domingo, 5 de julio de 2020

Nocturno, en el estado de Nevada


22.

‘Rogamos suba al estrado nuestro primer testigo –Charlotte Bennett comenzó así de solemne cogiéndonos a todos por sorpresa y al que más al juez Robert Franklin Jr.–: el inspector Adam Walker, segundo responsable del departamento de investigación en la oficina del sheriff de Carson City’. ‘Levante su mano derecha –indicó el secretario, acercándose con la Biblia en la mano–: ¿Jura que el testimonio que va a aportar es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?’. ‘Sí –pronunció convincente delante de la silla de cuero desgastado donde habría de sentarse–, lo juro’. ‘Diga a este tribunal su nombre completo y el cargo que ostenta, por favor –poco más y nos lee la hoja de servicios de los últimos veinte años–. ¿Reconoce al acusado –señaló con el dedo– aquí presente?’. ‘Claro, yo mismo le tomé declaración’. ‘¿Qué impresión le causó?’. ‘Ninguna en especial’. ‘¿Diría que es un hombre honrado, justo, patriótico?’. ‘No dispongo de información suficiente para emitir opinión al respecto’. ‘Cuál de estos perfiles cree que se ajusta más a la persona que hoy juzgamos: ¿el de Papá Noel cargado de regalos colándose por la chimenea en las casas de los niños o el de don Vito Corleone que hace correr la sangre inocente por las calles de la ciudad?’. ‘¡Protesto, señoría! –dijo el abogado defensor–. La fiscal coloca al testigo en un callejón sin salida’. ‘Se acepta. El jurado no tendrá en cuenta, para sus deliberaciones, esto último’. Sentí el vértigo de ir por mal camino, como el pánico que se agarra a la espalda cuando te roza el acero de la navaja poniéndote en peligro. ‘Permítanme formular la pregunta de otra manera –sugirió–: ¿Qué le indujo a enviarlo a prisión? ¿Acaso la sospecha de haber planeado con premeditación el asesinato de la víctima?’. ‘¡Protesto, señoría! Sigue coaccionando al testigo y dando por hecho lo que aún no se ha probado’. ‘No ha lugar. Conteste, por favor’. ‘Cuando la demandante –refiriéndose a Mayalen– fue a poner la denuncia, yo estaba de guardia. Recogí la hoja reglamentaria, adjuntando parte de la documentación que traía, y activé el protocolo correspondiente. La investigación posterior nos llevó a cursar la orden de busca y captura, así como al registro en la vivienda del sospechoso’. ‘¿Encontraron esto –le mostró la camiseta y el pantalón manchados de sangre– en casa de John Alexander García?’. ‘Oiga –saltó el abogado–, esa ropa puede pertenecer a cualquiera’. ‘Si lo que intenta decir es que protesta, no ha lugar –soltó el juez–. Y si la señora fiscal no aclara qué pretende demostrar con eso, irán a mi despacho’. ‘Facilito el análisis proporcionado por el laboratorio donde se demuestra que los restos de sangre hallados en las prendas pertenecen a la víctima’. ‘Lo cual no significa que mi cliente sea el autor del crimen’. ‘Pues yo diría que sí, caballero, ya que también hay del mismo grupo sanguíneo del encausado. Por tanto, lo presentamos como prueba número uno. No tengo más preguntas. Todo suyo, letrada’. ‘Adelante’ –me autorizó el magistrado.
          Si aquella mañana, de temperaturas bajo cero, Brayden Morgan hubiera escuchado la intervención que hice en la sala 3 The Carson City Justicie and Municipal Court, ante tan ilustre público, lo habría publicitado de punta a punta de Wyoming, festejándolo con la misma emoción que le envolvía cada 4 de julio, cuando montado a caballo lucía el envejecido traje de cowboy que estilizaba tantísimo su delgada figura, con la pipa apoyada en la comisura izquierda de los labios y aséptica de babas. Pero también estaría orgulloso Richard Smith, el segundo marido de mamá, que me dio la oportunidad de desarrollar mi intelecto dentro de esta hermosa profesión. Así que, mi profundo agradecimiento a ambos, que, desde perspectivas muy diferentes, supieron inocular en los cimientos el forjado del compromiso sobre el que se asienta la persona que hoy en día soy. ‘Además de lo que ha contado: ¿qué más encontraron en la vivienda?’. Antes de contestar el otro ambos se aclararon la garganta. ‘Todo estaba bastante revuelto’. ‘¿Hallaron objetos sexuales propiedad del procesado?’. ‘Protesto de nuevo. Aunque dichos juguetes estuviesen allí no se le puede atribuir –refiriéndose al Johnny– la propiedad al caballero’. ‘Se acepta’. ‘¿Podría concretar la clase de instrumentos que eran?’. ‘Por favor, letrada, su morbosidad traspasa los límites de la ética –dijo, seguro de triunfar–: protesto una vez más’. ‘No ha lugar –vocalizó desde el estrado Robert Franklin Jr.–. Conteste’. ‘Cadenas, ataduras para las muñecas, pinzas de pezones… No sé: látigos, fustas, lubricantes…’. ‘¿Es esto?’ –saqué una caja con todo y le di copias del inventario al secretario, que repartió entre el juez y los colegas–. ‘Sí, claro’. ‘Prueba número dos, y que conste en acta que el semen encontrado coincide con el ADN de John Alexander García’. ‘¿Tiene alguna otra pregunta, señora Morgan?’. ‘Sí, una más’. Ethan Ross escuchaba de pie, al fondo, en la parte de atrás. Había llegado poco después de empezar el interrogatorio, y la amplia sonrisa que me dedicó, cuando le miré, apaciguó los nervios del relajo que reaparecían dentro de mí. ‘Vamos, ¿a qué espera?’. ‘¿Dónde encontraron este machete –lo puse en alto para que el jurado lo viera bien– inspector Walker?’. ‘Detrás del cubo de basura, en una bolsa de deporte y envuelto en una toalla’. ‘El testigo lo ha identificado. Aportamos nuestra prueba número tres. –Concluí la intervención–. Su turno’.
          Tras alisar las solapas del traje de raya diplomática que marcaba la diferencia social con la mayoría de nosotros, el abogado defensor, con las manos en los bolsillos del pantalón, hizo uso de la palabra. ‘El puesto que desempeña es el de segundo responsable en el departamento de investigación de la oficina del sheriff, ¿cierto?’. ‘Sí’. ‘Aunque en realidad planea estar ahí por poco tiempo y cambiarse al gran despacho, una planta por encima, ¿verdad?’. ‘Lo siento. No comprendo. Perdóneme’. ‘Claro que me entiende. ¿Niega acaso que prepara la candidatura para erigirse como máxima autoridad policial de la comarca?’. ‘¡Protesto, señoría! –saltó la fiscal enfurecida–. No guardan relación los proyectos profesionales del testigo con los hechos que abordamos’. ‘Admitida. Letrado –dirigiéndose al otro–, le recuerdo que Mr. Walker es un respetabilísimo funcionario público, por lo que no consentiré que quede en entredicho su honorabilidad. No sé si me entiende. Un desliz más y le acuso de desacato’. ‘Pido disculpas. –Se apoyó en la barandilla que aislaba la tribuna del jurado, impidiendo a sus miembros ver al acusado–. Acláreme lo siguiente: ¿por qué retuvieron a mi cliente en la sala de interrogatorios más de cinco horas?’. ‘Bueno, ya sabe que no se pueden activar los protocolos de forma rápida’. ‘¿Usted cree que ése fue el motivo, o más bien es que no tenían idea y les vino muy bien involucrar al señor García?’. ‘No tolero que se empleen afirmaciones de ese tipo que colocan en la cuerda floja a la oficina del sheriff’ –Charlotte estaba muy enfadada–. ‘Si se me permite argumentaré la teoría’. ‘Continúe –esta vez el juez parecía interesado en saber– por favor’. ‘Gracias –se giró hacia Adam y disparó–: ¿Es cierto que, al conocer los detalles referentes a cómo se produjo la muerte de la víctima, confesó a uno de sus compañeros que se le revolvieron las tripas sólo de pensar que eso mismo podría haberle pasado a una de sus hijas?’. ‘¡Protesto, señoría!’. ‘Denegada. Conteste el testigo a la pregunta’. ‘Es una reacción muy humana. Uno no cree en la vulnerabilidad de los suyos hasta que comprende que el peligro está al acecho de todos’. ‘Es decir: ¿dicho sentimiento supeditó el fondo y la forma?’. ‘Son sólo suposiciones de la defensa –interrumpí espontánea– que no se ajustan a la realidad’. ‘Contrólese, Ms. Allison, que no le corresponde ejercer el papel de la protesta –dijo, con tono y expresión cómplice–. ¿El testigo desea añadir algo al respecto?’. ‘Bueno, pues…, –titubeó–. Todo se hizo legalmente: alguien le reconoció y declaró que, una vez, en una práctica sexual a la que asistía con asiduidad, alardeó de haber asesinado a su novia mexicanita sin que ella opusiera resistencia’. Mayalen, en un acto reflejo, intentó levantarse, pero Michelle la detuvo. El Johnny continuó con su media sonrisa socarrona, enseñando los deslucidos y repugnantes dientes amarillentos que tanto rechazo me producían. ‘¿Cómo definiría psicológicamente a mi cliente?’. ‘Protesto –se levantó Charlotte–. La profesión del señor Walker no es analizar las conductas mentales de los seres humanos, sino buscar la verdad y que se haga justicia’. ‘Denegado. Sería interesante conocer la opinión del inspector’. ‘No sabría qué decir, sólo me limito a los hechos’. ‘¿Le parece agresivo, bipolar, peligroso, esquizofrénico, estratega…? –enumeró el abogado–. ¿O tal vez reconocería que es un mero damnificado del sistema?’. ‘¡Por el amor de Dios abogado –exclamó la fiscal– su actitud es intolerable!’. ‘No haré más preguntas’. El daño ya estaba hecho, y, si quería que comentarios de esa índole no calaran en la sala, tenía que espabilar. Así que, en contra de la opinión de Ethan y Michelle, que no eran partidarios de destapar una de nuestras cartas, pedí permiso para repreguntar. Caminé hacia el estrado y me detuve ahí, para que el juez escuchase bien la pregunta. ‘Nos ha quedado claro que es el segundo responsable en el departamento de investigación de la oficina del sheriff. Por tanto, es probable que pasen por sus manos casi todas las denuncias originadas en la ciudad’. ‘La mayoría, sí’. ‘¿Reconoce esta firma?’. ‘Sí, es la mía’. ‘¿Entonces, podría decirse que cursó la orden de busca y captura contra la madre de John Alexander García por –se movió inquieto en la silla– un feo asunto de pederastia?’. ‘Comprenderá que es imposible recordar exactamente la trayectoria de cada caso’. ‘No se preocupe, refrescaré su memoria. Usted, en cumplimiento del deber, envió una patrulla para que la detuvieran, pero enseguida recibió un comunicado interno para que paralizara la búsqueda. ¿Me equivoco?’. ‘Letrada, me estoy cansando. ¿A dónde quiere llegar?’. ‘Ya termino. Señor Walker: ¿No es verdad que la mujer en cuestión financió la campaña presidencial de un alto cargo del estado de Nevada, y que por esa razón borraron su nombre de aquel abuso a menores que se produjo meses antes?’. ‘No me consta –contestó muy apagado– eso que dice’. ‘¿Niega a este tribunal que, cuando saltó en la base de datos el nombre de la persona a la que hoy se juzga por asesinato, una voz anónima intentó hacer lo mismo para que quedase libre de culpas?’. ‘No me consta’. ‘¿Es cierto que usted lo impidió?’. ‘No me consta’. Abandonó el puesto de los declarantes guiñándonos un ojo. ‘Señora Charlotte Bennett, en la lista que ha entregado figura una testigo que, por motivos de seguridad, preferiría declarar detrás de un biombo. No tengo inconveniente’. ‘Gracias, señoría. Llamo a declarar a la chica del sadomasoquismo…’.

domingo, 28 de junio de 2020

Nocturno en el estado de Nevada

21.

‘Con la venia –intervino el abogado defensor–. Antes de que haga su aparición “The Jury Pool”, en nombre de John Alexander García, aquí presente –señaló en dirección al prisionero–, y en el mío propio, pedimos la nulidad del juicio al haberse cometido irregularidades en la obtención de determinadas pruebas que comprometen la fiabilidad y la inocencia del acusado’. Ese arranque nos descolocó. ‘Explíquese’, –ordenó el magistrado–. ‘Pues, por ejemplo, que se cometió allanamiento de domicilio, ya que se ejecutó el registro del mismo sin que mi cliente estuviera presente’. ‘¡Protesto, señoría! Eso no es verdad. La oficina del Fiscal del Distrito obtuvo una orden de registro y éste se llevó a cabo con todas las garantías. Aquí la tengo’. El magistrado la estudió, ajustó al puente de su nariz la gafa de media luna y respondió: ‘Denegado. Puede que no se hayan percatado, o tal vez sea la emoción de verse en tan solemne espacio, pero están en la sala 3 The Carson City Justicie and Municipal Court, donde soy la máxima autoridad. Así que, tales decisiones sólo las tomaré yo. De modo que, ahora, acérquense al estrado, porque, para lo sucesivo, vamos a dejar algunas normas muy claritas. Usted también, –dirigiéndose a mí. Apagó el interruptor del micrófono y, en voz baja, habló contundente–. No me toquen las pelotas nada más empezar, ¡eh! ¿Las partes tienen noticia de otras anomalías?’, –preguntó–. ‘No, no nos consta –contesté yo–. El inspector de la oficina del sheriff que ha llevado la investigación, y su equipo, son grandes profesionales que saben cómo realizar dicho trabajo. Confiamos plenamente en la trayectoria seguida con las pesquisas’. ‘¿El abogado de la defensa tiene algo más que añadir al respecto?’. ‘Pues sí, mire, ahora que lo dice. Aquí todo gira alrededor de las afirmaciones de una vieja chiflada con la sola pretensión de que mi cliente pague por lo que no hizo, sin reconocer que su nieta, presunta víctima, era una yonqui prostituta que por “un pico” era capaz de vender incluso a su propia abuela’. ‘¿Algo que objetar, letrada?’, –preguntó por rutina–. ‘Nada. Nosotros preferimos reservar nuestra opinión y no entrar en descalificaciones personales que no conducen a ningún sitio. Preferimos demostrar la verdad de lo ocurrido y que se aplique justicia’. ‘Entonces, dicho esto: ocupen sus asientos que hay mucha tarea por delante’. ‘No es justo. Si al menos permitiera que…’, –no terminó la frase, el juez alzó las cejas indicándole que se fuera–. ‘¿Algo va mal, doña Allison?’. ‘No, tranquila, Mayalen. No se preocupe’.
          Uno a uno, como si se tratara de un desfile de alta costura, entraron los candidatos a jurado bajo la atenta mirada de quienes no perdíamos detalle del atuendo, la expresión de ojos, la calidad de escucha, los movimientos de manos y la emoción o apatía que caracterizaba el cumplimiento del deber. Todo, con tal de hacernos una idea del tipo de personas sobre las que recaería el destino de la víctima y del acusado. Hombres y mujeres con problemas e inquietudes semejantes al resto de nosotros, con los mismos sueños y desvelos, iguales miedos y emociones, la misma carga de fracaso y de éxito que nos sostiene como seres racionales. Ojeé el listado: había electricistas, madres solteras, camioneros, cajeras y reponedores en supermercados, católicos, ortodoxos, ateos, viudas, empleados de banca, médicos, cocineros, emigrantes legales… En fin, una pequeña representación poblacional de los ciudadanos censados. Entre ellos se encontraba algún veterano que ya vivió la experiencia en convocatorias anteriores, pero la mayoría se enfrentaba por primera vez a la difícil tarea de decidir con objetividad. ‘Oiga, yo no tenía que estar aquí, ¿sabe usted? Este informe médico acredita la lesión de espalda que padezco’, –murmuró alguien a otro compañero–. ‘Pues, ¡anda que yo! –contestó éste–, con dos menores de doce años que dependen de mí, ya me dirá’. ‘Haberse excusado al “Jury commission”, que es el órgano encargado de liberarles. Y guarden silencio, que no me entero, coño’, –protestó malhumorada una señora mayor encantada de vivir dicha experiencia–. Mientras sucedía ese diálogo, Michelle subrayó lo más importante del documento que Ethan Ross nos había dejado sobre la mesa. Era, ni más ni menos, que la ficha policial de la madre del Johnny donde, además de desobediencia a la autoridad por escándalo público que le costó tres días de calabozo, evasión de impuestos penado con dos años de cárcel sin fianza, varias denuncias por adulterio y alguna que otra pelea de club nocturno, incluyendo la consabida brecha en la frente, figuraba su participación en una de las palizas propinada por su vástago a Alexa Valdés, negándole su derecho al auxilio. ‘¿Quizá presenciara también el asesinato de la chica y calla como una perra?’, –soltó de pronto la becaria a punto de llorar–. ‘Habrá que averiguarlo. En cualquiera de los casos, lee aquí’, –deslicé una hoja de papel amarillento. Richard, mi padrastro, me enseñó que había que tener amigos hasta en las alcantarillas, desde entonces he seguido su consejo–. ‘¿De dónde lo has sacado?’. ‘Un antiguo novio trabaja en el FBI. Ahora mantengo encuentros virtuales con él y su familia: una mujer espectacular y tres hijos encantadores. La otra noche, después de hablar por videollamada con su esposa, me llegó este fax’. ‘¿La información está contrastada?’. ‘¿Tú qué crees?’. ‘Pues, que, si se la involucra en un feo asunto de pederastia, del cuál se libró a saber cómo, no me extrañaría que…’. ‘Cuidado con afirmar hechos que no puedes probar, querida’. El detective, siguiendo mis indicaciones, fue a buscar un vínculo delictivo entre el descendiente y la progenitora. ‘Si lo encuentra será un logro para nosotros’, –afirmó mi ayudante.
          ‘Si dejan de secretear podremos empezar con la elección de jurado, ¿o prefieren que los desaloje a todos?, –dijo, con irónica resignación–. Así lo hicimos. Por intuición, más que otra cosa, no me resultó difícil, con arreglo a los patrones que elaboramos concienzudamente la noche anterior, elegir a los candidatos equilibrando la paridad, el nivel social, la media de edad en torno a los cuarenta y cinco años, el color de la piel y las diversas profesiones que desempeñaban. A priori, la ausencia de oposición entre mis adversarios repartió un caldo de transigencia que pronto se consumió, flotando en el ambiente nubes espesas y agrias, cuando el abogado defensor intervino. ‘Un momento, perdonen. Nosotros no queremos a tres de los seis negros que ya estarían admitidos. Opinamos que esta clase de gente viene con la palabra “culpable” escrita dentro del bolsillo’. ‘Exigimos que dicho comentario segregacionista sea retirado por la defensa, ya que es discriminatorio y no se ajusta a ningún precepto legal. –Michelle encontró lo siguiente, que me pasó avispada–: Les recuerdo que, hacer una recusación basándose en el color de la piel, viola la “Cláusula de Igual Protección” recogida en la Decimocuarta Enmienda’, –me puse de pie para dar mayor solemnidad al argumento–. Los comentarios en la bancada elevaron el tono tratando de interrumpir mi testimonio, pero la representante del gobierno terció a mi favor. ‘Magistrado, ruego dejé a la señora Morgan disertar sobre ese punto que nos parece muy interesante’, –fue bastante convincente–. ‘Prosiga’. ‘Gracias. Como saben, en 1986, en un tribunal del estado de Kentucky, un fiscal excluyó a unos miembros afroamericanos quedando sólo seis blancos’. ‘¿Letrada, acaso se refiere al caso Batson?’. ‘Exacto’. ‘Pues, como no lo aclare mejor, ya se puede ir olvidando, porque no admito supuestos ni divagaciones’ –dijo el juez–. ‘Continúo. Descartar la candidatura de cualquiera por meros prejuicios raciales es indigno e inhumano. Bien, en aquella ocasión la Corte Suprema de los Estados Unidos alegó que las motivaciones basadas en la raza no eran justificación coherente. Apelamos al buen criterio que nos consta de usted’. ‘Supongo que no querrá que le demos publicidad a un acto de marginación en el seno de esta sala, ¿verdad? –irrumpió Charlotte Bennett–. Sería un manchón bastante feo al final de su ilustre carrera’.
          Adam Walker no perdía detalle y pensó: ¡mira que son listas las jodías!, refiriéndose al cruce de diálogo anterior protagonizado entre ambas mujeres. Estaba satisfecho con la conversación ilustrativa mantenida con la hijastra de su cuñado, otra dama de altura, a la que ofreció también formar parte del equipo que le ayudaría con la candidatura de presentación a sheriff de Carson City, pero ella estaba volcada en otros asuntos y no le daba la vida para más. Quizá, él debería de hacer caso a su esposa, no complicarse y dejarlo estar. Sin embargo, a veces, según las circunstancias o necesidades de complicidad y servicio que cada cual tiene, prevalece la vocación por encima de los sentimientos. Un compañero de graduación, jefe superior de policía, residente en otro estado, con el que nunca perdió el contacto, se enfrentaba a la difícil tarea de desmantelar la oficina y detener a casi toda la plantilla por corrupción, malversación de fondos y prácticas violentas contra los detenidos. Afortunadamente, en su jurisdicción no se daban motivos semejantes, sino que optaba al cargo para cambiar algunas cosas o hacerlas de manera diferente, con mayor empatía y menos mano dura. No obstante, esa era una batalla que habría de librar más adelante, ahora…
          ‘Señoras y señores miembros del jurado –el juez Robert Franklin Jr. se dirigió a ellos–. De acuerdo con las normas y leyes que rigen nuestro país, es mi obligación desafiar la buena voluntad que tengan ustedes de seguir hasta el final, informándoles de la gravedad del caso al que nos enfrentamos: “asesinato en segundo grado”. ¿Alguno no entiende bien dicho término?, –todos callaron–. Lo digo por si quieren abandonar antes de desgranar los detalles’. Nadie se movió del asiento y le aguantaron la mirada. A la pregunta de si tenían alguna relación con las partes, sus abogados o los testigos respondieron que no. Entonces, hizo una breve reseña del sumario, presentó a la víctima y al acusado, y se detuvo en la figura de Charlotte Bennett, de quien dijo ser la representante del gobierno y, por tanto, la máxima autoridad, por debajo de él, claro. Quedó callado, bebió agua del vaso que anteriormente se había servido y dejó que prosiguiera el secretario. ‘Pónganse en pie –los doce lo hicieron. Seis machos y seis hembras. Mitad negros y mitad blancos, ricos y pobres, humildes y arrogantes. Demócratas y Republicanos–. Alcen sus manos derechas: ¿juran emitir un veredicto con arreglo a la inocencia o culpabilidad del acusado según los hechos presentados y no en base a conjeturas formadas a través de opiniones fundamentadas en prejuicios incoherentes?’. ‘Sí, juramos’, –sonó a una sola voz–. ‘Se abre la sesión. Tiene el turno de palabra doña Charlotte Bennett. Cuando quiera, letrada’. ‘Gracias, señoría…’.

domingo, 21 de junio de 2020

Nocturno, en el estado de Nevada


20.

‘Pensé que no llegabas. ¡Vamos, démonos prisa! Apenas falta hora y media para que empiece el juicio y te quiero poner al corriente’, –dijo Adam Walker a la hijastra de su cuñado–. ‘Perdona, vengo conduciendo desde California y, a la altura de la ciudad de Stockton, había mucho tráfico. No sé por qué se forma ahí tanto atasco. Fui a Santa Rosa, a unas jornadas convocadas por la organización “Onward Together”, la que fundó Hillary, y ya sabes cómo son estos encuentros: a la salida te pones a hablar de política y no ves la hora de irte’. ‘Bueno, lo importante es que ahora ya estás aquí. Mira, una cafetería, ¿tomamos algo?’. ‘Sí, estoy hambrienta. –Pidieron café americano, huevos con beicon, tortas de maíz con sirope de arce y unas fresas naturales–. ¿Qué tal la familia?’. ‘Todos bien. Las niñas creciendo muy deprisa y nosotros más viejos. Lo normal’. ‘¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ¿Desde la boda de mi hermana?’. ‘No, fue en el entierro de la abuela’. ‘Cierto’. ‘Oye, si no te importa, el tiempo se nos echa encima y me gustaría…’. El inspector llevó la conversación a donde le interesaba: eludir la propuesta de sus superiores respecto a maquillar la declaración sobre los indicios que apuntaban directamente al acusado como presunto autor del asesinato por el que se le incriminaba. ‘Ya, pero si lo haces seguro que te arrepentirás’, –intervino ella–. ‘Eso no me quita el sueño –afirmó–, me gusta llevar la contraria a la autoridad. Ahora lo que me interesa saber es tu opinión’. ‘Venga, dispara’, –rieron con ganas–. Resumió lo más que pudo la escena del crimen, y las especiales circunstancias que empujaron a la abuela a librar la batalla contra el asesino de su nieta. ‘Además, te digo que, si de algo sirve esta profesión, ahora tengo la oportunidad de demostrarlo’. ‘Intuyo que vas a cooperar con la fiscal del distrito, ¿me equivoco?’. ‘Hemos tenido un primer contacto. Es una gran profesional, y sí, estoy a su servicio, como no podía ser de otra manera’. Cuando entraron en la sala se quedaron en la parte de atrás. La zona donde se sitúa el preso aún estaba vacía. Las mesas de los principales intervinientes, cargadas con su material de trabajo, eran un panal de abejas endulzando la cara y la cruz del laberinto de pesquisas hechas. Adam Walker se acercó a Charlotte Bennett y le entregó una hoja doblada donde había escrito los posibles candidatos a jurado. Ella le apretó el brazo en señal de agradecimiento y se la guardó en el bolso.
          Mayalen, con su silla pegada a la mía, llevaba la ropa de los domingos, la misma que lucía en cada ceremonia de la iglesia. El reverendo, mexicano también, y afincado en Carson City desde hacía más de sesenta años, le dio una pequeña postal, a modo de amuleto, del Templo de San José, en Colima, un hermoso lugar de torres puntiagudas, con aire gótico, y que incluye el bellísimo jardín donde, a la caída del sol, los lugareños platicaban en la rinconada que acoge el Pocito Santo o Charco de la Higuera. La guardó en una funda de plástico, junto a otras estampas, y recordó las veces que había transitado por allí llevando consigo a alguno de sus nueve hermanos, feliz con las pocas pertenencias que tenían, inocente y ajena al sufrimiento que se cebaría en sus entrañas, hasta el final de sus días. Las manos huesudas, temblorosas, desfiguradas por la tarea doméstica, agrietadas y huérfanas de afectos, iban de los pliegues de la falda al borde de la mesa, buscando el amparo de un solar donde enfoscar la tristeza. Nos miraba, y parecía pedir a gritos una fórmula mágica para anestesiar el miedo a lo desconocido, un inmediato presente que abriría las puertas del proceso a punto de iniciarse. Me molestaba que inspirara ternura, porque esa arma la quería manejar yo con los miembros del jurado. En algún momento de aquella larga espera, no sabría precisar, nos confesó que sentía ganas de abandonar y salir corriendo, pero el recuerdo del incendio de la fábrica textil, donde murieron los padres de la niña, y la responsabilidad que adquirió criándola, fueron más fuertes. Así que, con las palabras cargadas de bondad, dijo en voz baja: ‘Doña Allison, ¿cuándo empezamos?’. ‘Pronto. Primero ha de entrar el presunto culpable. A continuación, el juez. Y por último hemos de elegir a las doce personas que decidirán el veredicto. Tenga un poco de paciencia, ya casi estamos’. ‘¿Y si me estoy equivocando?’. ‘Querida, si yo fuera familia suya, estaría orgullosa de usted’.
          Michelle se retrasó bastante, así que ocupó la silla vacante a mi derecha, posición que la situaba prácticamente frente al estrado. Con prominentes ojeras y una delgadez acelerada que nos tenía a todos muy preocupados, se había pasado el fin de semana extrayendo jurisprudencia, de libros de consulta, con la que contextualizar nuestros argumentos. No sé qué habría hecho sin su ayuda, pero la verdad es que tanta implicación rozaba los límites. Traté de inculcarle aquello que afirmaba Richard, mi padrastro, durante el tiempo que formé parte de su equipo: ‘No hagas tuyos los fracasos de otros, pero tampoco te apoderes de sus aciertos. Tú sólo eres ese tren de mercancía que traslada equipaje con el embalaje de la verdad, aunque ésta sea mentira’. ‘Echa un vistazo a esto –dijo, dándome unas hojas impresas–. Lo encontré antes de venir’. ‘Entonces, según pone aquí –le hablaba al oído–, en 1989, en Newton, un pueblo del condado de Sussex, en New Jersey, Graham contra Seals, se consiguió que al violador y asesino de su esposa le juzgaran y condenaran al corredor de la muerte por los delitos imputados’. ‘Así es. Resulta que, una mañana, a mediados de agosto –la becaria lo había memorizado–, la mujer, como cada día, atravesó un campo para acortar distancia hasta su lugar de trabajo. Un hombre corpulento silbaba una melodía pegadiza mientras pedaleaba. Cuando llegó a su altura, se abalanzó contra ella y la forzó detrás de unos matorrales. Ella opuso resistencia y él la golpeó en la sien con algo contundente. Así que, sobre un cuerpo ya inerte, finalizó el desahogo’. ‘Es fabuloso porque ese mismo modelo nos servirá para apoyar la denuncia que presenta nuestro cliente. Buen trabajo, querida. Guárdalo como un comodín en la manga’. ‘Aún no has oído lo mejor. Esto sí que, en todo caso, es un póker de ases –de la cartera sacó otras fotocopias y me las dio–: el estado de Pensilvania contra Harvey Watson…’. Consulté el reloj y vi que todavía faltaban quince minutos. La inconfundible respiración del detective sonaba detrás de nosotras. Alargó el brazo y nos dio una carta cerrada.
          Para Ethan Ross, haber colaborado estrechamente en el caso del asesinato de Alexa Valdés, le sirvió para reciclar el olfato de sabueso rastreador, tan envidiado por los colegas de la profesión. Pero también, y lo más importante, con ello recuperó la confianza en sí mismo, esa forma honrada de trabajar en pos de la justicia. Aguardaba impaciente la llegada de la chica del sadomasoquismo, a la que no veía desde que los ayudantes del sheriff la llevaron a un lugar seguro. Le preocupaba que, durante el interrogatorio, usaran técnicas de desestabilización emocional, peligrando el pacto que hizo para contar la verdad, a cambio de ingresar en el Programa de Protección de Testigos. Sin embargo, confiaba en su palabra e imaginaba las ganas que tendría de salir a la calle sin miedo a ser descubierta, aunque el precio fuera empezar de cero en otro país. ‘¿Nervioso?’, –le pregunté–. ‘Impaciente. Ojalá que acabe cuanto antes y nos vayamos a tomar unas cervezas’, –bromeó–. ‘Eso de ahí te va a interesar’, –señaló el regalito que nos había dejado–. ‘Sí, supongo. ¿Qué es?’. ‘La guinda del pastel. Una información tan valiosa que cambiará el rumbo del juicio’. ‘Michelle, léelo, –pero llegué tarde, la becaria ya lo hacía–. Oye, esto huele a despedida y ahora no nos puedes dejar solas, ¿eh?’. ‘¡Anda!, céntrate en lo tuyo. Respira hondo. Confío en ti, lo vas a hacer muy bien’. ‘Uy, no estoy tan segura’. Se recostó en el banco y comenzó a escribir en su desgastada libreta. Cuando, por diversos motivos, decidió abandonar la policía, prometió luchar para erradicar la pena de muerte, porque había visto a demasiados inocentes perder la vida, pero esta vez le asaltaban todas las dudas juntas y quería condenar a aquel individuo a la pena máxima. Eso, o que la edad, los kilos de más, la pérdida de horizonte o el agotamiento mental, fueran suficientes razones para descolgar la placa de investigador privado y rociar la tea de resina suficiente para que no se apague la llama.
          El silencio en la sala era mayúsculo, plomizo, como los días de calor que merman las ganas de levantarse de la cama. Hacía algunos días que la opinión pública izaba la bandera de las revueltas, y los medios de comunicación un juicio paralelo sin haber comenzado el oficial. Había para todos los gustos: Quienes se inclinaban por la inocencia del prisionero, a punto de aparecer, mostraban su apoyo a los allegados con declaraciones de alabanza y críticas a un sistema que para algunos tocaba fondo. Mientras que otros se nombraron verdugos para empujar, sin contemplación, el émbolo de la jeringa, planeando elevar la protesta a nivel federal si quedaba en libertad. Unos y otros, cada cual con sus razones, removían los argumentos por encima de un charco de bilis que en nada contribuiría a mantener la calma entre los asistentes. Sin embargo, el jaleo de gente acercándose deprisa nos devolvió a la realidad. Un timbrazo seco procedente de la galería interior abrió la puerta lateral disimulada con maderas lisas. Precedido por cuatro guardias con chalecos antibalas, John Alexander García, arrastrando la cadena que acortaba sus pasos y disminuía el movimiento de las manos esposadas, irrumpió socarrón y desafiante, adoptando inmediatamente después el papel de víctima. Estaba más gordo. La madre se abalanzó a abrazarlo, pero los agentes la empujaron para atrás. ‘Mucho cuidado con ponerme la mano encima. ¡Ustedes todavía no saben con quién están tratando!’, –se defendió, a la desesperada–. El reo localizó a Mayalen y clavó sus ojos en ella, provocando una punzada en las tripas de la mujer que casi le hace vomitar.
          ‘¿Preparado señoría?’, –dijo el secretario–. ‘Déjate de coñas y abre’, –ordenó–. ‘A sus órdenes, jefe’, –soltó con complicidad–. Se arregló un poco la toga, comprobó que llevaba los zapatos abrochados, brillantes, y comentó: ‘¿Te he contado que una vez…?’. ‘Joder, ya estamos. Vamos, prepárate, y bebe un poco, anda’, –desenroscó la petaca y se echó un largo trago de alcohol–. ‘¿Entramos?’. Entonces, con solemnidad, irrumpió y dijo: ‘¡Todos en pie! Preside el honorable juez Robert Franklin Jr., titular de la sala 3 The Carson City Justicie and Municipal Court’, –se retiró y, pasados unos minutos, el magistrado tomó la palabra: ‘Letrados, procedan con sus argumentos’.