6.
Larry recogió del taller el Dodge
Ram con el que accede con mayor comodidad a los lugares más inhóspitos
donde se hallan las granjas y los ranchos que soliciten de sus servicios
médicos. A veces los trayectos, montaña arriba, se alargaban durante horas por
caminos de tierra y piedra, muy complicados, arriesgados e imposibles de
atravesar con un automóvil cualquiera. Así que, y no por lo complejo del viaje,
sino para realizarlo más cómodos, hasta tener lista la camioneta, pospuso la
visita a Berkeley Pit, la antigua mina de cobre a cielo abierto, ubicada
en Butte, condado de Silver Bow. La ciudad fue fundada en 1864 como campamento
minero convirtiéndose a finales del siglo XIX y principios del XX, en una de
las poblaciones industriales más importantes de Montana, cuyo censo se
constituyó mayoritariamente por inmigrantes irlandeses. Pero parte de dicho
esplendor se apagó en el momento en que el impacto medioambiental creció en
toda la comarca y los grupos activistas comenzaron a moverse. En 1982 cerraron
la mina y, como consecuencia, también las tuberías subterráneas fuera del pozo,
lo cual creó, sobre el mismo, un lago artificial peligrosísimo y emponzoñado.
Dos años después de su cierre lo declararon sitio Superfund –programa y
Ley Integral de Respuesta, Compensación y Responsabilidad Ambiental (CERCLA) de
la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)–, quien autoriza la
limpieza de todo lugar que contiene desechos altamente contaminantes. Algunas
voces se levantaron para denunciar la toxicidad que salía por los grifos y, por
ende, la detección de alimentos infectados, ganado enfermizo y, claro está,
personas con la salud debilitada. Además de las sustancias nocivas, río abajo,
del Upper Clark Fork. Era viernes, y tuvieron una de sus clásicas cenas
con Susan Maxwell.
–¿Quieres
venir con nosotros a pasar unos días fuera de aquí? –preguntó Larry a Susan.
–¿Adónde?
–aunque seguramente aceptaría, quiso saber.
–A
Butte –soltó bajito.
–¿Y
qué se nos ha perdido ahí? –la intriga comenzaba a hacer mella en ella.
–El
Pozo Berkeley Pit –dijo mientras se servían unas suculentas truchas.
–¡La
antigua mina de cobre a cielo abierto! –exclamó sorprendida.
–Exacto
–comentó mirando a Diane que se mostraba ausente.
–¿Pero
si no me equivoco, no te preocupa solo eso? –le conocía muy bien.
–Pues
que hay un alto índice de terneros recién nacidos con onfaloblebitis.
–Oye
que no soy uno de tus colegas.
–Es
una inflamación de la vena umbilical que causa infecciones bacterianas,
últimamente estoy viendo muchos casos y eso me inquieta bastante.
–¿Cuya
consecuencia es? –preguntó Susan.
–Nefasta
para los terneros que pueden desencadenar una sepsis que de no ser tratada a
tiempo los llevaría a la muerte.
–Imagino
que todo cuanto hemos descubierto tiene relación, ¿verdad? –un mal
presentimiento planeaba por encima de ella.
–Es
posible –Larry miró a Diane que iba sentada a su lado callada y ausente–.
¿Querida, estás bien?
–Sí,
no pasa nada –pero sí que pasaba, las hijas llevaban meses en la universidad y
las echaba muchísimo de menos, contaba los días que faltaban para las
vacaciones de invierno, por navidad, fecha en la que volverían a ser una
familia al completo, aunque después el escenario iba a cambiar…
–¿Te
aburrimos con la conversación?, lo entiendo –apuntó Susan.
–No,
no es eso. Además, si he venido con vosotros, primero es para ayudaros y
segundo porque me parece lícito darle visibilidad a las cosas raras que ocurren
y a las causas injustas.
–Casi
lo olvido, Susan –interrumpió Larry–. ¿Recuerdas la servilleta de papel que
encontraste en el despacho de tu padre con letras y números?
–Sí,
claro –respondió a la expectativa.
–Pues
Cd 48, As 33 y 74,92 u, corresponden a las cantidades de cadmio, arsénico y
uranio correspondientes a algo que se nos escapa.
¿Se
pueden mezclar? –realizó la pregunta temiéndose lo peor.
–No,
ya que por separado son muy tóxicas. Ashley
encontró también esas sustancias en las muestras de agua que recogiste en
diferentes puntos. Sin embargo, no hemos podido identificar WSR 255, al no
figurar en ninguna base de datos.
–A
ver, repítelo –pidió Diane a Larry rompiendo su silencio, este lo hizo–. Me
suena mucho porque hace tiempo un compañero investigó a un tipo cuyas siglas
coinciden con esas, pero suele invertirlas para no identificarle.
–¡Ah,
sí! ¿Y sabes quién es? –dijeron los otros a la vez.
–Samuel
W. Roberts –soltó a bocajarro–, alguien respaldado por padrinos muy poderosos,
con un pasado oscuro y un presente al margen de la ley. En definitiva, un tipo
nada recomendable para tenerle por amigo.
–¡Vaya,
vaya, con el invitado misterioso en la boda de mi hermana! No obstante, no
cuadra la cantidad 255 ya que la suma de las anteriores no da ese total.
–Si
queréis puedo preguntarle a mi colega, espero que siga en libertad, la última
vez que supe de él andaba escondido tras destapar la trama de corrupción en
torno a un congresista.
–Me
harías un grandísimo favor –agradeció sonriente–. ¿Falta mucho para llegar? –le
preguntó a él.
–Según
el navegador GPS menos de cincuenta millas, pero luego hay otras tantas hasta
nuestro destino final –calculó Larry.
–¿Imaginas
qué podremos encontrar? –continuó la chica desde el asiento trasero.
–¡Quién
sabe!, aunque hemos de ser muy discretos.
–Eché
un vistazo en Internet y parece que la gente de allí habla poco, son austeros y
no les gustan las preguntas referentes a los problemas que ha dado y aún da la
mina –contó Diane participando plenamente de la charla–. ¿Sabíais que el 14 de
noviembre de 1995 ocurrió allí una de las mayores tragedias sufridas por la
fauna?
–No,
al menos por mi parte –contestó Susan.
–A
ver, ilústranos, querida –Larry frenó para meterse por un camino en peor
estado.
–Un
hidrólogo de la Oficina de Minas y Geología de Montana vivió en directo un
episodio inolvidable. Resulta que se desencadenaba una potente tormenta de
invierno, se oscureció el cielo en los alrededores del pozo, 342 gansos bajaron
temiendo una avalancha de nieve y se posaron sobre sus aguas, a la mañana
siguiente encontró a todas las aves muertas porque habían bebido el ácido, lo
cual las abrasó por dentro, agrandándoles el hígado y los riñones, así como
deteriorando el esófago.
–Supongo
que puede volver a pasar –Susan miró los mensajes que le llegaban al celular,
pero no abrió ni contestó ninguno, tenía también llamadas perdidas.
–Efectivamente,
en 2016 fueron muchas más aves. A partir de entonces instalaron sonidos para
ahuyentarlas y que no volviese a repetirse. Es importante destacar que Berkeley
Pit contempla una planta de tratamiento, desviando las sustancias nocivas, para
no contaminar otras aguas subterráneas.
–¡Madre
mía, eres una enciclopedia! –Larry sentía mucha admiración por Diane.
Aparcaron
en la zona reservada para estacionamiento a cierta distancia del pequeño
complejo formado por una caseta de información para el visitante, con escaleras
y rampa accesible, el túnel que lleva hasta el mirador y otra cabaña donde
venden todo tipo de souvenir, desde piedras de carbón en miniatura y
otros minerales, hasta reproducciones exactas de algunas herramientas, por
ejemplo, pico minero o martillo, piezas de coleccionista elaboradas con
absoluto detalle. Bajaron de la camioneta y se unieron al grupo de turistas
canadienses. La única forma de ver el pozo es sobre miradores, con tarifa
previa, desde los cuales se visualiza el enorme lago de agua ácida formado al
cesar la actividad. Diane se fijó en las caras contrariadas del personal
encargado de evitar cualquier accidente que pudiese ocurrir, cuando el guía de
la excursión explicaba que aquello era una amenaza para la vida silvestre, así
como también, los altísimos niveles de metales pesados que fluyen de ahí,
atentando directamente a la salud de los lugareños.
–¿Significa
que todos están enfermos? ¿Podemos contagiarnos nosotros permaneciendo aquí tan
solo unos minutos? –preguntó una mujer.
–No,
por supuesto que no –respondió preocupado el coordinador del tour, no fuese a
perder el empleo.
–¿Está
relacionada la ingesta de agua que contiene arsénico con el cáncer de vejiga? –introdujo
Diane apoyada en la barandilla.
–No
nos consta –el vigilante estuvo a punto de echarlos a todos.
–¡Eh,
oiga! Ahí está prohibido hacer fotos –refiriéndose a una entrada sellada con
cinta adhesiva.
–Perdón,
no lo sabía –respondió Susan haciéndose la inocente.
–Se
ven pocas aves aquí, ¿verdad? –preguntó Larry al anciano de la tienda.
–Las
disparamos para que no caigan al lago y se frían por dentro –contestó mostrando
una sonrisa desdentada.
Al
margen de la historia que rodea a la mina de cobre a cielo abierto, Berkeley
Pit, Butte es un pueblo tranquilo donde predominan los ladrillos rojos y
marrones de los edificios oficiales y casas particulares. La elegante
arquitectura del Federal Building and United States Courthouse, en el 400
N Main St, es decir, el Tribunal de Distrito, y de First National Bank,
dan cuenta de la prosperidad que aconteció en los mejores años de la minería,
por eso es muy habitual encontrar en el paisaje urbano los castilletes, esas
estructuras de acero que soportan las poleas para la extracción. Los
excursionistas, cargados de selfis y de recuerdos, siguieron con el
itinerario trazado, mientras que ellos, los tres amigos de Big Timber, hicieron
un alto en Venus Rissing Expresso House, estaban hambrientos y ese local
se lo habían recomendado a Diane. El dueño era un tipo campechano y amable que
sabía tratar muy bien a la clientela, su peculiaridad consistía en mantener la
discreción y no soltar prenda cuando le acorralaban con preguntas molestas,
igual a las que le sometieron Diane y Susan. “Yo no sé nada –solía contestar–.
De eso hace muchos años”. Larry entró en el aseo y lleno un tubo de laboratorio
con agua del grifo, sintió un pinchazo en el pecho y se puso debajo de la
lengua la pastilla prescrita que ocultaba en silencio. Diane mantiene la teoría
de que admirando piezas de arte y de colección a las personas se les suelta la
lengua, por eso propuso visitar Piccadilly Transportation Memorabilia
Museum, que está en el 20 W Broadway St, un lugar espectacular que
reúne modelos únicos de automóviles de varios países y, en donde,
efectivamente, ante la curiosidad de Susan, alguien comentó que, en W La
Platte St, en una cabaña prefabricada con maderas viejas, vivía un hombre
longevo que tiempo atrás denunció a la industria química que estaba envenenando
el medioambiente de la comarca. Tras una revisión médica rutinaria, a su esposa
le diagnosticaron cáncer de vejiga, relacionado, en ese caso, por el hallazgo
de arsénico en el organismo. Medicaid no cubrió el tratamiento, así que ella
murió y él se querelló contra la empresa, siguió batallando hasta que le
abandonaron las fuerzas. Dio entrevistas a Medios locales, acudió al
Gobernador, al Congresista, a los feligreses de la iglesia baptista, al sheriff
del condado y de todos obtuvo la misma respuesta: “Dios lo quiso así”. Una
mañana recibió la llamada de una organización sin fines de lucro quienes
confirmaron más casos parecidos al de su mujer, ahora apenas le queda esperanza
para que pongan remedio y eviten que vuelva a suceder.
–Hola.
Me llamo Larry Erickson, y ellas son Diane y Susan, venimos desde Big Timber –se
presentaron ante el anciano.
–Les
invitaría a pasar a mi humilde hogar, pero solo tengo esta silla ya que el
resto de los muebles los hice leña para calentarme –comentó sentándose ayudado
de un palo que sostenía con la mano izquierda.
–No
se preocupe, de pie estamos bien. Hemos visitado Berkeley Pit. Soy veterinario
en el condado de Sweet Grass, nuestro ganado muere en extrañas
circunstancias, con llagas, heridas y malformaciones nunca antes vistas.
–Morir
no es extraño, es natural –interrumpió en modo filosófico.
–¿Le
importa que le hagamos unas preguntas? –intervino Diane.
–Depende,
aunque a estas alturas de la vida pocas cosas me importan ya –dijo chascando la
lengua contra el paladar.
–¿En
su opinión hasta dónde alcanza la toxicidad del pozo? –prosiguió Diane. Susan
observó que la hierba a poca distancia de ahí estaba marchita, así que, se
alejó un poco para verlo de cerca.
–Berkeley
Pit es un agujero con millones de litros de agua contaminada a consecuencia del
drenaje ácido de minas. Es decir, un pozo tóxico que ahora se ha descubierto es
una extensión llamada: tierras raras, idóneas para extraer recursos aplicables
a la tecnología. Al parecer, a través de determinados avances, se podrían
obtener diversos minerales como cobalto, níquel, neodimio… Sin embargo, apenas
se habla de las muchas enfermedades que los ciudadanos de aquí, y alrededores,
hemos desarrollado desde que en 1982 cerraron la mina de cobre a cielo abierto.
–¿Fue
su esposa una víctima de ello? –quiso saber Larry, el hombre se quedó
pensativo.
–Estoy
absolutamente convencido –con la mano temblorosa y una varilla larga, dibujó en
la arena círculos enganchados uno a otro.
–¿En
qué punto está el proceso? ¿Hay más casos? –Susan preguntó.
–Muchos
más. Ya no hay proceso, ganó el Tío SAM. ¿Qué se dice de mí?
–Digamos
que usted se convirtió en personaje público a través de la lucha que emprendió,
basta con repasar las hemerotecas y encontrar noticias suyas –expresó Diane.
–Como
dijimos, el ganado de nuestro pueblo muere y creemos que algo tiene que ver la
mina de aquí –le tranquilizó Larry–, eso es todo. Oímos su historia y nos
interesó conocerla de primera mano, nada más.
–¿Los
envían los de arriba, los poderosos? –hablaba en voz alta, como ausente.
–Mi
padre tiene un rancho y temo que anda metido en negocios sucios, sospecho que
están envenenando el pienso y los pastos –intervino Susan.
–Es
muy grave eso que dice, joven.
–¿Mantiene
la teoría de que el tipo de cáncer como el que sufrió su esposa está
relacionado con la contaminación? –Larry sacó una pequeña libreta y tomó notas.
–El
arsénico es uno de los agentes invasores. Sí, lo mantengo. Ahí, donde está su
amiga, había un huerto que daba de comer los productos de temporada, hoy es un
espacio alfombrado de hojas podridas y barrizal, las aguas tóxicas,
subterráneas, se filtran envenenando la superficie. Hace meses una manada de
lobos vinieron desde el Parque Nacional de Yellowstone, husmearon, removieron
algo el terreno ya que antes lo habían hecho otros carnívoros inferiores, y
regresaron enfermos a su hábitat donde fueron a morir. Este aire está maldito.
–Dicen
unos colegas periodistas –les cortó Diane– que se ha puesto de moda el
pozo de la mina Berkeley Pit declarado “tierras raras” por tener un alto
contenido de neodimio para fabricar imanes permanentes y praseodimio usado en
motores de aviones, con el fin de no depender en ese sentido tanto de China.
–Yo
ya lo he perdido todo, no me queda nada, pero ustedes han de seguir indagando y
denunciando, pónganse en contacto con organizaciones nacionales e
internacionales, tengan en cuenta que no ocurre solamente aquí, es mundial, no
practicamos un consumo responsable y eso está acabando con los recursos
naturales. Aguarden, voy a darles algo –desapareció en el interior de la casa y
trajo una carpeta viejísima–. Aquí está todo lo que recopilé desde que mi
esposa enfermó hasta la actualidad, ustedes sabrán darle utilidad. –De regreso
a Big Timber, con un montón de fotografías y frascos de laboratorio repletos
con muestras, Susan repasaba los papeles del anciano en el asiento trasero,
Diane navegaba por internet buscando datos, Larry conducía.
El
mundo de la ciencia, la biología, la etiología, así como todo aquel protector
de los ecosistemas y la biodiversidad, lamentaban profundamente el
fallecimiento de Jane Goodall, la mujer que supo entender a los primates
introduciéndose en su hábitat, de ahí que realizase extraordinarios
documentales para National Geographic. Destacó por tratar a los chimpancés como
miembros individuales con nombre dentro de la compleja sociedad, estudiando las
emociones, personalidades, sentimientos y descubriendo que poseen una cierta
habilidad para fabricar herramientas que les ayuden en el día a día. Nació en
Londres y se crio en la postguerra. Su afán por la investigación surgió siendo
muy pequeña, cuando de vacaciones con su madre en Bournemouth, pasó cuatro
horas esperando hasta saber cómo salía el huevo de la gallina. Al cabo del
tiempo observó al ave levantar un poco las alas a la vez que caía sobre la paja
el huevo. En las últimas décadas se mostró tremendamente pesimista y vaticinó
que, de no poner freno a los combustibles fósiles y a la agricultura intensiva,
nuestro planeta está condenado. Estos son nueve consejos vitales que ella
recomienda: trabaja duro, busca el terreno común para entenderte con los demás,
tener empatía, apoya a los hijos, no sentir miedo por cambiar de idea, convencerse
de que todos podemos tener un impacto en el planeta con nuestras acciones, ser
fiel a uno mismo, todo sucede por una razón y si te sientes impotente, haz
algo. Larry recibió la noticia de mano de uno de sus profesores con quien mantenía
contacto a pesar de llevar años sin verse, un buen hombre comprometido con la
vida. Durante el último curso de universidad trabajaron estrechamente y al
finalizar algunos alumnos realizaron un viaje al Parque Nacional Gombe Stream,
en Tanzania, donde la conocieron personalmente. Aquello supuso una experiencia
fantástica para el joven veterinario cuyo destino le colocó en el pequeño
pueblo de Big Timber, en Montana.