domingo, 8 de febrero de 2026

En peligro de extinción

9.

3 de enero, 2,45 a.m., punto de encuentro: Chicago, desde donde la expedición de freelance, médicos del mundo, activistas y gente en general comprometida en la lucha contra las injusticias en todos los ámbitos sociales, partía hacia Palestina en un vuelo trasatlántico que aterrizaría en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, a unos quince kilómetros al sureste de Tel Aviv, para continuar en transporte terrestre hasta Gaza, atravesando el peligrosísimo cruce fronterizo de Erez, al suroeste de Israel, puesto que ahí les esperaría el chófer e intérprete que estaría con ellos durante toda la estancia. Doce horas después, mientras aguardaban en tierra tras haber tenido algunos episodios de fuertes turbulencias, las noticias llegaban confusas ya que el tratado de paz había fracasado y la muerte de civiles seguía sucediendo sin que los poderes internacionales mediaran para conseguir un definitivo alto el fuego y poner fin a dicho genocidio. El grupo permanecía apiñado, unos leyendo la Biblia, otros caminando nerviosos y alertas. Los enviados especiales de medios independientes luchaban por conectar a la wifi y comunicar, a las familias y sus redacciones, que habían llegado bien, pero la señal era muy débil y continuamente se caía. Sin embargo, Diane consiguió algo de cobertura al saltarle una noticia vergonzosa cuyo titular decía lo siguiente: “Con camisas de fuerza, dopados y metidos en aviones militares, en Estados Unidos hacían desaparecer a decenas de africanos deportados con violencia a Ghana, empujados hacia el precipicio de un futuro incierto, como por ejemplo, la historia de un joven oriundo de Sudán del Sur que llegó a Lousiana con apenas 17 años, paseador de perros, viviendo debajo de un ferrocarril elevado, como tantos otros sin techo ni papeles, y al que amordazaron mientras dormía embarcándolo rumbo a Ruanda, donde depredadores de seres humanos le arrebatarían la vida”. Entonces, cuando preparaba una crónica para enviarla a la agencia de prensa con la que a veces trabajaba, se armó mucho revuelo en la sala, los pasajeros corrían, refugiándose detrás de cualquier elemento, sujetando con fuerza a los niños y niñas por temor a que fuesen arrastrados por una muchedumbre descontrolada, cuyo único objetivo era salvar el pellejo. Diane notó cómo, por las axilas, dos hombres muy fuertes la levantaron en volandas y la subieron a un jeep, junto a más personas, emprendiendo un destino hacia lo desconocido.
          –¿Dónde nos llevan? –gritaba una mujer poseída por la histeria.
          –Cometen un gravísimo error, Europa no se quedará quieta –aseguro un ciudadano francés.
          –Vamos a perder el siguiente vuelo, solo hacíamos escala. Solo hacíamos escala –repetía una anciana entre lágrimas.
          –¡Quiero hablar con mis hijos! ¡Quiero hablar con mis hijos! –exclamaba una pareja en lengua rara. Entonces, el vehículo giró bruscamente dejando la carretera principal y adentrándose por un camino lleno de obstáculos hasta avistar lo que parecía ser el desierto de Néguev. Unas millas más allá, a lo lejos, identificaron el campamento adonde se dirigían. Bajaron rápidamente uno a uno y los distribuyeron. Diane se quedó sola en una tienda de campaña bajo la vigilancia de un tipo con cara de pocos amigos, del resto nunca más supo.
          –¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi esposo no respira, se lo suplico! ¡Que alguien me ayude, en el nombre de Allah! ¡Ayuda! –voceaba una mujer en árabe.
          –¡Agua! ¡Agua! ¡Denme agua! –exclamaba un soldado tendido en el suelo con la pierna destrozada colgando por la camilla.
          Lo primero que a Diane la obligaron a hacer fue despojarse de los objetos personales que llevaba encima: celular, cámara de fotos, reloj inteligente, documentación, dinero, computadora y cordones de los zapatos, todo menos la alianza de la mano izquierda. A continuación, sufrió un grosero registro machista. De repente oyó ataques de histeria, rezos a Dios y el silbido de patadas y puñetazos dados en el vacío, ruidos que pronto enmudecieron solapados por sollozos. Durante horas se quedó sentada en el piso de arena, hecha un cuatro, sumergida en el silencio atroz cuyos fantasmas del miedo corrían tras su sombra persiguiéndola. Cerró los párpados, visualizó a Larry y a las hijas despidiéndola en el aeropuerto; pensó en el difícil camino que había hecho desde Boston hasta afincarse en Big Timber y en las dificultades que tuvieron que superar en sus profesiones, se emocionó estimando la empatía siempre incondicional de Susan con ellos y la complicidad de ambas consolidando una bonita amistad. Recordó a sus padres ya fallecidos, y el sacrificio que hicieron para que fuese lo que hoy es: una persona íntegra, con sólidos valores y magnífica profesional; calculó los reportajes que aún estaban a medias y supuso que le faltaría tiempo para acabarlos. Tenía la boca pastosa y la garganta seca, le temblaba todo el cuerpo, se palpó la calentura que le crecía en el labio inferior. Se orinaba y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.
          –Necesito ir al baño, por favor, me estoy poniendo indispuesta –le suplicaba al hombre armado y con pasamontañas que la custodiaba.
          –Cállate –dijo en un inglés casi ininteligible.
          –Soy ciudadana norteamericana, ha de haber un error conmigo –expresó sollozando. Él permaneció callado–. No pueden retenerme así, es ilegal.
          –Aquí las normas las dictamos nosotros –entró otra persona que hablaba mejor el idioma.
          –Ayúdeme, se lo ruego, que venga alguien de la embajada. Necesito comunicar con mi esposo –pero no la hicieron el más mínimo caso.
          –Así que, periodista, ¡eh! Aquí no sois bien recibidos, nunca contáis la verdad, solo aquello que os interesa –se acercó tanto que pudo olerle el aliento corrompido.
          –Traemos ayuda humanitaria, a eso hemos venido, nada más. ¿Dónde están mis compañeros? –el miedo se apoderaba de ella.
          –Dando un paseo –dijeron a carcajadas.
          –¿Qué les habéis hecho? –se puso en pie.
          –Nada.
          –¿Por qué no fui con ellos?
          –Porque no queremos que te pongas mala, gatita.
          –¿Dónde están? ¿Dónde están? –la desesperación era máxima.
          –Lejos, muy lejos. Viajando a sus lugares de destino –se burlaban de ella.
          –Déjenme hablar con mi esposo, él lo hará con el Gobierno de mi país, están cometiendo un grave error. ¡Por favor, necesito ir al lavabo!
          –¡Irás cuando se te diga! –exclamó enfurecido.
          –Agua, tengo sed. Agua –la sacaron casi a empujones.
          –Ponte esto –la dieron un abrigo largo hasta los pies, con capucha y le vendaron los ojos. Sintió la frialdad de la calle y el rugido del automóvil diferente al que la trajo. Tragó saliva y se le quedó la lengua pegada al paladar, luchó por hacerse la fuerte y supo que lo conseguiría reteniendo en la memoria la imagen de Larry y las hijas…
          Susan Maxwell se mordía las uñas y la lengua en la larga mesa donde toda la familia al completo, además de disfrutar de un suculento desayuno americano, celebraban la captura de Nicolás Maduro sin lamentar el bombardeo sobre Caracas, con un balance aproximado de cien muertos. Pletórico, como si no hubiera un mañana, el padre repartió bendiciones, abrazándolos uno a uno, mientras conjugaba frases sacadas del ala más radical, conservador y supremacista del partido republicano, proclamando que Donald Trump era el enviado de Dios para salvar al mundo. Ella tragó bilis y, para no levantar sospechas, se unió a la fiesta, aunque la realidad era muy diferente. Las cadenas de televisión conectaban con diferentes sitios donde la gente tomaba las calles eufóricos de alegría, sin ser conscientes de que en este episodio poco o nada le importaba al Presidente estadounidense la parte humana que sufría las consecuencias de la dictadura, y sí los minerales, tierras raras y, por supuestísimo, el petróleo, máxime teniendo en cuenta que Estados Unidos necesita a diario 20 millones de barriles y se ve obligado a importar para consumo propio, ese era el único motivo de la intervención: apropiarse del crudo. Observaba las caras de los manifestantes, ingenuos venezolanos que huyeron de la patria con la esperanza de que algún día ellos, o sus descendientes, o los descendientes de sus descendientes verían avanzar la democracia por la Avenida de la Universidad hacia el Capitolio. Esos primeros momentos de entusiasmo les cegaron sintiendo que por fin se libraban del tirano, que eran libres y prosperarían, sin embargo, no vieron venir el tsunami político que se avecinaba: inestabilidad, detenciones, secuestros, violencia callejera y un gobierno atado de pies y manos a la espera de acontecimientos. La industria petrolera florecerá, pero los beneficios no se quedarán en el país, ya que los planes de la Administración Trump no eran esos, sino dejar que Venezuela continúe siendo una nación dependiente y vulnerable. Una semana después, la liberación de presos políticos se hacía con cuentagotas. La pregunta es: Ahora que han pasado los primeros sofocos y las brasas apenas quedan encendidas, ¿qué piensan los venezolanos y las venezolanas respecto de un futuro inmediato? ¿Empiezan a ver la luz en el horizonte? En esas estaba Susan, inmersa en los pensamientos, cuando apareció de repente Samuel W. Roberts.
          –¡Ven con nosotros al despacho! –el señor Maxwell la ordenó–. Mi hija llevará el control administrativo de todas las empresas el tipo asintió y la miró desafiante.
          –¿Estás seguro? –preguntó el socio–. Tratémoslo a nuestra manera, como hemos hecho hasta ahora –entonó sarcástico.
          –No. Además, tú no me traicionarás, ¿verdad, cariño? –la apretó el brazo.
          –Solo pondré a vuestro servicio mis conocimientos de informática, os será mucho más fácil todo.
          –¡Allá tú! Tengo preparado el cargamento de esteroides anabolizantes para sacar un mayor rendimiento a los machos que están a punto de llegar, se lo proporcionaremos a las 3000 cabezas que venderá WSR 255 por el doble de su precio. Aquí tienes los detalles –le entregó una hoja con membrete–. Dáselo a ella.
          –¿Qué significa exactamente WSR 255? Lo digo porque si tengo que registrarlo he de saber a qué corresponde –soltó muy deprisa.
          –De momento guárdalo muy bien –sugirió el padre.
          –Perfecto. He creado una página web con todo detalle para que ambos tengáis acceso. Ahí están las entradas y las salidas, el registro de nacimientos y fallecimientos, las reses compradas y las que están por venir, con quienes trabajamos y quien reparte nuestro género. En esta otra pestaña –giró su computadora para que lo vieran–, aparecerá un control exhaustivo de los cargamentos de pienso que compremos, su origen, la distribuidora, los componentes, etcétera, de manera que si hay algún problema de elaboración o de caducidad sepamos de dónde viene y resolvamos –la miraban embobados–. Puede darse el caso que, sin vosotros saberlo, claro, algún intermediario os haya vendido forrajes adulterados, ahí no tendríamos mucho quehacer respecto a denuncias e indemnizaciones, por lo que es fundamental que todo sea legal –quería cogerles por sorpresa, pero ninguno de los dos se inmutó.
           –No hay problema –ganada la confianza de ambos todo sería fácil–. Pues ala, ponte a trabajar. Cuando se aseguró que no la oían llamó a Larry.
          –Hola. ¿Ha llamado Diane?
          –No, y a sus colegas tampoco, ni se ha puesto en contacto con la agencia adonde siempre manda los reportajes cuando sale fuera. Estoy muy preocupado.
          –Te escucho bastante mal, se entrecorta la voz.
          –Estoy atravesando un desfiladero en las montañas y la cobertura es mala, voy al rancho, Paul llamó, al parecer hay terneros enfermos y antes de sacrificarlos quiere que los vea y diagnostique.
          –No sabía nada y llevo aquí unos días, pasaré una temporada. Entonces, ahora nos vemos.
          –¿Cómo que una temporada? ¡Estás loca! –exclamó alto.
          –Es mejor ser un topo consentido que una espía. Me he ganado la confianza del amo y la de su socio, administro los negocios, lo he digitalizado todo en una página web donde incluyo el tema de la alimentación, te daré la clave para que accedas tú también. ¿Sabes lo que se esconde bajo las siglas WSR 255?
          –Ni idea –contestó lacónico.
          –Pues nada más y nada menos que la empresa donde manipulan el pienso que después distribuyen a granjas y ranchos. 255 son los clientes que tienen, supongo que unos consienten y otros no lo saben. ¿En alguno de los estudios patológicos encontrasteis anabolizantes en las reses muertas o sus cachorros?
          –Que yo sepa, no, pero le preguntaré a Ashley Burris, igual a mí se me ha pasado o no lo recuerdo. ¿Sabe Paul realmente porqué estás ahí?
          –Supongo que se lo huele, y el viejo vaquero que siempre me ha cubierto las espaldas, también –rescató de la memoria la conversación que mantuvieron.
          –Siento mucho no estar en mi mejor momento y ayudarte más, pero no saber la suerte que estará corriendo Diane me tiene muy asustado.
          –No, perdona tú mi falta de tacto, amigo –se emocionó con sus propias palabras.
          –Un poco antes de navidad ya manifestó su deseo de viajar a Palestina, pero que no lo haría hasta que las niñas se incorporasen de nuevo a la universidad, así que, le dije, que se fuese e hiciese lo que le dictase el corazón y que yo siempre la iba a apoyar. Me arrepiento enormemente porque es como si yo la hubiese empujado al precipicio. Así es cómo me siento, hecho una mierda.
          –Eso no lo pienses. Almorzamos juntas y confesó la obligación de todo periodista de contar las cosas in situ, ya que una de las máximas de los reporteros es convertirse en los ojos del mundo. Larry, hablamos en otro momento, viene alguien.
          –Sí, mejor. Estoy llegando a Big Timber, paso por la consulta y voy para allá.
          Un estudiante de veterinaria en el último curso de prácticas en el Animal Center Veterinary Hospital, halló sustancias extrañas en la carne elaborada en un restaurante al que habitualmente iba a cenar con amigos. Tras notar un color y sabor raro, y que uno de los comensales se puso indispuesto teniendo que llamar a emergencias 911, trasladándolo en ambulancia, así como también a otros clientes de diversas mesas, envolvió en una servilleta los restos del bistec dejado en el plato y, asegurándose de que no le miraban, con mucho disimulo, lo guardó en el bolsillo del abrigo para analizarlo en el laboratorio. Semanas después repitió la misma operación en otros locales donde sucedieron casos similares, una vez contextualizado todo y realizado el informe técnico lo más completo posible, fue al despacho de la jefa del área de veterinaria, la forense Ashley Burris, quien en ese momento daba una clase audiovisual en la sala de conferencias sobre la necesidad de reducir el consumo de carne de vacuno por el bien de la humanidad y del medioambiente. Esperó diez o doce minutos, pero en vista de que no venía, fue él a su encuentro. El aforo estaba completo, incluso había personas sentadas en los pasillos, profesores y personal sanitario. El joven aspirante a dirigir el modesto hospital rural comunitario de Columbus, en el condado de Colorado, Texas, se apoyó sobre una columna y tomó notas, pero había llegado demasiado tarde. Se abrió paso como pudo entre los asistentes que se agolpaban para realizarle preguntas directas a la ponente, hasta colocarse en primera fila, a pocos centímetros de ella.
          –Doctora Burris –le dijo casi al oído.
          –Sí –respondió girándose rápidamente.
          –¿Podemos hablar en algún sitio más tranquilo? –propuso el muchacho.
          –Ahora es complicado, he de atender a todas estas personas –señaló a quienes tenía delante.
          –Entonces esperaré, estoy seguro de que le va a interesar lo que voy a decirle.
          –Muy bien, como prefiera, pero no sé lo que tardaré.
          –Sin problema –no pensaba perder la oportunidad de conseguir puntos para el examen final, pero también intuía que tenía entre manos una bomba de relojería, además de la obligación de hacerlo público como ciudadano de bien.
          –¿Y bien? Tú dirás. –Hora y cuarto después iniciaron una conversación muy fructífera. Narró los hechos explayándose en todo lujo de detalles, creando un ambiente de misterio alrededor suyo que mantenía a Ashley atenta sin apenas parpadear, hasta romper de pronto su silencio–. ¿Cómo has relacionado una cosa con otra? –preguntó intrigada.
          –Un amigo mío y su padre tienen una empresa de transportes. Hace cosa de año y medio –según me contó–, les contrató un tipo llamado Samuel W. Roberts y el dueño del rancho Maxwell, tenía que llevar un cargamento de reses distribuidas por diferentes restaurantes del condado y fuera de él. Dicha operación la han repetido en innumerables ocasiones dándose el caso de que siempre, por una u otra razón, ha surgido algún contratiempo alimenticio.
          –Pero eso es muy grave, sin pruebas tú no puedes probar nada.
          –Las tengo, aquí están –sacó un montón de papeles–. Verá, el otro día al ocurrir lo que he contado y comentándolo con mi amigo, supimos que la carne procedía del rancho Maxwell, ellos la habían entregado días antes. El trozo de bistec analizado por mí da un alto porcentaje de cadmio, arsénico y en menor cantidad cobre, así como también un tipo de pesticida, entiendo que procedente de algún pasto. He tenido acceso a las facturas de los demás restaurantes y resulta que también fueron abastecidos por el mismo ganadero. Hay un par de denuncias hechas por clientes, en las ciudades de Helena y Hamilton, ahí tiene una copia.
          –¿Sabes si la empresa que contrató a tu amigo y su padre es WSR 255?
          –No, pero se lo pregunto ahora. Un momento. –Le llamó por teléfono y mirando a la forense veterinaria asintió con la cabeza.
          Una vez sola en el despacho, asimilando y ordenando la información dada por el chico, recogió algunas cosas de la mesa, fue a casa, metió lo más imprescindible en la mochila y algo de comida junto al termo de café. Arrancó el motor del automóvil, paró a echar gasolina y puso rumbo a Big Timber, donde esperaba darle una sorpresa a Larry Erickson. Lo que nunca imaginó es que le encontraría tendido en el suelo dentro de la consulta…