domingo, 1 de octubre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

2.

El crujir  de la leña prendiendo en la chimenea del pequeño saloncito, sonando de fondo Dolly Parton, una de las estrellas más brillantes de la música country, la amenaza de la primera nevada copiosa a punto de teñir de blanco toda la superficie del bosque, una cierva con su cría curioseando en el jardín, el silbido del viento atizando con fuerza sobre la barandilla del porche, la intensidad del frío acostado encima de los escalones de piedra, haciéndolos peligrosamente resbaladizos, ese olor en cada rincón de la casa a bizcocho recién hecho y el ronquido de algún viejo Lincoln Continental que aún circula por la zona, son el entorno donde Donna Hanks teje la bufanda de colores que pondrá de regalo en el árbol de navidad de la Iglesia junto a más objetos en miniatura para los hijos de los feligreses. Diez minutos antes de las 6:00 p.m., hora de la cena, se ha parado el temporizador del horno terminándose de gratinar el pastel de carne que, una vez enfriado, cortará en raciones y guardará en el congelador. Afuera, salvo por los lobos que escupen su aullido tenebroso anunciando un próximo cambio de luna, todo está en calma en Oak Ridge, conocida también como ciudad secreta que en 1942 el Gobierno Federal de Estados Unidos mandó al ejército para construirla al oeste de Knoxville, como parte del Proyecto Manhattan –diseño de la bomba atómica, aunque ahí sólo se depuraba el combustible de Uranio–. En este bellísimo lugar de Tennessee la rueda de la economía gira en torno al Laboratorio Nacional donde la extensa plantilla cualificada en las distintas ramas con personal de apoyo, se esfuerzan en la investigación científica obteniendo avances respecto a la transición a la energía limpia, frenar el cambio climático, proporcionar mejoras a la vida de la gente, utilización de drones de última generación para prevenir en la medida de lo posible incendios, así como el desarrollo de la ciencia de la resiliencia protegiendo al país de ataques nucleares o cibernéticos. Por tanto, la mayoría de sus habitantes, oriundos o migrantes, trabajan en él.
          El 4 de julio, proclamación de la Independencia de los Estados Unidos de América del Imperio británico en 1776, se celebra con orgullo el amor y el respeto a la patria con multitud de celebraciones en las que participan casi todos los ciudadanos. Un saludo de armas a la unión por cada estado se hace en cualquier base militar con infraestructura, así como la presencia de algunos políticos dándose un baño de masas para ensalzar la historia que cimenta la travesía realizada por el país, desde entonces a la actualidad. Eventos multitudinarios, partidos de béisbol, competiciones de toda índole, picnic, fuegos artificiales arropados con canciones como Star-Spangled Banner, Tis of thee… y Dixie en las regiones del sur, programan una jornada inolvidable y única. Sentirse parte de la Nación es sinónimo de estar bendecidos por Dios, protegidos contra todo mal sabiéndose los escogidos y únicos habitantes del planeta que se salvarán de las plagas terrenales. Opal Nelson y Donna Hanks se conocieron a la altura del cine Regal Riviera en Gay Street, una de las principales arterias de Knoxville, donde una marea de gorros, camisetas, insignias, pañuelos y todo tipo de complementos con los colores de la bandera adornaban esa vía rebosante de personas preparadas para asistir al comienzo de los desfiles.
          –¿Sabe dónde hacen el concurso de ver quién come más hot dogs en el menor tiempo superando el record anterior? –pregunta Donna respecto a esa extraña tradición de engullir perritos calientes a contrarreloj precisamente en esa fecha.
          –¿Ve a aquel grupo numeroso? –indica Opal.
          –Sí.
          –Apuesto que han empezado ya, fíjese como anima el público.
          –Es verdad. Gracias –corrobora Donna.
          –Hace años uno de mis hermanos quedó campeón y el resto de la familia presumimos asegurando que seríamos los siguientes en llevarnos el trofeo, ninguno lo conseguimos, de hecho, ni siquiera lo intentamos –cuenta Opal con total naturalidad, como si se conociesen de atrás.
          –Vivo en Oak Ridge y apenas salgo de allí, hace mucho que no visito el World’s Fair Park y cuando vengo me gusta admirar una vez más la torre Sunsphere, estuve en la exposición especializada en 1982 cuyo tema fue “la energía cambia el mundo” y disfruté bastante, de modo que ando un poco despistada y no sé hacia dónde tirar –dice Donna en tono nostálgico
          –La gran esfera dorada con vistas a la ciudad, ¡eh! –añade la otra–. ¿Quién no guarda en la memoria algún momento especial ocurrido ahí? Voy en esa dirección, si quiere la acompaño.
          –Encantada –permanecieron juntas hasta bien entrada la noche cuando tuvo lugar el festival pirotécnico como colofón a toda una variedad de festejos. Rieron, contaron anécdotas, alguna confesión, comieron barbacoa de hamburguesas, papas y aros de cebolla fritos, alitas de pollo picantes, nachos mexicanos con guacamole y mucha cerveza. Desde entonces no han perdido la relación y son conscientes de que su diferencia las complementa entre sí.
          –¿Recuerdas cuando nos conocimos? –conversan a menudo sobre esa primera vez desde dos miradas bien distintas.
          –Sí, claro –responde Donna–. Me pareciste interesante, pero con ideas alocadas.
          –Anda, dilo, atrévete: una salvaje suelta en la civilización, ¿a qué sí? –insta Opal para que se sincere.
          –No sé, más bien inquieta, rebelde, inconformista, brava, transgresora –dice tapándose la boca con la mano ocultando la sonrisa–. Ya sabes, alguien en busca de unos orígenes indígenas que quizá sólo estén en tu cabeza. A mí me parece que es mejor no mover las cosas, dejarlas como están y asumir el sitio donde hemos nacido y habitamos sin sentirnos culpables por haberlo ocupado anteriormente otros. –Si algo las caracteriza es la habilidad manejando los espacios de silencio sin la necesidad de llenarlos a toda costa.
          –Bueno, respeto tu punto de vista, pero como sociedad tenemos por delante mucha reflexión y un profundo examen de conciencia ya que arrasar a la tribu Cherokee de este Estado fue uno de los peores genocidios de la historia cometidos por la supremacía blanca. Nos creemos por encima, superiores, propietarios de una tierra que no nos pertenece, inteligentes manejándonos con torpeza, inventores de una forma de vida a conveniencia, usuarios de un lenguaje universal excluyente al semejante, autoritarios y, sin embargo, empequeñecidos y pobres cuando sale de nosotros lo peor del ser humano.
          –No hay quien te pare, hablas como una filósofa –con esa frase Donna rompe la seriedad de la otra.
          –El día menos pensado vendrás conmigo hasta la reserva india que hay junto al Smoky Mountain National Park, será emocionante –Opal Nelson conoce aquello, pulgada a pulgada, donde los latidos del corazón se le aceleran.
          Los O’Neal son una familia de color, muy discreta, procedentes del pequeño pueblo de Orlinda, condado de Robertson, que en marzo de 2019 cuando se derrumbó el puente Highland Road tuvieron miedo de volverlo a cruzar y precipitarse al vacío, se trasladaron a Oak Ridge y, aunque enseguida prosperaron, la madre como maestra de escuela y el padre pasante en un despacho de abogados pudiendo comprar una casa sencilla en mejor sitio, al principio de llegar vivieron en el área de Scarboro Community –al crearse la “Ciudad Secreta” destinaron esa zona con viviendas inferiores para los negros, ahora residen en todas partes pero todavía sigue habiendo allí–. Aretha, tercera de las hijas, una adolescente bastante espabilada y con perfil de emprendedora aún sin definir, por Acción de Gracias le lleva a Donna Hanks un “pastel de ajedrez” cocinado por ella que la mujer recibe gustosa pese a no encontrar en la textura ese toque mantecoso y desmenuzable que caracteriza dicho postre tan popular en el Sur de Estados Unidos. El contacto entre ellas surgió cuando el reverendo de la iglesia Baptista adonde acuden los O’Neal dio los nombres de algunos vecinos y vecinas que teniendo lejos a los allegados, ese día sus hogares carecen del tradicional encuentro familiar. A falta de cinco jornadas para el último jueves de noviembre, fecha de dicha celebración, mientras daba el habitual paseo rehabilitador para su rodilla, ve a la muchacha, cabizbaja y pensativa, sentada sobre el tocón.
          –Te vas a enfriar, querida. Está bajando mucho la temperatura –dice, posando su mano en el hombro de la chamaca.
          –¡Oh, no, Ms Hanks! No se apure, no tengo frío, estoy bien.
          –¿Disfrutando de un rato en soledad? –pregunta en tono sueve, consciente de la sensibilidad de la joven.
          –Sí, es que los gemelos están hiperactivos –refiriéndose a los hermanos de apenas dieciocho meses– y necesitaba poner en orden las ideas.
          – Entonces me marcho, no seré yo quien te distraiga –gira despacio sobre los talones.
          –No se vaya, por favor, le estoy tan agradecida.
          –¡Anda, anda, que me abrumas!
          –Usted no me rechaza por ser afroamericana, al contrario, me trata de igual.
          –Simplemente me caes bien y ya estamos muy acostumbrados a convivir unos con otros.
          –No se crea, ¡eh!, todavía hay quien nos ve como a ciudadanos de tercera, por eso, personalmente le tengo mucha gratitud al presidente Obama porque puso a nuestro pueblo en primera línea.
          –Bueno, para nosotros los Republicanos fueron ocho años pésimos, pero entiendo que empatices con él.
          –¡Por cierto!, ¿se ha enterado que Tafari Campbell, de 45 años, se ha ahogado haciendo padlesurf frente a la costa de Massachusetts?
          –¿Y tú dónde te informas de todo eso?
          –En Internet, ahí está el mundo entero –responde con ánimo de seguir narrando las maravillas de la red informática, pero se cortó notando el poco interés que despierta en la mujer.
          –No sé quién es el caballero –dice Donna.
          –Pues el cocinero de los Obama en la Casa Blanca, una vez que finaliza el mandato, le propusieron seguir con ellos de chef personal.
          –¿Y aceptó?
          –Claro, ¿quién podría resistirse a una cosa así?
          –Yo, por ejemplo –bromeó.
          –¿Cómo va la pierna? –cambia radicalmente de tema.
          –Apenas duele, en unas semanas estaré lista para la maratón de Nueva York –ambas se destornillan de risa.
          –Y dime: ¿qué te preocupa? Conozco muy bien esa carita y algo ronda dentro de ti –pregunta Donna mostrando la ternura que sólo usa con ella, quizá por añorar no haber tenido una hembra además de sus cuatro varones a los que adora, pero la naturaleza nunca quiso concederle tal deseo.
          –Nada, una tontería –dice retorciendo la punta de un pañuelo con la mirada clavada en el suelo–. Es que, verá. En fin, no, nada…
          –Bueno, como quieras –deja unos segundos de silencio–, pero deberías volver, pronto oscurecerá y habrás de ir con cuidado, el bosque es peligroso.
          –Ms Hank, ¿tiene inconveniente en regresar juntas? –a la mujer se le ilumina la cara.
          –Ninguno –responde agradecida.
          –Deje que primero pise yo no se vaya a caer –eso hicieron hasta llegar a Manhattan Ave donde residen.
          –¿Preparo mañana un chocolate caliente y así me cuentas eso que tanto te preocupa? –dice sorprendiéndola.
          –Me encantaría, Ms Hanks, pero tengo que cuidar de los gemelos, otro día, lo prometo.
          –Tranquila –se despiden y la ve desaparecer con la inseguridad del paso que va dejando atrás la adolescencia.
          La abuela Tillie no sabía leer ni escribir, pero gozaba de una sabiduría que ya quisieran muchos. Tras una vida longeva pasando infinitas calamidades murió en el mismo lecho donde parió a todos sus vástagos y copuló con el esposo que siempre la hizo de menos. Era domingo por la tarde y Opal Nelson sabía que el gastado corazón de la mujer no aguantaría más tiempo por eso condujo varias millas y fue a despedirse de ella. Su madre terminaba de planchar la ropa de cama que la anciana había ensuciado el día anterior, tenía la melena recogida, sonrojados los pómulos, los pechos todavía firmes y con gotas de sudor entre ellos, tarareaba una melodía desconocida y mantenía sueltos dos botones de la blusa que al verla abrochó ruborizada. El verano resultaba especialmente cálido y sofocante, la jarra de agua muy fría con jugo de limón y vasos de cristal estaban sobre la mesa del sunroom, espacio en donde fantaseaba de pequeña. Observó en el reloj de pared el minutero detenido en mitad de la esfera, a saber desde cuándo, la puerta de la nevera empapelada con notas sujetas por imanes como si un regimiento de gente aún viviese allí, cubiertos de polvo el lomo de los libros que ya nadie sacaba de la estantería y arrinconado el globo terrestre, ese que tantas veces hizo girar con los ojos cerrados hasta pararse en un punto soñando que viajaba a algún incógnito lugar: exótico, misterioso, de tierras vírgenes, alejado... Entonces recordó sus días de infancia en aquella amplia y luminosa cocina, el sabor a huevos revueltos, a crepes con sirope de arce, a la cerveza casera que hacían en el garaje, al olor a pólvora cuando los sábados el padre y los hermanos practicaban tiros en el patio trasero, las discusiones familiares a consecuencia de desencuentros políticos, la incomodidad que sentía por lucir en la fachada la bandera confederada, el viento del río Tennessee a su paso por Lenoir City y tantos momentos álgidos dispuesta a cambiar el destino de los más vulnerables.
          –Hola, mamá –dice a su progenitora quien se sobresalta al hablarla por detrás.
          –¡Ay, cariño, me has asustado! –comenta la mujer tapándose la boca con la mano.
          –Perdona, lo lamento. ¿No me oíste llegar con el coche?
          –No, ando con mis tareas y no me entero.
          –Me alarmó tu llamada de teléfono respecto al estado de la abuela. ¿Cómo sigue?
          –Apenas está lúcida, las ausencias son cada vez más largas, supuse que querrías decirle adiós.
          –Claro.
          –Pues ya conoces el camino –concluyó con la frialdad tan característica en ella y que Opal también usaba ante determinadas circunstancias.
          La mayoría de los grandes ventanales de las habitaciones daban a una explanada con árboles y vegetación muy tupida, sin embargo, la de Tillie estaba orientada hacia el Este para contemplar la salida del Sol. Su piel morena destacaba en el almohadón impoluto cuya suave fragancia a aloe impregnaba todo el dormitorio. Además de la cama, el armario y un cómodo sillón, había un mueblecito con dos cajones sin llave que nadie se atrevía a abrir evitando los gritos de la anciana y un posible castigo muy severo. La nieta se acercó despacio y besó la frente de la abuela, a la vez que esta abrió los ojos.
          –Perdona, no quería despertarte –dijo cogiéndola la mano.
          –Y no lo has hecho, niña –con gestos indica que la incorpore un poco más, la chica lo hace colocándole mejor las almohadas–. Además, esperaba tu visita.
          –¡Ah, sí! Pues he estado a punto de no venir –ríe.
          –He de pedirte algunos favores –según termina de decirlo le da un acceso de tos y fatiga que, una vez controlada, les permite reanudar la conversación.
          –No hables mucho –sugiere preocupada dejando pasar una breve pausa–. ¿Qué necesitas?
          –Saca la cartera de cuero marrón y dámela –señala el segundo cajón.
          –No la veo –lo revuelve de lado a lado hasta encontrarla–. ¡Te pillé! –exclama burlona a la vez que se la da.
          –Léelo –la anciana saca de su interior un viejo papel bastante manoseado, no obstante, se concentra y lo hace.
          –Abuela, pero esto data de 1835, todavía faltaba mucho para que tú nacieras.
          –No te distraigas y llega hasta la última letra, niña.
          –¿Cómo es que tienes este documento?
          –Eso carece de importancia.
          –Será un duplicado, supongo, porque es el Tratado de Nueva Echota de cuando se le prometió a los Cherokee un delegado en la Cámara de Representantes –la anciana guarda silencio–, promesa que aún no se ha cumplido, claro.
          –Ahí están nuestras raíces. Lo he conservado todos estos años para ti, ahora te toca luchar por nuestro pueblo, por nuestra cultura, por nuestras costumbres –vuelve la tos y eso la obliga a callar.
          –Tranquila –intuía que la abuela no había terminado de poner sus cosas en orden–. Pero hay algo más, ¿verdad?
          –Apenas queda tiempo y cuando llegue el momento quiero que laves mi cuerpo y lo perfumes con aceite de lavanda para purificarlo, envuélveme en una sábana blanca de algodón e introduce conmigo en el ataúd una pluma de águila, nuestra ave sagrada, luego deja que me velen.
          –No sé si seré capaz, Tillie.
          –Podrás, por tus venas y las mías corre la misma sangre. Después ve a las montañas y aguarda a que salga la luna…

domingo, 17 de septiembre de 2023

Cerca de las Smoky Mountains

1.

A Benjamín Carreras
por la conversación,
por su ayuda y generosidad,
por cuanto aprendo de él,
por la amistad que nos une
y por los momentos que aún nos quedan:
Gracias.

Un científico menorquín afincado en Estados Unidos y al que admiro profundamente dice que Tennessee es un Estado que pasa desapercibido en la vida nacional e internacional. Sin embargo, la espectacular naturaleza con recodos abruptos para senderismo, los lagos y cascadas idóneas para practicar rafting y kayak, las leyendas contadas por los más longevos respecto a los indios Cherokee –aún hay una reserva junto al Smoky Mountain Park–, el paisaje montañoso perfilando el horizonte y dotándolo de una belleza sin igual, ser uno de los lugares donde se pagan menos impuestos, perder la noción del tiempo preservando la privacidad de lo cotidiano, el bajo costo de la vivienda, ser la patria de la Country Music y la venta directa del agricultor al consumidor en el mercado de verduras y otros artículos, son algunos motivos muy sugerentes para atraer a muchos estadounidenses que, disfrutando ya del retiro, deciden migrar aquí para disfrutar de la vida en el marco de un entorno sosegado. Esta zona es hermética, conservadora, rustica y, pese a no estar dentro del callejón de los tornados, ahora, tras la variación en los patrones climáticos, han aumentado mucho más, no sólo procedentes del Golfo de México, sino que a consecuencia del fenómeno del Niño, también lo hacen por el Pacífico. Para quienes hayan visitado otros lugares del mundo, en Tennessee encontrarán justo lo opuesto a New York, Tokio, Delhi, Madrid o El Cairo donde la masificación y el caos circulatorio anulan el lenguaje de los pájaros, la espectacularidad de la luna llena y el tan preciado silencio en los vecindarios.
          Pocas veces la prensa, salvo la de ámbito local, se hace eco de cosas ocurridas en esta extensión de terreno norteamericano, pero cuando algo resalta sobremanera ocupa en portada grandes titulares, máxime con la repercusión que hoy tienen las redes sociales para difundir cada noticia, sea verdadera o falsa, a la velocidad del relámpago. Un claro ejemplo ha sido cuando después del tiroteo en la escuela Covenant, de Nashville, perpetrado por una mujer de 28 años, donde murieron dos niñas, un niño, la maestra suplente, el conserje y la directora, salió en todos los Medios, y no precisamente por dichos asesinatos, sino porque muchísimas personas, paralizadas por el miedo a ser ella la siguiente víctima o alguien de los suyos se manifestaron pidiendo la restricción de armas en los colegios, teniendo en cuenta que tras la pandemia se han incrementado los asesinatos a manos de adolescentes con traje de justicieros. Alumnas y alumnos, madres y padres, familiares, amigas y amigos, vecinas y vecinos, en definitiva, gente de bien, encabezaron la protesta frente a la Asamblea del Estado. Junto a ellos iban los legisladores demócratas de raza negra Justin Jones, Justin J. Pearson –aunque luego los readmitieron en un principio fueron expulsados de la Cámara de Representantes– y su compañera de piel blanca Gloria Johnson, quienes no dudaron en sumarse a la reivindicación ciudadana. Pero de poco ha servido el esfuerzo al ser esta una sociedad que ha normalizado los tiroteos, sobre todo teniendo en cuenta que para este territorio, mayoritariamente conservador, las pistolas y la Biblia son elementos sagrados, además de la imposibilidad de luchar contra el lobby de la industria armamentista respaldada por la National Rifle Association of America y bajo el paraguas de la Segunda Enmienda. Así pues, por mucha movilización activista que haya y vigilias nocturnas en apoyo a los damnificados, tal reivindicación no va más allá de ser una batalla perdida.
          Lenoir City es una ciudad pequeña, tranquila, con esa peculiaridad característica de lentitud en las personas que no están agobiadas por las prisas de las grandes urbes. Sus gentes, con perfil rural de cowboy y complexión gorda, fruto de la alimentación grasienta que predomina no sólo aquí, componen una sociedad individualizada cuyo centro social se desarrolla en la iglesia. En la década de 1940, provenientes de las granjas agrícolas de la zona, muchas familias comienzan a trabajar en la construcción de la presa de Fort Loudoun, poniendo así su granito de arena en la expansión demográfica del condado. Opal Nelson es una mujer de sólidos principios demócratas. Nace veinte años después, en 1960 y, al ser la mayor de once hermanos –sólo sobrevivieron cuatro, los demás murieron al poco de nacer–, todos varones, fue educada para ocuparse de las tareas domésticas. Sin embargo, aficionada a la lectura desde muy joven y tras haber leído una biografía de Anne Dallas Dudley, líder nacional y estatal en la lucha por el sufragio femenino, comprendió que no podía permitir que le negasen las mismas oportunidades de igualdad y crecimiento personal disfrutadas por los hombres, justo es decir también, que la influencia de su abuela Tillie jugó un papel importantísimo para ella. Así que, cuando terminaba de hacer los recados y las tareas de clase, se pasaba las horas muertas en la ferretería regentada por uno de los matrimonios más célebres de toda la comarca: los Mathinson, pareja de casi setenta años, sin herederos. Alcanzada la mayoría de edad, tuvo la grandísima suerte de que la contrataran para ayudarles en la tienda. Transcurridos pocos meses, y en vista de lo bien que se desenvolvía al otro lado del mostrador, sin problema alguno con los nombres y utilidades de las distintas herramientas, se quedó al frente del negocio y, aunque en la actualidad lo ha adquirido la franquicia The Bricolaje House Construction CO, sigue ahí de encargada. Aprendió a tratar a la clientela con suma amabilidad, adelantándose a sus necesidades, aconsejándoles mejoras en aquellas cosas a reparar, consiguiendo en el mercado de segunda mano maquinaria difícil de encontrar y siempre a la última de nuevos materiales inofensivos para el medioambiente como el barniz compuesto con materias primas de origen vegetal, gubias con mango ecológico, tacos de lija reciclada o toda clase de tornillería autorroscante, por citar algunos ejemplos. Y fue así cómo, sin planificar demasiado el futuro, encontró la fuente de ingresos con la que financiar la vida.
          –Hola, Opal. ¿Te quedan llaves grifa de 36 pulgadas? –pide el fontanero del vecindario.
          –Claro, precisamente me acaban de llegar estas. Mira, tienen un revestimiento especial en el remache metálico de modo que si necesitas golpear con ella no se lastimará.
          –Ya, pero son más caras que las estándar –dice, dudando en si llevarla o no, aunque al final la hará caso.
          –Bueno, un poco, pero aunque hagas un mayor desembolso a la larga es más rentable. Fíjate cómo se adapta a la mano y a la ondulación de los dedos, es muy ligera de peso. Y cómoda, no lo olvides.
          –Joder, ya me estás liando –al fondo, dos mujeres en discreto silencio miran algunas cosas y Opal se acerca adonde están.
          –¿Notas lo robusto del acero? –interrogo al fontanero que le tengo ya casi comiendo de mi mano.
          –Nada.
          –Bueno, ve mientras atendo a aquellas personas, lo piensas.
          –Vale.
          –¿Puedo ayudarlas? ¿Buscan algo concreto?
          –Licuadoras.
          –Esas de ahí son nuevas y muy fáciles de manejar, cualquier duda me preguntan –dice sonriente. Entra otro comprador y se dirige a él.
          –Tengo tu motosierra de segunda mano por 190 dólares –le dice al dueño de la mayor explotación agrícola de la comarca que además es amigo.
          –Me gusta mucho esta.
          –No me extraña, es de 12 pulgadas y ronda los 560 dólares. Va por batería de 56V. El motor es sin escobillas y su diseño ligero la hace mucho más fácil de manejar. Lleva incorporado un engrasador de cadena automático y tanque de aceite.
          –Se me sale del presupuesto –asegura entristecido el granjero–, no me está yendo muy bien últimamente.
          –Bueno, verás como al final todo se arreglará.
          –Esperemos. Detrás, en el almacén te dejado tu caja semanal de fruta y verdura.
          –Gracias –paga el aparato y se marcha.
          –Vente y tomamos una cerveza cualquier día de estos.
          –Lo haré.
          –Entonces, qué –vuelvo con el fontanero–, ¿te pongo la llave grifa? Espera, ha venido también hilo para soldar de acero al carbono, sin revestimiento de cobre, es más respetuoso con el medio ambiente.
          –No pierdes ocasión ¡eh, ferretera!
          –Tendrás queja –se afana en buscar siempre el equilibrio entre cliente y empresa: satisfaciendo a uno y reportando ganancias a los otros–, te trato con un mimo exquisito.
          –Ya, y también aprovechas cualquier descuido para envolverme.
          –¿Y bien?
          –Anda, ponme una bobina, aunque con una condición.
          –Suelta.
          –Que me apunto también a esa cerveza.
          –¡Hecho! Llévate dos y te rebajo unos centavos. ¿Qué me dices?
          –Regálame una rosca entera de cuquilla aislante y aceptaré el trato.
          –No puedo, eso es mucho, pero, aguarda un momento, la persona que vino antes que tú se llevó una medida exacta y dejó estos trozos sobrantes, tómalos –así lo hace, él se va contento y ella anota un logro más en la hoja de ventas.
          –¿Les gusta pues la licuadora?
          –Sí, nos llevamos una cada una.
          –Perfecto, entonces ponemos tres.
          Si hay algo que le gusta hacer por encima de todo, es echarse a la carretera con el depósito de la camioneta lleno, provisiones para pasar la noche bajo las estrellas, tomar la incorporación a la US-441 S Parkway, conducir unas 72,9 millas hacia el Este, disfrutar del paisaje haciendo un alto cada poco tiempo y llegar a las Smoky Mountains recordando las viejas leyendas que, cuando no levantaba un palmo del suelo, sentada en la mesa grande de la cocina, delante del tazón de leche con cereales, de la boca cayendo un hilo de babas por la emoción, los ojos abiertos como platos y un pinzamiento de suspense corriendo por la espalda, escuchaba a la abuela Tillie contar las leyendas respecto a la tribu de los Cherokee que a su vez oía también la anciana de pequeña. Es posible que lo almacenado en la memoria haya modificado el escenario real de aquellos momentos de infancia adornando quizá los datos para hacerlo más narrativo, pero el timbre misterioso de su voz, las siluetas onduladas de las velas proyectadas en la pared, el brillo en la mirada ausente aunque relajada, el dolor manifestado en cada palabra suya, la descripción exacta del galope de los caballos en lo alto de las colinas levantando el polvo del camino y la perfecta imitación que hacía de los tambores de guerra, aportaba a todo un aire legítimo, verdadero, un mosaico preciso del motor que había movido la existencia de esa mujer sin estudios, sin recursos, sin cultura, pero con un objetivo muy claro: darle visibilidad a una de las mayores injusticias sociales cometidas por los colonos blancos.
          –¿Abuela conociste a los indios? –le formulaba esta pregunta casi a diario ante la irritación de la madre y la expectación de los hermanos.
          –Pues claro, ¡qué te crees, mocosa! He cabalgado con ellos por los desfiladeros, aprendí que se puede vivir sólo con lo necesario y a cazar para comer –decía cómplice con la chica.
          –¡Anda, pero si va a resultar una estupenda anfitriona de safaris, y nosotros aquí, sin saberlo! –comentaba el padre notándosele la poca empatía con la suegra.
          –Por favor, esposo, no eches más leña al fuego, ya la conoces, está perdiendo la cabeza y cuando se le calienta la lengua no hay quien la pare –mediaba la mujer mientras hacía señas a la cría para que callara, pero ni por esas.
          –¿Y dónde están ahora? –saltaba uno de los primos que pasaba largas temporadas con ellos.
          –Hartos de whisky y enloquecidos con la danza de la lluvia para limpiar la tierra de espíritus malignos –volvía a interrumpir yerno irónico y acalorado.
          –No digas sandeces –reprendía la anciana–, los niños deben conocer la verdad de la humanidad, la generosidad, las miserias, el acierto, la equivocación, el avanzar y el retroceder y el respeto por igual hacia hombres y mujer libres y comprometidos.
          –Muy bien –el hombre aplaudía–. Perfecto, pues para eso te tenemos a ti, ¿no?, fiel defensora de las clases inferiores a la nuestra –la abuela le miraba con lástima
          –No deberías tomártelo a broma –concluía.
          –¿Y según usted cómo debo tomarlo? ¿Con retortijones de tripa? ¿Acojonado? ¿Sumiso? ¿Orando por sus alamas? ¡Venga ya, vieja! –soltaba burlón.
          –¿Te cuento qué paso? –la niña asentía emocionada–. Verás, hace siglos los echamos de su territorio.
          –¿Quiénes? –crecía su curiosidad.
       –El hombre blanco. Arrancamos sus cultivos, destrozamos sus cabañas, nos adueñamos de su terreno, les quitamos todo y se vieron obligados a realizar un desplazamiento hacia lo desconocido –una de sus estrategias consistía en permanecer algunos segundos callada para que cuajase el mensaje en los inocentes corazones de aquellos que escuchaban con absoluta atención–. La mayoría murió durante el proceso migratorio conocido como El Sendero de las Lágrimas y a cuyo destino final sólo llegaron los más resistentes. El genocidio cometido contra los nativos americanos duró aproximadamente dos décadas llenas de hambruna, asesinatos, violaciones y un sufrimiento atroz. Ya lejos de su origen, al oeste del río Misisipi, en el llamado Territorio Indio, se asentaron.
         –¡Madre, cállate de una vez, por favor. ¿No ves que les asustas con tus cosas y después sueñan? –suplicaba la madre de Opal fuera de sí. Entonces, triste y empequeñecida, con la figura arrugada, las manos cruzadas sobre el regazo, rechinando los dientes, entornando los párpados y meneando la cabeza de atrás adelante, embargada de cansancio, la abuela Tillie se encerraba para llorar en su dormitorio.
          Recuerda cada conversación suya como un salvoconducto para seguir al lado de los vulnerables, aquellos que han sido menos afortunados en la distribución de oportunidades en la vida. Una mañana, poco antes de dejarlos para siempre, aunque todavía no estaba muy malita, la llevó a la reserva porque dijo tener que hacer alguna cosa. Durante todo el camino no despegó los labios a pesar de insistir con toda clase de preguntas que se le ocurrieron. Una vez localizado el llano donde se supone había estado anteriormente, se arrodilló con mucha dificultad, buscó con la punta de los dedos dos varillas de madera, las frotó con paciencia e hizo fuego sobre una pirámide de hierbas secas que ella misma amontonó. Entonces, en una lengua desconocida, entonó un canto mirando al infinito. Desde ese preciso momento sigo investigando en fotografías de mis antepasados y en la de los contemporáneos actuales rasgos de la tribu de los Cherokee, por si acaso encuentro parecidos.
          A veintidós millas de Lenoir City, en Oak Ridge, vive Donna Hanks. Convaleciente de la operación de prótesis de rodilla a la que se ha sometido, apenas sale de casa. Con fama de gruñona, arisca y conservadora, ha dejado crecer un perfil que en el fondo no se corresponde con ella. En el informativo de televisión salta la noticia de que el gobernador de Tennessee anuncia nombramientos para el Consejo Asesor de Energía Nuclear, creado recientemente, cuyo propósito fundamental es liderar así la independencia energética de Estados Unidos. Mientras, en la paz de su hogar, Donna se sirve una copa de vino a la vez que contempla la caída del sol por la ventana del porche.

 


domingo, 25 de junio de 2023

Detroit, una historia cualquiera

20.

          –¿Tenéis cigarrillos? –pregunto al grupo de chavales que morrean detrás de los árboles.
          –¡Lárgate de aquí, viejo asqueroso! ¡Qué, abuelo! ¿Se te pone dura mirándonos? –dice amenazante uno de los chicos.
          –Pero si sólo quiero un pitillo –exclamo como alma en pena.
          –¡Sí, seguro! ¿A que te doy una hostia, imbécil? –suelta el más bravucón.
          –Dejadle, coño, es un pobre hombre inofensivo –interviene una chica pendiente del móvil.
          –¿Inofensivo? Es un muerto de hambre, un despojo, un malhechor. Un… –Esas palabras de desprecio me hieren profundamente, así que, girando sobre los talones avanzo hacia la incertidumbre de otra ruta diferente.
          El hijo de Joanne, mi antigua secretaria en Motors Carson Company ha vuelto a ser abuelo. La primera mañana de la primavera en curso, arrastrando la resaca de semanas atrás por el fuerte temporal de lluvias torrenciales, frío más propio de otra época del año y viento huracanado cruzando Michigan de norte a sur, viene al mundo con cuatro kilos trescientos gramos una bellísima niña de piel mestiza, pelo castaño ensortijado, ojos verde aceituna, grandes y expresivos, dedos rollizos, cara sonriente de facciones perfectas y el orgullo de llevar con mucha dignidad el mismo nombre de la bisabuela. La habitación del Detroit Medical Center, donde madre e hija se recuperan del esfuerzo librado en el paritorio, está llena de peluches, cajas de bombones, diminutos zapatos hechos a ganchillo y gente allegada que no quiere perderse el fantástico ejercicio de buscar en la criatura parecidos familiares, sobre todo de la rama afroamericana. El flamante padre, profesor de literatura en la escuela superior y entrenador del equipo infantil de béisbol del vecindario, es descendiente de irlandeses afincados en Estados Unidos desde el siglo XIX, cuyos lazos interraciales estrechados entonces, consolidaron una comunidad de inmigrantes blancos y negros donde la aceptación y la inclusión del otro fue fundamental para llegar al mestizaje de ahora.
          –Cariño, estás agotada y aquí somos muchos –dice el pletórico abuelo besando la frente de quien siempre será su pequeña–. Enseguida despejo esto.
          –No molestan, participan de nuestra alegría. ¿Dónde está mamá? –pregunta la joven con la sensibilidad a punto de romper.
          –Vendrá más tarde con tus hermanos –dice el marido buscando la aprobación del suegro cuando en realidad está en observación tras sufrir un desmayo por la larga espera.
          –Ya sabes cómo es tu madre –dice quitando importancia a la ausencia de su esposa–, que al final ha de controlarlo todo.
          Mientras, y convencido de que se trata tan sólo de una bajada de tensión, el hijo de Joanne, mi antigua secretaria en Motors Carson Company, con la vista perdida en el horizonte, recuerda el sacrificio de sus antepasados cuando, sangrándoles la piel desgarrada del látigo empuñado por el amo, se deslomaban en los campos de algodón bajo el marco de la esclavitud. De niño, llegando a esconderse debajo de la cama, escuchó historias terribles de monstruos que sacaban de noche a las niñas y a los niños para llevárselos al mercado de esclavos en donde los vendían por un buen puñado de monedas. Durante años, por si acaso le tocara también a él, durmió con su fiel perra Mitumba a los pies de la cama, llamada así en honor a los montes del Continente Africano que hacen frontera con la República Democrática del Congo, Burundi y Ruanda. Absorto en los pensamientos y con sensación de estar cerrando una etapa con la muerte de su madre y abriendo otra con el nacimiento de la nieta, no se ha dado cuenta de que con mucha diplomacia, una sanitaria ruega que salgan de la habitación porque la bebé va a iniciar la fantástica aventura de mamar…
          –A ver cómo se porta esta preciosidad –dice la enfermera sacándola de la cuna y colocándola en el pecho de la madre.
          –Papá, tú quédate –el hijo de Joanne, mi antigua secretaria en Motors Carson Company se sitúa junto a la cama y asiste al hermoso espectáculo de vida que ocurre delante de él y lamentando no poder compartirlo con sus seres queridos ya ausentes.
          El reverendo Bob W. Perkins junto a las feligresas y los feligreses más comprometidos, han preparado una fiesta de bienvenida a Megan Aniston para celebrar su salida del hospital. Acompañada de los dos nietos acude a la Iglesia para pedir oraciones por toda la gente que ha cuidado de ella, desde el personal de limpieza y mantenimiento, hasta el de cocina, el administrativo, auxiliares, camilleros y demás profesionales titulados que apostaron por sacarla adelante. Ajena a la sorpresa que está a punto de recibir y dispuesta para asistir al estudio semanal de la Biblia, entra en la sala todavía vacía, le resulta extraño. Concentrada para la meditación cierra los ojos y repasa de memoria algunos pasajes evangélicos.
          –¿Qué haces aquí tan sola? –pregunta desde la puerta un chico cuya labor es llevársela a donde la están esperando.
          –Haciendo tiempo hasta que lleguen los compañeros, no tardarán. Quédate, si quieres.
          –A lo mejor no vienen, ahora se reúnen allí –señala con el dedo–, cerca del porche.
          –Bueno, igual ya no –el otro, inquieto, busca la mejor manera de convencerla.
          –¿Hace mucho que vienes? –pregunta Megan.
          –Un poco.
          –No nos habíamos visto, he estado enferma y hoy es mi primer día después de muchos meses.
          –¿De veras?
          –Sí, figúrate, casi no me acuerdo de nada.
          –Comprendo, pero se te ve estupenda –desesperado juega uno de los últimos cartuchos–. En serio, hágame caso, ya no se reúnen aquí.
          –Bueno, está bien. Vamos, pues. –La emoción asalta el corazón de la mujer cuando ve a sus compañeras y compañeros, a las voluntarias y los voluntarios de Pope Francis Center y a su hija agasajándola como nunca antes nadie lo había hecho. Entonces piensa en el equipo de urgenciólogos que pusieron los primeros parches a su debilitada vida, en la doctora Violeta Reyes, directora de la Unidad de Cuidados Intensivos que en lo peor del covid la mantuvo como pudo en una cama asignada quizá para otra persona más joven, en Nathan Trembley, hoy gerente del Detroit Medical Center, y en aquel momento jefe de Medicina Interna quien no escatimó gastos ni esfuerzos con ella, a la hora de derivarla a otras especialidades, en la enfermera Gómez que la traía pastelitos de su casa, y en tantas y tantos por los que se siente eternamente agradecida y en deuda.
          La manzana donde estuvo ubicada la Motors Carson Company ahora es un solar abandonado, un basurero a las afueras de la ciudad en donde apenas queda civilización excepto una camada de ratas campando a sus anchas por encima del suelo cubierto con cristales rotos. Sobre montículos de escombro y maletas rotas que alguna vez transportaron deseos, descansa parte del luminoso con el logo de la empresa fundada por George Ayden Carson, mi abuelo paterno. Si soy sincero, pese a las rozaduras de los talones que me impiden avanzar, el camino ha sido largo hasta llegar aquí, donde concluye un viaje ya sin retorno, una etapa de vida fructífera en un sentido y traicionera en otro. Confieso que si hago balance desde entonces acá destacaría mi arrogancia teniendo los bolsillos vacíos, la superioridad con la que he tratado a quienes han querido ayudarme, la falta de valor no aceptando mi condición de pobre, el orgullo siempre a la defensiva maquillando una posición social que ya no ocupaba, renegando de mis raíces, ejerciendo la supremacía blanca, mostrándome valiente cuando en realidad siempre fui un cobarde sin agallas. En definitiva, la radiografía de un hombre frustrado. Nunca me he parecido, ni en el fondo ni en las formas –en cuanto mamá podía me lo echaba en cara–, a mis hermanos Colorado Sprint y Dakota, dos seres alegres cuyo periodo vital fue muy corto. Aunque en la infancia los acompañé en ciertas travesuras pronto ocupe el sitio asignado para mí: era el primogénito, el elegido, el representante, el invitado en la sede del Partido Republicano, el más listo de la familia, el jefe, el heredero. Pero ahora estoy cansado y viejo, y nada de aquello ha merecido la pena. Sentado en un bloque de ladrillos unidos por el cemento sin deteriorar, aguardo a que se eche la noche. La luna tímida, en cuarto menguante, tiene cara de frío, apenas siento los dedos, tampoco la respiración, la escarcha ha engominado el poco pelo que me queda, cierro los ojos y me dejo llevar por el abrumador silencio…
          –Perdonen –pregunta Christopher con cautela–: ¿han visto a este hombre? –lleva una fotografía mía sacada de internet.
          –Sí, yo sí, pero la información no la doy gratis –saca unos dólares que el otro le arrebata.
          –Por el puente MacArthur, ya sabe, el que cruza el río Detroit.
          –¡Pero cómo va a ir por ahí! –dice otro homeless– Que no, amigo, vaya hacia Franklin Park, acabo de cruzarme con él.
          –Imposible, está en el distrito financiero…
          –Querido, es inútil, llevamos así semanas y no damos con él –dice el marido de Christopher–, es como si se le hubiese tragado la tierra.
          –No pienso rendirme, vete a casa si quieres –dice con notable tristeza.
          –Vayamos de nuevo a los hospitales.
          –Espera, tengo una corazonada. Sube.
          Arranca el auto y va hacia la dirección que recuerda haberle oído comentar a Ayden. La circulación a esa hora es intensa, sobre todo en las avenidas y bulevares más céntricos, por eso, para evitarlo, bordea un amplio perímetro hasta que se ve obligado a aminorar la marcha. Oficiales del sheriff del condado de Wayne y del Departamento de Policía acordonan el acceso a esa zona y desvían el tráfico al carril contrario. Christopher se mete por callejones estrechos presumiblemente peligrosos, tomados por delincuentes y drogadictos dispuestos a llevarse a cualquiera por delante.
          –Chris –advierte su pareja–, nos van a rajar. La verdad, no sé qué pretendes.
          –Enseguida llegamos –dice tranquilizador.
          –Oye, allí hay mucho jaleo, está la televisión.
          –Salgamos de dudas. –Bajan del coche y preguntan a uno de los periodistas a punto de salir en antena.
          –¿Qué ha pasado?
          –Han encontrado a un mendigo tendido sobre aquellas ruinas –señala al horizonte.
          –¿Quién es? –preguntan
          –Nadie, va indocumentado.
          La presión en la boca del estómago de Christopher levanta sus nervios, de repente ha dejado de ver y de oír a su alrededor las voces que le piden calma y alejamiento. Agentes del FBI custodian el cuerpo a la espera de que el juez levante el cadáver semi tapado con una manta.
          –Oiga, aquí no puede estar.
          –Es que… –balbucea.
          –Váyase, por favor.
          –No, yo…
          –¿Le conoce? ¿Puede identificarle?
          –Sí…
          –Señor –llaman a la persona al mando poniéndole al corriente.
          –Está bien, díganos.
          –Es Ayden Carson, director de la Motors Carson Company, una de las mejores industrias automotriz que ha tenido la ciudad de Detroit. –Las lágrimas ahogan la garganta de Christopher mientras nota la mano de su marido apretando la suya. Cae la lluvia, fina y persistente, hundiendo en el barro el cuerpo del amigo. Un avión, en posición de descenso, cruza el cielo adornándolo con pequeños destellos de luces rojas e intermitentes, para, segundos después desaparecer en la oscuridad.
          –Hasta que se lo lleven quédense ahí –dice uno de los agentes
          –Claro.
          –¿Llama usted a los familiares?
          –No tiene a nadie, yo me hago cargo.
          A los pocos días, el hijo de Joanne, Christopher y Megan Aniston llevan hasta el mirador desde donde se contempla el skyline de Canadá, las cenizas de Ayden Carson, ese hombre que gastó buena parte de su energía en demostrarle al mundo que era un tipo borde y huraño…