domingo, 4 de diciembre de 2016

Campo minado

En plena adolescencia, y adelantada a su tiempo, Delia Navares había desarrollado toda la perspicacia que cualquier persona espabilada concentra a través de la experiencia que aportan los años. Ojos saltones, estatura normal, labios carnosos, piel mulata, pechos mayúsculos −de los de talla especial− y andares de quien transmite estar a punto de comerse el mundo, estructuran la personalidad de alguien que jamás perderá la buena costumbre de hacerse preguntas. Cada tarde, de aquel gris 1940, mientras que el hambre se agarraba a las faldas de la ciudad en semirruinas, muchas mujeres, entre las que se encontraba su madre, con el miedo a los bombardeos metido aún en el cuerpo, aprovechaban la pequeña cortina de sol que aparecía por encima de los patios, y se sentaban en sus sillas bajas de enea, a echar piezas a las sábanas o zurcir los calcetines de los suyos. Ese era el momento idóneo, inmersas en sus quehaceres y sobrehilando el borde de los pensamientos para que las penurias no se les escaparan, para dejar a los hijos un rato de desahogo.
          A Delia le gustaba descubrir nuevos paisajes, por eso no tenía reparo en descender por aquella cuesta empinadísima que atravesaba el misterioso campo hostil al que los mayores les decían que era mejor no acercarse, porque podían encontrar algún muerto… La parte más llana del mismo desembocaba en una zona adinerada cuyo barrio, apenas afectado durante la Guerra Civil, atraía la atención por su clase y elegancia. Lucía Silgo Tarraso, una muchacha aproximadamente de su edad, hija de un gerifalte afín al régimen, vivía en una gran mansión. Al otro lado de la verja que enrocaba su distinguida residencia, la postal variaba poco de un día para otro: El columpio al fondo, el perro mordiendo una pelota de goma, el ama de cría meciendo al bebé, una muñeca con la frente vendada y tumbada en el suelo, junto a un botiquín de primeros auxilios, de juguete, el aro del hula hoop apoyado sobre el banco de madera y una onza de chocolate que a la chica rica se le deshacía en la mano, y a la pobre se le llenaba la boca de agua… Los domingos por la mañana, Eloísa, la niñera, en lugar de llevarla a misa, la bajaba con ella al Rastro, donde Rodrigo, su novio, vendía cántaros.
          La hermana mayor de Delia tenía buenas manos para la confección, así que, por su decimocuarto cumpleaños, le hizo un vestido estampado que se ponía con mucho orgullo solo en festivo, y que visto al lado del de raso azul, de Lucía, parecía agostado. Uno de aquellos domingos, sin saber muy bien qué fue lo que desencadenó la pelea, sentadas en un escalón de adoquines, chupando un palulú, empezaron a discutir situándose cada una en el bando que llevaban en su portaequipaje… ¡Tan juntas y tan diferentes! ¡Tan cómplices y tan sentenciadas a no serlo! “Los tuyos mataron a mi tío a las afueras del pueblo”. “Pues anda que vosotros con todo lo que hicisteis…”. Entre lágrimas y dolor de estómago, repetían las mismas palabras acaloradas que escuchaban en sus casas a la hora de la cena… Delia echó a correr, y Lucía se refugió en el regazo de Eloísa. Por encima del griterío, un vendedor de lotería apostado en una de las esquinas de la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo cantaba ajeno a todo: ‘Luce mi Tarara/su cola de seda/sobre las retamas/y la hierbabuena…’. Las amigas siguieron queriéndose con ese tira y afloja durante más de dos años, sin vigilancia, buscando colores convergentes entre el negro y el blanco, y un espacio neutral entre los de arriba y los de abajo, sabiendo que una era la rebelión, lo contestatario, el poso de la información oída en Radio Pirenaica que le quedaba dentro y los mimbres que construían con sólidos principios una vida sencilla. La otra, sumisa, callada, creyente, y dueña de un paladar tiquismiquis que no ha sufrido los pinchazos del hambre.
          El 10 de marzo de 1943 el destino giró bruscamente. Setenta y dos horas antes, al enterarse que seguía soltera y estaba preñada, los señores pusieron a Eloísa de patitas en la calle. Las voces e insultos que salían de la cocina alarmaron a los criados, quienes, temiéndose que llegaran a las manos, a punto estuvieron de separar a las dos mujeres. Cuando la niñera salió despavorida por el patio trasero, Lucía corrió tras ella para abrazarla, pero no la alcanzó. Entonces se quedó quieta, de pie delante de la verja, hasta que cayó la tarde y el relente de la mala suerte cayó sobre su piel de porcelana... A la tercera semana, Delia no aguantó más y le preguntó a Rodrigo. Éste, sin dar explicaciones, dijo que él no sabía nada. Once meses después de aquello, en el ecuador del crudo invierno, corría el rumor en el barrio de que la casa grande estaba vacía. La chica pobre, que necesitaba comprobarlo con sus propios ojos, se arriesgó a atravesar el campo, a pesar de la gran nevada caída la noche anterior. Según se iba acercando, apretaba los labios con la esperanza de encontrarse con Lucía, pero, al ver el jardín tan abandonado, un silencio como de toque de queda paralizó sus entrañas…
          Transcurrido algo más de medio siglo, leyendo la prensa en el centro de salud donde acudió acompañada por Fidel, ex marido de su nieta, al que recogió de la indigencia al poco de separarse, tropezó con la siguiente nota en la sección de obituarios: “Lucía Silgo Tarraso, la que fuera hija de uno de los empresarios adscritos al franquismo, murió en extrañas circunstancias en su casa de reposo, en Cudillero, Asturias. Tras las pesquisas policiales, y acabada la autopsia, sus restos mortales se trasladarán a Madrid, donde la capilla ardiente se instalará en el Tanatorio de Torrelodones, y sus cenizas se depositarán en un nicho, en la más estricta intimidad, por deseo expreso de la familia”. Una vez fuera de la consulta del médico, Delia Navares tenía planes para los días siguientes. Fidel, cómplice leal de la abuela e intrigado con la historia que acababa de compartir con él, lo preparó todo para llevarla al municipio de la sierra…
          El hombre que recibía en la puerta a las personas que iban a darle su último adiós a la fallecida lo hacía con un cordial saludo y sincero agradecimiento. Era el vivo retrato de Lucía, concretamente el mediano de los hermanos. Delia no quería ni mirarle por si la reconocía, pero el hombre le estrechó la mano. También lo hicieron dos ancianas muy afligidas y una joven que se presentó así: “Me llamo Pilar”. “Nosotros somos Delia Navares y mi nieto Fidel”. “Encantada −la besó−. Mi tía me habló mucho de usted. Si quiere nos sentamos y conversamos un rato…”. Lo hicieron al fondo de la amplia sala, en dos grandes sillones orejeros, ausentes de todos, como dos viejas conocidas en torno a una taza de té.
          En el taxi de regreso, recordaba las palabras de Pilar: “Tras la marcha de la niñera, la tía Lucía enfermó del pecho. Su padre, que achacaba la causa de todos sus males al contacto con usted, esa muchacha descarada, de ideales marxistas-leninistas y desleal a la patria, que le había metido a su niña pájaros en la cabeza, le prohibió terminantemente salir de casa, y relacionarse con nadie que estuviera fuera de su entorno. Poco después, un escándalo monumental −nunca se aclaró la cosa, pero todo apuntaba a la violación de una menor por el mayor de los Silgo Tarraso− hizo que huyeran de allí, a hurtadillas, cuan cobardes, comiéndose los mocos de la impotencia ocultos por los caminos. Ni siquiera eso humanizó a mi abuelo. Tampoco ver el deterioro prematuro de su hija, un ser convertido en fantasma de sí mismo. Me consta que trató de dar con su paradero. Yo misma puse su nombre varias veces en los buscadores de Internet, pero nada. Quería encontrarla, porque sabía que no era justo que ustedes dos pagaran por el odio y las diferencias de una generación que no era la suya. Cuando mi abuelo murió, y los hijos se repartieron la herencia, la tía Lucía se dio abiertamente al juego y a la bebida. No paraba de decir: “Cago en la pena mora, me han arruinao la vida…”.
          Fidel entró en el salón con un recipiente lleno de cerezas. Conectó el DVD. La anciana, que seguía siendo una mujer envidiablemente fuerte, había decidido pasar página al fragmento de la biografía donde aparecía Lucía Silgo Tarraso −víctima de los perjuicios de clases−. El nieto, que conocía muy bien aquella mirada, le sonrió. Ella le invitó, ofreciéndole un pico de la manta, a sentarse a su lado. En la pantalla de 56 pulgadas que vestía una de las paredes de la sala, las primeras imágenes de la película Casablanca les sumergió en el mundo de las intrigas y de las cosas posibles. El chico puso su brazo por los hombros de la abuela, y ella recostó la cabeza sobre él, porque así, dándose apoyo mutuo, eran capaces de superar todas las adversidades. En el resto de la finca el silencio impactaba, si no fuera porque cada noche lo rompían los inquilinos del ático metiendo la llave en la cerradura. “¡A que vienen borrachos y duermen otra vez en la escalera! −dijo Fidel”. “Pues que se jodan” –contestó Delia, contagiándole sus carcajadas…

domingo, 6 de noviembre de 2016

El acebuche gaditano


Durante cincuenta años, doce meses, nueve días y algunos minutos y segundos imposibles de contabilizar, Alicia Dávila, que en la actualidad ronda los noventa años, vivió en una mansión que poco a poco se fue quedando vacía. Pelo corto, con calvicie prominente, impoluto, del color de la nieve cuando se está deshaciendo, y peinado con raya al lado. Con manos inestables se ajustaba las horquillas recogiendo muy bien todo el cabello. Su delgadez alarmante recordaba a los prisioneros en los campos de concentración nazi. Natural de Grazalema −enclavado en la Ruta de los Pueblos Blancos, y amurallado por el Peñón Grande−, al noreste de la provincia de Cádiz, creció adicta al queso payoyo, a las cagarrias y al río Guadalete, donde los domingos de verano toda la familia iba a calmar en sus aguas el calor sofocante. Con diecisiete años, y para liberar a sus padres de una boca más que alimentar, se casó con Tomás Aceija −al que no quería, pero aprendió a hacerlo−, yéndose a trabajar a la finca El acebuche gaditano, propiedad de unos condes procedentes del sur de Francia, ubicada a las afueras de la pedanía de Benamahoma, en la falda oeste de la Sierra del Pinar, a unos 500 metros sobre el nivel del mar.
          Ella se encargaba de la cocina y de llevar el rumbo general de la casa, bajo la supervisión de la señora. Él de la mecánica, del huerto, de los arreglos en general…, y de los jardines. Juntos, con la explosión de su juventud, borraron la austeridad de aquellas paredes privadas de sonrisas, prendiendo la lumbre en cada rincón donde la sequía de la vida fue desconchando los suelos. Con la llegada del duro invierno se intensificaba la faena, porque los dueños organizaban fiestas a las que asistían invitados de muy diferentes lugares y cuyas costumbres había que satisfacer. Así que, medio deslomados y exhaustos, habiendo dejado casi enjaretada la comida de mañana, a punto el riego para el amanecer, la cubertería lustrada, la cristalería sin una sola mota de polvo y el uniforme estirado sobre la tapa del baúl, donde ella guardaba el camisón de boda y la canastilla para la criatura que nunca llegó, iniciaban la puesta de sol como ellos la entendían: ocultándose por los pies de su cama.
          Sin las prisas que aprietan en las ciudades, allí el tiempo transcurría como cortinas de humo que distorsionaban la realidad. Ajenos a cuanto armaba el esqueleto de la actualidad: atentados, crisis, guerras, destrucción masiva de empleo, tramas financieras, caída del sistema, o nuevo estallido de otra burbuja inmobiliaria −tal vez manejada desde lo virtual−, para Tomás y Alicia el mundo empezaba y acababa en el otro. Pegados a la lumbre de leña por retrasar algo más los sabañones, con miradas que hablan y palabras que silencian, en el centro de la cocina, en la robusta mesa de madera maciza, disfrutaban de su particular desayuno pantagruélico. Junto a eso, el olor a la pastilla de jabón que desprendía la ropa recién planchada, la textura de los huevos que las gallinas acababan de poner, el relinchar del caballo que avisaba para empezar la faena, los primeros rayos de luz proyectados contra la valla que limitaba el terreno de la hacienda, y los soplos de viento fuerte silbando por el hueco de la chimenea −gemidos de ladrillos que inventan un nuevo vocabulario−, hacían de preámbulo a una jornada que sería igual a la anterior y a la siguiente. Porque, mientras que los pequeños no crecieran, y los adultos siguieran vivos, nada iba a cambiar…
          La condesa fue la primera en sufrir problemas de salud. El médico que la visitaba a diario, después de la siesta, dijo que tuviera cuidado de no hacerse heridas, porque, aunque la puso un tratamiento, su sangre era muy líquida. El día de su cumpleaños, tras merendar, y con los nietos asilvestrados por la emoción de soplar las velas, también ellos, cuando se disponía a cortar la tarta, tuvo la mala suerte de que la hoja del cuchillo fue a parar contra su mano izquierda, entre el índice y el pulgar. A pesar del vendaje de urgencia hecho por uno de los yernos, y de llevarla rápidamente al hospital en Arcos de la Frontera, nada se pudo hacer por cortar la hemorragia. Tras su muerte las cosas ya no fueron iguales. El marido entró en una profunda depresión, y los hijos pusieron en marcha un proceso de cambio que, poco a poco, solo beneficiaría a sus bolsillos…
          Tomás llevaba encamado más de una semana, a causa de un fortísimo resfriado. Alicia no daba abasto. Entre atenderle a él, y ocuparse de los quehaceres de ambos, apenas le quedaba tiempo para tomarse un respiro. Aprendió a poner en marcha y conducir el tractor, limpiar los aparejos finalizada la tarea en el campo, acatar las órdenes del amo −en realidad, manías−, las de los jóvenes herederos, ansiosos por poseer más, y sostener las riendas de la gran mansión que ahora recaían solo en ella. De noche tampoco descansaba, porque la tos continua, la dificultad respiratoria y las fiebres altas, les mantenían en vela dentro de la amargura de una habitación sin perspectivas. Se quedó viuda cinco horas antes de concluir noviembre. Dijo adiós a los cielos estrellados, a la sensualidad en primavera, a las nubes que escribían el guion para guarecerse en el cobertizo, a los crepúsculos en el dormitorio, a la risa nerviosa de recién enamorados, al cutis sonrojado cuando al aire libre pasaba por detrás de ella, haciéndose el encontradizo, para hundir la vista en el océano de sus muslos, náufragos eternos pidiendo ayuda… Pero por encima de todo con él moría cuanto habían sido. A las cuatro cuarenta, como cualquier madrugada, con el uniforme complementado correctamente, calentaba el puchero de la leche, pelaba algunas patatas para freír, cortaba picatostes de pan cateto y troceaba un conejo para el guiso que nadie comería…
          Las obras que transformarían todo aquello en un hotel para clientes de alto standing, finalizaron a mitad de primavera. A la inauguración asistió lo más vip de los empresarios andaluces, famosos de los que no se pierden ningún sarao y una amplia representación de la clase política de entonces. De los antiguos solo quedaba Alicia. Los hijos del conde, tras prometer a su padre en el lecho de muerte que no echarían a la mujer de allí, arreglaron para ella la caseta de muros anchos donde antes se guardaba la cosecha y la matanza. Le asignaron también una renta vitalicia y la opción de contratar a alguien de confianza –lo que  en un principio rechazó, hasta que no hubo más remedio− para que la cuidase. Todo a cambio de una sola condición: que por nada del mundo cruzase el bulevar cuajado de sombras apretadas que conducía a la residencia principal. Pero cada vez que coincidía con su aniversario de boda las personas hospedadas en El acebuche gaditano encontraban un buffet casero y especial para su deleite. Fundamentado con sopa de Grazalema −elaborada con los mejores productos de la tierra−, tabla de chacinas ibéricas, carnes ahumadas y amarguillos para alegrar el paladar de los comensales. Alicia continuó haciéndolo mientras pudo. Entraba en la cocina, se hacía con los mandos, distribuía el trabajo y por último daba su toque personal. Era una manera, como tantas otras, de sentirse viva y útil.
          A la caída de la tarde, las personas cualificadas que ahora se ocupaban de ella, la sentaban a tomar el aire en una butaca frente al camino que conducía a sus aposentos de antes. Alicia mantenía los ojos cerrados, y, aunque apenas se tenía en pie y cualquier acción le suponía un enorme esfuerzo, podía imaginarse a sí misma con el uniforme desgastado, el juego de llaves colgando de una cadena en la cintura, poniendo un chorro de anís en el agua fresca del botijo y dirigiendo la orquesta de sartenes y cazos que durante tanto tiempo había manejado. Las cosas habían cambiado, y mucho… Ya no había hortalizas sembradas, árboles frutales, amapolas de color naranja. Tampoco quedaban gallinas, ni existían las cuadras con los caballos que montaban los condes. Quitaron la fuente decorativa traída expresamente desde Francia. Y faltaba el carruaje que tantas veces les llevó a las ferias de los pueblos vecinos. En lugar de todo aquello, hicieron una piscina que imitaba a las del Caribe, pusieron plantas tropicales y una pista de baile, acristalada, donde los borrachos que no estaban dotados para llevar el ritmo, alfombraban con traspiés la punta brillante de sus caros zapatos.
          Por primera vez en muchísimos años, sonrió. Y pensó en Tomás, en la suerte que tuvo de haber creado un hogar a su lado y haber crecido juntos: como amantes y como personas. En las cosas buenas que la vida les había regalado, y en algunos finales que, por llevarle alguna vez la contraria a lo doloroso, eran lenitivos. Pidió la caja donde guardaba las horquillas, se sujetó con maestría los cuatro pelos que le quedaban, cogió el tazón de leche manchada con sucedáneo de café, mojó en él un rosco de aceite y vino −gentileza de una paisana de Chiclana−, y se propuso disfrutar del arte de respirar, cuantas lunas llenas le quedaran.

domingo, 2 de octubre de 2016

Tánger

Cuando a la noche le brota un sarpullido de luces artificiales a lo largo del Paseo Marítimo, casi vacío de turistas, hacinados dentro de los hoteles, y el mar, en su descenso y ascenso, gime de cansancio al final del día, César, alquilado por tres meses en un apartamento en la decimoquinta planta de una torre en primera línea de playa, después de haber cenado ligero a base de verduras cocidas al dente y un tomate picado con una lata de caballa en aceite de oliva virgen, baja a tomar un mojito de vodka con limón y toque de menta a The beach of the water, un restaurante de costa a 125 kilómetros aproximadamente de Algeciras. En su tiempo −según cuentan los longevos del lugar− debió ser una casa de pescadores con lonja, donde vivieron cuatro familias poblando la posada de niños que pronto dejaron de serlo para dar mano de obra al negocio. Al fondo, accediendo por el porche, se sale al merendero, donde el aroma a buganvilla identifica el lugar. Desde ahí, si el cielo amanece limpio de bandadas de halcones abejeros rompiendo el horizonte, se aprecian perfectamente las caderas de la bahía penetrando en la arena con sensualidad. Así que, con todo más o menos en calma, César Picarzo se trasladó con la memoria a su pasado en Tánger…
          Enmarcado por el Mediterráneo a la derecha, el Atlántico a la izquierda y de frente Andalucía, en la Avenida de Mohammed Tazi, cerca del barrio Marshan, se encuentra el Café Hafa colgado en un acantilado donde los Rolling Stones, Paul Bowles y Pasolini, entre otros −la leyenda dice que también lo hicieron The Beatles y Bob Marley−, saborearon su inconfundible té marroquí con hierbabuena. Desde ahí, aquella calurosa tarde de julio, mientras aguardaba la llegada de su ex mujer para comunicarle que no tenía intención de concederle el divorcio, César recordó cómo había empezado su aventura en aquella ciudad llena de encanto donde encontró, además de un cruce de culturas, en armonía, y conviviendo entre sí, el anonimato que tanto necesitó cuando Granada se le hizo hostil y desagradable, al ganar un juicio contra una empresa textil y a favor de los trabajadores…
          La primera vez que escuchó salam alaykum entraba en la Medina, por el Gran Zoco −Place du 9 avril−, con los ojos como platos. Recién desembarcado, llevaba una maleta de tamaño mediano, donde cabe solo lo importante, y, escrito en ambas lenguas, la dirección de un familiar de la mujer que limpiaba en casa de sus padres, y que, amablemente, le había ofrecido quedarse con ellos, en el barrio Barud, situado enfrente del puerto. Pero antes quiso conocer mejor el suelo que pisaría en adelante. La calle Semmerine es un hermoso mapa desplegado donde las campesinas, sentadas junto al género, venden las hortalizas que ellas mismas cultivan. Le enamoraron sus pasajes estrechos, laberínticos, alfombrados en color tierra rojiza. Sus puertas arabescas, ensambladas en las fachadas encaladas y azules en algunos sitios, con murales artesanos y exclusivos en las paredes, convergiendo lo viejo con la diversidad de lo nuevo. Pronto se dio cuenta de que el tangerino es, por naturaleza, afable y hospitalario, supersticioso y nada o apenas racista. Se quedó durante horas apoyado en un muro, eclipsado por la puesta de sol más maravillosa que jamás hubiera contemplado. Cuando vio abajo lo que parecía el cementerio, le llamó la atención que las tumbas fueran tan estrechas. Le explicaron que eran así porque se entierra de costado y mirando a La Meca.
          Aïsha −significa viva− era una preciosidad de veinte años, diez menos que él. Con los ojos castaño claro, esbelta, con una clara urgencia marcada en su rostro por salir del ambiente machista y oprimido donde se había criado. Atraída por el huésped de su madre, y en contra de las tradiciones femeninas de sumisión arraigadas en una cultura que en ese sentido se le hacía muy cuesta arriba, coqueteaba con él. Insinuándose tal y como había aprendido en las películas occidentales… De ahí a casarse no pasaría mucho tiempo. Para César todo era nuevo. Diseñaba y vendía pulseras de cuero, collares, bolsos de piel bien curtida y babuchas con toque hippie. Aunque el asunto de la boda le superaba, sabía que, de no hacerlo, jamás habrían estado juntos. La ceremonia duró tres días, como es tradicional en la zona: El primero dedicado al inicio de una etapa para la mujer, el segundo practicando a la novia el ritual de protección −tatuajes de henna− y el tercero con los invitados en una gran jaima, en plena calle, disfrutando de la ceremonia y sus manjares. La felicidad, la pasión, la lujuria, o como quiera que se llame aquello que les pasa a los enamorados, duró quince años porque los diez siguientes fueron de desencuentros e infidelidades. Acostumbrar su lengua a la piel de Aïsha no le costó nada, pero a la gastronomía de allí sí, a pesar de haber frecuentado en Granada el restaurante El Sultán, junto a la Catedral, donde consumía a menudo cuscús de ternera, pastela o tajine de pollo y cilantro, aunque no con aquel toque tan personal que le daban a cominos o ras el hanout −mezcla de condimentos−.
          César Picarzo y Aïsha Bakkali residieron en Boukhalef, un barrio humilde en los alrededores del Aéroport Tánger-Ibn Batauta, en una casa pequeña, con pocas pertenencias y grandes ilusiones. Hasta que una tarde al volver de la tetería Al Ándalus, próxima a la Librería de las Columnas, en Avenue Pasteur, la encontró con su cuñado jadeando en la cama. A partir de entonces, una avalancha de dolorosas deslealtades e improperios tuvieron lugar en el lecho compartido. Ella, alejándose con la misma intensidad que cuando hizo lo contrario, creció y maduró por su cuenta −gracias a la reforma en 2004 del código de la familia de Marruecos, Mudawana¸ que otorga a la mujer cierta igualdad respecto al hombre… Y que, aunque todavía queda un largo camino, sin duda es todo un progreso para Marruecos−. Él, enganchado como las grapas quirúrgicas que sellan la carne desgarrada y no quieren caer, fue incapaz de sacársela de la cabeza, por lo que decidió regresar a Granada, con barba de un lustro, el pelo largo, la espalda encorvada, el brillo que antes tuvo en los ojos desaparecido y la manía casi enfermiza de andar por La Alhambra cantando con un hilo de voz: ‘Lo nuestro duró/lo que duran dos peces de hielo/en un güisqui on the rocks…’.
          La espera en el Café Hafa se hizo larga. Ocho días llevaba ya en Tánger disfrutando de lo que conocía tan bien: La Kasbah, la Plaza Faró, con sus espectaculares vistas sobre el Estrecho de Gibraltar −valiéndole el apelativo de ‘el muro de los perezosos’−, los Cabos Espartel y Malabata, Dar el Makhzen −palacio del sultán o del gobernador−, actualmente sede de los museos de Artes Marroquíes y el de Antigüedades… Hospedado en el Hotel Continental, por el que habían pasado personalidades como Pío Baroja o Winston Churchill, apuraba aquel, su último viaje al Magreb, seguro de las decisiones que tomaría en adelante. Aïsha estaba más guapa que nunca. Envuelta en una túnica roja que resaltaba todavía más su piel aceitunada, desprendía elegancia por el zócalo de la terraza mirador. Iba acompañada de otra persona mayor que ella, a la que César no conocía, y a quien presentó como su abogada. De un portafolios de piel, hecho probablemente por los curtidores de Marrakech, sacó la documentación que recogía el acuerdo para poner fin a aquella relación. Fingió que leía el texto, sostuvo las hojas un buen rato, haciéndose de rogar y, tras quedarse pensativo, las dejó de nuevo sobre la mesa. Sorbió dos veces seguidas el té de jazmín y, antes de abandonar la reunión, a medio levantarse de la silla, dijo que no firmaba…
          Una selección de baladas de Bruce Springsteen sonaba con fuerza por los altavoces de The beach of the water. Consumido ya el quinto mojito, César tenía la boca pastosa. Aun así, a pesar de remar en solitario en la trainera de su propia travesía, todavía era capaz de reconocer que le costaba muchísimo aceptar la ruptura con Aïsha, que no volvería a tener las mismas emociones y curiosidades de entonces, que ni restos de caricias le quedaban ya en su piel moribunda, y que, por mucho que mirara hacia la costa de África, siempre le separaría de ella la manera de entender las cosas, que a fin de cuentas se asemeja a un continente lleno de dudas. Aunque la borrachera ralentizaba sus movimientos, se giró para observar a una mujer de avanzada edad que tomaba asiento tres mesas más allá, y a la que uno de los camareros servía una infusión cuyo aroma a menta impregnaba todo el merendero. Envuelta en un chador de color discreto, con una leve inclinación de cabeza, dijo: salam alaykum… César, punzado el corazón de nostalgia y a punto de echarse a llorar, respondió: alaykum salam. A esa misma hora, envuelta en el mestizaje de la vida nocturna y divertida en Tánger, y con la intención de seguir bailando hasta el amanecer, Aïsha giraba alrededor de sí misma, al ritmo de la música y de las luces que proyectaban su sombra, como una musa que duda entre quedarse en el mar o bucear hacia el océano.