domingo, 12 de noviembre de 2017

Decimocuarto día de la segunda quincena de noviembre

Al contar la vida a pedazos nunca sabes cuánto hay de objetividad en tus palabras, ni la proporción aumentada, fruto quizá del anhelo respecto a cómo te gustaría que hubieran sucedido las cosas. Pero estoy en condiciones de asegurar que me ajusto bastante a la realidad. He vivido lo que refiero… La indiferencia ejercida por los míos, algo complicado de asimilar cuando eres joven (y de mayor tampoco, ¡eh!), ha curtido mi piel enseñándome a relativizar acontecimientos ocurridos a posteriori, ya que todo, por trágico que parezca en el momento, se supera... Tengo que ir a la clínica veterinaria a coger cita para Carlota, pues la encontraron otitis hace unas semanas, molestia que la ha vuelto un poco más lenta. Yo arrastro un fuerte dolor en el costado que me impide llevarla en brazos, menos mal que el marido de una compañera, muy apañado resolviendo manualidades, ha fabricado una plataforma sobre ruedas cubierta con una funda de cuadros escoceses para transportarla. Ella apareció por casualidad, igual que llegan los grandes amores. Me aficioné a la comida asiática, lo que me convertía en clienta asidua de Gold City Supermarket, cercano a Kissena Blvd, y enclavado en un recinto abierto con más tiendas. Al otro lado de la calle está uno de los restaurantes japoneses más baratitos de la zona. Una noche, cerrado ya el local, el matrimonio de origen tokiota que lo regenta, cuando sacaba los cubos de basura a la parte de atrás, agudizando el oído antes de cerrar la puerta, creyeron escuchar el llanto de una criatura. La vieja gata que merodeaba siempre los alrededores buscando comida había tenido una camada de seis crías. Al día siguiente, festivo, almorzando allí −voy cenando menos−, me contaron el episodio tal y como he narrado. Cuando entré en casa llevaba a uno de los cachorros envuelto en mi bufanda y acurrucado en una mano, y en la otra una bolsa con leche especial y jeringas sin aguja para dársela. Eso es lo más cerca del instinto maternal que he estado nunca. Desde entonces aprendemos a conciliar, y en esas estamos…
          ¿Pero por qué te cuesta tanto hablar, Maura? Son muchos años viniendo a terapia y sabes de sobra cómo va esto. Además, hemos trabajado mecanismos para fomentar la seguridad en ti misma que hasta el momento has controlado bien, así que tendrás que averiguar cuáles son los motivos que te bloquean’. No tengo valor para sincerarme expresando que me produce verdadero pudor quedarme desnuda delante de él, observada fijamente en todos y cada uno de los gestos que hago, de cómo digo según qué cosas y consciente de que toda reacción por mi parte deja más vulnerable el código que abre la trampilla emocional. ‘Es que soy muy tímida. ¡Ya me conoces! Y me cuesta, pero cuando arranco… No te haces idea las veces que he querido hacer un desvío en mis hábitos y mudarme de casa, amueblar otro espacio diferente donde recibir al amante del momento, iniciar dietas equilibradas controlando el peso −en realidad esto último lo digo para mí, porque no he puesto ningún empeño en hacerlo−, y buscar un trabajo que me hiciera más feliz, porque desde luego contar latas de sardinas, entre otras muchas cosas, no me hace… Supongo que el miedo a lo desconocido viene de las malas experiencias. Apenas llevaba doce meses en el supermarket donde empecé en el turno de noche vigilando que no robaran de los estantes, reponiendo los artículos que faltaban y pasando el plumero por encima de los paquetes de compresas, cuando me entero de que a dos manzanas de allí acababan de poner una lavandería y buscaban personal. El sueldo era algo mayor y me decidí, por intentarlo no perdía nada. Esto pasó con la persona encargada de entrevistarnos: “¿Nombre? Maura Pumares. ¿Estado civil? Soltera. ¿Lugar de nacimiento? Soy de la Comarca del Ebro, en Burgos, España. ¿Latinoamericana? No, no, española. Pues eso, de América Latina… ¡Si usted lo dice! ¿Y qué sabe hacer? ¿Yo?, limpiar retretes y ordeñar vacas…”. Siempre me ha sorprendido que los estadounidenses, más allá de vuestras fronteras, −habrá excepciones, como es lógico− tenéis una vaga ubicación geográfica de dónde está el resto del mundo’. ‘Puede ser’ −opina un apagadísimo Mr. Coleman−. ‘Aunque eso ya me da igual. Total, a estas alturas de la película no pienso discutir sobre si mi país de origen está en Europa o en las Antillas’. ‘Igual tienes alma de maestra y no lo sabes, mira tú por dónde’. ‘¡Ja!’, −desafío a E.J.−. ‘¿Quieres decirme algo en concreto?’. ‘No. Bueno, sí. Tal vez. Puede…’. ‘Qué’. A lo mejor es una tontería, pero a veces me pregunto que si cambiar significa pulir el nuevo entorno en un diseño desconocido, ¿por qué razón acobarda desencasillarse? Estoy llena de reproches y las rachas de insomnio son una tortura. ¿Podría haberlo gestionado todo mucho mejor?, pues sí, ¿y quién no? Si Carlota hablara, diría que sufro de falta de interés. ¡Uf!, creo que me estoy yendo por las ramas. Quizá no vuelva por aquí, Eric. No hallo alivio alguno en estas charlas, todo lo contrario, me producen un malestar intenso’. ‘¿Te parece bien cortar por lo sano el tratamiento así, de modo tan brusco? Mira, hagamos una cosa, mantenemos la cita de la próxima sesión y tú decides libremente venir o no, ¿vale?’. Según caminaba hasta el metro, el primer contacto con la realidad colocó en mi paladar la amable textura de un taco mexicano relleno con carne de pollo y comprado en un carrito callejero, junto a la firme decisión de volver a la consulta del psicoanalista.
          “Nueva York. Decimocuarto día de la segunda quincena de noviembre. Mucho antes de asomar las primeras hebras del amanecer, cuando todavía nosotros estábamos en pleno sueño, padre contaba el dinero que después guardaba debajo del aparador dentro de un calcetín suyo. Siete, once, veinticinco, ochenta y nueve… En el silencio de la noche, desde el dormitorio y tapada hasta el cuello con la manta, yo calculaba la cantidad que había por el ruido que hacían las monedas al caer una sobre otra, llevándome a fantasear inocentemente convencida de que éramos ricos. Por eso, a menudo preguntaba a madre si teníamos más billetes que nadie en varios kilómetros a la redonda, siendo su respuesta una hostia en la cara y no es asunto tuyo, mocosa. Para una aldea de vida aburrida el mayor espectáculo del mundo es cualquier cosa que proceda fuera de lo rural, de lo relativo al campo y sus quehaceres. En la mía fue que la Guardia Civil estacionó un furgón delante de nuestra casa, y a la par se produjo el manchón negro y definitivo que estampé en la honorabilidad de la familia. Al parecer yo era la última persona que había visto con vida al sacerdote, por lo que tenía que acompañarles a declarar al cuartelillo. Fui sola, pero antes de salir oí cómo crujió el suelo de madera en la habitación contigua. Supuse que serían mis hermanos moviéndose de ventana en ventana para no perderse la función. Un hombre de largo bigote y modales groseros aporreaba las teclas de la vieja Olivetti transformando en palabras todo lo que les decía: ‘la noche se nos echaba encima y había que apresurarse −proseguí−. Recuerdo que el cura caminaba muy cerca, no sé si para protegerme o por miedo a caerse él’. Omití, el asunto de la violación, de la sangre reseca en mis piernas, del desprecio que sufría desde entonces, de la sospecha respecto a si la muerte del religioso estaba relacionaba con algún ajuste de cuentas (imposible pensar en los míos). Tampoco mencioné el detalle desagradable de la halitosis en el aliento de mi agresor, ni que recogí, instintivamente, sin saber muy bien por qué lo hacía, el pañuelo que tiró con sus babas, en el que aún permanecía su ADN. Salí de la sala de interrogatorios cubierta de soledad, pero decidida a realizar los cambios que necesitaba para sentirme libre. Visité a mi tía y, mientras daba de mamar a su bebé, buscamos la manera más razonable de emprender el camino hacia Burgos…”.
          Llevo prisa, lo siento. Les veo mañana. Pues sí, está empezando a llover −digo a los Harries, cuyos dedos señalan hacia el guirigay que se va a liar en el cielo−, tengan cuidado y pónganse bajo cubierto’, grito desde el cruce de Maspeth Av. con la 58th st, donde intuyo que van a comer pizza en un local legendario. He quedado con mi amiga, vamos a oír un mini concierto de cuerda ofrecido por estudiantes de arquitectura, entre los que se encuentra su nieto. Con ello recaudarán fondos para el viaje final de carrera que quieren hacer a Memphis, la cuna de Elvis. Lo convocan en un lugar especialmente bonito: Travers Park, en el barrio de Jackson Heights, en Queens. Y no es que la cosa del arte me llame la atención. Si soy sincera, este tipo de actos me aburren y dan hambre. Yo soy más de culebrón de telenovela, pero todo sea por la amistad que me une a la abuela.
          Las visitas diarias de Eric a su esposa se están convirtiendo en pura rutina exenta de alicientes. Siempre lo mismo, calcado un día de otro… Entra, y bordeando con los ojos el perímetro de la cama para no tropezarse, se gira, respira hondo, se sienta en la silla que hay junto a la ventana y aprovecha para dar una cabezadita. Michelle, molesta por el olor a orines, y no suyos, desde la mordaza inmóvil que la ata a la enfermedad, hace uso de lo que todavía no le han robado: la capacidad de pensar. Nunca estuvo enamorada de su primer marido, fue tan sólo el vehículo que la convirtió de chica pobre en mujer de un Stockbroker, en Wall Street, enviudando cinco meses más tarde, después de que él cerrara una operación de bolsa que la colocó a ella en el ranking de las personas más pudientes de Brooklyn. A medio camino del ahogo trata de ablandar una flema contundente, aunque si la máquina no pita y no vienen con el aspirador de secreciones puede que la habitación vaya oscureciéndose poco a poco… Las imágenes de la noche de bodas en un motel cutre de Las Vegas, con el fracaso sexual que vivieron, acaparan su memoria, junto a la agonía de no haber tenido valor de enmendarlo nunca. Ahora comprende que aquello no fue más que el preludio de una unión frustrada…
          Paso de puntillas hasta el dormitorio para que Carlota no vea la rojez −es tan lista la jodía− que traigo en los ojos: tormenta de cócteles con aparato eléctrico. Pero antes de reaccionar y hacerla bajar de mi cama, acaricio su vientre y nos quedamos dormidas…

domingo, 29 de octubre de 2017

Nueva York. Octavo día de la segunda quincena de noviembre

Amurallado por dos ríos: el Hudson, y el que da nombre al barrio, palpita Harlem al norte del alto Manhattan, mezclándose esbelto y a la vez en ruinas sobre la textura de un lienzo abstracto donde se ha posado la huella de varias generaciones. Con el paso del tiempo, y teniendo en cuenta los altibajos que a veces la convivencia arranca a jirones, Carlota ha desarrollado una intuición bastante afilada y sabe al momento qué me pasa, de dónde vengo o qué cosa he mandado a la mierda. Sé lo que me espera, hoy lleva todo el día sola e imagino que estará hambrienta, lo que puede traducirse también en zalamera. Pero no tengo humor para seguirla el juego, así que pienso quitármela de encima comiendo sopa de fideos instantánea, que aborrece, y helado de crema de cacahuete, que le da repelús… El tintineo de las llaves contra el embellecedor de la cerradura la sitúa en posición de ataque, pero cuando empiezo a silbar Singing in the rain se abalanza amorosamente cruzándose entre mis piernas. Restriega el hocico por la suavidad de las medias de hilo, sin engancharlas, y apoya las patas con firmeza para no perder el equilibrio. Sin embargo, y en vista que no correspondo a sus muestras de afecto, encoge todo el cuerpo como si fuera una bola de carne tirada en el suelo, me mira desconfiada achicando los ojos, congela los bigotes en abanico bien separados y, tras pensárselo unos segundos, adivina que huelo a góspel, a la iglesia Greater Temple Refuge, donde asisto al espectáculo, tal y como yo lo siento, una o dos veces al año. No soy creyente, ni aparezco Biblia en mano con párrafos subrayados, pero hay algo especial que me atrae muchísimo: su fuerza, el coro, la alegría que contagian y calan hasta las entrañas y esa sana invitación a mover las caderas. Aunque nunca he alcanzado la catarsis como ellos, igual si lo sigo intentando…
          La primera vez que oí la palabra “gentrificación” pensé que se trataba de otro programa inteligente incorporado a una lavadora de nueva generación. Después, conociendo el significado, la ubiqué aquí, en las mismas calles y plazas donde Martin Luther King y Malcom X pronunciaron algunos de sus discursos más importantes. El asentamiento de una generación de clase media-alta ha cambiado el color de Harlem, poniéndolo de moda social, económica y culturalmente, lo que sin duda ha obligado a la gente humilde a desplazarse hacia otros suburbios de la ciudad, al ser insostenible ese nivel de vida para ellos. Sin embargo, por sus bulevares, cada domingo, fluyen las escalinatas que conducen hasta el latido del corazón afroamericano, pegado a ese asfalto del que ya nadie lo podrá desmochar. “Nueva York. Octavo día de la segunda quincena de noviembre. Dice mi psicoterapeuta que todas las rutas para entender el pasado están dentro de mí. En mi pueblo la predicción del tiempo la daba el cabrero a la vuelta de pastar con el rebaño: ‘Éntrate pa dentro que agua pronto está escapando. Ponle pellizo ar zagal que hace un pasmo…’. Expresiones muy nuestras, propias de la época de mi infancia. En cambio, para mí tenía esta especial, con toda la entonación asturiana que podía: ‘lo veo en tu cara, neña, volarás bien alto’. Desde por la mañana, en la cocina siempre había pucheros puestos al abrigo de la lumbre baja. Apenas salía, y empezaba a acomodarme a la vida de encerrada. Así fue cómo aprendí a cocinar lo más básico para no morirme de hambre. Estaba al cuidado de un potaje de garbanzos. Tenía que quitar la espuma, procurar que no se consumiera el caldo y añadir, en el momento justo, chorizos y un buen pedazo de tocino saladillo. La cuñada pequeña de madre, dieciocho años menor que ella y, por tanto, más próxima a mi manera de entender ciertos aspectos de la vida, venía cada tarde a hacerme compañía. Estaba en la recta final de la preñez, lo cual la liberaba de faenar en el campo. Dos primas suyas trabajaban en Burgos, una sirviendo en casa del terrateniente más poderoso de la comarca, y la otra en la de un coronel del Ejército de Tierra ya retirado. Tal vez, mi tía no sabía que, intercediendo indirectamente por mí, contribuía, con la ayuda también de esas otras dos mujeres, a alcanzar la libertad tan deseada…”.
          Hace semanas que Michelle no abre los ojos, ni parece reaccionar a ningún estímulo físico. Sin embargo, sus constantes vitales están dando valores normales. Eric la visita a diario. New York Times en mano, lee con tono muy suave aquello que intuye querrá saber su esposa. Pero hoy se ha puesto a hablar por los codos de cosas más cotidianas: de la chapuza que les han hecho en el grifo del fregadero, que si antes se salía sólo un poquito, ahora es como el gran diluvio universal. Del flamante coche que se ha comprado la hija del reverendo, donde pasea al tonto del novio, podrido de dinero y con algún cromosoma suelto por el organismo y fuera de su sitio. O de lo mal que lleva la tarea de coserse los botones cuando penden sólo de un hilo. Le cuenta que en Montague St., en el barrio residencial Brooklyn Heights donde trabajaban sus padres de cocinera y mayordomo, con derecho a vivienda en el sótano, todo sigue más o menos igual, conservando la elegancia de las estructuras sobresaliendo en curva, la seriedad de los ladrillos rojos tirando a marrón alguno de ellos y la identidad, tan neoyorquina, de las escaleras de incendio que, vistas de frente, parecen dentaduras en zigzag rompiendo la estética exterior de las fachadas. Una mañana de puro invierno, bajo la nieve cayendo con suma delicadeza, la actual señora Coleman cruzaba el puente hacia Manhattan. Apenas se divisaba el puerto, como tampoco podía sentirse el vértigo de los más de 84 metros de altura. Y fue ahí, arropada entre los gruesos cables de acero y sus dos sólidas torres neogóticas, donde encontró, caminando entre la multitud, pero cerca de ella, a su primer marido. La persona que la situaría sobre la plataforma de una vida absolutamente acomodada…
          ¿Y qué tal si nos cambiamos de sitio? Tú te tumbas en el diván, y yo, mientras me limo las uñas, te analizo’, −suelto de repente a E.J., que desdobla el borde trasero de la playera que le molesta−. ‘Hay que ver lo que se te ocurre, Maura. Aunque sería muy aburrido, te lo aseguro’. Dejo pasar unos minutos de silencio, que él respeta, y pienso en cuánto disfruto haciendo que por un segundo pierda la compostura. Pero supongo que la templanza va implícita en el esqueleto del psicoanálisis, porque aún no lo he conseguido. ‘Ahora, a la salida del metro, cuando venía, en mitad de la estampa invernal y desierta, parecida a la que sacan en las películas de aquí, me he sentido haciendo el papel principal. ¡Qué gran palabra!: protagonista, ¿verdad? ¡Cojonuda! ¿De qué? ¿De la vida que vivo y que si me paro a analizarla detenidamente resulta que quizá haya sido infeliz? ¿Del personaje engañoso, oiga que lo bordo, ¡eh¡, −aclaro con énfasis y en un paréntesis−, sobre todo para mi persona, creyendo que el pasado es algo efímero que sólo está ahí porque ha ocurrido y…, mucho mejor no tocar las aguas para que sigan tranquilas? O, ¿hasta dónde estoy dispuesta a llegar, cueste lo que me cueste, con tal de no dar mi brazo a torcer y mantener la venda pegada a los ojos?’. Mr. Coleman deja de dar vueltas a un clip que aparece y desaparece entre sus dedos, entreabre la comisura de los labios, se remanga la camisa por debajo del codo, y mira al infinito hasta que… ‘Pero para llegar a manifestar esa insatisfacción habrás tenido que apartar algunas capas. ¿Te has parado a pensar cuáles son?’, −pregunta Eric−. ‘Madre nunca quiso a nadie fuera de su persona, puro egoísmo, y si soy sincera me asusta la posibilidad de haber desarrollado sus mismos genes… En la aldea la llamaban “la sí-no”, por contestar a todo con esos monosílabos. Una noche padre vino alegre, y le obligó a dormir a la intemperie. Esa fue la excusa que necesitaban para separar el dormitorio y retirarse el saludo. Otra vez, mi hermano mayor sufrió un accidente de moto, le escayolaron una pierna, y sólo le preguntó si ese trasto le impediría cargar bidones en la furgoneta... ¡Vieja ingrata! −suelto, al tiempo que estiro una arruga del pantalón producida al cruzar las piernas. Y, como E.J. observa con lupa todos mis movimientos, añado−: en la primera casa donde serví en Burgos, la señora era una maniática de la estética, y no consentía llevar nada fuera de su sitio, así que sudábamos la gota gorda con aquellas planchas de hierro tan pesadas. Algo se me ha pegado, ¿no crees?’. ‘Bueno, paya. Lo dejamos por hoy. ¿Agendo día y hora como siempre? La sesión ha sido muy interesante. Sigue el proceso de quitar las lonchas de corteza seca, verás que al final te quedará un pedazo de madera lisa y lista para barnizar…’. ‘Me descoloca usted Mr. Coleman’, −digo guiñándole un ojo−.
          La mayor parte del tiempo en esta ciudad lo pasas desplazándote en transporte público, donde, quien más quien menos, aprovecha para leer o dar una cabezadita. A mí me placen ambas cosas. En el largo camino hasta llegar a Queens, entorno los ojos, y evoco el olor a cuero de la bota de vino que el herrero de mi pueblo tenía colgada de un clavo en la puerta. Los seres humanos estamos hechos de un conjunto infinito de emociones, sensaciones que dan alguna pista de lo complejos y, a la vez, simples que somos. Un recuerdo concreto, un poso que no ha cuajado, ese tren que ya no pasará otro día, el envoltorio de un caramelo de menta que no sabemos por qué guardamos, un plástico que ya está caduco, la melodía de una canción infantil que escuchamos algunas noches, las cenizas de los que se fueron y temes que el viento espante, o esa jodida costumbre de verlo todo de color negro, nos hundirá como especie, en el caso de que no estemos espabilados. Si de algo me está sirviendo la terapia es para comprender que vivir instalada, como he hecho hasta ahora, en la amargura no me ha conducido a ningún buen puerto. ¡Qué raro! Carlota no ha salido a recibirme, se le nota por la respiración que tiene la barriga llena y parece que ha llorado…

domingo, 15 de octubre de 2017

Nueva York. Quinto día de la segunda quincena del mes de noviembre

Carlota no ha parado de maullar hasta bien entrada la madrugada, ni de recoger las pelusas del gato del vecino, golfo como el dueño, extraviadas debajo del felpudo de entrada. ¡Como esto siga en modo desamor, igual tengo que darme al Advil para combatir la jaqueca, o trepar con ella a cuatro patas hasta los tejados a exfoliar la pena…! “Nueva York. Quinto día de la segunda quincena del mes de noviembre. Perdida la vista en el vacío y muy mareada, permanecí tendida en la camilla con la desagradable sensación de tener cerca la respiración acelerada de mi agresor mordiéndome la oreja. El médico de guardia, cuyo diagnóstico hoy hubiera sido cuestionado, sólo puso en el informe, simplemente, trastorno postraumático, pasando por alto un matiz importantísimo: tenía delante de sus narices la agresividad de una violación y no activó el protocolo a seguir… Yo luchaba por salir de allí lo más rápido posible, del ambiente inhóspito de la sala de curas vaporizada en extracto de cloroformo. Por eso, atrapada entre la incertidumbre y los efectos secundarios del sentimiento de culpa que germina en las tripas como tabiques que pueden emparedarte, no me atreví a preguntar por la otra persona que me acompañaba… Padre esperaba en el llano del camino, antes de entrar a la explanada donde, además del nuestro, había un par de caserones más. Miró a uno y otro lado, chascó la lengua, escupió en diagonal, se rascó la calva e, increpándome, dijo: ‘límpiate los mocos y que no vuelva a verte así’. Sus palabras, puntiagudas como carámbanos, hincaron sobre mis hombros toda la crueldad que contenían”.
          Los Harries son unos viejitos cuya costumbre es hacer la compra, dos o tres artículos a lo sumo, diez minutos antes del cierre, justo cuando estamos a punto de cuadrar la caja. Siempre traen noticias frescas del vecindario porque consideran que así ponen la guinda en el broche de nuestra aburridísima, según ellos, jornada rutinaria. Verles discutir en la calle forma parte del paisaje urbano. ‘Sabes que me molesta un montón y lo haces todavía más aposta. ¿No puedes acostarte sin calcetines, coño?’. ‘¡Ja! Pues anda que tú, dejar la dentadura todas las noches encima del lavabo. Eso sí que es una asquerosidad, hija’. ‘¡Yooo! Pero qué dices, si no me falta ni un solo diente. ¡Habrase visto cosa igual! ¡Qué hombre éste…!’. Tras unos minutos de silencio y sin soltarse del brazo, él, enternecido, dice: ‘Cuidado con el escalón, querida, no te vayas a tropezar’. Cuando llegan hasta mi puesto depositan en la banda transportadora unos clínex, una botella de zumo de melocotón y un paquete de café soluble. ‘¿Cuánto es?’ −pregunta ella−. ‘$17.11’. ‘¡Qué caro está todo!, ¿verda, usté? No sé adónde vamos a llegar’. El mendigo que cada día merodea alrededor nuestro entra a pedir alguna de esas bolsas de comida que, por distintas circunstancias, al final quedan rotas en las estanterías y van directas a la basura. Pero el encargado, ser despreciable e insensible donde los haya, le suelta: ‘largo de aquí, imbécil. A cagar a la vía’. El hombre nos mira, se da media vuelta, y hasta perderlo de vista sigue empujando el carrito donde amontona piezas de reciclaje inservibles en su mayoría…
          E.J. abrió su primera consulta en una habitación pegada al garaje (hoy trastero) que le alquiló a Michelle en su casa actual en Brooklyn. Pronto se hizo con una amplia clientela que corrió la voz de lo buen profesional que era. Rápidamente se les llenó el porche de pacientes, ocupando también un espacio considerable en el bulevar. ‘Deberías de instalar el gabinete dentro, Eric −le dijo la casera una tarde lluviosa con viento, en vista de la afluencia cada vez mayor de personas que acudían a hablarle de sus fobias y complejos−, sería más cómodo y privado’. ‘Tienes razón, lo pensaré…’. Empezaban a intimar, no como dos quinceañeros apasionados, sino como adultos que posicionan aquello que creen más conveniente para ambos. Meses después, en secreto, y en compañía de una pareja amiga, se fueron y volvieron de Las Vegas como Mr. y Mrs. Coleman, bajo las habladurías de todos porque la señora le doblaba la edad. Diez años después seguían comportándose como dos desconocidos con un contrato de arrendamiento en apariencia renovable. Nadie dudaba que se tenían mucho respeto, admiración y cariño, pero había algo que no funcionaba e impedía aportar lo esencial para darle sentido al hogar… En sillas de madera maciza y diseño antiguo se sentaban a cenar en los extremos de la mesa rectangular del comedor. Sin hablar, sin compartir, metidos en ese mundo hermético donde el otro no estaba invitado.
          A veces celebro fechas que no aparecen en rojo en ningún calendario: cuando la alcaldesa parió a su primer hijo, un sietemesino con cara de gánster. El día que despropiaron del terreno a los gitanillos (repatriados al puesto fronterizo de la más absoluta miseria), que me regalaron un colgante de oro con el colmillo extraído al patriarca estando de cuerpo presente. O el momento en que decidí que no valía la pena seguir llorando… El Bronx es muy grande y da para mucho. Sus contrastes estampan un condado fundamentalmente de inmigrantes, cuya población más numerosa es la formada por la comunidad latina. En el noroeste, en el barrio adinerado de Riverdale, se encuentra la gran finca de Wave Hill, que comprende un centro cultural y sus jardines públicos con vistas espectaculares al río Hudson. Ahí, acodada en una de las balaustradas que separan las zonas temáticas (invernadero Marco Polo Stufano, bosque nativo, alpinum…), voy a festejar ese tipo de cosas, y a pensar en lo bueno y regular que me ha pasado en la vida, ahora que hago repaso de ella… Con el paso del tiempo, quizá porque lo condiciona también el hacerse mayor, lamento no haber regresado en alguna ocasión a España y poner ante los míos todo en su sitio, aclarando dudas prescritas. Sin embargo, agarrada a lo fácil, no me he preocupado de investigar qué pasó realmente aquella noche en el bosque. Tal vez si hubiera vuelto al lugar de los hechos… A las pocas semanas de acudir a terapia, el psicoanalista mencionó algo que ya no he olvidado: ‘Maura, hay circunstancias terribles que nos vacían del todo, y solo nosotros conocemos dónde está el interruptor para alumbrar nuestra calle interior, esa que cada uno llevamos estampada en las entrañas…’. Yendo hacia el metro paso por delante de Calvary Hospital, especializado en cuidados paliativos, y pienso en mis padres, en el final que tuvieron e ignoro…
          Cuando alguien en el supermarket me pregunta tal o cual cosa sobre este Estado, e intuyo que lo visita por primera vez, yo siempre digo que sólo hay que patear aquí y allá para darse cuenta de que existe una ciudad diferente que no aparece en las guías turísticas, ni ofertan las agencias de viajes. Una vida mucho más barata y tranquila, a pesar de los grupos derrotistas que hay en todas partes pregonando lo peligroso que también puede llegar a ser. Hablo de determinados cinturones de Harlem, de Queens, de Bushwick en Brooklyn, de Chinatown…, paisajes alejados del Upper East Side, por ejemplo, de las firmas de alta costura, del poder financiero y de esa población, acelerada y casi sin vida familiar, que se mata por conseguir unas migajas de éxito y un pódium pegado a los triunfadores… Dicen que en el Bronx la gente permanece quieta o deambulando por la calle, sin rumbo, esperando algo que nunca pasa. Me gustan sus avenidas sombrías, ocupadas por personas solitarias, el color y estilo de los edificios, esa mezcla de condado emergente con zonas decrépitas. −Le digo a E.J., que tiene la vista puesta en un insecto que se ha posado en el cristal de la ventana−. No sé por qué, Eric, pero de alguna manera me recuerda a mi aldea, como si en el fondo de mi imaginación hubiera tendido un puente entre un espacio y otro, para no perder la identidad de dónde vengo’. ‘Háblame de eso, paya’. ‘No sé… Mi único deseo es que no ocurra lo inevitable, que los oscuros presagios no se cumplan y que la provisionalidad, una vez asumida, haga de nosotros seres más fuertes y más libres. A trescientos metros de la vaquería, sentada en la valla de piedra que separaba el cementerio del monte, esperaba una sacudida de viento que me asustara e hiciera desaparecer la hinchazón de la tripa que yo identificaba como gases… El espejo maldito y delator cambiaba las curvas de mi silueta. Tenía vómitos y angustia permanente, así que fuimos al médico. Luego, en la casa, de la paliza que me dio padre delante de todos, figuras permaneciendo de pie frías y estáticas, perdí al bebé. Al poco tiempo apareció en una acequia el cadáver del sacerdote, lo encontraron unos campesinos que iban de paso, y, por los signos brutales que descubrieron, especularon con la posibilidad de que podría haber sido asesinado, sospecha que corrió como la pólvora’. ‘¿Qué se te pasó por la cabeza? Cuéntame. ‘Pues, algo sencillo: muerto el perro acabada la rabia’. −El hombre se queda pensativo mirando el reloj y, a continuación, el parpadeo de la luz verde en el contestador−. ‘Bien, ahí lo dejamos. ¿Cómo llevas el ejercicio?’. ‘Mi gata, enrabietada o celosa, no sabría definirlo, disfruta muchísimo arañando cada hoja, como si las letras que plasmo la provocaran empujándola a la acción…’. Mr. Coleman escucha atento el mensaje grabado por una paciente que necesita cambiar el horario de la sesión. Sube a la planta de arriba, llena la bañera y se mete en sales aromáticas. Nunca imaginó que la vida sin su esposa tuviera tantos huecos y rendijas por donde se filtra el frío, tanta soledad que lejos de cerrar heridas las sangra mucho más. ‘Ay, Michelle, Michelle…’.