domingo, 25 de enero de 2026

En peligro de extinción

8.

Lo primero sería localizar adónde habían llevado el cargamento de sacos y bidones, y para eso lo primero era ganarse la confianza de su padre. Después, averiguar si el tipo que recogió el maletín lleno de billetes de 100 dólares era Samuel W. Roberts o alguno de sus secuaces. Susan se retiró cabalgando antes de ser descubierta. Hollow Coves es un dúo australiano de folk indie cuya melodía invita a la reflexión contemplando los espacios que la Naturaleza te regala allá en el lugar que habitas. Por los auriculares inalámbricos del celular sonaban las canciones Blessing y The Open Riad, cerró un instante los ojos y sintió el frescor de la cascada cayendo por la parte delantera de las rocas. Paseó la vista por las maravillosas montañas con las cimas recortando el horizonte y las placas de hielo sirviéndole de espejo al sol, con esa luz tan deslumbrante, peculiar del invierno, y pensó en lo mal que lo estarían pasando en el centro y el noreste de Estados Unidos donde se preparaban para la llegada de una tormenta, llamada bomba ciclónica, fenómeno producido a consecuencia de una caída de presión de 24 milibares en 24 horas, que traería nieve en abundancia. En esos momentos la actividad en el rancho era frenética, los jinetes se hallaban en pleno proceso de la doma de caballos, tarea nada fácil, máxime siendo ejemplares salvajes como casi todos los adquiridos por la marca Maxwell. Igual que de niña, se subió a un poste de la cerca, apoyó los brazos en el último de arriba y disfrutó de la puesta en escena del protocolo entre hombre y mamífero por domesticar. La paciencia y la constancia juegan un papel muy importante, también la delicadeza, las caricias sinceras, el diálogo en susurro, no tener prisa en alcanzar el objetivo y nunca emplear métodos de castigo, sino premiar lo conseguido, ya que, en definitiva, es un aprendizaje por ambas partes.
          –¿Quieres probar? Tenemos un bellísimo ejemplar que acaba de adquirir tu padre y necesita que lo dome alguien sensible como tú –Susan dio un respingo por la potente voz del vaquero más veterano.
          –Estoy desentrenada, haría el ridículo delante de los muchachos –contestó besándole en la mejilla.
          –Esas cosas no se olvidan, querida –aseguró el otro.
          –Todavía recuerdo tus primeros consejos: colocar la montura evitando que el caballo se asuste, tensar la cuerda y hacer que cruce las patas traseras como ejercicio básico, subirme despacio, aprender a entender cuándo está atarantado y cuándo se muestra cansado, premiarle para que entienda que lo ha hecho muy bien, estableciendo un vínculo de comunicación entre ambos.
          –¡Bravo! Y ahora, dime: las raíces llaman, ¡eh!
          –Pasaré solo una corta temporada –evitó mirarle.
          –Ya, eso espero, pero corren comentarios que pueden complicarte un poco.
          –¿A estas alturas de la vida das credibilidad a los chismorreos? –hubo minutos de silencio.
          –Por supuesto que no, pero lleva cuidado. Yo siempre estaré de tu lado –el hombre que montaba a caballo fue derribado, se golpeó la cabeza y, por unos segundos, todos contuvieron la respiración, sin embargo, apoyó un brazo en el suelo, tomó impulso con el otro y se levantó como si tal cosa.
          –Cuentan que te duele mucho la espalda? ¿Quieres ir al médico?, conozco uno muy bueno –cambió de tema.
          –¡Bah! Habladurías, la mejor medicina es la disciplina de trabajo.
          –Completamente de acuerdo contigo, pero es fundamental sentirse bien, de lo contrario no rindes, ¿Y tú por qué crees que se mueren tantas reses sin estar enfermas? –Susan dejó caer la pregunta.
          –Por la misma razón por la que hemos sobrepasado los límites. Dicen por ahí que vas haciendo preguntas delicadas y en algunos casos bastante molestas, no te fíes de nadie, niña. Hablaremos, pero no aquí a la vista de todos, será mejor que te vayas entrenando y cabalguemos juntos.
          –Con mucho gusto –frente a ellos se colocó el señor Maxwell recién llegado de atender algunos de sus negocios. Entonces, el hombre, cuyas manos temblaban en el vacío, manifestó un gesto como de escalofrío y se marchó. Susan dedujo que la presencia del amo le intimidó. Siguió el espectáculo y lo disfrutó jaleando al jinete.
          Larry Erickson acababa de regresar de Helena donde Ashley Burris le entregó la información que Bridget Witte, agente del FBI, consiguió del químico sin titulación Samuel W. Roberts, en ella se le relacionaba con determinadas alteraciones peligrosas en la composición de diversos cargamentos de piensos distribuidos a algunos rancheros cuya consecuencia, poco después, fue cuando el ganado enfermó, teniendo que sacrificar muchas reses. También se le relacionaba con varios negocios a medias con el señor Maxwell, todos de oscura procedencia, pero enrocados en sociedades de muy difícil identificación, lo cual complicaba realmente destapar su implicación en los hechos, de manera directa. Antes de abrir consulta, para vacunar a un par de perros contra la rabia, repasó los papeles que el anciano le entregó, cuando visitaron la mina de cobre a cielo abierto, en Butte, y en los que figuraba, entre paréntesis e interrogaciones, el nombre de Samuel W. Roberts y una marca subrayada: Robwell Animal food products S.A. Buscó referencias en Internet, pero las páginas web a las que le redirigían eran bastante confusas, aunque, bien es verdad, que todas estaban relacionadas con la alimentación animal. Decidió comentárselo a Diane.
          –Tengo que contarte una cosa, Larry –dijo la esposa interrumpiendo sus pensamientos.
          –Y yo necesito que me ayudes, sabes que soy muy torpe con la informática, pero ahora tengo pacientes esperando y luego he de visitar algunas granjas, mejor lo hacemos a la noche.
          –De acuerdo. ¡Por cierto!, cámbiate de camisa que llevas el cuello rozado y un salpicón de manchas –él asintió. Pasó consulta y pospuso la salida porque no eran cosas graves y podían esperar al día siguiente. Revolvió todos los escondites del despacho hasta hallar el vino que reservaba para ocasiones muy especiales. Diane colocaba en cuencos de bambú, ovalados, un surtido de vegetales y moras negras, previo a eso preparó una trucha degollada, típica de la región, usando su receta favorita con mantequilla, sal, pimienta, eneldo o perejil, además de una mezcla de miel, limón, estragón seco y ajo molido, que untó sobre los filetes con una brocha antes de hornear. Cuando Larry entró con el caldo y dos copas, olía muy sabroso, descorchó la botella y brindaron por las hijas y por la suerte de permanecer vivos.
          –Tengo un problema informático, soy incapaz de tirar de algún hilo que me lleva hasta Robwell Animal food products S.A. sospecho que detrás de eso se esconde algo muy gordo.
          –¿De dónde lo has sacado? –pensó Diane que quizá no era buen momento para hablar de su viaje a Oriente.
          –De los papeles que me dio el anciano de Butte –la notó preocupada.
          –¿Viste alguna información en el buscador? –quiso saber.
          –No, nada.
          –Espera que vaya a por la computadora –dijo soltando las manoplas de horno con la bandera de Estados Unidos regalo de las hijas.
          –Yo la traigo.
          –Lo primero que hemos de averiguar es la procedencia del nombre y para eso usaré un programa que nosotros manejamos cuando queremos destapar grupos terroristas o tramas contra alguien importante, así como bulos que impliquen a gobiernos y periodistas. A ver, dices que se llama Robwell Animal food products S.A. Descartemos lo de productos de alimentos para animales.
          –Entonces solo queda Robwell, ¿cierto? –intervino Larry.
          –Correcto. Veamos que hay –dejaron pasar los minutos, brindaron y tomaron asiento en torno a la mesa, la pantalla quedó en blanco.
          –¿Qué ha pasado? –preguntó Larry.
          –No lo sé, quizá el sistema estará haciendo alguna actualización –respondió Diane.
          –Entonces, volviendo a lo anterior –Larry recondujo la conversación.
          –A ver, hagamos un juego de palabras –cogió papel y bolígrafo–. Esto puede pertenecer a un nombre ficticio, a un apodo y tal vez a algo sin sentido.
          –Sí, ha de haber varias posibilidades –cada uno hizo anotaciones con las letras, pero nada. Ella levantó la vista y dijo:
          –Piensa un poco, Samuel se apellida Roberts.
          –Y el padre de Susan Maxwell –apuntó él.
          Robwell es un acrónimo de ambos apellidos –concluyó Diane.
          –Claro, ¡qué torpe!, cómo no he caído, son ellos dos los que fabrican y distribuyen el pienso –se levantó y la besó en los labios, acariciándola el cabello con la punta de los dedos–. ¡Qué inteligente eres, cariño!
          –¿Qué vas a hacer? –preguntó presintiendo el lío en el que su esposo iba a meterse.
          –Comunicárselo a Susan y que ella decida. ¿Y ahora dime qué cosa te mantiene sin dormir todas las noches? –mantuvo silencio, pero era absurdo ocultarlo.
          –Hay un grupo numeroso de gente que parte hacia Palestina, me voy con ellos –Larry apenas parpadeaba–, tenemos pasaje para primeros de año, una vez que las niñas terminen las vacaciones de Navidad. Necesito hacerlo, sabes que, como periodista, me siento impotente y como ser humano desolada, debemos dar visibilidad al genocidio que cometen con la población civil, sin hogar y despojada de todas sus pertenencias. ¿No dices nada?
          –Te admiro y me das mucha envidia. Como siempre, apoyo tus decisiones. Eres muy valiente, sé que lo harás, pero cuídate al máximo, la zona es muy peligrosa y probablemente no seáis bien recibidos.
          –No temas, sabré cuidarme.
          –Lo sé, perdona un momento, he de ir al baño –cerró la puerta, respiró hondo, mojó la toalla con agua fría para refrescarse la nuca y puso la pequeña pastilla que tenía prescrita debajo de la lengua cuando sentía el pinchazo en el pecho. Al poco rato estaba normal–. ¿Qué tal si le hincamos el diente a esa trucha degollada que tiene un aspecto exquisito? –trató de sonar normal y tranquilo, aunque por dentro estaba hecho un amasijo de nervios por la aventura que iba a emprender Diane. Recogió en la memoria instantáneas de la velada inmortalizando cada postura, cada sorbo de vino, la sonrisa de ella con su dentadura blanca, perfecta, sus labios, la esponjosidad de su cabello y ese tic tan gracioso en el ojo izquierdo. Quiso parar el mundo y quedarse así, solos, eternos, infinitos, pero sonó el teléfono avisando de una urgencia y tuvo que marcharse.
          Desde que Charly murió, Paul no era el mismo, discrepaba del amo en cuanto a la organización del trabajo y a la hora de seleccionar al nuevo personal para la temporada de recogida de leguminosas. A todo le ponía pegas y siempre estaba al borde de la discusión, al punto de que el señor Maxwell empezaba a no contar con él para las cosas importantes. Una mañana, Susan despertó antes del amanecer, quería darse una vuelta por los establos y alrededor del cobertizo por si algo hubiese cambiado. Al salir de la ducha, encontró una nota encima de la cama con una dirección, conocía esa letra de trazo escolar: Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, a cuatro horas y media más o menos de Big Timber. Buscar un camino de tierra semi oculto entre árboles y al fondo una cabaña de madera cuya chimenea de piedra trepa entre las hojas, firme y erecta. Era lunes y tenía la semana prácticamente organizada, así que buscaría el momento de sondear a Paul y decidir si ir o no.
          –¿Controlando? –interrogó a su padre con amabilidad.
          –No, ya sabes que lo detesto –se rieron a carcajadas–, va a llegar una camada de yeguas, potrillos y caballos directos de Canadá y quiero que todo este perfecto, me gusta a mí hacer el recuento.
          –¿Te ayudo? –Susan se ofreció, el señor Maxwell asintió gustoso y volvió a confiar en la hija.
          –Todavía no vienen. Mira, en teoría hemos adquirido 5.000 cabezas, pero para los efectos serán 2.000, ya que 3.000 las venderemos por el doble de su precio en el mercado negro, dinero con el que financiaremos todos los gastos que ocasione el traslado, los jornales y –pareció recular, pero continuó–. Bueno, de la alimentación nos ocupamos mi socio y yo.
          –¿Quieres que lleve un registro de cuentas y de mercancías en la computadora creando una clave que solo conozcamos tú y yo? –tal vez se había precipitado.
          –Vas muy deprisa, ¿no crees?, sin embargo, me gusta la idea, aunque tengo que consultarlo –ganarse al padre como fuese, incluso yendo en contra de sus propios principios, pensó, era fundamental. No obstante, en esas estaba cuando recibió un e-mail de Larry, donde contaba las novedades, además de su preocupación por la partida de Diane.
          –¿Damos un paseo? –Susan le propuso.
          –Sí, necesito estirar las piernas. Espera que coja el rifle, nunca se sabe quién o qué puede andar por ahí suelto –a ella la idea de que fuese armado no le gustó nada, pero asintió con la cabeza. Mientras aguardaba envió respuesta al veterinario diciéndole que comunicarían más tarde.
          –¿Llegamos hasta el último acre Maxwell y visualizamos toda la hacienda, como cuando me llevabas contigo delante en la silla? –propuso con la idea de acercarse lo más posible adonde descargaron los camiones.
          –No, mejor vayamos a pasear por el río Boulder. ¿Conduces tú o yo? –la lanzó las llaves que cogió al vuelo del viejo GMC Sierra–. Estarás contenta, ¿no?
          –¿Por qué? –temió que se estropease la buena armonía.
          –Ha ganado uno de los tuyos –expresó con segundas.
          –¿De los míos? No comprendo, papá –realmente estaba descolocada.
          –Sí, el candidato demócrata del ala socialista Zohran Mamdani –dijo él.
          –La política ya no me interesa –mentía muy mal–, ahora estoy aquí, y eso es lo que cuenta.
          –No te creo. ¿Es la primera persona musulmana que va a ocupar la alcaldía de Nueva York y dices que no te interesa? ¡Venga ya, niña, que soy tu padre y nos conocemos muy bien!
          –No, de verdad, he comprendido que en todos los lados hay cosas buenas y malas, solo hay que reconocerlas –sin embargo, para sus adentros, se sentía feliz por Mamdani y también porque Abigaíl Sparberger como Gobernadora de Virginia y Mikie Sherrill por Nueva Jersey, ambas iban a aportar oxígeno de cambio frente a la administración Republicana, sin olvidar la importancia del sí de los californianos a la Propuesta 50, cuyo objetivo consiste en redibujar los distritos de votación del gobernador demócrata Gavin Newsom. Estos giros son fundamentales para las elecciones de medio mandato donde Trump ve tambalear el trono, ojalá que se tenga que apear de él en las siguientes a la presidencia de Estados unidos–. Así que tienes un socio, ¿eh? ¿Y no es Paul, claro?
          –Los tiempos cambian y se necesitan inversores –dijo de mala gana–, gira a la
derecha.
          –¿Es Samuel W. Roberts, el químico? –dio un volantazo brusco mirando de reojo al padre.
          –¿Y tú dónde has oído que sea químico? –preguntó.
          –Por un artículo de prensa en el que se le relaciona con ciertas irregularidades en los compuestos del pienso y unos números raros que no entiendo –dejó pasar un breve silencio y ver su reacción–: cd48, Ar33 y 74,92u. –tendida la trampa clave y, a falta de despejar la incógnita de WSR 255, le ocultó que todo lo había encontrado anotado en una servilleta de papel, cuando registró el despacho.
          –Ni idea –pero sabía muy bien que se trataba de cadmio, arsénico y uranio–, solo es empresario. Anda, ve atenta a la carretera y disfruta del paisaje. –Cuando llegaron al rancho, una de las criadas lloraba frente al televisor la muerte de Bob Reiner, el cineasta de “Cuando Harry encontró a Sally”, y su esposa la fotógrafa Michele, asesinados a cuchilladas, presuntamente, por Nick, el hijo de ambos, con problemas de adicciones y de salud mental.
          Diane Erickson tenía colocado sobre las camas los jerséis feos, típico en Navidad, que cada uno había de ponerse y también los regalos bajo el árbol y colgando de la chimenea los cuatro calcetines donde Santa Claus metería obsequios elegidos con todo cariño. Larry y las chicas fueron a comprar galletas de jengibre, ponche de huevo y mermelada de arándanos silvestres, para acompañar al tradicional jamón glaseado con puré de patatas y salsa gravy, además de una carne de ciervo fileteado de altísima calidad, panecillos esponjosos y la sorpresa para su esposo de una botella de Pinot Noir, del valle Willamette de Oregón. En el salón sonaba The Christmas Song, por The King Cole Trío. Afuera, el frío y la nieve añadieron al paisaje sus toques de belleza. Una camada de águilas calvas sobrevoló los tejados y también hicieron su aparición algunos bisontes, negros y pardos. Pero sobre todo, una familia de renos, con sus astas impresionantes camparon a sus anchas por las inmediaciones del pueblo. Durante esas dos horas y media de soledad, Diane escribió correos a colegas que anteriormente estuvieron en Jerusalén, bien como enviados especiales o por propia cuenta, cubriendo el conflicto israelí-palestino en busca de consejos y sugerencias para correr el menor peligro; revisó la mochila en la que guardó lo justo para resistir tres meses, tiempo estimado que estaría allí, así como la acreditación de prensa, pasaporte válido con al menos seis meses de vigencia, Autorización Electrónica de Viaje, seguro médico y el itinerario de vuelo detallado, así como dólares en billetes pequeños, guardados en fundas adheridas a la cinturilla del pantalón, solo para emergencias, su agenda, donde lo anota todo y algo de lectura. Después comprobó que no faltase ningún detalle en la mesa, miró por la ventana y esperó el regreso de los suyos.
          –Papá está melancólico –dijo la hija.
          –¿Estáis ocultándonos algo? –preguntó la otra, pero la madre se reservó para dar explicaciones más tarde.
          –Colocad las copas, llevaos esas fuentes y cambiaos de ropa, enseguida comemos. Larry, han llamado del rancho Maxwell, una vaca está a punto de parir, aunque según Paul puede que sea dentro de dos días –le contó sin mirarle a los ojos, no tenía fuerzas para cruzar con él la mirada sin echarse a llorar. ¿Estaba en el fondo arrepentida de la decisión tomada?
          –Gracias. ¿Te ayudo? –contuvo el nudo de la garganta.
          –No, ya está todo listo. Si prefieres pescado lo caliento.
          –Hoy tomaré un poco de carne de venado en honor a las niñas. –La comida transcurrió distendida, con las chicas contando anécdotas de la universidad y de lo repipis que eran sus compañeras de cuarto. Diane no pudo más y, entre lágrimas, dio la noticia. Las hijas, desencajadas, muy serias, se abrazaron a la madre y supieron que de repente habían madurado.
          –¿Cuidaréis de vuestro padre?
          –¿Te cuidarás tú…?

5 comentarios:

  1. María Doloresenero 25, 2026

    Me gusta mucho lo de acrónimo

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  2. La gente de derechas nunca admite la derrota, siempre corre el bulo de que les han robado las elecciones.

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  3. Gracias por hacerme sentir que soy el protagonista a lomos del caballo

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  4. Esta vez camino al lado de Diane con su decisión de ir a Palestina. Es una decisión muy valiente y comprometida.
    Gracias por tu relato, como siempre, admiro tu esfuerzo con contextualizar en todos los sentidos, ya sea por el paisaje, la gastronomía e, incluso, la actualidad política.
    Hasta la próxima

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  5. Lo mismo describes un maravilloso paisaje que los sentimientos mas profundos de las personas. Gracias.

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