7.
A los estadounidenses las noticias
de que el Departamento de Seguridad Nacional inicia la Operación River Wall
para controlar cualquier acción delictiva en la frontera sur del país, les
llegaba con cuentagotas, pero en realidad se trataba de un alargamiento del
muro para impedir la entrada de migrantes a los que, generalizando, se les
califica como narcotraficantes. A lo largo de las 140,389 millas náuticas que
separan Texas de México, Río Grande parece el escenario de cualquier película
bélica con lanchas, guardias armados portando chalecos antibalas y visores
nocturnos, un intento más de la Administración Trump de esparcir la metástasis
de un poder peligroso para el mundo. Sin embargo, no solo queda ahí el mal,
sino que amenaza con sanciones y tarifas desorbitadas a todos aquellos que
traten de entrar al país sin autorización, aunque sea por razones humanitarias.
Quizá el día del juicio final su dios le juzgue por todo el mal que ha
esparcido dentro y fuera del país, dándole su merecido, suponiendo que ese ser
exista de verdad.
Hacía
mucho tiempo que Ashley Burris no se arreglaba para salir a cenar a un lugar
elegante, pero esa vez la ocasión lo merecía. Madge Campbell, la alumna que
encontró en Nueva York, directora del Departamento de Patología Molecular en
búfalos, disfrutaba de cinco días de vacaciones y fue a visitarla a Helena, así
que eligió un espacio público, aunque discreto. Supo que iba a contarle los
descubrimientos respecto a los análisis de las muestras de la vaca y el ternero
del rancho Maxwell. Ashley la recogió en Barrister Suites, una antigua
mansión victoriana convertida en hotel, y se dirigió a On Broadway, un
bonito restaurante cuyo paisaje, al fondo, son las bellas montañas. Ocuparon
una mesa redonda, discreta, junto al gran ventanal. El hecho de no haber tenido
un recorrido de amistad interponía entre ellas muchos momentos de silencio que
llenaban llevándose la copa de vino a los labios, mojándolos con timidez y sonriendo
por nada, propio de toda situación violenta que despierta nerviosismo.
–Cualquiera
de los platos son exquisitos –dijo Ashley.
–Pediré
Dip de alcachofas –que consistía en espinacas frescas, corazones de
alcachofas, cebolla morada y pimiento rojo en mayonesa de ajo cubierta con
parmesano y asada al horno–, tiene una pinta espectacular.
–Pues
yo Pasteles de langosta y cangrejo criollos –cangrejo real de Alaska y
langostino, pimiento rojo cortado en cubitos, apio, papa y especias cajún.
Servido con fumé de cangrejo. De postre les recomendaron tarta de queso con
remolino de ron de arándanos.
–Estar
aquí te traerá muchos recuerdos, ¿no? –la forense rompió el hielo
definitivamente–, aunque ya estás muy afincada allí.
–Claro,
además apenas ha cambiado nada, pasé en taxi por delante del Animal
Center Veterinary Hospital y me dio nostalgia –perdió la mirada, daba la
impresión de estar atrapada en un laberinto.
–¿Por
qué no entraste a verme? Te habría enseñado el nuevo laboratorio y al equipo
que me acompaña, son muy buenos.
–Necesitaba
descansar. Estoy pasando una mala racha en lo personal y quiero regresar con la
cabeza despejada, a ver si soy capaz de aclarar las ideas –daba pequeños sorbos
a la copa de vino.
–Si
te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo –Ashley era sincera.
–Gracias.
Solo preciso un poco de tiempo, nada más –dijo Madge.
–A
veces decir en voz alta las preocupaciones compartiéndolas con alguien ajeno al
problema suele ser bastante beneficioso, te lo digo por propia experiencia. Una
vez recibí muchas amenazas del dueño de una mascota, darle visibilidad a
aquello que me atormentaba y hacerlo con los compañeros dentro de un ambiente
donde me sentía segura, sirvió para que me tranquilizara,
–Salgo
de una relación amorosa de varios años y duele, duele mucho –estaba al borde de
las lágrimas.
–Me
hago cargo, todas las rupturas son traumáticas, pero se superan, créeme, se
superan –recordaba lo desagradable que fue su divorcio, como la mayoría de
ellos, claro.
–Rompí
con la familia porque no aceptaron que me hubiese enamorado de una mujer –al
confesarlo le tembló el labio inferior.
–Eso
hay que normalizarlo, muchos de los alumnos que tenemos son del movimiento
LGTBI, al principio cuesta tratarlo con naturalidad, no se está acostumbrado
pero, en cuanto profundizas en las personas, descubres que no hay motivo de qué
asustarse y te enfrentas con aquellos que levantan bulos, como que esto es una
enfermedad, o más macabro aún, una maldición de Dios.
–Mi
familia es creyente, por tanto, me expulsaron de la comunidad e imagino que
apenas se acordarán de mí, no importa, fui fiel a los sentimientos y no me dejé
manipular.
–No
obstante, siempre que quieras sabes que aquí tienes una amiga para desahogarte.
–Gracias,
lo tendré en cuenta. Veo que ambas evitamos la carne –observó Madge cambiando
de tema.
–A
consecuencia de las jornadas de trabajo que llevo tan disparatadas, lo
confieso, soy un desastre y nada disciplinada respecto a la alimentación –Ashley
se sonrojó–. Me mantengo a base de bocadillos fríos, hamburguesas y sopas
preparadas, pero también me gustan las cosas ricas, así que cuando salgo lo
disfruto.
–Mi
pareja era vegetariana y me acostumbré a llevar una dieta saludable, aunque
también me empujó a ello ser responsable con el Planeta. Realmente no somos
conscientes del impacto medioambiental que supone la cría de ganado vacuno por
la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, el
consumo de agua, el uso de la tierra, la deforestación que conlleva crear
pastos y cultivos para piensos, y un largo etcétera muy arduo de explicar.
–Es
cierto, un técnico de laboratorio que trabaja con nosotros habla de las
cualidades de la bebida de soja, de la importancia nutricional de las
legumbres. Siempre trae alguna bien guisada del día anterior, es un verdadero
artesano aprovechando restos de la cena. ¿Más vino?
–Bueno,
pero poco –se produjo otro momento de silencio–. Te preguntarás a qué he
venido, ¿verdad?
–¿A
compartir un rato de conversación distendido con una vieja conocida? –expresó
sonriente.
–¡Por
supuesto! Y también porque ya tengo una conclusión respecto a las muestras que
me enviaste –Madge adoptó un gesto serio–, y creo que no te va a gustar nada.
–A
ver –Ashley intuyó malas noticias para su amigo Larry.
–El
pienso ingerido por la vaca estaba envenenado.
–¿Con
glifosato? –preguntó alarmada–. Recuerda que en 2019 un jurado de San Francisco
determinó que este agente era el causante de la aparición de un cáncer en un
hombre de 70 años.
–No
sé, es posible que sea el mismo, pero adulterado, no figura en ninguna de
nuestras bases de datos, aparece como desconocido, pero el veneno era muy
potente. La teoría a la que llegamos uno de mis colaboradores y yo, es que el
herbicida se encontraba en el pienso que ingirió la vaca y traspasó al ternero
durante el embarazo, por lo visto hace dos o tres años hubo un escándalo
parecido en Kansas, de repente morían los terneros recién nacidos y, por
consiguiente, las vacas a continuación. Pruebas de laboratorio descubrieron
sustancias químicas sintéticas, PFAS, y a alguien muy escurridizo detrás de
dicha trama.
–Una
amiga del FBI ha investigado a un tipo llamado Samuel W. Roberts, por lo visto
en el garaje de su casa tiene montado un laboratorio clandestino, maneja todo
tipo de productos químicos que después proporciona a clientes para matar hongos
y plagas en sus fincas. A veces actúa con nombre falso para registrar algún
pesticida escapándose así del control sanitario y más ahora con la
Administración Trump donde todo vale. Por lo visto, hace años, estuvo en
prisión por traficar con fentanilo entre adolescentes vulnerables, y
también se le relacionó con un escándalo de caballos de competición dopados
para perder en carreras amañadas. Como digo: todo un personaje que no me
gustaría tener de enemigo. La hija del ranchero, dueño de la vaca y el ternero de
las muestras que te pasé a examinar, le vio hablando con el padre y, si se
puede demostrar la implicación o participación de ese hombre, habremos dado un
paso de gigantes.
–¿Crees
que hay una mafia detrás? –preguntó Madge.
–Más
bien un negocio que mueve muchísimo dinero alrededor y a través del cual está
lucrándose quién sea, seguramente unos cuantos –Ashley sacó del bolso el
celular y buscó la noticia publicada en un periódico local de Texas sobre el
análisis clínico realizado a unas tierras de pasto. El titular era espantoso:
una veintena de personas hospitalizadas, sin relación entre sí, entraron en
coma muriendo al poco y, al realizarles la autopsia descubrieron que el
causante era la ingesta de hortalizas; semanas antes, en Iowa, sacrificaron a
más de cien cabezas de ganado con síntomas de colapso, temblores musculares
severos, salivación excesiva… Es decir, ambos casos apuntaban a un posible
envenenamiento.
–¿Qué
quieres decir? –Madge dejó el cubierto sobre el plato. Clientes habituales,
acodados en la barra, sin levantar la vista de la comida, introvertidos, con
sus camisas de leñadores, y barro en los tejanos, asomando por detrás de la
gorra pequeños manojos de cabellos blancos, realizaban movimientos mecánicos
mientras que el camarero les ponía lo siguiente de la comanda.
–No
lo sé, pero empiezo a sentir un poco de pánico. –La velada continuó dentro del
automóvil de Ashley, frente a Barrister Suites, donde Madge se hospedaba,
intercambiaron opiniones respecto a nuevas técnicas empleadas en autopsias y,
aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, supieron que tardarían mucho en
volverse a ver. Se despidieron y cada una, en soledad, se dejó llevar por los
propios pensamientos.
El
viejo Charly se convirtió en el guardián del establo, apenas salía de su box, había
perdido completamente la visión de un ojo y la úlcera necrosada de la rodilla,
así como un tumor maligno diagnosticado en el cuello, empeoraban el estado de
salud que presentaba. Se acercaba el final y el caballo lo intuía, casi no le
quedaban fuerzas para relinchar, la elegancia y bravura que tanto le embelleció
se habían esfumado. Así que, vulnerable, se tendió sobre el suelo mullido de
paja, agonizaba silencioso con Susan y Paul arrodillados junto a él,
acariciándole los lomos, susurrándole al oído palabras tranquilizadoras.
Pasaban las horas demasiado lentas, llenándolas con recuerdos que saltaban
impacientes por el balcón de la memoria. Amanecía, tenía la respiración cada
vez más acelerada, Larry les hizo una señal, era inhumano dejarle sufrir por
más tiempo. Le palpó e introdujo la aguja deslizando lentamente el émbolo de la
jeringa, hasta que, despacio, vació el cilindro entrando todo el barbitúrico.
Minutos después el silencio tocaba techo, Susan se levantó de un salto y salió
disparada, arrancó la camioneta y condujo hacia el sur por la US-191, giró a la
izquierda hacia la carretera MT-78 y continuó hasta la US-212, la Beartouth
Highway, bellísima ruta con vistas montañosas espectaculares, lagos
alpinos y un paso de montaña de 10.947 pies de altitud. Llegando al Parque
Nacional de Yellowstone el frío, que descendía por las paredes de las montañas,
se coló a través de las ventanillas, hasta calarle los huesos, el paisaje
adquirió esa pintura de tonos marrones y rojizos propios del invierno. Aparcó y
comenzó a caminar entre los árboles legendarios, de repente apareció, en mitad
de una llanura, con toda la Naturaleza frente a ella y un tapiz de cordilleras
abriéndose paso. Apenas una decena de automóviles la esquivaban haciendo sombra
sobre el asfalto, agitando incluso las ramas más altas con el rugido de los
motores. Fue ahí, en ese preciso momento, con el inmenso dolor por la pérdida
de Charly, por las sospechas respecto a los negocios sucios de su padre, por el
compromiso con las causas justas, por el bienestar de los semejantes y por el
cuidado del Planeta, que tomó quizá la decisión más difícil de su vida aun
sabiendo el riesgo que correría. Cuando regresó, Paul ya había enterrado a
Charly lejos del rancho.
Diane
invitó a Susan a almorzar en su casa para animarla y contarle lo que su colega freelance
la hizo llegar sobre Samuel W. Roberts, que era más o menos lo mismo que
averiguó la agente del FBI. Preparó un combinado de judías verdes redondas,
zanahorias en rodajas, un exquisito salmón Kokanee, de agua dulce,
bañado todo con vino blanco de la región, muy suave. La presentación de la mesa
tenía cuidado cada detalle con exquisitez. Cortó rebanadas de pan blanco y las
colocó en una pequeña fuente ovalada y profunda, junto a un plato con dos o
tres porciones de mantequilla para untar, además de un puré de garbanzos y
guisantes, asó truchas y, de postre, puso pastel de moras silvestres. Lloraron
juntas, rieron por cosas insignificantes y se confiaron sus preocupaciones.
Diane confesó que todavía no lo había hablado con Larry, pero que se iba a
Palestina; Susan comentó que se trasladaba al rancho para desenmascarar lo que
pasaba con el ganado. Y, tanto una como otra, llamaron a la prudencia.
Caía
el manto de la tarde y por el horizonte despuntaba ya la oscuridad de la noche
formando en el cielo figuras asimétricas. Dejó estacionada la camioneta pegada
a la de Paul, el padre fumaba pipa sentado en una de las mecedoras del porche y
la madre sostenía, con dedos delicados, la habitual copita de ponche que bajo
ningún concepto perdonaba. Las hermanas leían la Biblia en el interior de la
casa, y el hermano mayor se recuperaba encamado de un serio accidente de
tráfico que tuvo bajo los efectos del alcohol. Susan, sin perder la compostura,
ni el equilibrio, subió los escalones de entrada sujetando con fuerza la bolsa
donde llevaba algo de ropa, el celular y lo imprescindible para el aseo, además
de una carpeta con documentos, lamentó que estuviesen ahí, esperando la llegada
de algo que ni imaginaban, al acecho de entrometidos que alterasen su manera de
vivir tan separados entre sí. Hacía años que sus padres no dormían juntos y
apenas cruzaban palabras salvo para cosas de las hijas y los hijos, pero
públicamente guardaban las apariencias, aunque era un secreto a voces.
–¡Te
dije que, tarde o temprano, volvería con las orejas agachadas! – exclamó el
señor a la señora Maxwell.
–No
te confundas, padre, tan solo vengo por unos días.
–¡Ah!,
¿entonces no te has quedado sin plata o te han echado del hotel?
–¡Qué
va, si quieres puedo prestarte unos dólares! –dijo sarcástica.
–Amo,
hice lo que me dijo, ya están preparados los comederos, pero el agua sigue
estando…
–¡Váyase,
impertinente! —el jornalero contuvo la ira a raya, Susan prestó atención y no
pudo callarse.
–¿Qué
le pasa al agua? —interrogó.
–Nada
importante —contestó cortante.
–Dejad
de discutir, tu cuarto está preparado. ¡Ah!, y no te metas con las niñas –soltó
la mujer sin dejar de mirar el cristal de la copa donde sus ojos se reflejaban.
Cuando
Paul volvió de hacer la ronda comprobando que el ganado estaba bien y la vio,
supo que con ella llegaron los problemas, así que se limitó a saludarla llevándose
un dedo al ala del sombrero. Susan giró y se metió dentro, entró en su antiguo
dormitorio sin nostalgia, todo estaba tal cual lo dejó, ni siquiera se
preocuparon de limpiar el polvo de los muebles. Retiró la cortina y observó el
ir y venir de los trabajadores rendidos de cansancio por las largas jornadas.
El Mountain Cur, perro que detestaba la madre, vigilaba en modo
circuito cerrado todo el terreno al acecho de intrusos dispuestos a alterar el
sueño. De apariencia fuerte y robusta era muy cariñoso con aquellos que le
trataba bien y, en más de una ocasión, tras la aparición de mapaches y zorros
salvajes salvó la vida a más de uno. Retiró la colcha de la cama y se tendió
vestida repasando, punto por punto, la estrategia que pensaba seguir, pero para
conseguirlo necesitaba ganarse la confianza del padre. Tocaron en la puerta y
dijo adelante.
–Niña,
bébete este vaso de leche caliente con galletas –era la anciana cocinera que ya
caminaba con dificultad–. ¡Qué delgada estás!
–Gracias,
déjalo sobre la mesita –señaló con el dedo sin mirarla. A pesar de haberla
criado prácticamente tenía sentimientos encontrados hacia ella.
–Urge
buscarte un marido para que sientes la cabeza de una vez por todas –refunfuñó.
–Siempre
puedo ejercer de querida como tú –sin terminar la frase se arrepintió de
haberla dicho.
–Que
descanses, pequeña –con el corazón dolorido y ayudándose del bastón cerró la
puerta despacio.
–Buenas
noches. –Eleanor Stuart ya era cocinera en el rancho antes de nacer ellos y la
segunda cama de desahogo del padre, fue él quien la trajo años atrás, después
de haberla obligado a abortar, presentándola como un familiar lejano y
necesitada de trabajo y alojamiento, aunque fuese temporal, pero transcurrió el
tiempo y nacieron las niñas y los niños, multiplicándose las tareas, de modo
que aceptó quedarse con todas las consecuencias y el papel de amante a
escondidas. A la mañana siguiente, en ayunas, ensilló un caballo del establo,
lo montó y se dispuso a galopar hasta el límite de la propiedad Maxwell, pero
Paul la entretuvo.
–Esta
yegua tiene bastante genio, Trátala con delicadeza o estarás en el suelo más de
una vez –dijo mientras colocaba las sillas de montar que estaban mal puestas.
–Yo
también me alegro de verte! Joder, Paul, últimamente pareces un extraño conmigo,
ya ni siquiera me invitas a cerveza.
–¿Tú
crees? Ve con cuidado, no quiero recogerte a pedacitos, sé muy bien a lo que
has venido –ella no respondió. Dio media vuelta y cabalgó en silencio con la
vista clavada en el horizonte, sujetándose como una auténtica cowboy. A
lo lejos, metido en un camino muerto por el que nadie transitaba, reconoció la
camioneta de su padre y a los hombres de confianza que siempre le acompañaban.
Gesticulaban mucho con las manos, intimidando a otros individuos que
descendieron de un camión cisterna de vacío, de los que se utilizan para
transportar líquidos, seguidos de varios más de carga. A falta de prismáticos
utilizó la cámara del celular para acercar la imagen, hacer foto y después
tratar de identificarlos. Entonces acortó algo la distancia y, camuflada detrás
de unos arbustos, presenció el hecho que quizá esperaba: la mano derecha del
señor Maxwell entregó al que ejercía de jefe de los camioneros un maletín lleno
de billetes a cambio del cargamento de sacos y bidones sacados de los remolques…
Una de las cosas que más me gusta de tus textos es la mezcla de realidad y ficción, uno se mete en la trama y de pronto recibe la bofetada de realidad. Gracias por despertarnos, al menos a mí.
ResponderEliminarImagino cómo cabalgas entre las montañas nevadas hacia Canadá; imagino cómo encabezas las marchas contra las injusticias de hoy en día; imagino que tomamos un café en una vieja cantina del oeste americano. Sigue escribiendo.
ResponderEliminarMe encanta el diálogo entre Ashley Burris y Madge Campbell, pero también la delicadeza con la que das fin a Charly, el hermoso caballo. Enhorabuena.
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