Hace años, en Madrid,
por motivos meramente profesionales, pasé a diario por las calles de José
Ortega y Gasset con Alcántara. Y, justo ahí, en esa intersección, ataviado con
un abrigo hasta los pies, gorro de color negro, botas de montaña con una gruesa
capa de barro y pantalones de paño con bajo siempre descosido, Filippo Ivanov −que
en realidad se llamaba Hilario Villacampa, natural de Bara, Huesca−, sentado en
una silla de tijera desgastada por las inclemencias del tiempo, interpretaba al
violín, de sol a sol, la banda sonora de Doctor Zhivago, con una sensibilidad especial y transmitiendo tal sensación agradable como si de un momento a otro
Omar Sharif apareciera caminando y
desprendiendo sonrisas en copos de nieve. El
bolchevique −así le llamaban con cariño en el barrio de Salamanca− nació al principio de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando apenas contaba ocho meses de edad, en 1940, sus padres, siguiendo la
pista del hijo mayor que andaba escondido desde que estalló la de aquí en el
treinta y seis, se trasladaron a la ciudad con toda la prole montada en un
carromato del que tiraba su vieja mula, y a la que, deslomada, hubo que sacrificar. Tras varios intentos en vano
para dar con él, y ante la imposibilidad de emprender camino de vuelta, ubicaron
sus bultos en un terreno ilegal de chabolas que alguien les traspasó. La dureza
de la época, la pena de los que nunca volvieron, el llanto de su madre cerrando
la última luz de la noche, los perros callejeros escarbando en las basuras, la
bocina de un tren del norte silbando por el sur, el crujido de las llamas en el
fuego donde unos hombres queman papeles comprometidos, los gemidos de los
recién casados que usó como libro de cabecera para masturbarse en el páramo de
su soledad y el hambre que mataba robando sandías de la huerta, configuraron
una personalidad introvertida en Hilario, alejándolo de las demás niñas y niños
del poblado.
Cuando la enfermedad del padre lo
encamó de por vida, el chico, que todavía no levantaba un palmo del suelo, se
ocupó de traer lo que necesitaran para subsistir, gracias a la generosidad de
un paisano, chatarrero, que se lo llevaba consigo para enseñarle el oficio,
como si de un hijo se tratara. En un pequeño local cercano a la Glorieta de
Embajadores, entre pedazos de latón, cobre y plomo, ambos oscenses levantaban
el cierre al negocio que les daba de comer a ellos y a los suyos. A las once en
punto de cada domingo, visitaban a la familia para dejarles el dinero que alcanzaría
escaso durante la semana. Era continuo el trasiego de ente vendiendo lo que
encontraba por los vertederos. Un día, entre el flujo de hora punta de las
siete de la tarde, una mocosa, con los ojos achinados de haber visto mucho
sufrimiento, se acercó al hombre y le tiró de la manga. Enseguida la reconoció
y le dijo al chico que su hermana había venido
a buscarle. Aunque la pequeña, asustada por si los fantasmas de la ciudad la
engullían, no dijo nada, Hilario le pidió prestado a su jefe un brazalete negro.
Acompañando a su madre estaban las plañideras, sentadas alrededor del cuerpo
sin vida de quien le pareció un anciano. Le enterraron en el cementerio civil. El
chatarrero corrió con todos los gastos, incluso con los billetes de regreso a
Huesca. Sin embargo, una vez que su familia quedó instalada, el bolchevique retornó, porque sabía que en el pueblo no tenía futuro, y le
resultaría imposible sacarlas adelante. Aunque, a decir verdad, tampoco tuvo
que hacerse cargo por mucho tiempo, ya que el alcalde se convirtió en su
padrastro.
En verano Hilario aprovechaba las
primeras horas del amanecer para organizar las cosas del local antes de
abrirlo. Así fue como un día, cuando la luna
todavía lucía su albura en el aro de la oscuridad, por detrás de un
batiburrillo de trastos inservibles, encontró la funda de un violín que creyó vacía. El jefe ya no era la misma persona. Una rara
deformación lo estaba encorvando. Y aunque se
planteaba dejar el negocio, no quería hacerlo mientras que el joven no tuviera
otro trabajo. Cuando le preguntó por el instrumento y la razón por la que
estaba arrinconado, el hombre le contó que, al principio de tomar las riendas
del comercio, se lo compró a un mendigo procedente de Rusia, a cambio de un par
de noches de cena y pensión. Se quedó pensativo, y finalmente le dijo que se lo
podía quedar, que lo aceptase como un regalo, ya que nunca supo muy bien qué
hacer con él…
En el número 35 de la calle Olivar, en
una vivienda de la segunda planta, había una escuela de música cuyo único
profesor y director impartía clases de solfeo. Cada día, al cerrar la
chatarrería, Hilario acudía a la academia a aprender lo más básico para
deslizar con destreza el arco por las cuatro cuerdas. Dotado de un oído
envidiable, bastaron pocas sesiones para que el esfuerzo diera su fruto. Obvió
la teoría y se centró en la práctica, llegando a ser capaz de reproducir
cualquier melodía que oyera un par de veces. Aunque tuvo mucha suerte con su
patrón, ya sabía lo que era estar a las órdenes de otra persona, y sudar para
que el grueso de lo ganado se lo llevase el jefe. Ahora quería empezar una
nueva etapa fundamentada básicamente en la libertad: para despertar al raso caminando
sin minutero… Así que, sin ataduras de ninguna clase ni nadie que dependiera de
él, a finales de mes habló con el dueño para que buscase un sustituto porque se
despedía. El anciano, prudente, no preguntó adónde iba, pero sí le dijo que no
se preocupara porque cerraba la tienda. Se abrazaron y el hombre le entregó un
sobre con la última paga y una gratificación en agradecimiento por su
aportación durante todo ese tiempo al buen funcionamiento del negocio.
Las semanas siguientes fueron primordiales
para tomar tierra y asentar sobre el suelo de la decisión, en pendiente
apaisada, la forma de vida que pretendía adoptar. Así pues, entrado el otoño,
una mañana de domingo, con las ideas despejadas, fue a El Rastro. En uno de los
puestos dedicados a la venta de toda clase de ropa, compró el atuendo que nunca
más abandonaría: el Tulup −abrigo
amplio y largo de piel de conejo o de oveja, y cuello ancho de pelo−, el Ushanka −sombrero de orejeras flexibles−
y las Válenki −botas de media caña−.
Entonces, abrazado al inseparable violín, con el corazón en un puño por la
emoción y cubierto con la nueva vestimenta que le hacía sentir otra persona,
aunque con idénticos mimbres, transitó por distintas avenidas hasta llegar a la
esquina de Alcántara con José Ortega y Gasset, donde nació el bolchevique. Al menos esta es la historia que me contó, una
noche de vino y juerga.
Quince años después, a seis meses de
finalizar mi vida laboral y no habiendo tomado vacaciones en mucho tiempo,
volví a Madrid, esta vez sin escoltas ni coches oficiales, pero sí con parte de
la familia. Nos hospedamos en Adler Hotel −donde estuve en todas mis estancias−,
en el número 33 de la calle Velázquez con Goya. Un palacete de 1884, restaurado
por el arquitecto Mariano Sáenz de Miera, quien dotó al edificio, sin apartarlo
de su encanto dieciochesco, con modernas y lujosas instalaciones. Me gustaba
por muchos motivos: Especialmente porque su personal, selecto y discreto,
guardaba a rajatabla la identidad de los clientes. Ubicaron a mi nieto mayor y
a su novia en una lujosa habitación. A nosotros −mi pareja y yo− en la Suite Presidencial. Acostumbrado a
madrugar, a las 7:30, en cuanto abrieron el
restaurante, bajé a desayunar. El maître me sirvió una pieza de fruta, un yogur
con muesli, dos lonchas de queso fresco
sobre una fina rebanada de pan de centeno y un té verde. Apenas había cinco
personas más en diferentes mesas.
Dije en recepción que comunicaran a
los míos que no volvería hasta la hora del
almuerzo. Quería disfrutar de la ciudad recordando los buenos ratos que pasé en
ella, así que aquellos momentos de soledad me
pertenecían. La fragancia del viento mezclado con el petróleo quemado en los
tubos de escape me situó en el presente. Habían desaparecido algunas tiendas
que recordaba. En su lugar, negocios de poca monta abrían una brecha
diferencial entre las avenidas importantes y
las vías de segunda, completando el paisaje portales de entrada elegante
colindando con fruterías regentadas por orientales. Llegué caminando hasta una
plaza que no puedo recordar, y giré a la izquierda. Las notas musicales de Main title salían de un violín que se
oía a lo lejos. Cuando me acerqué para echarle dinero en la caja y dije: ‘¿Qué tal? ¿Cómo te va, bolchevique?’, el
anciano dejó el instrumento en el suelo, alzó la mirada indefinida y turbia, se
puso en pie con dificultad, extendió los brazos temblorosos y, emocionado, a
punto de desmayarse, me susurró al oído con un hilo de voz que casi no le salía
de la garganta: ‘El Doctor Zhivago y
usted siempre vuelven a mí, camarada’. Le sujeté fuerte por debajo de los
hombros, como quien quiere contener la sangre
de una vieja herida para que no se reabra. Cogí sus bártulos y a él agarrado
por el brazo y lo llevé conmigo, proponiéndole
que viviera en una de mis casas, donde le
cuidarían con amabilidad. A mitad de la calle se paró en seco, agradeció mi
ofrecimiento y me dijo que su suerte, como la de todos, ya estaba echada. Me
alejé con lágrimas en los ojos y una rara sensación en las entrañas…
Una historia mayúscula. Besos.
ResponderEliminarUna realidad relatada con la maestría y sensibilidad de Mayte Mejía que ojalá leyera muchas personas pues les desvelaría el porqué de semejantes historias de vida. Añado a título personal que he leído el relato al son de la música de Doctor Zhivago que la muñequita de mi cajita de música (que tengo desde los 18 años) a duras penas, marca ya. Cuánto que reflexionar Mayte; qué grandeza desprende tu prosa. Enhorabuena y, por favor, nunca dejes de escribir.
ResponderEliminarEl relato me ha encantado, siempre me sorprendes. Tienes una gran variedad de temas a cual más interesante.
ResponderEliminarBonito relato Mayte. Un beso
ResponderEliminarTierno, sensible y valiente. Real como la vida misma. Gracias por querer compartirlo
ResponderEliminarUna historia muy original. Cada persona con quien nos cruzamos en la calle tiene una. Debemos procurar no juzgar; cada cual tiene sus porqués. Un abrazo, Mayte.
ResponderEliminarPrecioso relato. Me enganché a él desde la primera línea.
ResponderEliminarUn abrazo,Mayte.
¿Qué puede encontrarse uno entre las chatarras? Lo que se acumulaba en aquella chatarrería que hay esquina a la calle Amparo era digno de ver, sin atisbo de armonía o delicadeza alguna. Ahí se encuentra un poco así mismo el bolchevique. En realidad las cosas de la vida nos encuentran a nosotros, para que las tomemos o, sencillamente, para que las hagamos a un lado. Tu historia pone en relación dos esquinas, como tantas, opuestas, pero en las que se repiten los itinerarios, los encuentros. Unos escuchan y se enriquecen, otros se asustan y pasan de largo. Me gustan estos arpegios -aunque la palabra esté ahora un poco decolorada por la actualidad- que pones en lo que cuentas.
ResponderEliminarBesos.
Muy bonito, gracias Mayte.
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