domingo, 9 de mayo de 2021

No puedo respirar

 18.

No te preocupes –digo a Georgia, animándola por videollamada puesto que los últimos ciclos de quimio están siendo agresivos para un organismo tan castigado–, te quedas al frente del Fuerte junto a Steven, os mantendremos informados. Si estáis apurados pedid ayuda y que manden a alguien de Winona, allí siempre sobra gente’. ‘¿Acaso no nos crees capaces de manejar la situación nosotros solos?’. ‘¡Por supuesto que sí! –reímos a carcajadas–. ¡Menuda eres tú!’. ‘Oye, tu protegido es un crack’. ‘Sabía que no me equivocaba’. ‘¿Qué tal el vuelo?’. ‘Largo y pesado. Hemos tenido de todo, incluso un amago de aterrizaje forzoso que resultó ser una falsa alarma. El comandante creyó que uno de los motores se había incendiado, pero al parecer fue un reflejo deslumbrante tras el impacto de un pájaro que se desintegró’. ‘Puedo imaginar vuestras caras’. ‘Uf, mejor ni las describo’. ‘Todavía no habéis averiguado nada ¿verdad? Hasta donde hemos podido indagar no consta su nombre en ninguno de los transportes que llevan a Chiribiquete’. ‘No, acabamos de instalarnos en el motel de San José del Guaviare. En cuanto descansemos iniciamos la búsqueda’. ‘¿Qué ambiente hay?’. ‘Muy relajado. Aquí la vida se realiza prácticamente en la calle excepto para comer, dormir y otras necesidades básicas. La mayoría de los senderos son de barro. Sorprende ver destellos de alegría en los rostros de los niños teniendo en cuenta que muchos de ellos rozan el umbral de la pobreza’. ‘La mayor parte de la población es agropecuaria, ¿verdad?’. ‘Exacto’. ‘En fin. Quizá si reúnes datos podamos presentar un informe para que la central lo lleve hasta Naciones Unidas’. ‘Eso sería fantástico’. ‘Markel, ha llamado Margot Garland’. ‘¿Y qué ha dicho?’. ‘Pues que tenéis arreglados los permisos, y orden en el consulado para que os proporcionen todo cuánto os haga falta. Ah, y que la localices en caso de complicaciones’. ‘Estupendo. Mañana, en cuanto amanezca, partimos’. ‘Tened cuidado, por favor’. ‘Tranquila, que no te vas a librar de nosotros tan fácil. Por cierto, apunta el teléfono y la dirección del abogado que llevó el caso de mi compañera. Si quieres ir adelantando pide cita, o bien, cuando regrese te acompaño. Como prefieras’. ‘Lo pensaré…’. El deseo de una ducha caliente se esfuma en cuanto compruebo que por el caño del grifo sale un chorro turbio y espeso. Bajo a recepción y una voz melosa me informa de que ese servicio no está incluido en el precio contratado, por tanto he de pagarlo a parte.
          La alarma despertador en mi reloj de muñeca parpadea a la vez que emite un pitido parecido al de un radar de largo alcance. Son las 4 a.m. y, aunque el ventilador del techo ha funcionado todo el tiempo, hace un calor sofocante, nada que ver con la temperatura de Minnesota. El apagón del alumbrado público aumenta más la negrura de la noche cuyo efecto óptico confunde las sombras deformes con la boca del lobo. Portando la mochila, mi acreditación y un montón de mapas con coordenadas que no entiendo, atravieso la estrecha galería adonde dan las habitaciones en su mayoría vacías. En la planta baja, al final del pasillo, hay un sillón de madera oscura y un par de mecedoras a juego, ocupadas por dos mujeres aguardando quizá para realizar el check-in. ‘Good morning, muchachos’. ‘Tío, estas no son horas de sacarnos de la cama –dicen ambos muertos de sueño–. No tienes compasión, Markel’. ‘¿Estáis listos? –ignoro el comentario que encajo como broma–. Hay un coche esperando, igual viene a recogernos’. ‘Oye, un momento: estamos hambrientos, desde ayer en el almuerzo no hemos probado bocado y habría que desayunar algo’. ‘¿Quién hay en el mostrador? –pregunto–. A ver si nos pueden preparar unos bocadillos’. ‘¡Pero date cuenta dónde nos hemos metido –exclaman–, que hasta las puertas no tienen cerrojo!’. ‘Vámonos, seguro que encontramos algo abierto’. El taxi, tres horas después, conducido por un latino que habla sin descanso, entra en el término de Calamar, municipio del departamento del Guaviare, poblado por campesinos e indígenas que mantienen la economía criando ganado ya que sus tierras de color rojo no son muy fértiles para el cultivo. Sospechamos que ahí tampoco encontraremos a alguien que nos diga qué hacer o cómo empezar. Pero, para sorpresa nuestra, en el puerto, representantes de algunas ONG medioambientales nos reciben con manjares que saciarán los rugidos de las tripas. Es la primera vez, al menos en mi caso, que pruebo el casabe de yuca, un pan tradicional, crujiente, delgado y circular que es parte de la dieta colombiana diaria. Para darle fin a la bandeja paisa compuesta por arroz, frijoles, carne molida, chorizo, chicharro, huevo y aguacate, hay que tener muy buen estómago y nosotros contamos con ello. Como broche final traen una macedonia de frutas tropicales donde predomina el chontaduro. De modo que, con el buche lleno, nos dividimos en dos grupos. William, a bordo de una lancha llamada aquí “voladora”, remontará el río Apaporis hasta las confluencias del Macayá y Ajajú para llegar al macizo norte de la Serranía de Chiribiquete. De la zona sur me encargo yo sin descartar una inspección exhaustiva por El Estadio. Mientras tanto, Jeff se queda en el muelle dándonos cobertura.
          En cuanto tome altura el helicóptero al que subo tiene todas las papeletas de partirse en mil pedazos. Sin embargo, aguanta y me regala unas vistas espectaculares de la selva tropical y bosques de galería delineados con el color vino tinto de los afluentes que soportan una fuerte carga de taninos. Descendemos para sobrevolar la zona frecuentada por excursionistas a pesar de insistir que la persona a la que buscamos ha ido a investigar y no por ocio. Además, pienso que es imposible distinguir a nadie ahí abajo. El piloto, manteniendo el aparato estable, me cuenta que a veces los exploradores montan campamentos en el centro de alguna meseta que esté por encima de 600 metros sobre el nivel del mar, y que bajar de ahí es muy peligroso ya que son superficies de piedra con cañones verticales cuyo riesgo conlleva caer al vacío. Eso todavía me tranquiliza mucho menos. Dos horas y media después, habiendo inspeccionado el terreno y comprobado la gran dificultad que supone visualizar un cuerpo quieto o en movimiento en un espacio frondoso, decidimos volver a Araracuara donde me informan que mis compañeros tampoco tienen noticias esperanzadoras. Hacia el suroeste, en un bote rudimentario que tolera el peso del lanchero, su segundo y el mío propio, navegamos el río Yarí. Reconozco que mi máxima preocupación es quedarme lo más alejado posible de los bordes y estar muy atento por si de repente aparece algún cocodrilo que pueda pegar un bocado en cualquier punto de la eslora y hacernos caer al agua. Pero, como ha ocurrido otras veces, es Glenn Clemmons, y en esta ocasión su recuerdo quien me salva de los miedos que contraen los latidos del corazón.
          Hace años que decidimos pasar juntos la víspera de Acción de Gracias siguiendo un ritual fundamentado en tres costumbres que para nosotros son importantes: mantener la chimenea encendida por muy borrachos que estemos de brandy, ser humildes en nuestra actitud frente a la vida y honrados a la hora de hacer la lista de aquellas cosas por las que nos sentimos afortunados y profundamente agradecidos. Me vienen a la cabeza episodios inolvidables de toda nuestra trayectoria, opiniones desnudas de prejuicios y conversaciones vehiculadas hacia lo más sencillo del ser humano: tratar de mejorar como especie. Considero que soy un tipo fuerte aunque con determinadas parcelas endebles de salud. Pues bien, el cuarto miércoles del noviembre anterior, celebrando en casa los dos solos nuestra particular ceremonia de Acción de Gracias, con las lumbares doloridas y a veinticuatro horas de disfrutar en familia del gran pavo que siempre prepara mi madre, con su famoso relleno hecho de pan de maíz y salvia, y su misteriosa salsa de arándanos cuya receta no se la cuenta a nadie, Glenn me hace la siguiente pregunta: ‘¿Crees en Dios?’. ‘No –respondo, más que convencido, resignado–. ¿Y tú?’. ‘Tampoco, y reconozco que es un salvavidas para aquellos que tienen fe y dan sentido a su existencia, pero no me creo esa historia tal y como nos la han contado’. ‘Ya, eso lo dices ahora que te mantienes sobrio –guiño un ojo–, veremos qué piensas después de que nos bebamos todo esto –señalo las botellas que hay sobre la mesa–. Fíjate, hubo un tiempo en que Alaia y yo tratamos de profundizar en el porqué de nuestras no creencias y para ello asistimos a ceremonias y charlas con el pastor de la iglesia recomendada por unos conocidos suyos, incluso nos introdujeron en la filosofía del “Mindfulness”, con sus prácticas de relajación y de meditación orientada hacia lo religioso. Aunque, quizá por nuestro carácter inquieto nunca conseguimos integrarnos’. ‘Te voy a contar algo y no lo he hecho antes porque sabía tu reacción’. ‘A ver –digo, mientras reparto el puré de patata con textura rústica–, dispara pero apunta bien que ya tengo una edad para que me dejes malherido’. ‘He rechazado un puesto importante en el ministerio de Recursos Naturales en Canadá’. ‘¿Te has vuelto loco? Es una gran oportunidad’. ‘Para nada, es que no me veo sujeto a un horario y a una disciplina de la que siempre he huido’. ‘Bueno, no sé. Analizándolo tiene más ventajas que inconvenientes’. ‘El mayor beneficio es en lo económico, no te lo discuto, pero de haber aceptado implicaría dejar de colaborar con vosotros en The Climate Reality Proyect, y eso para mí es muy triste. El dinero no lo es todo y mejor que tú no lo sabe nadie’. ‘Tus palabras te honran, amigo’. Ahora, rememorando ese momento o cualquier otro con él, de pensar si estará herido, amenazado por los depredadores o tendido inconsciente en alguna cueva donde se halla refugiado y sea de difícil acceso, los nervios me juegan la mala pasada de la impaciencia que casi siempre se convierte en arma arrojadiza.
          El patrón indica que me ajuste bien el chaleco salvavidas ya que tenemos que atravesar unos raudales peligrosos, con tramos en los que, para no volcar, hemos de bajar de la lancha y cargar con los víveres. Por fin, a pesar de mucho sudor frio y enorme miedo avistamos la ribera donde William y Jeff aguardan mi llegada. ‘¿Qué hacéis aquí?’. ‘Steven y Georgia han descubierto que se adentró a pie por la frontera sur –escucho con atención al que habla–, y no estamos dispuestos a dejarte solo y malgastar dinero y esfuerzos en explorar una zona donde ya sabemos que no ha ido’. ‘¿Y los especialistas no están?’. ‘No tardarán’. Y así es, aparecen seis personas: dos escaladores, dos activista de World Wildlife Fund Colombia, un socorrista y el guía baqueano quien avisa de la existencia de boas y jaguares para lo que es fundamental no perder la calma y dejar que ellos manejen la situación. Emprendemos la marcha. Impresionante cuando nos topamos con una palmera gigantesca de diversos brazos que parecen apuntalarla. Cuentan que se llama “el árbol que camina” porque a medida que el terreno se erosiona crecen raíces nuevas y largas que encuentran un suelo más sólido, por eso va cambiando de lugar y da la sensación de que se desplaza. El siguiente espectáculo son unas maravillosas pinturas rupestres de nuestros antepasados, lástima que se estén desgastando a consecuencia del humo de la deforestación y de la filtración de agua entre las rocas. Subimos acojonados por una ruta estrecha y empinada hasta que deducimos que el ruido ensordecedor es de los monos aulladores. Llegamos a una cima y damos con una inmensidad verde que se pierde en el infinito, nunca había visto tanta belleza esparcida ante mis ojos. Más allá, con los pies recalentados y a punto de deshidratarnos optamos por hacer un alto en la entrada de un túnel con la temperatura más fría y dormir bajo una cobija de lana tejida a mano en un poblado indígena. Tras cinco días de intensa búsqueda y cuando la confianza empezaba a flaquear, un débil lamento hizo que nos detuviéramos en una gruta. El primer reclamo son los restos de un campamento con las brasas aún calientes, además de latas de cerveza vacías, una cantimplora sin agua y alguna herramienta multiusos de la marca Leatherman. Al fondo, donde la oscuridad se funde como una tela de araña con poder para apresarte, Glenn Clemmons enciende y apaga una linterna sin apenas batería. Al examinarlo vemos que tiene un tobillo lastimado y una rodilla en muy malas condiciones. El camino de regreso hasta San José del Guaviare es duro, pero reconforta la certeza de saber que pronto estaremos en casa y con un excelente material del Parque nacional natural Sierra de Chiribiquete y reportajes visuales que nuestro científico ha realizado.


domingo, 25 de abril de 2021

No puedo respirar

17.

Es noche cerrada. William y yo conducimos por las calles desiertas de Rochester donde la luz atenuada de cada casa ofrece un paisaje propio de la estación invernal de enero. Alejado de la autopista 52, por un camino estrecho, aunque rodeado de mucho verde, se accede a Midwest Bible Baptist Church, donde aún quedan destellos de la celebración histórica que ha marcado la jornada en nuestra nación, especialmente en la comunidad migrante con la llegada de la vicepresidenta de los States United of American: Kamala Harris. Miembro de la Tercera Iglesia Baptista de San Francisco, aunque en la infancia también asistió a un templo hindú. Recibió una exquisita educación y valores fundamentados en la equidad entre ambos sexos donde los derechos y las obligaciones sean proporcionales para todos. De madre india tamil y padre jamaicano, ha desempeñado cargos de relevancia llegando a ser fiscal general de California y posteriormente senadora del mismo estado. Sin apartar la vista de la carretera ni del retrovisor, me vienen a la memoria los nombres de algunas personas que hoy estarían orgullosas de sentirse representadas por ella, entendiéndolo como un triunfo de todas. Por ejemplo: la activista afroamericana Rosa Park que se negó a ceder el asiento a un blanco y moverse a la parte trasera del autobús, o la adolescente de 15 años Claudette Colvin, que nueve meses antes precedió a la anterior haciendo lo mismo. Así como la escritora Susan B. Anthony luchadora incansable en el siglo XIX por el derecho al voto femenino, o la reconocida abolicionista y oradora Lucy Stone que se convirtió en la primera estadounidense que obtuvo un grado académico y mantuvo su apellido después de casarse con Henry B. Blackwell, en protesta contra las leyes discriminatorias. Y, por supuesto, también, a cientos de miles de voces anónimas, intimidadas, mujeres que con esfuerzo, perseverancia, capacidad de gestión y mucho sentido común no cejan de reivindicar una igualdad que parece estar siempre en construcción.
          Steven –Jeff rompe el silencio–, explica lo que has descubierto, por favor’. ‘La verdad es que ha sido un golpe de suerte porque uno de mis amigos pertenece al grupo estudiantil Fridays For Future y ha estado muchas veces en la Serranía de Chiribiquete, por tanto, la conoce muy bien –Georgia abre la puerta con ímpetu, como lo haría una ráfaga de viento, el chico se azara y ella resta importancia dedicándonos una de sus amplias y luminosas sonrisas–, así que se me ha ocurrido pedir su opinión respecto a la desaparición del colega al que buscáis’. ‘¿Alguien quiere un café? –pregunto para darle oxígeno–. Perdona la interrupción, continúa’. ‘Dice que puede estar atrapado en El Estadio: un laberinto espeso en forma circular con tejido de bosque, lo cual no es buena noticia ya que ahí no está todo explorado, o tal vez fuera al macizo norte, el de mayor elevación, pero tened en cuenta que también hay montañas rocosas, cascadas, lagunas, humedales y selvas donde aún nadie se ha atrevido a penetrar. Por lo general los equipos de salvamento encuentran señales de SOS de gente atrapada a la que rescatan’. ‘¿Tenemos mapas del sitio? –rápido extienden uno–. William, lee los correos que Glenn ha enviado hasta el momento, quizá hayamos pasado por alto algún detalle significativo’. ‘Incluso, dice que –prosigue–, por su complicada orografía sólo se accede en helicóptero, aunque a la zona sur del parque se llega por río desde Araracuara’. ‘Jeff, ¿en nuestra web puede haber subido alguien experiencias vividas allí que arrojen algo de luz?’. ‘Es probable. Ahora mismo lo compruebo’. ‘Si me permitís otra sugerencia –interviene con timidez–, he pensado que tal vez preguntando a las empresas encargadas de ambos transportes averigüemos cuál de ellos cogió’. ‘Steven –su expresión es como de esperar una regañina–: buen trabajo, muchacho’. Entre el caos al que estoy acostumbrado en mi mesa encuentro las direcciones del líder The Climate Reality Proyect en América Latina, de la Embajada de Estados Unidos en Colombia, así como la tarjeta de Margot Garland, la persona que con tanta amabilidad me atendió en la central de nuestra organización en Washington D.C. Así pues, redacto un e-mail para ponerlos al corriente de la posible pista que conduzca hasta el paradero del compañero y la petición de nuestra inmediata partida.
          Markel, ¿cuándo pensabas decirnos que preparas un viaje a Colombia? Los de arriba me presionan porque no les parece correcto que andes viajando de un lado a otro. Recién has vuelto de Nueva York, ¿acaso no puedes esperar?’. ‘Estas circunstancias son muy especiales, ha desaparecido el científico Glenn Clemmons y no sabemos en qué condiciones estará. Así que, no me vengas con discursos de propaganda barata. Lo haría por cualquiera en su misma situación –digo a mi jefe–. Oye, sabes que si él ha ido es porque nosotros se lo hemos propuesto’. ‘Hombre, no fastidies –me corta raudo–, también le interesa mejorar su currículum haciendo esos reportajes que después vende muy bien en revistas especializadas. Por tanto, no es altruismo todo lo que reluce’. ‘Respeto tu opinión. Sin embargo, no la comparto. Aun así, y al margen de los motivos personales que le empujan a realizar según qué trabajos, en estos momentos la única prioridad es que si está jodido necesita ayuda y yo se la voy a proporcionar. No olvides que arriesgando su propia vida fue el primero en encabezar la expedición que salió a buscarnos cuando nos perdimos en el Valle de la Muerte, en California y ahora no sería justo darle la espalda. Dicho lo cual, aunque no tenga tu apoyo, cueste lo que cueste, pienso encontrarle’. ‘Tienes agallas, ¡eh! Bueno, deja que haga un par de llamadas y vea cómo está la situación por allí. Hará falta un permiso específico para salir del país y entrar en territorio sudamericano. Elaboremos un informe haciendo hincapié en la urgencia de dar con el paradero de nuestro compatriota para traerlo de vuelta. No obstante, si finalmente, por cualquier obstáculo burocrático no puede ser, abstente de hacer locuras por tu cuenta’. ‘Tú, consíguelo’. ‘¿Cuánto lleva sin comunicar con vosotros? ¿Notaste algo cuando hablaste con él? No sé: miedo, desesperación, sospechas, corazonada… Haz memoria, todo sirve’. ‘No, ya te he dicho que sólo preocupación por si las autoridades le impedían salir de allí. Date prisa, por favor’. ‘Debo seguir un protocolo, y lo sabes’. Días después nos dieron vía libre para iniciar el periplo con el respaldo internacional de nuestra organización, asumiendo casi toda la responsabilidad Margot Garland. En el área de embarque William, Jeff y yo estamos a punto de pasar once horas metidos en el avión que aterrizará en el Aeropuerto de El Dorado, a ocho millas de Bogotá, donde alquilaremos un carro que nos llevará hasta San José del Guaviare y, una vez ahí, cumpliré con mi palabra de recoger las pertenencias de Glenn y saldar su cuenta en el hotel del municipio de Calamar.
          Reconozco que tengo fobia a las alturas desde que una vez Alaia y yo íbamos de vacaciones a Canadá y nos quedamos suspendidos a merced de la nada, sobre un suelo de nubes esponjosas convertidas en fuerte tormenta que casi parte en mil pedazos el chasis de la aeronave. Por eso, y desde entonces, acostumbro a no moverme del asiento, cerrar los ojos e inventar fórmulas que distraigan mi cabeza del presunto peligro. A mi lado duermen los compañeros después de haber terminado hasta la última pizca del catering elegido por la compañía y, a juzgar por su profunda respiración, se deben de estar reconciliando con algún hermoso sueño. Mientras, separados por el pasillo y alterando el sagrado espacio de la siesta, ante la impotencia de unos padres para poner orden, dos gemelos de corta edad se pelean por una caja de lápices de colores que les dieron al subir a bordo. Los auxiliares de vuelo retiran las bandejas y aprovecho para pedir una botella de agua con hielo que me traen junto al StarTribune –de los pocos periódicos que todavía quedan en papel–. Abro las páginas centrales y leo el recordatorio de la siguiente noticia: en la cordillera del Himalaya, al pie del Nanda Devi, segunda montaña más alta de la India, se desprende un glaciar que ha provocado una avalancha de rocas, agua y hielo llevándose a su paso algunas casas y reventando dos presas en construcción. Se teme por la vida de cientos de obreros que trabajaban en ellas y de quienes han quedado atrapados en uno de los túneles anegados. Un ambientalista afirma también que la irrupción de carreteras, ferrocarriles y centrales eléctricas en zonas ecológicas muy sensibles, así como el aumento global de las temperaturas propician en gran medida dichas catástrofes. Un lugareño declara que algo iba mal cuando el suelo temblaba igual que en un terremoto. Se prevé que, a lo largo del día, aumente el número de fallecidos y de heridos, así como el enterramiento de varios pueblos que pasarán a engordar la estadística fantasma de alguna supuesta base de datos. Hago memoria y rescato la existencia de un precedente en 2013, cuando las fuertes lluvias del monzón de verano causaron más de 6.000 muertes a consecuencia de las grandes inundaciones que hubo en Uttarakhand. Pero lamentablemente no hemos aprendido nada y me apena el poco caso que hacemos a los glaciólogos con respecto al deshielo porque hemos connaturalizado el ejercicio de no escuchar a quienes alertan de la urgencia de un cambio de comportamiento individual y colectivo, así como de la aplicación de ciertas políticas capaces de soldar determinadas grietas todavía reparables. En la portada del diario las calles de Minneapolis se preparan para el juicio contra Derek Chauvin, acusado de asesinar a George Floyd.  Reclino el respaldo, miro por la ventanilla y el horizonte se parece a una capa de nata montada que irradia infinita paz. Sin embargo, la preocupación y los verdaderos motivos que nos traen hasta Sudamérica hacen que no pueda relajarme y esté inquieto por el paradero de mi gran amigo Glenn Clemmons.
          Aterrizamos a la hora prevista. Durante el vuelo todo iba bien hasta que algo ha impactado contra el aparato y por megafonía han pedido que nos abrochásemos los cinturones, menos mal que sólo ha quedado en un pequeño susto. Cuesta trabajo acostumbrar los ojos al paisaje escalonado de casas apretadas tan diferentes de Rochester a las que estamos habituados. Pasamos por delante de un merendero con techo de uralita donde la gente, a la caída de la tarde, se agolpa con un vaso de Arrechón en la mano y el corazón contraído por si mañana no llega nunca. A la izquierda de la carretera y dentro de un área perimetrada con alambre, se levanta una especie de vertedero donde encuentras de todo. El chofer que nos lleva dice que algunos sicarios esconden ahí su colección de revólveres. Nuestros rostros muestran cansancio y todavía faltan más de doscientas millas para llegar al destino. ‘Oiga, ¿esto es muy largo? –pregunta William al que no le gustan nada los espacios bajo tierra–. Me estoy mareando’. ‘No –asegura el conductor–. ¿Saben por qué este subterráneo se llama Túnel Argelino Durán Quintero?’. ‘Ni idea’. ‘Pues en honor al ingeniero, académico y político colombiano del mismo nombre que murió de un ataque cardíaco mientras era secuestrado por el Ejército Popular de Liberación. Cuando lo inauguraron el país entero se sintió orgulloso de la obra’. Es fantástico salir de la luz artificial y volver a ver el espacio abierto y la carretera custodiada a ambos lados por la vegetación mayoritariamente verde. Enseguida comprendemos que el transporte nos va a costar más del precio acordado, puesto que, conforme pasamos por diversos peajes tenemos que sacar la tarjeta de crédito. Contemplamos con absoluta admiración el horizonte recortado por las montañas de las que parece salir bocanadas de humo. Bordeamos la falda de alguna de ellas y nos sentimos intrusos, forasteros que vienen a infringir la composición de su hábitat. Avanzamos con lentitud por la carretera llena de curvas, distinta también a las de los Estados Unidos que por lo general son rectas interminables. El último tramo, antes de la meta final, es por un departamento donde queda de manifiesto el escaso poder adquisitivo de los pobladores que resisten en él entre chapas y al amparo de la generosa naturaleza. San José del Guaviare nos recibe con todo su esplendor y el personal del hostal también. Saco una clave y número de usuario y lo primero que hago es conectarme y leer los e-mail por si hubiera noticias de Glenn, pero la mayoría son de publicidad. Antes de cerrar la sesión veo que la compañera de la escuela a la que escribí ha respondido facilitando la dirección y referencias del abogado que llevó su caso de custodia. En cuanto me dé una ducha, llamo a Georgia.

domingo, 11 de abril de 2021

No puedo respirar

16.

Uno de vosotros poneos al habla con la Embajada de Estados Unidos en Colombia y notificad la presunta desaparición de Glenn Clemmons. Y el otro contadle lo que ocurre al líder The Climate Reality Proyect en América Latina y que despliegue a su gente para localizarle, tiene que estar atrapado en algún lugar del Parque Nacional Natural de Chiribiquete. Que no escatimen en medios’. ‘Markel, ¿no sería mucho más lógico informar a los jefes? –pregunta Georgia–. De no hacerlo igual nos metemos en un lío’. ‘No creo’. ‘Habría que esperar –apunta Jeff–, sabemos por otras veces que cuando se entusiasma con una misión podemos estar semanas e incluso meses sin tener noticias suyas’. ‘Intuyo que no, presiento que algo le impide comunicar con nosotros. Hacedlo, por favor. Asumo toda la responsabilidad, es nuestro amigo y no pienso dejarlo en la estacada. No obstante, de momento prefiero que no trascienda porque cualquier filtración al respecto haría sufrir innecesariamente a terceros y su padre está delicado de salud’.
          Después de marcar todos los dígitos de nuestra ONG en Washington D.C., consigo dar con alguien del área de Políticas al que explico la urgencia de esta llamada tras haber perdido contacto con la persona desplazada hasta la región amazónica colombiana para supervisar el estado actual de conservación. ‘Lo primero es contar con especialistas en rescates de riesgo para saber cuántas posibilidades hay de permanecer por un largo periodo atrapado allí, como es el caso –dice, y a continuación me tranquiliza–, no porque piense que su situación esté al límite, sino porque necesitamos saber a qué tipo de dificultades nos enfrentamos’. ‘Él es un hombre prudente en su trabajo que nunca improvisa ni deja nada al azar. Mire, el responsable de la herramienta digital Reality Drop, en Rochester, dice que habría que seleccionar a los mejores profesionales en montañismo y escalada en roca. ¿Qué opina?’. ‘Pues que estoy de acuerdo. No se apure, me encargaré de todo. En cuanto esté listo el protocolo yo misma contacto con usted. Lo vamos a encontrar, se lo prometo’. ‘Muchas gracias. Una cosa más: acompañaré al grupo’. ‘No lo haga, su implicación emocional minimizaría el lado objetivo y resolutivo a la hora de tomar cualquier tipo de decisión’. ‘Iré, no le quepa duda’. ‘Muy bien. Entonces, si le parece, doy luz verde. Tome nota de mi número directo y correo electrónico, así no se mantendrá a la espera’. ‘Gracias’. El siguiente paso es reconstruir todos sus movimientos. Desde que llegó a la zona ha ido mandando e-mails adjuntando material fotográfico, gráficos y estadísticas en las que ha evaluado el impacto del abandono medioambiental. Pero, es en el último donde manifiesta que tiene problemas para salir del país y ya no escribió más. ‘Georgia, ¿dónde se hospeda?’. ‘En un hotel muy modesto de Calamar, un municipio del departamento del Guaviare. La reserva la hizo él mismo. Es lo único que sé’. ‘Jeff, ¿puedes averiguar algo?’. ‘Hace años conocí a un tipo que metiéndose en el sistema cambiaba comandos y conseguía hacer una aproximación bastante fiable de la ubicación de otras personas, pero me da que eso debe ser ilegal, salvo que tengas una orden judicial. En cualquier caso, no será difícil hallar el alojamiento acorde al perfil que siempre busca, máxime si el sitio es pequeño’. Tras cuatro o cinco intentos por fin doy con un amable recepcionista y dice que el señor americano lleva sin aparecer por allí más de una semana. Y que lo raro es que en la habitación están sus pertenencias, de las cuales, además de pagar la factura, alguien tiene que hacerse cargo ya que necesitan volver a alquilarla. Enseguida hago una transferencia y pago algunos días más por adelantado hasta que yo llegue. Sin embargo, acabando de realizar dicha gestión, un fortísimo pinchazo me deja doblado como un cuatro…  
                Hasta donde me alcanza la memoria sufro de cólicos nefríticos y, aunque no brotan a menudo, cuando lo hacen, suelen dejarme inactivo durante un tiempo. Dice papá que la abuela padecía de la misma dolencia, pero que por esa época en Herboso la única medicina posible eran unas hierbas que crecían en el monte, entre rocas, y quedarse encamada hasta que las molestias se mitigaban. Lo cierto es que incluso ahora si el dolor de los genitales es endiabladamente agudo, hay quemazón al orinar y la hematuria es persistente, los calmantes apenas surten efecto. Así que, bajo los cuidados y supervisión casi cuartelaria de mis padres encantados de tenerme controlado, recibo la visita de Steven Finnegan, el hijo de Eugene. ‘Oye, diez minutos y te largas, eh, que necesita descanso’. ‘No hagas caso y toma asiento. ¿Mamá nos dejas, por favor?’. ‘Luego no te quejes si tienes mareo de cabeza’. ‘¿Vuelvo en otro momento? –pregunta muy cortado–. Quizá no haya sido buena idea venir tan pronto’. ‘Pero si te he avisado yo. Anda, relájate –y lo hace en cuanto nos quedamos solos–. ¿En serio que no piensas ir a la Universidad de Princeton para estudiar Físicas?’. ‘Pues no’. ‘Desde el campo científico se hace mucho por el medioambiente, por ejemplo: mejorando las infraestructuras, los métodos de producción, consumo, costumbres… Es más, necesitamos gente comprometida, con las ideas muy claras y la preparación académica correspondiente’. ‘Lo sé, señor’. ‘Mi nombre es Markel, y tutéame que no soy tan viejo’. ‘Pero opino que seré mucho más útil en primera línea’. ‘Creo que tienes una idea equivocada de esa profesión’. ‘Puede ser, sin embargo, no hace mucho me di cuenta de que a nivel global flojea la mano de obra para fomentar las cosas fundamentales de la vida’. ‘Este no es un camino fácil, quiero advertirte. Por lo general hay demasiadas puertas cerradas y muchos intereses creados. Lo importante es poner el foco en un objetivo a seguir y, desde luego, no desanimarse, porque de lo contrario estaremos perdidos’. ‘Hace un par de años que en clase nos pidieron escribir sobre algo cotidiano. Una compañera lo hizo de su familia. Habló de la diferencia entre ecológico y sostenible, de la alimentación del ganado con hierba o a pasto abierto y de lo importante que es consumir un pescado certificado por Marine Stewardship Council –eso acredita que fueron capturados sin poner en peligro las especies ni sus ecosistemas–. Lo explicaba con tanta naturalidad que ahondé en el tema y todavía sigo ampliando conceptos’. ‘Es muy interesante lo que cuentas. Uno de nuestros miembros acaba de dejarnos por motivos personales. ¿Te gustaría participar en alguno de los proyectos que tenemos abiertos? Vas a encajar muy bien’. ‘¿Crees que puedo hacerlo?’. ‘¿Y por qué no? Mírame a mí –río a carcajadas–. Espera, llamaré a la oficina –el olfato me dice que acabo de descubrir a alguien muy valioso–. Hola, Jeff. Sí, sí, estoy mejor. Gracias. Pues ojalá sea pronto porque me van a volver loco. Escucha, te mando a Steven –guardo silencio–. Exacto. Ponle al corriente de los asuntos que llevaba Nelson, le vamos a tener a prueba, y si funciona, como sospecho, llegará lejos. Otra cosa, dale un cuaderno para que lleve la cronología exhaustiva de todo cuanto haga’. El chico, agradecidísimo y con los ojos pixelados de lágrimas, sale de espaldas y tropieza con papá tirándole unas natillas que traía para nosotros.
          En contra del deseo de mis padres por dilatar más la convalecencia, tres semanas después vuelvo a la frenética actividad que acapara casi toda mi energía. Las cosas en la oficina avanzan lentamente, supongo que como en el resto viviendo un impasse que lleva tiempo deshidratando los pilares de una vida que creíamos segura y a salvo de eso que les ocurre siempre a los demás, pero a uno no. La mañana del 20 de enero de 2021 madrugo más de lo habitual porque no quiero perder detalle de la inminente salida de Donald Trump de la Casa Blanca y de posibles decisiones que tome in extremis antes de realizar el último vuelo en el Air Force One con destino a Florida. Sin embargo, todo parece transcurrir según lo previsto, salvo por el gesto deslucido de haber roto con la tradición, 150 años después, de dar el relevo a su sucesor asumiendo dicho papel el vicepresidente Mike Pence. Aunque, por suerte, nada de eso ha ensombrecido el acontecimiento realmente importante que debe acaparar toda la atención de esta jornada: la ceremonia de jura y celebración de la fiesta de la democracia. A pesar del frío y de las fuertes medidas de seguridad, en Pennsylvania Avenue hay gente agolpada a ambos lados de la calle. Familias enteras con la esperanza puesta en la recuperación del prestigio del país, aislado en una corteza de serrín, donde el descrédito, la vulnerabilidad y la falta de respeto han sido la tónica general. Y, en esas estoy, mientras que en pantalla se abre un plano con Laura y George W. Bush, Hillary y Bill Clinton y Michelle y Barack Obama conversando distendidos con total normalidad. Voy por la segunda ración generosa de Cookie Salad, esa ensalada dulce y típica del estado de Minnesota que tanto me gusta a cualquier hora del día, cuando la Fachada Oeste del Capitolio presta escenario a Kamala Harris luciendo un vestido y abrigo del diseñador Christopher John Roger, en tono morado simbolizando con ello un guiño a todas las mujeres. Como ya adelantó su equipo jurará sobre una biblia que perteneció a Thurgood Marshall, primer juez negro del Tribunal Supremo que luchó como nadie por los derechos civiles en USA. Avanza la velada y se sitúa bajo el marco de las primeras medidas que firma Joe Biden y que la mayoría esperamos con emoción: regresar a la OMS, poner fin al muro fronterizo con México, extender una moratoria para los desalojos, volver a unirnos al Acuerdo del Clima de Paris… Todo ello motiva a la población haciéndonos sentir orgullosos de quiénes somos. En los últimos minutos del festejo me abstrae de la actualidad un carro que frena delante de casa y cuyo tubo de escape suelta bocanadas de humo produciendo un ruido ensordecedor.  
            Cumplidas de sobra las dos semanas que William dijo tardaría en retornar de la costa oeste de Sudamérica, atraviesa las 40 yardas que separan su auto de mi puerta. ‘¿Cuándo has llegado de Portoviejo?’. ‘Ayer por la mañana’. ‘¿Qué tal han ido los trámites? –hacía mucho que no veía tanta tristeza junta en alguien–. ¿Habéis traído a la niña?’. ‘No, hemos chocado con una muralla llena de trabas, inconvenientes, zancadillas, proyectos desinflados y una sensación de impotencia que no sé si nos podremos quitar de encima’. ‘Vaya, cuánto lo lamento. ¿Cómo se lo ha tomado tu esposa? Bueno, y tú, claro’. ‘Fatal, ella se siente culpable de no quedarse embarazada, lo cual entiende como un fracaso de su cuerpo y una traición hacia mí. Por eso, de alguna manera la adopción suplía dicha carencia. Aunque, ahora…’. ‘¿Qué vais a hacer?’. ‘Si dependiera de mí, nada, porque cuando la naturaleza te pone a prueba es mejor dejar las cosas como están. Quizá sea cobardía, pero prefiero no sufrir’. Poco podía añadir excepto ofrecerle comprensión y apoyo. Un cortacésped interrumpe nuestra meditación, también una caravana de moteros que circula por los alrededores del vecindario en protesta contra del Partido Demócrata. Todo un conjunto de ruidos exteriores solapando los internos. Suena el móvil y ambos nos miramos. ‘Markel –dice Georgia al otro lado del teléfono– será mejor que vengas a la oficina, Steven ha dado con una pista que pude conducirnos hasta Glenn…’.