domingo, 1 de octubre de 2017

Nueva York. Tercer día de la segunda quincena de noviembre

Carlota olisquea mis papeles girando en círculo sobre ellos. Observando con distancia cada adjetivo, como si entendiera su significado para explicarlo sin problema. Estira los bigotes, levanta las orejas tratando de juntarlas y brinca a su cueva de lona donde inicia el proceso de la digestión felina… “Nueva York. Tercer día de la segunda quincena de noviembre. La lluvia torrencial nos cogió por sorpresa. La comarca estaba en fiestas y ya no quedaban camas en la posada El Ciervo Cruzado (en honor a una especie protegida que abundó en el siglo pasado), ubicada en la intersección de dos localidades. La dueña, a través de un vecino, mandó recado para que fuera. No era la primera vez que les echaba una mano, y de paso me sacaba algunas propinas. Pero cuando llegué dos sobrinas suyas se habían encargado de todo. Por acortar, y pese a la poca visibilidad que había, regresé por el sendero estrecho de la montaña. En el tramo más peligroso, donde si se te iba un pie caías barranco abajo hasta el infinito, coincidí con el cura (hacía doblete en varias aldeas) y acepté su compañía. Pronto se echaría la noche y ese trayecto a solas imponía muchísimo. Horas después, desorientada, con una herida en la frente, las rodillas magulladas y soltando palabras indescifrables, llegué con mis hermanos al puesto de la Cruz Roja…”.
          Geográficamente, Queens se sitúa en la parte occidental de Long Island (frontera entre el océano Atlántico y Nueva Inglaterra). Es el distrito más grande, tanto como alguna capital de provincia europea, de los cinco que componen la ciudad de los rascacielos, la metrópoli que nunca duerme. Corona es un barrio obrero perteneciente a ese condado. El 15 de octubre de 2003 (desde entonces he seguido yendo regularmente) yo era una de las muchas personas que aguardaban la apertura de la Casa Museo de Louis Armstrong, en el 34 56 de la 107 st., la vivienda que ocupó con su esposa Lucille desde 1943 hasta julio de 1971, fecha de su fallecimiento. Nunca había planteado la posibilidad de fijar una residencia, a él le gustaba vivir así: hoy aquí, mañana allí, pasado…, a saber. Fue ella quien, cansada de ir de hotel en hotel, y pudiendo haberlo hecho en una zona más selecta, la compró y decoró a su gusto, ocupándose también de ponerle los mimbres a un lugar que sería para ambos mucho más que cuatro paredes y un tejado. Así que, estando en plena gira (esa vez no le acompañó), le mandó un telegrama donde decía: ‘querido, cuando llegues a New York dale esta dirección al taxista, porque a partir de ahora ahí está nuestro hogar’. La cocina es espectacular. Con ese azul celeste de los muebles combinado con remates en blanco y la sobriedad aportada por los electrodomésticos, dan ganas de sacar las cacerolas y ponerse a hacer arroz con frijoles para los visitantes. Aprendí a amar el jazz al poco de llegar a América. Frecuentaba tugurios de mala reputación donde se hacía muy buena música, y mi primer novio tocaba el bajo en un cuarteto que actuaba en un local de Harlem (no duramos mucho porque en aquella época no estaban bien vistas las relaciones interraciales). Por eso, pasear la vista por encima de los objetos personales del genio de la trompeta, nacido en Nueva Orleans, que cantó, entre otros, el hermosísimo tema What a wonderful world, proclamando en él un mundo maravilloso, era y es para mí un regalo exquisito. Un detalle especial que el destino o la suerte han tenido conmigo. En cada pieza prevalece fundamentalmente la humildad y la empatía del matrimonio hacia sus semejantes. De ahí que cobren muchísimo vigor documentos gráficos que muestran a Lucille repartiendo helados a los niños, o preparando bocadillos para darles de merendar, mientras que Louis, sentado en las escaleras de entrada, con todos los chavales pegados a él, les enseña a tocar canciones, porque igual así les despertaba la vocación y se labraban un porvenir más confortable…
          Siempre he pensado que detrás de cada ladrillo hay una historia que merece ser contada. Una vida que crece o finaliza al otro lado de las cortinas, un proyecto o un fracaso que se abre paso echando raíces alrededor de la chimenea, un ayer o un mañana que estructura el tejido y la pasta con la que estamos hechos cada uno de nosotros: solos o acompañados, tristes o eufóricos, viejos o jóvenes, fuertes o blandos… Apenas cinco personas esperamos en el andén la llegada del metro. Nos aborda un vagabundo que pide unos centavos para comprar un billete a Beverly Hills y al que nadie hacemos caso... Me vienen a la memoria imágenes sueltas que seguro tendrán algún significado: un saco de tela de sábana que yo misma cosí y usé para guardar la poca ropa que tenía, la cuerda de una peonza que escondida en el escote me daba suerte, una alubia seca para no olvidar de dónde vengo y las lágrimas que por orgullo no derramé ante el desafecto de los míos. Burgos me pareció el paraíso, y la habitación que me cedieron, a cambio de realizar trabajos domésticos, un palacio. Ahora tengo muy claro que nunca me asustaron las jornadas largas y duras, sino la crueldad en el trato que pueden llegar a ejercer algunos miembros de tu misma sangre.
          Aunque su esposa ya estaba muy limitada, su sola presencia arriba era suficiente para conservar el orden y la armonía de las cosas. E. J. parece un alma en pena. Ha perdido su cualidad dicharachera, cambiándola por un silencio sepulcral que le hace retraído. Lleva barba desarreglada, manchas de tomate en la camisa y algún que otro botón descosido. Envases de comida rápida, periódicos atrasados, ceniceros a rebosar de colillas y un aparato de radio destripado ocupan los rincones libres del despacho. ‘La taberna funcionaba solamente de viernes a sábado, en la franja horaria que iba desde las dieciocho horas hasta las veintiuna treinta. Además de beber, se celebraban concejos cuando tocaba, y el juez de paz, improvisando un estrado, hacía cumplir la ley. El tabernero, al que una granada amputó medio brazo en la guerra, rellenaba las frascas de vino sujetándolas con el muñón. Padre era el cuarto miembro de la partida de mus, completada con el alcalde, el médico y el guardia civil. A mí se me llevaban los demonios oyendo sus risotadas reaccionarias… Algunos hombres, en plan machitos, con los zapatos relucientes y el traje de los domingos recién cepillado, se iban de putas una vez al mes. Las chicas de mi edad aspiraban a seguir los pasos de las casadas, y éstas a alcanzar el relajo sexual de las viudas. Madre, siempre refunfuñando, con la cabeza gacha, metida en su mundo de pecados imperdonables y juicios de valor gratuitos, se convertía en un ser intratable…’. ‘Y a ti, Maura, ¿qué te molestaba más’, −pregunta Eric con tono entristecido−. ‘La indiferencia’. ‘¿De ellos?’. ‘No, quizá mía por permitir que me chuparan la ilusión y reaccionar tarde’. −El timbre del teléfono interrumpe la conversación, Michelle lleva días vomitando y requieren la presencia de Mr. Coleman. Sin embargo, agota hasta el final el tiempo contratado−. ‘Disculpa, ¿decías…?’. ‘Mi hermano pequeño parecía más accesible. Me armé de valor y le pedí ayuda, porque quería contar en la cena que, suponiendo que no me dejarían formar parte del negocio, pensaba salir allí y buscar un empleo. Me miró malhumorado, se dio media vuelta, cargó la mercancía en la furgoneta y, antes de arrancar, dijo: “Lo que tienes que hacer es buscarte un novio que te saque los pájaros de la cabeza…”. Quedé estática’. ‘Lo dejamos ahí. Profundiza y busca a ver si hay más de un camino que te llevara a esa inmovilización. La próxima sesión, si tú quieres, trabajamos ese aspecto’, −puntualiza E. J., que lleva tiempo aplicando conmigo el método del psicoanálisis denominado “Asociación Libre”, que trata de que el paciente exprese sus ideas sin ninguna coacción, aunque es el especialista quien decide dónde hacer énfasis en algunas cuestiones descritas por la persona.
          Mrs. Coleman se relaja por dentro en cuanto Eric aparece, no está siendo nada fácil adaptarse a la nueva situación. Echa de menos su dormitorio, el canto de los pájaros, el ruido del generador eléctrico situado en el sótano y las visitas, menos cada vez, de un par de amigas que se siguen interesando por ella. Quisiera decirle que han incorporado un par de alimentos a su dieta que no tolera, y que la matan las molestias de estómago. Pero sabe que cada día están más lejos, y se limita a seguir con los ojos cerrados para no influir y hacerle sentir culpable. Viene el médico a hacer la visita rutinaria, y dice: ‘mire, su mujer se mantiene estable, con un corazón fortísimo, lo que puede traducirse en un tiempo incalculable de vida. Conocemos la existencia de un fármaco intravenoso experimental que estimula a estos pacientes y en parte a veces les hace reaccionar. Nos gustaría probarlo, no se conocen efectos secundarios. Para ello necesitamos que firme el consentimiento, y los permisos del traslado al hospital’. Antes de irse se acerca a la cama y comprueba que la sonda de la nariz no se ha salido. E. J. huele a tabaco y a despedida. Mrs. Coleman imagina que se clava las uñas en las palmas de la mano obligándose a revelarse… Han accionado el mando a distancia que baja las persianas y conectan pequeñas luces a ras del suelo para que las habitaciones no permanezcan completamente a oscuras. Ella desea con todas sus fuerzas que todo acabe…

domingo, 17 de septiembre de 2017

Nueva York. Primer día de la segunda quincena de noviembre

Los cambios de luz cayendo en cascada sobre las fachadas de los edificios traen consigo el principio del otoño, y los de la vida la oportunidad de abrirse a otros horizontes para crecer como seres humanos. No sé muy bien qué hago delante de este montón de cuartillas rayadas y amarillentas, ni cuáles son los verdaderos motivos que me empujan a escribir en ellas sobre mi pasado. Tampoco tengo calculado el tiempo que me llevará hacerlo, ni si a mitad del proceso deje de tener sentido para mí y lo mande todo a tomar por saco…
          Me llamo Maura Pumares, aunque en mi tierra me conocen como la paya, porque de niña jugaba en la ribera del río con los gitanillos de las chabolas cercanas a la falda del apeadero. Vivo de alquiler en Queens, en un apartamento modesto, en el vecindario Maspeth, donde residen muchos inmigrantes europeos, y por donde a veces camino absorta con mi taza termo en una mano y un fular estampado arrastrando por el asfalto en la otra. Comparto el techo con Carlota, mi vieja y mansa gata, que me espera moviendo la cola de un lado a otro, o lamiendo el respaldo del sillón, cosa que, dicho sea de paso, me da muchísima rabia. Un par de veces en semana vuelvo tarde, justo cuando atraviesan Manhattan las ramas que esparce el árbol de la noche. Soy introvertida, desconfiada y tengo un punto maniático que, según el estado de ánimo, desarrollo más o menos.
          Corre una brisa agradable y aún queda una hora para acudir a mi cita en Brooklyn. Así que, me paro en un puesto de perritos calientes y compro uno con bastante mostaza y mucho chili.
          Eric J. Coleman (E.J.) es un tipo con pinta de investigador privado que parece a punto de destapar el escándalo del siglo, alcanzar la fama y retirarse de por vida a Bahamas. Su pelo ensortijado aún conserva los últimos reflejos de lo que debió ser un rubio intenso. Es rechoncho, gracioso de cara, con los ojos siempre arrugaditos, risueños, y luce tirantes fluorescentes que, como dos largas autopistas onduladas, atraviesan su prominente barriga. De profesión psicoanalista (esta práctica en América da de comer a muchas familias), tiene la consulta dentro de su propio domicilio, en Bushwick Ave, un bulevar amplio, de doble carril en ambos sentidos y arbolado. Es una persona cercana que te hace sentir entre amigos. Inicia todas las sesiones desde la naturalidad, sin usar ningún estereotipo o técnica aparente. Es decir, te va metiendo en conversación con mucha habilidad… La primera vez fue escalofriante escuchar lamentos y lloriqueos procedentes del piso de arriba. Después he sabido que los emite Michelle, su esposa, encamada desde hace más de una década a consecuencia de una extraña enfermedad que él califica de fantasma, puesto que no deja rastro y a día de hoy no hay manera de localizar su origen, y en la que el enfermo va quedando en estado vegetativo.
          ‘¿Te apetece agua? −asiento con la cabeza. Saca una botella de medio litro y la desprecinta antes de dármela−. ¿Cuéntame cómo has llevado la semana?’. ‘Bueno, un tanto rara. No creas que me siento cómoda en el trabajo, he tenido un desencuentro con el encargado. El muy idiota dice que ya estoy mayor para seguir de cara al público, que mejor me quede en el almacén clasificando la mercancía. ¿Acaso sabe él cómo tratar a mis clientes? Cuáles son sus gustos, sus marcas favoritas o lo que les preocupa. No, ¿verdad? −E. J. sonríe y abre el cuaderno donde supongo que desmenuza con palabras parte de mis emociones−. ¿Te he dicho que a pesar de los años que llevo aquí todavía no se me ha ido del olfato el olor a leche recién ordeñada, ni la imagen de las manos grandes de mi padre aliviando el peso de las ubres? Nuestra vaquería era un negocio pequeño, de corto recorrido, no te vayas a pensar que facturábamos como hacen ahora las industrias lácteas, que no. Nosotros abastecíamos a un área minúscula de la Comarca del Ebro. Con padre a pie de obra, madre luchando con el ganado y las faenas domésticas, y mis hermanos en la cadena de reparto, yo reivindicaba con firmeza un espacio común junto a ellos. Se me daban bien los números, y por fin empezábamos a obtener algunos beneficios. Alguien tenía que ocuparse de las cuentas, ¿no?’. ‘¿Y qué pasó?’ −pregunta E.J. haciéndose de nuevas, aunque lo sabe de sobra−. ‘Pues nada, que la mancha de la desigualdad se expande como la lava… ¿Sabes lo que decía mi abuelo cuando alguna mujer destacaba en determinados campos que él consideraba de hombres?: “hembra espabilada mejor atada”. ¡El muy cabronazo!’. ‘¿Y cómo reaccionabas ante la negativa a que entraras en el mundo laboral? ¿Tu madre, por aquello de ser mujer, se solidarizaba contigo…?’. ‘¿A ti qué te parece, coño? Pues mal, lo encajaba fatal, lógico. Y no, mamá no estaba para esos menesteres tan plañideros…’. ‘Bueno, por hoy hemos terminado. Trabájalo. Anota aquello que consideres importante y luego lo comentamos, y si necesitas adelantar la sesión no dudes en llamar. ¿Fijamos en principio mismo día y hora para la siguiente semana?’. ‘De acuerdo. Pero el ejercicio que me pides… No prometo nada, ¡eh…!’.
          E.J. abre una caja de madera que simula el lomo de un libro y saca del interior tabaco de liar. Aparta la cortina. Apenas media docena de niños, sentados en un escalón de la calle, solitarios y silenciosos, desplazan de un lado a otro un balón tan desganado como lo están ellos. El cielo, oculto tras una capa gruesa de niebla, dibuja en las aceras empobrecidas de luz artificial siluetas que en la oscuridad parecen siniestras. Apaga el cigarrillo después de haberle dado dos caladas profundas, y sube despacio las escaleras que le separan de su otra realidad. La sanitaria que atiende a Michelle aguarda junto a la cabecera de la cama el inminente traslado en ambulancia a una residencia de mayores donde recibirá cuidados especiales. Cuando Eric entra en el dormitorio, apenado por haber tenido que tomar esa decisión, ella aprovecha para ir al baño y así dejarles a solas. Se queda casi en la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón y pintando en la alfombra una media luna con la punta del zapato. Vuelve abajo y pasa a limpio sus notas, asegurándose de hacerlo en el cuaderno donde pone Maura… Desde el otro lado de la isla se acerca el ronquido seco de una sirena que parpadea, y todo parece quedar muy lejos… ‘Mr. Coleman, han llegado los camilleros. ¿Les acompaño, o lo hace usted?, −dice la enfermera−. ‘No se preocupe, márchese, yo me ocupo. Gracias por todo. Tenga: una carta de recomendación. Mañana le ingreso en cuenta el salario del mes y lo acordado del despido’.
          Pasa el metro elevado a gran velocidad haciendo temblar todos los edificios colindantes, incluido el nuestro, que parece como si fuera a desplomarse. Carlota, asustadísima y a punto de darle una taquicardia, me salta encima hasta que, haciéndola hueco, consigue enroscarse. Son algo más de las cuatro de la madrugada. Ya no duermo ocho horas seguidas. Ahora me despierto durante la noche conciliando un sueño envejecido y transformado en un ligero vaivén, o roto también por el trasiego de los aeropuertos de la ciudad: John F. Kennedy y LaGuardia Airport. Suena el microondas, han terminado de salir todas las palomitas, pongo dos puñados en My cat's dish, y el resto en un cuenco, que coloco junto a una Coca-Cola. Leo las primeras palabras conjugadas y sigo escribiendo según sugerencia de E. J. “Nueva York. Primer día de la segunda quincena de noviembre. En casa nunca funcionó el lenguaje del tacto. Por más que trato de encontrar alguna caricia que me transporte a la infancia soy incapaz. Sí, en cambio, las miradas severas de mis padres marcando el camino, dando importancia a lo que para mí carecía de ella, y obviando aquello que yo deseaba. A menudo me he preguntado qué escala de valores era la más adecuada, si la suya o la que yo empezaba a conformar. Dicho de otra manera: era significativo que pusieran el grito en el cielo ante el hecho de quedarme entre documentos en la oficina improvisada en el corral, desoyendo cualquier posibilidad que me hiciera medianamente feliz, y, sin embargo, no tuvieran en cuenta lo peligroso de ir sola hasta el pueblo vecino, a la escuela, por un sendero estrecho (a un lado el acantilado, al otro la montaña rocosa…). Aquel día me entretuve más de lo acostumbrado. Apenas un gajo de luna alumbraba el campo. Según pisaba, en el suelo crujían las chinas entremetidas en el barrizal de tierra. El miedo aumentaba las ganas de hacer pis. De repente… La siguiente imagen que me aparece es que uno de mis hermanos me sacaba en brazos del bosque, mientras que el otro quitaba pegotes de maleza adheridos a los bajos de mis ropas…”. Carlota se ha despertado y continúa panza arriba.
          Eric se acuesta en el mismo diván donde lo hacen sus pacientes. Ha acondicionado unas almohadas y tiene echadas  por encima algunas mantas de viaje. Está agotado y se siente vacío. Ha sido una jornada desgarradora, muy dura, de grandes cambios, pero con tanta presión le es imposible cerrar los ojos. Prende la lámpara de la mesita auxiliar y ojea una revista. “El psicoterapeuta: verdades y mentiras de un hito”.
          Salgo rápidamente de la ducha, hoy me toca hacer en el primer turno part time (media jornada) compensatoria a la pensión que por sí sola no me alcanzaría ni para comer poco más que hamburguesas diarias. Tras abandonar el apartamento dejando a Carlota de guardia, que por cierto se está poniendo las botas con un pienso nuevo rico en proteínas, me encamino hacia el vecindario latino donde se ubica el supermarket en el que trabajo de cajera. Un par de mujeres abandonan la cafetería de la esquina, a una de ellas todavía le quedan restos de croissant en el labio inferior. Las conozco, son conductoras de la línea Q de autobús y clientas de la misma peluquería a la que yo también voy…
          Eric se prepara para dar una conferencia en Columbia University. Después visitará a su esposa y, por último, atenderá las visitas programadas para la tarde. ‘Háblame del bosque, Maura’, −dice E. J., sacando de la cajonera un puñado de pañuelos de papel…

domingo, 2 de julio de 2017

Olivia

Han pasado muchos años y casi tres generaciones desde que el abuelo Miguel fuera por primera vez a La Habana y emparentara con mami echando raíces en el corazón de Eloy: un legado de cariño y entendimiento que concluye en mí como único sobreviviente y narrador. Pero nada de la historia a la que he ido dando forma hubiera crecido sin la principal protagonista, esa mujer que ha vehiculado las cordilleras si acechaban las dudas, el chato de vino en la taberna del relajo, los ríos y sus afluentes, el oleaje, el sentido del humor, la fidelidad, el viaje clandestino, la caída de la hoja, el frío en las cumbres de la soledad, las turbulencias del vuelo −a veces con aterrizaje forzado− y las luces y las sombras que han estructurado el atlas del ser humano recorriendo algunas arterias y bifurcaciones circunstanciales. Olivia es la almendra de cada persona que durante estos meses hemos contado nuestras cosas abiertamente. Es la materia, el músculo, la columna vertebral, el alumbrado en mitad del campo, la suerte de amainar el epicentro de la tormenta, el deseo inagotable por quedarse en lo sencillo, el camino boscoso que paso a paso hay que ir descubriendo y las manos templadas que uno quiere tener cerca por si el lobo feroz sale de su caverna a amedrentar, con rayos y truenos, el sosiego de las personas.
          De haber vivido más tiempo ahorita sería una entrañable anciana recordando su niñez y las calamidades de la época conmigo en el parque… Cada vez que podía, siendo yo pequeño, mientras me lavaba los dientes esmeradamente, el abuelo hablaba de su mujer con admiración. En ocasiones pensé que lo que decía era, más que real, producto de su imaginación. Pero… ‘¿Sabes, hijo? Era la más guapa de la verbena −se le llenaban los ojos de lágrimas−. Antes, tanto en los barrios como en los pueblos había este tipo de ferias. Los chicos sacaban a bailar a las chicas puestas en círculo alrededor de la pista, y, si aceptaban tres veces seguidas, entonces sonaba la campana y se hacían novios. Yo no es que fuera tímido, es que era soso de remate. Además, como se me enganchaba un pie con otro, no me atrevía a proponérselo a ninguna. Debió de fijarse en mí desde un principio, y buscó la manera de cogerme desprevenido proponiendo marcarnos un pasodoble. Apagué el pitillo con la puntera del zapato y miré en torno mío convencido de ser afortunado despertando las cosquillas de la envidia en los demás. Desde ese mismo instante decidí compartir la vida con ella y no he dejado de seguirla hasta el infinito…’. Entonces aparecía mami, le acariciaba la barbilla y él agachaba la cabeza buscando la imparcialidad del suelo que no pregunta. Desaparecían juntos dejándome así, con cara de tonto, y un cerco de dentífrico reseco en la periferia de los labios…
          Keiko ha venido de vacaciones y lleva conmigo todo el fin de semana. Entre los dos montamos la mesa, preparamos unos aperitivos y esperamos que llegue el resto de la familia. Comeremos carne a la brasa con salsa de teriyaki. ‘Tío Andy, por favor, cuéntame otra vez la historia del prendedor de pelo de la abuela Olivia’. ‘Pues, verás… Los festivos cogían su seiscientos y pasaban el día por ahí. Compraban embutidos de la zona y hogazas, patatas de la huerta y tomates recién cortados, o legumbres para enriquecer el puchero… A veces se encontraban con fiestas medievales, romerías −no eran creyentes−, encierros −tampoco taurinos−, mercadillos de baratijas y ropa económica, y muy rara vez actos culturales. Eran tiempos más feos… Una compañía de teatro itinerante representaba “La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca, en una aldea del interior de Castilla. Como llegaron antes de lo previsto entraron a la cantina a tomar un bocado. El local era la leñera anexa a la casa particular del cantinero. La actriz que daba vida a Adela, la hija apasionada y rebelde, bebía aguardiente como si de gaseosa se tratara. Lucía un abrigo imitación leopardo hasta los tobillos, y mostraba un lamentable aspecto: sin maquillaje y desgreñada. Se fijó, más que en los abuelos, en la cazuela de barro donde apenas quedaba rastro de los choricillos a la sidra que se habían pedido. Acercó una silla y, sin pedir ningún permiso, se sentó entre ambos dejando fluir por la boca los estragos del alcohol. Decía que estaba cansada y harta de ir de un lado para otro, mendigando una función más, un poco de cariño sin acabar en el estraperlo del placer o unas medias de licra a cambio de un plato de lentejas. Al finalizar el espectáculo la felicitaron y comprobaron que la magia del personaje se había tragado la borrachera. Entonces ella, que en ese momento iba muy de diva, se quitó del pelo el prendedor para regalárselo a la abuela…’.
          Mizuki se ha ido con su nuevo novio un par de semanas fuera, porque dice que necesita poner distancia para conocerse a fondo, sin que la juzguemos continuamente o cuestionemos sus decisiones. La niña está con su padre adoptivo, y me temo muy mucho que será por una larga temporada. Keiko ha regresado a Boston y promete volver en cuanto le sea posible. ¡Tan responsable, como sus padres! Así que, nos hemos quedado vacíos y atrapados en el malestar del estómago que levanta los jugos de la soledad. Todos los días salimos a dar un paseo. Naoko se agarra de nuestro brazo y caminamos despacio hasta el Jimmy's Coffee, un lugar acogedor donde nos gusta pasar la tarde del domingo. ‘Goa marcó un antes y un después… De ser el último viaje que pensaba realizar el abuelo a la memoria de Olivia, se convirtió en el escenario ideal para agarrarse a la vida −cuento, ante la humeante taza que tengo delante y los atentos ojos de mis amigos−. Cuando Miguel visitó ese país le faltaban las fuerzas y estaba a punto de darse por vencido. La ausencia de su mujer era cada vez más difícil de sobrellevar, y empezaba a no interesarse por ninguna cosa. Maduraba la idea de irse a una residencia con el fin de dejar que Alina viviera su propia vida, sin tener que estar pendiente de él. Pero…, la noticia del embarazo de mami le obligó a cambiar de planes, dándole un motivo potente para afeitarse muy bien cada mañana: rozar mi carita de recién nacido’. “El aire de la noche desordena tus pechos,/y desordena y vuelca los cuerpos con su choque./Como una tempestad de enloquecidos lechos,/eclipsa las parejas, las hace un solo bloque”. (Miguel Hernández).
          Les acompaño hasta su casa. Ya en la mía, elijo al azar un viejo disco: la voz rota e inconfundible de Janis Joplin me hace recordar una anécdota de la infancia. ‘¿Por qué Olivia nunca viene a atarme los cordones?’, −solté de sopetón. Él salió por los cerros de Úbeda diciendo−: ‘Lazo grande entre lazo chico sujetan el pie del señorito’. Apenas tenían fotos: alguna en la Puerta del Sol tomando las uvas por nochevieja, otras en el campo con amigos, y una de medio cuerpo, de ella sola, donde se la veía recostada en la barandilla de lo que reconozco como el Estanque del Retiro, y que el abuelo sacaba de su cartera cuando no le veía nadie para besarla una y cien veces. Ese gesto me chocaba y enternecía −hoy soy yo quien lo hace−. Mami manejaba muy bien las palabras, y decía al respecto que “la gente que queremos no debería irse tan pronto”. Pero se van, como lo hicieron ellos, como lo haremos todos… ‘Ay, mi hermano, que sí. Que las piernas más bonitas eran las de tu mujer. Que no me lo restriegues más, coño’. ‘¡Cómo te pones, Alinita!’. ‘No me llames así, viejo. Que no me gusta’. ‘Pero si lo hago con cariño, mijita…’, −rompía a carcajadas−. ‘Zalamero…’, −y le pellizcaba la mejilla−. ‘¿Y tú de qué te ríes, mocoso? Anda y ve a hacer los deberes, que te distraes con una mosca’, decían a la vez mientras que yo me iba refunfuñando porque al final me echaban la culpa de todo. Y no. No era cierto.
          A partir de aquí no sé qué nos deparará el futuro, pero intentaré seguir siendo viajero... Puede que João dé señales de vida, que Hiroshi se jubile en breve y monte su tallercito en el chiscón donde guarda las herramientas y repara lo que vamos estropeando los demás. Es posible que Mizuki consiga la estabilidad por la que lucha sin saberlo, que los descubrimientos de Keiko den la vuelta al mundo y curen los males de otras personas, que Bean alcance la paz y el sosiego, y que Naoko tenga paciencia para aguantarnos a todos. Seguramente las cosas podrían haber sucedido de otra manera, pero entonces serían los recuerdos y las vivencias de otras gentes, sus viajes particulares y los destinos que hubieran elegido. ‘Siéntate ahí, Naoko. Mira, ¿ves aquellos puntos relucientes en el horizonte que aparecen y se van al instante? Hay quien dice que es la costa de la Florida. Pero yo lo dudo… Sólo se adivina. Me siento feliz de que estemos en el Malecón, en el mismo lugar donde Eloy y Miguel conversaban de la vida con un habano entre manos y mamá se despedía del Caribe…’. En el vaivén de estas aguas transparentes arrancó la historia de Olivia y es en este punto donde me vienen a la memoria los versos de una canción de Silvio Rodríguez: “…tú me recuerdas las cosas/no sé, las ventanas/donde los cantores nocturnos cantaban/amor a La Habana, amor a La Habana”. ‘Abuelo, cierra los ojos y pide un deseo’. ‘Vale. Ya está’. ‘¿Cuál es?’. ‘Si te lo digo, ya no es un deseo…’. Pero yo jugaba a las adivinanzas con su cara: si fruncía el entrecejo significaba que le dolía la barriga, si guiñaba un ojo que haría de rabiar a mami, si apoyaba las manos bajo la barbilla que me iba a dar una charla de las suyas y si entornaba los ojos es que se moría de ganas de rodear una vez más las caderas de su compañera. ‘Que te estás durmiendo, hombre, y te manchas. ¿No ves que se te cae el helado?’, −decía ella sentada frente a él en el parque−. ‘Que no me duermo, Olivia. Es que me hace daño el sol…’. ‘Pues ponte aquí, a la sombra, a mi lado’. Y él, obediente, se dejaba caer junto a ella…