domingo, 11 de noviembre de 2018

Beirut, Puerta de Atocha

5.

Ismael regresó a Madrid para la inauguración de un restaurante rehabilitado en la calle Echegaray, cuya campaña de marketing dirigió meses atrás. Desde primera hora de la noche anterior la policía acordonaba un amplio perímetro de la zona centro, ya que, según datos filtrados a la prensa, un posible caso de parricidio y el hallazgo de otra mujer asesinada presuntamente por su pareja sentimental, en una travesía adyacente a la Puerta del Sol, levantaban adoquines de repulsa entre la ciudadanía que se agolpaba alrededor. El taxista luchaba para ningunear al GPS que le mandaba en dirección contraria. Furgones de la Guardia Civil, atravesados en batería, impedían el paso excepto a residentes acreditados y ambulancias. ‘Oiga, ¿no puede ir un poco más deprisa?, es que llego tarde’. ‘Como ve, desde aquí, todo está cortado. Si consigo ir en paralelo a la Gran Vía intento dejarle lo más cerca posible’. Tuvo que caminar un buen trecho, así que, mientras lo hacía, aprovechó para hablar con Ahmad Abu-Abbad. ‘Salam alaykum. No te pongas en lo peor, amigo. Ha de haber un motivo lo suficientemente potente como para que no se pongan en contacto’. ‘Alaykum salam. Es que han pasado muchos días sin saber de ellos y no soportaría perder también a Jasmin’. ‘Óyeme, no lo digas ni en broma’. ‘El niño está asustado. No pregunta, pero su comportamiento es de angustia’. ‘Sal con él, llévale a Montjuic, al cine, a comer pizza. No sé, coño, eres su abuelo y se supone que conoces los gustos del chico’. ‘Ya veremos. Luego pasaré por la oficina a ver si hay novedades’. ‘De acuerdo. Escucha, ahora tengo un evento de trabajo, en cuanto acabe hablamos y me cuentas. Si todo sale como espero, el fin de semana vuelvo a Barcelona. ¿Sabes si Abul Khan ha alquilado ya la pequeña vivienda anexa a la tetería?’. ‘No lo sé, pero me acerco y le pregunto’. ‘Te lo agradezco. Si está libre, dile que me la quedo yo…’.
          Sigue intentándolo, por favor, Jordi −Adrián al piloto−. Alguien habrá a la escucha, digo yo. Binta sabe las últimas coordenadas y seguro que remueve cielo y tierra hasta dar con nosotros y enviar ayuda, pero para eso no podemos abandonar la radio. ¡Venga, tío, no pares!’. ‘¿Quién te crees que eres para darme órdenes?, no estoy jugando a la maquinita? −señala el cuadro de mandos con muy malas pulgas−. Hay que empezar a racionar los alimentos o las vamos a pasar putas. No corras la voz, solo faltaba un motín a bordo’. ‘¿Dónde cojones se ha metido el buque con voluntarios de ACNUR que salía en el radar?’, −exclama al cielo−. En otro extremo de la embarcación, en el improvisado hospital de campaña, algunos compañeros se arremolinaban alrededor de alguien tendido en el suelo. ‘Va a ser difícil entendernos, porque sólo habla suajili −dice Jasmin, examinando al hombre, de complexión fuerte−. No le baja la fiebre, y lo peor es que no sé a qué se debe, porque aparentemente no veo nada significativo. Ojalá que no sea una epidemia que venga a rematar la ley de Murphy’. ‘Pero sí tratarás de descubrirlo, ¿no?’, −preguntan desde fuera−. ‘Haré lo que esté en mi mano, aunque por ahora la temperatura no baja de 40ºC’. Fue al quitarle el pantalón para sustituirlo por otro seco cuando descubrieron una herida bastante fea en la pantorrilla, de la que sobresalía una punta incrustada en ella. Retiraron el clavo oxidado y respiraron profundamente, porque al fin las cosas alcanzaban niveles normales. ‘Mayday. Mayday. Mayday. Les habla el capitán del barco Sin Muros. Llevamos náufragos y nuestra situación es de extrema gravedad. Mayday. Mayday. Mayday. No lo entiendo, la verdad. ¿Estamos más cerca de Alejandría o de Jerusalén?’. ‘Del infierno, sin lugar a duda’, −contestó el cocinero, a la vez que preguntaba si se había terminado el brandy−. ‘Busca por ahí, alguna botella ha de quedar’, −sonó con voz insustancial.
          Crecía la preocupación, no sólo por la cruda realidad inestable que vivían, sino también porque la suerte jugaba en su contra para llegar a tiempo a la costa de Siria, donde les esperaban como agua de mayo. Cuando las obligaciones se lo permitían a Jasmin, no se perdía el inicio del amanecer tuneado en el horizonte desde un espacio privilegiado en cubierta. Sabía que evadirse achicaba el miedo amargo. Así que, se dejó llevar por el impacto de los flecos del viento contra el mar y eso le permitió situar la cabeza en Beirut, en el escenario de su infancia, corriendo la inocencia por las calles caóticas, llenas de contrastes, de colores pastel junto a edificios que habrán sucumbido ya por culpa del abandono, de cafetines donde la tolerancia se hacía patente conviviendo musulmanes y cristianos sin estorbarse. Pensaba en sus hermanos, y en lo convencidos que estaban todos creyendo que la separación duraría hasta que remitiera la enfermedad de la madre. Qué fácil sería cerrar los ojos y encajarse de nuevo en aquel pasado libre de ausencias. Sin embargo, pensar en su hijo la trajo de vuelta al presente, consolidando la necesidad de buscar una solución al problema. ‘Adrián, ¿quién está al mando de la radio?’. ‘Ahora mismo creo que nadie. ¿Por?’, −ciñe las cejas−. ‘¿No te resulta extraño que no podamos establecer comunicación ni siquiera por la frecuencia segura?’. ‘Sabes que a veces esto ocurre, y más en misiones tan delicadas como lo es ésta’. ‘Sí. No obstante, fíjate que faltaban pocas millas, se hunde una patera, vamos a por ellos y, de repente… Voy a ver si aclaro algo’. ‘Oye, ¿cómo sigue la africana?’. ‘Se llama Kesia, que significa: favorito. Va mejor. Tenemos que ayudarla’. ‘¡Uy..., te temo!’. ‘Pediremos autorización a la organización. Piensa que, si la dejamos, la llevarán de cabeza a un campamento de refugiados para finalmente deportarla. Merece una oportunidad, como la tuvimos nosotros, como deberían de tenerla todos’. ‘No es a mí a quien tienes que convencer, cuentas con mi apoyo y lo sabes’.
          Colgó las bolsas del supermercado en el respaldo de la silla, y, ajena a la llamada de socorro producida minutos antes, siguió redactando el documento dejado a medias por la visita imprevista de Ahmad Abu-Abbad. ‘Perdona si te molesto, pero estoy desesperado. ¿Has sabido de ellos?’. ‘Todavía no. Quizá sea pronto. Envié un correo electrónico a otra ONG que también tienen a su gente dispersa en el mismo lugar. Seguro que en breve se ponen en contacto’. ‘Es una pesadilla, no duermo imaginando cosas horribles y al rato me regaño por hacerlo’. ‘Yo le aviso, no se preocupe. Todo se arreglará’. Le acompañó hasta la puerta, y, casi al cerrarla, el hombre se giró como si quisiera compartir algún otro pensamiento más. Sin embargo, abatido, en silencio y sin perder ese aire de generosidad que tanto le identificaba, se fue pasando el rosario con disimulo. Binta se sentía en deuda con aquella familia que confió en ella poniendo a su disposición todas las herramientas necesarias para asentar los cimientos de lo que sería su futuro en la ciudad. Ahora tocaba arrimar el hombro y demostrar que la inversión en su persona había merecido la pena. Jasmin le había enseñado una extraordinaria lección: hay que luchar con la misma pasión por cada cosa, como si fuera la última hora, y hacerlo con criterio, en base siempre a la opinión que se tenga. Por eso, y habida cuenta de lo raro de la situación, cogió su bolso y el móvil y se plantó delante del Palacio Municipal, diciendo al guardia: ‘Quiero hablar con la alcaldesa…’.
          Abuelo, ¿han matado a mis padres?’ ‘¡Qué disparate es ese! No, por supuesto que no’. ‘Entonces, ¿van a volver pronto? En casa de un compañero de clase dicen que, como son amigos de negros y vagabundos, les habrán tendido una emboscada para fusilarlos. Yo le di un puñetazo, él a mí una patada, y nos castigaron sin recreo’. ‘Bueno, las diferencias no se arreglan a golpes, pero está bien que defiendas lo tuyo −recapacitó sus palabras, sabía que no habían sido las más correctas, pero cuando te tocan las narices…−. Además, están trabajando, verás cómo enseguida los tenemos por aquí. ¿Sacamos una pizza del congelador y la rellenas a tu gusto?’. ‘Vale’. ‘Entonces ve, y lávate las manos’, −dijo, introduciendo los dedos en el pelo ensortijado del niño, de igual volumen que el de su esposa, salvo en la recta final, que se volvió lacio y quebradizo−. ‘Jo, qué rollo. −Se paró en seco frente al abuelo, arrugó los ojos y preguntó−: ¿Lloras?’. ‘No, hijo, el abuelo es un viejo tonto, no hagas caso’. Se quedó mirando a la nada y pensando en que Jasmin heredó el temperamento potente de su madre, la capacidad de decidir sobre la marcha, la lucha incansable por el feminismo −con las complicaciones que añadía ejercer dicha defensa desde Oriente Próximo− y esa elegancia conjugando la estilizada silueta con el despliegue conciliador en forma de sonrisa. En esas horas longevas de rancio silencio e incertidumbre de corte grueso, recordó la soltura con la que su hija resolvía cada obstáculo cuando llegaron a España, para que ellos padecieran lo menos posible. Ese pensamiento, y desde luego el poder soberano de intuición, pusieron en pie toda su vida, y la esperanza empezó a cobrar fuerza dentro de él. Ya anochecido, cuando no esperaban a nadie, tocaron al telefonillo y el niño gritó desde el pasillo. ‘Es Binta, que quiere que bajes…’.

domingo, 28 de octubre de 2018

Beirut, puerta de Atocha

4.

Minutos antes de las diecinueve horas y a punto de echar el cierre al local, Binta recibió un SOS de sus compañeros avisando de la situación límite que sufrían. Esa vez no iban preparados para soportar una sobrecarga de personas, ni tampoco llevaban suficientes alimentos sólidos ni líquidos como para saciar el hambre y la sed de todos los rescatados, además de la tripulación. La nota enviada por el capitán precisaba que de no llegarles pronto ayuda ocurriría una desgracia. Ella hizo un par de llamadas y averiguó que el buque de un magnate altruista transportaba hasta Siria a voluntarios de ACNUR que se incorporaban a un proyecto social. Contactó y los puso al corriente confiando en que desviarían el rumbo e irían a auxiliarlos. Era fin de semana y como cada viernes pensaba acercarse al Barrio de Besòs, donde la pequeña comunidad senegalesa a la que pertenecía se reunía a cenar y tratar temas referentes a las oleadas diarias de migrantes que llegaban a nuestro litoral, especialmente al Mar de Alborán, pero a mitad de camino la actualidad caprichosa desbarató sus planes. Sintonizó la frecuencia por la que establecían comunicación segura y les informó de los pasos que acababa de dar…
          Tranquila, al bebé lo tienes ahí, a tu lado. Ha comido y ahora duerme’, dijo Jasmin en francés a la mujer africana, a la que preguntó si tenía familia o amigos en Europa y hacia dónde se dirigía. Dedujo con alguna dificultad que iba a Hamburgo, al barrio de Wilhelmsburg, donde su hermana realizaba un curso en La Cantina de los Refugiados. Alguien que lo escuchó explicó que se trataba de un plan integrador, nacido bajo la dirección de Hannah Hillebrand, puesto que quienes participan en él tienen la posibilidad de conseguir un empleo de pinche en el mismo lugar en que realizaron las prácticas. La preguntaron los motivos que la habían hecho emigrar, contó que un día, al regresar de lavar la ropa en el río, hizo un alto para amamantar al pequeño, y que eso salvó la vida de ambos, ya que al entrar en la choza encontró al esposo asesinado. Nada la ataba allí, y en cambio sí urgía ponerse a salvo lo más pronto posible y darle a su hijo un hogar estable donde crecer en paz y en libertad, transmitiéndole también las costumbres y la cultura de su pueblo para no perder las raíces que han pasado de generación en generación. Huyó valientemente adentrándose en la selva sin prever que se toparía con una chusma de delincuentes que, de no haber volcado la patera donde iban, ahora estaría prostituyendo su cuerpo en las cloacas corrosivas que anulan los sueños y la prosperidad…
          Durante el tiempo que el nieto permanecía en la escola, Ahmad Abu-Abbad e Ismael, apartados del mundanal ruido, pasaban las horas en la tetería del bangladesí. ‘No te vayas a creer, eh, comprendo muy bien que cuando ocurren cosas con implicación islamista la gente nos mire raro’. ‘¿Pero qué gilipollez acabas de soltar?’. ‘Por ejemplo, aquí ha ocurrido. Las últimas agresiones en El Raval han echado lodo sobre el tejado que identifica nuestros rasgos físicos procedentes de otros países, en este caso el agresor’. ‘Entonces, desde ese punto de vista, ¿qué opinión te merece comentarios del tipo “habrán sido los moros”?’. ‘Negros, indios, gitanos, indígenas, amarillos, primitivos…, da igual el calificativo que se use si se hace en tono despectivo. Tenemos la fea costumbre de solapar con desprecios la valía humana’, −determina entristecido Ahmad−. ‘Bonito discurso, colega. Pero no me creo que en momentos así no te cagues en la madre que parió a todos’. ‘Claro que sí. Sin embargo, intento tener empatía preguntándome cuál sería mi reacción en el caso contrario’. ‘Si me permitís sólo una cosa −dijo Abul Khan, tras ofrecer más té y los otros negarse−, despertar el odio beneficia a los poderosos que buscan nuestro enfrentamiento para destruir la pluralidad y esa convivencia universal que algunos creemos nos hace más libres’. ‘Cojonudo, vaya par de poetas que estáis hechos’. ‘Venga, Ismael, si en el fondo tú opinas igual, aunque vayas de duro… −Miró el reloj, se hacía tarde, en breve irían al colegio−. Pasemos por La Boquería, quiero comprar hojas de menta para hacer tabulé, y carne de vacuno muy picada. ¿Has probado nuestro plato estrella Kibbeh?’. ‘No, no tengo ni idea. Oye, que yo no soy muy de experimentos culinarios. Advertido quedas’. Se marcharon satisfechos del coloquio a tres que habían tenido, pero la tranquilidad duraría poco…
          Vivían otra jornada dura y larguísima en el mar, el enfermero había participado en varios rescates bastante complicados en intervalos de horas, pero esta vez se prolongó aún más porque le acompañaba el grupo partidario de agotar todas las probabilidades de búsqueda, antes de irse y dejar a alguien con vida. ‘Regresemos, aquí ya no queda nadie’, −dijo el sanitario−. ‘Aguarda un momento, echemos un último vistazo, creo que ahí hay algo. −Adrián a los otros−. Estoy casi seguro. Fijaos en las burbujas de alrededor, son más continuas, como si una respiración las empujara’. ‘Está muy oscuro, no parece, me resulta imposible determinarlo’, −concluyó otro compañero que completaba la expedición−.  Arrancamos o qué?’, −preguntó el piloto−. 'Silencio, oigo un susurro. Acércate muy despacio, y apaga la linterna, ¡hostia!, o nos pondrás a todos en peligro, ¿no sabes que las narcolanchas aparecen por cualquier parte? −continuaron hasta que dijo−: ¡Allí, allí…!’. En esta ocasión tampoco le falló el olfato. Pararon el motor, se ajustó la correa de los guantes, comprobó también las del chaleco y se sumergió dentro del agua. El chico puede que tuviera tres o cuatro años más que su hijo, tiritaba de frío y de miedo. Le hablaba en inglés con palabras tranquilizadoras: ‘No te preocupes, te sacaremos de aquí, somos de la ONG española Sin Muros, y hemos venido a ayudarte’. Pero al chaval no le salía ni el aliento, y, aunque los brazos exiguos apenas le sostenían, enganchado a una maleta de cuero que le hacía las veces de tabla de natación, mantenía el cuello erguido y esa mirada de resignación y de agradecimiento que transmiten los generosos. El auxiliar buceó profundo y, ya en la superficie, dijo en castellano que de cintura para abajo estaba atrapado por un objeto imposible de desenganchar, porque al hacerlo corrían el riesgo de seccionar al muchacho en dos. Superados por la impotencia, y sin saber cómo resolverlo, se les ocurrió tenerlo distraído masticando pequeños pedazos de una barra energética… Transcurrió el tiempo tan pausado como si fuera una eternidad, y el frío del Mediterráneo se les metió en los huesos y en las entrañas. Los cuatro hombres, rotos de dolor, pudieron liberar finalmente al joven de las garras malditas del entramado de hierros que le jodió la vida, falleciendo finalmente durante el traslado. Jasmin fue la primera en abrazarlos, y como conocía la delicada sensibilidad de los compañeros, que regresaban atribulados, quiso darles calor y apoyo. Su marido, recostando la espalda en un rincón de popa, cayó hasta quedar sentado en el suelo con la mirada perdida y el envoltorio de una chocolatina que arrugaba con rabia entre los dedos. Ella, a pesar de lo mucho que ahora les separaba como pareja, le puso la mano sobre el muslo y dijo: ‘Estoy orgullosa de ti, sé que has hecho todo lo posible por él. Cálmate, ya pasó’. Pero sabían que cada pérdida era un proyecto frustrado, incompleto… El capitán convocó una reunión en el camarote donde hacían los descansos. ‘Nos hallamos en mitad de la nada. cumpliendo una misión para la que no veníamos preparados. Hemos perdido la señal por radio, estamos incomunicados, a punto de agotarse los víveres y el combustible, y, para colmo, los que esperan esos contenedores estarán tan angustiados como nosotros. Esto no puede salir de aquí, o proliferará el pánico y tendremos una rebelión a bordo. La chica de la oficina comentó algo sobre una embarcación que iba a Siria, mas como no se den prisa habrá que activar el protocolo para una evacuación in extremis’. ‘¿Cuántas posibilidades hay de…?’, −preguntan−. ‘Por favor, que todos somos mayorcitos, y tenemos mucha experiencia resolviendo estos asuntos. No nos pongamos en lo peor, ni vendamos la piel del oso sin haberlo cazado. Venga, cada uno a su puesto’.
          Ocho días seguidos sin una sola noticia de los ocupantes del barco pesaban en los párpados de Ahmad Abu-Abbad, que ya no sabía a quién acudir para pedir ayuda. Por su parte Binta tanteaba a conocidos de la Generalitat que estuviesen dispuestos a mover los hilos pertinentes para traer a sus amigos de vuelta a casa. Contemplaba también realizar un viaje relámpago a Madrid, a entrevistarse con alguien del Ministerio de Defensa por si la Armada tuviese por allí algún buque que contactara con ellos, aunque todo eran hipótesis, puesto que la realidad pintaba muy distinta. ‘No te atormentes, hombre. Si yo te entiendo de verdad, pero sabes que la tecnología es compleja y no siempre las comunicaciones son posibles, o puede que pongan en peligro la operación si descubren sus coordenadas. No obstante, estoy seguro de que muy pronto sabremos algo, −dijo Ismael mientras servía dos copas de vino−. ¿Cuántas veces no has referido, hablando de tu mujer y de Beirut, que la esperanza es lo último que se pierde? Pues eso. Además, delante del niño deberías disimular y mostrarte positivo’. ‘Gracias por tus palabras y por no dejarme solo en momentos tan inciertos y delicados’. Antes de apagar la luz de la cocina y comprobar que la llave del gas estaba cerrada, le llamó la atención un hombre que caminaba por la calle con el torso descubierto, portando un cartel con el siguiente eslogan: “mírame con buenos ojos”.
          Mayday. Mayday. Mayday. Soy el capitán del barco Sin Muros. ¿Alguien puede oírme? Mayday. Mayday. Mayday. Necesitamos ayuda urgente. Mayd’, −se cortó la voz−. Binta salió al súper a comprar Coca-Cola, y no podía ni imaginar que una llamada de socorro sonaba en las paredes vacías de aquel cuartucho…

domingo, 14 de octubre de 2018

Beirut, Puerta de Atocha

3.

Adelante, por favor, como si estuviera en su casa’, −Jasmin a Ismael, cediéndole el paso en el rellano de la escalera−. ‘Gracias, con tu permiso’. ‘Papá, no traigas tantos dulces al niño, que después se le pican las muelas. ¡Eres de lo que no hay, estás malacostumbrándole!’. ‘No te enfades, hija. Le veo tan poco que…’. ‘¡Hombre, lo que me faltaba por oír, no te digo! Fíjate qué sencillo te lo pongo: trasládate a Barcelona y asunto resuelto. ¿Qué te parece?’. ‘¡Jo!, abuelo, estaría guay −dice el chico con la boca llena y el pulgar hacia arriba−, nos lo pasaríamos bomba’, −al viejo se le humedecen los párpados−. ‘¿Y Adrián?’. ‘En el puerto con los compañeros. Dentro de cuarenta y ocho horas nos hacemos a la mar. Ya sabes que todo ha de estar listo y nada sujeto a la improvisación’. ‘¿Adónde vais?’, −preguntan ambos hombres a la vez−. ‘A Siria. A 12 millas de la costa hay unos barcos que se han quedado sin víveres ni material sanitario. Tenían que haber regresado con las personas rescatadas, pero dos pateras con migrantes todavía siguen a la deriva. Y, aunque es muy complicado acceder a ellos, se resisten a dejar de intentarlo. Por eso les llevamos nosotros cosas que necesitan para aguantar algunos días más’. ‘Aquí, donde la ves, es una magnífica socorrista y ayudante de enfermería’. ‘No le haga caso, es un exagerado’. ‘Tutéame, te lo ruego, aún no soy tan mayor’. ‘Cuando estamos en plena operación y la gente sube a bordo exhausta, todas las manos son pocas y los conocimientos escasos. Cuidando de mi madre, durante la enfermedad, aprendí de medicina lo que después he podido llevar a la práctica, pero no te confundas, es todo muy elemental, ¡eh!’. ‘¡Qué envidia! Da gusto escucharte hablar con tanta pasión’.
          En la oficina de la ONG Sin Muros, ardían los teléfonos, tras saltar la noticia de que uno de los países miembros de la Unión Europea rechazaba la entrada de los migrantes que utilizan la ruta central del Mediterráneo para llegar a este lado del planeta. Binta sabe muy bien de las penurias que se pasan durante el periplo antes de pisar suelo seguro. Nació en Guet NDar, un barrio de pescadores en la localidad de Saint Louis, Senegal. Hasta donde recuerda, mientras asistía a la escuela coránica o iba al mercado a vender la pesca del día, miraba a su alrededor y no quería convertirse en lo mismo que estaba viendo. Sin embargo, conseguirlo no le resultaría fácil, ya que tendría que saltar por encima de las normas y las leyes impuestas por la comunidad musulmana, y, especialmente, de la presión social que ésta ejerce sobre las mujeres. Pero su inagotable tesón fue determinante para lograrlo… Al año y medio de vivir en España empezó a trabajar con ellos, ocupándose de la parte administrativa y coordinando la búsqueda de patrocinadores. Hablar en perfecto francés, y defenderse en alemán e inglés, ha sido clave para incorporarse al mundo laboral. En pocas palabras: es el alma mater que mantiene en pie el local. ‘¿Ha llamado Jasmin? Me quedé sin batería en el móvil’. ‘Sí, y lo imaginaba. Ha dicho que eres un desastre para las tecnologías −ríen fuerte−. Tu suegro y su amigo ya están aquí, más te vale llegar puntual a la cena’. ‘Procuraré. ¿Tenemos todo al corriente?’. ‘Claro, además escaneé los documentos y los envié por email. Descargáis el pdf y listo para consultar’.
          La velada resultó agradable, a pesar de la nostalgia de Ahmad recordando a los suyos de Beirut, hasta que Ismael y Adrián descorcharon una hostilidad verbal que les enfrentaría para siempre. ‘Explicar lo que se siente cuando tiendes la mano a una persona que duda entre subir a nuestra lancha o dejarse empujar por la corriente, es imposible. Entonces, lo único importante es sacar a cuantos más mejor, calmar sus nervios y evitar que provoquen una avalancha que nos ponga a todos en peligro’, −Jasmin, asintiendo, corroboraba las palabras de su marido−. ‘Entiendo lo que dices, pero estaréis de acuerdo conmigo en que ha de haber un control de llegadas, porque la tarta no da para tantas raciones’. ‘Hombre, ciñéndonos a tu teoría, ¿sugieres que los clasifiquemos como ciudadanos de primera, segunda, tercera…: aquellos no, estos sí, el grupo del fondo ni pensarlo, que se salen de los márgenes. Es decir, que como sus circunstancias son otras, y lucen en la piel una tintada diferente, que se jodan, no pasen y se vuelvan por donde vinieron’. ‘Yo no he dicho eso’. ‘Pero tu discurso sensacionalista lo insinúa. Eso sí, con mucha metáfora. ¿Le crees con menos derecho a un subsahariano que a mi madre y la suya migrando de Aragón a Catalunya, a probar fortuna porque en su tierra natal se morían de hambre? Si tuvieras ocasión de mirarlos a los ojos, hacinarte a su lado durante la travesía, conseguir que se sinceren contigo y escuchar las razones que, aun arriesgando el pellejo, les han traído hasta aquí, comprenderías que cada nombre propio no esconde detrás al lobo que va a comerse tu espacio, sino una historia, la suya, que revalida con dignidad el esfuerzo hecho para lograr un futuro más próspero’. −Permanecieron callados, buscando la manera de dar por concluida la cena sin herir al otro−. No quiero dejaros una mala impresión, y conste que me parece muy respetable la labor que desempeñáis, pero creo que una cosa es el altruismo y otra regular lo ilegal…’. ‘No actuamos fuera de la ley, si es eso lo que piensas. En Proactiva Open Arms dicen que: “En el mar, o se salva una vida, o se calla una muerte”. Ya está bien de legitimar las políticas que respaldan la omisión de socorro’.
          A la mañana siguiente Ahmad Abu-Abbad e Ismael tuvieron un encuentro. ‘No estuve acertado en los comentarios con tu yerno’. ‘Veis las cosas de distinta manera, sólo es eso. Me preocupan, últimamente están raros. Se lo noto a Jasmin, que no sabe disimular’. ‘La convivencia, en general, es complicada. Y la de pareja, ni te cuento’. ‘Será que pertenezco a otra época’. ‘¡Pero qué dices, si estás hecho un chaval!’. Conversaban distendidos mientras se movían por las apretadas calles de El Raval. ‘Ven, vayamos al bar que tiene un amigo mío en Joaquim Costa, donde hacen los deliciosos pastelitos árabes tan famosos. Te agradara, es un tío excelente’. ‘De acuerdo, pero con una condición’. ‘¿Cuál?’. ‘Que luego reguemos ese manjar con unas absentas’, −se carcajean echándose el brazo por el hombro−. ‘¡Vale!’. La tetería del bangladesí Abul Khan es un local que concentra en su interior el multiculturalismo de apertura en este barrio de Barcelona.  Salam alaykum. ¿Cuándo has llegado?’. ‘Alaykum salam. Ayer por la mañana, y me quedaré con el niño hasta que vuelvan sus padres. Mira, te presento a Ismael’. ‘Encantado’. ‘Igualmente’. ‘Sentaos ahí, estaréis más tranquilos. Enseguida estoy con vosotros’. Un problema en cocinas requería su presencia. Dos de los empleados, por un lío amoroso, se habían agredido físicamente y no podía consentirlo. ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, nada que no resuelva el diálogo’. ‘Desde luego’. ¿Este es el madrileño del que tanto hablas?’. ‘Espero que digas cosas buenas de mí, Ahmad. ¿Es usted también de Beirut?’. ‘No, soy de Bangladés. Cerca de aquí hay varios establecimientos que venden productos originarios de nuestros países. Coincidimos comprando frutas y verduras, y cargué tanto que este buen hombre se ofreció a ayudarme. Así nos conocimos, y desde entonces no ha dejado de venir a beber el mejor té de la ciudad, que se sirve en esta casa’. El manto de la tarde caía sobre la gente aglutinada a la entrada de las tiendas vintage, en contraste con la acuarela de cualquier esquina próxima que muestra un zoco de nacionalidades que trenzan en entendimiento. Ahmad llegó a tiempo de hacer la última oración del Ars con su nieto. Antes de eso, quitó la ropa tendida en la cuerda y ordenó los platos que escurrían en el fregadero.
          Tras varias jornadas de navegación, con pocas horas para dormir y el desasosiego que genera no saber a qué se enfrentará uno realmente, todo aquello que se divisa a lo lejos parece un cuerpo pidiendo auxilio. ‘Mira allí, al fondo, ¿ves algo? Diría que es una balsa que va a la deriva’, −dice Adrián, prismáticos en mano, al otro piloto que hacía el turno de guardia con él−. ‘No sé, nos separa mucha distancia. Puede ser un trozo de lona de algún naufragio, un pez de grandes dimensiones o víctimas aferradas a un bulto flotante’. ‘Vamos a virar a estribor y a acercarnos cuanto podamos’. ‘¿Y qué pasa con la gente que nos espera?’. ‘Pues que igual nos retrasamos un poquito más…?’. Los quince metros de eslora giraron contracorriente avanzando a toda máquina. El borde estrecho del horizonte rompía su monotonía con unos brazos que salían del agua agitándose. Jasmin fue la primera en avistarlo, justo cuando una voz entrecortada, que bien podría ser de la fundación International Organization for Migration, avisaba por radio del naufragio a los barcos que pudieran estar por la zona. El capitán, comprobando en el radar que ellos eran los más próximos al siniestro, pidió las coordenadas y puso en marcha el protocolo. Las lanchas rápidas utilizadas para realizar los traslados estaban a punto de saltar al agua. Cada miembro de la tripulación tomó posiciones preparándose para recibir a los primeros evacuados. Una mujer de origen africano llevaba envuelto alrededor del pecho a su bebé. Uno de los sanitarios trataba de hacerla entender que tenían que limpiar la sangre reseca en sus muslos y curar la brecha de la frente, pero ella se resistía con violencia, protegiendo al niño a patadas. Se aplacó en cuanto el tranquilizante empezó a surtir efecto. Los patrones de otros comportamientos similares indicaban que había sido violada en repetidas ocasiones. Jasmin cogió al pequeño, le puso un pañal seco, y, antes de meterle la tetina en la boca, se cercioró de que la temperatura del biberón fuera templada. Subió a cubierta con él en brazos, y pensó en su hijo, en el abismo que ahora la separaba de Adrián, en lo cabezota que puede llegar a ser su padre, en su infancia, en la vida que dejó sepultada en Beirut, en la que está edificando aquí, y en todos los que, por falta de recursos y de ayudas, se quedan a mitad de camino. El último relevo salió a por los pocos náufragos que faltaban por traer, haciéndolo bajo un cielo huérfano de estrellas y con todas las posibilidades de éxito en contra. La tímida aparición de una linterna al otro lado hacía señales para que se acercasen despacio. Pocos metros antes de llegar pararon el motor, y fue entonces cuando algo contundente golpeó en el lado izquierdo. Sobrecogidos, conteniendo la respiración, distinguieron el cuerpo de un anciano fallecido, flotando hasta mirar a La Meca desde la inmensidad del mar.