domingo, 14 de febrero de 2021

No puedo respirar

12.

‘¿Qué tal compañeros? –la prudencia de Jeff evita preguntas de incómoda respuesta–. Celebro que hayáis venido tan rápido’. ‘A ver, dinos qué ha pasado exactamente’. ‘Pues que la Comisión Reguladora Nuclear aprueba vender la legendaria planta Indian Point Energy Center, ubicada a 24 millas al norte de Manhattan’. ‘¿Cómo te has enterado? –interrogo mientras reviso las cartas de correo que aún permanecen sin abrir sobre mi mesa–. ¿Quién la compra?’. ‘Por la prensa local. Una empresa de Nueva Jersey’. ‘Holtec Decommissioning International se encarga del desmantelamiento, ¿no?’. ‘Sí, ¿por?’. ‘Conozco a alguien que puede proporcionarnos información de primera mano –suelto sonriente–. Es un fotógrafo amigo de Alaia que maneja con mucha mano izquierda estos asuntos y está muy bien relacionado. Después le localizo, igual hasta nos puede adelantar algo’. ‘Estupendo. Hace tiempo publicaron la noticia de su pronta desaparición –continúa nuestro crack informático–, pero ya sabéis que la carrera a la presidencia de los Estados Unidos lo ha acaparado todo. Por suerte con el equipo que está configurando Biden estas cosas van a cambiar’. ‘Ahora que lo dices es verdad, el reactor de la Unidad 2 a lo largo del río Hudson –interviene William– lo cerraron por la presión ecológica que recibieron’. ‘Cierto, el grupo ambientalista Riverkeeper –contesta el otro– ha denunciado últimamente la muerte de peces así como la contaminación del suelo y del agua’. ‘¿Qué posibilidades hay de meter ahí las narices? –dirijo la conversación para concretar–. ¿Y cómo lo podríamos plantear para que a los jefes la idea les resulte atractiva?’. ‘Hombre, ya que tienes un posible contacto veamos qué cuenta. Y con respecto a los de arriba yo creo que están muy sensibilizados con todas las causas que presentamos’. ‘Muy bien. Ponte a ello, por favor. Iremos en mi coche’. ‘Son casi diecisiete horas de camino. ¿Y por qué no en avión?’. ‘Hay que dar ejemplo y usar aquellos transportes que ensucian menos la atmósfera’. Se queda ocupándose de la logística que vamos a necesitar y nosotros nos salimos a la calle digo: ‘Cógete un vuelo para Ecuador, iré yo solo, es la única manera que se me ocurre de ayudarte sin levantar sospechas. ¿Te parece?’. ‘Claro, y te lo agradezco muchísimo’. Antes de despedirse confiesa que está muerto de miedo por la paternidad.
          ‘Mamá, perdona la tardanza –mis palabras suenan a culpabilidad–, acabamos de llegar del Golfo de México y tenemos todo el material por organizar. ¿Cómo estás?’. ‘Ahora bien, cuando intenté contactar contigo, mal. Tu padre resbaló en el supermercado y tiene el hombro roto. Pero claro, eso para ti es insignificante ante la posibilidad de convertirte en el adalid del medioambiente, ¿verdad?’. ‘Joder, eres tremenda –sus palabras envenenadas de rabia y disgusto caen sobre mí despertando la zozobra que tantas veces me noquea–. ¿Por qué no dijiste el verdadero motivo? ¡Habría venido!’. ‘No me hagas reír. ¿Tú crees? –se carcajea–. ¡Venga ya, hijo!’. Incapaz de réplica ante tal afirmación me dejo tentar en el mercado negro de la falsa calma: quebradiza, irreal, amurallada… No obstante, decido ir a verlos. Así pues, agarrado fuertemente al volante para que no se me escape la vida, cruzo la ciudad sobrecogido, náufrago con las heridas abiertas y la sensación de no estar allí donde me necesitan porque siempre hay algo que me distrae, que me aleja, que me dispersa… Quizá sea una manera de evitar lo vulnerable que siempre nos deja a la intemperie. No lo sé. Observo el vacío de las calles parecido al de mi corazón en estos momentos, el clamor atenuado de los escaparates sin reclamo, los semáforos que cambian sin espectadores impacientes pisando el acelerador. Hay luna llena, una camada de pájaros la cruza partiéndola en dos, cual juncos adheridos al dique seco de la supervivencia que migra a otro hemisferio. Según avanzo reconozco la casa donde viven mis padres, ubicada en W Center St con la 18 Ave NW, está rodeada de mucho césped, árboles de ramas apretadas, estrechos caminos de grandes baldosas que te adentran a pie de un bosque en mitad de lo urbano conectándote con la tierra. Bajo el alfeizar de la ventana de la buhardilla, enganchada en un mástil horizontal, hondea la bandera de las barras y estrellas. Recuerdo que siendo niño estuve muy enfadado porque no me dejaban colgar una canasta de baloncesto en la parte de atrás y en cambio ellos sí podían tener aquel palo absurdo con ese trapo. Si cierro los ojos y reduzco la velocidad soy capaz de detener el motor justo delante de la fachada pintada de amarillo chillón, el color preferido de mi familia. Excepto mío. Respiro al ver el garaje abierto, señal que papá anda restaurando alguna cosa antigua, como aquella cámara de fotos que consiguió para Alaia y que hoy es toda una pieza de coleccionista. ‘Hola –nadie responde–. ¿Hay alguien? –digo, para que no se asuste–. No te enfades mucho conmigo, ¿vale?’. El ruido de herramientas entrando y saliendo de su caja es ensordecedor. ‘Markel, ¿eres tú? –entre los trastos viejos asoma la cabeza del vecino–. Aquí estoy, con estas maderas. He llevado la corta sierra a reparar y tengo que terminar de montar unas estanterías. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va?’. ‘Bien, ¿y a vosotros? Aumentó la familia, ¿no?’. ‘Sí, mi niña me ha hecho abuelo y estoy como loco, es un sentimiento maravilloso. Bueno, me voy. A ver si acabo pronto –señala los tablones que sostiene bajo la axila–, que tenemos que ir a la iglesia. Un gusto saludarte. Diles que volveré mañana’. ‘Por mí no lo hagas’. ‘Tranquilo, no es por ti –antes de desaparecer pregunta–: ¿Crees que el planeta se va a hacer puñetas si no hacemos algo pronto?’. ‘¿Estás interesado en el tema?’. ‘¡Qué va!, es que el mediano de mis hijos, no hace más que darnos la lata con lo que, según él, hacemos mal. Y como sé que tú estás metido en ese berenjenal… Pues eso’. ‘Toma el número de teléfono, si quiere que me llame a la oficina’. La mira con recelo y pasa junto a mí sin rozarme.
          ‘No regañes al chico, ¿me oyes?’. ‘Eso, ponte de su parte. Ya podréis: dos contra una. ¿No te das cuenta?, pero si no nos hace ni caso’. ‘Eh, ¿qué pasa? –apaciguo–, parecéis críos’. Callo y compruebo que el aparatoso accidente de papá es tan sólo un desgarro muscular a consecuencia de la caída. Dicho de otro modo: mamá ha ejecutado una maniobra perfecta para llamar mi atención. ‘¿Cómo te va, muchacho? –dice él–. ¿En qué andas metido?’. ‘Bueno, ya sabes que nuestra lucha no tiene descanso. En breve tengo que viajar a Nueva York’. ‘¿Sabes que te ha salido competencia?’. ‘¿Quién?’. ‘El hijo de Eugene –me guiña un ojo y comprendo que lo hace para provocar a su esposa–. Creo que no para de hablar del efecto invernadero y del acuerdo que han de alcanzar los países para subsanar la contaminación’. ‘Ahora estaba en nuestro garaje y ya me ha contado. Le he dado una tarjeta para él porque es muy interesante que la gente joven se implique’. ‘Me alegro, son buena gente’. ‘¿Cuántos años tiene?’. ‘Exactamente no lo sé, unos veinte más o menos’. ‘¿Cómo se llama?’. ‘Steve. Toma –me da unos recortes de prensa con las conclusiones finales de los recuentos de votos y el reconocimiento y felicitación a los demócratas por parte de líderes republicanos por su triunfo en las elecciones–, para que lo guardes’. ‘Gracias. Tenemos puestas bastantes esperanzas en el presidente electo en cuanto a políticas ecológicas’. ‘Entonces, ¿Gina McCarthy y Michael S. Regan te parecen buenas apuestas?’. ‘Sin duda. Ella, que ahora será Asesora Nacional del Clima, ha dirigido la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, cargo que pasa a él, un afroamericano que ha trabajado estrechamente con el gobernador de Carolina del Norte quien lo califica como un tipo dispuesto siempre a consensuar. Por tanto, nuestras expectativas son grandes al respecto’. ‘Muy acertado lo de incorporar al equipo a personas de color después de la repercusión que las agresiones raciales están teniendo en la sociedad’. ‘Mamá –digo, para integrarla en la conversación–, ¿vosotros no teníais invertido en un Fondo de Pensiones?’. ‘Hombre, al fin te dignas a hablar conmigo. Hace tiempo que lo contratamos. ¿Es que quieres tu parte de herencia?’. ‘No seas “sinsorga” –expresa papá con marcado acento vasco– y escúchale’. ‘Quizá sea momento de vender y poner el dinero a buen recaudo’. ‘Pues no se hable más –concluye tajante él–, así lo haremos’. ‘¿Te duele? –refiriéndome al brazo–. ¿Cuánto has de llevarlo en cabestrillo?’. ‘En principio quince días, pero todo dependerá de cómo esté. La próxima semana tengo cita con el traumatólogo. Estoy bien, no me molesta demasiado, es que tu madre es una exagerada y te ha hecho venir’. ‘¡Qué va! Pensaba hacerlo, sabéis que estoy encantado. Además: ¿qué hay de cena?’. ‘¡Serás bandido! A la cocina los dos – ordena enfadadísima, a la vez que da un golpe suave sobre el sillón–. ¡Vamos!’. Mientras corto la col en juliana para la ensalada americana, se me despierta un apetito feroz con las albóndigas suecas que mi madre prepara como nadie. Sobre todo la salsa a base de puré de patata, mermelada de arándanos rojos y pepinillos. El vino es exquisito y la velada transcurre intensa, aunque breve. Sugieren que duerma en mi antiguo dormitorio porque se ha hecho tarde para atravesar la ciudad, lo pienso ya que cuando me abrigan esas cuatro paredes parece que el tiempo se detiene y me lleva a escenarios muy felices, pero la responsabilidad y todo cuanto he dejado pendiente hacen que, tras el segundo whisky, regrese a mi solitaria y austera burbuja.
          A la mañana siguiente, tendido sobre la cama y con la ropa de la jornada anterior a medio quitar, despierto con la lengua pegada al paladar y la resaca áspera como la lija. Me tiro de la cama, son las 6:45 a.m., hora de salir a correr por el vecindario, pero apenas me responde el cuerpo y lo más que llego es hasta la licuadora donde introduzco un surtido de zanahorias y remolacha que bebo casi sin respirar. En televisión, un locutor con voz hueca y falto de empatía, hace un resumen de algunos acontecimientos ocurridos sin mención alguna a George Floyd que murió asfixiado por la presión de una rodilla anclada en su cuello, Greta Thunberg que puso cara a toda una generación de jóvenes preocupados por la salud del planeta o Ruth Bader Ginsburg jueza de la Corte Suprema nombrada por Bill Clinton y acérrima defensora de los derechos civiles a la que tanto echaremos de menos. Sin embargo, es poca la atención que le presto ya que repasando los e-mails acumulados sin leer o pendientes de contestar, encuentro uno del equipo The Climate Reality Proyect, de Colombia, en el que muestran gran preocupación por el relevo de Julia Miranda quien ha estado durante 16 años al frente de los Parque Nacionales Naturales, lo cual provoca incertidumbre en cuanto a lo que deparará el futuro a las áreas protegidas sin su supervisión. ‘Good Morning, Glenn’. ‘¿Cómo te va, querido?’. ‘Oye, ¿aceptarías ir a Bogotá o tienes planes?’. ‘No, ninguno. ¿Cuándo salimos?’. ‘Lo siento, esta vez irás solo, no puedo acompañarte’. ‘De acuerdo’. ‘¿No quieres saber los motivos?’. ‘Me lo pides tú y es suficiente. Por cierto, he visto a Deanna Leone y está enfadadísima contigo’. ‘Es verdad, la tenía que haber llamado. Hoy lo hago sin falta. ¿Te paso por correo electrónico toda la documentación que tengo respecto al lugar adónde vas?’. ‘Claro’. ‘Bueno, pero para que vayas abriendo boca te diré que viajarás a Chiribiquete’. ‘¿A la cadena montañosa en medio de la meseta amazónica? Me encanta la propuesta. Voy a hacer la maleta’.

domingo, 31 de enero de 2021

No puedo respirar

11.

Para Eli: 
que tanto disfrutó leyendo esta historia

‘Nelson, ¿qué ocurre?’. ‘Hola, Markel. Perdona que me presente a esta hora’. ‘No importa. Entra, no te quedes ahí. ¿Te apetece una taza de cacao caliente?, lo iba a preparar’. ‘Sí, me vendrá bien, estoy destemplado’. Aparto a un lado el caos de la mesa y tomamos asiento. ‘Perdona el desorden, desde el aeropuerto fui directo a la oficina y todavía no había pasado por aquí. ¿Qué puedo hacer por ti?’. ‘Vengo a disculparme y a darte una explicación’. ‘Venga, dispara’. ‘Antes me pasé diciendo que teníamos derecho a saber lo que William pone en la nota, y no es así porque va dirigida a ti. Lo siento de verdad. Últimamente tengo los nervios de punta y la sensación de que vigilan todo cuanto hago’. ‘¿Lo dices por mí?’. ‘Ni mucho menos’. ‘¿Entonces?’. ‘Pues no sé, por ejemplo: culparme de cosas que no he dicho o hecho, que le voy con el cuento a los jefes o de ponerle la zancadilla a los compañeros. Corre también el rumor de que voy contando que Georgia no está en su mejor momento, y jamás le haría daño a nadie con temas tan delicados. Con esos asuntos no se juega’. ‘¿Hasta dónde sabes?’. ‘Más de lo que ella cuenta y menos de lo que tú conoces’. ‘Vale. Su situación es delicada, por eso la cubrimos para que los de arriba no se enteren, pero está claro que ha habido una filtración y pienso averiguarlo. El que se haya ido de la lengua me va a oír’. ‘Gracias por creerme. Ahora voy con la explicación que dije al principio: lamento muchísimo hacerte esto, sobre todo porque te estoy muy agradecido, pero me han ofrecido un puesto bastante tentador en Friends of the Earth para formar parte del equipo que gestiona la oposición de crudo en las arenas petrolíferas de Athabasca, en la provincia canadiense de Alberta. Creo que puedo aportar aquello que en The Climate Reality Proyect no he tenido oportunidad de desarrollar. Además, salgo de una relación sentimental muy complicada y un cambio de escenario, a todos los niveles, me vendrá estupendo’. ‘Nunca imaginé que estuvieses tan resentido y, aunque comprendo tu postura me duele perderte. ¿Te puedo hacer una pregunta?’. ‘Las que quieras’. ‘¿Entre William y tú qué ha pasado?’. ‘Supongo que no hay una explicación tajante para definir lo que se siente delante de alguien a quien no soportas y te repele cuanto dice o hace. Sin embargo, escarbando un poco en la memoria quizá todo parte de un malentendido que sucedió antes de incorporarte tú a la organización. ¿Recuerdas que en agosto de 2015 Barak Obama presentó su plan para limitar las emisiones contaminantes de las plantas energéticas e invertir en energías renovables?’. ‘Sí, empecé a colaborar con vosotros a finales de ese año hasta que al siguiente entré en plantilla’. ‘Aquello suponía algo muy ambicioso, más aún porque el presidente lo defendería en la Cumbre de Naciones Unidas sobre el Clima que se celebraría en París, como también anunció que pensaba convertirse en el primer mandatario estadounidense en visitar el Ártico en Alaska’. ‘Lo recuerdo muy bien. Por esa época yo estaba en Ciudad de México ganándome la vida de bolero’. ‘¿De qué?’. ‘Limpiabotas. Sacas suficientes pesos para pagar comida y cama diaria. Pero, continúa, que te he cortado’. ‘Tras conocer aquellas dos buenas noticias tuvimos una reunión con el anterior responsable quien contó lo que te acabo de decir y la posibilidad de que algunos miembros de nuestra ONG formaran parte de la comitiva. Eso me emocionaba muchísimo ya que tal experiencia no se presenta dos veces en la vida, pero el elegido fue él. Desde entonces, aunque él no tuvo la culpa, no puedo evitar que se me revuelvan las tripas cuando le tengo cerca’. ‘Te honra mucho reconocer la realidad de los hechos. No obstante, respetando tu postura de incompatibilidad, quizá, puesto que planeas dejarnos, sería bueno enterrar el hacha de guerra y reconciliaros’. ‘Ya veremos’. ‘Nelson, quédate unos meses, por favor, al menos hasta que Georgia termine el tratamiento. Ahora mismo dos ausencias sería complicado’. ‘Lo pensaré. Se ha hecho tarde y te querrás acostar’. Eso hago.
          William Harrison regresa a Rochester seis días después de haber partido para Portoviejo. Así que, tal y como indicaba en su nota, me reuniré con él dentro de nueve horas en el Cafe Steam donde espero que desvele el porqué del misterioso y apresurado viaje. Nosotros seguimos muy entretenidos en el trabajo, Jeff Blocker anda atareadísimo coordinando la parte audiovisual con los gráficos y estadísticas aportadas por los científicos que nos acompañaron en la expedición, además de nuestros informes. Apenas me despego de su lado despejando dudas que surgen o datos que no han quedado claros, con lo cual, aún no he tenido tiempo de llamar a mamá ni a Deanna Leone, miedo me dan porque estarán de uñas. Sin embargo, antes de venir he pasado por el hospital. Georgia espera los resultados de la analítica confiando en que los marcadores tumorales no den altos y que no tenga leucopenia para recibir otro ciclo de quimioterapia. Es envidiable lo serena que está, o eso aparenta, y escuchar los planteamientos de vida que hace relativizando las cosas, lo cual es todo un ejemplo a seguir. En cambio, ahora su principal tema de conversación gira en torno a las prontas mejoras que se supone realizará la Administración Biden a nivel medioambiental, algo que va a suponer para organizaciones como la nuestra un importante papel de actuación. En lo personal, a pesar de sus complicadas circunstancias, sólo deja un resquicio de tristeza cuando piensa que Robin, su exmarido, utilice los problemas de salud para pedir la custodia de la niña, hecho que de llegar a ocurrir la hundiría completamente. ‘¿Y esas ojeras? –dice, levantándome las gafas de sol hasta la frente–. ¿Estuviste de juerga?’. ‘¡Qué más quisiera yo! No he pegado ojo en toda la noche’. ‘¿Y eso?’. ‘Nueva Orleans me ha removido por dentro’. ‘Lo entiendo’. ‘¿Han salido a decirte algo?’. ‘No, pero seguro que entro, me encuentro estupenda’. ‘Ya lo creo –reprimo el deseo de abrazarla–, no hay más que verte’. ‘Eso sí, tendrás que ser mi cómplice, no quiero andar en boca de la gente’. ‘Cuenta con ello. ¿Por qué no pides una excedencia?, estarías más cómoda durante el proceso’. ‘Ni hablar. Esto es una cuestión de amor propio. Lo único que necesito son cuarenta y ocho horas porque en cuanto los síntomas remiten vuelvo a estar a pleno rendimiento –ambos sabemos que no es así–. ¿Has leído lo que publica el Fondo de pensiones de Nueva York?’. ‘Con todo lo que tengo encima no he podido. Cuéntame tú’. ‘Pues que en los próximos cinco años se va a desprender de las acciones de empresas de combustibles fósiles que disparan el calentamiento global’. ‘No me extraña en absoluto, ahora la mayoría moverán ficha para alcanzar los objetivos acordados en la Agenda 2030’. ‘Imagino, no obstante, que mantendrán aquellas que cumplan los acuerdos de transición baja en carbono’. ‘He de hablar con mis padres, hace años invirtieron en algo parecido y he de comprobarlo’. ‘¿Cómo les va?’. ‘Me cuesta responder con exactitud. Se juntan y se separan con tanta facilidad que desconciertan, pero en el fondo no pueden vivir el uno sin el otro’. ‘¿Y no te parece hermoso?’. ‘Pues sí’. La interrupción de un mensaje frunció su ceño acomodándose en la arruga el desasosiego. ‘Compañero, voy para dentro’. ‘¿Paso a recogerte?’. ‘No es necesario, se ha ofrecido una amiga’. Respeto su decisión aunque intuyo que no es verdad. ‘Perfecto. Todo irá bien’. ‘Seguro’.
          ‘Jeff, me ha surgido un compromiso –llamo con el manos libres del coche–, dile a Glenn que te ayude porque no sé a qué hora llegaré’. ‘Vale. ¿Ocurre algo?’. ‘No, es un asunto personal’. ‘De acuerdo’. Sin introducir la dirección en el navegador: 315 Broadway Ave S que me llevaría directo, circulo por las calles ordenando ideas a lo largo del recorrido que va desde la 16 St NE hasta mi destino final. Reconozco que descubrir el despertar de sentimientos y emociones me descoloca bastante. Pero, tal vez, vaya siendo hora de aceptar que por la línea granate perfilada en el horizonte se aproxima la tempestad. Estoy en la zona norte de la ciudad, hay poco tráfico y puedo disfrutar del paisaje. A la izquierda, ocupando una amplia superficie, el luminoso de un Burger King con casi todas las plazas de estacionamiento ocupadas, incita a hacer un alto en el camino. Continuo y, unas cuadras más allá, a través de los grandes ventanales de la famosa escuela de baile a la que Alaia siempre se quiso apuntar, observo a los alumnos que siguen el ritmo deslizándose por la pista encerada de un futuro que se me antoja adverso. ¿Seré yo uno de ellos? Miedo me da siquiera pensarlo. Avanzo despacio. No estoy lejos. Paso por delante de la Universidad de Minnesota y del DoubleTree Hilton, sofisticado hotel donde algunas estrellas de Hollywood se hospedan cuando vienen a Rochester. Un poco más allá del cruce con 3rd St SE, visualizo el local donde va a tener lugar el encuentro. Dentro, la mezcla del olor a madera y paredes de ladrillo visto facilitan el diálogo. Repartidas en mesas separadas, apenas hay dos o tres personas aisladas consultando sus portátiles. Elijo una y me siento de espaldas al escaparate. De las repisas para taburetes han desaparecido los complementos y prensa del día que antes tocábamos sin peligro. ‘Por favor, ¿me trae una cerveza Budweiser bien fría?’, pido al camarero que amablemente me da la bienvenida. ‘Hola –un irreconocible William con sombrero me coge desprevenido–. Veo que vuelves a una de tus marcas preferidas. Gracias por acudir’. ‘Sí, es exquisita. Bueno, es lo que hay que hacer cuando los amigos te piden algo, ¿no?’. Sonríe y le sirven un Bourbon Jack Daniel's.
          ‘Imagino que estés intrigado’. ‘Claro, lo misterioso siempre eleva la adrenalina’. ‘Hace años que mi pareja y yo iniciamos los trámites para la adopción de un niño’. ‘No lo sabía’. ‘Nunca quise hacerlo público’. ‘Lo entiendo’. ‘Aquí, en Estados Unidos, resultaba complicado para una pareja como nosotros con ingresos normales aunque muy ahorradores, una vida sencilla y el hándicap xenófobo, hoy tan en auge, por ser ella birmana. Pero nuestro deseo de ser padres tras varios intentos frustrados incluida la inseminación, nos empujó a barajar otras alternativas posibles a nuestro alcance. Así nos enteramos de que en Sudamérica era más fácil y que cada vez aumentaban los huérfanos en los orfanatos. Entonces se me ocurrió ponerme en contacto con amigos que aún conservo en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, aquello cuajó y pusimos en marcha los papeles en Ecuador’. ‘¿Es a eso a lo que has ido ahora?’. ‘No, digamos que estamos en la recta final de una larga travesía. En Portoviejo, en un hogar de acogida, vive la pequeña que se va a convertir en nuestra hija, el protocolo obliga a mantener contactos puntuales para que los tres nos vayamos acostumbrando y que los servicios sociales comprueben nuestro comportamiento con el bebé. Por eso hemos de quedarnos allí algunos días. Necesito que me ayudes’. ‘Dime’. ‘Prepara una colaboración con la Asociación Ecuatoriana de Energías Renovables y Eficacia Energética y envíame’. ‘A ver. No es tan sencillo y tú lo sabes. Hay que presentar algo atractivo para que los jefes den luz verde’. ‘Vale. Entonces, hagámoslo’. ‘Perdona un minuto. Hola, Jeff. ¿Qué ocurre? ¿En serio? No te muevas de ahí que voy enseguida’. ‘¿Malas noticias?’. ‘Todo lo contrario, han autorizado la venta de la planta de energía nuclear “Indian Point”, al norte de Nueva York por miedo a un sabotaje terrorista al estar prácticamente cerrada. Se me ocurre una idea…’.

domingo, 17 de enero de 2021

No puedo respirar

10.

En la vida todos tenemos metas que ponen a prueba nuestra capacidad de superación diaria, así como emotivas circunstancias que miden el grado de solidaridad con los demás y el entorno. Pero, fundamentalmente, lo que marca el rumbo de cada uno es conseguir determinados objetivos. Pues bien, el del río Mississippi es alcanzar el océano Atlántico y, para ello, desde St Louis a la desembocadura se convierte en una potencia imparable. La lancha motora nos lleva a otro embarcación más grande donde encontramos a gente de Greenpeace cuya misión es igual a la nuestra: comprobar las condiciones en las que se encuentra la zona muerta. ‘¿Sabías que las tortugas caimán buscan aquí un lugar tranquilo donde refugiarse –dice Glenn Clemmons– hasta que amaina la crecida? Suelen pesar unas 177 libras y su caparazón es semejante a una roca de tal forma que cuando se quedan quietas parecen una más del fondo. En la punta de la lengua tienen un apéndice en forma de gusano que utilizan como reclamo para llamar la atención de sus futuras presas. Permanecen con la boca abierta y si algún sabroso ejemplar se acerca lo suficiente cierran el hocico a gran velocidad atrapándolo’. ‘Ni idea –respondo, mientras fumamos un cigarrillo apartados de los demás–. ¿Son carnívoras?’. ‘Sí. En cautividad pueden consumir pollo, roedores, cerdo…’. ‘Joder, pues habrá que tener mucho cuidado. Oye, ¿bajamos primero nosotros y después el resto?’. ‘De acuerdo’.
          La sensación de agobio no es sólo por ir enfundado en el traje de buceo, lo es también por la cantidad de residuos de todo tipo que habremos de sortear para no enredarnos en cualquier trampa de difícil salida. Antes de bajar, Nelson se asegura de que llevemos las botellas de aire comprimido bien colocadas. ‘Escuchadme –Georgia suena solemne– al menor peligro, subid. ¿Queda claro? Nada de hacerse los héroes de la testosterona, ¿entendido?’. ‘¡A su orden –imitamos el acento venezolano–, señora!’. Glenn, experto buceador, mueve su cuerpo con destreza apartando el laberinto de algas y la alfombra de peces muertos que van a la deriva. Aunque llevamos un equipo muy sofisticado con sistema electrónico para conectar con la superficie, he tenido que aprender lo más básico del lenguaje de signos. Un total de nueve personas, tres de ellas a la cabeza, nos movemos por el agua turbia temerosos también de chocar con el sensor que los científicos han sumergido para medir los niveles de oxígeno en el Golfo de México. Nunca tienes una idea aproximada de la magnitud de algo hasta que no estás delante y eres consciente de lo mal que están las cosas y el daño que se le hace a los ecosistemas. La dificultad de llorar dentro del visor de goma impide que lo haga, ya que ser testigo del siniestro espectáculo observando las cantidades de crustáceos aniquilados por culpa del microplástico invadiendo su hábitat y que se aloja en sus estómagos, es lamentable, vergonzoso y una prueba tangible de nuestra mala actuación. Uno de los investigadores consulta a menudo su computadora para no superar los límites de seguridad. Eso, quieras que no, en un novato como yo, acojona. Anoto la frase “el festín de basura está servido” que un miembro de la ONG lleva escrito en su pizarra acuática. No sé por qué, en tales circunstancias y con alarmantes pinchazos en el pecho, me viene a la memoria el primo Andoni y su estrecha relación con la naturaleza. Así como mis raíces en Herboso, el poder de mi madre arrastrándonos a todos a USA y el alto precio pagado por Alaia al seguirme. Es como si de repente todas las emociones emergieran desde algún recoveco de la memoria que lucho por mantener en barbecho. En mi afán de ubicar el horizonte abro tanto los ojos que me escuece el lagrimal. Sobresaltado, al rozarme algo por la izquierda, imito la flexibilidad de los reptiles y rápidamente me aparto, pero veo a Glenn haciendo señales: primero con el puño cerrado y levantado a la altura de la cabeza, lo que quiere decir que nos quedan sólo cincuenta bares de presión. Y segundo con el pulgar hacia arriba que descifrado en lenguaje verbal significa que debemos ascender. Sin perder de vista a mi compañero controlo el aire que indica el manómetro repitiéndome una y mil veces que no puedo dejar de respirar. También observo que las burbujas que genero al exhalar siempre vayan por encima de mí y yo a menor velocidad que ellas. Tras algunos minutos interminables en los que pensé acabar arrollado por un buque de lujo, salimos a la superficie, nos colocamos frente a la embarcación y sacamos el brazo tocando nuestras cabezas para confirmar que todo ha ido bien. En el segundo grupo baja William encargado de realizar el reportaje fotográfico que aportaremos a nuestro informe.
          Ya, en cubierta, y liberado del traje, me dicen que Georgia está acostada en un camarote porque ha sufrido una extraña crisis. Es decir: vómito, mareo, escalofríos y malestar general relacionado todo con la quimioterapia. ‘Oiga, en esas condiciones la mujer no puede seguir navegando –grita el capitán por encima de un ruido ensordecedor que no sé de dónde procede–. Así que, he avisado a la Guardia Costera para que sea trasladada a tierra’. ‘Gracias, y le pido perdón por las molestias que le hayamos podido ocasionar’. Tres horas después, y todavía muy preocupado por la fragilidad de mi amiga, una patrulla de la oficina del sheriff de Nueva Orleans nos deja en The Andrew Jackson Hotel. ‘¿Necesitas algo? –susurro casi al oído–. ¿Vamos a un hospital?’. ‘No, en cuanto duerma se pasará. No te asustes’. No lo estoy, aunque sí siento impotencia. ‘Voy a coger unas cosas de mi habitación y vengo enseguida’. ‘No hace falta, de verdad’. ‘Da igual lo que digas, dormiré en el sofá’. Así lo hago. Cuando entro, sigiloso para no despertarla, observo que su respiración es profunda. La luz atenuada de la pantalla del portátil ilumina el rincón del suelo donde me pongo con las piernas cruzadas. Conecto al servidor y rápidamente saltan varios e-mails de Jeff con asuntos pendientes de aprobación y otros por resolver que no son competencia mía. El abrir y cerrar de puertas, las pisadas amortiguadas en la alfombra, el frenazo en seco del ascensor y el maldito generador que no deja de funcionar en ningún momento, son piezas fundamentales para mantenerme despierto, pero la tensión vivida puede más y me impide mantener los párpados abiertos. ‘Markel, Markel –escucho entre sueños–, Joe Biden ha ganado las elecciones’. ‘¿Qué te pasa? ¿Dónde estamos?’. ‘Eh, compañero, vuelve. He pedido que nos traigan el desayuno’. El olor a café y huevos revueltos con beicon hicieron que rugiera mi estómago hambriento. ‘¿Es oficial?’. ‘Bueno, digamos que sí. Suma dos más, los estados de Pensilvania y Nevada, con lo cual la victoria es histórica. El pueblo americano ha desatascado sus tuberías’. ‘Menudo susto nos diste ayer. ¿Cómo te sientes?’. ‘Rebosante de vida. ¿Éstos saben que hemos dormido juntos?’. ‘No lo sé, y me importa un bledo. Pero no, si lo que te preocupa saber es si hemos compartido cama, no lo hemos hecho’. ‘¡Qué tonto!’. El viaje de regreso lo realizamos tras sortear distintos obstáculos a consecuencia de las restricciones de movilidad que sufre el país.
          En la oficina vamos a todo gas procesando el material que hemos traído. La presencia de los jefes eufóricos y esperanzados para que el traspaso de poderes entre la administración republicana y demócrata sea lo más rápido posible y Estados Unidos vuelva a incorporarse al tratado de Paris, es el preámbulo de que The Climate Reality Proyect tiene mucho que aportar con su experiencia y por consiguiente nuestra actividad será mayor. Sin embargo, su visita se debe a otro motivo. ‘Atxaga –no se acostumbran a mi nombre–, cuando acabes con eso ven fuera que queremos comentarte algo’. ‘Enseguida’. Apoyados en el capó del automóvil y tras un intercambiar palabras de cortesía sueltan de golpe: ‘Nos ha llegado el rumor de que Georgia Hardin no está a pleno rendimiento y, la verdad, ahora necesitamos disponibilidad las 24 horas del día’. ‘No sé nada. Hablad con ella’. ‘Hombre, tú eres el interlocutor entre la dirección y el personal’. ‘No, soy uno más. Además, no sé qué os habrán contado, pero antes de echar mierda sobre alguien hay que contrastar e informarse’. ‘Pues a eso hemos venido. No creas que lo hacemos para tomar represalia, sólo que nos gustaría saber a qué atenernos’. ‘¿Y no os interesaría más conocer detalles de la zona visitada en lugar de dar crédito a chismorreos?’. ‘Claro, pero eso ya lo detallaréis por escrito’. Esbozo una sonrisa irónica y doy media vuelta. No obstante, su comentario me deja pensativo puesto que, en alguna ocasión, varias personas del equipo arremetieron contra Nelson acusándole de sacar ciertos beneficios que el resto no teníamos y llamándole espía del patrón. En cualquiera de los casos lo pienso averiguar.
          ‘¿Habéis visto a William? –pregunta Jeff–. No le encuentro por ningún sitio y es extraño porque la moto está aquí’. ‘Habrá ido a tomar algo’. ‘Qué va, seguro que se le han pegado las sábanas –apunta otra compañera–. Ayer cuando me fui aún estaba’. ‘Es muy raro, no ha entregado la tarjeta de memoria con las fotos que hizo bajo el agua y sin eso no puedo documentar vuestros datos’. ‘¿Le has llamado al móvil? –me parece lo más recurrente–. Igual ha salido’. ‘Sí, y está apagado’. ‘Inténtalo al teléfono de su casa’. ‘No lo tengo’. ‘Pero yo te lo doy’. ‘Nada, tampoco contesta’. ‘Chicos, ¿de verdad que ninguno de vosotros sabe dónde puede estar?’. ‘¡Ay!, Markel, lo siento –dice la persona encargada del mantenimiento–, me había olvidado. Anoche mientras estuve cambiando unos cables vino a recogerle un taxi y me dijo que en el cajón de su mesa dejaba el material con una nota para ti’. ‘Gracias’. Apenas dos líneas: viajo a Portoviejo por asunto familiar, cuando regrese te explico. ‘Qué cabeza la mía’. ‘No te apures, tranquilo, nos puede pasar a cualquiera. Venga, todo el mundo a trabajar’. ‘¿Qué pone? –me increpa Nelson–. Tenemos derecho a saberlo’. ‘Nada preocupante, cosas nuestras’. El día ha resultado agotador, ni siquiera ha habido tregua para el almuerzo, así que, impaciente por quitarme los zapatos, cenar ligero y dormir, pongo punto final a la jornada. A estas horas hay muy poca gente en las calles de Rochester, apenas algunos vagabundos apostados en la clandestinidad de los callejones oscuros se sobresaltan con los faros del coche. Todo está tal y cómo lo dejé: la caja de los cereales destapada, la botella de leche semiabierta en la nevera, un trozo de pastel reseco y el cesto de la ropa sucia hasta el borde. Antes de poner orden en la cocina y programar el despertador para las 5.30 a.m. hora en la que me gusta salir a correr, suena el timbre de la puerta…