domingo, 6 de noviembre de 2016

El acebuche gaditano


Durante cincuenta años, doce meses, nueve días y algunos minutos y segundos imposibles de contabilizar, Alicia Dávila, que en la actualidad ronda los noventa años, vivió en una mansión que poco a poco se fue quedando vacía. Pelo corto, con calvicie prominente, impoluto, del color de la nieve cuando se está deshaciendo, y peinado con raya al lado. Con manos inestables se ajustaba las horquillas recogiendo muy bien todo el cabello. Su delgadez alarmante recordaba a los prisioneros en los campos de concentración nazi. Natural de Grazalema −enclavado en la Ruta de los Pueblos Blancos, y amurallado por el Peñón Grande−, al noreste de la provincia de Cádiz, creció adicta al queso payoyo, a las cagarrias y al río Guadalete, donde los domingos de verano toda la familia iba a calmar en sus aguas el calor sofocante. Con diecisiete años, y para liberar a sus padres de una boca más que alimentar, se casó con Tomás Aceija −al que no quería, pero aprendió a hacerlo−, yéndose a trabajar a la finca El acebuche gaditano, propiedad de unos condes procedentes del sur de Francia, ubicada a las afueras de la pedanía de Benamahoma, en la falda oeste de la Sierra del Pinar, a unos 500 metros sobre el nivel del mar.
          Ella se encargaba de la cocina y de llevar el rumbo general de la casa, bajo la supervisión de la señora. Él de la mecánica, del huerto, de los arreglos en general…, y de los jardines. Juntos, con la explosión de su juventud, borraron la austeridad de aquellas paredes privadas de sonrisas, prendiendo la lumbre en cada rincón donde la sequía de la vida fue desconchando los suelos. Con la llegada del duro invierno se intensificaba la faena, porque los dueños organizaban fiestas a las que asistían invitados de muy diferentes lugares y cuyas costumbres había que satisfacer. Así que, medio deslomados y exhaustos, habiendo dejado casi enjaretada la comida de mañana, a punto el riego para el amanecer, la cubertería lustrada, la cristalería sin una sola mota de polvo y el uniforme estirado sobre la tapa del baúl, donde ella guardaba el camisón de boda y la canastilla para la criatura que nunca llegó, iniciaban la puesta de sol como ellos la entendían: ocultándose por los pies de su cama.
          Sin las prisas que aprietan en las ciudades, allí el tiempo transcurría como cortinas de humo que distorsionaban la realidad. Ajenos a cuanto armaba el esqueleto de la actualidad: atentados, crisis, guerras, destrucción masiva de empleo, tramas financieras, caída del sistema, o nuevo estallido de otra burbuja inmobiliaria −tal vez manejada desde lo virtual−, para Tomás y Alicia el mundo empezaba y acababa en el otro. Pegados a la lumbre de leña por retrasar algo más los sabañones, con miradas que hablan y palabras que silencian, en el centro de la cocina, en la robusta mesa de madera maciza, disfrutaban de su particular desayuno pantagruélico. Junto a eso, el olor a la pastilla de jabón que desprendía la ropa recién planchada, la textura de los huevos que las gallinas acababan de poner, el relinchar del caballo que avisaba para empezar la faena, los primeros rayos de luz proyectados contra la valla que limitaba el terreno de la hacienda, y los soplos de viento fuerte silbando por el hueco de la chimenea −gemidos de ladrillos que inventan un nuevo vocabulario−, hacían de preámbulo a una jornada que sería igual a la anterior y a la siguiente. Porque, mientras que los pequeños no crecieran, y los adultos siguieran vivos, nada iba a cambiar…
          La condesa fue la primera en sufrir problemas de salud. El médico que la visitaba a diario, después de la siesta, dijo que tuviera cuidado de no hacerse heridas, porque, aunque la puso un tratamiento, su sangre era muy líquida. El día de su cumpleaños, tras merendar, y con los nietos asilvestrados por la emoción de soplar las velas, también ellos, cuando se disponía a cortar la tarta, tuvo la mala suerte de que la hoja del cuchillo fue a parar contra su mano izquierda, entre el índice y el pulgar. A pesar del vendaje de urgencia hecho por uno de los yernos, y de llevarla rápidamente al hospital en Arcos de la Frontera, nada se pudo hacer por cortar la hemorragia. Tras su muerte las cosas ya no fueron iguales. El marido entró en una profunda depresión, y los hijos pusieron en marcha un proceso de cambio que, poco a poco, solo beneficiaría a sus bolsillos…
          Tomás llevaba encamado más de una semana, a causa de un fortísimo resfriado. Alicia no daba abasto. Entre atenderle a él, y ocuparse de los quehaceres de ambos, apenas le quedaba tiempo para tomarse un respiro. Aprendió a poner en marcha y conducir el tractor, limpiar los aparejos finalizada la tarea en el campo, acatar las órdenes del amo −en realidad, manías−, las de los jóvenes herederos, ansiosos por poseer más, y sostener las riendas de la gran mansión que ahora recaían solo en ella. De noche tampoco descansaba, porque la tos continua, la dificultad respiratoria y las fiebres altas, les mantenían en vela dentro de la amargura de una habitación sin perspectivas. Se quedó viuda cinco horas antes de concluir noviembre. Dijo adiós a los cielos estrellados, a la sensualidad en primavera, a las nubes que escribían el guion para guarecerse en el cobertizo, a los crepúsculos en el dormitorio, a la risa nerviosa de recién enamorados, al cutis sonrojado cuando al aire libre pasaba por detrás de ella, haciéndose el encontradizo, para hundir la vista en el océano de sus muslos, náufragos eternos pidiendo ayuda… Pero por encima de todo con él moría cuanto habían sido. A las cuatro cuarenta, como cualquier madrugada, con el uniforme complementado correctamente, calentaba el puchero de la leche, pelaba algunas patatas para freír, cortaba picatostes de pan cateto y troceaba un conejo para el guiso que nadie comería…
          Las obras que transformarían todo aquello en un hotel para clientes de alto standing, finalizaron a mitad de primavera. A la inauguración asistió lo más vip de los empresarios andaluces, famosos de los que no se pierden ningún sarao y una amplia representación de la clase política de entonces. De los antiguos solo quedaba Alicia. Los hijos del conde, tras prometer a su padre en el lecho de muerte que no echarían a la mujer de allí, arreglaron para ella la caseta de muros anchos donde antes se guardaba la cosecha y la matanza. Le asignaron también una renta vitalicia y la opción de contratar a alguien de confianza –lo que  en un principio rechazó, hasta que no hubo más remedio− para que la cuidase. Todo a cambio de una sola condición: que por nada del mundo cruzase el bulevar cuajado de sombras apretadas que conducía a la residencia principal. Pero cada vez que coincidía con su aniversario de boda las personas hospedadas en El acebuche gaditano encontraban un buffet casero y especial para su deleite. Fundamentado con sopa de Grazalema −elaborada con los mejores productos de la tierra−, tabla de chacinas ibéricas, carnes ahumadas y amarguillos para alegrar el paladar de los comensales. Alicia continuó haciéndolo mientras pudo. Entraba en la cocina, se hacía con los mandos, distribuía el trabajo y por último daba su toque personal. Era una manera, como tantas otras, de sentirse viva y útil.
          A la caída de la tarde, las personas cualificadas que ahora se ocupaban de ella, la sentaban a tomar el aire en una butaca frente al camino que conducía a sus aposentos de antes. Alicia mantenía los ojos cerrados, y, aunque apenas se tenía en pie y cualquier acción le suponía un enorme esfuerzo, podía imaginarse a sí misma con el uniforme desgastado, el juego de llaves colgando de una cadena en la cintura, poniendo un chorro de anís en el agua fresca del botijo y dirigiendo la orquesta de sartenes y cazos que durante tanto tiempo había manejado. Las cosas habían cambiado, y mucho… Ya no había hortalizas sembradas, árboles frutales, amapolas de color naranja. Tampoco quedaban gallinas, ni existían las cuadras con los caballos que montaban los condes. Quitaron la fuente decorativa traída expresamente desde Francia. Y faltaba el carruaje que tantas veces les llevó a las ferias de los pueblos vecinos. En lugar de todo aquello, hicieron una piscina que imitaba a las del Caribe, pusieron plantas tropicales y una pista de baile, acristalada, donde los borrachos que no estaban dotados para llevar el ritmo, alfombraban con traspiés la punta brillante de sus caros zapatos.
          Por primera vez en muchísimos años, sonrió. Y pensó en Tomás, en la suerte que tuvo de haber creado un hogar a su lado y haber crecido juntos: como amantes y como personas. En las cosas buenas que la vida les había regalado, y en algunos finales que, por llevarle alguna vez la contraria a lo doloroso, eran lenitivos. Pidió la caja donde guardaba las horquillas, se sujetó con maestría los cuatro pelos que le quedaban, cogió el tazón de leche manchada con sucedáneo de café, mojó en él un rosco de aceite y vino −gentileza de una paisana de Chiclana−, y se propuso disfrutar del arte de respirar, cuantas lunas llenas le quedaran.

domingo, 2 de octubre de 2016

Tánger

Cuando a la noche le brota un sarpullido de luces artificiales a lo largo del Paseo Marítimo, casi vacío de turistas, hacinados dentro de los hoteles, y el mar, en su descenso y ascenso, gime de cansancio al final del día, César, alquilado por tres meses en un apartamento en la decimoquinta planta de una torre en primera línea de playa, después de haber cenado ligero a base de verduras cocidas al dente y un tomate picado con una lata de caballa en aceite de oliva virgen, baja a tomar un mojito de vodka con limón y toque de menta a The beach of the water, un restaurante de costa a 125 kilómetros aproximadamente de Algeciras. En su tiempo −según cuentan los longevos del lugar− debió ser una casa de pescadores con lonja, donde vivieron cuatro familias poblando la posada de niños que pronto dejaron de serlo para dar mano de obra al negocio. Al fondo, accediendo por el porche, se sale al merendero, donde el aroma a buganvilla identifica el lugar. Desde ahí, si el cielo amanece limpio de bandadas de halcones abejeros rompiendo el horizonte, se aprecian perfectamente las caderas de la bahía penetrando en la arena con sensualidad. Así que, con todo más o menos en calma, César Picarzo se trasladó con la memoria a su pasado en Tánger…
          Enmarcado por el Mediterráneo a la derecha, el Atlántico a la izquierda y de frente Andalucía, en la Avenida de Mohammed Tazi, cerca del barrio Marshan, se encuentra el Café Hafa colgado en un acantilado donde los Rolling Stones, Paul Bowles y Pasolini, entre otros −la leyenda dice que también lo hicieron The Beatles y Bob Marley−, saborearon su inconfundible té marroquí con hierbabuena. Desde ahí, aquella calurosa tarde de julio, mientras aguardaba la llegada de su ex mujer para comunicarle que no tenía intención de concederle el divorcio, César recordó cómo había empezado su aventura en aquella ciudad llena de encanto donde encontró, además de un cruce de culturas, en armonía, y conviviendo entre sí, el anonimato que tanto necesitó cuando Granada se le hizo hostil y desagradable, al ganar un juicio contra una empresa textil y a favor de los trabajadores…
          La primera vez que escuchó salam alaykum entraba en la Medina, por el Gran Zoco −Place du 9 avril−, con los ojos como platos. Recién desembarcado, llevaba una maleta de tamaño mediano, donde cabe solo lo importante, y, escrito en ambas lenguas, la dirección de un familiar de la mujer que limpiaba en casa de sus padres, y que, amablemente, le había ofrecido quedarse con ellos, en el barrio Barud, situado enfrente del puerto. Pero antes quiso conocer mejor el suelo que pisaría en adelante. La calle Semmerine es un hermoso mapa desplegado donde las campesinas, sentadas junto al género, venden las hortalizas que ellas mismas cultivan. Le enamoraron sus pasajes estrechos, laberínticos, alfombrados en color tierra rojiza. Sus puertas arabescas, ensambladas en las fachadas encaladas y azules en algunos sitios, con murales artesanos y exclusivos en las paredes, convergiendo lo viejo con la diversidad de lo nuevo. Pronto se dio cuenta de que el tangerino es, por naturaleza, afable y hospitalario, supersticioso y nada o apenas racista. Se quedó durante horas apoyado en un muro, eclipsado por la puesta de sol más maravillosa que jamás hubiera contemplado. Cuando vio abajo lo que parecía el cementerio, le llamó la atención que las tumbas fueran tan estrechas. Le explicaron que eran así porque se entierra de costado y mirando a La Meca.
          Aïsha −significa viva− era una preciosidad de veinte años, diez menos que él. Con los ojos castaño claro, esbelta, con una clara urgencia marcada en su rostro por salir del ambiente machista y oprimido donde se había criado. Atraída por el huésped de su madre, y en contra de las tradiciones femeninas de sumisión arraigadas en una cultura que en ese sentido se le hacía muy cuesta arriba, coqueteaba con él. Insinuándose tal y como había aprendido en las películas occidentales… De ahí a casarse no pasaría mucho tiempo. Para César todo era nuevo. Diseñaba y vendía pulseras de cuero, collares, bolsos de piel bien curtida y babuchas con toque hippie. Aunque el asunto de la boda le superaba, sabía que, de no hacerlo, jamás habrían estado juntos. La ceremonia duró tres días, como es tradicional en la zona: El primero dedicado al inicio de una etapa para la mujer, el segundo practicando a la novia el ritual de protección −tatuajes de henna− y el tercero con los invitados en una gran jaima, en plena calle, disfrutando de la ceremonia y sus manjares. La felicidad, la pasión, la lujuria, o como quiera que se llame aquello que les pasa a los enamorados, duró quince años porque los diez siguientes fueron de desencuentros e infidelidades. Acostumbrar su lengua a la piel de Aïsha no le costó nada, pero a la gastronomía de allí sí, a pesar de haber frecuentado en Granada el restaurante El Sultán, junto a la Catedral, donde consumía a menudo cuscús de ternera, pastela o tajine de pollo y cilantro, aunque no con aquel toque tan personal que le daban a cominos o ras el hanout −mezcla de condimentos−.
          César Picarzo y Aïsha Bakkali residieron en Boukhalef, un barrio humilde en los alrededores del Aéroport Tánger-Ibn Batauta, en una casa pequeña, con pocas pertenencias y grandes ilusiones. Hasta que una tarde al volver de la tetería Al Ándalus, próxima a la Librería de las Columnas, en Avenue Pasteur, la encontró con su cuñado jadeando en la cama. A partir de entonces, una avalancha de dolorosas deslealtades e improperios tuvieron lugar en el lecho compartido. Ella, alejándose con la misma intensidad que cuando hizo lo contrario, creció y maduró por su cuenta −gracias a la reforma en 2004 del código de la familia de Marruecos, Mudawana¸ que otorga a la mujer cierta igualdad respecto al hombre… Y que, aunque todavía queda un largo camino, sin duda es todo un progreso para Marruecos−. Él, enganchado como las grapas quirúrgicas que sellan la carne desgarrada y no quieren caer, fue incapaz de sacársela de la cabeza, por lo que decidió regresar a Granada, con barba de un lustro, el pelo largo, la espalda encorvada, el brillo que antes tuvo en los ojos desaparecido y la manía casi enfermiza de andar por La Alhambra cantando con un hilo de voz: ‘Lo nuestro duró/lo que duran dos peces de hielo/en un güisqui on the rocks…’.
          La espera en el Café Hafa se hizo larga. Ocho días llevaba ya en Tánger disfrutando de lo que conocía tan bien: La Kasbah, la Plaza Faró, con sus espectaculares vistas sobre el Estrecho de Gibraltar −valiéndole el apelativo de ‘el muro de los perezosos’−, los Cabos Espartel y Malabata, Dar el Makhzen −palacio del sultán o del gobernador−, actualmente sede de los museos de Artes Marroquíes y el de Antigüedades… Hospedado en el Hotel Continental, por el que habían pasado personalidades como Pío Baroja o Winston Churchill, apuraba aquel, su último viaje al Magreb, seguro de las decisiones que tomaría en adelante. Aïsha estaba más guapa que nunca. Envuelta en una túnica roja que resaltaba todavía más su piel aceitunada, desprendía elegancia por el zócalo de la terraza mirador. Iba acompañada de otra persona mayor que ella, a la que César no conocía, y a quien presentó como su abogada. De un portafolios de piel, hecho probablemente por los curtidores de Marrakech, sacó la documentación que recogía el acuerdo para poner fin a aquella relación. Fingió que leía el texto, sostuvo las hojas un buen rato, haciéndose de rogar y, tras quedarse pensativo, las dejó de nuevo sobre la mesa. Sorbió dos veces seguidas el té de jazmín y, antes de abandonar la reunión, a medio levantarse de la silla, dijo que no firmaba…
          Una selección de baladas de Bruce Springsteen sonaba con fuerza por los altavoces de The beach of the water. Consumido ya el quinto mojito, César tenía la boca pastosa. Aun así, a pesar de remar en solitario en la trainera de su propia travesía, todavía era capaz de reconocer que le costaba muchísimo aceptar la ruptura con Aïsha, que no volvería a tener las mismas emociones y curiosidades de entonces, que ni restos de caricias le quedaban ya en su piel moribunda, y que, por mucho que mirara hacia la costa de África, siempre le separaría de ella la manera de entender las cosas, que a fin de cuentas se asemeja a un continente lleno de dudas. Aunque la borrachera ralentizaba sus movimientos, se giró para observar a una mujer de avanzada edad que tomaba asiento tres mesas más allá, y a la que uno de los camareros servía una infusión cuyo aroma a menta impregnaba todo el merendero. Envuelta en un chador de color discreto, con una leve inclinación de cabeza, dijo: salam alaykum… César, punzado el corazón de nostalgia y a punto de echarse a llorar, respondió: alaykum salam. A esa misma hora, envuelta en el mestizaje de la vida nocturna y divertida en Tánger, y con la intención de seguir bailando hasta el amanecer, Aïsha giraba alrededor de sí misma, al ritmo de la música y de las luces que proyectaban su sombra, como una musa que duda entre quedarse en el mar o bucear hacia el océano.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Shan y León Torres

Dos años después del accidente que costara la vida a sus padres, octogenarios, cuando regresando de un viaje a Portugal el autobús se fue por un terraplén dando varias vueltas de campana, León Torres entraba por primera vez en la casa donde crecieron sus antepasados. Al cabo de nueve días con veintitrés horas encerrado en el dormitorio principal, revisando papeles amarillentos que encontró en una caja de puros dentro del armario, cayó en la cuenta de que no conocía del todo a su familia, que había páginas escritas de aquella dinastía que, de no haberlas descubierto ahora, nunca habrían salido a la luz. Lo dejó todo sobre la cama revuelta, cerró los ojos por un instante, apoyó las manos en los muslos, se puso en pie, y atravesó la pequeña sala que comunicaba con la cocina, donde se sirvió un vaso de agua. Mientras bebía, recreándose en cada sorbo, como si fuera un placer que tardaría mucho en volver a disfrutar, tomó la decisión de viajar a la República Popular China, concretamente a la ciudad de Zhuzhou, en la provincia de Hunan, para tratar de dar con el paradero del autor de la carta que, con el matasellos lleno de caracteres chinos, dirigida a su madre y fechada en 1955, no paraba de dar vueltas en su memoria: ‘Querida Matilde. Os extraño mucho, y me duele conocer el estado tan delicado en el que, según cuentas, se encuentra padre. Transmíteles mi cariño, y diles que en cuanto me sea posible volveré a España, pero que deben comprender que tanto mi situación política como personal no es la adecuada para hacerlo en estos momentos. Siempre tuyo, tu hermano Fermín Lobo’.
          A León le costó encajar aquellas piezas en su sitio. Desconocía la existencia de ese pariente, que su abuelo estuvo procesado por robar una canasta de manzanas −cosa que no era verdad− y a punto de aplicarle la pena de muerte, que sus raíces eran más republicanas de lo que siempre sospechó… Que al enviudar su abuela se lió con el tabernero del pueblo de al lado, dándole muy mala vida, y que ahora entendía las palabras de su madre siempre que le preguntaba cómo estaba y ella respondía: ‘¡Ah, si yo te contara!’. Pero nunca lo hizo, al menos delante de él… Días después, con toda la información estructurada en su cabeza, anotó en una hoja pequeña de cuadrícula varias cosas a hacer: Anular la cita con el dentista para la limpieza de boca −total pensaba comer solo arroz−, asegurarse de que el pasaporte estaba vigente y sacar el visado, hacerse un seguro médico con cobertura para un tiempo determinado, iniciar en su centro de salud lo necesario para las vacunaciones de Hepatitis A y B, cólera y paludismo −recomendaciones dadas por los conocidos de un amigo que volvían de allí−, comprarse un diccionario de inglés actualizado y dejar a la vista su testamento, por si las moscas…
          Casi diecinueve horas −tiempo más que suficiente para pensar− separaban a León del Aeropuerto Internacional de Changsha Huanghua, y unos cincuenta minutos más para llegar a su destino final, en Zhuzhou… Fermín huyó del país en 1954, acusado, junto a otras personas, de conspirar contra el régimen. Eran agricultores, de Madarcos, un municipio de la Sierra Norte, a 94 kilómetros de Madrid. Vivieron en una casa no muy grande, para ser de pueblo, hasta que, a los pocos meses de fallecer primero el abuelo, y después la abuela, su madre se trasladó a la ciudad a emprender una nueva vida, la que él conocía y tenía como única… Pero, ahora, al aparecer la llave que abría presuntamente aquel pasado, necesitaba atar todos los cabos sueltos…
          Dentro del taxi que le llevaba al hotel, León Torres sintió ahogo. Aunque procedía de Madrid, donde la contaminación también era elevada, jamás había visto semejante capa espesa de esmog como la que tenía delante. El atasco en las calles era monumental y la conducción caótica, sin parar de tocar el claxon continuamente. Agarrado con ambas manos al borde del asiento, cerró los ojos, pareciéndole que así llegaría antes. Tras instalarse, bajó a recepción, donde, haciéndose entender en un inglés muy básico sobre el verdadero motivo de su visita y mostrando el remite de la carta de Fermín, le proporcionaron un guía de confianza que a veces trabajaba para sus clientes y que le ayudaría a realizar su periplo emocional. A la mañana siguiente, con lo imprescindible en la mochila, el barbijo colocado y la mejor de sus sonrisas, Kun −que significa universo− y él, emprendieron camino hacia la capital de Guangzhou, en la provincia vecina de Guangdong, donde se hallaba el consulado español más cercano. Reconocida la amabilidad con la que le recibieron, es justo decir también que no sacó nada en claro. No le dieron norte a las preguntas tan elementales que hizo: Si oficialmente su tío seguía residiendo en la misma dirección que aportaba Fermín, si estaba vivo y si había posibilidad de facilitar una cita entre ellos. Pero salió de allí igual que entró, con todo por empezar…
          Así que, retornando a Zhuzhou, con Kun pegado a su costado, inquieto porque le daban mal fario los sitios oficiales, fueron a la comunidad Qingxia −ubicada en un suburbio de la ciudad− donde el paisaje que se ve, fundamentalmente, son fábricas fundidoras con sus miles de chimeneas febriles, plantas químicas, de preparación de carbón y de energía… No fue demasiado complicado dar con la casa que buscaban. Les recibió Shan −que significa coral−, una anciana de pasos cortos pero con gracia, algunas costumbres muy occidentales y ese tono de voz, cóncavo, que solo tiene quien ha amado mucho. Le saludó en castellano, preguntando primero por el viaje, el motivo que le trajo hasta allí, dónde se hospedaba, cómo había dado con ella y, quizá esto fuera lo que más descolocó a León, por Matilde, su madre. Sin embargo, antes de responder, quiso saber de Fermín, quien murió hacía cinco años, abducido −según su mujer− por el dragón de la contaminación −así definía el aire que le fue afectando durante los años que trabajó en el mundo de la siderurgia−.
          Kun observaba a cierta distancia de ellos. León, entendiendo que iban a entrar en terreno familiar delicado, le indicó que se marchara tranquilo, y que a la mañana siguiente se verían en el hotel. Shan preparó sopa de langosta muy especiada, arroz glutinoso relleno de judías y envuelto en hojas de bambú y pato laqueado cortado en finas rodajas. Todo elaborado siguiendo el protocolo de la cultura milenaria que tanto caracteriza a China. ‘Fermín fue buen esposo −aseguró, mientras le ponía la comida con servidumbre, molesta para alguien como él que defendía la igualdad en su amplia expresión−. No tuvimos una vida fácil. Que me escapara a vivir con un occidental provocó el rechazo de los míos, sintiéndonos abatidos y al borde de la pobreza en múltiples ocasiones, sin posibilidad de acudir a nadie. Antes de morir tu abuela, cuando hermana Matilde escribió para decir que estaba muy enferma, quiso ir a visitarlas, pero salir de China le habría complicado mucho las cosas, y entrar en su país más aún −dijo, eligiendo delicadamente cada palabra−’. ‘Yo no sabía... Nunca imaginé que tuviera un tío −manifestó, mirándola a los ojos−. De hecho, tampoco me constaba que existiera la casa de pueblo donde nacieron. Gracias a eso, y a todos los documentos que mi madre guardaba allí, he llegado hasta aquí’. Permanecieron breves minutos en silencio. Shan amontonaba lo utilizado en la comida en una especie de barreño desgastado, y secaba sus manos con la esquina de su delantal. Y hablaba mucho, sin respiro, concentrando en las frases los avatares de toda su experiencia. Desapareció, y al poco vino con una bolsa de plástico atada con un cordón que en su tiempo debió de ser blanco. Se la entregó a León porque Fermín pensaba habérsela enviado a Matilde. ‘¿Cómo murió? −preguntó, emocionado−’. ‘Se le apagó la luz en un golpe de tos. −soltó…’.
          Cuando regresó a España visitó a su madre en la residencia donde llevaba meses desde que el Alzheimer se agudizó. No conocía ni reaccionaba a ningún estímulo, pero él, convencido de que ella se sujetaba aún de un hilo a la realidad, llevó consigo el paquete que le dio Shan con fotografías, con cartas para Matilde que nunca se enviaron, con los visados y permisos de residencia que fue apilando a lo largo de los años, y un pasador para el pelo, hecho a mano, con una nota manuscrita que decía: ‘Siempre tuyo, tu hermano’. La mujer, con la mirada distraída y sentada en una butaca frente al ventanal con vistas al jardín, se dejó coger las manos por el hijo que empezó a contarle cosas del viaje, de Kun, de su amabilidad y dedicación para hacerle la estancia más agradable, y de su cuñada, esa anciana encantadora que le trató con infinito cariño… Omitió que Fermín rozó casi la indigencia y murió de “fibrosis pulmonar con patrón restrictivo severo”. Igual también algo de nostalgia al echar de menos el calor de los suyos…
          Un años después, a punto de cerrar la casa del pueblo para ponerla a la venta, mientras recogía los pocos objetos personales que quedaban, León cayó en la cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto: El respeto por conservar las cosas que apuntalan la historia de cada uno. Shan, las vivencias con el tío Fermín. Éste, sujetando con un prendedor artesano la tristeza de no haber visto nunca más a sus parientes, y a la vez la fuerza que sacaba de ellos para seguir adelante y quizá poderlo hacer algún día. Y de Matilde, su madre, la inteligencia de guardar la carpeta donde se hallaba el mejor regalo que podía recibir León: las verdaderas memorias de su familia. Salió afuera y ajustó la puerta. Y quitó el cartel de la inmobiliaria, llamando después por teléfono para comunicar que, de momento, no tenía intención de deshacerse de aquel hogar. Ya que, tal vez, en un futuro no muy lejano, podría ser el suyo, e invitar a los amigos a sopa de aleta de tiburón.