domingo, 12 de marzo de 2017

Alina

Alina, mi madre, sufrió mucho por no poder sacar a Eloy de La Habana y traerlo aquí con nosotros cuando la recta final de su vida, por edad y degeneración, parecía estar cada vez más próxima. Pero el abuelo, de quien hemos heredado la testarudez, entre otras muchas cosas, era un tipo con las ideas bastante claras, muy suyo, que decía que hasta el último aliento sus pies no pisarían más suelo que el habanero. Los exámenes finales me tenían como un zombi deambulando por la casa, por eso no escuché el móvil de mamá, con su dichoso “Let it be" como tono de llamada personalizado. Así que no pude reaccionar hasta verla desplomarse en la silla, temiéndome que no había recibido buenas noticias. Compramos el billete de avión por Internet y se fue esa misma noche con el corazón en un puño por si no llegaba a tiempo de ver a su padre. Semana y media después regresó sumida en una profunda depresión, de la que ya no saldría. Como tampoco la sonrisa, esa que tanto iluminaba el sitio donde ella estuviera, asomaría nunca más a balconear por la comisura de sus labios.
          Mami se metió en médicos, porque no se encontraba bien. Tras muchas pruebas diagnosticaron que padecía una enfermedad hereditaria llamada anemia drepanocítica, que en Cuba se conoce como sicklemia, y que produce una destrucción de los glóbulos rojos más rápida de lo normal. Crisis de dolor, órganos dañados y trastornos neurofaciales, son síntomas que se dan frecuentemente. Por tanto, ante tamaña perspectiva, pospuse la selectividad y me dediqué a cuidarla. Pasó dieciocho meses de la cama al sillón y viceversa, escuchando sus óperas favoritas: Katia Kabanová, de Leoš Janáček, o Rigoletto, de Verdi, entre otras, alternándolas con la música de Noel Nicola o Amaury Perez, seguramente para sentirse más cerca de su patria. Aquello fue todo un revés, porque además del sufrimiento de mamá, que fue mucho y muy severo, es que también quedaron en papeles de estraza ajados nuestros planes y la tradición de recorrer el mundo, desmoronándose ante nosotros el castillo de naipes sobre el que íbamos a construir el futuro. Sin contar que el destino, cabrón y traicionero, posee la potestad de manejarlo todo a su antojo… Si se cumplía el pronóstico, cuya respuesta era más bien afirmativa, me quedaba solo y con la brújula de los sentimientos bastante tocada…
          Eran las fiestas del barrio y mamá quería que me despejara y divirtiera un rato, pero no lo necesitaba, y sí pasar el mayor tiempo posible con ella. Esa noche había luna llena y nos gustaba mirar por la ventana, encontrarla más reluciente o mate, fea o bonita, misteriosa o evidente…, según estuviera también nuestro estado de ánimo. Nací en plenilunio y siempre me han contado que ese día el abuelo Eloy fue a contemplarla desde El Malecón… Tendido en la cama a su lado, un mes después de haber pasado uno de los episodios más difíciles que recuerdo durante su enfermedad, cogió unos álbumes de fotos y me enseñó algunas que nunca había visto del lago Ülemiste en Estonia, del Cabo de Rama en India, tomando mojitos en La Bodeguita del Medio, tumbados al sol en la playa, subiendo un monte, cruzando un río, abrazada a un muñeco de nieve con una pierna en suspensión, regateando en los mercadillos hippies, o pintando mi habitación en rojo, porque había leído un artículo sobre Reiki donde decía que dicho color proporcionaba ganas de vivir y fuerza para llevarlo a cabo… Entendí que así, sin palabras, solo con imágenes, me decía muchas cosas, y resumía parte de las biografías de los abuelos, de Mirta, del tiempo vivido con mi padre, de los recuerdos de Olivia tan presentes, de las oportunidades para llevar a cabo determinados sueños, de mis chaladuras de infancia, de los amigos que tanto la han querido, y de ella, que es para mí la mujer más hermosa del mundo... Recostó la cabeza sobre mi pecho y pensé en lo corto que es todo…
          A finales del otoño, cuando los días tienen menos horas de luz, mamá murió. Yo estaba hecho un mar de dudas porque pronto tendría que tomar ciertas decisiones. No sabía si buscar trabajo en Madrid, o emigrar a Canadá, país que me sedujo desde niño −no en vano me he criado entre mapas−. Pero lo primero era cumplir las últimas voluntades que Alina dejó detalladas, igual que hicieran sus antepasados. Disponía del dinero recibido en herencia, cantidad que, distribuyéndola bien, para alguien como yo acostumbrado a gastar lo imprescindible, daría para mucho. Llegué a la zona de Peñalara, en la cara norte de Cuerda Larga, y como pude, sin ninguna experiencia, accedí al Risco de los Pájaros, cuya altitud −de pánico− era de 2334 metros. Y desde ahí, las postales que descolgaba el horizonte nevado y montañoso eran espectaculares. Mami dejó instrucciones muy claras: ‘Estoy segura que el sitio te enamorará, justo donde lo verás puntiagudo y sobresaliente. También asistirás al vuelo magistral de las águilas y buitres, escapándose de la vegetación cuando presienten que acecha algún peligro. Lleva hasta ahí mis cenizas y unos pétalos de narciso amarillos – ese color es el de la sabiduría, y conecta a uno de los siete chakras− o de crocus violeta, cuya textura es como la de la cáscara de huevo. Arrójalo todo al vacío, que el sentido del viento se encargará de orientar la caída…’. Así lo hice, paso a paso, en el mismo lugar donde ella tiró las del abuelo Miguel…
          A las nueve de la mañana de un miércoles a mitad de febrero, pisé tierra en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Cuba. La parte de mi sangre habanera hervía de ganas empujándome a conocer el país a fondo, pero ese viaje relámpago tenía un único objetivo, y no podía perder mucho tiempo, quizá en un futuro no lejano… Lo primero que hice fue localizar el Hostal La Ceiba, en el centro de la ciudad −mismo nombre del árbol que en culturas prehistóricas se consideraba sagrado−. Desde la agencia tenía reservado un jeep con chófer que me llevaría hasta Parque Nacional Turquino, en el centro Oeste de la Sierra Maestra, donde un amabilísimo guía haría para mí el trayecto muy agradable. Cuando dejamos el carro y continuamos la subida a pie, algunas piedras estaban resbaladizas por la lluvia caída el día anterior. Yo buscaba un lugar muy concreto, cercano al puesto de Radio Rebelde: la emisora de la Revolución fundada por el comandante Ernesto Che Guevara el 17 de febrero de 1958. Sólo tenía como referencia del sitio una postal del abuelo que recibió mamá por su cumpleaños. El escenario visual no podía ser más majestuoso, porque jamás había visto un abanico de tonalidades igual. Me costó trabajo localizar el tronco al que le faltaba un determinado pedazo, como si alguna vez en la noche cerrada un peligroso mamífero le hubiera hincado el diente. Pero, mirado desde otro ángulo, lo que parecía era la entrada a un refugio. Saqué de la mochila un fular corto de lana y seda en color rojo, que mami no se quitó del cuello los últimos meses, y ahí lo dejé sujeto con una piedra encima. Sabía que, poco antes de derrocar al dictador cubano Fulgencio Batista, y que el líder del Ejército Guerrillero, Fidel Castro, tomara el poder, su padre anduvo junto a ellos por el monte. Seguramente ese simbolismo fue lo que empujó a mi madre a elegir el mismo o similar paisaje, para dejar algo suyo donde antaño un grupo de personas lucharon y creyeron que podían ofrecer un mundo mejor repartido: más justo, más equilibrado, menos discriminador… Aunque después la Historia pone a cada cual en su sitio implacablemente.
          Estoy muy orgulloso de la familia que he tenido. Responsable, profunda, variada, comprometida, aventurera, con espíritu viajero… Olivia, Miguel, Mirta, Eloy, Alina… Todos y cada uno de ellos, con su personalidad perfectamente estructurada, han sido para mí, y lo serán siempre, engranajes imprescindibles que fundamentan la maquinaria que me obliga a rodar, aun sin ganas, porque, como afirmaba uno de los abuelos: ‘De momento, si no cambio de opinión, darme por vencido no entra dentro de mis planes más inmediatos’. En mi hogar de Madrid, que se ha quedado tan grande, y donde presiento que voy a estar muy poco, he cerrado varias habitaciones, aunque el duelo continúa dentro de mí. Sentado en el suelo sobre una alfombra de Cachemira, elijo una recopilación de cantatas de Händel, mientras leo el libro de poesías de Eliseo Diego que compré en Cuba: “…un poema/no es más que unas palabras/que uno ha querido, y cambian/de sitio con el tiempo, y ya/no son más que una mancha,/una esperanza indecible…”. Paseo la vista por la vitrina donde está guardada la porcelana, y me doy cuenta de que nunca hasta ahora había reparado en ella, en las manos que la colocarían al principio guardando una cierta armonía, en las siguientes que retirarían el polvo de la dejadez en sus bordes, en las de mi madre que acariciarían aquellos platos y aquellas tazas admirándolas como ejemplares únicos. Junto a todo eso, comportándome como un recién llegado que empieza a descubrir los objetos de los muebles, observo que hay una pipa con tabaco, una pila de guías del mundo, billetes de avión caducados de fecha, y de distintos medios de transporte, una botella con agua del Caribe, recortes de prensa, y una bolsa de tela con agujas de tejer y ovillos, que son parte de alguna prenda incompleta para abrigar en invierno...
          Parece que estoy viendo al abuelo Miguel recortándose la barba, mientras me guiñaba un ojo y le decía a mamá: ‘¿A dónde vamos con el niño en primavera…? Ahí no, Alina, que los búfalos me asustan…’.

domingo, 26 de febrero de 2017

Miguel y Eloy

Varios años después de haber salido de La Habana, regresé por periodo de un mes para que la familia, o lo que quedaba de ella, conociera a mi hijo Andy. Mi padre, emocionadísimo por el reencuentro, aguardaba impaciente nuestra llegada. El niño, pegado a mis piernas, caminaba tropezándose. Y era tal la desorganización para recoger el equipaje, que opté por cargar con él apoyado en la cadera. Una pelota de dudas y temores se apoderaba de mi estómago: ¿Habré perdido el acento cubano? ¿Notarán que me he vuelto de costumbres aceleradas? ¿Traeré bastante maquillaje para dar a las amigas? ¿Recordaré la lección de Miguel en cuanto a la diferencia que hay entre ser turista o viajero? Y lo del arroz, los frijoles y el puerco, ¿seré capaz de comerlo a diario, ahora que vengo de menús variados…? Al poquitico de bajarnos del carro de uno de mis primos que nos vino a buscar, Eloy descendió los cinco escalones que le separaban de la calle, todo lo rápido que le permitía la avanzada artrosis. Y lo hizo sin dejar de llorar. Entre sus manos colocó la carita del niño y la cubrió de besos, igual que la mía. El contacto con su piel, la ternura que siempre me había dado y la seguridad de que nada malo podía pasarme si permanecía pegada a él ahuyentaron los miedos de mí, situándome en las raíces habaneras que nunca habían desaparecido del fondo de las entrañas. Entonces, dirigiéndome al pequeño, dije: ‘Este grandullón cabezota de aquí, con pinta de ser la mejor persona del mundo, es tu otro abuelo, mi amor’.
          Me llevó más de dos días limpiar la casa, estaba irreconocible en comparación a lo impoluta que la recordaba. Mi madre, con quien apenas tuve comunicación porque éramos de caracteres incompatibles, abandonó el hogar poco después de haberme ido a España ¡He dejado de quererle, mijita!, dio por toda explicación, cuando la realidad era muy distinta, porque partió a Santa Clara detrás de un hombre que en lugar de quererla la acosaba. Entre ese acontecimiento y el de mis hermanos que emigraron a Estados Unidos, uno de ellos a Miami y los dos restantes a Connecticut y Oregón, respectivamente, Mirta falleció. Por tanto, con nosotros repartidos por ahí, y exceptuando las visitas de mis tías y sus hijos, papá se quedó muy solo. ¡Toma viejo, en Tallin compré esta pitillera vintage de metal para ti! Se rascó la barbilla, la cogió tembloroso y dijo: ¡Pues no se hable más, la ocasión merece un estreno por todo lo alto! De un paquete de cigarrillos negros sin filtro H. Upmann los sacó uno a uno y los encamó dentro de la lata. Encendió el sobrante, y señaló la silla que estaba a su lado para que me sentase. ‘¡Háblame de Miguel, mi niña!’
          Lo primero que le dije es que no había palabras suficientes en el mundo para agradecer lo que aquella persona había hecho por mí. Aunque del viaje a la India regresó bastante enfermo, aguantó algo más de tres años junto a nosotros. Recuerdo que, recién llegado, cuando le di la noticia del embarazo, me abrazó y con voz entrecortada dijo que se sentía el hombre más feliz de la Tierra, y que nos cuidaría hasta el final de sus días. Así lo hizo. Los cuatro primeros meses del total de nueve estuve en reposo, y los cinco restantes disfrutando de la experiencia de notar cómo un ser humano se abría hueco dentro de mí. Al poco de nacer Andy, su padre dijo no estar preparado para cambiar pañales y dar biberones… Nos mudamos a casa del viejo, que ya apenas salía, y contratamos a una persona para que se quedara al cargo de ellos mientras yo iba a trabajar. He pensado muchas veces que, una vez cumplidos los sueños configurados con Olivia, su organismo llegó hasta ahí y se fue apagando... Me trató como a una hija y solamente me pidió una cosa: ‘Alina, ¿llevarás mis cenizas a la Cuerda Larga, uno de los ramales montañosos de la Sierra de Guadarrama?, me gustaría que se esparcieran allí porque también están las de mi mujer’. ‘Ay mi hermano, no digas tonterías. Eso no va a pasar todavía, ¿oíste?’. Pero sabíamos muy bien que se acercaba un temporal con pronóstico grave y reservado. Al siguiente fin de semana, dos de sus sobrinos y yo cumplimos ese último deseo…
          Andy y Eloy hicieron muy buenas migas. El niño alucinaba viendo al abuelo tallar en ramas gruesas de madera guerrilleros en miniatura. Y como papá no estaba en condiciones de moverse en las guaguas, prefirió quedarse en casa disfrutando del nieto. Yo tenía pendientes dos visitas que no quería dejar de hacer. Recuerdo que de pequeños bromeábamos con Mirta diciendo que la enterraríamos en el Cementerio Chino de La Habana, porque sus rasgos nos parecían más orientales que caribeños, pero lo cierto es que sus restos descansan en el de Colón, el más grande de toda Cuba. Lo comenzaron a construir en 1871, levantándose en primer lugar “La Puerta de la Paz”, de estilo románico y bizantino, por el arquitecto español Calixto de Loira. La entrada al camposanto da a la Calzada de Zapata, avenida al norte del barrio de El Vedado. Hasta llegar a la tumba estatal de ella, tuve que realizar un largo recorrido. Pasé por delante de la del escritor Alejo Carpentier e incluso me detuve en la de Alberto Korda −famoso por fotografiar a Ernesto Che Guevara mirando el cortejo fúnebre de las víctimas del atentado terrorista al barco La Coubre, el 5 de marzo de 1960, en el que hubo cien fallecidos y doscientos heridos−. En ese momento pensé en Miguel, y recordé una frase que decía a menudo: ‘Los muertos viven porque van contigo’. Cierto, por eso no me iría sin volver al Malecón, pero antes… En la lápida de mi abuela busqué un escondite donde dejar los pendientes de ámbar color miel que compré para ella en Tallin. Ahuequé las flores del espacio insertado en el mármol, y los puse ahí.
          Andy tuvo la tripilla suelta y algunas décimas de fiebre. Nada alarmante, pero preferí llevarlo conmigo. Una de mis amigas me prestó su carro para llegar a la ciudad de Santa Clara, fundada en 1689. Alberga la Cayería Norte, inmensa barrera de coral que se extiende desde Hicacos −Varadero− hacia el oeste, una de las maravillas del mundo. Mamá me citó en el Parque Vidal, ubicado en el centro histórico de la urbe. Allí también me llamó bastante la atención la fuente de “El niño de la bota”, que representa eso, a un pequeño de seis o siete años de edad que, durante la guerra de secesión de Estados Unidos, llevaba agua en las botas a los enfermos y heridos en la contienda. Mientras esperaba afiné el oído y, emocionadísima, recibí el sonido de ciertas expresiones de mi país que tenía acostadas: “¡Está bueno ya!  −¡Basta!−, guanajo −simple y tonto−, acere, ¿que bolá? −hola, ¿qué tal?−, fanguero −lugar con mucho barro…−”. Fuimos a comer congrí −arroz con frijoles− en el restaurante El Alba, cuya decoración está hecha con caricaturas de los artistas plásticos de la localidad. Cruzamos muy pocas palabras, todas en torno a mi niño. Después mamá se marchó con la misma frialdad con la que vino.
          ‘Apresúrate mijita, que no llegamos’, gritó Eloy al otro lado de la puerta… Antes de retornar a Madrid recorrí La Habana de nuevo. Y, ahorita que lo pienso, encontré algunas calles tan irreconocibles a consecuencia del abandono urbanístico que me pareció transitarlas por primera vez. ‘Se lo debemos al abuelo Miguel, chamaco’, le dijo papá a Andy, que estaba encantado viendo el mar desde El Malecón. Se refería a recordarle allí, sentados sobre el muro que tanto le gustaba. Me contó que ahí mismo, donde nos encontrábamos, comprendió que la generosidad de las personas puede traspasar los límites de la resistencia, y que lo vio claramente en aquel hombre que llegó a Cuba solitario y entristecido, con un propósito firme, y salió de la isla con el convencimiento de haber encontrado a una buena familia y, lo mejor de todo, a mí, una hija para él. Me caían las lágrimas. Discrepé con papá, porque si había alguien afortunado era yo, por contar con dos padres maravillosos. El niño se abrazó a Eloy. Y entonces, no sé por qué, me vinieron a la mente unos versos de los que el viejo anotaba en papeles que después repartía por la casa: “Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta” (John Lennon).  Me resultó muy doloroso dejar solo a mi padre en circunstancias físicas tan vulnerables, pero sabía también que, si optaba por quedarme con él, mi hijo no tendría iguales oportunidades que en Europa o Norteamérica −si decidía emigrar allí cuando fuese mayor−. Dilema, rabia, impotencia, ganas de chillar, úlcera que supura…, y todo a punto de reventar dentro de mí. Eloy se empeñó en acompañarnos hasta el aeropuerto, y el nieto no se soltaba de su mano. Aquello, con un fuerte sentimiento de culpabilidad, me rompía por dentro… La última imagen de papá que recuerdo con nitidez es esa de nuestra despedida, de pie derecho, tapándose el rostro a la vez que tiraba el bastón al suelo, y Andy, apretado a mi cuello, decía: ‘Mami, yo quero que se venga con nosotros elagüelo’.
          En un cajón del aparador encontré una carpeta que Miguel había conservado con la documentación y pasos que siguió para traerme a Madrid desde La Habana. Guardadas en sobres de visita pulcramente alineados había algunas tarjetas que llamaron mi atención. Entre ellas una de un alto cargo de inmigración con un número de teléfono escrito al dorso. Probablemente, pasados tantos años, ya no estarían las mismas personas, pero por intentarlo no perdía nada…

domingo, 12 de febrero de 2017

Goa

Aunque eran otros tiempos y no estaba bien visto, Olivia y yo nunca nos casamos. Aquello encendió a la familia, empeñada en enderezar nuestro camino intentando hacernos cambiar de opinión y celebrar el matrimonio como estaba mandado. Pero avanzaron los meses y desistieron de su intento, al ver que en nuestra cara de felicidad no aparecía siquiera una mueca insignificante de lo contrario. Aquel primer año las cosas marchaban muy bien para nosotros, los siguientes también. Así que, cercano al aniversario, fuimos a cenar conejo al ajillo a una taberna típica de la calle de Argumosa, en Madrid, y después a casa de unos amigos recién regresados de recorrer el Sur de Asia. Emocionados con todas las maravillas que habían visto, contaron que, atraídos por la belleza de sus playas, los arenales y la oleada de libertad en estado puro, en alguno de esos países crecía el movimiento hippie muy en auge. Aquello nos cautivó hasta tal punto que despertó en nosotros el deseo de conocer, más pronto que tarde, dicho continente. Además, la irresistible tentación de bañarnos desnudos a la luz de la luna y escuchar fados hasta el amanecer potenciaba aún más la impaciencia. Éramos jóvenes, atrevidos, inquietos, desinhibidos, aventureros, curiosos. Tanto que se nos hacía imprescindible vivir en propia carne las delicias y el hechizo de ciudades como Cochín, Dandeli, Pune… Sin embargo, las circunstancias de la vida no nos permitieron ir más allá de algún que otro verano a Asturias…
          Actualmente Alina ya no vive conmigo, sino con un chico de nuestro barrio que conoció en un concierto en Cambrils un fin de semana. Se les ve muy enamorados, y espero que sean tan dichosos como lo fui yo. Los domingos suben a comer a casa. Preparo fideuá, mi plato estrella. Así que, cuando este último, manejando la noticia entre el postre y la siesta, les digo que voy a emprender un largo viaje, ella monta en cólera por miedo a que me pase algo estando tan lejos. Pero enseguida comprende que es un duelo que tengo que hacer en solitario, un cierre de herida que ayudará a que me quede en paz. Ha preparado mis pastillas, la ropa interior, la bolsa de aseo, y todo un manual de advertencias por si me pongo malo, triste o perdido. Me acerca a Barajas y nos besamos dentro del coche. Antes de bajarme la miro, y percibo la belleza y la melancolía del otoño que se han concentrado en sus ojos.
          El avión que me trae a la India aterriza en el Aeropuerto Internacional de Dabolim con cinco horas de retraso. A la salida me espera un taxi que me lleva hasta el estado de Goa, a cuarenta y cuatro kilómetros de distancia −colonia portuguesa durante más de cuatrocientos años hasta que en 1961 obtuvo la independencia−, que cuenta con unas playas estupendas acordes para la meditación, practicar yoga y donde siempre hay alguien dispuesto a enseñarte a respirar con los chakras. Tengo alquilada una típica casa goana. Muy simple, sin ostentación, sólo con lo necesario, porque cuando llegan los monzones hay que recogerlo todo rápidamente. He elegido este lugar por dos razones fundamentales: La primera, porque es el tercer destino que me faltaba de los pensados con Olivia, y la segunda, porque tengo que aclarar mis ideas, relajarme, analizar qué no he hecho bien y en qué me he equivocado. Es decir: un viaje al interior de las entrañas. En la ciudad no voy a estar muchos días. Después iré a la costa a contemplar cómo fabrican sus nidos las tortugas Ridley que desovan aquí una vez al año. Pero, primero, he de acostumbrarme al cambio de hora, al clima templado y húmedo, a los alimentos cargados de especias, a comer con la mano −porque de no hacerlo, podrían sentirse incómodos−, a la libertad de hacer lo que te dé la gana, a la pureza, a lo exótico que me resulta la mosquitera de cuatro puntos que cubre mi cama y a las puestas de sol…
          El puerto de Mormugao, en la desembocadura del Río Zuari, es la puerta de entrada y salida al tránsito de lo comercial, y uno de los mejores de la India. Camino por las calles y me maravillo de la ausencia de estrés, algo impensable en la jungla de la que vengo. Los tenderetes de las tiendas, montados al estilo mercado de pulgas o rastro −los artículos salen con un precio que siempre hay que regatear−, dan idea del horizonte que presumo creativo: camisas de algodón y seda, alfombras hechas a mano, complementos de cuero, adornos y, por supuesto, ‘Kangan’ −pulseras de varios colores significando cada uno de ellos algo concreto−. En las sociedades donde estamos tan etiquetados no es frecuente converger con quien piensa distinto. Por eso choca mucho comprobar lo bien integrados que están en esta zona el catolicismo y el hinduismo, sin molestarse ni pisar el terreno del otro. La Catedral de Santa Catalina de Goa, que pertenece al Patriarcado de las Indias Orientales, de construcción manierista, me parece una verdadera joya que seduce mis ojos. Tampoco pierdo la oportunidad en la capital de Panaji, que significa “tierra que nunca se inunda”, de pasar por delante de la estatua de Abbé Faria, cercana al río Mandovi. Panjim Kadamba −terminal de autobuses−, el barrio de Fontainhas tan lisboeta, el Instituto Menezes Braganza que alberga la biblioteca central y el Templo de Maruti, forman parte del atractivo que habría sido mucho más hermoso junto a Olivia. Antes de partir a mi segundo destino, compro un sari para Alina, en tonos rojos con adornos dorados, y hago un alto para tomar chai −té negro−.
          Agonda, final de la etapa que realizo, es una playa tranquila donde no abunda el turismo. Bastan unas pocas horas aquí para darse cuenta de que el silencio descubre mucho de uno mismo y debilita el ego que a la corta corrompe. Paralelo a la costa hay un largo camino y la mayoría de los alojamientos se sitúan ahí, al lado opuesto de la carretera. Todas las mañanas los niños de los alrededores acuden a la escuela, situada en el centro de la ribera, educados, en orden y muy respetuosos con las personas y con el entorno natural, ya que no en vano, “El Panchayat” −la administración− ha trabajado duro para concienciar a la gente en que reduzca lo más posible el consumo de energía evitando con ello el daño al medioambiente. Ya no tengo fuerzas para realizar varios desplazamientos. Sólo quiero ir al Cabo de Rama, por si es verdad que el agua de su río está caliente. Aquí no hay museos, ni catedrales, ni lujo, ni tiendas de souvenir, ni monumentos urbanos en memoria de alguien destacado, pero sí hay hospitalidad, y todos los trebejos que se necesitan para arreglarse por dentro. En una sola calle encuentras restaurantes que ofrecen comida casera, y tenderetes que muestran la colorida mercancía de las improvisadas tiendas construidas en chapa y uralita. No necesitan más. Yo tampoco…
          Hari Babu −que significa León y Padre−, con la piel tostada, es un pescador longevo, desdentado y sabio, que ofrece su humilde embarcación a todo aquel que, a cambio de un cuenco de arroz, planee asistir al avistamiento de delfines en su hábitat natural. No descarto hacerlo, pero antes, tendido en hamaca, prefiero disfrutar de los atardeceres y del espectáculo que regalan las águilas marinas cuando alzan el vuelo llevando un pez entre las garras. Cada día, con la caña y un pequeño cubo donde supongo pondrá sus presas, el viejo pasa por delante de mi terraza. Se para, me enfoca con la dificultad que da la tristeza entrecerrada de la presbicia y, como si en un primer momento fuera a decir algo que enseguida se arrepiente, reinicia su peregrinación remolcando el embalaje invisible que le encorva. Durante los seis días que permanezco en Agonda, el hombre repite el mismo gesto, hasta que una noche, cuando faltan solamente cuatro para irme, en un inglés tan precario como el mío, dice: ‘Mañana sales a pescar conmigo, no me hagas esperar…’.
          A la vez que respira Hari emite sonidos extraños que en mitad del mar acojonan, porque uno piensa que de un momento a otro aparecerá un tiburón a arrancarte un pie. De gran sensibilidad y parco en palabras, deja que hable yo mientras lanzo el sedal según sus indicaciones. Empiezo por las cosas que me preocupan, por aquello que podía haber hecho mejor, por la frustración de no tener posibles para sacar a Eloy y Mirta de Cuba, de las expectativas puestas en Alina, de cuanto dejaré inacabado, de la magia de la India que invita a la meditación, de la sonrisa que me provoca recordar una de las frases de Olivia: ¡Cuidado, Miguel, que te cortas en la barbilla…’, de lo equivocados que estamos creyéndonos insustituibles anteponiendo el trabajo a la vida, y de la corazonada, más potente si cabe, de que el tiempo se agota y habrá que ir cerrando el ciclo… ‘Hoy cenamos pescado −que yo identifico como caballa o parecido− al curry y coco’, escucho a la vez que peleo para bobinar el carrete. Sentados en el suelo, sobre una alfombra, después de haber llenado el estómago, el anciano me ofrece una pipa, que fumo con gusto. Antes de despedirnos para siempre, me da una bolsa donde ha metido un poco de cúrcuma, planta que me dice es buena para el hígado, digestiva y anticáncer…
          Carta de La Habana, los amigos del barrio que me esperan para reanudar la partida de mus, el cruasán del desayuno que compro en la pastelería de la plaza, la poesía de Pablo Milanés que sacude de mi lado toda tontería: “El tiempo pasa/nos vamos poniendo viejos…”, el álbum de fotos que tengo que completar, los consejos de Hari Babu −al que siempre recordaré como un hombre bueno, y no veré nunca más−, una sorpresa que dice Alina que tiene para mí y la recta final de mi vida que se acerca, allanan el camino al sueño, que en ninguna cama concilio como en la mía…