domingo, 7 de abril de 2013

Quien día pasa, año empuja

Minutos antes de efectuar su entrada el tren de las 11.45, cogí mi equipaje de mano, que consistía en algunos regalos que traía de fuera, y me situé delante de la puerta de salida. Disponía de una estancia de pocas horas y no quería perder el tiempo. Alcancé el andén echando primeramente el pie izquierdo; siempre lo hago así, no sabría precisar si es una manía o un ritual que sigo, heredado de alguno de mis antepasados. Apenas diez o doce personas, apresuradas también, salieron de otros vagones a la carrera. Afuera, en el recinto de llegadas, hombres y mujeres aguardaban nerviosos la aparición de los viajeros, probablemente tan deseosos como yo de templar la soledad en el lugar que más reconforta: a la lumbre de los abrazos. Busqué un punto de información y me dirigí hacia él. Una vez en la calle, crucé hacia el lugar que me habían indicado.
                La parada de autobús donde tenía que bajarme estaba a la vuelta de una curva. Unos metros más allá, la marisquería que me habían dado como referencia no era más que un local deshabitado, tanto como mi interior en aquellos momentos. Sin embargo, no quería entristecerme, porque hoy era un día para el reencuentro. Avancé poco a poco y, al final de una cuesta tan empinada como la angustia, no tuve más remedio que sentarme en el borde de una fuente sin agua. A mi lado, una mujer de apariencia taciturna, vestida con ropas de poco abrigo, dibujaba un paisaje indefinido en un cuaderno. Más allá, un grupo numeroso de niños le ponían música al silencio, con sus risas y sus juegos de pelota. Respiré con determinación y reanudé el camino, confiando en llegar a tiempo a la comida.
                Había salido la mañana con uno de esos cielos azules que, de cuando en cuando, generosamente Madrid nos regala. Traía memorizadas en la cabeza, una a una, las palabras con el diagnóstico del cáncer que acababan de detectarme y cuyo protocolo para iniciar el tratamiento estaba activado. Imaginé la cara de perplejidad que pondrían mis amigos cuando les dijera lo que pasaba; cuando entendieran, igual que lo había entendido yo a golpe de lágrimas, que la vida iba a cambiar e iba a cambiarme en los próximos largos meses de incertidumbre que me quedaban por delante. Seguí caminando y pensando en mis cosas. El campo a mi derecha ya estaba primaveral, florecido. Sabía que me haría bien interiorizar la sabiduría de la naturaleza, que eso me ayudaría a encarar la enfermedad, como lo haría dentro de muy poco el contacto con mis amigos porque, aunque me considero fuerte y sé que voy a salir de ésta, no hay nada malo en reconocerse vulnerable y pedir ayuda cuando se necesita.
                Pero, curiosamente, cuando a lo lejos localicé a mis amigos, supe que, al menos por hoy, no diría nada. Entonces pensé en la mujer de la fuente, en su rostro pálido, en sus manos huesudas, en aquel paisaje que dibujaba y que, ahora, reconozco muy bien. Pensé en los niños, en la vitalidad con que corrían por la arena detrás de la pelota. Y en aquel tren, ay, aquel tren que me llevaría de vuelta, tan diferente a los trenes de mi infancia. Y también recordé un dicho catalán que dice: Qui dia passa, any empeny, (quien día pasa, año empuja). Así que, empujada por las buenas energías, llegué hasta la puerta del restaurante, donde me fundí en un abrazo con una de las amigas que me esperaban.
                Pronto se hizo de noche. Apareció la lluvia, llegaron las despedidas y cada cual emprendió su camino de vuelta. En la zona establecida de la Estación de Puerta de Atocha una hilera de taxis esperaba sus clientes. Al poco arrancaba, y yo en él, el  último AVE al sur. Recosté la cabeza y cerré los ojos, había sido un largo día cargado de emociones. Pero me llevaba la fuerza, el apoyo, el calor y la complicidad de los míos, porque, aun sin ellos saberlo, habían sido para mí, por un día, la mejor de las terapias. Y con esos sentimientos respiré hondo y, de regreso a casa, tuve el presentimiento de que todo iba a salir bien.

8 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, Mayte. El optimismo, las ganas de encarar la vida, de tirar hacia delante, sobre todo, sobre todo... ¡Salud, amiga! Y a seguir escribiendo.

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  2. Como persona operada de cáncer, agradezco el escrito. Sigue así.

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  3. Miguel Ángelabril 07, 2013

    Aunque la palabra "cáncer" va asociada para muchos a sufrimiento y muerte, en muchos otros casos ha significado un cambio de vida a mejor, a centrarse en lo realmente importante. Aparte de esto, de los dos tipos de escritos que sueles publicar (los centrados más en los sentimientos de las personas, en distintas situaciones, y los más de opinión o reivindicativos)a mi me gustan los primeros. Pero los escritores, aparte de escribir ficción y relatos, también escriben artículos de opinión. A veces, entremezclando ambas cosas. Un abrazo.

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  4. Manuel Veraabril 07, 2013

    Un relato muy emotivo y apropiado en el Dia Mundial de la Salud.
    Yo con mis tres sten en el corazón,te lo agradezco 'de corazón'.

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  5. PILAR IBÁÑEZabril 08, 2013

    Muy reconfortante. Gracias.

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  6. Me sorprende mucho las frases que utilizas para describir una situación o un estado de ánimo.
    Felicidades, un beso.

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  7. Muy bonito relato sobre el poder de la amistad y sus benéficos efectos. Un beso.

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  8. Me he sentido muy identificada, has reflejado en pocas palabras sentimientos y emociones muy íntimos. Grácias.

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