domingo, 12 de noviembre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

5.

Tayen McDaniel era un hombre pacífico que vivía apartado del ruido y entregado a la peculiar manera de vivir en Naturaleza. Dos o tres veces por semana cogía la caña de pescar e iba al río Oconaluftee donde, con sumo sosiego, atrapaba truchas de piel brillante, arco iris, que luego asaba para alimentarse. De vuelta por uno de los senderos del Parque Nacional de las Grandes Montañas, llevando el trofeo de dos hermosos ejemplares reservados para la cenar, encontró acostada, entre sol y sombra, a una cierva y sus crías aparentemente dormidas. Pisó la rama caída de un árbol y permanecieron sin latido, se arrodilló y, comprobando que habían muerto de forma violenta, determinó que aquello no era obra de los lobos u otros animales salvajes sino del sello destructor e inconfundible del hombre. En la hoguera encendida en el exterior de la cabaña los peces de agua dulce, ensartados en finas y largas cañas, adquirían un tono plata tostado. El indio Cherokee, Trueno Veloz, cerró los ojos, levantó la cara hacia el cielo y, antes de probar el alimento, rogó al Gran Espíritu que le mandase un soplo de honestidad y que la lluvia limpiase además de la tentación, la maldad y las debilidades…
          Miles de ciudadanas y ciudadanos llegados de varios estados se agolparon en las inmediaciones del Ayuntamiento de San Francisco para asistir al servicio funerario, al aire libre, por la senadora Demócrata Dianne Feinstein. Arriba de los escalones estaban la actual alcaldesa London Breed, Kamala Harris, Churk Schumer, Nancy Pelosi y Eileen Mariano, nieta de la difunta, quien destacó que siempre recordará sus apasionantes partidas de ajedrez y el mejor legado que ha recogido suyo: “Haz algo para hacer del mundo un lugar mejor”. Todos dijeron palabras hermosas destacando los muchos valores de esta mujer que desde bien joven hizo tanto por su país. Cuando le tocó el turno a la vicepresidenta de los Estados Unidos, visiblemente emocionada, recordó que al tomar posesión del cargo Dianne la llevó a su despacho, la obsequió con una copa de chardonnay y la entregó una carpeta con sus proyectos de ley orientados a mejorar la vida de los hombres y mujeres que con su voto habían depositado la confianza en ellas y ellos. Otro de los intervinientes hizo hincapié en la capacidad de diálogo y, sobre todo, de empatía atendiendo las preocupaciones de las californianas y californianos a los que escuchaba sin distinción, tuviesen el color de piel que tuviesen. Cuando Opal Nelson llegó desde Tennessee haciendo escala en Denver tras retrasarse el vuelo por amenaza de bomba, tuvo que conformarse con ver el acto a bastante distancia, sin embargo, gracias a las pantallas gigantes colocadas en varios lugares no perdió detalle de la ceremonia. En parte superior de la puerta de cristal donde puede leerse en grandes letras de molde doradas: City Hall, están sentadas a la izquierda, frente al público, las cuatro personas nombradas anteriormente, y a la derecha, como centinelas custodiando la fortaleza la bandera de los Estados Unidos, la del estado de California, la del Senado y la de San Francisco. Entre los asistentes se palpaba el respeto y la admiración intensificada mucho más, si cabe, por aquellos que tuvieron la gran suerte de conocerla en persona, lo que también les permite corroborar los mensajes de alago dichos desde la tribuna. No obstante, como casi siempre, algún infiltrado trata de ensuciar su memoria, pero los presentes le ningunean y hunden en el más absoluto silencio.
          –Dura activista, eso es lo que nos ha hecho creer, pero en cuanto podía adoptaba ideas conservadoras –dijo el intruso desacreditándola.
          –Mi esposa y yo venimos desde San Diego, se empeñó y no soy quien para contradecirla. Hemos gastado parte de los ahorros en este viaje, sin embargo, ha merecido la pena con tal de verla feliz –contó un hombre de más de ochenta años al grupo de gente que le rodeaba.
          –Ms Feinstein, allá donde esté, lo agradecerá –respondió una chica con los ojos llenos de lágrimas.
          –Dentro de muy poco no podrá moverse –contó el anciano–, tiene diagnosticado un cáncer terminal para el que todavía no existe tratamiento alguno ni en fase experimental, así que, mientras tenga fuerzas vamos a cumplir todos y cada uno de sus deseos sin escatimar en gastos –concluyó antes de que ella le oyese.
          –Escuchen, el Presidente dice que ella abrió camino a líderes más jóvenes que han seguido sus pasos –cuentan unos estudiantes conectados a Internet desde sus teléfonos
          –Nosotras estamos realmente aquí porque nuestra madre falleció hace dos años y la admiraba profundamente desde los inicios políticos de la Senadora, decía que lo suyo era vocacional –continuaron los comentarios, quien más quien menos, llevaban en la mochila algo que contar haciéndoles sentir importantes.
          –Perdón, ¿me permiten pasar, por favor? –pidió Opal Nelson abriéndose paso y yéndose de allí con la esperanza de que Eileen Mariano, en la actualidad asesora de políticas de la alcaldesa de San Francisco, mantenga vivo el recuerdo de su abuela y siga sus pasos, Dianne Feinstein fue una honrada trabajadora de servicio público.
          En casa de Aretha O’Neal se vivían semanas de tremenda incertidumbre planeando sobre sus cabezas un posible cambio que alteraría completamente la vida familiar. Ella, por su parte, acató con desgana y sin rechistar el distanciamiento con Donna Hanks a pesar de no comprender ni compartir los rancios motivos raciales que en su opinión estaban ya obsoletos, pero las preocupaciones de los suyos iban en otro sentido quizá mucho más peligroso y comprometido. Las cosas en la escuela de primaria donde la madre daba clase de matemáticas básicas empezaban a ponerse feas en cuanto a que cada vez más alumnas y alumnos acudían al centro con todo tipo de armas haciendo cundir el pánico y, sobre todo, amedrentando a las maestras de color con el sólo objetivo de doblegarlas y así obligarlas a abandonar su puesto de trabajo, como ya hicieron con el único profesor negro de lectura y escritura que quedaba. Al padre tampoco le iba bien tras defender el despacho de abogados donde estaba de pasante, a un joven gay demostrando su inocencia en el altercado donde recibió tal paliza que a punto estuvo de entrar en coma. Sin embargo, la borrasca que se les venía encima traía en sí muchas precipitaciones.
          –¿Volvemos a Orlinda? –preguntó al escuchar a sus padres hablar casi en susurros.
          –Quizá, ya veremos –respondió el hombre.
          –¿Y si todas mis amigas son de aquí, este año con quien celebraré Halloween? –dijo angustiada mientras todos miraban atentos la noticia de que el fiscal general Jeff Landry, un Republicano bajo el paraguas de Trump, acababa de ser nombrado Gobernador de Louisiana.
          –Nada está decidido –respondió la madre sin apartar la vista de la pantalla donde esta vez era el Presidente Biden quien aparecía en el programa 60 Minutos de la cadena CBS hablando del delicado y peligroso frente abierto en Gaza e Israel.
          –¿Nosotros tenemos refugio antiaéreo? –soltó de repente–. ¿Van a bombardearnos?
          –No, nos protege el Gobierno y el Ejército de los Estados Unidos –intervino el padre.
          –Venga, a lavarse los dientes y todos a la cama, en cinco minutos no quiero oír ni un suspiro –ordenó la madre.
          –¿Rezas conmigo? –la mujer entró con Aretha en la habitación, dijeron juntas las oraciones finalizando con que Dios bendiga a America y, antes de apagar la luz la chica dijo–: Mamá.
          –¿Qué quieres ahora?
          –¿Otra vez somos pobres?
          –Anda, peliculera. Hasta mañana, dulces sueños. –En el dormitorio, con el pijama ya puesto, aguardaba el marido.
          –¿Por qué no les has dicho que te han despedido? –preguntó la mujer–, Aretha no es ya una niña y se da mucha cuenta de todo, además si las cosas se ponen feas y yo también pierdo el empleo les va a costar mucho encajarlo de repente.
          –Tú eres la maestra, ¿te parece bien empezar a hablarles de supremacismo y xenofobia? ¿No crees que de ese modo alimentamos el rechazo al desigual?
          –Bueno, es una forma de verlo, aunque a mí no me parece.
          –Perfecto, entonces mañana les explicas y a ver cómo reaccionan cuando tengan algún tipo de problema en el colegio.
          –Pues mira, sabes qué, prefiero darles herramientas de consenso y diálogo a que arreglen sus diferencias a puñetazos. ¿Crees que no estarían orgullosos de su padre si supiesen el verdadero motivo de haceros la vida imposible?
          –Me da pudor y vergüenza.
          –¿Siguen llegando anónimos?
          –Sí, en el último llaman al bufete, defensor de maricones, hemos perdido a algunos clientes muy influyentes que no quieren verse salpicados por el escándalo.
          –¿Qué vamos a hacer? Siempre puedo volver a colocar o reparar cercas agrícolas en las granjas para el ganado, con lo que ha crecido el censo en Tennessee no me faltará mano de obra.
          –No sé, volver a Orlinda no me apetece nada, busquemos otra opción –ya en la cama, espalda con espalda, dibujaron un futuro de proyectos descarrilados.
          Alvin Evans fue al almuerzo anual organizado por algunos veteranos de la Guerra de Vietnam, entre ellos se mezclaban nostálgicos del Klan, pequeñas cédulas del sur, emergiendo ahora de nuevo y utilizando eventos de este tipo como tapadera. Tan pronto como recibió la convocatoria se preparó para dar una explicación convincente respecto a lo ocurrido con el niño que dejó escapar robándole manzanas del granero, la organización siempre se enteraba de todo, sin embargo, el acto transcurrió distendido y, sólo al final, cuando los más rezagados seguían en el salón alardeando de esas batallas en las que participaron a pecho descubierto, los hermanos Sowell y sus secuaces, procedentes todos de Alabama, negacionistas de todo lo tocante al Partido Demócrata y por ende a la Administración Biden, le llevaron a un aparte, desdoblaron un folio y se lo dieron a leer subrayando lo más importante: detalles en clave de la misión que habría de llevar a cabo.
          –¿Los conoces? –preguntó el más joven de los cinco.
          –No, la oficina está en el centro de Nashville y ahí nos descubren seguro, además apenas salgo de Lenoir City, en la granja hay mucho trabajo.
          –Excepto cuando te dejas ver en carreras de coches y los sábados en pub con música en vivo.
          –Sí, bueno, pero nada más –respondió molesto al sentirse vigilado.
          –Señores –cortó el mayor de los Sowell–, vayamos al grano o levantaremos sospechas, nos están mirando. Cógete a los mejores hombres de tu grupo y averiguad dónde viven, hacedles una visita de cortesía y que entiendan quién marca las normas aquí.
          –De acuerdo, así será. Dios salve a América –soltó abriendo los ojos como platos.
          –¡Aleluya! –contestó el resto.
          –¡Por cierto!, ¿qué han hecho? –dijo con recelo.
          –Defender a uno de esos del movimiento LGTBI, le han absuelto y ahora los maricones se ríen delante de nuestras narices –todo dicho con sarcasmo.
          –Si les dejamos campar a sus anchas destruirán lo que tanto nos costó levantar –apuntó otro.
          –Tranquilos, yo me encargo. ¿Contactamos como de costumbre en la serrería de McQueen?
          –No, nosotros iremos a comprarte verduras –dieron media vuelta y se marcharon, Alvin Evans también desapareció. En ruta por la Interestatal 75 recordó que muchos jóvenes entre 14 y 18 se declaran racistas y dicen estar dispuestos a cualquier cosa para defender la patria y expulsar a los intrusos. Ahí está la cantera donde ha de reclutar adeptos…
          El 31 de octubre Opal Nelson se presentó en casa de Donna Hanks a las 8:00 a.m. levantándola prácticamente de la cama, rebuscó en el armario ropa cómoda y, sin admitir un no por respuesta hizo que se la pusiera, se maquillaron muertas de la risa y llegaron a la conclusión de que todavía estaban estupendas. A la hora del brunch comenzaban a celebrar Halloween por todo lo alto, a su manera, en Balter Beerworks, en el 100 Broadway Sureste en Knoxville. El local cuenta con un ambiente muy agradable y propicio para la conversación, con camareros y camareras dispuestos a sugerirte la mejor combinación, así que, además de una excelente cerveza casera degustaron también galletas de suero de leche, jamón, mezcla de quesos, champiñones, huevos revueltos, rúcula y tostadas de trigo integral con aguacate triturado para untar. Hace mucho tiempo que estas dos mujeres no tienen a mano la bolsa de caramelos para repartir a los niños y niñas de sus vecindarios cuando estos tocan la puerta diciendo la célebre frase de: trick-or-treat. Esta costumbre ha disminuido desde la pandemia y tras encontrar en algunos dulces pequeños pedazos de hojas de afeitar, denuncia que partió de Eugene, ciudad de Oregón, y que, según la policía, dichos objetos podrían ser de un sacapuntas. Todo en esta vida pierde fuelle, sin embargo, ambas siguen decorando el exterior de sus casas con calabazas talladas a mano y convertidas en velas que protegen y espantan a los espíritus que vagan en la noche, además de murciélagos de papel y telarañas falsas creando un ambiente lo más misterioso posible, quizá recreando el paisaje familiar de un pasado que no volverá.
          –¿Cómo te va con tu indio? –dijo Donna con los ojos brillantes, achispados.
          –No es mi indio –respondió Opal visiblemente molesta–. Es un ser sensible y a su vez frágil. Deberías conocerle, te iría bien.
          –Si, menuda racha llevo, Aretha O’Neal, la niña negra que me visitaba de vez en cuando y en Acción de Gracias traía pastel de ajedrez, ya no viene.
          –¿Por qué?
          –Sugerencia de los padres, cuestión racial. Sabía que tarde o temprano la piel sería un obstáculo entre nosotras y, además, mirándolo bien no tenemos nada en común, yo soy vieja y ella adolescente, pero la he cogido cariño –dijo entre alterada y entristecida.
          –Seguimos sin haber aprendido nada, cometiendo los mismos errores del pasado, los mismos atropellos a una corriente colectiva que se siente inferior y prefiere quedarse dentro del gueto de la indiferencia creado para ellos, hacinados sobre los cimientos de la esclavitud, aunque lleve más de siglo y medio abolida.
          –En fin, cambiando de tema, ha salido el juicio contra los seis agentes correccionales que presuntamente mataron al recluso que sufrió un brote psicótico. ¿Te has enterado?
          –Sí, lo han dicho en las noticias locales, ocurrió hace un año en una cárcel de Memphis, en el condado de Shelby, están acusados de asesinato en segundo grado, parece ser que le golpearon fuertemente y se arrodillaron sobre la espalda, sin embargo, los abogados han hecho un trabajo exquisito y han quedado en libertad bajo fianza. Veremos cómo acaba el episodio porque el preso era negro y, ya me entiendes…
          A pesar de que el ambiente en el local era tranquilo y estaban a gusto prefirieron regresar a sus zonas de confort. Para ser víspera de Halloween apenas había movimiento, aunque sí adornados escaparates. Pasaron por delante del teatro Bijou, con su fachada proyectada en tonos azules donde unos operarios colocaban el cartel de la próxima representación. A la izquierda dejaron el Centro de Historia del Este de Tennessee, Museo que recoge todo lo esencial de esta región, sus gentes, costumbres, eventos, peculiaridades, en definitiva: la crónica de un estilo de vida singular. En ambas aceras, a lo largo de Gay Street, no más de media docena de personas iban de un lado a otro inmersas en sus pensamientos, apresuradas para ultimar los detalles para que todo esté perfecto en esa noche mágica donde, quien más y quien menos, tenemos algo de vampiro y de bruja. Se fijaron también en una bandera de Estados Unidos que colgando medio rota de una farola y en el poster de un político cuyo nombre es mejor mantenerlo en el anonimato, con una diana roja dibujada en la cara. Opal Nelson conducía despacio, disfrutando de la compañía de Donna Hanks que vuelta hacia la ventanilla ocultaba las lágrimas. De repente un control policial las obligó a girar por una calle adyacente ya que el Gobernador tenía que atravesar por allí, entonces cambio el paisaje y vieron mordidos por el abandono los ladrillos del esquinazo. Una vez en carretera, las 24,8 millas hasta Oak Ridge las hicieron en silencio pese a los esfuerzos de Opal por formar conversación.
          –¿Seguro que estás bien? No has hablado nada.
          –Perfectamente, sólo quiero acostarme –mentir no se le daba muy bien, pero la otra lo respetó. Una vez sola, llamó a cada uno de los nietos para desearles un feliz Halloween, interesarse por cómo les va en los estudios y escuchar la misma promesa incumplida de todos los años: “abuela, en breve iremos a verte con papá”. Cuando cortó la comunicación Dolly Parton sonaba de fondo, su voz aterciopelada llegaba hasta el saloncito de abajo donde en un tiempo ya muy lejano sus hijos, al calor de la chimenea cuyo tubo de humos compartía con la del salón de arriba, se entretenían con juegos de arquitectura mientras que ella se templaba las manos en los fogones de la cocina. Recordó también, muerto ya el marido y restablecida la paz del hogar, las celebraciones especiales en familia yendo a cenar a otro de sus rincones favoritos de Knoxville: Oliver Royale Restaurant, situado en la plaza del mercado y donde sirven una exquisita ternera braseada con foie gras, champiñones y puré de alcachofas. Agudizó el oído, los pájaros posados en las ramas de los árboles salieron en estampida asustados cuando una máquina cortacésped comenzó a funcionar Donna Hanks salió al jardín y arrugó la nariz por el fortísimo olor a gasolina y a fuego, algo se prendía unas cuadras más abajo…

 

domingo, 29 de octubre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

4.

La primera vez que Donna Hanks asistió con su esposo recién casados a una de las iglesias ubicadas en los Appalachians, llamadas: “Church of God with Sings Following”, casi se desmayó cuando el pastor sacó una serpiente de casi dos metros del cesto de mimbre que siempre llevaba consigo, se la enroscó tipo collar en el cuello, con la cola zigzagueando, reconociendo a la presunta presa y sosteniendo la cabeza del bicho a pocos centímetros del rostro. A los presentes, la mayoría de ellos en trance les invitó a hacer lo mismo con sus reptiles además de beber el veneno repartido en pequeños vasos. Antes de eso cada miembro compartió en voz alta sucesos ocurridos: accidentes, dudas, enfermedades incurables, cognitivas, problemas económicos, con la justicia, las adicciones, lo laboral, de convivencia… A continuación los feligreses rezaron entrelazando las manos y, llenos de júbilo, gritaron “¡Oh, Jesús!”, el maestro de ceremonia respondió “¡Alabad al Señor!”. Quien tiene la mala suerte de ser tocado en alguna parte del cuerpo por esas lenguas bífidas se niega a recibir atención médica considerando que dicho sufrimiento es un castigo por su falta de fe. Sobrecogida, rogando que no la obligasen a realizar semejante atrocidad salió del local tan rápido como pudo. Transcurrido algún tiempo supieron que el pastor sufrió la mordedura de otro ofidio muriendo horas después. Así que, Donna Hanks se prometió a sí misma evitar en la medida de lo posible asistir a otro servicio de esa índole para no tentar al diablo. Esta práctica, fundamentada en la interpretación de un pasaje bíblico de san Marcos 16:17-18, fue legal en los Estados Unidos hasta mediados del siglo XX, posteriormente se prohibió en la mayoría de los estados menos en Virginia Occidental. Sin embargo, en el sur de los Apalaches se sigue haciendo en clandestinidad. Los académicos Ralph Hood, profesor de psicología de la Universidad de Tennessee en la ciudad de Chattanooga y Paul Williamson de la Universidad de Henderson State, de Arkansas, llevan años investigándolo, realizando cientos de horas de grabación sobre el manejo de serpientes en actos religiosos y entrevistas a muchos pastores que lo llevan a cabo, por tanto, poseen un amplio material al respecto que ponen a disposición de la ciencia.
          –Si las ceremonias van a ser siempre así, no vuelvo, me dan miedo y respeto –dijo en el corrillo que se formó a la salida de la iglesia.
          –Forma parte de nuestra identidad, hija mía. Son pruebas que nos ponen y nosotros hemos de obedecer –tajante respuesta del pastor quien dirigiéndose al marido añadió–: habrás de controlar mejor las reacciones de tu esposa, no está bien que las mujeres ridiculicen a los hombres en público.
          –No volverá a pasar, le doy mi palabra –aseguró.
          –Nadie tiene derecho a acallar mis opiniones, ni siquiera tú, la fe, como yo la entiendo, es un espacio para compartir y derrochar alegría por estar juntos, por estar vivos. –Ahí empezaron las discusiones con el marido y el menosprecio de él.
          Desde Parsons Rd hasta Manhattan Ave hay unas dos millas, cuarenta minutos aproximadamente de paseo tranquilo, solitario, característico de Oak Ridge, con vecinos a ambos lados que pueden estar semanas sin verse y cuyas viviendas enmarcadas en espacios verdes y árboles lo bastante altos preservan esa intimidad tan preciada en la zona. Apenas unas pocas personas pedían oraciones por los suyos en Woodland Park Baptist Church, Aretha O’Neal se quedó en los bancos del final por timidez, apretó la diminuta cruz de madera que volvió a introducir por dentro del jersey y se marchó, iba a dar fin a la misión más difícil a la que hasta ahora se había enfrentado en la vida. Con la excusa de llevarle a Donna Hanks unas galletas sureñas, receta de sus antepasados que le salían buenísimas, aceptó la taza de chocolate. Nerviosa, no sabía cómo ponerse si en el borde de la butaca o bien sentada con la espalda recta. Aunque no era la primera vez que entraba dentro de la vivienda nunca se había fijado en las fotografías dedicadas de una cantante vestida de cowboy que lucían sobre la repisa de la chimenea, ni tampoco del ambiente espeso a dejadez y soledad que se respiraba. Se le encogió el corazón sólo con pensar el dolor que le causarían lo que iba a decirle...
          –Ten cuidado, está muy caliente –dijo Donna a la chica ofreciéndole también una servilleta.
          –¿Quién es la señora de la guitarra y el sombrero de vaquera? –preguntó sin apartar la mirada de los retratos.
          –¿No conoces a Dolly Parton?
          –No, nosotros escuchamos gospel.
          –Es la cantante más importante que tenemos en Tennessee.
          –¿Más que Elvis Presley? Mis hermanos mayores le ponen mucho y tratan de bailar como él, pero yo creo que lo hacen fatal y mamá les chilla asegurando que les falta ritmo –ambas rieron.
          –Digamos que los dos son buenos embajadores de este Estado y representan muy bien nuestro espíritu musical.
          –¿Ha ido a verla? –preguntó muy emocionada.
          –Antes, de más joven, mi hijo tercero y yo estuvimos en varias ocasiones.
          –¿Y ahora?
          –Estoy vieja y torpe, pero no hay un solo día que no ponga alguno de sus discos. Nació en un pequeño pueblo cerca de Gatinburg, dicen que en una cabaña a orillas del río Little Pigeon, con 10 años ya supo que quería dedicarse a la música. Es una persona muy solidaria que ayuda mucho a los pobres. En 1986 adquirió y remodeló un parque temático cerca de las Smoky Mountains, llamándolo Dollywood, casi todo construido en madera y con un gusto exquisito, puedes disfrutar de actuaciones en directo tanto de ella como de otros intérpretes consagrados y también principiantes que gozan de la oportunidad de darse a conocer gracias a su generosidad altruista. Merece la pena visitarlo, deberías ir con tus padres. Y ahora, ¿me cuentas de una vez qué te preocupa?
          –Mi hermano mayor se va a Nashville, a la Universidad Vanderbilt para completar el programa de ingreso en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.
          –Una noticia estupenda, hay que defender a la patria por encima de todas las cosas –dijo llevándose la mano al pecho.
          –Eso mismo opinan en casa.
          –¿Está contento? –preguntó.
          –Mucho, dice que así conocerá mundo, pero yo tengo miedo de que le maten, en el colegio hay compañeras y compañeros que algún familiar suyo ha muerto en combate.
          –Bueno, cabe la posibilidad de que ocurra, pero puede que no. Somos afortunados de que Dios haya creado esta gran Nación y, por supuesto también, de haber nacido en ella. Nuestra deuda es infinita y nuestra obligación defenderla, aunque cueste la vida. Pero tengo la sensación de que el otro día cuando nos encontramos en el bosque no era esto lo que te inquietaba, ¿me equivoco? –soltó mirándola fijamente a los ojos.
          –No sé por dónde empezar –de repente Donna Hanks vio en Aretha O’Neal a una joven que comenzaba a madurar.
          –Venga, no será tan difícil.
          –Dice mi papá –se retorció el bajo del pantalón– que no puedo venir más por aquí.
          –¿Y cuál es la razón?
          –Usted es blanca y yo soy negra.
          –Evidente, pero no parece motivo suficiente, no obstante, debes obedecer, aunque me gustaría saber qué piensas.
          –Si Barack Obama fue el Presidente de todos los estadounidenses, tuviesen el color que tuviesen, ¿por qué usted y yo no podemos ser amigas?
          –No lo sé, supongo que no será lo mismo. Y ahora es mejor que te vayas –se puso en pie y abrió la puerta–, se está haciendo tarde.
          –Aún no he acabado el chocolate.
          –Márchate, por favor, tengo muchos quehaceres.
          –Volveré Ms Hanks.
          –No, no lo hagas, ya no eres bien recibida –entristecida comenzó a alejarse, entonces Donna cogió las galletas sureñas que todavía quedaban en el plato y las tiró a la basura igual que hiciera con muchos recuerdos que no merecían ocupar espacio en su memoria.
          El día que anunciaron la muerte de Dianne Feinstein Opal Nelson se enteró a través de las redes sociales. Visitaba a sus padres en Oak Ridge adonde se mudaron a una casa tranquila y espaciosa, a pie de bosque, donde los hijos y nietos cuando fuesen estuvieran en contacto directo con la naturaleza. La madre sufría fuertes dolores de espalda, seguramente que a consecuencia de una aparatosa caída que tuvo años atrás y a la que restó importancia, pero el paso del tiempo y la edad habían disminuido bastante su movilidad, hecho por el cual, el padre, frío como el témpano, se quejaba de las muchas tareas que ahora dependían de él. Opal, consciente de que luego se sentiría mal ya que se había convertido en un anciano gruñón y vulnerable, le reprochó la falta de sensibilidad y empatía hacia su compañera de vida. De regreso, por la Interestatal 75, casi no lo cuenta al atropellar a un lobo que de repente apareció en la carretera. Consciente del exceso de velocidad y de que se distrajo con la música country de Loretta Lynn y los apuntes biográficos de la artista aportados por el locutor, apenas pudo hacerse con el volante de la camioneta cuando el mamífero se le echó encima del capó. Frenó y el vehículo empezó a girar sobre sí hasta pararse en seco, pasado el susto, bloqueada y sin valor para poner el motor en marcha, apoyó la cabeza en el respaldo a la vez que la luz de una linterna la deslumbraba.
          –Señora, ¿se encuentra bien? –dijo el policía del Departamento del Sheriff del condado de Loudon.
          –Sí –respondió, aún asustada.
          –Documentación y permiso de conducir, si es tan amable.
          –Claro –lo sacó de la guantera y se lo dio, él se retiró, habló por radio y volvió–. Tengo que multarla, ha infringido la ley.
          –Sí, agente, lleva razón, lo lamento.
          –Puede continuar, pero vaya más despacio, podía haberse matado.
          –Buenas noches. –Se incorporó al carril, minutos después, recién salida de la ducha, compró por internet un pasaje de avión.
          A doce millas de Knoxville está el Aeropuerto McGhee Tyson. Opal Nelson se encontraba entre los pasajeros de clase turista en un vuelo con escala en Denver, destino San Francisco, para asistir al funeral de Dianne Feinstein, fallecida a los 90 años. Esta política ejemplar que durante 30 ejerció de senadora demócrata por California, ha muerto dejando muy alto el listón de las cosas bien hechas. De sólidos principios mantuvo siempre abierta la defensa del medio ambiente, los derechos reproductivos y esa búsqueda incesante de tender puentes con los republicanos menos conservadores, aunque eso significase moverse sobre las sensibles tierras inestables de los acuerdos. Desde 1994 estuvo en vigor la regla federal que ella misma redactó prohibiendo las armas de asalto hasta que en 2004, durante el mandato de George W. Bush, el Congreso se negó a renovar dicha norma. Cabe destacar que fue la primera mujer judía en puestos de relevancia, por ejemplo, presidir el Comité de Inteligencia del Senado.
          El vuelo llevaba mucho retraso, los pasajeros, con los nervios a flor de piel, aguardaban en sus asientos pacíficos aunque alguno empezaba a perder la paciencia ya que exigían respuestas que no llegaban, así como responsabilidades y, por supuesto, una indemnización y solución para el tiempo y el dinero perdido. Les habla el comandante, escucharon por megafonía, entonces les comunicó que debido a una fuerte tormenta era peligroso despegar en ese momento, pero que lo harían en cuanto la torre de control lo autorizase. A decir verdad había amenaza de bomba y acababan de evacuar la terminal excepto a la gente ya embarcada, lo cual ocultaron con el fin de que no cundiese el pánico. Mientras esperaban, Opal recordó la discusión con su padre.
          –Si consigo pasaje mañana salgo para San Francisco –soltó de pronto–, ha fallecido Dianne Feinstein, senadora demócrata, la más longeva y quiero ir al sepelio.
          –¿Y a ti qué se te ha perdido en California? –dijo el padre–, allí no pintas nada, siempre andas metida en líos, el día menos pensado me llaman para reconocer tu cadáver.
          –No seas bruto, marido, es mayorcita y responsable de sus actos.
          –Quizá no lo recuerdes papá, pero ha hecho mucho por nuestro país. Fue muy valiente desafiando a la CIA y a la Casa Blanca.
          –¿No es la misma persona que votó a favor de la Guerra de Irak y después se desmarcó ordenando una investigación?
          –No exactamente, se arrepintió al no hallar armas de destrucción masiva y, a raíz de eso, desaprobó los programas estadounidenses de detención e interrogación de rehenes. Yo comprendo que hay un antes y después del 11-S, aquel ataque terrorista movió las placas tectónicas de la paz en nuestra patria y en el resto del mundo, pero debemos abogar por hablar con el oponente y no tomaros la justicia por nuestra mano, consolidar la paz es dejar en herencia a nuestros hijos y nietos una Tierra más habitable.
          –¿Y dices que esa mujer ha luchado mucho?
          –Sí, mami. Fíjate, tiene una biografía muy particular, se casó tres veces: con un fiscal, un neurocirujano y un inversor. Presenció el asesinato del alcalde de San Francisco George Moscone –al que sucedió– y del defensor de los derechos de los homosexuales Harvey Milk. Abanderó la igualdad entre hombres y mujeres y hasta su último aliento puso en valor su trabajo de servidora pública.
          –Eres muy especial cariño, por eso te gustan y atraen las personas fuertes y con personalidad –el padre las miró indiferente.
          –¿Cómo la abuela Tillie? –ninguno respondió.
          –No me gusta que conduzcas tan tarde, vuelve a tu casa y llámame mañana desde California –premonitorio el comentario de la madre…
          Alvin Evans es un típico granjero de Lenoir City, aficionado a las carreras de coches, a su equipo de fútbol One Knoxville SC, a las armas, a la comida grasienta, a los restaurantes con actuaciones musicales en vivo, frecuentados la noche de los sábados y a interpretar la Biblia al pie de la letra. En el garaje, oculto detrás de unos fardos de paja, guarda el viejo destilador con el que elabora su propio Moonshine, como antes hicieran los antecesores y cuyo resultado es un Whisky fortísimo a prueba de gargantas profundas y estómagos curtidos. En todo el territorio se conocen las hortalizas que cultiva destacando pimientos y berenjenas de muy buena calidad, así como la cría de conejos y gallinas que vende para subsistir. En 2002, su único hijo, soldado profesional, perdió la vida en la Guerra de Afganistán en la Operación Anaconda. Tras semanas de intensa búsqueda hallaron el cuerpo en la capital de Gardez, a 80 kilómetros de Kabul, a la entrada de una cueva y en avanzado estado de descomposición, pero gracias a la chapa de identificación que permaneció pegada al pecho supieron que se trataba de él. En el Aeropuerto Internacional de Nashville, a hombros de militares de su misma promoción, con todos los honores y la Medalla de Honor a título póstumo, recibieron el féretro. A los ocho días de ser enterrado en la más estricta intimidad, sin galones ni banderas, la madre se suicidó y desde entonces es un ser callado e introvertido incluso podría decirse carente de emociones y taciturno. Afín a la National Rifle Association of America y próximo al Ku klux Klan lidera un pequeño grupo operativo que a veces siembra el pánico en la comarca y, especialmente, poniendo en alerta a la población afroamericana que vive aún en Scarboro Community, en Oak Ridge. En numerosas ocasiones, bajo la tapadera de encuentros anuales con veteranos de guerra o de la Asociación de Granjeros de los Estados a lo largo del río Mississippi, asiste a reuniones en Pulaski, ciudad de Tennessee donde en 1866 se fundó dicha organización supremacista. Alvin Evans no ha tenido más amigos que a los Mathinson, dueños de la ferretería donde Opal Nelson se inició en el oficio –negocio que posteriormente pasó a manos de la franquicia The Bricolaje House Construction CO–, pero ellos ya están muertos… Una mañana, preparando el pedido para el Departamento del Sheriff del Condado de Loudon, oyó ruidos en el granero y supuso que serían lobos, harto de encontrar agujeros en los sacos de maíz disparó dos veces al aire, sin embargo, se trataba de un niño negro, asustado, llevándose cuatro manzanas que cogió de un cesto. A punto de llorar, echó a correr, él retrocedió, le dejó escapar y temió empezar a ablandarse. Subido en la camioneta puso rumbo al centro de la ciudad.
          –¿Es buen año de cosecha, Mr Evans? –preguntó Opal Nelson mientras le prepara el azadón y otras herramientas que vino a buscar.
          –Hay muchas coles, calabazas, berenjenas y abundantes tomates –respondió seco.
          –Todavía no ha llegado el alambre para empacar alfalfa, hay pendientes muchos pedidos y no sé el motivo de tanto retraso, además, en la empresa de distribución tampoco se aclaran.
          –De momento todavía tengo un poco.
          –Perfecto, pues en cuanto llegue le aviso. ¿Encontró en Memphis la pieza que buscaba para el tractor?
          –No –era escueto en palabras y construir frases con más de cinco le suponía un esfuerzo.
          –Si lo desea vuelvo a intentarlo.
          –Bueno –giró sobre los talones, caminó unos pasos y, antes de abrir la puerta, volvió la cabeza, esbozó media sonrisa, se ajustó la gorra de la última campaña de Trump, cogió las cosas y se marchó. En la gasolinera de enfrente unos forasteros llenaban el depósito con la radio a todo volumen.
          Tayen McDaniel, indio Cherokee, descendiente de los primeros pobladores de la reserva india en Carolina del Norte, saliendo un sol radiante por el horizonte, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, dice las oraciones aprendidas de niño y piensa en Opal Nelson, la mujer en busca de sus orígenes y a la que está convencido de volver a ver...

domingo, 15 de octubre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

3.

Después, ve a las montañas y aguarda a que salga la luna…”.
          A pesar de no contar con el apoyo y la aprobación de otros miembros de la familia, Opal Nelson cumplió cada uno de los últimos deseos que la abuela Tillie le pidió, cerrando así el ciclo vital de la mujer y abriendo una etapa para sí consciente de recoger el peso de su legado. Todo ha cambiado y ahora las reservas cuentan con autogobierno, no pagan impuestos y obtienen ingresos con los casinos de juegos y la venta de alcohol –cosas prohibidas en muchos estados del sur– que reinvierten en mejorar los servicios del poblado, pero en aquel momento era diferente o al menos eso percibió ella. Por eso, aprovechando la fecha del tercer lunes de enero, Día de Martin Luther King Jr., festivo en el país, puso el despertador a las 3:00 a.m. y cuando sonó la alarma se tiró de la cama con los párpados casi pegados, como si las horas de sueño no hubiesen sido suficientes. La mochila de viaje con termo de café, varios bocadillos y un par de manzanas, la tenía preparada en la cocina. Tras una ducha rápida y equipada con prendas de abrigo encendió los fuegos y comenzó a preparar el desayuno a base de huevos revueltos, lonchas de beicon crujiente, alubias, puré de patata y un generoso vaso de jugo de naranja que sólo bebió hasta la mitad. En el maletero de la camioneta acomodó, además de los alimentos ya citados, una falda de piel de alce junto al hueso del mismo animal que sirvió de aguja con la que fue cosida, dos cajas de madera, una bolsa de tela llena de piedras, una fotografía de los antepasados en blanco y negro y un saquito con plantas medicinales tales como: flor de colibrí, usada para la función renal o pie de gato, muy digestiva. Mientras realizaba dichas tareas recordó un primer desencuentro con su progenitora.
          –¿A qué huele? –pregunta la madre de Opal entrando del patio trasero–. ¿Pretendes intoxicarnos a todos?
          –Es gordolobo –contesta la chica que todavía era una adolescente con ansias de aprender–, y según la tradición Cherokee hay que quemar las raíces e inhalar los humos para ayudar a las glándulas mucosas.
          –¿Y eso quién te lo ha dicho? –aunque sabía la respuesta quería escucharlo en boca de su hija.
          –La abuela Tillie y dice también que si tomas hojas de Rosa Salvaje, al tener un alto contenido de vitamina C previene la gripe y el resfriado,
          –Lo que nos faltaba, otra curandera más en la familia. ¡Éramos pocos y parió la burra! –Con el tiempo y el distanciamiento los desencuentros entre Opal y su madre fueron continuos hasta que los años y los achaques suavizaron el carácter de la mujer.
          Desde Lenoir City, por la carretera 441, hasta el Límite Qualla, área de la Reserva India, en Carolina del Norte, a la entrada  del Parque Nacional de las Grandes Montañas, hay 87,4 millas de conducción tranquila para el disfrute y aprecio del bellísimo paisaje que acompaña al viajero durante todo el recorrido. Cuando los primeros rayos del sol aparecen por el horizonte Opal detiene la camioneta, se baja a contemplar el río Oconaluftee y, aunque seguramente estará helado por las bajas temperaturas, deja que el lenguaje de la corriente del agua fluya por las yemas de los dedos y le hable. Tal y como recordaba de visitas anteriores atrás queda la casa la Iglesia Baptista donde la abuela Tillie oraba por los suyos siempre que venía aquí. Un poco más allá la llamativa publicidad de cigarrillos y Whisky, servía de reclamo para desfilar por la pasarela de tiendas de artesanía donde comprar objetos de marroquinería, cinturones, bisutería, cerbatanas para cazar y atrapasueños. Circula la leyenda de “Nube que trae lluvia”, jefe Cherokee, que quiso regalarle uno a su amada y mandó talar un sauce para fabricarlo él mismo. Cuentan que, con suma dedicación, sentado con las piernas cruzadas, mirando al oeste, hacia la puesta de sol y apartado del poblado, comenzó por dar forma al aro de madera, a trenzar la red interior en forma de tela de araña y a decorarlo con plumas para que bajen por ellas los sueños que no se recuerdan. Desde entonces Opal quiso tener uno y ahora era la oportunidad de satisfacer su deseo. Sin embargo, antes de cumplir la promesa que la había llevado hasta allí, paró en Qualla Arts and Crafts Mutual, Inc., para adquirir una tela hecha a la manera tradicional por algunas mujeres nativas de avanzada edad, también un canasto tejido a mano con cientos de hebras de caña de río raspadas, cortadas, afiladas y teñidas con la tinta natural rojiza que se extrae de la planta bloodroot utilizando en todo el proceso la misma técnica antigua y transmitida de generación en generación, que llevaría de regalo a Donna Hanks.
          Una vez adentrada en el territorio indio buscaría una cabaña construida con barro y arcilla. Afuera, a pocos centímetros de la entrada, encontraría también un mortero para moler maíz y, de frente, un arco colgado de la pared con el carcaj de piel muy desgastada y las flechas en el interior. El sendero, solitario y abrupto, estaba flanqueado de vegetación a ambos lados, Opal se detuvo para escuchar los sonidos extraños que salían de entre la maleza y vislumbró a algunos reptiles en movimiento al acecho de presa fácil, contuvo la respiración, recorrió su columna un escalofrío casi doloroso y se armó de valor calculando muy bien donde pisaba para no ser descubierta y llamar la atención de otros animales más bravos. Entonces, metió mano en el bolsillo y apretó el collar de dientes de lobo, su amuleto preferido que tanta suerte le había dado a lo largo de la vida. El viento, huracanado, peligroso, sacudía una rama contra otra semejante a cualquier batalla infernal. De pronto, un cambio brusco del paisaje la situó a la intemperie de una gran llanura donde, en caso de ataque, no tendría escapatoria. Con los músculos contraídos y quieta como un palo, inspeccionó hasta donde le alcanzó la vista, giró algo más a la izquierda y halló una especie de choza, abandonada y medio en ruinas. Se acercó y según las anotaciones que llevaba, adentro, debajo de una máscara ceremonial, junto a la cera derramada y endurecida de lo que fue una vela, habría un croquis con la ruta a seguir lleno de símbolos y trazos desconocidos para ella. Se le ocurrió colocarlo encima del mapa de Carolina del Norte pero no casaba en ninguna posición, sin embargo, entender aquel pedazo de papel era satisfacer el último deseo de la abuela Tillie.
          Tayen McDaniel, conocido en el territorio indio como Trueno Veloz, jamás había salido de aquellos parajes como tampoco lo hicieran sus ancestros ubicados allí. Arraigado a las costumbres de su pueblo transmitidas de generación en generación, es organizado, religioso, espiritual, respetuoso con la Madre Tierra, con los semejantes o expresándose a través de la danza que simboliza su cultura. Las montañas onduladas, con su neblina azul, aportando al paisaje tonos grises configurados con el vapor emanado del parque, son el lugar sagrado donde habitan los espíritus de quienes se fueron y también un refugio para los wapitís, ciervos canadienses de grandes dimensiones y difícil avistamiento. A veces, en la cúspide más remota, rodeado de la soledad más absoluta, recuerda la noche que, siguiendo la tradición de su pueblo se convirtió en adulto. Los primeros brotes de la adolescencia comenzaban a aparecer y, el padre, al darse cuenta, le cogió de la mano y se lo llevó al bosque. Una vez allí le vendó los ojos y le obligó a sentarse en un tronco donde permanecería sin moverse, ni pedir ayuda o auxilio. El miedo terrorífico a la oscuridad, el roce en sus pies de algunos roedores reales o imaginarios, aullidos que, aunque lejanos, sonaban a pocos centímetros y la sensación de ser arrastrado con fuerza por una garra áspera, peluda, le hicieron pasar las horas más difíciles de su vida. Finalmente, cuando en la luz del amanecer irrumpieron los rayos del sol, se quitó la venda, parpadeó y vio que su padre había permanecido junto a él durante toda la noche protegiéndolo de cualquier posible peligro.
          –Hijo mío, has pasado la prueba y ya puedes presentarte como un hombre ante los ancianos de la tribu –a partir de entonces Trueno Veloz nunca más se sintió solo.
          –¿Por qué no dijiste que te quedabas?, he pasado un miedo espantoso –pero el hombre obvió la pregunta.
          –Volvamos, tu madre debe estar nerviosa y ya sabes que no puedes compartir la experiencia con otros chicos, a ellos también les tocará, siempre se ha hecho así y debe continuar, forma parte de nuestra historia –dijo tajante.
          Tayen McDaniel pescaba pacientemente en el río Oconaluftee una o dos veces por semana para alimentarse no sólo de caza. Después, en un lugar apartado, lejos de todo circuito turístico, cercano a donde vivía, se recogió el pelo en dos largas trenzas colocando en una de ellas una pluma de águila que simboliza equilibrio. Encendió una hoguera, cruzó las piernas y, sentado en el suelo, esperaba a que las llamas tomasen altura, entonces, preparaba un bastón ensartando en él una trucha para asar que luego devoraba con apetito. Sin embargo, la respiración acelerada de alguien acercándose cambió el compás de la rutina. Apagó el fuego vertiendo la taza de café aún sin probar y permaneció atento. De repente, a través de la cortina de polvo que levantaron las fuertes pisadas de un par de botas vaqueras, apareció una silueta de mujer portando una voluminosa mochila a la espalda.
          –Ando desorientada –confesó Opal Nelson.
          –Pues se ha alejado un poco de la zona comercial –dijo Trueno Veloz, acostumbrado a que más de un visitante se perdiese por ahí con la esperanza de encontrar auténticos souvenir.
          –No, eso no me interesa, busco concretamente esto –mostró el plano encontrado en la cabaña–, pero no entiendo nada.
          –¿De dónde lo ha sacado? –preguntó curioso–, es un silabario bastante antiguo.
          –Es una larga historia.
          –No hay prisa –algo muy especial de la misteriosa mujer le atrajo muchísimo.
          –La abuela Tillie… –Desde sus recuerdos más primarios narró todo cuanto debía cumplir, y no sólo por la anciana, sino para quedarse en paz consigo misma. Cada pocas palabras hizo pausas para tragar el nudo de la garganta o simplemente llenar los pulmones con aquel aire tan puro.
          –Va a emprender una aventura colmada de sentimientos y emociones, pero también de generosidad ya que una vez realizado el ritual entregará el espíritu de su abuela a las montañas.
          –Sí, y habrá merecido la pena –a punto de marcharse volvió a mostrar el viejo papel.
          –¿Ve aquella colina? –señala de frente–, pues justo detrás está el terreno marcado en el plano. Hasta llegar a la cumbre es complicado sino lo conoces bien, hay desniveles engañosos que parecer aptos para senderismo y en cambio son precipicios.
          –Comprendo, aun así voy a hacerlo, voy a cumplir esta promesa, cueste lo que cueste.
          –Entonces iré con usted hasta la parte llena, desde ahí ya no hay obstáculos y podrá continuar sola si así lo desea –ella asintió
            –En marcha pues.
          La pendiente era menos pronunciada de lo que parecía y, aunque Opal Nelson no estaba acostumbrada a hacer largas caminatas subió mejor de lo esperado. Una pasarela de hojas caducas alfombraba la senda que conducía a la cima. Muy a lo lejos, la caída de agua en cascada alivió y refrescó su frente mientras un salpullido de gotas de sudor resbaló por la ropa interior dejándole la piel pegajosa y molesta. De pronto recordó que la estantería metálica vertical para la maestra de escuela todavía no había llegado, por tanto, el lunes sin falta reclamaría el pedido. Tayen McDaniel iba por delante apartando ramas de árbol atravesadas en el camino, se detuvo en seco, miró otra vez el mapa, consultó la dirección del aire, la posición del sol medio ocultándose, los posibles desprendimientos que pudiera haber y, dejándola ubicada retomó el diálogo:
          –A partir de aquí, orientándose siempre rumbo Sur, debe buscar una roca de tipo arenisca en color gris con sombras violeta.
          –¿Cómo sabré cuál es? –preguntó inquieta.
          –Tiene esta misma inscripción –señaló los símbolos del reverso del papel.
          –¿Y si me equivoco? –dijo bastante preocupada.
          –No lo creo. Déjese guiar por el corazón y el instinto, a los indios eso nunca nos falla –esbozó una amplia sonrisa.
          –Ya veremos.
          –Si se ve en apuros encienda esto para que el humo suba alto –le dio un envoltorio con una especie de mecha en el extremo–, así sabré que necesita ayuda.
          –Lo haré –Trueno Veloz, el indio Cherokee, cuyo hábitat es el bosque desapareció detrás de la niebla.
          Unas millas más allá la humedad era mayor. Aunque Opal Nelson acusaba el agotamiento, debía cumplir el cometido que la había llevado hasta allí. Así que, optó por parar un instante, reponer fuerzas con las deliciosas galletas sureñas que nunca le faltaban y llenar los pulmones para reanudar la marcha. Según Tayen McDaniel vería pronto a los guardianes de la roca: robles castaños salpicados con álamos amarillos. No se equivocó, ahí estaba esperándola: señorial e imponente. En su lado oeste, una vez retirada la maleza, encontró la gruta donde depositó la falda de piel de alce de la abuela Tillie, el hueso del mismo animal sirviendo de aguja para coserla, dos cajas pequeñas de madera, una fotografía muy antigua, casi irreconocible, el saquito conteniendo plantas medicinales, la plegaria aquella que llevaba escrita de difícil comprensión para ella. A la salida colocó unas piedras para ahuyentar a las alimañas y, de ese modo, finalizó el ciclo de aquella mujer poderosa que, además de vivir por y para la familia, lo hizo también con el propósito de encontrar respuestas a su alianza emocional con la tribu de los Cherokee. Sin embargo, le correspondería a Opal Nelson, su nieta, encajar las piezas del complicado y misterioso puzzle…  
          Los cuatro hijos varones de Donna Hanks residen cada uno en un extremo del país. Atraído por la industria del petróleo el pequeño se estableció en Texas donde es capataz de cuadrilla; el penúltimo se fue a Wisconsin a ocupar el puesto de monitor en una estación de esquí; el mayor partió a Illinois a ejercer de pastor en la Iglesia Evangélica Luterana, en el barrio de Riverdale, que cuenta con la población más pequeña de Chicago y el más tardío en abandonar el hogar familiar resultó ser el segundo quien, al poco de morir el padre, cuando asistía al Festival de la Música Country en Nashville, se enamoró de una joven de Montana que estaba de paso en Oak Ridge y, siendo él como era, enfermero de profesión, buscó empleo en la capital de Billings y se fueron juntos. A partir de entonces Donna Hanks se enfrentó a la soledad de las habitaciones cerradas, a la ausencia de voces, a los muebles que crujen en la inmensidad del silencio, a las cenas con la sola compañía de la reposición de la serie de televisión Bonanza, disfrutando de Hoss Cartwringht, el grandullón y más noble vaquero del rancho La Ponderosa, interpretado por Dan Blocker, uno de sus actores favoritos. A un solo cubierto en la mesa, a la nevera organizada en raciones individuales, a los trozos de pan aprovechables de la víspera anterior y a poner la lavadora muy de tarde en tarde. Poco a poco las llamadas por teléfono también perdieron la frecuencia semanal del principio, ni siquiera supo que uno de los hijos se había divorciado y que otro perdió el empleo por problemas de alcohol.
          –Hijo, mientras que vosotros estéis bien y los niños también, yo lo estaré –manifestaba–. Ahora es tiempo de hacer conservas de hortalizas para todo el año, así que, entre eso, la lectura de la Biblia y la música de Dolly Parton los días pasan casi sin darme cuenta.
          –Y los western que no te cansas de mirar, ¡eh!
          –Claro.
          –No obstante, estaríamos encantados de que vivieses con alguno de nosotros –decían.
          –No os preocupéis, recibo visitas de amigas y de la pequeña Aretha O’Neal, aún no me veo en Patroit Hill Assited Living, pese a ser una de las mejores residencias para mayores ubicada a las afueras de la ciudad. No, creo que todavía seguiré aquí, en mi hogar, apegada a mis cosas, hay mucho por hacer.
          –Mamá tengo que colgar, me esperan en una reunión.
          –Claro, cariño. Cuídate mucho. Te quiero. Hasta pronto –y cortaba la comunicación con lágrimas en los ojos.
          La mañana que amaneció sin dolores en la rodilla cogió la vieja camioneta, repostó en la gasolinera que hay en el 1199 Oak Ridge Turnpike, frente a la farmacia Walgreens –segunda cadena más grande de Estados Unidos– donde tenía unas medicinas pendientes y, sin prisa pero con determinación, se incorporó a la carretera Interestatal 75 y enlazar después con otras hasta llegar a Knoxville donde almorzará en su restaurante favorito.