domingo, 16 de septiembre de 2018

Beirut, Puerta de Atocha. 1

Ahmad Abu-Abbar sostiene en sus manos un número atrasado de la revista National Geographic, en cuya portada puede leerse en letras grandes: ¿Qué futuro le espera a nuestro planeta? Este hombre, de piel tostada, callado, culto, apuesto y con una sombra de melancolía que todavía le hace más interesante, espera, junto a cientos de personas, en el Jardín Tropical de la Estación Madrid Puerta de Atocha, alguna explicación y solución por parte de la compañía, ya que continúa la huelga convocada por el sindicato de maquinistas, SEMAF, para trenes AVE y Larga Distancia. Tampoco hay posibilidad de coger un vuelo, porque la plantilla de controladores aéreos ha aprobado paros indefinidos de 24 horas. Con lo cual, el caos reinante entre los pasajeros está asegurado. Le esperan en Barcelona para celebrar el cumpleaños de su hija Jasmin, la mayor de tres, casada con un charnego. Viven en el carrer de l’Hospital, a dos pasos de la Rambla del Raval, en un piso acogedor de espacio muy reducido. Cuando les visita, le gusta asomarse al balcón que da a la estrecha calle y respirar el contraste de condimentos que enriquecen los guisos, con salitre de mar que tantas vibraciones de los atardeceres en Beirut trae a su memoria, contemplando el espectáculo que ofrece más allá la belleza del de las Rocas de las Palomas, mientras se escucha de fondo el cantar del muecín llamando desde el alminar para orar en la mezquita… Pero sus recuerdos también tienen picaduras de balas que han destruido poco a poco la ciudad que lleva dentro, y de esa época gloriosa de proyectos comunes en el transcurrir sencillo de su familia, no tocada aún por la desgracia. Abstraído en los pensamientos, no se dio cuenta del alboroto que ocurría alrededor suyo: una mujer de mediana edad, con la ropa arrugada como de haber pasado allí los últimos lustros de su existencia y las terminaciones nerviosas de la heroína cableando su cuello, gritaba fuera de sí: ‘¡Me lo han robado todo! ¡Me lo han robado todo! ¡Coño, agentes, que me han dejado con lo puesto, miren! −se levanta la blusa enseñando el costado amoratado y esquelético−. No tendrán ustedes por ahí unas moneditas para un bocata, ¿verdad?’, −dice a la pareja de la Policía Nacional que intenta apaciguarla−. ‘¡Anda, ven con nosotros, Maca, y no alborotes más!’. Acaban de encenderse las luces de neón de la farmacia y de los demás establecimientos, y el murmullo, que durante las primeras horas de la madrugada descendió, empieza a despertar. El personal de la contrata de limpieza recoge lo que puede saltando por encima de la gente tumbada en el suelo junto a los equipajes. Huele a indignación, a cabreo, a impotencia y a café de máquina recién hecho. Levanta la vista y, aunque tiene verdadera necesidad de ir al baño, se le quita al ver la larga cola que espera para entrar…
          Ismael Ruiz habla acaloradamente por teléfono mientras observa en su iPad un partido de fútbol en diferido y mastica con ruido una chocolatina quizá pasada de fecha. ‘Sabéis de sobra que ese no es mi estilo, y sin embargo habéis consentido que un niñato de papá, caprichoso y prepotente, por el simple hecho de tener un apellido conocido y colgar en la pared el diploma de algún título fantasma, mande a tomar por culo el trabajo de tantos meses −entrecorta la respiración unos segundos de silencio−. Es que no me parece justo, Mariam, porque ahora el equipo tiene que dar la cara y resolver el entuerto. Estoy harto, al límite, no puedo más. Fíjate qué te digo: como vuelva a ocurrir me voy y os dejo en la estacada. ¿Qué no? Ponedme a prueba y veréis si soy capaz de hacerlo…’. Lleva la subdirección del departamento de marketing de la agencia publicitaria Plaza’s Intercontinental, y su máxima a seguir es el principio fundamental de Charles U. Larson, que define el oficio como: “un sistema de comunicación que coordina una serie de esfuerzos encaminados a obtener un resultado”. Pero la compañía, fundada por unos emprendedores que ya son octogenarios, ha caído en manos de una gestora que prioriza beneficios económicos vulnerando la calidad del servicio y los materiales, ya que apenas cuenta con experiencia en ese sector. ‘Las condiciones del contrato están cerradas con el cliente, y no pienso mover ni una sola coma por mucho que la orden venga de arriba, como tampoco entraré en el juego del engaño. ¿Dónde quedaría después la reputación y mi dignidad? ¿No comprendes que la cara visible de esta pirámide soy yo? Oye, tengo que colgar, ya lo discutiremos’. Estudió la carrera con el fin concreto de relativizar en la sociedad el concepto de consumo, orientando las campañas hacia lo que necesita verdaderamente cada individuo o colectivo, contrarrestando pues la tentación incontrolable y compulsiva de la opulencia. Pero este propósito se vino abajo, junto a otras utopías más, en cuanto tuvo que introducirse a fondo en el mercado de la industria, dándose cuenta de que, en muchas ocasiones, la realidad termina volcando la teoría.
          Macarena Guzmán es ciudadana itinerante en descampados con vecinos que no preguntan, y en garitos donde el alcohol de garrafa lo ponen de oferta. Podía tener casi todo al alcance de la mano: estudios superiores en las mejores universidades −realizando parte de ellos en Estados Unidos−, puesto de dirección adjunta en la empresa familiar −una constructora−, ático de 1000 metros cuadrados en el Paseo de la Castellana, y los mejores amantes acodados en el rellano del ascensor. Pero nació con un implante de mala suerte ensamblado en las entrañas, así que, cuando quiso darse cuenta, estaba viviendo en la calle: en verano con ropa de abrigo por si escasea la lluvia torrencial que despiden las papelinas, y de noche cometiendo pequeños hurtos para dormir de vez en cuando a cubierto, bajo el techo del calabozo. Su entorno era de costumbres estrictas, conservador al límite, de los que guardan las apariencias hasta en lo más vulgar. Un año, recién cumplida la mayoría de edad, Maca y un grupo de amigos se fueron de vacaciones a Grecia. Se sintió atraída por el guía de la expedición, y el sentimiento era mutuo. Y también por la chica que le sustituyó un par de veces. Así fue como empezó una lucha interna por descubrirse a sí misma e identificar todas las sensaciones adversas e inconfesables que le bullían por dentro…
          Perdón, ¿puedo sentarme?’ −pregunta muy prudente Ahmad Abu-Abbar−. ‘Claro. Disculpe’ −Ismael quita algunos documentos que había dejado en la única silla que quedaba libre−. ‘¿Quién juega?’. ‘Sporting, Numancia’ −contesta con desgana−. ‘¿Y cómo va el marcador?’. ‘Se disputó ayer. 5-3 a favor de los gijonenses’. ‘¿Y conociendo el resultado lo ve?’. ‘Bueno, me relaja’. Permanecen callados, aunque no por mucho tiempo. ‘Parece que esto tarda en arreglarse −refiriéndose a la demora−. Fíjese qué horas son y ya tenía que estar en Barcelona’. ‘Dijeron que a media mañana darían un comunicado, pero parece que se retrasa bastante. ¿Viaja por trabajo o por placer?’. ‘Mi hija y su marido viven allí, tienen un niño de doce años. La vida me ha regalado ocho nietos preciosos, éste y siete que están en el Líbano. ¿Quiere ver una fotografía? −saca del bolsillo un aviejado billetero abrazado con una goma−. Ojalá que algún día podamos juntarnos todos. Nada me gustaría más antes de ponerme a mirar a La Meca. ¿Usted también va a Catalunya?’. ‘Sí. Estaba invitado a la presentación de la nueva fragancia de una conocida marca de perfume, en Girona, pero ahora me alegro del retraso, no me apetecía ir’. ‘Hacer lo que sea a disgusto no es saludable’. ‘Habla muy bien castellano, ¿lo aprendió en Oriente Próximo?’. ‘Nací en Beirut, mi padre era de allí. Trabajaba como chófer e intérprete en la Embajada española. Conoció a una granadina guapísima, cuya familia de diplomáticos habían recorrido toda la zona hasta establecerse en Achrafieh, uno de los barrios cristianos más antiguos, ubicado en una colina, al este, junto a la costa. Meses después se casaron y con el tiempo nacimos mis hermanos y yo, de los diez sobrevivimos cuatro. Eran tiempos cargados de sacrificios y de penurias, difíciles dentro del contexto de un país a punto de ser destrozado’. ‘¿Lleva mucho aquí?’. ‘Desde el año 2006. Mi esposa, mi hija, su bebé y yo −el yerno lo hizo después−, salimos poco antes de que Israel bombardeara el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri, a nueve kilómetros del centro de la ciudad, lo que llaman los suburbios meridionales. Es una larga historia, un cruce de amargura y humanidad, de agradecimiento y reconciliación, una etapa durísima donde contraje la deuda impagable que tengo con mis semejantes, esas cosas que aparecen cuando lo das todo por perdido y vuelves a creer en las personas, aunque con matices…’.
          Conversaron, consiguiendo dejar fuera de ellos al resto de voces hasta convertirlas en susurro. Y lo hicieron relajados, aportando vértebras al esqueleto de lo cotidiano, contrastando sus maneras de entender el deporte, lo que ha cambiado la vida, la situación política, las migraciones, el aumento del umbral de la pobreza, el paro, el descuento de oportunidades para las nuevas generaciones, los complejos, la traición… ‘Entonces, ¿cómo es que está en Madrid?’. ‘En el Saint George Hospital University Medical Center, diagnosticaron a mi mujer cáncer de hígado con metástasis en los órganos cercanos, también vitales. Nos hablaron de una eminencia en esa especialidad: Un oncólogo del hospital madrileño Ramón y Cajal. Se pusieron en contacto con Médicos Sin Fronteras, y entre unos u otros gestionaron el traslado. A partir de ahí nuestro periplo ha sido turbulento…’. ‘¿Y sus otros hijos?’. ‘Decidieron quedarse allí muy a su pesar, aun sabiendo que nos rompían el corazón, y nosotros lo respetamos’. Sin reparar en la hora, la madrugada les cayó encima, y con ella el documento que acredita la devolución del importe del billete el primer día hábil después de la fecha de emisión. Tan sólo un puñado de mesas alargaba la interminable jornada de los camareros, ansiosos por quitarse los zapatos y meter los pies en agua caliente. Ismael, mirando hacia el cielo, pobre de luz y de estrellas, dice: ‘Parece que ha refrescado. ¿Hacia dónde vas?’. ‘Al número 10 de la calle de Huesca, en el barrio de Tetuán’. ‘¿Compartimos taxi…?’.

domingo, 15 de julio de 2018

Nueva York. Semana veintiocho, mes de julio

Encabezada por los líderes estudiantiles, el 10 de mayo de 1968, “la noche de las barricadas”, una multitud indefinida de jóvenes, obreros y militantes políticos, cansados del autoritarismo, las costumbres impuestas y el acatamiento porque sí, se manifestó invadiendo el Barrio Latino de París, en la mayor protesta revolucionaria hasta entonces. Fue tal la repercusión internacional que en Polonia comenzó a producirse la caída de los soviets. Unos años antes, a 10.000 kilómetros, en la Universidad de Berkeley, −California−, al otro lado de la Bahía de San Francisco, se había iniciado el movimiento sureño de defensa de los derechos civiles. Nadie podía imaginar que la vida corriera tan deprisa. Grupos de izquierda agitaban la sociedad uniéndose a la lucha conocida como El cinturón del hambre, ya que en esos años acontecía una de las mayores sequías en todo el Sahel africano. Aquellos activistas protagonizaron un cambio social y generacional que sustenta los pilares de libertad que hoy disfrutamos, pero la memoria decae con el vértigo del presente y se empaña en la distancia.
          Un año después…
          “Nueva York. Semana veintiocho, mes de julio. De un tiempo a esta parte, para alguien como yo, que parece que llevo aquí desde antes de Matusalén, el vecindario del Maspeth está irreconocible. Aquellos negocios familiares, que las corrientes migratorias de finales del siglo XIX y principios del XX levantaron con sumo esfuerzo −la mayoría llegados desde el viejo continente−, han dado paso al abandono, pues las hijas e hijos no siguieron llevando esos pequeños establecimientos tradicionales de sus padres, que tanto alegraron nuestra condición de migrantes. La subida de los alquileres también frustró el que las nuevas parejas se quedaran a vivir en el vecindario, dibujando así un escenario de apartamentos vacíos y locales con escaparates rotos, que acogen a los homeless que deseen dormir a cubierto. De los antiguos inquilinos sólo quedo yo en el edificio. El casero está como loco mordiéndose las uñas para que me vaya o la palme, lo que, dicho sea de paso, como el muy cabronazo ha cortado la calefacción y el suministro de luz del ascensor, va a ocurrir más pronto que tarde… El perímetro de las cosas conocidas se estrecha, van quedando atrás, tanto que el supermarket ahora es una tienda de trajes colombianos por regiones, con venta al público y talleres ubicados donde antes estaba el almacén y el área donde tomábamos el almuerzo y fumábamos un cigarrillo.  Por suerte, aún se mantiene en pie el zoco que abre los domingos con pasta fresca y una amplia variedad de género ecológico. La incógnita es saber hasta cuándo aguantarán estos minoristas, porque es difícil competir con las grandes cadenas de alimentación.
          Tras la ejecución de Susan, una vez vendidas sus pertenencias, entregado el dinero a Witness to Innocence y haber viajado a Richmond, Virginia, presentándose en la Baby shower con un oso de peluche gigante, Eric cerró la consulta y se lanzó a recorrer el país a bordo de una autocaravana, con la compañera de baile de la Swing Dance Bronx −debe ser una manera como otra cualquiera de hacer terapia ¿no?−. ‘Ven por aquí, Maura. Salgamos al jardín. He hecho limonada’ −dijo, precediéndome−. ‘Gracias, no tenías que haberte molestado’. Atravesamos una amplia galería, luminosa, sin adornos típicos de algún souvenir, con la austeridad que transmite aquél que ha encontrado su camino y aligera su equipaje. Esa parte trasera de la casa agradaba la vista de todo visitante por un collage hecho con flores muy bien cuidadas. Nos sentamos en el porche de imitación al viejo oeste −salvo que no había montañas en el horizonte, ni polvareda de caballos a lo lejos−, con sus mecedoras y una mesa de láminas de madera perfectamente cortadas. Sirvió el refresco, le sudaban y temblaban las manos. El lugar no era el más apropiado para hablar de mis cosas. He de reconocer que me sentí confusa e incómoda. ‘Voy a cerrar la consulta. No sé por cuanto tiempo, pero no te preocupes, te ofrezco lo mismo que a los demás pacientes. Hay un colega, un psicoanalista muy recomendable, que está dispuesto a asumir todos mis casos. Sin embargo, opino que tú puedes seguir sola. Estás preparada para afrontar cualquier eventualidad que se te presente. Has hecho un periplo interior tan impresionante, saltando toda clase de obstáculos, que sólo por eso ha merecido la pena que yo ejerciera esta profesión. Además, he de agradecerte la lección que día a día me has enseñado: lo importante es dar un paso adelante, le pese a quien le pese, crecer, a pesar del dolor, y reinventarse. Maravilloso principio de vida ¿verdad?’. Así fue nuestra última conversación. Se despidió con emoción en los ojos y un timidísimo apretón de manos. Ahora que lo pienso, y con todo lo que llevo encima, no echo de menos las sesiones sino a Mr. Coleman.
          Tuve una jornada, como suele decirse, Harlem a tope: Un concierto góspel en casa del reverendo Adam S. Jr., en el cruce de la 96th Street y Park Avenue, en la parte norte donde se ubican las viviendas sociales. Un brunch a base de pollo frito, gofres, huevos… Y un placentero paseo por la avenida Malcom X, recreándome en cada rincón como si lo descubriera de pronto. Con tanta alegría, y cierta paz en el corazón, volvía con ganas de juguetear con la gata, haciéndola de rabiar con sus juguetes. Pero, estirado sobre el felpudo y triste hasta el tuétano, aguardaba Bobby con un papel entre los dientes. ‘Cuídalo’ −ponía escuetamente−. A Ralph le pudo la depresión tras perder su empleo. Le faltó valor para gestionar de otra forma los problemas económicos que acarreaba, creer un poco más en sus posibilidades, plantar cara y sincerarse ante su hijo y la madre de éste. Así que cortó por lo sano, enrolándose en la Marina. Semanas después, unos tipos raros, con perfil gangster, vinieron preguntando por él, puerta por puerta. Al parecer se metió en un negocio turbio y escapó llevándose una suma importante de dinero. Estaba en busca y captura… Ha pasado tiempo desde entonces. Ahora creo que nunca encajó en el vecindario y que, al igual que yo, arrastraba la incomodidad del pasado.
          Nevó tanto, durante una semana y pico, que del registro de la memoria se me borró el color del pavimento, hasta que todo volvió a su sitio, cuando asomó por el Alto Manhattan un presumido abanico de rayos de sol. Me tiré de la cama para aprovechar el aire fresco y ventilar la casa, recoger cuatro trastos que siempre andan estorbando y bajar a comprar algunas cosas que se habían acabado. No obstante, noté que algo no iba bien, a la vez que un silencio alarmante golpeaba de lleno contra el granito de las paredes, provocando la inmensidad de un vacío cayendo sobre mis hombros. Temiendo lo peor, fui a comprobar si Carlota seguía durmiendo, pero había desaparecido. Entonces, un amasijo heterogéneo de nervios se apoderó de mí. Abatida y preocupada por su ceguera, por el peligro de sufrir un accidente, me tiré a las calles de Queens buscándola por aquí y por allá, en lugares recónditos. También en Kissena Blvd, donde la encontraron, entre la camada recién nacida, aquellos amigos tokiotas del restaurante. Ahora que revivo la última noche juntas entiendo su despedida: los celos, si cabe más acentuados, la sensibilidad de su barbilla encima de mi brazo, y un no estarse quieta, como queriéndose llevar entre sus pelos escamas de mi piel. Maullaba en susurros, a veces altiva y otras moribunda, marcando los límites de su autoridad que impedían a Bobby subirse con nosotras al sillón. Nos dijo adiós con generosidad, quitándose de en medio para que yo no sufriera su final. Supongo que, inconscientemente, dejé entreabierta una de las ventanas, y por ahí se mezcló con el hollín de los tejados…
          Hace mucho tiempo que ya no pienso en la aldea, ni en madre y padre. Tampoco en el dolor del bosque, en los desprecios de mis hermanos, en la estancia en Burgos, en las verbenas donde nadie quería bailar conmigo, la más fea… He saldado cuentas con el pasado, y todo lo que soy se lo debo a los Estados Unidos, a esta ciudad y a estas gentes que nunca preguntaron de dónde venía. Entrado el amanecer, le pongo al chihuahua la correa y deambulamos sin rumbo fijo, como una tarea diaria, buscando lo que ya no tendremos. Y así, juntos y solitarios, viejos y fuera de contexto, esperamos en los muelles de Chelsea la llegada de algún trasatlántico que traiga a Carlota y a Ralph encaramados en la proa.
          Nueva York…”.

domingo, 1 de julio de 2018

Nueva York. Tercera semana de un sofocante mes de julio

Conmueve ver a la persona sin escapatoria, amarrada a una camilla en forma de cruz por varias correas que van desde las pantorrillas hasta un poco más abajo del pecho, y un montón de cables conectados entre sí por ventosas-electrodos que certifican el paro cardíaco cuando se produce. En algunos casos la expresión de la mirada transmite el sosiego que proporciona saber que pronto acabará el sufrimiento, pero la mayoría dejan entrever la incertidumbre y el miedo al posible dolor físico de la inyección letal. La cámara de ejecuciones está provista de varias ventanas: una da a la sala donde testigos seleccionados por el reo y periodistas acreditados para cubrir la noticia presencian el acto, otra para que los familiares de la víctima lo hagan también, y una tercera por donde el personal de prisiones comprueba que todo funciona correctamente. En el estado de Texas la hora señalada para hacerlo son las 6:00pm. Una jornada antes llega Mr. Coleman para estar con Susan. ‘De niña era puro nervio y me alteraba muchísimo si las cosas no sucedían al momento. La víspera de Santa Claus Michelle y yo hacíamos un pastel de cerezas que después nadie probaba, pero eso nos mantenía entretenidas’. ¿Cuánto falta?’. ‘Relájate. No lo pienses’. ‘Morir es lo de menos, esperar me consume. ¿Sabes qué preocupación me mantuvo en vela la primera noche que dormí entre rejas?’. ‘Dime’. ‘No estar segura de haber cerrado los grifos de casa? ¡Qué paradoja!, ¿verdad? Te arrancan la libertad y… Pero, fíjate que cuando tienes claro que no hay escapatoria, ni posibilidades de salir de prisión, la imaginación es un arma de doble filo a la que hay que manejar con absoluta destreza. Entonces surgen preguntas que en condiciones normales ni plantearías. Por ejemplo: ¿Crees que al sistema le importa en realidad cuántos inocentes vamos a pasar por la mesa de desguace? −nombre coloquial que le dan a la camilla−. ¿Es justo que buena parte de la sociedad respalde la aplicación de la pena capital precisamente para aquellos que le han robado la vida a sus víctimas? ¿Dónde quedan los principios democráticos de reinserción? Soy inocente, pero eso ya no importa. Tampoco usaré el discurso de apelación moral en cuanto a aquello de que “el fin justifica los medios”. Es decir, aunque mi expareja me violó en repetidas ocasiones y maltrató física y psicológicamente, eso no me da derecho a matarlo. No sé si explico con claridad lo que quiero decir’. ‘Perfectamente’. −Esa generosidad de razonamiento a Eric le recordó a su mujer−. ‘Pensarás que soy una egoísta, perdona por haberte hecho venir, pero necesito que me hagas un último favor’. ‘Tú dirás’. ‘Tengo cuatro pertenencias que no valen mucho: Un viejo coche, algunos muebles antiguos, una buena colección de vinilos y poco más que podrían dar algunos dólares. He hecho testamento y eres mi heredero. Quiero que lo vendas todo y se lo entregues a “Witness to Innocence”, la organización que viaja por todo Estados Unidos con exconvictos condenados a la pena de muerte por crímenes que no cometieron y finalmente puestos en libertad. Se reúnen en granjas dos veces al año, van acompañados por sus familiares y amigos, disfrutan de la meditación, comparten experiencias y ayudan a los más vulnerables a salir del atolladero. A la caída de la tarde, en torno a una barbacoa, liberan también el miedo a lo que les deparará el futuro. No sé si admiten donativos, pero yo quiero colaborar de alguna manera’. ‘Lo haré, te lo prometo’, −confirma E.J.−. ‘Otra cosa. Quiero que viajes a Richmond, Virginia, compres un regalo y lo lleves a la dirección que pone aquí −enseña un trozo de papel garabateado−. La nieta de una compañera del corredor va a tener una hija y hace su “baby shower”, dáselo en mi nombre’. Absortos en la conversación no escuchan las fuertes pisadas que provienen de la galería, sólo se dan cuenta y sobresaltan al irrumpir varios Corrections Officer para llevarse a Susan y así poner en marcha el protocolo. La cara desencajada del psicoanalista, la palidez en la expresión de los hombres y de las mujeres de la prensa que observan estupefactos, las luces que con efecto dominó se apagan una por una y un silencio tan cortante como cuchillos lanzados al aire, aseguran que todo ha terminado.
          Carlota, casi ciega, se orienta a través del sonido de mi voz. Sin reflejos, y con el instinto de supervivencia adormecido, se ve incapaz de pelear con Bobby para conservar el territorio que, poco a poco, ha consolidado a mi lado. De un tiempo a esta parte Ralph nunca llega antes de la hora de dormir. Cruzamos cuatro palabras correctas, aunque debo decir que insustanciales, duda si contarme algo o no, y se lleva al chihuahua que mordisquea mi falda pidiendo amparo con rebeldía. Espero para cerrar hasta que baje el tramo de escaleras, pero a mitad de camino la sombra del hombre que acecha en el descansillo le obliga a apretar el paso. Dejo a la gata sobre su cama como quien acuesta al bebé recién amamantado, y disfruto de ese momento de soledad, tan mío, cuando el vecindario, aparentemente, parece estar quieto. Sin embargo, es en la madrugada cuando me despierta una fuerte algarabía: cosas que se rompen al caer al suelo, insultos obscenos en tono alto y carreras de quien se esconde detrás de un portazo. Y, alejado, como si viniera de más allá del río Hudson, el llanto de un perro que emerge por las alcantarillas como el vapor que a menudo se libera por ahí…
          Eric presenta un cuadro completo de congestión: fiebre, malestar generalizado, estornudos, ojos lagrimosos, bufanda de lana enrollada a la garganta y la voz −como dice un cubano al que conozco bien− haciendo surf en ola de whisky por la barra del cabaré. ‘Haber pospuesto la sesión si no te encontrabas bien’. ‘Es un simple catarro, nada que paralice mi actividad’. ‘En el metro ha pasado algo curioso: un chico vestido a lo “Hare Krishna” ha entrado proclamando la reencarnación de las almas. Está bien como metáfora o chute para quienes se lo creen, pero a la gente que maneja problemas reales, que ni haciendo equilibrios llega a fin de mes, hombres y mujeres que son la rueda de molino para que esto funcione, mensajes celestiales de este tipo suenan a chino. Aunque tampoco pienses que he prestado mucha atención. Me preguntaba si seré capaz alguna vez de perdonar a padre y a madre todo lo que me hicieron sufrir. Te digo de verdad E.J., trato de encontrar una explicación y…’. ‘Si los tuvieras ahora delante ¿qué les dirías?’. ‘Quizá preguntarles si tenían la conciencia tranquila. Pero, fíjate que el paso de los años, las cosas sucedidas, el desgaste que produce no hacer las paces consigo mismo, simplificar las preocupaciones y no caer en la demagogia de la posverdad, a estas alturas del partido creo que les perdonaría’. ‘Vengo observando el trabajo de restauración personal que haces y, si analizamos tu afirmación anterior, el resultado es muy visible, porque de ella se desprenden bastantes tramos de superación que ya has abrochado. Debes sentirte orgullosa, y, a pesar de que el camino no ha sido fácil, y de congratularme contigo, tal vez queda una de las etapas más difíciles: reconciliarte con la vida’. ‘¡Qué bien hablas, Eric! Yo lo que quiero es dejar de remar en contra. Te prometo que estoy cansada y que necesito normalizar la memoria e intentar hacerlo después con los sentimientos. Igual no lo consigo’. ‘Hace tiempo que has empezado. Todo tu mal humor, esos recelos, el empeño por no parecerte a los tuyos, el inconfesable cariño que les tienes a Carlota, Ralph y a Bobby, no son más que un escudo, un muro tras el que escondes los chorros de humildad y de buenos sentimientos. Para la próxima sesión…’, −no dejo que termine la frase−: ‘¡Quién sabe dónde estaremos!’.
          “Nueva York. Tercera semana de un sofocante mes de julio. En la era Trump, el 21 de enero de 2017, las calles de la city se llenaron de una marea multicolor que, a vista de pájaro, hermanaba con la convocada en Washington D.C. y conocida como la Marcha por las mujeres −la más multitudinaria desde la guerra de Vietnam− en defensa del derecho a la salud pública, a la igualdad de las personas sea cual sea su opción sexual, a la solidaridad con los inmigrantes, al pacifismo, a las políticas sociales, a la enseñanza libre para todos… Y en contra de que el pez grande se siga comiendo al chico, de la persecución a los refugiados, de la violencia de género, de la invasión a otros países, de los políticos que ningunean los efectos del cambio climático, de la explotación infantil en beneficio de unos cuantos, de las entrevistas de trabajo a ellas fundamentadas en preguntas que vulneran el espacio privado y de retroalimentar el odio entre los seres humanos para que el enfrentamiento vaya in crescendo. Hasta ese momento no había comprendido que la lucha del movimiento feminista, demostrando mucha mano izquierda y un inteligentísimo encaje de bolillos, arrancaba en la propia casa de uno reclamando idénticas oportunidades para hembras y varones. Hoy siento que en aquella aldea inhóspita donde nací, y de la que tanto hablo, también hubo, sin duda, quien se esforzó para que los suyos tuvieran un futuro mejor al otro lado de las montañas. Quizá, sin pretenderlo, esa ha sido la maquinaria que he puesto en marcha a lo largo de la vida: abrirme hueco permeando por las esquinas de una sociedad que siempre he creído al margen de mí. Al principio, cuando frecuentaba la little Spain de la Calle 14, un trompetista de color al que Miles Davis le enseñó a tocar los primeros compases afirmaba que la revolución de las women estaba por llegar, y que temblaran aquellos que habían puesto en tela de juicio su capacidad de gestión. Entonces, bailando unos pasos de claqué, se giraba hacía mí diciendo: ‘Baby, muchas de tu pueblo te seguirán…”.
          La noche ha sido plomiza, pongo el oído y escucho la fuerte respiración de Carlota, a la que le ha costado mucho conciliar el sueño por los picores que tiene en la barriga. Me desvela el ruido de sirenas, sin embargo cierro los ojos y me alivia comprobar que pasan de largo…