domingo, 19 de febrero de 2023

Detroit, una historia cualquiera

12.

El vuelo a Portland, al noroeste de Oregón, con escala en el Aeropuerto Internacional Harry Reid, de Las Vegas, ha despegado con bastante retraso haciendo que el viaje dure el doble de tiempo. Una vez desabrochado el cinturón el hijo de Joanne, mi antigua secretaria en Motors Carson Company, se pone el portafolios sobre las piernas y saca los formularios que hemos de rellenar para traer de vuelta las urnas con las cenizas de mis hermanos. Con destreza y sabiendo muy bien lo que hace se desplaza por los impresos marcando unas casillas si y otras no. Realmente mi única preocupación en este momento es que el tren de aterrizaje se haya escondido en el interior de la aeronave y que después la palanca que lo acciona, para bajar y aterrizar, funcione y no se atasque. Disimulo las gotas de sudor de la frente girado hacia la ventanilla, como si se me hubiese encargado la misión especial de vigilar y visualizar el tráfico entre nubes para alertar de algún posible choque contra fuselaje de basura espacial. Sin embargo, apretadas las mandíbulas y dando rienda suelta al tic nervioso en las corvas sigo pegado por las palmas de las manos a los reposabrazos hasta enrojecer la punta de los dedos. Esto, cuando yo era un tipo con pasta e iba al psicoanalista, supe que era aerofobia, pero a las pruebas me remito, la terapia no me sirvió de mucho. A nuestra izquierda, en los asientos separados por el pasillo, una mujer joven abraza al pequeño cuya cabeza tiene apoyada en su pecho mientras le lee un cuento de héroes y dragones, con letras en molde grande que dan soporte a los dibujos de colores simulando 3D. Seis filas más atrás, un hombre de negocios contempla el sándwich que sostiene con las esquinas mordisqueadas, a la vez que, colérico, suelta exabruptos al teléfono. Lleva el pelo engominado, el nudo de la corbata flojo y todo su aspecto en sí, impoluto. Cierro los ojos y me esfuerzo por recordar cómo era yo en aquella época en la que formé parte activa de la rueda industrial: ¿amable con la tripulación que hace la estancia más agradable? ¿Borde, exigente, maleducado, ebrio, agresivo, prepotente…? Juro por Dios no tener respuesta para definir dichos adjetivos. Bajo tres capas de ropa que han perdido el apresto noto las células que van arrugando la piel que antes fue firme, seductora, sexual, bien rasurada, atractiva y elegante. El tintineo de las mini botellas vacías en el carrito repartidor, preanuncian que vamos llegando, así como el agradecimiento del comandante por haberles elegido a ellos para volar. Pongo el respaldo en posición recto y seguramente estoy tan acojonado que voy pálido.
          –¿Se encuentra bien? –pregunta.
          –Sí, sólo tengo un poco de calor.
          –Puede que la azafata ya no traiga nada, pero por probar que no quede. ¿Pedimos agua?
          –No, no es necesario –lo rechazo por miedo a vomitar.
          –Añada estos datos, por favor –dice, ofreciendo el bolígrafo y un cuaderno para apoyarme.
          –Bueno, no crea que sé muchos detalles sobre mis hermanos, desde la muerte de mamá no nos hemos visto más. Siempre fueron caprichosos, dos almas libres al margen de la Motors Carson Company y con ciertos privilegios para hacer a su antojo cuanto terciase, en cambio a mí no se me dio la oportunidad de elegir ni de realizar mis sueños, que también los tenía. Figúrese, he pasado muchos años culpándoles de mis fracasos sin entender que a la ruina personal me llevaron las circunstancias y desde luego mi incapacidad manifiesta a la hora de manejar los asuntos comerciales.
          –Lo que no sepa déjelo en blanco, lo resolveremos in situ. Como ve son cosas muy sencillas que siendo su situación económica delicada no le comprometen a nada. No obstante, ese tema –se producen unos segundos de silencio– está resuelto.
          –¿Con quién estaré en deuda a partir de ahora?
          –Con nadie –recuerdo de su madre esa misma generosidad–. ¿Entierro o incineración?
          –Lo segundo.
          –¿Qué hará con las cenizas?
          –Mi hermana vivía en un rancho en Texas, en el cementerio de allí descansan su esposo, los suegros y mi madre, por tanto no se me ocurre un lugar mejor.
          –¿Tenía hecho testamento? Sería interesante saber a quién deja sus bienes.
          –Ni idea, pero si está pensando en mí como candidato, se equivoca, habrá hecho lo posible para que no me llegue ni un solo centavo, tampoco lo quiero.
          –Pues lo averiguaremos porque de ser así resolvería su vida.
          –Yo ya no tengo solución, ¿Cuánto falta?
          –Menos de media hora, relájese. ¿Qué pasó entre ustedes?
          –Que soy un soberbio y me he creído superior, con más derechos y más listo, pero no pienso cargar con toda la culpa, ellos también tuvieron su parte. No obstante, poco importa ahora y no tiene sentido remover la mierda.
          –Perdone, no era mi intención –asiento con la cabeza y centro la atención en los folios que no sé cómo completar.
          –Gracias por todo.
          Aterrizamos sin incidencias y a la salida de la terminal un automóvil rentado nos espera en el aparcamiento. El hijo de Joanne, mi antigua secretaria en Motors Carson Company, durante 62 millas no levanta el pie del acelerador y tampoco apenas hablamos aunque sí disfrutamos del paisaje. Portland es una ciudad cuya economía se fundamenta  en el transporte de mercancías donde, numerosas fábricas e industrias han hecho prosperar a los ciudadanos, aunque hoy en día es el sector tecnológico con sus empresas emergentes quien se lleva y aporta la mayor tajada. Sus amplias avenidas me recuerdan a otra época con un sol más brillante, un viento más limpio, unos bulevares más acogedores, una gente más ocupada. Para la oficina del forense del estado de Oregón, aún queda. Ahí tendremos que cumplimentar el papeleo, pagar los tasas y emprender el camino de vuelta. Por un momento, con esos flashes que a veces tiene la memoria me viene a la cabeza la imagen de Emily, el ama de llaves que velaba por todos nosotros, y la de Brady, el chófer que nos libró de tantos apuros, pero especialmente la de Dominic, nuestro jardinero, un ser humano tierno que sentía tremenda debilidad por mi hermana Dakota a la que consideraba la nieta que nunca tuvo. Supongo que de haber vivido mamá me culparía de no darles un entierro pagado de mi bolsillo.
          –¿Sabe que aquí nació Louis S. Goodman? –interrumpe mis pensamientos.
          –Pues no, y además no tengo ni idea de quién es –sigo diciendo para mis adentros que la cultura general no es lo mío.
          –Un farmacólogo estadounidense que colaboró con su colega Alfred Zack Gilman, ambos fueron pioneros de la quimioterapia con mostaza nitrogenada.
          –¿Con qué? ¿Pero la mostaza no se le pone a los hot dog?
          –No me refiero a esa, es un líquido que se usó en los primeros ensayos para lograr un fármaco anticancerígeno.
          –Su generación está mejor preparada que la mía, ahora con Internet tienen el mundo al alcance de la mano. Nuestro perímetro de conocimiento, excepto quienes viajaban, era muy delimitado.
          –Cada generación tiene su lado bueno.
          –Y malo.
          –Miré, ahí tenemos que hacer los trámites, pero antes entremos a comer algo.
          –Usted manda. –Hace tanto que no saboreo una hamburguesa con toda su grasa que se me hace la boca agua en cuanto se me llena el paladar con ese cuarto de carne de búfalo molida.
          Las gestiones llevadas a cabo resultan más rápidas de lo imaginado ya que una vez activado el protocolo para iniciar el traslado la cosa marcha sobre ruedas. Sin embargo, hacemos noche porque después hasta Texas nos espera otro día entero con escala y a continuación el regreso a Detroit. Total que conviviremos juntos cuatro largas jornadas.
          El yerno de Megan Aniston, que nunca había visto a su esposa débil y fuerte, despierta y ausente, grande y diminuta, oculta y transparente al mismo tiempo, le pasa el brazo por la cintura mientras susurra palabras tranquilizadoras al oído. Detrás de la estudiante colombiana que salió a buscarlos, caminan llevando encima el presunto peso de la tragedia familiar que puede acontecerles haciendo que los latidos del corazón palpiten a un ritmo desorbitado. El olor antiséptico del ascensor se filtra incluso a través de la mascarilla obligatoria en el recinto hospitalario. La estudiante en prácticas pulsa el botón del sótano 1 donde se ubica la Unidad de Cuidados Intensivos, pero antes de cerrarse la puerta un grupo de médicos jovencísimos se cuelan dentro y marcan otros pisos por encima aun sabiendo que el elevador baja. Cuando salen a la planta, y avanzan un poco, el silencio es abrumador, las paredes están cubiertas con baldosines en blanco mate, la luz es muy tenue y las baldosas, de amplias dimensiones, indican que han llegado a la zona donde han de equiparse con bata, gorro, guantes, cubre zapatos y pantalla de protección. Detrás de la cristalera, enfundados en los EPI, enfermeros y enfermeras manejan con mucha maña a los pacientes aliviándoles las heridas y si es posible cambiándoles de postura.
          –¿Qué tal? Soy la doctora que lleva el caso de su madre. Hemos conseguido estabilizarla pero el proceso va muy lento.
          –¿Se pondrá bien? –pregunta la hija de Megan Aniston.
          –Confío en que sí. Ingresó muy grave y está pasando por diversos episodios, a cual más complicado, pero es una mujer fuerte, lo demuestra día a día. No obstante –continúa diciendo Violeta Reyes, directora de UCI en el Detroit Medical Center–, deben comprender que el covid-19 se comporta a veces de forma extraña aún con toda la información de la que ahora disponemos y los avances en el ámbito de medicamentos y pautas a seguir, salta una variante y lo pone todo patas arriba.
          –¿Han identificado cuál ha infectado a mi suegra? –pregunta pendiente de su mujer.
          –Ahora circula BA.5, y lo más preocupante de esta cepa es que puede reinfectar semanas después del primer contagio.
          –Mamá no tiene puestas todas las pautas de la vacuna.
          –Vaya, este dato que aportan es importante conocerlo. Lo que ocurre también con esta subvariante de Ómicron es que es muy hábil para evadir la protección inmunitaria se tengan o no anticuerpos. Algunos expertos opinan que de momento esta es la más transmisible. ¿Qué rutinas sigue la señora Aniston? –ambos se miran y se les entristece el rostro.
          –Fundamentalmente –responde él–, se mueve por aquellos rincones donde pueda encontrar algo de comida para nosotros. Supongo que tengo la culpa de que haya enfermado.
          –Eso no, cariño –consuela ella.
          –No hay culpables, hay una pandemia que nos trae de cabeza y a la que hemos de doblegar –dice Violeta.
          –Ella nunca ha estado enferma, yo soy la débil –asegura la hija.
          –Bueno, eso no es del todo cierto. Hemos detectado un problema importante de corazón, así como anemia, azúcar y un pólipo sangrante que habrá que extirpar y analizar cuando salga de UCI. ¿Saben qué medicinas toma?
          –No, es la primera noticia que tenemos, nunca nos lo dijo, al menos a mí –dice el hombre apenado.
          –Ni a mí –y girándose hacia él, pide–: ve a su casa y busca a ver si encuentras algo.
          –No es necesario, puede que ni siquiera se esté medicando. Nosotros ajustaremos un tratamiento apropiado a su dolencia.
          –Pero no tenemos dinero, nuestro seguro no cubre apenas nada.
          –Tranquilos, ya saben que Medicaid proporciona cobertura de salud gratuita.
          –¿Puedo entrar un momento a verla?
          –Dentro de cuarenta y cinco minutos es la hora de visita, pero dadas las circunstancias tan especiales haré una excepción. Eso sí, sólo usted, lo lamento caballero, tendrá que esperar fuera.
          –Es que, fíjese cómo está mi esposa, he de ayudarla a caminar.
          –No se apure, para eso estamos aquí –he indica a la estudiante colombiana en prácticas que la agarre de la cintura como la lleva él.
          –¿Estás segura de hacerlo, querida? –pregunta mientras se aparta un poco.
          –Sí, nunca lo he estado más.
          –Bien, entonces en marcha. ¡Ah!, es muy importante que no toque nada –la ponen una bata estéril encima de la protección que ya lleva.
          Colocada a los pies de la cama donde Megan lucha por la vida desafiando a la muerte, siente deseos de abrazarla y pedir perdón por haber nacido enquencle, por empeñarse en ser el centro de atención, por no cuidar de ella como una buena hija debe hacerlo, por complicarle la existencia, por estirar de su aguante, por no otorgarle siquiera un solo respiro para envejecer en paz.
          –Tiene que irse ya –dice la enfermera comprobando continuamente las sondas y los cables en la paciente.
          Cuando la pareja sale a la calle llevándose consigo las buenas intenciones del equipo médico y la certeza de que les comunicarán cualquier cambio, apenas se han movido las agujas del reloj y parece que hayan pasado cinco lustros desde que fueron a denunciar la desaparición de la anciana. Afuera, el frío y la luz del sol les deslumbra pero saben que han de llegar a casa y tranquilizar a los niños preocupados por la abuela.
          –¿Notas que la Tierra ha dejado de rotar? –le preguntan a Christopher, el tipo peculiar de Alaska que encontré de noche en un parque.
          –¡Pero qué dices, tarao! –exclama otra mendiga–. El único que da vueltas como una peonza eres tú –y ríen a carcajadas.
          –¿Habéis oído lo de la plaga que va a acabar con las estrellas? –salta un tercero.
          –Sí, con las de Hollywood, no te jode –apunta el primero.
          –¡Imbécil! –por poco se lían a puñetazos.
          –¿Y tú, qué?, señoritingo –zarandean a un muchacho que cruza entre ellos–. ¡Esto es propiedad privada! ¿No lo ves?
          –Perdón, voy a ésta dirección –enseña el mapa en su móvil– y por aquí es más corto, pero no quiero importunarles –dice asustado.
          –¡Anda!, pero si tiene planito y todo –le arrebatan el celular y como una pelota de beisbol se lo pasan unos a otros.
          –Llevo pocos dólares encima –saca cinco billetes de los pequeños–, cojan lo que quieran pero no me hagan daño, por favor.
          –Pues claro que no, mariquita. Somos unos caballeros y además tus amigos. ¡Venga!, ven con nosotros que te vamos a hacer un hombre.
          –¿Adónde te crees que vas, piel roja? –increpan a Christopher, pero él huye para no verse involucrado en la pelea, ni que la policía vuelva a detenerlo a consecuencia de sus rasgos asiáticos. Lejos ya de allí, martillea en sus sienes las súplicas del muchacho al que han arrastrado por la fuerza tras unos matorrales.
          Después de dicho incidente que le volvió a colmar de impotencia, faltarían dos o tres lunas para retornar a Alaska. La emoción de regresar al hogar y sentirse a salvo de los peligros a los que se había visto sometido desde su llegada a Detroit, le proporciona la fuerza suficiente poniendo todas sus expectativas en ello. Un día, caminando en sentido contrario a Pope Francis Center, la iglesia Baptista adonde acuden homeless de toda la ciudad, ve un cartel pegado en el escaparate de un restaurante de comida rápida donde pone: “se busca camarero”. Sin pensárselo dos veces entra y el dueño desbordado de trabajo le da un delantal para que sirva las comandas sin ponerle a prueba. Ahí nos volvimos a encontrar…

domingo, 5 de febrero de 2023

Detroit, una historia cualquiera

11.

Han pasado más de quince horas desde que abandoné el hospital y no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Megan Aniston postrada en la cama, ofreciendo el cuerpo sin oponer resistencia y dejando caer las páginas de su biografía por los tubos invasores de entrada y salida en el organismo. Cierro los ojos y dicho recuerdo me produce verdadera tristeza, pero también cierta molestia conmigo mismo por la falta de empatía que durante tantos años he trabajado gustoso. Sin embargo, algo me dice que debo desandar los pasos hasta el Detroit Medical Center e interesarme por ella con la excusa de acudir a donar sangre. Las pocas tiendas del vecindario que todavía no se han arruinado acaban de levantar los cierres distribuyendo las mercancías por los escaparates y formando un collage donde cestas con naranjas, perfumes baratos, celulares descatalogados, bolsos de imitación, pequeños muebles que mantienen al alza el negociado del reciclaje y somieres aún en buen uso, conviven sin estorbarse. Oigo los saludos de los viandantes que pasan por delante de dichos establecimientos y la irritada discusión que en lengua extranjera sucede unas cuadras más abajo. Según me calzo las botas cuyo borde de las suelas han contemplado antiguos amaneceres y elijo un jersey gordo con muchas puestas de soledad, pienso también que Christopher seguirá deambulando por los parques y las plazas jugándose el tipo ante tanto desaprensivo suelto y arañando al hambre, que ya no siente ni casi padece, unas monedas para conseguir el pasaje de vuelta a Alaska. Lo que ignoro, en este preciso momento, es que el azar volverá a cruzarnos...
          Por extraño que parezca la sala de urgencias está tranquila. Tan sólo media docena de personas aguardan para ser atendidas, gestionando en silencio la dolencia que los ha llevado hasta allí, excepto un bebé que llora sin consuelo en brazos de la joven que le mira con agobio y claros síntomas de abstinencia. Apenas el mismo número de acompañantes descansan el peso de las horas de un pie a otro dejando así el resto de las sillas libres. La puerta abatible junto al mostrador de admisión se abre y cierra constantemente desfilando una marea de batas blancas que consultan el cuadro de turnos, sacan cafés de la máquina o estudian en la pantalla del iPad la controvertida radiografía de tórax de un paciente terminal. Lejano, el contacto de las ruedas de las camillas contra el suelo deteriorado de los interminables pasillos escribe la melodía desafinada de la larga espera, retratada también en las manos que no encuentran acomodo moviéndose inquietas. Las superficies asépticas despiden olor a yodo y a otros elementos químicos desconocidos para el común de los mortales. Mientras tanto, el parpadeo rojo de una llamada en centralita hasta que contesta la operadora desvía la atención de los presentes, más aún tras el desafortunado comentario diciendo que el hospital no es la Casa de Beneficencia y que aquel que no tenga cobertura anexa para hacer frente a las facturas no permanecerá ingresado. Dicho más sencillo: que se joda quien no pueda pagarse un seguro médico privado.
          –Esa criatura tiene hambre –dice la mujer que va de una lado a otro echándose mano a la barriga y molesta por lo que acaba de escuchar–, si lo sabré yo que de eso sé un rato.
          –¡Y a usted qué coño le importa! Métase en sus asuntos o váyase al infierno, bruja del demonio –salta la chica.
          –No era mi intención inmiscuirme, pero he tenido siete hijos y conozco muy bien los llantos.
          –¡Ah, sí! –interviene el presunto padre, un tipo con pinta de matón, abalanzándose para zarandearla–, pues a ver si te doy una hostia y añades un llanto nuevo a tu colección. Y tú –dirigiéndose a su pareja–, cállala o...
          –¡Venga, hombre, que no hace falta llegar a esos extremos! Todos estamos muy nerviosos y la paciencia se agota –matiza en tono conciliador un muchacho con chándal que trae un rudimentario vendaje.
          –Pienso igual –rompe casi a llorar el anciano que ha permanecido en silencio–. ¿Pretenden dejarnos morir como perros? Mire usted, llevamos desde ayer por la tarde pendientes de una prueba de colón para mi esposa, cada vez la veo peor y todavía no nos han llamado –acaricia la mejilla de ella.
          –Y a nosotros qué nos importa, abuelo –escupe con tono agresivo un tercero que no se sabe de dónde ha salido.
          –¿Ha preguntado en el mostrador? –interviene el deportista.
          –Cinco veces y la respuesta siempre es la misma: se ha roto el colonoscopio y en breve le avisaremos.
          –Si quiere voy yo.
          –No, tranquilo. A ver si viene nuestro yerno y coge las riendas, ya sabes que el seguro que tenemos los viejos da para muy poco –mira de soslayo a la operadora de la centralita– y ciertas cosas se escapan ya de nuestra comprensión. Mi nieto dice que no estamos en la onda. Bueno, será eso. Además, ese tobillo lo tienes muy hinchado.
          –Sí, esta semana no podré jugar.
          –No se lo tomen a mal –insiste la mujer de antes–, la niña necesita beber, si se deshidrata puede ponerse muy malita.
          –¡Anda!, pero si eres una joya –se burla él–, ahora resulta que también posees dotes de pitonisa. ¡Lo que se ha perdido el mundo contigo, querida!
          –Vete a la mierda vieja asquerosa –remata ella.
          –Sois unos groseros y…
        –¿Qué está pasando? Compórtense o tendré que echarlos a la calle –advierte el vigilante que calla cuando irrumpe una enfermera dirigiéndose a los ancianos consultando el volante que trae.
          –¿Señora Jones?
          –Sí –responde.
          –Aún no tenemos resuelta la incidencia del aparato que usted necesita, los técnicos están haciendo todo lo que pueden, márchense y ya les avisaremos.
          –Por el amor de Dios, mi esposa está en un grito, ha de verla un médico, apenas se sostiene.
          –Ya le he dicho lo que hay, decidan.
          –Quiero hablar con el gerente, tenemos todos los papeles en regla, somos ciudadanos norteamericanos, no pueden hacernos esto –el hombre suplica desconsolado.
          –¿Acaso le parece que el director está para resolver este tipo de cosas? –ante la perplejidad de los ancianos y de quienes se han posicionado con ellos concluye dando media vuelta, pero la hacen retroceder.
          –¿Qué sucede? –pregunta el médico que lo ha escuchado todo.
          –Bueno, nada en realidad –se aprecia un vibrato nervioso en la voz.
          –Explíquese –sugiere el otro.
          –A ver, la señora está citada para una colonoscopia, el aparato se ha estropeado, no disponemos de otro y sugerimos que se marche hasta que la volvamos a avisar. Fin de la historia –el silencio de pocos segundos se hace interminable.
          –Pero esta mujer no puede abandonar el centro, ha de llevarla inmediatamente a un box.
          –¿Y eso quién lo dice? –la falta de delicadeza ensombrece la sala.
          –El urgenciólogo de guardia que soy yo y asumo toda la responsabilidad. Llévela dentro, ¡ah! y consígame el historial clínico de la paciente. Caballero –al marido que, emocionado, rompe a llorar–, acompáñelos que enseguida voy.
          –Doctor…
          –Ahora me cuenta todo desde el principio, no se apure.
          –Lo ve, abuelo –dice el muchacho que va a pasar una larga temporada sin competir–: en esta vida todo tiene solución menos morirse.
          La monotonía es interrumpida por el ensordecedor ruido de un avión que cruza el cielo, a toda prisa, tal vez hacia la otra punta del mundo. Mientras tanto, en la sala de espera, en urgencias, los gajos de esperanza de los presentes son escurridizos como peces que se niegan a abandonar su hábitat. El transcurrir de las horas ha terminado por aplacar el berrinche del bebé, matizando a gris violáceo su carita de cera. El cuerpo rígido, diminuto, envuelto en una toquilla impregnada de vómitos, yace frío en brazos de la madre que, como si nada, continúa acunándole hasta darse cuenta de lo que tiene encima y, disimuladamente, lo deja en la silla bajo la atenta mirada de quienes no dan crédito a su falta de instinto  maternal. La jefa de admisión, a la que han estropeado su rato de descanso, discute con ellos, llama a la policía y los acusa de homicidio por omisión. Ajeno a lo ocurrido y sin saber muy bien adónde dirigirme, observo a la pareja afroamericana, de rasgos familiares que, apartados de los demás, bañados en tristeza y cogidos de la mano, se cortejan cómplices, reinventando las herramientas de la ternura y adormecidos por la luz artificial de ese espacio no deseado. Él se agacha, asiente y va a la máquina de bebidas, busca monedas en el bolsillo y saca una botella de agua para ella, quien, a menudo, pasa un pañuelo por la frente realizando el mismo gesto que he visto hacer repetidas veces a otra persona que se le parece.
          –¿Familiares de Megan Aniston? –anuncian por megafonía.
          –Sí, somos nosotros –se levanta con dificultad y dice en el mostrador.
          –Esperen ahí –vuelve a señalar los asientos–, ahora hablarán con ustedes.
          –¿Y no nos puede decir cómo se encuentra mi madre?
          –No estoy autorizada, pero imagino que esté bien –miente mal–, enseguida vienen.
          –Al menos díganos dónde está y quién la trajo.
          –En la Unidad de Cuidados Intensivos, para la segundo no tengo respuesta –se gira hacia otro lado dejándoles así. Entonces, la estudiante que dio conmigo los conduce dentro. Yo podría haberles dado la información que tengo, ofrecer mi compañía, demostrar humanidad, desterrar de una vez por todas esa amargura que hace despreciarme a mí mismo, en cambio, como siempre, reacciono huyendo del fuego y metiendo la cabeza en el caparazón.
          –Caballero –no me doy por aludido–. Señor, ¿le han atendido? –veo de soslayo al auxiliar que se dirige a mí.
          –Sí, acabé ya…
          Sobre una mesa plegable dentro del recinto de urgencias, hay una caja con mascarillas y gel hidroalcohólico para los olvidadizos, además de revistas y periódicos atrasados que la gente va dejando ahí, según se marchan. En la prensa del día anterior, poniéndote el vello de punta, detallan las condiciones atmosféricas que sacuden la costa oeste de Estados Unidos, llevándose esta vez Oregón la peor parte por la amenaza de nieve y viento, lo que conlleva caídas del cableado eléctrico con los correspondientes cortes de suministro y echada a perder de todo lo que hay en el refrigerador, cañerías reventadas,  así como el aislamiento de aquellos vecindarios a los que, por su orografía, son de difícil acceso. Sin olvidar derrumbes de tierra sobre carreteras que quedan intransitables hasta las tareas de limpieza y retirada de troncos caídos, autos arrastrados corriente abajo, y un sinfín de destrozos en cadena declarando la zona catastrófica. El llamado Pineapple Express, conocido como “río atmosférico”, es una cinta de aire muy húmedo que viene de Hawaii y trae, fundamentalmente, mucha agua, afectando también a Canadá. Pero lo que en verdad me llama la atención son la cantidad de muertos que ha habido. No me pregunten por qué pero cuando sucede algún desastre natural o accidente multitudinario, tengo la manía de repasar las necrológicas por si hallo coincidencias con mi apellido. En esta ocasión el listado es tan extenso que complica la capacidad de enfoque de mi presbicia, pareciendo el molde de las letras, al empequeñecerse, un puente colgante ondulando el vacío. Recostado en la pared sigo leyendo uno por uno, hasta que, tomando aliento y controlando la aceleración del corazón, veo escritos los nombres de Colorado Sprint y Dakota Carson: mi hermano y hermana, cuyos cadáveres, junto a muchos más, quedaron sepultados bajo un alud de barro. En shock, corto la hoja donde viene un número de teléfono al que pueden llamar aquellos familiares que todavía no se hayan personado.
          –¿Me lo das? –pregunta el niño de seis años a la pediatra que acaba de atenderle.
          –Claro, ya sabes que es un boli mágico, ha sido él quien te ha puesto la escayola –afirma ante los grandes y sorprendidos ojos del pequeño.
          –¿De verdad? ¿Y puede operar las amígdalas a uno de mis amigos?
          –Uy, eso no lo sé, pero quizá su médico tenga otro igual.
          –Pues se lo voy a preguntar y si no se lo haces tú. ¿Vale?
          –¡Anda, charlatán!, no canses más a la doctora –dice la mamá.
          –Tranquila, es un encanto de crío y se ha portado fenomenal. Oye –dirigiéndose a él–, ahora has de hacerme caso y no plantes el pie en el suelo, ¡eh! Camina despacito con las muletas y dentro de dos semanas vuelves y hacemos otra foto de los huesos, ¿de acuerdo?
          –Bueno.
          –Choca esos cinco, campeón –lo hacen y ella alborota el pelo rizado del niño. –Escenas así, repletas de vida y de complicidad, son las que ponen color a espacios tan poco agradables como este donde la enfermedad y la cura, el pronóstico y la salvación transitan juntos por la vía del presente y del futuro.
          Desde que he sabido el fatídico desenlace de mis hermanos me mueve un sólo propósito al ser el único pariente que les queda: enterrarlos aquí, aunque pensándolo mejor será en Texas, donde descansan los restos de mi cuñado, sus padres y mamá. Hoy toca en la iglesia estudio de la Biblia y reparto de bolsas de comida a los feligreses más necesitados y aunque estoy entre ellos mi prioridad ahora mismo, como supondrán, es otra. El reverendo Bob W. Perkins nos recibe a todos con los brazos abiertos. En un aparte, le cuento a su esposa y a él la desgracia acontecida a mi familia y lo perdido que estoy ante el dragón de la burocracia ininteligible para la mayoría de nosotros. Ella cuenta que, con frecuencia, viene un abogado que, además de voluntario, presta sus servicios a la comunidad de forma gratuita, así que, sigo su consejo y rezo para que venga lo antes posible. Vas a tener suerte, dicen, porque ahí está. Cuál es mi sorpresa cuando me presentan al hijo de Joanne, mi antigua secretaria, en Motors Carson Company, el hombre al que negué consecutivas veces mi propia identidad, pero nada baja tanto el orgullo como reconocer los errores y enmendarlos.
          –Hola. ¿Se acuerda de mí, verdad? –dice con una amplia sonrisa.
          –Desde luego y ruego me perdone.
          –No tiene que pedir disculpas, señor Carson.
          –¡Ah!, ¿se conocen? –pregunta el reverendo
          –Es una larga historia –respondo.
          –Entonces nos vamos para que se pongan al corriente o arreglen sus asuntos.
          –Muchas gracias –digo inclinando la cabeza.
          –Bueno, a ver si el caballero puede solucionar tu problema y la próxima semana participas del estudio.
          –Ojalá –nos dejan solos.
          –Antes de que me cuente qué le pasa, quiero darle las gracias por visitar a mamá.
          –Un placer. ¿Cómo sigue?
          –Perdida, ya sabe.
          –Entiendo, aunque de aspecto la vi estupenda.
          –Sólo es apariencia. ¿Por qué no vuelve?
          –Soy una mala influencia y mi memoria no quiere revivir cosas que prefiero dejar dormidas.
          –Como prefiera. Pero, dígame, ¿qué le pasa? –lo hago, piensa durante unos minutos y dice–: he de hacer una llamada.
          –No hay prisa –una camada de pájaros vuela a media altura y anuncia más frío.
          –Suba al coche, Ayden –no ha olvidado mi nombre–, nos vamos a Oregón…