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domingo, 21 de diciembre de 2025

En peligro de extinción

6.

Larry recogió del taller el Dodge Ram con el que accede con mayor comodidad a los lugares más inhóspitos donde se hallan las granjas y los ranchos que soliciten de sus servicios médicos. A veces los trayectos, montaña arriba, se alargaban durante horas por caminos de tierra y piedra, muy complicados, arriesgados e imposibles de atravesar con un automóvil cualquiera. Así que, y no por lo complejo del viaje, sino para realizarlo más cómodos, hasta tener lista la camioneta, pospuso la visita a Berkeley Pit, la antigua mina de cobre a cielo abierto, ubicada en Butte, condado de Silver Bow. La ciudad fue fundada en 1864 como campamento minero convirtiéndose a finales del siglo XIX y principios del XX, en una de las poblaciones industriales más importantes de Montana, cuyo censo se constituyó mayoritariamente por inmigrantes irlandeses. Pero parte de dicho esplendor se apagó en el momento en que el impacto medioambiental creció en toda la comarca y los grupos activistas comenzaron a moverse. En 1982 cerraron la mina y, como consecuencia, también las tuberías subterráneas fuera del pozo, lo cual creó, sobre el mismo, un lago artificial peligrosísimo y emponzoñado. Dos años después de su cierre lo declararon sitio Superfund –programa y Ley Integral de Respuesta, Compensación y Responsabilidad Ambiental (CERCLA) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)–, quien autoriza la limpieza de todo lugar que contiene desechos altamente contaminantes. Algunas voces se levantaron para denunciar la toxicidad que salía por los grifos y, por ende, la detección de alimentos infectados, ganado enfermizo y, claro está, personas con la salud debilitada. Además de las sustancias nocivas, río abajo, del Upper Clark Fork. Era viernes, y tuvieron una de sus clásicas cenas con Susan Maxwell.
          –¿Quieres venir con nosotros a pasar unos días fuera de aquí? –preguntó Larry a Susan.
          –¿Adónde? –aunque seguramente aceptaría, quiso saber.
          –A Butte –soltó bajito.
          –¿Y qué se nos ha perdido ahí? –la intriga comenzaba a hacer mella en ella.
          –El Pozo Berkeley Pit –dijo mientras se servían unas suculentas truchas.
          –¡La antigua mina de cobre a cielo abierto! –exclamó sorprendida.
          –Exacto –comentó mirando a Diane que se mostraba ausente.
          –¿Pero si no me equivoco, no te preocupa solo eso? –le conocía muy bien.
          –Pues que hay un alto índice de terneros recién nacidos con onfaloblebitis.
          –Oye que no soy uno de tus colegas.
          –Es una inflamación de la vena umbilical que causa infecciones bacterianas, últimamente estoy viendo muchos casos y eso me inquieta bastante.
          –¿Cuya consecuencia es? –preguntó Susan.
          –Nefasta para los terneros que pueden desencadenar una sepsis que de no ser tratada a tiempo los llevaría a la muerte.
          –Imagino que todo cuanto hemos descubierto tiene relación, ¿verdad? –un mal presentimiento planeaba por encima de ella.
          –Es posible –Larry miró a Diane que iba sentada a su lado callada y ausente–. ¿Querida, estás bien?
          –Sí, no pasa nada –pero sí que pasaba, las hijas llevaban meses en la universidad y las echaba muchísimo de menos, contaba los días que faltaban para las vacaciones de invierno, por navidad, fecha en la que volverían a ser una familia al completo, aunque después el escenario iba a cambiar…
          –¿Te aburrimos con la conversación?, lo entiendo –apuntó Susan.
          –No, no es eso. Además, si he venido con vosotros, primero es para ayudaros y segundo porque me parece lícito darle visibilidad a las cosas raras que ocurren y a las causas injustas.
          –Casi lo olvido, Susan –interrumpió Larry–. ¿Recuerdas la servilleta de papel que encontraste en el despacho de tu padre con letras y números?
          –Sí, claro –respondió a la expectativa.
          –Pues Cd 48, As 33 y 74,92 u, corresponden a las cantidades de cadmio, arsénico y uranio correspondientes a algo que se nos escapa.
          ¿Se pueden mezclar? –realizó la pregunta temiéndose lo peor.
          –No, ya que por separado son muy tóxicas.  Ashley encontró también esas sustancias en las muestras de agua que recogiste en diferentes puntos. Sin embargo, no hemos podido identificar WSR 255, al no figurar en ninguna base de datos.
          –A ver, repítelo –pidió Diane a Larry rompiendo su silencio, este lo hizo–. Me suena mucho porque hace tiempo un compañero investigó a un tipo cuyas siglas coinciden con esas, pero suele invertirlas para no identificarle.
          –¡Ah, sí! ¿Y sabes quién es? –dijeron los otros a la vez.
          –Samuel W. Roberts –soltó a bocajarro–, alguien respaldado por padrinos muy poderosos, con un pasado oscuro y un presente al margen de la ley. En definitiva, un tipo nada recomendable para tenerle por amigo.
          –¡Vaya, vaya, con el invitado misterioso en la boda de mi hermana! No obstante, no cuadra la cantidad 255 ya que la suma de las anteriores no da ese total.
          –Si queréis puedo preguntarle a mi colega, espero que siga en libertad, la última vez que supe de él andaba escondido tras destapar la trama de corrupción en torno a un congresista.
          –Me harías un grandísimo favor –agradeció sonriente–. ¿Falta mucho para llegar? –le preguntó a él.
          –Según el navegador GPS menos de cincuenta millas, pero luego hay otras tantas hasta nuestro destino final –calculó Larry.
          –¿Imaginas qué podremos encontrar? –continuó la chica desde el asiento trasero.
          –¡Quién sabe!, aunque hemos de ser muy discretos.
          –Eché un vistazo en Internet y parece que la gente de allí habla poco, son austeros y no les gustan las preguntas referentes a los problemas que ha dado y aún da la mina –contó Diane participando plenamente de la charla–. ¿Sabíais que el 14 de noviembre de 1995 ocurrió allí una de las mayores tragedias sufridas por la fauna?
          –No, al menos por mi parte –contestó Susan.
          –A ver, ilústranos, querida –Larry frenó para meterse por un camino en peor estado.
          –Un hidrólogo de la Oficina de Minas y Geología de Montana vivió en directo un episodio inolvidable. Resulta que se desencadenaba una potente tormenta de invierno, se oscureció el cielo en los alrededores del pozo, 342 gansos bajaron temiendo una avalancha de nieve y se posaron sobre sus aguas, a la mañana siguiente encontró a todas las aves muertas porque habían bebido el ácido, lo cual las abrasó por dentro, agrandándoles el hígado y los riñones, así como deteriorando el esófago.
          –Supongo que puede volver a pasar –Susan miró los mensajes que le llegaban al celular, pero no abrió ni contestó ninguno, tenía también llamadas perdidas.
          –Efectivamente, en 2016 fueron muchas más aves. A partir de entonces instalaron sonidos para ahuyentarlas y que no volviese a repetirse. Es importante destacar que Berkeley Pit contempla una planta de tratamiento, desviando las sustancias nocivas, para no contaminar otras aguas subterráneas.
          –¡Madre mía, eres una enciclopedia! –Larry sentía mucha admiración por Diane.
          Aparcaron en la zona reservada para estacionamiento a cierta distancia del pequeño complejo formado por una caseta de información para el visitante, con escaleras y rampa accesible, el túnel que lleva hasta el mirador y otra cabaña donde venden todo tipo de souvenir, desde piedras de carbón en miniatura y otros minerales, hasta reproducciones exactas de algunas herramientas, por ejemplo, pico minero o martillo, piezas de coleccionista elaboradas con absoluto detalle. Bajaron de la camioneta y se unieron al grupo de turistas canadienses. La única forma de ver el pozo es sobre miradores, con tarifa previa, desde los cuales se visualiza el enorme lago de agua ácida formado al cesar la actividad. Diane se fijó en las caras contrariadas del personal encargado de evitar cualquier accidente que pudiese ocurrir, cuando el guía de la excursión explicaba que aquello era una amenaza para la vida silvestre, así como también, los altísimos niveles de metales pesados que fluyen de ahí, atentando directamente a la salud de los lugareños.
          –¿Significa que todos están enfermos? ¿Podemos contagiarnos nosotros permaneciendo aquí tan solo unos minutos? –preguntó una mujer.
          –No, por supuesto que no –respondió preocupado el coordinador del tour, no fuese a perder el empleo.
          –¿Está relacionada la ingesta de agua que contiene arsénico con el cáncer de vejiga? –introdujo Diane apoyada en la barandilla.
          –No nos consta –el vigilante estuvo a punto de echarlos a todos.
          –¡Eh, oiga! Ahí está prohibido hacer fotos –refiriéndose a una entrada sellada con cinta adhesiva.
          –Perdón, no lo sabía –respondió Susan haciéndose la inocente.
          –Se ven pocas aves aquí, ¿verdad? –preguntó Larry al anciano de la tienda.
          –Las disparamos para que no caigan al lago y se frían por dentro –contestó mostrando una sonrisa desdentada.
          Al margen de la historia que rodea a la mina de cobre a cielo abierto, Berkeley Pit, Butte es un pueblo tranquilo donde predominan los ladrillos rojos y marrones de los edificios oficiales y casas particulares. La elegante arquitectura del Federal Building and United States Courthouse, en el 400 N Main St, es decir, el Tribunal de Distrito, y de First National Bank, dan cuenta de la prosperidad que aconteció en los mejores años de la minería, por eso es muy habitual encontrar en el paisaje urbano los castilletes, esas estructuras de acero que soportan las poleas para la extracción. Los excursionistas, cargados de selfis y de recuerdos, siguieron con el itinerario trazado, mientras que ellos, los tres amigos de Big Timber, hicieron un alto en Venus Rissing Expresso House, estaban hambrientos y ese local se lo habían recomendado a Diane. El dueño era un tipo campechano y amable que sabía tratar muy bien a la clientela, su peculiaridad consistía en mantener la discreción y no soltar prenda cuando le acorralaban con preguntas molestas, igual a las que le sometieron Diane y Susan. “Yo no sé nada –solía contestar–. De eso hace muchos años”. Larry entró en el aseo y lleno un tubo de laboratorio con agua del grifo, sintió un pinchazo en el pecho y se puso debajo de la lengua la pastilla prescrita que ocultaba en silencio. Diane mantiene la teoría de que admirando piezas de arte y de colección a las personas se les suelta la lengua, por eso propuso visitar Piccadilly Transportation Memorabilia Museum, que está en el 20 W Broadway St, un lugar espectacular que reúne modelos únicos de automóviles de varios países y, en donde, efectivamente, ante la curiosidad de Susan, alguien comentó que, en W La Platte St, en una cabaña prefabricada con maderas viejas, vivía un hombre longevo que tiempo atrás denunció a la industria química que estaba envenenando el medioambiente de la comarca. Tras una revisión médica rutinaria, a su esposa le diagnosticaron cáncer de vejiga, relacionado, en ese caso, por el hallazgo de arsénico en el organismo. Medicaid no cubrió el tratamiento, así que ella murió y él se querelló contra la empresa, siguió batallando hasta que le abandonaron las fuerzas. Dio entrevistas a Medios locales, acudió al Gobernador, al Congresista, a los feligreses de la iglesia baptista, al sheriff del condado y de todos obtuvo la misma respuesta: “Dios lo quiso así”. Una mañana recibió la llamada de una organización sin fines de lucro quienes confirmaron más casos parecidos al de su mujer, ahora apenas le queda esperanza para que pongan remedio y eviten que vuelva a suceder.
          –Hola. Me llamo Larry Erickson, y ellas son Diane y Susan, venimos desde Big Timber –se presentaron ante el anciano.
          –Les invitaría a pasar a mi humilde hogar, pero solo tengo esta silla ya que el resto de los muebles los hice leña para calentarme –comentó sentándose ayudado de un palo que sostenía con la mano izquierda.
          –No se preocupe, de pie estamos bien. Hemos visitado Berkeley Pit. Soy veterinario en el condado de Sweet Grass, nuestro ganado muere en extrañas circunstancias, con llagas, heridas y malformaciones nunca antes vistas.
          –Morir no es extraño, es natural –interrumpió en modo filosófico.
          –¿Le importa que le hagamos unas preguntas? –intervino Diane.
          –Depende, aunque a estas alturas de la vida pocas cosas me importan ya –dijo chascando la lengua contra el paladar.
          –¿En su opinión hasta dónde alcanza la toxicidad del pozo? –prosiguió Diane. Susan observó que la hierba a poca distancia de ahí estaba marchita, así que, se alejó un poco para verlo de cerca.
          –Berkeley Pit es un agujero con millones de litros de agua contaminada a consecuencia del drenaje ácido de minas. Es decir, un pozo tóxico que ahora se ha descubierto es una extensión llamada: tierras raras, idóneas para extraer recursos aplicables a la tecnología. Al parecer, a través de determinados avances, se podrían obtener diversos minerales como cobalto, níquel, neodimio… Sin embargo, apenas se habla de las muchas enfermedades que los ciudadanos de aquí, y alrededores, hemos desarrollado desde que en 1982 cerraron la mina de cobre a cielo abierto.
          –¿Fue su esposa una víctima de ello? –quiso saber Larry, el hombre se quedó pensativo.
          –Estoy absolutamente convencido –con la mano temblorosa y una varilla larga, dibujó en la arena círculos enganchados uno a otro.
          –¿En qué punto está el proceso? ¿Hay más casos? –Susan preguntó.
          –Muchos más. Ya no hay proceso, ganó el Tío SAM. ¿Qué se dice de mí?
          –Digamos que usted se convirtió en personaje público a través de la lucha que emprendió, basta con repasar las hemerotecas y encontrar noticias suyas –expresó Diane.
          –Como dijimos, el ganado de nuestro pueblo muere y creemos que algo tiene que ver la mina de aquí –le tranquilizó Larry–, eso es todo. Oímos su historia y nos interesó conocerla de primera mano, nada más.
          –¿Los envían los de arriba, los poderosos? –hablaba en voz alta, como ausente.
          –Mi padre tiene un rancho y temo que anda metido en negocios sucios, sospecho que están envenenando el pienso y los pastos –intervino Susan.
          –Es muy grave eso que dice, joven.
          –¿Mantiene la teoría de que el tipo de cáncer como el que sufrió su esposa está relacionado con la contaminación? –Larry sacó una pequeña libreta y tomó notas.
          –El arsénico es uno de los agentes invasores. Sí, lo mantengo. Ahí, donde está su amiga, había un huerto que daba de comer los productos de temporada, hoy es un espacio alfombrado de hojas podridas y barrizal, las aguas tóxicas, subterráneas, se filtran envenenando la superficie. Hace meses una manada de lobos vinieron desde el Parque Nacional de Yellowstone, husmearon, removieron algo el terreno ya que antes lo habían hecho otros carnívoros inferiores, y regresaron enfermos a su hábitat donde fueron a morir. Este aire está maldito.
          –Dicen unos colegas periodistas –les cortó Diane– que se ha puesto de moda el pozo de la mina Berkeley Pit declarado “tierras raras” por tener un alto contenido de neodimio para fabricar imanes permanentes y praseodimio usado en motores de aviones, con el fin de no depender en ese sentido tanto de China.
          –Yo ya lo he perdido todo, no me queda nada, pero ustedes han de seguir indagando y denunciando, pónganse en contacto con organizaciones nacionales e internacionales, tengan en cuenta que no ocurre solamente aquí, es mundial, no practicamos un consumo responsable y eso está acabando con los recursos naturales. Aguarden, voy a darles algo –desapareció en el interior de la casa y trajo una carpeta viejísima–. Aquí está todo lo que recopilé desde que mi esposa enfermó hasta la actualidad, ustedes sabrán darle utilidad. –De regreso a Big Timber, con un montón de fotografías y frascos de laboratorio repletos con muestras, Susan repasaba los papeles del anciano en el asiento trasero, Diane navegaba por internet buscando datos, Larry conducía.
          El mundo de la ciencia, la biología, la etiología, así como todo aquel protector de los ecosistemas y la biodiversidad, lamentaban profundamente el fallecimiento de Jane Goodall, la mujer que supo entender a los primates introduciéndose en su hábitat, de ahí que realizase extraordinarios documentales para National Geographic. Destacó por tratar a los chimpancés como miembros individuales con nombre dentro de la compleja sociedad, estudiando las emociones, personalidades, sentimientos y descubriendo que poseen una cierta habilidad para fabricar herramientas que les ayuden en el día a día. Nació en Londres y se crio en la postguerra. Su afán por la investigación surgió siendo muy pequeña, cuando de vacaciones con su madre en Bournemouth, pasó cuatro horas esperando hasta saber cómo salía el huevo de la gallina. Al cabo del tiempo observó al ave levantar un poco las alas a la vez que caía sobre la paja el huevo. En las últimas décadas se mostró tremendamente pesimista y vaticinó que, de no poner freno a los combustibles fósiles y a la agricultura intensiva, nuestro planeta está condenado. Estos son nueve consejos vitales que ella recomienda: trabaja duro, busca el terreno común para entenderte con los demás, tener empatía, apoya a los hijos, no sentir miedo por cambiar de idea, convencerse de que todos podemos tener un impacto en el planeta con nuestras acciones, ser fiel a uno mismo, todo sucede por una razón y si te sientes impotente, haz algo. Larry recibió la noticia de mano de uno de sus profesores con quien mantenía contacto a pesar de llevar años sin verse, un buen hombre comprometido con la vida. Durante el último curso de universidad trabajaron estrechamente y al finalizar algunos alumnos realizaron un viaje al Parque Nacional Gombe Stream, en Tanzania, donde la conocieron personalmente. Aquello supuso una experiencia fantástica para el joven veterinario cuyo destino le colocó en el pequeño pueblo de Big Timber, en Montana.

domingo, 30 de noviembre de 2025

En peligro de extinción

5.

1936, 18 de agosto, Santa Mónica, California, Martha Hart, ama de casa, dio a luz a un precioso niño rubio, de ojos azules, tímido, mirada serena y caminar templado, convirtiéndose con los años en un magnífico actor de la gran pantalla que huyó siempre del circo montado alrededor de Hollywood. Defensor y promotor de nuevos talentos fundó junto a uno de sus hijos, el Festival de Cine de Sundance –nombre del personaje que interpretó en Dos hombres y un destino–, proporcionando un espacio a las producciones independientes norteamericanas e internacionales. Cabe destacar también el papel de activista comprometido con el medioambiente que mantuvo hasta el final de sus días y resto de causas consideradas, a su juicio, justas. Hoy, 89 años después, el mundo entero llora la muerte de Robert Redford, entre ellos, sus amigas y amigos, estrellas consagradas del celuloide que han destacado su extraordinaria calidad humana. Alguien expresó en algún lugar que murió discreto, en intimidad, igual que vivió, al margen de su trabajo. Corría el año 1975 y un muñeco con su cara ardió ahorcado tras oponerse a que hicieran una central eléctrica de carbón en el sur de Utah. Han sido varias las veces en las que ha defendido protestas en defensa de la naturaleza, como cuando dijo que “el petróleo debe quedar bajo la tierra, ya que estamos demasiado cerca de generar una contaminación en el planeta que supere el límite de lo sustentable”, en oposición a la construcción del oleoducto Keystone XL, que recorrería desde la cuenca sedimentaria del oeste de Canadá, en Alberta, hasta refinerías en Illinois y Texas, defendido por las mayorías republicanas en el Congreso a partir de 2015, obra que, finalmente, Joe Biden paró firmando una orden ejecutiva. Noticias de ese calado apenas llegaban a los pueblos pequeños del país, pero a Big Timber, mejor dicho, a los poquísimos vecinos demócratas y concienciados con las inclemencias provocadas por el hombre, sí llegó. En el comedor The Grand Hotel, Susan se sirvió huevos revueltos, frijoles rojos, puré de patata, salchichas, panecillos, jugo de naranja y café largo americano. Una mesa más allá la ocupaba otro huésped, empleado eventual en la gasolina, un motero asiduo a la ruta Going-to-the-Sun-Road, –Camino hacia el Sol–, esa bellísima carretera en las Montañas Rocosas del Oeste de Estados Unidos, en el Parque Nacional Glacier, en Montana, cuyo punto más alto está en el Paso Logan, a 6,646 pies. Sammy Britt era un espíritu libre, un explorador incansable que cuando reunía algo de dinero desempeñando cualquier tipo de trabajo, se lanzaba a recorrer sitios emblemáticos, característicos, observando la biodiversidad, los cambios bruscos de la tierra, la alteración de los colores, de las cosechas, de la salud de los ríos, del clima, de las lluvias torrenciales donde antes el terreno estuvo seco, de los monstruosos incendios desencadenando catástrofes en la naturaleza irrecuperable, huracanes, temperaturas extremas. En definitiva, una persona preocupada por todos los seres vivos y la conservación de los espacios habitables.
          –Hola –dijo mostrando su blanca sonrisa al pasar por delante de ella hacia el buffet para servirse más café.
          –¿Qué tal? Veo que te has equipado con el traje de cuero, ¿te vas? –preguntó Susan alzando la taza a modo de brindis y la vista de la prensa donde aparecía en portada una fotografía de la película “Todos los hombres del presidente”.
          –Salgo hacia Carolina del Sur, a la Semana de la Moto de Myrthe Beach –dijo entusiasmado–. Nos vamos quedando sin referentes –señaló a Robert Redford que aparecía junto a Dustin Hoftman, en la redacción The Washington Post.
          –Sí, además era alguien que daba visibilidad a aquello que, lamentablemente, se está destruyendo.
          –Estuve de viaje en el Parque Nacional de los Glaciares y me enteré de un dato desolador: a finales del siglo XXI habrán desaparecido todos.
          –Lamentable noticia, imagino que también aquellas especies que nacieron y se desarrollaron en dicho ecosistema.
          –Así es –dijo mientras comía con rapidez dos huevos fritos y varias lonchas de beicon.
          –Supongo que ya se notarán los cambios tanto en la fauna como en la flora, ¿no? –quiso saber Susan muy interesada.
          –Claro –respondió rápido–, por ejemplo, cada vez se ven menos mamíferos de la familia de los Pikas, dado que, a parte del deshielo, la invasión humana está acabando con la tundra, bellísima región sin árboles donde viven. La subida de la temperatura facilita que cierta flora invada espacios donde anteriormente había una espesa capa de hielo. Tan interesada como estás por el cambio climático, ¿por qué no vienes y compruebas tú misma el paisaje?
          –¡Ojalá pudiera! –exclamó–, pero en estos momentos un asunto de supervivencia me ata aquí.
          –A propósito de eso, en varias granjas se están muriendo todas las vacas, ¿corremos peligro?
          –No lo creo, quédate tranquilo –había que actuar ya, repitió para sí.
          –Hace años visité una ciudad fantasma, la leyenda cuenta que una marmota canadiense mordió a todos los animales y, estos a su vez, inocularon a los habitantes con un veneno mortal.
          –Bueno, es solo una leyenda. ¿Cuándo partes?
          –En el momento que termine esta taza de café.
          –¿Tendrías unos minutos? –preguntó mientras sacaba un mapa de la comarca.
          –Con mucho gusto. ¿Qué quieres?
          –Marca aquí las granjas donde has encontrado cadáveres.
          –Mira, la mayoría están a cincuenta millas a la redonda en dirección norte, yendo hacia el rancho de tu familia –Susan disimuló la preocupación.
          Días después de celebrar la boda, con toda la familia y Paul, el capataz, de viaje a la Feria Ganadera de Montana, celebrada en Great Falls, ciudad ubicada en el condado de Cascade, Susan volvió de noche al rancho Maxwell y, por supuesto también, al cobertizo. Los perros reconocieron su olor y fueron a lamer la mano donde llevaba algunas golosinas para ellos. Con el fin de despistarlos, entró al establo, los caballos descansaban en sus boxes, Charly, con infinito esfuerzo, se incorporó y asomó la cabeza por el suyo, ella pasó y se colocó a su lado, le besó y le ayudó a tumbarse sobre la cama de paja, cuya capa comprobó que estuviese intacta para absorber la orina. Permanecieron así largo rato, pareciéndoles eternos, conectando los corazones, dándose confianza y seguridad. Después, una vez a la intemperie de un cielo, casi sin estrellas, se dio cuenta de que apenas dos o tres luces encendidas en las cabañas de los jornaleros, era la única señal de actividad a esa hora, a parte del lejano aullido de los lobos, montaña abajo, buscando presas para hincarles el diente. Apagó la linterna y, como cuando era niña y jugaban a los exploradores buscando oro y atravesando con las alforjas cargadas el Cañón del Colorado, contó los pasos que separaban un alojamiento de otro. Utilizando el mismo método que uso acompañada de Larry, abrió el candado con una horquilla, la cerradura no estaba tan oxidada, empujó la puerta y prendió la linterna, olía a lejía, habían limpiado y desinfectado con esmero todas las superficies y, de haber tenido polvos como el grafito para detectar huellas, no habría hallado ni una.
          –Perdona la hora, Diane, pero necesito hablar con tu marido –dijo muy sofocada.
          –Te lo paso –y lo hizo de mal agrado porque tenía un sueño muy ligero y ya no podría conciliarlo.
          –¿Qué ocurre? –preguntó también molesto.
          –He vuelto al cobertizo y ahí no queda nada de lo que tú y yo vimos.
          –Esperemos que las muestras que cogí y envié a Ashley Burris nos aclaren algo.
          –Bueno, aún puedo hacer algo más.
          –No te metas en líos, vayamos paso por paso.
          –Sí, será mejor –mintió–. En fin, disculpadme, no tenía que haber llamado.
          –Hablamos mañana –cortó la comunicación. Larry encontró a Diane asomada a la ventana bebiendo un vaso de leche–. Siento que te haya despertado, cariño.
          –Qué va, ya llevaba un rato.
          –¿Preocupada por algo? –la rodeó con los brazos.
          –Me siento mal, como periodista tendría que cubrir el genocidio al pueblo palestino desde primera línea, y como activista, como ser humano, debería marcharme a Washington y manifestarme frente al Capitolio, pero hemos de llevar a las niñas a la universidad y como madre he de quedarme. –Larry, pensativo, tan solo la abrazó por detrás.
          –No siempre podemos estar donde queremos o nos gustaría.
          –Lo malo es que nos hemos acostumbrado a memorizar números y no muertos con nombre y apellidos, con un pasado, un presente, una biografía, más o menos, llena, aunque incompleta. Circulan imágenes de las calles alfombradas con cadáveres de niñas y niños, de adolescentes que jamás proyectarán el futuro soñado, de civiles inocentes sin perspectiva vagando por una patria en ruinas, gris, oprimida, destrozada. Como sociedad apenas hacemos nada, de momento notamos el pellizco en las entrañas, pero el dolor pasa rápidamente y volvemos a nuestras rutinas –expresó al borde de las lágrimas–. Todo terrible.
          –Tienes razón, estoy de acuerdo contigo –no sabía cómo consolarla.
          –Se celebra el segundo aniversario del 7 de octubre, cuando Hamás atentó contra Israel –dijo Diane.
          –Sí, pero todo viene de muy atrás, por ejemplo, en 1917 el gobierno británico, en la Declaración de Balfour, apoyó al pueblo judío para que se establecieran en la región Palestina –Larry quería seguir opinando, pero le faltaba preparación frente a ella.
          –Y las últimas declaraciones del presidente Trump perjudican e influyen mucho en personas sin criterio, ahora arremete contra la activista climática Greta Thunberg, tachándola de alborotadora al haber participado en la Flotilla Global Sumud, detenida por la Armada de Israel navegando rumbo a Gaza con ayuda humanitaria. A su llegada al aeropuerto de Atenas, comentó que el genocidio que se está cometiendo se retrasmite en tiempo real y que el sistema internacional ha traicionado a los palestinos. Diane, cuando las chicas no estén aquí, ve adonde tengas que ir, tu instinto ha funcionado siempre muy bien –ella se volvió y acomodó la cabeza sobre el hombro de él.
          –Quizá no me queden fuerzas –manifestó con la voz cortada.
          –Más de las que imaginas. –le sonrió.
          –¿Qué mundo les quedará a nuestras hijas? ¿Cuántas penurias habrán de vivir? ¿Cómo serán sus amaneceres? ¿Tendrán noche, comida, océanos? ¿Serán felices? –regresaron al dormitorio y se dejaron llevar por la pasión…
          Susan salió del cobertizo dejando el candado tal y como estaba. Los perros dormían esparcidos por el terreno. Caminó hasta la casa y estuvo tentada de huir de allí, sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de hallar algunas respuestas a las muchas dudas surgidas. Subió las escaleras de entrada muy despacio, avanzó a tientas y fue hasta el despacho de su padre donde prendió la lámpara pequeña. Memorizó dónde estaba cada cosa para dejarlo todo igual. Nerviosa, y con el oído muy atento por si despertaba a algún empleado, se sentó en la butaca del escritorio. Cogió la agenda y ojeó teléfonos, direcciones, citas acudidas y otras pendientes, nombres de productos, de proveedores, de clientes y, en una servilleta de bar encontró escrito lo siguiente: WSR.255, y otras anotaciones que no entendía, como cd 48, y As 33, 74,92 u., así que, hizo una foto con el celular para enviarle a Larry. Tenía una corazonada, pero necesitaba corroborarla. A punto de irse, estiró del tirador del cajón de la mesa, lo intentó una, dos, tres veces, imposible. Entonces, con la punta de un abrecartas, manipuló la cerradura hasta abrirse y, para sorpresa suya, estaba vacío. Palpó los costados por si hubiese una falsa madera, pero nada, lo cual todavía era mucho más raro, se miró la yema de los dedos, y tampoco recogieron motas de polvo. No obstante, al levantarse, tropezó con la papelera volcándola, aguardó unos minutos hasta ver que no despertó a nadie, la recogió del suelo y volvió a ponerla en su sitio, también estaba limpia, como si alguien esperase su visita. En el establo, Charly seguía durmiendo, su respiración era normal, aunque el vientre estaba hinchado.
          Ashley Burris se hallaba en el despacho del Animal Center Veterinary Hospital, redactando informes pendientes de concluir desde el regresó de Nueva York y Washington. Uno de los chicos del laboratorio trajo cafés para todos, la llevaron uno doble, a su gusto, sacó una bolsa con cierre también de plástico y, del interior, un donut bien azucarado, recordó que no había desayunado, ni echado de comer a los gatos callejeros que cada día aguardaban su llegada en el muelle del hospital. En esas estaba cuando recibió la visita de la agente del FBI, una mujer de anchas espaldas, pero con una sensibilidad exquisita. Se hicieron amigas después de que la forense sufriera amenazas del dueño de una mascota cuya autopsia destapó los maltratos y envenenamiento al que sometía al perro esquimal americano, una raza muy activa, amante de la nieve y del frío, aunque por sus problemas hereditarios de estructura ósea y articulaciones necesitaba atención especial. Tiene un perfil parecido al zorro au que de porte elegante. Asimismo, encontró que era un animal criptorquido. Es decir, que ninguno de los testículos descendió y por tanto no estaban en la bolsa escrotal. Entre las muchas características de su casta, requieren cepillado diario a la larga melena blanca, máxime en época que muda y secado exhaustivo después del baño para evitar complicaciones en la piel. Sin embargo, el pobre presentaba todo lo contrario. La muerte le sobrevino en la madrugada anterior al Día de Acción de Gracias, la forense estaba de guardia, le puso una inyección y dejó de sufrir, cuando apareció el dueño montó en cólera, la llamó asesina y pésima profesional al practicarle la autopsia sin su consentimiento. Sufrió amenazas, persecución e intimidación en su propio domicilio, le denunció en repetidas ocasiones, hasta que, una noche la esperó oculto en la oscuridad de donde salió para ponerla una navaja en el cuello, forcejearon, chilló y, para suerte suya, una patrulla de policía, que hacía la ronda, le detuvo. A partir de entonces, tras desarrollarse un desagradable proceso y una profunda investigación, cuyos frutos destaparon que el hombre era un matón a sueldo con numerosas acusaciones por delitos de sangre, robos con violencia y palizas a afroamericanos, le ponían siempre en libertad, sorprendentemente, hasta esa vez que, juntando la violación a una menor, se pudriría en la cárcel. Y, así fue como, al cabo de muchos meses, surgió la sincera amistad entre Ashley Burris y Bridget Witte.
          –Siéntate, por favor. He de pedirte algo extraoficial, si te ves muy comprometida me lo dices y no pasa nada.
          –Primero dime de qué se trata, ¿no? –hizo intento de encender un cigarrillo para se contuvo.
          –Necesito saber quién es Samuel W. Robert. Aparentemente corre el rumor de que en el garaje de su casa tiene un equipo clandestino con el que realiza experimentos.
          –Bueno, pero eso no es suficiente para investigarle, dame algo más contundente para indagar en la base de datos oficial.
          –Un amigo veterinario y la hija de un ranchero creen que está detrás de las muertes del ganado vacuno de la zona o al menos implicado.
          –¿Y tú qué opinas? –quiso saber la agente federal.
          –Yo solo me fundamento en datos, mientras estos no sean visibles, me mantengo en silencio, ya lo sabes.
          –¿Y respecto a las muertes tampoco dices nada? –miró la hora.
          –¿Tienes prisa? –preguntó Ashley violenta por Bridget.
          –No, pensaba invitarte a almorzar, ¿qué me dices?
          –Pues que sí –para no llamar la atención se fueron en el automóvil de la veterinaria.
          –¿Has estado en Benny’s Bistro? –preguntó mientras barajaba mentalmente otros sitios.
          –¡Qué va!, de casa al trabajo y viceversa, no me dan de sí los días.
          –Es un pequeño restaurante en el centro de Helena, muy sencillo y sano puesto que todos los productos vienen directos de la granja a la mesa –contaba Bridge–. Las verduras están recién cortadas de la huerta, muy frescas y, tanto las aves como la carne roja, son de alta calidad. A mí me gustan mucho las alas de pollo a la brasa sobre rodajas de calabacín, zanahoria, trozos de pimiento verde, todo a la parrilla, y tira de beicon, te lo recomiendo.
          –Se me hace ya la boca agua –hacía tanto que no se daba un homenaje almorzando que sintió un hambre feroz. La gran avenida E 6th Ave, donde se ubicaba el local, era una recta sin tráfico en ese momento, y el trayecto de apenas 7 minutos, desde el hospital, por N Last Chance Gulch, una arteria despejada con gente dentro de las oficinas tomando un brunch ligero o en los parques de alrededor comiendo el sándwich hecho con las sobras de la cena. Según abandonaban la cercanía del Animal Center Veterinary Hospital, los espacios abiertos se iban estrechando poco a poco. A la altura del Casino la circulación se intensificó, las aceras estaban vacías de peatones, al contrario que en la puerta del edificio que albergaba Wells Fargo, el segundo mayor banco en depósitos, tarjetas de crédito y servicios hipotecarios, de donde salía un grupo numerosísimo de coreanos. Llegando al destino, estacionó el auto junto a otras camionetas.
          –¿Cerveza? –preguntó la agente.
          –Sí, por favor –respondió.
          –Y, ahora, mientras nos sirven, habla –Ashley dejó la mochila colgada en el respaldo de la silla y sacó el celular porque estaba obligada a estar siempre localizable.
          –Como dije, mi colega y la chica recogieron muestras que yo analicé, encontrando restos de cadmio y de arsénico, pero lo que más preocupada me tiene es que en el tejido de placenta de una vaca descubrí sustancias de insecticidas no identificables, pese a haberlo contrastado con toda la documentación a mi alcance.
          –Y por eso sueltas el nombre de Samuel W. Robert, ¿verdad? –Ashley asintió.
          –A lo mejor nada tiene que ver en el asunto, pero es significativo que con los rancheros y granjeros que mantiene contacto, las reses muertas vayan en aumento, ¿no crees?, aunque también es cierto que ganado muerto en extrañas circunstancias empieza a haber en toda la comarca –reflexionaba muy pensativa.
          –¿Y no puede deberse a una casualidad y solo que el tipo está allí de manera ocasional? –como profesional no podía dar hipótesis por hechos. Disfrutaron de una sobremesa distendida–. Veré qué puedo hacer. –Desde el ventanal se divisaba la montaña preparándose para recibir su manto de nieve, y a un bebé, empujado en el cochecito por el papá, chupándose el dedo gordo del pie. Transcurrieron más de dos horas de conversación hasta que el sonido del teléfono las interrumpió. Solicitaban la presencia del agente del FBI Bridge Witte, se había producido un tiroteo en un bar de Augusta, una pequeña población, en el condado de Lewis and Clark, con varios muertos y heridos…

domingo, 16 de noviembre de 2025

En peligro de extinción

4.

El rancho Maxwell se preparaba para la inminente llegada de invitados que asistirán a la boda de la hija mediana comprometida con un alto cargo del ejército recién trasladado a Chicago. Entre los comensales estaban las mejores amigas y amigos de la pareja, primos y primas llegados de otros estados, el sheriff, los comisionados del condado, el médico, el veterinario, los ganaderos de la comarca, el Gobernador y algún empresario agrícola que fue con la intención de recabar nuevos clientes. Un ir y venir de gente contratada para dicho acontecimiento, invadía el hábitat de los animales, inquietándoles, reduciendo su espacio para poner mesas engalanadas con los mejores manteles y cuberterías, distribuir sillas, preparar el escenario donde la orquesta amenizará el evento y la molesta y continua llegada de camionetas cargadas de flores y regalos que ya no sabían dónde colocar, aunque quizá lo peor fue convivir, incluso de noche, con el despliegue de operarios contratados para la instalación del alumbrado alrededor de la casa, realizando infinitas pruebas hasta que la enredadera de bombillas, con forma de corazón, no dieran fallos, además de crear un pasillo nupcial bellísimo y luminoso, con lazos en las esquinas de los bancos. En paralelo a los músicos pusieron la barra y bien visible el recipiente de Moonshine, whisky de elaboración casera. La novia, según el padre, era un ser angelical, su preferida y, tal vez, la de carácter y sentimientos fríos, igual a los suyos. Educada para convertirse en fiel esposa y madre de familia numerosa, nunca les dio disgustos ni causó problemas como alguno de los otros hijos. Supo mantenerse al margen de los asuntos más controvertidos, seguramente por falta de empatía o porque el futuro marido, machista, dominante, neoconservador y supremacista la manejase emocionalmente. Siempre correcta en sociedad, interpretando el papel de recatada, mohína, en segundo plano, discreta y melosa, aunque por detrás las mataba callando, tanto fue así que sugirió que el hermano mayor se abstuviese de ir a la ceremonia dada su dependencia con el alcohol y la posibilidad de que metiese la pata dejándola en ridículo delante de los suegros. Susan, en solidaridad con el muchacho amenazó con no ir tampoco ella, pero terció la madre y todos se comportaron correctamente. El reverendo ofició el enlace y, a cambio, recibió un sobre abultado con billetes que, según manifestó, entregaría a los feligreses que vivían por debajo del umbral de la pobreza. Finalizado el acto religioso dio comienzo el banquete amenizado con música y el alboroto de las chicas y los chicos correteando entre los comensales, lo cual aprovechó Susan para pasar desapercibida y, con la ayuda de Larry, descubrir qué escondía su familia dentro del cobertizo.
          –Acompáñame –le pidió a Larry cuyo aburrimiento era notorio. Diane no le acompañó al evento porque apuraba los últimos días con las niñas antes de que se fueran a la universidad.
          –¿Adónde? –preguntó dejándose llevar.
          –Ahora lo verás –contestó toda misteriosa. Apartados de la zona donde el público disfrutaba de jugosas y grasientas hamburguesas de media libra de carne, se aproximaron por la parte trasera de la finca hasta el cobertizo.
          –¿No tienes llave del candado? –preguntó preocupado de verse involucrado en algo delictivo.
          –No, pero se me da muy bien abrir cerraduras con una horquilla, además están lo suficientemente borrachos como para fijarse en nosotros –respondió sarcástica y sonriente–. Vamos, entremos, cuidado con ese escalón, está roto.
          –Oye, aquí huele raro –comentó el veterinario–, como a restos de plaguicidas mezclado con aguarrás.
          –Pues sí, pero mi olfato no es tan preciso, aguarda un instante que alumbro con la linterna –justo lo dijo cuando el otro ya se había chocado con algo que fue a parar al suelo haciendo algo de ruido.
          –Joder, nos van a oír –Susan temió que los pillasen.
          –Lo siento –añadió torpemente
          –Tú mira por ese lado y yo por este –le dio guantes, ella se puso otros y ambos mascarillas, nunca se sabe lo que podrían encontrarse. El especio era amplio, no en vano, tiempo atrás, sirvió de granero.
          –¿Llevas algo afilado? –pidió el hombre sin apartar la vista del borde de la tapadera.
          –Claro, mi navaja multiusos –se la dio acercándose a mirar.
          –Cuidado con ese bidón, voy a coger un poco de la corteza adherida en el borde, a ver si puedo despegarla –dijo sacando del bolsillo una bolsa esterilizada de las que siempre llevaba encima.
          –Fíjate en esto Larry, la textura parece diferente al resto de la pastosidad. ¿Quieres que desprenda algo y nos lo llevamos también? –preguntó intrigada e inquieta porque temía descubrir que su familia estuviese implicada en algo ilegal.
          –Aguarda un momento, deja que eche un vistazo, puede ser tóxico. Espera –puso el dedo a la altura de la boca en señal de silencio, callaron palpitándoles el corazón. Afuera, pisadas acercándose deprisa, desmoronando la hierba con la suela de los zapatos, les instaron a apagar las linternas y mirar a través de la rendija abierta en la pared de madera. Un sudor frío empedró sus frentes hasta comprobar que era una pareja de enamorados buscando intimidad. Larry se ajustó la gafa redonda de culo de vaso y terminó de tomar muestras de aquello que le pareció mejor para enviar al laboratorio.
          –¡Uf, casi nos pillan! –exclamó Susan.
          –Vámonos ya, por favor –pidió él.
          –Vale, pero antes veamos qué hay ahí –enfocó unos sacos que parecían vacíos, sin embargo, destacaba uno de distinto color y algo más pequeño, lo movieron un poco y dieron un respingo hacia atrás para no ser atacados por una rata de enormes dimensiones que fue vista y no vista. Salieron palpándose las extremidades y comprobando que no faltaba ninguna.
          –¿Conoces a aquel tipo que habla con tu padre? –preguntó Larry mientras guardaba las muestras de la cabaña.
          –No, ¿quién es? –frunció el ceño haciendo memoria.
          –Alguien bastante peculiar que tiene un laboratorio clandestino donde utiliza sin control los PFAS (perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas).
          –Ahórrate los tecnicismos y dilo claro.
          –Son un grupo de sustancias químicas sintéticas que se utilizan en tejidos impermeables, productos electrónicos, cosméticos, así como ollas y sartenes, lo grave es que ahora se detecta en el suelo, en los océanos y en la cadena alimentaria. Dicen las malas lenguas que el ganado de los amigos de ese hombre –señaló al invitado que charlaba con la familia– están todos afectados y, en consecuencia, su leche, la grasa o el músculo, llegando a morir en algunos casos, de manera que, si nadie pone remedio, podría convertirse en una pandemia de infinita magnitud y, por consiguiente, un atentado contra la salud humana.
          –¡Andáis conspirando, eh! –Paul les cogió por sorpresa.
          –¡Qué guapo te has puesto! –alagó Susan.
          –Muchas gracias. ¿Os traigo algo de beber? –les ofreció.
          –Para mí no, en realidad me marcho ya, he de hacer un par de visitas antes de ir a casa y no quiero llegar tarde –explicó Larry–. Entonces, en tres semanas vamos a Butte, ¿no? –preguntó a Susan, ella asintió y se despidió de ellos.
          –¿Cómo se llama aquel hombre que está con papá? –quiso coger al capataz con la guardia baja.
          –Samuel W. Roberts, últimamente viene mucho por aquí, supongo que tendrá negocios con el amo, pero lo ignoro. Por cierto: ¿qué hacíais en el cobertizo?
          –Rescatar de la memoria recuerdos de la infancia, de repente me puse nostálgica. ¿Tú nunca entras?, hay un olor bastante peculiar.
          –Rara vez, a por alguna herramienta de las antiguas si se tercia, pero por lo general lo hace tu padre.
          –¿Te suena esto de algo? –anotó en el buscador del celular PFAS, nombre técnico dicho por Larry, y se lo enseñó.
          –Ni idea, no lo he oído jamás. ¿Has visto a Charly? Estoy preocupado por él.
          –Sí, si le he visto, y no cambies de tema, sabemos que algo está matando al ganado de buena parte de la comarca y me dolería mucho descubrir que los míos estén implicados, pero si así fuera, lo denunciaría igualmente –abandonaron la conversación, Paul se excusó y regresó a los establos. La madre de Susan la llamó para presentarle a unos empresarios muy importantes cuyo hijo mayor permanecía soltero, de manera que ahí había doble intención por parte de la señora Maxwell, lo hizo e interpretó el papel de hija obediente, sin embargo, en cuanto pudo, se escabulló, aunque…
          –No irás a rechazarme hoy también un sabroso filete de arce a la brasa, ¿verdad? –la abordó su progenitor con un plato lleno de comida, un beso en la frente y sin tiempo para reaccionar.
          –Sabes que ingiero muy poca carne roja.
          –¿Todavía andas a vueltas con esa tontería? –preguntó enfadado.
          –Deberías unirte al movimiento de la Granja a la mesa, Farm to table, con tu capacidad para sacar dólares hasta de las piedras te forrarías –dijo sarcástica. Localizó a los novios, se despidió de ellos deseándoles mucha suerte y giró sobre los talones, a punto de subirse en la camioneta, se armó mucho revuelo al producirse un tiroteo. Apareció Paul como de la nada y, obligándola a agacharse, se tumbó junto a ella.
          –¡Al suelo, al suelo! –gritó el sheriff mientras sus hombres perseguían a dos individuos que intentaban colarse y acceder al dueño del rancho, pero otro de los agentes, con un rifle AR-15, semiautomático, vació el cartucho y ambos cayeron desangrándose. Entonces, con un hilo de voz, confesaron que eran dos humildes campesinos buscando trabajo. Pasado el episodio, limpiada la sangre y retirados los cadáveres, la fiesta continuó. El señor Maxwell, al que no se le escapaba una, preguntó a Paul qué hacían su hija y el veterinario en el cobertizo, el capataz dijo ignorarlo.
          Todavía en shock, Susan estuvo tentada de abrir el debate de la venta y uso de armas con absoluta libertad, pero prefirió salir de allí cuanto antes a su zona de confort. Llegó cansada y con mucho sueño, el trayecto de veinte millas hasta el centro de Big Timber, lo hizo acompañada de la voz de Loretta Lynn, hacía una temperatura suave, así que bajó la ventanilla y apoyó el codo en el borde del cristal. En el hall The Grand Hotel, el recepcionista pedía oraciones por el alma del influencer ultraconservador Charlie Kirk, asesinado de un tiro en el cuello, en el campus de la universidad de Utah Valley. Susan subió a la habitación, puso la televisión y, en ese momento, ante cientos de micrófonos, hablaba el gobernador de Utah, Spencer Cox, quien aseguró que todo el peso de la ley recaería sobre el culpable, trasladando también a la opinión pública las palabras del presidente Trump pidiendo la pena de muerte para el asesino. Navegó un poco por las redes para saber más de la víctima, aunque lo que descubrió… Creó Turning Point USA, organización juvenil de extrema derecha cuya cantera sale directamente de universidades e institutos, apoyó a Trump; fue crítico con los derechos de gays y trans, con la separación de Iglesia y Estado, respaldó la Teoría del Gran Reemplazo, que consiste en afirmar que los migrantes de color desplazarán a los estadounidenses blancos, defensor a ultranza la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aunque esa vez la adquisición y el uso individual de armas le haya costado la vida. Bajó el volumen y se metió en la cama, el día había sido agotador. De fondo, manifestaciones improvisadas en todo el país protestaban contra las políticas migratorias del Presidente, otros en apoyo a Kirk y lo que representó para la ciudadanía que le seguía, al tiempo que, en la región del Cinturón de la Biblia y pequeños pueblos de tinte conservador, gritaban: ¡Dios salve a América!
          En las muestras de agua recogidas por Susan de los abrevaderos y analizadas en el laboratorio del Animal Center Veterinary Hospital, hallaron restos de metales pesados muy tóxicos, identificados como arsénico y cadmio que, al encontrarse en el ambiente, lo contaminan prácticamente todo. Sin embargo, para Larry Erickson, aunque podría ser una de las causas, a su juicio no era la única consecuencia de las muertes del ganado y tampoco del nacimiento de reses con malformaciones congénitas, sobre todo desde que resonaba en su cabeza el nombre de Samuel W. Roberts, pendiente de indagar algo más sobre él. No obstante, recordó haber escuchado el rumor de que en el garaje de su casa tenía montado un equipo clandestino para realizar experimentos, pero tan solo eran habladurías entre colegas, tal vez sin mucha credibilidad. Terminadas las visitas a ranchos y granjas, con la preocupación añadida de haber encontrado varias cabezas de ganado muy enfermas y moribundas en tierra de nadie, quería disfrutar de la cena familiar y comentar los chismorreos de la boda, quiénes asistieron y cómo iban vestidas y vestidos, anécdotas o enfados habituales en los Maxwell, rivalidades entre las candidatas a ser próximas casaderas, pero una videollamada parpadeaba en el celular. Entró hasta la cocina e hizo un gesto de perdón por llegar tarde y tener que retrasarse todavía un poco más, prometiendo recompensarlas.
          –¿Qué tal compañera? ¿Ya estás en Helena? –preguntó ampliando la sonrisa y aflojándose el nudo de la corbata.
          –Sí, ha sido un viaje muy enriquecedor, he aprendido muchas cosas y conocido a gente muy interesante, además, la Facultad de Medicina Veterinaria, de Washington, me invitó para dar tres conferencias, he disfrutado muchísimo.
          –¡Cuánto me alegro! En la misma fecha que tú también estuvo allí Diane.
          –Habría sido fantástico encontrarnos en la capital y habernos tomado… Ahora no lo recuerdo, ¿cómo se llama la bebida refrescante hecha ginebra o bourbon, con jugo de lima fresca y agua con gas?
          –¿Rickey? –dijo rápidamente.
          –Exacto. ¿Cómo está ella?
          –Bueno, ahí va, luchando para que le compren su reportaje versado en “Creación de cultivos resistentes a las inclemencias meteorológicas”, pero ya sabes que ser freelance y crítica no converge. En fin, espero que tenga más suerte porque es realmente buena.
          –Sí que lo es, a lo mejor le encargo unos artículos, pero aún no digas nada.
          –No, no lo haré. Estará encantada.
          –¿Has leído el correo que te envié? –preguntó la forense mientras movía papeles de su mesa, preocupada como de haber perdido algo muy importante.
          –Todavía no, pensaba hacerlo después. Pero, dime, ¿algo destacable? –quería terminar cuanto antes y unirse a las risas de las chicas que llegaban desde la cocina.
          –He puesto un resumen del análisis del agua, puedes mirarlo más tarde, es un poco complejo y si cabe descorazonador.
          –Ya lo tengo delante. ¿Crees que la clave está en el hallazgo del arsénico y cadmio? –preguntó Larry–. Es decir, ¿se muere nuestro ganado a consecuencia de eso?
          –Podría ser una de las razones, pero no la única –respondió ella sin mirar a la pantalla.
          –No me encaja, debe de haber algo más letal –afirmó categórico.
          –Y lo hay –confirmó Ashley.
          –Venga, suéltalo –el veterinario empezaba a ponerse nervioso.
          –En los tejidos del parto que asististe, en el rumen de la vaca, primer compartimento del estómago animal había nitratos y nitritos –soltó con los ojos entornados.
          –¿A dónde quieres llegar? –intuía que se avecinaba una tormenta sin precedentes, no obstante, prefirió que ella lo confirmase.
          –Pues que los pastos están contaminados.
          –Explícate, por favor –por un momento se le vino a la imaginación la cara de Paul y las fundamentadas sospechas de Susan.
          –Lo diré a las claras, por un uso excesivo de fertilizantes nitrogenados, filtrados por el suelo y emponzoñando así las aguas –dijo Ashley–, pero también, y es quizá lo más preocupante, hemos encontrado pesticidas, en eso no podemos descartar la mano intencionada del hombre.
          –¿Sabes cuál? –de repente, Larry empezó a encajar algunas piezas.
          –No, no he tenido tiempo, además, quiero cotejar los datos con la computadora central, a ver qué encuentro.
          –Tú conocías a una investigadora del FBI, ¿verdad? –el veterinario se puso misterioso.
          –Sí, ¿por?
          –A ver qué te puede decir referente a Samuel W. Roberts.
          –¿Quién es? –a la forense no le gustaba pedir favores, así como así.
          –No lo sé, por eso no me quiero precipitar.
          –Vale, hablaré con ella.
          –Hoy se ha casado una de las hijas de los Maxwell, fui a la boda y Susan me metió en una cabaña que al parecer llevaba cerrada años, había un bidón con un líquido espeso cuyo borde del recipiente presentaba una corteza sospechosa, mañana te enviaré por correo las muestras que hemos recogido.
          –De acuerdo, pero no prometo hacerlo rápido, estoy de trabajo hasta arriba.
          –No importa, quiero conocer tu opinión, estoy muy confuso, ahí juegan con fuego y se van a quemar…
          –Bueno, pues en cuanto tenga información, te cuento. Dale un beso a las niñas y a Diane de mi parte. Veniros un día a Helena y cenamos en casa.
          –De acuerdo. Buena noche.
          Bye. –Colgaron y con las mismas, Larry llamó por teléfono a Susan.
          –Creo que ha llegado el momento de darnos una vuelta por Butte y visitar la mina de cobre a cielo abierto. ¿Vienes?
          –¿Acaso lo dudas?
          Diane y las niñas trajinaban de un sitio a otro colocando platos y un pastel de espinacas con salsa de guisantes secos que Larry había preparado la noche anterior. Aunque los dos se consideraban afines al budismo, interesados fundamentalmente en la meditación, el desapego a las posesiones y una libertad interior que nunca dan las religiones, ni lo material, jamás influenciaron en las hijas, dejándolas elegir su propio camino y creencias. Un fuerte zumbido del viento, ensordecedor, dejó todo el condado a oscuras, entonces, el arranque de los generadores y la precariedad del sistema demostró lo vulnerable que es la primera potencia del mundo, cuando una simple chispa salta por los aires y deja a la Nación paralizada, desnuda de progreso, de tecnología, mano sobre mano, esperando a que el salvador, el enviado, el Mesías, el inquilino The White House, apriete el interruptor y todo vuelva a la casilla de salida…