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domingo, 2 de noviembre de 2014

El engaño


Por un momento se dibuja de forma nítida la palabra nosotros.
La intimidad compartida tiene que ver con palabras bien elegidas,
historias puestas en común y recuerdos que nos hacen coincidir
en una experiencia del tiempo.
Luis García Montero.

Las mesas estaban colocadas de tal manera que los invitados pudieran ver con facilidad la tribuna. Ernesto Martínez Domínguez había pasado los últimos cuarenta años de su vida trabajando para una gran compañía de seguros, de la que hoy se despedía en una fiesta organizada por la junta directiva. Al jubilarse dejaba no solo una vacante en el cargo de Mánager de Dirección Comercial, sino también una huella profunda entre los compañeros que tanto le estimaban. Al acto de despedida asistieron familiares y amigos del homenajeado. Luciendo sus mejores galas fueron llegando todos poco a poco, excepto su secretario y mano derecha, retenido en mitad de un atasco en la A6 sentido Madrid. Silvia, nieta mayor de Ernesto, con grandes dotes para la fotografía ya desde niña, se situó en el lado izquierdo de la sala, porque decía que desde allí tenía mejor perspectiva. Pero el motivo era otro distinto: no le apetecía sentarse con los suyos después de la bronca monumental que habían tenido el día anterior, cuando soltó de pronto que pensaba irse por un año a estudiar a Londres. Así que decidió compartir mantel con cinco desconocidos que eligió al azar, lo cual también guardaba su parte de morbo, porque si ponían a parir al abuelo…
El primero de los platos de la noche consistía en un cóctel de marisco en piña, regado con un exquisito caldo blanco, de Rueda. Las muestras de aprecio, halago y agradecimiento se sucedían a cada momento en un ir y venir de comensales que apenas dejaban que se llevara el tenedor a la boca. Su mujer, de genética amargada, mohína, seca y tiesa como un palo, había pasado sin su apoyo los sufrimientos que la vida le trajo: las enfermedades de los niños, sus días malos de escuela, la rebeldía de la adolescencia, las locuras de juventud y la triste carencia de no tener un marido a su lado. Por eso, ahora que todos esperaban que se consolidara realmente su relación, ella pensaba con ironía y algo de regocijo en la cara que se les iba a quedar cuando vieran la sorpresa que tenía preparada… La nieta la observaba a distancia sin perder detalle. En el fondo sentía pena porque, en su opinión, la abuela llevaba una existencia hueca, fundamentada en la convivencia construida a partir de fantasías o sostenida con vulnerables tabiques de plastilina. Aunque quizá la subestimaba. Pero esto daría para otra historia distinta. Sacó la cámara en contadas ocasiones para fotografiar las manos del abuelo, inmortalizar al camarero pendiente de rellenar las copas o captar a contraluz el perfil de su hermano pequeño con la nariz más perfecta que jamás había visto.
A pesar de tener delante un pescado a la crema de cilantro y un postre a base de pastelitos de kiwi con frambuesa, se le quitó el apetito de repente, sintiéndose un extraño entre conocidos. El presidente de la compañía tomó la palabra desmadejando los objetivos alcanzados por la empresa en las últimas décadas. Ernesto buscaba con los ojos la complicidad de la nieta para que lo sacara de allí lo antes posible. Silvia era tan parecida a él en el carácter que se compenetraban enseguida. Tan independiente, segura de sí misma y con idéntica capacidad de decisión a la suya. Tenía más complicidad con ella que con la mujer que había permanecido a su lado desde los catorce años y que hoy, en el centro de aquella mesa presidencia, se mantenía sentada e indiferente. A continuación estaban los tres hijos, con las respectivas nueras, y uno de los nietos, embebecido jugando a saber qué cosa en el teléfono de su madre. En lo que tarda en ocultarse el sol entre las nubes, la vida de Ernesto pasó por delante de su frente con un balance a su juicio más bien egoísta. Volcado de lleno en el trabajo descuidó las preocupaciones de los suyos, los laberintos que atravesaron para alcanzar la posición de ahora, los miedos e incertidumbres que en época de zozobra les agazaparon. Se mantuvo al margen convencido de que con proporcionar estabilidad económica el asunto estaba resuelto, pero las cosas del cariño y del corazón no están en esa misma coordenada.
El último en intervenir era él. Llevaba escritas unas pocas líneas que resumían el largo paso por la empresa donde empezó desde abajo, vendiendo seguros de puerta en puerta, insuflando la cartera de clientes que daban por perdida y llegando hasta donde sabemos a cambio de haber entregado sus mejores años. Le tentaba la posibilidad de salir huyendo, dejarles pagadas unas copas como ayuda para olvidarse de la fiesta y pactar con el destino cinco añitos más de trabajo en activo. Pero el estallido de un aplauso rompió en dos la cáscara de sus pensamientos. Al retirar hacia atrás la silla dejó colgada en el respaldo la pereza que trajo puesta. Subió a la tribuna, levantó el micrófono a su altura, se aclaró la garganta, movió los folios de un lado para otro, volvió a doblarlos en cuatro veces y sostuvo el suspense unos segundos hasta que al fin dijo: Me ha sugerido mi nieta que me deje llevar.
Habló con sencillez y con brevedad a los compañeros, porque sin su apoyo dijo que habría sido imposible sacar el trabajo adelante, a los amigos, por haberle aguantado tantos desahogos, y, por supuesto, a su familia, por la paciencia y la delicadeza de no hacerle nunca reproches. Silvia escuchaba emocionada al abuelo. Reconocía muy bien la ternura con la que hablaba, la misma que usaba cuando le decía cosas de la abuela y de aquellas ganas locas que tenía de abrazar y no se atrevía a hacer por miedo al rechazo. Presintió la congoja que le invadía y preparó la cámara para hacer el quite. Ernesto habría querido encontrar en esos momentos el apoyo de su mujer, pero imaginó que estaba acostumbrada a mantenerse dentro del escepticismo…
Cuando el secretario llegó al evento todo sofocado, solo quedaban el abuelo y la nieta. Estaban abatidos porque, delante de todos, la mujer le hizo el desplante de marcharse con un caballero al que aparentemente nadie conocía. Vestido de esmoquin, muy elegante, fue a ella llamándola por su nombre. Ésta se levantó y según iba a su encuentro, con el rostro lleno de felicidad hasta ahora nunca visto, se cogió de su brazo y sin rencores ni reproches le dijo adiós a Ernesto. Una de las nueras que sabía la verdadera historia de la suegra, la doble vida que llevaba manteniendo durante veinte años relaciones con aquel hombre, ejerció de portavoz suyo comunicando que la abuela empezaba una nueva etapa junto a la persona de la que estaba enamorada.
Dos semanas después, por ver si el abuelo se reponía un poco del golpe recibido, Silvia se lo llevó a pasar unos días de descanso al norte, eligiendo una bellísima joya de la costa occidental asturiana, el puerto marinero de Viavélez. Acostumbrado a levantarse muy temprano, mientras la nieta dormía hasta bien entrada la mañana, Ernesto caminaba pensativo por el espigón y el faro, escuchando además del mar sus propias voces de dentro. No tenía argumento alguno para culpar a su mujer; al revés, tenía la sensación de haberlo estropeado todo, de haberse equivocado siempre y de no haber sabido priorizar. Sin embargo, delante de aquel rompeolas que le proporcionaba una paz inmensa, supo que debía emplearse a fondo en su nueva meta: conquistar el cariño de sus hijos y mantener vivo en ellos el recuerdo de su madre. Sin culpables. Sin vencedores ni vencidos. Solamente, apostando por vivir.