domingo, 12 de abril de 2026

En peligro de extinción

13.

A las 4:45 p.m., el avión del Ejército de los Estados Unidos aterrizaba en el Aeropuerto Internacional de Great Falls, procedente de Palestina, con los restos mortales de Diane Erickson, acompañada por su esposo. En tierra, aguardaban las dos hijas del matrimonio y, junto a ellas, Susan Maxwell y Ashley Burris, grandes amigas de Larry, quien abrazó a las niñas destrozado, arropados los tres por ambas mujeres. Días atrás, en el momento en que sonó el teléfono de madrugada en casa del veterinario y, al levantarse para contestar, se lastimó el dedo gordo del pie derecho, supo que la espada de Damocles, afilada por acontecimientos emocionales y burocráticos, pendía sobre su cabeza a punto de partirla en dos. Habían matado a su mujer y sospechaba que el Gobierno estadounidense no levantaría el culo del asiento para investigar los hechos, ni colaborar en la captura de los presuntos asesinos. Se limitaron a llevarle hasta Jerusalén para reconocer el cuerpo. A partir de ahí, quedó en manos de reporteros de guerra, freelance, periodistas gráficos y cámaras de televisión que se juegan la vida mostrando al mundo la barbarie que conlleva todo conflicto armado, reivindicar, denunciar y luchar para que no quede en el olvido la memoria de los compañeros fallecidos en combate.
          –¿Larry, por qué no os venís conmigo una temporada a Helena? La casa es grande y yo apenas paro en ella, estaría casi toda vuestra disposición –ofreció la forense.
          –Gracias, pero nuestro sitio está aquí, debemos aprender a vivir sin Diane entre sus cosas, recoger su forma de vida saludable, sencilla y pensar siempre en el colectivo y jamás hacia adentro –vocalizaba cada palabra desde el cariño, sin dejar de acariciar los cabellos de las chicas, cuya cara escondían bajo el hombro del padre.
          –En la nevera os he dejado comida para varios días –indicó Susan–. Solo hay que calentarla –ambas mujeres entendieron que debían apartarse para que la familia pasase el duelo en solitario. Sin embargo, antes había que hacer la ceremonia de despedida.
          –He de organizar el entierro ecológico, en el Mountain View Cemetery, tal y como ella quería, en un ataúd biodegradable y buscar piedras nativas para marcar la tumba –dijo, sin dejar de consolar a las hijas.
          –Nosotras nos encargaremos de recibir a la gente que vaya al velatorio y de distribuir un poco el buffet con los platos que traiga cada uno –Ashley habló por las dos.
          –La más indicada para dirigir la ceremonia laica, eres tú, Susan. Sin duda os unía la pasión por la Naturaleza y el respeto al Planeta, la lucha por el medioambiente y por todas aquellas cosas que, apasionadamente, llenaban la sobremesa hasta las tantas de la madrugada –la generosidad del veterinario era tan inmensa como la de ellas.
          –Eso me honra, aunque no sé si seré capaz de estar a la altura. –Una vez que las chicas y Ashley estuvieron acopladas en la camioneta conducida por Susan, aguardaron a Larry.
          –Esperadme, enseguida vuelvo. –Fue hacia el corrillo donde estaba el comandante encargado de la misión de traslado, al que agradeció, en todo momento, el apoyo psicológico y humanitario que le ofreció, despidiéndose ambos hombres con saludo militar y apretón de manos. Después, se ocupó también de que el cadáver de Diane estuviese en conservación hasta poder cumplir todos los deseos que su esposa manifestó siempre que hablaban de la muerte.
          –Vámonos –el padre y las hijas iban en el asiento trasero, las dos mujeres delante. Las 177 millas que separaban el Aeropuerto Internacional de Great Falls, de Big Timber, las hicieron en silencio, como transitando en una nube.
          Ashley Burris se hospedó en una preciosa habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, frente a la de Susan Maxwell y con vistas a la zona de aparcamiento, donde un homeless ubicado en la otra esquina saluda con la mano a todo el que pasa, mientras rebusca en las basuras el menú de cada día. En un principio no tenía planeado quedarse más de dos días, justo lo que durase el evento social, pero al ver bajar a Larry del avión y lo mal que estaban las niñas, decidió prolongar la estancia algo más. Tras darse un baño relajante, ponerse ropa cómoda, responder a la videollamada del colega encargado del laboratorio en su ausencia y mirar las noticias por encima, bajó al comedor y, en una mesa, esperó a la anfitriona. Pasaron juntas la velada, recordando historias vividas con Diane, ayudándose de una botella de Brandy que vaciaban sin darse cuenta, hasta que, vencidas por el alcohol y el sueño, las sorprendió el amanecer todavía conversando.
          –Hay una plaza en Animal Center Veterinary Hospital, sería muy buena oportunidad para Larry, crecería muchísimo profesionalmente y las hijas, en la ciudad, tendrían mayores oportunidades de futuro. Además, si te soy sincera, le necesito para completar la plantilla de mi equipo –brindaron por ello, aunque suponían que no iba a aceptar.
          –Quizá ahora sería buen momento para alejarse, pero le costó mucho que el pueblo le acogiese como veterinario. Además, encaja muy bien con lo rural. No obstante, por intentarlo no pierdes nada –opinó Susan.
          –Me preocupa cómo afrontará la soledad el día que las hijas regresen a la universidad y lo vea todo muy vacío –con preocupación comentó Ashley.
          –Te aseguro que, conociéndole, ampliará las visitas a granjas y ranchos más alejados a los que apenas ha ido por falta de tiempo –dijo Susan.
          –Bueno, en eso quizá le ayude algo que traje conmigo. Y, en el supuesto caso de que no venga, colaboraremos en distintos proyectos online. Tú que los has tratado en la distancia corta, se llevaban bien, ¿verdad?
          –Eran una pareja muy libre. A veces, Diane se tiraba varios meses haciendo un reportaje en la otra punta del mundo y eso nunca afectó a la consolidada relación que existía entre ellos, en el reencuentro se mostraban igual de enamorados que el primer día –se emocionó Susan contándolo.
          –Espero que tenga la fuerza suficiente de salir adelante, él y las hijas –expresó Ashley con los ojos enrojecidos y medio entornados.
          –Seguro que sí. –A lo lejos, el rugido de un tren de mercancías chirriando las ruedas en las vías, la mezcla de varias bocinas y el sonido de la campana anunciando que quedaba poco para la próxima estación, irrumpió de lleno en el vecindario.
          –Cambiando de tema: ¿puedo hacerte una pregunta? –antes de decirlo, vaciló.
          –Claro, las que quieras –desvió la vista hacia la ventana.
          –¿Habéis hecho algo respecto a la contaminación que sufre el ganado? –Observó el gesto torcido de Susan escuchándola y eligiendo una respuesta convincente.
          –¿Hasta dónde sabes? –Ashley Burris temió haber sido indiscreta. No obstante, contó lo que sabía–. Veo que, más allá de los datos técnicos y médicos, conste que me alegra mucho, tienes conocimiento de la difícil situación en la que me hallo. ¿Es mi padre un mafioso delincuente que está poniendo en peligro la vida de nuestro pueblo, Big Timber, de todo el condado y probablemente del Estado en general? ¿Tengo sentimientos encontrados destrozándome por dentro? Podría responder, pero tengo miedo de mí misma. Esta pelea la inicié para destapar la trama y el negocio del consumo masivo de carne, del maltrato al medioambiente, de la especulación de la tierra y pienso llegar hasta el final, caiga quien caiga. –Se le entristeció la mirada. Ambas mujeres apuraron la última copa y, con la promesa de tenderse la mano en la medida de lo posible, la una a la otra, se fueron despejadas a sus dormitorios. Ashley redactó la propuesta de trabajo que le traía a Larry, y, en su defecto, la colaboración online. Susan anotó en un papel algunas anécdotas con Diane, mientras encontraba la manera de volver a la cabaña del pueblo de Garnet, donde estaban escondidos los bidones.
          Todavía faltaban algunas horas para el entierro de Diane Erickson, así que, Susan encendió la computadora y buscó en la bandeja de entrada, del correo electrónico, respuestas a los muchos e-mails enviados pidiendo consejo para saber qué hacer con el agua tóxica que tenían almacenada. Tras indagar en Google, seleccionó a Northern Plains Resource Council, organización que trabaja con granjeros y rancheros para proteger todos los recursos naturales contra el especulador, con sede en Billings, y cuyo objetivo principal es formar grupos sólidos en pequeñas comunidades, con uno o varios líderes que regulen el hacer de cada hacienda, unificando trabajo e ideas, conservando la calidad del aire y de la vida rural. En el extremo derecho, al final de la página web, había un número de teléfono, llamó y descubrió que, en el condado de Sweet Grass, adonde pertenece Big Timber, había gente asociada a ese movimiento. Sin embargo, lo urgente era encontrar la manera de vaciar la cabaña y para eso necesitaría la ayuda de Paul, el capataz. Llamaron a la puerta, era Ashley Burris para irse juntas.
          Tras un cambio a última hora, siéndole fiel a la voluntad de su esposa, Larry convocó a los asistentes a la ceremonia en el Parque nacional de Los Glaciares, adonde Diane iba a menudo. Accediendo por un camino empedrado, con las Montañas Rocosas como telón de fondo, los picos nevados, un desfiladero alfombrado de verde y el sol invernal dando de pleno en la pequeña esplanada elegida, Susan invitó a la gente a sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas. Era un entorno donde la Naturaleza crecía en libertad, salvaje, sin ningún orden establecido más que el de la propia sabiduría. Poco a poco fueron relajándose, adoptando un rictus sereno. Entonces pronunció unas bellas palabras de bienvenida, destacando lo contenta que estaría Diane de ver mezclada a tanta gente diversa hablando de la vida, de los miedos, de la falta de solidaridad, de lo que se puede y no se hace, de la pasividad a comprometerse con todas aquellas cosas que son justas por el bien común. Comentó también la educación y valores de principios transmitidos a las hijas; de la sensibilidad que ponía en cada trato con lo ajeno, de su empatía con el diferente, de la defensa a ultranza de la raza negra, maltratada, perseguida y asesinada por supremacistas actuales. Diane gestionaba todo con criterio, apoyada en la peculiar manera que tenía de reflexionar, argumentando posturas y, fundamentalmente, escuchando siempre a los demás. Uno a uno, surgiendo la sonrisa, los asistentes, contaron alguna anécdota vivida con ella. Colegas de profesión recordaron situaciones extremas vividas desde la trinchera, jugándose el pellejo con tal de sacar adelante crónicas e instantáneas que corroborasen el horror padecido por civiles inocentes. Llegado el turno de intervenir Larry, tragó saliva, rodeó con los brazos a las hijas, respiró hondo y agradeció a su compañera de vida haber tenido la oportunidad de transitar a su lado, aprendiendo lo maravilloso de despertar cada mañana llenando lo cotidiano de momentos especiales y entrañables que jamás olvidará. El acto lo cerraron activistas del cambio climático que viajaron expresamente desde distintos puntos del país, para darle el último adiós. Entonces, sobre la mesa improvisada en un banco de piedra, disfrutaron de la rica comida aportada por amigos y vecinos. Aún tardaría varias horas en entrar el crepúsculo vespertino, solo quedaba la camioneta de Susan y el Dodge Ram de Larry en la zona de aparcamiento. ¡Todos se habían ido!
          –Nosotros nos quedamos, queremos subir más arriba –les dijo el hombre a Susan y Ashley.
          –Claro, ya nos veremos –respondieron casi a la vez.
          –¿Regresas pronto a Helena? –quiso saber el veterinario.
          –Todavía estaré por aquí unos días –respondió la forense.
          –Me alegro –comentó el hombre todo compungido–, estos primeros días no quiero equivocar diagnósticos ni tratamientos, por lo que celebro que puedas acompañarme.
          –¡Cuenta con ello, amigo! Además, te traje un pequeño aparatito muy útil.
          –Estupendo. ¿El qué?
          –Un Wearables.
          –¿El dispositivo electrónico portátil? –por un segundo se le iluminó el rostro.
          –¡El mismo! –se alegró de haberlo comentado.
          –Pero aquí no tengo medios.
          –Tú por eso no te preocupes que lo tengo todo pensado. Además, es el de última generación. Ya lo verás, ahorrarás muchos quebraderos de cabeza, ya que, tanto los collares, arneses o sensores colocados en animales, son imprescindibles para monitorizar su salud.
          –Muchas gracias, Ashley –dijo emocionado.
          –¿Venís a cenar mañana a casa? –interrumpieron las niñas.
          –Sí, cariño –contestó Susan.
          –¿Hacemos el pastel de arándanos silvestres con la receta de mamá? –propusieron.
          –Perfecto.
          Cindy Blair, locutora del programa de radio nocturno adonde los oyentes compartían alegrías o temores, se ausentó del puesto de trabajo durante setenta y dos horas alegando motivos personales. Gracias a compañeros experimentados en localizar a gente, apenas les costó encontrar a la tía de la hondureña Lupita Castro, la menor que llamó de San Benito, Texas, adonde se ubica el centro de acogida a migrantes no acompañados. La tía de la joven, asesorada en todo momento por un abogado, amigo de la periodista, que se ofreció a tramitar la parte legal sin coste alguno, estaba emocionada, ya que, finalmente, podría hacerse cargo de la sobrina, como prometió a su hermana. Cindy corrió con todos los gastos, previo contrato firmado cuya única cláusula era el compromiso, por ambas partes, de mantener su nombre en el anonimato. Con gafa oscura, peluca, sin maquillar y ropa muy holgada, esperaba en el segundo automóvil la salida de su protegida.
          –¿Ha habido algún problema? –preguntó al letrado.
          –No, pero han tardado bastante hasta comprobar la autorización que me hiciste, el primer apellido no coincide.
          –Cierto, no me di cuenta. Uso el de soltera, es el mismo que aparece en el permiso de conducir, pasaporte y demás documentación, aunque Blair es el de casada, siempre mantuve el mío –aclaró Cindy–. Lo importante es que el bebé nacerá fuera de esta institución como quería la familia.
          –Bueno, no tan deprisa, ahora hay que hacer un seguimiento y cerciorarse de que la tía puede mantenerlos. He de realizar visitas mensuales e informar en cuanto surja cualquier anomalía, puesto que entonces volverán aquí, con o sin criatura –informó.
          –Haz lo que tengas que hacer, tú solo pásame la minuta y no te preocupes por más –arrancaron los automóviles y Lupita Castro nunca supo que su hada madrina, apareció la noche en que se decidió a contar la historia de su vida en antena.
          Susan Maxwell no pudo evitar que su padre y los herederos del negocio de Samuel W. Roberts, que antes fueron sus hombres de confianza, inyectasen el agua contaminada en pozos abandonados en los límites del rancho, pero lo suficiente cerca como para filtrarse en los acuíferos poniendo en peligro la vida de todos los habitantes. Cuando Paul, el capataz, duro de convencer para acompañarla, por mera lealtad al amo, abrió la puerta de la cabaña, en Garnet, no quedaba ni un solo bidón, se los habían llevado y limpiado toda huella. Llena de remordimientos, cólera interior, rabia, impotencia, mal humor y mucho disgusto, asumió haber perdido, sin embargo, la batalla acababa de empezar. Al recoger las cosas del rancho Maxwell, se cruzó con la mirada penetrante de su madre advirtiéndola de que no debería ir en contra de la familia, sino apoyarla en todo. Sin responderla, dio media vuelta y se alejó con la promesa de no volver jamás.
          La misión Artemis II llegaba a su fin. La NASA, había compartido con el mundo entero las espectaculares fotografías tomadas por los astronautas, donde mostraban lo nunca visto antes por el hombre desde la cara oculta de la Luna, apreciando el Mare Orientale, cuenca que conserva uno de los mayores cráteres de impacto lunar. Susan estaba embobada viéndolo en internet, cuando el camarero The Grand Hotel, la interrumpió.
          –¿Llegaremos a ver a nuestros compatriotas realizando vacaciones espaciales a otro planeta?
          –¡A saber! –respondió con desgana.
          –¿Se hablará allí en un futuro de cambio climático? –Susan no le escuchó, cogió el vaso de cerveza y salió a la calle, necesitaba respirar, desconectar y replegarse. Alzó los ojos al cielo y descansó las pupilas en la franja del infinito, se orientó hacia la costa oeste, calculando las coordenadas de San Diego, California, muy cerca de la frontera con México, adonde la nave espacial Orión, a las 8:07 p.m., hora local, amerizará en aguas del Pacífico, con los cuatro tripulantes de la misión: Reid Wiseman comandante, Christina Koch primera mujer que verá de cerca la Luna, Jeremy Hansen canadiense y el piloto Víctor Glover como la única persona negra, de momento, en viajar fuera de la Tierra. A partir de entonces las televisiones, la fama, los psicoterapeutas, la Inteligencia Artificial y los cazafortunas, los catapultarán hacia la historia de los ídolos, mientras que aquí, el presidente Trump, seguirá poniendo en peligro de extinción a la humanidad. La música country que llegaba del otro lado de la acera, del Timber Bar & Grill, un local fantástico para cenar con gente desenfadada, la devolvió al presente, donde la vida sigue deprisa, alborotada y el espacio transita sumido en el silencio de su hábitat.

4 comentarios:

  1. María Doloresabril 12, 2026

    La misión Artemis 2 ha conseguido que se hable menos de Palestina, total ya no importa.

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  2. Me quedo con la narración de Cindy.

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  3. Lástima que la NASA se quede con un 23% menos de presupuesto.
    Bellísima la despedida a Diane Erickson

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  4. Es triste despedir a personas comprometidas como Diane, pero nos quedamos con su ejemplo.
    Muy acertada la afirmación sobre Trump, cómo está poniendo a la humanidad en peligro de extinción. Una sociedad hipócrita, tanto interés en ver la cara oculta de la Luna y tenemos otras "caras" en la Tierra que las mantenemos ocultas, como Gaza, Ucrania y otras muchas realidades que están sufriendo las consecuencias de una sociedad corrupta y falta de escrúpulos y valores.
    Gracias por regalarnos un nuevo capítulo

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