Durante poco más de
un año estuvimos rehabilitando un bloque de viviendas en la calle Cedaceros. Yo
era el encargado de la obra −y casi el único responsable, ya que nunca apareció por allí alguien de rango
superior−. Conmigo trabajaba una cuadrilla de buenos profesionales: dos
rumanos, cinco guineanos, un puertorriqueño, tres moldavos y un gallego de
Pontevedra que cada dos por tres enfundaba en su bolsillo trasero un bocadillo
de chorizo al que daba grandes bocados. Hombres a los que la crisis había
obligado a emigrar dejando tras de sí hogares rotos a
la espera de volver a reunirse. La diferencia de
idiomas complicaba mucho la relación entre ellos, salvo el pontevedrés que
parecía entenderse bien con todos. En cualquier caso, lo verdaderamente
importante era que no surgieran roces ni problemas personales o laborales, que
los materiales fueran de calidad y llegaran a tiempo, que el frío o las altas
temperaturas nos dieran tregua para faenar cuando tocaran exteriores y que
concluyéramos en la fecha comprometida. Al margen de eso, lo tocante a gustos,
ideologías, creencias, etnias, inclinaciones sexuales y demás aspectos de la vida privada, me la traían floja. Nuestra
jornada era larga, extendiéndose desde las ocho
de la mañana hasta las seis y media de la tarde −excepto los viernes, que solo
estábamos hasta la una−, con descanso de dos horas repartidas como quisiéramos.
Después del almuerzo me gustaba salir un rato a despejarme, tomar café en
contacto con otra gente y cumplir el ritual de
fumar un puro. El gallego se quedaba al timón, canturreando coplas de amores
imposibles, melodías que alternaba devorando un paquete de galletas con olor a
vainilla…
Así que dirigía mis pasos hacia el
restaurante Vips que hay dentro del edificio Plaza –el que aloja al gran Hotel
Palace-, en la plaza de Cánovas del Castillo, donde la conocida estatua de Neptuno. A las
pocas semanas de ir todos los días allí, entablé conversación con Briseida
−nombre de origen griego que significa ‘mujer culta’−, la camarera que me servía
un café acompañado siempre de un vaso de agua con hielo. Era una persona
simpática y muy preparada intelectualmente y enseguida intercambiamos
información. Me contó que su primer día de trabajo ahí la comían los nervios, pensando que por la antigua cervecería del Palace ‘La Brassierie’, situada en los bajos del
edificio, habían pasado entre otros Dalí, Lorca
y Buñuel. Que en las lujosas habitaciones del hotel,
Mata-Hari, la famosa espía de origen holandés, se había acostado con lo más granado de su época. Y,
ya más cercano a nosotros, la histórica foto de González y Guerra
asomados a la famosa ventana… Gracias a la
confianza que fuimos adquiriendo me hablaba también de sus clientes habituales…
Natural de Polperro, en la costa sur
de Cornualles, en Inglaterra, y viviendo en
Madrid desde que se jubiló de su empleo de profesora de literatura inglesa en
un colegio de Londres, Mrs. Allison Dylan
llegaba todos los días en taxi para comer en el Restaurante Vips Neptuno.
Sentada en la otra fila de mesas, separadas de la mía por el pasillo central,
Briseida le servía una pinta de cerveza lager
y un sándwich con pollo, beicon ahumado, queso, tomate y lechuga. Cuando le
pregunté en una ocasión por la peculiar mujer, me
dijo que había enviudado justo antes de decidir aumentar la familia, con lo que
esa idea se quedó en proyecto. Y que, a pesar de haber mantenido posteriormente dos largas
relaciones, no consiguió tener hijos. Allison era bajita y menuda, octogenaria
y desdentada, despistada y misteriosa, limpia y desaliñada… El pelo blanco por
encima de los hombros, la piel de la cara cubierta de arrugas, las manos
huesudas, la timidez colocada siempre como muro de contención y un pronto de
mala leche que parece decir ‘ni te acerques’ resumían la
apariencia de una persona con mucho fondo…
La cortina del otoño en la gama de
colores tierra se nos echaba encima, y el turismo de invierno con gente y
lenguas de otros países poblaba nuestras
plazas, parques y avenidas. Alrededor del Congreso de los Diputados se intensificaba el tránsito peatonal por la
curiosidad de encontrarse con sus señorías a la salida de las Cortes. Esto,
positivo para la ciudad en lo económico, significaba que, a nosotros, la clientela diaria que engordábamos la
caja de los establecimientos, nos costase gran trabajo encontrar mesa libre
incluso en las terrazas de la calle. Una de esas veces, Briseida me pidió que
esperara un momento a ver dónde podía colocarme. Me hizo una seña y fui hacia
ella. Mrs. Allison Dylan accedió a compartir espacio conmigo. Se lo agradecí a
ambas y me sorprendió muchísimo lo bien que hablaba en castellano. Insistí en
invitarla a una pinta y, aunque muy alejado de mis costumbres, tomé otra. Me
preguntó a qué me dedicaba y se lo conté. Si tenía hijos… Le dije que no, que era soltero y sin pareja. ‘No estará tratando de ligar conmigo,
¿verdad? −dijo, y reímos a carcajadas−’. Esa tarde no aparecí por la obra
hasta pasadas las seis. Nadie me echó de menos, supongo, porque ninguno se
percató de mi llegada…
A partir de entonces, Allison y yo nos
hicimos amigos. Paseábamos por la ciudad como domingueros en mitad de un
atasco. Saciaba sus preguntas explicándole detalles de los edificios más
populares que tenemos, y ella, con los ojos humedecidos, me contaba las
penurias que había pasado desde niña, con unos padres alcohólicos que no
paraban de tener hijos, a los que ella, con sus pocos años, atendía como si
fueran suyos. Y les sobrevivió, porque todos, menos Allison, desarrollaron una
extraña enfermedad que acababa con ellos en la pubertad. Nunca supo cómo hizo
su abuela para conseguir que la admitieran en un internado en Londres, pero de
lo que estaba segura es de que eso la salvó de acabar como sus padres.
Solamente, cuando inició el viaje, le dijo su abuela: ‘Tienes el corazón lleno de minerales y un mundo interior que necesita
formarse y echar a volar. No te rindas nunca, girl’.
A la primavera siguiente pusimos punto
final a la obra. La empresa nos llevó a la provincia de León, donde tendríamos
que convertir un pueblo casi fantasma en atractivas casas rurales, proyecto
promocionado por el Ayuntamiento para incentivar las visitas a la zona. Allison
no se aclaraba con las nuevas tecnologías. No
tenía teléfono, ni móvil ni fijo, así que, para saludar a la anciana, en varias
ocasiones llamé al de Briseida, que lo había ofrecido gentilmente. Tras notar que
Mrs. Dylan solo contestaba con monosílabos, y aparentemente
sin ganas, fui distanciando el contacto hasta
quedar en nada. Los días de descanso aprovechaba para conocer la comarca. León
es una de esas capitales pequeñas en las que uno puede quedarse a vivir sin
echar nada en falta. Alegrar la vista poniéndose delante de Casa Botines,
diseñada por el arquitecto Antoni Gaudí, cuyos muros son de sólida cantería
caliza, con planta baja y semisótano sosteniendo los forjados mediante columnas
de hierro calado. Deleitarme contemplando el Arco de Puerta Castillo, el
Antiguo Edificio de Correos, pasear por el Barrio Húmedo que abarca los
alrededores de la Plaza Mayor y de la Plaza de las Tiendas donde se
concentraban los artesanos, peregrinos y antiguos mercaderes, hoy lleno de
bares, cafés y mesones. Perderme por el Jardín del Cid, por el Parque de
Quevedo, por tantos y tantos rincones hermosos, no hacía que recordase menos a
aquella encantadora inglesa que me había dado tanto.
Me senté en uno de esos espacios verdes para llamar a Briseida, a quien
noté con mucha alegría de escucharme. Me dijo
que estaba embarazada de ocho meses −¡qué rápido pasa el tiempo!−, y de baja
desde hacía tres, porque había tenido complicaciones y riesgo de perder el bebé.
Sabía por otras compañeras que Allison había dejado de ir por el restaurante.
Coincidió conmigo en que últimamente estaba rara, más ausente, menos habladora,
más desorientada, y que, por ejemplo, a la hora de pagar, sacaba tres o cuatro
monederos hasta encontrarse algún billete… ‘Pero,
al fin y al cabo −dijo−, era solo un
cliente más…’. Quedamos en vernos cuando regresara a Madrid. Pienso mucho
en Mrs. Allison Dylan. Sé que no nos volveremos
a ver más. Sin embargo, no puedo evitar buscar sus formas en las ancianas de
pelo blanco que me sonríen por la calle.
Nota: El edificio Plaza
fue construido por el arquitecto barcelonés Eduard Ferrés en marzo de 1911 y se
inauguró el 12 de septiembre de 1912. Durante la Guerra Civil sufrió los
efectos del bombardeo aéreo que afectó al Museo del Prado y aledaños. Incluso
cayeron dentro dos proyectiles que, afortunadamente, no explotaron. Ha sido
siempre un magnífico hospedaje para bohemios y una puerta elegante que abre a
Madrid para sus visitantes…
Nena, no deja de sorprenderme el manejo que tienes de narración y cómo conduces la historia. Un beso.
ResponderEliminarHermoso relato. Gracias por querer compartirlo con nosotros.
ResponderEliminarUn ejemplo más de la variedad de temas, situaciones y personajes que tocas en tus relatos. Tiene mucho mérito lo que haces. Un beso.
ResponderEliminarPrecioso relato. Hoy amaneció el día lluvioso y gris, muy gris... Gracias por descorrer la "cortina" y, con tu regalo dominical, inundar de luz mi "estancia".
ResponderEliminarTe camelo, querida Mayte.
Cambio de temática pero con la misma destreza narrativa que te caracteriza, Mayte. Sorprendente, siempre. Gracias por el deleite que nos ofreces.
ResponderEliminarUna narrativa perfecta,variable,y hoy con nota final aclaratoria.Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarUn beso.
Una vez más vuelves a poner de relieve con tu relato el hilo conductor entre pasado y presente. Esa corriente de la historia, que en determinados momentos de la vida se hace muy presente, esa por la que, tu protagonista -el encargado de obra-, nos guía entre la vida de la anciana, sus entresijos, sus pérdidas, y la camarera, sus expectativas y proyectos. También entre la vida del viejo edificio, el antiguo café y su actualidad como restaurante de la cadena Vips. Es muy interesante que este hombre se dedique a rehabilitar viviendas, es decir a hacer posible que no se pierdan los cimientos y las formas que quedan, adaptándolo a la nueva realidad. Qué bien, cuando dice al final del texto: "qué rápido pasa el tiempo".
ResponderEliminarSe nota que palpita en ti una corriente de historia que tienes que seguir contando.