11.
Huellas profundas de osos grises
sobre la nieve que cubría toda la ladera de las montañas, alertó a los
habitantes de Big Timber obligándoles a montar guardia en cada punto vulnerable
por donde se podrían colar. Paul capitaneó al primer grupo de hombres que,
rifle en mano, velaron por la seguridad del rancho Maxwell; organizó también a
las mujeres que debían estar atentas a cualquier movimiento extraño cerca de
las cabañas donde dormían los hijos y las hijas, así como los más ancianos y
ancianas de la finca. La nuera de uno de los vaqueros empeñada en ayudar como
fuera, se dedicó a llenar termos de café y otros solo con leche. Su cabaña era
una de las más alejadas, con lo mínimo que necesitan dos familias para vivir
apretadas. De origen mexicano, concretamente de Baja California, emigraron a
Montana buscando prosperidad y libertad para los suyos, en cambio encontraron
una sociedad hermética, fría, aislada, conservadora y bastante reacia a abrirle
las puertas a quienes vienen a quedarse, pero el buen trabajo y la fidelidad al
amo, les proporcionó un empleo seguro, aunque remunerado muy por debajo del
salario oficial. Las ráfagas de viento traían voces y gritos como del más allá
y las ramas de los árboles que sacudían contra los postes de luz, creaban un
ambiente de terror, exaltando también a los perros guardianes. Ella se echó una
bolsa al hombro y salió a repartir a los muchachos, cuando regresaba, el
potente foco de una linterna la deslumbró, a la vez que perdía el conocimiento
con un pañuelo empapado en cloroformo, tapándola nariz y boca. Despuntando el
amanecer, todo volvió a la normalidad, las primeras horas fueron de recuento de
los posibles daños materiales y reses destrozadas con las tripas fuera, así
que, nadie se percató de su llegada. El suegro, casi ciego, pero con un sexto
sentido muy afilado, intuyó por la forma de caminar de la nuera y el olor a
sangre, que traía las ropas rasgadas y el secreto bien guardado, por miedo a
ser repudiada por el esposo, de haberla violado. Se cambió rápidamente y reanudó
la faena cotidiana.
–¿Abuelo
qué hace levantado tan temprano? –dijo simplemente.
–Cuidar
la honra de esta casa.
–Bébase
esta taza de leche y échese un rato, yo le despierto para el almuerzo –las
lágrimas, solapando el sudor, la ensuciaron la cara.
Susan
acompañó a su padre hasta la oficina del sheriff donde fue preguntado
por su relación con Samuel W. Roberts. Algunos agentes, mascando chicle y
aburridos del trabajo rutinario de oficina, tomaban declaración a cuatro
jóvenes en estado de embriaguez que, habiéndose saltado el máximo de velocidad
permitido, atropellaron a un lobo, lo cual hizo efecto llamada paseándose por
el pueblo una camada de mamíferos carnívoros buscando venganza. En el despacho
principal se desarrollaba una fortísima discusión, los gritos y blasfemias
resonaban por todo el recinto como si se estuviese librando una siniestra
batalla campal. Una mujer que también esperaba a alguien o ser atendida, fumaba
un pitillo tras otro y tranquilizaba con caricias al hombre que se mordía las
uñas. Acompañados por dos guardias los cuatro chavales emprendieron camino
hacia los calabozos, y no por el siniestro del lobo, sino por la denuncia
contra ellos por haber violado presuntamente a una adolescente seis días atrás.
Al señor Maxwell se le acabó la paciencia y tocó en la puerta.
–Un
momento, por favor –dijo el jefe.
–Bueno,
ya está bien, que llevo aquí mucho rato y estoy muy ocupado.
–No
te impacientes, todos lo estamos y mira, en vez de estar con la familia,
leyendo la Biblia, me tenéis resolviendo entuertos absurdos. ¡Siéntate! –señaló
la silla– ¿Sabes para qué te hemos hecho venir? –preguntó sarcástico.
–No,
dímelo tú –contestó en el mismo tono. Parece mentira que se hablasen de ese
modo cuando habían sido grandes amigos.
–Han
asesinado a Samuel W. Roberts, al que tú conocías bastante bien –dejó pasar
unos minutos de silencio para observar la reacción del ranchero–. ¿Te contó que
viajaba a Canadá?
–No,
no compartimos cosas personales, el único vínculo que teníamos eran algunos
negocios, pero ninguno en el país vecino.
–¿Sabías
que tenía una hija? –preguntó el sheriff.
–No,
ni idea –era verdad.
–¿Tampoco
que lleva semanas en Tumbler Ridge donde estudia la chica? –querían pillarle en
un renuncio.
–Si
no sabía que tenía una hija, cómo demonios iba a saber que estudiaba ahí –respondió
irónico.
–¿Estaba
casado? –el objetivo era ponerle nervioso y que cometiese un fallo.
–¡Qué
sé yo! –Susan notó el nerviosismo de su padre ya que no hacía más que mirar el
reloj.
–¿Quién
es su pareja? –el sheriff y sus chicos estaban disfrutando.
–No
lo sé –encendió la pipa que se había apagado.
–¿Dónde
vive? –el interrogatorio era asfixiante.
–A
ver si lo entiendes, coño: que no tenemos relación más allá de algunos tratos
comerciales, nada más, yo le proporciono clientes y él me hace descuentos en
los materiales que necesito. ¡Ya!
–¿Cómo
le conociste? –obviaban sus respuestas.
–En
The Timber Bar Cowboy City, adonde vamos todos normalmente –mintió, se
conocieron en una fiesta ganadera.
–¿Qué
tipo de negocios tenéis? –sonó el teléfono y el ayudante salió a hablar desde
otro sitio.
–Oiga,
está atosigando a mi padre, ya le ha dicho que la única relación es
profesional. ¿Le acusan de algo? Porque de ser así, no diremos nada si no es en
presencia de nuestro abogado –Susan se puso muy seria y el padre respiró.
–No
le acusamos de nada, solo queremos saber. ¿Se han enterado del tiroteo que ha
habido en una escuela secundaria de Columbia Británica, al oeste de Canadá?
–No
–el señor Maxwell prestaba mucha atención.
–Pues
entre los heridos muy graves se encuentra la hija de Roberts. Él, al enterarse
corrió al lugar de los hechos y, pistola en mano, disparó al presunto asesino,
pero este se había suicidado segundos antes. Tras la confusión de quién habría
sido el autor de la matanza, se escapó una bala impactando en la cabeza de
Samuel, que murió en el acto. La Real Policía Montada de Canadá ha contactado
con el Gobernador y su oficina con nosotros y, ya que no localizamos a ningún
pariente que vaya a identificar el cadáver, he pensado que quizá tú podrías
hacerlo.
–¿Te
has vuelto loco? ¡Ni hablar! –elevó el tono de indignación.
–Bueno,
eres la mejor opción –descolgó el auricular del teléfono, pero el señor Maxwell
no estaba dispuesto a asumir tal responsabilidad.
–Si
hay una criatura, habrá una madre, ¿no? –preguntó Susan.
–Evidente
–contestó el ayudante del sheriff que había regresado.
–Y,
si la niña está gravemente herida, es lógico que la madre esté con ella en el
hospital, ¿verdad?
–Muy
probable –continuó el agente.
–Pues
ahí tienen la clave: búsquenla –cogió los abrigos de la silla donde los habían
dejado y sacó al padre casi a empujones y sin darles oportunidad a impedírselo–,
¡ah! Otra cosa, la próxima vez no vendremos si no es con orden judicial.
El
zumbido de los drones puso en alerta a Diane mientras deambula por las calles
de Gaza, donde se mezclaban con ella, sin rumbo fijo, perros esqueléticos que
como último alimento lamían las heridas de los amos convertidos en cuerpos
mutilados, abandonados a la intemperie y cohabitando con ratas e infecciones
mortales, escombros y cascotes cayendo en cuanto la más mínima ráfaga de viento
agitaba las estructuras desnudas. Desorientada, esquivando a maleantes vestidos
de militar sin serlo, se adentró en el barrio de Tel al-Hawa, al suroeste de la
ciudad, cuya población, a consecuencia de los bombardeos, sufre una gran crisis
y confinamiento, como también, la dolorosa pérdida de cientos de compatriotas
inocentes que hallaron la muerte yendo a por pan para los suyos, ciudadanos y
ciudadanas asesinados salvajemente, padeciendo vejaciones que avergüenzan a la
humanidad. Absorta en sus pensamientos, transitaba con pies de plomo sobre ese
escenario, cuando alzó la vista y descubrió que entre los tejados asomaba el mástil
de una antena. Se acercó y, pegando la espalda a la pared desconchada, por
miedo a caer por el hueco al vacío, subió los tramos de escalera muy despacio;
arriba, sujeto con chinchetas se sostenía el logo: Zaman FM, la radio que
después de dos años silenciada, volvía a abrir los micrófonos. Diane saludó al
chico en árabe junto con algunas palabras sueltas mal aprendidas, él se separó
los auriculares y respondió. Apenas la mesa de mezclas, una silla destartalada,
papeles medio quemados y restos de lo que pudo haber sido una redacción, era
todo el mobiliario a la vista.
–Soy
periodista estadounidense –consiguieron entenderse en inglés–, vinimos muchas
personas con ayuda humanitaria, también para contar in situ lo que se
vive desde aquí, cómo está la población y si se respetan los acuerdos puntuales
como la entrada de productos básicos o farmacéuticos para sobrevivir, pero nos
secuestraron y separaron en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en
Tel Aviv. Tras mucho calvario y sin comprender por qué lo había hecho, me
abandonaron a mi suerte –narró su experiencia con la pareja de ancianos a los
que dejó unos dólares.
–No
hay futuro, no nos queda nada, nos lo han quitado todo, hasta las ganas de
seguir adelante, sin embargo, somos conscientes de que esta humilde emisora es
una de las pocas esperanzas que surgen día a día para sentirse acompañado.
–He
visto que los hospitales están prácticamente destruidos y en la puerta hay
pacientes con el goteo a la intemperie.
–Exacto,
apenas queda material quirúrgico.
–Nosotros
traíamos, pero lo confiscaron todo.
–Las
mujeres paren solas, sin matronas y cuando se presenta una cesárea u otra
cirugía más complicada, se las ven y se las desean para conseguir anestesia.
Nos morimos de hambre, de enfermedades contagiosas, de abandono, de miseria y
afuera han normalizado nuestra situación.
–Probablemente
no os llega el eco, pero existe un movimiento activista bastante importante de
apoyo al pueblo palestino, manifestándose en las calles de muchas ciudades, aun
a riesgo de detener y encarcelar a los asistentes por denunciar el genocidio frente
a las sedes de partidos políticos, de los parlamentos, Naciones Unidas, de la
OTAN y demás administraciones; han capturado barcos de varias ONG cargados de
comida, ropa, medicinas, material escolar, juguetes y artículos de aseo y
limpieza, algunos fueron amenazados con dispararles misiles si traspasaban
aguas internacionales. Actos muy desagradables e inhumanos de mucha impotencia.
No obstante, se sigue intentando.
–Entonces
entenderá cómo nos sentimos y el grado de nuestro sufrimiento –pidió silencio
y, orientado hacia la Meca, abrió el micrófono e inició la oración del
atardecer. Finalizado el Salah, purificado el cuerpo, la mente y el
alma, le sustituyó otro locutor y ellos retomaron la conversación–. Bueno, pero
usted ha venido a algo más, ¿me equivoco?
–Necesito
comunicar con mi familia y que ellos desde Estados Unidos hagan los trámites
necesarios para que el gobierno de mi país interceda por mí. Han vulnerado
todos mis derechos, no tengo pasaporte, celular, computadora, carnet de prensa,
tampoco dinero –ocultó que la quedaba algo–, ni el pasaje de vuelta.
–Nosotros
no tenemos cobertura con el exterior, como ve solamente emitimos mensajes de
servicio público, por ejemplo, no acercarse a determinada zona con peligro de
derrumbe.
–¿Ese
fax funciona? –se fijó en una especie de centralita.
–Está
prohibido usarlo.
–¿Y
la centralita?
–Igual.
–No
me va a ayudar, ¿verdad?
–No
puedo, lo siento –se le notaba molesto con la presencia de Diane.
–Somos
colegas, los periodistas nos ayudamos unos a otros, forma parte de nuestro
código deontológico. Quizá podríamos comunicar con la NBC, se lo ruego.
–No
es posible, lo lamento –Diane comprendió el resentimiento de aquel hombre que
se mostraba vencido en todos los aspectos de la vida. Resignada y
cariacontecida, con sumo cuidado para no tropezarse, bajó la escalera
calculando muy bien dónde ponía cada pie y se lanzó a la hostilidad del barrio
de Tel al-Hawa, sin saber que se metía en la boca del lobo.
Días
después de haber estado en la oficina del sheriff y habiéndose realizado
la identificación del cadáver de Samuel W. Roberts por la madre de su hija,
cuando todavía no había amanecido, el señor Maxwell entró en el dormitorio de
Susan a despertarla, abrió el armario y la ordenó vestirse mientras trasteaba
por encima de los papeles que tenía junto a la computadora. Aparentemente
mostraba mucha tranquilidad, aunque los nervios o la impaciencia le apremiaban
a borrar todo rastro comprometido que le uniera al socio que nunca debió ser.
Sin embargo, antes de emprender viaje de cuatro horas y media a Garnet, pueblo
fantasma en el condado de Granite, la chica tenía algo pendiente que hacer,
ensillar y montar a una bellísima yegua que aún nadie lo había conseguido. Por
tanto, se ajustó los bluyín, se ciñó el chaleco de cuero, encajó el
sombrero cowboy y salió al exterior donde observó a varios jinetes
calentando a los caballos para que los reconozcan a través de sus voces y del
olor personal de cada cual. Paul, el capataz, les daba instrucciones, pero al
verla llegar se hizo el silencio, algo que sorprendió muchísimo al señor
Maxwell, quien se acercó también a la cerca para disfrutar del espectáculo.
Sabía que su hija no les iba a defraudar. Con paso firme, aunque despacio, y
mirando de frente a la yegua, la cepilló el lomo, colocó el sudadero, comprobó
que el cincho, los estribos y la pechera reposasen sobre la silla de montar, y
una vez que todo estuvo listo y ella segura, puso un pie en el estribo, se
montó y empezó a cabalgar, el viejo vaquero sintió tremendo orgullo de su
alumna más aventajada. Una vez terminada la exhibición, padre e hija se fueron
en la camioneta.
–Ayer
llegaron por equivocación unos bidones de Robwell Animal food products S.A.
–comentó el señor Maxwell.
–Sí,
lo vi, pero supuse que los habías pedido tú –dijo haciéndose la inocente.
–Pues
no, los tenían que haber llevado a uno de los almacenes de Samuel.
–¿Es
que tiene más de uno? –de sobra lo sabía.
–Más
o menos. Anda, conduce atenta a la carretera no nos vayamos a estrellar.
–¿Ahora
que él no está, qué va a pasar con nosotros? –vio de reojo al hombre perderse
en el infinito.
–Nada
de particular, seguiremos adelante con el rancho, la cría de reses, la
agricultura y continuaremos siendo la familia más respetada de nuestra iglesia
y de toda la comarca. ¿Hay algo que te preocupe especialmente? –a veces no se
fiaba de ella.
–¿Y
a ti? –contrapreguntó.
–Gira
a la derecha y a dos millas y media, semioculta entre árboles legendarios, hay
una cabaña de madera cuya chimenea de piedra arropada por hojas firmes trepa
erecta hasta ser visible, ahí hemos de parar.
–De
acuerdo –prefirió no indagar más. Fueron callados la recta final del camino,
hasta que ella volvió a romper el hielo–. ¿Esa cabaña es de nuestra propiedad o
suya?
–Avanza
un poco más –no respondió–. Mira, ya se ve la chimenea, ve más despacio, puede
que haya gente no deseable.
–¿A
qué te refieres? No me asustes, ¡eh!
–A
los hombres de confianza de Roberts. Veremos. –Susan paró el motor y bajaron de
la camioneta. Aparentemente por allí, dado el estado de maleza crecida delante
de la entrada, hacía mucho que no iba nadie. El señor Maxwell introdujo la
llave en la cerradura y, al abrirse la puerta, un pájaro de inmensas
dimensiones chocó contra él tambaleándolo, aunque sin perder el equilibrio. Una
vez dentro, el espacio visible era pequeño, pero con trampa, tiró de la aldaba
fijada en un extremo del suelo y levantó la trampilla, se asomó y aparecieron
los barriles, subieron dos cuya marca roja indicaba que ahí estarían los
papeles de la empresa constituyente. Con la punta de un cuchillo los
destaparon, sin embargo, no había nada–. ¡No puede ser! Juraría que lo puse
aquí.
–Si
me dices qué estamos buscando podré ayudarte.
–Los
contratos que firmé con Robwell Animal Food Products S.A., no quiero que
su mierda me salpique.
–Quizá
te has equivocado de bidón, destapemos uno por uno –antes de negarse el padre,
así lo hizo–, no lo entiendo, aquí solo hay agua –al ranchero le cambió la cara
de color…
La
mañana despuntó complicada en lo meteorológico, y compleja en lo profesional
para Larry Erickson, ya que asistió en diferentes granjas a cinco partos, cuyos
recién nacidos venían bajo el “síndrome del ternero débil”, enfermedad que
presenta mucha fragilidad para ponerse en pie y succionar, lo cual aseguraba
casi al cien por cien la mortalidad en la primera semana de vida. Sin noticias
de Diane, y con la esperanza cada vez más frustrada de que estuviese bien,
trataba de mantenerse firme por las hijas a las que todavía no había comunicado
la desaparición de la madre. Las noticias de una nueva guerra en Oriente Medio
hacían temblar las placas tectónicas de la paz en el mundo. Estados Unidos e
Israel, fieles aliados, han realizado un ataque masivo contra Irán, cuyo
objetivo era forzar un cambio de régimen matando al ayatolá Ali Jameneí. En
dicho ataque han muerto centenares de personas y muchas otras han resultado
heridas. Destapando el polvorín del conflicto bélico, el Presidente que tanto
prometió en campaña no involucrar al país en guerras extranjeras, lo ha incumplido.
Congresistas demócratas y algún republicano han mostrado su malestar y condena
por no haber llevado al Capitolio la votación del ataque. Corren malos tiempos
para hablar de seguridad mundial, de consideración hacia acuerdos
internacionales que datan del siglo pasado y están absolutamente más vigentes
que nunca. El veterinario regresó de sus pensamientos a la realidad, con un mal
presentimiento en el corazón respecto al paradero de su esposa. Estaba solo en
el establo de un granjero agrícola que vivía en las montañas, gran productor de
huevos y leche, quien detectó en varias ocasiones enfermedades no
diagnosticadas en sus vacas a las que sanó con métodos ancestrales, sin
embargo, alarmado esa vez por la coloración azulada de las lenguas, llamó al
profesional, a pesar de no gustarle las batas blancas para los animales.
Mientras que Larry Erickson reconocía el estado general de la vaca y
determinaba el lugar exacto donde habitaba el mosquito transmisor del virus, el
sonido ensordecedor de un avión que volaba bajo, volvió a poner delante de él
la frescura de la sonrisa de Diane deseoso de verla muy pronto…
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