domingo, 11 de enero de 2026

En peligro de extinción

7.

A los estadounidenses las noticias de que el Departamento de Seguridad Nacional inicia la Operación River Wall para controlar cualquier acción delictiva en la frontera sur del país, les llegaba con cuentagotas, pero en realidad se trataba de un alargamiento del muro para impedir la entrada de migrantes a los que, generalizando, se les califica como narcotraficantes. A lo largo de las 140,389 millas náuticas que separan Texas de México, Río Grande parece el escenario de cualquier película bélica con lanchas, guardias armados portando chalecos antibalas y visores nocturnos, un intento más de la Administración Trump de esparcir la metástasis de un poder peligroso para el mundo. Sin embargo, no solo queda ahí el mal, sino que amenaza con sanciones y tarifas desorbitadas a todos aquellos que traten de entrar al país sin autorización, aunque sea por razones humanitarias. Quizá el día del juicio final su dios le juzgue por todo el mal que ha esparcido dentro y fuera del país, dándole su merecido, suponiendo que ese ser exista de verdad.
          Hacía mucho tiempo que Ashley Burris no se arreglaba para salir a cenar a un lugar elegante, pero esa vez la ocasión lo merecía. Madge Campbell, la alumna que encontró en Nueva York, directora del Departamento de Patología Molecular en búfalos, disfrutaba de cinco días de vacaciones y fue a visitarla a Helena, así que eligió un espacio público, aunque discreto. Supo que iba a contarle los descubrimientos respecto a los análisis de las muestras de la vaca y el ternero del rancho Maxwell. Ashley la recogió en Barrister Suites, una antigua mansión victoriana convertida en hotel, y se dirigió a On Broadway, un bonito restaurante cuyo paisaje, al fondo, son las bellas montañas. Ocuparon una mesa redonda, discreta, junto al gran ventanal. El hecho de no haber tenido un recorrido de amistad interponía entre ellas muchos momentos de silencio que llenaban llevándose la copa de vino a los labios, mojándolos con timidez y sonriendo por nada, propio de toda situación violenta que despierta nerviosismo.
          –Cualquiera de los platos son exquisitos –dijo Ashley.
          –Pediré Dip de alcachofas –que consistía en espinacas frescas, corazones de alcachofas, cebolla morada y pimiento rojo en mayonesa de ajo cubierta con parmesano y asada al horno–, tiene una pinta espectacular.
          –Pues yo Pasteles de langosta y cangrejo criollos –cangrejo real de Alaska y langostino, pimiento rojo cortado en cubitos, apio, papa y especias cajún. Servido con fumé de cangrejo. De postre les recomendaron tarta de queso con remolino de ron de arándanos.
          –Estar aquí te traerá muchos recuerdos, ¿no? –la forense rompió el hielo definitivamente–, aunque ya estás muy afincada allí.
          –Claro, además apenas ha cambiado nada, pasé en taxi por delante del Animal Center Veterinary Hospital y me dio nostalgia –perdió la mirada, daba la impresión de estar atrapada en un laberinto.
          –¿Por qué no entraste a verme? Te habría enseñado el nuevo laboratorio y al equipo que me acompaña, son muy buenos.
          –Necesitaba descansar. Estoy pasando una mala racha en lo personal y quiero regresar con la cabeza despejada, a ver si soy capaz de aclarar las ideas –daba pequeños sorbos a la copa de vino.
          –Si te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo –Ashley era sincera.
          –Gracias. Solo preciso un poco de tiempo, nada más –dijo Madge.
          –A veces decir en voz alta las preocupaciones compartiéndolas con alguien ajeno al problema suele ser bastante beneficioso, te lo digo por propia experiencia. Una vez recibí muchas amenazas del dueño de una mascota, darle visibilidad a aquello que me atormentaba y hacerlo con los compañeros dentro de un ambiente donde me sentía segura, sirvió para que me tranquilizara,
          –Salgo de una relación amorosa de varios años y duele, duele mucho –estaba al borde de las lágrimas.
          –Me hago cargo, todas las rupturas son traumáticas, pero se superan, créeme, se superan –recordaba lo desagradable que fue su divorcio, como la mayoría de ellos, claro.
          –Rompí con la familia porque no aceptaron que me hubiese enamorado de una mujer –al confesarlo le tembló el labio inferior.
          –Eso hay que normalizarlo, muchos de los alumnos que tenemos son del movimiento LGTBI, al principio cuesta tratarlo con naturalidad, no se está acostumbrado pero, en cuanto profundizas en las personas, descubres que no hay motivo de qué asustarse y te enfrentas con aquellos que levantan bulos, como que esto es una enfermedad, o más macabro aún, una maldición de Dios.
          –Mi familia es creyente, por tanto, me expulsaron de la comunidad e imagino que apenas se acordarán de mí, no importa, fui fiel a los sentimientos y no me dejé manipular.
          –No obstante, siempre que quieras sabes que aquí tienes una amiga para desahogarte.
          –Gracias, lo tendré en cuenta. Veo que ambas evitamos la carne –observó Madge cambiando de tema.
          –A consecuencia de las jornadas de trabajo que llevo tan disparatadas, lo confieso, soy un desastre y nada disciplinada respecto a la alimentación –Ashley se sonrojó–. Me mantengo a base de bocadillos fríos, hamburguesas y sopas preparadas, pero también me gustan las cosas ricas, así que cuando salgo lo disfruto.
          –Mi pareja era vegetariana y me acostumbré a llevar una dieta saludable, aunque también me empujó a ello ser responsable con el Planeta. Realmente no somos conscientes del impacto medioambiental que supone la cría de ganado vacuno por la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, el consumo de agua, el uso de la tierra, la deforestación que conlleva crear pastos y cultivos para piensos, y un largo etcétera muy arduo de explicar.
          –Es cierto, un técnico de laboratorio que trabaja con nosotros habla de las cualidades de la bebida de soja, de la importancia nutricional de las legumbres. Siempre trae alguna bien guisada del día anterior, es un verdadero artesano aprovechando restos de la cena. ¿Más vino?
          –Bueno, pero poco –se produjo otro momento de silencio–. Te preguntarás a qué he venido, ¿verdad?
          –¿A compartir un rato de conversación distendido con una vieja conocida? –expresó sonriente.
          –¡Por supuesto! Y también porque ya tengo una conclusión respecto a las muestras que me enviaste –Madge adoptó un gesto serio–, y creo que no te va a gustar nada.
          –A ver –Ashley intuyó malas noticias para su amigo Larry.
          –El pienso ingerido por la vaca estaba envenenado.
          –¿Con glifosato? –preguntó alarmada–. Recuerda que en 2019 un jurado de San Francisco determinó que este agente era el causante de la aparición de un cáncer en un hombre de 70 años.
          –No sé, es posible que sea el mismo, pero adulterado, no figura en ninguna de nuestras bases de datos, aparece como desconocido, pero el veneno era muy potente. La teoría a la que llegamos uno de mis colaboradores y yo, es que el herbicida se encontraba en el pienso que ingirió la vaca y traspasó al ternero durante el embarazo, por lo visto hace dos o tres años hubo un escándalo parecido en Kansas, de repente morían los terneros recién nacidos y, por consiguiente, las vacas a continuación. Pruebas de laboratorio descubrieron sustancias químicas sintéticas, PFAS, y a alguien muy escurridizo detrás de dicha trama.
          –Una amiga del FBI ha investigado a un tipo llamado Samuel W. Roberts, por lo visto en el garaje de su casa tiene montado un laboratorio clandestino, maneja todo tipo de productos químicos que después proporciona a clientes para matar hongos y plagas en sus fincas. A veces actúa con nombre falso para registrar algún pesticida escapándose así del control sanitario y más ahora con la Administración Trump donde todo vale. Por lo visto, hace años, estuvo en prisión por traficar con fentanilo entre adolescentes vulnerables, y también se le relacionó con un escándalo de caballos de competición dopados para perder en carreras amañadas. Como digo: todo un personaje que no me gustaría tener de enemigo. La hija del ranchero, dueño de la vaca y el ternero de las muestras que te pasé a examinar, le vio hablando con el padre y, si se puede demostrar la implicación o participación de ese hombre, habremos dado un paso de gigantes.
          –¿Crees que hay una mafia detrás? –preguntó Madge.
          –Más bien un negocio que mueve muchísimo dinero alrededor y a través del cual está lucrándose quién sea, seguramente unos cuantos –Ashley sacó del bolso el celular y buscó la noticia publicada en un periódico local de Texas sobre el análisis clínico realizado a unas tierras de pasto. El titular era espantoso: una veintena de personas hospitalizadas, sin relación entre sí, entraron en coma muriendo al poco y, al realizarles la autopsia descubrieron que el causante era la ingesta de hortalizas; semanas antes, en Iowa, sacrificaron a más de cien cabezas de ganado con síntomas de colapso, temblores musculares severos, salivación excesiva… Es decir, ambos casos apuntaban a un posible envenenamiento.
          –¿Qué quieres decir? –Madge dejó el cubierto sobre el plato. Clientes habituales, acodados en la barra, sin levantar la vista de la comida, introvertidos, con sus camisas de leñadores, y barro en los tejanos, asomando por detrás de la gorra pequeños manojos de cabellos blancos, realizaban movimientos mecánicos mientras que el camarero les ponía lo siguiente de la comanda.
          –No lo sé, pero empiezo a sentir un poco de pánico. –La velada continuó dentro del automóvil de Ashley, frente a Barrister Suites, donde Madge se hospedaba, intercambiaron opiniones respecto a nuevas técnicas empleadas en autopsias y, aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, supieron que tardarían mucho en volverse a ver. Se despidieron y cada una, en soledad, se dejó llevar por los propios pensamientos.
          El viejo Charly se convirtió en el guardián del establo, apenas salía de su box, había perdido completamente la visión de un ojo y la úlcera necrosada de la rodilla, así como un tumor maligno diagnosticado en el cuello, empeoraban el estado de salud que presentaba. Se acercaba el final y el caballo lo intuía, casi no le quedaban fuerzas para relinchar, la elegancia y bravura que tanto le embelleció se habían esfumado. Así que, vulnerable, se tendió sobre el suelo mullido de paja, agonizaba silencioso con Susan y Paul arrodillados junto a él, acariciándole los lomos, susurrándole al oído palabras tranquilizadoras. Pasaban las horas demasiado lentas, llenándolas con recuerdos que saltaban impacientes por el balcón de la memoria. Amanecía, tenía la respiración cada vez más acelerada, Larry les hizo una señal, era inhumano dejarle sufrir por más tiempo. Le palpó e introdujo la aguja deslizando lentamente el émbolo de la jeringa, hasta que, despacio, vació el cilindro entrando todo el barbitúrico. Minutos después el silencio tocaba techo, Susan se levantó de un salto y salió disparada, arrancó la camioneta y condujo hacia el sur por la US-191, giró a la izquierda hacia la carretera MT-78 y continuó hasta la US-212, la Beartouth Highway, bellísima ruta con vistas montañosas espectaculares, lagos alpinos y un paso de montaña de 10.947 pies de altitud. Llegando al Parque Nacional de Yellowstone el frío, que descendía por las paredes de las montañas, se coló a través de las ventanillas, hasta calarle los huesos, el paisaje adquirió esa pintura de tonos marrones y rojizos propios del invierno. Aparcó y comenzó a caminar entre los árboles legendarios, de repente apareció, en mitad de una llanura, con toda la Naturaleza frente a ella y un tapiz de cordilleras abriéndose paso. Apenas una decena de automóviles la esquivaban haciendo sombra sobre el asfalto, agitando incluso las ramas más altas con el rugido de los motores. Fue ahí, en ese preciso momento, con el inmenso dolor por la pérdida de Charly, por las sospechas respecto a los negocios sucios de su padre, por el compromiso con las causas justas, por el bienestar de los semejantes y por el cuidado del Planeta, que tomó quizá la decisión más difícil de su vida aun sabiendo el riesgo que correría. Cuando regresó, Paul ya había enterrado a Charly lejos del rancho.
          Diane invitó a Susan a almorzar en su casa para animarla y contarle lo que su colega freelance la hizo llegar sobre Samuel W. Roberts, que era más o menos lo mismo que averiguó la agente del FBI. Preparó un combinado de judías verdes redondas, zanahorias en rodajas, un exquisito salmón Kokanee, de agua dulce, bañado todo con vino blanco de la región, muy suave. La presentación de la mesa tenía cuidado cada detalle con exquisitez. Cortó rebanadas de pan blanco y las colocó en una pequeña fuente ovalada y profunda, junto a un plato con dos o tres porciones de mantequilla para untar, además de un puré de garbanzos y guisantes, asó truchas y, de postre, puso pastel de moras silvestres. Lloraron juntas, rieron por cosas insignificantes y se confiaron sus preocupaciones. Diane confesó que todavía no lo había hablado con Larry, pero que se iba a Palestina; Susan comentó que se trasladaba al rancho para desenmascarar lo que pasaba con el ganado. Y, tanto una como otra, llamaron a la prudencia.
          Caía el manto de la tarde y por el horizonte despuntaba ya la oscuridad de la noche formando en el cielo figuras asimétricas. Dejó estacionada la camioneta pegada a la de Paul, el padre fumaba pipa sentado en una de las mecedoras del porche y la madre sostenía, con dedos delicados, la habitual copita de ponche que bajo ningún concepto perdonaba. Las hermanas leían la Biblia en el interior de la casa, y el hermano mayor se recuperaba encamado de un serio accidente de tráfico que tuvo bajo los efectos del alcohol. Susan, sin perder la compostura, ni el equilibrio, subió los escalones de entrada sujetando con fuerza la bolsa donde llevaba algo de ropa, el celular y lo imprescindible para el aseo, además de una carpeta con documentos, lamentó que estuviesen ahí, esperando la llegada de algo que ni imaginaban, al acecho de entrometidos que alterasen su manera de vivir tan separados entre sí. Hacía años que sus padres no dormían juntos y apenas cruzaban palabras salvo para cosas de las hijas y los hijos, pero públicamente guardaban las apariencias, aunque era un secreto a voces.
          –¡Te dije que, tarde o temprano, volvería con las orejas agachadas! – exclamó el señor a la señora Maxwell.
          –No te confundas, padre, tan solo vengo por unos días.
          –¡Ah!, ¿entonces no te has quedado sin plata o te han echado del hotel?
          –¡Qué va, si quieres puedo prestarte unos dólares! –dijo sarcástica.
          –Amo, hice lo que me dijo, ya están preparados los comederos, pero el agua sigue estando…
          –¡Váyase, impertinente! —el jornalero contuvo la ira a raya, Susan prestó atención y no pudo callarse.
          –¿Qué le pasa al agua? —interrogó.
          –Nada importante —contestó cortante.
          –Dejad de discutir, tu cuarto está preparado. ¡Ah!, y no te metas con las niñas –soltó la mujer sin dejar de mirar el cristal de la copa donde sus ojos se reflejaban.
          Cuando Paul volvió de hacer la ronda comprobando que el ganado estaba bien y la vio, supo que con ella llegaron los problemas, así que se limitó a saludarla llevándose un dedo al ala del sombrero. Susan giró y se metió dentro, entró en su antiguo dormitorio sin nostalgia, todo estaba tal cual lo dejó, ni siquiera se preocuparon de limpiar el polvo de los muebles. Retiró la cortina y observó el ir y venir de los trabajadores rendidos de cansancio por las largas jornadas. El Mountain Cur, perro que detestaba la madre, vigilaba en modo circuito cerrado todo el terreno al acecho de intrusos dispuestos a alterar el sueño. De apariencia fuerte y robusta era muy cariñoso con aquellos que le trataba bien y, en más de una ocasión, tras la aparición de mapaches y zorros salvajes salvó la vida a más de uno. Retiró la colcha de la cama y se tendió vestida repasando, punto por punto, la estrategia que pensaba seguir, pero para conseguirlo necesitaba ganarse la confianza del padre. Tocaron en la puerta y dijo adelante.
          –Niña, bébete este vaso de leche caliente con galletas –era la anciana cocinera que ya caminaba con dificultad–. ¡Qué delgada estás!
          –Gracias, déjalo sobre la mesita –señaló con el dedo sin mirarla. A pesar de haberla criado prácticamente tenía sentimientos encontrados hacia ella.
          –Urge buscarte un marido para que sientes la cabeza de una vez por todas –refunfuñó.
          –Siempre puedo ejercer de querida como tú –sin terminar la frase se arrepintió de haberla dicho.
          –Que descanses, pequeña –con el corazón dolorido y ayudándose del bastón cerró la puerta despacio.
          –Buenas noches. –Eleanor Stuart ya era cocinera en el rancho antes de nacer ellos y la segunda cama de desahogo del padre, fue él quien la trajo años atrás, después de haberla obligado a abortar, presentándola como un familiar lejano y necesitada de trabajo y alojamiento, aunque fuese temporal, pero transcurrió el tiempo y nacieron las niñas y los niños, multiplicándose las tareas, de modo que aceptó quedarse con todas las consecuencias y el papel de amante a escondidas. A la mañana siguiente, en ayunas, ensilló un caballo del establo, lo montó y se dispuso a galopar hasta el límite de la propiedad Maxwell, pero Paul la entretuvo.
          –Esta yegua tiene bastante genio, Trátala con delicadeza o estarás en el suelo más de una vez –dijo mientras colocaba las sillas de montar que estaban mal puestas.
          –Yo también me alegro de verte! Joder, Paul, últimamente pareces un extraño conmigo, ya ni siquiera me invitas a cerveza.
          –¿Tú crees? Ve con cuidado, no quiero recogerte a pedacitos, sé muy bien a lo que has venido –ella no respondió. Dio media vuelta y cabalgó en silencio con la vista clavada en el horizonte, sujetándose como una auténtica cowboy. A lo lejos, metido en un camino muerto por el que nadie transitaba, reconoció la camioneta de su padre y a los hombres de confianza que siempre le acompañaban. Gesticulaban mucho con las manos, intimidando a otros individuos que descendieron de un camión cisterna de vacío, de los que se utilizan para transportar líquidos, seguidos de varios más de carga. A falta de prismáticos utilizó la cámara del celular para acercar la imagen, hacer foto y después tratar de identificarlos. Entonces acortó algo la distancia y, camuflada detrás de unos arbustos, presenció el hecho que quizá esperaba: la mano derecha del señor Maxwell entregó al que ejercía de jefe de los camioneros un maletín lleno de billetes a cambio del cargamento de sacos y bidones sacados de los remolques…

domingo, 21 de diciembre de 2025

En peligro de extinción

6.

Larry recogió del taller el Dodge Ram con el que accede con mayor comodidad a los lugares más inhóspitos donde se hallan las granjas y los ranchos que soliciten de sus servicios médicos. A veces los trayectos, montaña arriba, se alargaban durante horas por caminos de tierra y piedra, muy complicados, arriesgados e imposibles de atravesar con un automóvil cualquiera. Así que, y no por lo complejo del viaje, sino para realizarlo más cómodos, hasta tener lista la camioneta, pospuso la visita a Berkeley Pit, la antigua mina de cobre a cielo abierto, ubicada en Butte, condado de Silver Bow. La ciudad fue fundada en 1864 como campamento minero convirtiéndose a finales del siglo XIX y principios del XX, en una de las poblaciones industriales más importantes de Montana, cuyo censo se constituyó mayoritariamente por inmigrantes irlandeses. Pero parte de dicho esplendor se apagó en el momento en que el impacto medioambiental creció en toda la comarca y los grupos activistas comenzaron a moverse. En 1982 cerraron la mina y, como consecuencia, también las tuberías subterráneas fuera del pozo, lo cual creó, sobre el mismo, un lago artificial peligrosísimo y emponzoñado. Dos años después de su cierre lo declararon sitio Superfund –programa y Ley Integral de Respuesta, Compensación y Responsabilidad Ambiental (CERCLA) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)–, quien autoriza la limpieza de todo lugar que contiene desechos altamente contaminantes. Algunas voces se levantaron para denunciar la toxicidad que salía por los grifos y, por ende, la detección de alimentos infectados, ganado enfermizo y, claro está, personas con la salud debilitada. Además de las sustancias nocivas, río abajo, del Upper Clark Fork. Era viernes, y tuvieron una de sus clásicas cenas con Susan Maxwell.
          –¿Quieres venir con nosotros a pasar unos días fuera de aquí? –preguntó Larry a Susan.
          –¿Adónde? –aunque seguramente aceptaría, quiso saber.
          –A Butte –soltó bajito.
          –¿Y qué se nos ha perdido ahí? –la intriga comenzaba a hacer mella en ella.
          –El Pozo Berkeley Pit –dijo mientras se servían unas suculentas truchas.
          –¡La antigua mina de cobre a cielo abierto! –exclamó sorprendida.
          –Exacto –comentó mirando a Diane que se mostraba ausente.
          –¿Pero si no me equivoco, no te preocupa solo eso? –le conocía muy bien.
          –Pues que hay un alto índice de terneros recién nacidos con onfaloblebitis.
          –Oye que no soy uno de tus colegas.
          –Es una inflamación de la vena umbilical que causa infecciones bacterianas, últimamente estoy viendo muchos casos y eso me inquieta bastante.
          –¿Cuya consecuencia es? –preguntó Susan.
          –Nefasta para los terneros que pueden desencadenar una sepsis que de no ser tratada a tiempo los llevaría a la muerte.
          –Imagino que todo cuanto hemos descubierto tiene relación, ¿verdad? –un mal presentimiento planeaba por encima de ella.
          –Es posible –Larry miró a Diane que iba sentada a su lado callada y ausente–. ¿Querida, estás bien?
          –Sí, no pasa nada –pero sí que pasaba, las hijas llevaban meses en la universidad y las echaba muchísimo de menos, contaba los días que faltaban para las vacaciones de invierno, por navidad, fecha en la que volverían a ser una familia al completo, aunque después el escenario iba a cambiar…
          –¿Te aburrimos con la conversación?, lo entiendo –apuntó Susan.
          –No, no es eso. Además, si he venido con vosotros, primero es para ayudaros y segundo porque me parece lícito darle visibilidad a las cosas raras que ocurren y a las causas injustas.
          –Casi lo olvido, Susan –interrumpió Larry–. ¿Recuerdas la servilleta de papel que encontraste en el despacho de tu padre con letras y números?
          –Sí, claro –respondió a la expectativa.
          –Pues Cd 48, As 33 y 74,92 u, corresponden a las cantidades de cadmio, arsénico y uranio correspondientes a algo que se nos escapa.
          ¿Se pueden mezclar? –realizó la pregunta temiéndose lo peor.
          –No, ya que por separado son muy tóxicas.  Ashley encontró también esas sustancias en las muestras de agua que recogiste en diferentes puntos. Sin embargo, no hemos podido identificar WSR 255, al no figurar en ninguna base de datos.
          –A ver, repítelo –pidió Diane a Larry rompiendo su silencio, este lo hizo–. Me suena mucho porque hace tiempo un compañero investigó a un tipo cuyas siglas coinciden con esas, pero suele invertirlas para no identificarle.
          –¡Ah, sí! ¿Y sabes quién es? –dijeron los otros a la vez.
          –Samuel W. Roberts –soltó a bocajarro–, alguien respaldado por padrinos muy poderosos, con un pasado oscuro y un presente al margen de la ley. En definitiva, un tipo nada recomendable para tenerle por amigo.
          –¡Vaya, vaya, con el invitado misterioso en la boda de mi hermana! No obstante, no cuadra la cantidad 255 ya que la suma de las anteriores no da ese total.
          –Si queréis puedo preguntarle a mi colega, espero que siga en libertad, la última vez que supe de él andaba escondido tras destapar la trama de corrupción en torno a un congresista.
          –Me harías un grandísimo favor –agradeció sonriente–. ¿Falta mucho para llegar? –le preguntó a él.
          –Según el navegador GPS menos de cincuenta millas, pero luego hay otras tantas hasta nuestro destino final –calculó Larry.
          –¿Imaginas qué podremos encontrar? –continuó la chica desde el asiento trasero.
          –¡Quién sabe!, aunque hemos de ser muy discretos.
          –Eché un vistazo en Internet y parece que la gente de allí habla poco, son austeros y no les gustan las preguntas referentes a los problemas que ha dado y aún da la mina –contó Diane participando plenamente de la charla–. ¿Sabíais que el 14 de noviembre de 1995 ocurrió allí una de las mayores tragedias sufridas por la fauna?
          –No, al menos por mi parte –contestó Susan.
          –A ver, ilústranos, querida –Larry frenó para meterse por un camino en peor estado.
          –Un hidrólogo de la Oficina de Minas y Geología de Montana vivió en directo un episodio inolvidable. Resulta que se desencadenaba una potente tormenta de invierno, se oscureció el cielo en los alrededores del pozo, 342 gansos bajaron temiendo una avalancha de nieve y se posaron sobre sus aguas, a la mañana siguiente encontró a todas las aves muertas porque habían bebido el ácido, lo cual las abrasó por dentro, agrandándoles el hígado y los riñones, así como deteriorando el esófago.
          –Supongo que puede volver a pasar –Susan miró los mensajes que le llegaban al celular, pero no abrió ni contestó ninguno, tenía también llamadas perdidas.
          –Efectivamente, en 2016 fueron muchas más aves. A partir de entonces instalaron sonidos para ahuyentarlas y que no volviese a repetirse. Es importante destacar que Berkeley Pit contempla una planta de tratamiento, desviando las sustancias nocivas, para no contaminar otras aguas subterráneas.
          –¡Madre mía, eres una enciclopedia! –Larry sentía mucha admiración por Diane.
          Aparcaron en la zona reservada para estacionamiento a cierta distancia del pequeño complejo formado por una caseta de información para el visitante, con escaleras y rampa accesible, el túnel que lleva hasta el mirador y otra cabaña donde venden todo tipo de souvenir, desde piedras de carbón en miniatura y otros minerales, hasta reproducciones exactas de algunas herramientas, por ejemplo, pico minero o martillo, piezas de coleccionista elaboradas con absoluto detalle. Bajaron de la camioneta y se unieron al grupo de turistas canadienses. La única forma de ver el pozo es sobre miradores, con tarifa previa, desde los cuales se visualiza el enorme lago de agua ácida formado al cesar la actividad. Diane se fijó en las caras contrariadas del personal encargado de evitar cualquier accidente que pudiese ocurrir, cuando el guía de la excursión explicaba que aquello era una amenaza para la vida silvestre, así como también, los altísimos niveles de metales pesados que fluyen de ahí, atentando directamente a la salud de los lugareños.
          –¿Significa que todos están enfermos? ¿Podemos contagiarnos nosotros permaneciendo aquí tan solo unos minutos? –preguntó una mujer.
          –No, por supuesto que no –respondió preocupado el coordinador del tour, no fuese a perder el empleo.
          –¿Está relacionada la ingesta de agua que contiene arsénico con el cáncer de vejiga? –introdujo Diane apoyada en la barandilla.
          –No nos consta –el vigilante estuvo a punto de echarlos a todos.
          –¡Eh, oiga! Ahí está prohibido hacer fotos –refiriéndose a una entrada sellada con cinta adhesiva.
          –Perdón, no lo sabía –respondió Susan haciéndose la inocente.
          –Se ven pocas aves aquí, ¿verdad? –preguntó Larry al anciano de la tienda.
          –Las disparamos para que no caigan al lago y se frían por dentro –contestó mostrando una sonrisa desdentada.
          Al margen de la historia que rodea a la mina de cobre a cielo abierto, Berkeley Pit, Butte es un pueblo tranquilo donde predominan los ladrillos rojos y marrones de los edificios oficiales y casas particulares. La elegante arquitectura del Federal Building and United States Courthouse, en el 400 N Main St, es decir, el Tribunal de Distrito, y de First National Bank, dan cuenta de la prosperidad que aconteció en los mejores años de la minería, por eso es muy habitual encontrar en el paisaje urbano los castilletes, esas estructuras de acero que soportan las poleas para la extracción. Los excursionistas, cargados de selfis y de recuerdos, siguieron con el itinerario trazado, mientras que ellos, los tres amigos de Big Timber, hicieron un alto en Venus Rissing Expresso House, estaban hambrientos y ese local se lo habían recomendado a Diane. El dueño era un tipo campechano y amable que sabía tratar muy bien a la clientela, su peculiaridad consistía en mantener la discreción y no soltar prenda cuando le acorralaban con preguntas molestas, igual a las que le sometieron Diane y Susan. “Yo no sé nada –solía contestar–. De eso hace muchos años”. Larry entró en el aseo y lleno un tubo de laboratorio con agua del grifo, sintió un pinchazo en el pecho y se puso debajo de la lengua la pastilla prescrita que ocultaba en silencio. Diane mantiene la teoría de que admirando piezas de arte y de colección a las personas se les suelta la lengua, por eso propuso visitar Piccadilly Transportation Memorabilia Museum, que está en el 20 W Broadway St, un lugar espectacular que reúne modelos únicos de automóviles de varios países y, en donde, efectivamente, ante la curiosidad de Susan, alguien comentó que, en W La Platte St, en una cabaña prefabricada con maderas viejas, vivía un hombre longevo que tiempo atrás denunció a la industria química que estaba envenenando el medioambiente de la comarca. Tras una revisión médica rutinaria, a su esposa le diagnosticaron cáncer de vejiga, relacionado, en ese caso, por el hallazgo de arsénico en el organismo. Medicaid no cubrió el tratamiento, así que ella murió y él se querelló contra la empresa, siguió batallando hasta que le abandonaron las fuerzas. Dio entrevistas a Medios locales, acudió al Gobernador, al Congresista, a los feligreses de la iglesia baptista, al sheriff del condado y de todos obtuvo la misma respuesta: “Dios lo quiso así”. Una mañana recibió la llamada de una organización sin fines de lucro quienes confirmaron más casos parecidos al de su mujer, ahora apenas le queda esperanza para que pongan remedio y eviten que vuelva a suceder.
          –Hola. Me llamo Larry Erickson, y ellas son Diane y Susan, venimos desde Big Timber –se presentaron ante el anciano.
          –Les invitaría a pasar a mi humilde hogar, pero solo tengo esta silla ya que el resto de los muebles los hice leña para calentarme –comentó sentándose ayudado de un palo que sostenía con la mano izquierda.
          –No se preocupe, de pie estamos bien. Hemos visitado Berkeley Pit. Soy veterinario en el condado de Sweet Grass, nuestro ganado muere en extrañas circunstancias, con llagas, heridas y malformaciones nunca antes vistas.
          –Morir no es extraño, es natural –interrumpió en modo filosófico.
          –¿Le importa que le hagamos unas preguntas? –intervino Diane.
          –Depende, aunque a estas alturas de la vida pocas cosas me importan ya –dijo chascando la lengua contra el paladar.
          –¿En su opinión hasta dónde alcanza la toxicidad del pozo? –prosiguió Diane. Susan observó que la hierba a poca distancia de ahí estaba marchita, así que, se alejó un poco para verlo de cerca.
          –Berkeley Pit es un agujero con millones de litros de agua contaminada a consecuencia del drenaje ácido de minas. Es decir, un pozo tóxico que ahora se ha descubierto es una extensión llamada: tierras raras, idóneas para extraer recursos aplicables a la tecnología. Al parecer, a través de determinados avances, se podrían obtener diversos minerales como cobalto, níquel, neodimio… Sin embargo, apenas se habla de las muchas enfermedades que los ciudadanos de aquí, y alrededores, hemos desarrollado desde que en 1982 cerraron la mina de cobre a cielo abierto.
          –¿Fue su esposa una víctima de ello? –quiso saber Larry, el hombre se quedó pensativo.
          –Estoy absolutamente convencido –con la mano temblorosa y una varilla larga, dibujó en la arena círculos enganchados uno a otro.
          –¿En qué punto está el proceso? ¿Hay más casos? –Susan preguntó.
          –Muchos más. Ya no hay proceso, ganó el Tío SAM. ¿Qué se dice de mí?
          –Digamos que usted se convirtió en personaje público a través de la lucha que emprendió, basta con repasar las hemerotecas y encontrar noticias suyas –expresó Diane.
          –Como dijimos, el ganado de nuestro pueblo muere y creemos que algo tiene que ver la mina de aquí –le tranquilizó Larry–, eso es todo. Oímos su historia y nos interesó conocerla de primera mano, nada más.
          –¿Los envían los de arriba, los poderosos? –hablaba en voz alta, como ausente.
          –Mi padre tiene un rancho y temo que anda metido en negocios sucios, sospecho que están envenenando el pienso y los pastos –intervino Susan.
          –Es muy grave eso que dice, joven.
          –¿Mantiene la teoría de que el tipo de cáncer como el que sufrió su esposa está relacionado con la contaminación? –Larry sacó una pequeña libreta y tomó notas.
          –El arsénico es uno de los agentes invasores. Sí, lo mantengo. Ahí, donde está su amiga, había un huerto que daba de comer los productos de temporada, hoy es un espacio alfombrado de hojas podridas y barrizal, las aguas tóxicas, subterráneas, se filtran envenenando la superficie. Hace meses una manada de lobos vinieron desde el Parque Nacional de Yellowstone, husmearon, removieron algo el terreno ya que antes lo habían hecho otros carnívoros inferiores, y regresaron enfermos a su hábitat donde fueron a morir. Este aire está maldito.
          –Dicen unos colegas periodistas –les cortó Diane– que se ha puesto de moda el pozo de la mina Berkeley Pit declarado “tierras raras” por tener un alto contenido de neodimio para fabricar imanes permanentes y praseodimio usado en motores de aviones, con el fin de no depender en ese sentido tanto de China.
          –Yo ya lo he perdido todo, no me queda nada, pero ustedes han de seguir indagando y denunciando, pónganse en contacto con organizaciones nacionales e internacionales, tengan en cuenta que no ocurre solamente aquí, es mundial, no practicamos un consumo responsable y eso está acabando con los recursos naturales. Aguarden, voy a darles algo –desapareció en el interior de la casa y trajo una carpeta viejísima–. Aquí está todo lo que recopilé desde que mi esposa enfermó hasta la actualidad, ustedes sabrán darle utilidad. –De regreso a Big Timber, con un montón de fotografías y frascos de laboratorio repletos con muestras, Susan repasaba los papeles del anciano en el asiento trasero, Diane navegaba por internet buscando datos, Larry conducía.
          El mundo de la ciencia, la biología, la etiología, así como todo aquel protector de los ecosistemas y la biodiversidad, lamentaban profundamente el fallecimiento de Jane Goodall, la mujer que supo entender a los primates introduciéndose en su hábitat, de ahí que realizase extraordinarios documentales para National Geographic. Destacó por tratar a los chimpancés como miembros individuales con nombre dentro de la compleja sociedad, estudiando las emociones, personalidades, sentimientos y descubriendo que poseen una cierta habilidad para fabricar herramientas que les ayuden en el día a día. Nació en Londres y se crio en la postguerra. Su afán por la investigación surgió siendo muy pequeña, cuando de vacaciones con su madre en Bournemouth, pasó cuatro horas esperando hasta saber cómo salía el huevo de la gallina. Al cabo del tiempo observó al ave levantar un poco las alas a la vez que caía sobre la paja el huevo. En las últimas décadas se mostró tremendamente pesimista y vaticinó que, de no poner freno a los combustibles fósiles y a la agricultura intensiva, nuestro planeta está condenado. Estos son nueve consejos vitales que ella recomienda: trabaja duro, busca el terreno común para entenderte con los demás, tener empatía, apoya a los hijos, no sentir miedo por cambiar de idea, convencerse de que todos podemos tener un impacto en el planeta con nuestras acciones, ser fiel a uno mismo, todo sucede por una razón y si te sientes impotente, haz algo. Larry recibió la noticia de mano de uno de sus profesores con quien mantenía contacto a pesar de llevar años sin verse, un buen hombre comprometido con la vida. Durante el último curso de universidad trabajaron estrechamente y al finalizar algunos alumnos realizaron un viaje al Parque Nacional Gombe Stream, en Tanzania, donde la conocieron personalmente. Aquello supuso una experiencia fantástica para el joven veterinario cuyo destino le colocó en el pequeño pueblo de Big Timber, en Montana.

domingo, 30 de noviembre de 2025

En peligro de extinción

5.

1936, 18 de agosto, Santa Mónica, California, Martha Hart, ama de casa, dio a luz a un precioso niño rubio, de ojos azules, tímido, mirada serena y caminar templado, convirtiéndose con los años en un magnífico actor de la gran pantalla que huyó siempre del circo montado alrededor de Hollywood. Defensor y promotor de nuevos talentos fundó junto a uno de sus hijos, el Festival de Cine de Sundance –nombre del personaje que interpretó en Dos hombres y un destino–, proporcionando un espacio a las producciones independientes norteamericanas e internacionales. Cabe destacar también el papel de activista comprometido con el medioambiente que mantuvo hasta el final de sus días y resto de causas consideradas, a su juicio, justas. Hoy, 89 años después, el mundo entero llora la muerte de Robert Redford, entre ellos, sus amigas y amigos, estrellas consagradas del celuloide que han destacado su extraordinaria calidad humana. Alguien expresó en algún lugar que murió discreto, en intimidad, igual que vivió, al margen de su trabajo. Corría el año 1975 y un muñeco con su cara ardió ahorcado tras oponerse a que hicieran una central eléctrica de carbón en el sur de Utah. Han sido varias las veces en las que ha defendido protestas en defensa de la naturaleza, como cuando dijo que “el petróleo debe quedar bajo la tierra, ya que estamos demasiado cerca de generar una contaminación en el planeta que supere el límite de lo sustentable”, en oposición a la construcción del oleoducto Keystone XL, que recorrería desde la cuenca sedimentaria del oeste de Canadá, en Alberta, hasta refinerías en Illinois y Texas, defendido por las mayorías republicanas en el Congreso a partir de 2015, obra que, finalmente, Joe Biden paró firmando una orden ejecutiva. Noticias de ese calado apenas llegaban a los pueblos pequeños del país, pero a Big Timber, mejor dicho, a los poquísimos vecinos demócratas y concienciados con las inclemencias provocadas por el hombre, sí llegó. En el comedor The Grand Hotel, Susan se sirvió huevos revueltos, frijoles rojos, puré de patata, salchichas, panecillos, jugo de naranja y café largo americano. Una mesa más allá la ocupaba otro huésped, empleado eventual en la gasolina, un motero asiduo a la ruta Going-to-the-Sun-Road, –Camino hacia el Sol–, esa bellísima carretera en las Montañas Rocosas del Oeste de Estados Unidos, en el Parque Nacional Glacier, en Montana, cuyo punto más alto está en el Paso Logan, a 6,646 pies. Sammy Britt era un espíritu libre, un explorador incansable que cuando reunía algo de dinero desempeñando cualquier tipo de trabajo, se lanzaba a recorrer sitios emblemáticos, característicos, observando la biodiversidad, los cambios bruscos de la tierra, la alteración de los colores, de las cosechas, de la salud de los ríos, del clima, de las lluvias torrenciales donde antes el terreno estuvo seco, de los monstruosos incendios desencadenando catástrofes en la naturaleza irrecuperable, huracanes, temperaturas extremas. En definitiva, una persona preocupada por todos los seres vivos y la conservación de los espacios habitables.
          –Hola –dijo mostrando su blanca sonrisa al pasar por delante de ella hacia el buffet para servirse más café.
          –¿Qué tal? Veo que te has equipado con el traje de cuero, ¿te vas? –preguntó Susan alzando la taza a modo de brindis y la vista de la prensa donde aparecía en portada una fotografía de la película “Todos los hombres del presidente”.
          –Salgo hacia Carolina del Sur, a la Semana de la Moto de Myrthe Beach –dijo entusiasmado–. Nos vamos quedando sin referentes –señaló a Robert Redford que aparecía junto a Dustin Hoftman, en la redacción The Washington Post.
          –Sí, además era alguien que daba visibilidad a aquello que, lamentablemente, se está destruyendo.
          –Estuve de viaje en el Parque Nacional de los Glaciares y me enteré de un dato desolador: a finales del siglo XXI habrán desaparecido todos.
          –Lamentable noticia, imagino que también aquellas especies que nacieron y se desarrollaron en dicho ecosistema.
          –Así es –dijo mientras comía con rapidez dos huevos fritos y varias lonchas de beicon.
          –Supongo que ya se notarán los cambios tanto en la fauna como en la flora, ¿no? –quiso saber Susan muy interesada.
          –Claro –respondió rápido–, por ejemplo, cada vez se ven menos mamíferos de la familia de los Pikas, dado que, a parte del deshielo, la invasión humana está acabando con la tundra, bellísima región sin árboles donde viven. La subida de la temperatura facilita que cierta flora invada espacios donde anteriormente había una espesa capa de hielo. Tan interesada como estás por el cambio climático, ¿por qué no vienes y compruebas tú misma el paisaje?
          –¡Ojalá pudiera! –exclamó–, pero en estos momentos un asunto de supervivencia me ata aquí.
          –A propósito de eso, en varias granjas se están muriendo todas las vacas, ¿corremos peligro?
          –No lo creo, quédate tranquilo –había que actuar ya, repitió para sí.
          –Hace años visité una ciudad fantasma, la leyenda cuenta que una marmota canadiense mordió a todos los animales y, estos a su vez, inocularon a los habitantes con un veneno mortal.
          –Bueno, es solo una leyenda. ¿Cuándo partes?
          –En el momento que termine esta taza de café.
          –¿Tendrías unos minutos? –preguntó mientras sacaba un mapa de la comarca.
          –Con mucho gusto. ¿Qué quieres?
          –Marca aquí las granjas donde has encontrado cadáveres.
          –Mira, la mayoría están a cincuenta millas a la redonda en dirección norte, yendo hacia el rancho de tu familia –Susan disimuló la preocupación.
          Días después de celebrar la boda, con toda la familia y Paul, el capataz, de viaje a la Feria Ganadera de Montana, celebrada en Great Falls, ciudad ubicada en el condado de Cascade, Susan volvió de noche al rancho Maxwell y, por supuesto también, al cobertizo. Los perros reconocieron su olor y fueron a lamer la mano donde llevaba algunas golosinas para ellos. Con el fin de despistarlos, entró al establo, los caballos descansaban en sus boxes, Charly, con infinito esfuerzo, se incorporó y asomó la cabeza por el suyo, ella pasó y se colocó a su lado, le besó y le ayudó a tumbarse sobre la cama de paja, cuya capa comprobó que estuviese intacta para absorber la orina. Permanecieron así largo rato, pareciéndoles eternos, conectando los corazones, dándose confianza y seguridad. Después, una vez a la intemperie de un cielo, casi sin estrellas, se dio cuenta de que apenas dos o tres luces encendidas en las cabañas de los jornaleros, era la única señal de actividad a esa hora, a parte del lejano aullido de los lobos, montaña abajo, buscando presas para hincarles el diente. Apagó la linterna y, como cuando era niña y jugaban a los exploradores buscando oro y atravesando con las alforjas cargadas el Cañón del Colorado, contó los pasos que separaban un alojamiento de otro. Utilizando el mismo método que uso acompañada de Larry, abrió el candado con una horquilla, la cerradura no estaba tan oxidada, empujó la puerta y prendió la linterna, olía a lejía, habían limpiado y desinfectado con esmero todas las superficies y, de haber tenido polvos como el grafito para detectar huellas, no habría hallado ni una.
          –Perdona la hora, Diane, pero necesito hablar con tu marido –dijo muy sofocada.
          –Te lo paso –y lo hizo de mal agrado porque tenía un sueño muy ligero y ya no podría conciliarlo.
          –¿Qué ocurre? –preguntó también molesto.
          –He vuelto al cobertizo y ahí no queda nada de lo que tú y yo vimos.
          –Esperemos que las muestras que cogí y envié a Ashley Burris nos aclaren algo.
          –Bueno, aún puedo hacer algo más.
          –No te metas en líos, vayamos paso por paso.
          –Sí, será mejor –mintió–. En fin, disculpadme, no tenía que haber llamado.
          –Hablamos mañana –cortó la comunicación. Larry encontró a Diane asomada a la ventana bebiendo un vaso de leche–. Siento que te haya despertado, cariño.
          –Qué va, ya llevaba un rato.
          –¿Preocupada por algo? –la rodeó con los brazos.
          –Me siento mal, como periodista tendría que cubrir el genocidio al pueblo palestino desde primera línea, y como activista, como ser humano, debería marcharme a Washington y manifestarme frente al Capitolio, pero hemos de llevar a las niñas a la universidad y como madre he de quedarme. –Larry, pensativo, tan solo la abrazó por detrás.
          –No siempre podemos estar donde queremos o nos gustaría.
          –Lo malo es que nos hemos acostumbrado a memorizar números y no muertos con nombre y apellidos, con un pasado, un presente, una biografía, más o menos, llena, aunque incompleta. Circulan imágenes de las calles alfombradas con cadáveres de niñas y niños, de adolescentes que jamás proyectarán el futuro soñado, de civiles inocentes sin perspectiva vagando por una patria en ruinas, gris, oprimida, destrozada. Como sociedad apenas hacemos nada, de momento notamos el pellizco en las entrañas, pero el dolor pasa rápidamente y volvemos a nuestras rutinas –expresó al borde de las lágrimas–. Todo terrible.
          –Tienes razón, estoy de acuerdo contigo –no sabía cómo consolarla.
          –Se celebra el segundo aniversario del 7 de octubre, cuando Hamás atentó contra Israel –dijo Diane.
          –Sí, pero todo viene de muy atrás, por ejemplo, en 1917 el gobierno británico, en la Declaración de Balfour, apoyó al pueblo judío para que se establecieran en la región Palestina –Larry quería seguir opinando, pero le faltaba preparación frente a ella.
          –Y las últimas declaraciones del presidente Trump perjudican e influyen mucho en personas sin criterio, ahora arremete contra la activista climática Greta Thunberg, tachándola de alborotadora al haber participado en la Flotilla Global Sumud, detenida por la Armada de Israel navegando rumbo a Gaza con ayuda humanitaria. A su llegada al aeropuerto de Atenas, comentó que el genocidio que se está cometiendo se retrasmite en tiempo real y que el sistema internacional ha traicionado a los palestinos. Diane, cuando las chicas no estén aquí, ve adonde tengas que ir, tu instinto ha funcionado siempre muy bien –ella se volvió y acomodó la cabeza sobre el hombro de él.
          –Quizá no me queden fuerzas –manifestó con la voz cortada.
          –Más de las que imaginas. –le sonrió.
          –¿Qué mundo les quedará a nuestras hijas? ¿Cuántas penurias habrán de vivir? ¿Cómo serán sus amaneceres? ¿Tendrán noche, comida, océanos? ¿Serán felices? –regresaron al dormitorio y se dejaron llevar por la pasión…
          Susan salió del cobertizo dejando el candado tal y como estaba. Los perros dormían esparcidos por el terreno. Caminó hasta la casa y estuvo tentada de huir de allí, sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de hallar algunas respuestas a las muchas dudas surgidas. Subió las escaleras de entrada muy despacio, avanzó a tientas y fue hasta el despacho de su padre donde prendió la lámpara pequeña. Memorizó dónde estaba cada cosa para dejarlo todo igual. Nerviosa, y con el oído muy atento por si despertaba a algún empleado, se sentó en la butaca del escritorio. Cogió la agenda y ojeó teléfonos, direcciones, citas acudidas y otras pendientes, nombres de productos, de proveedores, de clientes y, en una servilleta de bar encontró escrito lo siguiente: WSR.255, y otras anotaciones que no entendía, como cd 48, y As 33, 74,92 u., así que, hizo una foto con el celular para enviarle a Larry. Tenía una corazonada, pero necesitaba corroborarla. A punto de irse, estiró del tirador del cajón de la mesa, lo intentó una, dos, tres veces, imposible. Entonces, con la punta de un abrecartas, manipuló la cerradura hasta abrirse y, para sorpresa suya, estaba vacío. Palpó los costados por si hubiese una falsa madera, pero nada, lo cual todavía era mucho más raro, se miró la yema de los dedos, y tampoco recogieron motas de polvo. No obstante, al levantarse, tropezó con la papelera volcándola, aguardó unos minutos hasta ver que no despertó a nadie, la recogió del suelo y volvió a ponerla en su sitio, también estaba limpia, como si alguien esperase su visita. En el establo, Charly seguía durmiendo, su respiración era normal, aunque el vientre estaba hinchado.
          Ashley Burris se hallaba en el despacho del Animal Center Veterinary Hospital, redactando informes pendientes de concluir desde el regresó de Nueva York y Washington. Uno de los chicos del laboratorio trajo cafés para todos, la llevaron uno doble, a su gusto, sacó una bolsa con cierre también de plástico y, del interior, un donut bien azucarado, recordó que no había desayunado, ni echado de comer a los gatos callejeros que cada día aguardaban su llegada en el muelle del hospital. En esas estaba cuando recibió la visita de la agente del FBI, una mujer de anchas espaldas, pero con una sensibilidad exquisita. Se hicieron amigas después de que la forense sufriera amenazas del dueño de una mascota cuya autopsia destapó los maltratos y envenenamiento al que sometía al perro esquimal americano, una raza muy activa, amante de la nieve y del frío, aunque por sus problemas hereditarios de estructura ósea y articulaciones necesitaba atención especial. Tiene un perfil parecido al zorro au que de porte elegante. Asimismo, encontró que era un animal criptorquido. Es decir, que ninguno de los testículos descendió y por tanto no estaban en la bolsa escrotal. Entre las muchas características de su casta, requieren cepillado diario a la larga melena blanca, máxime en época que muda y secado exhaustivo después del baño para evitar complicaciones en la piel. Sin embargo, el pobre presentaba todo lo contrario. La muerte le sobrevino en la madrugada anterior al Día de Acción de Gracias, la forense estaba de guardia, le puso una inyección y dejó de sufrir, cuando apareció el dueño montó en cólera, la llamó asesina y pésima profesional al practicarle la autopsia sin su consentimiento. Sufrió amenazas, persecución e intimidación en su propio domicilio, le denunció en repetidas ocasiones, hasta que, una noche la esperó oculto en la oscuridad de donde salió para ponerla una navaja en el cuello, forcejearon, chilló y, para suerte suya, una patrulla de policía, que hacía la ronda, le detuvo. A partir de entonces, tras desarrollarse un desagradable proceso y una profunda investigación, cuyos frutos destaparon que el hombre era un matón a sueldo con numerosas acusaciones por delitos de sangre, robos con violencia y palizas a afroamericanos, le ponían siempre en libertad, sorprendentemente, hasta esa vez que, juntando la violación a una menor, se pudriría en la cárcel. Y, así fue como, al cabo de muchos meses, surgió la sincera amistad entre Ashley Burris y Bridget Witte.
          –Siéntate, por favor. He de pedirte algo extraoficial, si te ves muy comprometida me lo dices y no pasa nada.
          –Primero dime de qué se trata, ¿no? –hizo intento de encender un cigarrillo para se contuvo.
          –Necesito saber quién es Samuel W. Robert. Aparentemente corre el rumor de que en el garaje de su casa tiene un equipo clandestino con el que realiza experimentos.
          –Bueno, pero eso no es suficiente para investigarle, dame algo más contundente para indagar en la base de datos oficial.
          –Un amigo veterinario y la hija de un ranchero creen que está detrás de las muertes del ganado vacuno de la zona o al menos implicado.
          –¿Y tú qué opinas? –quiso saber la agente federal.
          –Yo solo me fundamento en datos, mientras estos no sean visibles, me mantengo en silencio, ya lo sabes.
          –¿Y respecto a las muertes tampoco dices nada? –miró la hora.
          –¿Tienes prisa? –preguntó Ashley violenta por Bridget.
          –No, pensaba invitarte a almorzar, ¿qué me dices?
          –Pues que sí –para no llamar la atención se fueron en el automóvil de la veterinaria.
          –¿Has estado en Benny’s Bistro? –preguntó mientras barajaba mentalmente otros sitios.
          –¡Qué va!, de casa al trabajo y viceversa, no me dan de sí los días.
          –Es un pequeño restaurante en el centro de Helena, muy sencillo y sano puesto que todos los productos vienen directos de la granja a la mesa –contaba Bridge–. Las verduras están recién cortadas de la huerta, muy frescas y, tanto las aves como la carne roja, son de alta calidad. A mí me gustan mucho las alas de pollo a la brasa sobre rodajas de calabacín, zanahoria, trozos de pimiento verde, todo a la parrilla, y tira de beicon, te lo recomiendo.
          –Se me hace ya la boca agua –hacía tanto que no se daba un homenaje almorzando que sintió un hambre feroz. La gran avenida E 6th Ave, donde se ubicaba el local, era una recta sin tráfico en ese momento, y el trayecto de apenas 7 minutos, desde el hospital, por N Last Chance Gulch, una arteria despejada con gente dentro de las oficinas tomando un brunch ligero o en los parques de alrededor comiendo el sándwich hecho con las sobras de la cena. Según abandonaban la cercanía del Animal Center Veterinary Hospital, los espacios abiertos se iban estrechando poco a poco. A la altura del Casino la circulación se intensificó, las aceras estaban vacías de peatones, al contrario que en la puerta del edificio que albergaba Wells Fargo, el segundo mayor banco en depósitos, tarjetas de crédito y servicios hipotecarios, de donde salía un grupo numerosísimo de coreanos. Llegando al destino, estacionó el auto junto a otras camionetas.
          –¿Cerveza? –preguntó la agente.
          –Sí, por favor –respondió.
          –Y, ahora, mientras nos sirven, habla –Ashley dejó la mochila colgada en el respaldo de la silla y sacó el celular porque estaba obligada a estar siempre localizable.
          –Como dije, mi colega y la chica recogieron muestras que yo analicé, encontrando restos de cadmio y de arsénico, pero lo que más preocupada me tiene es que en el tejido de placenta de una vaca descubrí sustancias de insecticidas no identificables, pese a haberlo contrastado con toda la documentación a mi alcance.
          –Y por eso sueltas el nombre de Samuel W. Robert, ¿verdad? –Ashley asintió.
          –A lo mejor nada tiene que ver en el asunto, pero es significativo que con los rancheros y granjeros que mantiene contacto, las reses muertas vayan en aumento, ¿no crees?, aunque también es cierto que ganado muerto en extrañas circunstancias empieza a haber en toda la comarca –reflexionaba muy pensativa.
          –¿Y no puede deberse a una casualidad y solo que el tipo está allí de manera ocasional? –como profesional no podía dar hipótesis por hechos. Disfrutaron de una sobremesa distendida–. Veré qué puedo hacer. –Desde el ventanal se divisaba la montaña preparándose para recibir su manto de nieve, y a un bebé, empujado en el cochecito por el papá, chupándose el dedo gordo del pie. Transcurrieron más de dos horas de conversación hasta que el sonido del teléfono las interrumpió. Solicitaban la presencia del agente del FBI Bridge Witte, se había producido un tiroteo en un bar de Augusta, una pequeña población, en el condado de Lewis and Clark, con varios muertos y heridos…