domingo, 22 de marzo de 2026

En peligro de extinción

12.

El viaje de vuelta, padre e hija lo realizaron muy tensos. Habían tenido una fuerte discusión respecto a qué hacer con los bidones de agua tóxica encontrados en la cabaña, en el pueblo de Garnet, producto de la perforación de los pozos petroleros y de gas, cuyo destino era inyectarla otra vez bajo tierra, en un espacio neutral y nada sospechoso de estar vinculado con la industria petrolera, dentro del rancho Maxwell, que apenas nadie conocía.
          Meses atrás, Susan leyó un artículo en DeSmog, organización internacional de periodismo sobre cambio climático, donde alertaban del alto riesgo que se corría utilizando dicho método de inyección que, en consecuencia, contaminaría el agua potable por la filtración. Ello representaría un altísimo riesgo para la salud de los habitantes de la región y causaría mortalidad repentina en los animales al impregnarse los pastos donde comen. De manera que la chica puso el grito en el cielo.
          –¿Desde cuándo a nuestra familia le interesa el crudo? Pensé que solo éramos ganaderos y agricultores –dijo muy enfadada.
          –No tengo por qué contestar la pregunta, limítate a conducir con prudencia y ayudarme a borrar mi nombre de las empresas de Samuel W. Roberts, nada más. –Ella miró por el retrovisor y vio una ambulancia acercarse a toda velocidad y desviarse por un camino rural.
          –Papá, a ver si entiendes, en los contratos que hemos encontrado en la cabaña, el único nombre que figura es el tuyo, mucho me temo que tu socio no jugaba limpio –en el fondo, por primera vez, sintió lástima de aquel hombre vulnerable, traicionado, empequeñecido–. Dejemos los bidones de agua contaminada allí y que las autoridades los relacionen con él.
          –Imposible, la cabaña es mía, yo la compré, tenemos que deshacernos de ellos como te he dicho.
          –Conmigo no cuentes, no pienso ser partícipe de algo así. ¿Te has parado a pensar cuántas personas van a enfermar?
          –Lo hemos hecho en otros sitios sin problemas –siguieron en silencio, desconfiando el uno del otro, rescatando la irritación del pasado que tanto les separó y sintiendo que el muro entre ellos empezaba a levantarse otra vez. El padre se apeó de la camioneta y fue hacia los establos en busca de Paul, el capataz. Ella se marchó sin más.
          Larry Erickson, viajó a Helena a comprar medicinas para la diabetes, difíciles de conseguir en Big Timber. Aprovechó el viaje y visitó a la forense del Animal Center Veterinary Hospital, Ashley Burris, con quien intercambió revistas científicas, opiniones sobre controvertidos diagnósticos y conocer la adaptación de nuevas tecnologías, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda, líderes en telemedicina, algo de momento inalcanzable de poner en práctica en la rudimentaria clínica de Larry. Además, cuando anunció su llegada por teléfono, la forense dijo tener noticia de Diane, a través de un colega que tenía contactos con la Media Luna Roja Palestina. Facilitaron la descripción de la mujer y creyeron haberla visto vagar por las calles de Gaza. Sin embargo, advirtieron que es complicadísimo localizar allí a una persona que seguramente se mueva en la oscuridad de la noche y se refugie entre estructuras bombardeadas, en todo caso lo tendrían en cuenta. A pesar de las palabras de ánimo que recibió de la forense, el veterinario regresó al pueblo mucho más descorazonado y pesimista. Aunque no era día de paga, terminada la jornada, en The Timber Bar Cowboy City, algunos muchachos tomaban tragos de cerveza antes de la caída del sol. Larry, abriéndose paso entre ellos, encontró al granjero que le encargó las pastillas para su esposa, saldaron cuentas e intentó salir apresurado de aquel espeso ambiente de tabaco y halitosis, pero Susan Maxwell, desde un rincón de la barra, le llamó con la boca llena de ensalada.
          –¿Qué te trae por aquí? –preguntó la chica. Él se explicó.
          –¿Y tú, acostumbrándote al olor de carne a la brasa para tener contento a papá? –rieron, a pesar de que ambos estaban sin ánimo.
          –¡No seas malvado! Vayamos a una mesa, tengo algo que contarte –Cogió su comanda y echó a andar. El hombre asintió, pero la única que quedaba libre estaba junto a la mesa de billar donde el ruido de personas alrededor de los jugadores era infernal, así que, decidieron irse a casa del veterinario.
          –Siéntate ahí, voy a encender la chimenea –dijo Larry, mientras llevaba dos vasos y una botella de whisky en la mano. El crujido de la madera en el fuego los acompañó durante toda la jornada además del recuerdo de Diane, intensificado a través del aroma de las flores diminutas que traía de la montaña.
          –¿Tienes noticias? –preguntó Susan mientras tomaba asiento.
          –¡Qué va, ninguna! Este compás de espera es desconcertante –suspiró.
          –¿Has contactado con Reporteros sin Fronteras?
          –No, y debería de haberlo hecho, como también hablar con las niñas, sin embargo, no he tenido valor suficiente. –reprodujo lo que horas antes, en la ciudad de Helena, Ashley Burris le había contado.
          –Pues no debes demorarlo más, tienen derecho a saber lo que está pasando con su madre.
          –Sí, mañana iré a verlas a la universidad, ya lo tengo decidido. Y, ahora, dime qué ibas a contarme.
          –Estuve con mi padre en Garnet donde tiene una cabaña con su socio que, por cierto, ha muerto. Quería eliminar papeles que le comprometieran y mira por dónde encontró una sorpresita: bidones llenos de agua.
          –¿De agua? –preguntó extrañado.
          –Sí, resulta que han comprado muchos pozos en Texas y han extraído petróleo y gas bajo la técnica de fracking, que consiste en inyectar a gran presión cantidades de agua, arena y químicos para romper la roca y liberar hidrocarburos, pero luego, el agua que se revierte hasta que brota el crudo, hay que llevarla a otro lugar y bombearla a miles de metros de profundidad, se supone que por debajo de los acuíferos de agua potable.
          –Pero eso es altamente peligroso, porque con el tiempo se filtra –intervino Larry.
          –Verás, cogí una poca en este bote, a lo mejor sacas algo en claro, lo curioso es que ni huele ni está turbia.
          –Yo no tengo medios para hacer un análisis de laboratorio especializado y, si lo hiciéramos, encontraríamos radio, por eso su apariencia es cristalina, como recién salida del grifo. Ahora que recuerdo, hace varios meses, Diane escribió un artículo para una revista ambientalista –conectó la computadora y buscó la edición en Internet–. ¡Aquí está! Era la historia de unas mujeres que lucharon por sus vidas, conocidas como las “Chicas del Radio”. Estallada la Primera Guerra Mundial por todo Estados Unidos abrieron fábricas cuyas trabajadoras pintaban esferas de relojes con pintura brillante. Chupaban los pinceles para afilarlos, se decoraban los vestidos que después lucirían en los bailes, se perfilaban los dientes haciendo que su sonrisa fuese más atractiva y luminosa, todo sin saber que aquel producto era radiactivo. Inmediatamente fueron enfermando, sufrieron cáncer y necrosis ósea, se les caían los dientes y los huesos de la mandíbula se deshacían entre los dedos del dentista que no hallaba explicación alguna a aquello tan horroroso. Tuvieron una muerte dolorosísima y la lucha de las familias y denuncias de ellas ante la opinión pública, las llevaron hasta Harrison Martland, especialista en patología que 1925, demostró, gracias a una prueba, que el radio las había envenenado destruyendo sus cuerpos desde dentro. Intentaron desacreditar sus conclusiones, pero las propias chicas siguieron en la batalla para ayudar a las compañeras que aún trabajaban en ello. Dos años después, Raymond Berry, abogado, aceptó defenderlas y llevar el caso a los tribunales. Sin embargo, seguían muriendo, hasta que en 1938, una trabajadora moribunda demandó a la empresa, resolviéndose por completo.
          –Mira lo que dice ahí –intervino Susan–, que Marie Curie, descubridora del radio junto a su esposo, murió también por una anemia aplásica, enfermedad de la médula ósea, debido a la continua exposición a la radiación. Diane lo tiene todo bien documentado.
          –¿Ha entrado en contacto tu piel con el agua al extraer la muestra que traes? –preguntó preocupado.
          –Supongo que algo, sí. Claro, no obstante, lo hice muy rápido –quiso tranquilizarse así a sí misma.
          –Pero no podrás impedir el enterramiento de los bidones, no es ilegal.
          –Lo sé, aunque dentro del rancho no lo voy a permitir, aunque me cueste romper con la familia. –Dijo apenada.
          La conversación fluyó con momentos de mucho silencio, a la vez que el whisky de la botella acababa convirtiéndose en acidez de estómago. Las pequeñas llamas del fuego dibujaban sombras deformes en la chimenea. Afuera aullaban los lobos hambrientos de venganza y, poco a poco, el manto de la noche caía sobre el pueblo solitario, mientras que, a lo lejos, la música irlandesa de algún baile comarcal amenizaba la soledad de los jornaleros. Susan se quedó a dormir en su antigua habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, donde preguntó por Sammy Britt, aquel motero observador de la biodiversidad, de los cambios bruscos de la tierra, de la alteración de los colores, las cosechas, la salud de los ríos, el clima, las lluvias torrenciales, en definitiva: un activista por la Naturaleza. El recepcionista le dijo que hacía bastantes meses que no pasaba por allí. En el dormitorio pasó los dedos por encima de sus objetos personales esos que tanto apreciaba. Encendió el transistor y sintonizó la emisora local donde la voz inconfundible de Cindy Blair, locutora que conducía un programa nocturno, cuyo estudio apestaba a tabaco y alcohol barato, daba paso a las llamadas de los oyentes que compartían historias inverosímiles y otras muy sencillas, por ejemplo, desde cómo hacer la mejor hamburguesa de carne de buey, hasta lavar las sábanas con jabones ecológicos. Tras un breve descanso dieron paso a otra llamada.
          –Hola. Buena noche —dijo sorbiendo un poco de café.
          –Hola Cindy –respondió la mujer.
          –¿Cómo te llamas? –preguntó casi atragantándose al beber.
          –Lupita Castro –contestó risueña.
          –¿De dónde eres? –imaginó que sudamericana por las continuas expresiones en spanglish y muy joven.
          –Soy hondureña –entonó orgullosa.
          –¿Desde dónde nos llamas? –poco a poco fue creando un ambiente de confianza.
          –Estoy en San Benito –dijo apenada.
          –¿En el centro de acogida a migrantes menores no acompañadas? –intuyó la deriva que tomaría la conversación.
          –Sí –se aclaró la garganta.
          –¿Quieres que hagamos un descanso y bebes agua?
          –¡No! –exclamó.
          –¿Cuántos años tienes? –parecía bastante joven.
          –Quince, pero en breve cumplo dieciséis –dijo sintiéndose ya mayor.
          –¿Y por qué estás en el centro? –debía conducirla hacia el desahogo.
          –Mi mamá me animó a cruzar la frontera donde una de sus hermanas me acogería hasta tener al bebé y encontrar un empleo. 
          –¿Y qué pasó?
          –Aparecieron los hombres malos y me detuvieron –comenzó a sollozar.
          –Tranquila, cariño, estamos aquí para escucharte. Cálmate, sabemos que estás muy nerviosa –encendió otro cigarrillo con la colilla del consumido en el cenicero.
          –Es que no quiero que nazca aquí mi bebé –a Cindy Blair se le partía el corazón.
          –¿Y el papá de la criatura? –la respiración de la chica se aceleró permaneciendo unos segundos callada.
          –No sé, en Honduras, supongo –transmitía miedo.
          –¿Por qué no vino contigo? –basada en la experiencia de tantos años en antena, el pensamiento de la locutora iba muy lejos.
          –No sé –esquivaba responder.
          –¿Nos lo quieres contar? –Lupita respiraba muy cerca del auricular del teléfono.
          –Mi abuelito –dijo hiposa.
          –¿Qué le ocurre, está malito? –puso los codos sobre la mesa.
          –No.
          –¿Entonces? –la chica rompió a llorar fuertemente.
          –Me da vergüenza –pudo decir.
          –Venga, cuéntamelo solo a mí, piensa que estamos solas tú y yo –hicieron una pausa para meter una cuña publicitaria y siguieron.
          –Pues que cuando todos dormían, se tumbaba conmigo en la cama –Cindy se revolvió en el asiento.
          –Continúa. –En ese momento supieron que un terremoto de magnitud 6 sacudía el este de Cuba.
          –Me tocaba “ahí”, diciendo que era mejor estrenarme la familia que no un extraño. Nunca entendí a qué se refería –estaba clara su inocencia.
          –¿Tu mamá lo supo? –la locutora tenía un nudo en la garganta.
          –No sé –esquivó la pregunta–. Una noche se subió encima y me hizo mucho daño. Al poco tiempo empezó a crecer mi barriga.
          –¿Está intentando tu tía sacarte del centro? –Cindy tenía ganas de chillar y sentía mucha indignación.
          –Tengo que colgar, otras chicas necesitan usar el teléfono. Gracias por escucharme. Buenas noches.
          –Espera Lupita, ¿nos llamas mañana?
          –No sé si podré. –Ese día Cindy Blair no concilió el sueño y se ausentó del programa setenta y dos horas, donde fue sustituida por otra compañera. Nadie supo qué hizo durante ese tiempo…
          Susan necesitaba agarrarse a algo muy sólido para impedir que su padre inyectase otra vez bajo tierra el agua del fracking. Navegando por Internet dio con una noticia muy interesante: A Sandra Steingraber, nacida en Illinois, siendo estudiante, la diagnosticaron cáncer de vejiga, como también padeció su tía, sin embargo, al ser adoptada, era del todo imposible que fuese hereditario. Eso la llevó a doctorarse en biología e investigar las posibles causas de tal coincidencia, llegando a la conclusión de que habían compartido un mismo espacio y bebido del mismo pozo contaminado. En el artículo hablaban de que la Alianza Mexicana contra el “fracturamiento hidráulico”, organizaban un foro en México donde asistirían personas muy preparadas en cuanto al activismo medioambiental y defensores de la tierra y la conservación de las rocas. Susan anotó en un papel que era más fácil explicar los daños que va a ocasionar en la salud el fracking, en lugares donde la industria aun no estaba en marcha, como era el caso de Big Timber, que en aquellos otros donde la economía giraba ya en torno al gas y el petróleo.
          –Paul, necesito que me ayudes –Susan le cogió por sorpresa.
          –Tú dirás –limpiaba la silla de montar con rabia, de un tiempo a esta parte, parecía eternamente enfadado.
          –Estamos en emergencia climática y papá quiere inyectar o enterrar agua contaminada en pozos muertos que hay cerca de aquí. Es peligrosísimo para la salud, ya que está demostrado que se filtra y contamina los acuíferos –le contó lo de los barriles ocultos en la cabaña en Garnet.
          –¡Y qué puedo hacer yo! –exclamó el capataz.
          –Voy a alquilar un remolque para llevarlos a otro lugar donde no haya población en muchas millas a la redonda y no podré hacerlo sola.
          –Pero…
          –Deja que termine, por favor. Ambos sabemos que, a papá, si una cosa le aporta beneficios, se salta todas las normas de seguridad sin importarle lo más mínimo que se queden en el camino: muertos o enfermos; da igual, seres humanos o animales, no respeta nada.
          –Mira, no estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho mandadas por el amo y tampoco me opuse, no sé por qué ahora he de traicionarle.
          –¿Quieres ver a los jornaleros, sus familias, a niños y niñas, ancianos y ancianas desarrollar un cáncer por culpa del líquido que sale por los grifos y tomamos a diario? –el capataz se quedó pensativo.
          –No, por supuesto que no. ¡Cuenta conmigo! ¿Cómo lo hacemos?
          –Dentro de unos días, te digo, mientras tanto estaremos atentos a cualquier movimiento que haga –En eso quedaron. Susan Maxwell intentaría asistir al foro en México donde quizá viera a Sandra Steingraber o alguien de su equipo y pedir asesoramiento.
          Diane Erickson llevaba semanas sin sentir el relajo de una buena ducha. Tenía el pelo pegado, las uñas renegridas y la suciedad de la ropa interior adherida a la ingle. Dormía poco, buscando rincones apartado por miedo a sufrir el robo de su único patrimonio: las botas. Los gusanos del hambre trepaban por las paredes del estómago comiéndola los jugos y la sed era tan insoportable que estaba tentaba a beberse sus propios orines, como leyó una vez que hacían los homeless. A determinadas horas, cuando los coches del ejército vigilaban las calles, simulaba revolver entre los escombros, como hacían los gazatíes, buscando sus pertenencias. Calculaba cada paso, cada recodo por donde se introducía, sin embargo, fue capturada por un grupo de mercenarios, violada, torturada y estrangulada. El cuerpo sin vida fue hallado por un equipo médico que se desplazaba a zona de combate.
          A las 3:38 a.m. sonó el teléfono fijo. Larry dio un salto de la cama y chocó con la cómoda, lastimándose el dedo gordo del pie derecho. No entendía bien a la persona que hablaba, pero sí que era de la oficina del sheriff del condado de Sweet Grass, para comunicarle que debía acudir lo antes posible, ya que la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén, adonde él había enviado tantas cartas denunciando la desaparición  de su esposa, se habían puesto en contacto con el Gobernador en Montana, al hallar un cuerpo que, por la descripción, podría ser el Diane Erickson.

No hay comentarios:

Publicar un comentario