domingo, 25 de enero de 2026

En peligro de extinción

8.

Lo primero sería localizar adónde habían llevado el cargamento de sacos y bidones, y para eso lo primero era ganarse la confianza de su padre. Después, averiguar si el tipo que recogió el maletín lleno de billetes de 100 dólares era Samuel W. Roberts o alguno de sus secuaces. Susan se retiró cabalgando antes de ser descubierta. Hollow Coves es un dúo australiano de folk indie cuya melodía invita a la reflexión contemplando los espacios que la Naturaleza te regala allá en el lugar que habitas. Por los auriculares inalámbricos del celular sonaban las canciones Blessing y The Open Riad, cerró un instante los ojos y sintió el frescor de la cascada cayendo por la parte delantera de las rocas. Paseó la vista por las maravillosas montañas con las cimas recortando el horizonte y las placas de hielo sirviéndole de espejo al sol, con esa luz tan deslumbrante, peculiar del invierno, y pensó en lo mal que lo estarían pasando en el centro y el noreste de Estados Unidos donde se preparaban para la llegada de una tormenta, llamada bomba ciclónica, fenómeno producido a consecuencia de una caída de presión de 24 milibares en 24 horas, que traería nieve en abundancia. En esos momentos la actividad en el rancho era frenética, los jinetes se hallaban en pleno proceso de la doma de caballos, tarea nada fácil, máxime siendo ejemplares salvajes como casi todos los adquiridos por la marca Maxwell. Igual que de niña, se subió a un poste de la cerca, apoyó los brazos en el último de arriba y disfrutó de la puesta en escena del protocolo entre hombre y mamífero por domesticar. La paciencia y la constancia juegan un papel muy importante, también la delicadeza, las caricias sinceras, el diálogo en susurro, no tener prisa en alcanzar el objetivo y nunca emplear métodos de castigo, sino premiar lo conseguido, ya que, en definitiva, es un aprendizaje por ambas partes.
          –¿Quieres probar? Tenemos un bellísimo ejemplar que acaba de adquirir tu padre y necesita que lo dome alguien sensible como tú –Susan dio un respingo por la potente voz del vaquero más veterano.
          –Estoy desentrenada, haría el ridículo delante de los muchachos –contestó besándole en la mejilla.
          –Esas cosas no se olvidan, querida –aseguró el otro.
          –Todavía recuerdo tus primeros consejos: colocar la montura evitando que el caballo se asuste, tensar la cuerda y hacer que cruce las patas traseras como ejercicio básico, subirme despacio, aprender a entender cuándo está atarantado y cuándo se muestra cansado, premiarle para que entienda que lo ha hecho muy bien, estableciendo un vínculo de comunicación entre ambos.
          –¡Bravo! Y ahora, dime: las raíces llaman, ¡eh!
          –Pasaré solo una corta temporada –evitó mirarle.
          –Ya, eso espero, pero corren comentarios que pueden complicarte un poco.
          –¿A estas alturas de la vida das credibilidad a los chismorreos? –hubo minutos de silencio.
          –Por supuesto que no, pero lleva cuidado. Yo siempre estaré de tu lado –el hombre que montaba a caballo fue derribado, se golpeó la cabeza y, por unos segundos, todos contuvieron la respiración, sin embargo, apoyó un brazo en el suelo, tomó impulso con el otro y se levantó como si tal cosa.
          –Cuentan que te duele mucho la espalda? ¿Quieres ir al médico?, conozco uno muy bueno –cambió de tema.
          –¡Bah! Habladurías, la mejor medicina es la disciplina de trabajo.
          –Completamente de acuerdo contigo, pero es fundamental sentirse bien, de lo contrario no rindes, ¿Y tú por qué crees que se mueren tantas reses sin estar enfermas? –Susan dejó caer la pregunta.
          –Por la misma razón por la que hemos sobrepasado los límites. Dicen por ahí que vas haciendo preguntas delicadas y en algunos casos bastante molestas, no te fíes de nadie, niña. Hablaremos, pero no aquí a la vista de todos, será mejor que te vayas entrenando y cabalguemos juntos.
          –Con mucho gusto –frente a ellos se colocó el señor Maxwell recién llegado de atender algunos de sus negocios. Entonces, el hombre, cuyas manos temblaban en el vacío, manifestó un gesto como de escalofrío y se marchó. Susan dedujo que la presencia del amo le intimidó. Siguió el espectáculo y lo disfrutó jaleando al jinete.
          Larry Erickson acababa de regresar de Helena donde Ashley Burris le entregó la información que Bridget Witte, agente del FBI, consiguió del químico sin titulación Samuel W. Roberts, en ella se le relacionaba con determinadas alteraciones peligrosas en la composición de diversos cargamentos de piensos distribuidos a algunos rancheros cuya consecuencia, poco después, fue cuando el ganado enfermó, teniendo que sacrificar muchas reses. También se le relacionaba con varios negocios a medias con el señor Maxwell, todos de oscura procedencia, pero enrocados en sociedades de muy difícil identificación, lo cual complicaba realmente destapar su implicación en los hechos, de manera directa. Antes de abrir consulta, para vacunar a un par de perros contra la rabia, repasó los papeles que el anciano le entregó, cuando visitaron la mina de cobre a cielo abierto, en Butte, y en los que figuraba, entre paréntesis e interrogaciones, el nombre de Samuel W. Roberts y una marca subrayada: Robwell Animal food products S.A. Buscó referencias en Internet, pero las páginas web a las que le redirigían eran bastante confusas, aunque, bien es verdad, que todas estaban relacionadas con la alimentación animal. Decidió comentárselo a Diane.
          –Tengo que contarte una cosa, Larry –dijo la esposa interrumpiendo sus pensamientos.
          –Y yo necesito que me ayudes, sabes que soy muy torpe con la informática, pero ahora tengo pacientes esperando y luego he de visitar algunas granjas, mejor lo hacemos a la noche.
          –De acuerdo. ¡Por cierto!, cámbiate de camisa que llevas el cuello rozado y un salpicón de manchas –él asintió. Pasó consulta y pospuso la salida porque no eran cosas graves y podían esperar al día siguiente. Revolvió todos los escondites del despacho hasta hallar el vino que reservaba para ocasiones muy especiales. Diane colocaba en cuencos de bambú, ovalados, un surtido de vegetales y moras negras, previo a eso preparó una trucha degollada, típica de la región, usando su receta favorita con mantequilla, sal, pimienta, eneldo o perejil, además de una mezcla de miel, limón, estragón seco y ajo molido, que untó sobre los filetes con una brocha antes de hornear. Cuando Larry entró con el caldo y dos copas, olía muy sabroso, descorchó la botella y brindaron por las hijas y por la suerte de permanecer vivos.
          –Tengo un problema informático, soy incapaz de tirar de algún hilo que me lleva hasta Robwell Animal food products S.A. sospecho que detrás de eso se esconde algo muy gordo.
          –¿De dónde lo has sacado? –pensó Diane que quizá no era buen momento para hablar de su viaje a Oriente.
          –De los papeles que me dio el anciano de Butte –la notó preocupada.
          –¿Viste alguna información en el buscador? –quiso saber.
          –No, nada.
          –Espera que vaya a por la computadora –dijo soltando las manoplas de horno con la bandera de Estados Unidos regalo de las hijas.
          –Yo la traigo.
          –Lo primero que hemos de averiguar es la procedencia del nombre y para eso usaré un programa que nosotros manejamos cuando queremos destapar grupos terroristas o tramas contra alguien importante, así como bulos que impliquen a gobiernos y periodistas. A ver, dices que se llama Robwell Animal food products S.A. Descartemos lo de productos de alimentos para animales.
          –Entonces solo queda Robwell, ¿cierto? –intervino Larry.
          –Correcto. Veamos que hay –dejaron pasar los minutos, brindaron y tomaron asiento en torno a la mesa, la pantalla quedó en blanco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó Larry.
          –No lo sé, quizá el sistema estará haciendo alguna actualización –respondió Diane.
          –Entonces, volviendo a lo anterior –Larry recondujo la conversación.
          –A ver, hagamos un juego de palabras –cogió papel y bolígrafo–. Esto puede pertenecer a un nombre ficticio, a un apodo y tal vez a algo sin sentido.
          –Sí, ha de haber varias posibilidades –cada uno hizo anotaciones con las letras, pero nada. Ella levantó la vista y dijo:
          –Piensa un poco, Samuel se apellida Roberts.
          –Y el padre de Susan Maxwell –apuntó él.
          Robwell es un acrónimo de ambos apellidos –concluyó Diane.
          –Claro, ¡qué torpe!, cómo no he caído, son ellos dos los que fabrican y distribuyen el pienso –se levantó y la besó en los labios, acariciándola el cabello con la punta de los dedos–. ¡Qué inteligente eres, cariño!
          –¿Qué vas a hacer? –preguntó presintiendo el lío en el que su esposo iba a meterse.
          –Comunicárselo a Susan y que ella decida. ¿Y ahora dime qué cosa te mantiene sin dormir todas las noches? –mantuvo silencio, pero era absurdo ocultarlo.
          –Hay un grupo numeroso de gente que parte hacia Palestina, me voy con ellos –Larry apenas parpadeaba–, tenemos pasaje para primeros de año, una vez que las niñas terminen las vacaciones de Navidad. Necesito hacerlo, sabes que, como periodista, me siento impotente y como ser humano desolada, debemos dar visibilidad al genocidio que cometen con la población civil, sin hogar y despojada de todas sus pertenencias. ¿No dices nada?
          –Te admiro y me das mucha envidia. Como siempre, apoyo tus decisiones. Eres muy valiente, sé que lo harás, pero cuídate al máximo, la zona es muy peligrosa y probablemente no seáis bien recibidos.
          –No temas, sabré cuidarme.
          –Lo sé, perdona un momento, he de ir al baño –cerró la puerta, respiró hondo, mojó la toalla con agua fría para refrescarse la nuca y puso la pequeña pastilla que tenía prescrita debajo de la lengua cuando sentía el pinchazo en el pecho. Al poco rato estaba normal–. ¿Qué tal si le hincamos el diente a esa trucha degollada que tiene un aspecto exquisito? –trató de sonar normal y tranquilo, aunque por dentro estaba hecho un amasijo de nervios por la aventura que iba a emprender Diane. Recogió en la memoria instantáneas de la velada inmortalizando cada postura, cada sorbo de vino, la sonrisa de ella con su dentadura blanca, perfecta, sus labios, la esponjosidad de su cabello y ese tic tan gracioso en el ojo izquierdo. Quiso parar el mundo y quedarse así, solos, eternos, infinitos, pero sonó el teléfono avisando de una urgencia y tuvo que marcharse.
          Desde que Charly murió, Paul no era el mismo, discrepaba del amo en cuanto a la organización del trabajo y a la hora de seleccionar al nuevo personal para la temporada de recogida de leguminosas. A todo le ponía pegas y siempre estaba al borde de la discusión, al punto de que el señor Maxwell empezaba a no contar con él para las cosas importantes. Una mañana, Susan despertó antes del amanecer, quería darse una vuelta por los establos y alrededor del cobertizo por si algo hubiese cambiado. Al salir de la ducha, encontró una nota encima de la cama con una dirección, conocía esa letra de trazo escolar: Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, a cuatro horas y media más o menos de Big Timber. Buscar un camino de tierra semi oculto entre árboles y al fondo una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Era lunes y tenía la semana prácticamente organizada, así que buscaría el momento de sondear a Paul y decidir si ir o no.
          –¿Controlando? –interrogó a su padre con amabilidad.
          –No, ya sabes que lo detesto –se rieron a carcajadas–, va a llegar una camada de yeguas, potrillos y caballos directos de Canadá y quiero que todo este perfecto, me gusta a mí hacer el recuento.
          –¿Te ayudo? –Susan se ofreció, el señor Maxwell asintió gustoso y volvió a confiar en la hija.
          –Todavía no vienen. Mira, en teoría hemos adquirido 5.000 cabezas, pero para los efectos serán 2.000, ya que 3.000 las venderemos por el doble de su precio en el mercado negro, dinero con el que financiaremos todos los gastos que ocasione el traslado, los jornales y –pareció recular, pero continuó–. Bueno, de la alimentación nos ocupamos mi socio y yo.
          –¿Quieres que lleve un registro de cuentas y de mercancías en la computadora creando una clave que solo conozcamos tú y yo? –tal vez se había precipitado.
          –Vas muy deprisa, ¿no crees?, sin embargo, me gusta la idea, aunque tengo que consultarlo –ganarse al padre como fuese, incluso yendo en contra de sus propios principios, pensó, era fundamental. No obstante, en esas estaba cuando recibió un e-mail de Larry, donde contaba las novedades, además de su preocupación por la partida de Diane.
          –¿Damos un paseo? –Susan le propuso.
          –Sí, necesito estirar las piernas. Espera que coja el rifle, nunca se sabe quién o qué puede andar por ahí suelto –a ella la idea de que fuese armado no le gustó nada, pero asintió con la cabeza. Mientras aguardaba envió respuesta al veterinario diciéndole que comunicarían más tarde.
          –¿Llegamos hasta el último acre Maxwell y visualizamos toda la hacienda, como cuando me llevabas contigo delante en la silla? –propuso con la idea de acercarse lo más posible adonde descargaron los camiones.
          –No, mejor vayamos a pasear por el río Boulder. ¿Conduces tú o yo? –la lanzó las llaves que cogió al vuelo del viejo GMC Sierra–. Estarás contenta, ¿no?
          –¿Por qué? –temió que se estropease la buena armonía.
          –Ha ganado uno de los tuyos –expresó con segundas.
          –¿De los míos? No comprendo, papá –realmente estaba descolocada.
          –Sí, el candidato demócrata del ala socialista Zohran Mamdani –dijo él.
          –La política ya no me interesa –mentía muy mal–, ahora estoy aquí, y eso es lo que cuenta.
          –No te creo. ¿Es la primera persona musulmana que va a ocupar la alcaldía de Nueva York y dices que no te interesa? ¡Venga ya, niña, que soy tu padre y nos conocemos muy bien!
          –No, de verdad, he comprendido que en todos los lados hay cosas buenas y malas, solo hay que reconocerlas –sin embargo, para sus adentros, se sentía feliz por Mamdani y también porque Abigaíl Sparberger como Gobernadora de Virginia y Mikie Sherrill por Nueva Jersey, ambas iban a aportar oxígeno de cambio frente a la administración Republicana, sin olvidar la importancia del sí de los californianos a la Propuesta 50, cuyo objetivo consiste en redibujar los distritos de votación del gobernador demócrata Gavin Newsom. Estos giros son fundamentales para las elecciones de medio mandato donde Trump ve tambalear el trono, ojalá que se tenga que apear de él en las siguientes a la presidencia de Estados unidos–. Así que tienes un socio, ¿eh? ¿Y no es Paul, claro?
          –Los tiempos cambian y se necesitan inversores –dijo de mala gana–, gira a la
derecha.
          –¿Es Samuel W. Roberts, el químico? –dio un volantazo brusco mirando de reojo al padre.
          –¿Y tú dónde has oído que sea químico? –preguntó.
          –Por un artículo de prensa en el que se le relaciona con ciertas irregularidades en los compuestos del pienso y unos números raros que no entiendo –dejó pasar un breve silencio y ver su reacción–: cd48, Ar33 y 74,92u. –tendida la trampa clave y, a falta de despejar la incógnita de WSR 255, le ocultó que todo lo había encontrado anotado en una servilleta de papel, cuando registró el despacho.
          –Ni idea –pero sabía muy bien que se trataba de cadmio, arsénico y uranio–, solo es empresario. Anda, ve atenta a la carretera y disfruta del paisaje. –Cuando llegaron al rancho, una de las criadas lloraba frente al televisor la muerte de Bob Reiner, el cineasta de “Cuando Harry encontró a Sally”, y su esposa la fotógrafa Michele, asesinados a cuchilladas, presuntamente, por Nick, el hijo de ambos, con problemas de adicciones y de salud mental.
          Diane Erickson tenía colocado sobre las camas los jerséis feos, típico en Navidad, que cada uno había de ponerse y también los regalos bajo el árbol y colgando de la chimenea los cuatro calcetines donde Santa Claus metería obsequios elegidos con todo cariño. Larry y las chicas fueron a comprar galletas de jengibre, ponche de huevo y mermelada de arándanos silvestres, para acompañar al tradicional jamón glaseado con puré de patatas y salsa gravy, además de una carne de ciervo fileteado de altísima calidad, panecillos esponjosos y la sorpresa para su esposo de una botella de Pinot Noir, del valle Willamette de Oregón. En el salón sonaba The Christmas Song, por The King Cole Trío. Afuera, el frío y la nieve añadieron al paisaje sus toques de belleza. Una camada de águilas calvas sobrevoló los tejados y también hicieron su aparición algunos bisontes, negros y pardos. Pero sobre todo, una familia de renos, con sus astas impresionantes camparon a sus anchas por las inmediaciones del pueblo. Durante esas dos horas y media de soledad, Diane escribió correos a colegas que anteriormente estuvieron en Jerusalén, bien como enviados especiales o por propia cuenta, cubriendo el conflicto israelí-palestino en busca de consejos y sugerencias para correr el menor peligro; revisó la mochila en la que guardó lo justo para resistir tres meses, tiempo estimado que estaría allí, así como la acreditación de prensa, pasaporte válido con al menos seis meses de vigencia, Autorización Electrónica de Viaje, seguro médico y el itinerario de vuelo detallado, así como dólares en billetes pequeños, guardados en fundas adheridas a la cinturilla del pantalón, solo para emergencias, su agenda, donde lo anota todo y algo de lectura. Después comprobó que no faltase ningún detalle en la mesa, miró por la ventana y esperó el regreso de los suyos.
          –Papá está melancólico –dijo la hija.
          –¿Estáis ocultándonos algo? –preguntó la otra, pero la madre se reservó para dar explicaciones más tarde.
          –Colocad las copas, llevaos esas fuentes y cambiaos de ropa, enseguida comemos. Larry, han llamado del rancho Maxwell, una vaca está a punto de parir, aunque según Paul puede que sea dentro de dos días –le contó sin mirarle a los ojos, no tenía fuerzas para cruzar con él la mirada sin echarse a llorar. ¿Estaba en el fondo arrepentida de la decisión tomada?
          –Gracias. ¿Te ayudo? –contuvo el nudo de la garganta.
          –No, ya está todo listo. Si prefieres pescado lo caliento.
          –Hoy tomaré un poco de carne de venado en honor a las niñas. –La comida transcurrió distendida, con las chicas contando anécdotas de la universidad y de lo repipis que eran sus compañeras de cuarto. Diane no pudo más y, entre lágrimas, dio la noticia. Las hijas, desencajadas, muy serias, se abrazaron a la madre y supieron que de repente habían madurado.
          –¿Cuidaréis de vuestro padre?
          –¿Te cuidarás tú…?

domingo, 11 de enero de 2026

En peligro de extinción

7.

A los estadounidenses las noticias de que el Departamento de Seguridad Nacional inicia la Operación River Wall para controlar cualquier acción delictiva en la frontera sur del país, les llegaba con cuentagotas, pero en realidad se trataba de un alargamiento del muro para impedir la entrada de migrantes a los que, generalizando, se les califica como narcotraficantes. A lo largo de las 140,389 millas náuticas que separan Texas de México, Río Grande parece el escenario de cualquier película bélica con lanchas, guardias armados portando chalecos antibalas y visores nocturnos, un intento más de la Administración Trump de esparcir la metástasis de un poder peligroso para el mundo. Sin embargo, no solo queda ahí el mal, sino que amenaza con sanciones y tarifas desorbitadas a todos aquellos que traten de entrar al país sin autorización, aunque sea por razones humanitarias. Quizá el día del juicio final su dios le juzgue por todo el mal que ha esparcido dentro y fuera del país, dándole su merecido, suponiendo que ese ser exista de verdad.
          Hacía mucho tiempo que Ashley Burris no se arreglaba para salir a cenar a un lugar elegante, pero esa vez la ocasión lo merecía. Madge Campbell, la alumna que encontró en Nueva York, directora del Departamento de Patología Molecular en búfalos, disfrutaba de cinco días de vacaciones y fue a visitarla a Helena, así que eligió un espacio público, aunque discreto. Supo que iba a contarle los descubrimientos respecto a los análisis de las muestras de la vaca y el ternero del rancho Maxwell. Ashley la recogió en Barrister Suites, una antigua mansión victoriana convertida en hotel, y se dirigió a On Broadway, un bonito restaurante cuyo paisaje, al fondo, son las bellas montañas. Ocuparon una mesa redonda, discreta, junto al gran ventanal. El hecho de no haber tenido un recorrido de amistad interponía entre ellas muchos momentos de silencio que llenaban llevándose la copa de vino a los labios, mojándolos con timidez y sonriendo por nada, propio de toda situación violenta que despierta nerviosismo.
          –Cualquiera de los platos son exquisitos –dijo Ashley.
          –Pediré Dip de alcachofas –que consistía en espinacas frescas, corazones de alcachofas, cebolla morada y pimiento rojo en mayonesa de ajo cubierta con parmesano y asada al horno–, tiene una pinta espectacular.
          –Pues yo Pasteles de langosta y cangrejo criollos –cangrejo real de Alaska y langostino, pimiento rojo cortado en cubitos, apio, papa y especias cajún. Servido con fumé de cangrejo. De postre les recomendaron tarta de queso con remolino de ron de arándanos.
          –Estar aquí te traerá muchos recuerdos, ¿no? –la forense rompió el hielo definitivamente–, aunque ya estás muy afincada allí.
          –Claro, además apenas ha cambiado nada, pasé en taxi por delante del Animal Center Veterinary Hospital y me dio nostalgia –perdió la mirada, daba la impresión de estar atrapada en un laberinto.
          –¿Por qué no entraste a verme? Te habría enseñado el nuevo laboratorio y al equipo que me acompaña, son muy buenos.
          –Necesitaba descansar. Estoy pasando una mala racha en lo personal y quiero regresar con la cabeza despejada, a ver si soy capaz de aclarar las ideas –daba pequeños sorbos a la copa de vino.
          –Si te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo –Ashley era sincera.
          –Gracias. Solo preciso un poco de tiempo, nada más –dijo Madge.
          –A veces decir en voz alta las preocupaciones compartiéndolas con alguien ajeno al problema suele ser bastante beneficioso, te lo digo por propia experiencia. Una vez recibí muchas amenazas del dueño de una mascota, darle visibilidad a aquello que me atormentaba y hacerlo con los compañeros dentro de un ambiente donde me sentía segura, sirvió para que me tranquilizara,
          –Salgo de una relación amorosa de varios años y duele, duele mucho –estaba al borde de las lágrimas.
          –Me hago cargo, todas las rupturas son traumáticas, pero se superan, créeme, se superan –recordaba lo desagradable que fue su divorcio, como la mayoría de ellos, claro.
          –Rompí con la familia porque no aceptaron que me hubiese enamorado de una mujer –al confesarlo le tembló el labio inferior.
          –Eso hay que normalizarlo, muchos de los alumnos que tenemos son del movimiento LGTBI, al principio cuesta tratarlo con naturalidad, no se está acostumbrado pero, en cuanto profundizas en las personas, descubres que no hay motivo de qué asustarse y te enfrentas con aquellos que levantan bulos, como que esto es una enfermedad, o más macabro aún, una maldición de Dios.
          –Mi familia es creyente, por tanto, me expulsaron de la comunidad e imagino que apenas se acordarán de mí, no importa, fui fiel a los sentimientos y no me dejé manipular.
          –No obstante, siempre que quieras sabes que aquí tienes una amiga para desahogarte.
          –Gracias, lo tendré en cuenta. Veo que ambas evitamos la carne –observó Madge cambiando de tema.
          –A consecuencia de las jornadas de trabajo que llevo tan disparatadas, lo confieso, soy un desastre y nada disciplinada respecto a la alimentación –Ashley se sonrojó–. Me mantengo a base de bocadillos fríos, hamburguesas y sopas preparadas, pero también me gustan las cosas ricas, así que cuando salgo lo disfruto.
          –Mi pareja era vegetariana y me acostumbré a llevar una dieta saludable, aunque también me empujó a ello ser responsable con el Planeta. Realmente no somos conscientes del impacto medioambiental que supone la cría de ganado vacuno por la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, el consumo de agua, el uso de la tierra, la deforestación que conlleva crear pastos y cultivos para piensos, y un largo etcétera muy arduo de explicar.
          –Es cierto, un técnico de laboratorio que trabaja con nosotros habla de las cualidades de la bebida de soja, de la importancia nutricional de las legumbres. Siempre trae alguna bien guisada del día anterior, es un verdadero artesano aprovechando restos de la cena. ¿Más vino?
          –Bueno, pero poco –se produjo otro momento de silencio–. Te preguntarás a qué he venido, ¿verdad?
          –¿A compartir un rato de conversación distendido con una vieja conocida? –expresó sonriente.
          –¡Por supuesto! Y también porque ya tengo una conclusión respecto a las muestras que me enviaste –Madge adoptó un gesto serio–, y creo que no te va a gustar nada.
          –A ver –Ashley intuyó malas noticias para su amigo Larry.
          –El pienso ingerido por la vaca estaba envenenado.
          –¿Con glifosato? –preguntó alarmada–. Recuerda que en 2019 un jurado de San Francisco determinó que este agente era el causante de la aparición de un cáncer en un hombre de 70 años.
          –No sé, es posible que sea el mismo, pero adulterado, no figura en ninguna de nuestras bases de datos, aparece como desconocido, pero el veneno era muy potente. La teoría a la que llegamos uno de mis colaboradores y yo, es que el herbicida se encontraba en el pienso que ingirió la vaca y traspasó al ternero durante el embarazo, por lo visto hace dos o tres años hubo un escándalo parecido en Kansas, de repente morían los terneros recién nacidos y, por consiguiente, las vacas a continuación. Pruebas de laboratorio descubrieron sustancias químicas sintéticas, PFAS, y a alguien muy escurridizo detrás de dicha trama.
          –Una amiga del FBI ha investigado a un tipo llamado Samuel W. Roberts, por lo visto en el garaje de su casa tiene montado un laboratorio clandestino, maneja todo tipo de productos químicos que después proporciona a clientes para matar hongos y plagas en sus fincas. A veces actúa con nombre falso para registrar algún pesticida escapándose así del control sanitario y más ahora con la Administración Trump donde todo vale. Por lo visto, hace años, estuvo en prisión por traficar con fentanilo entre adolescentes vulnerables, y también se le relacionó con un escándalo de caballos de competición dopados para perder en carreras amañadas. Como digo: todo un personaje que no me gustaría tener de enemigo. La hija del ranchero, dueño de la vaca y el ternero de las muestras que te pasé a examinar, le vio hablando con el padre y, si se puede demostrar la implicación o participación de ese hombre, habremos dado un paso de gigantes.
          –¿Crees que hay una mafia detrás? –preguntó Madge.
          –Más bien un negocio que mueve muchísimo dinero alrededor y a través del cual está lucrándose quién sea, seguramente unos cuantos –Ashley sacó del bolso el celular y buscó la noticia publicada en un periódico local de Texas sobre el análisis clínico realizado a unas tierras de pasto. El titular era espantoso: una veintena de personas hospitalizadas, sin relación entre sí, entraron en coma muriendo al poco y, al realizarles la autopsia descubrieron que el causante era la ingesta de hortalizas; semanas antes, en Iowa, sacrificaron a más de cien cabezas de ganado con síntomas de colapso, temblores musculares severos, salivación excesiva… Es decir, ambos casos apuntaban a un posible envenenamiento.
          –¿Qué quieres decir? –Madge dejó el cubierto sobre el plato. Clientes habituales, acodados en la barra, sin levantar la vista de la comida, introvertidos, con sus camisas de leñadores, y barro en los tejanos, asomando por detrás de la gorra pequeños manojos de cabellos blancos, realizaban movimientos mecánicos mientras que el camarero les ponía lo siguiente de la comanda.
          –No lo sé, pero empiezo a sentir un poco de pánico. –La velada continuó dentro del automóvil de Ashley, frente a Barrister Suites, donde Madge se hospedaba, intercambiaron opiniones respecto a nuevas técnicas empleadas en autopsias y, aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, supieron que tardarían mucho en volverse a ver. Se despidieron y cada una, en soledad, se dejó llevar por los propios pensamientos.
          El viejo Charly se convirtió en el guardián del establo, apenas salía de su box, había perdido completamente la visión de un ojo y la úlcera necrosada de la rodilla, así como un tumor maligno diagnosticado en el cuello, empeoraban el estado de salud que presentaba. Se acercaba el final y el caballo lo intuía, casi no le quedaban fuerzas para relinchar, la elegancia y bravura que tanto le embelleció se habían esfumado. Así que, vulnerable, se tendió sobre el suelo mullido de paja, agonizaba silencioso con Susan y Paul arrodillados junto a él, acariciándole los lomos, susurrándole al oído palabras tranquilizadoras. Pasaban las horas demasiado lentas, llenándolas con recuerdos que saltaban impacientes por el balcón de la memoria. Amanecía, tenía la respiración cada vez más acelerada, Larry les hizo una señal, era inhumano dejarle sufrir por más tiempo. Le palpó e introdujo la aguja deslizando lentamente el émbolo de la jeringa, hasta que, despacio, vació el cilindro entrando todo el barbitúrico. Minutos después el silencio tocaba techo, Susan se levantó de un salto y salió disparada, arrancó la camioneta y condujo hacia el sur por la US-191, giró a la izquierda hacia la carretera MT-78 y continuó hasta la US-212, la Beartouth Highway, bellísima ruta con vistas montañosas espectaculares, lagos alpinos y un paso de montaña de 10.947 pies de altitud. Llegando al Parque Nacional de Yellowstone el frío, que descendía por las paredes de las montañas, se coló a través de las ventanillas, hasta calarle los huesos, el paisaje adquirió esa pintura de tonos marrones y rojizos propios del invierno. Aparcó y comenzó a caminar entre los árboles legendarios, de repente apareció, en mitad de una llanura, con toda la Naturaleza frente a ella y un tapiz de cordilleras abriéndose paso. Apenas una decena de automóviles la esquivaban haciendo sombra sobre el asfalto, agitando incluso las ramas más altas con el rugido de los motores. Fue ahí, en ese preciso momento, con el inmenso dolor por la pérdida de Charly, por las sospechas respecto a los negocios sucios de su padre, por el compromiso con las causas justas, por el bienestar de los semejantes y por el cuidado del Planeta, que tomó quizá la decisión más difícil de su vida aun sabiendo el riesgo que correría. Cuando regresó, Paul ya había enterrado a Charly lejos del rancho.
          Diane invitó a Susan a almorzar en su casa para animarla y contarle lo que su colega freelance la hizo llegar sobre Samuel W. Roberts, que era más o menos lo mismo que averiguó la agente del FBI. Preparó un combinado de judías verdes redondas, zanahorias en rodajas, un exquisito salmón Kokanee, de agua dulce, bañado todo con vino blanco de la región, muy suave. La presentación de la mesa tenía cuidado cada detalle con exquisitez. Cortó rebanadas de pan blanco y las colocó en una pequeña fuente ovalada y profunda, junto a un plato con dos o tres porciones de mantequilla para untar, además de un puré de garbanzos y guisantes, asó truchas y, de postre, puso pastel de moras silvestres. Lloraron juntas, rieron por cosas insignificantes y se confiaron sus preocupaciones. Diane confesó que todavía no lo había hablado con Larry, pero que se iba a Palestina; Susan comentó que se trasladaba al rancho para desenmascarar lo que pasaba con el ganado. Y, tanto una como otra, llamaron a la prudencia.
          Caía el manto de la tarde y por el horizonte despuntaba ya la oscuridad de la noche formando en el cielo figuras asimétricas. Dejó estacionada la camioneta pegada a la de Paul, el padre fumaba pipa sentado en una de las mecedoras del porche y la madre sostenía, con dedos delicados, la habitual copita de ponche que bajo ningún concepto perdonaba. Las hermanas leían la Biblia en el interior de la casa, y el hermano mayor se recuperaba encamado de un serio accidente de tráfico que tuvo bajo los efectos del alcohol. Susan, sin perder la compostura, ni el equilibrio, subió los escalones de entrada sujetando con fuerza la bolsa donde llevaba algo de ropa, el celular y lo imprescindible para el aseo, además de una carpeta con documentos, lamentó que estuviesen ahí, esperando la llegada de algo que ni imaginaban, al acecho de entrometidos que alterasen su manera de vivir tan separados entre sí. Hacía años que sus padres no dormían juntos y apenas cruzaban palabras salvo para cosas de las hijas y los hijos, pero públicamente guardaban las apariencias, aunque era un secreto a voces.
          –¡Te dije que, tarde o temprano, volvería con las orejas agachadas! – exclamó el señor a la señora Maxwell.
          –No te confundas, padre, tan solo vengo por unos días.
          –¡Ah!, ¿entonces no te has quedado sin plata o te han echado del hotel?
          –¡Qué va, si quieres puedo prestarte unos dólares! –dijo sarcástica.
          –Amo, hice lo que me dijo, ya están preparados los comederos, pero el agua sigue estando…
          –¡Váyase, impertinente! —el jornalero contuvo la ira a raya, Susan prestó atención y no pudo callarse.
          –¿Qué le pasa al agua? —interrogó.
          –Nada importante —contestó cortante.
          –Dejad de discutir, tu cuarto está preparado. ¡Ah!, y no te metas con las niñas –soltó la mujer sin dejar de mirar el cristal de la copa donde sus ojos se reflejaban.
          Cuando Paul volvió de hacer la ronda comprobando que el ganado estaba bien y la vio, supo que con ella llegaron los problemas, así que se limitó a saludarla llevándose un dedo al ala del sombrero. Susan giró y se metió dentro, entró en su antiguo dormitorio sin nostalgia, todo estaba tal cual lo dejó, ni siquiera se preocuparon de limpiar el polvo de los muebles. Retiró la cortina y observó el ir y venir de los trabajadores rendidos de cansancio por las largas jornadas. El Mountain Cur, perro que detestaba la madre, vigilaba en modo circuito cerrado todo el terreno al acecho de intrusos dispuestos a alterar el sueño. De apariencia fuerte y robusta era muy cariñoso con aquellos que le trataba bien y, en más de una ocasión, tras la aparición de mapaches y zorros salvajes salvó la vida a más de uno. Retiró la colcha de la cama y se tendió vestida repasando, punto por punto, la estrategia que pensaba seguir, pero para conseguirlo necesitaba ganarse la confianza del padre. Tocaron en la puerta y dijo adelante.
          –Niña, bébete este vaso de leche caliente con galletas –era la anciana cocinera que ya caminaba con dificultad–. ¡Qué delgada estás!
          –Gracias, déjalo sobre la mesita –señaló con el dedo sin mirarla. A pesar de haberla criado prácticamente tenía sentimientos encontrados hacia ella.
          –Urge buscarte un marido para que sientes la cabeza de una vez por todas –refunfuñó.
          –Siempre puedo ejercer de querida como tú –sin terminar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –Que descanses, pequeña –con el corazón dolorido y ayudándose del bastón cerró la puerta despacio.
          –Buenas noches. –Eleanor Stuart ya era cocinera en el rancho antes de nacer ellos y la segunda cama de desahogo del padre, fue él quien la trajo años atrás, después de haberla obligado a abortar, presentándola como un familiar lejano y necesitada de trabajo y alojamiento, aunque fuese temporal, pero transcurrió el tiempo y nacieron las niñas y los niños, multiplicándose las tareas, de modo que aceptó quedarse con todas las consecuencias y el papel de amante a escondidas. A la mañana siguiente, en ayunas, ensilló un caballo del establo, lo montó y se dispuso a galopar hasta el límite de la propiedad Maxwell, pero Paul la entretuvo.
          –Esta yegua tiene bastante genio, Trátala con delicadeza o estarás en el suelo más de una vez –dijo mientras colocaba las sillas de montar que estaban mal puestas.
          –Yo también me alegro de verte! Joder, Paul, últimamente pareces un extraño conmigo, ya ni siquiera me invitas a cerveza.
          –¿Tú crees? Ve con cuidado, no quiero recogerte a pedacitos, sé muy bien a lo que has venido –ella no respondió. Dio media vuelta y cabalgó en silencio con la vista clavada en el horizonte, sujetándose como una auténtica cowboy. A lo lejos, metido en un camino muerto por el que nadie transitaba, reconoció la camioneta de su padre y a los hombres de confianza que siempre le acompañaban. Gesticulaban mucho con las manos, intimidando a otros individuos que descendieron de un camión cisterna de vacío, de los que se utilizan para transportar líquidos, seguidos de varios más de carga. A falta de prismáticos utilizó la cámara del celular para acercar la imagen, hacer foto y después tratar de identificarlos. Entonces acortó algo la distancia y, camuflada detrás de unos arbustos, presenció el hecho que quizá esperaba: la mano derecha del señor Maxwell entregó al que ejercía de jefe de los camioneros un maletín lleno de billetes a cambio del cargamento de sacos y bidones sacados de los remolques…

domingo, 21 de diciembre de 2025

En peligro de extinción

6.

Larry recogió del taller el Dodge Ram con el que accede con mayor comodidad a los lugares más inhóspitos donde se hallan las granjas y los ranchos que soliciten de sus servicios médicos. A veces los trayectos, montaña arriba, se alargaban durante horas por caminos de tierra y piedra, muy complicados, arriesgados e imposibles de atravesar con un automóvil cualquiera. Así que, y no por lo complejo del viaje, sino para realizarlo más cómodos, hasta tener lista la camioneta, pospuso la visita a Berkeley Pit, la antigua mina de cobre a cielo abierto, ubicada en Butte, condado de Silver Bow. La ciudad fue fundada en 1864 como campamento minero convirtiéndose a finales del siglo XIX y principios del XX, en una de las poblaciones industriales más importantes de Montana, cuyo censo se constituyó mayoritariamente por inmigrantes irlandeses. Pero parte de dicho esplendor se apagó en el momento en que el impacto medioambiental creció en toda la comarca y los grupos activistas comenzaron a moverse. En 1982 cerraron la mina y, como consecuencia, también las tuberías subterráneas fuera del pozo, lo cual creó, sobre el mismo, un lago artificial peligrosísimo y emponzoñado. Dos años después de su cierre lo declararon sitio Superfund –programa y Ley Integral de Respuesta, Compensación y Responsabilidad Ambiental (CERCLA) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)–, quien autoriza la limpieza de todo lugar que contiene desechos altamente contaminantes. Algunas voces se levantaron para denunciar la toxicidad que salía por los grifos y, por ende, la detección de alimentos infectados, ganado enfermizo y, claro está, personas con la salud debilitada. Además de las sustancias nocivas, río abajo, del Upper Clark Fork. Era viernes, y tuvieron una de sus clásicas cenas con Susan Maxwell.
          –¿Quieres venir con nosotros a pasar unos días fuera de aquí? –preguntó Larry a Susan.
          –¿Adónde? –aunque seguramente aceptaría, quiso saber.
          –A Butte –soltó bajito.
          –¿Y qué se nos ha perdido ahí? –la intriga comenzaba a hacer mella en ella.
          –El Pozo Berkeley Pit –dijo mientras se servían unas suculentas truchas.
          –¡La antigua mina de cobre a cielo abierto! –exclamó sorprendida.
          –Exacto –comentó mirando a Diane que se mostraba ausente.
          –¿Pero si no me equivoco, no te preocupa solo eso? –le conocía muy bien.
          –Pues que hay un alto índice de terneros recién nacidos con onfaloblebitis.
          –Oye que no soy uno de tus colegas.
          –Es una inflamación de la vena umbilical que causa infecciones bacterianas, últimamente estoy viendo muchos casos y eso me inquieta bastante.
          –¿Cuya consecuencia es? –preguntó Susan.
          –Nefasta para los terneros que pueden desencadenar una sepsis que de no ser tratada a tiempo los llevaría a la muerte.
          –Imagino que todo cuanto hemos descubierto tiene relación, ¿verdad? –un mal presentimiento planeaba por encima de ella.
          –Es posible –Larry miró a Diane que iba sentada a su lado callada y ausente–. ¿Querida, estás bien?
          –Sí, no pasa nada –pero sí que pasaba, las hijas llevaban meses en la universidad y las echaba muchísimo de menos, contaba los días que faltaban para las vacaciones de invierno, por navidad, fecha en la que volverían a ser una familia al completo, aunque después el escenario iba a cambiar…
          –¿Te aburrimos con la conversación?, lo entiendo –apuntó Susan.
          –No, no es eso. Además, si he venido con vosotros, primero es para ayudaros y segundo porque me parece lícito darle visibilidad a las cosas raras que ocurren y a las causas injustas.
          –Casi lo olvido, Susan –interrumpió Larry–. ¿Recuerdas la servilleta de papel que encontraste en el despacho de tu padre con letras y números?
          –Sí, claro –respondió a la expectativa.
          –Pues Cd 48, As 33 y 74,92 u, corresponden a las cantidades de cadmio, arsénico y uranio correspondientes a algo que se nos escapa.
          ¿Se pueden mezclar? –realizó la pregunta temiéndose lo peor.
          –No, ya que por separado son muy tóxicas.  Ashley encontró también esas sustancias en las muestras de agua que recogiste en diferentes puntos. Sin embargo, no hemos podido identificar WSR 255, al no figurar en ninguna base de datos.
          –A ver, repítelo –pidió Diane a Larry rompiendo su silencio, este lo hizo–. Me suena mucho porque hace tiempo un compañero investigó a un tipo cuyas siglas coinciden con esas, pero suele invertirlas para no identificarle.
          –¡Ah, sí! ¿Y sabes quién es? –dijeron los otros a la vez.
          –Samuel W. Roberts –soltó a bocajarro–, alguien respaldado por padrinos muy poderosos, con un pasado oscuro y un presente al margen de la ley. En definitiva, un tipo nada recomendable para tenerle por amigo.
          –¡Vaya, vaya, con el invitado misterioso en la boda de mi hermana! No obstante, no cuadra la cantidad 255 ya que la suma de las anteriores no da ese total.
          –Si queréis puedo preguntarle a mi colega, espero que siga en libertad, la última vez que supe de él andaba escondido tras destapar la trama de corrupción en torno a un congresista.
          –Me harías un grandísimo favor –agradeció sonriente–. ¿Falta mucho para llegar? –le preguntó a él.
          –Según el navegador GPS menos de cincuenta millas, pero luego hay otras tantas hasta nuestro destino final –calculó Larry.
          –¿Imaginas qué podremos encontrar? –continuó la chica desde el asiento trasero.
          –¡Quién sabe!, aunque hemos de ser muy discretos.
          –Eché un vistazo en Internet y parece que la gente de allí habla poco, son austeros y no les gustan las preguntas referentes a los problemas que ha dado y aún da la mina –contó Diane participando plenamente de la charla–. ¿Sabíais que el 14 de noviembre de 1995 ocurrió allí una de las mayores tragedias sufridas por la fauna?
          –No, al menos por mi parte –contestó Susan.
          –A ver, ilústranos, querida –Larry frenó para meterse por un camino en peor estado.
          –Un hidrólogo de la Oficina de Minas y Geología de Montana vivió en directo un episodio inolvidable. Resulta que se desencadenaba una potente tormenta de invierno, se oscureció el cielo en los alrededores del pozo, 342 gansos bajaron temiendo una avalancha de nieve y se posaron sobre sus aguas, a la mañana siguiente encontró a todas las aves muertas porque habían bebido el ácido, lo cual las abrasó por dentro, agrandándoles el hígado y los riñones, así como deteriorando el esófago.
          –Supongo que puede volver a pasar –Susan miró los mensajes que le llegaban al celular, pero no abrió ni contestó ninguno, tenía también llamadas perdidas.
          –Efectivamente, en 2016 fueron muchas más aves. A partir de entonces instalaron sonidos para ahuyentarlas y que no volviese a repetirse. Es importante destacar que Berkeley Pit contempla una planta de tratamiento, desviando las sustancias nocivas, para no contaminar otras aguas subterráneas.
          –¡Madre mía, eres una enciclopedia! –Larry sentía mucha admiración por Diane.
          Aparcaron en la zona reservada para estacionamiento a cierta distancia del pequeño complejo formado por una caseta de información para el visitante, con escaleras y rampa accesible, el túnel que lleva hasta el mirador y otra cabaña donde venden todo tipo de souvenir, desde piedras de carbón en miniatura y otros minerales, hasta reproducciones exactas de algunas herramientas, por ejemplo, pico minero o martillo, piezas de coleccionista elaboradas con absoluto detalle. Bajaron de la camioneta y se unieron al grupo de turistas canadienses. La única forma de ver el pozo es sobre miradores, con tarifa previa, desde los cuales se visualiza el enorme lago de agua ácida formado al cesar la actividad. Diane se fijó en las caras contrariadas del personal encargado de evitar cualquier accidente que pudiese ocurrir, cuando el guía de la excursión explicaba que aquello era una amenaza para la vida silvestre, así como también, los altísimos niveles de metales pesados que fluyen de ahí, atentando directamente a la salud de los lugareños.
          –¿Significa que todos están enfermos? ¿Podemos contagiarnos nosotros permaneciendo aquí tan solo unos minutos? –preguntó una mujer.
          –No, por supuesto que no –respondió preocupado el coordinador del tour, no fuese a perder el empleo.
          –¿Está relacionada la ingesta de agua que contiene arsénico con el cáncer de vejiga? –introdujo Diane apoyada en la barandilla.
          –No nos consta –el vigilante estuvo a punto de echarlos a todos.
          –¡Eh, oiga! Ahí está prohibido hacer fotos –refiriéndose a una entrada sellada con cinta adhesiva.
          –Perdón, no lo sabía –respondió Susan haciéndose la inocente.
          –Se ven pocas aves aquí, ¿verdad? –preguntó Larry al anciano de la tienda.
          –Las disparamos para que no caigan al lago y se frían por dentro –contestó mostrando una sonrisa desdentada.
          Al margen de la historia que rodea a la mina de cobre a cielo abierto, Berkeley Pit, Butte es un pueblo tranquilo donde predominan los ladrillos rojos y marrones de los edificios oficiales y casas particulares. La elegante arquitectura del Federal Building and United States Courthouse, en el 400 N Main St, es decir, el Tribunal de Distrito, y de First National Bank, dan cuenta de la prosperidad que aconteció en los mejores años de la minería, por eso es muy habitual encontrar en el paisaje urbano los castilletes, esas estructuras de acero que soportan las poleas para la extracción. Los excursionistas, cargados de selfis y de recuerdos, siguieron con el itinerario trazado, mientras que ellos, los tres amigos de Big Timber, hicieron un alto en Venus Rissing Expresso House, estaban hambrientos y ese local se lo habían recomendado a Diane. El dueño era un tipo campechano y amable que sabía tratar muy bien a la clientela, su peculiaridad consistía en mantener la discreción y no soltar prenda cuando le acorralaban con preguntas molestas, igual a las que le sometieron Diane y Susan. “Yo no sé nada –solía contestar–. De eso hace muchos años”. Larry entró en el aseo y lleno un tubo de laboratorio con agua del grifo, sintió un pinchazo en el pecho y se puso debajo de la lengua la pastilla prescrita que ocultaba en silencio. Diane mantiene la teoría de que admirando piezas de arte y de colección a las personas se les suelta la lengua, por eso propuso visitar Piccadilly Transportation Memorabilia Museum, que está en el 20 W Broadway St, un lugar espectacular que reúne modelos únicos de automóviles de varios países y, en donde, efectivamente, ante la curiosidad de Susan, alguien comentó que, en W La Platte St, en una cabaña prefabricada con maderas viejas, vivía un hombre longevo que tiempo atrás denunció a la industria química que estaba envenenando el medioambiente de la comarca. Tras una revisión médica rutinaria, a su esposa le diagnosticaron cáncer de vejiga, relacionado, en ese caso, por el hallazgo de arsénico en el organismo. Medicaid no cubrió el tratamiento, así que ella murió y él se querelló contra la empresa, siguió batallando hasta que le abandonaron las fuerzas. Dio entrevistas a Medios locales, acudió al Gobernador, al Congresista, a los feligreses de la iglesia baptista, al sheriff del condado y de todos obtuvo la misma respuesta: “Dios lo quiso así”. Una mañana recibió la llamada de una organización sin fines de lucro quienes confirmaron más casos parecidos al de su mujer, ahora apenas le queda esperanza para que pongan remedio y eviten que vuelva a suceder.
          –Hola. Me llamo Larry Erickson, y ellas son Diane y Susan, venimos desde Big Timber –se presentaron ante el anciano.
          –Les invitaría a pasar a mi humilde hogar, pero solo tengo esta silla ya que el resto de los muebles los hice leña para calentarme –comentó sentándose ayudado de un palo que sostenía con la mano izquierda.
          –No se preocupe, de pie estamos bien. Hemos visitado Berkeley Pit. Soy veterinario en el condado de Sweet Grass, nuestro ganado muere en extrañas circunstancias, con llagas, heridas y malformaciones nunca antes vistas.
          –Morir no es extraño, es natural –interrumpió en modo filosófico.
          –¿Le importa que le hagamos unas preguntas? –intervino Diane.
          –Depende, aunque a estas alturas de la vida pocas cosas me importan ya –dijo chascando la lengua contra el paladar.
          –¿En su opinión hasta dónde alcanza la toxicidad del pozo? –prosiguió Diane. Susan observó que la hierba a poca distancia de ahí estaba marchita, así que, se alejó un poco para verlo de cerca.
          –Berkeley Pit es un agujero con millones de litros de agua contaminada a consecuencia del drenaje ácido de minas. Es decir, un pozo tóxico que ahora se ha descubierto es una extensión llamada: tierras raras, idóneas para extraer recursos aplicables a la tecnología. Al parecer, a través de determinados avances, se podrían obtener diversos minerales como cobalto, níquel, neodimio… Sin embargo, apenas se habla de las muchas enfermedades que los ciudadanos de aquí, y alrededores, hemos desarrollado desde que en 1982 cerraron la mina de cobre a cielo abierto.
          –¿Fue su esposa una víctima de ello? –quiso saber Larry, el hombre se quedó pensativo.
          –Estoy absolutamente convencido –con la mano temblorosa y una varilla larga, dibujó en la arena círculos enganchados uno a otro.
          –¿En qué punto está el proceso? ¿Hay más casos? –Susan preguntó.
          –Muchos más. Ya no hay proceso, ganó el Tío SAM. ¿Qué se dice de mí?
          –Digamos que usted se convirtió en personaje público a través de la lucha que emprendió, basta con repasar las hemerotecas y encontrar noticias suyas –expresó Diane.
          –Como dijimos, el ganado de nuestro pueblo muere y creemos que algo tiene que ver la mina de aquí –le tranquilizó Larry–, eso es todo. Oímos su historia y nos interesó conocerla de primera mano, nada más.
          –¿Los envían los de arriba, los poderosos? –hablaba en voz alta, como ausente.
          –Mi padre tiene un rancho y temo que anda metido en negocios sucios, sospecho que están envenenando el pienso y los pastos –intervino Susan.
          –Es muy grave eso que dice, joven.
          –¿Mantiene la teoría de que el tipo de cáncer como el que sufrió su esposa está relacionado con la contaminación? –Larry sacó una pequeña libreta y tomó notas.
          –El arsénico es uno de los agentes invasores. Sí, lo mantengo. Ahí, donde está su amiga, había un huerto que daba de comer los productos de temporada, hoy es un espacio alfombrado de hojas podridas y barrizal, las aguas tóxicas, subterráneas, se filtran envenenando la superficie. Hace meses una manada de lobos vinieron desde el Parque Nacional de Yellowstone, husmearon, removieron algo el terreno ya que antes lo habían hecho otros carnívoros inferiores, y regresaron enfermos a su hábitat donde fueron a morir. Este aire está maldito.
          –Dicen unos colegas periodistas –les cortó Diane– que se ha puesto de moda el pozo de la mina Berkeley Pit declarado “tierras raras” por tener un alto contenido de neodimio para fabricar imanes permanentes y praseodimio usado en motores de aviones, con el fin de no depender en ese sentido tanto de China.
          –Yo ya lo he perdido todo, no me queda nada, pero ustedes han de seguir indagando y denunciando, pónganse en contacto con organizaciones nacionales e internacionales, tengan en cuenta que no ocurre solamente aquí, es mundial, no practicamos un consumo responsable y eso está acabando con los recursos naturales. Aguarden, voy a darles algo –desapareció en el interior de la casa y trajo una carpeta viejísima–. Aquí está todo lo que recopilé desde que mi esposa enfermó hasta la actualidad, ustedes sabrán darle utilidad. –De regreso a Big Timber, con un montón de fotografías y frascos de laboratorio repletos con muestras, Susan repasaba los papeles del anciano en el asiento trasero, Diane navegaba por internet buscando datos, Larry conducía.
          El mundo de la ciencia, la biología, la etiología, así como todo aquel protector de los ecosistemas y la biodiversidad, lamentaban profundamente el fallecimiento de Jane Goodall, la mujer que supo entender a los primates introduciéndose en su hábitat, de ahí que realizase extraordinarios documentales para National Geographic. Destacó por tratar a los chimpancés como miembros individuales con nombre dentro de la compleja sociedad, estudiando las emociones, personalidades, sentimientos y descubriendo que poseen una cierta habilidad para fabricar herramientas que les ayuden en el día a día. Nació en Londres y se crio en la postguerra. Su afán por la investigación surgió siendo muy pequeña, cuando de vacaciones con su madre en Bournemouth, pasó cuatro horas esperando hasta saber cómo salía el huevo de la gallina. Al cabo del tiempo observó al ave levantar un poco las alas a la vez que caía sobre la paja el huevo. En las últimas décadas se mostró tremendamente pesimista y vaticinó que, de no poner freno a los combustibles fósiles y a la agricultura intensiva, nuestro planeta está condenado. Estos son nueve consejos vitales que ella recomienda: trabaja duro, busca el terreno común para entenderte con los demás, tener empatía, apoya a los hijos, no sentir miedo por cambiar de idea, convencerse de que todos podemos tener un impacto en el planeta con nuestras acciones, ser fiel a uno mismo, todo sucede por una razón y si te sientes impotente, haz algo. Larry recibió la noticia de mano de uno de sus profesores con quien mantenía contacto a pesar de llevar años sin verse, un buen hombre comprometido con la vida. Durante el último curso de universidad trabajaron estrechamente y al finalizar algunos alumnos realizaron un viaje al Parque Nacional Gombe Stream, en Tanzania, donde la conocieron personalmente. Aquello supuso una experiencia fantástica para el joven veterinario cuyo destino le colocó en el pequeño pueblo de Big Timber, en Montana.