domingo, 4 de septiembre de 2016

Shan y León Torres

Dos años después del accidente que costara la vida a sus padres, octogenarios, cuando regresando de un viaje a Portugal el autobús se fue por un terraplén dando varias vueltas de campana, León Torres entraba por primera vez en la casa donde crecieron sus antepasados. Al cabo de nueve días con veintitrés horas encerrado en el dormitorio principal, revisando papeles amarillentos que encontró en una caja de puros dentro del armario, cayó en la cuenta de que no conocía del todo a su familia, que había páginas escritas de aquella dinastía que, de no haberlas descubierto ahora, nunca habrían salido a la luz. Lo dejó todo sobre la cama revuelta, cerró los ojos por un instante, apoyó las manos en los muslos, se puso en pie, y atravesó la pequeña sala que comunicaba con la cocina, donde se sirvió un vaso de agua. Mientras bebía, recreándose en cada sorbo, como si fuera un placer que tardaría mucho en volver a disfrutar, tomó la decisión de viajar a la República Popular China, concretamente a la ciudad de Zhuzhou, en la provincia de Hunan, para tratar de dar con el paradero del autor de la carta que, con el matasellos lleno de caracteres chinos, dirigida a su madre y fechada en 1955, no paraba de dar vueltas en su memoria: ‘Querida Matilde. Os extraño mucho, y me duele conocer el estado tan delicado en el que, según cuentas, se encuentra padre. Transmíteles mi cariño, y diles que en cuanto me sea posible volveré a España, pero que deben comprender que tanto mi situación política como personal no es la adecuada para hacerlo en estos momentos. Siempre tuyo, tu hermano Fermín Lobo’.
          A León le costó encajar aquellas piezas en su sitio. Desconocía la existencia de ese pariente, que su abuelo estuvo procesado por robar una canasta de manzanas −cosa que no era verdad− y a punto de aplicarle la pena de muerte, que sus raíces eran más republicanas de lo que siempre sospechó… Que al enviudar su abuela se lió con el tabernero del pueblo de al lado, dándole muy mala vida, y que ahora entendía las palabras de su madre siempre que le preguntaba cómo estaba y ella respondía: ‘¡Ah, si yo te contara!’. Pero nunca lo hizo, al menos delante de él… Días después, con toda la información estructurada en su cabeza, anotó en una hoja pequeña de cuadrícula varias cosas a hacer: Anular la cita con el dentista para la limpieza de boca −total pensaba comer solo arroz−, asegurarse de que el pasaporte estaba vigente y sacar el visado, hacerse un seguro médico con cobertura para un tiempo determinado, iniciar en su centro de salud lo necesario para las vacunaciones de Hepatitis A y B, cólera y paludismo −recomendaciones dadas por los conocidos de un amigo que volvían de allí−, comprarse un diccionario de inglés actualizado y dejar a la vista su testamento, por si las moscas…
          Casi diecinueve horas −tiempo más que suficiente para pensar− separaban a León del Aeropuerto Internacional de Changsha Huanghua, y unos cincuenta minutos más para llegar a su destino final, en Zhuzhou… Fermín huyó del país en 1954, acusado, junto a otras personas, de conspirar contra el régimen. Eran agricultores, de Madarcos, un municipio de la Sierra Norte, a 94 kilómetros de Madrid. Vivieron en una casa no muy grande, para ser de pueblo, hasta que, a los pocos meses de fallecer primero el abuelo, y después la abuela, su madre se trasladó a la ciudad a emprender una nueva vida, la que él conocía y tenía como única… Pero, ahora, al aparecer la llave que abría presuntamente aquel pasado, necesitaba atar todos los cabos sueltos…
          Dentro del taxi que le llevaba al hotel, León Torres sintió ahogo. Aunque procedía de Madrid, donde la contaminación también era elevada, jamás había visto semejante capa espesa de esmog como la que tenía delante. El atasco en las calles era monumental y la conducción caótica, sin parar de tocar el claxon continuamente. Agarrado con ambas manos al borde del asiento, cerró los ojos, pareciéndole que así llegaría antes. Tras instalarse, bajó a recepción, donde, haciéndose entender en un inglés muy básico sobre el verdadero motivo de su visita y mostrando el remite de la carta de Fermín, le proporcionaron un guía de confianza que a veces trabajaba para sus clientes y que le ayudaría a realizar su periplo emocional. A la mañana siguiente, con lo imprescindible en la mochila, el barbijo colocado y la mejor de sus sonrisas, Kun −que significa universo− y él, emprendieron camino hacia la capital de Guangzhou, en la provincia vecina de Guangdong, donde se hallaba el consulado español más cercano. Reconocida la amabilidad con la que le recibieron, es justo decir también que no sacó nada en claro. No le dieron norte a las preguntas tan elementales que hizo: Si oficialmente su tío seguía residiendo en la misma dirección que aportaba Fermín, si estaba vivo y si había posibilidad de facilitar una cita entre ellos. Pero salió de allí igual que entró, con todo por empezar…
          Así que, retornando a Zhuzhou, con Kun pegado a su costado, inquieto porque le daban mal fario los sitios oficiales, fueron a la comunidad Qingxia −ubicada en un suburbio de la ciudad− donde el paisaje que se ve, fundamentalmente, son fábricas fundidoras con sus miles de chimeneas febriles, plantas químicas, de preparación de carbón y de energía… No fue demasiado complicado dar con la casa que buscaban. Les recibió Shan −que significa coral−, una anciana de pasos cortos pero con gracia, algunas costumbres muy occidentales y ese tono de voz, cóncavo, que solo tiene quien ha amado mucho. Le saludó en castellano, preguntando primero por el viaje, el motivo que le trajo hasta allí, dónde se hospedaba, cómo había dado con ella y, quizá esto fuera lo que más descolocó a León, por Matilde, su madre. Sin embargo, antes de responder, quiso saber de Fermín, quien murió hacía cinco años, abducido −según su mujer− por el dragón de la contaminación −así definía el aire que le fue afectando durante los años que trabajó en el mundo de la siderurgia−.
          Kun observaba a cierta distancia de ellos. León, entendiendo que iban a entrar en terreno familiar delicado, le indicó que se marchara tranquilo, y que a la mañana siguiente se verían en el hotel. Shan preparó sopa de langosta muy especiada, arroz glutinoso relleno de judías y envuelto en hojas de bambú y pato laqueado cortado en finas rodajas. Todo elaborado siguiendo el protocolo de la cultura milenaria que tanto caracteriza a China. ‘Fermín fue buen esposo −aseguró, mientras le ponía la comida con servidumbre, molesta para alguien como él que defendía la igualdad en su amplia expresión−. No tuvimos una vida fácil. Que me escapara a vivir con un occidental provocó el rechazo de los míos, sintiéndonos abatidos y al borde de la pobreza en múltiples ocasiones, sin posibilidad de acudir a nadie. Antes de morir tu abuela, cuando hermana Matilde escribió para decir que estaba muy enferma, quiso ir a visitarlas, pero salir de China le habría complicado mucho las cosas, y entrar en su país más aún −dijo, eligiendo delicadamente cada palabra−’. ‘Yo no sabía... Nunca imaginé que tuviera un tío −manifestó, mirándola a los ojos−. De hecho, tampoco me constaba que existiera la casa de pueblo donde nacieron. Gracias a eso, y a todos los documentos que mi madre guardaba allí, he llegado hasta aquí’. Permanecieron breves minutos en silencio. Shan amontonaba lo utilizado en la comida en una especie de barreño desgastado, y secaba sus manos con la esquina de su delantal. Y hablaba mucho, sin respiro, concentrando en las frases los avatares de toda su experiencia. Desapareció, y al poco vino con una bolsa de plástico atada con un cordón que en su tiempo debió de ser blanco. Se la entregó a León porque Fermín pensaba habérsela enviado a Matilde. ‘¿Cómo murió? −preguntó, emocionado−’. ‘Se le apagó la luz en un golpe de tos. −soltó…’.
          Cuando regresó a España visitó a su madre en la residencia donde llevaba meses desde que el Alzheimer se agudizó. No conocía ni reaccionaba a ningún estímulo, pero él, convencido de que ella se sujetaba aún de un hilo a la realidad, llevó consigo el paquete que le dio Shan con fotografías, con cartas para Matilde que nunca se enviaron, con los visados y permisos de residencia que fue apilando a lo largo de los años, y un pasador para el pelo, hecho a mano, con una nota manuscrita que decía: ‘Siempre tuyo, tu hermano’. La mujer, con la mirada distraída y sentada en una butaca frente al ventanal con vistas al jardín, se dejó coger las manos por el hijo que empezó a contarle cosas del viaje, de Kun, de su amabilidad y dedicación para hacerle la estancia más agradable, y de su cuñada, esa anciana encantadora que le trató con infinito cariño… Omitió que Fermín rozó casi la indigencia y murió de “fibrosis pulmonar con patrón restrictivo severo”. Igual también algo de nostalgia al echar de menos el calor de los suyos…
          Un años después, a punto de cerrar la casa del pueblo para ponerla a la venta, mientras recogía los pocos objetos personales que quedaban, León cayó en la cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto: El respeto por conservar las cosas que apuntalan la historia de cada uno. Shan, las vivencias con el tío Fermín. Éste, sujetando con un prendedor artesano la tristeza de no haber visto nunca más a sus parientes, y a la vez la fuerza que sacaba de ellos para seguir adelante y quizá poderlo hacer algún día. Y de Matilde, su madre, la inteligencia de guardar la carpeta donde se hallaba el mejor regalo que podía recibir León: las verdaderas memorias de su familia. Salió afuera y ajustó la puerta. Y quitó el cartel de la inmobiliaria, llamando después por teléfono para comunicar que, de momento, no tenía intención de deshacerse de aquel hogar. Ya que, tal vez, en un futuro no muy lejano, podría ser el suyo, e invitar a los amigos a sopa de aleta de tiburón.

domingo, 3 de julio de 2016

Nunca dijo 'te quiero'

Olaya del Páramo salió temprano a la calle con el pretexto de comprar el Hola para su madre. Como cada domingo, venía a comer con ellos. Con la revista, poniendo a parir a las famosas que vendían exclusivas como castañeras en cualquier esquina, dejaba en paz a la familia. Se evitaba así la misma cantinela de siempre: ‘Que si los chicos de hoy en día son unos maleducados. Que si les consentimos todo. Que si hay que joderse porque parece que les ha hecho la boca un fraile. Que si tu marido es un blando que no tiene lo que hay que tener. Que si estás muy estropeada y con más arrugas alrededor de los labios…’. El vagón de metro al que subió estaba semivacío. Tan solo tres o cuatro jóvenes soñolientos, y con muecas de abstinencia sobre los hombros, se apearon antes de hacerlo ella en Sol. Una de las cosas que más satisfacción le daba era caminar por las calles del centro cuando todavía había poca gente. Pararse en cada pasadizo para acariciar con la mirada la silueta de las casas. Pero ese día cambió de planes, y aunque después se arrepentiría cuando no le abrochase la falda negra que tanto le gustaba, entró en ‘Rodilla’ y se puso de sándwiches hasta las cejas.
          En el otro extremo de la ciudad, Olvido Arroyo hacía equilibrio con ambas manos para que no se le cayera la bandeja de pasteles que había comprado. A su edad tenía buen porte y se mantenía todavía erguida, sin pelos en la lengua, fiel a sus principios, bastante cascarrabias con todo cuanto le sacaba de quicio. No le apetecía absolutamente nada aguantar al soso del yerno y a los pijos de los nietos y tragar la paella de su hija que, por mucho que la pobrecilla se esmerara, no conseguía darle el punto al arroz. Antes de coger el autobús que la alejaría muchísimo de su barrio, se metió en un bar a comerse unos churritos grasientos y azucarados que tan ricos le sabían, más ahora que se los tenían prohibidos por culpa del colesterol y la hipertensión, pero estaba harta de las mariconadas de la tostada integral, la mermelada dietética engañada con “Sorbitol” y la asquerosidad del soluble de cebada, malta y centeno… Desde que sufrió, días atrás, un desmayo que la mantuvo en el suelo más de tres horas, hasta comprender que no vendría nadie a levantarla si no lo hacía ella, sentía necesidad de disfrutar al máximo de los placeres de la vida. No se lo había contado a Olaya. Tampoco que tenía vértigos y la visión borrosa. ‘Se lo tienes que decir a tu familia, Olvido. No puedes ser tan testaruda. Un día de estos te das un golpe y no lo cuentas. Deberíamos hacerte algunas pruebas para localizar el foco que ha provocado el mareo. ¿Quieres que hable con tu hija?’, −dijo su médico de salud mientras extendía algunas recetas. Negó con la cabeza, recogió de la mesa la tarjeta sanitaria y el volante para una analítica y salió de la consulta dando un portazo a la puerta…
          La noche que el padre de Olaya se acostó y nunca más despertó, Olvido se prometió a sí misma criar a la niña con rectitud y sin tonterías, con el solo propósito de hacer de ella una persona fuerte y libre, independiente y madura… Pero lo que sí consiguió fue levantar entre ambas una distancia, que con el tiempo se iría agrandando. ¿Podría recriminárselo su hija llegado el caso? Puede…, aunque nadie dudaría de que la quería más que a nada en el mundo. Más que a su propia vida. Por eso no tenía intención de comentarle que ahora los síntomas de una posible enfermedad parecían abrir un agujero de incertidumbre en su tejado. Algo empezaba a transformarse dentro de ella porque, de repente, tenía unas ganas inmensas de abrazarla, de pedirle perdón por tanta palabra fuera de tono, por los desprecios y desplantes en vacaciones, navidades, cumpleaños… Quería llorar y no sabía hacerlo, sentir y se le había olvidado, tocar y no tenía tacto, decirle que estaba orgullosa de la mujer en que se había convertido y, por encima de todo, lo hermosa que era. Pero, su perfil irascible le bloqueaba los sentimientos…
          ‘Cago en la hostia. Ya se me ha pegado el arroz. Verás cuando lo pruebe la abuela. Ay que joderse… Bueno, de perdidos al río. Ahora sí que se explayará a gusto poniéndome en ridículo. Como si la oyera: que si no estoy en lo que tengo que estar, que si no pueden salirme las cosas ricas comprando marca blanca, que si con tanta hamburguesa y pasta cocida hemos perdido el paladar…’. −Hablaba con su hijo mediano, quien, atontado con las entradas masivas de WhatsApp a su móvil y la música estridente que salía por los cascos, no le hacía ni caso−. ‘Mírale, está agilipollao…’. Le dio la espalda y, para aliviar sus penas, sacó una botella de vino blanco que reservaba para asar cordero y tomó un par de tragos colmaditos. En la mesa, a falta de que llegara el mayor de los nietos, que por lo visto salía con una chica y tenía cada dos por tres calenturas −como si ella fuera idiota−, Olvido aceptó de mala gana el plato que le tendían. Y no por desprecio, sino porque las porras le habían quitado el apetito y notaba el estómago revuelto. No obstante, comió más de la mitad de la ración. Y lo hizo sin rechistar, pensando en sus cosas, ausente, organizando su cabeza: tenía que meter en una carpeta los papeles importantes, actualizar las cartillas del banco, limpiar el armarito de las medicinas, comprarse un camisón, tirar a la basura las galletas caducadas, lavar las cortinas para dejárselas limpias, por si acaso… Y tres o cuatro pequeñeces más que no venían a cuento.
          ‘Mamá, espera, que me pongo los zapatos y te acompaño hasta el autobús. Empieza a oscurecer, y sabes que los domingos la parada está muy solitaria’. La mujer asintió sin rechistar. Ajena a los cambios de comportamiento que poco a poco se producían en su madre, Olaya no se percató del ligero temblor que no cesaba en el ojo derecho de Olvido, quien, para no tropezar y caerse, se agarró al brazo de su hija. Caminaron en silencio, sin mirarse, sin palabras que interrumpieran el momento de emoción que inundaba el corazón de ambas. De una ventana que daba a la calle estrecha que desembocaba después en el bulevar, la inconfundible voz de The Beatles, con su Let it be, inmortalizó para siempre el primero y último paseo que, por diversas circunstancias, realizarían sin enfados. Se despidieron. Una se fue pensando: ¡Qué aburrimiento, ahora a raspar la puta sartén…!, y la otra que tenía que acostumbrarse a decir te quiero…
          En la sala de espera de urgencias, sentada junto a su marido en una silla incómoda de plástico duro que invita al abandono, aguardaba desde hacía cinco horas la aproximación de un diagnóstico que, a falta de otras pruebas contundentes, dijera la causa de la pérdida de conocimiento que sufría su madre, y de la que no se habría enterado de no ser porque recibió una llamada del hospital peguntando por un familiar de Olvido Arroyo, a la que el SAMUR había trasladado hasta allí. Mientras esperaba, Olaya recordaba su adolescencia y juventud como etapas poco felices: La convivencia complicada, las diferencias que tenían, las broncas a veces sin motivo, las ganas de ser independiente como fuera para hacer lo contrario de lo que había visto… En definitiva, necesidad de poner distancia con aquella mujer que le chupaba casi toda la energía, y que, habiéndole dado la vida, despertaba también su nunca curado complejo de inferioridad.
          Al día siguiente continuaba en observación. Hubo un pase a las doce de la mañana. El médico que habló con ella insinuó que algo raro presionaba su ojo derecho y que, aún a falta de algunos resultados de las pruebas realizadas, posiblemente tuvieran que intervenir para quitarlo. Así que, en breve la subirían a planta. A cualquiera le alarmaría conjugar tumor con quirófano. Informar de ello a una señora que cuatro años atrás cumplió ya los ochenta era pisar sobre terreno delicado. Pero Olvido estaba hecha de otra pasta y aguantó estoica las palabras del cirujano sin hacer preguntas ni mirar a su hija, a la que delataban los nervios. La noche anterior a la operación Olaya se quedó con ella, pero el agotamiento la venció, y no escuchó cómo la mujer lloraba en silencio por su hija: por lo que había tenido que sufrir, por lo frágil que parecía, y por todas las veces que no le había dicho lo que verdaderamente sentía… Alargó la mano que tenía libre de vías e hizo amago de tocarla, pero antes de rozarse la retiró… La intervención fue un éxito…
          Una semana después, antes de que trajeran la comida del hospital, le sirvió a su madre una buena ración del puré que había hecho para ella con toda clase de verduras, una punta de jamón ibérico, un cuarto de gallina de corral y medio kilo de morcillo gallego. Contuvo la respiración y apretó los puños, pero, en lugar de sacarle pegas al guiso, Olvido, con total delicadeza, dijo: ‘¡Qué rico te ha salido, hija!’. Olaya no daba crédito ni confiaba en la sinceridad de aquellas palabras, que suponía envenenadas o disfrazadas por el momento delicado que vivía… A partir de entonces, y por miedo a caerse, no volvió a comer en casa de su hija, lo que resultó ser de gran alivio para todos…

Nota: Nos volvemos a encontrar el 28 agosto. Feliz relajo. 

domingo, 19 de junio de 2016

Solsticio atemporal

Probablemente, adormecida, escuchara el timbre de la puerta, pero eso es algo que nunca podré asegurar a ciencia cierta. De haberlo oído, imagino que la brisa del destino hubiera soplado diferente −a mejor o peor, quien sabe...−, y puede también que así la losa pesada en la que a veces se convierten los días fuera más llevadera. Pero permanecí en la cama, atravesada en posición horizontal, con el sujetador desabrochado, los zapatos fuera de los talones y una reseca que me reventaba las sienes. Me llamo Ágata, tengo cuarenta y nueve años, estoy divorciada, padezco de estreñimiento y mi vida es tan vulgar que en momentos puntuales roza la gilipollez. Con la única reforma de acondicionar la azotea como espacio de relajo y ocio, vivo en La Latina, en el ático que mi padre heredó de los suyos y donde solo pago los gastos que genero. Por tanto, no ando mal de liquidez. Me gusta el whisky y viajar a Estados Unidos en invierno, el color rojo, la playa cuando no hay gente, los días de lluvia después de las siete de la tarde, las tostadas de pan blanco con un chorrito de aceite de oliva, los sudokus, todo cuanto se considera pecado, la soledad para que fluya el mundo interior y ver a los niños jugar en los parques. Al margen de esto, como digo, no destaco en nada, ni formo parte de listados de gente importante.
          Mis amigas, las muy cabronas, dicen que trabajo de: ‘Siguiente, por favor’. En realidad, me tiro ocho horas al otro lado del mostrador, en el centro de salud de un barrio marginal de la ciudad, donde paso la mayor parte del tiempo diciendo esa frase para dar citas médicas y volantes para pruebas de laboratorio, indicar a los desorientados el número de sala a la que tienen que ir e informar a los inmigrantes acerca de los requisitos que hacen falta para obtener la tarjeta sanitaria. Cuando el público me da un respiro, contesto el teléfono, imprimo pegatinas adhesivas, clasifico recetas mensuales que recogen los enfermos con tratamiento crónico, aviso al servicio técnico para que vuelvan a arreglar el grifo del lavabo de personal, que se sigue saliendo, y derivo a las enfermeras aquello que considero que puede estar dentro de su campo, porque cada vez tenemos menos facultativos y más vacantes. También cuando puedo, no voy a engañar a nadie, me escabullo a fumar a la calle.
          A veces pierdo los nervios y reconozco que contesto fuera de tono. La gente no tiene culpa, lo sé. Pero desde que los recortes, contundentes y despiadados, han desembarcado en este sector, se trabaja, en general, con bastante incomodidad. Por eso imagino que damos una imagen de fríos que, hasta donde puedo responder, es errónea. No es cierto que a este lado de la ventanilla lo ajeno nos sea indiferente, que no reconozcamos las injusticias, las negligencias, los intereses económicos que mueven a los guiñoles del gremio, el dolor de los más vulnerables y el ostracismo a donde van las cosas comunes que para todos son necesaria… Lo que ocurre, y deseo que se me entienda bien, es que no te puedes llevar a casa las malas noticias de un diagnóstico, los efectos secundarios de lo experimental, el trago cuando notifican que mejor llevarlo a terminales, o la angustia de conocer que ha caducado el permiso de residencia y, por ende, la financiación para la insulina. Y no se puede hacer por la sencilla razón de que nosotros, los ‘Siguiente, por favor’, tenemos también nuestros problemas. Pero a veces hay situaciones tan excepcionales que se salen de la regla. Entonces, te implicas…
          Estéfano −nombre de origen griego que le gustó a su madre al leerlo en el cartel de un cine de provincias−, es un viudo de setenta y cinco años que, desde hace veinte, cuida de su único hijo, en estado vegetativo, tras someterse a un cambio de sexo que se complicó contrayendo un virus de quirófano en plena operación. Esto lo supo por un informe extraoficial conseguido con mala praxis por el abogado que le sacó un ojo de la cara, y que finalmente nunca pudieron aportar como prueba determinante. Para hacer frente a todo: Letrado, tratamiento que no cubre la Seguridad Social, compra de cama articulada, pañales además de los prescritos, grúa para moverlo, enfermera particular que le atendiera en su ausencia, antes de coger la jubilación anticipada…, hipotecó el piso, grande y lujoso, en la zona Este de Ríos Rosas, hacia el Paseo de la Castellana, donde en su mejor época incluso tuvo chica de servicio. Desde pequeño, mejor aún, desde que tiene memoria, el dinero se le ha escurrido por los dedos. Nunca supo administrarlo para que alcanzara, y ahora, a pesar de las circunstancias delicadas y evidentes, no sabía cómo cambiar dicho defecto. Así que, entre putas caras, cuidadoras de día y de noche, rondas indefinidas que pagaba en los garitos del casco viejo, ropa que compraba y a los pocos meses tiraba todavía con la etiqueta puesta, coches de lujo, madrugadas en el Casino, y demás vicios al alcance de pocos bolsillos, vino el primer aviso de desahucio por embargo, cuyo susto siquiera bajó el ritmo del despilfarro. Total que, cuando quiso reducir gastos, los buitres de las finanzas, entrenados para debilitar a sus presas, al olor de la sangre, ya habían puesto las garras sobre él.
            Dejó las juergas nocturnas, dejó de adquirir en el supermercado cualquier producto sin mirar el precio, pasando a consumir marcas blancas, despidió a uno de las dos mujeres que le ayudaban con el chico, malvendió la moto, se quitó de beber y de fumar y ni con esas conseguía llegar a fin de mes solo con su sueldo… Estéfano empezó a faltar a menudo al trabajo: unas veces porque al hijo le sobrevenía una crisis respiratoria, otras porque la depresión le amarraba los pies a la cama. Una mañana, en la mesa del despacho −desde el que se veía, diminuta, La Gran Vía−, encontró una nota manuscrita de su secretaria donde decía que a las once le esperaban en dirección. Allí estaba la plana mayor, interesándose por su situación. Hipócritas, como siempre lo habían sido, para sugerirle, seguidamente, que lo mejor para todos sería que anticipara su retiro. Con deleite les miró uno a uno, hasta tropezar con la mirada de su amante, la subdirectora de Recursos Humanos. Entonces, dijo: ¡Cómo me hacéis esto, sois unos hijos de puta! ¡Con la de babas que le he limpiado a la empresa…!
          Ahora cuando lo piensa reconoce los errores cometidos, el peso de las decisiones equivocadas, la pérdida de horas lejos de su hijo y del universo que lucía en el boceto de sonrisa, agradecida cada vez que el padre le ponía crema hidratante en los glúteos. Pero ya no había vuelta atrás…, porque las cosas a veces, cuando están jodidas, evolucionan a peor. Así fue como en un abrir y cerrar de ojos, cumpliendo la máxima de que “en un solo segundo puede cambiarte la vida”, se vieron viviendo humildemente los dos en el extrarradio. Algunas tardes, metido en la cueva de la memoria, amarrado de pies y manos por la soledad, recordaba el pasado como si la lujuria y el descontrol de antes no fuera con él, sino que formara parte de un excéntrico personaje que cogió el patrón de su físico para moverse por ahí con impersonalidad.
          Alcanzado el solsticio de invierno, entre retales que la melancolía fue deslizando en su piel, misteriosos como los que encierra la luna llena, Estéfano había envejecido rápidamente. Entregado por entero al chico, luchaba por reunir la mayor información posible para reabrir el caso en los juzgados, ya que un colaborador de la ONG que a veces le visitaba le aseguró que si peleaba podía conseguir un presente más saludable para ambos. A pesar de la falta de optimismo que le perseguía, no dejó de pasar semanalmente por el Centro de Salud. Cada miércoles, después de las once de la mañana, mientras que un matrimonio vecino se quedaba con su hijo, él se acodaba en el mostrador, me miraba a los ojos y preguntaba: ‘¿Tienes algo para mí, Ágata?’. ‘No. Lo siento mucho, aún no ha llegado nada de secretaría ni de dirección. Prueba en la oficina, igual ellos te dan norte. Nosotros aquí, ya sabes, no podemos hacer más. Ojalá dependiera de este departamento…’. Entonces, con una pena que le destruía el corazón, los párpados mojados y la cabeza agachada, se iba por donde había venido, con las entrañas vacías… Así, una y otra vez… Constante y agotado, esperanzado y vencido…
          Aún con la duda de si sonó el timbre de la puerta o no, fui al cuarto de baño y, al tiempo que orinaba, metí la lengua bajo el grifo, por si la fuerza del agua arrastraba consigo la lija que recubría mi boca. Me sentía culpable después de cada borrachera, y apenada por la imagen desaliñada que el espejo devolvía de mi persona: pechos grandes, pero sin la rigidez de antes, cejas irregulares, marcas de nocturnidad en la comisura de los labios, nariz muy afilada y dos dedos de raíz blanca, ya sin tinte… Y así, con esas pintas como para que griten fuego y salir corriendo, sentada en la taza del váter, desnuda, y poniéndome en el pie un parche quita callos, sin saber muy bien por qué, pensé en Estéfano. Su situación, la de otros, la mía propia, y lo triste de estar en manos de un papel que se resiste, que no llega…