domingo, 15 de septiembre de 2013

El deber de quererse uno


Existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés.
De la película Princesas, de Fernando León de Aranoa.

En la vida hay un tiempo para todo e, inexorablemente, el desengaño, que es mal compañero de viaje, una vez asimilado, ha de dar paso al deber de quererse a uno mismo. –Esta máxima me llega de la mano de uno de mis mejores amigos, periodista y escritor, a quien no nombro, porque sé que no le gusta–. Hasta donde alcanzan mis recuerdos y por experiencia propia, siempre me ha llamado la atención la cara de naufragio que tienen las personas decepcionadas. Hombres o mujeres que buscan refugio y calor en sus semejantes, gestos de comprensión y de acercamiento que ayuden a engordar la delgada ilusión, tan debilitada tras caerse los cimientos que han sostenido su mundo. Sin embargo, es precisamente ahí, en los momentos más duros, cuando las circunstancias te enrocan y ponen a prueba, que descubrimos con quién contamos realmente. No sé si la historia de la mujer que narraré a continuación –mirar atrás es ponerse la ropa de temporada que te sitúa en un tiempo y en un espacio determinado–, cuyo recuerdo surge mientras vuelo de Madrid a San Sebastián, para recoger el cuerpo de mi hermano muerto en extrañas circunstancias, se ajustará a esos principios o estará mezclada, en lo fundamental, con tintes autobiográficos. Pero me siento cómoda haciéndolo, porque fue alguien con quien realicé un camino de palabras largo y estrecho, enriquecedor y profundo, en el breve espacio que dura un descanso a media mañana
            En lo que fue un solar abandonado durante años, donde las ratas y la basura campaban a sus anchas, construyeron una estación de autobuses rudimentaria, poco acogedora. Yo trabajaba enfrente, en un bar que cerraba de madrugada, aún no siendo de copas. Mi jornada empezaba a las seis de la tarde y terminaba cuando el último cliente salía por la puerta. Me gustaba ese horario. Además dejaban buenas propinas y, a excepción de algún que otro patoso, la mayoría solían ser prudentes, gente solitaria que acodaba encima de la barra la necesidad noble y humana de sentirse escuchado. Pero recientemente, como consecuencia de la crisis, el dueño había reducido la plantilla, motivo por el cual esa semana también cubrí el turno de desayunos.
            Pasada la apretura de la hora punta, con el ir y venir de los viajeros que la frecuentan a diario, la estación de autobuses quedaba desierta, en silencio, el mismo que reinaba alrededor de las máquinas expendedoras de billetes, en la de refrescos y cerca de la ventanilla de información, de la que, por cierto, nunca retiraban el cartel: Vuelvo en cinco minutos. Disculpen las molestias. Aquella mañana, de cielo raso, aunque todavía en época de frío, cuando el ritmo de trabajo disminuyó en la cafetería, y antes de marcharme para casa, salí a fumar un cigarrillo. La mujer del gorro color pistacho, a la que vi sentada en la marquesina cuando entré al amanecer, permanecía quieta, recta, ausente…, con el aspecto de hundimiento característico que dije al principio. No llevaba equipaje ni parecía esperar a nadie; sólo estaba ahí, con las piernas muy juntas, con la mirada apagada, con el espíritu sin fuerzas. Caminé hasta ponerme a su altura: –Parece que el sol ya calienta, ¿verdad? Va quedando menos para la primavera. –Dije. Asintió con la cabeza. Algunos días después, tras repetirse la misma escena, tomé la iniciativa de sentarme a su lado. Saqué tabaco y un par de cafés en vasos desechables; aceptó ambas cosas. El contacto con sus manos, al tapar la llama del mechero, confirmó mis sospechas: estaba herida, tocada en lo profundo del corazón. En el reparto de cartas de la vida a ella no le había tocado una buena mano. Acababa de enterarse que padecía una grave enfermedad, de esas que, con o sin tratamiento, son irreversibles.
            De esta manera, con total naturalidad, comenzó a narrar su historia. Un poco antes de la fiesta de despedida que sus compañeros de trabajo querían darle por sorpresa, recibió la llamada del hospital al que acudió, aquejada de fuertes dolores de espalda; malestar que incluso se proyectaba hasta la nuca, y que achacaba, desde la ignorancia, al estrés que últimamente tenía  cuando, por decisión propia, acordó con el jefe las condiciones del despido, para hacer realidad un viejo sueño: conocer mundo, y qué mejor ocasión que hacerlo ahora que su pareja se había prejubilado. La sometieron a una serie de pruebas, rutinarias y sencillas, unas; complejas y dolorosas, otras, pero nada importante según el equipo médico, aunque quizá lo que más le asustó fue que le hicieran una en Medicina Nuclear, ya que el solo  nombre, cuanto menos, causaba respeto.
            La persona con la que había compartido la vida desde hacía más de treinta años se acojonó. No supo o no quiso encajar la situación y una tarde no volvió a casa. Aquello fue tan lacerante que anímicamente se abandonó y dejó sin prender el último cartucho. Saber que iba a morir no era la causa de aquel desgarro, sino la soledad con la que habría de afrontarlo. Sollozando, y absolutamente limpia de rencor, dijo que se daba por vencida, que no le quedaban fuerzas para seguir adelante, que ya no buscaba compañía, ni la complicidad de nadie. Solamente esperaba que apagaran las luces y se bajara el telón. Se me encogió el corazón con sus palabras. Desconectó el teléfono móvil y lo dejó sobre el asiento, entre nosotras, y, por primera vez desde que la conocí, la vi levantarse insegura, y emprender el camino hacia un horizonte gris y hostil, que nunca más la traería de vuelta.
            Pienso en todo esto compungida, mientras nos indican que podemos desabrocharnos los cinturones para bajar a tierra y me voy preparando para el penoso y delicado trance de recoger los restos de mi hermano. Sin embargo, mientras desciendo por la escalerilla y el maravilloso viento del norte me da la bienvenida, recuerdo unas palabras que leí en el blog de mi admirada Maruja Torres: “Porque calzar los zapatos del otro, en su desgracia, es la condición más noble que puede alcanzar el ser humano, la que más amor y compañía produce”. Pues eso... Me pongo a la cola en la parada de taxis. No sé qué habrá sido de la mujer del gorro color pistacho, lo que sí sé es que probablemente existe, porque en estos momentos pienso en ella, y porque habrá encontrado el apoyo para salir adelante, el mismo que en definitiva casi todos buscamos, en la generosidad de alguien.

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domingo, 1 de septiembre de 2013

Como el gato de Schrödinger

Dedicado a Jesús Aguilar, de quien aprendo cine.

Posiblemente si se hubiese dado otra serie de circunstancias menos favorables, y fuese inferior la calidad humana que tiene Sixto Rodríguez, protagonista de SEARCHING FOR SUGAR MAN, Oscar al mejor documental 2012, habría vendido su historia por capítulos a la prensa sensacionalista, o, tras haber concursado en algún reality show, estaría forrado de pasta, yendo de plató en plató de televisión, alimentando la leyenda de un mito que en realidad lo que engordó fue la cuenta bancaria de no se sabe quién. Sixto es compositor y cantante estadounidense, hijo de emigrantes mexicanos, y en los años sesenta, en antros marginales de Detroit, deleitaba los oídos de los clientes que los frecuentaban con canciones donde contaba la crudeza y las dificultades a las que tienen que enfrentarse los más débiles de las grandes urbes. A finales de dicha década, dos productores musicales, que estaban tomando una copa en un bar, lo descubrieron, quedando impactados por la belleza y sensibilidad de sus letras y de sus melodías. Apostaron por él, consiguieron actuaciones en directo en otros lugares y la grabación de unos discos, pensando que aquel hallazgo sería la gallina de los huevos de oro, mina inagotable de hacer dinero; pero no funcionó, y Rodríguez desapareció sin pena ni gloria, bajo el rumor de un presunto suicidio por sobredosis encima del escenario.
            En la década de los setenta, gracias a que alguien desde otro continente viajó a los Estados Unidos y compró por casualidad uno de aquellos vinilos, llevándoselo hasta la Sudáfrica del apartheid, el trabajo de Sixto fue redescubierto, sin tener él ninguna constancia de ello, multiplicándose las grabaciones de sus canciones, de forma pirata, por todo el país. Se convirtió en un fenómeno, un icono de la libertad y el “antiestablishment”. Algunos de sus seguidores no comprendían por qué en USA se había esfumado su popularidad, mientras que en Sudáfrica era un mito, un símbolo a seguir. Cuando Rodríguez se retiró de la escena, formó una familia, tuvo tres hijas y desempeñó trabajos como obrero de la construcción. Eran gentes muy humildes; sin embargo, supo transmitir a las niñas la inquietud por el arte, por aprender, por las bibliotecas, por los museos, por la cultura en general. En definitiva: un padre preocupado de formarlas y hacer de ellas buenas personas.
            Transcurrido un tiempo, Eva, la hija mayor de Sixto, encontró un sitio web dedicado a la obra de su padre, y se puso en contacto con dos de los fans especialmente empeñados en averiguar qué pasó realmente con su ídolo, por qué no era conocido fuera de Sudáfrica, invitándoles a viajar hasta Detroit. Allí comprobaron que la única relación que mantenía con la música era a través de su vieja guitarra, que hacía sonar con desgarro ante amigos y conocidos. Organizaron una visita a Sudáfrica para toda la familia, siendo recibidos con tratamiento de estrellas, recogidos del aeropuerto  en limusina y hospedados en suite VIP. Programaron conciertos por todo el país, y Rodríguez, absolutamente entregado a su público, cantó como solamente lo hacen los grandes, sin levantar los pies del suelo. Dos discos grabados en directo recogen la emoción de quienes asistieron y corroboran cuanto digo. Pero igual que la cenicienta, que perdió el zapato y que a las doce en punto regresó a su vida cotidiana, Sixto, aunque en esta ocasión por decisión propia, volvió a la tranquilidad de su austera vida, de pobreza y sencillez, de privación y precariedad, continuando ayudando a quienes, dentro de su gente, eran más pobres que él.
            Quienes tengan la suerte y el gusto de ver el documental que menciono comprobarán el mensaje optimista que da. A veces las personas nos creemos que la riqueza y el éxito están en la abundancia de las cosas, y dejamos pasar por alto lo importante, lo fundamental, lo esencial de la existencia: ser felices. Sixto Rodríguez, que podría haberlo tenido todo, consiguió ser feliz con muy poco. Así que, recogiendo el mensaje cargado de ilusión que contiene esta historia, llena de alegría, y como si de la mismísima mecánica cuántica se tratara, este hombre, ajeno a ello, consiguió vivir dos vidas paralelas pero diferentes, cada una en un continente  distinto, con la gran paradoja de ser un hombre humilde en los Estados Unidos y toda una leyenda musical en la República de Sudáfrica.

Publicado por El Correo de Andalucía. Pincha aquí 

domingo, 14 de julio de 2013

¡Y no te olvides de Concha!


Aunque me siento ibicenca, el seny catalán y mi sangre andaluza,
han sido una buena mezcla de cosas que me han ayudado a vivir.
La amistad es uno de los lazos más importantes que te unen a la vida.
Concha García Campoy.

A través de los auriculares, la voz de Ana Belén me acompaña con la canción Ahora –Ancora–, dándome fuerza para escribir estas líneas. Se va la noche y no me duermo, no te me irás del pensamiento... Concha García Campoy pertenecía a ese grupo de comunicadoras con estilo propio: Olga Viza, Ángeles Caso –consagrada hoy a la literatura–, Montserrat Domínguez, Julia Otero…, mujeres con enjundia, periodistas de una generación nacida a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuya manera de contar la realidad jamás ha estado encorsetada, sino acompañada de veracidad, –como en prensa escrita lo son Maruja Torres, Olga Rodríguez, o Karmentxu Marín, por citar tres ejemplos–. Son muchos los compañeros que, hayan trabajado o no con ella, están resaltando, además de la profesionalidad que la caracterizaba, la magnífica persona que fue para cada uno de ellos. Generosa, solidaria, humilde, cómplice, perfeccionista, elegante, cercana, sencilla y muy amiga de sus amigos son una pequeña pincelada de lo que podemos leer en los periódicos, escuchar en las radios y ver lo que cuentan en las televisiones. También las redes sociales lamentan su pérdida, así como en los blogs personales de escritores, y en los de las gentes anónimas, está quedando plasmada la admiración y el respeto por ella, además de mucha rabia e impotencia, al ver que una vida joven y cargada de proyectos como la suya, como la de tantos otros, queda interrumpida, bruscamente, por la inexorable muerte. Sigue Ana: ...a veces hablo a los espejos, por eso saben mis secretos. Concha amaba el cine, –desde 1999 hasta 2002, pilotó  en Telecinco, el programa contenedor La gran ilusión, donde disfrutamos de grandes películas y de magníficas charlas, que tan bien manejaba con sus entrevistados–, pero sobre todo, disfrutó mucho como espectadora, y también realizando algunas colaboraciones en El rey del mambo, Los peores años de nuestra vida, o en series de televisión como 7 vidas u Homicidios. Siempre tuvo cabida en todos sus programas el séptimo arte, y nunca escatimó un comentario de elogio, o una recomendación atrevida a nuevos talentos: directores, actores, guionistas…, coincidiendo todos en una cosa: haber tenido la oportunidad y el privilegio de haberse asomado al cálido balcón de su sonrisa.
            Ahora, ahora, ahora./Hago mil cosas que no debo/tiro una piedra sobre tu ventana... Varios recuerdos se agolpan en mi memoria y piden paso para salir: entrevistas inconfundibles con la marca Campoy que me emocionaron y de las que tanto aprendí, telediarios con el corazón en un puño, donde la serenidad de Concha armonizada en su rostro nos ponía al corriente de la actualidad. El 12 de marzo de 1988 yo estaba pegada a la radio, llena de ilusión y de esperanza, con los nervios de oyente bien puestos en su sitio. Sintonizaba Radio Madrid, porque en breves minutos la Cadena SER estrenaba nueva programación para el fin de semana, una apuesta cargada de frescura, de rigor, de sentido del humor, de mucho respeto y mucha profesionalidad. Empezaba  A vivir que son dos días y al frente de esos micrófonos Concha García Campoy, junto a Javier Rioyo, entre otros; un equipo joven y lleno de ideas innovadoras.
            Hay un momento difícil y memorable en la historia de la televisión, una imagen que se me ha quedado grabada –aunque debo confesar que con alguna laguna–. Es aquella en la que están Luis Mariñas y ella, en un estudio de TVE, al frente del telediario 1. Acababan de recibir la llamada que les anunciaba la colocación de un artefacto explosivo en el Ente público. Desalojaron el edificio y se quedaron solos, porque, como escribió Concha nada más estrenar su blog en la web de Telecinco: “Decidimos quedarnos porque entonces éramos la única ventana  y el símbolo de que no se cedía al chantaje –aún no habían aparecido las privadas, la digital y todavía faltarían unos años para que Internet irrumpiera en nuestras vidas–”. Años después la escuché decir en algún sitio que pasaron un miedo terrible y que le pidió a Luis que la cogiera de la mano fuera de plano, porque, si iba a morir, quería hacerlo sintiendo el calor de quien fuera uno de sus grandes amigos.
            Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos... Así imagino que habrán pasado la noche Manuel Campo Vidal, Fernando G. Delgado, María Rey y María Escario –algunos de sus amigos y compañeros–, dejando pasar los segundos,  resistiéndose a manejar la actualidad sin la opinión inteligente y crítica de Concha, a hablar de la Campoy en pasado, y a seguir adelante, porque no queda otra, aunque a cada uno de ellos, y a la propia Ibiza –donde se crió y creció a pesar de haber nacido en Terrassa, Barcelona– se le haya apagado un poco la luz. Estoy segura de que los medios de comunicación se han quedado más huérfanos, y nosotros también. Seguramente, la Concha, mujer de radio, estará en algún punto del dial que todavía no hemos sintonizado. Quiero concluir reconociendo la entereza que tuvo afrontando la enfermedad con optimismo y valentía, siendo un ejemplo a seguir por los suyos, y por quienes lo hacíamos a la sombra. Voy cerrando estas palabras, emocionada, este pequeño homenaje hecho con humildad, para una de las grandes, al mismo tiempo que la voz de Ana Belén acaba la canción con fuerza, y me ayuda a mí con el final: Aunque me encontrara un ángel, dudaré, si me hará volar tan alto como tú

Nota: En 1962 sobrevivió en la riada del Vallés, sin embargo, en 2013 no ha podido ganarle la batalla al cáncer. Me consta que la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión, ya están buscando la manera de perpetuar su nombre. Concha García Campoy debe ser un referente de buen periodismo para las generaciones venideras. DEP