domingo, 3 de julio de 2022

Helen Wyner

23 

Por una de esas casualidades que a veces ocurren una sola vez en la vida, Rachell W. Rampell estaba en Montgomery de visita privada. No obstante, coincidiendo con la celebración del Congreso Anual del Partido Demócrata de los Estados del Sur, en un rancho de las afueras, el Reports Alabama Times, su periódico, la envió a cubrir la noticia a pesar de haber manifestado que necesitaba esos días de descanso para poner sus ideas en claro. Sin embargo, aceptó pensando que sería algo muy rápido, unas cuantas fotos y el artículo de opinión que enviaría por correo electrónico, y en el que destacaría, con frases bien construidas, la lista de personalidades y sus típicas alabanzas hipócritas que hacen girar la rueda de la envidia. Pero lo que nunca podría haber imaginado es que asistiría en directo al sangriento atentado que tuvo lugar allí. Hora y media antes del inicio recogió la acreditación y tomó posición en un punto estratégico desde donde el campo de visión era amplísimo. Tenía un sexto sentido para elegirlos. La gente llegó poco a poco, primero las autoridades con sus guardaespaldas descendiendo de las limusinas, a continuación los invitados y por último, hombres y mujeres encargados de abrir y cerrar el acto. ‘Parece que ya están todos –dijo el reportero The New Yorker–. ¡Empieza la fiesta, colegas!’. ‘¡Qué va! –dijo otra persona–, siguen entrando automóviles. ¿No los ves?’. ‘Mirad allí –señaló un reportero gráfico–, parece que hay alguien escondido. ¿Veis eso brillante?’. ‘Anda, no seas paranoico –dijeron al fondo–, es el viento que mueve los arbustos’. Cuando el último automóvil de la fila aparcó a cincuenta pies de ellos y la congresista Taraji Evans, por el condado de Baldwin, se bajó de él con su equipo, una ráfaga de balas enmudeció las risas. Quien pudo corrió a refugiarse detrás de los salpicaderos, bajo las ruedas, abrazados a los árboles o simplemente tirados en el suelo. Tres camareras, dos cocineros y un chófer perdieron la vida, como también cinco periodistas y un cámara de televisión. Rachell W. Rampell palpó cada zona de su cuerpo para comprobar si estaba entera y, salvo una pequeña herida en el codo tras golpearse al caer, conservaba cada extremidad. Se incorporó y recuperado el equilibrio, un cuadro dantesco colisionó contra su mirada. No tuvo más remedio que buscar un teléfono público y dictar la crónica porque después del tiroteo activaron el protocolo de los inhibidores wifi. ‘Jefe, tengo a muchos compañeros que aguardan para hacer lo mismo que yo, así que, no me jodas y toma nota de cuánto digo, salimos a doble página. E. J. Smith, de 22 años, tenía la piel pecosa, era pelirrojo, de estatura más bien baja y andar muy ligero. Podríamos decir que su perfil es igual al de cualquier joven que tiene la vida por hacer, sin embargo, dentro de su cabeza dio asilo a un huésped supremacista de instintos asesinos. Dos días antes había abandonado la ciudad de Ecorse, a tres horas y veinte minutos de Michigan con la firme idea de sembrar el pánico. Cargó en la camioneta el fusil de asalto, la pistola automática, municiones, víveres y la indumentaria propia de camuflaje para no ser reconocido de inmediato. A falta de una milla para llegar al destino se metió por un sendero no transitado, dejó el vehículo escondido entre matorrales y continuó a pie. Sobre un plano del recinto había estudiado con minuciosidad donde ocultarse para reaparecer una vez que su objetivo estuviese a tiro. No hemos podido reaccionar, ha ocurrido todo muy rápido, el terrorista se ha puesto en mitad de la esplanada y ha iniciado una ráfaga de disparos hasta que ha sido abatido por el FBI. La congresista Taraji Evans, de tan sólo 45 años, ha muerto en la ambulancia camino del hospital, sus colaboradores en el momento. Fuentes oficiales nos han dicho que han encontrado en las redes sociales un video subido por el asesino donde detallaba lo que iba a hacer y cómo. Hacía meses que planeaba matarla por el sólo hecho de apoyar en la Cámara Baja la iniciativa para regular la venta de armas y su lucha constante por la defensa de los derechos civiles de los afroamericanos, legado que les dejó John Lewis. El terrorista, miembro de la National Rifle Association of America, había manifestado en más de una ocasión su odio a los negros. Ahora mismo en el rancho estamos a la espera de la llegada en breve del vicepresidente de los Estados Unidos, que lo hará a bordo de un helicóptero del ejército. También van a desplazarse hasta aquí familiares de las víctimas cuyos cadáveres aún no han sido retirados. La situación vivida casi a diario de asesinatos en nuestro país debería llevarnos a la reflexión de que como sociedad estamos fallando en el sentido de que cualquier individuo, esté o no en su sano juicio, puede caminar en libertad con una recortable por la calle y hacerlo sin que pase nada. ¿Lo has anotado todo? –preguntó–. Si me entero de algo más, vuelvo a llamar’. Cortó la comunicación y se acercó cuanto pudo a la escena del crimen aunque era imposible poner en palabras la impotencia, el llanto, la pena, la rabia y el desconsuelo que transmitía la cara de los presentes.
          Era el final del curso y los maestros y maestras despedían a los alumnos y alumnas almorzando todos juntos. Zinerva Falzone, como cada año, elaboró un menú especial con platos típicos de la región y un guiño a Italia, ésta vez con su postre favorito: crema carsolina, fácil de elaborar. Así que, ahí estaba, moviéndose como pez en el agua entre ollas industriales y especies aromáticas cuando llegó Betty Scott y comenzó a trastear preparando cubiertos y vasos. ‘Qué bueno que viniste –la italiana, ajena a los acontecimientos que rodeaban a su compañera continuó en tono bastante amable–, hay mucha faena y sola no doy abasto’. ‘Sí, enseguida monto las mesas y te ayudo con los platos compartimentados. ¿Dónde están los demás’. ‘Da la casualidad de que, para no variar, las dos únicas personas que quedaban conmigo en el departamento se han puesto enfermas’. ‘¿Qué tienen hoy?’. ‘Una gastroenteritis y la otra diarrea’. ‘¿Y de comida? –preguntó–. ¿Cuántos serán en total?’. ‘No lo sé, pero hay suficiente. He tirado el presupuesto por la ventana: guisantes, pure de patata, hamburguesa, pollo frito y…’. ‘Ya veo el azúcar glas, la yema de huevo y resto de ingredientes, se van a chupar los dedos con el dulce de tu país’. ‘¿Adónde irás en verano?’. ‘Aún no lo sé, ya veremos’. ‘Pues yo a lo mejor voy a Sicilia, me apetece recorrer la tierra de mis antepasados –aunque comprendió que la otra no estaba nada conversadora siguió contando–, pero también tengo otro viaje pendiente con…’. Interrumpió alguien de administración. ‘Scott –voceó con la puerta entreabierta–, te llaman de dirección’. La galería luminosa que conduce a los despachos en el pabellón principal estaba semi desierta con apenas la mitad de la plantilla en activo, puesto que, desde lo del secuestro, el resto fueron yéndose a otros centros supuestamente más seguros y los estudiantes también. Avanzó con el sosiego sujeto con alfileres y la ira a punto de estallar, presagiaba lo peor. ‘Con permiso’. ‘Entra’. ‘Tú dirás’. ‘¿Te ha llegado la carta de despido?’. ‘No’. ‘Pues con sumo gusto te doy una copia. La empresa prescinde de tus servicios y yo me alegro de ser el encargado de comunicártelo’. ‘¿Tú? Vete a la mierda’. ‘Cómo prefieras, trasladaré tus palabras al dueño’. ‘Escúchame una cosa consejero escolar –se la notaba fuera de sí–: aunque el cargo en funciones se te haya subido a la cabeza, no eres más que un monigote limpiando las babas del amo, así que, diles a los herederos del señor Penn que me despidan ellos personalmente’. ‘Perdón –interrumpió Helen Wyner–, ¿vienes un momento, por favor?’. ‘Sí, claro. –respondió él, y dirigiéndose a la otra dijo con autoridad–: Recoge tus cosas y vete sin acabar la jornada, no quiero a gente de tu calaña alrededor’. Unos minutos después, en la Sala de Juntas y habiéndose quitado un peso de encima, escuchó atento. ‘Conocías a la congresista Taraji Evans, ¿verdad?’. ‘Sí, precisamente hemos estado juntos hace muy poco. ¿Por qué?’. ‘¿No has visto el informativo?’. ‘Salí muy temprano y ya ves el panorama que hay. Esto se hunde y tengo que aguantar el tipo mientras que no haya un comunicado oficial y nos larguemos todos. Pero, dime, ¿qué pasa?’. ‘Ha sufrido un atentado mortal’. El labio inferior comenzó a temblarle y no se desplomó de puro milagro, invadido por una tristeza inmensa se puso en pie, salió afuera y llorando de impotencia corrió por el recinto.
          Una mañana de sol espléndido y brisa agradable a primeros de verano, Beth Wyner no despertó. Días antes la doctora García convocó a los familiares y, aunque su labor consistía en salvar vidas, también lo era que se mantuvieran bajo el marco de la dignidad, algo que esta enferma en concreto perdió hacía mucho tiempo. ‘¿Pero practicar la eutanasia está prohibido en este Estado –expresó la madre un tanto escandalizada– y a usted pueden encarcelarla’. ‘Bueno, digamos que hay un camino menos ortodoxo que me dejaría al margen’. A las cinco p.m. los últimos conocidos abandonaron la habitación quedando tan sólo alrededor de la cama Helen, su madre y el marido de ésta. ‘El proceso va a ser largo –informó uno de los médicos adjuntos–, les aconsejo que tomen algo en la cafetería mientras que nosotros lo preparamos todo. Si hubiese alguna novedad o contraorden les avisaremos’. Sin embargo, excepto líquido, fueron incapaces de comer nada. ‘¿Creéis que le dolerá? –preguntó la mujer con lágrimas en los ojos–. Para mí es muy difícil dejar ir a mi niña’. ‘No, entrará en un sueño muy profundo –respondió la hija–, el resto lo hará la química que le van a suministrar, pero en cualquiera de los casos no sufrirá’. ‘Fíjate en su cara, querida, transmite paz –dijo él con mucha ternura–. ¿Qué os apetece?’. ‘Me gusta este hombre, mami, y me alegro por ti, lo mereces. Siento haber sido fría o borde cuando nos presentaste, me cogió con el paso cambiado, espero que no me guarde rencor’. ‘Qué va, tranquila. Es una bellísima persona y lo único que quiere es que yo esté bien, además valora mucho lo que hiciste del reportaje, siempre me está diciendo lo valiente que eres’. ‘A ver, chicas: un café bien cargado y una infusión. Traigo también un trozo de bizcocho’. Ambas respondieron que tenían el estómago encogido. ‘Señora Wyner –prestó atención aunque acababa de cambiar de apellido–, ya pueden subir’. El silencio, apenas vulnerado por algo parecido a un gemido, aunque no identificable como tal, alargaba aún más el ancho pasillo donde a los residentes en peores condiciones psíquicas se les escapaba el vínculo con la vida. La doctora García estaba dentro tomándole el pulso a la paciente y anotando números mezclados con letras en el historial. ‘Tranquilas. Primero vamos a controlar la presión arterial y demás valores para asegurarnos de que todo está bien. Luego nos iremos respetando su intimidad. ¿Quién va a administrarle los barbitúricos?’. ‘Yo –dijo con un hilo de voz–, soy su madre y asumo toda la responsabilidad’. ‘De acuerdo, es muy sencillo, sólo tiene que abrir el goteo e irá cayendo por el catéter poco a poco’. Las últimas luces del atardecer se disipaban a lo lejos recortando las cimas de las montañas, Beth Wyner respiraba con normalidad sumergida en el letargo que presagiaba el final de la pesadilla. ‘¿Queréis quedaros solas? –dijo el hombre–. De verdad que lo entiendo, al fin y al cabo soy un desconocido’. ‘No te vayas, por favor –dijo Helen, y señalando hacia su hermana, continuó–, le hubiese encantado conocerte’. Ocho horas después todo había terminado. Ellas se quedaron traspuestas en el sillón, él permaneció sentado en la cama sujetando la mano de la joven. El sepelio fue en la más estricta intimidad, asistió Rachell W. Rampell y media docena de amigos.
          Dos semanas después de dar por terminado el periodo escolar y confirmarse el cierre definitivo de la escuela al no tener ninguna solicitud de matrícula para el próximo curso, Coretta Sanders, Zinerva Falzone y Helen Wyner hicieron un viaje en autocaravana por todo Mississippi, cuya experiencia fue excelente. En Jackson visitaron la modesta casa donde nació Medgar Evers, activista por los derechos civiles que fue asesinado en 1963 por un miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos, grupo opositor a la integración de los negros en la sociedad. Disfrutaron del paisaje a ritmo de blues metiendo los pies en el golfo de México, y fueron testigos de espectaculares atardeceres cerca de la naturaleza, pero por encima de cualquier construcción, acontecimiento histórico, museo, paisaje o dato geográfico, su mejor patrimonio era la complicidad que tenían entre ellas. Apurando hasta el último segundo hicieron noche en la ciudad de Starkville, compraron cervezas y sándwiches como festín de despedida y repostando combustible en la gasolinera vieron anunciado un concierto gospel en las inmediaciones de un garaje. ‘¿Por dónde queda esa dirección? –señalando el cartel preguntó la italiana a la persona que atendía en mostrador–. ¿Puede ir quien quiera?’. ‘¡Ah!, bueno. Lo de la ONG esa, ¿verdad? Pues no tiene pérdida, sigan recto y en cuanto vean una concentración de vagos y delincuentes, con sus bailes extravagantes, sus ropas de colores, el pelo ensortijado, la piel color carbón y muchos niños y niñas sin respetar el orden, ahí es’. Tras darles el ticket haciendo caso omiso a la contestación de ellas por el comentario racista que acaba de hacer, regresó a la trastienda. ‘Chicas, ¿os apetece que vayamos? –propuso Helen–. No estaría mal, ¡eh!’. De extremo a extremo de dos postes de luz, una pancarta grande tenía escrita la siguiente frase de Martin Luther King: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza en todos lados”. ‘¿Señora Sanders?’. ‘¡Agente, Cohen! ¡Qué grata sorpresa! Llámeme Coretta, por favor’. ‘De acuerdo, y usted a mí Anthony, que ahora estamos en un escenario distendido’. ‘¿Qué le ha pasado? –preguntó ella al verle con un parche en el ojo–. ¿No me diga que se ha pegado con algún gangster y ha perdido?’. ‘Todavía no he llegado a eso –soltó una carcajada–. Ha sido un accidente de trabajo, pero tiene su lado positivo: me han dado la jubilación anticipada porque dicen que así siempre se me escaparía medio delincuente. Mala leche, ¿verdad?’. Las tres mujeres sonrieron. ‘Quería agradecerle cuánto hizo para esclarecer el asesinato de mi esposo, la convivencia en Alabama se está poniendo difícil para alguien como yo’. ‘Es muy lamentable llegar a tal situación, sin embargo, hay que seguir luchando. Ya sabe que la paga que nos queda del gobierno no da para mucho, así que, ahora soy detective privado, tenga mi tarjeta por si me necesita. Voy a hablar con aquellas personas que también conozco, luego las veo’. El murmullo de tanta gente reunida se apagó de repente según fue saliendo un coro de hombres y mujeres vestidos con túnicas amarillas y entonando la canción Jesus is with me hasta que la familia de Daunte Gray subió al escenario improvisado y agradeció la asistencia. ‘A nuestro hijo lo mató la discriminación racial –el padre y la madre se alternaban el discurso–, la mentira, la falsa acusación sin pruebas y el azar que a veces se coloca entre dos astros equivocados –eran interrumpidos por los aleluyas clamados por el público asistente–. Queremos que no nos persigan por aquello que no hemos hecho basándose tan sólo en el color de nuestra piel y que si vuelve a pasar algo parecido seamos una asociación solvente para contratar abogados, forenses, psicólogos, investigadores y lo que haga falta, por eso pedimos vuestra ayuda. Todas las manos son pocas, todos los recursos escasos, toda la lucha imprescindible. Y, al grito de Black Lives Matter concluyó el encuentro alcanzando de sobra las expectativas propuestas.
          De vuelta al condado de Baldwin dejaron la autocaravana donde la habían rentado cogiendo cada una su vehículo. Zinerva Falzone fue directamente a una agencia de viajes, eligió un paquete europeo y sacó un pasaje de ida con la vuelta abierta. Coretta Sanders reanudó las gestiones iniciadas con la Embajada de Estados Unidos, en Ulán Bator, intentando sacar, por vía diplomática, a su hijo de la cárcel y traerlo de Mongolia. Helen Wyner abrió la puerta de su casa, conectó el equipo de música y eligió uno de los discos de Nina Simone que tanto le gustaba. Dejó para más tarde los mensajes del contestador, habló con su madre y, marcó un número de teléfono. ‘Rachell W. Rampell del Reports Alabama Times’. ‘Hola’. ‘¡Qué sorpresa! ¿Ya has vuelto?’. ‘Sí. ¿Hace un tequila?’. ‘Pues claro, sabes que a eso no me puedo resistir’. ‘¿A las seis p.m. en The taco mexican cantina’. ‘¡Venga!’.

domingo, 26 de junio de 2022

Helen Wyner

22.

La plantilla del Reports Alabama Times celebraron el éxito del reportaje sobre la violencia vicaria en una cantina de la ciudad de Kimberly, adonde iban a tomar copas finalizada la jornada. Antes de eso, Rachell W. Rampell pasó por casa de sus abuelos, querían felicitarla y saber de primera mano cuánto de verdad había en aquella tremenda historia, y cuánto de la magnífica escritora que llevaba dentro. Por eso pensó ir con Helen Wyner para que la conocieran. ‘Cariño –dijo la mujer– ¡estamos muy orgullosos de ti! Escribes con el corazón y llegarás muy lejos. ¡Ya te veo ganadora del Premio Pulitzer en periodismo!’. ‘¡Quieres dejar que entren de una vez! –gritó él desde el porche–. Siempre tienes que ser la primera, coño’. ‘No le hagáis caso, queridas, es un viejo cascarrabias que llama la atención en cuanto me descuido, pero está loquito por mis huesos’. ‘¡Ay, abuela!, no hay quien pueda con vosotros, ¡eh!’. Una jarra de limonada, cuatro vasos alrededor y un plato con pastas de mantequilla y nuez esperaban sobre la pequeña mesa de madera rústica. El hombre, sentado en la mecedora, sostenía en las piernas un álbum de fotos abierto por la mitad. ‘Mira –dijo a la invitada especial–, esta es de cuando se cayó del caballo. Y esta otra peleándose con sus primos en el lago empeñada en pilotar la barca –pasaba las hojas de cartón plastificado con absoluta devoción, como si viajar por los recuerdos trajeran el bienestar de una época mejor–. Aquí fue en la Feria del Ganado y Rodeo de Fort Worth, en Texas. Íbamos todos los años, lo pasábamos en grande. ¿Recuerdas la rabieta que cogiste porque querías montar un pura sangre y al no dejarte juraste no dirigirnos la palabra nunca más?’. ‘¡Joder, abuelo!, esas cosas no se cuentan ni se enseñan’. ‘¡Pero si estás la mar de graciosa!’. ‘¡Qué bobo eres! –intervino la esposa–. ¡Como le sigáis la corriente estamos perdidas, es un peliculero. ¿Os sirvo? –señalando al refresco–. Mi esposo estuvo toda la tarde de ayer eligiendo los limones, creí no tenerlo listo para ahora –rieron–. Está recién hecha’. ‘No lo llene, por favor. Así es suficiente, muchas gracias’. ‘No las merece, hija’. Helen Wyner hablaba de su sobrina con ternura narrando la emoción que sintieron la primera vez que Beth la trajo del hospital, y cómo, día a día, asistiendo al maravilloso espectáculo de verla crecer, llenó sus vidas de indescriptible ilusión. Su memoria recuperaba episodios sueltos como aquella herida que se hizo en la rodilla y que agotada de tanto llanto aseguraba, con media lengua, que por ahí saldrían gusanos. Los tres la miraron conmovidos, mantuvo unos segundos de silencio y… ‘Una mañana –continuó–, leyendo juntas su cuento favorito de la ardilla que emigró a las montañas porque huía de la camada de lobos que invadieron el pueblo, de repente dijo que mamá y papá no se acariciaban. Aparté un poco del pelo que cubría su frente e idiota de mí no le di importancia’. ‘No te tortures, pequeña –intervino el hombre–, las personas no siempre percibimos las alarmas que manifiestan los otros’. Rachell W. Rampell dio por concluida la visita con la promesa de regresar pronto. ‘Esperad un momento –dijo la abuela–, tengo algo para vosotras’. Y volvió con dos tarros de mermelada de arándanos que ella misma envasaba. Ya en carretera, cada una por separado, dirigiéndose a sus respectivos destinos, guardaron en el corazón la velada con los ancianos, dos seres humanos convencidos de que la gente puede alcanzar espacios de felicidad con cosas sencillas.
          ‘¿Cree que por ser del FBI puede arrestar a la gente sin ton ni son? –dijo Betty Scott entrando cuan huracán en la sala de interrogatorios–. Sepa que voy a denunciarle’. ‘Señora, no está detenida –dijo Anthony Cohen acomodándose en la silla frente a ella– y espero que su comportamiento no me obligue a hacerlo. ¿Entendido? Tome asiento, voy a mostrarle una película muy interesante’. Desbloqueó el iPad y cliqueó sobre el archivo con un golpecito de dedo. ‘Me acojo a la Quinta Enmienda’. ‘No diga tonterías. Insisto, no la vamos a meter en el calabozo a no ser que nos dé motivos para hacerlo’. ‘Pues ya puede apagar ese cacharro –señaló amenazante al dispositivo– porque sin la presencia de un abogado no pienso ver absolutamente nada’. ‘¡Cállese de una vez, cojones! –exclamó de muy mal humor– y no me haga perder tiempo’. La imagen de su esposo y ella, a cámara lenta, esperando dentro del automóvil la llegada de su hijo quitándose la túnica blanca del Klan y diciendo “mirad que bien arden las cruces, lástima que no lo hagan también ellos”, la violentó todavía mucho más puesto que delataba su presencia el día del atentado en los alrededores de la casa de Coretta Sanders. ‘¿De qué se me acusa? Sabe perfectamente que no hemos participado en ninguna acción’. ‘Está muy bien informada, ¡eh! ¿Pero qué me dice de la parte moral? ¿Y su conciencia? ¿Puede dormir por las noches? ¿Qué siente teniendo delante a la compañera que acaba de enterrar al marido que no pudo superar la paliza salvaje que le propinaron?’. ‘No sé de qué me habla’. ‘Claro que sí’. ‘Quiero un vaso de agua’. ‘Cuando terminemos podrá beber’. ‘Es usted un dictador’. ‘¿Su chaval sigue en Irlanda?’. ‘No, nunca ha ido. Está con unos amigos recorriendo Alabama’. ‘¿Para qué fue al aeropuerto?’. ‘A despedir a un familiar’. ‘¿Pensaba entregarle la importante cantidad de dinero retirada de su cuenta o quizá realizar usted un largo viaje?’. ‘A ver la orden judicial, no me  pueden investigar sin la autorización del juez’. ‘Aquí la tiene –sacó una hoja de la carpeta–. Entonces, ¿qué va a hacer con la plata?’. ‘Eso a usted no le importa’. ‘Tiene razón, pero al tribunal sí, y es mejor que antes nos lo cuente a nosotros’. ‘Una obra de caridad’. ‘¡Hostia! ¡Pues sí que se ha levantado generosa! Volviendo a lo de antes, ¿reconoce que son ustedes los que están contemplando el destrozo que sufrió el jardín de los Sanders?’. ‘No diré nada sin la presencia de un abogado’. ‘¿Era su chico el cabecilla del grupo?’. ‘No contestaré’. ‘Señora Scott, cuando se cruza con Coretta ¿no se le revuelven las tripas y necesita pedirla perdón en nombre de los suyos?’. Anthony Cohen había encontrado la clave para provocarla, los ojos de la mujer, echando fuego, lo corroboraban. Desvió la vista hacia el espejo espía, donde estaban los agentes del otro lado, y asintió con la cabeza, esa era la señal para que grabaran la conversación y poderla usar, quizá, como prueba, dado el caso. ‘Oiga, ¿pero usted con quien está? –soltó ella–. Esa gente es negra y no merece ocupar nuestras tierras ni tener los mismos privilegios y oportunidades que nosotros, comerse los cultivos y la carne de nuestras reses y dormir a pierna suelta con la tranquilidad de haber construido un futuro para sus descendientes a nuestra costa. Necesitan este tipo de escarmientos para bajarles los humos de la igualdad, son esclavos, inferiores, animales de carga, piezas de establo a destruir cuando ya no sirven. ¡Dios bendiga a América!’. Salió afuera descompuesto, como también lo estaban los compañeros que lo habían escuchado. ‘Llamemos a la oficina del fiscal del distrito –dijo una policía de color–. Tiene que haber alguna manera de vincular a esta mujer con los actos vandálicos y el racismo que la motiva. No debería quedar impune’. ‘No podemos –respondió el superior de la central que entraba en ese momento–. Esto no pasa de ser una opinión en el contexto de un interrogatorio policial. Nada más. Decidle alguien que se marche, no podemos retenerla porque sí. Ven conmigo, Anthony’. Entraron a uno de los despachos que estaba vacío. ‘Mira, no es justo y esta es la parte que más me apetece dejar atrás de nuestro trabajo’. ‘¿Estás decidido a entrenar a la nueva hornada de agentes?’. ‘Pues claro, muchacho. La Base del Cuerpo de Marines de Quantico me espera con los brazos abiertos, pero antes de ir a Virginia pienso disfrutar mis vacaciones interrumpidas y acudir a la cita pendiente en el Parque Estatal Lake Lurleen para pescar pargo rojo’. ‘¿Dónde queda?’. ‘En el condado de Tuscoloosa, así que no se te ocurra llamarme. ¿De acuerdo?’. ‘Te echaré de menos’. ‘No te creo’. ‘Sabes que sí’. ‘Cuídate, amigo’. Antes de desaparecer de allí para siempre, abrazó a los compañeros y compañeras, echó un último vistazo a las dependencias e inició una nueva etapa que desembocaría en una temprana jubilación.
          Antes que regresar a su casa en el coche patrulla, Betty Scott prefirió viajar desde Birmingham hasta Foley en autobús, trayecto que haría dormida para no cruzar la mirada con ningún viajero y bajarse en la parada anterior a su domicilio. Era de noche y ya no quedaba nadie por el vecindario, aceleró el paso y, enseguida llegó a su terreno. Una vez dentro, respiró hondo, dejó los zapatos sobre la alfombra y descalza recorrió las habitaciones comprobando que las persianas estuviesen bajadas y las cortinas corridas. Subió a la planta de arriba, movió unas cajas del armario y sacó de su escondite un celular con tarjeta de prepago imposible de rastrear. Marcó el número que tenía memorizado y, tras el quinto tono, la voz de su hijo contestó al otro lado del continente. ‘¿Seguiste mis instrucciones?’. ‘No pude, cariño. La policía me siguió hasta el aeropuerto y fue imposible darle el dinero a tu amigo’. ‘¿Sabes? Eres una vieja inútil y estúpida que para una cosa facilísima que te pido eres incapaz de hacerla’. ‘No ha sido mía la culpa, ya te lo he dicho’. ‘Ya te lo he dicho, ya te lo he dicho –imitó el lloriqueo en las palabras de la madre–. ¡Que se ponga papá! ¡Vamos!’. ‘Tampoco puede ser’. ‘¿Por qué?’. ‘Esta arrestado en el cuartel’. ‘¿Y sabes los motivos?’. ‘No me los han dicho’. ‘¿Lo has preguntado?’. ‘No, estoy muy aturdida con todo lo que ha pasado’. ‘Pues estamos apañados, otro que tal baila. ¡Vaya par de torpes que me han tocado’. ‘No hables así, eres lo más importante que tenemos. Todo lo hemos hecho por ti, incluso aquello que no aprobábamos’. ‘¡Cállate! Y no vuelvas a llamar hasta que no te lo diga. ¿Entendido?’. ‘Sí. ¿Por qué no vuelves? Las pruebas que tienen contra ti son tan flojas que no podrían extraditarte en el caso de que lo intentasen’. ‘Definitivamente, eres tonta de remate’. Cortó la comunicación y asumió que nunca más vería la plata que por herencia le correspondería ya que hacérsela llegar era destapar su paradero. Tal y como él ordenó, ella rompió el móvil y destruyó la tarje SIM en la chimenea. Buscó la botella de Brandy que guardaban para las grandes ocasiones, tomó un buen trago, cenó algo ligero y se metió en la cama porque al día siguiente tendría una jornada intensa de trabajo, acababa el curso escolar y daban un almuerzo especial a los alumnos y alumnas con sus maestros y maestras. Mientras dormía exenta de remordimientos y convencida de haber hecho siempre lo correcto, en la celda donde estaba su esposo en condiciones bastante insalubres, el preso que compartía espacio con él, tendido en el otro camastro, arañaba con la uña del dedo meñique la esquina de la pared.
          Una semana después de que la madre de Helen Wyner se fuera a Montana para recorrer con el grupo de senderismo con el que salía habitualmente, el Parque Nacional de los Glaciares, desapareció sin más del Many Glacier Hotel donde se hospedaban siendo vista por última vez a la hora del desayuno. El día anterior, según contaron quienes la acompañaban, estuvo hablando con un hombre en el Park Café. El responsable de la excursión no lo denunció tras comprobar que ella misma había pagado la cuenta de la estancia hasta ese momento, deduciendo, por tanto, que la ausencia fue voluntaria. Quizá volvió a Alabama o puede que hiciera por su cuenta la ruta hasta la frontera con Canadá. Esto tampoco supuso para Helen ninguna alarma ya que la cobertura allí era tan mala que no hablaban hacía tiempo. Sin embargo, todo saltó por los aires cuando días antes de la fecha de llegada apareció del brazo de un tipo astuto con percha de dandi. ‘Hola, mamá. ¿No volvías el fin de semana?’. ‘Hola, cariño. ¡Yo también me alegro de verte –rio nerviosa–. Sí, bueno, pero nos hemos adelantado’. ‘¿Ha pasado algo?’. ‘En realidad algo maravilloso’. ‘Pues tú dirás –dijo, vislumbrando el despertar de una tormenta–. ¿No nos presentas?’. Unos minutos de silencio que para la mujer fueron angustiosos, los rompió el timbre del teléfono. Era la doctora García avisando del empeoramiento de Beth y citándolas en el despacho a la mayor brevedad posible para decidir si la sedaban completamente liberándola así del sufrimiento. Se citaron al día siguiente. ‘Hija –empezó así la explicación–, te presento a mi marido, nos hemos casado en Las Vegas. Ha sido un flechazo a primera vista y me gustaría que te alegrases por mí porque soy realmente feliz’. ‘Uf, no me lo esperaba. Perdóneme –se dirigió al tipo que contemplaba la escena algo distante–, no es nada personal, pero comprenderá que me ha cogido por sorpresa y, la verdad, no sé qué decir’. ‘Pues que te alegras –interrumpió la mujer–. Oye, vimos por televisión el éxito del reportaje. Estoy orgullosa de ti y tu hermana si pudiera también lo estaría’. Aún sin reaccionar, dejó a los recién casados que se instalasen, ya habría oportunidad de hablar las dos a solas.
          Desde el pueblo de Elberta donde Helen Wyner despertaba inquieta tras el notición de su madre, a la que trataría de no juzgar y sí comprender, hasta la ciudad de Bay Minette, sede del condado de Baldwin, pasando por Foley con Coretta Sanders empezando sus oraciones, Zinerva Falzone redactando el menú despedida de curso para aprobarlo en la Sala de Juntas, Betty Scott recogiéndose el pelo en un moño bajo y Paul Cox saliendo hacia la escuela pese a ser todavía las 5:00 a.m., el turbio azul del cielo presagiaba alguna catástrofe al despedir extraños capos de niebla que flotaban en el aire tan sólo unos segundos, evaporándose inmediatamente después. A mucha distancia de allí, en Ecorse, Michigan, un joven de veintidós años se levantó de la cama con una idea estructurada en la cabeza. Cogió su rifle de asalto, pistola automática, municiones, pasamontañas, chaleco multibolsillos, tienda de campaña, alimentos en conserva para varios días, café, galletas, cerillas… Lo cargó todo en la parte trasera de la camioneta e inició una ruta de más de 800 millas hasta la capital de Alabama. Montgomery se vestía de fiesta para recibir el evento del Partido Demócrata que tendría lugar en un rancho de las afueras. Taraji Evans, aclamada mayoritariamente por mujeres progresistas, intervendría con un discurso esperanzador, lleno de guiños hacia el diferente. Fiel a sus principios rechazó también el coche oficial por el suyo propio para ir junto a sus colaboradores más cercanos. Lo tenían todo cronometrado al milímetro, nada quedaba a la improvisación, excepto…

domingo, 19 de junio de 2022

Helen Wyner

21.

La familia de Daunte Gray se llevaron el cuerpo del muchacho al estado de Mississippi, a enterrarlo junto a los abuelos en el cementerio afroamericano Odd Fellows, ubicado en la ciudad de Starkville, donde descansan también antepasados caídos en la Guerra de Secesión, en Vietnam y muchos otros a consecuencia de los latigazos que recibieron en las plantaciones de algodón durante la esclavitud. Detrás del féretro llevado a hombros por el maestro que le daba clases de piano y que se desplazó hasta allí con algunos de sus alumnos y alumnas, iban los padres y hermano con paso tembloroso, cogidos del brazo, rotos de dolor y acompañados por un centenar de allegados entonando cantos espirituales. Caminando de un lado a otro esperaba el reverendo recién venido de Iowa, ya que el pequeño pueblo donde ejercía se había quedado sin gente. Preparó un hermoso sermón, quería causar buena impresión y, a pesar de no haberle conocido hizo una radiografía del muchacho próxima a la realidad, destacando sus valores como persona íntegra, comprometida con los suyos y educada en principios fundamentales que todo ser humano ha de tener. Un conjunto de sencillas palabras interrumpidas a menudo por los aleluyas de los presentes. ‘¿Qué planes tenéis? –preguntó el primo que abrió su casa para el postsepelio–. Podéis quedaros con nosotros el tiempo que necesitéis, nos arreglaremos’. ‘Todavía no hemos decidido nada –respondió la madre de Daunte con un nudo en la garganta emocionada por la hospitalidad–, llevábamos tan poco en Nuevo México que…’. ‘Como veis somos una comunidad humilde –cortó la cuñada– dispuesta a acoger a los nuestros’. ‘Nos protegemos unos a otros –intervino una mujer a la que le quedaba grande el sombrero elegido para la ocasión– y los niños y niñas crecen en libertad aprendiendo a no tenerle miedo al blanco’. Prolongada la reunión hasta bien entrada la noche, cuando sólo quedaban los más íntimos, el padre confesó que sería incapaz de volver a trabajar en el mismo lugar donde encontraron a su hijo colgado de una torre de perforación. Las semanas posteriores fueron decisivas, debían levantar los cimientos del hogar por los tres miembros que quedaban sin olvidarse del que ya no volvería. Se quedaron allí y meses después, en la mitad del garaje cedido por un vecino, fundaron la Asociación Daunte Gray para la Defensa del Afroamericano, iniciativa que ampliarían a más Estados y cuyo proyecto se convirtió en el motor de sus vidas.
          ‘El pájaro ha salido del nido –dijo el policía arqueando la ceja–. ¿Intervenimos?’. ‘¿Ya estamos con los mensajitos en clave? –protestó Anthony Cohen–, ¿es que no puedes hablar claro, coño?’. ‘¡Ay!, de verdad, cómo eres –mostró enfado–. Desde luego que tú como espía te lucirías, colega. Pues que Betty Scott ha retirado del banco una importante cantidad de pasta’. ‘Dile al grupo de seguimiento que no la pierdan de vista y si hay novedades, dímelo. Voy a seguir visualizando imágenes, a ver si sacamos algo en claro’. ‘Descuida’. ‘Por cierto, ¿cómo han sabido lo del dinero?’. ‘Nos lo ha soplado una de nuestras fuentes. Ya sabes que hay que tener amigos hasta en el infierno’. Frente a la casa de Coretta Sanders, por circunstancias que no vienen a cuento, había instaladas cámaras de seguridad y se grabó la paliza que recibió su esposo y a los autores. Con el equipaje listo para incorporarse en dos semanas a la academia de entrenamiento de nuevos agentes en la Base del Cuerpo de Marines, en Quantico, Virginia, nada le gustaría más que dar por cerrado ese caso antes de dejar el puesto que ocupaba actualmente y no para colgarse una medalla, sino porque su manera de entender el FBI, al servicio del ciudadano, se fundamentaba, entre otros matices, en proteger al diferente. Llevaba vistas varias cintas sin éxito y pensó salir a tomar un café para despejarse. Se quitó la gafa, cogió la placa, la pistola, algunos dólares que siempre tenía sueltos en el cajón y, cuando iba a pausar la reproducción de vídeo, ¡bingo! ¡Ya os tengo, cabrones!, soltó para sus adentros, pero se quedó bloqueado al congelar la pantalla. ‘Jefe, la mujer ha salido del banco –gritaron y él abrió la puerta saliendo como un huracán–y va en taxi rumbo a Birmingham’. ‘Que la sigan y si por casualidad va hacia el aeropuerto que la detengan con la excusa de que ha de volver aquí a contestar más preguntas’. ‘Ahora mismo lo comunico’. ‘Venid al despacho, quiero que veáis algo y llamad a la central necesitamos a un superior –echó la película un poco atrás y la puso en marcha–. Atentos’. Además de los planos de los agresores, a cara descubierta, y de cómo el anciano envuelto en pánico trató de defenderse dando puñetazos al vacío, había también otras secuencias con fecha posterior de cuando quemaron las cruces en el jardín de la maestra, ahí aparece un coche aparcado en el que Betty Scott y su marido esperan al hijo hasta que éste se mete dentro. ‘Podemos acusarla de complicidad –aseguró eufórica una agente–. ¿A qué esperamos?’. ‘No tan deprisa, compañera. No lo son al no participar en la acción, tampoco por encubrir ya que como padres están excusados, lo único que no podrán negar es que eran conocedores del acto racista y vandálico. Poneos con la cinta a ver si damos con el nombre de los delincuentes’. ‘¿Delincuentes? –saltó otro agente indignado–, más bien asesinos’. Muy lejos de allí, en el corazón de Irlanda, un chico problemático, de lenguaje agresivo, instintos de matón y huido de los Estados Unidos con la ayuda de sus progenitores, participó en una violación grupal ocurrida en un escenario lejos del núcleo urbano.
          El juicio celebrado en el Palacio de Justicia de Montgomery, contra el antiguo director de la escuela, el conductor de la camioneta donde la introdujeron y el experto en campañas electorales, acusados de violar a una adolescente, se llevó a cabo mucho más pronto de lo previsto y concluyó con una condena para cada uno de ellos tan larga que se pasarán en el Centro Correccional de Elmore el resto de sus vidas. Respecto al secuestrador de alumnos y alumnas, al tener un delito de sangre, permanecerá ahí hasta que sea ejecutado. El exsheriff Landon, como representante de la ley cuyo ejemplo por mantener el orden fue nefasto, viéndose involucrado en la mayoría de las reyertas, haciendo la vista gorda o participando en ellas directamente, y aún a la espera de la resolución de otras causas pendientes, va a pasar, de momento, veinte años a la sombra. De vuelta a la cárcel siguieron trabajando en la lavandería, y aprovechándose de los reclusos a los que le vendían a precio de oro las gangas que conseguían. Para Mitch Austin, finalizada la investigación de los delitos fiscales que se le imputaban, sucedidos durante el periodo de tiempo que estuvo de gerente en la escuela, así como otros de tinte racista y xenófobo, le cayeron tantos años que no verá crecer a sus nietos. ‘¿Puedo hablar con el director de la escuela?’. ‘Está reunido –dijo la operadora desde la centralita con voz de aburrimiento–. Dígame su nombre, motivo de la llamada y teléfono de contacto’. ‘Quizá le interesaría saber que soy de la oficina de Taraji Evans’. ‘Hubiese empezado por ahí. No se retire, por favor’. Paul Cox dejó lo que estaba haciendo y atendió la llamada. Previo saludo de cortesía sucedió lo siguiente: ‘Un segundo que compruebo la agenda –dijo todo nervioso– y confirmo si puedo ir’. ‘Claro. Ella estará fuera por un tiempo indefinido, de no ser posible hoy habrá que posponerlo’. ‘No será necesario, salgo ahora mismo. Gracias por avisar’. ‘Entonces, se lo comunicaré de inmediato’. Rumbo a Bay Minette donde se encontrarían dejó que el olor a pinos que abraza esa parte del condado inundara el interior del coche. La incertidumbre de no saber el porqué de la cita le inquietaba, pero se esforzó para estar pendiente de la carretera, aunque conocía muy bien la zona ya que no lejos de allí navegaba en canoa los fines de semana con su esposa por el Delta del río Tensaw. Taraji Evans discutía acalorada con uno de los ayudantes, pero en cuanto le vio cambió de registro. ‘¿Qué tal, congresista?’. ‘Perdón por sacarle de su hábitat. No obstante, serán unos minutos’. ‘No tiene importancia y vengo sin prisa’. ‘Lo primero de todo le devuelvo la carpeta con los papeles que trajo en su anterior visita –se la dio a Paul–. Como sabrá, el juicio contra Mitch Austin, anterior director, ya se resolvió. Contrastamos la documentación y, efectivamente, está imputado de desfalco en material deportivo que nunca compró, fraude en los menús escolares, aportaciones económicas para mejorar las instalaciones que jamás se hicieron, y podría seguir. De no haber sido por usted este tipo siquiera habría entrado en prisión y continuaría desviando dinero a sus cuentas a costa del contribuyente’. ‘Pues no sabe cuánto me alegro –afirmó emocionado–. La verdad es que estábamos extrañados de lo rápido que ha ido’. ‘Bueno, digamos que cuando nos ponemos a trabajar en serio las cosas salen adelante –soltó ella irónica–. Deje que le haga una pregunta, Paul’. ‘Las que quiera’. ‘¿Quién es el hombre que pasará al corredor de la muerte?’. ‘Un joven muy conflictivo que participó en la violación de su propia hermana y nos tuvo en jaque hace poco secuestrando en el gimnasio a algunos alumnos y alumnas. Disparó a nuestro jefe de mantenimiento, Isaías Sullivan, que murió en el hospital’. ‘Tremendo’. ‘Supongo que lo otro que le plantee…’. ‘Es muy complicado –cortó ella–. Intentamos que se modifique la Segunda Enmienda, pero sin apoyos es casi imposible. Fíjese, un senador por Texas dice que los demócratas tratan de desarmar a los estadounidenses intentando prohibir el fusil AR-15 utilizado en la mayoría de los tiroteos en las escuelas, a la vez que otras voces republicanas sostienen la idea de que los maestros deben llevar armas y cerrar las puertas traseras para que los estudiantes entren y salgan por la principal apostando ahí a policías armados. Como ve, no es fácil. Pero seguimos peleando, se lo debemos a la memoria de John Lewis que tanto luchó por regular su uso’. ‘Sí, ya me contó en nuestro anterior encuentro. Nosotros en clase vamos a estar muy alertas, aunque confieso que es difícil controlarlo’. ‘Cada mañana me desayuno consultando las estadísticas que van en aumento de niños y niñas asesinados, tiroteos masivos entre menores de edad, violencia juvenil desatada y puedo asegurarle que la cifra da pánico’. ‘En parte me siento culpable como educador’. ‘Tal vez en un futuro no muy lejano despertemos en un mundo más tolerante y pacífico, quién sabe –concluyó con los ojos húmedos–. Señor Cox, ha sido un placer, quedo a su entera disposición, cuente conmigo para lo que sea’. ‘Lo tendré en cuenta. Y ahora, si me disculpa, no le robo más tiempo, me voy muy satisfecho, atreverme a esto ha servido al menos para acelerar la justicia’. ‘Bueno, no es así exactamente, digamos que en su calidad de compatriota hemos facilitado el trabajo a la fiscalía’. ‘Cuídese, congresista’. Se dieron un apretón de manos y reanudaron sus caminos. Esa sería la última vez que hablarían…
          Para el vecindario del pequeño pueblo donde están las instalaciones del periódico local Reports Alabama Times, que de repente se llenase de curiosos llegados de otras comarcas y equipos de televisión esparcidos por el espacio público, fue un acontecimiento que tardaría mucho en desvanecerse. Algunas cuadras más allá se encontraba el edificio de construcción simple donde a contrarreloj los redactores escribían sus artículos. Dentro de él, acodada en su mesa, Rachell W. Rampell hacía malabares con un bolígrafo entre los dedos. A la izquierda una pila de contratos millonarios para trabajar en los medios de comunicación más importantes del país, servían de sombra a una orquídea que se resistía a marchitar. ‘Enhorabuena, querida, vaya olfato que has tenido –se le acercó por detrás el compañero encargado de la sección de deportes y espectáculos–. Afuera tienes cuan buitres a la caza de su presa a los de la ABC, FOX, NBC, CNN… En fin, los reyes de la prensa listos para arrancarte las primeras declaraciones y conquistarte’. ‘Espero que cuando estés en tu nuevo y lujoso despacho con vistas a Manhattan no te olvides de nosotros –intervino el jefe–. Todavía te recuerdo de becaria y la seguridad que demostraste tener en ti misma. Siempre supe que llegarías lejos’. ‘Me estáis agobiando, coño –contestó ella–. Dejad que lo asimile, aún formo parte de esta empresa y ya estáis dando por hecho que me voy. ¿Acaso deseáis perderme de vista?’. El reportaje había sido todo un éxito, enseguida se agotó la edición y tuvieron que hacer más tiradas. Los teléfonos no paraban de sonar, lo hizo el gobernador, el alcalde, personas anónimas cuyo testimonio merecía ser conocido por la opinión pública, y alguna que otra de mal gusto en plan de burla. Pero ella se concentró y apenas levantó la vista del teclado. Preparaba una crónica sobre la soledad de los ancianos en Estados Unidos, incrementada por la distancia que hay entre casas y sus consecuencias. Quería sacarlo a doble página y, para captar la realidad lo mejor posible, recorrería territorios casi despoblados de Alabama. ‘Es Helen –gritó alguien con el auricular en alto–. ¿Qué hago, te la paso?’. Asintió. ‘¿Cómo estás? –preguntó haciendo gala de la sensibilidad–. ¿Has visto la repercusión que ha tenido tu historia? Acabas de darle visibilidad a un tema tabú’. ‘El mérito es tuyo por cómo lo has abordado –respondió ella–. Estoy muy agradecida, no me equivoqué contigo. Ojalá que Beth fuera testigo del lugar en el que ha quedado su niña’. ‘¿Cómo está?’. ‘La doctora García ha tirado la toalla, la mente de mi hermana es irrecuperable, la mantienen sedada para que no se lastime’. ‘Lo siento muchísimo. Pásate un día de estos por The taco mexican cantina y charlamos tranquilamente’. ‘De acuerdo. Corre el rumor de que quizá fiches por The Washington Post’. ‘Habladurías, no hagas caso’. Rachell W. Rampell pertenecía a esa especie de periodista, no se sabe muy bien si en peligro de extinción, que prefiere ser redactora en la localidad donde consolidó los mimbres del oficio que tanto ama y llegar a lo humano de las historias sin importarle el sueldo precario que recibe, incluso sin fondos a veces para cubrir los desplazamientos, antes que dar el salto al vacío una vez pasada la fiebre de la popularidad. Suspiró, se recogió el pelo con un lápiz atravesado, buscó la mirada del director y… ‘¿Adónde vas?’. No contestó, aunque hizo que la siguieran. Al abrir la puerta los focos la deslumbraron y el batallón de micrófonos casi le cortaron la respiración. Se acercó hasta el borde de los escalones y dijo: ‘Compañeras, compañeros, gracias por estar ahí. Quiero deciros que me siento muy alagada. ¿Hay algo más gratificante que nos reconozcan el trabajo realizado? Al igual que yo, sabéis lo difícil de esta apasionante profesión, las piedras que encontramos en el camino, la censura que hemos de esquivar, los borradores que van directos a la papelera, el insomnio cuando las cosas no salen, la preocupación de haber dado una mala imagen. En definitiva, este ejercicio tan hermoso de contar lo que acontece en la vida y hacerlo con dignidad, humildad, sencillez y empatía. Fuera de estos muros –señaló la fachada– no tendría el mismo sentido para mí seguir ejerciendo y hacerlo con la misma libertad que hasta ahora. Por eso, aunque es muy tentador todo lo que me ha llegado, he decidido quedarme con los míos, porque si no lo hiciera perdería la esencia de lo que siempre quise ser: cronista de las cosas sencillas’.
          El taxi se detuvo en el aeropuerto. Betty Scott se bajó con un bolso de mano. En el hall, dos agentes fueron a su encuentro. Ella trató de despistarlos equivocándose de puerta a propósito, pero ellos la abordaron. ‘¡Cómo se atreven! Soy una ciudadana que no ha cometido ningún delito’. ‘No se sofoque, señora. Nosotros cumplimos órdenes y si el FBI nos dice que tiene que acompañarnos, porque así lo manda Anthony Cohen, al que ya conoce, la metemos a la fuerza en el coche patrulla si fuera necesario. ¿Le ha quedado claro?’. El contacto enviado por su hijo para recoger el dinero, la vio darse la vuelta custodiada por una mujer y un hombre con pinta de policías.