclusiones, pero las propias chicas siguieron en la batalla para ayudar a las compañeras que aún trabajaban en ello. Dos años después, Raymond Berry, abogado, aceptó defenderlas y llevar el caso a los tribunales. Sin embargo, seguían muriendo, hasta que en 1938, una trabajadora moribunda demandó a la empresa, resolviéndose por completo.
          –Mira lo que dice ahí –intervino Susan–, que Marie Curie, descubridora del radio junto a su esposo, murió también por una anemia aplásica, enfermedad de la médula ósea, debido a la continua exposición a la radiación. Diane lo tiene todo bien documentado.
          –¿Ha entrado en contacto tu piel con el agua al extraer la muestra que traes? –preguntó preocupado.
          –Supongo que algo, sí. Claro, no obstante, lo hice muy rápido –quiso tranquilizarse así a sí misma.
          –Pero no podrás impedir el enterramiento de los bidones, no es ilegal.
          –Lo sé, aunque dentro del rancho no lo voy a permitir, aunque me cueste romper con la familia. –Dijo apenada.
          La conversación fluyó con momentos de mucho silencio, a la vez que el whisky de la botella acababa convirtiéndose en acidez de estómago. Las pequeñas llamas del fuego dibujaban sombras deformes en la chimenea. Afuera aullaban los lobos hambrientos de venganza y, poco a poco, el manto de la noche caía sobre el pueblo solitario, mientras que, a lo lejos, la música irlandesa de algún baile comarcal amenizaba la soledad de los jornaleros. Susan se quedó a dormir en su antigua habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, donde preguntó por Sammy Britt, aquel motero observador de la biodiversidad, de los cambios bruscos de la tierra, de la alteración de los colores, las cosechas, la salud de los ríos, el clima, las lluvias torrenciales, en definitiva: un activista por la Naturaleza. El recepcionista le dijo que hacía bastantes meses que no pasaba por allí. En el dormitorio pasó los dedos por encima de sus objetos personales esos que tanto apreciaba. Encendió el transistor y sintonizó la emisora local donde la voz inconfundible de Cindy Blair, locutora que conducía un programa nocturno, cuyo estudio apestaba a tabaco y alcohol barato, daba paso a las llamadas de los oyentes que compartían historias inverosímiles y otras muy sencillas, por ejemplo, desde cómo hacer la mejor hamburguesa de carne de buey, hasta lavar las sábanas con jabones ecológicos. Tras un breve descanso dieron paso a otra llamada.
          –Hola. Buena noche —dijo sorbiendo un poco de café.
          –Hola Cindy –respondió la mujer.
          –¿Cómo te llamas? –preguntó casi atragantándose al beber.
          –Lupita Castro –contestó risueña.
          –¿De dónde eres? –imaginó que sudamericana por las continuas expresiones en spanglish y muy joven.
          –Soy hondureña –entonó orgullosa.
          –¿Desde dónde nos llamas? –poco a poco fue creando un ambiente de confianza.
          –Estoy en San Benito –dijo apenada.
          –¿En el centro de acogida a migrantes menores no acompañadas? –intuyó la deriva que tomaría la conversación.
          –Sí –se aclaró la garganta.
          –¿Quieres que hagamos un descanso y bebes agua?
          –¡No! –exclamó.
          –¿Cuántos años tienes? –parecía bastante joven.
          –Quince, pero en breve cumplo dieciséis –dijo sintiéndose ya mayor.
          –¿Y por qué estás en el centro? –debía conducirla hacia el desahogo.
          –Mi mamá me animó a cruzar la frontera donde una de sus hermanas me acogería hasta tener al bebé y encontrar un empleo. 
          –¿Y qué pasó?
          –Aparecieron los hombres malos y me detuvieron –comenzó a sollozar.
          –Tranquila, cariño, estamos aquí para escucharte. Cálmate, sabemos que estás muy nerviosa –encendió otro cigarrillo con la colilla del consumido en el cenicero.
          –Es que no quiero que nazca aquí mi bebé –a Cindy Blair se le partía el corazón.
          –¿Y el papá de la criatura? –la respiración de la chica se aceleró permaneciendo unos segundos callada.
          –No sé, en Honduras, supongo –transmitía miedo.
          –¿Por qué no vino contigo? –basada en la experiencia de tantos años en antena, el pensamiento de la locutora iba muy lejos.
          –No sé –esquivaba responder.
          –¿Nos lo quieres contar? –Lupita respiraba muy cerca del auricular del teléfono.
          –Mi abuelito –dijo hiposa.
          –¿Qué le ocurre, está malito? –puso los codos sobre la mesa.
          –No.
          –¿Entonces? –la chica rompió a llorar fuertemente.
          –Me da vergüenza –pudo decir.
          –Venga, cuéntamelo solo a mí, piensa que estamos solas tú y yo –hicieron una pausa para meter una cuña publicitaria y siguieron.
          –Pues que cuando todos dormían, se tumbaba conmigo en la cama –Cindy se revolvió en el asiento.
          –Continúa. –En ese momento supieron que un terremoto de magnitud 6 sacudía el este de Cuba.
          –Me tocaba “ahí”, diciendo que era mejor estrenarme la familia que no un extraño. Nunca entendí a qué se refería –estaba clara su inocencia.
          –¿Tu mamá lo supo? –la locutora tenía un nudo en la garganta.
          –No sé –esquivó la pregunta–. Una noche se subió encima y me hizo mucho daño. Al poco tiempo empezó a crecer mi barriga.
          –¿Está intentando tu tía sacarte del centro? –Cindy tenía ganas de chillar y sentía mucha indignación.
          –Tengo que colgar, otras chicas necesitan usar el teléfono. Gracias por escucharme. Buenas noches.
          –Espera Lupita, ¿nos llamas mañana?
          –No sé si podré. –Ese día Cindy Blair no concilió el sueño y se ausentó del programa setenta y dos horas, donde fue sustituida por otra compañera. Nadie supo qué hizo durante ese tiempo…
          Susan necesitaba agarrarse a algo muy sólido para impedir que su padre inyectase otra vez bajo tierra el agua del fracking. Navegando por Internet dio con una noticia muy interesante: A Sandra Steingraber, nacida en Illinois, siendo estudiante, la diagnosticaron cáncer de vejiga, como también padeció su tía, sin embargo, al ser adoptada, era del todo imposible que fuese hereditario. Eso la llevó a doctorarse en biología e investigar las posibles causas de tal coincidencia, llegando a la conclusión de que habían compartido un mismo espacio y bebido del mismo pozo contaminado. En el artículo hablaban de que la Alianza Mexicana contra el “fracturamiento hidráulico”, organizaban un foro en México donde asistirían personas muy preparadas en cuanto al activismo medioambiental y defensores de la tierra y la conservación de las rocas. Susan anotó en un papel que era más fácil explicar los daños que va a ocasionar en la salud el fracking, en lugares donde la industria aun no estaba en marcha, como era el caso de Big Timber, que en aquellos otros donde la economía giraba ya en torno al gas y el petróleo.
          –Paul, necesito que me ayudes –Susan le cogió por sorpresa.
          –Tú dirás –limpiaba la silla de montar con rabia, de un tiempo a esta parte, parecía eternamente enfadado.
          –Estamos en emergencia climática y papá quiere inyectar o enterrar agua contaminada en pozos muertos que hay cerca de aquí. Es peligrosísimo para la salud, ya que está demostrado que se filtra y contamina los acuíferos –le contó lo de los barriles ocultos en la cabaña en Garnet.
          –¡Y qué puedo hacer yo! –exclamó el capataz.
          –Voy a alquilar un remolque para llevarlos a otro lugar donde no haya población en muchas millas a la redonda y no podré hacerlo sola.
          –Pero…
          –Deja que termine, por favor. Ambos sabemos que, a papá, si una cosa le aporta beneficios, se salta todas las normas de seguridad sin importarle lo más mínimo que se queden en el camino: muertos o enfermos; da igual, seres humanos o animales, no respeta nada.
          –Mira, no estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho mandadas por el amo y tampoco me opuse, no sé por qué ahora he de traicionarle.
          –¿Quieres ver a los jornaleros, sus familias, a niños y niñas, ancianos y ancianas desarrollar un cáncer por culpa del líquido que sale por los grifos y tomamos a diario? –el capataz se quedó pensativo.
          –No, por supuesto que no. ¡Cuenta conmigo! ¿Cómo lo hacemos?
          –Dentro de unos días, te digo, mientras tanto estaremos atentos a cualquier movimiento que haga –En eso quedaron. Susan Maxwell intentaría asistir al foro en México donde quizá viera a Sandra Steingraber o alguien de su equipo y pedir asesoramiento.
          Diane Erickson llevaba semanas sin sentir el relajo de una buena ducha. Tenía el pelo pegado, las uñas renegridas y la suciedad de la ropa interior adherida a la ingle. Dormía poco, buscando rincones apartado por miedo a sufrir el robo de su único patrimonio: las botas. Los gusanos del hambre trepaban por las paredes del estómago comiéndola los jugos y la sed era tan insoportable que estaba tentaba a beberse sus propios orines, como leyó una vez que hacían los homeless. A determinadas horas, cuando los coches del ejército vigilaban las calles, simulaba revolver entre los escombros, como hacían los gazatíes, buscando sus pertenencias. Calculaba cada paso, cada recodo por donde se introducía, sin embargo, fue capturada por un grupo de mercenarios, violada, torturada y estrangulada. El cuerpo sin vida fue hallado por un equipo médico que se desplazaba a zona de combate.
          A las 3:38 a.m. sonó el teléfono fijo. Larry dio un salto de la cama y chocó con la cómoda, lastimándose el dedo gordo del pie derecho. No entendía bien a la persona que hablaba, pero sí que era de la oficina del sheriff del condado de Sweet Grass, para comunicarle que debía acudir lo antes posible, ya que la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén, adonde él había enviado tantas cartas denunciando la desaparición  de su esposa, se habían puesto en contacto con el Gobernador en Montana, al hallar un cuerpo que, por la descripción, podría ser el Diane Erickson.