domingo, 21 de junio de 2020

Nocturno, en el estado de Nevada


20.

‘Pensé que no llegabas. ¡Vamos, démonos prisa! Apenas falta hora y media para que empiece el juicio y te quiero poner al corriente’, –dijo Adam Walker a la hijastra de su cuñado–. ‘Perdona, vengo conduciendo desde California y, a la altura de la ciudad de Stockton, había mucho tráfico. No sé por qué se forma ahí tanto atasco. Fui a Santa Rosa, a unas jornadas convocadas por la organización “Onward Together”, la que fundó Hillary, y ya sabes cómo son estos encuentros: a la salida te pones a hablar de política y no ves la hora de irte’. ‘Bueno, lo importante es que ahora ya estás aquí. Mira, una cafetería, ¿tomamos algo?’. ‘Sí, estoy hambrienta. –Pidieron café americano, huevos con beicon, tortas de maíz con sirope de arce y unas fresas naturales–. ¿Qué tal la familia?’. ‘Todos bien. Las niñas creciendo muy deprisa y nosotros más viejos. Lo normal’. ‘¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ¿Desde la boda de mi hermana?’. ‘No, fue en el entierro de la abuela’. ‘Cierto’. ‘Oye, si no te importa, el tiempo se nos echa encima y me gustaría…’. El inspector llevó la conversación a donde le interesaba: eludir la propuesta de sus superiores respecto a maquillar la declaración sobre los indicios que apuntaban directamente al acusado como presunto autor del asesinato por el que se le incriminaba. ‘Ya, pero si lo haces seguro que te arrepentirás’, –intervino ella–. ‘Eso no me quita el sueño –afirmó–, me gusta llevar la contraria a la autoridad. Ahora lo que me interesa saber es tu opinión’. ‘Venga, dispara’, –rieron con ganas–. Resumió lo más que pudo la escena del crimen, y las especiales circunstancias que empujaron a la abuela a librar la batalla contra el asesino de su nieta. ‘Además, te digo que, si de algo sirve esta profesión, ahora tengo la oportunidad de demostrarlo’. ‘Intuyo que vas a cooperar con la fiscal del distrito, ¿me equivoco?’. ‘Hemos tenido un primer contacto. Es una gran profesional, y sí, estoy a su servicio, como no podía ser de otra manera’. Cuando entraron en la sala se quedaron en la parte de atrás. La zona donde se sitúa el preso aún estaba vacía. Las mesas de los principales intervinientes, cargadas con su material de trabajo, eran un panal de abejas endulzando la cara y la cruz del laberinto de pesquisas hechas. Adam Walker se acercó a Charlotte Bennett y le entregó una hoja doblada donde había escrito los posibles candidatos a jurado. Ella le apretó el brazo en señal de agradecimiento y se la guardó en el bolso.
          Mayalen, con su silla pegada a la mía, llevaba la ropa de los domingos, la misma que lucía en cada ceremonia de la iglesia. El reverendo, mexicano también, y afincado en Carson City desde hacía más de sesenta años, le dio una pequeña postal, a modo de amuleto, del Templo de San José, en Colima, un hermoso lugar de torres puntiagudas, con aire gótico, y que incluye el bellísimo jardín donde, a la caída del sol, los lugareños platicaban en la rinconada que acoge el Pocito Santo o Charco de la Higuera. La guardó en una funda de plástico, junto a otras estampas, y recordó las veces que había transitado por allí llevando consigo a alguno de sus nueve hermanos, feliz con las pocas pertenencias que tenían, inocente y ajena al sufrimiento que se cebaría en sus entrañas, hasta el final de sus días. Las manos huesudas, temblorosas, desfiguradas por la tarea doméstica, agrietadas y huérfanas de afectos, iban de los pliegues de la falda al borde de la mesa, buscando el amparo de un solar donde enfoscar la tristeza. Nos miraba, y parecía pedir a gritos una fórmula mágica para anestesiar el miedo a lo desconocido, un inmediato presente que abriría las puertas del proceso a punto de iniciarse. Me molestaba que inspirara ternura, porque esa arma la quería manejar yo con los miembros del jurado. En algún momento de aquella larga espera, no sabría precisar, nos confesó que sentía ganas de abandonar y salir corriendo, pero el recuerdo del incendio de la fábrica textil, donde murieron los padres de la niña, y la responsabilidad que adquirió criándola, fueron más fuertes. Así que, con las palabras cargadas de bondad, dijo en voz baja: ‘Doña Allison, ¿cuándo empezamos?’. ‘Pronto. Primero ha de entrar el presunto culpable. A continuación, el juez. Y por último hemos de elegir a las doce personas que decidirán el veredicto. Tenga un poco de paciencia, ya casi estamos’. ‘¿Y si me estoy equivocando?’. ‘Querida, si yo fuera familia suya, estaría orgullosa de usted’.
          Michelle se retrasó bastante, así que ocupó la silla vacante a mi derecha, posición que la situaba prácticamente frente al estrado. Con prominentes ojeras y una delgadez acelerada que nos tenía a todos muy preocupados, se había pasado el fin de semana extrayendo jurisprudencia, de libros de consulta, con la que contextualizar nuestros argumentos. No sé qué habría hecho sin su ayuda, pero la verdad es que tanta implicación rozaba los límites. Traté de inculcarle aquello que afirmaba Richard, mi padrastro, durante el tiempo que formé parte de su equipo: ‘No hagas tuyos los fracasos de otros, pero tampoco te apoderes de sus aciertos. Tú sólo eres ese tren de mercancía que traslada equipaje con el embalaje de la verdad, aunque ésta sea mentira’. ‘Echa un vistazo a esto –dijo, dándome unas hojas impresas–. Lo encontré antes de venir’. ‘Entonces, según pone aquí –le hablaba al oído–, en 1989, en Newton, un pueblo del condado de Sussex, en New Jersey, Graham contra Seals, se consiguió que al violador y asesino de su esposa le juzgaran y condenaran al corredor de la muerte por los delitos imputados’. ‘Así es. Resulta que, una mañana, a mediados de agosto –la becaria lo había memorizado–, la mujer, como cada día, atravesó un campo para acortar distancia hasta su lugar de trabajo. Un hombre corpulento silbaba una melodía pegadiza mientras pedaleaba. Cuando llegó a su altura, se abalanzó contra ella y la forzó detrás de unos matorrales. Ella opuso resistencia y él la golpeó en la sien con algo contundente. Así que, sobre un cuerpo ya inerte, finalizó el desahogo’. ‘Es fabuloso porque ese mismo modelo nos servirá para apoyar la denuncia que presenta nuestro cliente. Buen trabajo, querida. Guárdalo como un comodín en la manga’. ‘Aún no has oído lo mejor. Esto sí que, en todo caso, es un póker de ases –de la cartera sacó otras fotocopias y me las dio–: el estado de Pensilvania contra Harvey Watson…’. Consulté el reloj y vi que todavía faltaban quince minutos. La inconfundible respiración del detective sonaba detrás de nosotras. Alargó el brazo y nos dio una carta cerrada.
          Para Ethan Ross, haber colaborado estrechamente en el caso del asesinato de Alexa Valdés, le sirvió para reciclar el olfato de sabueso rastreador, tan envidiado por los colegas de la profesión. Pero también, y lo más importante, con ello recuperó la confianza en sí mismo, esa forma honrada de trabajar en pos de la justicia. Aguardaba impaciente la llegada de la chica del sadomasoquismo, a la que no veía desde que los ayudantes del sheriff la llevaron a un lugar seguro. Le preocupaba que, durante el interrogatorio, usaran técnicas de desestabilización emocional, peligrando el pacto que hizo para contar la verdad, a cambio de ingresar en el Programa de Protección de Testigos. Sin embargo, confiaba en su palabra e imaginaba las ganas que tendría de salir a la calle sin miedo a ser descubierta, aunque el precio fuera empezar de cero en otro país. ‘¿Nervioso?’, –le pregunté–. ‘Impaciente. Ojalá que acabe cuanto antes y nos vayamos a tomar unas cervezas’, –bromeó–. ‘Eso de ahí te va a interesar’, –señaló el regalito que nos había dejado–. ‘Sí, supongo. ¿Qué es?’. ‘La guinda del pastel. Una información tan valiosa que cambiará el rumbo del juicio’. ‘Michelle, léelo, –pero llegué tarde, la becaria ya lo hacía–. Oye, esto huele a despedida y ahora no nos puedes dejar solas, ¿eh?’. ‘¡Anda!, céntrate en lo tuyo. Respira hondo. Confío en ti, lo vas a hacer muy bien’. ‘Uy, no estoy tan segura’. Se recostó en el banco y comenzó a escribir en su desgastada libreta. Cuando, por diversos motivos, decidió abandonar la policía, prometió luchar para erradicar la pena de muerte, porque había visto a demasiados inocentes perder la vida, pero esta vez le asaltaban todas las dudas juntas y quería condenar a aquel individuo a la pena máxima. Eso, o que la edad, los kilos de más, la pérdida de horizonte o el agotamiento mental, fueran suficientes razones para descolgar la placa de investigador privado y rociar la tea de resina suficiente para que no se apague la llama.
          El silencio en la sala era mayúsculo, plomizo, como los días de calor que merman las ganas de levantarse de la cama. Hacía algunos días que la opinión pública izaba la bandera de las revueltas, y los medios de comunicación un juicio paralelo sin haber comenzado el oficial. Había para todos los gustos: Quienes se inclinaban por la inocencia del prisionero, a punto de aparecer, mostraban su apoyo a los allegados con declaraciones de alabanza y críticas a un sistema que para algunos tocaba fondo. Mientras que otros se nombraron verdugos para empujar, sin contemplación, el émbolo de la jeringa, planeando elevar la protesta a nivel federal si quedaba en libertad. Unos y otros, cada cual con sus razones, removían los argumentos por encima de un charco de bilis que en nada contribuiría a mantener la calma entre los asistentes. Sin embargo, el jaleo de gente acercándose deprisa nos devolvió a la realidad. Un timbrazo seco procedente de la galería interior abrió la puerta lateral disimulada con maderas lisas. Precedido por cuatro guardias con chalecos antibalas, John Alexander García, arrastrando la cadena que acortaba sus pasos y disminuía el movimiento de las manos esposadas, irrumpió socarrón y desafiante, adoptando inmediatamente después el papel de víctima. Estaba más gordo. La madre se abalanzó a abrazarlo, pero los agentes la empujaron para atrás. ‘Mucho cuidado con ponerme la mano encima. ¡Ustedes todavía no saben con quién están tratando!’, –se defendió, a la desesperada–. El reo localizó a Mayalen y clavó sus ojos en ella, provocando una punzada en las tripas de la mujer que casi le hace vomitar.
          ‘¿Preparado señoría?’, –dijo el secretario–. ‘Déjate de coñas y abre’, –ordenó–. ‘A sus órdenes, jefe’, –soltó con complicidad–. Se arregló un poco la toga, comprobó que llevaba los zapatos abrochados, brillantes, y comentó: ‘¿Te he contado que una vez…?’. ‘Joder, ya estamos. Vamos, prepárate, y bebe un poco, anda’, –desenroscó la petaca y se echó un largo trago de alcohol–. ‘¿Entramos?’. Entonces, con solemnidad, irrumpió y dijo: ‘¡Todos en pie! Preside el honorable juez Robert Franklin Jr., titular de la sala 3 The Carson City Justicie and Municipal Court’, –se retiró y, pasados unos minutos, el magistrado tomó la palabra: ‘Letrados, procedan con sus argumentos’.

domingo, 7 de junio de 2020

Nocturno, en el estado de Nevada

19.

‘Siento que sea tan tarde, Charlotte. ¿Un brandy?’. ‘No, que luego tengo que conducir’. ‘Tan recta como siempre’, –obvió el comentario–. ‘Pues, tú dirás’. ‘Los de arriba quieren procesar a Johnny García enseguida. Parece un asunto turbio y temen que se nos eche encima la campaña, perjudicando la imagen de los candidatos a las presidenciales. Ya sabes que los nervios de los lugareños saltan por los aires si la palabra “caucus” planea por encima de los tejados’, –aseguró el fiscal del distrito–. ‘Oye, ¿y me has hecho venir en plena noche para comentar el sistema empleado en Nevada para elegir delegados?’. ‘Pues no. –Antes de continuar la miró sonriente–. Verás, no hay que tomarse a la ligera este asunto de la chica maltratada y asesinada presuntamente por el novio. Hiciste bastante hincapié en las reuniones de equipo respecto a que fue una muerte violenta y puede que premeditada. Por tanto, esa nieta y su abuela merecen un juicio justo, al margen de cualquier interés partidista. Así que, están de suerte por dos cosas: que seas tú quien va de la fiscalía y que le hayan asignado el caso al juez Robert Franklin Jr., lo cual garantiza mucha profesionalidad y poner en valor la verdad y la justicia’. ‘Casi es media noche y mañana madrugo, ¿podemos dejarlo para entonces?’. ‘Supongo que sí. No obstante, hacía mucho que no estábamos a solas y todavía no has contestado a la propuesta que te hice’. ‘De momento no estoy preparada para iniciar una nueva relación’. ‘Puedo esperar, no importa’. Desde que enviudó le llovían los pretendientes, a pesar de que todos sabían que el jefe iba detrás de ella, comentarios aumentados y fuera de tono por la tela de araña que teje con hilo de envidia las conspiraciones. ‘En veinticuatro horas os digo cómo voy a actuar. Me gustaría contar con algún apoyo que me ayude con la documentación’. ‘Coge a quien quieras’. ‘¿Tenemos ya fecha?’. ‘No, imagino que faltará poco’. Cuando volvió a casa reinaba el silencio. Linda y los niños dormían en la misma cama, dejando al descubierto un laberinto de piernas entrecruzadas. Entró en la cocina y vio el desorden con los ingredientes para las alubias Great Northern esparcidos por la encimera. Cogió una tarrina de helado de menta y chips de chocolate, salió al porche y, sentada en el columpio de estilo americano anclado en la pared bajo techo de madera, se dejó llevar por suaves remolinos de viento. Despertó con tanto frío en el paladar que apenas sentía la lengua. Delante de él, a poca distancia, majestuoso, el Carson River parecía invitarla al paseo. Pero, una mano diminuta, de piel blanca como la cera, se coló por la rendija de su escote y dijo: ‘Abu, ¿me cuentas un cuento?’.
          Cuando al juez Robert Franklin Jr. le llegó la orden jurisdiccional, recayendo en su sala el caso del estado de Nevada contra John Alexander García, acusado de asesinato, leía en profundidad el New York Times, recostado en el sillón de cuero marrón que tenía arrimado al ventanal del despacho. El secretario que le ayudaba tenía por costumbre dejarle sobre la carpeta del sumario un resumen de lo más destacado, para que le fuera más fácil familiarizarse con los nombres de las partes. Así que, tras doblar el diario y pedir otro café bien cargado, subrayó algunos datos que le parecieron importantes: fechas, apellidos, lugares…, fijándose especialmente en el nombre de la abogada que representaba a la acusación particular, nada más y nada menos que del bufete de WILSON, ANDERSON & SMITH. Entonces recordó haberse encontrado con alguien allí, días atrás, tomando unas copas en la cantina Passing City. ¡Tendría gracia que fuese la misma persona! Desde que a su mujer le detectaron un cáncer de colon con metástasis en el peritoneo, vivía las etapas durísimas de quimioterapia sumido en el alcohol y con una costra de insoportable impotencia viendo cómo se destruía aquel cuerpo que tantas veces exploró con la torpeza de un principiante. Nunca quisieron tener hijos, pero tampoco pusieron medios para evitarlo. Por eso, provocando fuertes carcajadas entre los amigos, solían decir que a uno de los dos se le había averiado la maquinaria. Ahora, que se definían náufragos abocados a lo irreversible de la situación que vivían, se comportaban como extraños evitándose en lo emocional. ‘Robert, ¿estás bien? –preguntó el encargado de que todo funcione en The Carson City Justice and Municipal Court–. En quince minutos entras en sala. ¿Te ayudo con la capa?’. ‘No, gracias. Tú ve aclarando la voz para que sueltes con solemnidad aquello de: Preside el honorable juez…, que tanto intimida. ¿Qué tenemos?’, –preguntó, guardando en el cajón bajo llave la pistola que llevaba en la cinturilla del pantalón–. ‘Cosa fácil: dos atropellos y el robo de unos terneros, lo vas a despachar pronto. ¿Acabaste ayer muy tarde? Cuando me iba aún tenías luz’. ‘Sí, bueno. Es que ha entrado un caso complicado y quiero prepararlo bien’. –Aunque, en realidad, el verdadero motivo consistía en llegar lo más tarde posible a casa–. ‘¿Cómo sigue tu esposa?’. ‘Ahí va. Ya sabes lo jodido de esta enfermedad. Está muy bien cuidada por los médicos y enfermeras que contratamos. Hacen turnos de ocho horas para que siempre haya alguien, pero tiene momentos tan duros que desea acabar con todo para siempre. Es muy angustiosa la impotencia de no poder liberarla’. ‘¿Os habéis planteado la posibilidad de cambiar de estado?’. ‘Alguna vez pensé en mudarnos a Vermont o Washington, donde está permitida la muerte asistida, pero mi posición hizo que no continuase con los trámites’. ‘Bueno, pues si no quieres traicionar tus principios, ponte en contacto con “Compassion and choices”, y que sean ellos los que alivien su situación’. ‘No es fácil. Ya veremos…’. Volvió a quedarse solo. Sacó la petaca con la bandera de las barras y las estrellas tallada en la parte superior derecha, regalo de los compañeros de profesión en el veinticinco aniversario, dio dos tragos largos y salió taciturno.
          La madre del Johnny era la única persona de su entorno que creía en la inocencia de la pobre criatura, cautiva de un sistema incapaz de dar con el verdadero culpable, devolviendo la libertad a su hijo. Por esa razón empeñó la herencia recibida antes del matrimonio: dos apartamentos en Las Vegas, la mansión familiar en Carolina del Sur, los rifles con los que sus antepasados lucharon en la Guerra de Secesión, en bandos opuestos, y la amplia colección de joyas que fue comprando poco a poco, todo para tener liquidez y contratar al mejor letrado en mil millas a la redonda. En la galería que conectaba el pasillo de celdas de aislamiento con la zona de visitas en el Centro Correccional del Norte de Nevada, sólo había luces de emergencia, muy tenues. El funcionario de prisiones caminaba tan deprisa que obligaba al reo a dar pequeños saltos, haciéndole casi tropezar, por llevar los pies encadenados. ‘Siéntate, y echa la pierna derecha hacia atrás. ¡Vamos! –dijo el agente, malhumorado. Enganchó el grillete libre a una argolla del suelo y, resoplando, escupió la siguiente frase dirigiéndose al visitante–: Aquí lo tiene’. ‘¿Le puede soltar las manos para que esté más cómodo?’. ‘¿Qué quieres, que te arranque el pescuezo? Es un tipo peligroso. Si necesitas que le dé una hostia, estoy al otro lado de la puerta’. Puso el portafolios sobre la mesa y sacó un montón de papeles. ‘Soy su abogado’, –se presentó–. ‘¿Y dónde está el otro que estuvo conmigo en la sala de interrogatorios?’. ‘No tengo ni idea, no lo sé’.  ‘¿Quién te ha contratado? ¿Mi vieja?’, –silencio–. ‘Será mejor que me cuente desde el principio lo que ocurrió la madrugada del 24 de enero, ya que en su declaración afirma que estuvo en el Carson Tahoe Regional Medical Center, acompañando a su madre ingresada por fiebres altas. Y, sin embargo, según consta en la investigación previa, todo apunta a que se encontraba en el lugar del crimen donde hallaron el cuerpo sin vida de Alexa Valdés. Explíquemelo clarito, porque su familia me paga para creerle’. ‘¡Eh!, un momento, señoritingo, que me quieren cargar el muerto de esa putita yonqui y no tengo nada que ver, se lo juro. Fuimos novios por un tiempo, pero la dejé porque se traía muchos trapicheos y yo soy un tío formal que no quiere jaleos con la poli’. ‘¿Tiene alguna coartada que corrobore lo que dice? El testimonio de los suyos no sirve’. ‘Bueno, verá. Hay una enfermera en ese turno, con los pechos muy grandes. Nos hemos enrollado más de una vez. Esa noche estaba de guardia y nos escapamos un rato al almacén, ya me entiende. Siempre pone delante de mí el caramelo: ¡vente, canalla!, un polvo rápido, que he de administrar la medicación a los pacientes’. ‘Hablaré con ella’. ‘Oye, pues ya puestos, consígueme también un vis a vis, así recordará mucho mejor los detalles de aquella noche’, –le guiñó un ojo y se carcajeó, mostrando una dentadura desigual y amarillenta–. ‘No va a ser posible. Quizá más adelante…’. ‘¿Cuánto cobras por preguntar estas gilipolleces?’, –obvió la respuesta–. ‘¿Sabe realmente a lo que se enfrenta y cómo funciona esto, señor García?’. ‘Bueno, lo más importante es salir cuanto antes de este agujero y que mi nombre quede limpio de toda sospecha’. ‘Veo que no es consciente de la gravedad del asunto. Mire, le diré algo: al principio supuse que el suyo iba a ser un proceso corto, de los que se despachan en una sola sesión, con un jurado imparcial que no se fijase demasiado en el dolor ocasionado a la víctima y a sus allegados. Luego, al ver que su declaración se tambaleaba igual que un montículo de arena en mitad de una tormenta de viento, comprendí que, si queríamos tener alguna posibilidad de éxito, habría que levantar su inocencia estratégicamente de la nada. Además, el juez asignado, la fiscal y la abogada de la acusación particular son tiburones del Derecho insobornables. Así que, o colabora conmigo contándome lo que ocurrió o será usted mismo quién cave su propia tumba. Piénselo, y para la próxima reunión que tengamos sea más generoso con la verdad’, –metió en la cartera lo que había sacado y golpeó en la puerta para que abriera el guardia–. ‘Coño, picapleitos, ¿te has hartado ya de este desecho humano que da asco?’. Al presidiario le atronaba la pesadilla de los fantasmas que a menudo no le dejaban conciliar el sueño…
          Adam Walker no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Apoyado en el armario del despacho del sheriff, observaba a las cuatro personas que intentaban convencerle de algo insólito: no cumplir con su deber. ‘No nos fastidies, hombre –dijo, uno de los presentes–. Lo único que te pedimos es que, cuando declares en el juicio de John García, te pongas un poco de su parte, y que suavices el informe que hiciste del registro en su casa. Nada más. No creo que sea tan difícil. El Gobernador no quiere que los medios le den mucha publicidad, y para eso tu colaboración es fundamental’. ‘No sé vosotros, pero yo me siento un policía al servicio de los ciudadanos, un defensor de la ley y del orden. Parecéis patéticos’. Cuando regresó a su sitio tenía un aviso de la centralita: ha llamado la hijastra de su cuñado, que lo volverá a intentar después del almuerzo…

domingo, 24 de mayo de 2020

Nocturno, en el estado de Nevada

18.

Con diecisiete años recién cumplidos, Linda se casó, embarazada de cinco meses, con Steven, un veinteañero que acababa de abandonar los estudios para trabajar en una gasolinera de la que le echaron por no cumplir las expectativas deseadas por la empresa. Al acto sólo acudió la familia directa. Charlotte Bennett y su marido se opusieron al enlace, sobre todo porque sabían que aquel chico haría sufrir muchísimo a su niña, y porque ésta, dadas las circunstancias, tiraría por la borda un futuro prometedor en el mundo del Derecho. Sin embargo, cedieron ante el chantaje de no hablarles y de prohibirles conocer al nieto que venía en camino. Semanas antes de parir metieron lo más básico en la camioneta de segunda mano que a menudo les dejaba tirados, y, junto a otros amigos, se marcharon a vivir a Rose Peak Rd, en Dayton, a 12,7 millas de Carson City, por la US-50 E, donde compartirían una granja espaciosa y cultivarían la huerta que pronto dejaría de darles de comer. Endeudados hasta los huesos y atrapados en las garras de un futuro nada halagüeño, el segundo hijo nació a los doce meses del primero, y para cuando llegó la tercera, una preciosidad rubia de ojos grandes y verdosos, subsistían gracias a los servicios sociales y a la asignación enviada puntualmente por los padres de ella. La relación en la pareja se deterioraba cada vez más: insultos, infidelidades, broncas y peleas que en ocasiones precisaron de la intervención de la policía. Así que un día, con la pequeña todavía sin andarse, unos cuántos dólares prestados y el hormigón del fracaso macerando encima de los hombros, abrazó muy fuerte a los dos mayores y les dijo que a la mañana siguiente harían una larga excursión hasta la casa de los abuelos, a los que vieron el Día de Acción de Gracias. Esa fue la primera vez que se separaron. Después, volvieron a juntarse y puede que ahora fuera... Veremos. ‘¿Qué ha pasado, cariño?’. ‘Pues que no aguanto más mentiras ni chanchullos, mamá’. ‘¿Te ha pegado?’. ‘No’. ‘¿Recuerdas que en el funeral de papá tus hermanos le apartaron de la gente porque estaba borracho y temían que formara un escándalo?’. ‘Sí’. ‘¿Y también que te dijimos que no volvieras con él? Pero, claro, tú, como siempre, hiciste lo que te vino en gana’. ‘Joder, ¿y qué querías? El ultimátum era quitarme a los niños o agachar. Y, como comprenderás, no iba a consentir que me separara de mis hijos’. ‘Por supuesto que no. Bueno, ahora estáis aquí y eso es lo que importa. Esto es muy grande para mí sola. Nos las arreglaremos bien’. ‘Gracias, aunque será solamente hasta que encuentre un trabajo y un alquiler barato. Mañana iré a la tienda de ropa de segunda mano que hay a la entrada de la carretera. Al venir vi un anuncio para cajera. Igual tengo suerte y me cogen’. ‘¿Por qué no esperas a ver si surge algo mejor?’. ‘No, necesito hacer algo cuanto antes’. ‘¿Preparamos la cena? ¿Qué te parece si hacemos pollo a la plancha con brócoli y las alubias Great Northern que tanto te gustan?’. ‘Perfecto, no las he vuelto a comer desde que me fui’. ‘¿Y eso?’. ‘Porque no las encontré. Y, además, es que nadie las hace como tú’. Recibió el halago acariciándole la barbilla. Para Charlotte Bennett gestionar la nueva situación doméstica era todo un reto, ya que estaba acostumbrada a que el silencio le proporcionara la máxima complicidad para concentrarse en el estudio de cada caso, y ahora se vería alterado por el jaleo de los nietos alrededor del cuidado jardín. ‘Abuela, mamá, –gritaban los chicos disfrazados de indios y americanos–. ¡Coged el teléfono!’. Era el Fiscal del Distrito, que se disculpó por la hora, pero necesitaba que fuera urgentemente para la oficina. Se puso un pantalón de hilo, una blusa de seda estampada y lamentó dejar a medio hacer su plato estrella.
          Adam Walker, como cada mañana antes de ir a la oficina, salió a correr temprano. Necesitaba poner en orden su cabeza, sobre todo para no precipitarse en la decisión que estaba a punto de tomar y que cambiaría numerosos aspectos de la vida pública y privada, tanto suya como de su familia. Faltaba poco para terminar de estructurar el equipo con el que llevaría a cabo la campaña de presentación de la candidatura a sheriff de Carson City, compitiendo con el que había entonces y con un tipo descerebrado que, a cambio de un puñado de votos, ofrecía medidas tan grotescas como que exterminaría a los homosexuales y lesbianas, entendiendo que eran un rebaño amenazante para el resto de la especie. O que, sin miramiento ni escrúpulo, a pie de las montañas, lapidaría a las prostitutas para resarcir el despecho desgarrado de los más puritanos. Por eso, la propuesta que él ofrecía, además de reposar sobre una base sensata y próxima a la línea seguida por Barack Obama, necesitaría ser dotada con la transparencia de quien experimenta iguales problemas a los de cualquier otro ciudadano, y que aspira a las mismas cosas sencillas de crecimiento y prosperidad. Sin embargo, como sucedía a menudo, el chivato del reloj Apple Watch, con correa negra ajustable, le obligó a retrasar los planes. ‘Oye, desayuna algo, ¿no?’, –dijo su mujer–. ‘Llego tarde. Pero, bueno. Anda, no te haré el feo’. Zanjó la conversación cogiendo una tostada con mantequilla y dando dos sorbos de café que, por las prisas, casi le atragantan. Mientras conducía por las calles desiertas recordó que una de las hijastras de su cuñado participó en la campaña presidencial de Hillary Clinton, en 2016, para conseguir delegados en el estado de Nevada. Incluso viajó a Philadelphia a la Convención Nacional Demócrata, donde la candidata fue proclamada oficialmente. Lo último que supo de ella, cuando coincidieron en el entierro de su suegra, es que se involucró en la organización Onward Together, creada por la ex Primera Dama en oposición al gobierno de Donald Trump. Tenía que localizarla, para que le orientara sobre cómo ilusionar al tejido sensible de la sociedad. Pasó directamente al despacho y creó un nuevo evento en el calendario: Llamar a la activista. ‘Menos mal que has llegado. Tenemos un problema gordísimo y tienes que venir conmigo’, –interrumpió uno de los agentes.
          Aunque era el cumpleaños de Michelle no lo supe hasta que aparecí por el bufete al final del día. Había acompañado a Mayalen al cementerio. Era el primer aniversario del fallecimiento de Alexa y, una de las veces que hablé con ella, manifestó su deseo de visitar la tumba. Me ofrecí a llevarla y así, de paso, le diría que se fuera preparando, porque el juicio estaba muy cerca. Antes de recogerla compré unas flores, y, también, no sabría decir muy bien por qué, unas chocolatinas. The Walton’s Chapel of the Valley es un lugar que está bien cuidado por el personal encargado, pero no siempre a gusto de todos. La anciana se arrodilló y arrancó con fuerza la maleza que sobresalía y afeaba el césped, relajó los ojos cegados en la frontera que separa el horizonte de la imagen real y, con una mano sobre la foto de la nieta y la otra en su corazón, permaneció el rato suficiente como para verme a mí misma en Aspen Hill Cemetery, aún en pleno duelo, una de esas crudas mañanas de invierno que suele hacer en Jackson, limpiando la inscripción que encargué para la lápida de papá, y cuyo coste corrió a cargo de Richard, el segundo marido de mamá. Comprendí el abatimiento de la mujer y esa mezcla impotente que todo lo descoloca dentro de uno. Entonces, guardando distancia entre su espacio y el mío, dejé que esparciera en la hierba los sentimientos que afloraron desde lo más profundo de sus entrañas. De vuelta a la rutina, y una vez establecidos los próximos contactos con mi cliente, encontré un post-it pegado en la pantalla del portátil y firmado por la becaria y el detective: pásate por la cantina Passing City, y no valen excusas. ‘¿Qué celebramos?’, –pregunté mientras bebía de un trago el maravilloso Dry Martini que preparaba el simpatiquísimo barman que nos obsequiaba con un cuenco repleto de cacahuetes–. ‘Pues que la nena cumple añitos, y la muy cabrona no nos había dicho nada. Así que, aquí estamos tú y yo, como dos gilipollas, y sin regalo’, –dijo Ethan algo cabreado–. ‘Es que no necesito nada, sólo a vosotros, mi familia de ahora’. El grandullón de Ross se emocionó y la abrazó. Paul, nuestro camarero, pegó la oreja y salió de la cocina con una tarta que nosotros devoramos. ‘Allison, ¿has estado con la abuela?’. ‘Sí, y cada vez la veo más frágil’. ‘¿Aguantará?’. ‘Esperemos’. ‘Querido, ¿cómo van tus contactos con las altas esferas?’, –quise saber–. ‘Mirad quién hay en la barra pidiendo un whisky’, –dijo mi ayudante a la vez que señalaba con el dedo–. ‘¿Quién?’, –preguntamos intrigados–. ‘¿Ese no es el juez Robert Franklin Jr.?’, –siguió Michelle como hablando para ella–. ‘Claro, coño. El mismo. Dicen que es un obstinado en sus planteamientos y que no pasa por alto ni un error. Tiene fama de haber protagonizado fuertes discusiones con otros colegas, –aseguró Ethan–. Pero también hablan de su perseverancia para llegar hasta el fondo de cada detalle sin importarle el tiempo’. ‘Pues mejor que nos toque él y no un espabilado al que le aburre su oficio y lo único que quiere es acabar temprano para reanudar la partida de póker. ¿No creéis?’. Cuánta razón tenía nuestra anfitriona. Yo estaba a punto de interesarme por la chica del sadomasoquismo a la que la policía mantenía oculta y bajo estricta protección, cuando el magistrado se acercó y nos saludó. ‘¿Qué tal todo por WILSON, ANDERSON & SMITH?’, –nos abordó extendiendo una mano arrugada que estreché con reparo–. ‘Bien, señoría. Ya sabe, luchando. No queda otra’. –torció el rictus–. ‘El viejo Anderson fue un cascarrabias, pero muy buena persona’, –dijo, alejándose de nosotros y dejándonos sin argumentos para continuar.
          La celda de aislamiento en la que Johnny García permaneció durante cuarenta y dos días, hasta que le trasladaron a uno de los pabellones menos masificados, era un rectángulo de no más de tres metros y medio por cinco. Con paredes de hormigón infranqueables, doble puerta, y una pequeña ventana por la que, a regañadientes, se colaba un rayo de sol generoso con la piel de los convictos. En una esquina tenía un inodoro y el lavabo. Las duchas, al encontrarse en las zonas comunes, las utilizaba mientras que los demás dormían. Aunque el Centro Correccional del Norte de Nevada no era una fortificación como la Penitenciaría de máxima seguridad de Florence, Colorado, conocida coloquialmente como la Alcatraz de las Rocosas, a nadie se le pasaba por la cabeza fugarse de allí, ya que sería una muerte segura. ‘Vamos. Muévete, basura. Ha venido tu abogado y quiere verte’. ‘Pero, si yo, no…’. ‘¡Qué camines, coño!’.