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domingo, 12 de abril de 2026

En peligro de extinción

13.

A las 4:45 p.m., el avión del Ejército de los Estados Unidos aterrizaba en el Aeropuerto Internacional de Great Falls, procedente de Palestina, con los restos mortales de Diane Erickson, acompañada por su esposo. En tierra, aguardaban las dos hijas del matrimonio y, junto a ellas, Susan Maxwell y Ashley Burris, grandes amigas de Larry, quien abrazó a las niñas destrozado, arropados los tres por ambas mujeres. Días atrás, en el momento en que sonó el teléfono de madrugada en casa del veterinario y, al levantarse para contestar, se lastimó el dedo gordo del pie derecho, supo que la espada de Damocles, afilada por acontecimientos emocionales y burocráticos, pendía sobre su cabeza a punto de partirla en dos. Habían matado a su mujer y sospechaba que el Gobierno estadounidense no levantaría el culo del asiento para investigar los hechos, ni colaborar en la captura de los presuntos asesinos. Se limitaron a llevarle hasta Jerusalén para reconocer el cuerpo. A partir de ahí, quedó en manos de reporteros de guerra, freelance, periodistas gráficos y cámaras de televisión que se juegan la vida mostrando al mundo la barbarie que conlleva todo conflicto armado, reivindicar, denunciar y luchar para que no quede en el olvido la memoria de los compañeros fallecidos en combate.
          –¿Larry, por qué no os venís conmigo una temporada a Helena? La casa es grande y yo apenas paro en ella, estaría casi toda vuestra disposición –ofreció la forense.
          –Gracias, pero nuestro sitio está aquí, debemos aprender a vivir sin Diane entre sus cosas, recoger su forma de vida saludable, sencilla y pensar siempre en el colectivo y jamás hacia adentro –vocalizaba cada palabra desde el cariño, sin dejar de acariciar los cabellos de las chicas, cuya cara escondían bajo el hombro del padre.
          –En la nevera os he dejado comida para varios días –indicó Susan–. Solo hay que calentarla –ambas mujeres entendieron que debían apartarse para que la familia pasase el duelo en solitario. Sin embargo, antes había que hacer la ceremonia de despedida.
          –He de organizar el entierro ecológico, en el Mountain View Cemetery, tal y como ella quería, en un ataúd biodegradable y buscar piedras nativas para marcar la tumba –dijo, sin dejar de consolar a las hijas.
          –Nosotras nos encargaremos de recibir a la gente que vaya al velatorio y de distribuir un poco el buffet con los platos que traiga cada uno –Ashley habló por las dos.
          –La más indicada para dirigir la ceremonia laica, eres tú, Susan. Sin duda os unía la pasión por la Naturaleza y el respeto al Planeta, la lucha por el medioambiente y por todas aquellas cosas que, apasionadamente, llenaban la sobremesa hasta las tantas de la madrugada –la generosidad del veterinario era tan inmensa como la de ellas.
          –Eso me honra, aunque no sé si seré capaz de estar a la altura. –Una vez que las chicas y Ashley estuvieron acopladas en la camioneta conducida por Susan, aguardaron a Larry.
          –Esperadme, enseguida vuelvo. –Fue hacia el corrillo donde estaba el comandante encargado de la misión de traslado, al que agradeció, en todo momento, el apoyo psicológico y humanitario que le ofreció, despidiéndose ambos hombres con saludo militar y apretón de manos. Después, se ocupó también de que el cadáver de Diane estuviese en conservación hasta poder cumplir todos los deseos que su esposa manifestó siempre que hablaban de la muerte.
          –Vámonos –el padre y las hijas iban en el asiento trasero, las dos mujeres delante. Las 177 millas que separaban el Aeropuerto Internacional de Great Falls, de Big Timber, las hicieron en silencio, como transitando en una nube.
          Ashley Burris se hospedó en una preciosa habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, frente a la de Susan Maxwell y con vistas a la zona de aparcamiento, donde un homeless ubicado en la otra esquina saluda con la mano a todo el que pasa, mientras rebusca en las basuras el menú de cada día. En un principio no tenía planeado quedarse más de dos días, justo lo que durase el evento social, pero al ver bajar a Larry del avión y lo mal que estaban las niñas, decidió prolongar la estancia algo más. Tras darse un baño relajante, ponerse ropa cómoda, responder a la videollamada del colega encargado del laboratorio en su ausencia y mirar las noticias por encima, bajó al comedor y, en una mesa, esperó a la anfitriona. Pasaron juntas la velada, recordando historias vividas con Diane, ayudándose de una botella de Brandy que vaciaban sin darse cuenta, hasta que, vencidas por el alcohol y el sueño, las sorprendió el amanecer todavía conversando.
          –Hay una plaza en Animal Center Veterinary Hospital, sería muy buena oportunidad para Larry, crecería muchísimo profesionalmente y las hijas, en la ciudad, tendrían mayores oportunidades de futuro. Además, si te soy sincera, le necesito para completar la plantilla de mi equipo –brindaron por ello, aunque suponían que no iba a aceptar.
          –Quizá ahora sería buen momento para alejarse, pero le costó mucho que el pueblo le acogiese como veterinario. Además, encaja muy bien con lo rural. No obstante, por intentarlo no pierdes nada –opinó Susan.
          –Me preocupa cómo afrontará la soledad el día que las hijas regresen a la universidad y lo vea todo muy vacío –con preocupación comentó Ashley.
          –Te aseguro que, conociéndole, ampliará las visitas a granjas y ranchos más alejados a los que apenas ha ido por falta de tiempo –dijo Susan.
          –Bueno, en eso quizá le ayude algo que traje conmigo. Y, en el supuesto caso de que no venga, colaboraremos en distintos proyectos online. Tú que los has tratado en la distancia corta, se llevaban bien, ¿verdad?
          –Eran una pareja muy libre. A veces, Diane se tiraba varios meses haciendo un reportaje en la otra punta del mundo y eso nunca afectó a la consolidada relación que existía entre ellos, en el reencuentro se mostraban igual de enamorados que el primer día –se emocionó Susan contándolo.
          –Espero que tenga la fuerza suficiente de salir adelante, él y las hijas –expresó Ashley con los ojos enrojecidos y medio entornados.
          –Seguro que sí. –A lo lejos, el rugido de un tren de mercancías chirriando las ruedas en las vías, la mezcla de varias bocinas y el sonido de la campana anunciando que quedaba poco para la próxima estación, irrumpió de lleno en el vecindario.
          –Cambiando de tema: ¿puedo hacerte una pregunta? –antes de decirlo, vaciló.
          –Claro, las que quieras –desvió la vista hacia la ventana.
          –¿Habéis hecho algo respecto a la contaminación que sufre el ganado? –Observó el gesto torcido de Susan escuchándola y eligiendo una respuesta convincente.
          –¿Hasta dónde sabes? –Ashley Burris temió haber sido indiscreta. No obstante, contó lo que sabía–. Veo que, más allá de los datos técnicos y médicos, conste que me alegra mucho, tienes conocimiento de la difícil situación en la que me hallo. ¿Es mi padre un mafioso delincuente que está poniendo en peligro la vida de nuestro pueblo, Big Timber, de todo el condado y probablemente del Estado en general? ¿Tengo sentimientos encontrados destrozándome por dentro? Podría responder, pero tengo miedo de mí misma. Esta pelea la inicié para destapar la trama y el negocio del consumo masivo de carne, del maltrato al medioambiente, de la especulación de la tierra y pienso llegar hasta el final, caiga quien caiga. –Se le entristeció la mirada. Ambas mujeres apuraron la última copa y, con la promesa de tenderse la mano en la medida de lo posible, la una a la otra, se fueron despejadas a sus dormitorios. Ashley redactó la propuesta de trabajo que le traía a Larry, y, en su defecto, la colaboración online. Susan anotó en un papel algunas anécdotas con Diane, mientras encontraba la manera de volver a la cabaña del pueblo de Garnet, donde estaban escondidos los bidones.
          Todavía faltaban algunas horas para el entierro de Diane Erickson, así que, Susan encendió la computadora y buscó en la bandeja de entrada, del correo electrónico, respuestas a los muchos e-mails enviados pidiendo consejo para saber qué hacer con el agua tóxica que tenían almacenada. Tras indagar en Google, seleccionó a Northern Plains Resource Council, organización que trabaja con granjeros y rancheros para proteger todos los recursos naturales contra el especulador, con sede en Billings, y cuyo objetivo principal es formar grupos sólidos en pequeñas comunidades, con uno o varios líderes que regulen el hacer de cada hacienda, unificando trabajo e ideas, conservando la calidad del aire y de la vida rural. En el extremo derecho, al final de la página web, había un número de teléfono, llamó y descubrió que, en el condado de Sweet Grass, adonde pertenece Big Timber, había gente asociada a ese movimiento. Sin embargo, lo urgente era encontrar la manera de vaciar la cabaña y para eso necesitaría la ayuda de Paul, el capataz. Llamaron a la puerta, era Ashley Burris para irse juntas.
          Tras un cambio a última hora, siéndole fiel a la voluntad de su esposa, Larry convocó a los asistentes a la ceremonia en el Parque nacional de Los Glaciares, adonde Diane iba a menudo. Accediendo por un camino empedrado, con las Montañas Rocosas como telón de fondo, los picos nevados, un desfiladero alfombrado de verde y el sol invernal dando de pleno en la pequeña esplanada elegida, Susan invitó a la gente a sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas. Era un entorno donde la Naturaleza crecía en libertad, salvaje, sin ningún orden establecido más que el de la propia sabiduría. Poco a poco fueron relajándose, adoptando un rictus sereno. Entonces pronunció unas bellas palabras de bienvenida, destacando lo contenta que estaría Diane de ver mezclada a tanta gente diversa hablando de la vida, de los miedos, de la falta de solidaridad, de lo que se puede y no se hace, de la pasividad a comprometerse con todas aquellas cosas que son justas por el bien común. Comentó también la educación y valores de principios transmitidos a las hijas; de la sensibilidad que ponía en cada trato con lo ajeno, de su empatía con el diferente, de la defensa a ultranza de la raza negra, maltratada, perseguida y asesinada por supremacistas actuales. Diane gestionaba todo con criterio, apoyada en la peculiar manera que tenía de reflexionar, argumentando posturas y, fundamentalmente, escuchando siempre a los demás. Uno a uno, surgiendo la sonrisa, los asistentes, contaron alguna anécdota vivida con ella. Colegas de profesión recordaron situaciones extremas vividas desde la trinchera, jugándose el pellejo con tal de sacar adelante crónicas e instantáneas que corroborasen el horror padecido por civiles inocentes. Llegado el turno de intervenir Larry, tragó saliva, rodeó con los brazos a las hijas, respiró hondo y agradeció a su compañera de vida haber tenido la oportunidad de transitar a su lado, aprendiendo lo maravilloso de despertar cada mañana llenando lo cotidiano de momentos especiales y entrañables que jamás olvidará. El acto lo cerraron activistas del cambio climático que viajaron expresamente desde distintos puntos del país, para darle el último adiós. Entonces, sobre la mesa improvisada en un banco de piedra, disfrutaron de la rica comida aportada por amigos y vecinos. Aún tardaría varias horas en entrar el crepúsculo vespertino, solo quedaba la camioneta de Susan y el Dodge Ram de Larry en la zona de aparcamiento. ¡Todos se habían ido!
          –Nosotros nos quedamos, queremos subir más arriba –les dijo el hombre a Susan y Ashley.
          –Claro, ya nos veremos –respondieron casi a la vez.
          –¿Regresas pronto a Helena? –quiso saber el veterinario.
          –Todavía estaré por aquí unos días –respondió la forense.
          –Me alegro –comentó el hombre todo compungido–, estos primeros días no quiero equivocar diagnósticos ni tratamientos, por lo que celebro que puedas acompañarme.
          –¡Cuenta con ello, amigo! Además, te traje un pequeño aparatito muy útil.
          –Estupendo. ¿El qué?
          –Un Wearables.
          –¿El dispositivo electrónico portátil? –por un segundo se le iluminó el rostro.
          –¡El mismo! –se alegró de haberlo comentado.
          –Pero aquí no tengo medios.
          –Tú por eso no te preocupes que lo tengo todo pensado. Además, es el de última generación. Ya lo verás, ahorrarás muchos quebraderos de cabeza, ya que, tanto los collares, arneses o sensores colocados en animales, son imprescindibles para monitorizar su salud.
          –Muchas gracias, Ashley –dijo emocionado.
          –¿Venís a cenar mañana a casa? –interrumpieron las niñas.
          –Sí, cariño –contestó Susan.
          –¿Hacemos el pastel de arándanos silvestres con la receta de mamá? –propusieron.
          –Perfecto.
          Cindy Blair, locutora del programa de radio nocturno adonde los oyentes compartían alegrías o temores, se ausentó del puesto de trabajo durante setenta y dos horas alegando motivos personales. Gracias a compañeros experimentados en localizar a gente, apenas les costó encontrar a la tía de la hondureña Lupita Castro, la menor que llamó de San Benito, Texas, adonde se ubica el centro de acogida a migrantes no acompañados. La tía de la joven, asesorada en todo momento por un abogado, amigo de la periodista, que se ofreció a tramitar la parte legal sin coste alguno, estaba emocionada, ya que, finalmente, podría hacerse cargo de la sobrina, como prometió a su hermana. Cindy corrió con todos los gastos, previo contrato firmado cuya única cláusula era el compromiso, por ambas partes, de mantener su nombre en el anonimato. Con gafa oscura, peluca, sin maquillar y ropa muy holgada, esperaba en el segundo automóvil la salida de su protegida.
          –¿Ha habido algún problema? –preguntó al letrado.
          –No, pero han tardado bastante hasta comprobar la autorización que me hiciste, el primer apellido no coincide.
          –Cierto, no me di cuenta. Uso el de soltera, es el mismo que aparece en el permiso de conducir, pasaporte y demás documentación, aunque Blair es el de casada, siempre mantuve el mío –aclaró Cindy–. Lo importante es que el bebé nacerá fuera de esta institución como quería la familia.
          –Bueno, no tan deprisa, ahora hay que hacer un seguimiento y cerciorarse de que la tía puede mantenerlos. He de realizar visitas mensuales e informar en cuanto surja cualquier anomalía, puesto que entonces volverán aquí, con o sin criatura –informó.
          –Haz lo que tengas que hacer, tú solo pásame la minuta y no te preocupes por más –arrancaron los automóviles y Lupita Castro nunca supo que su hada madrina, apareció la noche en que se decidió a contar la historia de su vida en antena.
          Susan Maxwell no pudo evitar que su padre y los herederos del negocio de Samuel W. Roberts, que antes fueron sus hombres de confianza, inyectasen el agua contaminada en pozos abandonados en los límites del rancho, pero lo suficiente cerca como para filtrarse en los acuíferos poniendo en peligro la vida de todos los habitantes. Cuando Paul, el capataz, duro de convencer para acompañarla, por mera lealtad al amo, abrió la puerta de la cabaña, en Garnet, no quedaba ni un solo bidón, se los habían llevado y limpiado toda huella. Llena de remordimientos, cólera interior, rabia, impotencia, mal humor y mucho disgusto, asumió haber perdido, sin embargo, la batalla acababa de empezar. Al recoger las cosas del rancho Maxwell, se cruzó con la mirada penetrante de su madre advirtiéndola de que no debería ir en contra de la familia, sino apoyarla en todo. Sin responderla, dio media vuelta y se alejó con la promesa de no volver jamás.
          La misión Artemis II llegaba a su fin. La NASA, había compartido con el mundo entero las espectaculares fotografías tomadas por los astronautas, donde mostraban lo nunca visto antes por el hombre desde la cara oculta de la Luna, apreciando el Mare Orientale, cuenca que conserva uno de los mayores cráteres de impacto lunar. Susan estaba embobada viéndolo en internet, cuando el camarero The Grand Hotel, la interrumpió.
          –¿Llegaremos a ver a nuestros compatriotas realizando vacaciones espaciales a otro planeta?
          –¡A saber! –respondió con desgana.
          –¿Se hablará allí en un futuro de cambio climático? –Susan no le escuchó, cogió el vaso de cerveza y salió a la calle, necesitaba respirar, desconectar y replegarse. Alzó los ojos al cielo y descansó las pupilas en la franja del infinito, se orientó hacia la costa oeste, calculando las coordenadas de San Diego, California, muy cerca de la frontera con México, adonde la nave espacial Orión, a las 8:07 p.m., hora local, amerizará en aguas del Pacífico, con los cuatro tripulantes de la misión: Reid Wiseman comandante, Christina Koch primera mujer que verá de cerca la Luna, Jeremy Hansen canadiense y el piloto Víctor Glover como la única persona negra, de momento, en viajar fuera de la Tierra. A partir de entonces las televisiones, la fama, los psicoterapeutas, la Inteligencia Artificial y los cazafortunas, los catapultarán hacia la historia de los ídolos, mientras que aquí, el presidente Trump, seguirá poniendo en peligro de extinción a la humanidad. La música country que llegaba del otro lado de la acera, del Timber Bar & Grill, un local fantástico para cenar con gente desenfadada, la devolvió al presente, donde la vida sigue deprisa, alborotada y el espacio transita sumido en el silencio de su hábitat.

domingo, 22 de marzo de 2026

En peligro de extinción

12.

El viaje de vuelta, padre e hija lo realizaron muy tensos. Habían tenido una fuerte discusión respecto a qué hacer con los bidones de agua tóxica encontrados en la cabaña, en el pueblo de Garnet, producto de la perforación de los pozos petroleros y de gas, cuyo destino era inyectarla otra vez bajo tierra, en un espacio neutral y nada sospechoso de estar vinculado con la industria petrolera, dentro del rancho Maxwell, que apenas nadie conocía.
          Meses atrás, Susan leyó un artículo en DeSmog, organización internacional de periodismo sobre cambio climático, donde alertaban del alto riesgo que se corría utilizando dicho método de inyección que, en consecuencia, contaminaría el agua potable por la filtración. Ello representaría un altísimo riesgo para la salud de los habitantes de la región y causaría mortalidad repentina en los animales al impregnarse los pastos donde comen. De manera que la chica puso el grito en el cielo.
          –¿Desde cuándo a nuestra familia le interesa el crudo? Pensé que solo éramos ganaderos y agricultores –dijo muy enfadada.
          –No tengo por qué contestar la pregunta, limítate a conducir con prudencia y ayudarme a borrar mi nombre de las empresas de Samuel W. Roberts, nada más. –Ella miró por el retrovisor y vio una ambulancia acercarse a toda velocidad y desviarse por un camino rural.
          –Papá, a ver si entiendes, en los contratos que hemos encontrado en la cabaña, el único nombre que figura es el tuyo, mucho me temo que tu socio no jugaba limpio –en el fondo, por primera vez, sintió lástima de aquel hombre vulnerable, traicionado, empequeñecido–. Dejemos los bidones de agua contaminada allí y que las autoridades los relacionen con él.
          –Imposible, la cabaña es mía, yo la compré, tenemos que deshacernos de ellos como te he dicho.
          –Conmigo no cuentes, no pienso ser partícipe de algo así. ¿Te has parado a pensar cuántas personas van a enfermar?
          –Lo hemos hecho en otros sitios sin problemas –siguieron en silencio, desconfiando el uno del otro, rescatando la irritación del pasado que tanto les separó y sintiendo que el muro entre ellos empezaba a levantarse otra vez. El padre se apeó de la camioneta y fue hacia los establos en busca de Paul, el capataz. Ella se marchó sin más.
          Larry Erickson, viajó a Helena a comprar medicinas para la diabetes, difíciles de conseguir en Big Timber. Aprovechó el viaje y visitó a la forense del Animal Center Veterinary Hospital, Ashley Burris, con quien intercambió revistas científicas, opiniones sobre controvertidos diagnósticos y conocer la adaptación de nuevas tecnologías, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda, líderes en telemedicina, algo de momento inalcanzable de poner en práctica en la rudimentaria clínica de Larry. Además, cuando anunció su llegada por teléfono, la forense dijo tener noticia de Diane, a través de un colega que tenía contactos con la Media Luna Roja Palestina. Facilitaron la descripción de la mujer y creyeron haberla visto vagar por las calles de Gaza. Sin embargo, advirtieron que es complicadísimo localizar allí a una persona que seguramente se mueva en la oscuridad de la noche y se refugie entre estructuras bombardeadas, en todo caso lo tendrían en cuenta. A pesar de las palabras de ánimo que recibió de la forense, el veterinario regresó al pueblo mucho más descorazonado y pesimista. Aunque no era día de paga, terminada la jornada, en The Timber Bar Cowboy City, algunos muchachos tomaban tragos de cerveza antes de la caída del sol. Larry, abriéndose paso entre ellos, encontró al granjero que le encargó las pastillas para su esposa, saldaron cuentas e intentó salir apresurado de aquel espeso ambiente de tabaco y halitosis, pero Susan Maxwell, desde un rincón de la barra, le llamó con la boca llena de ensalada.
          –¿Qué te trae por aquí? –preguntó la chica. Él se explicó.
          –¿Y tú, acostumbrándote al olor de carne a la brasa para tener contento a papá? –rieron, a pesar de que ambos estaban sin ánimo.
          –¡No seas malvado! Vayamos a una mesa, tengo algo que contarte –Cogió su comanda y echó a andar. El hombre asintió, pero la única que quedaba libre estaba junto a la mesa de billar donde el ruido de personas alrededor de los jugadores era infernal, así que, decidieron irse a casa del veterinario.
          –Siéntate ahí, voy a encender la chimenea –dijo Larry, mientras llevaba dos vasos y una botella de whisky en la mano. El crujido de la madera en el fuego los acompañó durante toda la jornada además del recuerdo de Diane, intensificado a través del aroma de las flores diminutas que traía de la montaña.
          –¿Tienes noticias? –preguntó Susan mientras tomaba asiento.
          –¡Qué va, ninguna! Este compás de espera es desconcertante –suspiró.
          –¿Has contactado con Reporteros sin Fronteras?
          –No, y debería de haberlo hecho, como también hablar con las niñas, sin embargo, no he tenido valor suficiente. –reprodujo lo que horas antes, en la ciudad de Helena, Ashley Burris le había contado.
          –Pues no debes demorarlo más, tienen derecho a saber lo que está pasando con su madre.
          –Sí, mañana iré a verlas a la universidad, ya lo tengo decidido. Y, ahora, dime qué ibas a contarme.
          –Estuve con mi padre en Garnet donde tiene una cabaña con su socio que, por cierto, ha muerto. Quería eliminar papeles que le comprometieran y mira por dónde encontró una sorpresita: bidones llenos de agua.
          –¿De agua? –preguntó extrañado.
          –Sí, resulta que han comprado muchos pozos en Texas y han extraído petróleo y gas bajo la técnica de fracking, que consiste en inyectar a gran presión cantidades de agua, arena y químicos para romper la roca y liberar hidrocarburos, pero luego, el agua que se revierte hasta que brota el crudo, hay que llevarla a otro lugar y bombearla a miles de metros de profundidad, se supone que por debajo de los acuíferos de agua potable.
          –Pero eso es altamente peligroso, porque con el tiempo se filtra –intervino Larry.
          –Verás, cogí una poca en este bote, a lo mejor sacas algo en claro, lo curioso es que ni huele ni está turbia.
          –Yo no tengo medios para hacer un análisis de laboratorio especializado y, si lo hiciéramos, encontraríamos radio, por eso su apariencia es cristalina, como recién salida del grifo. Ahora que recuerdo, hace varios meses, Diane escribió un artículo para una revista ambientalista –conectó la computadora y buscó la edición en Internet–. ¡Aquí está! Era la historia de unas mujeres que lucharon por sus vidas, conocidas como las “Chicas del Radio”. Estallada la Primera Guerra Mundial por todo Estados Unidos abrieron fábricas cuyas trabajadoras pintaban esferas de relojes con pintura brillante. Chupaban los pinceles para afilarlos, se decoraban los vestidos que después lucirían en los bailes, se perfilaban los dientes haciendo que su sonrisa fuese más atractiva y luminosa, todo sin saber que aquel producto era radiactivo. Inmediatamente fueron enfermando, sufrieron cáncer y necrosis ósea, se les caían los dientes y los huesos de la mandíbula se deshacían entre los dedos del dentista que no hallaba explicación alguna a aquello tan horroroso. Tuvieron una muerte dolorosísima y la lucha de las familias y denuncias de ellas ante la opinión pública, las llevaron hasta Harrison Martland, especialista en patología que 1925, demostró, gracias a una prueba, que el radio las había envenenado destruyendo sus cuerpos desde dentro. Intentaron desacreditar sus conclusiones, pero las propias chicas siguieron en la batalla para ayudar a las compañeras que aún trabajaban en ello. Dos años después, Raymond Berry, abogado, aceptó defenderlas y llevar el caso a los tribunales. Sin embargo, seguían muriendo, hasta que en 1938, una trabajadora moribunda demandó a la empresa, resolviéndose por completo.
          –Mira lo que dice ahí –intervino Susan–, que Marie Curie, descubridora del radio junto a su esposo, murió también por una anemia aplásica, enfermedad de la médula ósea, debido a la continua exposición a la radiación. Diane lo tiene todo bien documentado.
          –¿Ha entrado en contacto tu piel con el agua al extraer la muestra que traes? –preguntó preocupado.
          –Supongo que algo, sí. Claro, no obstante, lo hice muy rápido –quiso tranquilizarse así a sí misma.
          –Pero no podrás impedir el enterramiento de los bidones, no es ilegal.
          –Lo sé, aunque dentro del rancho no lo voy a permitir, aunque me cueste romper con la familia. –Dijo apenada.
          La conversación fluyó con momentos de mucho silencio, a la vez que el whisky de la botella acababa convirtiéndose en acidez de estómago. Las pequeñas llamas del fuego dibujaban sombras deformes en la chimenea. Afuera aullaban los lobos hambrientos de venganza y, poco a poco, el manto de la noche caía sobre el pueblo solitario, mientras que, a lo lejos, la música irlandesa de algún baile comarcal amenizaba la soledad de los jornaleros. Susan se quedó a dormir en su antigua habitación en The Grand Hotel, en McLeod St con 2nd Ave, donde preguntó por Sammy Britt, aquel motero observador de la biodiversidad, de los cambios bruscos de la tierra, de la alteración de los colores, las cosechas, la salud de los ríos, el clima, las lluvias torrenciales, en definitiva: un activista por la Naturaleza. El recepcionista le dijo que hacía bastantes meses que no pasaba por allí. En el dormitorio pasó los dedos por encima de sus objetos personales esos que tanto apreciaba. Encendió el transistor y sintonizó la emisora local donde la voz inconfundible de Cindy Blair, locutora que conducía un programa nocturno, cuyo estudio apestaba a tabaco y alcohol barato, daba paso a las llamadas de los oyentes que compartían historias inverosímiles y otras muy sencillas, por ejemplo, desde cómo hacer la mejor hamburguesa de carne de buey, hasta lavar las sábanas con jabones ecológicos. Tras un breve descanso dieron paso a otra llamada.
          –Hola. Buena noche —dijo sorbiendo un poco de café.
          –Hola Cindy –respondió la mujer.
          –¿Cómo te llamas? –preguntó casi atragantándose al beber.
          –Lupita Castro –contestó risueña.
          –¿De dónde eres? –imaginó que sudamericana por las continuas expresiones en spanglish y muy joven.
          –Soy hondureña –entonó orgullosa.
          –¿Desde dónde nos llamas? –poco a poco fue creando un ambiente de confianza.
          –Estoy en San Benito –dijo apenada.
          –¿En el centro de acogida a migrantes menores no acompañadas? –intuyó la deriva que tomaría la conversación.
          –Sí –se aclaró la garganta.
          –¿Quieres que hagamos un descanso y bebes agua?
          –¡No! –exclamó.
          –¿Cuántos años tienes? –parecía bastante joven.
          –Quince, pero en breve cumplo dieciséis –dijo sintiéndose ya mayor.
          –¿Y por qué estás en el centro? –debía conducirla hacia el desahogo.
          –Mi mamá me animó a cruzar la frontera donde una de sus hermanas me acogería hasta tener al bebé y encontrar un empleo. 
          –¿Y qué pasó?
          –Aparecieron los hombres malos y me detuvieron –comenzó a sollozar.
          –Tranquila, cariño, estamos aquí para escucharte. Cálmate, sabemos que estás muy nerviosa –encendió otro cigarrillo con la colilla del consumido en el cenicero.
          –Es que no quiero que nazca aquí mi bebé –a Cindy Blair se le partía el corazón.
          –¿Y el papá de la criatura? –la respiración de la chica se aceleró permaneciendo unos segundos callada.
          –No sé, en Honduras, supongo –transmitía miedo.
          –¿Por qué no vino contigo? –basada en la experiencia de tantos años en antena, el pensamiento de la locutora iba muy lejos.
          –No sé –esquivaba responder.
          –¿Nos lo quieres contar? –Lupita respiraba muy cerca del auricular del teléfono.
          –Mi abuelito –dijo hiposa.
          –¿Qué le ocurre, está malito? –puso los codos sobre la mesa.
          –No.
          –¿Entonces? –la chica rompió a llorar fuertemente.
          –Me da vergüenza –pudo decir.
          –Venga, cuéntamelo solo a mí, piensa que estamos solas tú y yo –hicieron una pausa para meter una cuña publicitaria y siguieron.
          –Pues que cuando todos dormían, se tumbaba conmigo en la cama –Cindy se revolvió en el asiento.
          –Continúa. –En ese momento supieron que un terremoto de magnitud 6 sacudía el este de Cuba.
          –Me tocaba “ahí”, diciendo que era mejor estrenarme la familia que no un extraño. Nunca entendí a qué se refería –estaba clara su inocencia.
          –¿Tu mamá lo supo? –la locutora tenía un nudo en la garganta.
          –No sé –esquivó la pregunta–. Una noche se subió encima y me hizo mucho daño. Al poco tiempo empezó a crecer mi barriga.
          –¿Está intentando tu tía sacarte del centro? –Cindy tenía ganas de chillar y sentía mucha indignación.
          –Tengo que colgar, otras chicas necesitan usar el teléfono. Gracias por escucharme. Buenas noches.
          –Espera Lupita, ¿nos llamas mañana?
          –No sé si podré. –Ese día Cindy Blair no concilió el sueño y se ausentó del programa setenta y dos horas, donde fue sustituida por otra compañera. Nadie supo qué hizo durante ese tiempo…
          Susan necesitaba agarrarse a algo muy sólido para impedir que su padre inyectase otra vez bajo tierra el agua del fracking. Navegando por Internet dio con una noticia muy interesante: A Sandra Steingraber, nacida en Illinois, siendo estudiante, la diagnosticaron cáncer de vejiga, como también padeció su tía, sin embargo, al ser adoptada, era del todo imposible que fuese hereditario. Eso la llevó a doctorarse en biología e investigar las posibles causas de tal coincidencia, llegando a la conclusión de que habían compartido un mismo espacio y bebido del mismo pozo contaminado. En el artículo hablaban de que la Alianza Mexicana contra el “fracturamiento hidráulico”, organizaban un foro en México donde asistirían personas muy preparadas en cuanto al activismo medioambiental y defensores de la tierra y la conservación de las rocas. Susan anotó en un papel que era más fácil explicar los daños que va a ocasionar en la salud el fracking, en lugares donde la industria aun no estaba en marcha, como era el caso de Big Timber, que en aquellos otros donde la economía giraba ya en torno al gas y el petróleo.
          –Paul, necesito que me ayudes –Susan le cogió por sorpresa.
          –Tú dirás –limpiaba la silla de montar con rabia, de un tiempo a esta parte, parecía eternamente enfadado.
          –Estamos en emergencia climática y papá quiere inyectar o enterrar agua contaminada en pozos muertos que hay cerca de aquí. Es peligrosísimo para la salud, ya que está demostrado que se filtra y contamina los acuíferos –le contó lo de los barriles ocultos en la cabaña en Garnet.
          –¡Y qué puedo hacer yo! –exclamó el capataz.
          –Voy a alquilar un remolque para llevarlos a otro lugar donde no haya población en muchas millas a la redonda y no podré hacerlo sola.
          –Pero…
          –Deja que termine, por favor. Ambos sabemos que, a papá, si una cosa le aporta beneficios, se salta todas las normas de seguridad sin importarle lo más mínimo que se queden en el camino: muertos o enfermos; da igual, seres humanos o animales, no respeta nada.
          –Mira, no estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho mandadas por el amo y tampoco me opuse, no sé por qué ahora he de traicionarle.
          –¿Quieres ver a los jornaleros, sus familias, a niños y niñas, ancianos y ancianas desarrollar un cáncer por culpa del líquido que sale por los grifos y tomamos a diario? –el capataz se quedó pensativo.
          –No, por supuesto que no. ¡Cuenta conmigo! ¿Cómo lo hacemos?
          –Dentro de unos días, te digo, mientras tanto estaremos atentos a cualquier movimiento que haga –En eso quedaron. Susan Maxwell intentaría asistir al foro en México donde quizá viera a Sandra Steingraber o alguien de su equipo y pedir asesoramiento.
          Diane Erickson llevaba semanas sin sentir el relajo de una buena ducha. Tenía el pelo pegado, las uñas renegridas y la suciedad de la ropa interior adherida a la ingle. Dormía poco, buscando rincones apartado por miedo a sufrir el robo de su único patrimonio: las botas. Los gusanos del hambre trepaban por las paredes del estómago comiéndola los jugos y la sed era tan insoportable que estaba tentaba a beberse sus propios orines, como leyó una vez que hacían los homeless. A determinadas horas, cuando los coches del ejército vigilaban las calles, simulaba revolver entre los escombros, como hacían los gazatíes, buscando sus pertenencias. Calculaba cada paso, cada recodo por donde se introducía, sin embargo, fue capturada por un grupo de mercenarios, violada, torturada y estrangulada. El cuerpo sin vida fue hallado por un equipo médico que se desplazaba a zona de combate.
          A las 3:38 a.m. sonó el teléfono fijo. Larry dio un salto de la cama y chocó con la cómoda, lastimándose el dedo gordo del pie derecho. No entendía bien a la persona que hablaba, pero sí que era de la oficina del sheriff del condado de Sweet Grass, para comunicarle que debía acudir lo antes posible, ya que la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén, adonde él había enviado tantas cartas denunciando la desaparición  de su esposa, se habían puesto en contacto con el Gobernador en Montana, al hallar un cuerpo que, por la descripción, podría ser el Diane Erickson.

domingo, 8 de marzo de 2026

En peligro de extinción

11.

Huellas profundas de osos grises sobre la nieve que cubría toda la ladera de las montañas, alertó a los habitantes de Big Timber obligándoles a montar guardia en cada punto vulnerable por donde se podrían colar. Paul capitaneó al primer grupo de hombres que, rifle en mano, velaron por la seguridad del rancho Maxwell; organizó también a las mujeres que debían estar atentas a cualquier movimiento extraño cerca de las cabañas donde dormían los hijos y las hijas, así como los más ancianos y ancianas de la finca. La nuera de uno de los vaqueros empeñada en ayudar como fuera, se dedicó a llenar termos de café y otros solo con leche. Su cabaña era una de las más alejadas, con lo mínimo que necesitan dos familias para vivir apretadas. De origen mexicano, concretamente de Baja California, emigraron a Montana buscando prosperidad y libertad para los suyos, en cambio encontraron una sociedad hermética, fría, aislada, conservadora y bastante reacia a abrirle las puertas a quienes vienen a quedarse, pero el buen trabajo y la fidelidad al amo, les proporcionó un empleo seguro, aunque remunerado muy por debajo del salario oficial. Las ráfagas de viento traían voces y gritos como del más allá y las ramas de los árboles que sacudían contra los postes de luz, creaban un ambiente de terror, exaltando también a los perros guardianes. Ella se echó una bolsa al hombro y salió a repartir a los muchachos, cuando regresaba, el potente foco de una linterna la deslumbró, a la vez que perdía el conocimiento con un pañuelo empapado en cloroformo, tapándola nariz y boca. Despuntando el amanecer, todo volvió a la normalidad, las primeras horas fueron de recuento de los posibles daños materiales y reses destrozadas con las tripas fuera, así que, nadie se percató de su llegada. El suegro, casi ciego, pero con un sexto sentido muy afilado, intuyó por la forma de caminar de la nuera y el olor a sangre, que traía las ropas rasgadas y el secreto bien guardado, por miedo a ser repudiada por el esposo, de haberla violado. Se cambió rápidamente y reanudó la faena cotidiana.
          –¿Abuelo qué hace levantado tan temprano? –dijo simplemente.
          –Cuidar la honra de esta casa.
          –Bébase esta taza de leche y échese un rato, yo le despierto para el almuerzo –las lágrimas, solapando el sudor, la ensuciaron la cara.
          Susan acompañó a su padre hasta la oficina del sheriff donde fue preguntado por su relación con Samuel W. Roberts. Algunos agentes, mascando chicle y aburridos del trabajo rutinario de oficina, tomaban declaración a cuatro jóvenes en estado de embriaguez que, habiéndose saltado el máximo de velocidad permitido, atropellaron a un lobo, lo cual hizo efecto llamada paseándose por el pueblo una camada de mamíferos carnívoros buscando venganza. En el despacho principal se desarrollaba una fortísima discusión, los gritos y blasfemias resonaban por todo el recinto como si se estuviese librando una siniestra batalla campal. Una mujer que también esperaba a alguien o ser atendida, fumaba un pitillo tras otro y tranquilizaba con caricias al hombre que se mordía las uñas. Acompañados por dos guardias los cuatro chavales emprendieron camino hacia los calabozos, y no por el siniestro del lobo, sino por la denuncia contra ellos por haber violado presuntamente a una adolescente seis días atrás. Al señor Maxwell se le acabó la paciencia y tocó en la puerta.
          –Un momento, por favor –dijo el jefe.
          –Bueno, ya está bien, que llevo aquí mucho rato y estoy muy ocupado.
          –No te impacientes, todos lo estamos y mira, en vez de estar con la familia, leyendo la Biblia, me tenéis resolviendo entuertos absurdos. ¡Siéntate! –señaló la silla– ¿Sabes para qué te hemos hecho venir? –preguntó sarcástico.
          –No, dímelo tú –contestó en el mismo tono. Parece mentira que se hablasen de ese modo cuando habían sido grandes amigos.
          –Han asesinado a Samuel W. Roberts, al que tú conocías bastante bien –dejó pasar unos minutos de silencio para observar la reacción del ranchero–. ¿Te contó que viajaba a Canadá?
          –No, no compartimos cosas personales, el único vínculo que teníamos eran algunos negocios, pero ninguno en el país vecino.
          –¿Sabías que tenía una hija? –preguntó el sheriff.
          –No, ni idea –era verdad.
          –¿Tampoco que lleva semanas en Tumbler Ridge donde estudia la chica? –querían pillarle en un renuncio.
          –Si no sabía que tenía una hija, cómo demonios iba a saber que estudiaba ahí –respondió irónico.
          –¿Estaba casado? –el objetivo era ponerle nervioso y que cometiese un fallo.
          –¡Qué sé yo! –Susan notó el nerviosismo de su padre ya que no hacía más que mirar el reloj.
          –¿Quién es su pareja? –el sheriff y sus chicos estaban disfrutando.
          –No lo sé –encendió la pipa que se había apagado.
          –¿Dónde vive? –el interrogatorio era asfixiante.
          –A ver si lo entiendes, coño: que no tenemos relación más allá de algunos tratos comerciales, nada más, yo le proporciono clientes y él me hace descuentos en los materiales que necesito. ¡Ya!
          –¿Cómo le conociste? –obviaban sus respuestas.
          –En The Timber Bar Cowboy City, adonde vamos todos normalmente –mintió, se conocieron en una fiesta ganadera.
          –¿Qué tipo de negocios tenéis? –sonó el teléfono y el ayudante salió a hablar desde otro sitio.
          –Oiga, está atosigando a mi padre, ya le ha dicho que la única relación es profesional. ¿Le acusan de algo? Porque de ser así, no diremos nada si no es en presencia de nuestro abogado –Susan se puso muy seria y el padre respiró.
          –No le acusamos de nada, solo queremos saber. ¿Se han enterado del tiroteo que ha habido en una escuela secundaria de Columbia Británica, al oeste de Canadá?
          –No –el señor Maxwell prestaba mucha atención.
          –Pues entre los heridos muy graves se encuentra la hija de Roberts. Él, al enterarse corrió al lugar de los hechos y, pistola en mano, disparó al presunto asesino, pero este se había suicidado segundos antes. Tras la confusión de quién habría sido el autor de la matanza, se escapó una bala impactando en la cabeza de Samuel, que murió en el acto. La Real Policía Montada de Canadá ha contactado con el Gobernador y su oficina con nosotros y, ya que no localizamos a ningún pariente que vaya a identificar el cadáver, he pensado que quizá tú podrías hacerlo.
          –¿Te has vuelto loco? ¡Ni hablar! –elevó el tono de indignación.
          –Bueno, eres la mejor opción –descolgó el auricular del teléfono, pero el señor Maxwell no estaba dispuesto a asumir tal responsabilidad.
          –Si hay una criatura, habrá una madre, ¿no? –preguntó Susan.
          –Evidente –contestó el ayudante del sheriff que había regresado.
          –Y, si la niña está gravemente herida, es lógico que la madre esté con ella en el hospital, ¿verdad?
          –Muy probable –continuó el agente.
          –Pues ahí tienen la clave: búsquenla –cogió los abrigos de la silla donde los habían dejado y sacó al padre casi a empujones y sin darles oportunidad a impedírselo–, ¡ah! Otra cosa, la próxima vez no vendremos si no es con orden judicial.
          El zumbido de los drones puso en alerta a Diane mientras deambula por las calles de Gaza, donde se mezclaban con ella, sin rumbo fijo, perros esqueléticos que como último alimento lamían las heridas de los amos convertidos en cuerpos mutilados, abandonados a la intemperie y cohabitando con ratas e infecciones mortales, escombros y cascotes cayendo en cuanto la más mínima ráfaga de viento agitaba las estructuras desnudas. Desorientada, esquivando a maleantes vestidos de militar sin serlo, se adentró en el barrio de Tel al-Hawa, al suroeste de la ciudad, cuya población, a consecuencia de los bombardeos, sufre una gran crisis y confinamiento, como también, la dolorosa pérdida de cientos de compatriotas inocentes que hallaron la muerte yendo a por pan para los suyos, ciudadanos y ciudadanas asesinados salvajemente, padeciendo vejaciones que avergüenzan a la humanidad. Absorta en sus pensamientos, transitaba con pies de plomo sobre ese escenario, cuando alzó la vista y descubrió que entre los tejados asomaba el mástil de una antena. Se acercó y, pegando la espalda a la pared desconchada, por miedo a caer por el hueco al vacío, subió los tramos de escalera muy despacio; arriba, sujeto con chinchetas se sostenía el logo: Zaman FM, la radio que después de dos años silenciada, volvía a abrir los micrófonos. Diane saludó al chico en árabe junto con algunas palabras sueltas mal aprendidas, él se separó los auriculares y respondió. Apenas la mesa de mezclas, una silla destartalada, papeles medio quemados y restos de lo que pudo haber sido una redacción, era todo el mobiliario a la vista.
          –Soy periodista estadounidense –consiguieron entenderse en inglés–, vinimos muchas personas con ayuda humanitaria, también para contar in situ lo que se vive desde aquí, cómo está la población y si se respetan los acuerdos puntuales como la entrada de productos básicos o farmacéuticos para sobrevivir, pero nos secuestraron y separaron en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en Tel Aviv. Tras mucho calvario y sin comprender por qué lo había hecho, me abandonaron a mi suerte –narró su experiencia con la pareja de ancianos a los que dejó unos dólares.
          –No hay futuro, no nos queda nada, nos lo han quitado todo, hasta las ganas de seguir adelante, sin embargo, somos conscientes de que esta humilde emisora es una de las pocas esperanzas que surgen día a día para sentirse acompañado.
          –He visto que los hospitales están prácticamente destruidos y en la puerta hay pacientes con el goteo a la intemperie.
          –Exacto, apenas queda material quirúrgico.
          –Nosotros traíamos, pero lo confiscaron todo.
          –Las mujeres paren solas, sin matronas y cuando se presenta una cesárea u otra cirugía más complicada, se las ven y se las desean para conseguir anestesia. Nos morimos de hambre, de enfermedades contagiosas, de abandono, de miseria y afuera han normalizado nuestra situación.
          –Probablemente no os llega el eco, pero existe un movimiento activista bastante importante de apoyo al pueblo palestino, manifestándose en las calles de muchas ciudades, aun a riesgo de detener y encarcelar a los asistentes por denunciar el genocidio frente a las sedes de partidos políticos, de los parlamentos, Naciones Unidas, de la OTAN y demás administraciones; han capturado barcos de varias ONG cargados de comida, ropa, medicinas, material escolar, juguetes y artículos de aseo y limpieza, algunos fueron amenazados con dispararles misiles si traspasaban aguas internacionales. Actos muy desagradables e inhumanos de mucha impotencia. No obstante, se sigue intentando.
          –Entonces entenderá cómo nos sentimos y el grado de nuestro sufrimiento –pidió silencio y, orientado hacia la Meca, abrió el micrófono e inició la oración del atardecer. Finalizado el Salah, purificado el cuerpo, la mente y el alma, le sustituyó otro locutor y ellos retomaron la conversación–. Bueno, pero usted ha venido a algo más, ¿me equivoco?
          –Necesito comunicar con mi familia y que ellos desde Estados Unidos hagan los trámites necesarios para que el gobierno de mi país interceda por mí. Han vulnerado todos mis derechos, no tengo pasaporte, celular, computadora, carnet de prensa, tampoco dinero –ocultó que la quedaba algo–, ni el pasaje de vuelta.
          –Nosotros no tenemos cobertura con el exterior, como ve solamente emitimos mensajes de servicio público, por ejemplo, no acercarse a determinada zona con peligro de derrumbe.
          –¿Ese fax funciona? –se fijó en una especie de centralita.
          –Está prohibido usarlo.
          –¿Y la centralita?
          –Igual.
          –No me va a ayudar, ¿verdad?
          –No puedo, lo siento –se le notaba molesto con la presencia de Diane.
          –Somos colegas, los periodistas nos ayudamos unos a otros, forma parte de nuestro código deontológico. Quizá podríamos comunicar con la NBC, se lo ruego.
          –No es posible, lo lamento –Diane comprendió el resentimiento de aquel hombre que se mostraba vencido en todos los aspectos de la vida. Resignada y cariacontecida, con sumo cuidado para no tropezarse, bajó la escalera calculando muy bien dónde ponía cada pie y se lanzó a la hostilidad del barrio de Tel al-Hawa, sin saber que se metía en la boca del lobo.
          Días después de haber estado en la oficina del sheriff y habiéndose realizado la identificación del cadáver de Samuel W. Roberts por la madre de su hija, cuando todavía no había amanecido, el señor Maxwell entró en el dormitorio de Susan a despertarla, abrió el armario y la ordenó vestirse mientras trasteaba por encima de los papeles que tenía junto a la computadora. Aparentemente mostraba mucha tranquilidad, aunque los nervios o la impaciencia le apremiaban a borrar todo rastro comprometido que le uniera al socio que nunca debió ser. Sin embargo, antes de emprender viaje de cuatro horas y media a Garnet, pueblo fantasma en el condado de Granite, la chica tenía algo pendiente que hacer, ensillar y montar a una bellísima yegua que aún nadie lo había conseguido. Por tanto, se ajustó los bluyín, se ciñó el chaleco de cuero, encajó el sombrero cowboy y salió al exterior donde observó a varios jinetes calentando a los caballos para que los reconozcan a través de sus voces y del olor personal de cada cual. Paul, el capataz, les daba instrucciones, pero al verla llegar se hizo el silencio, algo que sorprendió muchísimo al señor Maxwell, quien se acercó también a la cerca para disfrutar del espectáculo. Sabía que su hija no les iba a defraudar. Con paso firme, aunque despacio, y mirando de frente a la yegua, la cepilló el lomo, colocó el sudadero, comprobó que el cincho, los estribos y la pechera reposasen sobre la silla de montar, y una vez que todo estuvo listo y ella segura, puso un pie en el estribo, se montó y empezó a cabalgar, el viejo vaquero sintió tremendo orgullo de su alumna más aventajada. Una vez terminada la exhibición, padre e hija se fueron en la camioneta.
          –Ayer llegaron por equivocación unos bidones de Robwell Animal food products S.A. –comentó el señor Maxwell.
          –Sí, lo vi, pero supuse que los habías pedido tú –dijo haciéndose la inocente.
          –Pues no, los tenían que haber llevado a uno de los almacenes de Samuel.
          –¿Es que tiene más de uno? –de sobra lo sabía.
          –Más o menos. Anda, conduce atenta a la carretera no nos vayamos a estrellar.
          –¿Ahora que él no está, qué va a pasar con nosotros? –vio de reojo al hombre perderse en el infinito.
          –Nada de particular, seguiremos adelante con el rancho, la cría de reses, la agricultura y continuaremos siendo la familia más respetada de nuestra iglesia y de toda la comarca. ¿Hay algo que te preocupe especialmente? –a veces no se fiaba de ella.
          –¿Y a ti? –contrapreguntó.
          –Gira a la derecha y a dos millas y media, semioculta entre árboles legendarios, hay una cabaña de madera cuya chimenea de piedra arropada por hojas firmes trepa erecta hasta ser visible, ahí hemos de parar.
          –De acuerdo –prefirió no indagar más. Fueron callados la recta final del camino, hasta que ella volvió a romper el hielo–. ¿Esa cabaña es de nuestra propiedad o suya?
          –Avanza un poco más –no respondió–. Mira, ya se ve la chimenea, ve más despacio, puede que haya gente no deseable.
          –¿A qué te refieres? No me asustes, ¡eh!
          –A los hombres de confianza de Roberts. Veremos. –Susan paró el motor y bajaron de la camioneta. Aparentemente por allí, dado el estado de maleza crecida delante de la entrada, hacía mucho que no iba nadie. El señor Maxwell introdujo la llave en la cerradura y, al abrirse la puerta, un pájaro de inmensas dimensiones chocó contra él tambaleándolo, aunque sin perder el equilibrio. Una vez dentro, el espacio visible era pequeño, pero con trampa, tiró de la aldaba fijada en un extremo del suelo y levantó la trampilla, se asomó y aparecieron los barriles, subieron dos cuya marca roja indicaba que ahí estarían los papeles de la empresa constituyente. Con la punta de un cuchillo los destaparon, sin embargo, no había nada–. ¡No puede ser! Juraría que lo puse aquí.
          –Si me dices qué estamos buscando podré ayudarte.
          –Los contratos que firmé con Robwell Animal Food Products S.A., no quiero que su mierda me salpique.
          –Quizá te has equivocado de bidón, destapemos uno por uno –antes de negarse el padre, así lo hizo–, no lo entiendo, aquí solo hay agua –al ranchero le cambió la cara de color…
          La mañana despuntó complicada en lo meteorológico, y compleja en lo profesional para Larry Erickson, ya que asistió en diferentes granjas a cinco partos, cuyos recién nacidos venían bajo el “síndrome del ternero débil”, enfermedad que presenta mucha fragilidad para ponerse en pie y succionar, lo cual aseguraba casi al cien por cien la mortalidad en la primera semana de vida. Sin noticias de Diane, y con la esperanza cada vez más frustrada de que estuviese bien, trataba de mantenerse firme por las hijas a las que todavía no había comunicado la desaparición de la madre. Las noticias de una nueva guerra en Oriente Medio hacían temblar las placas tectónicas de la paz en el mundo. Estados Unidos e Israel, fieles aliados, han realizado un ataque masivo contra Irán, cuyo objetivo era forzar un cambio de régimen matando al ayatolá Ali Jameneí. En dicho ataque han muerto centenares de personas y muchas otras han resultado heridas. Destapando el polvorín del conflicto bélico, el Presidente que tanto prometió en campaña no involucrar al país en guerras extranjeras, lo ha incumplido. Congresistas demócratas y algún republicano han mostrado su malestar y condena por no haber llevado al Capitolio la votación del ataque. Corren malos tiempos para hablar de seguridad mundial, de consideración hacia acuerdos internacionales que datan del siglo pasado y están absolutamente más vigentes que nunca. El veterinario regresó de sus pensamientos a la realidad, con un mal presentimiento en el corazón respecto al paradero de su esposa. Estaba solo en el establo de un granjero agrícola que vivía en las montañas, gran productor de huevos y leche, quien detectó en varias ocasiones enfermedades no diagnosticadas en sus vacas a las que sanó con métodos ancestrales, sin embargo, alarmado esa vez por la coloración azulada de las lenguas, llamó al profesional, a pesar de no gustarle las batas blancas para los animales. Mientras que Larry Erickson reconocía el estado general de la vaca y determinaba el lugar exacto donde habitaba el mosquito transmisor del virus, el sonido ensordecedor de un avión que volaba bajo, volvió a poner delante de él la frescura de la sonrisa de Diane deseoso de verla muy pronto…