12.
El viaje de vuelta, padre e hija lo
realizaron muy tensos. Habían tenido una fuerte discusión respecto a qué hacer
con los bidones de agua tóxica encontrados en la cabaña, en el pueblo de
Garnet, producto de la perforación de los pozos petroleros y de gas, cuyo
destino era inyectarla otra vez bajo tierra, en un espacio neutral y nada
sospechoso de estar vinculado con la industria petrolera, dentro del rancho
Maxwell, que apenas nadie conocía.
Meses
atrás, Susan leyó un artículo en DeSmog, organización internacional de
periodismo sobre cambio climático, donde alertaban del alto riesgo que se
corría utilizando dicho método de inyección que, en consecuencia, contaminaría
el agua potable por la filtración. Ello representaría un altísimo riesgo para
la salud de los habitantes de la región y causaría mortalidad repentina en los
animales al impregnarse los pastos donde comen. De manera que la chica puso el
grito en el cielo.
–¿Desde
cuándo a nuestra familia le interesa el crudo? Pensé que solo éramos ganaderos
y agricultores –dijo muy enfadada.
–No
tengo por qué contestar la pregunta, limítate a conducir con prudencia y
ayudarme a borrar mi nombre de las empresas de Samuel W. Roberts, nada más. –Ella
miró por el retrovisor y vio una ambulancia acercarse a toda velocidad y
desviarse por un camino rural.
–Papá,
a ver si entiendes, en los contratos que hemos encontrado en la cabaña, el
único nombre que figura es el tuyo, mucho me temo que tu socio no jugaba limpio
–en el fondo, por primera vez, sintió lástima de aquel hombre vulnerable,
traicionado, empequeñecido–. Dejemos los bidones de agua contaminada allí y que
las autoridades los relacionen con él.
–Imposible,
la cabaña es mía, yo la compré, tenemos que deshacernos de ellos como te he
dicho.
–Conmigo
no cuentes, no pienso ser partícipe de algo así. ¿Te has parado a pensar cuántas
personas van a enfermar?
–Lo
hemos hecho en otros sitios sin problemas –siguieron en silencio, desconfiando
el uno del otro, rescatando la irritación del pasado que tanto les separó y
sintiendo que el muro entre ellos empezaba a levantarse otra vez. El padre se
apeó de la camioneta y fue hacia los establos en busca de Paul, el capataz. Ella
se marchó sin más.
Larry
Erickson, viajó a Helena a comprar medicinas para la diabetes, difíciles de
conseguir en Big Timber. Aprovechó el viaje y visitó a la forense del Animal
Center Veterinary Hospital, Ashley Burris, con quien intercambió revistas
científicas, opiniones sobre controvertidos diagnósticos y conocer la
adaptación de nuevas tecnologías, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda,
líderes en telemedicina, algo de momento inalcanzable de poner en práctica en
la rudimentaria clínica de Larry. Además, cuando anunció su llegada por
teléfono, la forense dijo tener noticia de Diane, a través de un colega que
tenía contactos con la Media Luna Roja Palestina. Facilitaron la descripción de
la mujer y creyeron haberla visto vagar por las calles de Gaza. Sin embargo,
advirtieron que es complicadísimo localizar allí a una persona que seguramente
se mueva en la oscuridad de la noche y se refugie entre estructuras
bombardeadas, en todo caso lo tendrían en cuenta. A pesar de las palabras de
ánimo que recibió de la forense, el veterinario regresó al pueblo mucho más
descorazonado y pesimista. Aunque no era día de paga, terminada la jornada, en The
Timber Bar Cowboy City, algunos muchachos tomaban tragos de cerveza antes
de la caída del sol. Larry, abriéndose paso entre ellos, encontró al granjero
que le encargó las pastillas para su esposa, saldaron cuentas e intentó salir
apresurado de aquel espeso ambiente de tabaco y halitosis, pero Susan Maxwell,
desde un rincón de la barra, le llamó con la boca llena de ensalada.
–¿Qué
te trae por aquí? –preguntó la chica. Él se explicó.
–¿Y
tú, acostumbrándote al olor de carne a la brasa para tener contento a papá? –rieron,
a pesar de que ambos estaban sin ánimo.
–¡No
seas malvado! Vayamos a una mesa, tengo algo que contarte –Cogió su comanda y
echó a andar. El hombre asintió, pero la única que quedaba libre estaba junto a
la mesa de billar donde el ruido de personas alrededor de los jugadores era
infernal, así que, decidieron irse a casa del veterinario.
–Siéntate
ahí, voy a encender la chimenea –dijo Larry, mientras llevaba dos vasos y una
botella de whisky en la mano. El crujido de la madera en el fuego los
acompañó durante toda la jornada además del recuerdo de Diane, intensificado a
través del aroma de las flores diminutas que traía de la montaña.
–¿Tienes
noticias? –preguntó Susan mientras tomaba asiento.
–¡Qué
va, ninguna! Este compás de espera es desconcertante –suspiró.
–¿Has
contactado con Reporteros sin Fronteras?
–No,
y debería de haberlo hecho, como también hablar con las niñas, sin embargo, no
he tenido valor suficiente. –reprodujo lo que horas antes, en la ciudad de
Helena, Ashley Burris le había contado.
–Pues
no debes demorarlo más, tienen derecho a saber lo que está pasando con su
madre.
–Sí,
mañana iré a verlas a la universidad, ya lo tengo decidido. Y, ahora, dime qué
ibas a contarme.
–Estuve
con mi padre en Garnet donde tiene una cabaña con su socio que, por cierto, ha
muerto. Quería eliminar papeles que le comprometieran y mira por dónde encontró
una sorpresita: bidones llenos de agua.
–¿De
agua? –preguntó extrañado.
–Sí,
resulta que han comprado muchos pozos en Texas y han extraído petróleo y gas
bajo la técnica de fracking, que consiste en inyectar a gran presión
cantidades de agua, arena y químicos para romper la roca y liberar
hidrocarburos, pero luego, el agua que se revierte hasta que brota el crudo,
hay que llevarla a otro lugar y bombearla a miles de metros de profundidad, se
supone que por debajo de los acuíferos de agua potable.
–Pero
eso es altamente peligroso, porque con el tiempo se filtra –intervino Larry.
–Verás,
cogí una poca en este bote, a lo mejor sacas algo en claro, lo curioso es que
ni huele ni está turbia.
–Yo
no tengo medios para hacer un análisis de laboratorio especializado y, si lo
hiciéramos, encontraríamos radio, por eso su apariencia es cristalina, como
recién salida del grifo. Ahora que recuerdo, hace varios meses, Diane escribió
un artículo para una revista ambientalista –conectó la computadora y buscó la
edición en Internet–. ¡Aquí está! Era la historia de unas mujeres que lucharon
por sus vidas, conocidas como las “Chicas del Radio”. Estallada la
Primera Guerra Mundial por todo Estados Unidos abrieron fábricas cuyas
trabajadoras pintaban esferas de relojes con pintura brillante. Chupaban los
pinceles para afilarlos, se decoraban los vestidos que después lucirían en los
bailes, se perfilaban los dientes haciendo que su sonrisa fuese más atractiva y
luminosa, todo sin saber que aquel producto era radiactivo. Inmediatamente
fueron enfermando, sufrieron cáncer y necrosis ósea, se les caían los dientes y
los huesos de la mandíbula se deshacían entre los dedos del dentista que no
hallaba explicación alguna a aquello tan horroroso. Tuvieron una muerte
dolorosísima y la lucha de las familias y denuncias de ellas ante la opinión
pública, las llevaron hasta Harrison Martland, especialista en patología que
1925, demostró, gracias a una prueba, que el radio las había envenenado
destruyendo sus cuerpos desde dentro. Intentaron desacreditar sus conclusiones,
pero las propias chicas siguieron en la batalla para ayudar a las compañeras
que aún trabajaban en ello. Dos años después, Raymond Berry, abogado, aceptó
defenderlas y llevar el caso a los tribunales. Sin embargo, seguían muriendo,
hasta que en 1938, una trabajadora moribunda demandó a la empresa,
resolviéndose por completo.
–Mira
lo que dice ahí –intervino Susan–, que Marie Curie, descubridora del radio
junto a su esposo, murió también por una anemia aplásica, enfermedad de la
médula ósea, debido a la continua exposición a la radiación. Diane lo tiene
todo bien documentado.
–¿Ha
entrado en contacto tu piel con el agua al extraer la muestra que traes? –preguntó
preocupado.
–Supongo
que algo, sí. Claro, no obstante, lo hice muy rápido –quiso tranquilizarse así
a sí misma.
–Pero
no podrás impedir el enterramiento de los bidones, no es ilegal.
–Lo
sé, aunque dentro del rancho no lo voy a permitir, aunque me cueste romper con
la familia. –Dijo apenada.
La
conversación fluyó con momentos de mucho silencio, a la vez que el whisky
de la botella acababa convirtiéndose en acidez de estómago. Las pequeñas llamas
del fuego dibujaban sombras deformes en la chimenea. Afuera aullaban los lobos
hambrientos de venganza y, poco a poco, el manto de la noche caía sobre el
pueblo solitario, mientras que, a lo lejos, la música irlandesa de algún baile
comarcal amenizaba la soledad de los jornaleros. Susan se quedó a dormir en su
antigua habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, donde
preguntó por Sammy Britt, aquel motero observador de la biodiversidad, de los
cambios bruscos de la tierra, de la alteración de los colores, las cosechas, la
salud de los ríos, el clima, las lluvias torrenciales, en definitiva: un
activista por la Naturaleza. El recepcionista le dijo que hacía bastantes meses
que no pasaba por allí. En el dormitorio pasó los dedos por encima de sus
objetos personales esos que tanto apreciaba. Encendió el transistor y sintonizó
la emisora local donde la voz inconfundible de Cindy Blair, locutora que
conducía un programa nocturno, cuyo estudio apestaba a tabaco y alcohol barato,
daba paso a las llamadas de los oyentes que compartían historias inverosímiles
y otras muy sencillas, por ejemplo, desde cómo hacer la mejor hamburguesa de
carne de buey, hasta lavar las sábanas con jabones ecológicos. Tras un breve
descanso dieron paso a otra llamada.
–Hola.
Buena noche —dijo sorbiendo un poco de café.
–Hola
Cindy –respondió la mujer.
–¿Cómo
te llamas? –preguntó casi atragantándose al beber.
–Lupita
Castro –contestó risueña.
–¿De
dónde eres? –imaginó que sudamericana por las continuas expresiones en spanglish
y muy joven.
–Soy
hondureña –entonó orgullosa.
–¿Desde
dónde nos llamas? –poco a poco fue creando un ambiente de confianza.
–Estoy
en San Benito –dijo apenada.
–¿En
el centro de acogida a migrantes menores no acompañadas? –intuyó la deriva que
tomaría la conversación.
–Sí
–se aclaró la garganta.
–¿Quieres
que hagamos un descanso y bebes agua?
–¡No!
–exclamó.
–¿Cuántos
años tienes? –parecía bastante joven.
–Quince,
pero en breve cumplo dieciséis –dijo sintiéndose ya mayor.
–¿Y
por qué estás en el centro? –debía conducirla hacia el desahogo.
–Mi
mamá me animó a cruzar la frontera donde una de sus hermanas me acogería hasta
tener al bebé y encontrar un empleo.
–¿Y
qué pasó?
–Aparecieron
los hombres malos y me detuvieron –comenzó a sollozar.
–Tranquila,
cariño, estamos aquí para escucharte. Cálmate, sabemos que estás muy nerviosa –encendió
otro cigarrillo con la colilla del consumido en el cenicero.
–Es
que no quiero que nazca aquí mi bebé –a Cindy Blair se le partía el corazón.
–¿Y
el papá de la criatura? –la respiración de la chica se aceleró permaneciendo
unos segundos callada.
–No
sé, en Honduras, supongo –transmitía miedo.
–¿Por
qué no vino contigo? –basada en la experiencia de tantos años en antena, el
pensamiento de la locutora iba muy lejos.
–No
sé –esquivaba responder.
–¿Nos
lo quieres contar? –Lupita respiraba muy cerca del auricular del teléfono.
–Mi
abuelito –dijo hiposa.
–¿Qué
le ocurre, está malito? –puso los codos sobre la mesa.
–No.
–¿Entonces?
–la chica rompió a llorar fuertemente.
–Me
da vergüenza –pudo decir.
–Venga,
cuéntamelo solo a mí, piensa que estamos solas tú y yo –hicieron una pausa para
meter una cuña publicitaria y siguieron.
–Pues
que cuando todos dormían, se tumbaba conmigo en la cama –Cindy se revolvió en
el asiento.
–Continúa.
–En ese momento supieron que un terremoto de magnitud 6 sacudía el este de
Cuba.
–Me
tocaba “ahí”, diciendo que era mejor estrenarme la familia que no un extraño. Nunca
entendí a qué se refería –estaba clara su inocencia.
–¿Tu
mamá lo supo? –la locutora tenía un nudo en la garganta.
–No
sé –esquivó la pregunta–. Una noche se subió encima y me hizo mucho daño. Al
poco tiempo empezó a crecer mi barriga.
–¿Está
intentando tu tía sacarte del centro? –Cindy tenía ganas de chillar y sentía
mucha indignación.
–Tengo
que colgar, otras chicas necesitan usar el teléfono. Gracias por escucharme.
Buenas noches.
–Espera
Lupita, ¿nos llamas mañana?
–No
sé si podré. –Ese día Cindy Blair no concilió el sueño y se ausentó del
programa setenta y dos horas, donde fue sustituida por otra compañera. Nadie
supo qué hizo durante ese tiempo…
Susan
necesitaba agarrarse a algo muy sólido para impedir que su padre inyectase otra
vez bajo tierra el agua del fracking. Navegando por Internet dio con una
noticia muy interesante: A Sandra Steingraber, nacida en Illinois, siendo
estudiante, la diagnosticaron cáncer de vejiga, como también padeció su tía,
sin embargo, al ser adoptada, era del todo imposible que fuese hereditario. Eso
la llevó a doctorarse en biología e investigar las posibles causas de tal
coincidencia, llegando a la conclusión de que habían compartido un mismo
espacio y bebido del mismo pozo contaminado. En el artículo hablaban de que la
Alianza Mexicana contra el “fracturamiento hidráulico”, organizaban un foro en
México donde asistirían personas muy preparadas en cuanto al activismo
medioambiental y defensores de la tierra y la conservación de las rocas. Susan
anotó en un papel que era más fácil explicar los daños que va a ocasionar en la
salud el fracking, en lugares donde la industria aun no estaba en
marcha, como era el caso de Big Timber, que en aquellos otros donde la economía
giraba ya en torno al gas y el petróleo.
–Paul,
necesito que me ayudes –Susan le cogió por sorpresa.
–Tú
dirás –limpiaba la silla de montar con rabia, de un tiempo a esta parte,
parecía eternamente enfadado.
–Estamos
en emergencia climática y papá quiere inyectar o enterrar agua contaminada en
pozos muertos que hay cerca de aquí. Es peligrosísimo para la salud, ya que
está demostrado que se filtra y contamina los acuíferos –le contó lo de los
barriles ocultos en la cabaña en Garnet.
–¡Y
qué puedo hacer yo! –exclamó el capataz.
–Voy
a alquilar un remolque para llevarlos a otro lugar donde no haya población en
muchas millas a la redonda y no podré hacerlo sola.
–Pero…
–Deja
que termine, por favor. Ambos sabemos que, a papá, si una cosa le aporta
beneficios, se salta todas las normas de seguridad sin importarle lo más mínimo
que se queden en el camino: muertos o enfermos; da igual, seres humanos o
animales, no respeta nada.
–Mira,
no estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho mandadas por el amo y
tampoco me opuse, no sé por qué ahora he de traicionarle.
–¿Quieres
ver a los jornaleros, sus familias, a niños y niñas, ancianos y ancianas
desarrollar un cáncer por culpa del líquido que sale por los grifos y tomamos a
diario? –el capataz se quedó pensativo.
–No,
por supuesto que no. ¡Cuenta conmigo! ¿Cómo lo hacemos?
–Dentro
de unos días, te digo, mientras tanto estaremos atentos a cualquier movimiento
que haga –En eso quedaron. Susan Maxwell intentaría asistir al foro en México
donde quizá viera a Sandra Steingraber o alguien de su equipo y pedir
asesoramiento.
Diane
Erickson llevaba semanas sin sentir el relajo de una buena ducha. Tenía el pelo
pegado, las uñas renegridas y la suciedad de la ropa interior adherida a la ingle.
Dormía poco, buscando rincones apartado por miedo a sufrir el robo de su
único patrimonio: las botas. Los gusanos del hambre trepaban por las paredes
del estómago comiéndola los jugos y la sed era tan insoportable que estaba
tentaba a beberse sus propios orines, como leyó una vez que hacían los homeless.
A determinadas horas, cuando los coches del ejército vigilaban las calles,
simulaba revolver entre los escombros, como hacían los gazatíes, buscando sus
pertenencias. Calculaba cada paso, cada recodo por donde se introducía, sin
embargo, fue capturada por un grupo de mercenarios, violada, torturada y
estrangulada. El cuerpo sin vida fue hallado por un equipo médico que se
desplazaba a zona de combate.
A
las 3:38 a.m. sonó el teléfono fijo. Larry dio un salto de la cama y chocó con
la cómoda, lastimándose el dedo gordo del pie derecho. No entendía bien a la
persona que hablaba, pero sí que era de la oficina del sheriff del
condado de Sweet Grass, para comunicarle que debía acudir lo antes posible, ya
que la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén, adonde él había enviado tantas
cartas denunciando la desaparición de su esposa, se habían puesto en contacto con
el Gobernador en Montana, al hallar un cuerpo que, por la descripción, podría
ser el Diane Erickson.
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