domingo, 8 de noviembre de 2020

No puedo respirar

5.

Dieciocho meses después de que el huracán Katrina se llevara por delante la vida de Alaia, Iker y Sira, la burocracia me obligó a viajar a España porque la familia reclamaba la herencia a la que ellos tenían derecho, ya que nosotros nunca pedimos la inscripción consular para hacer efectivo aquí el matrimonio. Mamá consultó a un amigo abogado por si yo tenía algún derecho legal al respecto, a pesar de que lo único que me interesaba era terminar pronto y regresar cuanto antes. Así que, llegué a Bilbao con un manojo de llaves en el bolsillo, los deberes hechos, la moral por los suelos y el miedo a lo desconocido agarrado al runrún de las tripas. Cuando deseché el último cerrojo de la vivienda ubicada encima de la taberna, olía a vacío. Antes de rebuscar en los cajones buscando el presunto testamento que no aparecía, abrí una botella de txacolí con sabor a nostalgia. Me sentía un intruso vulnerando la intimidad de quienes, en realidad, apenas conocía. Empecé por la cocina, quizá porque al ser la pieza principal en el hogar de los norteamericanos, pensé que, entre latas de conserva caducadas encontraría la pieza del puzle exigida con agresividad. No fue así. Recorrí los dormitorios con la misma delicadeza de quien trasplanta una orquídea para no romper sus raíces. Sin embargo, en el rellano de la escalera donde también había huellas inconfundibles de ratones, me llamó la atención un mueble corto y estrecho que desentonaba con el resto. Necesité un cuchillo de hoja robusta para apalancar la puerta haciendo saltar por los aires el pequeño pestillo oxidado. Dentro, una libreta con nombres escritos en euskera y diversos documentos que me propuse ordenar conservaban el polvo del olvido incrustado en las tapas. Una característica muy americana es la individualidad del ciudadano motivándonos desde una edad temprana para ser independientes y responsables de las propias decisiones, pero quizá el mayor defecto que tenemos como sociedad sea creer que más allá de los Estados Unidos no hay ningún otro país, excepto Canadá al norte y México al sur. Por eso, mientras deslizaba la vista por los papeles descubrí por primera vez las palabras: izquierda abertzale, Euskal Herria, lehendakari, velódromo de Anoeta, Batasuna, herriko taberna…
          Desde que uno de mis primos convirtiera la casa de la abuela en una atractiva posada rural, atrayendo hasta la aldea de Herboso a un tipo de gente que desmarcándose de las masas y lo convencional optaban por el agroturismo para pasar sus vacaciones, en toda la comarca no se hablaba de otra cosa más que de las rutas que él mismo organizaba, haciendo que los clientes disfrutasen a pleno pulmón de la belleza del Valle de Carranza. ‘Dime una cosa –pregunto, mientras me instalo en la mejor habitación del pajar–: ¿Cómo te dio por montar esto?’. ‘Me dejó la novia cuando íbamos a casarnos y no soporté la posibilidad de encontrarme con ella cogida del brazo de otro. Así que, puse el monte entremedias’. ‘Vaya, lo siento. Pero conste que me alegro mucho del éxito que cuentan que tienes’. ‘No te creas todas las habladurías’. ‘Este entorno empareja bastante con los principios de la actividad profesional que ahora desarrollo’. ‘¿A qué te dedicas?’. Preguntaba desganado y por puro compromiso. ‘Soy activista contra el cambio climático. Vamos por ahí concienciando a la gente porque, o nos ponemos las pilas, o esto se va a la mierda’. ‘¡Vaya, vaya! Ahora resulta que el yanqui es más vizcaíno de lo que pensábamos’. ‘No te rías de mí. Oye, imagino que en invierno apenas tendrás clientes y será duro estar solo’. ‘Pocos, pero te acostumbras a la soledad. Además, da tiempo para preparar la temporada siguiente. Mira, dejemos las cosas claras: si te manda tu padre porque quiere parte de lo suyo, sepas que todos los meses ingreso el alquiler en la cuenta que abrieron los hermanos’. ‘El motivo que me trae es muy diferente y no viene al caso. Aclárame, por favor, de qué va esto –le enseño los documentos–. Es que no entiendo nada. Mi mujer jamás habló del tema, salvo algún vago comentario cuando sufríais atentados y, la verdad, después de leer estos textos tengo mucha curiosidad’. ‘¿Te apetece una alubiada?’. ‘No sé lo que es’. ‘Alubia roja con sacramentos. Quiero decir con costillas de cerdo, morcilla, chorizo y tocino. ¿O prefieres una salsa de puerro que por esta región conocemos como purrusalda?’. ‘Lo primero suena mejor’. Los troncos de madera crujían en la chimenea marcando el compás de nuestra conversación. Jamás había comido tanto ni tan rico junto a otro comensal que cuidase con absoluto mimo hasta el último detalle gastronómico. Acostumbrado a beber vino o cerveza, al final de la cuarta copa de pacharán manifesté un ligero mareo que no impidió prestar atención a lo que oía. ‘¿Más licor?’. ‘No, ni pensarlo. ¿Crees que mi suegro perteneció a la banda terrorista?’. ‘Hombre, puede que no fuera un miembro activo, pero desde luego simpatizante parece que sí. Veo que no conoces nada de nuestra historia, han sido tantos años de drama que lo de ahora, a partir de mayo de 2018 cuando a través de un comunicado anunciaron que se disolvían, es una liberación’. ‘¿Por qué no habláis de ello con naturalidad?’. ‘Pues, por aburrimiento y tedio’. Hacía horas que el fuego se había apagado y la madrugada nos sorprendió con una resaca de caballo, con el frío metido en los huesos y una sensación de paz infinita, dije: ‘¿Me puedes acercar a Bilbao?’. ‘¿En el remolque del camión como la otra vez? –reímos–. Por supuesto que sí’. ‘Gracias por la velada y por todo’. ‘Vuelve cuando quieras’. ‘Lo haré’. ‘¿Dónde has quedado con el abogado?’. ‘En su despacho’. ‘Te acompaño’.
          Aguardábamos pacientes en la sala de espera del bufete situado en la calle Máximo Aguirre esquina a Rodríguez Arias Kalea. El primo Andoni chascó la lengua nada más ver a la persona que venía a nuestro encuentro y que después se presentó como el representante legal y portavoz de la familia de mis suegros. ‘¿Qué pasa? –pregunté, antes de que el otro lo escuchara– ¿Por qué te pones a la defensiva?’. ‘Es que no tiene buena fama. Dicen que en 1990 estuvo involucrado en el mercado negro obteniendo licencias para la proliferación de máquinas tragaperras extendidas por la comarca. Al parecer había una flota superior a la permitida, lo cual perjudicó a mis hermanos. Si quieres, después te lo explico –pero no quería. En realidad, me importaba un bledo–. Ahora, seamos amables y ten cuidado, es muy hábil manipulando a la gente’. No había mucho que dialogar, excepto hacerle entrega de los dos juegos de llaves que tenía de la casa y firmar un documento donde me comprometía a no reclamar jamás nada. Tan sólo, y sin que lo supieran, cogí un equipo fotográfico de Alaia. Cuando nos separamos de él, dije: ‘Si no tienes inconveniente, voy a quedarme algunos días más’. ‘¿Y por qué lo iba a tener? Encantado de que lo hagas. ¿Te gustaría conocer algo de la zona?’. ‘Me encantaría’. ‘Entonces, iremos a un sitio espectacular que limita con Cantabria. Una de las rutas que organizo para mis clientes es a la Ventana Relux, las vistas desde allí son impresionantes. Tú y yo tendremos, más o menos, la misma talla, necesitarás ropa de montaña’.
          Equipados para atravesar el monte, caminamos por el lateral de una angosta carretera dejando atrás el pueblo de Herboso y adentrándonos en los espacios verdes tan arraigados a la tierra firme que enrola al vizcaíno de pura cepa. ‘¿Esto está deshabitado?’. ‘No. ¿No ves la leña amontonada a un lado? Se preparan para el invierno, aquí hace mucho más frío que en la capital y quizá no puedan salir en un tiempo, han de tener provisiones’. Sentía una presión bastante fuerte en los pies, y debí de manifestarlo en el rostro porque entre El Callejo y Ambasaguas hicimos un alto para reponer fuerzas. ‘No sé cómo puedes andar tan deprisa con eso –dije, señalando el calzado–, a mí me está matando’. Sacó una hogaza de delicioso pan blanco, medio queso, chorizos que me supieron a gloria y una bota de vino –nunca había bebido en algo así–. ‘Anda, háblame de tu trabajo’. ‘¿Qué quieres saber?’. ‘¿Cómo te hiciste activista?’. ‘El Katrina no se llevó por delante sólo a mi compañera, también nuestros sueños, aquellos que alimentamos con complicidad y deseo de crecer y llegar juntos a la cumbre de la vejez, cosas sencillas que estructuraban el perfil de lo que éramos como pareja. Todo a mi alrededor se transformó en un gran solar del que nunca más fluiría la vida. Descuidé tanto el aspecto físico que de repente me convertí en una persona desaliñada y con manchas de alcohol salpicadas por la camisa. Una mañana, camino del Mayo Civic Center, encontré por casualidad a dos de mis antiguos alumnos’. ‘¿Es un sitio importante?’. ‘Digamos que es un complejo donde se celebran convenciones, eventos deportivos…, todos los acontecimientos multitudinarios que imagines. Pues bien, asistían a la conferencia que la neoyorquina Lois Gibbs, fundadora del Centro de Salud, Medio Ambiente y Justicia, daba en una de las salas principales. Me animaron a ir con ellos y, hasta hoy’. ‘Esa mujer debe tener mucho poder para convencerte’. ‘Su trayectoria es peculiar. Comenzó cuando descubrió que la escuela a la que asistía su hijo de 5 años, en Las Cataratas del Niágara, en Nueva York, fue construida sobre un vertedero de desechos tóxicos, al igual que todo el vecindario. Asustada por los síntomas de enfermedad que manifestaban ya algunos niños, luchó muchísimo con los gobiernos local, estatal y federal, hasta que, gracias a la recogida masiva de firmas, consiguieron evacuar a las familias afectadas’. ‘Ya, pero hay que tener las ideas muy claras para dedicar tiempo y esfuerzo en una causa que a mí me parece perdida’. ‘Bueno, lo fundamental es no mirar para otro lado y reconocer que hay problemas medioambientales, pero también que existen soluciones, a veces tan simples como estar dispuestos a cambiar nuestros hábitos y costumbres.’. ‘Hombre, pasar de lo cómodo a lo austero no es apetecible’. ‘Bueno, pero no se trata de prescindir de la tecnología que nos permite aprovechar mejor los recursos naturales. Nosotros somos Homo Sapiens’. ‘Aprendemos muy bien la teoría, otra cosa es llevarlo a la práctica. Mi negocio funciona sin lujos, tú lo estás comprobando. Sin embargo, a veces, hago cosas que no me gustan para atraer a otra clase de clientes que dejan mucho más dinero’. ‘Es urgente reflexionar. Vivimos eclipsados por la sociedad de consumo, por este usar y tirar a precio de ganga. Compramos artículos baratos sin pensar que su bajo coste se debe a que están hechos por personas explotadas y hacinadas en talleres clandestinos’. ‘Mira, en eso estamos de acuerdo, tenemos más de lo que necesitamos’. ‘Bravo, acabas de dar un primer paso’. ‘¿Cuál?’. ‘Admitir una evidencia’. ‘¿Me ayudas a montar la tienda de campaña?’. ‘Claro’.
          La ubicación privilegiada que tiene el estado de Minnesota, además de la abundancia de lagos, es propicia para avistar el fenómeno de la aurora boreal, comúnmente conocido como “las luces del norte”, que tanto disfruté en la infancia cuando papá organizaba excursiones para nosotros dos. No obstante, pocas veces había contemplado las estrellas brillar con tanta intensidad como aquella noche al raso, junto al fuego que prendió mi primo mientras contaba anécdotas y aventuras de nuestros antepasados y, recordábamos canciones de cuna en euskera. A la mañana siguiente me dolían todos los huesos, pero la experiencia mereció la pena. Levantamos el campamento y reanudamos la marcha. He de reconocer que el paisaje era espectacular, el oxígeno que respirábamos sanador y la compañía inmejorable. Atravesamos los verdes pastizales que dominan la sierra de Ubal, y lo hicimos bajo la vigilante mirada de los buitres preparados quizá para la caza de alguna presa. Y, así, llegamos a la Ventana Relux, con un sol espléndido que facilitó visualizar el mar a lo lejos. Estaba tan ensimismado que quería asomarme por el arco para ver lo que había al otro lado. ‘Cuidado, Markel, ahí sólo encontrarás el abismo –advierte él– y, la verdad, no me apetece recoger tus pedacitos’. ‘Lo siento, es que estoy fascinado y me he dejado llevar’. De vuelta a Herboso nos hicimos algunas fotos entrañables: sobre el carro que tiró del ganado, en la terraza desde la que veía llegar a mi padre del campo y la última, ya en la ciudad, en un hermoso atardecer en el Puente de San Antón, con la Ría de Bilbao como invitada de lujo. Antes de desaparecer por la puerta de embarque y tras buscar refugio en la calidez de su abrazo, dijo: ‘Jamás olvides de dónde vienes’. ‘No lo haré. ¿Vendrás a visitarme a Rochester?’. ‘Ya veremos. La próxima vez que vuelvas prometo tener el jardín vertical en la fachada de la casa’. Años después, antes de declararse la pandemia que diezma a la humanidad, regresé a Euskadi acompañado de Georgia Hardin y William Harrison, que acababa de enviudar. Pero, el primo Andoni, ya no estaba…

domingo, 25 de octubre de 2020

No puedo respirar

4.

En el décimo aniversario de la muerte de Alaia, y en vista de que no levantaba cabeza, mis padres se empeñaron en pasar la Nochevieja en Nueva York, imaginando que el ambiente festivo de Times Square cuando cae la bola animaría mi alma en pena. ¡Qué tontería!, pensé, ya que lo único que me apetecía era seguir arrastrándome bajo el paraguas de una melancolía convertida ya en sustancia tóxica. Pero cedí a sus deseos para no frustrarlos. Caminaba distraído por la calle 46 hasta salir a la Quinta Avenida y llegar a la librería Barbes & Noble, donde pensaba adquirir el libro: “Esto lo cambia todo”, de la periodista y activista, Naomi Klein, en el que describe, con absoluta brillantez, que el capitalismo va contra los testimonios que argumentan la acelerada transformación de la climatología y sus consecuencias. Deanna Leone se situó por detrás de mí, aguardando turno para pagar. La miré y, en un intento de resultar simpático, dije: ‘¿Los va a leer todos? –el comentario sonó absurdo y fuera de lugar–. Disculpe la indiscreción –me sonrojé al notar su enojo–. No pretendía molestarla’. ‘Pues mire, así lo compensamos –relajó el entrecejo–: todos los míos frente al suyo’. ‘Es para mí –sonreí, encajando la ironía–. Bueno, también buscaba biografías de actrices y actores de Hollywood, para regalar, pero no doy con la sección’. Señaló justo a mi derecha y ahí estaban. Salimos a la acera, atestada de gente, con un montón de paquetes en las manos. ‘Veo que ha tenido suerte’. ‘Sí. Llevo una de Steve McQueen y otra de Bette Davis. Gracias por la ayuda, de no haber sido usted nunca las habría encontrado’. ‘¿Le apetece tomar algo?’. ‘Claro’. ‘Vamos al Café Manhattan, hacen los mejores huevos revueltos de toda la city’. Nos abrimos paso entre la multitud que iba a la carrera para llegar los primeros a la parada de taxis. Acostumbrado al ritmo pausado de Rochester aquella locura me agobiaba. Accedimos al local por una puerta que destapó un espectáculo interior muy agradable, con apetitosas vitrinas conviviendo dentro de ellas los mejores ingredientes para elaborar tu propia ensalada o aquellos postres prohibidos a los que era imposible resistirse, por mucho que la conciencia aconsejara lo contrario. En la segunda planta, sentados en una de las mesas pegadas a la barandilla, la vista del recinto era acogedora y el trato a los clientes exquisito. ‘¿A qué te dedicas?’. ‘Trabajo para The Climate Reality Proyect’. ‘Entonces, ¿eres de los que van pregonando que el Ártico desaparecerá?’. ‘Bueno, es una evidencia. Está pasando. Al ser los veranos más cálidos gran parte de la banquisa se derretirá, y la última en hacerlo será una región al noroeste de Groenlandia. Tanto es así, que, mientras perdure un poco de hielo las morsas y los narvales migrarán allí’. ‘Eso es muy discutible. Sólo el Creador puede cambiar el rumbo de las cosas’. ‘Te equivocas. Los causantes somos nosotros con nuestra irresponsable actuación, por eso es fundamental poner en práctica las soluciones que tenemos al alcance. Necesitamos unanimidad mundial y el serio compromiso de la clase política para el cumplimiento de las leyes que protejan los recursos naturales, siempre en desventaja ante los económicos’. ‘El pueblo americano no cree dicho discurso’. ‘¿Eso piensas? Pues, fíjate: California está a la vanguardia desarrollando energías renovables al ver como los grandes incendios destruyen su territorio o Miami que aprecia ya la subida del nivel del mar se replantea algunos cambios. En ambas costas hay colectivos movilizándose, personas que empiezan a desarraigarse del concepto de posesión y de consumo tan entroncado en nuestra sociedad’. ‘Uy, pues yo qué quieres que te diga, no me parecen alarmantes las emisiones de CO2 de la industria, hay que escuchar a los verdaderos entendidos y no a los gurús propagandistas’. ‘Entonces, sabrás que la comunidad científica opina que es urgente eliminar progresivamente la expulsión de esos contaminantes’. ‘Oye, me tengo que ir. Ha sido muy interesante este encuentro, me gustaría repetirlo. Quién sabe, quizá en el futuro hagamos cosas juntos’. ‘¿Por qué no?’. Y así fue como esta mujer, que se cree a pies juntillas los milagros descritos en la Biblia, entró a formar parte de nuestras vidas…

          Hija de un terrateniente de Texas y una criada de origen judío, procedente de Polonia, Deanna Leone fue abandonada a los pocos días de nacer por su madre biológica en el barrio neoyorquino de East Harlem. Envuelta en una pequeña manta, hambrienta y casi en estado de hipotermia, la encontró una afroamericana que iba camino del trabajo. Dentro del pañal llevaba un papel explicando las verdaderas razones que la obligaban a renunciar a la maternidad y también la identidad de la criatura. A la mañana siguiente, faenando en la casa donde servía desde hacía más de tres décadas, consultó con la señora si debía acudir a los servicios sociales, la otra, según escuchaba, pensó y dijo: ‘Yo me ocupo del bebé, Helen. No se apure’. A menudo quiso preguntar por el paradero de la niña pero nunca se atrevió. Los señores movieron los hilos para que un predicador cristiano evangélico, de Carolina del Norte, y su esposa, tras fallidos intentos para concebir, la adoptaran y criaran dentro del ambiente ultraconservador que marcaría, inexorablemente, su actitud ante la vida, aunque, como se verá más adelante, el tiempo suavizará determinadas posturas radicales que defendía con vehemencia.
          El 3 de marzo de 1991, Rodney King, de Sacramento, y raza negra, en libertad condicional por robo, y temiendo ser devuelto de nuevo a prisión, se negó a detener el carro que conducía por la autopista, a gran velocidad, hasta que en el distrito de Lake View Terrace, frenó y, al bajarse, recibió una brutal paliza por cuatro miembros del Departamento de Policía de Los Ángeles. Una semana después se extendieron las protestas por varios estados del país. Algunos reverendos afines al ala más carca del clero pidieron a sus feligreses que no apoyasen las manifestaciones. Deanna no pensaba hacerlo. Sin embargo, se vio envuelta en mitad de la calle cuando iba a la iglesia con su grupo de oración. Fue ahí donde presenciaron el linchamiento a mujeres, hombres, niños… En definitiva: personas convertidas en trofeos de odio. Entonces, una anciana muy parecida a aquella otra que la salvara de una muerte segura estaba a punto de ser aplastada. Sin dudarlo, tiró de ella para apartarla de la muchedumbre que corría descontrolada. Se acercó a su oído y, entre sofocos, dijo: ‘Ahora, estamos en paz’.
          De vuelta al hotel, aprovechando que mis padres no estaban, coloqué en su habitación los regalos junto a la chimenea. Abajo, en la zona del bar, pedí un whisky mientras observaba con envidia, a las parejas que iban y venían hacia los ascensores. Y, así, mirándolos, recordé que uno de los mejores años para mí fue 1995, porque, tras pasar varios meses recorriendo Alaska –trabajaba ya para National Geographic– con una expedición de científicos estudiosos de la atmosfera, cuyo objetivo era denunciar el empeoramiento que sufría la orografía de esa rica zona de la tierra y la consiguiente afectación del efecto invernadero en sus costas y ríos que atraviesan dicho estado, Alaia fijó su residencia conmigo en Rochester. Al principio, los continuos viajes dificultaban la fluidez de nuestra relación, resultando complicado consolidar planes de futuro. Pero, poco a poco, nos adaptamos al presente, aprovechando al máximo el tiempo que pasábamos juntos. Sin embargo, en Estados Unidos ocurrió el mayor ataque terrorista anterior al 11-S. El 19 de abril, a las 9:02 a.m., en Oklahoma City, estalló un camión lleno de explosivos de fabricación casera contra el Edificio Federal Alfred P. Murrah donde murieron 168 personas y resultaron heridas más de 680. Era miércoles y nos pedimos el día libre para comprar algunos muebles, cosas muy sencillas de segunda mano que ella quería para la casa –mi concepto de la decoración se basaba en los trastos viejos que mamá desechaba–. Desayunamos sin prisa, escuchando el piar de los pájaros, el vaivén de las hojas de los árboles arañando el cristal de las ventanas, amándonos con cada mirada, respirando la grandeza del otro y admirando la capacidad de entrega, algo parecido a rozar el universo con la yema de los dedos. No obstante, la felicidad duró hasta que comenzó a vibrar su teléfono móvil alterando de arriba abajo nuestra jornada. ‘Enciende el televisor, amor –dijo, metida en el traje de reportera que tanto me asustaba–. Está bien, señor. Enseguida voy’. ‘¿Qué pasa?’. ‘Ha estallado una bomba. Me tengo que marchar, salimos en una aeronave militar. Siento mucho romper los proyectos para hoy, pero esto funciona así’. Aunque lo sabía, costaba aceptarlo, fundamentalmente por el peligro que a veces corría. ‘Están diciendo que un tal Timothy McVeigh y Terry Nichols, con otros dos cómplices que todavía no han sido identificados –grite para que me escuchara–, son los presuntos autores’. ‘El primer nombre me suena muchísimo… Deja que haga memoria –era una enciclopedia andante–. ¡Ah sí!, es un veterano de la Guerra del Golfo’. ‘¿Y el segundo? –pregunté–. Espera, que… Bueno, lo único que dicen es que se conocieron en el ejército’. El coche enviado por la revista aguardaba fuera para llevarla a la base. Coloqué en el maletero las bolsas con el equipo fotográfico y su mochila en la que siempre llevaba algo de comida, agua y varias baterías de repuesto. ‘Ni se te ocurra empezar la tarta de manzana hasta que yo no vuelva’. Me besó en los labios y sólo pude decir: ‘Llámame…’. Ha dejado un legado gráfico tan extenso que en los momentos polares me ayuda a recordar.

domingo, 11 de octubre de 2020

No puedo respirar

3.

Bajamos al hall del hotel Harrington, donde aguarda el resto de los compañeros que hemos viajado hasta la capital de los Estados Unidos con la organización The Climate Reality Proyect, para participar en la protesta que a nivel mundial se lleva a cabo en contra de los negacionistas del calentamiento global. Sin embargo, la marea humana que va hacia el Capitolio manifestándose por el asesinato de George Floyd, se cruza en nuestro camino uniéndonos al movimiento Black Lives Matter. ‘Markel, mira aquella columna que se dirigen hacia el Monumento a Lincoln –Nelson Baez, eufórico, señala con el dedo–. Ojalá que la nación entera lo esté viendo’. ‘Seguro que sí –afirmo–. Son muchos afroestadounidense asesinados hasta el momento como para acallar los gritos de repulsa’. ‘Cuánta razón tienes –continua–. Si Martín Luther King levantase la cabeza y viese cómo están sus hermanos, y lo poco que se ha avanzado en empatía y tolerancia desde aquel sueño que tuvo, no sé qué pensaría’. ‘Anoche –digo–, navegando por la red encontré en Mapping Police Violence’. ‘¿En qué?’. ‘Seguro que has oído hablar de ello: es el proyecto que investiga las malas conductas de algunos policías. Pues bien, descubrí que un afroamericano tiene más probabilidades de morir violentamente a manos de las fuerzas de seguridad, que el mayor de los delincuentes por el mero hecho de haber nacido bajo el paraguas de una piel blanca. Hay muchísimos problemas raciales, suceden a escasos centímetros de nosotros, pero como son molestos los apartamos de un puntapié en el trasero. Podríamos preparar un congreso para tratarlo, ¿qué te parece?’. ‘Oye, ¿tú tienes vida más allá de las estadísticas y de los informes sesudos? Porque…’. ‘La tuve’. ‘Perdona –se disculpa arrepentido–, no quería ofenderte’. ‘No te preocupes, no lo has hecho’. Fijaos –interrumpe otro compañero muy nervioso–, hay familias enteras con niños pequeños, abuelos y adolescentes que viven en primera persona el hecho histórico que mañana recogerán en los libros de historia’. ‘Bienvenido al mundo real, querido’. ‘Aguardad un instante, ¿qué es esa avalancha que se mueve por allí? –pregunto–. ¿Una contramanifestación?’. ‘No, es el ejército –afirman por detrás de nosotros–. Vayamos alertas’. Según termino la frase, y sin posibilidad de reacción, cargan violentamente contra todos. ‘Markel, salgamos de aquí’. ‘Esperad que haga unas fotos –tiran de mí– para colgarlas en nuestra página’. ‘¡Deprisa, chicos!, que no lo contamos’. Escapamos por los pelos muertos de miedo. De vuelta al hotel, reconfortándonos con una copa de tequila, alguien me pregunta por Georgia Hardin. ‘No sé por qué no habrá venido, pero estoy de acuerdo con vosotros, está muy rara’. Dije, ocultando los verdaderos motivos que yo sí conocía. A la mañana siguiente, apoyados por ambientalistas y una amplia representación de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana, entonando sus cantos relajantes y pacifistas, marchamos tranquilamente por las calles de Washington colapsando las principales arterias de la ciudad, aunque esta vez no nos vino a disolver el Séptimo de Caballería con su artillería de gases lacrimógenos. Nelson y yo caminamos por detrás de la pancarta cuyo eslogan es: “Estamos a Tiempo De Frenarlo Todo”.
          Un poco antes de irme a Washington, preparando la maleta, encontré en el fondo de un cajón, que apenas abría, la tarjeta de cumpleaños que hice cuando alcancé la mayoría de edad. Pero, lo que mejor recuerdo de aquel día es cuando sonó el teléfono. Era el tío Iñigo para decir que la abuela se moría. Escuché a mis padres discutir en el dormitorio, blasfemar en euskera e inglés, entre portazos que presagiaban la inminente partida. Once horas después los dos volábamos rumbo a España. La premura para adquirir los pasajes obligó a optar por lo único disponible con dos escalas de tres y nueve horas: la primera en el Aeropuerto Internacional Libertad de Newark, en Nueva Jersey, y la segunda en Lisboa. Total, más de una jornada para cruzar de un continente a otro. Llegamos con la bruma del jet lag adherida a la suela de los zapatos. La casa se caía a pedazos, encontramos las tejas amontonadas junto a la leñera vacía, donde una camada de ardillas campaba a sus anchas. Alrededor de los cimientos estaba crecida la hierba, abrupta y aleatoria, como señal de que todo se desmoronaba, igual que la vida de aquella anciana a la que conocía tan sólo por referencias. Otra de mis tías, a pie de cama, maldecía contra los dioses y, al entrar papá, y besar la frente de su madre, le dedicó una agria mirada de absoluto desprecio. ‘¿Ha visto el médico a “ama”?’. ‘¿A ti qué te parece? Igual había que haber esperado a que volviera el señorito de su amada América y así llevarse él los honores’. ‘Déjate de tonterías y dime qué ha dicho’. ‘¿Tú qué crees? Pues que se va, pero que tiene el corazón fuerte. Así que, hasta que aguante, aquí me tiene, presa, como lo he estado toda la vida, viendo a los demás volar, mientras que a mí me amargaba con su mala leche, haciéndome sentir la más desgraciada de todos vosotros. Sin embargo, de no ser por mí…’.
          La discusión entre hermanos subió tanto de tono que preferí visitar Bilbao encaramado en el remolque de uno de mis primos. ‘¿Cómo te llamas? –pregunté tímidamente–, yo soy Markel’. ‘Andoni, y sé quién eres, mutil’. ‘¿Mu, qué?’. ‘Muchacho, chico, chaval. ¿No practicas nuestra lengua, verdad?’. ‘Poco. ¿A qué te dedicas?’. ‘Soy agricultor’. Y parco en palabras, pensé. Seguimos todo el trayecto en silencio de manera que me dediqué a memorizar las advertencias hechas por mi padre para que pareciera un buen vasco. Como, por ejemplo, que era fundamental no comer con los ojos para probar diversos pintxos de las muchas tabernas y guardar los palillos porque con arreglo a los que tengas, pagas. Pero, la voz áspera del pésimo conductor me trajo de vuelta. ‘¡Eh! tú. Hemos llegado al botxo. ¡Bájate!’. ‘¿Adónde?’. ‘Pues coño, al agujero, ¿no ves que estamos rodeados de montañas? ¡Cómo se nota que eres extranjero! A ver si aprendes un poquito’. No supe qué contestar, por eso, di un salto, le agradecí el porte, me sacudí el polvo de la ropa y, ahí estaba yo, a escasos pasos del Casco Viejo dispuesto a saborear las famosas gildas bilbaínas y, a empaparme de su cultura para que nadie de la familia volviera a tratarme de bobo.
          Acostumbrado a Rochester donde la ciudad es más espaciosa, aquellas calles peatonales, estrechas y de paredes agobiantes, provocaban en mí la agonía de quien se siente prisionero. ‘Perdone –abordé a un viandante–, ¿podría indicarme dónde hacen el mejor txangurro a la donostiarra? Vengo desde muy lejos y tengo entendido que la carne de centollo es exquisita’. La hospitalidad de aquella persona colocó mi destino en la misma entrada de la “Taberna el Puente”. Iker y Sira, que posteriormente se convertirían en mis suegros, regentaban aquél típico local en la confluencia de las calles Ronda con María Muñoz. ‘¿Y cómo se vive en los Estados Unidos? –dijo la mujer a la vez que cortaba un trozo bastante generoso de tortilla cuajada al punto que regué con chacolí– Anda que no está eso lejos. ¿Has venido de vacaciones?’. ‘No, exactamente. Mi abuela se muere, somos del Valle de Carranza’. ‘Alaia –llamaron a alguien por el hueco de la escalera–, ¿quieres bajar de una vez, por favor? La culpa es tuya que la consientes demasiado’. ‘Eso, tú como siempre, escurriendo el bulto’. Ellos también se echaron a reír al ver que yo lo hacía. Entonces, empujando la puerta abatible con la cadera, apareció la chica más guapa del mundo. ‘Hija, mira, este joven y atractivo caballero viene de Minnesota’. ‘Vaya, un verdadero yanqui del Medio Oeste, ¿eh?’. ‘¿Por qué no te encargas tú de que no le falte de nada?’. ‘¡Ay, mamá! Eres tremenda y la mayor lianta que conozco’. ‘Venga, enséñale nuestras cosas’.
          ¿Conoces las Siete Calles?’. ‘No’. ‘¿Y el muelle Marzana o el mercado de la Ribera?’. ‘Tampoco’. ‘Imagino que ni idea de El Arenal por donde pasea todo bilbaíno de pura cepa. Y supongo que, el lavadero de mujeres te suene a chino, claro.’. ‘Alaia, para mí esto es nuevo –le dije en nuestra segunda cita–, pero quiero verlo todo’. ‘Entonces, empezaremos por el Ascensor de Begoña, que lo construyeron en 1949 y, ¿a qué no sabes por qué?’. ‘Obvio que no’. ‘Para unir el centro con el barrio de Santutxu. Además, quiero que vayamos a “los arcos de la Plaza Nueva. Dicen que allí, en los bares escondidos entre sus columnas, se han dado los besos más apasionados de la ciudad’. ‘Pues no se hable más, ¿hacia dónde tiro?’. Nos citábamos cada tarde. Me había enamorado como un perdido y ella también. La abuela murió mes y medio después, lo cual significaba que, en cuanto tuvieran arreglados los asuntos legales nosotros volveríamos a Estados Unidos, y yo no quería. Una noche, mientras abríamos las camas, le planteé a papá la posibilidad de quedarme un tiempo para conocer Euskadi, pero su respuesta fue tajante: ‘¿Qué quieres, que tu madre me la líe?’. Él se pasaba muchas horas en el monte, pensativo, con la bota de vino colgada del hombro y un palo con el que ayudarse por los terrenos empinados. De regreso vio que dos de sus hermanas montaban en cólera conmigo, porque se rumoreaba que yo salía con la hija de un tabernero bien situado y que, a la caída del sol, se nos veía meternos mano en el Estanque del Parque de doña Casilda, al que todos llaman “el de los patos”. ‘¿Es eso cierto, Markel? –me pregunta–. Aquí las cosas funcionan de otra manera’. ‘Te lo puedo explicar’. Así lo hice, y aquella historia de amor le recordó tanto a la suya que, tras pensárselo unos minutos, propuso el siguiente trato: volver con él, acabar el curso y luego, si seguía sintiendo lo mismo, vendría a España a pasar el verano…