domingo, 11 de junio de 2017

Bean Howard

El abuelo Miguel compraba galletas Napolitanas en caja de cartón duro −todavía se me hace la boca agua recordando el sabor a canela−, para que, una vez vacías, yo pudiera reutilizarlas guardando dentro mi colección de tesoros exclusivos, descargados del bolsillo abultado del babi, porque de no haberlo hecho así se habrían perdido en el censo ordenado de los armarios. Anoche no tenía sueño y abrí una sabiendo que todos son artículos del bazar que mercadea a orillas de la nostalgia: chapas de TriNaranjus, un cubilete rojo de parchís, un cacho de tela deshilachada con una inicial sujeta por alfileres, un imperdible de plástico, la primera pulsera de cuero regalo de mami, calcomanías de los tebeos de moda, una cuarta de cuerda de esparto y papeles de varios tamaños con dibujos de trazo infantil y anotaciones. Desdoblo uno de ellos y leo estos versos hermosos de Eeva Kilpi, poeta finlandesa, centrada en lo cotidiano de las emociones y sentimientos femeninos: “Dime si molesto,/dijo él al entrar,/porque me marcho inmediatamente./No sólo molestas,/contesté,/pones arriba toda mi existencia./Bienvenido”.
          Me he mudado a un miniapartamento luminoso, céntrico y con unas vistas generosas de la ciudad, en Queen St. West, a pocas “cuadras” del Peter Pan Bistro −cuyos menús quedan lejos del alcance de mi bolsillo−. La cocina y el comedor dormitorio son una sola pieza separada por medio mostrador con cajones a un lado y dos taburetes al otro. Un ventanal hasta la junta del techo canaliza los rayos de sol hacia el sofá convertible en cama al llegar la noche. Pegado a la puerta estrecha del aseo, esquinado en el suelo para no estorbar, reside el equipo de música y algún zabuton −cojín japonés− traído de Kōbe. Hiroshi y Naoko están muy preocupados por mí, y como se les han agotado las ideas para arrancarme de casa han confiado dicha tarea a Mizuki y Keiko, quienes, cuando terminan de estudiar, vienen cada tarde con diversas propuestas, como colgar las estanterías hechas por su padre con maderas rescatadas de las basuras, y poner en ellas lo que sigue todavía sin desembalar. Pero donde hacen más hincapié, y poder de convicción vaya si tienen, es en salir a algún sitio, a pesar de decirles que una aguanieve de años me ha caído por encima.
          Bean no se presentó a mi comida de cumpleaños, y tampoco apareció por casa al día siguiente y, según tengo entendido, todavía no ha retirado sus pertenencias del garaje cedido por el casero cuando rescindimos el contrato de alquiler. ‘Querido Andy −comienza así la carta suya traída en mano−. No sé por dónde empezar. Sabes que no me resulta fácil expresar los sentimientos al ser bastante parco en palabras, pero quizá debería hacerlo pidiéndote perdón. Mereces una persona al lado que no escatime en cariño y sepa entregarse desinteresadamente. Alguien que no se haga el remolón en la aduana de los prejuicios por cobardía. En definitiva: un ser libre como tú. Lo mejor que me ha pasado en la vida es haberte conocido y descubrir una manera de querer diferente e impensable hasta entonces. Lo peor comportarme como un imbécil que antepone disciplina por felicidad. La naturalidad tuya tratando cualquier asunto, delicado o no, frente a la estricta y encorsetada educación que he recibido, debería haber bastado para abrirme los ojos a un horizonte más templado. No ha sido así, y lo lamento muchísimo. Soy consciente de la mala imagen que dejo, de lo desagradable de los últimos meses haciéndotelo pasar muy mal. No he sabido evitarlo. Echo de menos mi ciudad, mi gente, mi familia y no me siento cómodo en Toronto. Te quiero, pero tomo la decisión, aunque sea equivocada y después me arrepienta, de no seguir contigo. Diles a Mizuki y Keiko que las voy a recordar siempre. Asumo la culpa y me llevo el corazón en pedazos, pero me niego a hacerte más daño. Te deseo lo mejor, en lo personal y en lo profesional. Llegarás alto, lo sé. Tal vez amanezca un día en que dejes de guardarme rencor, sacando lo positivo de esta ruptura. Quiero acabar diciendo que con nuestra separación uno de los dos sale perdiendo, y no eres tú, por eso, con el tiempo espero tener valor para perdonarme. Tendrás éxito en todo cuanto te propongas, no lo dudo en absoluto. Cuídate, y no dejes de soñar’. La he leído tantas veces que todavía una sobre otra no ha solapado el dolor de la primera…
          Huele a chocolate recién hecho, y eso evoca en mi memoria al Madrid castizo con sus callejuelas estrechas, empinadas, y la oferta de fonda barata y taberna de guardia que nunca le fallan al viajero. Son las siete de la mañana, hace un frío de justicia y he salido con Naoko a correr por Queen’s Park. En un cruce de caminos, el anciano plantado en jarras que siempre sermonea con la llegada del fin del mundo, y al que se le nota mucho la cojera, tira de un viejo perro desgreñado y hediondo como él, a la vez que vocea con dedo acusador a un público invisible: ‘Bastards, you are going to push me to the ground’. (Cabrones, me vais a tirar al suelo). Hacemos un alto para beber café del termo que traemos para la ocasión, y sentados en un banco próximo a la escultura del crítico literario Northrop Frye, quien defendió durante toda la vida “el orden de las palabras”, digo: ‘No creas, cuesta muchísimo, pero no tengo más remedio que hacerme a la idea de que jamás volverá. Es un proceso lento y, sobre todo, desgarrador, que quema las entrañas y te deja noqueado. Buscar a Bean entre la gente que se mueve de un lado a otro de la ciudad es como tirar piedras a un charco de agua que aleja y distorsiona el paisaje reflejado, que ya no podrás tocar por mucho que alargues la mano… −Los ojos de mi amiga se van achicando según se humedecen−. Sin vosotros, sin la energía de las niñas, sin la comprensión de Hiroshi, sin tu paciencia y cariño, no lo conseguiría. Sois la familia que he elegido y…’. Naoko me abraza y todo comienza a tomar sentido.
          Ha pasado casi un año y sigo volcado en el trabajo sin atender lo sentimental. Algunos profesores de la escuela preparamos una coreografía para la representación teatral de cuentos infantiles organizada por el Ayuntamiento de Toronto. La sala cedida para los ensayos es bastante pequeña, por lo que montamos los pasos calculando cómo será el espacio real que habrá en el escenario. Aquella compañera operada de cáncer de pecho, a la que recomendé el deporte náutico dragon boat, me cita en el restaurante Seven Lives, donde sirven riquísima comida mexicana, entre otras cocinas varias. La veo espectacular, su piel vuelve a tener un tono natural, ha ganado peso y se plantea adoptar un bebé. Hasta que no esté físicamente a pleno rendimiento no se reincorporará, pero le gusta que le cuente cómo está el ambiente. ‘¿Quieres decirme algo en particular?’. Noto que titubea y da rodeos a la conversación. ‘Me he acordado mucho de ti −dice−. Al terminar el tratamiento, y autorizada por la oncóloga, hemos viajado a San Francisco, Buenos Aires y parte de Reino Unido. En Londres vi a Bean −se me acelera el corazón−. Al principio no caí, pero cuando me acerqué era inconfundible. Salíamos de un centro comercial y le digo a mi marido: Mira que original ese mimo vestido de Estatua de la Libertad. Él me reconoció y paró la actuación’. ‘¿Cómo está?’. ‘Triste y aviejado −responde−. Me preguntó por ti y apareció la derrota en su mirada. Vive en Bath con su padre, la crisis retardada ha quebrado el negocio y se mantienen de lo que gana en la calle como cómico…’.
          Desde hace semanas no ha dejado de nevar. Me desplazo por la red PATH sin salir apenas a la superficie, excepto para cosas puntuales, como hoy, que he quedado con Mizuki y Keiko en Nathan Phillips Square, por si podemos patinar en la pista montada al aire libre. Están convirtiéndose en dos bellísimas mujeres, con carácter y la cabeza muy bien amueblada. Han heredado el comportamiento sencillo de su padre y el físico de su madre, lo que las hace todavía más atractivas e interesantes. Ya casi no vienen con nosotros, van con su grupo de amigos donde hay dos pretendientes italianos que no las dejan ni a sol ni a sombra, y de los que están, según me cuentan, muy enamoradas. ‘¿Volverás alguna vez a España, tío Andy?’. Esto me coge desprevenido. ‘No lo sé mijita. Nunca se sabe. El futuro y las circunstancias son imprevisibles…’. Pero mejor les habría dicho que lo que de verdad me apetecía era regresar a la ciudad interior de las personas que se me han ido, a sus parques llenos de escondites, a sus estaciones de trenes donde siempre paraba el mío, a los abrazos como la banda sonora que te reinventa y a la fideuá de los domingos… La plaza está llena de gente, y el hielo listo para resistir la herida que le dejará la cuchilla. Mientras me deslizo con total libertad por el circuito, tengo la sensación como que me traslado al principio de venir aquí, donde cada experiencia era un horizonte a explorar, y la vida con Bean la estructura de una nueva patria. Aunque todavía me duele su ausencia y la manera que tuvo de despedirse sin mirarme a los ojos, paso por delante de determinadas calles por si el eco me nombra… Y como dice Hiroshi, imitando mis mejores momentos: ‘Pero, ¿que tú por qué no pasa página ya, mi hermano?’.
          He recibido una invitación de boda desde Oregón. Mi tío el mayor −nunca nos hemos visto− celebra su quinto matrimonio −ninguno de ellos, salvo el primero que duró once años, han superado los seis o siete– y quiere que vaya. Pero, casualmente coincide que la profesión me sitúa en otro cuadrante del atlas: en América del Sur, hacia la mitad oriental del subcontinente. Naoko me lleva al aeropuerto, y, antes de entrar a la sala donde espera el resto de bailarines, abrimos una de las cremalleras de la maleta grande, porque había olvidado guardar la pajarita de mis chicas junto al espíritu habanero. ‘Llama cuando llegues’. ‘Que sí, pesada. No te preocupes’. ‘Es que te conozco, y con nada se te va el santo al cielo’. ‘Que no, coño. Ya lo verás’. ‘Bueno, vale’. ‘Anda, gruñona. Ven aquí, que te quiero’. ‘Y yo a ti’. ‘Un mes se pasa en nada, y cuando quieras darte cuenta he vuelto…’.

domingo, 4 de junio de 2017

Kōbe

Bean lleva siete días en Reino Unido, y la casa se me cae encima. Las baldosas supuran tristeza por las juntas, desencolando el cemento cuarteado, y la soledad enrarece tanto el ambiente, que ni siquiera pasando la aspiradora por los rincones soy capaz de devolver la armonía a mi persona. Hiroshi, un apasionado del bricolaje, muy perfeccionista en el acabado de lo que arregla, viene, con la excusa de desatascar el fregadero, a ver cómo estoy. En la despensa busco un paquete de té verde para hacernos una infusión, pero sólo veo galletas dietéticas, que detesto tanto. ‘¿Cómo estás, Andy?’. ‘Raro’, −contesto−. ‘¿Por qué no te vienes de vacaciones con nosotros a Japón? Mizuki y Keiko tampoco han estado. Será divertido, lo pasaremos bien. Aquí realmente no haces más que dar vueltas a las cosas. Piénsalo, y nos dices. Partimos dentro de un mes y hay que prepararlo todo’. ‘Uf, no sé qué decirte, mijito. Para entonces habrá vuelto el inglés y… Pero bueno, deja que lo consulte con la almohada. Me apetece muchísimo…’. A estas alturas de la historia sabemos que he aprendido del abuelo Miguel a trazar una ruta en el mapa, coger cuatro trapos, algo de dinero, unas buenas botas y lanzarme a la aventura cuando la melancolía viene desbocada a agarrarme por las pelotas…
          Kōbe es una ciudad exótica e industrial, de las más pobladas del país. Bastaron 20 segundos para que un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter la destruyera. ‘¿Veis ese espigón de ahí, el que está destrozado junto al nuevo?, −señala Naoko−. Lo han dejado tal cual para que no olvidemos lo que pasó. Nuestra zona, adinerada y residencial, fue una de las menos afectadas. Sin embargo, el barrio de Nagata estuvo muy castigado’. Hiroshi traga saliva, se limpia las lágrimas y dice: ‘Nosotros por suerte no nos encontrábamos en la isla de Awaji, sino en Tokio, por un asunto familiar, de lo contrario…’. Las niñas, que ya no lo son tanto, me abrazan compungidas. ‘Vamos al Earthquake Memorial Museum −propone Naoko−. Hay grandes pantallas donde reproducen el seísmo’. Mizuki y Keiko están agotadas, pero resisten porque saben que para sus padres es importante compartir esas experiencias. “Dejé por ti un temblor, dejé una sacudida,/un resplandor de fuegos no apagados,/dejé mi sombra en los desesperados/ojos sangrantes de la despedida”, susurro casi al oído estos versos de Rafael Alberti. ‘Entonces ese mismo año os conocéis en el festival de Jazz, ¿no?’, −pregunto−. ‘Qué va, fue al siguiente’, −contesta Hiroshi−.
          Las chicas se han quedado atrás, enganchadas a las redes sociales. Nosotros esperamos pacientes en el jardín Sorakuen, donde se ubica la residencia de un antiguo alcalde que, al igual que las viviendas contiguas, fue derribada durante la Segunda Guerra Mundial, siendo reconstruido todo el conjunto posteriormente. En medio hay un estanque rodeado de arbustos tropicales llamados sotetsu. Estamos en Kitano-chō, distrito a los pies de la cordillera de Rokko. ‘¿Y vuestra boda?’. ‘En realidad nos casamos por lo civil un año antes de que naciera Mizuki, y lo hicimos en Toronto, −dice Naoko−. Para mis padres he sido la hija díscola que iba contra las normas de esta sociedad tan estricta con las mujeres: caminar dos pasos por detrás del hombre, no opinar abiertamente en público, desposarse con alguien del mismo entorno y posición social…, características que pueden darse también en otros países, sin duda…’. ‘Nunca fui de su agrado −continúa él−, creían que me movía sólo por dinero: un cazafortunas muerto de hambre. Los míos tampoco admitieron que no me dedicara al campo, siguiendo la tradición. Nos gustaría tanto cambiar el criterio de unos y otros que… Pero hay cosas imposibles. Nuestro mayor deseo era casarnos rodeados de los nuestros, pero cuando lo comunicamos fue tal el desprecio que nos volvimos a Canadá. Aquello supuso para nosotros la ruptura definitiva. Ya no existían puentes, porque lo estricto y encorsetado acababa de cargarse el sentido común. De repente nos sentimos intrusos en el país que nos vio nacer…’.
          El día ha dado para mucho. Me duelen los pies y tengo ganas de llegar al hotel para meterlos en agua caliente. Sin embargo, no puedo ser descortés y acompaño a Hiroshi a la cafetería giratoria de la Torre del Puerto de Kōbe, donde se alcanza a ver hasta la bahía de Osaka. ‘Aquí veníamos Naoko y yo al principio de conocernos para mezclarnos entre los turistas y pasar desapercibidos. En Japón no solo se estremece la tierra, lo hacen también las entrañas de quienes tienen que irse fuera. A mí se me ha tachado de oportunista en lugar de enamorado. No te voy a engañar −añade, eligiendo muy bien las palabras−, a veces en Toronto echo de menos espacios acogedores como éste en el que ahora estamos, pero después comprendo que con el ser humano se mueve también el paisaje propio que incorpora cada uno, donde cabe lo bueno y lo malo, el éxito y el fracaso, el cariño y el desconsuelo…’. Las luces de neón brillan a lo lejos, parpadeando como ramos de colores distribuidos por la ciudad para que nadie se sienta solo. Estoy vivo. Percibo el fuerte olor, que el viento deja caer como gasas, al salitre del mar de esta manga del Pacífico, que me recuerda a otros muelles donde, para no extraviarlos en las mudanzas, guardé momentos de amor y de despedida. ‘Le echas de menos, ¿verdad?’, −pregunta Hiroshi de repente−. ‘¡Muchísimo, mijito!’. −Ambos bebemos un trago largo de sake−. ‘A veces es difícil querer sin que parezca lo contrario. Bean no es un tipo fácil de tratar. Modula una manera de ser que puede resultar crispante para los de fuera. Imagino cómo será para ti. Hay quienes no encajan por más que lo intentan. Quizá se precipitó yendo a Toronto, igual no estaba preparado para un cambio de vida tan radical… No sé, conquístalo una vez más…, y ten muy claro que mañana el sol volverá a salir por el Este…’.
          Mizuki y Keiko esperan a su padre en recepción con dos bolsas llenas de bocadillos y botellas de agua. Se van al Museo Anpanman, héroe con la cabeza de pan, protagonista de las aventuras de libros infantiles, escritos e ilustrados por Takashi Yanase, que leyeron de pequeñas, y por quien sienten curiosidad de ver cómo es a tamaño real. Naoko y yo iremos a hacer senderismo por el Mount Maya. ‘¿Lo estás pasando bien? −me pregunta en pleno contacto con la Naturaleza, pero no puedo contestar porque retoma la conversación−. Espera aquí un segundo, te quiero presentar a alguien. −Viene acompañada de una mujer mayor que ella. Me saluda con una leve inclinación de cabeza, y yo respondo igual−. Fue mi profesora de ética y la primera persona que me abrió los ojos a Occidente…’. Me pareció alguien interesantísimo, muy preparada y absolutamente actual. Dice no haber salido del país, pero a mí se me antoja que ha dado más de una vuelta al mundo…
          El taxi que nos lleva al Aeropuerto Internacional de Kansai, ubicado en una isla artificial de la bahía de Osaka, no tiene una sola mota de polvo, y las manos del taxista están cubiertas con guantes de algodón blanco impoluto. Naoko, sentada a mi lado, va muy triste. ‘¿Qué ocurre, mijita?. −Con la cabeza me dice que nada−. ¿Qué te preocupa? Sabes que me lo puedes contar’. −Se apoya en mi hombro y rompe a llorar−. ‘Daría lo que fuera por abrazar a mi familia…’. Un tiempo después supe que tanto ella, por su lado, como Hiroshi, por el suyo, lo intentaron, pero una vez más se impuso la torpeza del desencuentro… ‘Tío Andy, ¿me dejas el lado de la ventanilla?’, dice Keiko poco antes de despegar nuestro avión.
          Los vahos que despiden por sus bocas las alcantarillas se cuelan en mi nariz provocando estornudos. Hace algo más de una semana que he regresado a Toronto y todavía no hemos coincidido un rato a solas Bean y yo. A consecuencia de un virus gripal varios compañeros suyos están de baja, lo que obliga a los demás a cubrir turnos escandalosamente largos. Así que, cuando no trabaja, duerme. He ido un par de noches a buscarle, pero, intencionadamente o no, siempre volvemos con gente. ¿Dónde han quedado las semillas de aquél cómico disfrazado de Estatua de la Libertad, y de la luz que prendía, la suya propia, si una moneda caía dentro de la caja de hojalata? Me pregunto: ¿cuál ha podido ser el motivo que tanto ha turbado la ilusión del principio, la emoción de sentirse uno conmigo? ¿Qué riada ha desbordado la cubeta de los sueños, el propósito de crecer juntos y envejecer a la vez? ¿Cuál de todos los tsunamis ha arrancado de nuestro atlas el archipiélago configurado para comprender al otro? ¿Dónde ha ido a parar el detalle de regalarnos rosas frescas cada final de mes…?
          Hoy celebro mi cumpleaños. Vienen los japoneses a comer a casa y estoy preparando arroz con frijoles y un poquitico de puerco. ¡Ya lo sé!, tengo que perfeccionar el guiso hasta darle el toque especial del abuelo Eloy. Recuerdo a mami y a Miguel cuando en fechas señaladas decían que las cosas había que festejarlas a lo grande: yendo al cine y a la ópera. Las chicas me han regalado una pajarita para el esmoquin que en ocasiones alquilo, y sus padres un vale para una cena de dos en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad que está en la planta cuarenta y cinco de uno de los edificios del centro. Me noto muy habanero, por eso he colocado en la mesa unos platicos con aperitivos típicos de allí, así hacemos tiempo hasta que estemos todos. Suena el timbre de la puerta, y Mizuki dice: ‘¡Vaya, otra vez se ha olvidado el tío Bean de coger las llaves!’, pero, cuando abre, es un mensajero que trae una carta sin matasellos para mí…

domingo, 21 de mayo de 2017

El latido de las cataratas

Noto por la respiración que Bean sigue durmiendo profundamente. Anoche llegó tarde del trabajo y tuve que ponerle pomada muscular en las lumbares. Así que procuro no hacer ruido al coger el abrigo, los guantes y el gorro del armario. Antes de abandonar el dormitorio, empujado por uno de esos arrebatos de ternura que a veces nos dan a las personas, me pongo a la altura de la cabecera de la cama, con la amorosa intención de apartarle de la frente un mechón de pelo rizado que le cae en cascada. Pero, retraído por la frialdad que últimamente está teniendo, aquieto la espontaneidad de la mano y prefiero marcharme. Claro que, es justo decir que mis salidas de tono también son para echarme de comer aparte. Naoko espera sonriente fuera del carro con el maletero abierto por si tengo que meter el equipo de fotografía y la mochila. Todavía no conozco las Cataratas del Niágara, y qué mejor manera de hacerlo que con ella, aprovechando asimismo que las niñas y su padre asisten a un campeonato de curling, y que mi novio nunca nos acompañaría porque sufre de vértigos. Tenemos algo menos de dos horas de trayecto, un tiempo precioso de conversación confidente…
          ‘¿Van mejor las cosas entre vosotros, Andy? ¿Estáis poniendo cada uno de vuestra parte?’, −dice, mientras da un volantazo para mantenerse a la izquierda en la bifurcación y continuar por Queen Elizabeth Way−. ‘¡Qué va, mijita!, −me doy cuenta que según cumplo años uso más expresiones habituales en mami−. Estoy harto de ser yo quien da siempre el primer paso. A veces pienso que vivo con un extraño’. −Mostrando una cortina de lluvia que quita brillo a la simpatía de sus ojos, gira un poco la cabeza hacia mí y la escucho−. ‘Te comprendo, amigo. Pero todo depende del interés que os mueva a resolver el asunto. Opino que seguir así no compensa: por desgaste, por sufrimiento y porque sin duda la relación y el cariño empeoran… ¿No crees?’. −Me quedo unos minutos pensativo. Sé que lleva razón, pero dentro de mí es como si la batalla ya la tuviera perdida−. ‘A ver si organizo una cena romántica y hablamos. Es una lástima, la verdad, que todo lo que soñamos juntos se vaya al traste. Son los malditos celos que le matan…’. −Ríe a carcajadas y pregunta−. ‘Uy, ¿y de quién, si puede saberse?’. ‘De ti’. −Aquí sí que le ha dado la risa floja−. ‘Pero si soy inofensiva’. −Nos carcajeamos.
          ‘Naoko, nunca me has contado por qué os vinisteis de Japón. ¿Cómo fue? ¿Hace mucho?’. −Tengo la sensación de haber hecho preguntas desafortunadas, porque se pone muy triste−. ‘Hiroshi nació en la isla de Awaji, en la prefectura de Hyōgo, en el oriente del mar interior de Seto. Y yo en Kobe, al sur de la isla de Honshū. Desde que se juntaron su camino y el mío en el festival de jazz, presionadas por los prejuicios debido a nuestras diferentes clases sociales, las familias hicieron todo lo posible por alejarnos, sin comprender que así lo único que conseguían era trenzar más el deseo de estar juntos. Con el fin de que el olvido fuera menos traumático, me mandaron a Australia con las tías de mi padre, que residían allí desde jovencitas. Nos escribíamos cartas de amor a través de una amiga que se prestó voluntaria al juego y, para no levantar sospechas, aparenté bastante desinterés hacia aquel hombre. Al día siguiente de regresar, incorporada al empleo tras un año sabático, desde la boca profunda de un portal caliente y apasionado, empezamos a urdir la marcha que tardaría en llegar dos años después. Desde entonces estamos aquí, hemos vuelto solo en una ocasión, y tenemos intención de repetir este verano, más que nada para que las niñas conozcan aquello. Pero, ya veremos…’. Respeto los minutos de silencio que preceden hasta llegar, y me pongo a mirar por la ventanilla.
          Desde el puente Rainbow, que cruza el río Niágara, las vistas son impresionantes. Las panorámicas de las tres cataratas −la canadiense Herradura de Caballo, la estadounidense y Velo de Novia, la más pequeña− dejan al visitante fascinado ante su magnitud, maravilloso regalo de la Naturaleza. Presentando el pasaporte en vigor o el carné de conducir electrónico, se puede atravesar caminando de una a otra frontera. Dudamos un poco si hacerlo o no, pero preferimos dejar esa posibilidad, y la de observarlas desde el mirador Journey Behind the Fall, quizá para más adelante, por si viniéramos todos. Es bellísima la vista al anochecer, cuando son iluminadas por las luces de gigantescos cañones de colores.  Estar allí, en el corazón de la cascada, salpicándonos la potencia del agua como si nos fuera a arrastrar abismo abajo y entendiendo que somos seres privilegiados por tener la suerte de disfrutar de algo así, reabrió el diálogo iniciado por Naoko, quien no podía disimular la sombra de nostalgia que envolvía sus recuerdos. Aún hoy, hablar de su madre en concreto −lo sé porque en la comisura de los labios se le ciñe un recogido de amargura− le causa dolor. Posiblemente porque una de las muchas barreras que ha tenido que derribar de la cultura japonesa es la de la de compartir las inquietudes con los demás…
          ‘Hiroshi y yo vinimos a trabajar a la filial que suministra al continente europeo la maquinaria agrícola que se hace en la sede central en Kobe, donde desempeñábamos puestos destacados en el departamento de administración −cuenta, mientras recorremos una avenida situada al borde del río Niágara, único por venir del sistema de los Grandes Lagos−. Cuando nuestro jefe más directo nos propuso el traslado, estando al corriente de las complicadas circunstancias personales que tanto nos hacían sufrir, vimos la vía de escape perfecta para cortar de raíz la desagradable situación. Los míos utilizaban todo tipo de estrategias para persuadirme, pero yo tenía las cosas muy claras, y acabé de guardar, con las entrañas partidas, las últimas prendas en la maleta. Se bajaron del taxi el conductor, para colocar el equipaje, y mi pareja, a abrazarme. Nadie nos despidió en el aeropuerto −qué distinto al caso de mami, pensé−. Días después recibí una llamada de mi hermano mayor sugiriendo que me olvidara de ellos, que no contase en el futuro con mi parte de herencia, y, por supuesto, que no se me ocurriera aparecer con los mocos colgando, arrepentida y preñada. Canadá nos gustó mucho desde el primer momento, y decidimos establecernos aprovechando la oportunidad de cambiar de compañía. Así, hasta llegar donde estamos’.  −Se calla angustiada: recordar le presiona la congoja−.
          De nuevo en el carro, tras haber almorzado unos sándwiches de peamel −bacón loncheado muy fino, encurtido y enrollado en harina de maíz−, vamos hacia el canal Welland, con la simple intención de mirar barcos. Ahí me dejo llevar imaginando que alguna de las embarcaciones tomaría rumbo a La Habana, donde el abuelo Eloy, asomado al horizonte y agitando las manos repetidas veces, esperaría impaciente mojándose con saliva el labio inferior, casi abrasado del humo del tabaco. Puede que otras se dirigieran al norte español, concretamente a la costa asturiana, para recoger a Miguel y Olivia que, tumbados en hamacas de playa, navegan sin moverse cogidos del brazo por el cauce de la vida… “Contigo traes, a tu costado atado,/el mar de ancho pulmón y duro acento,/y a la húmeda sombra del costado/el río soñador y soñoliento” (Pedro Garfias). Naoko tararea una canción de cuna japonesa en la que una madre pide al niño que se duerma por favor… ‘Hiroshi, solo por ser pobre, no merecía el desprecio de mi familia. La suya tampoco se quedó atrás. El padre nunca le perdonó que se viniera conmigo y no continuara la tradición de cultivar los campos, casarse con una mujer de igual clase, dedicada a él, tener muchos hijos y acatar las normas… Pero su perfil siempre fue diferente… Vivir en América ha contribuido a occidentalizar nuestras costumbres y, aunque adaptarse lleva su tiempo, hemos procurado expresar normalidad en todo, con la suerte de que Mizuki y Keiko barnizan de felicidad nuestra madera envejecida’.
          Hacemos el regreso más distendido. Nos hemos quedado con ganas de ir a la Isla de Cabra, deshabitada y situada en el mismo centro de las cataratas, en el río Niágara. Es boscosa y tiene caminos para practicar senderismo. Ahí también se puede visitar el monumento al inventor serbio-americano Nikola Tesla, quien destacó por descubrir la corriente alterna y la “terapia mecánica”, −se utiliza habitualmente en medicina y fisioterapia−. ‘¿Vas bien, mijita?’. ‘Estupenda, amigo. Hablar contigo me ha venido de lo mejor. ¿Y tú qué piensas hacer respecto a lo de Bean?’. ‘Llevármelo de viaje a Cuba…’. Las luces de la autopista estampan contra el arcén irregular diapositivas de nuestro rostro: planos sonrientes y nostálgicos que trazan en los márgenes autobiográficos estados de ánimo cambiantes. Naoko va relajada y yo medio dormido. Ha sido un día interesante y desde luego intenso. Apenas encontramos tráfico, lo que se agradece. Queremos llegar pronto, mañana empieza la rutina. Selecciono la emisora de radio Air Toronto, donde dan música instrumental, y le cuento un poco por encima cómo será la coreografía que preparo con los alumnos para una fiesta organizada por la escuela, y a la que invitaré a mis amigos.
          Mantengo la esperanza de encontrar a Bean despierto, y bajo las escaleras ansioso por contarle la propuesta de viaje que llevo en la mochila, junto a una botella de icewine −vino de hielo−, para meter en la nevera y tomarlo muy frío. Haber estado tantas horas fuera de casa, además del placer de haber compartido momentos con Naoko, me ha servido para valorar a quien duerme a mi lado. El ruido de fondo de un partido de béisbol que dan por televisión amortigua el portazo de la puerta, que se me ha escapado por la corriente. Mi compañero está sentado en el sillón, de espaldas a la entrada. Me acerco y le abrazo por detrás. Noto fastidio y olor a cerveza. Ni se conmueve. Entonces, doy la vuelta para mirarle de frente y digo: ‘¿Qué te parece si ahora en vacaciones nos vamos a…?’. Pero no puedo acabar, porque me interrumpe secamente con el anuncio de que se va unas semanas a Bath, a ver a su padre, y que hablaremos al regreso…