domingo, 3 de enero de 2021

No puedo respirar

9.

Si me paro a analizarlo tal vez Jeff Blocker sea el más disciplinado de todos nosotros y quien siempre tuvo bastante claro a qué quería dedicarse en la vida. Nacido cinco años antes de finalizar la Guerra de Vietnam, creció en un ambiente libre y distendido, en el seno de una familia que entendía el concepto universal de patria: como el conjunto de principios donde todos los seres humanos son iguales. Desde pequeño devoraba cuanto caía en sus manos sobre nuevas tecnologías, redes de comunicación y dos palabras que a menudo oía decir a los suyos: infraestructuras sostenibles. Junto a sus padres, comprometidos en lo social, asistió a importantes marchas por la paz y por los derechos civiles. El 6 de julio de 1973, siendo casi un bebé, presenció la reacción de cuatro monjas arrodilladas frente a la Casa Blanca orando contra la invasión de las tropas americanas en el país del sudeste asiático, acontecimiento que marcó la lucha pacifista. La primera etapa de la infancia la pasó viajando de un estado a otro, sin ataduras, en libertad y haciendo hogar allí donde encontraban un espacio agradable. Sin embargo, al comenzar la escuela media y viendo sus capacidades para el estudio establecieron la residencia en Los Ángeles, continuando la preparación académica en la Universidad de California donde se licenció en Ingeniería Informática culminando con un master para enriquecer su currículum. Los movimientos estudiantiles le mantuvieron pegado a todo aquello que consideraba justo, nombrándole portavoz en los comités de huelga. Su etapa profesional fue muy exitosa hasta que, en 2016, en Santa Mónica, en un simposio sobre desarrolladores de software, coincidió con una compañera nuestra The Climate Reality Proyect. En uno de los recesos ella le abordó y dijo admirarle por las declaraciones hechas a la prensa en contra de la venta libre de armas a consecuencia del atentado ocurrido ese mismo junio en la discoteca Pulse, un pub gay de Orlando, donde murieron muchos jóvenes y otros tantos resultaron heridos. Terminado el evento fueron juntos al entierro de Tom Hayden, ex marido de Jane Fonda y gran activista que posteriormente ganó elecciones a la Asamblea y el Senado estatales desde donde luchó por la educación y los derechos civiles para todos. Así fue cómo comenzó el vínculo con nosotros. Ahora, una vez apartado de su antiguo trabajo se ocupa de darnos cobertura online y facilitarnos documentación cuando estamos lejos.
          Tengo la sensación de haber dormido varios siglos seguidos debido a la pesadez de los párpados y los continuos calambres que siento en las pantorrillas como si fueran descargas eléctricas. El tono insistente de la videollamada interrumpe el silencio de la habitación. Me tiro de la cama, espabilo el sueño plomizo y arrugo los ojos para ubicar el presente. ‘Markel, tío. Llevo llamando más de una hora –dice Jeff, exaltado–. ¿Dónde te metes?’. ‘Atrapado entre mis fantasmas’. ‘Anda, déjate de gilipolleces y presta atención. Abre el e-mail que acabo de enviarte’. ‘Espera un momento que enciendo el portátil –sueno gangoso–, a ver si hoy va mejor la conexión porque ayer fue desastrosa’. ‘Mira, además de la zona muerta del golfo de México, adonde vais, he visto también estas otras: Bahía de Bengala, en el océano Índico. En el Mar Báltico hay una cuya extensión es igual a toda Irlanda, y también esa isla de basura que crece incontrolada entre Hawái y California’. ‘Estupendo. Ahora dame tu opinión’. ‘No es fácil. Yo diría que nos enfrentamos a una plaga oceánica de incalculable alcance. Fíjate, buscando datos en la herramienta Reality Drop encontré que la gente habla de la acumulación de algas que se observa en el Mar Arábigo, lo cual no sólo mata a las especies marinas, es que se expande hacia aguas dulces agravando todavía más la situación’. ‘¿Entonces?’. ‘Hombre, está claro, hay que llegar a la raíz del asunto y vislumbrar soluciones. Es decir: ¿Quién causa el aumento de la tasa de hipoxia en los mares? Las industrias que vierten sus sobrantes químicos. ¿Por qué hay tanto excedente de plásticos y otros materiales de un solo uso? Por el negocio multimillonario que gira alrededor y del que nadie quiere desprenderse. ¿Es rentable seguir comercializando contaminantes agrícolas? Sí, porque a mayor producción para entrar en el mercado de la exportación más cantidad de fertilizantes y pesticidas se utilizan. Con lo cual, los proveedores de dichos productos hacen caja. Pero son sólo algunos ejemplos, y en cualquiera de los casos con matices’. ‘Fantástico, pero explícate de manera sencilla para yo entenderlo’. ‘Estás espeso, ¡eh! Hay modelos que nos indican que algo tan simple como un cambio de costumbres minimizaría los problemas medioambientales. Háblalo con Glenn Clemmons, él es el experto’. ‘Gracias, compañero. Por cierto: ¿llamaste al oncólogo de Georgia?’. ‘Sí’. ‘¿Y?’. ‘Pues nada, que ha sido una locura viajar con la quimioterapia recién puesta, aunque conociéndola no le extrañaba en absoluto’. ‘¡Qué jodía, algo así me olía. Cuídate, y no abandones el barco’. ‘No pienso hacerlo. Oye, Deanna Leone ha preguntado por ti’. ‘Gracias, ya la llamaré. Si vuelve, díselo’. ‘Descuida. Y tu madre ha pasado por aquí un par de veces. Dice que tiene que darte una noticia muy importante. Y que vengas inmediatamente de donde quiera que estés. ¿Qué hago?’. ‘Bah, ni caso’. ‘Vale. Hasta pronto, pues’. ‘Adiós’.
          Las escaleras de madera alfombradas llegan hasta la pequeña recepción The Andrew Jackson Hotel donde los dos últimos peldaños crujen avisando al distraído recepcionista de que alguien baja. Llevo el pelo aún mojado, el iPad sin wifi y un ejemplar de la prensa local abierto por la página donde pone que Estados Unidos es uno de los países que reúne el mayor número de negacionistas climáticos. Mis compañeros, aislados cada uno con sus dispositivos digitales, van ya por la segunda taza de café. El día está soleado y es agradable tomar el desayuno en el patio interior. ‘¿Y Georgia? –pregunto, disimulando la preocupación–. ¿Aún no se ha levantado?’. ‘Salió a correr temprano –responden los tres casi a la vez–, dijo sentirse eufórica’. Nueva Orleans se ha reconstruido sobre las cenizas del Katrina pese a las heridas que continúan abiertas. Las bocanadas de jazz callejero ponen color a las calles de espíritu sureño. ‘Chicos, ha sido maravilloso –dice, emocionada, empapada en sudor y luciendo el chándal que nos regalaron en un mitin de Obama con su foto en la espalda, mientras acerca a la mesa de hierro forjado un plato con crepes rellenas de Nutella y rodajas de pera caramelizada con guarnición de fresas y uvas negras, más un té rojo–. He subido en St. Streetcar’. ‘¿Eso qué es? –pregunta Nelson–: ¿Una iglesia, un museo o algún monumento desconocido?’. ‘Pero cómo puedes ser tan bruto –salta William, irónico–, es el tranvía estadounidense más antiguo que todavía funciona’. ‘Tenéis que ver la mansión privada con arquitectura del siglo XIX que acoge la Milton H. Latter Memorial Public Library –continúa ella–, y los vecindarios que abarca tanto del Barrio Francés como del Carrollton. Son espectaculares. Markel, hijo, ¿te encuentras bien? Estás pálido’. Prefiero no contestar y evito así entrar en discusión, sin embargo, digo: ‘Será mejor que nos preparemos, tenemos que ponernos en marcha. He alquilado un carro. Es amplio, iremos cómodos. Y trajes de buceo con todo su equipo, los vamos a necesitar para inspeccionar el terreno’. ‘Perfecto. No se hable más. Voy a ducharme. Seguid tocando vuestras cositas’. Sale disparada guiñándonos un ojo y provocando en nosotros una fuerte carcajada.
          Sin perder de vista los coches que se cuelan por cualquier hueco de Convention Center Blvd, Glenn conduce despacio. A consecuencia de las obras de asfaltado y mejoras en algunos edificios emblemáticos, el tráfico es infernal. Así que, sin saber muy bien si acierta o no, se mete por S Peters St en el cruce con St Joseph St, donde en una de sus fachadas destaca un grafiti a tamaño natural de Louis Armstrong. Ralentizados, hasta poner los nervios de punta, conseguimos salir a otra de las avenidas principales. ‘¿Eso de ahí es donde hacen las carrozas para el carnaval? –dice Georgia señalando hacia Mardi Gras World–. Creo que hay un mirador precioso donde el almuerzo es mucho más ameno. ¿Por qué no lo vemos?’. ‘¿Hemos venido a hacer turismo o por trabajo? –respondo molesto–. Mirad, no sé vosotros, pero yo me quiero ir cuanto antes’. En los veinte minutos escasos que dura el trayecto por mi cabeza pasan miles de cosas. Sentado en el asiento del copiloto y temeroso de que la lengua de agua se altere y pueda tragarnos, a ratos vuelvo el rostro hacia el cristal de la ventanilla para evadirme, cuando no refugio los huesos y la incertidumbre entre gráficos y mapas que Jeff preparó antes de venirnos y en los que ha acentuado la oceanografía química, física y biológica para tener una idea aproximada del grado de contaminación al que nos enfrentamos. Tomo notas, y a la vez imagino a Alaia feliz con sus padres haciendo el mismo recorrido que yo. Entonces, no puedo evitar que ciertas imágenes regresen del fondo de mi memoria. ‘¿Estás bien, Markel?’, pregunta uno de ellos mientras nos adentramos en la zona industrial a lo largo de la desembocadura del río Mississippi, donde destaca la fábrica de azúcar Domino, flanqueada por dos torres largas de chimenea y todo lo que conlleva el complejo empresarial del muelle.
          ‘Oye, ¿seguro que hemos quedado aquí? –digo, saliendo del auto– ¿No te habrás confundido con tanto zigzaguear?’. ‘Que sí, coño. Mira la ubicación que nos enviaron’. Una posible descoordinación entre la organización y nosotros nos ha dejado en tierra por algunas horas. El olor a podrido se hace insoportable. Glenn saca de su mochila unos botes esterilizados que después sella con un cierre especial, y en los que toma muestras del líquido viscoso del que retira con pinzas restos de basura: minúsculos pedazos de lo que aparentemente pudieron ser gomas de caucho, preservativos, tornillos oxidados… ‘Nelson, por favor, llama y pregunta por qué no hay nadie esperándonos’. ‘Eso, hazlo –salta Williams–. Por saber si aguardamos o nos volvemos’. La noche se nos ha echado encima disminuyendo la actividad con apenas cinco o seis operarios faenando en los astilleros. Mis compañeros, aburridos, dormitan dentro del coche a la vez que se apodera de mí una sensación extraña a la que no quiero darle demasiada credibilidad no sea que presagie alguna desgracia venidera. A lo lejos, ajenos a todo, enarbolando la bandera que ondea a ritmo de blues y country, cientos de personas bailan bajo el paraguas brillante de las luces nocturnas que luchan día a día por sobrevivir. Camino despacio, me apoyo en la barandilla y dejo que Georgia se coloque a mi lado. ‘¿Todo en orden, compañero?’. ‘No’. ‘Dale unas caladas. Sí, no me mires así, es hachís, prescripción médica. Dice mi oncólogo que fumándolo con moderación es terapéutico’. ‘¡Venga ya!’. ‘Te lo juro’. ‘¿Y tú crees que me quitará la presión que tengo aquí en el pecho a punto de estallar?’. ‘No me cabe la menor duda’. ‘El Katrina ha destrozado mi sistema inmunológico emocional y no sé cómo resetearlo’. ‘Bueno, muy fácil: Dejándote querer’. El ruido de la lancha motor que se acerca nos pone sobre aviso y despierta a los demás.
 

domingo, 20 de diciembre de 2020

No puedo respirar

8.

Son las 5 a.m. cuando los faros del taxi que viene a recogerme iluminan la fachada de la casa quedándose fijos en las macetas con violetas que adornan la ventana de la cocina, trasplantadas por Alaia y que yo mantengo vivas tras su muerte. Antes de cerrar la puerta compruebo que todo esté en orden: los grifos bien ajustados, las persianas bajas y la alarma del garaje conectada. Afuera, el frío me golpea en el rostro mientras que el chófer guarda en el maletero la bolsa con el escaso equipaje que llevo. Dentro del auto, Georgia Hardin apoya la cabeza en el respaldo de cuero que parece recién tapizado. ‘Good morning, darling’. ‘Hola, Markel’. ‘¿Lista?’. ‘¿Lo estás tú?’. La miro, y asiento un par de veces buscando quizá refugio en la comisura de su media sonrisa que intuyo forzada. Del inminente viaje que vamos a emprender a Nueva Orleans me preocupan fundamentalmente dos aspectos: mi parte emocional que gestionaré lo mejor que sepa y pueda, y la rivalidad cada vez más acentuada entre dos compañeros del equipo. ‘¿Sabes si Jeff Blocker preparó los gráficos comparativos con otras “zonas muertas”, además de la del Golfo de México adónde vamos?’. ‘Pues no lo sé –responde ella–, pero conociéndole lo habrá hecho con todo lujo de detalles’. ‘¿Hay algo de tu medicación que deba saber en caso de emergencia?’. ‘Nada que no pueda manejar yo misma. Oye, relájate, por favor. Y cuida de este –refiriéndose a mi corazón–. ¿Glenn nos espera allí?’. ‘Sí, vuela desde Aconcagua’. ‘¡Qué tío, cómo se lo monta!’. ‘Cambiando de tema. ¿Tu hija qué tal se ha tomado tener que irse con su padre?’. ‘Bueno, es pequeña para entenderlo y no sé qué pensará, aunque creo que está enfadadísima conmigo’. ‘¿Entonces no saben que vienes con nosotros?’. ‘Pues no. Evitar problemas, complicaciones y compromisos significa dar las menos explicaciones posibles’. ‘Esa lección la tengo aprendida’. ‘Mira cómo están nuestros chicos –dice, entrando en la terminal–, cada uno por su lado’. ‘Ya, últimamente no tienen comunicación’. ‘¿Y qué ha pasado con la selección de estudiantes?’. ‘Pues que el intermediario que recaudaba fondos para la expedición se ha echado atrás y ahora viajamos con un presupuesto ajustadísimo’. ‘Es decir que vamos jodidos de plata’. ‘No lo podría haber resumido mejor’.
          Hace meses que Nelson Baez y William Harrison no se soportan, y eso, quieras que no, afecta al conjunto del equipo. El año anterior The Climate Reality Proyect promocionó unos cursos en Houston para promover una cultura sostenible que neutralice los mensajes materialistas lanzados a la sociedad desde distintos ángulos. Así como la proyección del documental “Una verdad incómoda”, cuyo guionista es el exvicepresidente Al Gore, fundador, como se sabe, de la organización en la que trabajamos. La competición estaba servida, y las solicitudes para participar llegaban sin cesar de todas las oficinas repartidas en los diferentes estados. En la nuestra teníamos claro que ambos daban el perfil y estaban perfectamente cualificados. Sin embargo, desaprovecharon la oportunidad y jugaron sucio obligando a los jefes a eliminarlos de la lista de candidatos. Desde entonces cualquier iniciativa se ha convertido en una campaña de desprestigio del uno hacia el otro. Una vez, al poco tiempo de haber ocurrido esto, les pedí que me acompañaran a dar una charla muy sencilla a niños entre 6 y 7 años que versaban en torno al conocimiento de la naturaleza y su cuidado. Quedé como un idiota delante de los asistentes, puesto que mis colegas ofrecieron una sangrienta batalla campal entre ellos.
          Siempre intuí que al dominicano Nelson Baez le tentaba la posibilidad de unirse al grupo ecologista Friends of the Earth. Más aún desde que se puso en marcha la máquina del activismo, en 2014, cuando se dio a conocer la noticia de la construcción del oleoducto de combustibles fósiles: Atlantic Coast Pipeline, cuyas tuberías atravesarían desde Virginia Occidental hasta Carolina del Norte, alcanzando también territorio de Carolina del Sur, lo cual ocasionando tal contaminación de dimensiones y consecuencias incalculables, por no hablar del daño al Sendero de los Apalaches, la cima de las montañas, tierras de cultico, bosques y toda la fauna animal que transita libremente por allí. Pero, por suerte, tras largos años de lucha constante han conseguido frenar la obra, así que, las aspiraciones de nuestro compañero para incorporarse a sus filas son cada vez más atractivas, teniendo en cuenta también que nunca ha estado integrado del todo en las cosas que hacemos, es como si un muro invisible le separase de nosotros. En el avión que nos lleva rumbo a Luisiana se sienta conmigo, mientras que Georgia y William van tres filas detrás. ‘¿Piensas dejarnos?’. ‘No sé de qué me hablas, Markel –contesta–. ¿Acaso estás invitándome a hacerlo?’. ‘Por supuesto que no, y lo sabes. Perdería a una excelente persona y a un gran profesional’. ‘Lástima que los demás no opinen igual’. ‘Todavía recuerdo el día que os encontré en Mayo Civic Center y tu seguridad para convencerme de que asistiera con vosotros a la conferencia de Lois Gibbs, a partir de ese momento cambió mi vida, y eso, en parte, te lo debo a ti. ¿Dime qué puedo hacer para que te quedes?’. ‘Nada’. Gira la cabeza hacia la ventanilla y se recoge en el monasterio de su silencio.
          De familia humilde, nació en el corazón de un suburbio en Santo Domingo, cerca del barrio Mandinga. Al igual que sus amigos se crio en la calle buscando una manera de escapar de aquel escenario deslucido y sin futuro del que no quería formar parte. Sobre todo, viendo a su padre, de oficio plomero, volver deslomado cada noche de la dura jornada y después recorrer a pie algo más de cinco millas. Y, a su madre, ama de casa, haciendo malabarismos para darles de comer un apetitoso plato de La Bandera, que, en ocasiones, servía tan sólo con arroz blanco y habichuelas, a falta de la carne guisada, ingrediente estrella que no siempre podía comprar. Alcanzando la mayoría de edad, consiguió dinero y emigró a USA. Primero, a través de unos conocidos fue a Lenoir City, en el estado de Tennessee, pero no encajaba bien en el sitio, así que, cuando supo que en algunas estaciones del ferrocarril de Minnesota necesitaban gente, vio el cielo abierto para lanzarse y probar fortuna. No obstante, al final, terminó de camarero en Rochester. En esa época en Century High School, me dejaron un aula que nadie usaba para dar clases nocturnas de español a personas con dificultades económicas. Aunque él manejaba bien el idioma se convirtió en alumno mío para ampliar el vocabulario y entender mejor a los clientes latinos que frecuentaban el restaurante. Una compañera nuestra de la organización comía allí, entablaron amistad y, Nelson Baez pasó de servir cervezas a solitarios maleducados, a recorrer Estados Unidos hablando de problemas medioambientales.
          William Harrison nace en Minneapolis, la Ciudad de los Lagos. Desde pequeño tuvo todo tipo de oportunidades para seguir los pasos profesionales de sus padres, pediatras en Children`s Minnesota y, por tanto, miembros de la American Academy of Pediatrics –después se trasladaron a Rochester Northwest Clinic para tener una vida mucho más tranquila–. Sin embargo, esa no era la vocación del niño. Así que, en una de aquellas cenas donde se chupaban los dedos con el hotdish que mamá Evelyn, abuela materna, preparaba con tanto mimo, anunció que se iba a Ecuador a trabajar en una fábrica exportadora de madera. Alguien de su familia era pariente lejano de la directora de mi escuela, de manera que, como favor personal hacia ella, acepté darle clases intensivas de español para que se defendiera en Sudamérica. El único hueco libre que encontré en mi agenda fue los domingo por la mañana, aceptó y eso me costó más de un enfado con Alaia. Muy pronto me di cuenta de que le costaba muchísimo desnudar sus pensamientos, quizá por miedo a la vulnerabilidad, no lo sé, aunque lo que sí puedo asegurar es que posee una inteligencia superior a la de muchos de nosotros. Durante su estancia en Portoviejo se acercó al Movimiento de Izquierda Revolucionaria compartiendo tertulias con exdirigentes marxistas-leninistas de Chile, Venezuela o Perú, tentándole para formar parte de sus filas. Sin embargo, al conocer que la ONG Global Witness luchaba para proteger la explotación de los recursos naturales y denunciar, a su vez, los asesinatos de las personas defensoras de la tierra, optó por unirse a ellos. Una noche, en un debate televisivo entre “negacionistas” del cambio, del Heartland Institute, y, “ambientalistas” próximos a la escultora Rachel Binah, quien protagonizara en 1998 la protesta contra la explotación petrolera en alta mar frente a la costa norte de California, comprendió que debía cerrar la etapa de cortador de tablones y volver al punto de inicio. Es decir, a Rochester, donde contactó de nuevo conmigo uniéndose al equipo de estrechos colaboradores.
          Al bajar del avión en el Aeropuerto Internacional Louis Armstrong, tan diferente de aquel otro con las pistas llenas de aeronaves del ejército y hospitales de campaña, cuando el huracán Katrina, me sobrecoge la espesura de una niebla que se adentra por todos los poros de mi piel tanteando los acelerados latidos del corazón. Como si me hubiera perdido en el tiempo, busco entre las caras de los pasajeros las de aquellos militares que se abrían paso evacuando a los heridos, náufragos de una catástrofe anunciada. Cierro los ojos y no consigo que desaparezcan las imágenes de la gente pidiendo auxilio, ni la de Iker y Sira diciéndome adiós desde el taxi que nunca más les traería de regreso, como tampoco se me va de la memoria del gusto –aquí todavía más acentuado– el sabor del último beso de Alaia. I can't breath. I can't breath. I can't breath, susurro. Georgia Hardin se apoya en mi hombro. ‘¿Estás bien, Markel?’. ‘Sí, tan sólo algo aturdido’. ‘Será por la presión’. ‘Será’. Los dos sabemos que no. ‘Mirad quien está allí –señala Nelson hacia la izquierda–: Glenn Clemmons'. ‘Ah, sí. ¿No te dije que nos acompaña?’. ‘Pues no, como siempre soy el último en enterarme de las decisiones’. ‘Perdona, la culpa es mía –digo, apesadumbrado–, ando despistado y se me pasan las cosas. Creí haberlo hablado con todos. Su opinión, como experto, va a ser fundamental para orientar nuestra tarea, por eso le pedí que viniera’. No termino la frase cuando el cálido abrazo de mi amigo científico reconforta la amargura que siento. ‘¿Qué tal, compañeros? Cuánto tiempo sin vernos. ¿Cómo os va?’. ‘Bien, ¿y a ti? –responden educados–. ¿Has tenido buen vuelo?’. ‘El viaje desde Aconcagua hasta el Aeropuerto Internacional Ezeiza ha sido complicado. De ahí, a Houston, estupendo. Pero la escala de tres horas y cuarto se ha convertido en casi siete, luego sesenta minutos más y aquí. Total, que estoy molido’.
          A pocas cuadras de Bourbon Street, adonde William Harrison quiere ir a escuchar jazz en directo tomando una copa, nos hospedamos en The Andrew Jackson Hotel, ubicado en una preciosa casa de dos plantas, de estilo sureño, que ofrece calidad y confort para alguien que, como yo, apuesta por permanecer alejado del ruido. Nos asignan las habitaciones, y dejamos a Georgia la de mayor encanto para que disfrute de las vistas a la calle Royal por donde transitan los carruajes tirados por caballos que pasean a los turistas durante todo el día. ‘¿Entonces no te animas a venir conmigo? – me dice–. Te iría bien despejarte’. ‘No. Además, Jeff Blocker va a hacer una videollamada para concretar detalles. Diviértete y no bebas mucho’. Creo que es la primera vez que me ha guiñado un ojo. El agotamiento cayó a plomo sobre mí. Tendido en la cama, y sin haberlo planeado, Nueva Orleans me ofreció sus brazos…

domingo, 6 de diciembre de 2020

No puedo respirar

 7.

‘Queremos que dirijas una expedición muy importante –los jefes me citaron en Cooke Park evitando así la intromisión de chismosos–. Tienes libertad para elegir a tu equipo y también al pequeño grupo de estudiantes que os acompañarán. Esto último no es negociable ya que el intermediario que recauda fondos para nosotros lo pone como condición’. ‘¿Dónde es?’. ‘Esa es la cuestión, que somos conscientes del esfuerzo que te vamos a pedir’. ‘Soy todo oídos –me pongo nervioso–. No me gustan los misterios ni las sorpresas, así que: al grano’. ‘Viajaréis a Luisiana’. ‘La respuesta es no’. ‘Markel, por favor. Deja que nos expliquemos y después decides, ¿de acuerdo?’. ‘Vale’. ‘Hemos elaborado un estudio donde se cuantifica el aumento de la “zona muerta” del Golfo de México que, como bien sabes, se sitúa en la desembocadura del río Misisipi, entre las costas de…’. ‘Conozco perfectamente la ubicación’. ‘Descubrimos que la escorrentía que campa libremente arrastrando al mar fertilizantes generosos en nitrógeno y fósforo, así como también aguas residuales, han trazado en esa área específica del continente una franja contaminada que cada vez se hace más amplia. Este fenómeno cíclico sucede en primavera y conlleva un aumento importante de algas, las cuales, al descomponerse por el calor, disminuyen el nivel de hipoxia, lo que implica la asfixia para los animales que andan por allí’. ‘Vuestra propuesta es muy tentadora, os lo digo sinceramente, pero no puedo aceptarlo, es doloroso para mí’. ‘Nos hacemos cargo. No obstante, medítalo. Nombra a un codirector de tu confianza que te ayude y así no recaerá toda la responsabilidad en ti’. ‘Lo voy a pensar. Ya os daré una respuesta’. ‘Sólo tienes cuarenta y ocho horas, hay que partir de inmediato’.
          Aquella noche medité la propuesta y decidí contactar con Glenn Clemmons, científico canadiense al que conocí en 2016, en la sección de mascotas de un supermercado eligiendo comida ecológica para perros. Me fijé en el pin que llevaba sujeto en la solapa The Reality Climate Proyect. ‘Yo trabajo ahí –dije, señalando la chapa–. Nunca habíamos coincidido’. Se presentó y dijo que sus participaciones en la organización eran puntuales. Así comenzamos una estrecha amistad que nos ha conducido también a emprender varias iniciativas juntos. Nació en la isla de Baffil y, a los veintidós años, tras ganar en un concurso de la tele un viaje a la Antártida, cuyo paisaje le impresionó, decidió dedicarse a la investigación para la conservación de la Tierra, registrando en gráficos el continuo desprendimiento de las planchas de hielo. Lleva meses perdido en Aconcagua, la mayor de la cordillera de los Andes, al oeste de la República Argentina, con un grupo de alpinistas, antropólogos y expertos en la interacción humana, para valorar el estado de las cumbres y la accesibilidad de las rutas, causando el menor daño posible a la naturaleza. Así que, haciendo un cálculo de tiempo, intento comunicar con él cuando comprendo que estará en el campamento descansando de la agotadora jornada. ‘Markel, ¿eres tú? No escucho bien’. ‘Glenn, ¿me oyes?’. ‘Aguarda un momento que salgo de la tienda, a ver si hay mejor cobertura’. ‘Hola’. ‘Ahora, sí. ¿Cómo estás, amigo?’. ‘Echándote de menos. ¿Cuándo vuelves?’. ‘Uf, no tengo ninguna gana. Esto es espectacular. Te habría encantado venir. Y por allí, ¿cómo van las cosas?’. ‘Pues, más o menos, sin novedades. En permanente campaña electoral, ya sabes. Oye, quiero proponerte algo’. ‘Dime’. Termino de narrar la propuesta de los jefes y espero a que responda. En realidad, a que se quiten las molestas interferencias. ‘¿Has entendido lo que he dicho?’. ‘Sí, todo’. ‘¿Y?’. ‘Pues que… Si tú vas, yo voy’.
          En la última reunión anual de antiguos alumnos del Jefferson Elementary School, en Winona, a la que asistió Georgia Hardin, coincidió en la misma mesa con un viejo compañero al que no veía desde la graduación. ‘¡No me lo puedo creer! ¿Robin?’. ‘¿Y tú eres…? –aunque trató de hacerse el escurridizo lo cierto es que aquella chica tenía algo especial que le atraía muchísimo–. ¿Qué tal, querida? ¡Cuánto tiempo!’. ‘Bastante, sí. ¿Cómo te va?’. ‘Estupendamente’. ‘¿Al final conseguiste tu sueño de ser arquitecto?’. ‘Me costó, pero sí. Tengo el despacho cerca de aquí, no me he mudado de ciudad. ¿Y tú?’. ‘Mi familia se trasladó a Rochester, y allí encontré otra escuela tan buena como ésta. Ahora trabajo en una fábrica de suministros industriales, pero quiero dejarlo y dedicarme a la cultura medioambiental’. ‘¿A la qué?’. ‘Es el estudio de la relación de los seres humanos con el ecosistema haciendo un uso racional de las cosas naturales que nos rodean’. ‘Muy idílico y bonito, pero la realidad es diferente’. ‘¿Tú crees? Desde tu profesión, por ejemplo, se pueden realizar cambios muy importantes’. ‘¡Ah, sí! ¿Cómo cuáles?’. ‘Sustituir el tejado de pizarra por uno fabricado con gomas de neumáticos, colocar paneles solares para general electricidad, aislar las paredes con un material que incluye en su elaboración un cincuenta por ciento de soja, instalar un sistema de cisternas subterráneo que recoja el agua de lluvia…’. ‘Coño, me dejas impresionado. Aunque, de hacerlo, dispararía el presupuesto para nuestros clientes abocando al sector a una pérdida inevitable de empleos’. La conversación terminó enmarcada en Sugar Loaf, un acantilado impresionante que se encuentra por encima del cruce de la ruta 61 con la autopista estatal 43. Ahora las cosas habían cambiado para ellos, estaban divorciados y sólo les unía la hija de seis años que tenían en común.
          ‘¿Vendrás a la reunión de esta noche? –pregunta Georgia Hardin, quien nos cautiva siempre que cuenta algo personal–. Nelson, Glenn y yo no nos queremos perder la cara de Deanna Leone cuando vea el alto porcentaje que hay de jóvenes conservadores opinando que el gobierno federal, está haciendo poco o nada por frenar los problemas medioambientales, lo cual puede desembocar en un más que probable vuelco electoral’. ‘¿Eso piensas?’. ‘Sí, no me cabe ninguna duda’. ‘Pues yo no estoy tan seguro –contesto–. Ya sabes que ella niega el calentamiento global fundamentándose en el capítulo 8 del Génesis, donde dice que, tras acabar el diluvio, Dios promete que habrá inviernos y veranos tranquilos, noches y días normales, y que nada volverá a alterar a la naturaleza’. ‘¡Qué bobada!, es la actividad del hombre sobre la Tierra la que provoca, con su mala actuación, la aparición de fenómenos atmosféricos adversos. Nosotros no buscamos el enfrentamiento, apostamos por el diálogo como herramienta para mejorar las cosas, entendiendo que, cuidando el entorno, por minúsculo que ´éste sea, preservamos el ecosistema ayudando a la repoblación de todas las especies y por supuesto aquellas que están en peligro de extinción. Reciclar no se ciñe sólo a cumplir con la campaña publicitaria de turno hecha por las administraciones con fines electoralistas, es de sentido común asimilar que la mayoría de las cosas son reutilizables. Es decir: un compromiso personal contraído con aquello que sea susceptible de ser fuente de energía, de lo contrario, a las generaciones venideras les va a quedar la perspectiva de un futuro ignoto’. ‘Estoy de acuerdo, pero para llevarlo a cabo necesitamos un amplio despliegue y, sobre todo, muchísima mano izquierda y toneladas de paciencia’. ‘A veces me pregunto si lo que hacemos sirve para algo’. ‘¿No te lo parece?’. ‘Según’. ‘A mí me pasa igual. ¿Le has dicho ya a la niña que se va una temporada con su papá?’. ‘No, todavía no’. ‘¿A qué esperar?’. ‘A tener fuerzas’. Y vaya si las tuvo. Esa misma noche realizó una de las llamadas más difíciles de su vida. ‘Hola, Robin. Necesito que vengas a por Elizabeth, me han detectado un tumor maligno y voy a entrar en el ensayo clínico de una quimioterapia experimental’. Imaginó, al otro lado del teléfono, palidecer la cara de su exmarido, temblarle las piernas y venírsele encima una avalancha de incertidumbre.
          ‘Cariño –dice Georgia Hardin–, mami tiene que hacer un trabajo muy importante y voy a estar fuera algunos meses, por eso papá ha venido para llevarte con él, ya verás qué bien lo vais a pasar juntos’. ‘Oye, gatito, no te pongas triste, yo también quiero que estés conmigo. Además, con la llegada de tu hermanito –esperaba el primer hijo de su segunda esposa–, necesitamos de tu ayuda’. La niña, de apenas seis años, coge del brazo a su muñeca favorita y se mete en la cama. ‘Robin, ten paciencia, está desconcertada y lo manifiesta acentuando su carácter introvertido’. ‘Sabré estar a la altura, no te preocupes. ¿Cuándo empiezas el tratamiento?’. ‘A finales de semana me repiten la analítica y, si todo va bien, inmediatamente’. ‘¿Te acompaño? No me parece buena idea que vayas sola’. ‘Ya, pero lo prefiero’. ‘Testaruda’. Sentada en la parte trasera del auto, con el cinturón de seguridad presionándole la pena del pecho, las rodillas algo flexionadas, los auriculares encajados y una película de dibujos animados, la criatura se abstrae de eso tan raro e incomprensible que le pasa a su mamá. Ella, rota de dolor, arrima los labios a la mejilla de la pequeña y, abrazándola, pronuncia las tres palabras mágicas entre ellas: ‘I love you’.
          Georgia Hardin es una mujer de gran temperamento que nunca ha dejado de demostrar su fortaleza, tanto en el ámbito privado como en el profesional. Cuarta hija de un destacado miembro de la “National Rifle Association”, creció marcando distancias con los defensores de la Segunda Enmienda, protagonizando, a menudo, desagradables discusiones con su progenitor, quien propuso que la expulsaran de la iglesia pentecostal cuando se negó a ser rebautizada. Así que, fue un gran alivio para todos anunciar su matrimonio con un chico de buena posición, aunque la felicidad duró poco. Ahora la miro y me duele verla tan deteriorada. ‘¿Te sientes con ánimos para venir con nosotros? –digo, recostado en el mueble archivador–. Si lo prefieres, puedes incorporarte más adelante’. ‘Ni hablar, tengo efectos secundarios muy leves y no pienso compadecerme arrugada en un sillón, sólo tengo cáncer, no estoy inútil’. ‘Por mi perfecto. ¿Dónde os habéis metido, tíos? –pregunto a Jeff Blocker y William Harrison–.  Hace más de una hora que os esperamos. Voy a hacer unas fotocopias, enseguida vuelvo’. La puerta queda semi abierta y escucho sus murmullos en tono bajo: ‘¿Creéis que Markel ha aceptado este proyecto para ponerse a prueba?’. ‘Es un tipo bastante duro y han pasado muchos años desde que su mujer falleció –interviene Jeff–. Las cosas se suavizan’. ‘Tú le conoces mejor que nosotros, Georgia. Dinos qué opinas’. ‘Supongo que no será fácil volver a Nueva Orleans, pero al final el dolor de las tripas toma asiento’. ‘Sin embargo, una muerte así, tan trágica, deja secuelas’. ‘Bueno, lo importante es que se le nota entusiasmado’. ‘Ya, pero a veces tiene la mirada tan sumergida en el vacío –corta William– que parece hacer inmersiones en las anegadas calles de sus recuerdos’. Regreso y callan…