En peligro de extinción

 A Teresa Juni:
Mujer fuerte y luchadora,
senderista incansable
por los caminos de Tennessee.
 
1.
Big Timber es una bonita ciudad ubicada en el condado de Sweet Grass, en Montana, un estado fundamentalmente agrícola, de la región oeste, situado en las Montañas Rocosas, esparcidas entre Canadá y Estados Unidos. A veinte millas, hacia el norte, rodeado de naturaleza agreste, está el rancho de los Maxwell, una familia de ganaderos cuyo sustento son la cría de caballos de la raza Rocky Mountain Horse y de reses pastando en las tierras heredadas de sus antepasados. Un total de docena y media de empleados fijos, abarcando el cuidado del ganado, mantenimiento de cercas y labores de campo, entre otros quehaceres, sacaban adelante el duro trabajo. Los domingos, el matrimonio, con las hijas e hijos que aún estaban con ellos y las respectivas parejas de cada uno, luciendo las mejores ropas, Biblia en mano, se dejaban ver en Boulder Valley Baptist Church donde eran respetados y considerados patrones muy generosos. Aparentemente todo iba bien en casa de los Maxwell, sin embargo, el destino les tenía preparada una situación bastante turbulenta que marcaría su reputación y, según para quien, su honestidad. El pastor, en algún momento del sermón y de las alabanzas, siempre introducía algún comentario poniéndoles de ejemplo a seguir, a pesar del alcoholismo del primogénito y de la rebeldía de Susan, la pequeña de la saga, atractiva, de cabellos rubios y ondulados, con las ideas muy claras y una personalidad bastante sólida, sin ajustarse al perfil de las chicas de su edad, ocupadas en la caza para encontrar marido. Vive en una habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave. Realiza trabajos de investigación por encargo respecto a ganadería, minería y demás temas, aparte de ayudar con los visitantes en Crazy Mountain Museum a recorrer y conocer biografías de muchas familias locales, en su interior encontramos un tipi o una cabaña de granja Fjare, por ejemplo. En cambio, de un tiempo a esta parte, la inquieta y preocupa todo lo relacionado con el rumbo que ha tomado el mundo y lo inhóspito que resultará aguantar el calor dentro de pocos años, en determinadas zonas costeras o de climas cálidos y secos, lo que obligará a migrar a aquellos que tengan posibles cuanto más al norte del Planeta, mejor.
          –¡Alabado sea Dios! –proclamó el pastor elevando los brazos al cielo.
          –¡Amén! –respondieron imitando el mismo gesto.
          –Nuestro hermano, ahí presente –señaló a un hombre abrazado a dos pequeños.
          –¡Amén! ¡Aleluya! –dijeron puestos en pie.
          –Acaba de perder a su bebé y su esposa se debate entre la vida y la muerte –marcaba el tono de sus palabras balanceándose de un pie a otro.
          –¡Aleluya! –todos los asistentes también lo hicieron.
          –Recemos por él –concluyó.
          –¡Alabado sea Dios! –entonaron una canción a la vez que Susan Maxwell abandonaba la sala respondiendo una llamada en el móvil.
          –Dime, Paul, ¿está de parto? –preguntó un poco alterada.
          –Sí –debió de contestar el otro.
          –Vale, voy enseguida. Esperemos que el cuello del útero empiece a dilatar y avisa a Larry –arrancó la camioneta, pisó el acelerador y, a toda velocidad, fue por la Interestatal 90 para llegar antes que la familia. El reflejo del sol por el lado derecho del vehículo pixeló en mosaicos pequeños la suciedad de la ventanilla trasera. Pronto se derretirá la nieve y tendremos problemas, pensó mientras conducía segura de sí misma.
          Larry Erickson hacía una década que estableció la clínica veterinaria en una casa abandonada en el centro de la ciudad, acondicionando la planta de arriba para uso personal, decorada con sencillez y la baja dotada del material necesario para atender a los pacientes. Traía el rodaje de las principales universidades del país y de las más prestigiosas europeas, también la base de algunos descubrimientos en laboratorios muy importantes. Era innovador, inclusivo, dialogante, conciliador, testarudo y buen profesional. Su esposa Diane, era periodista freelance, especializada en Inteligencia Artificial, Biología y Medioambiente, pero también al resto de temas específicos que abarquen cualquier rama de la ciencia. La integración de la pareja en Big Timber no resultó nada fácil al principio, acostumbrados a que el viejo herrero tan pronto sacaba una muela como amputaba la pata al perro cazador, chocaba que aquel tipo, de gafa redonda de culo de vaso y bata blanca, impoluta, con pinta de sabiondo, se hiciese cargo de la salud del ganado, aunque gracias al don de la perseverancia, que tan bien manejaba, ahora sus jornadas eran largas y agotadoras. No obstante, seguía sin ser bien visto por los ancianos del lugar, máxime desde que comenzó a contradecir argumentos negacionistas sobre COVID, crisis climática y consumo excesivo de carne por parte de los seres humanos y el gasto de recursos que eso genera. Susan Maxwell rápidamente se hizo amiga de los Erickson, coincidían en gustos, opiniones e inquietudes, a pesar de la diferencia de edad. Llegar al viernes era para ellos un festival de relajo donde la cena antecedía a la apasionante tertulia bañada con moonshine de elaboración propia.
          –¿Cómo está nuestra amiga, Paul? –dijo Susan apeándose de la camioneta y refiriéndose a la vaca.
          –Tendremos que armarnos de paciencia, la cosa va para largo –aseguró él mientras guardaba la silla de montar.
          –Al menos esta vez no parece que esté agresiva –opinó ella ayudándole a llevarla.
          –Pues no sé qué decirte, me ha dado una coz aun reconociendo mi voz –expresó sarcástico.
          –En fin, vayamos dentro –ella suspiró.
          –¿No es aquel el coche de Larry? –preguntó el capataz haciendo visera con la mano sobre las cejas para enfocar así mejor la vista.
          –Sí, se ha dado prisa. ¿Has observado cosas extrañas últimamente en ella? No sé, cambios bruscos en el comportamiento.
          –Alguno, por ejemplo ha lamido mucho su propia orina, he llegado a pensar incluso que padecía del mal de las vacas locas, pero no lo creo. –Larry se apeó de su auto limpiando la gafa con un pañuelo de papel.
          –Lo siento, no he podido llegar antes –dijo sofocado. Los tres desaparecieron en el establo tras de sí.
          Paul Carter Junior, el capataz del rancho Maxwell, llegó a sus vidas mientras bebía una cerveza bien fría y le hincaba el diente a su hamburguesa preferida de carne de buey. En la cantina escuchó comentar lo del cartel en el que ofrecían una suculenta recompensa a quien lograse atrapar al caballo de color chocolate escapado de la zona de pastoreo, con cuyo paradero todavía nadie había dado. El ejemplar era elegante, apacible y manso, de melena y cola rubia, lo utilizaban para tirar del arado y, a veces, de un carro cargado de sacos de moras negras, pero de un tiempo a esta parte se le notaba muy cansado y tremendamente sediento, aunque había dejado de beber del abrevadero cercano, puesto que las últimas veces que lo hizo vomitó de manera espectacular por los ollares. En el horizonte rojizo caía el Sol y según regresaban los hombres, frustrados, la esperanza de encontrarlo mermaba. Tanto en la casa principal, como en las otras donde habitaban los vaqueros, peones y encargados de cultivar los campos, el ruido de platos y cubiertos se oía de fondo, además del suave murmullo contándose lo que había dado de sí la jornada y algún llanto desconsolado de bebé recién destetado. Expectantes y agudizando el oído todo quedó en silencio hasta que, sobresaltados, oyeron el relinchar del caballo con el peculiar sonido de los cuatro golpes de sus cascos. Junto a él, montando un Mustang salvaje de Norteamérica que ganó en una partida de póker, iba un cowboy.
          –¿Dónde está el dueño de este bello ejemplar? –pregunto a quienes salieron afuera.
          –Mr. Maxwell se encuentra dentro de la casa –contestaron.
          –Tranquilos, muchachos, estoy aquí –intervino el amo.
          –Me parece que esto le pertenece –dijo alargándole las bridas.
          –Así es –llevaos a Charly al establo y comprobad que todo esté bien –ordenó.
          –Lo que mandé, patrón –desaparecieron en la oscuridad.
          –Vamos al despacho, le daré la recompensa –desmontó con elegancia y, caminando tras él, observó que arrastraba más uno de los pies–. Siéntese, por favor. ¿Dónde estaba?
          –Vagaba asustado y desorientado al borde casi de un desfiladero, es un caballo caprichoso, bellísimo y pueden robárselo –comentó sacudiéndose el polvo de las botas.
          –Aquí tiene su dinero –sacó del cajón un sobre lleno de billetes y se lo dio.
          –No lo quiero –ante la incredulidad de su interlocutor lo retiró hacia el otro lado de la mesa–. He oído por ahí que se ha quedado sin capataz, me gustaría el puesto.
          –¡Vaya, vaya! ¡Cómo corren las voces, eh! ¿Tiene experiencia? ¿Qué van diciendo de nosotros? –Preguntó mientras valoraba si darle el trabajo o no.
          –He aprendido de los más veteranos el manejo del lazo, dirigir al ganado en zonas abiertas atravesando grandes valles, acantilados, terrenos peligrosos y todo cuánto se necesita para mantener a flote este tinglado. Si le parece me quedo unos días, observa cómo me desenvuelvo y después usted decide –por la rendija de la puerta asomó el hocico Susan que por entonces tenía apenas diecisiete años, desde ese mismo momento comprobaron que tenían mucho en común.
          Durante tres meses y medio Larry Erickson, el veterinario, asistió a partos difíciles en las granjas de toda la comarca incluyendo el rancho Maxwell. Esa vez el ternero venía de nalgas y la bolsa de la placenta se había roto. Horas antes Paul acondicionó un espacio limpio para la vaca, estaba muy inquieta y no había forma de que se tumbara sobre el suelo mullido. A simple vista, y hasta la exploración del experto, tenía la vulva inflamada y la cisterna del pezón todavía no se había dilatado. Todos estaban a la expectativa. Susan la acariciaba evitando hacerlo en la barriga a pesar de sospechar que el ternero no tenía bien colocado el hocico entre las patas delanteras para salir por el útero. La jornada iba a ser pesada y dolorosa para la parturienta y todo apuntaba hacia una intervención quirúrgica, así que Larry repasó mentalmente el instrumental que necesitaría: bisturí, guantes de brazo largo, separadores, sutura, cadenas obstétricas, fórceps… Abrieron el portón y aparecieron el señor Maxwell junto a dos de sus hombres de confianza y el resto de la familia que se tomaban aquello como un acontecimiento festivo.
          –¿Cuál es el diagnóstico, Erickson? –preguntó con contundencia.
          –Estamos ante un parto distópico, algo va mal y aún no sé muy bien cuáles pueden ser las causas, pero la complicación está asegurada –respondió el veterinario.
          –¿Tiene relación con los otros partos y las vacas que hubo que sacrificar?
          –Es muy similar –fue Paul quien intervino.
          –Tenéis veinticuatro horas, si mañana no está resuelto yo mismo cortaré por lo sano.
          –¡Papá! –exclamó Susan.
          –No adelantemos acontecimientos, señor, déjenos hacer a nosotros –continuo el capataz aun sabiendo que en el fondo el patrón tenía razón–. ¿Qué le parece si aguardan en la casa y así no la ponemos más nerviosa?
          –De acuerdo, pero recordad: no quiero héroes, especialmente tú –refiriéndose a su hija. Salieron malhumorados, la gente menuda porque les privaban del espectáculo de verla parir y el patrón calculando cuánto le costarían los servicios del veterinario y la pérdida de la res.
          La vaca, de raza Angus Negro, característica al no tener cuernos y ser de carne terneza y jugosa, mugía doblada de dolor. Avanzaba el reloj muy lentamente y la mantenían vigilada en todo momento, pendientes de cualquier cambio anunciando la inminente llegada del ternero. A las 2:00 a.m. se desencadenó una fuerte tormenta, los ventanales de la casa grande se agitaron de tal manera saltando los cristales en mil pedazos; afuera corrían los hombres para sujetar a los caballos levantando con las suelas de las botas porciones de barro. El viento era cada vez mayor, alcanzando ráfagas de hasta 40 millas por hora y, aunque nadie manifestaba preocupación en cuanto a quedarse aislados, se temía que la nieve superase las 40 pulgadas de la última vez. Larry, Paul y Susan revisaron el generador por si hubiese cortes de energía, mientras Mr. Maxwell rezaba para que no cayesen ramas de árboles sobre sus propiedades. Entre tanto se oyó un golpe tremendo y a varias mujeres chillando por la presencia de una manada de lobos hambrientos buscando tajada. Casi de madrugada Larry Erickson la administró anestesia general y, cuando ya hizo efecto realizó una incisión en el abdomen y otra en el útero, extrajo al ternero y los tres se miraron impresionados contemplando que había nacido con dos cabezas y un solo ojo en el centro. A continuación vio restos de placenta mezclándose con los tejidos. El veterinario recogió muestras de los órganos del feto muerto para enviarlas al laboratorio en Helena, capital de Montana.
          –¿Qué opinas? –preguntó Susan.
          –Me consta que existen casos raros y aislados de malformaciones congénitas, pero jamás había visto ni oído nada parecido –dijo Larry.
          –Habrá que decírselo a tu padre, ¿no? –soltó de repente Paul.
          –Sí, –respondió ella acariciando a la vaca mientras seguía dormida.
          –Primero voy a coserla y limpiamos un poco esto –indicó Larry. Le pidió al capataz una nevera portátil donde guardó parte del hígado del ternero, los sesos, algo del pulmón, muestras de las patas delanteras y del diafragma. Arrodillado ante la vaca terminó de suturar la incisión y dio por terminada la intervención.
          –¿Tú crees que hay que sacrificarla? –preguntó ella.
          –Está en muy mal estado, el amo no la va a mantener con vida –respondió el capataz.
          –¿El ganado sigue bebiendo del abrevadero? –preguntó Susan.
          –Sí, claro, –respondió el responsable del rancho–, pastan muy cerca de él –la joven se quedó muy meditativa.
          –Chicos, en cuanto ponga en marcha el protocolo llevaré las vísceras a analizar, pero antes he de dejar el automóvil en el taller para que revisen los frenos.
          –No te preocupes, yo puedo llevarte. Mañana iré a recoger unas revistas que tengo encargadas, escriben dos científicos muy interesantes sobre clima y alimentación –anunció toda emocionada.
          –Como se enteren en casa que sigues a vueltas con lo de que los cambios bruscos de clima alteran la vida de los animales, la van a liar gorda –dijo el capataz.
          –¡Va, me da igual! Y, para que sepáis, una jueza de aquí le ha dado la razón a 16 jóvenes ambientalistas acusando al estado de no respetar su derecho a un medio ambiente limpio y saludable.
          –Gracias –dijo Larry respecto al ofrecimiento de llevarle–, voy con Diane, tiene una de esas reuniones suyas con colegas –en ese preciso momento Mr. Maxwell apareció y, como era de suponer, se deshicieron de la parturienta. Paul se llevó ambos cadáveres lejos del rancho y los incineró no era la primera vez que lo hacía a escondidas.
          Susan tomó un poco de bizcocho recién hecho y se despidió de la familia. Después, con los huesos molidos y molestias en la espalda, regresó a The Grand Hotel y, aunque apenas había coches en McLeod St, aparcó en 2nd Ave, se apeó de la camioneta y saludó con la mano al homeless ubicado en la otra esquina. A mil trescientas cincuenta y tres millas de allí, el personal de emergencias peinaba la orilla del río Guadalupe en busca de supervivientes tras las últimas lluvias torrenciales que, según las autoridades locales son las más devastadoras del último siglo, ocurridas en el centro sur de Texas, con decenas de desaparecidos y más de 80 muertos, entre ellos muchas niñas que estaban en el campamento de verano en Camp Mystic. Quienes consiguieron salvar la vida contaron a la reportera de la KVTQ (CBS) que la riada se llevó todo cuanto encontró a su paso dejando un paisaje dantesco, lleno de cadáveres con las manos entrelazadas para no morir solos, automóviles navegando calle abajo y chocando contra personas aplastadas en las paredes o enseres amontonados taponando posibles salidas de emergencia; desde la CNN, autoridades locales intentaron transmitirle a la población algo de confianza asegurando que ponían todos los medios a su alcance para hallar lo antes posible al mayor número de damnificados. Sin duda, la tragedia habría sido menor si la Administración Trump no hubiese ejecutado recortes masivos en las agencias encargadas de alertar a la población. Paró en la gasolinera.
          –¿Lleno? –preguntó el chico encargado de repostar.
          –Sí –respondió ella mientras iba hacia la tienda.
          –Hola Susan –saludó el dependiente.
          –Hola. ¿Qué tal? ¿Me das paquetes de Marlboro, por favor?
          –Claro, y este encendedor de regalo. ¿Qué tal todo por el rancho? Hace mucho que tu padre no pasa por aquí, se habrá ido a la competencia –dijo guiñando un ojo.
          –Todo bien. Le daré recuerdos de tu parte –se fue antes de alargar más la conversación.
          La habitación ocupada por Susan era acogedora y contaba con complementos sencillos que le daban un aire muy personal, un póster de pared a pared de la montaña Denali, en Alaska, considerada la más alta de Norteamérica, diversas láminas de otros lugares declarados Patrimonio de la Humanidad, fotografías montando a Charly, otras de pequeña acudiendo con la familia a fiestas ganaderas y algunas más de acampada con amigos cerca de la frontera con Canadá. En el armario un par de vestidos y varios pantalones tejano con camisas a cuadros completaban su austero vestuario, además de un frasco de perfume que se echaba de vez en cuando y complementos de maquillaje. Junto a la cama tenía una mesa de escritorio hecha por Paul de cedro rojo occidental, encima la computadora y una montaña de papeles que revisaba y estudiaba a diario ordenados por temas. De la nevera cogió una cerveza, dejó las botas manchadas en el baño, ojeo la correspondencia aun sin abrir, encendió la computadora y en la pantalla, del extremo inferior derecho, surgió una nota avisando de que tenía un nuevo correo electrónico de un activista de Greenpeace al que seguía por Instagram, y que decía: “Estados Unidos cierra la frontera con México a la entrada de bisontes, caballos y otros animales bovinos por la plaga del parásito gusano barrenador”. Dejó a un lado la noticia para leerla más tarde y buscó en Google “policefalia”: ternero con dos cabezas y un solo ojo…


2.
La noche anterior tuvieron una fuerte discusión respecto a la elección de universidad para las hijas, dos mellizas tan diferentes, como polos opuestos, criadas siempre dentro de un ambiente intelectual y de ricos valores, por lo que, ni la de Chicago y tampoco la de Temple, en Filadelfia, se ajustaban a su perfil, optando finalmente por la Estatal de Montana, situada en Bozeman, condado de Gallatin. Entremedias colaron también una discrepancia doméstica respecto a una pequeña obra de mejora en la casa, por eso Diane y Larry Erickson, el veterinario del condado de Sweet Gras, condujeron silenciosos las 158 millas que separaban Big Timber de la capital de Helena por la I-90 W y US-287 N, adonde ella asistiría a una conferencia sobre Nanotecnología en el campo de la medicina; y él a la cita mensual con colegas para compartir experimentos y crecer profesionalmente. Abstraídos por las espectaculares vistas montañosas de las avenidas, circularon hasta el centro de la ciudad pasando por delante del Capitolio y de la Catedral de Santa Elena. Un estampido de colores bañaba la zona comercial donde los lugareños y turistas adinerados saciaban el deseo de dejar temblando la tarjeta de crédito. Su arquitectura del siglo XIX es de las mejores del noroeste del país. Las cornisas de metal de los edificios y fachadas de piedra decorativas dan buena nota de elegancia, nada que ver con la parte más rural del Estado.
          –Te recogeré dentro de unas horas –la dijo.
          –Mejor ve a Goodwill Store, he de comprar ropa a las niñas.
          –¿De segunda mano? –preguntó algo sorprendido.
          –Sí. ¿No abogamos por darle una segunda utilidad a las cosas? –soltó tajante apeándose del coche mientras que él la observaba sonriente.
          –Te quiero –gritó giñándola el ojo.
          –Lo sé, my darlig –desapareció tras una puerta giratoria. Larry comprobó por el reloj que tenía tiempo de hacer un par de cosas antes de almorzar con los colegas.
          En Lewis & Clark Library compró algunos libros y números atrasados de Veterinary Avances y Genética, así como bibliografía sobre las consecuencias de reses muertas al nacer y fiebre aftosa tras la alarmante aparición de ampollas en las pezuñas de búfalos semienterrados detrás de matorrales en un camino abandonado que antaño conducía al rancho Maxwell; consultó también el archivo y adquirió un poco de literatura para toda la familia. Todavía disponía de cuarenta y cinco minutos, así que visitó el Animal Center Veterinary Hospital en busca de historiales, respecto a las alarmantes malformaciones congénitas detectadas en el ganado recién nacido, así como reses muertas en el útero de las vacas. Tenía la esperanza de que la forense veterinaria tuviese ya los resultados de las muestras que le envió para analizar. Una lluvia menuda encharcó el suelo del aparcamiento exterior repleto de grandes automóviles. Estacionó el Toyota 4runner de su esposa con tracción a las cuatro ruedas y cogió la mochila de piel marrón muy desgastada. Atravesó el largo y gélido pasillo de la planta baja hasta llegar a un espacio abierto donde un administrativo, con actitud de enfado y sin levantar la vista del mostrador, indicaba, con un ligero movimiento de manos, la flecha hacia los ascensores. Bajó hasta el sótano 3 y rápidamente percibió el fortísimo olor a desinfectante y cloroformo, además del lenguaje asustado de las cobayas encerradas. A izquierda y derecha compartimentos acristalados, con técnicos ensimismados en sus experimentos, daban la sensación de ir atravesando el tubo del futuro cada vez más perfeccionado e incierto. Llegó al área del laboratorio y ahí estaba su amiga.
          Ashley Burris era una investigadora nata implicada a fondo en su trabajo, entendiendo que en cada proyecto tenía que dar lo mejor de sí misma. Defensora a ultranza de las especies animales, se especializó en veterinaria forense cuando halló a su perrilla, en el porche de la casa de sus padres, asesinada brutalmente, entonces comprendió la necesidad de encontrar respuestas en los cuerpos fallecidos y, por consiguiente, descubrir y destapar cualquier maltrato e irregularidad natural que mostrase la autopsia. Su talante, controvertido con las decisiones tomadas muchas veces por los superiores, la han puesto, en numerosas ocasiones, en el centro de la diana. Nacida en Lakota, un pequeño pueblo de Dakota del Norte, tranquilo y rodeado de naturaleza, creció respetando todo lo relacionado con la tierra. Hija única de un reverendo de la Iglesia Baptist y una campesina, se enfrentó a ellos, aferrados a sus ideas ultraconservadoras, demostrándoles que llegaría muy alto como mujer y como científica, por lo cual desarrolló su carrera lejos del ámbito familiar que nunca la comprendió. Los primeros años fueron difíciles, pero poco a poco adquirió mucho prestigio, compaginando la jornada laboral en el hospital con conferencia que daba en diferentes estados. Se divorció a los pocos meses de contraer matrimonio con un biólogo molecular por incompatibilidad de caracteres.
          –¡Larry! –exclamó besándole en la mejilla–. ¿Cómo están Diane y las niñas?
          –Bien, las chicas haciéndose mayores, muy guapas. ¿Qué tal tú? ¿Te dieron los resultados de la biopsia?
          –Sí, era un bulto benigno, superficial, lo quitaron, y ya, ahora algún control rutinario por si reaparece y listo. Oye, tengo algo interesantísimo para ti, ven conmigo, entremos al despacho, no quiero que nos oigan. –Sobre la mesa llena de carpetas y libros de consulta hacía equilibrio una vieja computadora, retiró papeles manchados de grasa y a su vez, con un rápido movimiento de dedos, migas, tal vez del almuerzo. De las paredes colgaban títulos y diplomas enmarcados, así como también recortes de prensa donde aparecía junto a otras personalidades del mundo de la ciencia y de la política, sobre todo del Partido Demócrata –en el último selfi está con Kamala Harris–, además de una fotografía suya en la Universidad de Harvard donde es considerada una eminencia–. ¿Estás al corriente de que, por orden de la Administración Trump, quieren cerrar los laboratorios de la Agencia de Protección Ambiental que miden, por ejemplo, los niveles de veneno?
          –Sí, Diane me pone al corriente de cuantos atentados contra la democracia y el sistema están haciendo.
          –Pues si los cierran ¿cómo sabremos si una carne está contaminada o en condiciones de ser consumida?
          –No tengo respuesta, con estos estamos atados de pies y manos, cualquier insignificante redistribución de los distritos electorales a su favor, nos dejan con el trasero al descubierto, sin financiación y con fuga de talentos. Me muevo por comarcas muy pequeñas cuyos habitantes consideran a Trump el enviado de Jesucristo, el único que va a salvarlos. Trato de hacerles comprender lo importante de innovar en la mejora y salud de los animales, por el bien de ellos y el de los consumidores, pero no sirve de nada –concluyó algo apenado.
          –En fin, tengo los resultados –anunció–. El carnero tuvo mala suerte y pasó a engordar la estadística de la anomalía genética llamada policefalia, ya sabes dos cabezas y un solo ojo, pero encontré en las vísceras de la vaca sustancias químicas todavía sin identificar.
          –No entiendo –manifestó preocupación.
          –Últimamente llegan rumores sobre la contaminación del agua en aquella zona –buscaba algo dentro del cajón atestado de cosas.
          –No fastidies ¿A consecuencia de qué? –preguntó intrigado.
          –No estoy segura, pero puede ser de la mina de cobre a cielo abierto de Berkeley Pit –dijo Ashley.
          –Actualmente es un punto turístico, creo que hay un mirador desde el cual los visitantes contemplan el pozo –recordó Larry que sus hijas quisieron visitarlo alguna vez y al final ellos las convencieron para no hacerlo–. ¿En qué te fundamentas?
          –Es un sumidero de aguas subterráneas contaminadas, fácilmente llega a cualquier lugar donde el ganado beba. Lo más alucinante es que la sustancia encontrada no aparece en nuestra base de datos, por lo tanto, todavía no puedo ponerle nombre.
          –¿Cuál es el siguiente paso a seguir? –Larry se puso en pie para marcharse, miró el reloj y le quedaba el tiempo justo para llegar puntual a la cita.
          –Recoger agua en pequeñas botellas de aquellos lugares donde bebe o haya bebido el ganado y traérmelas.
          –Lo comentaré con Susan, nos ayudará, también sospecha que algo extraño está pasando no lejos de la propiedad de su familia.
          –La próxima semana viajo a Nueva York a un simposio sobre Genética Avanzada en Mamíferos, estaré cinco o seis días, allí cotejaré con otros colegas, a la vuelta contactamos. No obstante, si hay novedades nos comunicamos vía e-mail.
          –De acuerdo. Cuídate, la gente está muy desquiciada. Un tipo disparó hiriendo a unos agentes y matando a otro en un edificio de Manhattan. –Se despidieron con un par de besos en la mejilla.
          Paul Carter Junior, el capataz, sacó la correspondencia del buzón y la llevó a la casa grande donde se encargarían de hacer el reparto entre los muchachos, menos él que tenía autorización para coger lo suyo. Le llamó la atención un sobre con el afiche en un extremo del TÍO SAM –creado por James Montgomery Flagg para la Primera Guerra Mundial– y la bandera de los Estados Unidos de América debajo, pero lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón para seguir con la faena. Ensilló su Mustang salvaje comprado en la Exposición Ganadera y Rodeo de Houston años atrás. Cabalgó unas millas y, de camino al río Yellowstone, halló veinte cabezas de ganado muertas, buscó la marca del herraje para cerciorarse de que no era el escudo de los Maxwell, más allá había restos de vísceras y huellas de lobos, mezclado todo ello en la balsa de agua sucia impregnando la tierra cubierta de porquería. Con el celular tomó fotografías del escenario, también lo hizo del abrevadero donde suelen beber los animales, pero al acercarse el fortísimo olor a podrido le echó para atrás. No cabía duda de que ahí estaba pasando algo bastante raro. Regresó al rancho y decidió contárselo más tarde al amo ya que se le oía discutir con alguien dentro del despacho. Una vez en la soledad de la cabaña, se puso un whisky, abrió la carta y recordó parte del pasado del que apenas hablaba. A muy temprana edad sirvió a la patria alistándose en el Ejército, además, lo hizo también por motivos de supervivencia escapando de las garras de un padre violento, borracho y maltratador que molía a la madre a palos hasta dejarla sin sentido. “¡No la pegues más, bestia!”, gritaba impotente, pero en el casi fantasma pueblo de Lusk, condado de Niobrara, en Wyoming, donde nació, nadie acudía a su súplica desesperada. Por eso, una mañana, con muy pocas pertenencias, desapareció y puso rumbo a Cheyenne donde se encontraba la Base de la Fuerza Aérea Francis E. Warren, allí prestó servicio. Sin embargo, en una misión invadieron un país oriental y al llegar a una aldea, aparentemente desierta, fueron choza por choza, fusil en mano, disparando contra todo aquello sospechoso de esconder al enemigo, hasta que, en una de ellas, asustados, alrededor de la falda de la madre, seis criaturas miraban con los ojos abiertos como platos a los hombres armados. Paul bajó la metralleta y, horrorizado, presenció la sangre fría de su superior truncando la vida de aquellos inocentes. Abandonó el Ejército y cuando volvía a su lugar de nacimiento se encontró con una caravana de hombres trasladando reses, se unió a ellos y aprendió el oficio hasta que fue capaz de manejarse solo. Con el segundo Whisky leyó atentamente la carta donde se le pedía reincorporarse como voluntario. Al parecer, el Departamento de Seguridad Nacional estaba reclutando gente para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Es decir, para expulsar de manera masiva a aquellos que entraron incluso de manera legal al país. La rompió en trozos muy diminutos y los echó por el retrete. En los establos, Charly, el caballo al que salvó, reclamaba sus cuidados.
          –Yo me ocupo de él –dijo apareciendo de pronto.
          –Le hemos administrado el antibiótico, pero lo escupe.
          –¿Qué pasa, amigo? –acarició al caballo y éste arrimó su hocico a Paul–. No te gusta el sabor, ¿eh? –sin dejar de hablarle le masajeo la lengua con la jeringa para que la moviese de un lado a otro y poder introducir la medicina bien dentro de la garganta.
          –¿Se va a morir, señor Carter? –preguntó el peón antes de salir de los establos.
          –Procuraremos que aún no sea, ¿vale campeón? –Charly salivaba agradecido tras haber recibido la recompensa de un dulce de manzana, avena y cebada al no rechazar el medicamento.
          Susan Maxwell descubrió que, entre otros muchos países, Estados Unidos era el segundo consumidor de carne por detrás de China y a la par que Australia y Argentina. Alarmada con el impacto ambiental que eso suponía, gastando grandes cantidades de agua para la producción o contribuir, por ejemplo, a la deforestación del suelo, destruyendo miles de hectáreas de bosque silvestre, despertaron en ella el inicio de una lucha sin precedentes en la región para disminuir el consumo de dicho alimento, reemplazándolo por pollo o pavo y proteínas vegetales como las legumbres, tarea nada fácil en cuanto a cambiar usos y costumbres, empezando por sí misma. Cuanto más leía al respecto, más consciencia tomaba del gravísimo problema ya que nunca imaginó que el ganado vacuno, así como las ovejas y las cabras, digieren los alimentos, conocido como fermentación entérica, emitiendo metano, gas de efecto invernadero más potente que el CO2, contribuyendo así al calentamiento global. Durante el transcurso de la investigación supo de alguna ONG que hacía campaña contra la ganadería intensiva, tiró de esa hebra y chocó con algo realmente serio: engordar compulsivamente al ganado con fines lucrativos. En la hemeroteca online de Los Ángeles Times, dio con un artículo donde Meredith Ellis, ganadera de Rosston, Texas, hablaba de algo tan sorprendente como “la ganadería regenerativa”. Leyó con mucha atención, tomó notas, arrancó la camioneta y se dirigió al rancho Maxwell. Por la U.S. Route 191 pasó por delante de Bible Baptist Church y vio a la gente entrar contenta a su sesión de aprendizaje de la Biblia, sintió envidia y pesar por no habérsele despertado también a ella esa pasión de búsqueda de respuestas a todo en esos textos divinos. El día estaba despejado y la carretera invitaba a disfrutar del paisaje, tomó el desvío de la derecha, cruzó las vías del ferrocarril con la angustia de siempre pasándolas a toda prisa por si la arrollaba el tren. Ya, en el otro lado, el panorama cambió a un terreno hostil y despoblado, marca inequívocamente norteamericana de las enormes distancias entre vecinos de las zonas rurales. Paul terminó de atender a Charly y revisaba unos sacos de pienso para perros, recién llegados, de una distribuidora desconocida y más económica cuando fue sorprendido por Susan.
          –No te esperaba, ¿has venido a ver a la familia? –preguntó el capataz.
          –No, a ti –respondió ella metiendo la mano en el forraje y llevándose un puñado a la nariz para olerlo.
          –Pues tú dirás –la temía, traía el gesto en su cara de crearle complicaciones,
          –¿Has estado alguna vez en Texas? –caminaba con las manos en los bolsillos y la mirada en el horizonte.
          –Sí, claro. Antes de venir aquí trabajé allí en una granja.
          –¿Conoces la pequeña comunidad de Tosston, en el condado de Cooke? –manejaba muy bien el arte del misterio con las palabras dejando al que escucha en suspense.
          –Ni idea, es un Estado muy grande, yo me moví por la parte de Río Rojo, hacia Arkansas.
          –Entiendo. Pues verás, he descubierto que ahí vive una mujer cuyas prácticas agrícolas son innovadoras.
          –Susan, ¿a dónde quieres llegar? No estoy para perder el tiempo con tus fantasías.
          –No te pongas bravo y escucha. Mantiene la teoría de que la tierra y el ganado han de ayudarse para abordar el cambio climático a través, como he dicho, de la ganadería regenerativa.
          –Explícate porque no lo entiendo –pidió intrigado.
          –Trasladando al ganado de un pasto a otro para restablecer el suelo y que vuelva a dar fruto.
          –No entiendo.
          –Yo creo que sí, es muy fácil, si castigas continuamente un mismo terreno acabará convertido en hierba enfermiza.
          –¿Sabes lo que estás diciendo? En nuestro caso, harían falta más hombres.
           –Claro que lo sé, eso, y reducir el número de crianza y, por consiguiente, el consumo de carne.
          –Tu padre lleva mucha razón, tienes demasiados pájaros en la cabeza.
          –¿Conoces la leyenda de los 30 millones de bisontes cuyas pisadas retumbaron en los estados de las Grandes Llanuras?
          –No, sorpréndeme –dijo al borde de la paciencia.
          –Estos rebaños destruían los pastizales comiéndose toda la vegetación y dañando lo que quedaba con sus pezuñas, después cubrían el destrozo con sus propias heces ricas en nitrógeno, de manera que pasado un tiempo prolongado el suelo volvía a estar en condiciones para recibirlos a ellos u otras manadas.
          –Como utopía es perfecta, pero la realidad es muy diferente, llevar a los animales a un entorno desconocido y desubicarlos afectaría, por ejemplo, a la calidad de la leche o a la bravura de los caballos.
          –La tal Ellis ha subdividido los pastizales temporalmente con líneas electrificadas confinando así al ganado en espacios todavía más pequeños.
          –Bueno, lo que me faltaba por oír, te has vuelto loca de remate, si ahora le digo a tu padre que he pensado hacer lo que dicen me despide sin contemplaciones.
          –Podemos pedir consejo a Ecosystem Services Market Consortium, organización sin fines de lucro que premia a los agricultores y ganaderos que se esfuercen en mejorar el medio ambiente. –Decepcionada por el nulo apoyo recibido por parte de Paul, decidió seguir esa línea de investigación, incluso no descartó viajar a Rosston y visitar a Meredith para comprobar in situ los resultados. Él se volvió de espaldas y contó los escalones que ella subiría hasta llegar al porche donde su madre la esperaba con una jarra de limonada. Y pensó que, como casi siempre, esa chiquilla tan revoltosa convertida en una gran mujer, madura, llevaría razón…



3.
Diane trabajaba desde hacía meses en un delicado reportaje sobre la creación de cultivos resistentes a las inclemencias meteorológicas que pretendía vender a la televisión pública, y para ello se trasladó por unas semanas a Washington donde se hallaba la sede central de la Corporación de Radiodifusión Pública de Estados Unidos, pendiendo ahora de un hilo tras el anuncio de cierre a consecuencia del recorte de financiación aprobado por el Congreso que dejará en el aire el futuro de cientos de emisoras en lugares tan remotos como Alaska y otros, también muy aislados, donde la única información que reciben sus habitantes llega a través, tan solo, de los viejos transistores en torno a los cuales los comensales se reúnen a la hora de la cena y escuchan las noticias locales. Ella conocía muy bien las dificultades del gremio ya que, como freelance, lo sufría a menudo. Los contrastes de las grandes ciudades con Big Timber pronto le trajeron a la memoria su vida anterior en Boston, por tanto, mientras durase su estancia en la capital recuperaría antiguas costumbres, por ejemplo, madrugar para salir a correr mucho antes del amanecer y de que los barrios tomen el pulso de lo cotidiano. A esa hora, cuando por la delgada línea del horizonte aún no ha despuntado el sol, recorrer la 401 9th Street, NW de la capital era todo un lujo, sin embargo, ahora la paz de esa calle se vio interrumpida por las unidades móviles de las cadenas de radio y televisión emplazadas hasta las puertas de la CPB en busca de la mejor exclusiva. Diane llevaba siempre consigo la acreditación de periodista, eso la permitió mezclarse entre ellos. Conversó con colegas de National Public Radio y de Public Broadcasting Servicie, y todos, más o menos, opinaron lo mismo: han declarado la guerra a los derechos y las libertades de los ciudadanos. Un grupo numeroso de personas vinieron a apoyar las protestas, pero rápidamente la policía local los dispersó. Una famosa entrevistadora, entrada en años, se acercó a los jóvenes reporteros a pedirles que no abandonasen la lucha, ya que esa era una de las profesiones más hermosas del mundo al servicio de los demás. Diane optó por apartarse. En Pennsylvania Ave NW, con el skyline de la Casa Blanca al fondo, compró un café americano en vaso grande, desechable, un perrito caliente con mucha mostaza y un donuts, estaba hambrienta, se sentó en un banco a comer y de paso llamó a casa.
          –Diles a las niñas que se pongan –dijo con la voz medio ronca.
          –¿Antes dime qué está pasando? –quiso saber Larry preocupado.
          –¿No has visto la noticia? –preguntó Diane.
          –No sé. ¿Cuál de ellas? –entonó distendido para suavizar la tensión.
         –Es una locura, van a despedir a cientos de empleados y en los rincones más inhóspitos del país la gente se quedará sin la única fuente de información.
        –Sí, he leído que cierran la Corporación. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Dónde colocarás el reportaje que tanto te ha costado hacer? –mostró mucha empatía.
          –No lo sé, cariño, de momento me voy a quedar unos días más, después ya veremos. Todo anda muy revuelto pero, si me voy ahora, perderé la mejor oportunidad de darle salida al reportaje, son muchos meses recopilando datos como para tirarlo por la borda. ¿Cómo siguen las cosas por allí?
          –Igual, con mucho trabajo. Susan está recogiendo para Ashley muestras de agua de varios sitios donde bebe el ganado, hemos encontrado más reses muertas y otras en muy mal estado, no obstante, según Paul, en el rancho no hay nada raro.
          –Por muy bien que se lleve con vosotros, nunca irá en contra del patrón. Ándate con cuidado.
          –Eso mismo te digo, no te metas en jaleos.
          –¿Has oído lo de la NASA? –preguntó al marido –. Los trabajadores protestan, a través de una carta, contra los recortes de Trump que reducen a la mitad el presupuesto de ciencia lo cual debilita la seguridad humana. El manifiesto lo firman también más de veinte premios Nobel, científicos relevantes y miembros de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, así como otras personalidades. Es decir, a partir de ahora, cuando pidamos una hamburguesa gigante de carne de buey, no sabremos si estará en buenas condiciones para el consumo humano.
          –No, estoy leyendo el informe de la autopsia que Ashley J. Burris me envió por e-mail respecto a la muerte del ternero y la vaca donde los Maxwell –respondió él con tono preocupado.
          –¿Alguna cosa destacable? –se involucró como siempre hacían entre ellos.
          –Eso es lo preocupante, que aparentemente no hay nada hasta que profundizas y sacas en conclusión que puede haber algo escondido.
          –¿Y ella qué opina?
          –Lo mismo.
          –¿Lo sabe Susan? –continuó interesándose.
          –Claro –respondió tajante.
          –¿Y…?
          –Tampoco se lo cree. Fíjate, cuando Paul dejó a la intemperie algunos trozos de carne por si los buitres se los llevaban o no, puesto que planeaban por encima, fue muy significativo, elevaron el vuelo y pasaron de largo, suponemos que percibieron el olor putrefacto impregnando el ambiente.
          –Presiento que quieres ir más allá y te temo.
          –Sí, pero lo haré cuando vuelvas –se mostró cariñoso–. Ya tengo el presupuesto de la avería del automóvil, es bastante porque han de cambiar varias piezas.
          –Estarás cuidando mi Toyota 4runner, ¿no? –dijo en broma.
          –Por supuesto –rieron con ganas.
          –En fin, pásame a las niñas.
          –¡Te echo de menos! –entonó melancólico.
          –Y yo a ti –las chicas le quitaron el teléfono al padre y se lo llevaron para hablar con la madre en intimidad. Larry subrayó con un círculo la nota que venía escrita a mano en uno de los márgenes: agua contaminada, metales pesados, filtración…
          Ashley Burris miraba, por los grandes ventanales de la habitación que ocupaba en la planta cuarenta y cinco del Hotel Riu Plaza Manhattan Times Square, a New York, la metrópoli que nunca duerme y pensaba en todas las veces que rechazó ofertas de trabajos muy tentadoras para trasladarse allí y abandonar Montana, lo que implicaría también dejar a su equipo, a su gente y la tranquilidad con la que investigaba sin presiones. Años atrás estuvo a punto de dar el salto a la ciudad de los rascacielos al mantener una relación con un químico afincado en Harlem, y al que conoció en un congreso internacional de ciencia y nuevas tecnologías, pero no se atrevió a hacerlo por temor a otro fracaso sentimental. Sobre la cama, cubriendo la sábana de seda color teja a juego con el almohadón algo más oscuro, tenía informes del simposio al que asistía sobre Genética Avanzada en Mamíferos, fundamental para entender la evolución que han alcanzado especies de larga duración. Abrió la computadora portátil y el documento donde escribía desde hacía meses el ensayo cuyo título era: ¿Llegarán los humanos a ser inmortales con la alteración del ADN? Interrogante que destapa el debate en el campo de la ciencia así como controversias éticas y filosóficas. Hay futuristas que mantienen la teoría de que reparando el daño celular podría alcanzarse la perpetuidad; otro, incluso todavía más fuera de la realidad, lanza la fecha de 2045, como el año en el que el hombre será inmortal y envejecer una enfermedad curable. Ashley sintió verdadero pánico de dichas predicciones aunque no les daba crédito, ya que el progreso lo entendía para mejorar el día a día en la vida de las personas, perfeccionando la investigación en terapias personalizadas que utilizan el sistema inmunológico del paciente combatiendo determinados cánceres. Un escalofrío recorrió su espalda y volvió a sentir un terror similar al de cuando era pequeña y se acercaban los lobos al límite del rancho. Antes de darse una ducha, perdió la mirada entre el tráfico y se dejó llevar por la imaginación hasta los alrededores del edificio Dakota, donde Mark David Chapman asesinó a John Lennon. Era pronto, y el acto no comenzaba hasta las 3:00 p.m., alargándose hasta la cena, así que, no se entretuvo demasiado y decidió ir a la Biblioteca Pública, de estilo arquitectónico Beaux-Arts, ubicada en Bryant Park en la 476 5th Ave, donde consultaría algunas publicaciones que le interesaban.
          –¿Dónde puedo encontrar estos títulos? –le enseñó los títulos a la persona que estaba libre en el mostrador.
          –Fondo derecha; en la zona de estudio está prohibido comer encima de los libros, beber haciendo ruido, hablar en voz alta y mascar chicle y tiene que silenciar el móvil –esa mujer es tonta, dijo para sí, dio media vuelta y se alejó por la galería.
          –¿Señora Burris? ¿Ashley Burris? –alguien pronunció su nombre por detrás.
          –Sí –se giró.
          –¿No me recuerda? –preguntó una simpática pelirroja con la cara llena de pecas, montones de carpetas bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja.
          –Lo siento, pero no.
          –Hice las prácticas en Animal Center Veterinary Hospital y el último examen fue con usted.
          –¿Aprobaste? –trataba de hacer memoria.
          –Sí, sobresaliente –vocalizó orgullosa.
          –Sois tantos los que pasáis por allí, además de la incorporación cada poco tiempo de nuevos compañeros que es casi imposible quedarse con la cara de todos. Lo lamento.
          –Comprendo, sin embargo, la hice caso y, gracias a sus consejos, me especialicé en Patológica Veterinaria, es una rama apasionante, fundamentalmente por mantener constante la investigación y precisar más diagnósticos y nuevas enfermedades.
          –El mundo avanza deprisa –hizo intención de alejarse, pero la otra lo impidió.
          –Pues sí, y si además lo haces de buen agrado y rodeada de un equipo también estupendo, ayuda una barbaridad.
          –¡Aguarda un momento! ¿Tú escribiste en la revista nuestra el artículo: “Prolapso del pene en reptiles que fue muy comentado?
          –Exacto, yo misma –extendió la mano para saludarla.
          –¡Vaya, vaya! La armaste buena, ¿eh? –rio con ganas–. ¿Qué haces aquí?
          –Trabajar sin descanso, eso me da la vida. Dirijo un departamento de Patología Molecular en búfalos, además de colaborar allá donde se me reclama. ¿Y usted?
          –Participo en unas conferencias basadas en Genética Avanzada en Mamíferos, ya sabes, eventos cargados de mucha teoría y muy poco compromiso. Has hecho muy bien en haberme abordado. Oye, ¿dónde podemos charlar tranquilamente y cambiar impresiones, si tienes tiempo?
          –Será un placer. Acompáñeme, mrs Burris.
          –Llámame Ashley, ¿cuál es el tuyo?
          –Madge Campbell. –Bajaron las escalinatas de la entrada, compraron un café y se sentaron en una de las mesas redondas en las que también había estudiantes tomando un sándwich frío. Rodeadas del verde de los árboles y la lona de las sombrillas el tráfico infernal quedaba amortiguado. Conversaron como dos viejas amigas que no se veían en años, y lo hicieron de la vida, de política, de los últimos descubrimientos científicos hasta aterrizar en el tema que a Ashley Burris le interesaba.
          –Échale un vistazo a esto y dame una opinión –sacó otra copia igual a la enviada a Larry Erickson.
          –¡Ahora! –exclamó sorprendida.
          –Claro, tan solo dispongo de algo más de hora y media y no dudo en que lo harás en menos. –Mientras Madge se concentraba, ella contempló las torres colindantes, el bullicio de la gente caminando apresura el olor a alcantarilla con chillido de ratas tan grandes como conejos. Su celular no paraba de recibir mensajes, pero le pareció descortés mirarlos. Poco antes de alcanzar los sesenta minutos, dijo: ¿Y bien?
          –Fíjese en estos valores, parecen iguales, pero varían justo al nacer el ternero. ¿Por qué la vaca muestra esa irregularidad? No lo sabemos, sin embargo, está bastante claro que, tanto en la placenta como en sus análisis, se hallan sustancias no identificables de insecticidas. Mándeme las muestras que conserves en laboratorio y lo averiguaremos. A veces la clave está más cerca de lo que suponemos: en una industria química que vierte residuos, en la lucha descontrolada contra plagas, en las aguas residuales o como bien apuntas en las notas anexas, en el pozo de la antigua mina de cobre a cielo abierto.
          –Estoy impresionada. ¿Tienes prisa?
          –No, nadie me espera –lo dijo con nostalgia.
          –¿Te gustaría asistir al simposio? –propuso.
          –Por supuesto, será un verdadero placer para mí. –Sin dejar de hablar caminaron por la Quinta Avenida hasta el Hotel Riu Plaza Manhattan Times Square donde Ashley se cambió de ropa y cogió sus apuntes. Finalizado el acto se fueron juntas.
          –Y bien, ¿qué te ha parecido? –preguntó mientras salían por una de las puertas laterales para pasar desapercibidas.
          –Una experiencia fantástica de aprendizaje, conocer otras formas de diagnosticar más directas y sofisticadas –respondió Madge. Las dos mujeres intercambiaros direcciones de correos electrónicos y números de teléfono emplazándose a seguir en contacto y, por supuesto, colaborar juntas en algunos estudios.    Ashley J. Burris concluyó su estancia en Nueva York, sin embargo, no regresó de inmediato a Montana, ya que la Facultad de Medicina Veterinaria, de Washington, la invitó para dar tres conferencias. Al finalizar cada una de ellas salía a despejarse caminando por el downtown de la ciudad. De repente, asustada por el despliegue de la Guardia Nacional por si se trataba de una amenaza de atentado, torció hacia calles aledañas donde se enteró que cumplían órdenes del presidente Trump quien tenía pensado expulsar a los homeless, bajo el plan titulado: “liberar la capital de personas sintecho y delincuentes”. Ashley Burris y Diane Erickson, no coincidieron en la gran metrópoli, la primera regresó a Helena de madrugada, el vuelo salió del Aeropuerto Nacional Ronald Reagan de Washington con veinticuatro horas de retraso, emocionada por todo lo vivido en Nueva York apenas había dormido, así que, en la sala de embarque dio una cabezadita; la segunda pensando en un próximo reportaje, permaneció unos días más visitando Anacostia y otras áreas donde la pobreza y tasa de no escolarización infantil ha aumentado sobre todo al este del río. Contrastes de casi todas las grandes urbes donde la brecha de la desigualdad se dispara.
          –Soy el comandante, abróchense los cinturones, despegamos –dijo por megafonía una voz ronca, la mayoría de los pasajeros cerraron los ojos con la tranquilidad de volver a casa.
          Susan Maxwell ha descubierto que Meredith Ellis ha dejado a Ecosystem Services Market Consortium, organización sin fines de lucro, que examine su granja y comprueben que, gracias a la técnica de ir cambiando los sitios donde pasta el ganado, se ha capturado anualmente unas 2.500 toneladas de dióxido de carbono atmosférico. También el profesor de agronomía Randy Jackson, en la Universidad de Wisconsin, campus de Madison, defiende iniciativas iguales o parecidas que moderen en la medida de lo posible la aceleración del cambio climático. Sin embargo, otros científicos como Rainer Roehe, en el Rural College de Escocia, ahondan en el terreno de la genética animal utilizando la cría para reducir las emisiones de metano en un 17% por generación hasta conseguir el 50% durante 10 años; también Ann Staiger, de la Universidad de Texas A&M. en Kingsville, versa su investigación en averiguar qué raza produce menos gases de efecto invernadero. Así que, con todo el material recopilado, puso rumbo al rancho con la esperanza de que el padre no estuviese allí y pasar un rato con Charly, ese viejo caballo aguantaba rayos y truenos.
          –Hola Paul –dijo sorprendiéndole de espaldas.
          –Hola. No te he oído llegar –dijo guardando rápidamente un papel en el bolsillo.
          –Pues es raro porque la camioneta tiene un ruido bastante fuerte –memorizó la marca de unos sacos de pienso para buscar después referencias en internet.
          –Si quieres luego le echo un vistazo, a veces es polvo que se adhiere en el tubo de escape, nada importante.
          –De acuerdo. ¿Cómo está Charly? –sacó el móvil y escribió en Google Sorghum company and other components S.A.
          –Hoy no ha querido salir de los establos –dijo Paul–, yo creo que le está llegando la hora. No obstante, se alegrará de verte.
          –¿Le vais a sacrificar? –preguntó entristecida.
          –Llegado el momento, sí, está sufriendo mucho –respondió tajante.
          –Entonces, mejor que Larry le inyecte algo, será menos doloroso.
          –¿Recuerdas?, por él estoy aquí –perdió la mirada hasta los límites de la propiedad–, quién me iba a decir a mí que después de salvarle la vida se la tendría que quitar.
          –Sí. En fin, parece que haya pasado un siglo –añadió ella nostálgica.
          –Apenas unos años, pero tú no has venido a recordar el pasado, ¿qué quieres? –la conocía muy bien.
          –Podías acompañarme, voy a llenar estos tubos y no conozco bien los lugares donde bebe y pasta el ganado.
          –Trae un mapa y marco algunos –respondió contrariado.
          –Preferiría disfrutar de tu compañía y contrastar opiniones.
          –Tu padre ha salido y yo no puedo dejar esto solo, no queda ningún vaquero, todos se fueron a la cantina, hoy ha sido día de cobro y ya sabes que la mitad de la paga se gasta en tragos con los compañeros –intuyó que el hombre mentía o no quería comprometerse, de momento, ya que tenían más en común de lo que él pensaba.
          Se dejó llevar por los pliegues de la imaginación y recordó las travesuras de la infancia y adolescencia, suyas y del hermano mayor escondiéndose en el granero a pasar de la borrachera, o la vez en que los gritos de la madre se oyeron por toda la hacienda al encontrar al muchacho tendido al pie de las escaleras ahogándose en su propio vómito. El sonido lejano del ferrocarril la trajo a la realidad, entonces miró hacia el cobertizo, aquella cabaña que guardaba el secreto de años atrás cuando uno de los jornaleros se quitó la vida y la familia lo mantuvo en secreto haciendo desaparecer el cuerpo una noche sin luna y sellando el lugar con un candado. Entornó bien los ojos para enfocar de frente y, a través de la ventana, palpitándole el corazón, vio varias sombras que se movían en su interior…


4.
El rancho Maxwell se preparaba para la inminente llegada de invitados que asistirán a la boda de la hija mediana comprometida con un alto cargo del ejército recién trasladado a Chicago. Entre los comensales estaban las mejores amigas y amigos de la pareja, primos y primas llegados de otros estados, el sheriff, los comisionados del condado, el médico, el veterinario, los ganaderos de la comarca, el Gobernador y algún empresario agrícola que fue con la intención de recabar nuevos clientes. Un ir y venir de gente contratada para dicho acontecimiento, invadía el hábitat de los animales, inquietándoles, reduciendo su espacio para poner mesas engalanadas con los mejores manteles y cuberterías, distribuir sillas, preparar el escenario donde la orquesta amenizará el evento y la molesta y continua llegada de camionetas cargadas de flores y regalos que ya no sabían dónde colocar, aunque quizá lo peor fue convivir, incluso de noche, con el despliegue de operarios contratados para la instalación del alumbrado alrededor de la casa, realizando infinitas pruebas hasta que la enredadera de bombillas, con forma de corazón, no dieran fallos, además de crear un pasillo nupcial bellísimo y luminoso, con lazos en las esquinas de los bancos. En paralelo a los músicos pusieron la barra y bien visible el recipiente de Moonshine, whisky de elaboración casera. La novia, según el padre, era un ser angelical, su preferida y, tal vez, la de carácter y sentimientos fríos, igual a los suyos. Educada para convertirse en fiel esposa y madre de familia numerosa, nunca les dio disgustos ni causó problemas como alguno de los otros hijos. Supo mantenerse al margen de los asuntos más controvertidos, seguramente por falta de empatía o porque el futuro marido, machista, dominante, neoconservador y supremacista la manejase emocionalmente. Siempre correcta en sociedad, interpretando el papel de recatada, mohína, en segundo plano, discreta y melosa, aunque por detrás las mataba callando, tanto fue así que sugirió que el hermano mayor se abstuviese de ir a la ceremonia dada su dependencia con el alcohol y la posibilidad de que metiese la pata dejándola en ridículo delante de los suegros. Susan, en solidaridad con el muchacho amenazó con no ir tampoco ella, pero terció la madre y todos se comportaron correctamente. El reverendo ofició el enlace y, a cambio, recibió un sobre abultado con billetes que, según manifestó, entregaría a los feligreses que vivían por debajo del umbral de la pobreza. Finalizado el acto religioso dio comienzo el banquete amenizado con música y el alboroto de las chicas y los chicos correteando entre los comensales, lo cual aprovechó Susan para pasar desapercibida y, con la ayuda de Larry, descubrir qué escondía su familia dentro del cobertizo.
          –Acompáñame –le pidió a Larry cuyo aburrimiento era notorio. Diane no le acompañó al evento porque apuraba los últimos días con las niñas antes de que se fueran a la universidad.
          –¿Adónde? –preguntó dejándose llevar.
          –Ahora lo verás –contestó toda misteriosa. Apartados de la zona donde el público disfrutaba de jugosas y grasientas hamburguesas de media libra de carne, se aproximaron por la parte trasera de la finca hasta el cobertizo.
          –¿No tienes llave del candado? –preguntó preocupado de verse involucrado en algo delictivo.
          –No, pero se me da muy bien abrir cerraduras con una horquilla, además están lo suficientemente borrachos como para fijarse en nosotros –respondió sarcástica y sonriente–. Vamos, entremos, cuidado con ese escalón, está roto.
          –Oye, aquí huele raro –comentó el veterinario–, como a restos de plaguicidas mezclado con aguarrás.
          –Pues sí, pero mi olfato no es tan preciso, aguarda un instante que alumbro con la linterna –justo lo dijo cuando el otro ya se había chocado con algo que fue a parar al suelo haciendo algo de ruido.
          –Joder, nos van a oír –Susan temió que los pillasen.
          –Lo siento –añadió torpemente
          –Tú mira por ese lado y yo por este –le dio guantes, ella se puso otros y ambos mascarillas, nunca se sabe lo que podrían encontrarse. El especio era amplio, no en vano, tiempo atrás, sirvió de granero.
          –¿Llevas algo afilado? –pidió el hombre sin apartar la vista del borde de la tapadera.
          –Claro, mi navaja multiusos –se la dio acercándose a mirar.
          –Cuidado con ese bidón, voy a coger un poco de la corteza adherida en el borde, a ver si puedo despegarla –dijo sacando del bolsillo una bolsa esterilizada de las que siempre llevaba encima.
          –Fíjate en esto Larry, la textura parece diferente al resto de la pastosidad. ¿Quieres que desprenda algo y nos lo llevamos también? –preguntó intrigada e inquieta porque temía descubrir que su familia estuviese implicada en algo ilegal.
          –Aguarda un momento, deja que eche un vistazo, puede ser tóxico. Espera –puso el dedo a la altura de la boca en señal de silencio, callaron palpitándoles el corazón. Afuera, pisadas acercándose deprisa, desmoronando la hierba con la suela de los zapatos, les instaron a apagar las linternas y mirar a través de la rendija abierta en la pared de madera. Un sudor frío empedró sus frentes hasta comprobar que era una pareja de enamorados buscando intimidad. Larry se ajustó la gafa redonda de culo de vaso y terminó de tomar muestras de aquello que le pareció mejor para enviar al laboratorio.
          –¡Uf, casi nos pillan! –exclamó Susan.
          –Vámonos ya, por favor –pidió él.
          –Vale, pero antes veamos qué hay ahí –enfocó unos sacos que parecían vacíos, sin embargo, destacaba uno de distinto color y algo más pequeño, lo movieron un poco y dieron un respingo hacia atrás para no ser atacados por una rata de enormes dimensiones que fue vista y no vista. Salieron palpándose las extremidades y comprobando que no faltaba ninguna.
          –¿Conoces a aquel tipo que habla con tu padre? –preguntó Larry mientras guardaba las muestras de la cabaña.
          –No, ¿quién es? –frunció el ceño haciendo memoria.
          –Alguien bastante peculiar que tiene un laboratorio clandestino donde utiliza sin control los PFAS (perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas).
          –Ahórrate los tecnicismos y dilo claro.
          –Son un grupo de sustancias químicas sintéticas que se utilizan en tejidos impermeables, productos electrónicos, cosméticos, así como ollas y sartenes, lo grave es que ahora se detecta en el suelo, en los océanos y en la cadena alimentaria. Dicen las malas lenguas que el ganado de los amigos de ese hombre –señaló al invitado que charlaba con la familia– están todos afectados y, en consecuencia, su leche, la grasa o el músculo, llegando a morir en algunos casos, de manera que, si nadie pone remedio, podría convertirse en una pandemia de infinita magnitud y, por consiguiente, un atentado contra la salud humana.
          –¡Andáis conspirando, eh! –Paul les cogió por sorpresa.
          –¡Qué guapo te has puesto! –alagó Susan.
          –Muchas gracias. ¿Os traigo algo de beber? –les ofreció.
          –Para mí no, en realidad me marcho ya, he de hacer un par de visitas antes de ir a casa y no quiero llegar tarde –explicó Larry–. Entonces, en tres semanas vamos a Butte, ¿no? –preguntó a Susan, ella asintió y se despidió de ellos.
          –¿Cómo se llama aquel hombre que está con papá? –quiso coger al capataz con la guardia baja.
          –Samuel W. Roberts, últimamente viene mucho por aquí, supongo que tendrá negocios con el amo, pero lo ignoro. Por cierto: ¿qué hacíais en el cobertizo?
          –Rescatar de la memoria recuerdos de la infancia, de repente me puse nostálgica. ¿Tú nunca entras?, hay un olor bastante peculiar.
          –Rara vez, a por alguna herramienta de las antiguas si se tercia, pero por lo general lo hace tu padre.
          –¿Te suena esto de algo? –anotó en el buscador del celular PFAS, nombre técnico dicho por Larry, y se lo enseñó.
          –Ni idea, no lo he oído jamás. ¿Has visto a Charly? Estoy preocupado por él.
          –Sí, si le he visto, y no cambies de tema, sabemos que algo está matando al ganado de buena parte de la comarca y me dolería mucho descubrir que los míos estén implicados, pero si así fuera, lo denunciaría igualmente –abandonaron la conversación, Paul se excusó y regresó a los establos. La madre de Susan la llamó para presentarle a unos empresarios muy importantes cuyo hijo mayor permanecía soltero, de manera que ahí había doble intención por parte de la señora Maxwell, lo hizo e interpretó el papel de hija obediente, sin embargo, en cuanto pudo, se escabulló, aunque…
          –No irás a rechazarme hoy también un sabroso filete de arce a la brasa, ¿verdad? –la abordó su progenitor con un plato lleno de comida, un beso en la frente y sin tiempo para reaccionar.
          –Sabes que ingiero muy poca carne roja.
          –¿Todavía andas a vueltas con esa tontería? –preguntó enfadado.
          –Deberías unirte al movimiento de la Granja a la mesa, Farm to table, con tu capacidad para sacar dólares hasta de las piedras te forrarías –dijo sarcástica. Localizó a los novios, se despidió de ellos deseándoles mucha suerte y giró sobre los talones, a punto de subirse en la camioneta, se armó mucho revuelo al producirse un tiroteo. Apareció Paul como de la nada y, obligándola a agacharse, se tumbó junto a ella.
          –¡Al suelo, al suelo! –gritó el sheriff mientras sus hombres perseguían a dos individuos que intentaban colarse y acceder al dueño del rancho, pero otro de los agentes, con un rifle AR-15, semiautomático, vació el cartucho y ambos cayeron desangrándose. Entonces, con un hilo de voz, confesaron que eran dos humildes campesinos buscando trabajo. Pasado el episodio, limpiada la sangre y retirados los cadáveres, la fiesta continuó. El señor Maxwell, al que no se le escapaba una, preguntó a Paul qué hacían su hija y el veterinario en el cobertizo, el capataz dijo ignorarlo.
          Todavía en shock, Susan estuvo tentada de abrir el debate de la venta y uso de armas con absoluta libertad, pero prefirió salir de allí cuanto antes a su zona de confort. Llegó cansada y con mucho sueño, el trayecto de veinte millas hasta el centro de Big Timber, lo hizo acompañada de la voz de Loretta Lynn, hacía una temperatura suave, así que bajó la ventanilla y apoyó el codo en el borde del cristal. En el hall The Grand Hotel, el recepcionista pedía oraciones por el alma del influencer ultraconservador Charlie Kirk, asesinado de un tiro en el cuello, en el campus de la universidad de Utah Valley. Susan subió a la habitación, puso la televisión y, en ese momento, ante cientos de micrófonos, hablaba el gobernador de Utah, Spencer Cox, quien aseguró que todo el peso de la ley recaería sobre el culpable, trasladando también a la opinión pública las palabras del presidente Trump pidiendo la pena de muerte para el asesino. Navegó un poco por las redes para saber más de la víctima, aunque lo que descubrió… Creó Turning Point USA, organización juvenil de extrema derecha cuya cantera sale directamente de universidades e institutos, apoyó a Trump; fue crítico con los derechos de gays y trans, con la separación de Iglesia y Estado, respaldó la Teoría del Gran Reemplazo, que consiste en afirmar que los migrantes de color desplazarán a los estadounidenses blancos, defensor a ultranza la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aunque esa vez la adquisición y el uso individual de armas le haya costado la vida. Bajó el volumen y se metió en la cama, el día había sido agotador. De fondo, manifestaciones improvisadas en todo el país protestaban contra las políticas migratorias del Presidente, otros en apoyo a Kirk y lo que representó para la ciudadanía que le seguía, al tiempo que, en la región del Cinturón de la Biblia y pequeños pueblos de tinte conservador, gritaban: ¡Dios salve a América!
          En las muestras de agua recogidas por Susan de los abrevaderos y analizadas en el laboratorio del Animal Center Veterinary Hospital, hallaron restos de metales pesados muy tóxicos, identificados como arsénico y cadmio que, al encontrarse en el ambiente, lo contaminan prácticamente todo. Sin embargo, para Larry Erickson, aunque podría ser una de las causas, a su juicio no era la única consecuencia de las muertes del ganado y tampoco del nacimiento de reses con malformaciones congénitas, sobre todo desde que resonaba en su cabeza el nombre de Samuel W. Roberts, pendiente de indagar algo más sobre él. No obstante, recordó haber escuchado el rumor de que en el garaje de su casa tenía montado un equipo clandestino para realizar experimentos, pero tan solo eran habladurías entre colegas, tal vez sin mucha credibilidad. Terminadas las visitas a ranchos y granjas, con la preocupación añadida de haber encontrado varias cabezas de ganado muy enfermas y moribundas en tierra de nadie, quería disfrutar de la cena familiar y comentar los chismorreos de la boda, quiénes asistieron y cómo iban vestidas y vestidos, anécdotas o enfados habituales en los Maxwell, rivalidades entre las candidatas a ser próximas casaderas, pero una videollamada parpadeaba en el celular. Entró hasta la cocina e hizo un gesto de perdón por llegar tarde y tener que retrasarse todavía un poco más, prometiendo recompensarlas.
          –¿Qué tal compañera? ¿Ya estás en Helena? –preguntó ampliando la sonrisa y aflojándose el nudo de la corbata.
          –Sí, ha sido un viaje muy enriquecedor, he aprendido muchas cosas y conocido a gente muy interesante, además, la Facultad de Medicina Veterinaria, de Washington, me invitó para dar tres conferencias, he disfrutado muchísimo.
          –¡Cuánto me alegro! En la misma fecha que tú también estuvo allí Diane.
          –Habría sido fantástico encontrarnos en la capital y habernos tomado… Ahora no lo recuerdo, ¿cómo se llama la bebida refrescante hecha ginebra o bourbon, con jugo de lima fresca y agua con gas?
          –¿Rickey? –dijo rápidamente.
          –Exacto. ¿Cómo está ella?
          –Bueno, ahí va, luchando para que le compren su reportaje versado en “Creación de cultivos resistentes a las inclemencias meteorológicas”, pero ya sabes que ser freelance y crítica no converge. En fin, espero que tenga más suerte porque es realmente buena.
          –Sí que lo es, a lo mejor le encargo unos artículos, pero aún no digas nada.
          –No, no lo haré. Estará encantada.
          –¿Has leído el correo que te envié? –preguntó la forense mientras movía papeles de su mesa, preocupada como de haber perdido algo muy importante.
          –Todavía no, pensaba hacerlo después. Pero, dime, ¿algo destacable? –quería terminar cuanto antes y unirse a las risas de las chicas que llegaban desde la cocina.
          –He puesto un resumen del análisis del agua, puedes mirarlo más tarde, es un poco complejo y si cabe descorazonador.
          –Ya lo tengo delante. ¿Crees que la clave está en el hallazgo del arsénico y cadmio? –preguntó Larry–. Es decir, ¿se muere nuestro ganado a consecuencia de eso?
          –Podría ser una de las razones, pero no la única –respondió ella sin mirar a la pantalla.
          –No me encaja, debe de haber algo más letal –afirmó categórico.
          –Y lo hay –confirmó Ashley.
          –Venga, suéltalo –el veterinario empezaba a ponerse nervioso.
          –En los tejidos del parto que asististe, en el rumen de la vaca, primer compartimento del estómago animal había nitratos y nitritos –soltó con los ojos entornados.
          –¿A dónde quieres llegar? –intuía que se avecinaba una tormenta sin precedentes, no obstante, prefirió que ella lo confirmase.
          –Pues que los pastos están contaminados.
          –Explícate, por favor –por un momento se le vino a la imaginación la cara de Paul y las fundamentadas sospechas de Susan.
          –Lo diré a las claras, por un uso excesivo de fertilizantes nitrogenados, filtrados por el suelo y emponzoñando así las aguas –dijo Ashley–, pero también, y es quizá lo más preocupante, hemos encontrado pesticidas, en eso no podemos descartar la mano intencionada del hombre.
          –¿Sabes cuál? –de repente, Larry empezó a encajar algunas piezas.
          –No, no he tenido tiempo, además, quiero cotejar los datos con la computadora central, a ver qué encuentro.
          –Tú conocías a una investigadora del FBI, ¿verdad? –el veterinario se puso misterioso.
          –Sí, ¿por?
          –A ver qué te puede decir referente a Samuel W. Roberts.
          –¿Quién es? –a la forense no le gustaba pedir favores, así como así.
          –No lo sé, por eso no me quiero precipitar.
          –Vale, hablaré con ella.
          –Hoy se ha casado una de las hijas de los Maxwell, fui a la boda y Susan me metió en una cabaña que al parecer llevaba cerrada años, había un bidón con un líquido espeso cuyo borde del recipiente presentaba una corteza sospechosa, mañana te enviaré por correo las muestras que hemos recogido.
          –De acuerdo, pero no prometo hacerlo rápido, estoy de trabajo hasta arriba.
          –No importa, quiero conocer tu opinión, estoy muy confuso, ahí juegan con fuego y se van a quemar…
          –Bueno, pues en cuanto tenga información, te cuento. Dale un beso a las niñas y a Diane de mi parte. Veniros un día a Helena y cenamos en casa.
          –De acuerdo. Buena noche.
          Bye. –Colgaron y con las mismas, Larry llamó por teléfono a Susan.
          –Creo que ha llegado el momento de darnos una vuelta por Butte y visitar la mina de cobre a cielo abierto. ¿Vienes?
          –¿Acaso lo dudas?
          Diane y las niñas trajinaban de un sitio a otro colocando platos y un pastel de espinacas con salsa de guisantes secos que Larry había preparado la noche anterior. Aunque los dos se consideraban afines al budismo, interesados fundamentalmente en la meditación, el desapego a las posesiones y una libertad interior que nunca dan las religiones, ni lo material, jamás influenciaron en las hijas, dejándolas elegir su propio camino y creencias. Un fuerte zumbido del viento, ensordecedor, dejó todo el condado a oscuras, entonces, el arranque de los generadores y la precariedad del sistema demostró lo vulnerable que es la primera potencia del mundo, cuando una simple chispa salta por los aires y deja a la Nación paralizada, desnuda de progreso, de tecnología, mano sobre mano, esperando a que el salvador, el enviado, el Mesías, el inquilino The White House, apriete el interruptor y todo vuelva a la casilla de salida…


5.
1936, 18 de agosto, Santa Mónica, California, Martha Hart, ama de casa, dio a luz a un precioso niño rubio, de ojos azules, tímido, mirada serena y caminar templado, convirtiéndose con los años en un magnífico actor de la gran pantalla que huyó siempre del circo montado alrededor de Hollywood. Defensor y promotor de nuevos talentos fundó junto a uno de sus hijos, el Festival de Cine de Sundance –nombre del personaje que interpretó en Dos hombres y un destino–, proporcionando un espacio a las producciones independientes norteamericanas e internacionales. Cabe destacar también el papel de activista comprometido con el medioambiente que mantuvo hasta el final de sus días y resto de causas consideradas, a su juicio, justas. Hoy, 89 años después, el mundo entero llora la muerte de Robert Redford, entre ellos, sus amigas y amigos, estrellas consagradas del celuloide que han destacado su extraordinaria calidad humana. Alguien expresó en algún lugar que murió discreto, en intimidad, igual que vivió, al margen de su trabajo. Corría el año 1975 y un muñeco con su cara ardió ahorcado tras oponerse a que hicieran una central eléctrica de carbón en el sur de Utah. Han sido varias las veces en las que ha defendido protestas en defensa de la naturaleza, como cuando dijo que “el petróleo debe quedar bajo la tierra, ya que estamos demasiado cerca de generar una contaminación en el planeta que supere el límite de lo sustentable”, en oposición a la construcción del oleoducto Keystone XL, que recorrería desde la cuenca sedimentaria del oeste de Canadá, en Alberta, hasta refinerías en Illinois y Texas, defendido por las mayorías republicanas en el Congreso a partir de 2015, obra que, finalmente, Joe Biden paró firmando una orden ejecutiva. Noticias de ese calado apenas llegaban a los pueblos pequeños del país, pero a Big Timber, mejor dicho, a los poquísimos vecinos demócratas y concienciados con las inclemencias provocadas por el hombre, sí llegó. En el comedor The Grand Hotel, Susan se sirvió huevos revueltos, frijoles rojos, puré de patata, salchichas, panecillos, jugo de naranja y café largo americano. Una mesa más allá la ocupaba otro huésped, empleado eventual en la gasolina, un motero asiduo a la ruta Going-to-the-Sun-Road, –Camino hacia el Sol–, esa bellísima carretera en las Montañas Rocosas del Oeste de Estados Unidos, en el Parque Nacional Glacier, en Montana, cuyo punto más alto está en el Paso Logan, a 6,646 pies. Sammy Britt era un espíritu libre, un explorador incansable que cuando reunía algo de dinero desempeñando cualquier tipo de trabajo, se lanzaba a recorrer sitios emblemáticos, característicos, observando la biodiversidad, los cambios bruscos de la tierra, la alteración de los colores, de las cosechas, de la salud de los ríos, del clima, de las lluvias torrenciales donde antes el terreno estuvo seco, de los monstruosos incendios desencadenando catástrofes en la naturaleza irrecuperable, huracanes, temperaturas extremas. En definitiva, una persona preocupada por todos los seres vivos y la conservación de los espacios habitables.
          –Hola –dijo mostrando su blanca sonrisa al pasar por delante de ella hacia el buffet para servirse más café.
          –¿Qué tal? Veo que te has equipado con el traje de cuero, ¿te vas? –preguntó Susan alzando la taza a modo de brindis y la vista de la prensa donde aparecía en portada una fotografía de la película “Todos los hombres del presidente”.
          –Salgo hacia Carolina del Sur, a la Semana de la Moto de Myrthe Beach –dijo entusiasmado–. Nos vamos quedando sin referentes –señaló a Robert Redford que aparecía junto a Dustin Hoftman, en la redacción The Washington Post.
          –Sí, además era alguien que daba visibilidad a aquello que, lamentablemente, se está destruyendo.
          –Estuve de viaje en el Parque Nacional de los Glaciares y me enteré de un dato desolador: a finales del siglo XXI habrán desaparecido todos.
          –Lamentable noticia, imagino que también aquellas especies que nacieron y se desarrollaron en dicho ecosistema.
          –Así es –dijo mientras comía con rapidez dos huevos fritos y varias lonchas de beicon.
          –Supongo que ya se notarán los cambios tanto en la fauna como en la flora, ¿no? –quiso saber Susan muy interesada.
          –Claro –respondió rápido–, por ejemplo, cada vez se ven menos mamíferos de la familia de los Pikas, dado que, a parte del deshielo, la invasión humana está acabando con la tundra, bellísima región sin árboles donde viven. La subida de la temperatura facilita que cierta flora invada espacios donde anteriormente había una espesa capa de hielo. Tan interesada como estás por el cambio climático, ¿por qué no vienes y compruebas tú misma el paisaje?
          –¡Ojalá pudiera! –exclamó–, pero en estos momentos un asunto de supervivencia me ata aquí.
          –A propósito de eso, en varias granjas se están muriendo todas las vacas, ¿corremos peligro?
          –No lo creo, quédate tranquilo –había que actuar ya, repitió para sí.
          –Hace años visité una ciudad fantasma, la leyenda cuenta que una marmota canadiense mordió a todos los animales y, estos a su vez, inocularon a los habitantes con un veneno mortal.
          –Bueno, es solo una leyenda. ¿Cuándo partes?
          –En el momento que termine esta taza de café.
          –¿Tendrías unos minutos? –preguntó mientras sacaba un mapa de la comarca.
          –Con mucho gusto. ¿Qué quieres?
          –Marca aquí las granjas donde has encontrado cadáveres.
          –Mira, la mayoría están a cincuenta millas a la redonda en dirección norte, yendo hacia el rancho de tu familia –Susan disimuló la preocupación.
          Días después de celebrar la boda, con toda la familia y Paul, el capataz, de viaje a la Feria Ganadera de Montana, celebrada en Great Falls, ciudad ubicada en el condado de Cascade, Susan volvió de noche al rancho Maxwell y, por supuesto también, al cobertizo. Los perros reconocieron su olor y fueron a lamer la mano donde llevaba algunas golosinas para ellos. Con el fin de despistarlos, entró al establo, los caballos descansaban en sus boxes, Charly, con infinito esfuerzo, se incorporó y asomó la cabeza por el suyo, ella pasó y se colocó a su lado, le besó y le ayudó a tumbarse sobre la cama de paja, cuya capa comprobó que estuviese intacta para absorber la orina. Permanecieron así largo rato, pareciéndoles eternos, conectando los corazones, dándose confianza y seguridad. Después, una vez a la intemperie de un cielo, casi sin estrellas, se dio cuenta de que apenas dos o tres luces encendidas en las cabañas de los jornaleros, era la única señal de actividad a esa hora, a parte del lejano aullido de los lobos, montaña abajo, buscando presas para hincarles el diente. Apagó la linterna y, como cuando era niña y jugaban a los exploradores buscando oro y atravesando con las alforjas cargadas el Cañón del Colorado, contó los pasos que separaban un alojamiento de otro. Utilizando el mismo método que uso acompañada de Larry, abrió el candado con una horquilla, la cerradura no estaba tan oxidada, empujó la puerta y prendió la linterna, olía a lejía, habían limpiado y desinfectado con esmero todas las superficies y, de haber tenido polvos como el grafito para detectar huellas, no habría hallado ni una.
          –Perdona la hora, Diane, pero necesito hablar con tu marido –dijo muy sofocada.
          –Te lo paso –y lo hizo de mal agrado porque tenía un sueño muy ligero y ya no podría conciliarlo.
          –¿Qué ocurre? –preguntó también molesto.
          –He vuelto al cobertizo y ahí no queda nada de lo que tú y yo vimos.
          –Esperemos que las muestras que cogí y envié a Ashley Burris nos aclaren algo.
          –Bueno, aún puedo hacer algo más.
          –No te metas en líos, vayamos paso por paso.
          –Sí, será mejor –mintió–. En fin, disculpadme, no tenía que haber llamado.
          –Hablamos mañana –cortó la comunicación. Larry encontró a Diane asomada a la ventana bebiendo un vaso de leche–. Siento que te haya despertado, cariño.
          –Qué va, ya llevaba un rato.
          –¿Preocupada por algo? –la rodeó con los brazos.
          –Me siento mal, como periodista tendría que cubrir el genocidio al pueblo palestino desde primera línea, y como activista, como ser humano, debería marcharme a Washington y manifestarme frente al Capitolio, pero hemos de llevar a las niñas a la universidad y como madre he de quedarme. –Larry, pensativo, tan solo la abrazó por detrás.
          –No siempre podemos estar donde queremos o nos gustaría.
          –Lo malo es que nos hemos acostumbrado a memorizar números y no muertos con nombre y apellidos, con un pasado, un presente, una biografía, más o menos, llena, aunque incompleta. Circulan imágenes de las calles alfombradas con cadáveres de niñas y niños, de adolescentes que jamás proyectarán el futuro soñado, de civiles inocentes sin perspectiva vagando por una patria en ruinas, gris, oprimida, destrozada. Como sociedad apenas hacemos nada, de momento notamos el pellizco en las entrañas, pero el dolor pasa rápidamente y volvemos a nuestras rutinas –expresó al borde de las lágrimas–. Todo terrible.
          –Tienes razón, estoy de acuerdo contigo –no sabía cómo consolarla.
          –Se celebra el segundo aniversario del 7 de octubre, cuando Hamás atentó contra Israel –dijo Diane.
          –Sí, pero todo viene de muy atrás, por ejemplo, en 1917 el gobierno británico, en la Declaración de Balfour, apoyó al pueblo judío para que se establecieran en la región Palestina –Larry quería seguir opinando, pero le faltaba preparación frente a ella.
          –Y las últimas declaraciones del presidente Trump perjudican e influyen mucho en personas sin criterio, ahora arremete contra la activista climática Greta Thunberg, tachándola de alborotadora al haber participado en la Flotilla Global Sumud, detenida por la Armada de Israel navegando rumbo a Gaza con ayuda humanitaria. A su llegada al aeropuerto de Atenas, comentó que el genocidio que se está cometiendo se retrasmite en tiempo real y que el sistema internacional ha traicionado a los palestinos. Diane, cuando las chicas no estén aquí, ve adonde tengas que ir, tu instinto ha funcionado siempre muy bien –ella se volvió y acomodó la cabeza sobre el hombro de él.
          –Quizá no me queden fuerzas –manifestó con la voz cortada.
          –Más de las que imaginas. –le sonrió.
          –¿Qué mundo les quedará a nuestras hijas? ¿Cuántas penurias habrán de vivir? ¿Cómo serán sus amaneceres? ¿Tendrán noche, comida, océanos? ¿Serán felices? –regresaron al dormitorio y se dejaron llevar por la pasión…
          Susan salió del cobertizo dejando el candado tal y como estaba. Los perros dormían esparcidos por el terreno. Caminó hasta la casa y estuvo tentada de huir de allí, sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de hallar algunas respuestas a las muchas dudas surgidas. Subió las escaleras de entrada muy despacio, avanzó a tientas y fue hasta el despacho de su padre donde prendió la lámpara pequeña. Memorizó dónde estaba cada cosa para dejarlo todo igual. Nerviosa, y con el oído muy atento por si despertaba a algún empleado, se sentó en la butaca del escritorio. Cogió la agenda y ojeó teléfonos, direcciones, citas acudidas y otras pendientes, nombres de productos, de proveedores, de clientes y, en una servilleta de bar encontró escrito lo siguiente: WSR.255, y otras anotaciones que no entendía, como cd 48, y As 33, 74,92 u., así que, hizo una foto con el celular para enviarle a Larry. Tenía una corazonada, pero necesitaba corroborarla. A punto de irse, estiró del tirador del cajón de la mesa, lo intentó una, dos, tres veces, imposible. Entonces, con la punta de un abrecartas, manipuló la cerradura hasta abrirse y, para sorpresa suya, estaba vacío. Palpó los costados por si hubiese una falsa madera, pero nada, lo cual todavía era mucho más raro, se miró la yema de los dedos, y tampoco recogieron motas de polvo. No obstante, al levantarse, tropezó con la papelera volcándola, aguardó unos minutos hasta ver que no despertó a nadie, la recogió del suelo y volvió a ponerla en su sitio, también estaba limpia, como si alguien esperase su visita. En el establo, Charly seguía durmiendo, su respiración era normal, aunque el vientre estaba hinchado.
          Ashley Burris se hallaba en el despacho del Animal Center Veterinary Hospital, redactando informes pendientes de concluir desde el regresó de Nueva York y Washington. Uno de los chicos del laboratorio trajo cafés para todos, la llevaron uno doble, a su gusto, sacó una bolsa con cierre también de plástico y, del interior, un donut bien azucarado, recordó que no había desayunado, ni echado de comer a los gatos callejeros que cada día aguardaban su llegada en el muelle del hospital. En esas estaba cuando recibió la visita de la agente del FBI, una mujer de anchas espaldas, pero con una sensibilidad exquisita. Se hicieron amigas después de que la forense sufriera amenazas del dueño de una mascota cuya autopsia destapó los maltratos y envenenamiento al que sometía al perro esquimal americano, una raza muy activa, amante de la nieve y del frío, aunque por sus problemas hereditarios de estructura ósea y articulaciones necesitaba atención especial. Tiene un perfil parecido al zorro au que de porte elegante. Asimismo, encontró que era un animal criptorquido. Es decir, que ninguno de los testículos descendió y por tanto no estaban en la bolsa escrotal. Entre las muchas características de su casta, requieren cepillado diario a la larga melena blanca, máxime en época que muda y secado exhaustivo después del baño para evitar complicaciones en la piel. Sin embargo, el pobre presentaba todo lo contrario. La muerte le sobrevino en la madrugada anterior al Día de Acción de Gracias, la forense estaba de guardia, le puso una inyección y dejó de sufrir, cuando apareció el dueño montó en cólera, la llamó asesina y pésima profesional al practicarle la autopsia sin su consentimiento. Sufrió amenazas, persecución e intimidación en su propio domicilio, le denunció en repetidas ocasiones, hasta que, una noche la esperó oculto en la oscuridad de donde salió para ponerla una navaja en el cuello, forcejearon, chilló y, para suerte suya, una patrulla de policía, que hacía la ronda, le detuvo. A partir de entonces, tras desarrollarse un desagradable proceso y una profunda investigación, cuyos frutos destaparon que el hombre era un matón a sueldo con numerosas acusaciones por delitos de sangre, robos con violencia y palizas a afroamericanos, le ponían siempre en libertad, sorprendentemente, hasta esa vez que, juntando la violación a una menor, se pudriría en la cárcel. Y, así fue como, al cabo de muchos meses, surgió la sincera amistad entre Ashley Burris y Bridget Witte.
          –Siéntate, por favor. He de pedirte algo extraoficial, si te ves muy comprometida me lo dices y no pasa nada.
          –Primero dime de qué se trata, ¿no? –hizo intento de encender un cigarrillo para se contuvo.
          –Necesito saber quién es Samuel W. Robert. Aparentemente corre el rumor de que en el garaje de su casa tiene un equipo clandestino con el que realiza experimentos.
          –Bueno, pero eso no es suficiente para investigarle, dame algo más contundente para indagar en la base de datos oficial.
          –Un amigo veterinario y la hija de un ranchero creen que está detrás de las muertes del ganado vacuno de la zona o al menos implicado.
          –¿Y tú qué opinas? –quiso saber la agente federal.
          –Yo solo me fundamento en datos, mientras estos no sean visibles, me mantengo en silencio, ya lo sabes.
          –¿Y respecto a las muertes tampoco dices nada? –miró la hora.
          –¿Tienes prisa? –preguntó Ashley violenta por Bridget.
          –No, pensaba invitarte a almorzar, ¿qué me dices?
          –Pues que sí –para no llamar la atención se fueron en el automóvil de la veterinaria.
          –¿Has estado en Benny’s Bistro? –preguntó mientras barajaba mentalmente otros sitios.
          –¡Qué va!, de casa al trabajo y viceversa, no me dan de sí los días.
          –Es un pequeño restaurante en el centro de Helena, muy sencillo y sano puesto que todos los productos vienen directos de la granja a la mesa –contaba Bridge–. Las verduras están recién cortadas de la huerta, muy frescas y, tanto las aves como la carne roja, son de alta calidad. A mí me gustan mucho las alas de pollo a la brasa sobre rodajas de calabacín, zanahoria, trozos de pimiento verde, todo a la parrilla, y tira de beicon, te lo recomiendo.
          –Se me hace ya la boca agua –hacía tanto que no se daba un homenaje almorzando que sintió un hambre feroz. La gran avenida E 6th Ave, donde se ubicaba el local, era una recta sin tráfico en ese momento, y el trayecto de apenas 7 minutos, desde el hospital, por N Last Chance Gulch, una arteria despejada con gente dentro de las oficinas tomando un brunch ligero o en los parques de alrededor comiendo el sándwich hecho con las sobras de la cena. Según abandonaban la cercanía del Animal Center Veterinary Hospital, los espacios abiertos se iban estrechando poco a poco. A la altura del Casino la circulación se intensificó, las aceras estaban vacías de peatones, al contrario que en la puerta del edificio que albergaba Wells Fargo, el segundo mayor banco en depósitos, tarjetas de crédito y servicios hipotecarios, de donde salía un grupo numerosísimo de coreanos. Llegando al destino, estacionó el auto junto a otras camionetas.
          –¿Cerveza? –preguntó la agente.
          –Sí, por favor –respondió.
          –Y, ahora, mientras nos sirven, habla –Ashley dejó la mochila colgada en el respaldo de la silla y sacó el celular porque estaba obligada a estar siempre localizable.
          –Como dije, mi colega y la chica recogieron muestras que yo analicé, encontrando restos de cadmio y de arsénico, pero lo que más preocupada me tiene es que en el tejido de placenta de una vaca descubrí sustancias de insecticidas no identificables, pese a haberlo contrastado con toda la documentación a mi alcance.
          –Y por eso sueltas el nombre de Samuel W. Robert, ¿verdad? –Ashley asintió.
          –A lo mejor nada tiene que ver en el asunto, pero es significativo que con los rancheros y granjeros que mantiene contacto, las reses muertas vayan en aumento, ¿no crees?, aunque también es cierto que ganado muerto en extrañas circunstancias empieza a haber en toda la comarca –reflexionaba muy pensativa.
          –¿Y no puede deberse a una casualidad y solo que el tipo está allí de manera ocasional? –como profesional no podía dar hipótesis por hechos. Disfrutaron de una sobremesa distendida–. Veré qué puedo hacer. –Desde el ventanal se divisaba la montaña preparándose para recibir su manto de nieve, y a un bebé, empujado en el cochecito por el papá, chupándose el dedo gordo del pie. Transcurrieron más de dos horas de conversación hasta que el sonido del teléfono las interrumpió. Solicitaban la presencia del agente del FBI Bridge Witte, se había producido un tiroteo en un bar de Augusta, una pequeña población, en el condado de Lewis and Clark, con varios muertos y heridos…


6.
Eric recogió del taller el Dodge Ram con el que accede con mayor comodidad a los lugares más inhóspitos donde se hallan las granjas y los ranchos que soliciten de sus servicios médicos. A veces los trayectos, montaña arriba, se alargaban durante horas por caminos de tierra y piedra, muy complicados, arriesgados e imposibles de atravesar con un automóvil cualquiera. Así que, y no por lo complejo del viaje, sino para realizarlo más cómodos, hasta tener lista la camioneta, pospuso la visita a Berkeley Pit, la antigua mina de cobre a cielo abierto, ubicada en Butte, condado de Silver Bow. La ciudad fue fundada en 1864 como campamento minero convirtiéndose a finales del siglo XIX y principios del XX, en una de las poblaciones industriales más importantes de Montana, cuyo censo se constituyó mayoritariamente por inmigrantes irlandeses. Pero parte de dicho esplendor se apagó en el momento en que el impacto medioambiental creció en toda la comarca y los grupos activistas comenzaron a moverse. En 1982 cerraron la mina y, como consecuencia, también las tuberías subterráneas fuera del pozo, lo cual creó, sobre el mismo, un lago artificial peligrosísimo y emponzoñado. Dos años después de su cierre lo declararon sitio Superfund –programa y Ley Integral de Respuesta, Compensación y Responsabilidad Ambiental (CERCLA) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)–, quien autoriza la limpieza de todo lugar que contiene desechos altamente contaminantes. Algunas voces se levantaron para denunciar la toxicidad que salía por los grifos y, por ende, la detección de alimentos infectados, ganado enfermizo y, claro está, personas con la salud debilitada. Además de las sustancias nocivas, río abajo, del Upper Clark Fork. Era viernes, y tuvieron una de sus clásicas cenas con Susan Maxwell.
          –¿Quieres venir con nosotros a pasar unos días fuera de aquí? –preguntó Larry a Susan.
          –¿Adónde? –aunque seguramente aceptaría, quiso saber.
          –A Butte –soltó bajito.
          –¿Y qué se nos ha perdido ahí? –la intriga comenzaba a hacer mella en ella.
          –El Pozo Berkeley Pit –dijo mientras se servían unas suculentas truchas.
          –¡La antigua mina de cobre a cielo abierto! –exclamó sorprendida.
          –Exacto –comentó mirando a Diane que se mostraba ausente.
          –¿Pero si no me equivoco, no te preocupa solo eso? –le conocía muy bien.
          –Pues que hay un alto índice de terneros recién nacidos con onfaloblebitis.
          –Oye que no soy uno de tus colegas.
          –Es una inflamación de la vena umbilical que causa infecciones bacterianas, últimamente estoy viendo muchos casos y eso me inquieta bastante.
          –¿Cuya consecuencia es? –preguntó Susan.
          –Nefasta para los terneros que pueden desencadenar una sepsis que de no ser tratada a tiempo los llevaría a la muerte.
          –Imagino que todo cuanto hemos descubierto tiene relación, ¿verdad? –un mal presentimiento planeaba por encima de ella.
          –Es posible –Larry miró a Diane que iba sentada a su lado callada y ausente–. ¿Querida, estás bien?
          –Sí, no pasa nada –pero sí que pasaba, las hijas llevaban meses en la universidad y las echaba muchísimo de menos, contaba los días que faltaban para las vacaciones de invierno, por navidad, fecha en la que volverían a ser una familia al completo, aunque después el escenario iba a cambiar…
          –¿Te aburrimos con la conversación?, lo entiendo –apuntó Susan.
          –No, no es eso. Además, si he venido con vosotros, primero es para ayudaros y segundo porque me parece lícito darle visibilidad a las cosas raras que ocurren y a las causas injustas.
          –Casi lo olvido, Susan –interrumpió Larry–. ¿Recuerdas la servilleta de papel que encontraste en el despacho de tu padre con letras y números?
          –Sí, claro –respondió a la expectativa.
          –Pues Cd 48, As 33 y 74,92 u, corresponden a las cantidades de cadmio, arsénico y uranio correspondientes a algo que se nos escapa.
          ¿Se pueden mezclar? –realizó la pregunta temiéndose lo peor.
          –No, ya que por separado son muy tóxicas.  Ashley encontró también esas sustancias en las muestras de agua que recogiste en diferentes puntos. Sin embargo, no hemos podido identificar WSR 255, al no figurar en ninguna base de datos.
          –A ver, repítelo –pidió Diane a Larry rompiendo su silencio, este lo hizo–. Me suena mucho porque hace tiempo un compañero investigó a un tipo cuyas siglas coinciden con esas, pero suele invertirlas para no identificarle.
          –¡Ah, sí! ¿Y sabes quién es? –dijeron los otros a la vez.
          –Samuel W. Roberts –soltó a bocajarro–, alguien respaldado por padrinos muy poderosos, con un pasado oscuro y un presente al margen de la ley. En definitiva, un tipo nada recomendable para tenerle por amigo.
          –¡Vaya, vaya, con el invitado misterioso en la boda de mi hermana! No obstante, no cuadra la cantidad 255 ya que la suma de las anteriores no da ese total.
          –Si queréis puedo preguntarle a mi colega, espero que siga en libertad, la última vez que supe de él andaba escondido tras destapar la trama de corrupción en torno a un congresista.
          –Me harías un grandísimo favor –agradeció sonriente–. ¿Falta mucho para llegar? –le preguntó a él.
          –Según el navegador GPS menos de cincuenta millas, pero luego hay otras tantas hasta nuestro destino final –calculó Larry.
          –¿Imaginas qué podremos encontrar? –continuó la chica desde el asiento trasero.
          –¡Quién sabe!, aunque hemos de ser muy discretos.
          –Eché un vistazo en Internet y parece que la gente de allí habla poco, son austeros y no les gustan las preguntas referentes a los problemas que ha dado y aún da la mina –contó Diane participando plenamente de la charla–. ¿Sabíais que el 14 de noviembre de 1995 ocurrió allí una de las mayores tragedias sufridas por la fauna?
          –No, al menos por mi parte –contestó Susan.
          –A ver, ilústranos, querida –Larry frenó para meterse por un camino en peor estado.
          –Un hidrólogo de la Oficina de Minas y Geología de Montana vivió en directo un episodio inolvidable. Resulta que se desencadenaba una potente tormenta de invierno, se oscureció el cielo en los alrededores del pozo, 342 gansos bajaron temiendo una avalancha de nieve y se posaron sobre sus aguas, a la mañana siguiente encontró a todas las aves muertas porque habían bebido el ácido, lo cual las abrasó por dentro, agrandándoles el hígado y los riñones, así como deteriorando el esófago.
          –Supongo que puede volver a pasar –Susan miró los mensajes que le llegaban al celular, pero no abrió ni contestó ninguno, tenía también llamadas perdidas.
          –Efectivamente, en 2016 fueron muchas más aves. A partir de entonces instalaron sonidos para ahuyentarlas y que no volviese a repetirse. Es importante destacar que Berkeley Pit contempla una planta de tratamiento, desviando las sustancias nocivas, para no contaminar otras aguas subterráneas.
          –¡Madre mía, eres una enciclopedia! –Larry sentía mucha admiración por Diane.
          Aparcaron en la zona reservada para estacionamiento a cierta distancia del pequeño complejo formado por una caseta de información para el visitante, con escaleras y rampa accesible, el túnel que lleva hasta el mirador y otra cabaña donde venden todo tipo de souvenir, desde piedras de carbón en miniatura y otros minerales, hasta reproducciones exactas de algunas herramientas, por ejemplo, pico minero o martillo, piezas de coleccionista elaboradas con absoluto detalle. Bajaron de la camioneta y se unieron al grupo de turistas canadienses. La única forma de ver el pozo es sobre miradores, con tarifa previa, desde los cuales se visualiza el enorme lago de agua ácida formado al cesar la actividad. Diane se fijó en las caras contrariadas del personal encargado de evitar cualquier accidente que pudiese ocurrir, cuando el guía de la excursión explicaba que aquello era una amenaza para la vida silvestre, así como también, los altísimos niveles de metales pesados que fluyen de ahí, atentando directamente a la salud de los lugareños.
          –¿Significa que todos están enfermos? ¿Podemos contagiarnos nosotros permaneciendo aquí tan solo unos minutos? –preguntó una mujer.
          –No, por supuesto que no –respondió preocupado el coordinador del tour, no fuese a perder el empleo.
          –¿Está relacionada la ingesta de agua que contiene arsénico con el cáncer de vejiga? –introdujo Diane apoyada en la barandilla.
          –No nos consta –el vigilante estuvo a punto de echarlos a todos.
          –¡Eh, oiga! Ahí está prohibido hacer fotos –refiriéndose a una entrada sellada con cinta adhesiva.
          –Perdón, no lo sabía –respondió Susan haciéndose la inocente.
          –Se ven pocas aves aquí, ¿verdad? –preguntó Larry al anciano de la tienda.
          –Las disparamos para que no caigan al lago y se frían por dentro –contestó mostrando una sonrisa desdentada.
          Al margen de la historia que rodea a la mina de cobre a cielo abierto, Berkeley Pit, Butte es un pueblo tranquilo donde predominan los ladrillos rojos y marrones de los edificios oficiales y casas particulares. La elegante arquitectura del Federal Building and United States Courthouse, en el 400 N Main St, es decir, el Tribunal de Distrito, y de First National Bank, dan cuenta de la prosperidad que aconteció en los mejores años de la minería, por eso es muy habitual encontrar en el paisaje urbano los castilletes, esas estructuras de acero que soportan las poleas para la extracción. Los excursionistas, cargados de selfis y de recuerdos, siguieron con el itinerario trazado, mientras que ellos, los tres amigos de Big Timber, hicieron un alto en Venus Rissing Expresso House, estaban hambrientos y ese local se lo habían recomendado a Diane. El dueño era un tipo campechano y amable que sabía tratar muy bien a la clientela, su peculiaridad consistía en mantener la discreción y no soltar prenda cuando le acorralaban con preguntas molestas, igual a las que le sometieron Diane y Susan. “Yo no sé nada –solía contestar–. De eso hace muchos años”. Larry entró en el aseo y lleno un tubo de laboratorio con agua del grifo, sintió un pinchazo en el pecho y se puso debajo de la lengua la pastilla prescrita que ocultaba en silencio. Diane mantiene la teoría de que admirando piezas de arte y de colección a las personas se les suelta la lengua, por eso propuso visitar Piccadilly Transportation Memorabilia Museum, que está en el 20 W Broadway St, un lugar espectacular que reúne modelos únicos de automóviles de varios países y, en donde, efectivamente, ante la curiosidad de Susan, alguien comentó que, en W La Platte St, en una cabaña prefabricada con maderas viejas, vivía un hombre longevo que tiempo atrás denunció a la industria química que estaba envenenando el medioambiente de la comarca. Tras una revisión médica rutinaria, a su esposa le diagnosticaron cáncer de vejiga, relacionado, en ese caso, por el hallazgo de arsénico en el organismo. Medicaid no cubrió el tratamiento, así que ella murió y él se querelló contra la empresa, siguió batallando hasta que le abandonaron las fuerzas. Dio entrevistas a Medios locales, acudió al Gobernador, al Congresista, a los feligreses de la iglesia baptista, al sheriff del condado y de todos obtuvo la misma respuesta: “Dios lo quiso así”. Una mañana recibió la llamada de una organización sin fines de lucro quienes confirmaron más casos parecidos al de su mujer, ahora apenas le queda esperanza para que pongan remedio y eviten que vuelva a suceder.
          –Hola. Me llamo Larry Erickson, y ellas son Diane y Susan, venimos desde Big Timber –se presentaron ante el anciano.
          –Les invitaría a pasar a mi humilde hogar, pero solo tengo esta silla ya que el resto de los muebles los hice leña para calentarme –comentó sentándose ayudado de un palo que sostenía con la mano izquierda.
          –No se preocupe, de pie estamos bien. Hemos visitado Berkeley Pit. Soy veterinario en el condado de Sweet Grass, nuestro ganado muere en extrañas circunstancias, con llagas, heridas y malformaciones nunca antes vistas.
          –Morir no es extraño, es natural –interrumpió en modo filosófico.
          –¿Le importa que le hagamos unas preguntas? –intervino Diane.
          –Depende, aunque a estas alturas de la vida pocas cosas me importan ya –dijo chascando la lengua contra el paladar.
          –¿En su opinión hasta dónde alcanza la toxicidad del pozo? –prosiguió Diane. Susan observó que la hierba a poca distancia de ahí estaba marchita, así que, se alejó un poco para verlo de cerca.
          –Berkeley Pit es un agujero con millones de litros de agua contaminada a consecuencia del drenaje ácido de minas. Es decir, un pozo tóxico que ahora se ha descubierto es una extensión llamada: tierras raras, idóneas para extraer recursos aplicables a la tecnología. Al parecer, a través de determinados avances, se podrían obtener diversos minerales como cobalto, níquel, neodimio… Sin embargo, apenas se habla de las muchas enfermedades que los ciudadanos de aquí, y alrededores, hemos desarrollado desde que en 1982 cerraron la mina de cobre a cielo abierto.
          –¿Fue su esposa una víctima de ello? –quiso saber Larry, el hombre se quedó pensativo.
          –Estoy absolutamente convencido –con la mano temblorosa y una varilla larga, dibujó en la arena círculos enganchados uno a otro.
          –¿En qué punto está el proceso? ¿Hay más casos? –Susan preguntó.
          –Muchos más. Ya no hay proceso, ganó el Tío SAM. ¿Qué se dice de mí?
          –Digamos que usted se convirtió en personaje público a través de la lucha que emprendió, basta con repasar las hemerotecas y encontrar noticias suyas –expresó Diane.
          –Como dijimos, el ganado de nuestro pueblo muere y creemos que algo tiene que ver la mina de aquí –le tranquilizó Larry–, eso es todo. Oímos su historia y nos interesó conocerla de primera mano, nada más.
          –¿Los envían los de arriba, los poderosos? –hablaba en voz alta, como ausente.
          –Mi padre tiene un rancho y temo que anda metido en negocios sucios, sospecho que están envenenando el pienso y los pastos –intervino Susan.
          –Es muy grave eso que dice, joven.
          –¿Mantiene la teoría de que el tipo de cáncer como el que sufrió su esposa está relacionado con la contaminación? –Larry sacó una pequeña libreta y tomó notas.
          –El arsénico es uno de los agentes invasores. Sí, lo mantengo. Ahí, donde está su amiga, había un huerto que daba de comer los productos de temporada, hoy es un espacio alfombrado de hojas podridas y barrizal, las aguas tóxicas, subterráneas, se filtran envenenando la superficie. Hace meses una manada de lobos vinieron desde el Parque Nacional de Yellowstone, husmearon, removieron algo el terreno ya que antes lo habían hecho otros carnívoros inferiores, y regresaron enfermos a su hábitat donde fueron a morir. Este aire está maldito.
          –Dicen unos colegas periodistas –les cortó Diane– que se ha puesto de moda el pozo de la mina Berkeley Pit declarado “tierras raras” por tener un alto contenido de neodimio para fabricar imanes permanentes y praseodimio usado en motores de aviones, con el fin de no depender en ese sentido tanto de China.
          –Yo ya lo he perdido todo, no me queda nada, pero ustedes han de seguir indagando y denunciando, pónganse en contacto con organizaciones nacionales e internacionales, tengan en cuenta que no ocurre solamente aquí, es mundial, no practicamos un consumo responsable y eso está acabando con los recursos naturales. Aguarden, voy a darles algo –desapareció en el interior de la casa y trajo una carpeta viejísima–. Aquí está todo lo que recopilé desde que mi esposa enfermó hasta la actualidad, ustedes sabrán darle utilidad. –De regreso a Big Timber, con un montón de fotografías y frascos de laboratorio repletos con muestras, Susan repasaba los papeles del anciano en el asiento trasero, Diane navegaba por internet buscando datos, Larry conducía.
          El mundo de la ciencia, la biología, la etiología, así como todo aquel protector de los ecosistemas y la biodiversidad, lamentaban profundamente el fallecimiento de Jane Goodall, la mujer que supo entender a los primates introduciéndose en su hábitat, de ahí que realizase extraordinarios documentales para National Geographic. Destacó por tratar a los chimpancés como miembros individuales con nombre dentro de la compleja sociedad, estudiando las emociones, personalidades, sentimientos y descubriendo que poseen una cierta habilidad para fabricar herramientas que les ayuden en el día a día. Nació en Londres y se crio en la postguerra. Su afán por la investigación surgió siendo muy pequeña, cuando de vacaciones con su madre en Bournemouth, pasó cuatro horas esperando hasta saber cómo salía el huevo de la gallina. Al cabo del tiempo observó al ave levantar un poco las alas a la vez que caía sobre la paja el huevo. En las últimas décadas se mostró tremendamente pesimista y vaticinó que, de no poner freno a los combustibles fósiles y a la agricultura intensiva, nuestro planeta está condenado. Estos son nueve consejos vitales que ella recomienda: trabaja duro, busca el terreno común para entenderte con los demás, tener empatía, apoya a los hijos, no sentir miedo por cambiar de idea, convencerse de que todos podemos tener un impacto en el planeta con nuestras acciones, ser fiel a uno mismo, todo sucede por una razón y si te sientes impotente, haz algo. Larry recibió la noticia de mano de uno de sus profesores con quien mantenía contacto a pesar de llevar años sin verse, un buen hombre comprometido con la vida. Durante el último curso de universidad trabajaron estrechamente y al finalizar algunos alumnos realizaron un viaje al Parque Nacional Gombe Stream, en Tanzania, donde la conocieron personalmente. Aquello supuso una experiencia fantástica para el joven veterinario cuyo destino le colocó en el pequeño pueblo de Big Timber, en Montana.


7.
A los estadounidenses las noticias de que el Departamento de Seguridad Nacional inicia la Operación River Wall para controlar cualquier acción delictiva en la frontera sur del país, les llegaba con cuentagotas, pero en realidad se trataba de un alargamiento del muro para impedir la entrada de migrantes a los que, generalizando, se les califica como narcotraficantes. A lo largo de las 140,389 millas náuticas que separan Texas de México, Río Grande parece el escenario de cualquier película bélica con lanchas, guardias armados portando chalecos antibalas y visores nocturnos, un intento más de la Administración Trump de esparcir la metástasis de un poder peligroso para el mundo. Sin embargo, no solo queda ahí el mal, sino que amenaza con sanciones y tarifas desorbitadas a todos aquellos que traten de entrar al país sin autorización, aunque sea por razones humanitarias. Quizá el día del juicio final su dios le juzgue por todo el mal que ha esparcido dentro y fuera del país, dándole su merecido, suponiendo que ese ser exista de verdad.
          Hacía mucho tiempo que Ashley Burris no se arreglaba para salir a cenar a un lugar elegante, pero esa vez la ocasión lo merecía. Madge Campbell, la alumna que encontró en Nueva York, directora del Departamento de Patología Molecular en búfalos, disfrutaba de cinco días de vacaciones y fue a visitarla a Helena, así que eligió un espacio público, aunque discreto. Supo que iba a contarle los descubrimientos respecto a los análisis de las muestras de la vaca y el ternero del rancho Maxwell. Ashley la recogió en Barrister Suites, una antigua mansión victoriana convertida en hotel, y se dirigió a On Broadway, un bonito restaurante cuyo paisaje, al fondo, son las bellas montañas. Ocuparon una mesa redonda, discreta, junto al gran ventanal. El hecho de no haber tenido un recorrido de amistad interponía entre ellas muchos momentos de silencio que llenaban llevándose la copa de vino a los labios, mojándolos con timidez y sonriendo por nada, propio de toda situación violenta que despierta nerviosismo.
          –Cualquiera de los platos son exquisitos –dijo Ashley.
          –Pediré Dip de alcachofas –que consistía en espinacas frescas, corazones de alcachofas, cebolla morada y pimiento rojo en mayonesa de ajo cubierta con parmesano y asada al horno–, tiene una pinta espectacular.
          –Pues yo Pasteles de langosta y cangrejo criollos –cangrejo real de Alaska y langostino, pimiento rojo cortado en cubitos, apio, papa y especias cajún. Servido con fumé de cangrejo. De postre les recomendaron tarta de queso con remolino de ron de arándanos.
          –Estar aquí te traerá muchos recuerdos, ¿no? –la forense rompió el hielo definitivamente–, aunque ya estás muy afincada allí.
          –Claro, además apenas ha cambiado nada, pasé en taxi por delante del Animal Center Veterinary Hospital y me dio nostalgia –perdió la mirada, daba la impresión de estar atrapada en un laberinto.
          –¿Por qué no entraste a verme? Te habría enseñado el nuevo laboratorio y al equipo que me acompaña, son muy buenos.
          –Necesitaba descansar. Estoy pasando una mala racha en lo personal y quiero regresar con la cabeza despejada, a ver si soy capaz de aclarar las ideas –daba pequeños sorbos a la copa de vino.
          –Si te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo –Ashley era sincera.
          –Gracias. Solo preciso un poco de tiempo, nada más –dijo Madge.
          –A veces decir en voz alta las preocupaciones compartiéndolas con alguien ajeno al problema suele ser bastante beneficioso, te lo digo por propia experiencia. Una vez recibí muchas amenazas del dueño de una mascota, darle visibilidad a aquello que me atormentaba y hacerlo con los compañeros dentro de un ambiente donde me sentía segura, sirvió para que me tranquilizara,
          –Salgo de una relación amorosa de varios años y duele, duele mucho –estaba al borde de las lágrimas.
          –Me hago cargo, todas las rupturas son traumáticas, pero se superan, créeme, se superan –recordaba lo desagradable que fue su divorcio, como la mayoría de ellos, claro.
          –Rompí con la familia porque no aceptaron que me hubiese enamorado de una mujer –al confesarlo le tembló el labio inferior.
          –Eso hay que normalizarlo, muchos de los alumnos que tenemos son del movimiento LGTBI, al principio cuesta tratarlo con naturalidad, no se está acostumbrado pero, en cuanto profundizas en las personas, descubres que no hay motivo de qué asustarse y te enfrentas con aquellos que levantan bulos, como que esto es una enfermedad, o más macabro aún, una maldición de Dios.
          –Mi familia es creyente, por tanto, me expulsaron de la comunidad e imagino que apenas se acordarán de mí, no importa, fui fiel a los sentimientos y no me dejé manipular.
          –No obstante, siempre que quieras sabes que aquí tienes una amiga para desahogarte.
          –Gracias, lo tendré en cuenta. Veo que ambas evitamos la carne –observó Madge cambiando de tema.
          –A consecuencia de las jornadas de trabajo que llevo tan disparatadas, lo confieso, soy un desastre y nada disciplinada respecto a la alimentación –Ashley se sonrojó–. Me mantengo a base de bocadillos fríos, hamburguesas y sopas preparadas, pero también me gustan las cosas ricas, así que cuando salgo lo disfruto.
          –Mi pareja era vegetariana y me acostumbré a llevar una dieta saludable, aunque también me empujó a ello ser responsable con el Planeta. Realmente no somos conscientes del impacto medioambiental que supone la cría de ganado vacuno por la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, el consumo de agua, el uso de la tierra, la deforestación que conlleva crear pastos y cultivos para piensos, y un largo etcétera muy arduo de explicar.
          –Es cierto, un técnico de laboratorio que trabaja con nosotros habla de las cualidades de la bebida de soja, de la importancia nutricional de las legumbres. Siempre trae alguna bien guisada del día anterior, es un verdadero artesano aprovechando restos de la cena. ¿Más vino?
          –Bueno, pero poco –se produjo otro momento de silencio–. Te preguntarás a qué he venido, ¿verdad?
          –¿A compartir un rato de conversación distendido con una vieja conocida? –expresó sonriente.
          –¡Por supuesto! Y también porque ya tengo una conclusión respecto a las muestras que me enviaste –Madge adoptó un gesto serio–, y creo que no te va a gustar nada.
          –A ver –Ashley intuyó malas noticias para su amigo Larry.
          –El pienso ingerido por la vaca estaba envenenado.
          –¿Con glifosato? –preguntó alarmada–. Recuerda que en 2019 un jurado de San Francisco determinó que este agente era el causante de la aparición de un cáncer en un hombre de 70 años.
          –No sé, es posible que sea el mismo, pero adulterado, no figura en ninguna de nuestras bases de datos, aparece como desconocido, pero el veneno era muy potente. La teoría a la que llegamos uno de mis colaboradores y yo, es que el herbicida se encontraba en el pienso que ingirió la vaca y traspasó al ternero durante el embarazo, por lo visto hace dos o tres años hubo un escándalo parecido en Kansas, de repente morían los terneros recién nacidos y, por consiguiente, las vacas a continuación. Pruebas de laboratorio descubrieron sustancias químicas sintéticas, PFAS, y a alguien muy escurridizo detrás de dicha trama.
          –Una amiga del FBI ha investigado a un tipo llamado Samuel W. Roberts, por lo visto en el garaje de su casa tiene montado un laboratorio clandestino, maneja todo tipo de productos químicos que después proporciona a clientes para matar hongos y plagas en sus fincas. A veces actúa con nombre falso para registrar algún pesticida escapándose así del control sanitario y más ahora con la Administración Trump donde todo vale. Por lo visto, hace años, estuvo en prisión por traficar con fentanilo entre adolescentes vulnerables, y también se le relacionó con un escándalo de caballos de competición dopados para perder en carreras amañadas. Como digo: todo un personaje que no me gustaría tener de enemigo. La hija del ranchero, dueño de la vaca y el ternero de las muestras que te pasé a examinar, le vio hablando con el padre y, si se puede demostrar la implicación o participación de ese hombre, habremos dado un paso de gigantes.
          –¿Crees que hay una mafia detrás? –preguntó Madge.
          –Más bien un negocio que mueve muchísimo dinero alrededor y a través del cual está lucrándose quién sea, seguramente unos cuantos –Ashley sacó del bolso el celular y buscó la noticia publicada en un periódico local de Texas sobre el análisis clínico realizado a unas tierras de pasto. El titular era espantoso: una veintena de personas hospitalizadas, sin relación entre sí, entraron en coma muriendo al poco y, al realizarles la autopsia descubrieron que el causante era la ingesta de hortalizas; semanas antes, en Iowa, sacrificaron a más de cien cabezas de ganado con síntomas de colapso, temblores musculares severos, salivación excesiva… Es decir, ambos casos apuntaban a un posible envenenamiento.
          –¿Qué quieres decir? –Madge dejó el cubierto sobre el plato. Clientes habituales, acodados en la barra, sin levantar la vista de la comida, introvertidos, con sus camisas de leñadores, y barro en los tejanos, asomando por detrás de la gorra pequeños manojos de cabellos blancos, realizaban movimientos mecánicos mientras que el camarero les ponía lo siguiente de la comanda.
          –No lo sé, pero empiezo a sentir un poco de pánico. –La velada continuó dentro del automóvil de Ashley, frente a Barrister Suites, donde Madge se hospedaba, intercambiaron opiniones respecto a nuevas técnicas empleadas en autopsias y, aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, supieron que tardarían mucho en volverse a ver. Se despidieron y cada una, en soledad, se dejó llevar por los propios pensamientos.
          El viejo Charly se convirtió en el guardián del establo, apenas salía de su box, había perdido completamente la visión de un ojo y la úlcera necrosada de la rodilla, así como un tumor maligno diagnosticado en el cuello, empeoraban el estado de salud que presentaba. Se acercaba el final y el caballo lo intuía, casi no le quedaban fuerzas para relinchar, la elegancia y bravura que tanto le embelleció se habían esfumado. Así que, vulnerable, se tendió sobre el suelo mullido de paja, agonizaba silencioso con Susan y Paul arrodillados junto a él, acariciándole los lomos, susurrándole al oído palabras tranquilizadoras. Pasaban las horas demasiado lentas, llenándolas con recuerdos que saltaban impacientes por el balcón de la memoria. Amanecía, tenía la respiración cada vez más acelerada, Larry les hizo una señal, era inhumano dejarle sufrir por más tiempo. Le palpó e introdujo la aguja deslizando lentamente el émbolo de la jeringa, hasta que, despacio, vació el cilindro entrando todo el barbitúrico. Minutos después el silencio tocaba techo, Susan se levantó de un salto y salió disparada, arrancó la camioneta y condujo hacia el sur por la US-191, giró a la izquierda hacia la carretera MT-78 y continuó hasta la US-212, la Beartouth Highway, bellísima ruta con vistas montañosas espectaculares, lagos alpinos y un paso de montaña de 10.947 pies de altitud. Llegando al Parque Nacional de Yellowstone el frío, que descendía por las paredes de las montañas, se coló a través de las ventanillas, hasta calarle los huesos, el paisaje adquirió esa pintura de tonos marrones y rojizos propios del invierno. Aparcó y comenzó a caminar entre los árboles legendarios, de repente apareció, en mitad de una llanura, con toda la Naturaleza frente a ella y un tapiz de cordilleras abriéndose paso. Apenas una decena de automóviles la esquivaban haciendo sombra sobre el asfalto, agitando incluso las ramas más altas con el rugido de los motores. Fue ahí, en ese preciso momento, con el inmenso dolor por la pérdida de Charly, por las sospechas respecto a los negocios sucios de su padre, por el compromiso con las causas justas, por el bienestar de los semejantes y por el cuidado del Planeta, que tomó quizá la decisión más difícil de su vida aun sabiendo el riesgo que correría. Cuando regresó, Paul ya había enterrado a Charly lejos del rancho.
          Diane invitó a Susan a almorzar en su casa para animarla y contarle lo que su colega freelance la hizo llegar sobre Samuel W. Roberts, que era más o menos lo mismo que averiguó la agente del FBI. Preparó un combinado de judías verdes redondas, zanahorias en rodajas, un exquisito salmón Kokanee, de agua dulce, bañado todo con vino blanco de la región, muy suave. La presentación de la mesa tenía cuidado cada detalle con exquisitez. Cortó rebanadas de pan blanco y las colocó en una pequeña fuente ovalada y profunda, junto a un plato con dos o tres porciones de mantequilla para untar, además de un puré de garbanzos y guisantes, asó truchas y, de postre, puso pastel de moras silvestres. Lloraron juntas, rieron por cosas insignificantes y se confiaron sus preocupaciones. Diane confesó que todavía no lo había hablado con Larry, pero que se iba a Palestina; Susan comentó que se trasladaba al rancho para desenmascarar lo que pasaba con el ganado. Y, tanto una como otra, llamaron a la prudencia.
          Caía el manto de la tarde y por el horizonte despuntaba ya la oscuridad de la noche formando en el cielo figuras asimétricas. Dejó estacionada la camioneta pegada a la de Paul, el padre fumaba pipa sentado en una de las mecedoras del porche y la madre sostenía, con dedos delicados, la habitual copita de ponche que bajo ningún concepto perdonaba. Las hermanas leían la Biblia en el interior de la casa, y el hermano mayor se recuperaba encamado de un serio accidente de tráfico que tuvo bajo los efectos del alcohol. Susan, sin perder la compostura, ni el equilibrio, subió los escalones de entrada sujetando con fuerza la bolsa donde llevaba algo de ropa, el celular y lo imprescindible para el aseo, además de una carpeta con documentos, lamentó que estuviesen ahí, esperando la llegada de algo que ni imaginaban, al acecho de entrometidos que alterasen su manera de vivir tan separados entre sí. Hacía años que sus padres no dormían juntos y apenas cruzaban palabras salvo para cosas de las hijas y los hijos, pero públicamente guardaban las apariencias, aunque era un secreto a voces.
          –¡Te dije que, tarde o temprano, volvería con las orejas agachadas! – exclamó el señor a la señora Maxwell.
          –No te confundas, padre, tan solo vengo por unos días.
          –¡Ah!, ¿entonces no te has quedado sin plata o te han echado del hotel?
          –¡Qué va, si quieres puedo prestarte unos dólares! –dijo sarcástica.
          –Amo, hice lo que me dijo, ya están preparados los comederos, pero el agua sigue estando…
          –¡Váyase, impertinente! —el jornalero contuvo la ira a raya, Susan prestó atención y no pudo callarse.
          –¿Qué le pasa al agua? —interrogó.
          –Nada importante —contestó cortante.
          –Dejad de discutir, tu cuarto está preparado. ¡Ah!, y no te metas con las niñas –soltó la mujer sin dejar de mirar el cristal de la copa donde sus ojos se reflejaban.
          Cuando Paul volvió de hacer la ronda comprobando que el ganado estaba bien y la vio, supo que con ella llegaron los problemas, así que se limitó a saludarla llevándose un dedo al ala del sombrero. Susan giró y se metió dentro, entró en su antiguo dormitorio sin nostalgia, todo estaba tal cual lo dejó, ni siquiera se preocuparon de limpiar el polvo de los muebles. Retiró la cortina y observó el ir y venir de los trabajadores rendidos de cansancio por las largas jornadas. El Mountain Cur, perro que detestaba la madre, vigilaba en modo circuito cerrado todo el terreno al acecho de intrusos dispuestos a alterar el sueño. De apariencia fuerte y robusta era muy cariñoso con aquellos que le trataba bien y, en más de una ocasión, tras la aparición de mapaches y zorros salvajes salvó la vida a más de uno. Retiró la colcha de la cama y se tendió vestida repasando, punto por punto, la estrategia que pensaba seguir, pero para conseguirlo necesitaba ganarse la confianza del padre. Tocaron en la puerta y dijo adelante.
          –Niña, bébete este vaso de leche caliente con galletas –era la anciana cocinera que ya caminaba con dificultad–. ¡Qué delgada estás!
          –Gracias, déjalo sobre la mesita –señaló con el dedo sin mirarla. A pesar de haberla criado prácticamente tenía sentimientos encontrados hacia ella.
          –Urge buscarte un marido para que sientes la cabeza de una vez por todas –refunfuñó.
          –Siempre puedo ejercer de querida como tú –sin terminar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –Que descanses, pequeña –con el corazón dolorido y ayudándose del bastón cerró la puerta despacio.
          –Buenas noches. –Eleanor Stuart ya era cocinera en el rancho antes de nacer ellos y la segunda cama de desahogo del padre, fue él quien la trajo años atrás, después de haberla obligado a abortar, presentándola como un familiar lejano y necesitada de trabajo y alojamiento, aunque fuese temporal, pero transcurrió el tiempo y nacieron las niñas y los niños, multiplicándose las tareas, de modo que aceptó quedarse con todas las consecuencias y el papel de amante a escondidas. A la mañana siguiente, en ayunas, ensilló un caballo del establo, lo montó y se dispuso a galopar hasta el límite de la propiedad Maxwell, pero Paul la entretuvo.
          –Esta yegua tiene bastante genio, Trátala con delicadeza o estarás en el suelo más de una vez –dijo mientras colocaba las sillas de montar que estaban mal puestas.
          –Yo también me alegro de verte! Joder, Paul, últimamente pareces un extraño conmigo, ya ni siquiera me invitas a cerveza.
          –¿Tú crees? Ve con cuidado, no quiero recogerte a pedacitos, sé muy bien a lo que has venido –ella no respondió. Dio media vuelta y cabalgó en silencio con la vista clavada en el horizonte, sujetándose como una auténtica cowboy. A lo lejos, metido en un camino muerto por el que nadie transitaba, reconoció la camioneta de su padre y a los hombres de confianza que siempre le acompañaban. Gesticulaban mucho con las manos, intimidando a otros individuos que descendieron de un camión cisterna de vacío, de los que se utilizan para transportar líquidos, seguidos de varios más de carga. A falta de prismáticos utilizó la cámara del celular para acercar la imagen, hacer foto y después tratar de identificarlos. Entonces acortó algo la distancia y, camuflada detrás de unos arbustos, presenció el hecho que quizá esperaba: la mano derecha del señor Maxwell entregó al que ejercía de jefe de los camioneros un maletín lleno de billetes a cambio del cargamento de sacos y bidones sacados de los remolques…


8.
Lo primero sería localizar adónde habían llevado el cargamento de sacos y bidones, y para eso lo primero era ganarse la confianza de su padre. Después, averiguar si el tipo que recogió el maletín lleno de billetes de 100 dólares era Samuel W. Roberts o alguno de sus secuaces. Susan se retiró cabalgando antes de ser descubierta. Hollow Coves es un dúo australiano de folk indie cuya melodía invita a la reflexión contemplando los espacios que la Naturaleza te regala allá en el lugar que habitas. Por los auriculares inalámbricos del celular sonaban las canciones Blessing y The Open Riad, cerró un instante los ojos y sintió el frescor de la cascada cayendo por la parte delantera de las rocas. Paseó la vista por las maravillosas montañas con las cimas recortando el horizonte y las placas de hielo sirviéndole de espejo al sol, con esa luz tan deslumbrante, peculiar del invierno, y pensó en lo mal que lo estarían pasando en el centro y el noreste de Estados Unidos donde se preparaban para la llegada de una tormenta, llamada bomba ciclónica, fenómeno producido a consecuencia de una caída de presión de 24 milibares en 24 horas, que traería nieve en abundancia. En esos momentos la actividad en el rancho era frenética, los jinetes se hallaban en pleno proceso de la doma de caballos, tarea nada fácil, máxime siendo ejemplares salvajes como casi todos los adquiridos por la marca Maxwell. Igual que de niña, se subió a un poste de la cerca, apoyó los brazos en el último de arriba y disfrutó de la puesta en escena del protocolo entre hombre y mamífero por domesticar. La paciencia y la constancia juegan un papel muy importante, también la delicadeza, las caricias sinceras, el diálogo en susurro, no tener prisa en alcanzar el objetivo y nunca emplear métodos de castigo, sino premiar lo conseguido, ya que, en definitiva, es un aprendizaje por ambas partes.
          –¿Quieres probar? Tenemos un bellísimo ejemplar que acaba de adquirir tu padre y necesita que lo dome alguien sensible como tú –Susan dio un respingo por la potente voz del vaquero más veterano.
          –Estoy desentrenada, haría el ridículo delante de los muchachos –contestó besándole en la mejilla.
          –Esas cosas no se olvidan, querida –aseguró el otro.
          –Todavía recuerdo tus primeros consejos: colocar la montura evitando que el caballo se asuste, tensar la cuerda y hacer que cruce las patas traseras como ejercicio básico, subirme despacio, aprender a entender cuándo está atarantado y cuándo se muestra cansado, premiarle para que entienda que lo ha hecho muy bien, estableciendo un vínculo de comunicación entre ambos.
          –¡Bravo! Y ahora, dime: las raíces llaman, ¡eh!
          –Pasaré solo una corta temporada –evitó mirarle.
          –Ya, eso espero, pero corren comentarios que pueden complicarte un poco.
          –¿A estas alturas de la vida das credibilidad a los chismorreos? –hubo minutos de silencio.
          –Por supuesto que no, pero lleva cuidado. Yo siempre estaré de tu lado –el hombre que montaba a caballo fue derribado, se golpeó la cabeza y, por unos segundos, todos contuvieron la respiración, sin embargo, apoyó un brazo en el suelo, tomó impulso con el otro y se levantó como si tal cosa.
          –Cuentan que te duele mucho la espalda? ¿Quieres ir al médico?, conozco uno muy bueno –cambió de tema.
          –¡Bah! Habladurías, la mejor medicina es la disciplina de trabajo.
          –Completamente de acuerdo contigo, pero es fundamental sentirse bien, de lo contrario no rindes, ¿Y tú por qué crees que se mueren tantas reses sin estar enfermas? –Susan dejó caer la pregunta.
          –Por la misma razón por la que hemos sobrepasado los límites. Dicen por ahí que vas haciendo preguntas delicadas y en algunos casos bastante molestas, no te fíes de nadie, niña. Hablaremos, pero no aquí a la vista de todos, será mejor que te vayas entrenando y cabalguemos juntos.
          –Con mucho gusto –frente a ellos se colocó el señor Maxwell recién llegado de atender algunos de sus negocios. Entonces, el hombre, cuyas manos temblaban en el vacío, manifestó un gesto como de escalofrío y se marchó. Susan dedujo que la presencia del amo le intimidó. Siguió el espectáculo y lo disfrutó jaleando al jinete.
          Larry Erickson acababa de regresar de Helena donde Ashley Burris le entregó la información que Bridget Witte, agente del FBI, consiguió del químico sin titulación Samuel W. Roberts, en ella se le relacionaba con determinadas alteraciones peligrosas en la composición de diversos cargamentos de piensos distribuidos a algunos rancheros cuya consecuencia, poco después, fue cuando el ganado enfermó, teniendo que sacrificar muchas reses. También se le relacionaba con varios negocios a medias con el señor Maxwell, todos de oscura procedencia, pero enrocados en sociedades de muy difícil identificación, lo cual complicaba realmente destapar su implicación en los hechos, de manera directa. Antes de abrir consulta, para vacunar a un par de perros contra la rabia, repasó los papeles que el anciano le entregó, cuando visitaron la mina de cobre a cielo abierto, en Butte, y en los que figuraba, entre paréntesis e interrogaciones, el nombre de Samuel W. Roberts y una marca subrayada: Robwell Animal food products S.A. Buscó referencias en Internet, pero las páginas web a las que le redirigían eran bastante confusas, aunque, bien es verdad, que todas estaban relacionadas con la alimentación animal. Decidió comentárselo a Diane.
          –Tengo que contarte una cosa, Larry –dijo la esposa interrumpiendo sus pensamientos.
          –Y yo necesito que me ayudes, sabes que soy muy torpe con la informática, pero ahora tengo pacientes esperando y luego he de visitar algunas granjas, mejor lo hacemos a la noche.
          –De acuerdo. ¡Por cierto!, cámbiate de camisa que llevas el cuello rozado y un salpicón de manchas –él asintió. Pasó consulta y pospuso la salida porque no eran cosas graves y podían esperar al día siguiente. Revolvió todos los escondites del despacho hasta hallar el vino que reservaba para ocasiones muy especiales. Diane colocaba en cuencos de bambú, ovalados, un surtido de vegetales y moras negras, previo a eso preparó una trucha degollada, típica de la región, usando su receta favorita con mantequilla, sal, pimienta, eneldo o perejil, además de una mezcla de miel, limón, estragón seco y ajo molido, que untó sobre los filetes con una brocha antes de hornear. Cuando Larry entró con el caldo y dos copas, olía muy sabroso, descorchó la botella y brindaron por las hijas y por la suerte de permanecer vivos.
          –Tengo un problema informático, soy incapaz de tirar de algún hilo que me lleva hasta Robwell Animal food products S.A. sospecho que detrás de eso se esconde algo muy gordo.
          –¿De dónde lo has sacado? –pensó Diane que quizá no era buen momento para hablar de su viaje a Oriente.
          –De los papeles que me dio el anciano de Butte –la notó preocupada.
          –¿Viste alguna información en el buscador? –quiso saber.
          –No, nada.
          –Espera que vaya a por la computadora –dijo soltando las manoplas de horno con la bandera de Estados Unidos regalo de las hijas.
          –Yo la traigo.
          –Lo primero que hemos de averiguar es la procedencia del nombre y para eso usaré un programa que nosotros manejamos cuando queremos destapar grupos terroristas o tramas contra alguien importante, así como bulos que impliquen a gobiernos y periodistas. A ver, dices que se llama Robwell Animal food products S.A. Descartemos lo de productos de alimentos para animales.
          –Entonces solo queda Robwell, ¿cierto? –intervino Larry.
          –Correcto. Veamos que hay –dejaron pasar los minutos, brindaron y tomaron asiento en torno a la mesa, la pantalla quedó en blanco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó Larry.
          –No lo sé, quizá el sistema estará haciendo alguna actualización –respondió Diane.
          –Entonces, volviendo a lo anterior –Larry recondujo la conversación.
          –A ver, hagamos un juego de palabras –cogió papel y bolígrafo–. Esto puede pertenecer a un nombre ficticio, a un apodo y tal vez a algo sin sentido.
          –Sí, ha de haber varias posibilidades –cada uno hizo anotaciones con las letras, pero nada. Ella levantó la vista y dijo:
          –Piensa un poco, Samuel se apellida Roberts.
          –Y el padre de Susan Maxwell –apuntó él.
          Robwell es un acrónimo de ambos apellidos –concluyó Diane.
          –Claro, ¡qué torpe!, cómo no he caído, son ellos dos los que fabrican y distribuyen el pienso –se levantó y la besó en los labios, acariciándola el cabello con la punta de los dedos–. ¡Qué inteligente eres, cariño!
          –¿Qué vas a hacer? –preguntó presintiendo el lío en el que su esposo iba a meterse.
          –Comunicárselo a Susan y que ella decida. ¿Y ahora dime qué cosa te mantiene sin dormir todas las noches? –mantuvo silencio, pero era absurdo ocultarlo.
          –Hay un grupo numeroso de gente que parte hacia Palestina, me voy con ellos –Larry apenas parpadeaba–, tenemos pasaje para primeros de año, una vez que las niñas terminen las vacaciones de Navidad. Necesito hacerlo, sabes que, como periodista, me siento impotente y como ser humano desolada, debemos dar visibilidad al genocidio que cometen con la población civil, sin hogar y despojada de todas sus pertenencias. ¿No dices nada?
          –Te admiro y me das mucha envidia. Como siempre, apoyo tus decisiones. Eres muy valiente, sé que lo harás, pero cuídate al máximo, la zona es muy peligrosa y probablemente no seáis bien recibidos.
          –No temas, sabré cuidarme.
          –Lo sé, perdona un momento, he de ir al baño –cerró la puerta, respiró hondo, mojó la toalla con agua fría para refrescarse la nuca y puso la pequeña pastilla que tenía prescrita debajo de la lengua cuando sentía el pinchazo en el pecho. Al poco rato estaba normal–. ¿Qué tal si le hincamos el diente a esa trucha degollada que tiene un aspecto exquisito? –trató de sonar normal y tranquilo, aunque por dentro estaba hecho un amasijo de nervios por la aventura que iba a emprender Diane. Recogió en la memoria instantáneas de la velada inmortalizando cada postura, cada sorbo de vino, la sonrisa de ella con su dentadura blanca, perfecta, sus labios, la esponjosidad de su cabello y ese tic tan gracioso en el ojo izquierdo. Quiso parar el mundo y quedarse así, solos, eternos, infinitos, pero sonó el teléfono avisando de una urgencia y tuvo que marcharse.
          Desde que Charly murió, Paul no era el mismo, discrepaba del amo en cuanto a la organización del trabajo y a la hora de seleccionar al nuevo personal para la temporada de recogida de leguminosas. A todo le ponía pegas y siempre estaba al borde de la discusión, al punto de que el señor Maxwell empezaba a no contar con él para las cosas importantes. Una mañana, Susan despertó antes del amanecer, quería darse una vuelta por los establos y alrededor del cobertizo por si algo hubiese cambiado. Al salir de la ducha, encontró una nota encima de la cama con una dirección, conocía esa letra de trazo escolar: Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, a cuatro horas y media más o menos de Big Timber. Buscar un camino de tierra semi oculto entre árboles y al fondo una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Era lunes y tenía la semana prácticamente organizada, así que buscaría el momento de sondear a Paul y decidir si ir o no.
          –¿Controlando? –interrogó a su padre con amabilidad.
          –No, ya sabes que lo detesto –se rieron a carcajadas–, va a llegar una camada de yeguas, potrillos y caballos directos de Canadá y quiero que todo este perfecto, me gusta a mí hacer el recuento.
          –¿Te ayudo? –Susan se ofreció, el señor Maxwell asintió gustoso y volvió a confiar en la hija.
          –Todavía no vienen. Mira, en teoría hemos adquirido 5.000 cabezas, pero para los efectos serán 2.000, ya que 3.000 las venderemos por el doble de su precio en el mercado negro, dinero con el que financiaremos todos los gastos que ocasione el traslado, los jornales y –pareció recular, pero continuó–. Bueno, de la alimentación nos ocupamos mi socio y yo.
          –¿Quieres que lleve un registro de cuentas y de mercancías en la computadora creando una clave que solo conozcamos tú y yo? –tal vez se había precipitado.
          –Vas muy deprisa, ¿no crees?, sin embargo, me gusta la idea, aunque tengo que consultarlo –ganarse al padre como fuese, incluso yendo en contra de sus propios principios, pensó, era fundamental. No obstante, en esas estaba cuando recibió un e-mail de Larry, donde contaba las novedades, además de su preocupación por la partida de Diane.
          –¿Damos un paseo? –Susan le propuso.
          –Sí, necesito estirar las piernas. Espera que coja el rifle, nunca se sabe quién o qué puede andar por ahí suelto –a ella la idea de que fuese armado no le gustó nada, pero asintió con la cabeza. Mientras aguardaba envió respuesta al veterinario diciéndole que comunicarían más tarde.
          –¿Llegamos hasta el último acre Maxwell y visualizamos toda la hacienda, como cuando me llevabas contigo delante en la silla? –propuso con la idea de acercarse lo más posible adonde descargaron los camiones.
          –No, mejor vayamos a pasear por el río Boulder. ¿Conduces tú o yo? –la lanzó las llaves que cogió al vuelo del viejo GMC Sierra–. Estarás contenta, ¿no?
          –¿Por qué? –temió que se estropease la buena armonía.
          –Ha ganado uno de los tuyos –expresó con segundas.
          –¿De los míos? No comprendo, papá –realmente estaba descolocada.
          –Sí, el candidato demócrata del ala socialista Zohran Mamdani –dijo él.
          –La política ya no me interesa –mentía muy mal–, ahora estoy aquí, y eso es lo que cuenta.
          –No te creo. ¿Es la primera persona musulmana que va a ocupar la alcaldía de Nueva York y dices que no te interesa? ¡Venga ya, niña, que soy tu padre y nos conocemos muy bien!
          –No, de verdad, he comprendido que en todos los lados hay cosas buenas y malas, solo hay que reconocerlas –sin embargo, para sus adentros, se sentía feliz por Mamdani y también porque Abigaíl Sparberger como Gobernadora de Virginia y Mikie Sherrill por Nueva Jersey, ambas iban a aportar oxígeno de cambio frente a la administración Republicana, sin olvidar la importancia del sí de los californianos a la Propuesta 50, cuyo objetivo consiste en redibujar los distritos de votación del gobernador demócrata Gavin Newsom. Estos giros son fundamentales para las elecciones de medio mandato donde Trump ve tambalear el trono, ojalá que se tenga que apear de él en las siguientes a la presidencia de Estados unidos–. Así que tienes un socio, ¿eh? ¿Y no es Paul, claro?
          –Los tiempos cambian y se necesitan inversores –dijo de mala gana–, gira a la
derecha.
          –¿Es Samuel W. Roberts, el químico? –dio un volantazo brusco mirando de reojo al padre.
          –¿Y tú dónde has oído que sea químico? –preguntó.
          –Por un artículo de prensa en el que se le relaciona con ciertas irregularidades en los compuestos del pienso y unos números raros que no entiendo –dejó pasar un breve silencio y ver su reacción–: cd48, Ar33 y 74,92u. –tendida la trampa clave y, a falta de despejar la incógnita de WSR 255, le ocultó que todo lo había encontrado anotado en una servilleta de papel, cuando registró el despacho.
          –Ni idea –pero sabía muy bien que se trataba de cadmio, arsénico y uranio–, solo es empresario. Anda, ve atenta a la carretera y disfruta del paisaje. –Cuando llegaron al rancho, una de las criadas lloraba frente al televisor la muerte de Bob Reiner, el cineasta de “Cuando Harry encontró a Sally”, y su esposa la fotógrafa Michele, asesinados a cuchilladas, presuntamente, por Nick, el hijo de ambos, con problemas de adicciones y de salud mental.
          Diane Erickson tenía colocado sobre las camas los jerséis feos, típico en Navidad, que cada uno había de ponerse y también los regalos bajo el árbol y colgando de la chimenea los cuatro calcetines donde Santa Claus metería obsequios elegidos con todo cariño. Larry y las chicas fueron a comprar galletas de jengibre, ponche de huevo y mermelada de arándanos silvestres, para acompañar al tradicional jamón glaseado con puré de patatas y salsa gravy, además de una carne de ciervo fileteado de altísima calidad, panecillos esponjosos y la sorpresa para su esposo de una botella de Pinot Noir, del valle Willamette de Oregón. En el salón sonaba The Christmas Song, por The King Cole Trío. Afuera, el frío y la nieve añadieron al paisaje sus toques de belleza. Una camada de águilas calvas sobrevoló los tejados y también hicieron su aparición algunos bisontes, negros y pardos. Pero sobre todo, una familia de renos, con sus astas impresionantes camparon a sus anchas por las inmediaciones del pueblo. Durante esas dos horas y media de soledad, Diane escribió correos a colegas que anteriormente estuvieron en Jerusalén, bien como enviados especiales o por propia cuenta, cubriendo el conflicto israelí-palestino en busca de consejos y sugerencias para correr el menor peligro; revisó la mochila en la que guardó lo justo para resistir tres meses, tiempo estimado que estaría allí, así como la acreditación de prensa, pasaporte válido con al menos seis meses de vigencia, Autorización Electrónica de Viaje, seguro médico y el itinerario de vuelo detallado, así como dólares en billetes pequeños, guardados en fundas adheridas a la cinturilla del pantalón, solo para emergencias, su agenda, donde lo anota todo y algo de lectura. Después comprobó que no faltase ningún detalle en la mesa, miró por la ventana y esperó el regreso de los suyos.
          –Papá está melancólico –dijo la hija.
          –¿Estáis ocultándonos algo? –preguntó la otra, pero la madre se reservó para dar explicaciones más tarde.
          –Colocad las copas, llevaos esas fuentes y cambiaos de ropa, enseguida comemos. Larry, han llamado del rancho Maxwell, una vaca está a punto de parir, aunque según Paul puede que sea dentro de dos días –le contó sin mirarle a los ojos, no tenía fuerzas para cruzar con él la mirada sin echarse a llorar. ¿Estaba en el fondo arrepentida de la decisión tomada?
          –Gracias. ¿Te ayudo? –contuvo el nudo de la garganta.
          –No, ya está todo listo. Si prefieres pescado lo caliento.
          –Hoy tomaré un poco de carne de venado en honor a las niñas. –La comida transcurrió distendida, con las chicas contando anécdotas de la universidad y de lo repipis que eran sus compañeras de cuarto. Diane no pudo más y, entre lágrimas, dio la noticia. Las hijas, desencajadas, muy serias, se abrazaron a la madre y supieron que de repente habían madurado.
          –¿Cuidaréis de vuestro padre?
          –¿Te cuidarás tú…?


9.
3 de enero, 2,45 a.m., punto de encuentro: Chicago, desde donde la expedición de freelance, médicos del mundo, activistas y gente en general comprometida en la lucha contra las injusticias en todos los ámbitos sociales, partía hacia Palestina en un vuelo trasatlántico que aterrizaría en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, a unos quince kilómetros al sureste de Tel Aviv, para continuar en transporte terrestre hasta Gaza, atravesando el peligrosísimo cruce fronterizo de Erez, al suroeste de Israel, puesto que ahí les esperaría el chófer e intérprete que estaría con ellos durante toda la estancia. Doce horas después, mientras aguardaban en tierra tras haber tenido algunos episodios de fuertes turbulencias, las noticias llegaban confusas ya que el tratado de paz había fracasado y la muerte de civiles seguía sucediendo sin que los poderes internacionales mediaran para conseguir un definitivo alto el fuego y poner fin a dicho genocidio. El grupo permanecía apiñado, unos leyendo la Biblia, otros caminando nerviosos y alertas. Los enviados especiales de medios independientes luchaban por conectar a la wifi y comunicar, a las familias y sus redacciones, que habían llegado bien, pero la señal era muy débil y continuamente se caía. Sin embargo, Diane consiguió algo de cobertura al saltarle una noticia vergonzosa cuyo titular decía lo siguiente: “Con camisas de fuerza, dopados y metidos en aviones militares, en Estados Unidos hacían desaparecer a decenas de africanos deportados con violencia a Ghana, empujados hacia el precipicio de un futuro incierto, como por ejemplo, la historia de un joven oriundo de Sudán del Sur que llegó a Lousiana con apenas 17 años, paseador de perros, viviendo debajo de un ferrocarril elevado, como tantos otros sin techo ni papeles, y al que amordazaron mientras dormía embarcándolo rumbo a Ruanda, donde depredadores de seres humanos le arrebatarían la vida”. Entonces, cuando preparaba una crónica para enviarla a la agencia de prensa con la que a veces trabajaba, se armó mucho revuelo en la sala, los pasajeros corrían, refugiándose detrás de cualquier elemento, sujetando con fuerza a los niños y niñas por temor a que fuesen arrastrados por una muchedumbre descontrolada, cuyo único objetivo era salvar el pellejo. Diane notó cómo, por las axilas, dos hombres muy fuertes la levantaron en volandas y la subieron a un jeep, junto a más personas, emprendiendo un destino hacia lo desconocido.
          –¿Dónde nos llevan? –gritaba una mujer poseída por la histeria.
          –Cometen un gravísimo error, Europa no se quedará quieta –aseguro un ciudadano francés.
          –Vamos a perder el siguiente vuelo, solo hacíamos escala. Solo hacíamos escala –repetía una anciana entre lágrimas.
          –¡Quiero hablar con mis hijos! ¡Quiero hablar con mis hijos! –exclamaba una pareja en lengua rara. Entonces, el vehículo giró bruscamente dejando la carretera principal y adentrándose por un camino lleno de obstáculos hasta avistar lo que parecía ser el desierto de Néguev. Unas millas más allá, a lo lejos, identificaron el campamento adonde se dirigían. Bajaron rápidamente uno a uno y los distribuyeron. Diane se quedó sola en una tienda de campaña bajo la vigilancia de un tipo con cara de pocos amigos, del resto nunca más supo.
          –¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi esposo no respira, se lo suplico! ¡Que alguien me ayude, en el nombre de Allah! ¡Ayuda! –voceaba una mujer en árabe.
          –¡Agua! ¡Agua! ¡Denme agua! –exclamaba un soldado tendido en el suelo con la pierna destrozada colgando por la camilla.
          Lo primero que a Diane la obligaron a hacer fue despojarse de los objetos personales que llevaba encima: celular, cámara de fotos, reloj inteligente, documentación, dinero, computadora y cordones de los zapatos, todo menos la alianza de la mano izquierda. A continuación, sufrió un grosero registro machista. De repente oyó ataques de histeria, rezos a Dios y el silbido de patadas y puñetazos dados en el vacío, ruidos que pronto enmudecieron solapados por sollozos. Durante horas se quedó sentada en el piso de arena, hecha un cuatro, sumergida en el silencio atroz cuyos fantasmas del miedo corrían tras su sombra persiguiéndola. Cerró los párpados, visualizó a Larry y a las hijas despidiéndola en el aeropuerto; pensó en el difícil camino que había hecho desde Boston hasta afincarse en Big Timber y en las dificultades que tuvieron que superar en sus profesiones, se emocionó estimando la empatía siempre incondicional de Susan con ellos y la complicidad de ambas consolidando una bonita amistad. Recordó a sus padres ya fallecidos, y el sacrificio que hicieron para que fuese lo que hoy es: una persona íntegra, con sólidos valores y magnífica profesional; calculó los reportajes que aún estaban a medias y supuso que le faltaría tiempo para acabarlos. Tenía la boca pastosa y la garganta seca, le temblaba todo el cuerpo, se palpó la calentura que le crecía en el labio inferior. Se orinaba y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.
          –Necesito ir al baño, por favor, me estoy poniendo indispuesta –le suplicaba al hombre armado y con pasamontañas que la custodiaba.
          –Cállate –dijo en un inglés casi ininteligible.
          –Soy ciudadana norteamericana, ha de haber un error conmigo –expresó sollozando. Él permaneció callado–. No pueden retenerme así, es ilegal.
          –Aquí las normas las dictamos nosotros –entró otra persona que hablaba mejor el idioma.
          –Ayúdeme, se lo ruego, que venga alguien de la embajada. Necesito comunicar con mi esposo –pero no la hicieron el más mínimo caso.
          –Así que, periodista, ¡eh! Aquí no sois bien recibidos, nunca contáis la verdad, solo aquello que os interesa –se acercó tanto que pudo olerle el aliento corrompido.
          –Traemos ayuda humanitaria, a eso hemos venido, nada más. ¿Dónde están mis compañeros? –el miedo se apoderaba de ella.
          –Dando un paseo –dijeron a carcajadas.
          –¿Qué les habéis hecho? –se puso en pie.
          –Nada.
          –¿Por qué no fui con ellos?
          –Porque no queremos que te pongas mala, gatita.
          –¿Dónde están? ¿Dónde están? –la desesperación era máxima.
          –Lejos, muy lejos. Viajando a sus lugares de destino –se burlaban de ella.
          –Déjenme hablar con mi esposo, él lo hará con el Gobierno de mi país, están cometiendo un grave error. ¡Por favor, necesito ir al lavabo!
          –¡Irás cuando se te diga! –exclamó enfurecido.
          –Agua, tengo sed. Agua –la sacaron casi a empujones.
          –Ponte esto –la dieron un abrigo largo hasta los pies, con capucha y le vendaron los ojos. Sintió la frialdad de la calle y el rugido del automóvil diferente al que la trajo. Tragó saliva y se le quedó la lengua pegada al paladar, luchó por hacerse la fuerte y supo que lo conseguiría reteniendo en la memoria la imagen de Larry y las hijas…
          Susan Maxwell se mordía las uñas y la lengua en la larga mesa donde toda la familia al completo, además de disfrutar de un suculento desayuno americano, celebraban la captura de Nicolás Maduro sin lamentar el bombardeo sobre Caracas, con un balance aproximado de cien muertos. Pletórico, como si no hubiera un mañana, el padre repartió bendiciones, abrazándolos uno a uno, mientras conjugaba frases sacadas del ala más radical, conservador y supremacista del partido republicano, proclamando que Donald Trump era el enviado de Dios para salvar al mundo. Ella tragó bilis y, para no levantar sospechas, se unió a la fiesta, aunque la realidad era muy diferente. Las cadenas de televisión conectaban con diferentes sitios donde la gente tomaba las calles eufóricos de alegría, sin ser conscientes de que en este episodio poco o nada le importaba al Presidente estadounidense la parte humana que sufría las consecuencias de la dictadura, y sí los minerales, tierras raras y, por supuestísimo, el petróleo, máxime teniendo en cuenta que Estados Unidos necesita a diario 20 millones de barriles y se ve obligado a importar para consumo propio, ese era el único motivo de la intervención: apropiarse del crudo. Observaba las caras de los manifestantes, ingenuos venezolanos que huyeron de la patria con la esperanza de que algún día ellos, o sus descendientes, o los descendientes de sus descendientes verían avanzar la democracia por la Avenida de la Universidad hacia el Capitolio. Esos primeros momentos de entusiasmo les cegaron sintiendo que por fin se libraban del tirano, que eran libres y prosperarían, sin embargo, no vieron venir el tsunami político que se avecinaba: inestabilidad, detenciones, secuestros, violencia callejera y un gobierno atado de pies y manos a la espera de acontecimientos. La industria petrolera florecerá, pero los beneficios no se quedarán en el país, ya que los planes de la Administración Trump no eran esos, sino dejar que Venezuela continúe siendo una nación dependiente y vulnerable. Una semana después, la liberación de presos políticos se hacía con cuentagotas. La pregunta es: Ahora que han pasado los primeros sofocos y las brasas apenas quedan encendidas, ¿qué piensan los venezolanos y las venezolanas respecto de un futuro inmediato? ¿Empiezan a ver la luz en el horizonte? En esas estaba Susan, inmersa en los pensamientos, cuando apareció de repente Samuel W. Roberts.
          –¡Ven con nosotros al despacho! –el señor Maxwell la ordenó–. Mi hija llevará el control administrativo de todas las empresas el tipo asintió y la miró desafiante.
          –¿Estás seguro? –preguntó el socio–. Tratémoslo a nuestra manera, como hemos hecho hasta ahora –entonó sarcástico.
          –No. Además, tú no me traicionarás, ¿verdad, cariño? –la apretó el brazo.
          –Solo pondré a vuestro servicio mis conocimientos de informática, os será mucho más fácil todo.
          –¡Allá tú! Tengo preparado el cargamento de esteroides anabolizantes para sacar un mayor rendimiento a los machos que están a punto de llegar, se lo proporcionaremos a las 3000 cabezas que venderá WSR 255 por el doble de su precio. Aquí tienes los detalles –le entregó una hoja con membrete–. Dáselo a ella.
          –¿Qué significa exactamente WSR 255? Lo digo porque si tengo que registrarlo he de saber a qué corresponde –soltó muy deprisa.
          –De momento guárdalo muy bien –sugirió el padre.
          –Perfecto. He creado una página web con todo detalle para que ambos tengáis acceso. Ahí están las entradas y las salidas, el registro de nacimientos y fallecimientos, las reses compradas y las que están por venir, con quienes trabajamos y quien reparte nuestro género. En esta otra pestaña –giró su computadora para que lo vieran–, aparecerá un control exhaustivo de los cargamentos de pienso que compremos, su origen, la distribuidora, los componentes, etcétera, de manera que si hay algún problema de elaboración o de caducidad sepamos de dónde viene y resolvamos –la miraban embobados–. Puede darse el caso que, sin vosotros saberlo, claro, algún intermediario os haya vendido forrajes adulterados, ahí no tendríamos mucho quehacer respecto a denuncias e indemnizaciones, por lo que es fundamental que todo sea legal –quería cogerles por sorpresa, pero ninguno de los dos se inmutó.
           –No hay problema –ganada la confianza de ambos todo sería fácil–. Pues ala, ponte a trabajar. Cuando se aseguró que no la oían llamó a Larry.
          –Hola. ¿Ha llamado Diane?
          –No, y a sus colegas tampoco, ni se ha puesto en contacto con la agencia adonde siempre manda los reportajes cuando sale fuera. Estoy muy preocupado.
          –Te escucho bastante mal, se entrecorta la voz.
          –Estoy atravesando un desfiladero en las montañas y la cobertura es mala, voy al rancho, Paul llamó, al parecer hay terneros enfermos y antes de sacrificarlos quiere que los vea y diagnostique.
          –No sabía nada y llevo aquí unos días, pasaré una temporada. Entonces, ahora nos vemos.
          –¿Cómo que una temporada? ¡Estás loca! –exclamó alto.
          –Es mejor ser un topo consentido que una espía. Me he ganado la confianza del amo y la de su socio, administro los negocios, lo he digitalizado todo en una página web donde incluyo el tema de la alimentación, te daré la clave para que accedas tú también. ¿Sabes lo que se esconde bajo las siglas WSR 255?
          –Ni idea –contestó lacónico.
          –Pues nada más y nada menos que la empresa donde manipulan el pienso que después distribuyen a granjas y ranchos. 255 son los clientes que tienen, supongo que unos consienten y otros no lo saben. ¿En alguno de los estudios patológicos encontrasteis anabolizantes en las reses muertas o sus cachorros?
          –Que yo sepa, no, pero le preguntaré a Ashley Burris, igual a mí se me ha pasado o no lo recuerdo. ¿Sabe Paul realmente porqué estás ahí?
          –Supongo que se lo huele, y el viejo vaquero que siempre me ha cubierto las espaldas, también –rescató de la memoria la conversación que mantuvieron.
          –Siento mucho no estar en mi mejor momento y ayudarte más, pero no saber la suerte que estará corriendo Diane me tiene muy asustado.
          –No, perdona tú mi falta de tacto, amigo –se emocionó con sus propias palabras.
          –Un poco antes de navidad ya manifestó su deseo de viajar a Palestina, pero que no lo haría hasta que las niñas se incorporasen de nuevo a la universidad, así que, le dije, que se fuese e hiciese lo que le dictase el corazón y que yo siempre la iba a apoyar. Me arrepiento enormemente porque es como si yo la hubiese empujado al precipicio. Así es cómo me siento, hecho una mierda.
          –Eso no lo pienses. Almorzamos juntas y confesó la obligación de todo periodista de contar las cosas in situ, ya que una de las máximas de los reporteros es convertirse en los ojos del mundo. Larry, hablamos en otro momento, viene alguien.
          –Sí, mejor. Estoy llegando a Big Timber, paso por la consulta y voy para allá.
          Un estudiante de veterinaria en el último curso de prácticas en el Animal Center Veterinary Hospital, halló sustancias extrañas en la carne elaborada en un restaurante al que habitualmente iba a cenar con amigos. Tras notar un color y sabor raro, y que uno de los comensales se puso indispuesto teniendo que llamar a emergencias 911, trasladándolo en ambulancia, así como también a otros clientes de diversas mesas, envolvió en una servilleta los restos del bistec dejado en el plato y, asegurándose de que no le miraban, con mucho disimulo, lo guardó en el bolsillo del abrigo para analizarlo en el laboratorio. Semanas después repitió la misma operación en otros locales donde sucedieron casos similares, una vez contextualizado todo y realizado el informe técnico lo más completo posible, fue al despacho de la jefa del área de veterinaria, la forense Ashley Burris, quien en ese momento daba una clase audiovisual en la sala de conferencias sobre la necesidad de reducir el consumo de carne de vacuno por el bien de la humanidad y del medioambiente. Esperó diez o doce minutos, pero en vista de que no venía, fue él a su encuentro. El aforo estaba completo, incluso había personas sentadas en los pasillos, profesores y personal sanitario. El joven aspirante a dirigir el modesto hospital rural comunitario de Columbus, en el condado de Colorado, Texas, se apoyó sobre una columna y tomó notas, pero había llegado demasiado tarde. Se abrió paso como pudo entre los asistentes que se agolpaban para realizarle preguntas directas a la ponente, hasta colocarse en primera fila, a pocos centímetros de ella.
          –Doctora Burris –le dijo casi al oído.
          –Sí –respondió girándose rápidamente.
          –¿Podemos hablar en algún sitio más tranquilo? –propuso el muchacho.
          –Ahora es complicado, he de atender a todas estas personas –señaló a quienes tenía delante.
          –Entonces esperaré, estoy seguro de que le va a interesar lo que voy a decirle.
          –Muy bien, como prefiera, pero no sé lo que tardaré.
          –Sin problema –no pensaba perder la oportunidad de conseguir puntos para el examen final, pero también intuía que tenía entre manos una bomba de relojería, además de la obligación de hacerlo público como ciudadano de bien.
          –¿Y bien? Tú dirás. –Hora y cuarto después iniciaron una conversación muy fructífera. Narró los hechos explayándose en todo lujo de detalles, creando un ambiente de misterio alrededor suyo que mantenía a Ashley atenta sin apenas parpadear, hasta romper de pronto su silencio–. ¿Cómo has relacionado una cosa con otra? –preguntó intrigada.
          –Un amigo mío y su padre tienen una empresa de transportes. Hace cosa de año y medio –según me contó–, les contrató un tipo llamado Samuel W. Roberts y el dueño del rancho Maxwell, tenía que llevar un cargamento de reses distribuidas por diferentes restaurantes del condado y fuera de él. Dicha operación la han repetido en innumerables ocasiones dándose el caso de que siempre, por una u otra razón, ha surgido algún contratiempo alimenticio.
          –Pero eso es muy grave, sin pruebas tú no puedes probar nada.
          –Las tengo, aquí están –sacó un montón de papeles–. Verá, el otro día al ocurrir lo que he contado y comentándolo con mi amigo, supimos que la carne procedía del rancho Maxwell, ellos la habían entregado días antes. El trozo de bistec analizado por mí da un alto porcentaje de cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, así como también un tipo de pesticida, entiendo que procedente de algún pasto. He tenido acceso a las facturas de los demás restaurantes y resulta que también fueron abastecidos por el mismo ganadero. Hay un par de denuncias hechas por clientes, en las ciudades de Helena y Hamilton, ahí tiene una copia.
          –¿Sabes si la empresa que contrató a tu amigo y su padre es WSR 255?
          –No, pero se lo pregunto ahora. Un momento. –Le llamó por teléfono y mirando a la forense veterinaria asintió con la cabeza.
          Una vez sola en el despacho, asimilando y ordenando la información dada por el chico, recogió algunas cosas de la mesa, fue a casa, metió lo más imprescindible en la mochila y algo de comida junto al termo de café. Arrancó el motor del automóvil, paró a echar gasolina y puso rumbo a Big Timber, donde esperaba darle una sorpresa a Larry Erickson. Lo que nunca imaginó es que le encontraría tendido en el suelo dentro de la consulta…


10.
Habían transcurrido más de tres años y medio desde la última visita de Ashley Burris a los Erickson, en Big Timber, condado de Sweet Grass, un pueblo tranquilo, arropado entre montañas y custodiado por el río Yellowstone. El cielo, de azul intenso, con nubes rotas, era la antesala de un espléndido día donde podía oírse el vuelo de las aves de vuelta a los nidos. A ambos lados de la U.S. Route 191, algodones de nieve alfombraban el arcén de la carretera. Apenas un manojo de automóviles, los postes de alta tensión y el desnudo de los árboles, a consecuencia del duro invierno, eran los únicos acompañantes en el viaje que pronosticó muy gratificante para su amigo. Enseguida vio a ambos lados de la avenida principal el espacio reservado a American Bank y justo enfrente Family Dollar, sin embargo, se ubicó pasando delante de la Cooperativa de Crédito Federal, un edificio de ladrillo visto, en una sola altura, junto a un The Firehouse Gym, moderna fachada, en tonos fresa y marcos de puerta y ventanales blancos. Sintió un repelús recorrerle por la espalda al dejar atrás la Empresa de Fabricación de Fusiles Shiloh, ya que todas las Administraciones, en lugar de limitar el uso y venta de armas, lo potencian cada vez más. El cambio de paisaje se dio adentrándose hacia el interior de las calles, peculiares vecindarios metidos dentro de sus burbujas individualistas, ondeando banderas en los espejos retrovisores de las camionetas y a la entrada en los porches donde también hay juguetes amontonados de aquella infancia que ya creció. Aunque solo estuvo en un par de ocasiones, agarrada al volante y luchando contra su despiste congénito, pronto reconoció la vieja clínica veterinaria donde residía su colega. Aparcó y, a pesar de que en Helena daba una temperatura más baja que allí, la sensación térmica de menos 19º se le clavó en los huesos. Bajó del coche y lamentó haber pisado una mancha de aceite similar a las que había en el césped al principio de los caminos de cada propiedad; aparentemente la casa estaba cerrada, silenciosa, deshabitada y pese a que todo permanecía oscuro, se acercó a mirar por una de las ventanas sin cortinas, pegó la nariz al cristal con escarcha y, con ambas manos, haciendo pared en los ojos, enfocó para visualizar mejor lo que parecía un bulto en el suelo. Se azaró bastante buscando una llave escondida dentro de los tiestos, debajo del felpudo, detrás de adornos, de periódicos atrasados y revistas científicas. ¡Y nada! Impotente, bloqueada, a punto de chillar y darse por vencida, se le ocurrió palpar el dintel de la puerta. ¡Ahí estaba! La cogió, abrió con dedos temblorosos y prendió las luces.
          –¡Larry! ¡Larry! ¡Larry, contesta! –se puso de rodillas y le sacudió por los hombros–. ¡Venga, compañero! ¡No me hagas esto, por favor! ¡Vamos! –Al notar un pequeño hilo en la respiración acercó el oído para sentirle mejor, colocó las yemas de los dedos índice y medio en el cuello, al lado de la tráquea y le tomó el pulso, estaba débil, pero había latido. Le examinó las pupilas con la linterna del móvil para observar si se contraían, y sí lo hicieron, así que, el adormilamiento se debería a algún fármaco. Consiguió despertarle un poco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó tocándose la nuca.
          –Te he encontrado caído en el suelo –respondió ayudándole a incorporarse.
          –¿Dónde estoy? –palpó alrededor buscando la gafa hasta encontrarla.
          –En tu casa, venga hombre, déjate de bromas –quiso restar importancia.
          –¿Quién eres? –dijo antes de reconocerla.
          –Soy Ashley, y, ¡basta ya! Mira que este jueguecito no me gusta nada, ¡eh! –expresó semienfadada.
          –Perdona, estoy aturdido, debo llevar horas así –consiguió ponerse en pie.
          –Estás helado –le frotó las manos.
          –¿Cómo has entrado? –preguntó todavía desperezándose. Se lo contó.
          –¿Has tomado algo para dormir? –dijo mientras cogía carpetas caídas.
          –No, solo la pequeña pastilla que pongo debajo de la lengua cuando me siento mal. Ven, subamos a la parte de arriba. –La madera de los escalones crujía según soportaba el peso de los cuerpos. A lo largo del tramo de escaleras una galería de fotografías en blanco y negro adornaban la pared, era gente anónima huyendo del hambre y de las guerras, de las detenciones ilegales, campesinos deslomados, mineros vestidos de silicosis, pescadores con la marca en la piel del compañero perdido, mujeres con el rostro tapado y otras no, niños y niñas con los churretes del llanto surcándoles las mejillas. En definitiva, reportajes de vida que captan aquello que no puede explicarse con palabras.
          –¿Diane no está? –Larry iba a hacer café, pero lo preparó ella.
          –Se fue a Gaza con un grupo de activistas, están desaparecidos, o al menos eso es lo que nos dicen en la embajada.
          –Si quieres le digo a mi amiga Bridget Witte, del FBI, que si puede averigüe algo, ¿eh?
          –Sí, por favor. Estoy muy angustiado y aun no le he dicho nada a las niñas, solo que su madre está sin cobertura.
          –No te preocupes, lo intentamos. Te preguntarás qué hago aquí, ¿no?
          –¿Visitar a un viejo amigo, quizá? –parecía recuperar el sentido del humor.
          –Además de eso, por supuesto. Hace un par de días vino a verme un estudiante del último curso de veterinaria y me contó que en un restaurante donde va a menudo, emergencias se llevó a algunos comensales por ingerir carne en mal estado. Al parecer el padre de un amigo suyo tiene una empresa de transporte, fueron ellos quienes distribuyeron la carne de vacuno desde el rancho Maxwell, así que la conexión la tienes servida. El chaval, antes de hablar conmigo, analizó un trozo de bistec y dio cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, también pesticida.
          –Ya, pero no tengo pruebas –lamentó con el pensamiento en otro lado.
          –¡Cómo que no! ¡Yo las traigo! –puso sobre la mesa cuanto el muchacho la dio–. Y, ahora va lo mejor: ¿Sabes qué empresa contrató a los transportistas?
          –Dímelo tú –de reojo vigilaba el correo en la computadora por si llegaban noticias.
          –WSR 255. Con todo eso supongo que Susan tiene argumentos suficientes para empezar a hacerlo público. Están envenenando al ganado y, en consecuencia, a los consumidores y consumidoras.
          –Es muy grave eso que dices. Ella lo que pretende es reducir la cría y, por supuesto, acabar con el engorde fraudulento de las reses, así como también utilizar productos nocivos para la salud. Ahora se ha mudado al rancho para ganarse la confianza del padre y así ejecutar desde dentro –ambos giraron la cabeza hacía la pantalla de televisión que estaba encendida sin que ninguno de los dos se hubiese percatado de ello.
          –Sube el volumen, Larry, por favor –pidió Ashley con el corazón sobrecogido al ver la foto que está dando la vuelta al mundo de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano, de cinco años de edad, en el distrito escolar de Columbia Heights, en el norte de Minneapolis, que ha sido detenido por el ICE. Al pequeño lo llevaban sujeto por la mochila de Spiderman como si fuese un delincuente muy peligroso, aunque en realidad lo que muestra dicha imagen es su carita de terror, mientras es conducido hacia un centro de inmigración y control de aduanas en Texas. A raíz de esto, algunos abogados que tienen a su cargo la defensa de los migrantes denuncian el estado deplorable de estos centros de detención, recintos donde el agua potable no es siempre y donde la comida viene, a veces, con insectos o escombros.
          –¿Hasta dónde será capaz de llegar el Presidente? –dijo Larry compungido.
          –La pregunta es: ¿cuánto aguantará nuestro país la desintegración? –contrapreguntó Ashley.
          –Está pitando la cafetera, por aquí tiene que haber unos dulces, espera, ya los vi –recordó a las hijas porque esas galletas eran sus preferidas.
          La conversación siguió con momentos de mucha angustia por todo lo que estaba pasando, tanto a nivel individual como colectivo. Ashley recibió un e-mail de Bridget Witte en tono poco amigable, alegando que su departamento no podía hacer ninguna diligencia ya que Diane Erickson fue a Gaza por voluntad propia, sabiendo a lo que se arriesgaba yendo a zona de conflicto, además el presidente Trump y el primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu se entendían bastante bien y no había que enfadar al jefe –continuó desagradable–. Ya sabes cómo son los periodistas –exclamó–, meten las narices donde no les importa y después pasa lo que pasa. De modo que, quédate tranquila porque seguramente estará metida en los suburbios haciendo reportajes. Evidentemente, Ashley, no lo leyó en voz alta, solo dijo que estaba fuera de su competencia.
          –No desesperes, hay que seguir intentándolo. Tengo colegas trabajando allí en hospitales de campaña, les preguntaré.
          –Gracias, de corazón. Mira, ya que estás aquí, ¿qué opinas de esto? –le enseñó un historial médico–. El caballo de unos labradores que mantienen una granja modesta ha caído enfermo, tengo anotado el diagnóstico, pero prefiero cotejarlo contigo.
          –Yo diría Virus del Herpes Equino-1 –dijo tajante.
          –Eso es, suele propagarse en eventos ecuestres y ellos estuvieron en uno, así que lo tuve claro sin necesidad de hacerle la prueba del hisopo.
          –Le habrás aislado para que no contagie a los otros, ¿no?
          –Sí, claro. ¿Quieres venir conmigo a hacer la ronda y te presento a mis pacientes? –necesitaba compañía, sentir una presencia cálida junto a él mientras esperaba noticias de su compañera de vida.
          –Vamos.
          Sobre la mesa del despacho del señor Maxwell había una caja de madera donde se guardaban los sobres con la paga de los muchachos, que Paul, el capataz, entregaba uno a uno. Según iban saliendo rugían los motores de las camionetas listas para bajarse al pueblo y gastarlo en cerveza, hamburguesas, whisky de contrabando y los había también que no salían de los burdeles de carretera. The Timber Bar Cowboy City era un local a las afueras del pueblo donde la mayoría de los jornaleros de la comarca socializaban al caer la tarde, una vez por semana. Ubicado frente a las montañas de Crazy Mountains, su estructura de madera, tanto por fuera como por dentro, aportaban un ambiente rústico recreando imágenes del wéstern americano, incluyendo un palenque a lo largo de toda la fachada donde amarrar a los caballos mientras saciaban la sed en los abrevaderos. Al fondo del local, bajo la potente luz artificial que la hacía resplandecer, si cabe, aún más, la gran mesa de billar acogía el juego silencioso y calculado de algunos lugareños compitiendo con forasteros que solo iban de paso. Cuando el viejo vaquero y Susan llegaron muchos estaban dándose ya un homenaje de pepinillos, alitas de pollo fritas y aros de cebolla, se sentaron lo más apartados posible y ella fue a encargar las comandas.
          –¿Quieres lo de siempre: carne de búfalo con salsa de mostaza y miel o lo prefieres con salsa barbacoa?
          –Sí, mejor barbacoa –respondió él.
          –Vale. Entonces para mí trucha degollada, pan de elaboración casero, queso cheddar, lechuga, tomate y mahonesa, estoy saciada de tanta proteína y grasa. Dejaste la nota con las coordenadas de la ciudad de Garnet sobre la cama, ¿por qué? ¿Hay algo que no me has contado? –fue muy directa.
          –Porque es donde encontrarás respuesta a todas las preguntas que vas haciendo a diestro y siniestro. Samuel W. Roberts tiene ahí su cuartel general, un laboratorio portátil donde mezcla componentes varios que después tu padre aplica al ganado y si da resultado, fantástico, que no, pues también fantástico, siguen adelante sin importarles la salud del ganado ni de las personas.
          –¿Paul está al corriente? –temió llevarse una decepción.
          –No, es una persona íntegra, de alguna manera se habría opuesto.
          –¿Y tú? –la camarera interrumpió la conversación trayéndoles el servicio.
          –Me consideran viejo, tonto y sordo, les sigo el juego y dejo que hablen despreocupados captando así hasta el más mínimo detalle. Hace meses llegaron unos bidones a nombre de la sociedad Robwell Animal food products S.A., el rancho estaba patas arriba con los preparativos de la boda de tu hermana, de modo que yo recibí y custodié el pedido en el cobertizo que tú registraste.
          –El día de la ceremonia también entré con Larry Erickson, el veterinario.
          –Lo sé, vigilé de cerca para que no os descubrieran.
          –Perdona, continúa –pidió interesadísima.
          –Al cabo de tres o cuatro semanas se presentaron los hombres de confianza de Roberts y los cargaron en la parte trasera de los vehículos, fue entonces cuando tu padre les dijo que lo llevasen a la ciudad de Garnet indicándoles que cogiesen el camino de tierra semi oculto entre árboles, al fondo verían una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Antes de eso abrí uno de los barriles y el olor que despedía a pesticida no me gustó nada.
          –¿Qué hacen después lo mezclan allí con el pienso? –de ser así se avergonzaba de llevar el apellido Maxwell.
          –Realmente no lo sé. Ya sabes que a tu padre le gusta tener la silla de montar en perfectas condiciones y solo permite, además de él, que la prepare yo. Acababa de venir de montar y me pidió que limpiase el cuero con jabón de glicerina, entonces uno de los muchachos le informó del mal estado de algunas vacas tras haber comido de los últimos forrajes que trajeron. Me miró de reojo y no moví ni un solo músculo de la cara, señal de que no escuchaba, eso le dio pie a ordenar el inmediato sacrificio de las reses, incinerarlas y, como medida de precaución, destruir también el pasto. Alargué la faena hasta que llamaron a Paul para encargarse de hacer el trabajo sucio que acató de mala gana, al pobre siempre le tocan los entierros y la eliminación de pruebas.
          –Por tanto, está al corriente de las actividades comerciales ilícitas que mantiene mi padre –refiriéndose siempre al capataz.
          –Desde que Charly murió no tiene el mismo comportamiento de lealtad con el amo –al acabar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –¿Acaso el caballo fue víctima incluso del cruel envenenamiento? –preguntó dolida.
          –No tengo respuesta. –La cantina empezó a llenarse todavía más, alguien se puso detrás de Susan y la tapó los ojos, era Paul.
          –¿Estás conspirando para presentarte a Gobernadora? –dijo a la vez que se sentó con ellos–, seguro que los muchachos te votarían.
          –¡Qué va! ¿Te apetece venir conmigo a Garnet? He de hacer algo y me vendría muy bien un poco de compañía –tanteó.
          –Concretamente, ¿qué? –aunque lo intuía, preguntó–. Y tú no le calientes la cabeza, ¡eh! –dirigiéndose al anciano.
          –Perdone, ¿podría subir el volumen, por favor? –pidió una granjera desde la otra punta. El dueño del restaurante lo hizo. Savannah Guthrie, periodista de NBC y copresentadora del programa matinal de máxima audiencia The Today Show, aparecía en pantalla, en foto fija, y en cuyo pie anunciaban que desde el 1 de febrero su madre Nancy, de 84 años, había desaparecido. Pocos eran los detalles que las autoridades habían podido recabar, aunque desde el principio apuntaron al secuestro y no a la desaparición voluntaria. La mujer cenó en casa de otra hija y después un Uber la llevó a su domicilio. Horas más tarde desconectaron la cámara situada en la puerta principal. La familia está muy preocupada porque la aplicación que controla el marcapasos que lleva se desconectó de su teléfono. La presentadora ha agradecido públicamente las oraciones que la gente dedica a su madre. En el lugar de los hechos hallaron sangre perteneciente a Nancy. Se teme lo peor… Un silencio abrumador se instaló en el local que poco a poco se fue llenando con más gente, la mayoría conocidos de otros ranchos, de las ferias del ganado o de rodeos celebrados en casi todo el estado de Montana. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo comentario respecto a la peligrosidad que manaba por todos los rincones del país. Susan, Paul y el viejo vaquero, bebieron cerveza y evitaron tocar temas espinosos, así harían mucho mejor el camino de vuelta.
          Cuando le retiraron la venda de los ojos, bajó la capucha y la molestia de la rozadura hecha por la bota en uno de los pies, hacía que cojease un poco. Entonces, entendió que correr en tales circunstancias era imposible, por eso, horrorizada e impotente se quedó quieta delante de las ruinas de la ciudad de Gaza. Los pocos edificios que se mantenían en pie, agujereados y atravesados por las ojivas de los misiles daban sombra a aquellos supervivientes, en su mayoría ancianos, negados a dejar el barrio que los vio crecer, convertido ahora en la morgue sobre escombros donde yacen familiares, vecinos y vecinas, compatriotas que antaño construyeron la vida en el barrio de Zahra, con sus casas grandes y zonas al aire libre donde niños y niñas jugaban a la sombra de almendros e higos. Diane se unió a ellos en el momento en que los militares que la retuvieron en el aeropuerto la abandonaron a su suerte. Deambuló por las calles vacías, ocupadas solamente por coches destrozados cuyos asientos todavía conservaban la marca de quienes viajaron en ellos; tiendas, víctimas de sabotajes esparcían por el suelo envases con pizcas de alimentos podridos a los que el hambre no hace ascos y diminutos charcos de agua donde acudían a refrescar la lengua algunos perros callejeros. Una mujer con grietas en las manos, secuelas de haber realizado duros trabajos domésticos y el esposo postrado en cama, la acogieron a cambio de salir a buscar comida para ellos. Diane aceptó, eso le facilitaría moverse por lugares donde contactar con colegas y llamar a casa, sin embargo, dos semanas después de proponérselo, frustrada y sin haber encontrado a ningún periodista que la pudiera ayudar, jugándose la vida y escondiéndose para cruzar al otro extremo de la ciudad, volvió con algo de arroz y un Khubz, una de las variedades de los panes árabes, que la pareja de nonagenarios devoró ansiosos.
          –¡Teléfono! ¡Necesito telefonear, por favor! ¿Entienden lo que digo? –suplicaba desesperada.
          ¡No problem! ¡No problem! –aterrado, exclamaba él en inglés temiendo que les hiciese algo. Ella, se puso detrás de una cortina, se quitó el pantalón y sacó los dólares que llevaba enrollados por dentro de la cinturilla y que no descubrieron en el registro. Les dejó un par de billetes y el resto se lo quedó para comunicar con los suyos.
          El coche del sheriff apareció por el rancho Maxwell levantando una gran polvareda. Paul y los muchachos pararon la faena observando la cara contrariada del amo.
          –Lo siento, Maxwell, tienes que acompañarme…


11.
Huellas profundas de osos grises sobre la nieve que cubría toda la ladera de las montañas, alertó a los habitantes de Big Timber obligándoles a montar guardia en cada punto vulnerable por donde se podrían colar. Paul capitaneó al primer grupo de hombres que, rifle en mano, velaron por la seguridad del rancho Maxwell; organizó también a las mujeres que debían estar atentas a cualquier movimiento extraño cerca de las cabañas donde dormían los hijos y las hijas, así como los más ancianos y ancianas de la finca. La nuera de uno de los vaqueros empeñada en ayudar como fuera, se dedicó a llenar termos de café y otros solo con leche. Su cabaña era una de las más alejadas, con lo mínimo que necesitan dos familias para vivir apretadas. De origen mexicano, concretamente de Baja California, emigraron a Montana buscando prosperidad y libertad para los suyos, en cambio encontraron una sociedad hermética, fría, aislada, conservadora y bastante reacia a abrirle las puertas a quienes vienen a quedarse, pero el buen trabajo y la fidelidad al amo, les proporcionó un empleo seguro, aunque remunerado muy por debajo del salario oficial. Las ráfagas de viento traían voces y gritos como del más allá y las ramas de los árboles que sacudían contra los postes de luz, creaban un ambiente de terror, exaltando también a los perros guardianes. Ella se echó una bolsa al hombro y salió a repartir a los muchachos, cuando regresaba, el potente foco de una linterna la deslumbró, a la vez que perdía el conocimiento con un pañuelo empapado en cloroformo, tapándola nariz y boca. Despuntando el amanecer, todo volvió a la normalidad, las primeras horas fueron de recuento de los posibles daños materiales y reses destrozadas con las tripas fuera, así que, nadie se percató de su llegada. El suegro, casi ciego, pero con un sexto sentido muy afilado, intuyó por la forma de caminar de la nuera y el olor a sangre, que traía las ropas rasgadas y el secreto bien guardado, por miedo a ser repudiada por el esposo, de haberla violado. Se cambió rápidamente y reanudó la faena cotidiana.
          –¿Abuelo qué hace levantado tan temprano? –dijo simplemente.
          –Cuidar la honra de esta casa.
          –Bébase esta taza de leche y échese un rato, yo le despierto para el almuerzo –las lágrimas, solapando el sudor, la ensuciaron la cara.
          Susan acompañó a su padre hasta la oficina del sheriff donde fue preguntado por su relación con Samuel W. Roberts. Algunos agentes, mascando chicle y aburridos del trabajo rutinario de oficina, tomaban declaración a cuatro jóvenes en estado de embriaguez que, habiéndose saltado el máximo de velocidad permitido, atropellaron a un lobo, lo cual hizo efecto llamada paseándose por el pueblo una camada de mamíferos carnívoros buscando venganza. En el despacho principal se desarrollaba una fortísima discusión, los gritos y blasfemias resonaban por todo el recinto como si se estuviese librando una siniestra batalla campal. Una mujer que también esperaba a alguien o ser atendida, fumaba un pitillo tras otro y tranquilizaba con caricias al hombre que se mordía las uñas. Acompañados por dos guardias los cuatro chavales emprendieron camino hacia los calabozos, y no por el siniestro del lobo, sino por la denuncia contra ellos por haber violado presuntamente a una adolescente seis días atrás. Al señor Maxwell se le acabó la paciencia y tocó en la puerta.
          –Un momento, por favor –dijo el jefe.
          –Bueno, ya está bien, que llevo aquí mucho rato y estoy muy ocupado.
          –No te impacientes, todos lo estamos y mira, en vez de estar con la familia, leyendo la Biblia, me tenéis resolviendo entuertos absurdos. ¡Siéntate! –señaló la silla– ¿Sabes para qué te hemos hecho venir? –preguntó sarcástico.
          –No, dímelo tú –contestó en el mismo tono. Parece mentira que se hablasen de ese modo cuando habían sido grandes amigos.
          –Han asesinado a Samuel W. Roberts, al que tú conocías bastante bien –dejó pasar unos minutos de silencio para observar la reacción del ranchero–. ¿Te contó que viajaba a Canadá?
          –No, no compartimos cosas personales, el único vínculo que teníamos eran algunos negocios, pero ninguno en el país vecino.
          –¿Sabías que tenía una hija? –preguntó el sheriff.
          –No, ni idea –era verdad.
          –¿Tampoco que lleva semanas en Tumbler Ridge donde estudia la chica? –querían pillarle en un renuncio.
          –Si no sabía que tenía una hija, cómo demonios iba a saber que estudiaba ahí –respondió irónico.
          –¿Estaba casado? –el objetivo era ponerle nervioso y que cometiese un fallo.
          –¡Qué sé yo! –Susan notó el nerviosismo de su padre ya que no hacía más que mirar el reloj.
          –¿Quién es su pareja? –el sheriff y sus chicos estaban disfrutando.
          –No lo sé –encendió la pipa que se había apagado.
          –¿Dónde vive? –el interrogatorio era asfixiante.
          –A ver si lo entiendes, coño: que no tenemos relación más allá de algunos tratos comerciales, nada más, yo le proporciono clientes y él me hace descuentos en los materiales que necesito. ¡Ya!
          –¿Cómo le conociste? –obviaban sus respuestas.
          –En The Timber Bar Cowboy City, adonde vamos todos normalmente –mintió, se conocieron en una fiesta ganadera.
          –¿Qué tipo de negocios tenéis? –sonó el teléfono y el ayudante salió a hablar desde otro sitio.
          –Oiga, está atosigando a mi padre, ya le ha dicho que la única relación es profesional. ¿Le acusan de algo? Porque de ser así, no diremos nada si no es en presencia de nuestro abogado –Susan se puso muy seria y el padre respiró.
          –No le acusamos de nada, solo queremos saber. ¿Se han enterado del tiroteo que ha habido en una escuela secundaria de Columbia Británica, al oeste de Canadá?
          –No –el señor Maxwell prestaba mucha atención.
          –Pues entre los heridos muy graves se encuentra la hija de Roberts. Él, al enterarse corrió al lugar de los hechos y, pistola en mano, disparó al presunto asesino, pero este se había suicidado segundos antes. Tras la confusión de quién habría sido el autor de la matanza, se escapó una bala impactando en la cabeza de Samuel, que murió en el acto. La Real Policía Montada de Canadá ha contactado con el Gobernador y su oficina con nosotros y, ya que no localizamos a ningún pariente que vaya a identificar el cadáver, he pensado que quizá tú podrías hacerlo.
          –¿Te has vuelto loco? ¡Ni hablar! –elevó el tono de indignación.
          –Bueno, eres la mejor opción –descolgó el auricular del teléfono, pero el señor Maxwell no estaba dispuesto a asumir tal responsabilidad.
          –Si hay una criatura, habrá una madre, ¿no? –preguntó Susan.
          –Evidente –contestó el ayudante del sheriff que había regresado.
          –Y, si la niña está gravemente herida, es lógico que la madre esté con ella en el hospital, ¿verdad?
          –Muy probable –continuó el agente.
          –Pues ahí tienen la clave: búsquenla –cogió los abrigos de la silla donde los habían dejado y sacó al padre casi a empujones y sin darles oportunidad a impedírselo–, ¡ah! Otra cosa, la próxima vez no vendremos si no es con orden judicial.
          El zumbido de los drones puso en alerta a Diane mientras deambula por las calles de Gaza, donde se mezclaban con ella, sin rumbo fijo, perros esqueléticos que como último alimento lamían las heridas de los amos convertidos en cuerpos mutilados, abandonados a la intemperie y cohabitando con ratas e infecciones mortales, escombros y cascotes cayendo en cuanto la más mínima ráfaga de viento agitaba las estructuras desnudas. Desorientada, esquivando a maleantes vestidos de militar sin serlo, se adentró en el barrio de Tel al-Hawa, al suroeste de la ciudad, cuya población, a consecuencia de los bombardeos, sufre una gran crisis y confinamiento, como también, la dolorosa pérdida de cientos de compatriotas inocentes que hallaron la muerte yendo a por pan para los suyos, ciudadanos y ciudadanas asesinados salvajemente, padeciendo vejaciones que avergüenzan a la humanidad. Absorta en sus pensamientos, transitaba con pies de plomo sobre ese escenario, cuando alzó la vista y descubrió que entre los tejados asomaba el mástil de una antena. Se acercó y, pegando la espalda a la pared desconchada, por miedo a caer por el hueco al vacío, subió los tramos de escalera muy despacio; arriba, sujeto con chinchetas se sostenía el logo: Zaman FM, la radio que después de dos años silenciada, volvía a abrir los micrófonos. Diane saludó al chico en árabe junto con algunas palabras sueltas mal aprendidas, él se separó los auriculares y respondió. Apenas la mesa de mezclas, una silla destartalada, papeles medio quemados y restos de lo que pudo haber sido una redacción, era todo el mobiliario a la vista.
          –Soy periodista estadounidense –consiguieron entenderse en inglés–, vinimos muchas personas con ayuda humanitaria, también para contar in situ lo que se vive desde aquí, cómo está la población y si se respetan los acuerdos puntuales como la entrada de productos básicos o farmacéuticos para sobrevivir, pero nos secuestraron y separaron en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en Tel Aviv. Tras mucho calvario y sin comprender por qué lo había hecho, me abandonaron a mi suerte –narró su experiencia con la pareja de ancianos a los que dejó unos dólares.
          –No hay futuro, no nos queda nada, nos lo han quitado todo, hasta las ganas de seguir adelante, sin embargo, somos conscientes de que esta humilde emisora es una de las pocas esperanzas que surgen día a día para sentirse acompañado.
          –He visto que los hospitales están prácticamente destruidos y en la puerta hay pacientes con el goteo a la intemperie.
          –Exacto, apenas queda material quirúrgico.
          –Nosotros traíamos, pero lo confiscaron todo.
          –Las mujeres paren solas, sin matronas y cuando se presenta una cesárea u otra cirugía más complicada, se las ven y se las desean para conseguir anestesia. Nos morimos de hambre, de enfermedades contagiosas, de abandono, de miseria y afuera han normalizado nuestra situación.
          –Probablemente no os llega el eco, pero existe un movimiento activista bastante importante de apoyo al pueblo palestino, manifestándose en las calles de muchas ciudades, aun a riesgo de detener y encarcelar a los asistentes por denunciar el genocidio frente a las sedes de partidos políticos, de los parlamentos, Naciones Unidas, de la OTAN y demás administraciones; han capturado barcos de varias ONG cargados de comida, ropa, medicinas, material escolar, juguetes y artículos de aseo y limpieza, algunos fueron amenazados con dispararles misiles si traspasaban aguas internacionales. Actos muy desagradables e inhumanos de mucha impotencia. No obstante, se sigue intentando.
          –Entonces entenderá cómo nos sentimos y el grado de nuestro sufrimiento –pidió silencio y, orientado hacia la Meca, abrió el micrófono e inició la oración del atardecer. Finalizado el Salah, purificado el cuerpo, la mente y el alma, le sustituyó otro locutor y ellos retomaron la conversación–. Bueno, pero usted ha venido a algo más, ¿me equivoco?
          –Necesito comunicar con mi familia y que ellos desde Estados Unidos hagan los trámites necesarios para que el gobierno de mi país interceda por mí. Han vulnerado todos mis derechos, no tengo pasaporte, celular, computadora, carnet de prensa, tampoco dinero –ocultó que la quedaba algo–, ni el pasaje de vuelta.
          –Nosotros no tenemos cobertura con el exterior, como ve solamente emitimos mensajes de servicio público, por ejemplo, no acercarse a determinada zona con peligro de derrumbe.
          –¿Ese fax funciona? –se fijó en una especie de centralita.
          –Está prohibido usarlo.
          –¿Y la centralita?
          –Igual.
          –No me va a ayudar, ¿verdad?
          –No puedo, lo siento –se le notaba molesto con la presencia de Diane.
          –Somos colegas, los periodistas nos ayudamos unos a otros, forma parte de nuestro código deontológico. Quizá podríamos comunicar con la NBC, se lo ruego.
          –No es posible, lo lamento –Diane comprendió el resentimiento de aquel hombre que se mostraba vencido en todos los aspectos de la vida. Resignada y cariacontecida, con sumo cuidado para no tropezarse, bajó la escalera calculando muy bien dónde ponía cada pie y se lanzó a la hostilidad del barrio de Tel al-Hawa, sin saber que se metía en la boca del lobo.
          Días después de haber estado en la oficina del sheriff y habiéndose realizado la identificación del cadáver de Samuel W. Roberts por la madre de su hija, cuando todavía no había amanecido, el señor Maxwell entró en el dormitorio de Susan a despertarla, abrió el armario y la ordenó vestirse mientras trasteaba por encima de los papeles que tenía junto a la computadora. Aparentemente mostraba mucha tranquilidad, aunque los nervios o la impaciencia le apremiaban a borrar todo rastro comprometido que le uniera al socio que nunca debió ser. Sin embargo, antes de emprender viaje de cuatro horas y media a Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, la chica tenía algo pendiente que hacer, ensillar y montar a una bellísima yegua que aún nadie lo había conseguido. Por tanto, se ajustó los bluyín, se ciñó el chaleco de cuero, encajó el sombrero cowboy y salió al exterior donde observó a varios jinetes calentando a los caballos para que los reconozcan a través de sus voces y del olor personal de cada cual. Paul, el capataz, les daba instrucciones, pero al verla llegar se hizo el silencio, algo que sorprendió muchísimo al señor Maxwell, quien se acercó también a la cerca para disfrutar del espectáculo. Sabía que su hija no les iba a defraudar. Con paso firme, aunque despacio, y mirando de frente a la yegua, la cepilló el lomo, colocó el sudadero, comprobó que el cincho, los estribos y la pechera reposasen sobre la silla de montar, y una vez que todo estuvo listo y ella segura, puso un pie en el estribo, se montó y empezó a cabalgar, el viejo vaquero sintió tremendo orgullo de su alumna más aventajada. Una vez terminada la exhibición, padre e hija se fueron en la camioneta.
          –Ayer llegaron por equivocación unos bidones de Robwell Animal food products S.A. –comentó el señor Maxwell.
          –Sí, lo vi, pero supuse que los habías pedido tú –dijo haciéndose la inocente.
          –Pues no, los tenían que haber llevado a uno de los almacenes de Samuel.
          –¿Es que tiene más de uno? –de sobra lo sabía.
          –Más o menos. Anda, conduce atenta a la carretera no nos vayamos a estrellar.
          –¿Ahora que él no está, qué va a pasar con nosotros? –vio de reojo al hombre perderse en el infinito.
          –Nada de particular, seguiremos adelante con el rancho, la cría de reses, la agricultura y continuaremos siendo la familia más respetada de nuestra iglesia y de toda la comarca. ¿Hay algo que te preocupe especialmente? –a veces no se fiaba de ella.
          –¿Y a ti? –contrapreguntó.
          –Gira a la derecha y a dos millas y media, semioculta entre árboles legendarios, hay una cabaña de madera cuya chimenea de piedra arropada por hojas firmes trepa erecta hasta ser visible, ahí hemos de parar.
          –De acuerdo –prefirió no indagar más. Fueron callados la recta final del camino, hasta que ella volvió a romper el hielo–. ¿Esa cabaña es de nuestra propiedad o suya?
          –Avanza un poco más –no respondió–. Mira, ya se ve la chimenea, ve más despacio, puede que haya gente no deseable.
          –¿A qué te refieres? No me asustes, ¡eh!
          –A los hombres de confianza de Roberts. Veremos. –Susan paró el motor y bajaron de la camioneta. Aparentemente por allí, dado el estado de maleza crecida delante de la entrada, hacía mucho que no iba nadie. El señor Maxwell introdujo la llave en la cerradura y, al abrirse la puerta, un pájaro de inmensas dimensiones chocó contra él tambaleándolo, aunque sin perder el equilibrio. Una vez dentro, el espacio visible era pequeño, pero con trampa, tiró de la aldaba fijada en un extremo del suelo y levantó la trampilla, se asomó y aparecieron los barriles, subieron dos cuya marca roja indicaba que ahí estarían los papeles de la empresa constituyente. Con la punta de un cuchillo los destaparon, sin embargo, no había nada–. ¡No puede ser! Juraría que lo puse aquí.
          –Si me dices qué estamos buscando podré ayudarte.
          –Los contratos que firmé con Robwell Animal Food Products S.A., no quiero que su mierda me salpique.
          –Quizá te has equivocado de bidón, destapemos uno por uno –antes de negarse el padre, así lo hizo–, no lo entiendo, aquí solo hay agua –al ranchero le cambió la cara de color…
          La mañana despuntó complicada en lo meteorológico, y compleja en lo profesional para Larry Erickson, ya que asistió en diferentes granjas a cinco partos, cuyos recién nacidos venían bajo el “síndrome del ternero débil”, enfermedad que presenta mucha fragilidad para ponerse en pie y succionar, lo cual aseguraba casi al cien por cien la mortalidad en la primera semana de vida. Sin noticias de Diane, y con la esperanza cada vez más frustrada de que estuviese bien, trataba de mantenerse firme por las hijas a las que todavía no había comunicado la desaparición de la madre. Las noticias de una nueva guerra en Oriente Medio hacían temblar las placas tectónicas de la paz en el mundo. Estados Unidos e Israel, fieles aliados, han realizado un ataque masivo contra Irán, cuyo objetivo era forzar un cambio de régimen matando al ayatolá Ali Jameneí. En dicho ataque han muerto centenares de personas y muchas otras han resultado heridas. Destapando el polvorín del conflicto bélico, el Presidente que tanto prometió en campaña no involucrar al país en guerras extranjeras, lo ha incumplido. Congresistas demócratas y algún republicano han mostrado su malestar y condena por no haber llevado al Capitolio la votación del ataque. Corren malos tiempos para hablar de seguridad mundial, de consideración hacia acuerdos internacionales que datan del siglo pasado y están absolutamente más vigentes que nunca. El veterinario regresó de sus pensamientos a la realidad, con un mal presentimiento en el corazón respecto al paradero de su esposa. Estaba solo en el establo de un granjero agrícola que vivía en las montañas, gran productor de huevos y leche, quien detectó en varias ocasiones enfermedades no diagnosticadas en sus vacas a las que sanó con métodos ancestrales, sin embargo, alarmado esa vez por la coloración azulada de las lenguas, llamó al profesional, a pesar de no gustarle las batas blancas para los animales. Mientras que Larry Erickson reconocía el estado general de la vaca y determinaba el lugar exacto donde habitaba el mosquito transmisor del virus, el sonido ensordecedor de un avión que volaba bajo, volvió a poner delante de él la frescura de la sonrisa de Diane deseoso de verla muy pronto…


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