13.
A las 4:45 p.m., el avión del
Ejército de los Estados Unidos aterrizaba en el Aeropuerto Internacional de
Great Falls, procedente de Palestina, con los restos mortales de Diane
Erickson, acompañada por su esposo. En tierra, aguardaban las dos hijas del matrimonio
y, junto a ellas, Susan Maxwell y Ashley Burris, grandes amigas de Larry,
quien abrazó a las niñas destrozado, arropados los tres por ambas mujeres. Días
atrás, en el momento en que sonó el teléfono de madrugada en casa del
veterinario y, al levantarse para contestar, se lastimó el dedo gordo del pie
derecho, supo que la espada de Damocles, afilada por acontecimientos
emocionales y burocráticos, pendía sobre su cabeza a punto de partirla en dos.
Habían matado a su mujer y sospechaba que el Gobierno estadounidense no
levantaría el culo del asiento para investigar los hechos, ni colaborar en la
captura de los presuntos asesinos. Se limitaron a llevarle hasta Jerusalén para
reconocer el cuerpo. A partir de ahí, quedó en manos de reporteros de guerra, freelance,
periodistas gráficos y cámaras de televisión que se juegan la vida mostrando al
mundo la barbarie que conlleva todo conflicto armado, reivindicar, denunciar y
luchar para que no quede en el olvido la memoria de los compañeros fallecidos
en combate.
–¿Larry,
por qué no os venís conmigo una temporada a Helena? La casa es grande y yo
apenas paro en ella, estaría casi toda vuestra disposición –ofreció la forense.
–Gracias,
pero nuestro sitio está aquí, debemos aprender a vivir sin Diane entre sus
cosas, recoger su forma de vida saludable, sencilla y pensar siempre en el
colectivo y jamás hacia adentro –vocalizaba cada palabra desde el cariño, sin
dejar de acariciar los cabellos de las chicas, cuya cara escondían bajo el
hombro del padre.
–En
la nevera os he dejado comida para varios días –indicó Susan–. Solo hay que
calentarla –ambas mujeres entendieron que debían apartarse para que la familia
pasase el duelo en solitario. Sin embargo, antes había que hacer la ceremonia
de despedida.
–He
de organizar el entierro ecológico, en el Mountain View Cemetery, tal y
como ella quería, en un ataúd biodegradable y buscar piedras nativas para
marcar la tumba –dijo, sin dejar de consolar a las hijas.
–Nosotras
nos encargaremos de recibir a la gente que vaya al velatorio y de distribuir un
poco el buffet con los platos que traiga cada uno –Ashley habló por las
dos.
–La
más indicada para dirigir la ceremonia laica, eres tú, Susan. Sin duda os unía
la pasión por la Naturaleza y el respeto al Planeta, la lucha por el
medioambiente y por todas aquellas cosas que, apasionadamente, llenaban la
sobremesa hasta las tantas de la madrugada –la generosidad del veterinario era
tan inmensa como la de ellas.
–Eso
me honra, aunque no sé si seré capaz de estar a la altura. –Una vez que las
chicas y Ashley estuvieron acopladas en la camioneta conducida por Susan,
aguardaron a Larry.
–Esperadme,
enseguida vuelvo. –Fue hacia el corrillo donde estaba el comandante encargado
de la misión de traslado, al que agradeció, en todo momento, el apoyo
psicológico y humanitario que le ofreció, despidiéndose ambos hombres con
saludo militar y apretón de manos. Después, se ocupó también de que el cadáver
de Diane estuviese en conservación hasta poder cumplir todos los deseos que su
esposa manifestó siempre que hablaban de la muerte.
–Vámonos
–el padre y las hijas iban en el asiento trasero, las dos mujeres delante. Las
177 millas que separaban el Aeropuerto Internacional de Great Falls, de Big
Timber, las hicieron en silencio, como transitando en una nube.
Ashley
Burris se hospedó en una preciosa habitación en The Grand Hotel, en McLeod
St con 2nd Ave, frente a la de Susan Maxwell y con vistas a la zona de
aparcamiento, donde un homeless ubicado en la otra esquina saluda con la
mano a todo el que pasa, mientras rebusca en las basuras el menú de cada día.
En un principio no tenía planeado quedarse más de dos días, justo lo que durase
el evento social, pero al ver bajar a Larry del avión y lo mal que estaban las
niñas, decidió prolongar la estancia algo más. Tras darse un baño relajante,
ponerse ropa cómoda, responder a la videollamada del colega encargado del
laboratorio en su ausencia y mirar las noticias por encima, bajó al comedor y,
en una mesa, esperó a la anfitriona. Pasaron juntas la velada, recordando
historias vividas con Diane, ayudándose de una botella de Brandy que
vaciaban sin darse cuenta, hasta que, vencidas por el alcohol y el sueño, las
sorprendió el amanecer todavía conversando.
–Hay
una plaza en Animal Center Veterinary Hospital, sería muy buena
oportunidad para Larry, crecería muchísimo profesionalmente y las hijas, en la
ciudad, tendrían mayores oportunidades de futuro. Además, si te soy sincera, le
necesito para completar la plantilla de mi equipo –brindaron por ello, aunque
suponían que no iba a aceptar.
–Quizá
ahora sería buen momento para alejarse, pero le costó mucho que el pueblo le
acogiese como veterinario. Además, encaja muy bien con lo rural. No obstante,
por intentarlo no pierdes nada –opinó Susan.
–Me
preocupa cómo afrontará la soledad el día que las hijas regresen a la
universidad y lo vea todo muy vacío –con preocupación comentó Ashley.
–Te
aseguro que, conociéndole, ampliará las visitas a granjas y ranchos más
alejados a los que apenas ha ido por falta de tiempo –dijo Susan.
–Bueno,
en eso quizá le ayude algo que traje conmigo. Y, en el supuesto caso de que no
venga, colaboraremos en distintos proyectos online. Tú que los has
tratado en la distancia corta, se llevaban bien, ¿verdad?
–Eran
una pareja muy libre. A veces, Diane se tiraba varios meses haciendo un
reportaje en la otra punta del mundo y eso nunca afectó a la consolidada
relación que existía entre ellos, en el reencuentro se mostraban igual de
enamorados que el primer día –se emocionó Susan contándolo.
–Espero
que tenga la fuerza suficiente de salir adelante, él y las hijas –expresó
Ashley con los ojos enrojecidos y medio entornados.
–Seguro
que sí. –A lo lejos, el rugido de un tren de mercancías chirriando las ruedas
en las vías, la mezcla de varias bocinas y el sonido de la campana anunciando
que quedaba poco para la próxima estación, irrumpió de lleno en el vecindario.
–Cambiando
de tema: ¿puedo hacerte una pregunta? –antes de decirlo, vaciló.
–Claro,
las que quieras –desvió la vista hacia la ventana.
–¿Habéis
hecho algo respecto a la contaminación que sufre el ganado? –Observó el gesto
torcido de Susan escuchándola y eligiendo una respuesta convincente.
–¿Hasta
dónde sabes? –Ashley Burris temió haber sido indiscreta. No obstante, contó lo
que sabía–. Veo que, más allá de los datos técnicos y médicos, conste que me
alegra mucho, tienes conocimiento de la difícil situación en la que me hallo.
¿Es mi padre un mafioso delincuente que está poniendo en peligro la vida de
nuestro pueblo, Big Timber, de todo el condado y probablemente del Estado en
general? ¿Tengo sentimientos encontrados destrozándome por dentro? Podría
responder, pero tengo miedo de mí misma. Esta pelea la inicié para destapar la
trama y el negocio del consumo masivo de carne, del maltrato al medioambiente,
de la especulación de la tierra y pienso llegar hasta el final, caiga quien
caiga. –Se le entristeció la mirada. Ambas mujeres apuraron la última copa y,
con la promesa de tenderse la mano en la medida de lo posible, la una a la
otra, se fueron despejadas a sus dormitorios. Ashley redactó la propuesta de
trabajo que le traía a Larry, y, en su defecto, la colaboración online.
Susan anotó en un papel algunas anécdotas con Diane, mientras encontraba la
manera de volver a la cabaña del pueblo de Garnet, donde estaban escondidos los
bidones.
Todavía
faltaban algunas horas para el entierro de Diane Erickson, así que, Susan
encendió la computadora y buscó en la bandeja de entrada, del correo
electrónico, respuestas a los muchos e-mails enviados pidiendo consejo
para saber qué hacer con el agua tóxica que tenían almacenada. Tras indagar en
Google, seleccionó a Northern Plains Resource Council, organización que
trabaja con granjeros y rancheros para proteger todos los recursos naturales
contra el especulador, con sede en Billings, y cuyo objetivo principal es
formar grupos sólidos en pequeñas comunidades, con uno o varios líderes que
regulen el hacer de cada hacienda, unificando trabajo e ideas, conservando la
calidad del aire y de la vida rural. En el extremo derecho, al final de la
página web, había un número de teléfono, llamó y descubrió que, en el
condado de Sweet Grass, adonde pertenece Big Timber, había gente asociada a ese
movimiento. Sin embargo, lo urgente era encontrar la manera de vaciar la cabaña
y para eso necesitaría la ayuda de Paul, el capataz. Llamaron a la puerta, era
Ashley Burris para irse juntas.
Tras
un cambio a última hora, siéndole fiel a la voluntad de su esposa, Larry convocó
a los asistentes a la ceremonia en el Parque nacional de Los Glaciares, adonde
Diane iba a menudo. Accediendo por un camino empedrado, con las Montañas
Rocosas como telón de fondo, los picos nevados, un desfiladero alfombrado de
verde y el sol invernal dando de pleno en la pequeña esplanada elegida, Susan
invitó a la gente a sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas. Era un
entorno donde la Naturaleza crecía en libertad, salvaje, sin ningún orden
establecido más que el de la propia sabiduría. Poco a poco fueron relajándose,
adoptando un rictus sereno. Entonces pronunció unas bellas palabras de
bienvenida, destacando lo contenta que estaría Diane de ver mezclada a tanta
gente diversa hablando de la vida, de los miedos, de la falta de solidaridad,
de lo que se puede y no se hace, de la pasividad a comprometerse con todas
aquellas cosas que son justas por el bien común. Comentó también la educación y
valores de principios transmitidos a las hijas; de la sensibilidad que ponía en
cada trato con lo ajeno, de su empatía con el diferente, de la defensa a
ultranza de la raza negra, maltratada, perseguida y asesinada por supremacistas
actuales. Diane gestionaba todo con criterio, apoyada en la peculiar manera que
tenía de reflexionar, argumentando posturas y, fundamentalmente, escuchando
siempre a los demás. Uno a uno, surgiendo la sonrisa, los asistentes, contaron
alguna anécdota vivida con ella. Colegas de profesión recordaron situaciones
extremas vividas desde la trinchera, jugándose el pellejo con tal de sacar
adelante crónicas e instantáneas que corroborasen el horror padecido por
civiles inocentes. Llegado el turno de intervenir Larry, tragó saliva, rodeó
con los brazos a las hijas, respiró hondo y agradeció a su compañera de vida
haber tenido la oportunidad de transitar a su lado, aprendiendo lo maravilloso
de despertar cada mañana llenando lo cotidiano de momentos especiales y
entrañables que jamás olvidará. El acto lo cerraron activistas del cambio
climático que viajaron expresamente desde distintos puntos del país, para darle
el último adiós. Entonces, sobre la mesa improvisada en un banco de piedra,
disfrutaron de la rica comida aportada por amigos y vecinos. Aún tardaría
varias horas en entrar el crepúsculo vespertino, solo quedaba la camioneta de
Susan y el Dodge Ram de Larry en la zona de aparcamiento. ¡Todos se
habían ido!
–Nosotros
nos quedamos, queremos subir más arriba –les dijo el hombre a Susan y Ashley.
–Claro,
ya nos veremos –respondieron casi a la vez.
–¿Regresas
pronto a Helena? –quiso saber el veterinario.
–Todavía
estaré por aquí unos días –respondió la forense.
–Me
alegro –comentó el hombre todo compungido–, estos primeros días no quiero
equivocar diagnósticos ni tratamientos, por lo que celebro que puedas
acompañarme.
–¡Cuenta
con ello, amigo! Además, te traje un pequeño aparatito muy útil.
–Estupendo.
¿El qué?
–Un
Wearables.
–¿El
dispositivo electrónico portátil? –por un segundo se le iluminó el rostro.
–¡El
mismo! –se alegró de haberlo comentado.
–Pero
aquí no tengo medios.
–Tú
por eso no te preocupes que lo tengo todo pensado. Además, es el de última
generación. Ya lo verás, ahorrarás muchos quebraderos de cabeza, ya que, tanto
los collares, arneses o sensores colocados en animales, son imprescindibles
para monitorizar su salud.
–Muchas
gracias, Ashley –dijo emocionado.
–¿Venís
a cenar mañana a casa? –interrumpieron las niñas.
–Sí,
cariño –contestó Susan.
–¿Hacemos
el pastel de arándanos silvestres con la receta de mamá? –propusieron.
–Perfecto.
Cindy
Blair, locutora del programa de radio nocturno adonde los oyentes compartían
alegrías o temores, se ausentó del puesto de trabajo durante setenta y dos
horas alegando motivos personales. Gracias a compañeros experimentados en
localizar a gente, apenas les costó encontrar a la tía de la hondureña Lupita
Castro, la menor que llamó de San Benito, Texas, adonde se ubica el centro de
acogida a migrantes no acompañados. La tía de la joven, asesorada en todo
momento por un abogado, amigo de la periodista, que se ofreció a tramitar la
parte legal sin coste alguno, estaba emocionada, ya que, finalmente, podría
hacerse cargo de la sobrina, como prometió a su hermana. Cindy corrió con todos
los gastos, previo contrato firmado cuya única cláusula era el compromiso, por
ambas partes, de mantener su nombre en el anonimato. Con gafa oscura, peluca,
sin maquillar y ropa muy holgada, esperaba en el segundo automóvil la salida de
su protegida.
–¿Ha
habido algún problema? –preguntó al letrado.
–No,
pero han tardado bastante hasta comprobar la autorización que me hiciste, el
primer apellido no coincide.
–Cierto,
no me di cuenta. Uso el de soltera, es el mismo que aparece en el permiso de
conducir, pasaporte y demás documentación, aunque Blair es el de casada,
siempre mantuve el mío –aclaró Cindy–. Lo importante es que el bebé nacerá
fuera de esta institución como quería la familia.
–Bueno,
no tan deprisa, ahora hay que hacer un seguimiento y cerciorarse de que la tía
puede mantenerlos. He de realizar visitas mensuales e informar en cuanto surja
cualquier anomalía, puesto que entonces volverán aquí, con o sin criatura –informó.
–Haz
lo que tengas que hacer, tú solo pásame la minuta y no te preocupes por más –arrancaron
los automóviles y Lupita Castro nunca supo que su hada madrina, apareció la
noche en que se decidió a contar la historia de su vida en antena.
Susan
Maxwell no pudo evitar que su padre y los herederos del negocio de Samuel W.
Roberts, que antes fueron sus hombres de confianza, inyectasen el agua
contaminada en pozos abandonados en los límites del rancho, pero lo suficiente
cerca como para filtrarse en los acuíferos poniendo en peligro la vida de todos
los habitantes. Cuando Paul, el capataz, duro de convencer para acompañarla,
por mera lealtad al amo, abrió la puerta de la cabaña, en Garnet, no quedaba ni
un solo bidón, se los habían llevado y limpiado toda huella. Llena de
remordimientos, cólera interior, rabia, impotencia, mal humor y mucho disgusto,
asumió haber perdido, sin embargo, la batalla acababa de empezar. Al recoger
las cosas del rancho Maxwell, se cruzó con la mirada penetrante de su madre
advirtiéndola de que no debería ir en contra de la familia, sino apoyarla en
todo. Sin responderla, dio media vuelta y se alejó con la promesa de no volver
jamás.
La
misión Artemis II llegaba a su fin. La NASA, había compartido con el
mundo entero las espectaculares fotografías tomadas por los astronautas, donde
mostraban lo nunca visto antes por el hombre desde la cara oculta de la Luna,
apreciando el Mare Orientale, cuenca que conserva uno de los mayores
cráteres de impacto lunar. Susan estaba embobada viéndolo en internet, cuando
el camarero The Grand Hotel, la interrumpió.
–¿Llegaremos
a ver a nuestros compatriotas realizando vacaciones espaciales a otro planeta?
–¡A
saber! –respondió con desgana.
–¿Se
hablará allí en un futuro de cambio climático? –Susan no le escuchó, cogió el
vaso de cerveza y salió a la calle, necesitaba respirar, desconectar y replegarse.
Alzó los ojos al cielo y descansó las pupilas en la franja del infinito, se
orientó hacia la costa oeste, calculando las coordenadas de San Diego,
California, muy cerca de la frontera con México, adonde la nave espacial Orión,
a las 8:07 p.m., hora local, amerizará en aguas del Pacífico, con los cuatro
tripulantes de la misión: Reid Wiseman comandante, Christina Koch primera mujer
que verá de cerca la Luna, Jeremy Hansen canadiense y el piloto Víctor Glover
como la única persona negra, de momento, en viajar fuera de la Tierra. A partir
de entonces las televisiones, la fama, los psicoterapeutas, la Inteligencia
Artificial y los cazafortunas, los catapultarán hacia la historia de los ídolos,
mientras que aquí, el presidente Trump, seguirá poniendo en peligro de
extinción a la humanidad. La música country que llegaba del otro lado de
la acera, del Timber Bar & Grill, un local fantástico para cenar con
gente desenfadada, la devolvió al presente, donde la
vida sigue deprisa, alborotada y el espacio transita sumido en el silencio de su hábitat.
La misión Artemis 2 ha conseguido que se hable menos de Palestina, total ya no importa.
ResponderEliminarMe quedo con la narración de Cindy.
ResponderEliminarLástima que la NASA se quede con un 23% menos de presupuesto.
ResponderEliminarBellísima la despedida a Diane Erickson
Es triste despedir a personas comprometidas como Diane, pero nos quedamos con su ejemplo.
ResponderEliminarMuy acertada la afirmación sobre Trump, cómo está poniendo a la humanidad en peligro de extinción. Una sociedad hipócrita, tanto interés en ver la cara oculta de la Luna y tenemos otras "caras" en la Tierra que las mantenemos ocultas, como Gaza, Ucrania y otras muchas realidades que están sufriendo las consecuencias de una sociedad corrupta y falta de escrúpulos y valores.
Gracias por regalarnos un nuevo capítulo