domingo, 26 de abril de 2026

En peligro de extinción

14.

Ashley Burris permaneció una semana y media en Big Timber disfrutando de la compañía de los amigos, de las costumbres del campo, el aire sano, la tranquilidad de quien no tiene prisa, el frío intenso que contrae los músculos y cala los huesos, la comida saludable, los amaneceres espectaculares, el ocaso contemplado al calor de la chimenea, la conversación a la hora de la cena resumiendo lo acontecido a lo largo de la jornada, la somnolencia del whisky, lo apetitoso del pan recién horneado y el manjar de la nata de la leche bien cuajada, el olor a lecha recién cortada y, por encima de todo, el entrañable recuerdo a Diane, presente en cada rincón de la casa, del pueblo y las lecciones que dejó en todos, son su particular forma de actuar ante la vida. Durante las mañanas, desde su habitación en The Grand Hotel, Ashley trabajaba online con los chicos del laboratorio, coordinado por el científico que cubría su puesto cuando ella no estaba. Después del almuerzo, cuando Larry cerraba la clínica, seleccionando los historiales médicos de los pacientes que iban a visitar por todo el condado de Sweet Grass, con especial atención en aquellos más delicados, memorizaban las decisiones tomadas y pendientes. Habían monitorizado dos perros con collares para controlar la frecuencia cardiaca, la respiración y las calorías quemadas e iniciaban otro proceso similar con una yegua de carácter complicado. Fuera de los límites territoriales del pueblo, aunque esa pradera era también propiedad de los Maxwell, varias cabezas de ganado pastaban salivando en exceso, señal de que podría haber alguna enfermedad infecciosa grave. Otras caían agonizando. La forense y el veterinario se arrodillaron y extrajeron de la boca de las vacas cuajarones de sangre que introdujeron en tres pequeños tubos de plástico que enviarían más tarde a analizar. Asimismo, se fijaron también en la aparición de ampollas entre las pezuñas, concluyendo que sufrían Fiebre Aftosa, por lo cual, concluyeron que la certificación de muerte sería por miocarditis.
          –¿Qué opinas? –preguntó Larry.
          –¿Dónde inyectó el padre de Susan el agua extraída tras haber utilizado la técnica de fracking para liberar de la roca hidrocarburos? ¿Lo comentó? –quiso saber Ashley
          –Pues… Deja que recuerde… ¡Hummm! ¡Sí, eso es! No lejos de aquí.
          –Por tanto, cabe la posibilidad de que se haya filtrado y esté poniendo en peligro al ganado y, por ende, a todos nosotros. ¿Sabes exactamente dónde pueden estar enterrados los bidones que no encontró? –preguntó la forense.
          –No, pero la llamo y que nos diga. –Hora y cuarto más tarde, Susan los llevó hasta un lugar bastante retirado del pueblo Greycliff, a unas veinticinco millas del rancho Maxwell. Siguiendo la línea del ferrocarril, justo donde los postes de luz aparecen con los cables rotos, el terreno se vuelve hostil, enfermizo, empedrado, sobrepuesto, tapando las bocas abiertas en la tierra por las que se escapa, a la atmósfera algún tipo de radiación. Susan llegó lo antes que pudo.
          –¿Esperamos a alguien más? –preguntó Larry mientras sacaba del maletero una pala, cual western americano, para cavar un hoyo donde enterrarían al forajido.
          –Sí, ahora lo veréis. Voy a terminar con esto de una vez por todas. –Unos automóviles a toda velocidad se acercaban por la carretera secundaria. En la barra metálica situada por fuera de los vehículos, en el techo, destellos de luces rojas y azules indicaban emergencia, frenaron en seco junto a ellos, levantando una gran polvareda.
          –Oye, no tendremos problemas, ¿verdad? –dijo Ashley preocupada.
          –Confiad en mí –respondió ella.
          –¡Jefe! –exclamó Larry sorprendido–. ¿Qué le trae por aquí! Nosotros no hemos hecho nada, ¡eh! –entonó en broma.
          –Pues veamos qué se le ha ocurrido ahora a tu amiga –dijo el sheriff malhumorado–. No me hagas perder el tiempo, Maxwell.
          –Quiero que emita una orden de arresto por contaminación ambiental contra mi padre y otra para cavar estos terrenos y verificar si ahí hay bidones con agua infectada que se esté filtrando –dijo Susan contundente.
          –Estás rematadamente loca, chica. ¿A cuento de qué voy a cometer semejante disparate contra uno de los ciudadanos más ilustres de la región? –expresó bastante enfadado.
          –Pero lo que hay ahí abajo va en perjuicio de cada hombre y mujer que vivimos en este paraje tan encantador –intervino Larry–, pone en riesgo la salud de todos nosotros. Usted tiene ancianos y ancianas a su cargo, hijos y nietas, ganado, flora de la comarca. ¡Todo! ¡Absolutamente todo está amenazado!
          –Que yo sepa es legal la práctica de fracking y posteriormente inyectar esa agua en la tierra –explicó el sheriff.
          –¿De qué, jefe? –preguntó uno de los agentes.
          –Ya os lo diré, que queréis saberlo todo.
          –Sin embargo, aquí no hay yacimientos petrolíferos a la vista, quedan a muchísimas millas, al este de Montana y van hasta Dakota del Norte y Canadá, por lo tanto, un individuo sin sentimientos ni corazón, que utiliza su influencia haciendo lo que le place, ha decidido, de manera gratuita, regar nuestra existencia con la basura de sus negocios.
          –¿No te avergüenza hablar así del hombre que te ha dado la vida? –la autoridad empezaba a perder los nervios.
          –Si peligra la de mis compatriotas, no, Le denunciaré donde sea necesario y llevaré el caso hasta la Corte Suprema. –Uno a uno fueron montándose en los automóviles, antes de desaparecer por donde vinieron, el sheriff dijo su última palabra:
          –¡Como vuelva y vea tan solo un poco del terreno levantado, los tres vais directos al calabozo! ¿Entendido? –preguntó desafiante. De nuevo solos y aplacado el susto, Susan pidió disculpas a los amigos.
          –Comprendo que esto es un monstruo enorme y yo una simple mujer que no tolera las cosas injustas, pero no pienso quedarme callada ni de brazos cruzados.
          –¡Cuánta razón tienes! Si todos permanecemos callados, ¿de qué sirve luchar por un mundo mejor? –La cortó Ashley.
          –Marchaos, no me perdonaría involucraros en algo tan personal y que sufráis las consecuencias –dijo cogiendo una de las palas.
          –No digas tonterías. Dividamos el espacio en tres –propuso Larry.
          –¡Como en los viejos tiempos de estudiantes! –exclamó Ashley–. Dibujemos un triángulo y pongámonos cada uno en una esquina, de manera que vayamos a la vez hacia el centro. –Así lo hicieron. Exhaustos, volvieron a tapar los hoyos abiertos, ya que, desengañados, comprendieron que, para llegar hasta el fondo de donde estuviesen los bidones, necesitarían maquinaria pesada. No obstante, Susan hizo fotos y percibieron un fortísimo olor a podrido, así que, se guardó una piedra en el bolsillo y algo de tierra. El siguiente paso sería contactar en la ciudad de Billings con el grupo de granjeros y rancheros del condado de Sweet Grass, formados en la organización Northern Plains Resource Council, protectores de todos los recursos naturales y contarles el caso. Esa misma noche, las dos mujeres, amigas en común de Larry, se despidieron en The Timber Bar Cowboy City, con una cena al típico estilo del oeste americano: Cerveza en tarros fríos, costillas de ternera en salsa barbacoa, ensalada de col y pastel de manzana, acomodando el cansancio de la jornada sobre vasitos de ron sin hielo.
          –No te haces idea cómo te envidio –confesó Ashley Burris.
          –¿Por qué? Mírate, te gusta tu oficio, lo haces bien, disfrutas investigando, pagas tus facturas y cuidas del mundo animal –dijo Susan en ese punto donde el alcohol extiende capas empalagosas entre la lengua y el paladar.
          –No digo que no sea importante y necesaria mi profesión, pero no es comparable con lo tuyo. Tienes las ideas muy claras y luchas por ellas. Te vas a enfrentar a tu padre, puede que lo pierdas todo, que rompas el vínculo con el resto de la familia, que te repudien, te señalen con el dedo por la calle, que no seas bien recibida en determinados locales y que te cueste incluso la cárcel y, aun así, posees el arrojo suficiente para seguir adelante. Eso, querida, es envidiable y merece todo el respeto de quienes no tenemos ese mismo valor –consultó el reloj y calculó cuánto tiempo podría dormir.
          –Cada uno de nosotros tenemos un compromiso con la humanidad, un respeto a la tierra que nos da sus frutos para vivir, al agua que repone el líquido perdido en el sudor y filtra las tuberías de los riñones, al ganado que limpia de maleza el suelo regenerándolo y nos aporta las proteínas que requiere el organismo para funcionar correctamente. Al clima que aporta distintos escenarios avisando del peligro de hipotermia o golpe de calor, al horizonte muchas veces gris o apagado hasta que de repente aparece el sol y la mayoría de los retos parecen posibles. En definitiva, empatizar nos hace seres más nobles, más libres y menos retorcidos. La clave quizá está en encontrar el camino y avanzar por él sin miedo, obviando a los agitadores del ruido y del engaño que casi siempre hacen que perdamos los papeles y dañemos a quien menos culpa tiene de nuestras frustraciones o falta de valor. –Apenas quedaban seis o siete clientes acodados en la barra. En la máquina tocadiscos un viejo vaquero seleccionó la canción Burn On, un tema de Randy Newman, del año 1982, donde hablaba de la contaminación del río Cuyahoga, en Ohio. El último trago lo tomaron con pereza, queriendo alargar los minutos que adelantaban la despedida.
          –¡Lo ves! ¡Lo has vuelto a hacer! ¡Te admiro y te envidio! Has hecho un discurso espléndido, deberías dedicarte a la política.
          –¡Uf, lo que me faltaba! –rieron a placer. Antes de regresar a Helena, Ashley Burris se aseguró de que Larry manejase bien la aplicación instalada en la computadora, a través de la cual compartirían una carpeta de trabajo.
          Los casos de cáncer se multiplicaron en la comarca y los nacimientos de reses con malformaciones, también. Un grupo de activistas de Northern Plains Resource Council, recorrían cada hacienda aconsejando el consumo de agua embotellada en lugar de la del grifo y cambiar al ganado a otro campo de pastoreo limpio. La mayoría de los rancheros hicieron caso omiso a las recomendaciones, diciendo que la enfermedad formaba parte de la vida, siendo un componente más. Uno de los granjeros más jóvenes de la comunidad, Oliver Brown Jr., había enviudado recientemente, quedando a su cargo dos niños pequeños frágiles de salud. Cuando fueron a visitarlo, los hijos de cinco y seis años presentaban una delgadez extrema, además de sabañones entre los nudillos a consecuencia del frío y chapas de fiebre profunda en las mejillas. El hombre, que de repente se había quedado solo, sin la persona que manejaba a la perfección las riendas de la casa, estaba desbordado y perdido. Susan cogió en brazos al crío de menos edad y tuvo miedo de lastimarle los huesos. El mayor, si cabe mucho más vulnerable y con dificultad respiratoria, descansaba la cabeza en las piernas del padre.
          –¿De qué murió su esposa? –titubearon bastante antes de realizar la pregunta.
          –Empezó a sentirse muy mal y fuimos al hospital donde realizaron algunas pruebas. Nos dijeron que tenía una úlcera, sin importancia, en el colon y determinaron mandarla a casa. Nuestro seguro médico no cubría el tratamiento prescrito y la granja ya la teníamos hipotecada para sacar adelante la cosecha. Durante varios meses presentó una notable mejoría: buen apetito, aguante desde el amanecer peleando con el ganado, las tareas de la casa y los hijos. Una noche me desperté sobresaltado al no verla en la cama, salí aquí y la encontré retorcida de dolor en el suelo. Apenas llevé en brazos hasta el dormitorio cuarenta kilos de hueso y piel, no me había dado cuenta de la pérdida de peso. La ausencia de tratamiento provocó cáncer de colon. Me contó que ahora encontraba melenas de sangre negra mezclada en las heces. Volvimos al hospital y ese mismo día murió a las pocas horas. Sus hermanos me aconsejaron pedir que le realizasen la autopsia.
          –¿Lo hicieron? –a pesar de estar consternados por la narración del señor Brown, quisieron saber si existía dicho informe.
          –Sí, gracias a la influencia del reverendo.
          –¿Qué les pasa a los niños? –Susan sospechaba las causas.
          –Que echan de menos a su mamá –contestó afligido.
          –¿Beben agua del grifo? –querían ir encajando las piezas.
          –Sí, claro –contestó rotundo.
          –¿Y por qué no embotellada? –dejaron caer el comentario.
          –Porque no la puedo pagar –entonces les sirvió limonada que ninguno probaron.
          –¿Podríamos ver el informe de la autopsia? –Susan le dijo de forma muy sencilla por qué estaba allí y cuál era su lucha.
          –Desde luego, voy a buscarlo. –Tras finalizar su lectura, el grupo de activistas le explicaron que las sustancias químicas encontradas en el organismo de su mujer, las ingirió a través del agua potable, alimentos contaminados, etcétera.
          –¿Estaría dispuesto a demostrar conmigo en un juicio que su mujer fue envenenada…?
          Puede que el proceso más doloroso y difícil que realizó Larry Erickson respecto al duelo por su esposa, fuera el momento en el que entró en el despacho de ella y revisó sus cosas. Respiró profundo y comenzó destapando la caja de cartón que había detrás de la puerta con números atrasados de National Geographic, sobres llenos de recortes de prensa, billetes de avión ya usados, facturas de restaurantes, ticket de librerías, entradas de teatro y programas de las obras en cuestión, tarjetas digitales, otras de prepago para llamar desde el celular sin ser geolocalizada. Su primera cámara instantánea, un magnetófono de bolsillo y la brújula que la acompañó durante tantos años. Guardaba también manuscritos de sus padres, partidas de nacimiento, la copia de un testamento que ellos cambiaron y, en una funda de plástico duro, la ruta que hicieron después de la boda. Sobre el escritorio, dentro del estuche de hojalata en cuya tapa, a relieve, se leía la palabra PAZ, su colección de lapiceros de dibujo. Con el pie retiró la pila de carpetas del suelo que impedía abrir el último cajón de la mesa. Cruzó las piernas, se sentó en el suelo y fue sacando, uno a uno, los souvenir de todos los lugares del mundo adonde había ido: una taza del viaje que hicieron al Gran Cañón del Colorado, antes de nacer las niñas, postales e imanes de cuando estuvo de safari con colegas de profesión en el Parque Nacional Yellowstone, pins de rayas climáticas, representando el calentamiento global, la gorra y camiseta del último concierto de Bruce Springsteen al que asistió, reportajes de las cinco países europeos visitadas tras la pandemia, España, Italia, Alemania, Grecia y Rumanía, y los veinte días en los que, por su cuenta, recorrió parte de la costa de Marruecos. Larry sostuvo entre las manos una panorámica de Boston, adonde siempre quisieron regresar. Envuelto en la bandera de los Estados Unidos, halló un paquete de cartas atadas con un lazo azul y la inscripción del Partido Demócrata, eran las que su hermano mayor escribió a la familia desde Vietnam, antes de que lo mataran en la guerra. Acarició con ternura la montura de pasta de su gafa de cerca y una botella de vidrio llena de arena de Hawái. Se miró la pechera de la camisa y advirtió que estaba empapada en lágrimas. Fue a la cocina, bebió agua, regó las plantas del alféizar de la ventana, miró el reloj y arrancó el Dodge Ram para recoger a las hijas, era viernes por la tarde y venían a pasar el fin de semana.
          –¿Tía Susan –así la llamaban las niñas–, ¿qué está pasando en Río Grande? –preguntó una de ellas.
          –¿Te refieres a la Operación River Wall? –sabía que esas chicas el activismo lo llevaban en los genes.
          –Sí. Es que la prima de una compañera de universidad vive en Zapata, al sur de Texas, tienen allí varios acres y dice que quieren invisibilizar su jardín.
          –Eso no es todo, cariño –intervino Larry–, van a esparcir boyas a lo largo de 152 millas, además de poner en peligro el suministro de agua potable para millones de personas.
          –Uno de los profesores nos ha dicho que hay ranchos construidos tan cerca del río que si sigue creciendo, como hace, arrasará con todo –matizó la otra.
          –De todas formas, para sacar el proyecto adelante, la administración Trump ha tenido que suspender algunas leyes, por ejemplo, la Ley Nacional de Política Ambiental, la de las Especies en Peligro, Ley Federal de Control de Contaminación del Agua Potable Segura –explicó Susan que cocinaba unas verduras al vapor–. Es decir, destrucción total a cambio de fines políticos.
          –¿Cómo habría reaccionado mamá? –pensó una de ellas en voz alta.
          –Pues yendo al sitio –respondió la otra–. Mirad, aquí hay un vídeo tremendo –los dos adultos se acercaron.
          –Tiene mucho sentido lo que dice –intervino Susan–. Fijaos, en condiciones normales, cuando el río se desborda, cae por las llanuras, pero el muro lo va a impedir aumentando la altura y la velocidad, por eso, cuando ocurre, se lleva por delante cuanto encuentra a su paso.
          –Otro dato muy interesante –Larry estaba animado, le recordaba a las conversaciones con Diane y Susan cualquier viernes cenando–, es que, a consecuencia del sol y otros agentes, las boyas se deteriorarán lo que supondrá una liberación de microplásticos, tan dañinos para los seres vivos. Además, siendo la zona agrícola y exportadora fuera de Estados Unidos, el mal cruzará la frontera.
          –La prima de la compañera que os decimos, está convencida de que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Unos molestan, afean la sociedad y no mantienen la boca cerrada; otros llenan los bolsillos de los políticos que les otorgan contratos multimillonarios para construir ese tipo de cosas, convirtiéndose en los mimados, los elegidos, los preferidos de un sistema caduco, me opongo a maquillar la realidad para que no se vean los verdaderos problemas y lo que nos están ocultando –la chica hizo una pausa.
          –Me dejáis impresionado, vuestra madre estaría muy orgullosa de vosotras –Larry comprendió que no podría pararlas, que ya opinaban, pensaban y actuaban como adultas y lo mejor era cuánto se parecían a Diane en el carácter.
          –¿Nosotros en que grupo estamos, papá?
          –En el de la gente sencilla que posee el don de pensar.
          –¿Queréis más ensalada? –preguntó Susan con una amplia sonrisa.

4 comentarios:

  1. María Doloresabril 26, 2026

    ¡Qué sensibilidad narrando cómo Larry mira las cosas de Diane!

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  2. Este capítulo me lleva a la música de Jazz en cualquier local pequeño.

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  3. Ahora estaré atento cuando abra el grifo.

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  4. La actitud de las chicas da esperanza. Esperemos que las nuevas generaciones sigan este tipo de pensamiento, y cambie la tendencia actual.

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