domingo, 4 de junio de 2017

Kōbe

Bean lleva siete días en Reino Unido, y la casa se me cae encima. Las baldosas supuran tristeza por las juntas, desencolando el cemento cuarteado, y la soledad enrarece tanto el ambiente, que ni siquiera pasando la aspiradora por los rincones soy capaz de devolver la armonía a mi persona. Hiroshi, un apasionado del bricolaje, muy perfeccionista en el acabado de lo que arregla, viene, con la excusa de desatascar el fregadero, a ver cómo estoy. En la despensa busco un paquete de té verde para hacernos una infusión, pero sólo veo galletas dietéticas, que detesto tanto. ‘¿Cómo estás, Andy?’. ‘Raro’, −contesto−. ‘¿Por qué no te vienes de vacaciones con nosotros a Japón? Mizuki y Keiko tampoco han estado. Será divertido, lo pasaremos bien. Aquí realmente no haces más que dar vueltas a las cosas. Piénsalo, y nos dices. Partimos dentro de un mes y hay que prepararlo todo’. ‘Uf, no sé qué decirte, mijito. Para entonces habrá vuelto el inglés y… Pero bueno, deja que lo consulte con la almohada. Me apetece muchísimo…’. A estas alturas de la historia sabemos que he aprendido del abuelo Miguel a trazar una ruta en el mapa, coger cuatro trapos, algo de dinero, unas buenas botas y lanzarme a la aventura cuando la melancolía viene desbocada a agarrarme por las pelotas…
          Kōbe es una ciudad exótica e industrial, de las más pobladas del país. Bastaron 20 segundos para que un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter la destruyera. ‘¿Veis ese espigón de ahí, el que está destrozado junto al nuevo?, −señala Naoko−. Lo han dejado tal cual para que no olvidemos lo que pasó. Nuestra zona, adinerada y residencial, fue una de las menos afectadas. Sin embargo, el barrio de Nagata estuvo muy castigado’. Hiroshi traga saliva, se limpia las lágrimas y dice: Nosotros por suerte no nos encontrábamos en la isla de Awaji, sino en Tokio, por un asunto familiar, de lo contrario…’. Las niñas, que ya no lo son tanto, me abrazan compungidas. ‘Vamos al Earthquake Memorial Museum −propone Naoko−. Hay grandes pantallas donde reproducen el seísmo’. Mizuki y Keiko están agotadas, pero resisten porque saben que para sus padres es importante compartir esas experiencias. “Dejé por ti un temblor, dejé una sacudida,/un resplandor de fuegos no apagados,/dejé mi sombra en los desesperados/ojos sangrantes de la despedida”, susurro casi al oído estos versos de Rafael Alberti. ‘Entonces ese mismo año os conocéis en el festival de Jazz, ¿no?’, −pregunto−. ‘Qué va, fue al siguiente, −contesta Hiroshi−.
          Las chicas se han quedado atrás, enganchadas a las redes sociales. Nosotros esperamos pacientes en el jardín Sorakuen, donde se ubica la residencia de un antiguo alcalde que, al igual que las viviendas contiguas, fue derribada durante la Segunda Guerra Mundial, siendo reconstruido todo el conjunto posteriormente. En medio hay un estanque rodeado de arbustos tropicales llamados sotetsu. Estamos en Kitano-chō, distrito a los pies de la cordillera de Rokko. ‘¿Y vuestra boda?’. ‘En realidad nos casamos por lo civil un año antes de que naciera Mizuki, y lo hicimos en Toronto, −dice Naoko−. Para mis padres he sido la hija díscola que iba contra las normas de esta sociedad tan estricta con las mujeres: caminar dos pasos por detrás del hombre, no opinar abiertamente en público, desposarse con alguien del mismo entorno y posición social…, características que pueden darse también en otros países, sin duda…’. ‘Nunca fui de su agrado −continúa él−, creían que me movía sólo por dinero: un cazafortunas muerto de hambre. Los míos tampoco admitieron que no me dedicara al campo, siguiendo la tradición. Nos gustaría tanto cambiar el criterio de unos y otros que… Pero hay cosas imposibles. Nuestro mayor deseo era casarnos rodeados de los nuestros, pero cuando lo comunicamos fue tal el desprecio que nos volvimos a Canadá. Aquello supuso para nosotros la ruptura definitiva. Ya no existían puentes, porque lo estricto y encorsetado acababa de cargarse el sentido común. De repente nos sentimos intrusos en el país que nos vio nacer…’.
          El día ha dado para mucho. Me duelen los pies y tengo ganas de llegar al hotel para meterlos en agua caliente. Sin embargo, no puedo ser descortés y acompaño a Hiroshi a la cafetería giratoria de la Torre del Puerto de Kōbe, donde se alcanza a ver hasta la bahía de Osaka. ‘Aquí veníamos Naoko y yo al principio de conocernos para mezclarnos entre los turistas y pasar desapercibidos. En Japón no solo se estremece la tierra, lo hacen también las entrañas de quienes tienen que irse fuera. A mí se me ha tachado de oportunista en lugar de enamorado. No te voy a engañar −añade, eligiendo muy bien las palabras−, a veces en Toronto echo de menos espacios acogedores como éste en el que ahora estamos, pero después comprendo que con el ser humano se mueve también el paisaje propio que incorpora cada uno, donde cabe lo bueno y lo malo, el éxito y el fracaso, el cariño y el desconsuelo…’. Las luces de neón brillan a lo lejos, parpadeando como ramos de colores distribuidos por la ciudad para que nadie se sienta solo. Estoy vivo. Percibo el fuerte olor, que el viento deja caer como gasas, al salitre del mar de esta manga del Pacífico, que me recuerda a otros muelles donde, para no extraviarlos en las mudanzas, guardé momentos de amor y de despedida. ‘Le echas de menos, ¿verdad?’, −pregunta Hiroshi de repente−. ‘¡Muchísimo, mijito!’. −Ambos bebemos un trago largo de sake−. ‘A veces es difícil querer sin que parezca lo contrario. Bean no es un tipo fácil de tratar. Modula una manera de ser que puede resultar crispante para los de fuera. Imagino cómo será para ti. Hay quienes no encajan por más que lo intentan. Quizá se precipitó yendo a Toronto, igual no estaba preparado para un cambio de vida tan radical… No sé, conquístalo una vez más…, y ten muy claro que mañana el sol volverá a salir por el Este…’.
          Mizuki y Keiko esperan a su padre en recepción con dos bolsas llenas de bocadillos y botellas de agua. Se van al Museo Anpanman, héroe con la cabeza de pan, protagonista de las aventuras de libros infantiles, escritos e ilustrados por Takashi Yanase, que leyeron de pequeñas, y por quien sienten curiosidad de ver cómo es a tamaño real. Naoko y yo iremos a hacer senderismo por el Mount Maya. ‘¿Lo estás pasando bien? −me pregunta en pleno contacto con la Naturaleza, pero no puedo contestar porque retoma la conversación−. Espera aquí un segundo, te quiero presentar a alguien. −Viene acompañada de una mujer mayor que ella. Me saluda con una leve inclinación de cabeza, y yo respondo igual−. Fue mi profesora de ética y la primera persona que me abrió los ojos a Occidente…’. Me pareció alguien interesantísimo, muy preparada y absolutamente actual. Dice no haber salido del país, pero a mí se me antoja que ha dado más de una vuelta al mundo…
          El taxi que nos lleva al Aeropuerto Internacional de Kansai, ubicado en una isla artificial de la bahía de Osaka, no tiene una sola mota de polvo, y las manos del taxista están cubiertas con guantes de algodón blanco impoluto. Naoko, sentada a mi lado, va muy triste. ‘¿Qué ocurre, mijita?. −Con la cabeza me dice que nada−. ¿Qué te preocupa? Sabes que me lo puedes contar’. −Se apoya en mi hombro y rompe a llorar−. ‘Daría lo que fuera por abrazar a mi familia…’. Un tiempo después supe que tanto ella, por su lado, como Hiroshi, por el suyo, lo intentaron, pero una vez más se impuso la torpeza del desencuentro… ‘Tío Andy, ¿me dejas el lado de la ventanilla?’, dice Keiko poco antes de despegar nuestro avión.
          Los vahos que despiden por sus bocas las alcantarillas se cuelan en mi nariz provocando estornudos. Hace algo más de una semana que he regresado a Toronto y todavía no hemos coincidido un rato a solas Bean y yo. A consecuencia de un virus gripal varios compañeros suyos están de baja, lo que obliga a los demás a cubrir turnos escandalosamente largos. Así que, cuando no trabaja, duerme. He ido un par de noches a buscarle, pero, intencionadamente o no, siempre volvemos con gente. ¿Dónde han quedado las semillas de aquél cómico disfrazado de Estatua de la Libertad, y de la luz que prendía, la suya propia, si una moneda caía dentro de la caja de hojalata? Me pregunto: ¿cuál ha podido ser el motivo que tanto ha turbado la ilusión del principio, la emoción de sentirse uno conmigo? ¿Qué riada ha desbordado la cubeta de los sueños, el propósito de crecer juntos y envejecer a la vez? ¿Cuál de todos los tsunamis ha arrancado de nuestro atlas el archipiélago configurado para comprender al otro? ¿Dónde ha ido a parar el detalle de regalarnos rosas frescas cada final de mes…?
          Hoy celebro mi cumpleaños. Vienen los japoneses a comer a casa y estoy preparando arroz con frijoles y un poquitico de puerco. ¡Ya lo sé!, tengo que perfeccionar el guiso hasta darle el toque especial del abuelo Eloy. Recuerdo a mami y a Miguel cuando en fechas señaladas decían que las cosas había que festejarlas a lo grande: yendo al cine y a la ópera. Las chicas me han regalado una pajarita para el esmoquin que en ocasiones alquilo, y sus padres un vale para una cena de dos en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad que está en la planta cuarenta y cinco de uno de los edificios del centro. Me noto muy habanero, por eso he colocado en la mesa unos platicos con aperitivos típicos de allí, así hacemos tiempo hasta que estemos todos. Suena el timbre de la puerta, y Mizuki dice: ‘¡Vaya, otra vez se ha olvidado el tío Bean de coger las llaves!’, pero, cuando abre, es un mensajero que trae una carta sin matasellos para mí…

domingo, 21 de mayo de 2017

El latido de las cataratas

Noto por la respiración que Bean sigue durmiendo profundamente. Anoche llegó tarde del trabajo y tuve que ponerle pomada muscular en las lumbares. Así que procuro no hacer ruido al coger el abrigo, los guantes y el gorro del armario. Antes de abandonar el dormitorio, empujado por uno de esos arrebatos de ternura que a veces nos dan a las personas, me pongo a la altura de la cabecera de la cama, con la amorosa intención de apartarle de la frente un mechón de pelo rizado que le cae en cascada. Pero, retraído por la frialdad que últimamente está teniendo, aquieto la espontaneidad de la mano y prefiero marcharme. Claro que, es justo decir que mis salidas de tono también son para echarme de comer aparte. Naoko espera sonriente fuera del carro con el maletero abierto por si tengo que meter el equipo de fotografía y la mochila. Todavía no conozco las Cataratas del Niágara, y qué mejor manera de hacerlo que con ella, aprovechando asimismo que las niñas y su padre asisten a un campeonato de curling, y que mi novio nunca nos acompañaría porque sufre de vértigos. Tenemos algo menos de dos horas de trayecto, un tiempo precioso de conversación confidente…
          ¿Van mejor las cosas entre vosotros, Andy? ¿Estáis poniendo cada uno de vuestra parte?’, −dice, mientras da un volantazo para mantenerse a la izquierda en la bifurcación y continuar por Queen Elizabeth Way−. ‘¡Qué va, mijita!, −me doy cuenta que según cumplo años uso más expresiones habituales en mami−. Estoy harto de ser yo quien da siempre el primer paso. A veces pienso que vivo con un extraño’. −Mostrando una cortina de lluvia que quita brillo a la simpatía de sus ojos, gira un poco la cabeza hacia mí y la escucho−. ‘Te comprendo, amigo. Pero todo depende del interés que os mueva a resolver el asunto. Opino que seguir así no compensa: por desgaste, por sufrimiento y porque sin duda la relación y el cariño empeoran… ¿No crees?’. −Me quedo unos minutos pensativo. Sé que lleva razón, pero dentro de mí es como si la batalla ya la tuviera perdida−. ‘A ver si organizo una cena romántica y hablamos. Es una lástima, la verdad, que todo lo que soñamos juntos se vaya al traste. Son los malditos celos que le matan…’. −Ríe a carcajadas y pregunta−. ‘Uy, ¿y de quién, si puede saberse?’. ‘De ti’. −Aquí sí que le ha dado la risa floja−. ‘Pero si soy inofensiva’. −Nos carcajeamos.
          Naoko, nunca me has contado por qué os vinisteis de Japón. ¿Cómo fue? ¿Hace mucho?’. −Tengo la sensación de haber hecho preguntas desafortunadas, porque se pone muy triste−. ‘Hiroshi nació en la isla de Awaji, en la prefectura de Hyōgo, en el oriente del mar interior de Seto. Y yo en Kobe, al sur de la isla de Honshū. Desde que se juntaron su camino y el mío en el festival de jazz, presionadas por los prejuicios debido a nuestras diferentes clases sociales, las familias hicieron todo lo posible por alejarnos, sin comprender que así lo único que conseguían era trenzar más el deseo de estar juntos. Con el fin de que el olvido fuera menos traumático, me mandaron a Australia con las tías de mi padre, que residían allí desde jovencitas. Nos escribíamos cartas de amor a través de una amiga que se prestó voluntaria al juego y, para no levantar sospechas, aparenté bastante desinterés hacia aquel hombre. Al día siguiente de regresar, incorporada al empleo tras un año sabático, desde la boca profunda de un portal caliente y apasionado, empezamos a urdir la marcha que tardaría en llegar dos años después. Desde entonces estamos aquí, hemos vuelto solo en una ocasión, y tenemos intención de repetir este verano, más que nada para que las niñas conozcan aquello. Pero, ya veremos…’. Respeto los minutos de silencio que preceden hasta llegar, y me pongo a mirar por la ventanilla.
          Desde el puente Rainbow, que cruza el río Niágara, las vistas son impresionantes. Las panorámicas de las tres cataratas −la canadiense Herradura de Caballo, la estadounidense y Velo de Novia, la más pequeña− dejan al visitante fascinado ante su magnitud, maravilloso regalo de la Naturaleza. Presentando el pasaporte en vigor o el carné de conducir electrónico, se puede atravesar caminando de una a otra frontera. Dudamos un poco si hacerlo o no, pero preferimos dejar esa posibilidad, y la de observarlas desde el mirador Journey Behind the Fall, quizá para más adelante, por si viniéramos todos. Es bellísima la vista al anochecer, cuando son iluminadas por las luces de gigantescos cañones de colores.  Estar allí, en el corazón de la cascada, salpicándonos la potencia del agua como si nos fuera a arrastrar abismo abajo y entendiendo que somos seres privilegiados por tener la suerte de disfrutar de algo así, reabrió el diálogo iniciado por Naoko, quien no podía disimular la sombra de nostalgia que envolvía sus recuerdos. Aún hoy, hablar de su madre en concreto −lo sé porque en la comisura de los labios se le ciñe un recogido de amargura− le causa dolor. Posiblemente porque una de las muchas barreras que ha tenido que derribar de la cultura japonesa es la de la de compartir las inquietudes con los demás…
          Hiroshi y yo vinimos a trabajar a la filial que suministra al continente europeo la maquinaria agrícola que se hace en la sede central en Kobe, donde desempeñábamos puestos destacados en el departamento de administración −cuenta, mientras recorremos una avenida situada al borde del río Niágara, único por venir del sistema de los Grandes Lagos−. Cuando nuestro jefe más directo nos propuso el traslado, estando al corriente de las complicadas circunstancias personales que tanto nos hacían sufrir, vimos la vía de escape perfecta para cortar de raíz la desagradable situación. Los míos utilizaban todo tipo de estrategias para persuadirme, pero yo tenía las cosas muy claras, y acabé de guardar, con las entrañas partidas, las últimas prendas en la maleta. Se bajaron del taxi el conductor, para colocar el equipaje, y mi pareja, a abrazarme. Nadie nos despidió en el aeropuerto −qué distinto al caso de mami, pensé−. Días después recibí una llamada de mi hermano mayor sugiriendo que me olvidara de ellos, que no contase en el futuro con mi parte de herencia, y, por supuesto, que no se me ocurriera aparecer con los mocos colgando, arrepentida y preñada. Canadá nos gustó mucho desde el primer momento, y decidimos establecernos aprovechando la oportunidad de cambiar de compañía. Así, hasta llegar donde estamos’.  −Se calla angustiada: recordar le presiona la congoja−.
          De nuevo en el carro, tras haber almorzado unos sándwiches de peamel −bacón loncheado muy fino, encurtido y enrollado en harina de maíz−, vamos hacia el canal Welland, con la simple intención de mirar barcos. Ahí me dejo llevar imaginando que alguna de las embarcaciones tomaría rumbo a La Habana, donde el abuelo Eloy, asomado al horizonte y agitando las manos repetidas veces, esperaría impaciente mojándose con saliva el labio inferior, casi abrasado del humo del tabaco. Puede que otras se dirigieran al norte español, concretamente a la costa asturiana, para recoger a Miguel y Olivia que, tumbados en hamacas de playa, navegan sin moverse cogidos del brazo por el cauce de la vida… “Contigo traes, a tu costado atado,/el mar de ancho pulmón y duro acento,/y a la húmeda sombra del costado/el río soñador y soñoliento” (Pedro Garfias). Naoko tararea una canción de cuna japonesa en la que una madre pide al niño que se duerma por favor… ‘Hiroshi, solo por ser pobre, no merecía el desprecio de mi familia. La suya tampoco se quedó atrás. El padre nunca le perdonó que se viniera conmigo y no continuara la tradición de cultivar los campos, casarse con una mujer de igual clase, dedicada a él, tener muchos hijos y acatar las normas… Pero su perfil siempre fue diferente… Vivir en América ha contribuido a occidentalizar nuestras costumbres y, aunque adaptarse lleva su tiempo, hemos procurado expresar normalidad en todo, con la suerte de que Mizuki y Keiko barnizan de felicidad nuestra madera envejecida’.
          Hacemos el regreso más distendido. Nos hemos quedado con ganas de ir a la Isla de Cabra, deshabitada y situada en el mismo centro de las cataratas, en el río Niágara. Es boscosa y tiene caminos para practicar senderismo. Ahí también se puede visitar el monumento al inventor serbio-americano Nikola Tesla, quien destacó por descubrir la corriente alterna y la “terapia mecánica”, −se utiliza habitualmente en medicina y fisioterapia−. ‘¿Vas bien, mijita?’. ‘Estupenda, amigo. Hablar contigo me ha venido de lo mejor. ¿Y tú qué piensas hacer respecto a lo de Bean?’. ‘Llevármelo de viaje a Cuba…’. Las luces de la autopista estampan contra el arcén irregular diapositivas de nuestro rostro: planos sonrientes y nostálgicos que trazan en los márgenes autobiográficos estados de ánimo cambiantes. Naoko va relajada y yo medio dormido. Ha sido un día interesante y desde luego intenso. Apenas encontramos tráfico, lo que se agradece. Queremos llegar pronto, mañana empieza la rutina. Selecciono la emisora de radio Air Toronto, donde dan música instrumental, y le cuento un poco por encima cómo será la coreografía que preparo con los alumnos para una fiesta organizada por la escuela, y a la que invitaré a mis amigos.
          Mantengo la esperanza de encontrar a Bean despierto, y bajo las escaleras ansioso por contarle la propuesta de viaje que llevo en la mochila, junto a una botella de icewine −vino de hielo−, para meter en la nevera y tomarlo muy frío. Haber estado tantas horas fuera de casa, además del placer de haber compartido momentos con Naoko, me ha servido para valorar a quien duerme a mi lado. El ruido de fondo de un partido de béisbol que dan por televisión amortigua el portazo de la puerta, que se me ha escapado por la corriente. Mi compañero está sentado en el sillón, de espaldas a la entrada. Me acerco y le abrazo por detrás. Noto fastidio y olor a cerveza. Ni se conmueve. Entonces, doy la vuelta para mirarle de frente y digo: ‘¿Qué te parece si ahora en vacaciones nos vamos a…?’. Pero no puedo acabar, porque me interrumpe secamente con el anuncio de que se va unas semanas a Bath, a ver a su padre, y que hablaremos al regreso…

domingo, 7 de mayo de 2017

Toronto

Toronto me ha cambiado la vida. Mis jefes de la escuela de baile dicen que parezco más canadiense que español y cubano. Pero lo cierto es que me siento muy orgulloso de llevar el mestizaje de ambos territorios dentro de mí. Olvidar de dónde vengo es como amordazar al madrileño barrio de Chamberí o al Malecón habanero, con todo el pellizco que de cada uno llevo en el alma. Malo sería también no reconocer que si hoy estoy aquí, comportándome como una persona sin dobleces y sabiendo que las riquezas que me hacen gozar son intangibles, es gracias a mami. Las dificultades que tuvo que pasar para sacarme adelante, con la ventisca en contra por ser soltera y emigrante, nunca obstaculizaron mi crecimiento. No carecí de nada básico. Sin duda, las raíces humildes de las que arranco han aportado el circuito por donde desplazar lo que me llega a lo hondo del corazón. Lo contrario haría de mí un ser despreciable y egoísta, adjetivos para los que no he sido educado. Desde que vivo aquí, asumiendo y aceptando lo que soy, expresando lo que pienso en libertad, y no teniendo más de lo que quiero a mi lado, siento la conciencia tranquila a la hora de dormir. La verdad es que, de no ser porque el pelo se me empieza a caer, y porque esta agua potable a menudo me tiene estreñido, diría que una perfección casi mansa ha acampado en torno mío…
          Bean y yo nos movemos sin problemas por el PATH, la ciudad subterránea que, a través de galerías, comunica los edificios más destacados del centro, y que fue pensada para que durante los meses de invierno, cuando el frío es insoportable y la superficie está nevada, no haya necesidad de salir al exterior, ya que dentro hay farmacias, pastelerías, sucursales bancarias, restaurantes, peluquerías, tiendas de ropa, así como accesos directos a la sala de conciertos Roy Thomson Hall, y al Museo de la Fama del Hockey sobre hielo, que recoge la historia de este deporte. También al metro, a una terminal ferroviaria y a más de media docena de hoteles de lujo… El color de cada una de las cuatro letras sirve para orientarse en la dirección que se quiera tomar: rojo el sur, naranja el oeste, azul el norte y amarillo el este.
En fin, que se podría subsistir perfectamente en esta metrópoli bajo tierra. Eso sí, cuando cierran las oficinas el tránsito de peatones se reduce hasta dejar las galerías casi desiertas. Una noche que se nos hizo tarde regresando del cine atravesamos varios de esos pasillos vacíos, con el único sonido de nuestros pasos. De haber estado en otro sitio jamás nos habríamos arriesgado, pero aquí se vive tan seguro que ni siquiera se cierra la puerta con llave.
          Hiroshi y Naoko Akiyama −su apellido de soltera es Oshiro−, nuestros amigos orientales, y que como a todos les vertebra una historia que contar, trabajan en sendos rascacielos del distrito financiero. Ella en el mercado de valores, él en el Royal Bank of Canadá, uno de los bancos más importantes y sólidos, con más de dos millones de clientes en Estados Unidos. Siempre que podemos, al final de la jornada laboral, si coincide que Bean no tiene turno de tarde, quedamos para regresar juntos a casa, donde Mizuki y Keiko, sus hijas, a las que consideramos sobrinas, aguardan impacientes nuestra llegada, con la mesa puesta y los cuencos listos para la sopa de miso blanco con verduras y los platos de teriyaki de salmón −asado en adobo de salsa dulce−. Todo delicioso. Antes de retirarnos a descansar, las niñas nos hacen prometer que pronto las llevaremos a la localidad de St. Jacobs, donde se asienta la comunidad menonita. Es lo que tienen los niños, que, en cuanto están pachuchos y les dices: te voy a llevar a…, si no lo cumples has hipotecado tu credibilidad de por vida.
          A una hora de Toronto, lejos del confort que arropa la cotidianidad que rodea las ciudades, se asienta este movimiento pacifista que habita en sus austeras granjas, donde elaboran los productos naturales y ecológicos que consumen y venden para subsistir. A las chicas, ver en directo cómo hay gente que todavía se desplaza en carretas para disfrutar del paisaje, renunciando a la comodidad de hacerlo en los vehículos de motor, las tenía en un ay. Antes de iniciar la caminata adentrándonos en el bosque, compro unos dulces con toque de mermelada de arándanos. Cuando nos planteamos realizar esta aventura, preparándola junto a los padres, la intención, además de disfrutar con las chicas haciendo algo fuera de la rutina, era que comprobaran por sí mismas que hay otras maneras de vivir, y que lo rural, en determinadas circunstancias, a veces marca el compás de la humanidad. Ser testigo del asombro que reflejan las caritas de Mizuki y Keiko, de la emoción y complicidad respetuosa que han demostrado tener, ha sido para nosotros reconfortante.
          Hiroshi y Bean se han aficionado al curling, deporte que nació en Escocia a mediados del siglo XVII, en el que dos equipos compiten deslizando ocho piedras de granito por una pista de hielo con la ayuda de una especie de cepillo de palo largo. Pero a Naoko y a mí nos aburre. Un sábado por la tarde que se viene conmigo a patinar al aire libre a la Plaza Nathan Phillips, la más céntrica de Toronto, me habla de dragon boat, una competición náutica que se practica en verano, y que consiste en que veinte participantes, diez a cada lado, en una embarcación china, remen a la par, concentrados, en silencio, como en estado de meditación. En Canadá se expandió cuando un doctor realizaba un estudio en mujeres operadas de cáncer de pecho, con mastectomía simple o total, y determinó que ese tipo de ejercicio era rehabilitador para la pronta recuperación de las pacientes y la movilidad del brazo afectado. Ella lo conocía por compañeras de trabajo aquejadas de dicha enfermedad, y a mí me interesaba porque una de las profesoras de baile, a la que quiero mucho, se encuentra en estos momentos en esa situación. Estoy seguro que la información que he recopilado sobre este tema será de gran ayuda para mi amiga, ahora que se le habían tumbado los ánimos.
          “Sabía que estaban ahí, /que tus palabras iban y venían./…Que buscaban el horizonte/de mi línea más recta./…Lo sabía y dejé/que cruzaras mi umbral”. Conozco estos versos de Ana María Drack a través del abuelo Miguel. A veces me vienen a la memoria cuando, entre mi pareja y yo, el desembarco de la discusión toma posiciones en la isla del dormitorio, volviendo hostil hasta el aire que respiramos. Entonces, guarecido en lo que me aporta sosiego, salgo de casa sin portazo, alquilo una canoa para navegar por el Lago Ontario y dejo que el curso de las horas sople las cenizas que hayan quedado de la desavenencia.
          En Downtown Yonge, conocido como “el distrito del entretenimiento”, está la escuela de baile donde trabajo, no lejos de la Taberna de Zanzíbar, una emblemática discoteca que en la década de los sesenta comenzó siendo un local con música en vivo, y que con el tiempo fue transformándose en otro de estriptis, llegando a tener demandas insólitas. Aunque dejar el empleo del restaurante supuso para mí una liberación, tampoco quería herir los sentimientos de mi pareja al haber sido él quien lo buscó. Pero, por otro lado, aguantar en un lugar donde no eres feliz hace que a la larga las válvulas de la energía y de la paciencia envejezcan. Por eso, cambiar de escenario me ha devuelto las fuerzas. Tanto los compañeros como los jefes actuales están siendo piezas fundamentales para el aprendizaje que llevo a cabo, ya que los patrones que traía del sentido del ritmo eran caseros. Aquí desarrollo, con las herramientas precisas, la expresividad del cuerpo. Enseño pasodoble, tango, vals, samba, rock…, a dos grupos de personas. Y nos lo pasamos en grande.
          Una muralla de dos caras sin boquetes se ha levantado en nuestro hogar. Por una se ve el riachuelo que los celos han secado, por la otra el amerizaje de la amistad tan sólida que tengo con la japonesa. A la abuela Olivia le gustaba todo tipo de calzado. Mami tomó la costumbre de acariciar la butaca donde aquella se los cambiaba, por si absorbía algo de su ímpetu. El Bata Shoe Museum, cerca de la universidad de Toronto, acoge la mayor colección de zapatos del mundo. Un modelo lucido por Elvis en una de sus últimas apariciones en público, otro de un antiguo emperador asiático, los diseños combinando colores que con tanto arte movió Fred Astaire, algunos que lució Grace Kelly, así como unos mocasines indígenas, en color beis, tienen al visitante embelesado. Si puedo no me pierdo ninguna exposición temporal. Últimamente las de diseñadores vanguardistas van a la cabeza con mucho glamour.
          Todos los días, a las siete de la mañana, si no ha nevado, Naoko y yo corremos por la playa. Con ella es muy fácil expresar en voz alta las preocupaciones. Escucha atentamente, tiene empatía y mucho instinto. A través de su exquisita educación transmite esa confianza que uno busca siempre en los demás. ‘Estoy muy preocupado, amiga. Siento que cada vez Bean se separa más de mí. Está serio. Sé que le pasa algo, porque apenas habla. Me duele que sufra y no lo comparta conmigo’, −digo, mientras descansamos un momento para hidratarnos con una bebida isotónica−. ‘Bueno, Andy, dale tiempo. Yo creo que se está adaptando. Piensa que habéis tenido bastantes cambios, y que no todas las personas procesamos por igual. Dejar tu país, y te lo digo por experiencia, es muy triste, además de la coyuntura propia que rodea a cada cual para hacerlo. Opino que no debes pasar por alto que tu marido es introvertido, pero que te quiere, y que está enamoradísimo de ti, no hay ninguna duda. ¿Por qué no tomas tú la iniciativa y le preguntas…?’. Reanudamos la marcha y, cincuenta minutos después, duchado, y habiendo dejado sobre la mesa de la cocina la lista de lo que tengo que comprar, por si él quiere añadir algo, pongo las cosas del desayuno sobre la superficie de un ambiente cortante…