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domingo, 8 de febrero de 2015

José


A Eli, Chon,
Yolanda y Noemí.

Nacido en el Puente de Vallecas dieciséis años antes de estallar la Guerra Civil Española, José era el quinto hijo de una familia muy humilde, natural de la provincia de Jaén, instalada en Madrid a principios del siglo XX. La etapa de infancia, además de ir a la escuela, como es lógico, estuvo marcada por su pasión por el fútbol, que practicaba en la calle jugando con los chicos del barrio, y siguiendo a su Atleti, que tantas alegrías le produjo, y algún que otro disgustillo. También llenaba las horas de ocio leyendo –afición que perduró hasta el final de sus días–, viviendo con plenitud cada historia alojada en las novelas y  a las que ponía las caras de las actrices y actores que más le gustaban: Rock Hudson, Ava Gardner, Irene Gutiérrez Caba, Alfredo Mayo, Luisa Sala…
            Con los hermanos mayores en el frente, ambos en bando Republicano, un padre al borde del delirio, con las entrañas comidas de dolor, sin saber si sus hijos estaban en las trincheras o les habían fusilado, José –pese a que todavía era un adolescente– se convirtió, junto a sus cuatro hermanas, en la parte fuerte de la casa, la que sostenía las vigas de la esperanza para que el hogar no cayera en la desidia emocional. Así fue, hasta que en 1938 le llamaron a filas formando parte de la quinta del Biberón… Seguramente se vio involucrado en la batalla del Ebro, donde más combatientes participaron en aquella sinrazón. Regresó en 1941, horrorizado de haber visto tanta muerte a su alrededor, tanta sangre derramada, tantos gritos de impotencia y con la huella del miedo fruncida en el entrecejo, como le ocurrió a casi todos los soldados de su generación, excepto a aquellos que corrieron peor suerte... La familia, los amigos y vecinos más cercanos le recibieron con lágrimas de alegría, y le agasajaron con manjares difíciles de conseguir entonces...
            El oficio de chófer profesional le llevó a residir en distintos lugares: Daimiel, Plasencia, Vigo, hasta que, finalmente, se afincó en Alicante, donde vio prosperar a sus tres hijos, crecer a los siete nietos y conocer al primer biznieto –hay dos más, otro que viene en camino y...–. Pero antes de esas experiencias maravillosas que serían la base de toda su existencia, siendo un joven enamorado de los zapatos elegantes –incluso atrevidos en su vejez– y que vestía muy bien, se ganó la fama de gustarle mucho las mujeres, al punto, incluso, de llegar a salir con dos novias a la vez. Sin embargo, uno de los días posiblemente más luminoso de toda su vida, apareció una rubia de ojos azules que conquistó su corazón. Guapa, pelo ondulado, estatura media y simpatía desbordante. Permanecieron juntos durante más de sesenta años, complementándose, discutiendo y queriéndose por encima de todo.
            Cuando la pérdida de alguien querido está reciente, el dolor te bloquea minutos antes de entrar al vestíbulo de los recuerdos. Y no es hasta pasado un tiempo que, quizá en primavera, después de la hora de siesta, el desván de la memoria entienda que ya estás preparado para entrar a revivir momentos salteados. Por eso pienso ahora en un verano, a principios de la década de los noventa, aunque las fechas me bailan un poco, estando juntos en la playa de Santa Pola –le gustaba ir allí a comer caracoles al bar Cantinflas– sentados en un chiringuito hablando de política, comentando los artículos de opinión de EL PAÍS, periódico que comprábamos entonces, y de uno de los personajes que más admiraba, Manuel Azaña, cuya biografía me regaló y que conservo como algo muy preciado.
            Por fortuna, compartir puros y manos de mus con las fuerzas vivas de determinados pueblos, no cambió en lo más mínimo sus ideales de izquierdas. La guerra le había mostrado la parte más violenta del ser humano, y la dictadura la más constreñida. Me contó en una ocasión que la libertad que no se respiraba en la calle, él la sentía latir en el interior de su camión, circulando por aquellas carreteras estrechas y mal pavimentadas. Era libre al volante, dueño de unos pensamientos sin cortapisas, de unos actos que solo le comprometían a él… Dueño y libre, observando el paisaje de las diferentes regiones por las que pasaba, cuyos campos ofrecían al viajero matices llenos de paz: unos más secos, otros más verdes, pero todos mostrando lo mejor de sí, para que se pudieran tocar con la punta afilada de una mirada atenta.
            En general, José era un sentimental, una persona muy fiel a los suyos. Un tipo sensible que se hacía el duro. En la etapa final de su vida, junto a la mujer que le había cuidado por encima de todos, hizo un recorrido por el cine y la música que desde siempre habían estado muy ligados a él: zarzuelas en discos de vinilo, películas en VHS, canciones en cintas de cassette –Farina, Rocío Jurado, Perla de Huelva, Juan Valderrama, Antonio Molina, Manolo Caracol…–, poniendo en cada cosa la atención y la entrega del primer descubrimiento. Me daba mucha risa la costumbre que tenía de grabar los partidos de fútbol que televisaban. Si ganaban los rojiblancos, lo veía, pero si habían perdido, total para sufrir, no merecía la pena…
            La última vez que le vi con vida tenía noventa años. Fue en Madrid. Se despedía de su hermana pequeña –de siete quedaban tres– fundidos en un abrazo prolongado y muy sentido, con la soberanía que da asumir lo ineludible. Lo hacían en la puerta del hotel donde se había hospedado con su esposa, la hija mediana y el yerno. Mientras la mantenía tiernamente pegada a su cuerpo, sus ojos me buscaron, y un aluvión de palabras mudas, que se atropellaron, resecó mi garganta… Entonces supe que no vendría más, que nunca volveríamos a encontrarnos y que a nuestras conversaciones telefónicas pronto le faltaría la mitad del contexto. Tres años después de su fallecimiento, una mañana de domingo, de este invierno tan seco que tenemos, paseando por Cuesta de Moyano –otro de sus rincones favoritos– y respirando el sosiego de los libros viejos de hojas amarillas e impregnadas con las arrugas del que ha vivido mucho, pienso en José. En la casa de Vallecas donde nació y que hoy es un solar, en la Ermita de San Isidro donde se comía un chusco de pan con chorizo cuando era novio, en la playa de Santa Pola y su rompeolas por donde caminaba a la caída del sol, en el campo del Atlético que tantas glorias y penas le trajo, en esa manía suya de montar en la línea de autobús Circular y dar la vuelta a todo Madrid, en la gente que le ha conocido, en la que le ha querido y querrá siempre. Y, también, en el olor y sabor de los bocadillos de calamares que se zampaba en la Plaza Mayor…
            Sé muy bien que estaba orgulloso de todos los suyos. Incluso hoy lo habría estado un poco de este manojo de palabras que, lejos de transmitir melancolía o tristeza, han pretendido homenajear la figura de un buen hombre, un buen ciudadano que trató de no hacer daño a nadie y luchó para que tampoco se lo hicieran a él. Pienso en los que no volvieron de la guerra, en los amigos que le traicionaron a lo largo de los años, en los que estuvieron a punto de morir en los campos de concentración, como uno de sus hermanos, como tantos del barrio, del país. José me enseñó que no había enemigos sino adversarios, que todo en la vida lo movía la política, que no logra más el que llora o el que mama, sino aquel que está convencido de que otro mundo es posible. En la intimidad de mi cuarto, ojeando fotografías antiguas, me encuentro con una donde se le ve sonriente, posando junto a un cartel que pone: Linares, desvío a 3 kilómetros.