martes, 4 de octubre de 2011

Los fantasmas de San Ginés

Vengo de sobrevolar un sueño por la parte baja de los sueños imposibles. Medianoche y cuarenta y nueve minutos marca el reloj que intuyo próximo un día cualquiera a mediados de julio de mil novecientos setenta y uno, cuya velada calurosa desvía las pocas ganas de dormir que tengo, hacia el balcón de la casa en mi antiguo barrio, donde prendo y combino, tabaco de picadura e insomnio, con recuerdos que abrigan hoy la distancia y guían al narrador por estas líneas inspiradas en un fondo de armario muy querido para mí. Esas calles de entonces con alumbrado de posguerra y colonizadas en silencio por miedo a hacer ruido, abrían una ventana de oxígeno en verano cuando a pie de acera, vecinos de mi portal y colindantes, se sentaban en la puerta a tomar el fresco y del botijo tragos, conjugando la primera personal del plural del verbo compartir.

Evoco como si fuera ahora olores peculiares de aquella época. Recupero, por ejemplo, aquel a matanza de pueblo recién curada, ese otro a babi de colegio con travesura de recreo, alguno quizá a grasa de motor Pegaso, aunque por encima destaco, el tufo a aceite frito que despedía la ropa tendida en las cuerdas del piso cuarto. Desde mi escondite de observador veía avanzar calle abajo, al churrero de san Ginés, hombre taciturno, melancólico, cansado, a quien el aguardiente en noches de luna tapada con tos de sartén, ensamblaron los suelos de su vida en el compartimento del fracaso. Aquellos sábados de sesión continua en el cine Pavón, irrepetibles, eran todos prácticamente iguales. Uno de ellos, dispuesto a innovar, aunque sin embargo indeciso, salí hacia la periferia del barrio, en dirección a paisajes donde oí contar a los mayores que había chicas de alterne y cigarrillos de importación, clandestinos, americanos.

Remé con viento libremente alrededor de la Plaza Mayor, al tiempo que entre vino y mesones, perdí en sus adoquines una parte de inocencia. Poseído por aquel aroma tan particular, caminé pisándole los talones al hambre para detenerme en el Pasaje de san Ginés, donde a decir verdad, me sorprendí pidiendo “una de churros con chocolate, por favor”. Allí estaba mi vecino tirando masa sobre aceite hirviendo, trabajo de alto riesgo que realizaba en serie y sin protección. Parecía una sombra de sí mismo, un alma en pena, un frustrado de la vida a quien las cosas le habían salido bastante mal. Supongo que no reparó en mi presencia, es más, diría que no me conocía ni de vista.

El diecinueve de abril de mil novecientos ochenta, vendió el piso y desapareció de allí con su familia sin despedirse apenas de nadie. Más tarde supe por Lola la frutera que veinticuatro meses después, falleció en la frialdad de otro distrito, llevándose consigo a la tumba, el secreto o motivo de tanta aflicción, aunque en calidad de literato, digamos que puedo imaginarlo.

Hace pocos días volví de un largísimo viaje que me ha tenido varios años fuera del país, al otro lado del continente. Ha cambiado tanto la ciudad de Madrid que me cuesta reconocer algunos rincones de mi juventud muy transitados, pero fue a la caída de la tarde con nubes rotas, cuando sentí un pellizco de añoranza en el corazón y tomé la línea de metro que lleva a Sol. Ya en la churrería, apenas sin entrar, comprobé que los de antes solamente éramos, fantasmas guardados en la memoria de quienes aún subsistimos. Mientras tanto, gestionada por patronos sin solera, san Ginés pierde lo emblemático y castizo, que tanto popularizó aquellas cuatro paredes con mesas de mármol y sillas de madera. Giré a la izquierda desandando un manojo de pasos y apretado a la bolsa de largo recorrido donde se guardan las experiencias, desaparecí llorando por toda la calle Bailén abajo.

Una respuesta a Los fantasmas de san Ginés

Rosa dijo:
Bueno amiga Mayte, por fin he disfrutado esto que también siento mío. Escrito desde el corazón sobre un papel nostálgico de trocitos del ayer, esos trocitos que nos gusta conservar en nuestros recuerdos, que nos hacen olvidar lo menos bueno de entonces y de ahora y revivir lo que hicimos magnífico.
Te quiero con un abrazo así de grande…
Rosa

Emilia Fortunatti

Seis de la mañana. Amanece tímidamente en el Aeropuerto de Barajas cuando el primer bostezo con aroma a café instantáneo, irrumpe en la cara plomiza de quienes hemos pasado aquí, veinte largas horas, esperando la salida de un vuelo que nos llevará a Buenos Aires y cuya causa de demora desconocemos. Cerca de donde me hallo un grupo numeroso de personas con la paciencia gastada como yo, relativizan, también como yo, un desayuno a base de bocadillos envasados que inviernan el estómago y bebidas gaseosas que hacen cosquillas en la lengua. Una vez comidos, cada cual distribuye el tiempo como bien le parece. En lo que a mí respecta, por tanto, mientras no aparezca en el panel de información el número de vuelo y respectivo despegue inmediato o alguien con responsabilidad dé explicaciones al respecto, elijo este presente, este momento, bueno como cualquier otro, para bajar a la sala de máquinas del corazón y narrar desde allí, ésta, tu, nuestra historia. Resido en el Hotel Mediodía de Madrid donde agoto las últimas fechas del séptimo mes de un año lleno de adversidades tras haber superado en el anterior, un cáncer linfático con posterior quimioterapia agresiva, repulsiva y desconsiderada por levantar en pie de guerra los suelos de mi organismo. Trabajo para una famosa cadena de laboratorios, soy fotógrafo profesional y sinceramente, han cambiado tanto los valores de mi vida que no tengo ninguna gana o necesidad de volver a determinadas parcelas superficiales de la anterior. Un amigo que se ha incorporado también la pasada temporada al equipo del cáncer y calienta siempre por la banda el optimismo, dice que ésas destructivas células malignas, humanizan al resto de la persona.

Durante el tratamiento coincidí con Emilia Fortunatti, corpulenta argentina de cincuenta y cuatro años, afincada por amor en España y poseedora de una facultad innata para sosegar con elegancia las cosas. Nos despedimos un mes después de concluir el sexto ciclo, bromeamos con la calvicie, ojeras, palidez en la piel, vómitos, mareos… El adiós nunca fue tal si no un hasta luego. Ella partió con el firme propósito de regresar con los suyos a Buenos Aires por una temporada si superaba esta segunda mastectomia y yo con la promesa de visitarla cargando al hombro el equipo fotográfico y así conocer de su mano la Pampa Argentina. Ambos deseos se cumplieron aunque cambiaron los matices.

Hace un manojo de cuatro días atrás, planee una mañana de Museos, algún almuerzo ligero de camino al centro y una sesión a las cuatro con película de estreno. Terminé de salir de la ducha cuando llamó la recepcionista por teléfono para decirme que en el vestíbulo alguien me esperaba abajo. Apresurado, intrigado y sorprendido por lo inesperado de la visita, simplifiqué el ritual de plantarme frente al armario por ver qué me pongo. Soy de Cabanas, un municipio de la provincia de A Coruña y pocas personas saben de mi estancia en la capital, como pocas supieron de la enfermedad y siguiente tratamiento, quienes viven en lugares pequeños comprenden lo difícil y casi imposible que resulta pasar inadvertido.
Bajé con gesto de contrariedad, lo reconozco.

Abrirse la puerta del ascensor y reconocer la espalda ancha de David paso en menos de un segundo. Allí estaba, vestido de otoño, de orfandad, de dolor, de vacío, aguardándome compungido. No dije nada, le abracé, me abrazó, lloramos juntos y entonces lo supe todo, fue como volver a escuchar la voz de Emilia cuando decía: “¿vos me querés, flaco?”. David cuidaba un poco de todos nosotros, lo llamábamos “el asistente”. Vigilaba nuestra moral para mantenerla alta, se esforzaba en proporcionarnos una alimentación variada, buscaba métodos de relajo en horas desesperadas. Soportaba debilidades, malos humores y por encima de toda esta maleza, amaba a Emilia, su pareja, esa mujer arrolladora que se afincó aquí para hacerle feliz.

Pasajeros del vuelo con destino al Aeropuerto Internacional de Pistarini, diríjanse a la puerta de embarque tres. Desperté a tiempo de coger mi mochila y a David del brazo, ahora era él el dependiente. Emilia sufrió una recaída y partió a su país con la esperanza de reponer fuerzas al lado de los suyos e ilusionada con la posibilidad de que él en breve fuera con ella. No puedo ser o al menos no de esa manera. Por expreso deseo suyo, íbamos a reunirnos con su familia y viajaríamos hasta la Pampa donde David y yo, esparciríamos las cenizas de aquella mujer a la que tanto quisimos.

Post


Hay post que te esperan cerca de casa y sin pedir nada a cambio, se recuestan contigo sobre la barra de bar próxima a la oficina, comentan noticias de actualidad y se ponen de lunes a mitad de semana, echándote, el brazo cómplice por encima. Los hay que regalan sustantivos a la salida del metro, con ropa de agosto en febrero, mucho viento soleado y preparada la maleta de viaje, por si hay que salir apresurado. Los hay que dicen frases hermosas y a pie de mejilla, sacan colores de recién enamorado. Algunos, cargando miedo sin papeles, desafían la cordura de lo políticamente correcto cruzando a nado La Cibeles.
Me gustan post que escriben otros, motivados por causas que unen pueblos, con libertad de expresión y arrestos para denunciar genocidios, violencia de género, toques de queda, malos tratos… Me interesan robustos de compromiso ciudadano, de ideales que cuando pinta difícil no mueren, de esa gota que colma el vaso y toma la calle, talando de ella al tirano. Y desde luego, apuesto por arrojar al mar y que lo encuentre alguien, post metidos en besos, guardados con cuidado, con ternura, como el misterio del vino viejo. Y cómo no, también, aquellos que a la caída de la tarde, buscan el mejor momento para quedarnos tú y yo a solas, en el espacio común de mi cuaderno de notas.
Cierro pues el documento no sin antes decir que haré post con llegadas y despedidas, con euforia y hundimiento, con proyectos y soledades, con ahora y hasta luego, en pijama o traje de noche, pero sobre todo, escribiré con mimbres de alegría y nostalgia, materiales suavemente sensibles que me ayuden a encajar en el puzzle de las musas cada palabra.
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8 respuestas a Post

  1. LEOPOLDO JUAN dijo:
    el principio,es hermoso se nota que te gusta la palabra,sera un placer seguir tus pensamientos.
  2. Esperanza dijo:
    Muy poético este pasaje ¿ o paisaje? porque casi me parece un paisaje de tucabeza y tu corazón, ricos ellos en matices, emociones, sensaciones, humanidad. Bonito
  3. Rosa dijo:
    Un día más llegaba a su fin. Un día más en que esa hoja en blanco de mi cuaderno se empeñaba en seguir inmaculada. Mi corazón, el del coraje, blandía el lápiz sabiendo que vencería la virginidad del papel, pero mi cerebro, el de la razón, le hacía desistir. No había estímulo. Gracias a que en esa noche, una mano alentadora, tocó mi hombro y heme aquí, retomando el bloc de bolsillo que mi corazón va conquistando.
    Mayte, gracias por aparecer casi de la nada, por tu mano y por tu estímulo. Así es más fácil. Quiero llenarme de todos tus adverbios. De noche y de día. Ayúdame con tu crítica constructiva para poder crecer un poco más.
    Crucemos a nado la Cibeles una y otra vez.
    Un abrazo amiga
  4. Carlos Alba dijo:
    Querida amiga:
    Huele que alimenta , en tu cocina de pensamientos. Solo con imaginar la cantidad de suculentos platos de verbo, sentido comun, sentimiento, con tan diversos ingredientes, que por suerte o desgracia la vida nos proporciona. A uno le entran ganas de sentarse ya a tu mesa y esperar emocionado que sirvas el siguiente plato.
    Me encanta como cocinas la letra. Gracias
  5. Ana Luisa Ortega dijo:
    Qué bonito. La verdad que me deja sin palabras. Además me gusta la foto de la cabecera.
  6. Nines dijo:
    vaya, estabas aqui escondida tu y tus palabras en un rincon perdido de esta red…me han gustado mucho.