domingo, 15 de octubre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

3.

Después, ve a las montañas y aguarda a que salga la luna…”.
          A pesar de no contar con el apoyo y la aprobación de otros miembros de la familia, Opal Nelson cumplió cada uno de los últimos deseos que la abuela Tillie le pidió, cerrando así el ciclo vital de la mujer y abriendo una etapa para sí consciente de recoger el peso de su legado. Todo ha cambiado y ahora las reservas cuentan con autogobierno, no pagan impuestos y obtienen ingresos con los casinos de juegos y la venta de alcohol –cosas prohibidas en muchos estados del sur– que reinvierten en mejorar los servicios del poblado, pero en aquel momento era diferente o al menos eso percibió ella. Por eso, aprovechando la fecha del tercer lunes de enero, Día de Martin Luther King Jr., festivo en el país, puso el despertador a las 3:00 a.m. y cuando sonó la alarma se tiró de la cama con los párpados casi pegados, como si las horas de sueño no hubiesen sido suficientes. La mochila de viaje con termo de café, varios bocadillos y un par de manzanas, la tenía preparada en la cocina. Tras una ducha rápida y equipada con prendas de abrigo encendió los fuegos y comenzó a preparar el desayuno a base de huevos revueltos, lonchas de beicon crujiente, alubias, puré de patata y un generoso vaso de jugo de naranja que sólo bebió hasta la mitad. En el maletero de la camioneta acomodó, además de los alimentos ya citados, una falda de piel de alce junto al hueso del mismo animal que sirvió de aguja con la que fue cosida, dos cajas de madera, una bolsa de tela llena de piedras, una fotografía de los antepasados en blanco y negro y un saquito con plantas medicinales tales como: flor de colibrí, usada para la función renal o pie de gato, muy digestiva. Mientras realizaba dichas tareas recordó un primer desencuentro con su progenitora.
          –¿A qué huele? –pregunta la madre de Opal entrando del patio trasero–. ¿Pretendes intoxicarnos a todos?
          –Es gordolobo –contesta la chica que todavía era una adolescente con ansias de aprender–, y según la tradición Cherokee hay que quemar las raíces e inhalar los humos para ayudar a las glándulas mucosas.
          –¿Y eso quién te lo ha dicho? –aunque sabía la respuesta quería escucharlo en boca de su hija.
          –La abuela Tillie y dice también que si tomas hojas de Rosa Salvaje, al tener un alto contenido de vitamina C previene la gripe y el resfriado,
          –Lo que nos faltaba, otra curandera más en la familia. ¡Éramos pocos y parió la burra! –Con el tiempo y el distanciamiento los desencuentros entre Opal y su madre fueron continuos hasta que los años y los achaques suavizaron el carácter de la mujer.
          Desde Lenoir City, por la carretera 441, hasta el Límite Qualla, área de la Reserva India, en Carolina del Norte, a la entrada  del Parque Nacional de las Grandes Montañas, hay 87,4 millas de conducción tranquila para el disfrute y aprecio del bellísimo paisaje que acompaña al viajero durante todo el recorrido. Cuando los primeros rayos del sol aparecen por el horizonte Opal detiene la camioneta, se baja a contemplar el río Oconaluftee y, aunque seguramente estará helado por las bajas temperaturas, deja que el lenguaje de la corriente del agua fluya por las yemas de los dedos y le hable. Tal y como recordaba de visitas anteriores atrás queda la casa la Iglesia Baptista donde la abuela Tillie oraba por los suyos siempre que venía aquí. Un poco más allá la llamativa publicidad de cigarrillos y Whisky, servía de reclamo para desfilar por la pasarela de tiendas de artesanía donde comprar objetos de marroquinería, cinturones, bisutería, cerbatanas para cazar y atrapasueños. Circula la leyenda de “Nube que trae lluvia”, jefe Cherokee, que quiso regalarle uno a su amada y mandó talar un sauce para fabricarlo él mismo. Cuentan que, con suma dedicación, sentado con las piernas cruzadas, mirando al oeste, hacia la puesta de sol y apartado del poblado, comenzó por dar forma al aro de madera, a trenzar la red interior en forma de tela de araña y a decorarlo con plumas para que bajen por ellas los sueños que no se recuerdan. Desde entonces Opal quiso tener uno y ahora era la oportunidad de satisfacer su deseo. Sin embargo, antes de cumplir la promesa que la había llevado hasta allí, paró en Qualla Arts and Crafts Mutual, Inc., para adquirir una tela hecha a la manera tradicional por algunas mujeres nativas de avanzada edad, también un canasto tejido a mano con cientos de hebras de caña de río raspadas, cortadas, afiladas y teñidas con la tinta natural rojiza que se extrae de la planta bloodroot utilizando en todo el proceso la misma técnica antigua y transmitida de generación en generación, que llevaría de regalo a Donna Hanks.
          Una vez adentrada en el territorio indio buscaría una cabaña construida con barro y arcilla. Afuera, a pocos centímetros de la entrada, encontraría también un mortero para moler maíz y, de frente, un arco colgado de la pared con el carcaj de piel muy desgastada y las flechas en el interior. El sendero, solitario y abrupto, estaba flanqueado de vegetación a ambos lados, Opal se detuvo para escuchar los sonidos extraños que salían de entre la maleza y vislumbró a algunos reptiles en movimiento al acecho de presa fácil, contuvo la respiración, recorrió su columna un escalofrío casi doloroso y se armó de valor calculando muy bien donde pisaba para no ser descubierta y llamar la atención de otros animales más bravos. Entonces, metió mano en el bolsillo y apretó el collar de dientes de lobo, su amuleto preferido que tanta suerte le había dado a lo largo de la vida. El viento, huracanado, peligroso, sacudía una rama contra otra semejante a cualquier batalla infernal. De pronto, un cambio brusco del paisaje la situó a la intemperie de una gran llanura donde, en caso de ataque, no tendría escapatoria. Con los músculos contraídos y quieta como un palo, inspeccionó hasta donde le alcanzó la vista, giró algo más a la izquierda y halló una especie de choza, abandonada y medio en ruinas. Se acercó y según las anotaciones que llevaba, adentro, debajo de una máscara ceremonial, junto a la cera derramada y endurecida de lo que fue una vela, habría un croquis con la ruta a seguir lleno de símbolos y trazos desconocidos para ella. Se le ocurrió colocarlo encima del mapa de Carolina del Norte pero no casaba en ninguna posición, sin embargo, entender aquel pedazo de papel era satisfacer el último deseo de la abuela Tillie.
          Tayen McDaniel, conocido en el territorio indio como Trueno Veloz, jamás había salido de aquellos parajes como tampoco lo hicieran sus ancestros ubicados allí. Arraigado a las costumbres de su pueblo transmitidas de generación en generación, es organizado, religioso, espiritual, respetuoso con la Madre Tierra, con los semejantes o expresándose a través de la danza que simboliza su cultura. Las montañas onduladas, con su neblina azul, aportando al paisaje tonos grises configurados con el vapor emanado del parque, son el lugar sagrado donde habitan los espíritus de quienes se fueron y también un refugio para los wapitís, ciervos canadienses de grandes dimensiones y difícil avistamiento. A veces, en la cúspide más remota, rodeado de la soledad más absoluta, recuerda la noche que, siguiendo la tradición de su pueblo se convirtió en adulto. Los primeros brotes de la adolescencia comenzaban a aparecer y, el padre, al darse cuenta, le cogió de la mano y se lo llevó al bosque. Una vez allí le vendó los ojos y le obligó a sentarse en un tronco donde permanecería sin moverse, ni pedir ayuda o auxilio. El miedo terrorífico a la oscuridad, el roce en sus pies de algunos roedores reales o imaginarios, aullidos que, aunque lejanos, sonaban a pocos centímetros y la sensación de ser arrastrado con fuerza por una garra áspera, peluda, le hicieron pasar las horas más difíciles de su vida. Finalmente, cuando en la luz del amanecer irrumpieron los rayos del sol, se quitó la venda, parpadeó y vio que su padre había permanecido junto a él durante toda la noche protegiéndolo de cualquier posible peligro.
          –Hijo mío, has pasado la prueba y ya puedes presentarte como un hombre ante los ancianos de la tribu –a partir de entonces Trueno Veloz nunca más se sintió solo.
          –¿Por qué no dijiste que te quedabas?, he pasado un miedo espantoso –pero el hombre obvió la pregunta.
          –Volvamos, tu madre debe estar nerviosa y ya sabes que no puedes compartir la experiencia con otros chicos, a ellos también les tocará, siempre se ha hecho así y debe continuar, forma parte de nuestra historia –dijo tajante.
          Tayen McDaniel pescaba pacientemente en el río Oconaluftee una o dos veces por semana para alimentarse no sólo de caza. Después, en un lugar apartado, lejos de todo circuito turístico, cercano a donde vivía, se recogió el pelo en dos largas trenzas colocando en una de ellas una pluma de águila que simboliza equilibrio. Encendió una hoguera, cruzó las piernas y, sentado en el suelo, esperaba a que las llamas tomasen altura, entonces, preparaba un bastón ensartando en él una trucha para asar que luego devoraba con apetito. Sin embargo, la respiración acelerada de alguien acercándose cambió el compás de la rutina. Apagó el fuego vertiendo la taza de café aún sin probar y permaneció atento. De repente, a través de la cortina de polvo que levantaron las fuertes pisadas de un par de botas vaqueras, apareció una silueta de mujer portando una voluminosa mochila a la espalda.
          –Ando desorientada –confesó Opal Nelson.
          –Pues se ha alejado un poco de la zona comercial –dijo Trueno Veloz, acostumbrado a que más de un visitante se perdiese por ahí con la esperanza de encontrar auténticos souvenir.
          –No, eso no me interesa, busco concretamente esto –mostró el plano encontrado en la cabaña–, pero no entiendo nada.
          –¿De dónde lo ha sacado? –preguntó curioso–, es un silabario bastante antiguo.
          –Es una larga historia.
          –No hay prisa –algo muy especial de la misteriosa mujer le atrajo muchísimo.
          –La abuela Tillie… –Desde sus recuerdos más primarios narró todo cuanto debía cumplir, y no sólo por la anciana, sino para quedarse en paz consigo misma. Cada pocas palabras hizo pausas para tragar el nudo de la garganta o simplemente llenar los pulmones con aquel aire tan puro.
          –Va a emprender una aventura colmada de sentimientos y emociones, pero también de generosidad ya que una vez realizado el ritual entregará el espíritu de su abuela a las montañas.
          –Sí, y habrá merecido la pena –a punto de marcharse volvió a mostrar el viejo papel.
          –¿Ve aquella colina? –señala de frente–, pues justo detrás está el terreno marcado en el plano. Hasta llegar a la cumbre es complicado sino lo conoces bien, hay desniveles engañosos que parecer aptos para senderismo y en cambio son precipicios.
          –Comprendo, aun así voy a hacerlo, voy a cumplir esta promesa, cueste lo que cueste.
          –Entonces iré con usted hasta la parte llena, desde ahí ya no hay obstáculos y podrá continuar sola si así lo desea –ella asintió
            –En marcha pues.
          La pendiente era menos pronunciada de lo que parecía y, aunque Opal Nelson no estaba acostumbrada a hacer largas caminatas subió mejor de lo esperado. Una pasarela de hojas caducas alfombraba la senda que conducía a la cima. Muy a lo lejos, la caída de agua en cascada alivió y refrescó su frente mientras un salpullido de gotas de sudor resbaló por la ropa interior dejándole la piel pegajosa y molesta. De pronto recordó que la estantería metálica vertical para la maestra de escuela todavía no había llegado, por tanto, el lunes sin falta reclamaría el pedido. Tayen McDaniel iba por delante apartando ramas de árbol atravesadas en el camino, se detuvo en seco, miró otra vez el mapa, consultó la dirección del aire, la posición del sol medio ocultándose, los posibles desprendimientos que pudiera haber y, dejándola ubicada retomó el diálogo:
          –A partir de aquí, orientándose siempre rumbo Sur, debe buscar una roca de tipo arenisca en color gris con sombras violeta.
          –¿Cómo sabré cuál es? –preguntó inquieta.
          –Tiene esta misma inscripción –señaló los símbolos del reverso del papel.
          –¿Y si me equivoco? –dijo bastante preocupada.
          –No lo creo. Déjese guiar por el corazón y el instinto, a los indios eso nunca nos falla –esbozó una amplia sonrisa.
          –Ya veremos.
          –Si se ve en apuros encienda esto para que el humo suba alto –le dio un envoltorio con una especie de mecha en el extremo–, así sabré que necesita ayuda.
          –Lo haré –Trueno Veloz, el indio Cherokee, cuyo hábitat es el bosque desapareció detrás de la niebla.
          Unas millas más allá la humedad era mayor. Aunque Opal Nelson acusaba el agotamiento, debía cumplir el cometido que la había llevado hasta allí. Así que, optó por parar un instante, reponer fuerzas con las deliciosas galletas sureñas que nunca le faltaban y llenar los pulmones para reanudar la marcha. Según Tayen McDaniel vería pronto a los guardianes de la roca: robles castaños salpicados con álamos amarillos. No se equivocó, ahí estaba esperándola: señorial e imponente. En su lado oeste, una vez retirada la maleza, encontró la gruta donde depositó la falda de piel de alce de la abuela Tillie, el hueso del mismo animal sirviendo de aguja para coserla, dos cajas pequeñas de madera, una fotografía muy antigua, casi irreconocible, el saquito conteniendo plantas medicinales, la plegaria aquella que llevaba escrita de difícil comprensión para ella. A la salida colocó unas piedras para ahuyentar a las alimañas y, de ese modo, finalizó el ciclo de aquella mujer poderosa que, además de vivir por y para la familia, lo hizo también con el propósito de encontrar respuestas a su alianza emocional con la tribu de los Cherokee. Sin embargo, le correspondería a Opal Nelson, su nieta, encajar las piezas del complicado y misterioso puzzle…  
          Los cuatro hijos varones de Donna Hanks residen cada uno en un extremo del país. Atraído por la industria del petróleo el pequeño se estableció en Texas donde es capataz de cuadrilla; el penúltimo se fue a Wisconsin a ocupar el puesto de monitor en una estación de esquí; el mayor partió a Illinois a ejercer de pastor en la Iglesia Evangélica Luterana, en el barrio de Riverdale, que cuenta con la población más pequeña de Chicago y el más tardío en abandonar el hogar familiar resultó ser el segundo quien, al poco de morir el padre, cuando asistía al Festival de la Música Country en Nashville, se enamoró de una joven de Montana que estaba de paso en Oak Ridge y, siendo él como era, enfermero de profesión, buscó empleo en la capital de Billings y se fueron juntos. A partir de entonces Donna Hanks se enfrentó a la soledad de las habitaciones cerradas, a la ausencia de voces, a los muebles que crujen en la inmensidad del silencio, a las cenas con la sola compañía de la reposición de la serie de televisión Bonanza, disfrutando de Hoss Cartwringht, el grandullón y más noble vaquero del rancho La Ponderosa, interpretado por Dan Blocker, uno de sus actores favoritos. A un solo cubierto en la mesa, a la nevera organizada en raciones individuales, a los trozos de pan aprovechables de la víspera anterior y a poner la lavadora muy de tarde en tarde. Poco a poco las llamadas por teléfono también perdieron la frecuencia semanal del principio, ni siquiera supo que uno de los hijos se había divorciado y que otro perdió el empleo por problemas de alcohol.
          –Hijo, mientras que vosotros estéis bien y los niños también, yo lo estaré –manifestaba–. Ahora es tiempo de hacer conservas de hortalizas para todo el año, así que, entre eso, la lectura de la Biblia y la música de Dolly Parton los días pasan casi sin darme cuenta.
          –Y los western que no te cansas de mirar, ¡eh!
          –Claro.
          –No obstante, estaríamos encantados de que vivieses con alguno de nosotros –decían.
          –No os preocupéis, recibo visitas de amigas y de la pequeña Aretha O’Neal, aún no me veo en Patroit Hill Assited Living, pese a ser una de las mejores residencias para mayores ubicada a las afueras de la ciudad. No, creo que todavía seguiré aquí, en mi hogar, apegada a mis cosas, hay mucho por hacer.
          –Mamá tengo que colgar, me esperan en una reunión.
          –Claro, cariño. Cuídate mucho. Te quiero. Hasta pronto –y cortaba la comunicación con lágrimas en los ojos.
          La mañana que amaneció sin dolores en la rodilla cogió la vieja camioneta, repostó en la gasolinera que hay en el 1199 Oak Ridge Turnpike, frente a la farmacia Walgreens –segunda cadena más grande de Estados Unidos– donde tenía unas medicinas pendientes y, sin prisa pero con determinación, se incorporó a la carretera Interestatal 75 y enlazar después con otras hasta llegar a Knoxville donde almorzará en su restaurante favorito.

 

domingo, 1 de octubre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

2.

El crujir  de la leña prendiendo en la chimenea del pequeño saloncito, sonando de fondo Dolly Parton, una de las estrellas más brillantes de la música country, la amenaza de la primera nevada copiosa a punto de teñir de blanco toda la superficie del bosque, una cierva con su cría curioseando en el jardín, el silbido del viento atizando con fuerza sobre la barandilla del porche, la intensidad del frío acostado encima de los escalones de piedra, haciéndolos peligrosamente resbaladizos, ese olor en cada rincón de la casa a bizcocho recién hecho y el ronquido de algún viejo Lincoln Continental que aún circula por la zona, son el entorno donde Donna Hanks teje la bufanda de colores que pondrá de regalo en el árbol de navidad de la Iglesia junto a más objetos en miniatura para los hijos de los feligreses. Diez minutos antes de las 6:00 p.m., hora de la cena, se ha parado el temporizador del horno terminándose de gratinar el pastel de carne que, una vez enfriado, cortará en raciones y guardará en el congelador. Afuera, salvo por los lobos que escupen su aullido tenebroso anunciando un próximo cambio de luna, todo está en calma en Oak Ridge, conocida también como ciudad secreta que en 1942 el Gobierno Federal de Estados Unidos mandó al ejército para construirla al oeste de Knoxville, como parte del Proyecto Manhattan –diseño de la bomba atómica, aunque ahí sólo se depuraba el combustible de Uranio–. En este bellísimo lugar de Tennessee la rueda de la economía gira en torno al Laboratorio Nacional donde la extensa plantilla cualificada en las distintas ramas con personal de apoyo, se esfuerzan en la investigación científica obteniendo avances respecto a la transición a la energía limpia, frenar el cambio climático, proporcionar mejoras a la vida de la gente, utilización de drones de última generación para prevenir en la medida de lo posible incendios, así como el desarrollo de la ciencia de la resiliencia protegiendo al país de ataques nucleares o cibernéticos. Por tanto, la mayoría de sus habitantes, oriundos o migrantes, trabajan en él.
          El 4 de julio, proclamación de la Independencia de los Estados Unidos de América del Imperio británico en 1776, se celebra con orgullo el amor y el respeto a la patria con multitud de celebraciones en las que participan casi todos los ciudadanos. Un saludo de armas a la unión por cada estado se hace en cualquier base militar con infraestructura, así como la presencia de algunos políticos dándose un baño de masas para ensalzar la historia que cimenta la travesía realizada por el país, desde entonces a la actualidad. Eventos multitudinarios, partidos de béisbol, competiciones de toda índole, picnic, fuegos artificiales arropados con canciones como Star-Spangled Banner, Tis of thee… y Dixie en las regiones del sur, programan una jornada inolvidable y única. Sentirse parte de la Nación es sinónimo de estar bendecidos por Dios, protegidos contra todo mal sabiéndose los escogidos y únicos habitantes del planeta que se salvarán de las plagas terrenales. Opal Nelson y Donna Hanks se conocieron a la altura del cine Regal Riviera en Gay Street, una de las principales arterias de Knoxville, donde una marea de gorros, camisetas, insignias, pañuelos y todo tipo de complementos con los colores de la bandera adornaban esa vía rebosante de personas preparadas para asistir al comienzo de los desfiles.
          –¿Sabe dónde hacen el concurso de ver quién come más hot dogs en el menor tiempo superando el record anterior? –pregunta Donna respecto a esa extraña tradición de engullir perritos calientes a contrarreloj precisamente en esa fecha.
          –¿Ve a aquel grupo numeroso? –indica Opal.
          –Sí.
          –Apuesto que han empezado ya, fíjese como anima el público.
          –Es verdad. Gracias –corrobora Donna.
          –Hace años uno de mis hermanos quedó campeón y el resto de la familia presumimos asegurando que seríamos los siguientes en llevarnos el trofeo, ninguno lo conseguimos, de hecho, ni siquiera lo intentamos –cuenta Opal con total naturalidad, como si se conociesen de atrás.
          –Vivo en Oak Ridge y apenas salgo de allí, hace mucho que no visito el World’s Fair Park y cuando vengo me gusta admirar una vez más la torre Sunsphere, estuve en la exposición especializada en 1982 cuyo tema fue “la energía cambia el mundo” y disfruté bastante, de modo que ando un poco despistada y no sé hacia dónde tirar –dice Donna en tono nostálgico
          –La gran esfera dorada con vistas a la ciudad, ¡eh! –añade la otra–. ¿Quién no guarda en la memoria algún momento especial ocurrido ahí? Voy en esa dirección, si quiere la acompaño.
          –Encantada –permanecieron juntas hasta bien entrada la noche cuando tuvo lugar el festival pirotécnico como colofón a toda una variedad de festejos. Rieron, contaron anécdotas, alguna confesión, comieron barbacoa de hamburguesas, papas y aros de cebolla fritos, alitas de pollo picantes, nachos mexicanos con guacamole y mucha cerveza. Desde entonces no han perdido la relación y son conscientes de que su diferencia las complementa entre sí.
          –¿Recuerdas cuando nos conocimos? –conversan a menudo sobre esa primera vez desde dos miradas bien distintas.
          –Sí, claro –responde Donna–. Me pareciste interesante, pero con ideas alocadas.
          –Anda, dilo, atrévete: una salvaje suelta en la civilización, ¿a qué sí? –insta Opal para que se sincere.
          –No sé, más bien inquieta, rebelde, inconformista, brava, transgresora –dice tapándose la boca con la mano ocultando la sonrisa–. Ya sabes, alguien en busca de unos orígenes indígenas que quizá sólo estén en tu cabeza. A mí me parece que es mejor no mover las cosas, dejarlas como están y asumir el sitio donde hemos nacido y habitamos sin sentirnos culpables por haberlo ocupado anteriormente otros. –Si algo las caracteriza es la habilidad manejando los espacios de silencio sin la necesidad de llenarlos a toda costa.
          –Bueno, respeto tu punto de vista, pero como sociedad tenemos por delante mucha reflexión y un profundo examen de conciencia ya que arrasar a la tribu Cherokee de este Estado fue uno de los peores genocidios de la historia cometidos por la supremacía blanca. Nos creemos por encima, superiores, propietarios de una tierra que no nos pertenece, inteligentes manejándonos con torpeza, inventores de una forma de vida a conveniencia, usuarios de un lenguaje universal excluyente al semejante, autoritarios y, sin embargo, empequeñecidos y pobres cuando sale de nosotros lo peor del ser humano.
          –No hay quien te pare, hablas como una filósofa –con esa frase Donna rompe la seriedad de la otra.
          –El día menos pensado vendrás conmigo hasta la reserva india que hay junto al Smoky Mountain National Park, será emocionante –Opal Nelson conoce aquello, pulgada a pulgada, donde los latidos del corazón se le aceleran.
          Los O’Neal son una familia de color, muy discreta, procedentes del pequeño pueblo de Orlinda, condado de Robertson, que en marzo de 2019 cuando se derrumbó el puente Highland Road tuvieron miedo de volverlo a cruzar y precipitarse al vacío, se trasladaron a Oak Ridge y, aunque enseguida prosperaron, la madre como maestra de escuela y el padre pasante en un despacho de abogados pudiendo comprar una casa sencilla en mejor sitio, al principio de llegar vivieron en el área de Scarboro Community –al crearse la “Ciudad Secreta” destinaron esa zona con viviendas inferiores para los negros, ahora residen en todas partes pero todavía sigue habiendo allí–. Aretha, tercera de las hijas, una adolescente bastante espabilada y con perfil de emprendedora aún sin definir, por Acción de Gracias le lleva a Donna Hanks un “pastel de ajedrez” cocinado por ella que la mujer recibe gustosa pese a no encontrar en la textura ese toque mantecoso y desmenuzable que caracteriza dicho postre tan popular en el Sur de Estados Unidos. El contacto entre ellas surgió cuando el reverendo de la iglesia Baptista adonde acuden los O’Neal dio los nombres de algunos vecinos y vecinas que teniendo lejos a los allegados, ese día sus hogares carecen del tradicional encuentro familiar. A falta de cinco jornadas para el último jueves de noviembre, fecha de dicha celebración, mientras daba el habitual paseo rehabilitador para su rodilla, ve a la muchacha, cabizbaja y pensativa, sentada sobre el tocón.
          –Te vas a enfriar, querida. Está bajando mucho la temperatura –dice, posando su mano en el hombro de la chamaca.
          –¡Oh, no, Ms Hanks! No se apure, no tengo frío, estoy bien.
          –¿Disfrutando de un rato en soledad? –pregunta en tono sueve, consciente de la sensibilidad de la joven.
          –Sí, es que los gemelos están hiperactivos –refiriéndose a los hermanos de apenas dieciocho meses– y necesitaba poner en orden las ideas.
          – Entonces me marcho, no seré yo quien te distraiga –gira despacio sobre los talones.
          –No se vaya, por favor, le estoy tan agradecida.
          –¡Anda, anda, que me abrumas!
          –Usted no me rechaza por ser afroamericana, al contrario, me trata de igual.
          –Simplemente me caes bien y ya estamos muy acostumbrados a convivir unos con otros.
          –No se crea, ¡eh!, todavía hay quien nos ve como a ciudadanos de tercera, por eso, personalmente le tengo mucha gratitud al presidente Obama porque puso a nuestro pueblo en primera línea.
          –Bueno, para nosotros los Republicanos fueron ocho años pésimos, pero entiendo que empatices con él.
          –¡Por cierto!, ¿se ha enterado que Tafari Campbell, de 45 años, se ha ahogado haciendo padlesurf frente a la costa de Massachusetts?
          –¿Y tú dónde te informas de todo eso?
          –En Internet, ahí está el mundo entero –responde con ánimo de seguir narrando las maravillas de la red informática, pero se cortó notando el poco interés que despierta en la mujer.
          –No sé quién es el caballero –dice Donna.
          –Pues el cocinero de los Obama en la Casa Blanca, una vez que finaliza el mandato, le propusieron seguir con ellos de chef personal.
          –¿Y aceptó?
          –Claro, ¿quién podría resistirse a una cosa así?
          –Yo, por ejemplo –bromeó.
          –¿Cómo va la pierna? –cambia radicalmente de tema.
          –Apenas duele, en unas semanas estaré lista para la maratón de Nueva York –ambas se destornillan de risa.
          –Y dime: ¿qué te preocupa? Conozco muy bien esa carita y algo ronda dentro de ti –pregunta Donna mostrando la ternura que sólo usa con ella, quizá por añorar no haber tenido una hembra además de sus cuatro varones a los que adora, pero la naturaleza nunca quiso concederle tal deseo.
          –Nada, una tontería –dice retorciendo la punta de un pañuelo con la mirada clavada en el suelo–. Es que, verá. En fin, no, nada…
          –Bueno, como quieras –deja unos segundos de silencio–, pero deberías volver, pronto oscurecerá y habrás de ir con cuidado, el bosque es peligroso.
          –Ms Hank, ¿tiene inconveniente en regresar juntas? –a la mujer se le ilumina la cara.
          –Ninguno –responde agradecida.
          –Deje que primero pise yo no se vaya a caer –eso hicieron hasta llegar a Manhattan Ave donde residen.
          –¿Preparo mañana un chocolate caliente y así me cuentas eso que tanto te preocupa? –dice sorprendiéndola.
          –Me encantaría, Ms Hanks, pero tengo que cuidar de los gemelos, otro día, lo prometo.
          –Tranquila –se despiden y la ve desaparecer con la inseguridad del paso que va dejando atrás la adolescencia.
          La abuela Tillie no sabía leer ni escribir, pero gozaba de una sabiduría que ya quisieran muchos. Tras una vida longeva pasando infinitas calamidades murió en el mismo lecho donde parió a todos sus vástagos y copuló con el esposo que siempre la hizo de menos. Era domingo por la tarde y Opal Nelson sabía que el gastado corazón de la mujer no aguantaría más tiempo por eso condujo varias millas y fue a despedirse de ella. Su madre terminaba de planchar la ropa de cama que la anciana había ensuciado el día anterior, tenía la melena recogida, sonrojados los pómulos, los pechos todavía firmes y con gotas de sudor entre ellos, tarareaba una melodía desconocida y mantenía sueltos dos botones de la blusa que al verla abrochó ruborizada. El verano resultaba especialmente cálido y sofocante, la jarra de agua muy fría con jugo de limón y vasos de cristal estaban sobre la mesa del sunroom, espacio en donde fantaseaba de pequeña. Observó en el reloj de pared el minutero detenido en mitad de la esfera, a saber desde cuándo, la puerta de la nevera empapelada con notas sujetas por imanes como si un regimiento de gente aún viviese allí, cubiertos de polvo el lomo de los libros que ya nadie sacaba de la estantería y arrinconado el globo terrestre, ese que tantas veces hizo girar con los ojos cerrados hasta pararse en un punto soñando que viajaba a algún incógnito lugar: exótico, misterioso, de tierras vírgenes, alejado... Entonces recordó sus días de infancia en aquella amplia y luminosa cocina, el sabor a huevos revueltos, a crepes con sirope de arce, a la cerveza casera que hacían en el garaje, al olor a pólvora cuando los sábados el padre y los hermanos practicaban tiros en el patio trasero, las discusiones familiares a consecuencia de desencuentros políticos, la incomodidad que sentía por lucir en la fachada la bandera confederada, el viento del río Tennessee a su paso por Lenoir City y tantos momentos álgidos dispuesta a cambiar el destino de los más vulnerables.
          –Hola, mamá –dice a su progenitora quien se sobresalta al hablarla por detrás.
          –¡Ay, cariño, me has asustado! –comenta la mujer tapándose la boca con la mano.
          –Perdona, lo lamento. ¿No me oíste llegar con el coche?
          –No, ando con mis tareas y no me entero.
          –Me alarmó tu llamada de teléfono respecto al estado de la abuela. ¿Cómo sigue?
          –Apenas está lúcida, las ausencias son cada vez más largas, supuse que querrías decirle adiós.
          –Claro.
          –Pues ya conoces el camino –concluyó con la frialdad tan característica en ella y que Opal también usaba ante determinadas circunstancias.
          La mayoría de los grandes ventanales de las habitaciones daban a una explanada con árboles y vegetación muy tupida, sin embargo, la de Tillie estaba orientada hacia el Este para contemplar la salida del Sol. Su piel morena destacaba en el almohadón impoluto cuya suave fragancia a aloe impregnaba todo el dormitorio. Además de la cama, el armario y un cómodo sillón, había un mueblecito con dos cajones sin llave que nadie se atrevía a abrir evitando los gritos de la anciana y un posible castigo muy severo. La nieta se acercó despacio y besó la frente de la abuela, a la vez que esta abrió los ojos.
          –Perdona, no quería despertarte –dijo cogiéndola la mano.
          –Y no lo has hecho, niña –con gestos indica que la incorpore un poco más, la chica lo hace colocándole mejor las almohadas–. Además, esperaba tu visita.
          –¡Ah, sí! Pues he estado a punto de no venir –ríe.
          –He de pedirte algunos favores –según termina de decirlo le da un acceso de tos y fatiga que, una vez controlada, les permite reanudar la conversación.
          –No hables mucho –sugiere preocupada dejando pasar una breve pausa–. ¿Qué necesitas?
          –Saca la cartera de cuero marrón y dámela –señala el segundo cajón.
          –No la veo –lo revuelve de lado a lado hasta encontrarla–. ¡Te pillé! –exclama burlona a la vez que se la da.
          –Léelo –la anciana saca de su interior un viejo papel bastante manoseado, no obstante, se concentra y lo hace.
          –Abuela, pero esto data de 1835, todavía faltaba mucho para que tú nacieras.
          –No te distraigas y llega hasta la última letra, niña.
          –¿Cómo es que tienes este documento?
          –Eso carece de importancia.
          –Será un duplicado, supongo, porque es el Tratado de Nueva Echota de cuando se le prometió a los Cherokee un delegado en la Cámara de Representantes –la anciana guarda silencio–, promesa que aún no se ha cumplido, claro.
          –Ahí están nuestras raíces. Lo he conservado todos estos años para ti, ahora te toca luchar por nuestro pueblo, por nuestra cultura, por nuestras costumbres –vuelve la tos y eso la obliga a callar.
          –Tranquila –intuía que la abuela no había terminado de poner sus cosas en orden–. Pero hay algo más, ¿verdad?
          –Apenas queda tiempo y cuando llegue el momento quiero que laves mi cuerpo y lo perfumes con aceite de lavanda para purificarlo, envuélveme en una sábana blanca de algodón e introduce conmigo en el ataúd una pluma de águila, nuestra ave sagrada, luego deja que me velen.
          –No sé si seré capaz, Tillie.
          –Podrás, por tus venas y las mías corre la misma sangre. Después ve a las montañas y aguarda a que salga la luna…

domingo, 17 de septiembre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

1.

A Benjamín Carreras
por la conversación,
por su ayuda y generosidad,
por cuanto aprendo de él,
por la amistad que nos une
y por los momentos que aún nos quedan:
Gracias.

Un científico menorquín afincado en Estados Unidos y al que admiro profundamente dice que Tennessee es un Estado que pasa desapercibido en la vida nacional e internacional. Sin embargo, la espectacular naturaleza con recodos abruptos para senderismo, los lagos y cascadas idóneas para practicar rafting y kayak, las leyendas contadas por los más longevos respecto a los indios Cherokee –aún hay una reserva junto al Smoky Mountain Park–, el paisaje montañoso perfilando el horizonte y dotándolo de una belleza sin igual, ser uno de los lugares donde se pagan menos impuestos, perder la noción del tiempo preservando la privacidad de lo cotidiano, el bajo costo de la vivienda, ser la patria de la Country Music y la venta directa del agricultor al consumidor en el mercado de verduras y otros artículos, son algunos motivos muy sugerentes para atraer a muchos estadounidenses que, disfrutando ya del retiro, deciden migrar aquí para disfrutar de la vida en el marco de un entorno sosegado. Esta zona es hermética, conservadora, rustica y, pese a no estar dentro del callejón de los tornados, ahora, tras la variación en los patrones climáticos, han aumentado mucho más, no sólo procedentes del Golfo de México, sino que a consecuencia del fenómeno del Niño, también lo hacen por el Pacífico. Para quienes hayan visitado otros lugares del mundo, en Tennessee encontrarán justo lo opuesto a New York, Tokio, Delhi, Madrid o El Cairo donde la masificación y el caos circulatorio anulan el lenguaje de los pájaros, la espectacularidad de la luna llena y el tan preciado silencio en los vecindarios.
          Pocas veces la prensa, salvo la de ámbito local, se hace eco de cosas ocurridas en esta extensión de terreno norteamericano, pero cuando algo resalta sobremanera ocupa en portada grandes titulares, máxime con la repercusión que hoy tienen las redes sociales para difundir cada noticia, sea verdadera o falsa, a la velocidad del relámpago. Un claro ejemplo ha sido cuando después del tiroteo en la escuela Covenant, de Nashville, perpetrado por una mujer de 28 años, donde murieron dos niñas, un niño, la maestra suplente, el conserje y la directora, salió en todos los Medios, y no precisamente por dichos asesinatos, sino porque muchísimas personas, paralizadas por el miedo a ser ella la siguiente víctima o alguien de los suyos se manifestaron pidiendo la restricción de armas en los colegios, teniendo en cuenta que tras la pandemia se han incrementado los asesinatos a manos de adolescentes con traje de justicieros. Alumnas y alumnos, madres y padres, familiares, amigas y amigos, vecinas y vecinos, en definitiva, gente de bien, encabezaron la protesta frente a la Asamblea del Estado. Junto a ellos iban los legisladores demócratas de raza negra Justin Jones, Justin J. Pearson –aunque luego los readmitieron en un principio fueron expulsados de la Cámara de Representantes– y su compañera de piel blanca Gloria Johnson, quienes no dudaron en sumarse a la reivindicación ciudadana. Pero de poco ha servido el esfuerzo al ser esta una sociedad que ha normalizado los tiroteos, sobre todo teniendo en cuenta que para este territorio, mayoritariamente conservador, las pistolas y la Biblia son elementos sagrados, además de la imposibilidad de luchar contra el lobby de la industria armamentista respaldada por la National Rifle Association of America y bajo el paraguas de la Segunda Enmienda. Así pues, por mucha movilización activista que haya y vigilias nocturnas en apoyo a los damnificados, tal reivindicación no va más allá de ser una batalla perdida.
          Lenoir City es una ciudad pequeña, tranquila, con esa peculiaridad característica de lentitud en las personas que no están agobiadas por las prisas de las grandes urbes. Sus gentes, con perfil rural de cowboy y complexión gorda, fruto de la alimentación grasienta que predomina no sólo aquí, componen una sociedad individualizada cuyo centro social se desarrolla en la iglesia. En la década de 1940, provenientes de las granjas agrícolas de la zona, muchas familias comienzan a trabajar en la construcción de la presa de Fort Loudoun, poniendo así su granito de arena en la expansión demográfica del condado. Opal Nelson es una mujer de sólidos principios demócratas. Nace veinte años después, en 1960 y, al ser la mayor de once hermanos –sólo sobrevivieron cuatro, los demás murieron al poco de nacer–, todos varones, fue educada para ocuparse de las tareas domésticas. Sin embargo, aficionada a la lectura desde muy joven y tras haber leído una biografía de Anne Dallas Dudley, líder nacional y estatal en la lucha por el sufragio femenino, comprendió que no podía permitir que le negasen las mismas oportunidades de igualdad y crecimiento personal disfrutadas por los hombres, justo es decir también, que la influencia de su abuela Tillie jugó un papel importantísimo para ella. Así que, cuando terminaba de hacer los recados y las tareas de clase, se pasaba las horas muertas en la ferretería regentada por uno de los matrimonios más célebres de toda la comarca: los Mathinson, pareja de casi setenta años, sin herederos. Alcanzada la mayoría de edad, tuvo la grandísima suerte de que la contrataran para ayudarles en la tienda. Transcurridos pocos meses, y en vista de lo bien que se desenvolvía al otro lado del mostrador, sin problema alguno con los nombres y utilidades de las distintas herramientas, se quedó al frente del negocio y, aunque en la actualidad lo ha adquirido la franquicia The Bricolaje House Construction CO, sigue ahí de encargada. Aprendió a tratar a la clientela con suma amabilidad, adelantándose a sus necesidades, aconsejándoles mejoras en aquellas cosas a reparar, consiguiendo en el mercado de segunda mano maquinaria difícil de encontrar y siempre a la última de nuevos materiales inofensivos para el medioambiente como el barniz compuesto con materias primas de origen vegetal, gubias con mango ecológico, tacos de lija reciclada o toda clase de tornillería autorroscante, por citar algunos ejemplos. Y fue así cómo, sin planificar demasiado el futuro, encontró la fuente de ingresos con la que financiar la vida.
          –Hola, Opal. ¿Te quedan llaves grifa de 36 pulgadas? –pide el fontanero del vecindario.
          –Claro, precisamente me acaban de llegar estas. Mira, tienen un revestimiento especial en el remache metálico de modo que si necesitas golpear con ella no se lastimará.
          –Ya, pero son más caras que las estándar –dice, dudando en si llevarla o no, aunque al final la hará caso.
          –Bueno, un poco, pero aunque hagas un mayor desembolso a la larga es más rentable. Fíjate cómo se adapta a la mano y a la ondulación de los dedos, es muy ligera de peso. Y cómoda, no lo olvides.
          –Joder, ya me estás liando –al fondo, dos mujeres en discreto silencio miran algunas cosas y Opal se acerca adonde están.
          –¿Notas lo robusto del acero? –interrogo al fontanero que le tengo ya casi comiendo de mi mano.
          –Nada.
          –Bueno, ve mientras atendo a aquellas personas, lo piensas.
          –Vale.
          –¿Puedo ayudarlas? ¿Buscan algo concreto?
          –Licuadoras.
          –Esas de ahí son nuevas y muy fáciles de manejar, cualquier duda me preguntan –dice sonriente. Entra otro comprador y se dirige a él.
          –Tengo tu motosierra de segunda mano por 190 dólares –le dice al dueño de la mayor explotación agrícola de la comarca que además es amigo.
          –Me gusta mucho esta.
          –No me extraña, es de 12 pulgadas y ronda los 560 dólares. Va por batería de 56V. El motor es sin escobillas y su diseño ligero la hace mucho más fácil de manejar. Lleva incorporado un engrasador de cadena automático y tanque de aceite.
          –Se me sale del presupuesto –asegura entristecido el granjero–, no me está yendo muy bien últimamente.
          –Bueno, verás como al final todo se arreglará.
          –Esperemos. Detrás, en el almacén te dejado tu caja semanal de fruta y verdura.
          –Gracias –paga el aparato y se marcha.
          –Vente y tomamos una cerveza cualquier día de estos.
          –Lo haré.
          –Entonces, qué –vuelvo con el fontanero–, ¿te pongo la llave grifa? Espera, ha venido también hilo para soldar de acero al carbono, sin revestimiento de cobre, es más respetuoso con el medio ambiente.
          –No pierdes ocasión ¡eh, ferretera!
          –Tendrás queja –se afana en buscar siempre el equilibrio entre cliente y empresa: satisfaciendo a uno y reportando ganancias a los otros–, te trato con un mimo exquisito.
          –Ya, y también aprovechas cualquier descuido para envolverme.
          –¿Y bien?
          –Anda, ponme una bobina, aunque con una condición.
          –Suelta.
          –Que me apunto también a esa cerveza.
          –¡Hecho! Llévate dos y te rebajo unos centavos. ¿Qué me dices?
          –Regálame una rosca entera de cuquilla aislante y aceptaré el trato.
          –No puedo, eso es mucho, pero, aguarda un momento, la persona que vino antes que tú se llevó una medida exacta y dejó estos trozos sobrantes, tómalos –así lo hace, él se va contento y ella anota un logro más en la hoja de ventas.
          –¿Les gusta pues la licuadora?
          –Sí, nos llevamos una cada una.
          –Perfecto, entonces ponemos tres.
          Si hay algo que le gusta hacer por encima de todo, es echarse a la carretera con el depósito de la camioneta lleno, provisiones para pasar la noche bajo las estrellas, tomar la incorporación a la US-441 S Parkway, conducir unas 72,9 millas hacia el Este, disfrutar del paisaje haciendo un alto cada poco tiempo y llegar a las Smoky Mountains recordando las viejas leyendas que, cuando no levantaba un palmo del suelo, sentada en la mesa grande de la cocina, delante del tazón de leche con cereales, de la boca cayendo un hilo de babas por la emoción, los ojos abiertos como platos y un pinzamiento de suspense corriendo por la espalda, escuchaba a la abuela Tillie contar las leyendas respecto a la tribu de los Cherokee que a su vez oía también la anciana de pequeña. Es posible que lo almacenado en la memoria haya modificado el escenario real de aquellos momentos de infancia adornando quizá los datos para hacerlo más narrativo, pero el timbre misterioso de su voz, las siluetas onduladas de las velas proyectadas en la pared, el brillo en la mirada ausente aunque relajada, el dolor manifestado en cada palabra suya, la descripción exacta del galope de los caballos en lo alto de las colinas levantando el polvo del camino y la perfecta imitación que hacía de los tambores de guerra, aportaba a todo un aire legítimo, verdadero, un mosaico preciso del motor que había movido la existencia de esa mujer sin estudios, sin recursos, sin cultura, pero con un objetivo muy claro: darle visibilidad a una de las mayores injusticias sociales cometidas por los colonos blancos.
          –¿Abuela conociste a los indios? –le formulaba esta pregunta casi a diario ante la irritación de la madre y la expectación de los hermanos.
          –Pues claro, ¡qué te crees, mocosa! He cabalgado con ellos por los desfiladeros, aprendí que se puede vivir sólo con lo necesario y a cazar para comer –decía cómplice con la chica.
          –¡Anda, pero si va a resultar una estupenda anfitriona de safaris, y nosotros aquí, sin saberlo! –comentaba el padre notándosele la poca empatía con la suegra.
          –Por favor, esposo, no eches más leña al fuego, ya la conoces, está perdiendo la cabeza y cuando se le calienta la lengua no hay quien la pare –mediaba la mujer mientras hacía señas a la cría para que callara, pero ni por esas.
          –¿Y dónde están ahora? –saltaba uno de los primos que pasaba largas temporadas con ellos.
          –Hartos de whisky y enloquecidos con la danza de la lluvia para limpiar la tierra de espíritus malignos –volvía a interrumpir yerno irónico y acalorado.
          –No digas sandeces –reprendía la anciana–, los niños deben conocer la verdad de la humanidad, la generosidad, las miserias, el acierto, la equivocación, el avanzar y el retroceder y el respeto por igual hacia hombres y mujer libres y comprometidos.
          –Muy bien –el hombre aplaudía–. Perfecto, pues para eso te tenemos a ti, ¿no?, fiel defensora de las clases inferiores a la nuestra –la abuela le miraba con lástima
          –No deberías tomártelo a broma –concluía.
          –¿Y según usted cómo debo tomarlo? ¿Con retortijones de tripa? ¿Acojonado? ¿Sumiso? ¿Orando por sus alamas? ¡Venga ya, vieja! –soltaba burlón.
          –¿Te cuento qué paso? –la niña asentía emocionada–. Verás, hace siglos los echamos de su territorio.
          –¿Quiénes? –crecía su curiosidad.
       –El hombre blanco. Arrancamos sus cultivos, destrozamos sus cabañas, nos adueñamos de su terreno, les quitamos todo y se vieron obligados a realizar un desplazamiento hacia lo desconocido –una de sus estrategias consistía en permanecer algunos segundos callada para que cuajase el mensaje en los inocentes corazones de aquellos que escuchaban con absoluta atención–. La mayoría murió durante el proceso migratorio conocido como El Sendero de las Lágrimas y a cuyo destino final sólo llegaron los más resistentes. El genocidio cometido contra los nativos americanos duró aproximadamente dos décadas llenas de hambruna, asesinatos, violaciones y un sufrimiento atroz. Ya lejos de su origen, al oeste del río Misisipi, en el llamado Territorio Indio, se asentaron.
         –¡Madre, cállate de una vez, por favor. ¿No ves que les asustas con tus cosas y después sueñan? –suplicaba la madre de Opal fuera de sí. Entonces, triste y empequeñecida, con la figura arrugada, las manos cruzadas sobre el regazo, rechinando los dientes, entornando los párpados y meneando la cabeza de atrás adelante, embargada de cansancio, la abuela Tillie se encerraba para llorar en su dormitorio.
          Recuerda cada conversación suya como un salvoconducto para seguir al lado de los vulnerables, aquellos que han sido menos afortunados en la distribución de oportunidades en la vida. Una mañana, poco antes de dejarlos para siempre, aunque todavía no estaba muy malita, la llevó a la reserva porque dijo tener que hacer alguna cosa. Durante todo el camino no despegó los labios a pesar de insistir con toda clase de preguntas que se le ocurrieron. Una vez localizado el llano donde se supone había estado anteriormente, se arrodilló con mucha dificultad, buscó con la punta de los dedos dos varillas de madera, las frotó con paciencia e hizo fuego sobre una pirámide de hierbas secas que ella misma amontonó. Entonces, en una lengua desconocida, entonó un canto mirando al infinito. Desde ese preciso momento sigo investigando en fotografías de mis antepasados y en la de los contemporáneos actuales rasgos de la tribu de los Cherokee, por si acaso encuentro parecidos.
          A veintidós millas de Lenoir City, en Oak Ridge, vive Donna Hanks. Convaleciente de la operación de prótesis de rodilla a la que se ha sometido, apenas sale de casa. Con fama de gruñona, arisca y conservadora, ha dejado crecer un perfil que en el fondo no se corresponde con ella. En el informativo de televisión salta la noticia de que el gobernador de Tennessee anuncia nombramientos para el Consejo Asesor de Energía Nuclear, creado recientemente, cuyo propósito fundamental es liderar así la independencia energética de Estados Unidos. Mientras, en la paz de su hogar, Donna se sirve una copa de vino a la vez que contempla la caída del sol por la ventana del porche.